lunes, julio 06, 2020

Capítulo 22, fragmento de Confluencia, de Inés Kreplak

Recuerdo cuando Inés Kreplak estaba escribiendo esta novela. Lo recuerdo por las conversaciones, breves pero cautivantes, que mantuvimos en las calles circulares de Parque Chas. Sobre novelas con ratas o comadrejas, sobre el Tigre como zona literaria.
Cuando finalmente leí su primera novela Confluencia (Alto Pogo, 2017), me encontré con un relato en donde esas conversaciones cuajaban, hacían sentido. El lugar de la novela es el Tigre, sus habitantes, su historia, su flora y fauna. En este sentido, Kreplak se hace cargo de ese espacio como lugar real (ahí están las descripciones, las microhistorias) y como lugar imaginario (está el rastreo de la tradición literaria, social y política).
Confluencia narra un proceso de adaptación múltiple, tiene algo de novela de aprendizaje: ¿cómo se empieza a vivir en el Tigre? Pero también: ¿cómo se sigue viviendo con una enfermedad como la esclerosis múltiple? El acierto de Kreplak es la construcción de una protagonista doble para intentar responder esas preguntas: Inés y Malena. Sus historias se entrelazan, confluyen para seguir en la metáfora del libro, y atraviesan la adaptación a través de dolores, alegrías, encuentros y desencuentros. Ambas historias desembocan en un interrogante más general: ¿cómo se alcanza un equilibrio con la naturaleza?
Les dejo el capítulo 22, de Confluencia, una de mis escenas favoritas. Hay otras con las historias de los perros Dragón y Pablo, o con la vida de Igor y su familia. Me quedo con esta por su estrella animal, salvaje y desafiante. Pasen y lean, descubran a Inés Kreplak, una narradora potente y dedicada.



Capítulo 22, de Confluencia (Inés Kreplak)

Desde la primera visita a la casa de Malena tengo registro de que no debo dejar restos de comida sin guardar, paquetes de ga­lletas abiertos o frutas y verduras fuera de la heladera. También tengo cuidado de no hacerlo en mi propia casa. Malena utilizó un eufemismo para hablarme de quienes podían aprovecharse de una mínima distracción humana, y mi inocencia citadina en su momento me había llevado a pensar en hormigas, incluso en una plaga inmensa, pero ella prefirió no hacer ninguna aclara­ción. La noche en que me quedé a dormir en su casa, ante la percepción de ciertos ruidos extraños en los techos, Malena me aclaró que a veces se trataba de pájaros, aunque casi siempre eran ratas que buscan comida. Yo tragué saliva espesa y mi garganta hizo ruido. Preferí no seguir la conversación.

La semana en la que Malena decidió instalarse de manera definitiva en su nueva casa, durmió muy mal. El entrepiso en el que estaba su cama se encontraba muy cerca del techo, y por las noches el silencio era tal que podía escuchar con precisión las pa­titas de las ratas caminando a lo largo y a lo ancho de los tirantes de madera, casi por encima de su cara. Cerraba los ojos y sentía que una cola rozaba su nariz, que el roedor se escabullía entre las sábanas. Malena se movía porque pensaba que así las ratas se iban a espantar. La primera noche estaba muy cansada como consecuencia de todas las tareas de puesta a punto del lugar y finalmente pudo dormirse, pero la segunda tuvo que prender una vela y ponerse a escribir. Decidió particularizar a la rata, sería una sola, siempre la misma, y se llamaría Niní. Le escribiría car­tas para familiarizarse con ella, para demostrarle que no le tenía miedo y para expresarle todas sus sensaciones.

Malena escribía por las noches para aplacar el miedo, para dominar la adrenalina y lograr dormir. Durante el día, las ratas no se acercaban, Malena tenía casi siempre a mano elementos para espantarlas y hacerlas escapar. Maderas, palos, sierras, martillos, serruchos. Si de lejos veía alguna, pisaba fuerte, ha­cía ruido con las sillas y alertaba a los perros, que comenzaban a ladrar; con eso bastaba, porque las ratas reculaban. Cuando no estaba en la casa tenía que dejar bajo resguardo cualquier tipo de comida, incluso el alimento balanceado de los perros. Las visitantes solían estar hambrientas y, por supuesto, tenían un olfato muy desarrollado.

Una tarde, casi un año después de haberse instalado en la casa, de regreso después de varios días de ausencia, encontró pequeños cambios que la alarmaron. Ya en el bote se sorprendió de no escuchar los ladridos de Pablo ni de Dragón, que solían ir a recibirla al muelle. Los llamó y chistó un par de veces, pero al no verlos acercarse pensó que los perros podrían estar en el fondo del terreno de Tute o durmiendo una siesta. Amarró el bote, descargó las compras y su bolso, caminó los metros que la separaban de su casa, subió la escalera, y al atravesar la cortina de juncos, que en aquel momento hacía las veces de puerta, en­contró la casa revuelta.

El mate estaba tirado en el medio de la sala. A unos metros encontró la esponja con la que lavaba los platos toda carcomida, pedazos de gomaespuma desperdigados por el piso. Le pareció muy raro, pensó en los perros, pero inmediatamente se acordó de Niní. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y recién ahí reaccionó. Antes de caminar por el interior de la casa golpeó sus botas contra el suelo. Hizo mucho ruido para espantar a la intru­sa, que creía que era Niní. Cuando levantó el mate del suelo vio que tenía alrededor de cincuenta agujeros pequeños que estaban hechos con los dientes. Le pareció raro que la rata pudiera hacer eso con una pieza de madera, y con asco lo dejó en la bacha de la cocina para después lavarlo bien. Buscó el escobillón y barrió del piso los pedazos de esponja. Mientras los juntaba con la pala, escuchó sonidos poco familiares muy cerca de ella. Algo andaba cerca. Pero no parecía ser Niní. Era de día y Malena estaba ha­ciendo todos los ruidos que habitualmente hacía para espantar­la. Con desesperación empezó a golpear más fuerte todo lo que tenía a su alrededor, barría y agitaba el cepillo contra el suelo, pisaba con ímpetu, corría los muebles, arrastraba, golpeaba, ha­cía crujir a cada instante las distintas maderas de la casa. Deci­dió poner música. Prendió el equipo y sintonizó la radio a todo volumen, estaban pasando el tema Boys don’t cry de The Cure, y aprovechó para bailar y cantar fuerte. Tiró a la basura los restos del barrido, ordenó los muebles y se olvidó de lo ocurrido.

Ya al atardecer, los perros volvieron a la casa. Malena se sor­prendió de que hubieran llegado tan tarde. Les dio de comer y guardó el alimento balanceado en una conservadora de telgopor que había elegido para aislar la comida y mantenerla al resguar­do de insectos y roedores.

Pero los sucesos extraños continuaron. Otra tarde, a los pocos días del episodio anterior, se despertó de una siesta y escuchó ruidos entre las paredes. Desde el entrepiso miró hacia abajo vio una bola de pelos grises y blancos que de lejos parecían pinchudos. Esa bola tenía una especie de remolino en el lomo y un contorno negro alrededor de los ojos. Enseguida divisó otra bola igual pero más pequeña, sin el remolino. Se dio cuenta de que no podían ser ratas por el tamaño y por el andar, más lento, sereno, menos huidizo y, por ende, más terrorífico. Cuando Malena pudo reaccionar al shock se dio cuenta de que estaba en presencia de dos comadrejas. Sin animarse a pasar por donde estaban, pensó en la manera de escapar por una ventana, pero era imposible. Con miedo, intentó utilizar los mismos trucos que usaba con Niní. Empezó a mover sus muebles, a golpear las cosas, a cantar a los gritos, pero las comadrejas no se iban. A pesar de no tenerlas en el momento a la vista, cuando hacía silencio aún las escuchaba moverse por entre las maderas de la casa. Malena te­nía que animarse a bajar, debía irse a Buenos Aires a trabajar, así que juntó coraje, hizo movimientos muy veloces, limpió todos los restos de comida que quedaban en la casa, se llevó con ella la bolsa de basura y no volvió hasta la tarde siguiente. Ya en la ciu­dad les comentó el episodio a Leandro y a varios de sus amigos. Buscó en Internet información sobre el marsupial y consultó en­tre sus amigos de la isla por trampas y formas de cazarlas, pero todas las vías incluían venenos que podían ser muy peligrosos para sus perros. La recomendación que más le cerraba era la de adoptar un gato. Tenía que hacer algo para combatirlas pronto porque las comadrejas suelen adueñarse de un lugar y también pueden llegar a tener veinticinco crías en solo dos semanas de gestación. Si no se deshacía pronto de ellas, iban a invadirla. Los perros les tenían miedo y, además, las comadrejas largaban un olor fuerte y ácido, parecido al del zorrino, como forma de de­fensa que lograba bloquear el ataque de los perros por más que estos triplicaran su tamaño.

Cuando volvió a la isla, Malena sabía que era probable volver a encontrarse con las comadrejas que días atrás había dejado en su casa. Se alegró cuando se arrimó con el bote al muelle y vio que sus perros estaban ahí para recibirla. Al bajar, Pablo le saltó encima, mientras que Dragón le puso la cabeza para que ella lo acariciara un rato. Los dos perros acompañaron a Malena a paso lento hasta la casa pero, antes de atravesar la cortina de juncos, Dragón lloriqueó. Malena lo miró preocupada y le preguntó qué le pasaba.

Dragón le rozó las piernas con el lomo y Malena entró a su casa. Otra vez notó que había habido movimientos en su au­sencia, la conservadora de telgopor estaba toda carcomida y el alimento de los perros desperdigado por el piso, un paquete de harina roto, volcado sobre la mesada de la cocina, y también res­tos de tomate embadurnados en las puertas bajas de la alacena. Cuando fue a ver su planta de tomatitos cherry ya no quedaba ninguno. Gritó, maldijo al aire una y otra vez y los perros em­pezaron a ladrar por la alteración de Malena. Acto seguido la comadreja más chica, la bebé, apareció en el medio de la sala, adentro de la casa, y la miró de frente con sus ojos negros tan oscuros que parecían brillar. Segundos después la comadreja madre se acercó a rescatar a su cría. Malena no podía entender cómo aquel animal se atrevía a desafiarla así, adelante de los dos perros. Malena gritaba y la comadreja la miraba. Con terror, in­tentó no mover las piernas, pero sutilmente giró y logró agarrar un palo para defenderse. Los perros no avanzaban, se escondí atrás de ella. Les gritó: ¡Hijas de puta! Las odio, las odio, las odio. Mis plantas de tomate, mi comida, mi casa. ¡Váyanse, hijas puta! ¡Asquerosas!

La comadreja madre la miraba desafiante y le gruñía con un sonido parecido a un ronquido; quieta también, observaba atenta en estado de catalepsia, inmóvil. Durante varios minutos, Malena y la comadreja siguieron midiéndose. En una pequeña distracción de Malena, la comadreja pudo tomar a su cría con el hocico, se la montó en el lomo y salió corriendo con un gemido más agudo, que sonó a maullido felino. Los perros se asustaron, y Malena también dio un alarido. La comadreja aprovechó el revuelo, se metió en un recoveco entre la pared y el piso y se perdió de vista.

Inmediatamente después de ese episodio, Malena entró en un estado de pánico que le duró varios días. Esa noche le pidió a Tute que la dejara dormir con ella en su casa, pero al día siguiente volvió. Se sentía invadida y estaba muy enojada. No iba a permitir que dos comadrejas se apropiaran de aquella casa que tanto esfuerzo le había costado. La siguiente noche también fue mala porque se cortó la luz en toda la zona de la isla y, a pesar de que no se encontró con las comadrejas, las oía moverse, sabía que la madriguera estaba en su casa. Miró detrás de la heladera, por donde estaba el motor, con terror de encontrarlas ahí, pero probablemente estuvieran en algún hueco entre el piso y las pa­redes, entre los agujeros que dejaba la unión de las maderas. En un momento, ante la desesperación y el miedo que tenía Malena gritó lo más fuerte que pudo y revoleó una zapatilla desde el entrepiso hasta el suelo; esta cayó con fuerza y atormentó a todos los bichos, que salieron asustados de entre las maderas.

La mañana siguiente decidió ponerle fin a esa situación. Ya no bastaba con escribir cartas a una rata imaginaria: debía re­solver el problema en serio. Decidió empezar por el principio. Primero tenía que conseguir una puerta verdadera y colocarla, así podría adoptar un gato y dejarlo adentro mientras ella no es­tuviera en su casa. A su vez, tenía que esconder bien la comida. Ya había descubierto que el plato preferido de aquellos marsu­piales era el alimento balanceado de los perros, entonces em­pezó a guardarlo también en la heladera, para mala fortuna de Dragón y de Pablo. Además puso aislantes térmicos en todas las paredes, cubrió cada espacio, dejando sin lugar para guarecerse a ratas y comadrejas. Todo el proceso le llevó dos semanas, pero mientras tanto no tuvo que vérselas cara a cara con la comadreja de remolino en el lomo ni con su cría. Y, aunque vio algunas huellas sobre la mesada, a partir de la llegada de Guerrero, su pequeño gato atigrado de ojos verdes, su atención pasó a estar en la adaptación del nuevo integrante al clan animal encabezado por Dragón y Pablo.


Kreplak, Inés (2017). Confluencia, Buenos Aires, Alto Pogo, pp. 145-151.

 

jueves, julio 02, 2020

Miyamoto, Sdrech y Báñez: el amor, la muerte y la ficción


La historia de Katsusaburo Miyamoto, el botánico japonés que embalsamó a su mujer y convivió con ella en la Rosario de los 60, es relativamente conocida. Con googlear un poco, se encuentran información y fotografías, tanto del científico como de su esposa Carmelita América Colombo.
Llegué a la historia por una crónica del periodista de investigación Enrique Sdrech, recopilada en su libro Crímenes famosos. 50 años de investigación periodística. Ahora bien, la anécdota me sonaba de otras lecturas, de otras zonas de la literatura argentina.
Efectivamente, apareció en mi mente la obra del platense Gabriel Báñez y recordé. En primer lugar, su relato exquisito y macabro, un canto al amor después de la muerte: El circo nunca muere, publicado por editorial Almagesto en 1992 (recientemente reeditado por mil botellas y por Ediciones Revólver). Si no lo hicieron, les ruego que se tomen 15 minutos y lo lean. Después me cuentan qué sabor les deja la historia de Mc Cornick, la muchacha judía y ese circo cayéndose a pedazos.


En segundo lugar, me topé revolviendo en mi memoria con un fragmento de Virgen, en el que Báñez vuelve sobre la historia del botánico japonés, Katsusaburo Miyamoto. Ahora bien, Báñez lo traslada a Ensenada y le cambia el nombre, Oshiro Tana. Y sin embargo, conserva el núcleo del caso real transmutado a la ficción religiosa, pynchoniana y política que construye en la novela publicada en 1998 y que precisa una urgente reedición.


¿De qué modo la literatura retoma historias reales? ¿Cuánto puede marcar una anécdota la imaginación de un escritor para que vuelva una y otra vez transmutada en ficción? Entre la crónica de Sdrech y el cuento y la novela de Báñez se teje una complicidad que mantiene, como en un cuidado trabajo de amor eterno, la historia de Miyamoto y su mujer embalsamada, más allá de la muerte, a través de la literatura. Transcribo primero el fragmento de Virgen, de Báñez, y luego, la crónica del maestro Sdrech.

Fragmento de Virgen (Gabriel Báñez)

Una sola vez había presenciado Bernardo Benzano una serenidad tan viviente, y fue cuando la policía lo llevó a reconocer el cuerpo embalsamado de la mujer de Oshiro Tana a fin de darle cristiana sepul­tura. Tana era un floricultor apenas conocido en Ense­nada porque vivía recluido en sus dos hectáreas de tierra sobre uno de los recodos del arroyo Doña Flora. La casa era de juncos prensados, elevada sobre pilo­tes, y cercada por cañaverales al frente que el japonés podaba según la tradición del bambú: en fila india y de menor a mayor para acompañar la mirada al cielo de los dioses. En los fondos tenía sus cultivos de flo­res, el invernadero, y en el linde con el Doña Flora los macizos de hortensias salvajes que estallaban sin ma­yor estruendo. Rara vez abandonaba la casa, pero se hizo célebre en una tarde cuando la policía descubrió que convivía con el cadáver de su legítima esposa des­de hacía por lo menos dos años. Era tanto el amor del japonés por su mujer que a la hora de su muerte la vació, la limpió con acaroína y formol y la rellenó con estopa para conservarla a su lado. El bonsai conyugal pareció funcionar mejor que el matrimonio mismo, pues durante esos dos años Oshiro Tana no sólo conti­nuó compartiendo el progreso de las flores junto a su esposa sino que además empezó a prepararle sus pla­tos favoritos y a festejarle los aniversarios. El día en que lo descubrieron ella estaba tomando el café con leche en la cama, y parecía tan verídica y lozana en su desayuno que apenas si sospecharon cuando vieron que no mojaba la medialuna. Lo que más le impresio­nó al padre Bernardo fue la dulzura tranquila de la mujer; tanto, que no supo si rezarle un responso o concederle la extremaunción. Se decidió por lo primero, aunque sabiendo que cumplía con el canon sacerdotal pero no con sus dictados más íntimos. Para él, esa pre­sencia no sólo no estaba muerta sino que había supe­rado vivamente los trances de la defunción: era carne de mañana, memoria quieta, una promesa de eterni­dad tangible como imaginaba Tana, y como habría imaginado ella, que tenía que ser el amor perfecto en­tre dos mortales. A Oshiro Tana las autoridades no pudieron probarle gran cosa como no fuera su pasión incorruptible por las formas y la colosal estética de su arte de ikebana. Con todo, se lo mantuvo recluido durante tres años bajo pretextos neuropsiquiátricos y se aprovechó de ese tiempo para rematarle la finca, que valía en efectivo lo que exigía de honorarios su abogado defensor. Cuando quedó libre, el primer acto cívico del japonés fue ahorcarse de la rama de un sau­ce llorón vecino a la que había sido su propiedad. Ber­nardo Benzano conocía en todos sus detalles la historia de amor perpetuo del matrimonio Tana: el invernade­ro de la iglesia había sido rescatado en medio de la demolición de la casa del arroyo Doña Flora.

Báñez, Gabriel (1998). Virgen, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 43-44.





Katsusaburo Miyamoto: una historia de amor (Enrique Sdrech)

"El amor puede ser la poesía del hombre que no hace versos. Tal podría afirmarse de este pequeño japonés de rostro recelo­so, que entreabre la puerta cancel de su casa para negarse a to­da entrevista. El cabello entrecano, los ojos negrísimos, la estatu­ra corta, la cortesía extremada, configuran un típico hijo del Im­perio del Sol Naciente”.

Así comenzaba una extensa nota realizada por el recordado co­lega Ignacio Covarrubias, hace más de treinta años. Se refería a la entrevista que logró concretar, en la ciudad de Rosario, con el doctor Katsusaburo Miyamoto, medico, botánico, veterinario pe­ro por sobre todo sabio japonés que llegó a la Argentina allá por 1919, contratado por el Ministerio de Agricultura para trabajaren el Instituto Bacteriológico.

Por muchos motivos este sabio saltó varias veces a la notorie­dad y lúe suceso periodístico no sólo en el país sino en el extran­jero, como cuando, por ejemplo, salvó de una muerte segura al pino de San Lorenzo, aquél bajo cuya sombra el general José de San Martín redactó el parte respecto de la victoria en la históri­ca batalla. Las raíces de aquel legendario árbol habían sido atacadas por un extraño microbio y habían resultado estériles todos los tratamientos botánicos conocidos.

Fue seguramente su mayor logro, el hecho de aislar la hormo­na anxesina y, mediante un procedimiento sólo por él conocido y que jamás reveló, consiguió embalsamar el cadáver de su espo­sa, que mantuvo en su casa durante años sin dar aviso a las auto­ridades. El profundo amor que le profesaba a Carmelita América Colombo, una mujer de familia genovesa que conoció en Rosa­rio en 1931 y con la que contrajo matrimonio un año después, hizo que infringiera expresas normas legales y municipales y de­cidiera continuar su vida de siempre, compartiendo todo su tiempo con el cadáver del gran amor de su vida.

Al referirse a esta increíble historia, nuestro colega Ignacio Covarrubias no vaciló en afirmar que “tiene un eco de Madame Butterfly con algo de Edgar Allan Poe”. Desde luego, esto es sólo un fragmento en la vida maravillosa de este sabio japonés, que du­rante años asombró a cuanto visitante fuera a su casa con un ver­dadero zoológico de animales embalsamados con técnicas por él perfeccionadas y sólo por él conocidas. Escuerzos, lagartos, es­corpiones, tortugas, gatos y perros parecían desafiar la eternidad con una impresionante apariencia de estar vivos, manteniendo su peso, su estatura y los ojos abiertos y la mirada brillante, todo entre bosques "enanos" de cipreses, pinos, eucaliptos y algunas especies exóticas.

Miyamoto había logrado aislar, en forma líquida, una hormona del crecimiento vegetativo. Después de pacientes estudios, du­rante más de un cuarto de siglo, consiguió aislar la auxesina ba­jo forma de piedra que, utilizada como abono, aceleraba diez ve­ces el crecimiento de las plantas. Muchas instituciones intenta­ron convencerlo de que industrializara su invento, lo que lo hu­biera convertido en millonario. Pero él nunca aceptó. Prefirió defender celosamente una soledad dedicada a sus dos aficiones más caras: el amor y el cariño hacia su mujer, a la que realmente idolatraba, y el estudio de la eonosomía (de “eono”, eterno; y “somía”, cuerpo).

Por todo ello, cuando en el mes de julio de 1959 se produjo el fallecimiento de Carmelita Colombo, muchos pensaron que Miyamoto no resistiría el dolor y la angustia, y que su cansado co­razón le jugaría una mala pasada. Pero no fue así.

Sobreponiéndose a duras penas a tanto infortunio, el sabio se encerró en su vieja casona de la calle Buenos Aires al 1500, y en el mayor de los silencios inició el proceso que derivaría en el mayor asombro científico: la conservación del cuerpo de Carme­lita, aun sin extraer las vísceras.

Nunca, a nadie, reveló el secreto de su sensacional descubri­miento. Sólo se sabe que inyectó ácidos y sales en el cadáver de la mujer, que mantuvo envuelto mucho tiempo en paños moja­dos, mientras pacientemente iba eternizando los cabellos me­diante un proceso que comenzaba en la cabeza.

Esta historia, donde el amor y la ciencia caminan juntos de la mano, no estaría completa si no contáramos el final.

Durante años el sabio Miyamoto logró mantener en secreto aquel logro. Sin embargo, en 1967, requerido por instituciones científicas de su país, debió marchar con destino a Tokio. En la antigua casona de Rosario quedó el cadáver embalsamado de su esposa, protegido tal vez por aquel zoológico en miniatura y por los bosques “enanos”.

Cuando, en razón de los compromisos científicos que se pre­sentaron en Japón, Miyamoto se dio cuenta de que su estada se iba a prolongar mucho más de lo debido, comenzó a reclamar, vía consular y en forma insistente, el envío del cuerpo de su amada Carmelita. Aquí, la desidia, la negligencia y la burocracia conspiraron en su contra y su angustioso pedido nunca fue aten­dido.

Enfermo, dolorido, cansado de vivir, Miyamoto murió en 1970 en su país natal, aguardando inútilmente reunirse con su amada.

Como prueba de este caso increíble, en el Museo de Anatomía de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario se exhibe, en una de sus vitrinas, el cuerpo petrificado o momificado de Carmelita Colombo.

Llama la atención de los visitantes la tersura de la piel y el bri­llo casi vital de los ojos, todo lo cual habla con elocuencia de la perfección del método utilizado y, sobre todo, de la fuerza del amor, un amor que Miyamoto logró eternizar recorriendo los in­sondables caminos de la ciencia, más allá del dolor y de la muerte.

Sdrech, Enrique (2001). Crímenes famosos. 50 años de investigación periodística, Buenos Aires, La Grulla, pp. 175-178.

sábado, junio 27, 2020

Oficios lectores: Emisión 6 y 7

Hay nuevos capítulos en la serie que lleva adelante Mariano Vespa. La emisión 6 "Cómo convertirse en una lectora serial", con Azul Álvarez y la emisión 7 "Cómo traducir sin traicionar(se)", con Laura Wittner no tienen desperdicio. Pueden verse acá:

lunes, junio 22, 2020

A la vera de un camino...: Sara Gallardo y los enanitos

Cuando realicé la acotada pero apasionante investigación sobre el epígrafe de Matando enanos a garrotazos (1982), de Alberto Laiseca (publicada en la revista Invisibles: parte 1 y parte 2), una de las pistas me condujo a Miguel Gallardo Drago, uno de los hermanos de la escritora Sara Gallardo. Siguiendo ese rastro, llegué al libro autobiográfico de Jorge Emilio Gallardo, otro hermano de Sara, titulado Geografía de la infancia (Idea Viva, 2008). Además de encontrar allí anécdotas, reflexiones y un breve perfil de Miguel, me recibió entre sus páginas una verdadera sorpresa. Según una carta que le enviara a su prima Isabel Ordóñez, a los 19 años, Sara había sido visitada por gnomos, vulgarmente enanitos, en la casa familiar "San Pedro", ubicada en Chascomús.
En la segunda parte de la pesquisa que conecta a Alberto Laiseca con Horacio "Pepe" Romeu, autor de A bailar esta ranchera (1970), y a este con el poeta Miguel Gallardo Drago, no pude evitar hacer el rodeo, ¡los textos habitados por pequeños seres me lo pedían!, y arrancar el ensayo con una mención a la original carta de Sara.
Ahora, porque me siento en la obligación de hacerlo hace ya un largo tiempo, transcribo la misiva completa para que disfruten de la imaginación, el humor y la frescura de Sara Gallardo en 1950. Reproduzco el título y la bajada que el propio Jorge Emilio escribiera en Geografía de la infancia.


Unos golpecitos en la ventana (carta de Sara Gallardo a su prima Isabel)

El 6 de marzo de 1950, a los diecinueve años, Sara imaginó desde “San Pedro” una aventura literaria poco común, testimonio de su sensibilidad hada un mundo invisible y operante y versión larvada de lo que sería su fuerte cuestionamiento de las enseñanzas recibidas.

Recibí tu carta que papá me trajo junto con unos libros de filosofía; también me llegó tu telegrama ¡gracias!

Pero no he podido estudiar en todo el día por los nervios de una cosa que me pasó anoche y que nunca me vas a creer si te cuento.

Estaba durmiendo profundamente cuando me despiertan unos gol­pecitos en la ventana y una especie de cuchicheo que me decía que fuera al monte.

Papá no estaba, Miguel en una guitarreada, mamá arriba. Voy al cuarto de papá y agarro el revólver, me envuelvo en un poncho, y con los dientes castañeteando, digamos que de frío, entreabro un postigo del escritorio.

La luz de la luna inundaba todo. Asomo la cabeza y oigo en el monte un rumor como de voces.

Ahora vos, que has vivido aquí, hacete una idea de las cosas que me pasarían por la mente: un confuso tropel de ideas sobre el Vasco Elso, Nerita y otros entes me cruzó por la cabeza.

Desde luego que lo primero que decidí fue volver a cerrar con llave, confiar en las rejas de las ventanas y meterme a tiritar en la cama.

Mientras te escribo vuelvo la cabeza repetidas veces hacia la ventana, recordando mi miedo.

Pero en ese momento se me presentó el cuadro de las circunstancias: mamá arriba, recién llegada, con Dorotea, profundas, Marta profunda, Jorgito profundo, y lo mismo en la cocina.

¿Iba yo, después de alimentarme del Cid y de Homero, a meterme en la cama como si tal? Volví a asomar la cabeza, y comprobé estupefacta que el rumor de las voces del monte no eran como de hombre, sino finitas como de unos chiquitos.

Me encomendé a todos los santos y avancé revólver en mano por el sendero del monte.

La luz de la luna pasaba entre los árboles en chorros desiguales, mi corazón latía con saltos desiguales y yo tropezaba en las desigualdades del camino. Conque mirá vos.

Y llegué al medio del monte, donde hay un viejo paraíso con una cueva al pie y el tronco cubierto de musgo, y unos talas retorcidos se sostienen unos a otros.

¡Y pensar que no me vas a creer Isabel! ¡Y pensar lo que vi!

Estaban sentados en el suelo, y en los troncos de los árboles. ¡Ah! si no tuviera la prueba aquí sobre la mesa, te aseguro que yo creería que he soñado.

Tienen el largo de un dedo de tamaño y vuelan sin alas, como empu­jados en el aire por una fuerza invisible. Yo los veía por primera vez.

Uno me dirigió la palabra, y parecía ser el más importante de to­dos.

“Siéntate sobre la raíz” me dijo, y te aseguro que yo no sabía si tenía frío, y no me acordaba del revólver.

Confusamente tenía ya ganas de que todos los de casa estuvieran allí mirando.

“Porque ya nadie cree en nosotros, es que estamos aquí” me dijo el rey, y el rumor como de abejas que hacían los demás paró de golpe.

Voy a tratar de describirte lo que yo veía, aunque no me va a salir bien, y aunque ya sé que estás pensando que soy una macaneadora. De todos modos quiero escribirlo aunque nadie me crea.

Había una multitud de los duendecillos de los cuentos, como personitas, esbeltos, frágiles, sutiles y de ojos verdes. Se vestían pareciera que con pétalos de flores y pieles de laucha, pero no lo puedo asegurar porque yo estaba muy turbada, y la luz de la luna engaña mucho.

Al pie del paraíso, en la boca de la cueva había un montón de gnomos, tal como uno se los imagina, pero más chicos de lo que yo creía que son.

En las hojas yo veía que algo se agitaba y después supe que eran silfos, que viven por los árboles, y son como verdes y traslúcidos.

Yo no podía creer.

El rey dijo de repente: “Habla”, y una vocecita como un pitito dijo: “Vengo en representación de las sirenas verdes y lustrosas del océano y de las sirenas de ojos azules y largo pelo de oro del Mediterráneo. Tam­bién de las náyades que viven en los ríos, y las ninfas que corren por los bosques. Ellas no pueden llegar hasta aquí”. Era un duendecito vestido de amarillo.

En mi fuero interno empecé a desear que volviera Miguel de la gui­tarreada y nos pescara así.

El rey me dijo: “¿Has creído alguna vez en la existencia de todos nosotros?”.

“Sí”.

“¿Porqué dejaste de creer?”.

“Me probaron que no existían...”.

“¿Quién te probó?”.

“Los sabios”.

“¿Qué te enseñaron?”.

(Por mi mente pasó un confuso montón de recuerdos de la filosofía tragada estos días).

“Me enseñaron que hay seres espirituales y seres materiales. Los espirituales: el alma humana, los ángeles y Dios”.

Un coro de risas como de un cristal golpeado por la uña resbaló entre los árboles.

“¿Nada más?” dijo el rey.

“No entiendo” contesté ¡tuctus!

“¿No te enseñaron que Dios puede todo?”.

“Sí”.

“¿Y que al principio de los tiempos del mundo, creó unos seres de una materia distinta y los puso en el mundo junto con los árboles, los hombres y lo demás?”.

“¡¡¡!!!”.

“¿No te basta el testimonio de siglos de humanidad que decían que existíamos? ¿No creíste después de vernos en los capiteles de las catedra­les y rodeando las tumbas de damas y caballeros medioevales, retratos en la piedra? ¿Tus sabios, lo saben todo acaso?”.

“Casi todo; ¡mucho!...”.

“¿Te han dicho tus sabios quiénes mueven las cortinas cuando no hay viento, porqué suenan las arpas y violines solitarios?

“¿Te han dicho qué historias de naufragios y sirenas cuentan los caracoles al ponerlos en tu oído; saben qué escriben las gotas de lluvia cuando caen; saben ellos el idioma de los pájaros y de las flores? ¡Vamos a ver! ¿Te han dicho eso? ¿Lo supieron?”.

(Yo aplastada).

“Dios mismo les dijo, y Vds. lo repiten a diario, que deben ser seme­jantes a los niños”...

“¿Porqué me llamaron a mí entonces?”... dije en un arranque de elocuencia.

“¿Acaso no has dudado a veces de tus sabios? A los niños no les creen, quizás a tí te crean”...

(Estuve a punto de musitar un “¡difícil!” al estilo de Manuel [el her­mano mayor de Isabel], pero no me animé.

“¿No has creído oír que te llamaban por tu nombre mientras estabas sola? ¿Mientras mirabas el mar no creíste ver sirenas fugitivas? ¿Acaso serían tus sabios los que nadaban?”.

(Otra carcajada general. Yo estaba boleadísima porque la ironía del rey era algo que dejaba la mía reducida a un poroto).

“Cuando te metes el tenedor en la boca y está vacío ¿quién crees que sacó la comida y la puso sobre el plato?”.

“Bueno, bueno, ya creo, ya veo que son verdad, ¡no saben Vds. cuánto me alegro!”.

“Algunos sabios nos conocieron —sugirió el rey en tono más concilia­dor—, son los modernos de hace 3 o 4 siglos los más tontos. En los antiguos mapas, ¿no viste dibujadas las sirenas?”.

“Cierto”...

“Bueno, niña, ¿te creerán las gentes cuando les expliques?”.

“No sé... este... señor... trataré por lo menos”...

(En ese momento pasó una idea “ventajita” por mi cerebro).

“Quisiera pedirle algo” le dije.

“Habla”.

“¿No podría aprender yo todo lo que Vd. me dijo antes: lo que escriban las gotas de lluvia, los cuentos de naufragios y todo eso?”.

El rey hizo una sonrisita y me contestó que hay que querer para poder y buscar para encontrar, con lo que me quedé medio desconcertada. Después me miró y me dijo:

“Adiós. ¿Te olvidarás de nosotros?”...

Yo brutísima le pedí un recuerdo de ellos y me dio unas florcitas chiquititas que tenía en la mano. Son amarillas y así: [el dibujito les da menos de tres centímetros], de ese tamaño.

Las tengo a mi lado ahora.

Se fueron, unos por las hojas, otros por el tronco y entre el pasto; yo me paré aterida y el revólver resbaló por mi camisón y cayó al suelo.

Lo levanté y trayendo en una mano mis florcitas y en la otra el arma, volví a la casa.

Todo estaba igual, todos dormían. Me acosté. Al despertarme esta mañana pensé haber soñado el sueño más extraordinario de mi vida, pero en la mesa de noche estaban las florcitas.

¿Te has convencido? Yo desde luego.

El viernes volveremos y te veré.


Gallardo, Jorge Emilio (2008). Geografía de la infancia, Buenos Aires, Idea viva, pp. 124-128.

viernes, junio 19, 2020

Dogga. El amor siniestro


¿Cómo se gesta una leyenda? ¿De dónde nace un monstruo? Las imágenes que pueblan nuestras pesadillas son elusivas. Fijar una de ellas, lograr describirla como un entomólogo de la oscuridad, observarla con la diáfana claridad de la vigilia no es una tarea popular, tampoco grata.

Arandojo El Mago ha penetrado en el universo de las pesadillas, como en una excursión por el inconciente colectivo, y ha vuelto trayendo entre sus manos a una criatura encantadora y fatal. Su nombre es Dogga y, con ella, nace una leyenda.

Dogga es una criatura monstruosa y cautivante. Su cuerpo desproporcionado, su asimetría física, su poder encantador y fatal. Se alimenta de nuestros amores frustrados, de nuestras ilusiones malquerida. ¿Quién no sintió el corazón roto? ¿Quién no miro su teléfono esperando una llamada? ¿Quién no abrió su casilla de mail o su DM para recibir un mensaje especial?

Dogga lo sabe instintivamente: nadie te quiere, nadie te llama, nadie te escribe. La criatura de Arandojo El Mago convoca soledad y desamor. Acaso sus deposiciones brillantes sean la estocada final pero también la salvación. La leyenda dice que Dogga, alimentada de amores contrariados, defeca unos cristales brillantes como el diamante.

La persona que, encantada por los cristales de Dogga, se atreva a tocarlos, perderá inmediatamente la memoria. Como dice el tango: “Primero hay que saber sufrir,/ después amar, después partir,/ y al fin andar sin pensamiento…”. Dogga, criatura de la noche de arrabal, monstruo del amor siniestro, nos lastima y nos cura, nos condena y nos salva.

En este libro, artistas, ilustradores y dibujantes se hacen eco de la implacable Dogga.
Hay Doggas realistas y fantásticas.
Hay Doggas horriblemente bellas y brillantemente oscuras.
Hay Doggas infantiles de niñez retorcida y adultas de madurez cautivante.
Como toda criatura oscura, Dogga circula de mente en mente, de espíritu en espíritu y va dejando su rastro de dolor y olvido. Cada persona la imagina a su manera, con sus obsesiones, a partir de sus deseos y de sus pesadillas.

Adelante, conozcan a Dogga. Imagínenla. Déjense encantar por el amor siniestro, recuerden no tocar sus deposiciones a menos que quieran olvidar. Así nace una leyenda.






El libro de la muestra Dogga. El amor siniestro, organizada por Diego Arandojo, se puede ver acá. Agradezco a Diego y su proyecto anácronico Lafarium por la invitación a participar con el prólogo a dicho catálogo.

lunes, junio 15, 2020

Breve noticia de Los espantos, de Silvia Schwarzböck y el sello Cuarenta Ríos


Si hay un ensayo valioso publicado en los últimos años en la Argentina ese es Los espantos. Estética y postdictadura, de Silvia Schwarzböck. Me parece un libro imprescindible, desafiante y polémico.

El corpus que construye Schwarzböck a través del cine y la literatura (desde las películas de Lucrecia Martel hasta los artículos en El porteño de Fogwill, la poesía de Martín Gambarotta y la novela El traductor, de Salvador Benesdra) y su reflexión sobre los efectos de la postdictadura en la sociedad y en la estética encienden ideas y contradicciones, pasiones y refutaciones en el lector. Es decir, más que un libro es una brasa, una piedra candente en forma de ensayo. Para darse un vistazo de Los espantos, recomiendo esta entrevista en el sitio bunker con la autora.

Por eso, me alegra la noticia de que el sello Cuarenta Ríos, en estos tiempos de pandemia, ponga a disposición en formato pdf sus libros y entre ellos, claro, Los espantos. El resto de los títulos, he podido leer dos o tres más con intéres y atención, también recupera ese lugar que hoy por hoy parecía vacante en el mercado editorial: el ensayo original, que intenta correrse de la academia, y que no le teme al riesgo de pensar lo contemporáneo.

Pueden leer el comunicado de Cuarenta ríos al respecto de la puesta en disposición de sus títulos y pueden bajar los libros en formato pdf desde esta página.

sábado, junio 13, 2020

"Profecía a un púber", fragmento de La tarde de los profetas, de Juan Revol

¿A quién se le puede ocurrir una novela escrita en versículos sobre un virus que contagia de profecía a cada persona que se cruza? La imaginación y el riesgo de La tarde de los profetas (Nudista, 2018), del escritor cordobés Juan Revol, convierten al libro en un raro artefacto literario. El libro simula ser una biblia de hotel, con sus algunas de sus correspondientes secciones biblio-religiosas (Génesis, Hechos... ¡Apocalipsis!).
Revol despliega una escritura que mixtura la narración (porque hay aventuras y un mundo mitológico-sci fi) con la poesía (porque hay versículos y recursos e imágenes inolvidables que van de la metafísica al pop) y contagia al lector de risa, reflexión y asombro. ¿Cómo alguien se puso a armar este texto que intenta respetar una cárcel formal de parágrafos y versículos para contar una historia de ciencia ficción con toques ricoteros y humorísticos?


Lean La tarde de los profetas, un gran libro publicado por un joven escritor que ya había sorprendido con sus gauchos-elfos en Cuásar (Borde Perdido, 2014). El libro se puede leer online o en formato virtual a través del proyecto digital de Biblioteca Nudista.
Yo les dejo unas capturas de un hermoso fragmento: "Profecía a un púber". Perdón la desprolijidad de subir capturas, de otro modo no se apreciaría el esfuerzo formal y de edición que supuso este libro. Pasen y lean.


Profecía a un púber, fragmento de La tarde de los profetas (Juan Revol)







 

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