miércoles, junio 03, 2020

Oficios lectores: Emisiones 3 y 4

En la tercera emisión de Oficios lectores, Mariano Vespa conversa con Mariana Lerner, editora de Ripio y coordinadora en Adriana Hidalgo editora sobre cómo mover los hilos del trabajo editorial. Pueden verlo acá:




En la emisión 4, Roque Larraquy, autor de La comemadre y de Informe sobre ectoplasma animal, explicá cómo escribe a partir de fragmentos y anticipa su nuevo libro La telepatía nacional. Pueden verlo acá:

lunes, junio 01, 2020

Sánchez con Pavese


En 1972, Monte Ávila editores publica la antología Cesare Pavese y los intelectuales, con selección traducción y prólogo de Néstor Sánchez. Leer a Sánchez escribiendo sobre una de sus grandes influencias poéticas siempre da placer.
En este prólogo que recupero de aquella edición (gracias a Fede Barea por la data), Sánchez evoca sus primeras lecturas del autor de El oficio de vivir; también recuerda un bar, un par de amigos y la ansiedad juvenil de la escritura. Con su escritura poemática, Sánchez va dejando frases indelebles, reflexiones lacerantes y una pátina compuesta de turbia lucidez y ritmo. Lean y disfruten.

Prólogo a Cesare Pavese y los intelectuales italianos (Néstor Sánchez)

Este sitio no tiene más que tres puertas de salida, la locura y la muerte.

René Daumal

 

Un ámbito reducido, casi como oposición a la con­tinuidad de la obra visible y expuesta y con un  hambre infrecuente de coherencia; achicamiento de las señales que son tantas, hasta volverse nada más que una frase: desde hace algunos años parece tratarse de algo poco menos que inevitable.

Y sigue siendo así: volver a Pavese (el arranque de un texto, cierta nota de diario, su cadencia) es, paradójicamente, como volver a la memoria: algo más bien ocre —o fluyente— que hace a su obsesión central por la memoria después transformada en mito o en la  presuposición del mito, pero que también representaría  una distancia que un día debimos aceptar en relación con él: hablo, por supuesto, de vicisitudes más cercanas, como las que siempre terminaron por inquietarlo. Volver a una lectura incluso desatenta es recuperar un sabor que no puede olvidarse: la brazada de Pavese (sin gotas por el aire, ni estruendo) se queda sin nosotros aunque al mismo tiempo nos recupera por resonancia. Pero volver a ciertas páginas suyas, sobre todo en este caso, es volver a aquel bar con la escalera de incendio sobre el mingitorio, en la misma ciudad, entre montones de papeles manuscritos y de sobreentendidos, justo cuando acumulábamos aquel material —nuestra primera vez— para una revista sin grabados y con un epígrafe suyo que, por supuesto y tal cual la añorábamos, nunca apareció.

Sin duda, el pornográfico asunto del paso del tiempo no es más que una coordenada al pajarraco estupefacto que también lo alude como tensión, y hasta como desasosiego; si alrededor de aquella misma mesa en aquel mismo bar, al principio de casi todo, formá­bamos o no parte de lo que suele entenderse por una generación, resulta todavía más inexplicable.

Pero lo cierto es que nuestra finalidad por entonces precisable era dar, nada menos a partir de un momento bastante futuro, con una voz propia (la palabra voz ya parecía del italiano) que a su vez diera con un ritmo que a su vez pudiese vincularse, de cierta manera que ya nada ni nadie podría explicarnos, a la respira­ción de una lengua. Claro que también alentábamos la esperanza bastante comprensible —Pavese la había alentado a su modo, o simularía creerlo— de completar cuanto antes una ideología (la palabra espectacular de entonces donde cabía una estética) capaz de demostrarnos la continuidad del mundo, e incluso de descenderla hasta nuestro nivel de aprendices.

Sin embargo aquella insistencia en rastrear una noción de poesía prosperó con tanta tenacidad que poco a poco una especie de desierto literal empezaría a meterse en la ciudad, y en el bar. Pavese, a su modo, se movía a sus anchas en aquella alegoría; sin camello, con sus lecturas inconcebibles en Italia, como hombre de ideología pero al mismo tiempo como sospechoso de tedio frente a la simplificación desatada. Éramos tres, en ciertas ocasiones hasta llegamos a ser cuatro, aunque en honor a la verdad de entonces y excluyendo los amores, nunca pudimos superar esa limitación, esa capilla: años semi silenciosos y bastante cohibidos de la afonía apechugada, de intentos casi secretos por desagigantar la diversidad libresca y los hábitos de cultura comprendedora que parecían obstinarse en ex­ceder sus límites hasta el extremo de invadir la activi­dad literaria específica: y el arte, según él, seguía siendo una cosa seria, a lo sumo tan seria como la moral o la política.

Entonces ya había tenido lugar lo que hoy ya es casi memoria del propósito y en aquel momento signi­ficó el primer decaimiento frontal de la mala concien­cia en relación con un trabajo abiertamente específico: la edición de El oficio de poeta, título del apéndice de Lavorare stanca a que admitía la recopilación demasiado ceñida de textos originados en otro tipo de desierto: la pobreza del realismo que lo acorralara se volvía poco a poco un particular paisajista —algo irritado— de Hieronymus Bosch.

Tuvo lugar aquel no iremos al pueblo porque ya somos pueblo y ese ir ya es mala conciencia; no hay tal antinomia poesía-prosa excepto para los casos de sordera incurable; aceptar las voces que me marcaron es humildad porque orgullo quiere decir la suposición garrafal de que no me marcaron; poesía no es otra cosa que reiteración; toda escritura es una ética (o una sospecha bastante parecida a una escritura).

 

Muchas estúpidas barreras cayeron en aquellos días

El Borges más cercano sabe —y nada menos que aprovechándose de Swift— en qué medida un hombre, más que en la sucesión de sus días perdura para nosotros en unas pocas frases terribles. No es el caso de Pavese (y procuraré señalarlo) pero es el caso de aquel Pavese en ese bar al fin de cuentas latinoameri­cano mientras muchachas un poco lánguidas, con cier­tas señales del porvenir en la frente, saludaban agitan­do novelas de Sartre en el extremo del brazo.

Al mismo tiempo Pavese fue para nosotros obstina­ción incorroborable y solitaria de un oficio, una histo­ria que pudimos no conocer si se hubiese dedicado a la ebanistería, pero que no habría sido esencialmente distinta. Fue la corroboración de un ciclo total en la relación con el instrumento dado y asumido como único, querido como único, o como destino. Tal vez por esta misma causa admite —y simultáneamente ex­cede— cualquier tipo de enfoque aproximativo: como patología, como épica del sufrimiento, como sadista tímido, como pura reducción a un ritmo y también como vida (y obra) capaz de haber demostrado sin proponérselo nunca, a causa de aquella fidelidad, todo lo precario y lo suficiente de un instrumento abruma­doramente jerarquizado, que siempre nos excede en misterio y situación.

Llevó un diario misógino, idéntico a sí mismo, pero lo llevó hasta una semana antes de convertirse en el personaje insustituible y responsable del desenlace in­sustituible (“estoy enfermo de literatura”, confesaba en alguna parte); llevó el balance permanente de su obra acaso dominado por la moral de la ausencia, pero nunca lo hizo a manera de prosa, sin el sentimiento último de aquel ritmo que lo volvía posible; escribió algunas novelas que empobrecían su poética y se apro­ximaban al contexto, pero no dejó de rumiar la poesía como nostalgia de sí mismo, como posible generosidad consigo mismo.

Aquella extraña, casi pueril conjetura de la indigen­cia de la propia situación en el tiempo (el fantasmón del pajarraco): un costado que no sólo tocó como vicio porque en sus páginas más luminosas surge como posibilidad incalificable de un telón de fondo, obvio y replegado, para la alegría independizada de trabajar con palabras. Entre esa alegría y el silencio que cono­ció, Pavese también colaboró en alentar una rara certe­za: que todo poema, todo párrafo —casi toda palabra unida a otra— es la historia secreta de una carencia.

Siempre, al retomarlo, algo vuelve a sobrecogernos en su relación con la lengua: algo que no puede definirse del todo porque en este caso se desvincula de aquel bar para volverse la otra memoria de una frase que todavía buscamos, de ese punto y aparte que nos comenta: respiración —no hay otra palabra— inconfun­dible de lo transitorio, eso que está más acá de su gesto inevitable, de aquel vivir trágicamente que en todo caso se volvió perpetuidad de la adolescencia.

Inclinación al trabajo de cada día (“lo único que tiene un sentido y una esperanza”) a pesar de las trabas enormes del que está preso en su propia condición y, para colmo y por la misma causa de cada día, se atreve a comprobarlo. Más limpiamente emocional que Camus (siempre vuelvo a pensar en las semejan­zas), es menos francés o nada francés: algo, que debió lamentar, terminó por negarle ser del todo “europeo”. Pavese está demasiado solo, o demasiado orgullosamente convencido de su humildad.

Para nosotros, en aquel entonces, fue una presencia providencial, poco a poco monocorde y sofocada, sin otros caminos posibles que el de oficiar su retórica, pero capaz de señalar como muy pocos una amplitud tácita en esa relación personal (y necesariamente apa­sionada) con un lenguaje evasivo que era a su vez la búsqueda de una manera de vivir, o de admitir que no vivimos.

La presente recopilación de trabajos críticos (aparte de pretender que se establezca una “discusión en sí”) procura articular una frecuencia, una frecuencia italia­na y actual a manera de coro, o de eco de un coro que se merezca aunque más no sea en parte, aquella vocación.

Roma, febrero de 1971.

En AA. VV., Cesare Pavese y los intelectuales italianos, Venezuela, Monte Ávila editores, 1972.

sábado, mayo 30, 2020

Kafka, Laiseca y el realismo

Hace unos días, Diego Cano (organizador de Todo Aira en facebook, autor de Franz Kafka. Una literatura del absurdo y la risa, especialista en guerra civil española) y Agustín Conde de Boeck (autor de El monstruo del delirio. Trayectoria y proyecto creador de Alberto Laiseca, investigador tenaz de la revista Babel y de la vida y obra de Marcelo Fox) mantuvieron una charla virtual abierta sobre los cruces literarios, temáticos, de influencias mutuas entre Franz Kafka y Alberto Laiseca.
El intercambio fue muy fructífero por la calidad de ambas intervenciones y por las preguntas pertinentes del auditorio internauta. Aquellos y aquellas que no hayan podido participar y les interese, se puede ver completo acá:


miércoles, mayo 27, 2020

Escrituras excéntricas

Rescatar autores y autoras que fueron relegados a un lugar de sombra y fuga en la literatura argentina fue el objetivo de la antología que Héctor Libertella publicó en 1997 bajo el título: 11 relatos argentinos del siglo XX (una antología alternativa). Hace varios años, le dediqué un post al respecto intentando revisar qué escritores y escritoras continuaban escapando al canon oficial y cuáles, en cambio, habían comenzado el proceso de santificación. Creo que mis conclusiones acerca de aquella selección no se modificaron demasiado.
Sin embargo, unas semanas atrás, al volverme a cruzar con el libro de Libertella, renació la pregunta: ¿qué autores y autoras, a la sombra y en fuga, podrían hoy por hoy significar una mapa alternativo para la literatura argentina? Para responder a esa pregunta, contacté a algunos amigos y a algunas amigas de este blog. La propuesta es pensar tres escrituras aún alternativas, excéntricas, fugadas y justificar brevemente cada elección.
En un gesto de egocentrismo cultural (todo lector es egocéntrico), arranco con el desafío y abro esta serie para una antología alternativa actual y virtual de la literatura argentina.

Tres escrituras excéntricas (Golosina Caníbal)

1. Carlos Correas. "Los jóvenes"


El relato de Correas comienza de este modo:

"A la una de la mañana el Anchor languidecía. En el mostrador del bar, varios putitos de calzoncillos anatómicos beben Coca-Cola. Junto al piano bailotean torpemente dos ingleses de porongas lechosas. Los farolitos rojos dan la justa luz para ese pequeño quilombo de pajeros. Mesitas alcahuetas y lustraditas, mozos con aire de perros, espejos estratégicos para que los putitos se deseen de reojo".

Eso en 1952. Como si no bastara con "La narración de la historia" ( y Los reportajes de Félix Chaneton (1984), como si no fuera suficiente con Ensayos de tolerancia (1999) y La manía argentina (2011), Correas escribió en 1952 un relato neobarroso que parece anticipar a Osvaldo Lamborghini, a Néstor Perlongher y a toda una línea de la literatura argentina que mezcla la homosexualidad, la violencia y el humor para producir una torsión en el lenguaje.
Felizmente, la editorial Mansalva recuperó este relato en su edición de 2012, junto con "Las armas tiernas", para demostrar que Carlos Correas es un escritor inclasificable y que uno de sus relatos más antiguos se anticipó 20 o 30 años a la literatura por venir.
Si por "La narración de la historia" Correas fue perseguido judicialmente, ¿qué hubiera producido esta bomba de semen y sorna titulada "Los jóvenes" en el campo cultural argentino de los años 50? ¿Qué sigue generando ahora?

2. Amalia Jamilis. "Osario bajo la luna"


La obra de Amalia Jamilis, cuentista platense, es un secreto a voces. El primer libro suyo que leí  lo encontré entre los usados del Jardín de la República a un precio mínimo, su título es Ciudad sobre el Támesis (1989) y su lectura me deslumbró.
Supe que ahí había una escritura excéntrica, olvidada, algo cortazariana, algo ocampiana también pero con un estilo particular. A partir de allí, comencé a buscar el resto de sus libros. Desde Parque de animales (1998) hasta Detrás de las columnas (1967), leer a Jamilis es una experiencia particular: ella cultiva el arte de la sugerencia, las tretas de la elisión.
En este sentido, "Osario bajo la luna", publicado en el libro Los días de suerte (1969), es un relato breve pero condensa su imaginación y su pericia literaria: un principio desconcertante, una puesta sintáctica personal que construye la narración pieza a pieza y un cierre que reenvía al lector inmediatamente al comienzo de la narración, para poner a prueba de nuevo esa primera sensación de desconcierto. Amalia Jamilis, taumaturga de la narración breve, misteriosa artífice de pequeños universos narrativos.

3. Elvio Gandolfo. "Vivir en la salina"


Probablemente remitir a la obra de Elvio Gandolfo pueda ser una obviedad hoy por hoy. Y sin embargo... Encontrarse con relatos como "Vivir en la salina", "Llano al sol" o "El terrón disolvente", significa abrazar la escritura de género como una posible vía de escape. ¿Por qué evitar los géneros? ¿Por qué no apropiarse de sus lógicas para volverlos próximos y fascinantes?
Gandolfo lo logra. "Vivir en la salina" es un policial negro, un relato seco y exasperante. La hostilidad del ambiente, la terquedad de sus personajes, la tensión en las relaciones se despliegan línea a línea.
Publicado en 1982, en un libro redondo bajo el título La reina de las nieves, este relato es una muestra de cómo Elvio Gandolfo abre la puerta de los géneros para la literatura argentina, en la línea de Angélica Gorodischer y de Charlie Feiling. Por el contrario, tomando las lógicas del género y armando una historia eficaz e inolvidable. Salve, Elvio, tus lectores te saludan con emoción y valor.

sábado, mayo 23, 2020

Oficios lectores: Emisión 2

En esta segunda emisión de Oficios lectores, Mariano Vespa conversa con Chris Wait, editor de New Directions Publishing House, sobre cómo surfear la crisis editorial. Pueden verlo acá:



jueves, mayo 21, 2020

Las carcajadas de Marcelo Fox

Mi investigación alrededor de Fox, autor de Invitación a la masacre (1965) y Señal de fuego (1968), tuvo su primera condensación en un tríptico de ensayos publicados en la revista Invisibles, entre diciembre de 2018 y octubre de 2019. ¿Por qué leer a Fox? ¿En qué época, en qué ciudad, en qué constelación de textos y autores escribía? ¿Cuál es la historia detrás de este fantasma oscuro y burlón?, fueron algunos de los interrogantes que me movilizaron. 
Hojear o leer Invitación... es una experiencia movilizante, sea por el rechazo o por la fascinación que sus páginas generan. Acercarse a un libro tan extraño como Señal de fuego, con sus aforismos y esvásticas rojas es sentir una piedra molesta en el zapato, es adivinar el sentido de un monolito poético. 
En este post, recopilo ese tríptico que comienza con un ensayo general sobre la figura de Fox, continúa con una lectura de Invitación a la masacre y finaliza con una inmersión literaria-esotérica en Señal de fuego y la muerte del joven escritor. Lo hago para que se puede leer en continuidad, porque estos tres ensayos forman una primera condensación, un primer preparado alquímico para invocar al fantasma foxiano que siga dando sus carcajadas en la noche de esta Gran Llanura de los Chistes.

Primer ensayo: "Marcelo Fox, un muerto punk"


A principios de los años 60, Marcelo Fox, quien se presentaba como “Emperador secreto del mundo”, fue un escritor inclasificable de la vanguardia artística porteña. Habitué del Moderno, integrante lateral del grupo Opium, autor de poemas en revistas contraculturales, tenía el íntimo deseo de “espantar al burgués”.


Segundo ensayo: "Marcelo Fox, lector de Lautréamont"

En esta segunda entrega sobre el escritor argentino Marcelo Fox, que gravitó en la escena porteña a mediados de los años 60 con su intensa vocación de espantar al burgués, analizamos la influencia que tuvo la literatura de Lautréamont en la vida y obra del autor de Invitación a la masacre, y los escritores de su generación.


Tercer ensayo: "Una cruz para Marcelo Fox"


En esta última parte de la investigación sobre el escritor Marcelo Fox, analizamos el alcance que tuvieron en su libro, Señal de fuego, las ideas en torno al esoterismo y el ocultismo. Estas ideas, atravesadas por el nazismo, le permitieron elaborar en su obra final aforismos de una enorme carga poética y visual, con las que imaginó la destrucción del mundo. A continuación del ensayo, una selección de textos de Señal de fuego.

lunes, mayo 18, 2020

Charles Manson. Crimen a distancia (Juan-Jacobo Bajarlía)

La figura y la historia de Charles Manson comenzó a resultarme interesante a partir del artículo "Fines del verano contracultural", del crítico Diedrich Diederichsen, publicado en 1999 y recopilado en español en la antología Personas en loop. Ensayo sobre cultura pop (Interzona, 2005).
Ese ensayo merece otro post y si no está en la web, merece también ser digitalizado y difundido. En resumidad cuentas, después de trazar un triángulo genial entre Woodstock, Manson y Theodor Adorno, el alemán plantea que Manson y su "familia" revelaron con sus asesinatos otra cara de la movida contracultural norteamericana de fines de los 60 (tan así fue que una gran parte del hippismo y de la prensa under tuvo que salir a desmarcarse). Esa nueva cara terminó realizando, para Diederichsen, un concepto central de la contracultura: el mal.
Como decía, la lectura de ese texto de Diederichsen me abrió un interés alrededor de Manson, de su significación y de su relevancia. En esa línea, me puse a buscar qué repercusiones tuvo Manson en la Argentina, particularmente en la literatura. No encontré demasiado a decir verdad, pero dos o tres materiales creo que vale la pena recuperar.
Uno de esos es esta nota escrita por Juan-Jacobo Bajarlía y publicada en 1978 en el n.° 3 de la revista Umbral Tiempo Futuro. Se titula "Charles Manson. Crimen a distancia" y hace un recuento de los cruentos asesinatos de la familia Manson y, supongo que por los particulares intereses de Bajarlía, de la influencia de la brujería, el satanismo y las lecturas esotéricas de Manson. Si se les ocurre algún otro material afín, me comentan. Pasen y lean.


 
Charles Manson. Crimen a distancia (Juan-Jacobo Bajarlía)

En la mañana del 9 de agosto de 1969 la policía de Los Ángeles, Estados Unidos, descubría al horror del resentimiento social, las drogas, la brujería, al Diablo y al odio de blancos y negros, cuando sobre la puerta de una casa ubicada en Cielo Drive, leyeron, escrita con sangre, la palabra PIGS (cerdos)...


1. DESCENSO EN EL INFIERNO

Sobre la puerta del número 10050 de Cielo Drive, entre la bahía de Los Ángeles y el Valle de la Muerte, una palabra escrita con sangre decía PIGS (cerdos). Era la mañana del 9 de agosto de 1969. Winifred Chapman, la sirvienta de la actriz Sharon Tale, quedó paralizada. Vio, también, tirado en el césped, un cadáver. Se comunicó con los vecinos. Pocos minutos después la policía estaba en el número 10050 de Cielo Drive.
El teniente Donald Baxter llegó con el forense. Al lado de la puerta había una servilleta empapada de sangre. Con ella, la mano asesina había escrito esa leyenda insultante.
Entraron. Fue un descenso en el infierno. Pero esta vez no era el infierno de Dante. Era otro, mucho peor, en el que se mezclaban el resentimiento social, las drogas, la brujería, el Diablo y el odio de blancos y negros. Las paredes y las puertas interiores también tenían sus leyendas escritas con sangre: Rebelión, Muerte a los cerdos, Confusión. En el living colgaba de una viga del techo el cadáver semidesnudo de Sharon Tate (25 años, rubia, ojos grandes), embarazada de ocho meses y medro. Tenía un seno seccionado y 16 puñaladas. Al lado de la actriz, también semidesnudo, colgaba Jay Sabring, gran peluquero de Hollywood y novio de la actriz antes de que ésta se casara con el cineasta Roman Polansky. Había sido castrado y su cuerpo presentaba 7 puñaladas y un impacto de pistola en al rostro. Le habían tapado la cabeza con un capuchón.
El infierno se proyectaba hacia afuera. Sobre el césped yacían los cadáveres de Abigail Folger (morena, drogadicta, heredera del rey del café californiano) y Voyteck Frykowsky, su amante. Este último, muy aficionado a la marihuana, había muerto de cincuenta y una puñaladas, trece golpes en la cabeza y dos impactos de pistola a quemarropa. Más allá, en un automóvil al lado de la verja, hallaron el cadáver de Steven Earl Parent, un muchacho de 18 años que presentaba 4 impactos en el pecho. Había llegado a Cielo Drive para visitar a William Garretson, el joven guardián de la casa.
Terminada la tarea y ya cortado el cable del teléfono, los asesinos se instalaron en la cocina y comieron. Brindaron por la sangre de los cerdos. Por el triunfo de los negros sobre los blancos. Por el retorno del gran jefe y gurú blanco que iba a tiranizar a los negros. Al sadismo agregaron el sarcasmo. Este infierno era inédito. Ni aun lo había imaginado Swedenborg.
Entretanto, el vástago que Sharon Tate llevaba en el vientre, sobrevivirá 20 minutos a la muerta de la madre.
El teniente Donald Baxter y el forense siguieron horrorizados su tarea. Las evidencias eran imprecisas. Convinieron, sin embargo, en dos premisas: "Hay más de un asesino y los crímenes son rituales”. Ambos supuestos se confirmarían después con algunas variantes. Lo único cierto por ahora, es que la masacre se había perpetrado entre la noche del día 8 y la madrugada del día 9.


2. SIGUE EL DESCENSO

Baxter dormitaba con un par de libros sobra la brujería en Los Ángeles (uno de ellos llevaba el título de The White Devil, “El Diablo Blanco”), cuando de pronto comenzó a sonar frenéticamente al teléfono. Atendió con desgano. Pero al instante quedó como petrificado con el auricular casi hundido en la oreja izquierda. (Baxter era zurdo). La voz le transmitió los detalles de otro “crimen ritual” a poca distancia de Cielo Drive.
Las víctimas eran Leno La Bianca, poderoso propietario de una cadena de supermercados, y tu esposa Rosemary. La Bianca había muerto de 26 puñaladas, y el asesino, valiéndose de un tenedor, había trazado en la piel de su estómago la palabra GUERRA. Después lo había tapado con los diarios que daban cuenta del asesinato de Sharon Tate. Rosemary La Bianca, a su vez, tendida en la cocina, con un cuchillo clavado en la garganta, presentaba 46 puñaladas. Sobre las paredes de la casa y en una heladera, la palabra clave: PIGS. La fecha del hecho: 10 de agosto de 1969, durante la noche.
Donald Baxter guardó en el bolsillo el libro sobre El Diablo Blanco y recorrió San Francisco. Se metió en Haight-Ashbury. Visitó las concentraciones hippies, sus bares y comercios, y pidió ayuda a las demás policías. Había que dar con los asesinos. Investigó también en el Strip de Sunset Boulevard y Santa Mónica, y se extendió hasta las villas de Mac Kinney, en Texas. Los sabuesos se perdían en un laberinto desconocido.
En esa labor intervino paralelamente, por su propia cuenta, el padre de Sharon Tate, teniente coronel del Servicio Secreto. Se dejó crecer la barba, renunció a su cargo (tenía 46 años) y se disfrazó de hippy. Después se introdujo en el mundo del sexo y las drogas.




3. LA “FAMILIA MANSON”

Cuatro meses después. Susan Atkins, una joven que pertenecía a una extraña secta del desierto, detenida en averiguación de antecedentes por un robo, relató, en estado semihipnótico causado por las drogas, el crimen del número 10060 de Cielo Drive. La compañera de celda, una prostituta de San Francisco, lo comunicó a sus carceleros. Susan Atkins fue interrogada intensamente hasta confesar su participación en los asesinatos junto con Leslie van Houten, Patricia Kerwinkel, Linda Kazabian y Charles Watson. También mencionó a un tal Charles Manson. “Charlie —dijo Susan Atkins— nos miraba y perdíamos la voluntad”. Era el jefe de la “familia Manson” a la cual pertenecían los nombrados.
El teniente Baxter fue anudando los detalles. Ordenó la detención de todos. Nueve en total. Linda Kazabian confesó que estuvo presente la noche del crimen, pero no participó en ninguno de los hechos. Dijo que Charles Manson las hipnotizaba y los miembros de la "familia” hacían lo que él se proponía. Eso fue lo que sucedió en la residencia de Sharon Tate. Linda Kazabian miraba como arrastrada por una fuerza que actuaba a distancia. Susan Atkins, Patricia Kerwinkel y Leslie van Houten, en cambio, “realizaban hechos” mecánicamente, mientras gritaban y danzaban. Manson, ausente, sin intervenir materialmente en los asesinatos, había instigado la masacre de Cielo Drive.
Enterado el fiscal de la declaración de Linda Kazabian, le prometió la inmunidad procesal a cambio de la acusación. Ella aceptó y oportunamente fue liberada. Pero si proceso no fue cosa fácil. Susan Atkins, en un careo con Charles Manson, no resistió su mirada y se retractó. Ya era tarde sin embargo. Las pruebas de cargo reunidas en la instrucción sumarial lo condenaban como ejecutor a distancia de los crímenes de Cielo Drive. Los asesinos directos habían sido sus instrumentos mentales.
¿Pero quién era Charles Manson? Donald Baxter rastreó sus antecedentes. Meditó en él.
Manson tiene 25 años. Vivió miserablemente. Su madre, según Georges Demaix, fue habitante de “hoteles siniestros donde ella residía con amantes sucesivos”. El mismo Manson lo denostará al evocar su infancia de niño abandonado o a cargo de sus abuelos cuando ella es encarcelada por robo. Pero Manson, a los 25 años de edad sólo estuvo 12 en libertad. Los otros 13 los pasó en prisiones o reformatorios. Se casó muy joven. Tuvo un hijo. Su esposa murió cuando él purgaba una nueva condena. El hijo, por otros medios, también desapareció.
Manson está en la cárcel cuando un día se entera que los Black Panthers de Los Ángeles llaman Pigs a los blancos. “¡Cerdos!”, lo repite y lo adopta porque él odia a los blancos, cuyo sistema identifica con sus frustraciones. Con su larga derrota. Sin embargo, para combatir a los “cerdos blancos” era imprescindible un arma. La buscó y la halló, un día en la biblioteca de la misma cárcel. Allí descubrió unos libros que le hablaban del ocultismo, de magia negra, de hipnotismo. Fue la gran sabiduría. La llave do la “liberación”.
Entonces comenzó a practicar. Miraba intensamente un punto fijo, sin pestañear, y se tomaba in mente los minutos transcurridos. Después practicó los “pases magnéticos” con los seres imaginarios de la celda y los “doblegó” a su voluntad con órdenes diversas. Pensó (ya nadie podría evitarlo) que con la hipnosis dominaría el mundo y se vengaría de los cerdos. También pensó que él ayudaría a los negros para matar a los blancos. Para exterminarlos, sin lugar a dudas, pero con trampa. Realizada la “limpieza”, vendría él como jefe indiscutible para someterlos a sus designios. Una hábil y absurda paranoia para un mundo donde sólo comían los opulentos y los demás mendigaban.
Cuando salió de la cárcel se dejó crecer la barba y se lanzó hacia el desierto californiano. En el camino, en un infierno lleno de sexo y drogas, de homosexualismo público, sin atajos, reclutó su “familia”, lo que él no había tenido. Ahí estaban Linda Kazabian, Leslie van Houten, Susan Atkins, Patricia Kerwinkel y Charles Watson, ex universitario y ex jugador de rugby, todo un atleta de 24 años, que merodeaba, mugriento, por las granjas de los “cerdos”. A éste lo convirtió en su secretario ejecutivo. Coleccionó otros derrotados, y en Spawn Movie Ranch los adoctrinó como un gurú poderoso que manejaba la magia a su antojo. Les infundió otras ideas. Les habló del exterminio de los pigs. Los sugestionó. “Cada ser humano —les dijo— es simultáneamente el Diablo y el buen Dios”. (Esto se repetirá después en el proceso).
El maniqueísmo paranoico de Manson tenía una finalidad: asegurar que las acciones eran del hombre, sin sujeción a normas restrictivas, y que el asesinato era una abstracción y no una instancia objetiva.
La “familia” escuchaba promiscuada con sexo y suciedad. La sugestión se introducía en sus débiles cabezas con esquemas que invadían el lugar de la memoria.
Después vino la praxis. Manson, ejerciendo sus poderes hipnóticos, obligó a mendigar desnudas a Linda Kazabian, Susan Atkins y Patricia Kerwinkel. Y ellas, sin inhibiciones, mostraron sus cuerpos en el Boulevard Santa Mónica pidiendo ayuda para el Pater familia. La sugestión de Manson no tenía limites. A veces colocaba un disco para cimentar su filosofía. Era la música de los Beatles, que según él predecía la rebelión y el exterminio de los blancos por los negros.
Donald Baxter cerró su cuaderno de apuntes.




4. EL PROCESO
 
Cuando comparecieron al juicio, las acusadas tenían una cruz en la frente. Se habían marcado, como solían hacerlo, para distinguirse de los pigs. Se consideraban las víctimas del sistema. Sonreían, miraban con desprecio. Disimulaban su nerviosidad. A veces rebatían al fiscal Bugliosi, y éste, fuera de sí, levantaba la mano. En una de las sesiones el mismo fiscal fue condenado a una multa de 50 dólares por darte una cachetada a la procesada que tenía a su alcance. Las audiencias fueron borrascosas. También se insolentaron los abogados defensores que pagaron su desacato con un día de detención.
En los escaños para el público, no menos de 20 jóvenes se habían impreso la cruz en la frente tajeándose con hojas de afeitar.
El único que no perdió la calma fue Charles Manson. Se mantuvo sereno. Negó los cargos. Sólo estalló cuando el Jurado lo halló culpable de homicidio en primer grado junto con Leslie van Houten, Susan Atkins y Patricia Kerwinkel. El juez Older los condenó a muerte. Entonces el imperturbable Charlie, levantándose del banquillo gritó: “Todos ustedes son culpables, y vos, viejo ejecutor de una justicia que no existe, no vivirás mucho tiempo. Yo quemé mi vida en la cárcel mientras el mundo de ustedes iba en aumento”. Días después, agregará: “No me interesa la muerte porque no existe. Es una ilusión de la mente”.
Después sucedió algo imprevisto. La pena capital fue abolida en California, y los 4 asesinos se salvaron de la cámara de gas. La pena de muerte les fue conmutada por la de prisión perpetua. Un diario de Los Ángeles publicó una caricatura del barbado Charles Manson con esta inscripción: La muerte es una ilusión. Detrás de la barba aparecía el juez Older meditando.




5. LYNETTE FROMME CONTRA FORD

El resto de la “familia”, en 1971, el mismo año de la sentencia, buscó la manera de liberar a su jefe y gran maestro de las ciencias ocultas. Proyectaron asaltar una arme-ría para pertrecharse y tomar sorpresivamente el establecimiento carcelario. La policía los capturó. Pero estos místicos que al mismo tiempo eran oligofrénicos, no se tranquilizaron.
En agosto de 1975 Lynette Fromme y otra mujer (ambas eran miembros de la “familia”), disfrazadas de monjas, concurrieron a la legislatura de Los Ángeles para peticionar la liberación de Manson. Sólo hallaron sonrisitas. Esta Lynette Fromme (26 años, pelirroja, de 1,52 y 47 kilos, de sobrenombre Squeaky, ex reclusa de reformatorios) ya había testimoniado en favor de Charlie durante el proceso. Su fracaso, entonces, la llevó a planear la muerte de Gerald Ford, presidente de los Estados Unidos por renuncia (caso Watergate) de Richard Nixon.
Lo esperó en Sacramento (California) donde se hallaba de visita. Fue el 6 de setiembre de 1975. Se ubicó entre el público que lo ovacionaba, y a 60 centímetros de distancia le apuntó con su pistola. En ese instante Larry Buendorf (37 años, ex jugador de básquet), agente del Servicio Secreto, saltó hacia ella cuando oprimía el percutor. Pero Lynette Fromme no sabía que era necesario colocar una bala en la recámara. No hubo, por lo tanto, detonación. De cualquier manera aunque el arma hubiese sido accionada eficazmente, la trayectoria del proyectil habría sido desviada por Larry Buendorf, quien al saltar le tomó la mano, la desarmó y la inmovilizó junto a un árbol.
Ford se salvó milagrosamente. Después Lynette será condenada a prisión perpetua.
Consumado ya el atentado, se supo que un mes antes la frustrada asesina y Sandra Good, otra “familiar” de Manson, habían llevado una carta a un diario de Sacramento que el director no quiso publicar, en la que se aseguraba que de no liberarse a Charles Manson correría la sangre como en “la casa Tate-la Bianca o My Lai”. (Recordemos la matanza en esta aldea de Vietnam del Sur, a cargo del teniente William Calley).




6. HIPÓTESIS FINAL 

El resentimiento social de Charles Manson, del que ya hemos dicho algo, se alimen-taba a su vez de un oscuro satanismo que Io llevaría a la venganza de sus derrotas. Es posible que los filmes del mismo Roman Polansky, el esposo de Sharon Tate, hayan sido la consecuencia de su paranoia criminal. Si Manson estimaba al Diablo y la brujería, pensamos, junto con otros investigadores, que el instigador de la masacre de Cielo Drive se sintió “emocionado” y ofendido ante los secretos revelados por Polansky en el filme Rose Mary’s Baby (El bebé de Rosemary), basado en La semilla del Diablo, novela de Ira Levin.
Cuando el filme —dice Georges Demaix— fue exhibido, “unas veinte o treinta sectas ocultas de San Francisco a Filadelfia y de Chicago a Nueva York se interrogaron sobre las razones que había tenido el director para pasarse de lo estricto, ya que al mundo de la hechicería no le agrada que se rebasen ciertos límites”. Polansky, persiguiendo la verdad, tuvo como consejero técnico a Anton Lavey, experto en satanismo, quien intervino también en Brujería, magia y misa negra, filmada por Luigi Scattini.
La idea central de Rose Mary’s Baby estaba referida a una mujer que era llevada hábilmente por el marido hacia el lecho del Demonio. No faltaba el sabbat y abundaban, para los entendidos, los detalles del demonismo y la brujería. Los maleficios estaban a la vista. La joya obsequiada por la mujer del hijo de Mercato, llevada al cuello, producía malestares. La corbata, sometida al hechizo, provocaba la ceguera de su dueño. El guante, manipulado con fórmulas de brujería, producía el odio y la muerte. La mistura, en cambio, desataba las alucinaciones. Demaix enumera todo esto y expresa: “Por último, viene la cruz invertida sobre la cuna del recién nacido, cubierta con un velo negro”. No se omitía ningún secreto. Los brujos de California, entre ellos Charles Manson, se mordieron las uñas.
¿Pudo influir todo esto en los feroces asesinatos que hemos descripto? La venganza de Charles Manson fue un hecho imprevisible. Su resentimiento social, en cambio, debía desembocar en el odio hacia el hombre. Y en este odio todo se convertía en un pretexto con miras a la muerte.




Fuente: Umbral Tiempo Futuro, n.° 3, 1978. Tomado de Selección de relatos fantásticos, tomo 4, colección Umbral Tiempo Futuro, Buenos Aires, 1983, pp. 06-17.
 

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