viernes, septiembre 03, 2010

Gorilas en la niebla (sobre Mono Sacer de Nicolás Arispe)


En 1969, Saer publica Cicatrices, una formidable novela en cuya tercera parte, “Abril, Mayo”, un juez ve gorilas por toda la ciudad:
“Los gorilas estarán a esta hora saliendo de sus guaridas, dejando sus jergones malolientes, observando sus dentaduras carcomidas frente al espejo del baño, deponiendo sus excrementos, mirando por la ventana la niebla, revolviéndose modosamente en las camas donde han copulado con sus hembras de sexo rojizo, entre rugidos apagados y lamentos brutales, las hembras han de estar mirando a los machos desde la cama, oyéndolos moverse por las cocinas mal iluminadas mientras se preparan el desayuno antes de salir a trabajar. Después entornarán los ojos, se harán un ovillo entre las frazadas calientes y volverán a dormirse hasta media mañana. Después se levantarán y saldrán al mercado a comprar alimentos, mientras los machos escriben unos trazos ininteligibles sobre grandes libros de caja en oficinas de techo altísimo y piso de madera. Los veo abrir la puerta de calle, lanzando los primeros eructos pasmados, mirar la niebla, y encorvarse después mientras caminan en la llovizna hasta la primera esquina, para tomar el colectivo. En el colectivo se aplastarán unos contra otros, refregándose los culos carnosos y echándose el aliento sobre la cara todavía hinchada por el sueño. Emitirán unos sonidos roncos, sacudiendo la cabeza, abriendo desmesuradamente los ojos y moviendo las manos en ademanes ininteligibles.” (p. 190; Seix-Barral, 1995)
En 2009, cuarenta años después, Nicolás Arispe publica un libro precioso, Mono Sacer (Casa Nova, 2009), en el que una serie de ilustraciones en blanco y negro recupera esa mirada paranoica para dar cuenta del escenario político argentino y su nueva polarización después de 2008 (que de algún modo resucitó la antigua: peronistas-gorilas; popular-antipopular; etc.).
Así, el libro abre con un “Mapa/Referencias” en el que Nicolás traza la geografía de una ciudad imaginaria dividida (hay un muro, al mejor estilo San Isidro, que separa el “mundo bajoflorense” del “universo gorila”) en la que coexisten el “Polo financiero” con el “Polo industrial abandonado”; la “Escuela privada” con la “Escuela pública”; la “Cancha de golf con césped premiado” con la “Canchita de fútbol”. En este mapa ya se comienzan a mostrar las diferencias que separarán, en las siguientes ilustraciones, a los dos grupos (los gorilas y los bajoflorenses): la arquitectura y los recorridos urbanos muestran distintas formas de vida, distintos mundos laborales, distintas prácticas socio-culturales.
En la ciudad de Mono Sacer, habitan los gorilas pero también los bajoflorenses, dos clases diferenciadas: unos, animalizados, se vinculan con el ocio burgués (la pintura en “Self made man”; el descanso en la naturaleza en “Desayuno en la hierba”), el dominio de los medios de comunicación (la radio en “Señora llamando a la radio” y “Multimedios”), la historia patriótica (la estatua de prócer en “El héroe”) y las instituciones (el aula en “Esto no es una pipa”); los otros, con la cultura popular (la figura de San La Muerte en “Invocación preventiva a San La Muerte”, el disfraz y la preparación en “El carnaval”), con la comunidad (el festejo de “El banquete nupcial” y de “Los fuegos de San Juan o día de todos los muertos”) y con la familia (“Hijo y padre”; “Aniversario ancestral más allá-más acá”). Las diferencias en la caracterización de los personajes es clara: los gorilas presentan un rictus imperturbable, con la excepción de los momentos en que gritan con furia (Nicolás tiene el acierto de recrear algunas escenas típicas de nuestra vida socia-cultural en la que la ideología reaccionaria estalla: la señora-gorila que protesta con la radio y su contrapunto, los locutores-gorilas gritando en el estudio radial; los niños-gorilas que reproducen el bombardeo a Plaza de Mayo del 55’ y que disfrutan de la muerte de sus juguetes), y sus rostros son casi idénticos (y si no, miren “La marcha”, sin carteles, sin consignas, sin expresiones: la forma de diferenciarlos es a través de la vestimenta y de sus pechos). Los bajoflorenses, en cambio, presentan expresiones que van de la alegría a la tristeza (de la familia a los antepasados muertos) y, si bien comparten rasgos (las narices prominentes y los ojos pequeños), sus caras son diferenciables al igual que sus vestimentas. 


Por lo demás, a la par de la maestría (las luces y las sombras, las posturas corporales, los detalles en las escenas, la organización de los elementos) con la que Nicolás ilustra a los gorilas y los bajoflorenses, hay un rasgo en particular que me gusta en Mono Sacer: la mirada paranoica que sólo puede ver gorilas y bajoflorenses no crea desde la nada sino que toma como modelo obras maestras de la pintura y las resignifica trabajándolas desde el grotesco, cruzándolas con escenarios urbanos o suburbanos y poblándolas con nuevos personajes. De este modo, Nicolás Arispe se apropia de las pinturas de Velázquez, Brueghel y Magritte (entre otros) y sus líneas blancas y negras las actualizan y las vuelven representaciones político-sociales. La cita, en Mono Sacer, es un recurso que retoma el pasado en sus figuras y acontecimientos (el regreso de los “gorilas”; el bombardeo del 55’) pero también en sus obras de arte para iluminar el presente, para dar cuenta de una perspectiva que reordena lo visible, polarizándolo y volviéndolo grotesco.
Y si las ilustraciones trazan divisiones claras (blanco y negro) entre, por un lado, lo popular y colectivo (las fiestas comunitarias y las figuras profanas de “La llorona” o “San La Muerte”) y, por otro lado, lo antipopular y elitista (el gorila en su diván en “Otium”; el artista-gorila que pinta, solitario, en “Self made man”), la imagen que cierra Mono Sacer se presenta apoteósica y vuelve poroso el límite entre el universo gorila y el mundo bajoflorense (porosidad que ya se anunciaba en la coexistencia del mapa inicial). En “Retablo del cordero desmembrado, opus magnum (panel central)”, que toma como modelo la obra de Van Eyck “Adoración al cordero en el altar”, los gorilas y los bajoflorenses aparecen en la misma escena. En el medio de la ilustración, las dos clases siguen dividas: a la izquierda, los hombres y mujeres; a la derecha, los simios. Pero en las partes inferior y superior del retablo, los grupos se mezclan: así, gorilas y humanos abren libros y miran al cordero desmembrado; algunos gorilas cobran el resplandor de lo sagrado-popular (cf. “Aniversario ancestral más allá-más acá”); el bajoflorense del carnaval enfrenta a un gorila-obispo; etc. La fuente del centro del retablo se resignifica bajo el signo de “las patas en la fuente” con un grupo de habitantes del Bajo Flores que reproducen la famosa fotografía que captó a los manifestantes del 45’ refrescándose en la fuente de Plaza de Mayo. Esa fuente es la que parece tener la clave para crear la figura mixta entre los gorilas y los bajoflorenses: una singularidad en la que lo gorila y lo bajoflorense se vuelven indiscernibles (¿es un bajoflorense que se convierte en gorila o un gorila que se vuelve bajoflorense?) y que abre la posibilidad de poner en jaque la polaridad. Esta última ilustración de Mono Sacer de alguna manera desactiva las diferencias que aíslan a los dos grupos y sus mundos que se mostraban en las otras ilustraciones y los coloca en una convivencia que conserva las diferencias (sin que ninguna anule a la otra) y que anuncia una tercera persona que aúne ambas identidades en una nueva e inclasificable.
En Mono Sacer, en definitiva, Nicolás Arispe imagina y dibuja una ciudad polarizada y a sus habitantes, los gorilas y los bajoflorenses, para proponer una relectura geopolítica con referencias claras al pasado histórico argentino pero también al pasado artístico europeo. Y en el final, el bajoflorense como excluido del mapa  y de la cultura de élite y el gorila, reducido a su vida biológica (la acepción política se mezcla con la acepción animal y la ideología se vuelve semblante) y vuelto mono sacer (figura a la que, como al homo sacer, cualquiera podría matar sin cometer homicidio ni celebrar sacrificio), esas dos identidades político-sociales pueden, aún sin deshacerse de sus diferencias y sin ser eliminadas, convivir en una celebración irónica que abre la posibilidad de la mixtura entre ambas. 

1 comentario:

  1. sí, están muy buenos los dibujos, con bastantes temáticas alusivas al gorilismo. aunque la otra vez lo vi de pasada, me gustó sobre todo el estilo de vida que tienen los gorilas, y cómo se combina socialmente con los bajoflorenses... un abrazo!

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