viernes, julio 29, 2011

Haroldo Conti y el diablo metió la cola

Publicado en El chiste que más me hizo reír de Carlos Marcucci. Ediciones L. H., Buenos Aires, 1972.

Aunque la mitad de mi vida ha sido una broma, en este momento no recuerdo más que un par de gracias y cuando termine de contar una de ellas estoy seguro que recordaré otras mejores. Sucedió hace muchos años... Yo estaba pupilo en un colegio de padres salesianos. Tocaba la corneta en la banda y formaba parte de una especie de teatro vocacional. En aquel tiempo casi no veíamos cine. Dábamos títeres y hacíamos teatro (obras de Muños Seca, zarzuelas del padre Lambrusquini y algún sainete de mi cosecha). Allí hice mis primeras armas como escriba. A veces trabajaba como actor, generalmente en papeles de villano, otras veces en menesteres más humildes como el de tramoyista. Aquí viene el cuento:
Habíamos ensayado una obra piadosa en verso y en un acto para cierta festividad religiosa, la pieza se llamaba "Luzbel" y el asunto era el siguiente. Un ladrón solitario penetra en una iglesia cierta noche (tormentosa) con el propósito de robar cálices y copones que se guardan en el altar mayor. Es el único robo en verso que yo recuerdo. A punto de consumar sus designios se presenta un ángel (por la derecha, naturalmente) que trata de hacerlo desistir, siempre en verso. El tipo vacila, pero en eso, aparece el mismo diablo, por la izquierda. El diablo era un alemán gigantesco con una auténtica y natural cara de hijo de puta, un mameluco negro como el de Batman, un par de cuernos de género, rellenos de algodón y, por supuesto, una capa. Mientras ángel y demonio intercambian encendidas estrofas, el gordo Tornatto bate una chapa detrás del telón de fondo, lo cual hace el efecto de truenos y yo prendo y apago las luces, es decir, hago los rayos. Después de una abundante sucesión de rayos y truenos de utilería, con el objeto de no dejar dudas en el ánimo de los espectadores de que todo ocurría en una verdadera noche de tormenta (detalle —cómo se verá— de especial importancia) yo tengo una misión fundamental: soplar la gigantesca pipa cargada de azufre y con una vela en la punta. La pipa dispara una llamarada interminable junto al diablo para subrayar su naturaleza diabólica.
La cosa es que el desgraciado del alemán se movía de un lado al otro del escenario y entonces yo tenía que correr detrás de los telones y bastidores para soplar un pedazo de infierno. Además mis soplidos debían coincidir con una especie de aletazo que pegaba el diablo con su capa y que se hacían más frecuentes cuanto más acalorada era la discusión. De esa manera corría y soplaba y tropezaba y caía y se me quemaban los pelos mientras el gordo insistía con los truenos. Por fin, el diablo —que para mí era un cerdo comunista—, lo convence al tipo, con gran dolor del ángel, que se cubre el rostro para no ver la escena sacrílega que sigue después. En el momento en que el tipo abre el tabernáculo, el gordo y yo le damos con todo a los truenos y los rayos. Y aquí viene el último efecto:
Uno de los rayos tenía que aparecer en el escenario en vivo y en directo y tumbarlo al tipo que, ya agonizante, debía escuchar los últimos versos del ángel y morir arrepentido, ante la espantosa furia del diablo que pegaba entonces una patada en el escenario y desaparecía por una trampa que abría el gordo.
El problema fue el rayo. Yo había ideado para la acción el siguiente artificio: un alambre invisible bajaba oblicuamente desde las bambalinas hasta el altar. En el momento oportuno, una cañita voladora sujeta al alambre por dos argollas se disparaba desde las bambalinas, atravesaba el escenario por detrás del altar y al llegar al suelo, era sofocada por el gordo Tornatto, que se arrojaba sobre la cañita con una bolsa para evitar que estallara.
Esto en teoría. Lo que sucedió en realidad fue lo siguiente:
Yo me mando los últimos y más relucientes rayos y luego, con la lengua afuera, trepo alocadamente a una escalera para encender la cañita. El tipo toma un copón. Yo enciendo la cañita, que sale a los pedos, el gordo deja los truenos y sale corriendo con la bolsa, tropieza, llega tarde, se arroja un segundo después, la cañita —no se sabe por qué maldita ley (supongo) física— pega la vuelta, es decir, vuelve a subir, me estalla en la cara y me hace vacilar. Entonces ocurre lo peor, se cae la escalera y yo quedo colgado de las bambalinas, mientras en la prosa más vulgar lo puteo al gordo que se tapa la cara con la bolsa para no mirar.
El efecto piadoso se fue al diablo, el diablo como se había tomado el papel en serio se reía como un loco y la cosa se transformó en la comedia más divertida del año. Podría hasta asegurar con cierto orgullo que este hecho puede tomarse como la anticipación más lejana del Di Tella.

Fuente: Restivo, Néstor y Sánchez, Camilo (1999): Haroldo Conti: biografía de un cazador, Buenos Aires, Homo Sapiens-Tea, pp. 45-46.

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