sábado, octubre 29, 2011

Clase media (sobre La comemadre de Roque Larraquy)


“La clase media salva a la Argentina. Su triunfo será en el mundo.” anticipa Benjamín Solari Parravicini en una de sus psicografías proféticas, en 1971. Pero ¿por qué empezar una novela con ese epígrafe (y otro de Ferdinand de Saussure sobre la persistencia del pasado en toda alteración)? Esa novela, La comemadre (Entropía, 2010) de Roque Larraquy, está compuesta por dos historias, dos escrituras íntimas, dos partes: 1907 y 2009.
1907: en Argentina, un sanatorio de Temperley decide llevar a cabo un extraño experimento, la decapitación de enfermos de cáncer con una máquina que permita escuchar la última palabra, aquella palabra que percibe el decapitado cuando está ingresando en el más allá. Quintana, el protagonista de esta primera parte, anota y anota en su diario las idas y vueltas de un proyecto en el que el positivismo se toca con el delirio, la medicina con la ética pero además, intenta construir su historia de amor, entre el vouyerismo y el patetismo, con la jefa de enfermeras, Menéndez.
En un sanatorio donde la jerarquía, la competencia y la virilidad son una constante (ahí están las peleas entre Quintana y Papini, el menosprecio hacia las enfermeras, los banquetes opíparos y las reuniones en el Palais de Glace), el relato íntimo de Quintana nos presenta una historia de amor, paranoia y positivismo que anticipa la medicalización de la sociedad que avanzará a lo largo del siglo XX y el interés por lo biológico de los hombres de poder.
Por lo demás, la escritura de Quintana, por momentos, encarnará un nosotros nacional, que postula en el positivismo a la proa política de la Argentina: “Que el trabajo de grupo es benéfico porque restringe a los egoístas, y que si como argentinos nos pusiéramos de acuerdo seríamos una nación más poderosa. Negaríamos el ingreso de las castas bestiales del sur de Europa. Haríamos habanos con la piel de nuestros indios.” (85) Así, los médicos positivistas de Temperley asumen una doble tarea patriótica: por un lado, la de limpiar la sociedad a través de sus discursos y sus selecciones (construir y mantener la homogeneidad) y, por otro lado, la de intentar aferrar la experiencia del más allá (aferrar la heterogeneidad de lo alto, de lo glorioso para sistematizarlo, para incluirlo en la matriz productiva de la ciencia). La búsqueda de lo glorioso a través de las decapitaciones de los enfermos, es decir, de la experimentación límite con el cuerpo de los condenados será la guía por la que se desarrolle esta primera parte de La comemadre.
2009: un artista responde con una extensa carta a Linda Carter, una investigadora que escribe su tesis sobre su obra y vida. Esta parte es un espejo difuso de la primera: ahora, se trata de una clase media espectacularizada que ya ha perdido la posibilidad de ser vocera de lo nacional y pasa de la medicina al arte, del cuerpo colectivo al cuerpo individual, de lo glorioso a lo abyecto, del amor al sexo, de la virilidad a la homosexualidad. Y es que el artista que protagoniza esta segunda parte de La comemadre nos cuenta, en la escritura íntima de la carta, su historia que va del niño genio al artista polémico, pasando por el adolescente obeso y aislado. Del sanatorio de Temperley, que volverá a aparecer al final del libro, a las galerías de arte, la reflexión y experimentación con el cuerpo y lo biológico seguirá su curso volviendo a llevar a la ética hasta sus propios límites aunque esta vez no la excusa será el arte de vanguardia y la exploración del cuerpo como obra. La medicalización de la vida tiene su otra cara en la creación de posibles formas-de-vida mediante la intervención en los cuerpos, esto parece mostrarnos el pasaje de la primera parte a la segunda.
La carta del artista cuenta las diversas muestras y su afán de polémica: rosarios de manos, un niño-monstruo, amputaciones, mutilaciones, cirugías estéticas. “Todos discuten la ética de las imágenes. Lo hacen las señoras frente al último culo de la revista, lamentando su franqueza… Preciso una primera obra que estimule la vulgaridad y la vergüenza ajena.” (118): si antes, en el sanatorio de Temperley positivista de principios de siglo la conservación de la homogeneidad y la búsqueda de lo glorioso era la doble tarea patriótica asumida; ahora, en las galerías del mundo y en el Palais de Glace, la tarea nacional se ha truncado, sólo queda el individuo espectacularizado y el camino que marca la búsqueda de lo abyecto. Ya no se trata de limpiar la sociedad y extender el poder hasta más allá de la muerte, en la segunda parte de La comemadre, un artista de clase media se aferra el arte-espectáculo, elige la creación de nuevos sujetos y pone en crisis, por una vía mínima y efímera, al discurso del poder: alterando el cuerpo, la identidad, las jerarquías (ahí está la mutilación de Sebastián; Lucio, el doble del artista; el niño de dos cabezas).
Si “la clase media salva a la Argentina”, en La comemadre, la clase media encarna, al menos, dos figuras en 1907 y en 2009: la figura del médico positivista-paranoico y la del artista espectacularizado. Ambas figuras históricas muestran inflexiones intimistas en sus relatos, el diario y la carta, reflexionan en torno del cuerpo y el poder y muestran una debilidad patética de un yo en crisis. Roque Larraquy acierta en proponer esta estructura, en el tono que alcanza con cada figura y en los personajes secundarios que acompañan ambas historias de vida: Papini y sus elucubraciones paranoicas; Sebastián, el chongo fotosensible; etc.
Un último interrogante: entre las dos generaciones que encarnan las figuras, entre Quintana y el artista, hay un hiato. Me pregunto qué propuesta traía esa generación ausente, qué otra salida entre la medicalización del cuerpo social y la espectacularización de las formas de vida venía a proponer esa clase media ausente.

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