domingo, abril 28, 2013

Bioliteratura


Cuando uno revisa las publicaciones científicas desperdigadas en las revistas especializadas –en particular, aquellas orientadas a la psicología experimental–, descubre que una buena parte del trabajo científico se desarrolla, en cierta forma, dentro de una órbita muy próxima a la de la pornografía. Los textos que escribí en torno de la cirugía plástica fueron tomados, en gran medida, de un estudio científico sobre el tema; sólo cambié los nombres, ilustré el proceso y lo llevé hasta las últimas consecuencias. Uno puede leer perfectamente todos esos informes científicos como si trataran de pornografía pura. No contienen ningún elemento sexual explícito, pero son tan obsesivos, se muestran tan fascinados con la carne como cualquier acólito al hardcore. Y hablando en términos generales, me parece que la ciencia ha dejado de tomar su material de estudio directamente de la naturaleza, para terminar absorbiendo las obsesiones científicas de los investigadores; esto es algo que se puede notar particularmente en la ciencias blandas como la psicología, cuyos investigadores tienden a plasmar en sus experimentos las propias conjeturas acerca de, por ejemplo, la cantidad de dolor que una persona es capaz de tolerar, y con ese fin se establecen experimentos en los que los voluntarios se infligen dolor unos a otros. Ha habido algunos casos famosos en los que se descubrió, “sorpresivamente”, que la gente disfrutaba mucho haciéndose daño. Ahora bien, la mayoría de estos experimentos hablan más sobre la mentalidad de los investigadores que acerca de los sujetos estudiados. Las ciencias están empezando a mostrar signos compartidos con muchas de las características obsesivas del porno, inclusive con muchos de los conflictos psicopáticos que uno encuentra en la pornografía realmente patológica. Una pared muy delgada separa a ambos campos. Aquellos relatos o piezas que escribí en torno de la cirugía plástica reflejan tan sólo un aspecto de la cuestión; la misma tendencia puede verse en textos como “¿Por qué quiero coger con Ronald Reagan?”, donde ocurre una serie de experimentos imaginarios que ponen a prueba la reacción de los individuos frente a la imagen manipulada de algunas figuras célebres. Y experimentos como éste han tenido lugar desde hace al menos veinte o treinta años.
Acá, un adelanto de las conversaciones con J. G. Ballard, publicadas por Caja Negra en Para una autopsia de la vida cotidiana. Ante este tipo de reflexiones, se hace evidente cómo la literatura de mediados y fines de siglo XX estaba explorando las posibilidades de lo viviente y los planteos de la biopolítica a la par de la filosofía (recuerdo, entonces, la luminosa exposición de Fabián Ludueña sobre espectralidad y filosofía en unas jornadas recientes donde alentaba el acercamiento de la reflexión filosófica al mundo de la imaginación literaria; intentaré conseguirla para postearla). En todo caso, queda pendiente una lectura cruzada de la obra de Ballard, la filosofía de Foucault-Agamben y el cine de Cronenberg. Es una cuenta pendiente (además de la lectura de esta nueva joya).

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