lunes, junio 15, 2015

Un señor del siglo XVIII se pone celoso (Santiago Dabove)

Mi mujer era una belleza, es decir, una atracción máxima. Ya tuve en las fiestas que celebrábamos el tono y preludio de lo que ella debía de ser en las alcobas extramatrimoniales... Pendulaba sus ojos de rostro en
rostro, de bigote en bigotito, como aprobando el amor poliándrico. Comprendo que una mujer así no debía
ser de uno solo, pero... me chocaba que a mi gónada, se añadieran tantos pisaverdes, con sacos como batitas, pantalones planchados filosos, bigotitos peluquería, pañuelitos fruncidos como flores, gominas y otros encantos.
A pesar de ser, en principio, un feroz individualista, me parece tremendo tener que suprimir una mujer bella,
aun cuando ya no sea mi esposa en el corazón; pues una mujer bella es la que posibilita el engendramiento de los bien formados, únicos dignos de ser vistos, junto con los inteligentes y morales.
Por eso, y por sentimiento y caridad cristianos, dudé mucho antes de hacer aserrar la hoja de un florete francés que tenía, y ponerle, en substitución, una aguja de acero finísima. Me engañaba a mí mismo pensando que, si se la introducía en el pecho, su corazón apasionado era el culpable moviéndose.
En mi casa, todos los espejos, cristales, vidrios, estanques del jardín y azulejos del baño, reflejaban a mi mujer, y ella se complacía en esto, pues en el fondo era un Adonis, que amándose a sí mismo, amaba el amor y no los hombres y las mujeres.
Un día abordé al amante principal de toda la cohorte de amantes, que era como una especie de jefe de oficina erótica que andaba detrás de mi mujer.
—Ud. conoce a mi mujer más que todos los azulejos de su baño...
—Señor...
—Ud. conoce la geometría, o más bien la “carnimetría” de mi mujer, sus medidas planas y de espacio. Porque el ancho y largo se aprecian con la vista, pero como Ud. ha palpado... y el tacto según los entendidos es lo único que da el sentido de la profundidad, de la tercera dimensión...
—Señor...
—Usted sabe que cuando ella, sin ropa, se mueve en el espacio, provoca muy interesantes efectos de luz. ¡Usted es un Cézanne de mi mujer!
—Señor, nada entiendo de pintura, ni de escultura.
—Pero, si sólo fuera su pintor, no me importaría. Usted es también su escultor. Trabaja en una estatua blanda, sin ser capaz de hacer y crear un falangín o un meñique, como no sea trabajando por su culpa para la especie. Reciba tranquilo la cachetada que se merece desde el principio de los tiempos, cuando no habia Smith y Wetsson.
Fue un día muy esperado y emocionado, ese del regreso de una de las fiestas suyas, y ella no sospechaba
que fuera el día en que el alfiler clava la mariposa... Llegó, al fin, y después de mucha toilette se metió en la cama.
Durmióse con la sonrisa inocente de la mujer de todos. Me aproximé con el alfiler que tenía el mango de florete francés; ése, con el ∞ que volcado es también el símbolo del infinito en matemáticas. Lo levanté sobre el pecho... pensando en las oscilaciones del infinito, cuando el corazón sorprendido moviera el ∞ de la aguja. Pero, no sé si por desgracia o felicidad, el efecto de la droga que había tomado para darme ánimo me paralizó el brazo.
...Ensueño... la vida es mágica por sus luces, sombras, sonidos, olores... y la muerte espera quizá enternecida por un vago renacimiento, sueño de opio sin mañana...
La vejez de un Adonis es lo grave; perder formas y morbidez ante el espejo, acordeonarse ante el espejo.
Basta con eso, no se precisan alfileres ni estoques... 
Pero, ella murió sin duda apurada por la velocidad de un corazón demasiado amoroso. Yo creo que se buscaba a sí misma, con dicha, con prisa, y hasta palpándose por miedo de que se agotara una forma tan perfecta. 
Pero, desde que murió mi inquietud fue mayor.
Ahora la veo en cada espejo, en cada azulejo o cristal, en todo lo que refleja; desnuda y victoriosa, en el índice forrado con un dedo de guante, sosteniendo en una suerte de malabarismo bufonesco y familiar, una aguja terminada en mango de florete francés.
Victoriosa, la desearía de nuevo viva, y aun con todos los amantes colgados en su pedestal, arañando en vano por subir.

Dabove, Santiago. La muerte y su traje, Buenos Aires, Las cuarenta, 2015, pp. 176-179.

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