sábado, abril 25, 2020

Un soneto mugre de Daniel Giribaldi

Probablemente descubrí a Daniel Giribaldi a través de Fox. Ellos más José Antonio Barzak y Sergio Mulet se presentaron en una lectura de poesía entre 1960 y 1961, si no me fallan los cálculos. Habré buscado información sobre Giribaldi y me habré topado con sus Sonetos mugres. Algunos circulan en la web: sonetos escritos en lunfardo, publicado en 1968, el tipo de anacronismos deliberados que me encantan.
Tiempo después, mi amigo Mandrake me regaló la edición de Sonetos mugres que Torres Agüero publicó 20 años más tarde, en 1985. Sobre esa edición hay una linda historia que cruza a Giribaldi con Miguel Briante y con Osvaldo Lamborghini. Una historia alrededor del soneto "Macabro", sobre un feto enfrascado que convivía con botellas y conservas en uno de los bares o piringundines que nuestro poeta lunfardo imagina (o no). El artículo de Briante se publicó en Tiempo argentino y luego fue recopilado en Desde este mundo
Finalmente, conseguí, por obra y gracia de la vida y la lectura, la primera edición de Sonetos mugres, publicada por la editorial Sudestada, que ya había publicado a Leónidas Lamborghini (Las patas en la fuente) y a Joaquín Gianuzzi (Las condiciones de la época). Curiosamente, en esta edición, Giribaldi dedicó cada uno de los sonetos a una personalidad de aquellos turbulentos sesentas argentinos. Hay sonetos con dedicatoria a Palito Ortega, a Roberto Goyeneche, a Marta Minujín y a Miguel Gallardo Drago, entre otros. Digo "curiosamente" porque la edición de 1985 es hermosa e incorporó ilustraciones pero no conservó estas dedicatorias que son un verdadero fresco de época. El soneto "Macabro" estaba dedicado a Jorge Luis Borges.
Pasen y lean, pues, el soneto "Macabro", de Daniel Giribaldi y el artículo "De parte de Giribaldi" de Miguel Briante. Exhumaciones deliberadas.

1


Macabro (Daniel Giribaldi)

A Jorge Luis Borges

Corona el mostrador su forma absurda
conservada en alcohol dentro de un frasco.
Es un feto: junémoslo sin asco;
pudo nacer, pudo haber sido un curda.

Pudo rolar con chorros a la gurda
o llevar un milico bajo el casco;
pudo ser tan fulero como un chasco
o, langa, hacer latir los de la zurda.

Se tiraba a machito esta pavada.
Pudo ser todo y prefirió ser nada
(o, acaso, prefirieron que no fuera).

La cosa es que, bandeao por el escabio,
pienso que a la final jugó de sabio:
seguirá con su alcohol cuando yo muera.

Sonetos mugres, Buenos Aires, Sudestada, 1968, p. 15.  

De parte de Giribaldi (Miguel Briante)

Tiempo Argentino, 3/11/1985

En la mitad de 1982, por teléfono, una voz de mujer me dijo: “Lo llamo de parte del señor Daniel Giribaldi. A él le gustaría que usted presentara su último libro”. Hubo esa penumbra. “¿Qué libro?”, me pregunté, me debo haber preguntado, mientras recordaba a un hombre que, tirando a petiso, daba la sensación de ser alto y escanciaba —la palabra le cuadra a la historia y al hombre— una ginebra en copa chica, en un bar de la calle Corrientes. Al lado, tal vez en silencio, estábamos el Negro Lamborghini y yo. El Lamborghini de El fiord. En mi memoria de esa vez, el hombre decía unos versos:

Corona el mostrador su forma absurda
conservada en alcohol dentro de un frasco.
Es un feto: junémoslo sin asco;
pudo nacer, pudo haber sido un curda.

Y el Negro, que miraba, a las seis de la mañana, entre la bruma minuciosamente preparada de esa noche, y con un dedo subrayaba el “¿viste?, yo te dije”, que ya no me podía decir. Supe —había sabido, así— que Giribaldi era uno de los últimos poetas lunfardos —un poeta en lunfardo— que quedaban en Buenos Aires, y que su libro Sonetos mugres era considerado por un grupo de (buenos) especialistas como un lujoso secreto de la literatura. Pude haberlo olvidado, pero ese llamado de mujer.
Dije que sí, que lo iba a presentar. Hubo un misterio de dos días y después, en casa, sonó el timbre y vi a un hombre: “Vengo de parte del señor Giribaldi —dijo—, ya le hablaron”. Y me estiró un sobre. Dije, otra vez, que sí. Ante el hombre, en la siesta de San Telmo, un vago recuerdo me inquietaba. En el sobre estaba uno de los originales de Sonetos mugres —que ya había sido publicado pero que ahora merecía la atención de Torres Agüero, para sus ediciones populares— y fui derecho al poema “Macabro”, que termina así:

Se tiraba a machito esta pavada.
Pudo ser todo y prefirió ser nada
(o, acaso, prefirieron que no fuera)

La cosa es, que bandeao por el escabio,
pienso que a la final jugó de sabio:
seguirá con su alcohol cuando yo muera.

Estaba hablando de un feto, encontrado en un frasco con alcohol bajo una fiambrera de vidrio de un boliche de San Telmo, según me contó después. Antes, llamé. Me atendió esa voz grave de mujer y después la del hombre: “Usted es el que me trajo el sobre —le dije—, usted es Giribaldi”. Dijo que sí. Con respeto, le pregunté por qué no había dicho que era él. “Mire —dijo—, yo no tengo cadete, ¿vio?” Y me dijo que la presentación era en tres días, en La Peluquería, otra vez en San Telmo.
Con alguna calma estructuré un texto más o menos culto, para encuadrar su poesía. Me daba vueltas el soneto:

Pudo volar con chorros a la gurda
o llevar un milico bajo el casco;
pudo ser tan fulero como un chasco
o, langa, hacer latir los de la zurda.

Me parecía único, eso que uno —en las discusiones— llama “verdaderamente original”. En la mañana previa a la presentación leí, en un diario de prestigio, que no era yo solo el que presentaba los Sonetos... Eran los tiempos que seguían a lo de las Malvinas y un periodista se había hecho famoso, en la televisión, por su fervor, o más bien por su obsecuencia. Según la noticia, ese hombre también iba a presentar el libro. No acababa de indignarme cuando Giribaldi me llamó. Nos vimos una hora antes de la presentación. “Usted se asombrará de que haya incluido a ese personaje —me dijo— pero yo quiero que hoy el odio se corte con cuchillos”.
Algo entendí. Cambié, en la presentación, el discurso y pude balbucear que el lunfardo —ese lenguaje con el que Giribaldi había levantado, irónicamente, sus sonetos— se había inventado para burlar a los alcahuetes, para hablar, sin peligro, enfrente de los botones. En el fondo de la sala, según mi vista, Giribaldi se rió.
La última vez, veníamos de acá, del diario. Lo dejamos en una que corta Entre Ríos, para el lado del bajo, de (otra vez) San Telmo. Serían las doce. Me contó el itinerario del Pinera. Terminaba hacia las cinco de la mañana. Ya lo había escrito.


Desde este mundo, Buenos Aires, Página/12, 2013, pp. 215-217.

martes, abril 21, 2020

Dos novelas: Los sorias y Tadeys, por Ariel Luppino

Este texto fue leído por Ariel Luppino, autor de Las brigadas (2018) y Las máquinas orientales (2019), en la Feria de Editores Independientes el viernes 2 de agosto de 2019. La grabación de la mesa sobre Lamborghini y Laiseca y sus novelas (imposibles, ilegibles, ineludibles) se puede ver acá. Agradezco a Luppino su polémica, su amistad y su confianza. Y, sobre todo, su lectura apasionada de Alberto Laiseca y de Marcelo Fox.

 
Hay un canon visible (Aira y Saer) y un canon invisible (Laiseca y Lamborghini), pero es un canon espejado. Quizás deberíamos dejar de hablar de la literatura argentina contemporánea: la literatura argentina contemporánea no existe. ¿Quién la hace? ¿Anagrama? ¿Random House? La mayoría de “la literatura argentina” (permítanme el uso de comillas) está escrita en estado de traducción. La mayoría de la literatura argentina está inscripta en la tradición del realismo sucio norteamericano, o el terror urbano norteamericano, o el gótico inglés, o la non-fiction… Todo da igual cuando se trata de vender, aunque la idea de carrera literaria en la Argentina sea un delirio. No hay mercado capaz de sostener a un escritor como tal. 
Quizás deberíamos dejar de lado estas cuestiones y hablar de dos novelas, Los sorias y Tadeys. ¿Por qué estas novelas no son leídas? Por varios motivos. De alguna manera, son obras autoconscientes. Como no tienen lectores, se ven obligadas a crearlos. Pero la tarea es ardua. Estas novelas no son leídas, entre otras cosas, creo yo, porque la crítica literaria está desapareciendo. Los académicos llegaron a un punto de saturación, de hartazgo, y los periodistas culturales sufren el Mal de Osvaldo Quiroga: siempre tienen un elogio a mano para quien se los pida. Si todo es bueno, ¿cuál es el criterio estético que rige esa sentencia? Si todo es importante, entonces nada lo es. Sólo hay un valor de mercado y estas obras exigen una valoración de lo literario y una resignificación de lo novelesco como tal. Se invierte y se niega la fórmula de Libertella. “Ahí donde hay un mercado no se constituye un lector”. Como ven, en la inversión la fórmula pierde la gracia. 
Además hay una presión de mercado por imponer una agenda de lectura y estas novelas por uno u otro motivo siempre quedan afuera. Porque son demasiado largas o “difíciles”… Por supuesto que a esto también se superpone lo temático. Está claro que el oportunismo configura un modelo de intelectual en la Argentina. Todos dicen lo que hay que decir y escriben lo que hay que escribir, y en este sentido estas dos novelas no cumplen los requisitos de la época, de ninguna época, porque son una apuesta radical de la literatura por la literatura misma. Entre tanto oportunismo, estas novelas nunca dejan de ser inoportunas.
Los sorias y Tadeys son dos novelas políticas pero no son realistas, incluso diría que son anti-realistas. Si el populismo literario construye utopías ingenuas, Lamborghini y Laiseca trabajan, o mejor, juegan con el negativo y traman contra-realidades ficticias. No son realistas porque el realismo se queda corto cuando quiere dar cuenta de las lógicas (delirantes) del poder. El realismo cuando aborda cuestiones políticas escribe novelas de tesis políticamente correctas y convencionales, anacrónicas que subordinan la literatura a la ideología y tratan de sostener ideológicamente lo que no funciona en términos narrativos. Subordinan la literatura a otros discursos, como si la literatura fuera una sierva, la cenicienta y no la reina de todas las artes.
La poesía argentina quedó estancada en los 90, pero con la narrativa pasó algo mucho peor: nunca salió de los 80. Cuando se habla de Laiseca, pero sobre todo cuando se habla de Lamborghini, por lo general, se recurre a César Aira, tal vez no el mejor novelista pero sí el mejor ensayista argentino, y eso impide la lectura o genera una confusión. Por ejemplo, Los dos payasos no es una ficcionalización de la relación entre Aira y Lamborghini sino un ensayo ficcional sobre el centro inefable de la obra de Lamborghini: los juegos de palabras, el chiste y su reverso perfecto, el malentendido. Aira tira de ese ovillo y desata lo novelesco puro que se cristaliza en una novela como Tadeys. Pero acostumbrados a leer tanta literatura del yo lo biográfico pareciera tener más peso. 
De la misma manera, Help a él de Fogwill es menos una reescritura de El Aleph de Borges que una tematización novelada de la poética de Laiseca:
“Miré el papel: la prosa era impecable, y abundaba en ese truco de Adolfo (Laiseca) que yo había señalado en su novela: un uso anómalo de ciertos giros coloquiales, como si yo ahora escribiese que en ciertos párrafos él 'enchufaba' palabras de un léxico legítimo, pero inesperado en el contexto del relato. Ese uso irruptivo y exagerado del giro coloquial distorsionaba toda alusión realista, creando un clima de alteración mayor que el que la improbabilidad de componentes del lenguaje llevaría a pensar. Era –le dije, y sigo viéndolo así- como si en una guía telefónica enchufaran nombres de plantas y de caballos de carrera con sus correspondientes códigos impresos en números romanos”. 
Tadeys es una novela sobre la traducción y al igual que Una excursión a los indios ranqueles está escrita por un lenguaraz. Es una saga imperial pero también una reversión (o perversión) de la literatura practicada por los sabios humanistas italianos: Petrarca, Dante y Bocaccio. Lamborghini parece sugerir que en el horizonte hay una lengua nueva y paradójicamente suena como el latín.
Los sorias más que una novela es un libro para iniciados, o un libro iniciático. Digamos, una novela en clave para el aprendiz de brujo. Es una “novela” en el sentido más profundo de la palabra en tanto que desoculta una verdad: la literatura misma. En Los sorias hay una cosmovisión esotérica puesta en abismo y una lengua hecha con los restos de muchas lenguas. Laiseca hace que las artes mágicas suban al escenario y representen su papel, y esa teatralidad es la novela (en El jardín de las máquinas parlantes ese movimiento habrá de cristalizarse). Laiseca lleva la novela a sus orígenes remotos, la épica, y de una manera hiperbólica escribe una novela épica: la categorización no es inocente. Como en Aventuras de un novelista atonal o Las cuatro torres de Babel, Laiseca escribe a la manera de Heródoto o Tito Livio sobre una civilización que siempre es imaginaria, y esa es una epifanía, pero Laiseca entendió antes o mejor que nadie que toda epifanía es literaria. Laiseca fechó el comienzo de la novela como género en Rabelais y después no hizo otra cosa que desplegar la tradición condensada en el comienzo, porque Laiseca, al igual que Macedonio, tiene bien en claro que toda novela es una novela que comienza. Entonces, ¿cómo no habría de escribir novelas de aventuras? 
Los sorias es una novela enciclopédica pero carnavalesca, y es una celebración de lo alto y lo bajo sin jerarquías o con la jerarquía dada vuelta como en toda orgía, aunque en este caso se trate de una orgía del conocimiento porque el arte a veces también puede ser eso. Los sorias es la mejor novela que se escribió en la Argentina desde El Matadero, si aceptamos esa obra como el comienzo de nuestra literatura (en caso contrario, habría que volver a reescribir esta frase una vez más). La literatura argentina empieza con una violación y termina con una orgía. Porque una novela como Los sorias no se publica en vano. Es un punto de culminación y la mayor parte de nuestra literatura persiste en un plano fantasmático, como si no se diera cuenta de que está muerta mientras esta novela está viva, más viva que nunca. ¿Pero puede la literatura argentina empezar de nuevo? Eso está por verse.

viernes, abril 17, 2020

Rodolfo Walsh, pescador de hombres

Hace unos meses, buscando unas cosas en la revista Extra, me topé con una nota a Rodolfo Walsh. Junto a la nota, compuesta por una breve bio, que copio, un diálogo con el entrevistador y el relato "Esa mujer" aparecieron unas hermosas fotos de Walsh en su casa del Tigre. Ahí se lo ve pescando, riendo, con gorro. La naturalidad de las fotos, la transparencia en sus ojos y la alegría en su rostro me dieron ganas de compartirlas en este blog. Se publicaron en el n. 3 de la revista Extra, en septiembre de 1965. Que las disfruten!
El autor

Rodolfo Walsh debe medir poco más de un metro setenta, sobrelleva, sin admitirla, una calva incipiente que ralea en la coronilla sus cabellos castaño claro. Le da lo mismo usar o no corbatas, si se propone asumir un aire distante puede llegar a parecer muy británico, cualidad difundida entre los irlandeses. Nació en Rio Negro en 1927, su padre era mayordomo de estancia. A los diecisiete años abandonó todo lo que hasta entonces lo condicionaba: familia, estudios, amigos y partió con rumbo ignoto. Se detuvo en Rosario. Por poco tiempo realizó muchos trabajos, de los cuales recuerda con humor: lavacopas, vendedor de retratos iluminados, peón, limpia-ventanas, etc. Estos trabajos, su ímpetu y los años bastante fáciles que corrían por el país le permitieron completar su aventura de desarraigo en Córdoba, Mendoza y Tucumán. Allí vendió su diccionario Appleton para pagarse el pasaje de vuelta.
Pudo ser esa transacción la que lo convirtió en uno de los más cotizados traductores de inglés. Lo apasionan, ¿apasionaban?, las intrigas, como lo prueban: su literatura policial, su estudio de claves, su preocupación por el chino. Estas formas algo elementales del escapismo parecen haber quedado atrás.
Como periodista obtuvo éxitos memorables con sus investigaciones: aún perduran en la memoria el caso Satanovsky y los fusilados el 9 de junio de 1956 en José León Suárez (Operación masacre).




lunes, abril 13, 2020

Mameluco, un relato de Aquí se restauran niños y vírgenes, de Verónica Barbero

Detrás de un título espectacular, Aquí se restauran niños y vírgenes, Verónica Barbero arranca una serie de relatos incómodos, violentos y extraños. El libro, publicado por Minibus ediciones en 2018, tiene un gran mérito a veces olvidado en la literatura argentina actual: la creación de un mundo con sus propias reglas.
Ese pequeño mundo está poblado por objetos y personajes asfixiantes que recuerdan a Silvina Ocampo pero también a Héctor Lastra y a Amalia Jamilis. El cejijunto, el cuadro del Sagrado Corazón, el chico de la honda, el gato Porfirio, el mameluco hechizado son algunos de los elementos narrativos que otorgan densidad a la propuesta de Barbero.
Si Aquí se restauran... arranca de un modo desconcertante, luego una trama se va urdiendo ante la lectura y ese mundo provincial y fantástico, añejo y atrapado en un eterno presente, inocente y violento se vuelve autónomo. ¿Cuándo perdieron los escritores argentinos la confianza en la literatura como máquina creadora de universos?
Verónica Barbero intenta recuperar ese gesto demiúrgico en su primer libro de cuentos Aquí se restauran niños y vírgenes. Al cerrarlo esa atmósfera de tensión inocente queda incómodamente mezclada con nuestra propia realidad y miramos abajo de la cama con miedo de encontrar al cejijunto que acomoda sus cuchillos con paciencia y desconfianza.


Muy amablemente Verónica Barbero cedió este, uno de los mejores cuentos de Aquí se restauran..., titulado "Mameluco".

Mameluco (Verónica Barbero)

La abuela acercó su cara a la mía, pensé que iba a darme un beso pero le dijo al botón: —¡Listo! —mientras lo abrochaba en la base de mi cuello. La palabra activó la tela que se ajustó a mi cuerpo, cubrió mis manos y mis pies, también mi boca dejando afuera mis ojos que se llenaron de lágrimas y mis pelos desgreñados. La etiqueta con la marca, cosida sobre la prenda, presionó mi nuca obligándome a agachar la cabeza. Ese lunes, y sé que era lunes por el portazo de mamá al irse a trabajar, lo último que vi a la altura del horizonte fue el mameluco de la abuela igual al mío. De haberme dicho que iba a usarlo siempre, yo hubiera elegido un vestido que haga juego con mis aros. Recuerdo la cara de mamá al verme, aseguraba que me quedaba hermoso aunque estaba sucio con manchas de sangre y olor a cebollas, igual al de ella.
—Todas lo usan desde que cumplen seis —dijo—. Le pongamos un nombre para que se hagan amigos —y se quedó mirando al mameluco sin que se le ocurra ninguno. Yo ya lo conocía de antes, colgado en una percha juntos a otros iguales adentro del ropero de la abuela o paseándose por la casa, siempre sucio, siempre azul, con la forma de otros cuerpos. Me quedaba como cosido sobre la piel, yo tenía la esperanza de que, cuando me haga grande, las costuras cedan y me permitan usar ropa diferente con telas menos duras, con confecciones menos tensas. Tan ajustado lo sentía en las rodillas que desde ese día me deje llevar por él, caminando con pasitos cortos. Aquella tarde salí a la puerta de casa para presentar el mameluco a mis amigos. El chico que me gustaba clavó su mirada en la prenda, estábamos solos en la vereda, se acercó con su mano extendida hacia mi cara. De un bolsillo del mameluco asomó un papelito escrito en letra de molde: “HAY QUE ABRIR LA BOCA Y CERRAR LOS OJOS.” Yo, por el olor, sabía que el chico no me ofrecía un caramelo pero el mameluco dejó al descubierto mi boca.
—¡Aca seca! ¡Comiste aca seca de gallina! —se rió el chico y después salió corriendo. Volvió dispuesto a atacarme con una pata de pollo a la que todavía le colgaban unas hilachas de carne. Mamá y la abuela me recibieron con orgullo cuando llegué a casa con los primeros garabatos de grasa sobre el mameluco.
—Tu madre nos arruinó la vida, era una mujer insoportable —le dice mamá a la abuela—. Mirá lo que se le ocurrió regalarte para tu cumpleaños —y señala el ropero que es una molestia en el centro del living porque la abuela no quiere que lo muevan, está ahí desde que lo trajeron hace años.
—No pienso abrirlo —dice mamá. Ojalá explote.
La abuela no le hace caso, sigue concentrada en la cocina revolviendo una olla. Yo no tengo miedo de abrir, allí guardo mi colección de moños, aunque la tengo abandonada hace tiempo porque tengo que hacer lugar a los papelitos que salen del bolsillo. Al comienzo las instrucciones brotaban de a tres o cuatro por día pero la frecuencia va en aumento según pasa el tiempo. Deben guardarse una vez cumplidas, están escritas en forma muy prolija sobre rectángulos de papel blanco que miden siete por siete por lo que es fácil apilarlas en columnas que, a medida que crecen, van desplazando a mis moños hacia un costado. Alguna vez he pensado en tirar algún papelito pero de inmediato aflora una orden del bolsillo y aleja ese pensamiento: “HAY QUE REPASAR, HAY QUE REPASAR.” Releo las instrucciones una por una y vuelvo armar las torres. Tengo la certeza de que las reglas no son elegidas al azar; son parte de un código que sólo el mameluco conoce y deben cumplirse urgente. Las prescripciones parecen de una naturaleza antigua porque pueden ser feroces, como desollar vivo a alguien, o delicadas como no torcer el cuello de una gallina delante de los niños. Las que le tocan a la abuela dicen: “HAY QUE CUIDARLOS.” Ella no las cumple, por eso le salen repetidas, ya que los bebés se le mueren en brazos invariablemente. Ella deja sus cuerpitos bajo el cuadro del Jesús que te mira, el que ella dice que los convierte en ángel.
Las hileras de papelitos crecen tanto que tocan el techo del ropero. Apoyo sobre la primera pila la orden cumplida de hoy temprano: “HAY QUE COGÉRSELO AL VIEJO.” Eran las nueve de la mañana, yo estaba en la cola de la caja del súper, parada detrás de un señor con tos. Calculé que tendría unos ochenta años, me pareció muy viejo pero otro papelito insistió: “HAY QUE COGÉRSELO A ESE VIEJO.” El mameluco tomó de la mano al viejo y lo llevó tras una góndola; se desabotonó solo sin que yo pueda evitarlo. Me dejó ver desnuda e hizo entrar al hombre. Fue un sexo quieto, entre los tres: el mameluco abrazándonos, el viejo escupiéndome mientras tosía y me besaba. No pude evitar limpiar con mi lengua la flema que chorreaba de su boca.
Guardo en el ropero esta prescripción cumplida durante la mañana, tratando de no desordenar la hilera. Los moños se resbalan hacia afuera, casi no les queda espacio. Como si hubiesen cobrado vida, se desparraman por el piso de la casa en un intento de no ser devorados por las torres de órdenes monstruosas. La abuela los levanta de a uno mientras barre y los prende con un alfiler de gancho a mi mameluco del que cuelgan marchitos, descoloridos.
Ya olvidé cómo es mi cuerpo desde aquel lunes en que la abuela me regaló la prenda. Sólo la mirada sobre él de Gertrudis, la vecina, me recuerda que lo llevo puesto. Ella pasa mucho tiempo asomada sobre el hueco donde se desmoronó la tapia. La abuela dice que no hay que tenerle miedo, que no lo hace para espiar, sino porque ahí lava la ropa y de paso nos cuida la casa. Yo no le tengo miedo a ella sino al lunar sobre su frente donde palpita una idea fija sobre la que no quiero preguntar porque incomodaría a mamá y a la abuela, estoy segura que la respuesta implicaría una explicación larga y, desde hace un tiempo, ellas optaron por hablar poco, con frases cortas ya que sus voces y la mía retumban adentro de los mamelucos y casi no nos entendemos entre nosotras.
Ya tengo la altura suficiente para mirar qué hay al otro lado de la tapia, el mameluco lleva mis pasos hacia allí. Puedo ver un pasillo angosto con una pileta de lavar y una ventana en penumbras donde no se ven focos ni lámparas, la sombra de Gertrudis sobre la pared se agranda a la luz de las velas. Su vestido se abre abajo como paraguas, deja al descubierto sólo su cara lisa y sus manos. Las paredes del lugar están llenas de estantes con rollos de una tela áspera como la de mi mameluco, sobre uno de ellos descansa la gata negra, la de los techos como la llama la abuela. Por ella, duermo tapada hasta la cabeza porque entra por las noches en mi cuarto y no hace ruido cuando brinca sobre mi cama.
—¿Acaso me han abandonado? ¿Dónde están mis sirvientes? —Gertrudis habla con voz grave haciendo sonar las eses como zetas, es la única persona que conozco que hable así—. Vaya novedad, hojeando esas fotonovelas en horario de trabajo. ¿Quién te has creído que eres? ¡Vuelve a tu labor! —le dice a la costurera wichi y le planta un varillazo en la espalda, parece que no le duele porque ella se inclina y canta.
Roza con sus trenzas negras la tela que cubre la mesa y corta siguiendo los contornos de unos moldes con distintas formas, unos de manga y otros de cuello de camisa. Gertrudis se sienta a la par, toma una tira larga de papel que después corta en rectángulos y apila a un costado. Su cara es una luna llena, resaltan sus labios pintados de rojo y el pelo negro tirante hacia atrás. Cuando la costurera wichi eleva su voz, el lunar late en la frente de Gertrudis y, con esa cadencia, escribe sobre los papelitos. Si el canto es violento así son los trazos que imprime, en otros momentos, se vuelve dulce y los ojos achinados de Gertrudis se ablandan. El trance concluye cuando la costurera wichi termina de cortar las piezas. Ambas descansan en silencio. La gata de los techos se despereza y restriega su cuerpo contra uno de los rollos.
—He asumido el compromiso de lograr la verdadera transformación, la que jamás pensamos presenciar, con toda la carga de responsabilidad que eso conlleva. Por eso se debe tratar con sumo cuidado el género, sus filamentos son inteligentes y muy sensibles, con muchísimas virtudes para ejecutar tareas que exigen esfuerzo, sacrificio, claridad de ideas, guiadas por una gran energía que la encauza mi sentido de prudencia y equilibrio —Gertrudis habla como si estuviese subida a una tarima ante una multitud—. He aceptado toda responsabilidad de la carga de la creación de las normas que nos permitirán desarrollar las vidas que aspiramos, fortalecer las capacidades y dar contenido real. Existen fuerzas poderosas que me guían, sabemos que el esfuerzo para crear bases estables pasa justamente en superar las deformaciones asentadas en la mentalidad colectiva, en superar lo antinatural, con el deseo esperanzado, con la cabeza y el corazón y la mirada hacia el futuro. ¡Pero tú qué puedes saber de esto! No has imaginado algo así en tu vida. Tú sólo piensas indecencias como las que empleaste para seducir a mi hijo.
La gata de los techos lame un pedazo de tela que cuelga de la mesa como si quisiese comprobar lo expuesto por Gertrudis. Ella la aparta de un manotazo.
—Este animal nunca duerme. Anoche no la echaste afuera y no me dejó dormir. Aunque sea muy cariñosa no la quiero adentro.
Es raro, la gata no se despegó de mí en toda la noche, creo haberla bajado entre sueños varias veces.
La costurera wichi suspira.
—Aquí no puedes quejarte, en mi casa no tienes ni voz ni voto —dice
Gertrudis—. Qué equivocada estabas empeñada en casarte con un noble hidalgo español para lucirte. Lo persuadiste, creías que tu descendencia vestiría encajes, india infeliz! ¡Toma y cose sus atuendos! —le tira un nuevo rollo sobre la mesa. —Será mejor que no olvides que sólo a mí responde la unidad de procesamiento que recibe los datos, así se lo he pedido al fabricante, soy la viuda del noble hidalgo, tengo mis influencias. Todo está bajo mi control, tanto la recepción de los datos como su procesamiento, la información que resulta es interpretada según mi criterio —camina de una punta a la otra del pasillo con una sombrilla que la cubre del sol, elevando tanto el tono de su voz que seguro la escuchan mamá y la abuela dentro de mi casa—. Es imposible que escapen de la maldición. Tu estirpe está condenada al dolor y al constante sometimiento hasta la séptima generación. Así lo digo.
El mameluco presiona levemente mis antebrazos como una caricia. ¿Sabrá de quién habla? Yo prefiero no conocer tanto acerca de su esencia además me da vergüenza que ella se refiera a él de esa manera.
La costurera wichi toma la tela, la extiende sobre la mesa y se ponea cantar otra vez.
Gertrudis apoya la punta del lápiz sobre el papel pero se detiene, las palpitaciones del lunar no siguen el ritmo.
—Se me ocurre un experimento para comprobar la resistencia de la tela. Hay que seguir las ideas, las ideas quedan, debemos evocar las certidumbres, esa es mi función. Por favor, deja ya tu canto.
Mi bolsillo hace ruido al asomar un papel, la costurera wichi levanta la vista, no le da tiempo al mameluco a esconderme, ella me mira con una sonrisa desanimada y tierna. “HAY QUE ENTRAR, NADIE TE VA A CUIDAR COMO ÉL.” El papelito resbala de mi mano y cae al piso. Mis pasos me alejan de la tapia para llevarme hacia la calle, hasta una casa pintada de rojo en la misma cuadra. Sobre la fachada, un tipo espera apoyado contra la pared, cuando me ve chasquea sus dedos como llamando a un animalito. Mi corazón se acelera cuando me invita a entrar y pone la tranca en la puerta. Lame mi mameluco dejándolo pegoteado. Después me pega en la cara, me escupe y dice que soy su puta. Se enoja cuando se le quiebran las uñas al arañar el género áspero que me cubre. En algún lugar, los labios pintados de rojo de Gertrudis sonríen por el éxito de la prueba. El mameluco me lleva a descansar sobre mi cama. Esta vez lloro, lloro dentro de mi amigo, la tela roza mi piel. Me duelen los brazos y las articulaciones, sólo quiero dormir aunque mis pensamientos jamás llegan a la superficie. Vomito sobre la almohada.
Está oscuro todavía, me despierta un griterío desde el living.
—¡Traigan una ganzúa! —Gertrudis y la costurera wichi tironean la puerta del ropero que está trabada. Cuando ellas entran por las noches a colgar los mamelucos, nosotras hacemos como que no las vemos lo que hoy es imposible por el escándalo que armaron.
—¡No rompan la cerradura! Ya abro —hago girar la manija, hace un sonido leve en el pestillo, algo salta desparramando en el piso los papelitos. La gata negra de los techos choca contra mis piernas y se mete debajo de mi cama. Un cono de luz se filtra por la puerta entreabierta, ilumina sus ojos amarillos que miran mi mameluco con una extraña fascinación.
“HAY QUE DARLE DE COMER.” dice un papelito en mi bolsillo.
—Yo no escribí eso —Gertrudis mira la lapicera que empuña en su mano derecha la costurera wichi—. ¿Quién te imaginas que eres? ¿Cómo te atreves? —levanta su brazo amenazándola. La otra mujer la empuja y ruedan juntas por el piso de la casa.
Mamá y la abuela, levantadas por los gritos, las ven pasar.
—Ya es hora de que alguien les avise que están muertas —dicen entre ellas.
“¡NO HAY QUE DARLE DE COMER A ESA BESTIA!” Sale un papelito con esa leyenda.
—¡No es una bestia! —mi voz se pierde hacia adentro del mameluco.
Camino dos pasos y aparece otro papel: “¡HAY QUE DARLE DE COMER AHORA!” y otro papel: “NO, NO HAY QUE DARLE.”, salen uno, dos… seis.
Gertrudis y la costurera wichi han abandonado la pelea para escribir papelitos que desaparecen, pero no salen ya de mi bolsillo, como si algo adentro se hubiese roto.
—Vamos a darle de comer —digo. Me parece extraño, las palabras se escapan entre las rendijas de las costuras y se propagan por el aire. Traigo la olla de la abuela con la sopa y la apoyo sobre el piso junto a mi cama. El humo de la comida caliente flota alrededor de la gata de los techos haciendo formas estrambóticas que al separarse dejan ver sus miembros huesudos con llagas. No come, su boca está llena de papel y respira con dificultad. Coloco mi mano sobre el lomo, siento su corazón que late agitado parece estar muriendo.
Ya amanece. Del ropero viene un llanto de bebé.
—¿Qué es esto? ¿Ya me morí y estoy en el limbo? —dice mamá.
La gata negra acaba de parir en el interior, descolgó de las perchas los mamelucos y los deshilachó para formar el nido. Se comió la mayor parte de las torres dejando unos cuantos rectángulos aplastados entre pelos y sangre.
—Hay que matar a esa gata inmunda y a su hijo, traigan el veneno —dice Gertrudis.
—Me mato si no la dejan que se quede. Estoy cansada y decepcionada. Menos gastos para todos —dice mamá detrás de mí, saca la corbata que usa bajo su mameluco y estira su brazo hacia arriba como si fuese a colgarse de alguna viga imaginaria—. Hay que irse de esta casa. Está maldita.
La abuela con sus brazos abiertos se interpone entre Gertrudis y el ropero, le recuerda es de su propiedad y que no es asunto suyo lo que pasa ahí adentro. Ruega que no maten a la gata y al gatito porque ahora son de la familia y se desmaya.
Introduzco mis dedos en la boca de nuestra gata redentora para extraer los bollos de papel atorados en su garganta. Todavía quedan trazos desteñidos, parecen jeroglíficos que dan cuenta de la caída de algún imperio. Lanza un maullido débil y toma una última bocanada de aire antes de quedar inmóvil bajo mi cama. Gertrudis se apodera del gatito gris en el ropero.
—Tráiganlo aquí que le doy el pecho. ¡Ay me muerde! Qué lindo bebé, deben quedarse con éste, van a llamarlo Porfirio y sus ojos grises no se cerrarán jamás —ella lo esconde bajo su miriñaque. El gatito araña sus piernas y lame su sangre.

Barbero, Verónica (2018). Aquí se restauran niños y vírgenes, Tucumán, Minibus, pp. 11-17.