domingo, junio 28, 2026

Un adelanto de Noches de cabaret, de marmat

marmat ya me había sorprendido con los fragmentos que compartía del monumental imperio ficcional llamado Malasya (Nudista, 2024). Por eso fue un placer, un honor, trabajar con él codo a codo en la edición de ese mamotreto. Y luego, luego apareció Noches de cabaret, un contrapunto del libraco delirante antes publicado. 

Esta nueva obra de marmat es un relato de dos amigos en la noche mendocina de los 80. Uno, Claudio, experimentado en las delicias del desborde; el otro, Alberto, dispuesto a aprender con las manos bien abiertas. El resto sucede en un abrir y cerrar de ojos, como la vida misma, en medio de los vapores del alcohol, las palabras dichas e imaginadas, el toqueteo rítmico de los cuerpos.

Dejo un adelanto Noches de cabaret para quien quiera leer, un fragmento del capítulo 1. ¡Que lo disfruten! ¡Y vivan las nuevas lenguas! 





Capítulo 1

Cabaret... metejón... un amor en cada esquina...

—A mí decime Claudio siempre. No Gringo. Claudio. ¿Qué hacés más tarde? ¿Querés que vayamos al centro? 

Lo había conocido en un picadito y le decían el Gringo. Nos tocó jugar en el mismo equipo una tardenoche y pegamos buena onda.
 
—Dale, Claudio... y sí, podría ser ¿como a qué hora decís? 

—No sé, cuando se haga de noche, tipo diez. Paso a buscarte por la esquina de tu casa. Es feriado, acordate, Semana Santa. Esta noche el centro se pone hasta las manos. Podríamos ir a visitar a unas amigas que paran por la San Juan haciendo la calle. En la parada del bondi se ponen. No sé, quién te dice... 

—Dale, Claudio, te espero entonces, me parece. Nos vemos a la noche. 

Cortamos. Miré el reloj. Caí en la cuenta. Habíamos hablado más de media hora por teléfono. ¡Qué calamidad! Con lo que se restringían las llamadas por entonces. Luego vendrían con los candaditos de ENTEL a regular la falta de pago. Pero al menos conservabas la línea y no te quedabas a pata. Te entraban las llamadas y podías atender, no podías llamar, pero con el tiempo si no se pagaba la boleta sonaba y sonaba con el candadito puesto. ¡Y ya lo dejabas que sonara!, o lo desenchufabas, porque cuando levantabas el tubo ya no se escuchaba a nadie del otro lado. 

A la conversación con Claudio la tuvimos desde mi habitación que da a la calle Almirante Brown. La suerte me dio otro enchufe para el teléfono, con lo cual podía tener mis charlas con amigos y amigas, llevándome el teléfono del comedor a mi pieza, sobre todo por las siestas o después de las diez de la noche. 

Había olvidado por completo era Jueves Santo. Estábamos en la Semana Santa, en el mismísimo Jueves Santo, y yo, en babia. ¡Yendo a un colegio católico! 

No comimos pescado ni empanadas de vigilia. Me acordaría. El perfume de Semana Santa siempre es la comida. ¿Por qué no comí empanadas de vigilia? ¿Qué almorzamos? ¿Almorzamos? 

De cualquier manera, la idea de ir al centro a saludar a esas amigas de Claudio, más aún, si el centro por Semana Santa iba a explotar aquella noche de abril de 1982, me pareció una idea salvadora. ¿La salvación me estaba esperando? La salvación del tedio por unas horas, al menos. 

Andaba aburrido por aquellos tiempos y, ahora me doy cuenta, debió haber sido ese día, o el anterior, del cual me quedó la sensación, el recuerdo tedioso… ¡Qué va! Por aquellos años era imposible aburrirnos. 

Yo no llegaba a la edad de Claudio, él tenía veinte años, y yo… ¡ni siquiera cumplía los diecisiete! Pero a Claudio lo veía maduro. Hecho, con calle y parla. Labia para ir al centro a chamuyarse a minas de la noche, de la calle, a las que yo por retraso madurativo, sentimentalmente hablando, les tenía miedo. ¡Pánico si hubiera sido en una vereda oscura! 

—Hola, qué tal, cómo estás, mi nombre es Alberto. ¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado? 

De pensarlo me sentía un imbécil. Me veía a paso firme acompañando el traqueteo cada vez más vertiginoso de sus tacos, la chica notablemente nerviosa y yo, intentando persuadirla, que contestara afirmativamente mis propuestas sádicas. 

Me di cuenta que por el sadismo de mi mente se filtraban frases traducidas, lugares comunes en el habla: “¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado?”. También pensaba como optimista en qué me diría la señorita en cuestión de aceptar mi propuesta explícita, de mi invitación a tomar un helado. 

—Hola, qué tal, Romina es mi nombre, camino hasta mi casa, vivo sola, me gusta conversar y tomar helados, pero más me gustaría que te quedaras conmigo a dormir esta noche, es Jueves Santo y hace frío, ¿te parece, Alberto?

Nabo, nabo y mil veces nabo. 

Pensar optimistamente es un purgatorio a pasitos del fracaso. Al menos, de mi fracaso. Porque había visto cómo Jorge, cómo Ricardo, y me habían contado de otros casos como el de Rubén y el de Carlos, alguna noche terminaban encamados con distintas minas, todas desnudas, tomando licor Tres Plumas, en lugares inverosímiles, fumando puchos negros, Parisiennes o Gitanes. 

Mis amigos eran unos reales porongas. Pero Claudio no mostraba nunca la hilacha, ni esa típica soberbia del blablador que anda de chisme en chisme, contando, como decía la canción de Copani, ¡cuánta mina que tengo! 

De cualquier modo, qué inquietante era imaginar a Romina. ¡Qué mujer más hermosa era Romina por favor! Si tan solo la imaginación pudiera materializar una noche con ella, las cosas hubieran sido muy diferentes… Caminaríamos por la calle Las Heras, donde nos habríamos conocido aquella noche de Semana Santa. Tomaríamos con ella los helados de Chini que le prometí. Luego le compraría una rosa a un vendedor de la calle y así, la noche nos guiaría hacia su cama, lentamente y sin estridencias, como si fuésemos una pareja de amantes. 

Romina acariciaría mi cuerpo y yo, luego de traer una botellita de agua de la heladera, me entregaría por entero a los roces. Ella, muy hermosa y muy compañera, me daría un beso de sorpresa en plena vereda, bajo el farol que ya no alumbra, y le propondría que un día fuésemos a ver muebles y electrodomésticos. Porque si la cosa funcionaba como hasta ahora, lo mejor sería casarnos, ¿no? 

En fin, me quedaba la imaginación… ¿Me quedaba la imaginación que mis amigos porongas no tenían? En eso estaba la diferencia. 

Mi imaginación tan virga… ¡y sus porongas al poder! 

La oscuridad del centro en esos años tenía su particularidad. Claudio me la había prometido por teléfono para esa noche. La plaza Independencia estaba hecha de sombras, de vetas largas y ondulantes, que por el viento, los picos de los pinos, más los picos de los pájaros, dejaban la estela flameante a su paso, hecha de más sombras zigzagueando que antes. 

En una de las calles linderas de la plaza, los que iban al Zócalo y los que vivían en el Zócalo, entre unos herbajes bajo el chumbís de los asientos para ciegos, se amontonaban bajo un techo, al que se le llamaba así: “El Zócalo”. Recalaban ahí los adictos a las pastas. Andaban galgueando con el metrolax y babeando con el tricimoldefino. Drogas de farmacia que podías encontrar en la mesita de luz de una vieja, si es que vieja había en tu casa por ese entonces. 

La idea siempre fue destruirse.

(...)

Fuente: marmat, Noches de cabaret, Río Cuarto, Nudista, 2026, pp. 9-13.

miércoles, junio 24, 2026

Dos ensayos breves de Enrique Luis Revol

Si mal no recuerdo me crucé con el nombre de Enrique Luis Revol en un artículo de Luis Chitarroni en la revista Cuadernos Hispanoamericanos sobre novelas argentinas de los 70 (venía siguiendo los pasos de Pepe Romeu y su lisérgica A bailar esta ranchera). Habré notado la mención a la única novela de Revol, Mutaciones bruscas (1971), la habré comprado (porque efectivamente la tengo en mi biblioteca), y habrá quedado ahí a la espera, porque la literatura sabe etcétera... 

Con el paso del tiempo, el nombre se me volvió a aparecer en el bellísimo e irregular libro de Eugenia Cabral, Vigilia de un sueño (2017), sobre la vida y enseñanza del poeta español Juan Larrea en Córdoba (la ciudad pozo, como diría mi amigo Manu Moyano Palacio). Ya esa segunda aparición me avivó la curiosidad exhumadora y, si bien intenté con la novela y rápidamente la abandoné, seguí buscando otros libros del profesor Revol, sobre todo aquellos de su veta ensayística. 

El pálpito fue atinado. 

Enrique Luis Revol perteneció, entre los años 50 y 70, a un grupúsculo de ensayistas, intelectuales y profesores que se podría bautizar como los eruditos. Pienso en Revol y en Jaime Rest y en Rodolfo Modern y en Roger Pla también. Hombres muy formados en la tradición humanista, lectores y críticos incisivos, geógrafos de la literatura mundial. Revol y la literatura inglesa y estadounidense; Rest, esas mismas literaturas más la francesa y también la argentina (todo su trabajo como prologuista en las ediciones de la librería Fausto, ¡uf!); Modern y la literatura alemana; el megaincreíble y olvidadísimo proyecto dirigido por Roger Pla, hito en tres tomos de las literaturas comparadas: el Diccionario de la literatura universal, publicado por Muchnik editores en 1966 (del que algún día tendría que hacer un posteo al menos...). 

Para hacerla breve: en los últimos meses me metí a leer los libros de ensayos de Revol y son muy gratificantes. Uno de los más destacados, para mí, es La tradición imaginaria. De Joyce a Borges (1971). 

Transcribo dos ensayos breves donde se ve al mejor Revol al momento de explorar las tensiones del acto creativo y al enarbolar, como en esos años escribía Pepe Romeu, las banderas de la imaginación (y no precisamente por joven revolucionario francés, que de eso el profesor cordobés tenía bastante poco). 

¡Pasen y lean! ¡Y ojalá se crucen con la prosa erudita y polémica del profesor Revol que bien vale la lectura! (Ah, dejo al final del posteo el índice para que lean la selección del libro que me parece bárbara).



Dualidad de la creación 

La obra de arte es consecuencia de una doble fidelidad, pero, para que la obra de arte fracase es suficiente una sola infidelidad. A dos razones se debe, activa y pasivamente, el creador; y por mucho que se esfuerce en atender a una de ellas, en realidad no le presta la debida atención si ignora o descuida la otra. 

Ocurre que en el mundo uno halla palabras, fuerzas que es preciso obedecer y que entonces cederán ante uno. Está la materia, a la que espera, adentro, una forma; y a cada materia la espera su forma. Porque en el bloque de mármol sí que está el monumento: al artista sólo le corresponde desentrañarlo. 

Pero la forma, es decir, la creación artística propiamente dicha, no se consigue mediante la fidelidad exclusiva a la que uno prefigura ni tampoco si meramente se tiene en cuenta un prejuicio sobre lo que le conviene a la materia. Así, quien ante un bloque de mármol se diga, por ejemplo (y deliberadamente pongo el más descabellado ejemplo): “Esculpiré la Gioconda según el retrato por Leonardo”, bien puede ser que consiga al final una especie de Gioconda, pero de seguro ésta del mármol sólo tendrá la materia geológica; y quien, por otra parte, se limite a afirmar que explotará todas las posibilidades de un pedazo de mármol, tal vez sólo consiga una piedra todavía más inanimada que el bloque original. 

Hoy por hoy, ya sabemos de memoria que es falsísima —y cuánto daño hizo, en su tiempo— esa vieja y necia oposición entre materia y forma, que es falsa al menos en términos estéticos. Así como el oxígeno no se “opone” al agua sino que es uno de sus constituyentes, del mismo modo la materia es una parte de la forma, cuya otra parte es la imaginación. 

Esta doble fidelidad a materia e imaginación, que es la esencia de la obra de arte, también tiene otros nombres, a saber: soledad y sociedad. Hay que precaverse, sin embargo, ante el riesgo de identificar, con excesiva premura, imaginación y materia con soledad y sociedad, respectivamente. Pero es cierto, con todo, que imaginación y soledad hasta suelen tornarse sinónimos al menos en el mundo actual, y que otro tanto es válido en cuanto a materia y sociedad. Pues de algún modo se presiente siempre que la piedra que tal escultor trabajará mañana en cierta forma, son parte de una gran piedra, de una gran palabra en que escultores y poetas se ejercen desde el principio de los tiempos. E igualmente, nadie puede dudar de que la disposición que el poeta dará a las palabras, para expresar sus propios sentimientos y pensamientos, o la exactitud de escoplo o buril en la obra del escultor, responden, de ser acciones válidas, quiero decir, necesarias, a un poder intransferible y solitario que a veces optamos por llamar imaginación. 

Pero esto no es todo. En el fondo de cada imaginación hay —como nos consta desde las indagaciones de la psicología profunda— elementos que comparte con cualquier otra imaginación; y esos son los resortes más activos de la fuerza creadora. Asimismo, cada piedra y cada color y cada palabra son, en un momento dado, algo diferente de todas las demás piedras, colores y palabras, precisamente porque están en un momento determinado y no en otro cualquiera, justamente por el hecho de ser esos materiales específicos y no otros (pero nada más que semejantes). 

De modo que, en el fondo, hay soledad y sociedad de la imaginación; y otro tanto es válido afirmar en lo tocante a la materia. El artista no necesita repetirse constantemente que es su deber de hombre llegar a los demás: si es fiel a sí mismo, lo será a los otros. 

Tampoco es imperioso que aísle su espíritu de los demás para expresar su peculiaridad: ante la piedra o la palabra, ese don secreto, lo exclusivo de un artista realmente creador, fluye naturalmente y se convierte en el secreto de todos, en don exclusivo de todos; o, si no, jamás fluye. 

El arte, forma por excelencia humana, es imaginación y materia, soledad y sociedad, tradición —esto es: pasado vivo— y un preciso instante, el “ahora mismo”. 

Todo lo dicho se verá más claro si se apela, como término de comparación, al juego. También en el juego están, a primera vista, los mismos elementos; pero en su caso la imaginación se subordina a la materia —hay un solo carril y hay que seguirlo forzosamente—, y el momento dado en que, por ejemplo, se escoge un naipe en la baraja depende de una inmutable tradición en que el pasado entero late ensordecedoramente, de una rigidísima escala de valores —el jugador no podrá decir: esta sota es de ahora en adelante un as de bastos— y así, la soledad del jugador, por mucho que se empeñe en jugar solitarios, queda abolida. Del juego se diría que es un arte sin soledad, que sólo le falta la soledad para hacerse arte. Sólo la soledad... pero la estatua o el cuadro o el poema son puntos de intersección entre sociedad y soledad, precisamente; y la creación no existe, en realidad, hasta que seres humanos determinados, con sus vergüenzas y grandezas diferentes de todas las demás, con sus frustraciones y logros propios, únicos, exclusivos, ingresan, con todo lo que son y todo lo que aún pueden ser y todo lo que ya nunca podrán ser, es decir, solos y a solas, en el plano común, en el mundo de todos. 

(Great Neck, 1950) 



El dominio imaginario 

La imaginación, ese chorro de vida indomable que hay en el hombre. En el animal se petrificó en el instinto, en exactitud como de relojería. Las sociedades humanas prehistóricas e históricas —pero, ¿también sucederá otro tanto en la sociedad posthistórica?— han tenido siempre, e inevitablemente, que recurrir a algún modelo animal en busca de una represa a fin de contener la tremenda presión imaginativa, esa pura vida que asimismo es —al menos, esto es lo que a menudo conjeturamos— la vida pura. Y una y otra vez, también, la imaginación se coló por los intersticios del pesado muro de la razón, ese pobre remedo del instinto —ese pedacito de poder imaginativo vuelto contra la gran fuerza de que en el fondo también ella es parte. 

Colándose a través de la represa racional, la imaginación —con más éxito, es cierto, en unas épocas y con más brillo, por supuesto, en ciertas culturas— moldeó la conducta, se solemnizó en los rituales, se expandió exuberantemente en los mitos, se concretó espléndidamente en artes, quiso —y tal vez lo haya conseguido, de vez en cuando— internarse en los arcanos del universo para explicárselo al hombre y así hacerle llevadera —quiero decir, exenta del incesante terror que la razón habría querido establecer como norma exclusiva—, más llevadera la vida al débil “animal no fijado”. Y de este modo ha seguido salvando al hombre, manteniéndole en su puesto tan peculiar en su sitio tan diminuto y no obstante tan realzado y exclusivo, salvando al hombre de la dureza de la piedra, de la plácida o la violenta necedad del animal, de la fosilización instintiva. 

¡Pues las termitas son las perfectamente racionales! El hombre ablanda las piedras por imperio de la imaginación, se inspiró en los instintos animales y así estableció su poética seudo-ciencia mágica, se mantiene flexible (y es por esto que luego va a desdeñar la magia) y así se torna crítico, tanto de su entorno como de sí mismo. Es la imaginación —y no la razón, por lo menos no la sola razón— lo que inspira la crítica, esta “décima musa”, esta señora final del dominio imaginario que también está necesariamente presente, como ya lo enseñaba Baudelaire, en todo auténtico artista creador. 

(1969)

Fuente: Revol, Enrique Luis. La tradición imaginaria. De Joyce a Borges, Córdoba, Teuco (Taller Editor de la Universidad de Córdoba), pp. 38-41.



viernes, junio 19, 2026

El retorno de la conversación literaria

Creo que si hay algo que falta en las redes sociales es la posibilidad de sostener un intercambio con los otros... Todo tan esquemático, superficial y efímero. Se me pianta un lagrimón... 

Sin embargo, en los vericuetos de YouTube, uno (yo) puede seguir encontrando conversaciones sobre la literatura, sobre la escritura, sobre qué significa leer y escribir en este siglo XXI. Es hora de reivindicar la conversación literaria. ¡El retorno de la conversación literaria! 

Comparto dos charlas que me gustaron mucho en estas últimas semanas: la primera es entre Manuel Moyano Palacio y Pablo Farrés, a propósito de la reciente publicación de La zona muda, libro de cuentos de este último; la segunda es entre Guillermo Mas Arellano (que la viene rompiendo en su canal Pura Virtud) y Juan Francisco Ferré, a propósito de James Joyce, Borges y otras yerbas muy variadas. 

Pónganse los auriculares, acomódense o sigan haciendo lo que están haciendo, y disfruten de la conversación literaria, una ruina más que vale revisitar en este mundo ultramoderno.
 

domingo, junio 14, 2026

Sobre El río oculto (2024), de Diego Arandojo y Jorge Fantoni

Releo El río oculto, de Diego Arandojo (guion) y Jorge Fantoni (dibujo), publicado por Deux Graphica. Le había dado una primera lectura cebada y veloz, necesitaba este nuevo encuentro para disfrutar esta historia de esoterismo y literatura en el Río de la Plata. 


Noto que podría ir en serie con: 

-primer eslabón: la muy conocida aguafuerte de Roberto Arlt sobre las ciencias ocultas (años 20). En esta historieta se trata del puntapié narrativo. Fausto se obsesiona desde pequeño con continuar los pasos del escritor y mapear el río profundo de sociedades secretas, libros mágicos y palabras cifradas que ha recorrido las calles porteñas.


 
-segundo eslabón: el no tan conocido ensayo de Adolfo de Obieta sobre la Buenos Aires invisible (fines de los años 60). En este sentido, Arandojo enhebra nombres visibles del esoterismo argentino literario (Leopoldo Lugones, el mismísimo Arlt, Xul Solar, Ernesto Sabato) y revela otros realmente olvidados o invisibles (Romilio Ribero, Ithacar Jalí, Josefina “Finita” Ayerza). La historia de la traductora de Aleister Crowley, Finita Ayerza, me pareció encantadora.


 
-tercer eslabón: un proyecto anterior de Arandojo, junto con Facundo Percio, como la historieta Beatnik Buenos Aires. El río oculto retoma el procedimiento de la anécdota narrativa compacta con un personaje fuerte, un lugar preciso y una acción principal bien definidas como elemento básico. Le suma una pátina de nostalgia y soledad: el protagonista y narrador, un Fausto maduro, parte del recuerdo de su padre para revelar su investigación de la Buenos Aires oculta entre el siglo XIX y el XX. 


Los dibujos de Fantoni, al igual que en el anterior proyecto compartido con Arandojo, Carne (2023), subrayan ese margen grotesco del horror, donde lo terrible se vuelve risible y al revés. Con El río ocultoArandojo el Mago suma una pieza más a su proyecto que se sigue tejiendo en los mundos del esoterismo, la cultura y el espíritu.

viernes, junio 12, 2026

Una solapa de Carlos Correas

Después de la causa judicial por su relato "La narración de la historia", Carlos Correas retoma con ahínco y concentración sus estudios de filosofía, se casa con su compañera Marta Brarda y comienza a dar clases en la universidad. Pero su escritura, durante casi dos décadas, se vuelve privada. Algo cuenta en el largo reportaje en la revista El Ojo Mocho: de qué modo la censura de su relato, el interrogatorio, las instancias judiciales terminaron afectando esa obra que se anunciaba como una literatura del escándalo pero que ante el escándalo, se corrió de escena y se volvió invisible. 

Sin embargo, con el correr de las lecturas y porque la exhumación de los textos de Correas sigue adelante (y se agradece el gran trabajo realizado en Todas las noches escribo algo), aparecen vestigios de ese Correas que en los 60 parecía escondido hasta que la tormenta de la represión moral amainara un poco... 

Uno de esos vestigios es una solapa de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, el libro publicado en 1964 que lanzó a la fama editorial a Juan José Sebreli. En los 50, junto a Correas y a Oscar Masotta, Sebreli había conformado un trío que discutía en las páginas de Centro y Contorno, bebía en los bares del centro y recorría las calles en un yiraje frenético. 

Siempre recuerden: Dios está en los paratextos, no los subestimen. (Gracias a marmat y a noescanon que en dos ocasiones me recordaron esta solapa).

Y vaya este texto escrito por Correas en los años 60 para seguir exhumando la vida y obra de este gran autor olvidado.


“Sebreli escribe con la seriedad del que piensa claro. Pertenece en este sentido a una buena tradición, como la de Juan Álvarez, Carlos Astrada y el Ingenieros mejor”, decía Bernardo Verbitsky a propósito de la aparición de Martínez Estrada, una rebelión inútil

Estas cualidades de ensayista, de crítico, de sociólogo, de pensador son confirmadas ahora, en su segundo trabajo: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación. 

Se encara aquí la crítica de la vida cotidiana de una gran ciudad, la alienación en que se mistifican las formas de vivir, de pensar, de trabajar, de amar, de sentir, de divertirse de sus habitantes. Utiliza para ello Sebreli, un método renovador, con raíces en lo más avanzado del pensamiento contemporáneo, donde se trata de rescatar los aportes más enriquecedores de la sociología asimilándolos a la totalidad dialéctica e histórica. 

Con una lucidez y una valentía que escandalizará a quienes viven en la ocultación y el miedo, Sebreli desenmascara el significado histórico y social de hábitos, prejuicios, fobias, manías, tics, gustos, modas, peculiaridades lingüísticas, inclinaciones sexuales, ritos y mitos cotidianos de los porteños. Todas las claves secretas de la vida de Buenos Aires, los misterios de sus jornadas febriles y sus noches de pasión, son desentrañados con una minuciosidad y una veracidad tal en los detalles que no se escatiman las noticias del día, los nombres propios de personas vivas y las direcciones y santo y señas de los rincones más ocultos de la ciudad, desde los salones herméticos del Barrio Norte hasta los tugurios siniestros del bajo fondo. 

Al rigor científico y a la riqueza de información, se suma en este singular trabajo, la sugestión de una evocación proustiana en busca de cosas olvidadas, vidas anónimas, momentos fugaces, tiempo perdido. 

Carlos Correas

miércoles, junio 10, 2026

Top 3. Libros de Horacio González (elegidos por Agustín Conde De Boeck)

Agustín Conde De Boeck, amigo de la casa, gran narrador y ensayista, fue interrogado por su TOP 3 de libros de Horacio González. 

Esto sintetizó por audios de varios minutos y yo me tomo el atrevimiento de volcarlo en este posteo. 

Que la posteridad nos juzgue.

 


1. Restos pampeanos 

Es un libro gigante. No sólo es grueso: tiene un tamaño de fuente minúsculo, con márgenes escasos y páginas enormes. La diagramación te lleva de borde a borde, pero si tuviera una caja normal sería un volumen inmanejable. Encima es una obra de lectura lenta, te vas internando en un pantano de estilo. Es tan increíble que no pude parar de subrayarlo, llegué a subrayar páginas enteras porque no sabía qué elegir. ¡Era como estar en una juguetería! Restos pampeanos lo leí muy lentamente, como si dijera en tres o cuatro años, lo iba leyendo siempre con el señalador perdido en alguna página. Lo leí como si fuera una revista, cada tanto avanzaba: un día, el capítulo sobre Ramos Mejía, otro, el de Ameghino, o sobre Viñas, sobre León Rozitchner. Es una lectura que te va acompañando hasta que un día se termina. Por la intensidad, digo. No vale la pena leerlo de forma continuada porque llega un punto en que te engolosina, perdés horizonte. Me pasó lo mismo con Las sagradas escrituras, de Libertella, no es un libro que haya leído de una sentada. Es muy bueno digerir este tipo de libros así porque te queda interiorizado, como una materia que uno hubiera cursado. Si el lector quisiera arrastrar un ancla de alegrías y pesares durante un tiempo, recomiendo que ingrese directamente en Restos pampeanos




2. Arlt. Política y locura 

Con este libro me enamoré más que de su pensamiento de su estilo. La base del pensamiento de Horacio González es repetitiva: siempre está hablando, a la manera de Ramos Mejía y José Ingenieros pero con ironía, en solfa, de la influencia de la psicopatología de masas en la política argentina. Vuelve al liberalismo argentino del siglo XIX para mostrar que, en realidad, tuvo un costado perverso, un morbus, una especie de decadentismo del pensamiento fundacional argentino. Pero lo que me impactó en ese primer librito fue la lengua. Leer a González es meterse en un laberinto de referencias, de hallazgos lingüísticos muy barrocos que lo vuelve un tesoro absoluto. En Arlt. Política y locura aparece EL concepto de González: las políticas anómalas. Esa idea de que la literatura no sirve para hacer corrección política, para regenerar a los pueblos sino para reforzar traumas y generar salidas a través de fantasías políticas perversas. Arlt, para él, es un supersticioso, un fanático que explora su enano fascista interior. Creo que quien heredó muy bien esas premisas es Maximiliano Crespi y su concepto de realismo infame




3. Retórica y locura 

Me gusta muchísimo este libro. Es una continuación y expansión de Arlt. Política y locura. Más histórico. También se complementa bien con Restos pampeanos. Siempre deberían leerse juntos estos libros. Es casi un desprendimiento. En estas conferencias, González expresa mejor, no es tan hermético. En Retórica y locura está su oralidad, fluye de forma más narrativa, como una especie de bitácora personal de lecturas. 

martes, junio 09, 2026

Sobre Los nuevos antepasados (2025), de Marco Castagna


¿Dónde estarán nuestros nuevos antepasados? La novela de Marco Castagna, publicada por Palabras amarillas ediciones, nos recibe con ese oxímoron por título y con un gordo en motoneta. Los paratextos bien pensados, as usual, le cantan al lector por dónde va a venir la aventura: familia y motos. No podía salir mal la combinación. 

Después de las primeras líneas la historia arranca y pasa a velocidad rápidamente. En una casa compartida y precaria, Omar recibe un email sobre su padre, sobre su padre desangrándose en Puerto Deseado, sobre el rastro de su sangre en la nieve y su desaparición. El hijo viaja para buscar al padre: un clásico. 

Lo que no es tan clásico es el lenguaje y las imágenes con que Castagna urde esta road story. Como en las novelitas de Ricardo Colautti, los personajes, las acciones y los lugares corren en cámara rápida, se deforman, estallan y vuelven a tomar forma para volver a descomponerse. La dirección es única: Puerto Deseado, el Sur. En el camino, Omar se cruza con ayudantes y oponentes que aparecen de la nada y vuelven a la nada en un abrir y cerrar de ojos. Una moto, y después otra, y después otra: la ruta es larga, ajena y extraña. Lyncheana, por qué no. 

Los nuevos antepasados combina una estética grotesca, una trama de aventuras, el boomerang de los recuerdos con el padre y un lenguaje tejido entre la poesía, los sueños y la calle. Castagna inventa a Omar y le da una misión para realizar el deseo de Silvio Astier. En una sociedad hundida en la traición, la soledad y la violencia, viajar al Fin del Mundo no parece una idea tan delirante. A lo mejor ahí nos esperen ellos, nuestros nuevos antepasados.

Va una muestra gratis:

    Un cartel de huesos rezaba “El Elefante Blanco”. 
    A su dueño le decían El Místico. Circulaban rumores que le atribuían delirios de vidas pasadas. Con respecto a lo que podía verse —bastaban como prueba los afiches y los libros exhibidos—, no quedaban dudas de que se trataba de un racista consumado. Lector de Nietzsche y el Marqués de Sade. Por las esvásticas que había escamoteadas en el local y las fotos de “cazadores” (desde Mussolini y Hitler, hasta Julio Argentino Roca, o algunos miembros de la Junta Militar) dejaba claro que odiaba a los negros. Aunque él mismo era un morocho que sonreía desde la oscuridad con dientes blanco marfil. 
    Se respiraba una atmósfera extraña. Criaturas voladoras parecían haber sido ajusticiadas en aquel lugar. 
    Nos sentamos en una de las mesas del fondo. Desde la cocina llegaba un olor penetrante a carne y salsa que se mezclaba con el aroma cervecero del salón. 
    En la pared un tatuaje en aerosol se preguntaba “¿Es pecado ser superior?”. 
    Sobre nuestras cabezas colgaba un cuadro. 
    En él un ombú ocupaba casi todo el islote en el que había crecido. Sus ramas monstruosas —igual que sus raíces— servían de plataforma a una pequeña república de seres (uno parecía fugitivo, otro un mercader moribundo, otro llevaba la cabeza vendada y se apuntaba con un revólver en la sien. Algunos permanecían ocultos, a la sombra. Y solo un poco más arriba, permanecían unos pocos más. Entre ellos, una mujer acompañada por un lobo herido. Y, todavía más alto, un hombre rubio colgado boca abajo).

domingo, mayo 10, 2026

¡A bailar con el conde Lai!


Este artículo fue publicado originalmente en 2021 en la revista virtual de historietas y afines Fierro. Agradezco a Lautaro Ortiz la invitación en su momento a participar y a exhumar los textos de Laiseca en la revista Twist y gritos. Lo recupero también acá, en el blog, porque no sé cuánto tiempo más permanecerá online en el viejo dominio de aquella revista...


Una foto en el bar Moderno 

Una fotografía puede ser una pista. En este caso, hay una tomada en el bar Moderno, probablemente en el año 1968. No hay tantas imágenes de ese lugar de reunión de artistas, escritores, músicos y fauna de la Manzana Loca y la contracultura porteña. En esa foto que sobrevivió a los vientos del tiempo se observa a un grupo de jóvenes alrededor de una mesa: hay un sifón y unos vasos vacíos, algún resto de vino, detrás se puede leer en el vidrio la inscripción “Moderno Bar”, local ubicado en Maipú 918, entre Paraguay y Charcas. Los muchachos miran a la cámara entre diversión y gestos. 

Ahí están, por ejemplo, de anteojos negros, haciendo tope con su mano, Horacio “Pepe” Romeu, actor y futuro autor del libro A bailar esta ranchera (1970); también están sus compañeros de andanzas: a la izquierda de Pepe, un barbudo Marcelo Sztrum y, a la derecha, de rulos, Alfredo Slavutzky, ambos melómanos, lectores empedernidos del surrealismo y de la literatura beatnik, jóvenes amigos del narrador Néstor Sánchez. Los tres, Pepe, Alfredo y Marcelo (más un amigo que había fallecido de forma trágica unos años antes) se autodenominaron, en gesto grandilocuente y juvenil, “Los reyes del ghetto” y sus aventuras en los ruidosos 60 quedaron inscriptas en la novela de Romeu. 

Al fondo, en el extremo derecho, ríe Rubén de León, dramaturgo y director de obras en el Instituto Di Tella como La Orestiada o el sombrero de Tristán Tzara. También aparecen Víctor Kesselman, en esos años fotógrafo, de anteojos oscuros y cruzado de piernas; Jorge Centofanti de pelo largo, casi de espaldas a la cámara, artista y amigo del escritor, actor y sex symbol Sergio Mulet; y la única mujer en la mesa, Graciela Dellepiane Rawson. 


Quedan dos muchachos sin nombrar en ese recuerdo capturado: uno se mantiene indiferente al fotógrafo, casi escondido, con la mirada ensimismada. Se llama Alberto Laiseca. Hacia 1968, el joven Laiseca participa de un pequeño circuito literario cultural: asiste a lecturas poéticas en una casa de San Telmo donde se cruza con Sánchez y con Osvaldo Lamborghini, allí lee sus textos caoístas, pequeños argumentos entre el caos y el Tao. También en esa época pone punto final a su primera novela, Sindicalia (la fuente de la anti-juventud) en la que ya anticipa la eterna lucha entre el Ser y el Anti-Ser. Podemos suponer que ya está asomándose, con algunos borroneos, papelitos e ideas a su obra monumental de 1300 páginas: Los sorias. En la foto, el joven restante, casi tirado sobre la mesa, con el brazo cruzado y la mano apoyada en el cuello, es Alejandro Medina, músico, habitué del bar Moderno y quien pronto conocerá a Javier Martínez y Claudio Gabis para formar el conjunto de rock y blues Manal. 

Esa fotografía en la puerta del Moderno habilita una pregunta. ¿Qué es ser contemporáneo? Alberto Laiseca, futuro escritor experimental, autor de la novela más larga de la literatura argentina, aprendiz de brujo literario se sienta a la mesa con Alejandro Medina, próximo bajista de Manal, precursor de la música beat nacional, habitante rocker de la ciudad de Buenos Aires. ¿En qué punto literatura y rock se tocaron en esos años? ¿Nacieron enhebrados en el gran tapiz contracultural? Podemos imaginar conversaciones entre Laiseca y Medina, por qué no, adivinar ciertas búsquedas de novedad y riesgo comunes, advertir cómo la ruptura, la exploración y las ganas de patear el tablero cultural unió al joven Laiseca y al temprano bajista. En esta fotografía, compartida hace unos años por Víctor Kesselman a través de una red social, se revela una primera pista del llamado “conde Lai”, atento a la música y a su potencia de provocación. Apenas un brindis efímero entre literatura argentina y rock and roll. 



De Wagner a Pink Floyd 

Laiseca publica su primera novela, Su turno para morir, en la editorial Corregidor en 1976. Al comienzo del relato, ya se instala una referencia musical clásica que volverá una y otra vez en el resto de sus libros: Richard Wagner. Tras un comienzo en el que un desconocido asesina a un líder sindical en pleno discurso a sala llena, la melodía wagneriana acompaña el acorralamiento del sospechoso: “El comisario se va del lugar sin hacer sonar la sirena, por excepción. Un edificio tras otro/ La entrada de los dioses al Walhalla/ el coche policial que lo aleja en silencio de la muerte del sindicalista y la música de la Entrada de los Dioses al Walhalla, de Ricardo Wagner/ luces de distintos colores se encienden por orden del comisario y enfocan el edificio donde el pistolero se ha refugiado” (p. 14). 

Wagner es, para la narrativa de Laiseca, la música del acontecimiento, un regreso monumental y pagano. También en Los sorias, comenzada en 1972 y finalizada en 1982 aproximadamente, y publicada en 1998 por primera vez, aparece un capítulo entero, titulado “Ricardo Wagner” el músico pasa a formar parte como personaje en el mundo ficcional de Laiseca. 

A decir verdad, en “Resumen de poemas al cuerpo de Lucrecia”, un texto primerizo publicado en la olvidada Tajo, revista de un solo número de 1973, el creador del realismo delirante ya dejaba caer, como si de migajas se tratara, su escucha fascinada de compositores y piezas clásicas: “Que ningún anti-Mozart te haga daño, mi mora soldado”; “Brahms sigue, mi mora soldado”; “Brunilda delirante, pequeñita de cuerpo/ el Rapto de Serrallo”; “mi oso agudo/ mi oso grave/ mi oso de conciertos/ mi oso Mozart/ mi oso Wagner/ mi oso de Tännhauser”. ¡Si hasta la puja entre los Mozart y los anti-Mozart, es decir entre el Ser y el Anti-Ser, presentan en la obra de Laiseca una lucha eterna que mueve a la humanidad!

 
Sin embargo, esa inclinación por la música clásica, comenzará a virar hacia una atención lateral al rock, sobre todo a partir de la década de los 80. Es probable que el camino que lo condujo de Wagner al rock, haya sido el atonalismo de Arnold Schönberg como un modo de composición de ruptura y deriva experimental. En efecto, para Laiseca sus obras eran “novelas atonales” y por eso escribe Aventuras de un novelista atonal en 1982, que presenta, en la primera parte del libro, una autoficción sobre su carrera literaria y el intento por editar su novela oceánica de 1300 páginas. Esa transgresión del tono, de la armonía, caracterizan sus aventuras precipitadas de violencia, sexo, guerras esotéricas y contiendas metafísicas. Laiseca buscó un programa literario en el atonalismo, un cruce sinestésico entre literatura y música. 

Ese camino, entonces, que va de Wagner al atonalismo termina derivando en una mirada soslayada al rock. Así, en Los sorias, uno de los cientos de personajes escucha Kiss, Pink Floyd y The Police; y en el capítulo 9, “Música beat”, el grupo musical La Horrible Abuelita compone canciones con títulos como “Roll alrededor de la fogata, Le pego a mi nena con una cadena de bicicleta, Tengo un poca, Sé mi hembra de hurón, ¿Por qué no quieres hacer conmigo como las nutrias?, Te haré el harakiri cuando te agarre, putita de topo…” (p. 85), entre otras. En esas páginas, en clave paródica y delirante, Laiseca se apropia de una lógica provocativa del rock y, como suele hacerlo, la “laisequiza” con morbo y humor negro. El colmo será cuando el conjunto le dedique al dictador de la Tecnocracia el tema “El Monitor es bueno”, desatando la ira del líder y destinándolos al campo. “De concentración, por supuesto”. 

Finalmente, el pasaje entre Wagner y Pink Floyd también aparecerá entre las páginas de Los sorias, precisamente entre los capítulos 60 y 61, con el ingreso del músico y compositor incomprendido Paralelepipedinsky, quien en su recital punk en el Cementerio de la Carabela sintetizará: “La música de Wagner, el rock y las marchas militares son la única verdad”. Curiosamente, el capítulo 61 ya había sido publicado en una revista de rock efímera de 1982. La revista se llamaba Banana y había sido dirigida por Carlos Galanternik, o mejor dicho, Tom Lupo. 


Twist, gritos y zombies 

Los puntos de contacto entre la literatura y el rock en la Argentina son todavía un terreno inexplorado. ¿Cómo fue esa movida alrededor de la música que integró a escritores, poetas y lectores? Tal vez una clave sea volver al periodismo contracultural que unió a músicos, escritores, artistas y periodistas alrededor de un mismo fuego. En este sentido, proyectos como Los subterráneos, programa radial desde la ciudad de La Plata que recorre publicaciones sobre rock en la Argentina, investigaciones como Estación imposible. Expreso imaginario y el periodismo cultural (2016), de Sebastián Benedetti y Martín Graziano y el ineludible ¿Ídolos o qué? Una historia de las revistas de rock en Argentina (1955-2025 (2025) de Benedetti y Ponchi Fernández son importantes puntos de partida para relevar datos, anécdotas, detalles sobre los vínculos entre escritura literaria y rock. El caso de la amistad entre Tom Lupo y Alberto Laiseca podría ser uno de los caminos a recorrer. Laiseca participa, al menos, de tres revistas dirigidas por Lupo: Banana (1982), Alfonsina (1983-1984) y Twist y gritos (1984-1985). 


Entre 1982 y 1985, el novelista había publicado ya su segundo y tercer libro Matando enanos a garrotazos y Aventuras de un novelista atonal y colaboraba en algunas publicaciones de forma esporádica; además, la revista Babel comenzaba a colocarlo en un podio de genialidad y marginalidad junto con Copi y Osvaldo Lamborghini y se estrechaban sus lazos con autores como Fogwill y Ricardo Piglia. Por su parte, en esos años, el psicoanalista y poeta Lupo se colocaba a la vanguardia de la contracultura posdictatorial con el programa de radio Submarino amarillo en Radio del Plata. Por su sección musical pasaron grupos emergentes como Sumo, Virus, Soda Stereo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, entre muchos más. Justamente, sus revistas de rock, Banana y Twist y gritos, fueron también un medio para desplegar ese regreso contracultural en toda su potencia y originalidad. 

En esas páginas musicales, en las que participaron Rafael Bini, Pippo Cipolatti, Rep, Patricia Breccia y Enrique Symns entre muchos más, Laiseca tuvo su lugar con algunos relatos y textos. Tom Lupo lo llevaba de un proyecto a otro. En Twist y gritos, lo recibirá, como quien recibe a un ser de otro planeta, Rafael Bini, director creativo de la revista y años después autor de La venganza de Killing. A veces acompañado por su maestro Ithacar Jalí, otras veces solo, Laiseca desandaba el camino desde su hogar en Escobar para entregar sus relatos en las diferentes redacciones de periodismo y rock. 

Las colaboraciones de Laiseca en Banana son versiones previas de capítulos o relatos que luego formarán parte de sus obras. Resultan más interesantes algunos de sus textos publicados en la revista Twist y gritos: “Rockeros y otros escandalosos” se publicó en Twist y gritos, año 1, n.° 13, del 28 de septiembre de 1984; “Mueran los potables y los blanditos”, en el n.° 14 del 7 de noviembre de 1984; y “Reportaje a un Fabricante de Zombis”, en el n.° 15 de diciembre de 1985. 

En los primeros dos textos, Laiseca escribe sobre el rock and roll, el clásico, el de Elvis Presley y Bill Haley y sus Cometas. A partir de ahí, entre anécdotas estrafalarias e imágenes delirantes, el autor de El jardín de las máquinas parlantes lanza sentencias que revelan una potencia transgresora en el rock, después de años de tinieblas y represión: “El rock es libertad, es juventud, pero sobre todo es vida”. Para Laiseca, la lucha entre Ser y Anti-Ser, entre Mozart y Anti-Mozart, es también la lucha entre Eros y Thanatos, por eso en estos textos rescata el baile y los movimientos del cuerpo rockero frente al puritanismo: el rock es el triunfo de Afrodita, diosa del sexo y del amor. El último texto, en cambio, es un reportaje al Dr. X, experto en fabricar zombies. En este caso, la imaginación laisequiana ya no se ajusta a la consigna rockera aunque recupera esa fuerza de la sexualidad a través de la muerte, cuerpos que se mueven al ritmo de la voz y del instrumento que los sepa convocar y movilizar. 

Entre los zombies de “Thriller”, los movimientos de la pelvis de Elvis y los ecos wagnerianos que retumban por las calles de la Tecnocracia, estos relatos exhumados del conde Lai son una buena forma de empezar a leer su obra inclasificable pero, esta vez, al son del rock and roll (Estos textos más las otras colaboraciones en las revistas de Tom Lupo pueden leerse en el reciente Textos akáshicos. Artículos y rarezas, compilado por Mariano Buscaglia y publicado por Ediciones Biblioteca Nacional). 

lunes, abril 20, 2026

Estado de sitio (Gabriel Báñez)

En el cruce entre literatura y psicoanálisis, sexo y política, Gabriel Báñez, ese gran escritor platense que aún sigue siendo un secreto a voces, parece un hijo adoptivo de la revista Literal (¿y padre amoroso de José Retik?). Eso anotaba mientras leía hace unos años El curandero del cuarto oscuro, una novela publicada en 1990. Entre sus páginas, reaparece el relato "Estado de sitio", que ya había publicado a mediados de los 80 en la antología Cuentos eróticos, donde Báñez compartió páginas con Fogwill, Laiseca y Guebel, entre otros y otras. 

No fue un recurso novedoso en la escritura del platense: ya lo había hecho entre pasando tramos y personaes de Góndolas (1986, pero escrita antes) a Hacer el odio (1984); luego lo haría con la historia del japonés Katsusaburo Miyamoto y su esposa embalsamada en el relato El circo nunca muere (1992) y en, tal vez la mejor novela de Báñez según el juicio de la lectora sagaz Ana Regina, Virgen (1998). Los lindos juegos metatextuales que los lectores de Thomas Pynchon y de tantos otros apreciamos.

En todo caso, este largo rodeo es para compartir ese cuento, "Estado de sitio". Lo hago por dos razones: porque no está accesible digitalmente (pero sí, en el pequeño y valioso volumen recopilatorio El circo nunca muere, de la editorial Mil Botellas); y porque, en conversaciones alrededor del joven Laiseca, salió como un ejemplo de la serie sobre la Gran Llanura de los Chistes que Gabriel Báñez, Osvaldo Lamborghini y Alberto Laiseca exploraron en sus escrituras refractarias. 

¡Que lo disfruten! ¡Ojála se rían tanto como yo durante su lectura! 






Estado de sitio (Gabriel Báñez) 

Creo que lo primero es el comienzo. Bueno, lo primero a decir entonces es que mamá no es mi madre. No es un juego de palabras. Nada de eso. Yo la llamo así porque las circunstancias me obligan. Podría llamarla por su verdadero nombre, quiero decir por el nombre que tenía antes, pero sería inapropiado. Además, estaría falseando el espíritu de los acontecimientos. Y los acontecimientos son que me encuentro prácticamente confinado en una casa que no es mi casa y con una madre que no es mi madre. Así de sencillo y así de complejo. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro. 
—Estás devaluando, nene, no jodás más. 
Tiene razón, estoy como devaluado. Ella es al revés, ha crecido a ritmo inflacionario. Uno en ascensor y el otro en la escalera. Hay cosas que son escabrosas de contar, no tanto como la economía del país, pero bueno, escabrosas al fin. Por ejemplo que de aquí en más tendré que decirle mamá sin comillas y aguantar lo que sea. Pero está hecha la advertencia. 
—Cagón. 
—No, mamá... 
—¿Por qué no contás que después de echarme un polvito me gusta el jugo de naranjas? 
Eso es verdad. No se puede ser polisémico en asunto tan delicado como éste. Y bueno, sin ironía debo reconocer que sí, que después de hacerle el amor mamá pide siempre jugo de naranjas. Es una costumbre que no puedo quitársela. Me jode: es el zumo del Edipo que me exprime los sesos. Sobre todo por la manera: 
—Andá, nene, traeme de la cocina una naranja exprimida, pero sacale las semillas... 
Siempre lo mismo. Cojérmela no es garantía de estabilidad emocional. Todo lo contrario. A veces llega a exasperarme. Tiene esa manera pérfida de someterme. En la cama lo mismo. No es que sea insaciable, no. Lo que pasa es que no logra sobreponerse a su condición. Y eso que se lo tengo dicho. Pero bueno, no hay caso. Exige, ordena, es muy argentinita en eso de abrir las piernas y decir: 
—Dale, nene, matame. 
Será por los golpes de facto, me digo, que antes de acabar mamá también me pide que la golpee y la castigue. Cuando no me hace atarla en cruz a los extremos de la cama me exige que la estaquee a los pies del diván para simular una violación. Mamá lee mucho los diarios, lo que pasa es eso. Ah, sí: también le gusta atemorizarme con que va a quedar embarazada: 
—Cuidate, nene, que no quiero ser la madre de mi nieto. 
Tantas recriminaciones me espantan. Hay días, lo juro, en que me siento acobardado. Está bien que me dé placer, pero no a costa de tantos padecimientos. Además, me tiene prohibidas otras relaciones. Cuando estoy excitado y ella no puede hacer nada porque o está cocinando o tiene que hacer los mandados, bueno, entonces me masturba. 
—Vení, nene, que te voy a hacer una paja al paso, ordena. 
Yo me digo que, después de todo. la culpa la tiene esta sociedad. Roland Barthes dice que no. que todo empieza con el Gran Padre Textual. Hay que joderse con los lazos elementales del parentesco. Pero bueno, mamá es así. Ya no la puedo cambiar. Antes hubiera podido. Antes quiere decir cuando yo era chico y pensaba ingenuamente “madre hay una sola”. La infancia es una época de imágenes, creo que me explico. Ahora no: ya está instaurada. Nada puede hacerse. Mamá es mamá y el país es el país. Tiene esas cosas. Como dejar de menstruar cada vez que hay un golpe de estado. Se pone como loca. Cuando Onganía, estuvo tres meses sin que le bajara. Decía: 
—Estos militares ni las reglas respetan. 
Con Videla fue todo un drama. Hasta fue a ver a un ginecólogo amigo para que le hiciera tacto, pruebas clínicas y todo eso. Al final. el tipo le explicó que se le había retirado por causas político-hormonales. Bueno, no dijo eso pero lo dio a entender. Sus palabras textuales fueron: 
—Señora, su período es inconstitucional. 
Vino a casa llorando, maldiciendo. Tuve que aguantarla todo ese día con la cara por el suelo. No almorzó ni cenó y, al día siguiente, salió con la teoría de que las sublevaciones empiezan por la matriz. Tiene esas cosas. A veces es lúcida y a veces, tonta hasta lo inexplicable. Yo, en cambio, no creo en las revoluciones. En las revueltas sí. Son más espontáneas. Mamá dice que por eso mismo eyaculo muy rápido, que me voy apenas nomás la penetro. 
—Nene, tratá de no irte tan rápido, recrimina. 
Pero la verdad. como ya expliqué, es que ella no es mi madre: Es un juego que nos propusimos ambos hace tiempo, cuando la cosa estaba perdiendo vigor. Roland Barthes habla del brío y de los adjetivos, que son las compuertas ideológicas. Entonces, como soy muy apegado al texto, jugamos a la relación madre-hijo. Por un tiempo anduvo bien, pero después desembocó en lo de ahora: se ha tomado el papel en serio. No puedo hacerla desistir de su argumento. Hasta ha envejecido notablemente. Lo terrible es que yo también he decrecido. Ahora andaré por los 14 o 15 y ella por los 48 o 49. 
Los primeros indicios fueron en el 66, con Onganía, como ya dije. 
No sólo se le retiró sino que empezó a darme el pecho. Como el país estaba un poco convulsionado con el Cordobazo me dije para mis adentros que era nada más que instinto sobreprotector. Pero se fue agudizando cada vez más. Lo de “nene” no se le borró de los labios. Luego vinieron las exigencias, las recriminaciones. y esa costumbre tan suya de pedir que la mate. En la cama, claro. Ahora se está exacerbando y ya el suelo y la estaca le quedan cortos. Ayer, por ejemplo, me obligó a nuevos ilícitos: 
—Nene, vení y torturame. 
No hubo caso: tuve que hacerle el amor encapuchado y después arrojarla a los bañados de Flores. Volvió como a la medianoche pero compungida porque en la seccional policial no le quisieron tomar declaración. Pobre, se cree que es el cuerpo del delito. A su regreso hicimos nuevamente el amor y. cuando yo estaba por acabar, exigió que le presentara un habeas corpus. Se restregaba los pezones y decía: 
—Si no presentás el habeas corpus no te doy el dulce. 
—No puedo, mamá, contesté turbado. 
—Sos un mal parido. 
—No puedo. 
—Comunista. 
—No puedo. 
—Subversivo. Marxista-leninista. 
Está cada vez más creída de su papel. Hasta tengo miedo de terminar en el útero, ahogado por ese líquido ambarino que recubre los fetos. Y todo por la ideología. Cuando se despertó saltó de la cama y se declaró en huelga de hambre: 
—Hasta que no me restituyas los derechos no como, amenazó. 
Le expliqué por enésima vez que ella no era mi madre, que madre había una sola y que se dejara de joder. 
—Infiltrado, me insultó. 
Lo único que probó fue jugo de naranjas. Es inmundo el jugo de naranjas. Ahora las pintan y cada vez que hay que exprimirlas la tinta le queda a uno en los dedos. Después queda ese olor cítrico que no se le despega a uno en todo el día. Antes, cuando yo era grande y todavía no había decrecido, me gustaba. Pero ahora no. Volví a la leche. Ella dice que tengo 15 y que voy a quedar reducido a memoria afectiva, nada más. También amenaza con que en poco tiempo más voy a hacerme pis en la cama, a tomar la mamadera y así involutivamente hasta llegar al polvo original. 
Al polvo polvo y no al polvo bíblico, claro. 
—¿Con quién te lo echaste, mamá? 
—Con Roland Barthes —contesta. 
Es parte de su locura. ¿Cómo explicarlo? Cuando la conocí leía mucho estructuralismo. Y lo de los lazos elementales del parentesco le viene por Levi-Strauss, que también leía. Ahora que ha envejecido se ha vuelto devota del hechicero de Viena. Hasta le ha hecho una capillita en el fondo de la casa, donde antes estaba el gallinero. Todas las noches le enciendo un par de velas. Dice que hace milagros y que por Las noches, en sueños, se le aparece. 
—Anoche vino Freud a verme, cuenta, y me dijo que te hacés la del mono. ¿Es cierto eso, nene? 
—No, mamá
—Juralo por la Escuela Freudiana y sus discípulos. 
—Lo juro. 
Se ha vuelto posesiva en todo. A las recriminaciones y amenazas ya me acostumbré, pero es vejatoria la forma que tiene de degradarme. En la casa ha aplicado la doctrina de la seguridad nacional. Comenzó por los muebles e hizo un inventario. Luego la extendió hacia los vecinos y, por último, a mi persona. Controla el timbre, la correspondencia y el teléfono. Pretexta que es por mi bien y que su único interés es preservar mi espíritu occidental. No es que no tenga razón, no, pero a veces el costo es un poco alto. El mes pasado suprimió las lecturas porque los libros podían lavarme el cerebro. Hizo una fogata en el fondo y me quemó Robinson Crusoe. Estaba como loca. Se tiraba de los pelos y gritaba que eso era un alegato consumista: 
—Así empezó la perdición, así empezó la podredumbre. 
Nunca la vi tan perturbada. Después lloró mucho y corrió a la capillita de Freud a hacerme un exorcismo: 
—Hacés transferencia, hacés transferencia, repetía acusadoramente. 
Qué día infernal. No terminó ahí la cosa. Me quemó un manual práctico de jardinería y un libro de pesca deportiva. La fogata fue enorme. Llegó a acusar de injerencia en los asuntos internos a un vecino que se asomó al tapial a ver qué pasaba. En el barrio algunos me compadecen. Cuando voy a hacer las compras hablan y murmuran en voz baja. Les parece ridículo mi nuevo aspecto, tan como miniaturizado. 
—Ahí va el enano fascista, dicen. 
Lo que no saben es que ella me enanizó. Yo antes era un tipo normal. Si hasta pensaba en casarme y entrar en un plan de ahorro previo. Y ella también. Tenía sus cosas pero era una piba como cualquiera. Creo que se pudrió con las cosas que leía. De a poco, sin darse cuenta. A medida que se emputecía le iban saliendo canas, arrugas. dolores nuevos. No envejeció de un día para otro, no. Fue progresivamente. Una mañana, sin querer, me dijo nene. Después le quedó. yo pensaba que era por costumbre. Pero otra vez me compró juguetes, figuritas y así, un poco en broma y un poco en serio. la cosa fue cambiando. La ropa me fue quedando grande de a poco, también. Ella decía “no es nada, no es nada” pero de buenas a primeras empecé a ver los dibujitos en la tele y a cambiar las difíciles. Porque es el físico lo que tengo como de 15, lo demás no. A veces más y a veces menos. Quiero decir que por momentos puedo pensar como un reaccionario y por momentos como uno de 7 u 8. Se me forman como lagunas mentales. 
—Lo que pasa es que los argentinos no tenemos memoria, razona ella. 
Yo no creo que sea por eso. Lo que a mí me pasa es por el proceso. Por el proceso de enanización, digo. Las veces en que he olvidado todo me calza un babero y me sienta entre las piernas. Después me pasa la mano por la espalda y, sosteniéndome del cuello, dice que soy Chirolita. Mamá se da maña para todo, puede hablar con el estómago y más también. Lo que no me gusta es que se posesione tanto. A veces tengo miedo y me resulta difícil entenderla. En la cartera le he encontrado tanto listas negras de los vecinos como libretas de teléfonos. No sé qué pensar. También se ha fabricado una picanita de bolsillo y a todo contesta: 
—Afirmativo. 
O sino, dice: 
—Negativo. 
Son cosas que escucha por ahí y se le meten en la cabeza. Todo lo que anda dando vueltas le va a la cabeza. Lo del jugo de naranjas es por la vitamina C, no sé por qué pero todo lo que aparece en la tele tiene vitamina C. Cojer también dice que es bueno para los resfríos y para prevenir la gripe. Pero yo soy apolítico, dentro de todo creo que es lo que me salva. Ella no, por supuesto. En las últimas elecciones, además de tener muchas pérdidas, votó por Alsogaray porque dijo que era un candidato punk. Será. Yo lo único que sé es que mi perspectiva de la historicidad se parece cada vez más a la leche en polvo. Día a día me gusta más. Es como un vicio. Ella no le presta mucha importancia: 
—Son epifenómenos propios de la edad, razona. 
Cuando se le cruzan esas ideas no hay que contrariarla. Es para peor y hasta puede ser peligrosa porque se sobrepasa, le agarran como baches de lucidez y pide que no me asuste, que ya se le va a pasar, que está como confundida. Duran 5 o 6 minutos pero son bastante patéticos en su nuevo estado físico avejentado. En esas ráfagas de cordura hasta llega a comprender que ella no es lo que es sino que es lo que no aparenta ser. 
—Sé que no soy tu madre, señala más sencillamente, pero igual quiero darte la teta. 
La teta. Cómo me gusta la teta. No hay nada que supere a la teta. Es lo máximo. Lo más indispensable. Lo Súper. Esa orografía. Me vuelve loco. Me exaspera. Y el pezón, que es como un Exocet, ni qué hablar. Hasta hay una gestalt del pezón, de sus formas areoladas; sublime percutor misilístico que nadie podrá nunca desactivar. La teta es de Occidente así como la vulva es oriental y los glúteos del Tercer Mundo. Marginación de marginaciones. Oráculo yanqui de las vías erógenas en desarrollo. Putez máxima. Islas Malvinas, Si quieren venir que vengan. 
—Eso lo dijo Galtieri, nene. 
—Estaba delirando, madre. 
—Son las pajas mentales que te inundan el cerebro, nene. 
—Soy un puñetero viejo, mamá
—Hijo, el lema es resistir y con la puñeta seguir. 
—Gracias, madre. 
A veces entramos en ese terreno del delirio absoluto. Me dejo arrastrar, sucumbo a la lujuria de las palabras y los semantemas. Soy débil. Me vuelvo niño. Un hijo putativo. Es en esos cruciales momentos cuando reflexiono en mi condición, en la patología de mi continente enanizado, y me vuelvo melancólico. Me miro las manos esmirriadas, pequeñas; la falta de vello púber en la axilas; el pito infantil: la polución nocturna. 
—Te fuiste en seco, nene. A vos no se te puede dar manija. No te controlás. Tenés demasiadas fantasías eróticas. 
—Sí, mamá
—¿Con quién soñaste? 
—Con Bernardo Neustadt. 
—Andá a la capillita y rezá 20 tópicos referidos a la sexualidad y la líbido infantiles. No podés ver tanta televisión. Es un castigo ese aparato. Es la Gran Paja Universal. 
—Sí, mamá. Es el Ojo Judío que nos domina. 
—Enano fascista mal parido. Andá. Hincate a San Freud que él te va a interpretar. 
Se entra en el descontrol. Una palabra lleva a la otra y así sucesivamente. Tengo miedo de faltarle el respeto, incluso. Este es mi drama. Mi pequeño holocausto casero. Como dije: estoy encerrado, circunscripto, sometido a los vaivenes mentales de una mujer que es mi mamá sin que yo sea su hijo. No quiero romper el mito. Me niego. Y. sin embargo, siento que es muy poco lo que puedo dar. Apenas este testimonio, esta incoherencia surgida espontáneamente, fragmentariamente. a través de los pocos momentos de lucidez que a mí también me quedan. Porque siento que paulatinamente, progresivamente, mis fuerzas se van minando. Que me queda poco tiempo y que ese poco tiempo lo debo aprovechar para dejar constancia y advertencia del suceso. Mi involución es la involución de las especies. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro, porque hay cosas que son escabrosas de contar... 
—No jodas a la gente, nene. 
Esa es de nuevo su voz. Hace cinco minutos exactos que ha perdido naturalidad. que ha cedido implacable al paso del tiempo. Tiembla su voz. Está cascada. Ha entrado en un cono de senilidad del que no saldrá jamás. Hace cinco minutos exactos también que se arropó en su mañanita y se asomó al balcón para ver pasar el desfile. Me acaricia el pelo y yo me recuesto mansamente sobre sus sienes. Tiene el pelo blanco y un rodete tan perfecto como una cabeza de ajo. Se emociona con el desfile. Y hasta le caen unas pocas lágrimas cuando pasan los granaderos. Después sale, deja el balcón unos pocos minutos, y vuelve con una taza de té aromática y tragante. Le ha colocado a la infusión una cáscara seca de naranja. El desfile continúa. Ahora dice, dulce, monocordemente: 
—Nene. 
—¿Qué, nona? 
—¿Cuándo se terminará todo esto? 
Ahora pasa la infantería. Los pasos marciales irrumpen en la gran avenida y la nona se sobrecoge. La miro. Qué vieja está. Tiene tantos golpes encima que apenas si puede ponerse en pie. Las manos son raíces. Las orugas de los tanques la estremecen. Es como una pasa de uva. 
—No sé, nona, le contesto. 
Queda pensativa. Luego agrega: 
—Andá, nene, a la cocina y traeme más cáscara de naranja para el té. Pero no hagas ruido. Mirá que tu madre duerme. 

Fuente: AA. VV., Cuentos eróticos, Buenos Aires, Eryda editores, 1984, pp. 27-33.

sábado, abril 11, 2026

Tadeys, saga nacional

Leo Lo que sobra y lo que falta en los últimos veinte años de la literatura argentina (Libros del Rojas, 2004). Se trata de un libro que recopila una serie de intervenciones y ensayos a partir de mesas redondas en las que participaron escritores, críticos y dramaturgos como Daniel Link, Rafael Spregelburd, Gloria Pampillo, Martín Prieto y Sylvia Saítta, entre otros y otras.

En este posteo me gustaría compartir apenas una nota al pie en la participación leía por Adriana Astutti ("Memorias de la lectura"). Quienes visitan el blog a menudo sabrán de mi obsesión por las notas al pie y por los paratextos (acá, acá y acá hay posteos al respecto). Esta nota al pie reproduce un mail de Ricardo Strafacce a la autora y creo que vale su reproducción tan solo por sus líneas de cierre.

¡Juzguen por sus propias lecturas! ¡Salú!


15 Después de la charla del Rojas, Ricardo Strafacce me envió por e-mail un largo comentario de mi lectura (Ricardo Strafacce, Monday, March 22, 2004 8:55 PM), que agradezco, y del que reproduzco el fragmento que sigue, al que me gustaría llamar aquí “Nota donada por el joven Strafacce”: 

 “5. Clásicos: yo anotaría que el ciclo 1984-2004 se inició con tres muertes Cortázar (1984), Borges (1986) y, en el medio de ambos, Lamborghini (1985). Y se fue completando con las ediciones póstumas correspondientes. Que en Cortázar (El examen, Cuentos de la orilla) o cosa parecida, y la obra ‘crítica’ —en fin— confirmaron lo que ya sabíamos: un cadáver literario. Y en Borges (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza) fueron fundamentales para entender que a los veinticinco años lo había entendido casi todo y ya manejaba el instrumento mejor que nadie. 

Habría que señalar también las reediciones de Walsh (sobre todo la de Operación Masacre, modelo genérico insuperable que le debe mucho menos al testimonio que a la literatura. Quiero decir: los fusilamientos de José León Suárez son una caricia de gacela al lado de, por ejemplo, los de la Patagonia, y sin embargo Los dueños de la tierra no tiene, ni a palos, la densidad dramática de Operación Masacre. En ese sentido creo que su reedición, y su lectura después de las barbaridades de la dictadura militar y los lógicos y previsibles intentos testimoniales, lo convierten en un texto que debe incluirse en el período porque, insisto, es el modelo insuperado del género, tanto que prácticamente lo agotó (¿cómo ir más allá?). Ezeiza de Verbitsky es un ejemplo: donde no hay un escritor no hay literatura por más testimonios, investigación y trucos de verosimilización (como le criticaba Fogwill a Bonasso, creo recordar que algo injustamente) que se incluyan). 

De la reedición de Novelas y cuentos y Tadeys no te digo nada porque vos y yo sabemos que cualquier cosa que se diga es poco. Algo voy a decir, sin embargo, y se trata de una alerta. Primero: la nula recepción que tuvo Tadeys (salvo César, vos, Nicolás Rosa y alguno más, casi nadie leyó esa maravilla). O la leyeron mal. O la leyeron bien y se hacen los distraídos. Y ya me calenté: 

¡ESO FALTÓ EN LA LITERATURA ARGENTINA DE LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS! RECEPCIÓN, COMENTARIO, DEBATE, CONGRESOS, PONENCIAS Y, FINALMENTE, APOLOGÍA ABSOLUTA, PANEGÍRICO TOTAL Y CANONIZACIÓN COMO SAGA NACIONAL DE TADEYS DE OSVALDO LAMBORGHINI”.