domingo, julio 03, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (VIII)

ROGER BABSON

New Boston, en New Hampshire, USA, fue la primera y duradera sede de la Fundación para la Búsqueda de la Gravedad, considerada por sus enemigos como la institución científica más inútil del siglo veinte. Su objetivo manifiesto era el de descubrir una sustancia capaz de aislar y anular la fuerza de la gravedad.
Dos hombres célebres habían contribuido inconscientemente a poner en marcha la empresa. El primero había sido H. G. Wells, que en su novela Los primeros hombres sobre la luna se refiere al descubrimiento de una aleación, llamada por su inventor “cavorita”, que cumple dicha condición. El segundo inductor había sido Thomas Alva Edison, también él versátil inventor. Cierto día que charlaba con su adinerado amigo Roger Babson, Edison le había dicho: «Recuerda, Babson, que no sabes nada de nada. Yo te diré lo que debieras hacer: descubrir una sustancia para aislar la fuerza de la gravedad. Debería ser una aleación especial de metales.» Babson era un hombre extremadamente realista y, al mismo tiempo, extremadamente idealista, combinación que a veces produce interesantes resultados; parece, además, que era extremadamente ignorante.
Como sede de la Fundación había elegido la pequeña ciudad de New Boston, por el exclusivo motivo de que, si bien también se llamaba Boston, estaba suficientemente alejada de Boston, en la eventualidad de que Boston fuese destruida por una bomba atómica. El proyecto primitivo de Babson era más bien simple: se trataba de experimentar todas las aleaciones de metales imaginables, hasta encontrar la deseada.
Puesto que las aleaciones posibles son obviamente infinitas, pronto quedó claro que la empresa también resultaría infinita; de modo que la Fundación decidió ocuparse de otras actividades menos monótonas, pero, en cualquier caso, centradas en problemas gravitatorios. Por dar un ejemplo: se organizó una cruzada contra las sillas, consideradas artefactos totalmente inadecuados para defendernos de las subrepticias presiones que la gravedad ejerce sobre nuestro cuerpo: según Babson, esas presiones se pueden vencer con toda sencillez sentándose sobre la alfombra.
En 1949, la Fundación hizo publicar en las revistas «Popular Mechanics» y «Popular Science», bastante populares efectivamente, el siguiente anuncio: «GRAVEDAD. Si usted está interesado en la gravedad, escríbanos. Ningún gasto.» El anuncio no tuvo el menor éxito. Se creó entonces un premio al mejor ensayo sobre la gravedad. El texto no podía superar las 1.500 palabras, y podía tratar sobre cualquiera de los siguientes elementos: 1) cómo obtener una aleación capaz de aislar, reflejar o absorber la gravedad; 2) cómo obtener una sustancia de características tales que sus átomos se movieran o se mezclaran en presencia de la gravedad, de modo que produjera calor gratis; 3) cualquier otro sistema razonable de aprovechar la fuerza de la gravedad. El primer premio consistía en mil dólares.
En 1951, la Fundación celebró su primer Congreso Internacional, siempre en New Boston. A los participantes al congreso se les hizo sentar en sillones especiales, llamados antigravitatorios, con el fin de favorecer la circulación de la sangre; a los congresistas que ya sufrían de molestias circulatorias, los organizadores les ofrecían píldoras de Priscolén, un fármaco elaborado por Babson contra la gravedad. En un local contiguo se exhibía el lecho de Isaac Newton, que Babson había adquirido poco antes en Inglaterra.
Mientras Babson garantizó su supervivencia, el instituto se dio a conocer menos por los premios anuales al mejor ensayo contra la gravedad, conferido por un jurado de profesores de física, que por la abundancia de panfletos y opúsculos de carácter científico-moral que distribuía regularmente entre los posibles interesados en dicho tipo de investigación: bibliotecas, universidades, científicos eminentes. Contenían observaciones del siguiente tipo:
«Muchas personas inteligentes están convencidas de que las fuerzas espirituales pueden modificar la atracción de la gravedad, como se puede deducir del testimonio de algunos profetas del Antiguo Testamento, los cuales se alzaron hasta el cielo, así como del fenómeno de la Ascensión de Jesucristo. No hay que olvidar, además, el episodio de Jesús caminando sobre las aguas. Todos habrán observado que los Ángeles siempre son presentados en abierto desafío a las leyes de la gravedad.»
En el opúsculo de Mary Moore sobre el tema, Gravedad y posición, se propone la utilización de un busto o corsé permanente con el fin de impedir que la gravedad, con su obstinada atracción, nos lleve a inclinarnos demasiado hacia adelante o hacia atrás, cosa que habitualmente hace envejecer a las personas con mayor rapidez. En el opúsculo contra las sillas, obra del propio Babson, el creador de la Fundación explica el porqué es más higiénico sentarse sobre alfombras; si eso resultara luego imposible (porque no hay alfombra, o porque la alfombra está sucia) queda la solución de sentarse en cuclillas; y si tampoco eso es posible, sobre un taburete con una altura que no sea superior a los diez centímetros.
Los peores efectos de la gravedad se producen, sin embargo, cuando por grave descuido nos dormimos con la cara hacia arriba. Para no incurrir en esta perniciosa costumbre conviene abotonarse detrás del cuello del camisón o del pijama una pelota de goma, de cinco a seis centímetros de diámetro. Para ello convendrá hacerse coser una especie de bolsillo en el cuello, en el cual se colocará la pelota antes de acostarse, de modo que pueda ser extraída cuando mandemos el camisón o el pijama a la lavandería. Cualquier persona es libre, en todo caso, de resolver el problema de la pelota en el cuello como mejor le parezca.
En otro ensayo sobre el tema «Gravedad y ventilación», Babson exalta la sana costumbre de dejar abiertas todas las ventanas, siempre, en verano y en invierno, bajo cualquier clima. El autor confiesa que descubrió las ventajas de la ventilación a una tempranísima edad: en aquella época estaba gravemente enfermo de tuberculosis, pero gracias al método de su invención (no cerrar nunca puertas ni ventanas) consiguió sanar en pocos meses de la tisis. Ahora, en la edad madura, por mucho que nevara y aullase el viento en el exterior, Babson seguía trabajando en su estudio abierto a las tempestades, envuelto en su abrigo calentado con baterías; algunos días hacía tanto frío en la habitación que la secretaria, que también estaba totalmente envuelta de mantas, se veía obligada a servirse de dos martillitos de goma para escribir a máquina lo que le dictaba el Fundador.
Este había descubierto asimismo que para hacer circular aire viciado conviene dotar a los suelos de las habitaciones de una ligera inclinación, de manera que la fuerza de la gravedad pueda llevarse el aire enrarecido, a través de los agujeritos abiertos en las paredes, como si fuera agua sucia. Una casa semejante fue construida en New Boston: todos los suelos de las habitaciones presentan una pendiente del siete por ciento.
Roger Babson, conocido sobre todo como agente de bolsa, era propietario además de una compañía de diamantes, de una gran factoría de conservas de langosta, de una fábrica de alarmas de incendio, de una cadena de supermercados y de muchas tierras y cabezas de ganado en Nuevo México, en Arizona y en Florida. Un solo temor, probablemente, oscurecía su vida: la bomba atómica. En otro Instituto de su propiedad, el Utopia College de Kansas, todos los edificios estaban unidos entre sí por galerías subterráneas, en previsión de un ataque de ese tipo. Por el mismo motivo, Babson había abierto cien cuentas idénticas, o depósitos de emergencia, en cien bancos diferentes, esparcidos por toda el área geográfica de los Estados Unidos, de Puerto Rico a Alaska y a las Hawai.

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