lunes, enero 28, 2013

Héroe rojo (II) (Antonio Marimón)


Es probable que Edith apagara las lámparas del patio antes de irse a la cama. Sin darnos cuenta, nos circundaba una oscuridad de bordes invisibles. La noche surgía poblada de una pesadilla de manos en vuelo, o como si el gran plato cósmico del cielo levitara lleno de ojos y fuera a caerse encima de nuestras cabezas. Era una noche familiar, en realidad fraterna. Se parecía a otras como un leve calco de formas: Héctor y yo apoyados sobre matas de pasto o troncos de árbol, sin otro techo que las estrellas, en jornadas de nuestra juventud transcurridas en sitios tan remotos corno Santa María de Catamarca, la aldea de Yungullo, la villa de Potosí. No dejaba de unirnos siempre el mismo fenómeno: una voz (¿o dos voces?). Era una voz común, ansiosa, acuciada por la insensata posibilidad de decirse pegada al aire denso de los cigarrillos. El efecto de ese diálogo o monólogo cruzado, de este río nervioso —muchas veces brutal— de palabras que los años todavía no moderan, ha de ser nuestra amistad. Había cosas para decir; hay cosas para decir. Yo me distraía algunos instantes pasando los dedos por el cristal ondulado del vaso de ron y, luego de tomar un trago, lo depositaba en el suelo, hundiéndolo a unos centímetros de la reposera. El foco colgante de la galería era un punto de referencia desde una altura ampliada por los escalones. Discurríamos sobre los motivos que permitieron al Gordo inmiscuirse en nuestras vidas. En mi caso, todavía son muchos e indeterminados. Acudía de vez en cuando a visitarme; supongo que experimentaba bienestar en esas visitas: Vera le daba de comer, tomábamos vino los tres y hablábamos mucho, sobre todo de política. El me escuchaba, yo sabía que también me adulaba con astucia, escondiéndose tras una humildad que los comunistas comparten con los sacerdotes; luego pedía algo: dinero para la campaña financiera, la casa para una reunión o para alojar a alguien de Buenos Aires, que yo le escribiera un texto. Pedía y se callaba, con una técnica que revestía a su demanda de un valor decisivo para el futuro. Yo conocía los artificios de aquel juego pero los aceptaba; a lo sumo discutía un punto intermedio respecto a sus ambiciones, casi siempre exageradas: demasiados días para esconder un hombre, horas más que imprudentes en que organizaba una reunión, situaciones que ponían en entredicho la aparente identidad de nuestra casa en el barrio. Esa tensión con los excesos del Gordo era habitual. Cuando se iba, demostraba estar contento: sacaba una sonrisa ancha y hasta un poco aniñada, como un visaje de careta en Carnaval. Pienso que fue naciendo en mí una especie de confianza. Como por arte de encantamiento, las propuestas del Gordo Ricardo se convertían en hechos concretos. ¿Ocupar las grandes fábricas en tiempos de dictadura? ¿Conquistar facultades casi como las cuentas de un collar? ¿Ganarle el SMATA al peronismo? Sí, todo eso que parecía una torsión absurda de lo dado era posible. Los sueños y espejismos de la acción se convertían al poco rato en cosa cotidiana; las metáforas del tiempo histórico encontraban intérpretes, encontraban hombres providenciales dentro de una ciudad que parecía guardar en sus calles un desorden en estado orgánico. No miento al decir que hasta 1973 yo creía en la infalibilidad del Gordo y de otros hombres, en quienes me fiaba porque el acontecer correspondía a experiencias evidentes. No me gustaba, sin embargo, el nominalismo del Partido, que entonces creía iba a superarse con el tiempo; tampoco la costumbre de subordinar la literatura y el arte a reducciones sociales, de decir tonterías sobre Borges; tampoco ciertas fórmulas, como el sonsonete de acabar las frases elogiosas afirmando que algo era "del carajo". No me agradaba una mimesis uniformadora del habla con el lenguaje del dirigente, o con las novedades teóricas del último Nueva Hora, y pensaba que eran aspectos que yo debía tolerar en aras de objetivos mayores. Me atraía, en cambio, aquella manera indefinible de estar en contacto, de componer en la práctica un vago y tangible bienestar. Estaba entre mis amigos, tenía un proyecto que concordaba con la marcha de los tiempos, nos unía el vigor de las tareas, la certeza de que protagonizábamos una empresa de excepción, todavía pequeña pero que alguna vez sería muy grande. Teoría y política tendían a acercarse, por momentos se confundían como un teatro lleno de gritos. Aún no habitábamos un barco ebrio ni la nave de los locos. Y el Gordo Ricardo aparecía siempre en el medio: él y su ancho cuerpo ubicuo eran la piedra de toque de ese prodigio envolvente. Como estoy lejos de escribir una novela, no alcanzaré a abarcar sus jornadas, pero me interesa llamar la atención sobre su virtud más notable: hacer de la agitación política un trabajo artesanal. Era, supongo, como tallar figuras con actos, lenguajes y objetos que se forman y deshacen. Ricardo perseveraba: ganó a unos y otros, discutió, se acomodó a los estilos de cada quien con tal de que hicieran el trabajo que él pedía. Debió multiplicar las técnicas de convencimiento, visitar casas, tomarse infinidad de mates, vasos de vino o tazas de café. Seguramente el Gordo habló de fútbol, de teoría de la organización, de Gorz y Rudi Dutschke, de lo que sabía —más bien poco— y de lo que improvisaba con el instinto de un gato que toma desechos en los rincones, seleccionando con la mirada fosforescente. Los trucos empleados conmigo no habrían de ser muy variados de los que empleaba con otros camaradas. Vera acierta cuando dice que yo quería que él me pidiera tareas, que me resistía al Partido y al mismo tiempo lo necesitaba en secreto. Para qué negarlo, si sus demandas me producían un orgullo íntimo. El optimismo por norma de Ricardo era pueril, simple retórica comunista, pero el llamado de la vida que él encarnaba me convencía como el gesto de llevar una mano al bolsillo; me gustaba llanamente, como un fatalismo que libraba a la suerte —a una masa secundaria de lo real— las consecuencias del riesgo. El Gordo emanaba un despojamiento de hombre que porta un signo como una vestimenta, y lo más raro —lo más difícil de explicar— es que eso pasara porque pasaba, sin ninguna excepcionalidad aparente, cubierto por el ahínco y la costumbre con que un grupo de individuos tiran los dados en una mesa, en un paño sucio. Recuerdo la película A giorno da leone: sale un viejo militante, jefe de partisanos, que muere en la tortura; cuando sus camaradas informan esta noticia a su esposa ella arranca a gritos: "Fueron dieciséis años, dieciséis años de odiar a los fascistas. Nunca pudo trabajar, tener una casa como todos, amar tranquilamente a sus hijos. ¿Ustedes entienden una vida así?" ¡Oh! Ese parlamento es como un retrato del primer Gordo Ricardo conocido por nosotros: no poseía familia, cosas ni red de vínculos fuera del Partido, fuera también de nosotros. Pertenecía a la clase de hombres que describe aquella película del neorrealismo: un héroe oscuro; diría mejor, un héroe rojo, desconocido para los grandes titulares, anónimo como su nombre de guerra para investigadores y cronistas, sin pasado y con una huella como pequeño remolino de viento, pero hacedor de las condiciones —siempre futuras— para que la historia brille un día con los colores de una bandera roja como el universo, roja como la sangre, roja como un gran corazón fraterno. Solía visitarnos el Gordo Ricardo, repito; entraba a nuestra casa con el aire de un tío o un hermano mayor cuyas verdades o mentiras nos gustaban. Estoy seguro de que él no hubiese sido el que fue en aquellos años sin ese placer inexplicable de estar juntos, de vernos sencillamente porque así lo queríamos.
—Buenas tardes —contaban que dijo a la menor de los Jury—. Soy Ricardo.

Marimón, Antonio (1987): El antiguo alimento de los héroes, Buenos Aires-Montevideo, Puntosur, 124-128.

domingo, enero 27, 2013

Parque de diversiones

Leo un cuento de Fernando Krapp, "Mundos posibles", de su primer libro de cuentos recientemente editado 17grises, Bailando con los osos. Se trata de una historia simple, con una sintaxis ritmada, y un trasfondo de fantasía épico-infantil:
Hablo de una calesita. Una calesita que como un mundo acelerado gira, y adentro de ese mundo que gira, gira con él un chico, un chico que parece más bajo que el resto, mucho menos excitado, mucho menos estimulado, y si bien no podemos perder mucho tiempo con el padre, porque se ha ido justo a comprar una botella de agua, una gaseosa, lo que sea, algo podemos imaginar, y es que adentro de ese mundo, decía, cargado de estatismos en movimientos centrífugos y centrípetos, como una enorme y monótona lavadora, se caldea también el pensamiento fijo y circular del chico quien ya ha pensado en todo; las consecuencias, las desgracias, los impactos, el viento, la incidencia de la luz, la nubosidad de los ácaros, el vuelo de la mano, de su mano, y el vuelo de la otra mano; ha previsto el momento exacto en el que el mundo girará y junto con él lo hará ese otro mundo, el mundo de fantasía, de caballos plastificados, de elefantes flotantes, de carros azules y estáticos como un ejército vengativo por estar condenado a girar y a girar en esa angustiante rotación; será, entonces, el momento exacto, sí, lo dije, el momento exacto de la música aguda, el momento exacto en el que el mundo de ese otro hombre, su enemigo...
Cuando lo terminé, no podía dejar de pensar en su familiaridad con "Las hamacas voladoras" de Miguel Briante: otro relato simple, otro entretenimiento, otro duelo. De la calesita a las hamacas voladoras:
Primer punto.

Movió la palanca y la gente empezó a girar. La cara de una chica. Un hombre gordo. Una vieja que con una mano se sujetaba el sombrero. Los demás, igual: aferrándose al borde de los asientos de madera. Los había mirado a todos, uno por uno, mientras le entregaban el boleto: alguno tenía una lapicera dorada, sobresaliente del bolsillito del saco, junto al pañuelo blanco; otro, una mancha en la camisa, junto a la corbata gastada; la vieja, una medalla con algún santo; acerca del gordo, no podía recordar si llevaba o no cadena; los ojos de la chica eran marrones y el pelo rubio, suelto. La primera vez que los miraba así.
Todos se habrían despertado, esa mañana de domingo, pensando en la tarde, en el momento feliz de entrar al parque desplegando la sonrisa, la plata, de subir al tren fantasma, al látigo, a las hamacas voladoras. El, en cambio, se había despertado pensando: "hoy va a ser distinto". Tres días que lo pensaba, tres mañanas eludiendo la cara del viejo, haciéndole trampas: poner cara de miedo pero burlarse para adentro de esos ojos terribles, dominantes. Y ahora, como siempre, estaba ahí: con los dedos de la mano derecha doblados sobre la palanca de hierro. 
El cuento de Briante sigue acá.

sábado, enero 26, 2013

El sueño de la razón


En la revista Fierro, existe una breve pero intensa sección llamada "Mortadelas salvajes", bajo la autoría de Frank Vega. En ella, podemos encontrar: la aventura de "Pititi", una suerte de ET que, por huir de casa, va a parar a un extraño mundo en donde el neoliberalismo y la explotación laboral toman aspectos futuristas y absurdos; los enfrentamientos de "Plutonio, el sapo karateca" que encara a distintos seres estrafalarios por motivos desconocidos (aunque se lo sabe una especie de justiciero anónimo); y las "Caruchas" que remedan las antiguas figus pero desde una estética tóxica, mutante, extraña.
Es que justamente los dibujos de Frank Vega (y también las tramas de sus tiras) exploran lo mutante: la posibilidad de pensar las formas, las identidades y las cosas de un modo contaminado, mixto, sin límites. Como si en cada cuadro o en cada dibujo una pequeña ojiva nuclear hubiera explotado, Vega dibuja humanos que se deforman en extremidades de insectos, de animales o, simplemente, de objetos; dibuja figuras mixtas que interrumpen desarrollos para subderivar en otras figuras que nos hubieran resultado alejadísimas; dibuja lo informe o, si se quiere, busca lo informe en las formas. De paso, se burla de las convenciones sociales, de los lugares comunes, de la farándula, del compromiso político. Los dibujos de Frank Vega, como el sueño de la razón, engendran monstruos. Y me parece genial que así sea.

viernes, enero 25, 2013

Las réplicas (María Martoccia)

El primer libro de María Martoccia, Caravana, publicado en 1996 (y justamente recuperado en una edición reciente por la editorial La bestia equilátera) recoge un cuento titulado "Las réplicas" que pareciera ser una modulación más de "Casa tomada". Sin embargo, lo que empieza convocando a Cortázar con Irene, los libros, la casa y, posteriormente, los tejidos de Marta deriva en un extraño relato afín, como bien se señaló en La lectora provisoria hace unos años, al inquietante universo de Silvina Ocampo (allí está Evelyn como niña lúcida en su sentido común). En todo caso, recupero el relato de Martoccia para otorgar razones que impulsen a la relectura; sus obras no deberían pasar desapercibidas, señalan un interesante camino para el desarrollo de una literatura donde el realismo deviene en otras formas.

Las réplicas (María Martoccia)

—No empieces así —dijo Irene cuando vio que su hermana leía las últimas páginas del libro que ella había dejado sobre la mesa del comedor—. Es una de esas novelas que deben leerse desde el principio. Los personajes cambian. Te vas a confundir.
Marta siguió pasando las hojas como si no la escuchara.
Irene insistió: —Hay otros libros que pueden leerse salteando páginas. Incluso resultan más entretenidos. Pero si salteas páginas en esta novela no vas a entender nada.
Marta miró por la ventana los enormes helechos del patio y pensó cuánto cambiaría la casa sin ellos, pero que quizás Irene tuviera razón y convendría arrancarlos porque levantaban las baldosas. De todas formas, le pareció extraño que este fenómeno empezara a ocurrir después de casi medio siglo que vivían en la casa: "Es una coincidencia increíble que pase justo ahora", pensó. "Cuando yo quiero dejar el lugar vacío." Sin mencionar el asunto de los helechos, se dirigió a Irene:
—Todos los libros deberían entenderse aunque uno los empiece por la mitad. Así es como entramos en la vida de la gente y nos vemos obligados a comprenderla. Nadie cuenta desde el comienzo.
Irene se mordió la lengua para no decirle que ese había sido uno de sus mayores problemas: el querer comprender a la gente. Cuando, en realidad, el problema de la comprensión se debía solucionar de otra manera, reservarlo para las novelas, los mapas y los quehaceres domésticos, y no porque uno menospreciara estas cosas. Al contrario. Pero, bue-no, ahora no tenía ganas de discutir, ¡hacía tanto calor! Todavía le faltaba revisar las veinticinco pruebas sorpresa que había tomado en tercer año sobre "La cuenca del Rin y sus afluentes" y decidir quién se llevaría la materia a marzo. Entonces cambió de tema y con fastidio dijo:
—¿Cerraste la puerta de atrás para que no entren los gatos?

martes, enero 22, 2013

Y un día volvió...


Volvió la Bibliofyl, a puro pulmón y pura entrega. Colaboren, corrijan, bajen, suban.

domingo, enero 20, 2013

Humorismo político según Podetti


He llegado al punto de comprar la revista Barcelona por los historietistas geniales que publican en sus páginas (humor corrosivo, absurdo, político): Sala, Podetti, Parés, Langer. En el número 271, salió esta precisa tira de La embarazada mala por Podetti sobre los lugares comunes del humorismo político.

sábado, enero 19, 2013

Autocensura

Tanto la censura como la pornografía son géneros artísticos extremadamente complejos. La estética del censor ha compuesto con los años un texto ilegible (inalcanzable) con tramos del Ulises de Joyce, las Memorias de una princesa rusa, escenas de las películas de Armando Bo (y de otros), estatuas con taparrabos, etcétera. Expedirse sobre el tema con absoluto rigor implicaría, por lo tanto, un refinadísimo análisis de toda la cultura. Trabajo seguramente pornográfico, censurable.
Así comienza el breve texto "La estética del censor" de Osvaldo Lamborghini, posteado por otro Osvaldo, vía Christian Ferrer. Me tienta leerlo de la mano de Bataille y sus elucubraciones sobre el gasto y lo sagrado, sus rescates desesperados de lo heterogéneo. El desplazamiento de la censura a la autocensura me parece central para pensar su poética. En todo caso, léanlo completo: sigue acá.

jueves, enero 17, 2013

La sutileza del colapso (sobre Can Solar de Carlos Godoy)


Los cuentos de Can Solar de Carlos Godoy (2012, 17grises) plantean un procedimiento particular en el que vale la pena detenerse: la aparición de un detalle que altera y reorganiza un ambiente conciso y limitado (una familia, un pequeño pueblo, algunos pocos personajes). Así, en los cinco relatos que componen el libro, un instante de peligro (en "Es preferible tener suerte a ser inteligente"), una visita de un desconocido (en "Erasto") o una aparición lumínica (en "Can Solar"), por ejemplo, intervienen en las vidas de los personajes para alterar sus rutinas y los modos de percibir sus vidas. La focalización en cómo estos ambientes se modifican y el modo sutil en el que esa modificación se narra me parecen los aspectos más relevantes de la propuesta narrativa de Godoy.
En cuanto a la modificación de los pequeños ambientes familiares y pueblerinos, uno se encuentra, por un lado, con la reacción de los personajes ante la alteración propuesta (¿cómo se reorganiza la vida después de esto?) y, por otro lado, con la reconstrucción de la vida que ha sido dejada atrás (vida provista con un cuentagotas a lo largo del relato o que, simplemente, debe ser imaginada por el lector de Can Solar).
Por ejemplo, en un cuento como "HCI", la amistad entre Oscar y Diego se ve alterada y reorganizada a partir del asedio a la Gorda Pavonne, una loca de pueblo. Justamente, la reacción de cada personaje frente a la casa de esta mujer desquiciada nos permite intuir algo más sobre sus vidas y sus personalidades. Incluso, hacia el final, el acontecimiento con la Gorda Pavonne tendrá su correlato en relación con la ya mencionada amistad entre los dos personajes principales del cuento. Otro cuento en el que se destaca la reacción ante la alteración en el pequeño ambiente familiar es el relato "Es preferible tener suerte a ser inteligente" en el que una convulsión genera un después en la vida de Rubén. El antes en la vida de este personaje se reconstruye junto a Rubén, quien también debe volver a entender cómo era su vida hasta la llegada del colapso e intentar recomponerla. Esa pérdida y recuperación en el funcionamiento del pequeño ambiente familiar es lo que le otorga el ritmo narrativo tanto a este como a los otros cuentos: un vaivén entre un antes y un después, marcado por un detalle que quiebra la lógica.

martes, enero 15, 2013

The name game

Si Buffy tuvo su capítulo musical y Fringe, su policial-futurista-noir cantado, ¿por qué American Horror Story: Asylum no podía tener sus tres minutos de swing? Jessica Lange en el rol de Sister Jude vuelve a superarse, definitivamente.

Sister Jude - The Name Game from Matt on Vimeo.


Ah, el planteo sobre el rol central de las mujeres en las últimas series norteamericanos de Pablo M. sigue siendo más que pertinente. Luego, escribiré unas líneas sobre cómo se verifica tal hipótesis en AHS (ahí estan, Lana, Jude, Grace y Mary Eunice para decirlo todo).

lunes, enero 14, 2013

Lo común



En este artículo de la época de La comunidad que viene, Agamben vuelve sobre la política que viene, el experimentum linguae y la necesidad de pensar lo común en el uso. Se agradece el rescate del artículo.

Visto en Ekklesía.

sábado, enero 12, 2013

Proyecciones


Contribuir o no contribuir, esa es la cuestión. La Editorial-los-proyectos surge con una idea buenísima: un autor de ficción argentina o latinoamericana pone a disposición de los lectores un relato en epub. A cambio, el lector puede (no debe, puede; y en ese cambio de verbo se juega el proyecto) contribuir con 7$ en Mercadopago. Es decir, uno puede bajar los textos de Selva Almada o de J. P. Zooey y la decisión de contribuir o no por la obra bajada queda a cargo del sujeto (se vuelve una decisión ética, ¿no?). En fin, hagan la prueba y veamos de qué modo aportar a este proyecto editorial.

viernes, enero 11, 2013

Héroe rojo (I) (Antonio Marimón)

En El antiguo alimento de los héroes de Antonio Marimon, hay una serie de textos bajo el título de "Héroe rojo" que reconstruyen la vida política de un narrador que comienza a comprometerse en la militancia hacia 1968 y que descubre, en paralelo, el lugar que la poesía y la literatura podrían ocupar en la revolución y en el nuevo orden de cosas deseado. En esa reconstrucción, que va del acontecimiento a la metaescritura, aparece como motivo, como arquetipo dolorosamente humano, Ricardo, el héroe rojo. En su figura, y a lo largo de estos textos, Marimón intenta acceder al núcleo de la ideología y de la experiencia que significó el compromiso de izquierda, sindical y revolucionario en Córdoba desde la dictadura de Onganía hacia la última dictadura. Esta es el primer relato de la serie.

El sol se ocultaba y para mí era como si una mano tapara una herida. El alivio posterior me permitía detener los ojos en un paisaje que no abandonaba cierta extrañeza áspera de telón teatral, de naturaleza animada por alguna fuerza más sólida que en cualquier otro rincón del mundo. Sólo al atardecer yo admitía en sus formas una dimensión amable, cuando las lámparas iluminaban el césped, sobre el muro de tezontle brillaban enredaderas y buganvillas de colores rosa o morado, y tras la medianera iba ascendiendo una fronda de palmeras cuyo olor se confundía con la humedad. Desde la escalinata del porche, el jardín bajaba hasta la puerta de rejas, antes de la calle. Era pequeña la casa de Héctor. Todos los sábados repetíamos la rutina de la cena: Edith preparaba la ensalada y el pan, Héctor ponía a asar las costillas, a las niñas las llamábamos no bien estaba todo listo. No sé si lo que digo suene a una digresión o un comienzo, no sé si todo este relato sea más que una suma de digresiones y, sobre todo, de comienzos que se han quedado truncos. Sin que me abandone la duda, me parece injusto omitir lo que ocurría en la sobremesa: Héctor y yo, solos, mirábamos la noche cerrada, con los sillones hundidos ligeramente en la tierra blanduzca —a dos pasos del escalón de la galería— y los altos vasos de ron entre los dedos. Entonces, nada detenía las ganas de hablar de él, del Gordo Ricardo, o de revivir aquella siesta en que fue conocido en Córdoba. Según contaban, la más pequeña de los Jury —eran tres hermanos— abrió la puerta cancel y lo encontró: estaba en mangas de camisa, con los botones desprendidos y una campera plegada en el brazo; dentro de una valija dura y descascarada llevaba el resto de sus pertenencias.
—Buenas tardes. Soy Ricardo— dijo.
Así empezó su leyenda. Yo no necesito de un esfuerzo demasiado insistente para elegir la escena en que su leyenda se topa con mi vida, como un choque de gotas sobre un vidrio. Corría quizás el año 1968, con Héctor estábamos parados frente a la CGT, nos tocaba participar en un acto estudiantil pequeño y convocado quién sabe por quiénes. Todos los presentes coreábamos consignas de oposición a la dictadura de Onganía. No habría más de medio centenar de personas y la reunión ya terminaba delante del balcón cerrado, cuando vino él, se aferró a nosotros y empezó a gritar ¡ni golpe ni elección, re-vo-lución! ¡ni golpe ni elección, re-vo-lución!; daba saltos de poseso, golpeaba con las palmas abiertas, gritaba, volvía a tomarse de nosotros. De pronto yo cruzaba un brazo en el suyo, lo mismo hacía Héctor y los tres avanzábamos por el centro de la avenida, tirando de una marcha tan inverosímil que se dispersó antes de caminar cien metros. Esta es a mi juicio una buena instantánea de lo que era el Gordo Ricardo de esa época: sacaba chispas de los hombres y las cosas, como el anillo de un Saturno incandescente.
En verdad, duró varios meses nuestra costumbre, posiblemente varios años. Yo, solo o acompañado por Vera y nuestra hija, tomaba el ómnibus los sábados a media tarde. Bajaba en la glorieta y caminaba hasta la casa de Héctor. En cualquier esquina imaginaba el encuentro con un extraño riéndose, o veía las señales de un terror infantil anunciando desgracias. El sol me producía un malestar sordo, como el de una lámpara de mercurio que, poco a poco, envolviera a los objetos en su nitidez dolorosa, como una ebullición dorada a punto de concebir un dios. Los juegos a la par de las niñas y el asado hacían las veces de descanso y prólogo. Después, ya en penumbras, en la hora en que todos dormían y la lenta noche reverberaba tras los muros con una música de fiesta, o acaso con un tiro lejano — eco de otros tiros—, llegaba el pasado como una visita indeseable, como esperado por una suave tristeza.

lunes, enero 07, 2013

Aguafiestas

Para evitar a las edulcoradas canciones infantiles e imprimir un poco de psicodelia en nuestros crío, el grupo Aguafiestas ha llegado. Pueden ver su blog acá y les dejo este tema para que lo disfruten: