domingo, junio 28, 2026

Un adelanto de Noches de cabaret, de marmat

marmat ya me había sorprendido con los fragmentos que compartía del monumental imperio ficcional llamado Malasya (Nudista, 2024). Por eso fue un placer, un honor, trabajar con él codo a codo en la edición de ese mamotreto. Y luego, luego apareció Noches de cabaret, un contrapunto del libraco delirante antes publicado. 

Esta nueva obra de marmat es un relato de dos amigos en la noche mendocina de los 80. Uno, Claudio, experimentado en las delicias del desborde; el otro, Alberto, dispuesto a aprender con las manos bien abiertas. El resto sucede en un abrir y cerrar de ojos, como la vida misma, en medio de los vapores del alcohol, las palabras dichas e imaginadas, el toqueteo rítmico de los cuerpos.

Dejo un adelanto Noches de cabaret para quien quiera leer, un fragmento del capítulo 1. ¡Que lo disfruten! ¡Y vivan las nuevas lenguas! 





Capítulo 1

Cabaret... metejón... un amor en cada esquina...

—A mí decime Claudio siempre. No Gringo. Claudio. ¿Qué hacés más tarde? ¿Querés que vayamos al centro? 

Lo había conocido en un picadito y le decían el Gringo. Nos tocó jugar en el mismo equipo una tardenoche y pegamos buena onda.
 
—Dale, Claudio... y sí, podría ser ¿como a qué hora decís? 

—No sé, cuando se haga de noche, tipo diez. Paso a buscarte por la esquina de tu casa. Es feriado, acordate, Semana Santa. Esta noche el centro se pone hasta las manos. Podríamos ir a visitar a unas amigas que paran por la San Juan haciendo la calle. En la parada del bondi se ponen. No sé, quién te dice... 

—Dale, Claudio, te espero entonces, me parece. Nos vemos a la noche. 

Cortamos. Miré el reloj. Caí en la cuenta. Habíamos hablado más de media hora por teléfono. ¡Qué calamidad! Con lo que se restringían las llamadas por entonces. Luego vendrían con los candaditos de ENTEL a regular la falta de pago. Pero al menos conservabas la línea y no te quedabas a pata. Te entraban las llamadas y podías atender, no podías llamar, pero con el tiempo si no se pagaba la boleta sonaba y sonaba con el candadito puesto. ¡Y ya lo dejabas que sonara!, o lo desenchufabas, porque cuando levantabas el tubo ya no se escuchaba a nadie del otro lado. 

A la conversación con Claudio la tuvimos desde mi habitación que da a la calle Almirante Brown. La suerte me dio otro enchufe para el teléfono, con lo cual podía tener mis charlas con amigos y amigas, llevándome el teléfono del comedor a mi pieza, sobre todo por las siestas o después de las diez de la noche. 

Había olvidado por completo era Jueves Santo. Estábamos en la Semana Santa, en el mismísimo Jueves Santo, y yo, en babia. ¡Yendo a un colegio católico! 

No comimos pescado ni empanadas de vigilia. Me acordaría. El perfume de Semana Santa siempre es la comida. ¿Por qué no comí empanadas de vigilia? ¿Qué almorzamos? ¿Almorzamos? 

De cualquier manera, la idea de ir al centro a saludar a esas amigas de Claudio, más aún, si el centro por Semana Santa iba a explotar aquella noche de abril de 1982, me pareció una idea salvadora. ¿La salvación me estaba esperando? La salvación del tedio por unas horas, al menos. 

Andaba aburrido por aquellos tiempos y, ahora me doy cuenta, debió haber sido ese día, o el anterior, del cual me quedó la sensación, el recuerdo tedioso… ¡Qué va! Por aquellos años era imposible aburrirnos. 

Yo no llegaba a la edad de Claudio, él tenía veinte años, y yo… ¡ni siquiera cumplía los diecisiete! Pero a Claudio lo veía maduro. Hecho, con calle y parla. Labia para ir al centro a chamuyarse a minas de la noche, de la calle, a las que yo por retraso madurativo, sentimentalmente hablando, les tenía miedo. ¡Pánico si hubiera sido en una vereda oscura! 

—Hola, qué tal, cómo estás, mi nombre es Alberto. ¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado? 

De pensarlo me sentía un imbécil. Me veía a paso firme acompañando el traqueteo cada vez más vertiginoso de sus tacos, la chica notablemente nerviosa y yo, intentando persuadirla, que contestara afirmativamente mis propuestas sádicas. 

Me di cuenta que por el sadismo de mi mente se filtraban frases traducidas, lugares comunes en el habla: “¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado?”. También pensaba como optimista en qué me diría la señorita en cuestión de aceptar mi propuesta explícita, de mi invitación a tomar un helado. 

—Hola, qué tal, Romina es mi nombre, camino hasta mi casa, vivo sola, me gusta conversar y tomar helados, pero más me gustaría que te quedaras conmigo a dormir esta noche, es Jueves Santo y hace frío, ¿te parece, Alberto?

Nabo, nabo y mil veces nabo. 

Pensar optimistamente es un purgatorio a pasitos del fracaso. Al menos, de mi fracaso. Porque había visto cómo Jorge, cómo Ricardo, y me habían contado de otros casos como el de Rubén y el de Carlos, alguna noche terminaban encamados con distintas minas, todas desnudas, tomando licor Tres Plumas, en lugares inverosímiles, fumando puchos negros, Parisiennes o Gitanes. 

Mis amigos eran unos reales porongas. Pero Claudio no mostraba nunca la hilacha, ni esa típica soberbia del blablador que anda de chisme en chisme, contando, como decía la canción de Copani, ¡cuánta mina que tengo! 

De cualquier modo, qué inquietante era imaginar a Romina. ¡Qué mujer más hermosa era Romina por favor! Si tan solo la imaginación pudiera materializar una noche con ella, las cosas hubieran sido muy diferentes… Caminaríamos por la calle Las Heras, donde nos habríamos conocido aquella noche de Semana Santa. Tomaríamos con ella los helados de Chini que le prometí. Luego le compraría una rosa a un vendedor de la calle y así, la noche nos guiaría hacia su cama, lentamente y sin estridencias, como si fuésemos una pareja de amantes. 

Romina acariciaría mi cuerpo y yo, luego de traer una botellita de agua de la heladera, me entregaría por entero a los roces. Ella, muy hermosa y muy compañera, me daría un beso de sorpresa en plena vereda, bajo el farol que ya no alumbra, y le propondría que un día fuésemos a ver muebles y electrodomésticos. Porque si la cosa funcionaba como hasta ahora, lo mejor sería casarnos, ¿no? 

En fin, me quedaba la imaginación… ¿Me quedaba la imaginación que mis amigos porongas no tenían? En eso estaba la diferencia. 

Mi imaginación tan virga… ¡y sus porongas al poder! 

La oscuridad del centro en esos años tenía su particularidad. Claudio me la había prometido por teléfono para esa noche. La plaza Independencia estaba hecha de sombras, de vetas largas y ondulantes, que por el viento, los picos de los pinos, más los picos de los pájaros, dejaban la estela flameante a su paso, hecha de más sombras zigzagueando que antes. 

En una de las calles linderas de la plaza, los que iban al Zócalo y los que vivían en el Zócalo, entre unos herbajes bajo el chumbís de los asientos para ciegos, se amontonaban bajo un techo, al que se le llamaba así: “El Zócalo”. Recalaban ahí los adictos a las pastas. Andaban galgueando con el metrolax y babeando con el tricimoldefino. Drogas de farmacia que podías encontrar en la mesita de luz de una vieja, si es que vieja había en tu casa por ese entonces. 

La idea siempre fue destruirse.

(...)

Fuente: marmat, Noches de cabaret, Río Cuarto, Nudista, 2026, pp. 9-13.

miércoles, junio 24, 2026

Dos ensayos breves de Enrique Luis Revol

Si mal no recuerdo me crucé con el nombre de Enrique Luis Revol en un artículo de Luis Chitarroni en la revista Cuadernos Hispanoamericanos sobre novelas argentinas de los 70 (venía siguiendo los pasos de Pepe Romeu y su lisérgica A bailar esta ranchera). Habré notado la mención a la única novela de Revol, Mutaciones bruscas (1971), la habré comprado (porque efectivamente la tengo en mi biblioteca), y habrá quedado ahí a la espera, porque la literatura sabe etcétera... 

Con el paso del tiempo, el nombre se me volvió a aparecer en el bellísimo e irregular libro de Eugenia Cabral, Vigilia de un sueño (2017), sobre la vida y enseñanza del poeta español Juan Larrea en Córdoba (la ciudad pozo, como diría mi amigo Manu Moyano Palacio). Ya esa segunda aparición me avivó la curiosidad exhumadora y, si bien intenté con la novela y rápidamente la abandoné, seguí buscando otros libros del profesor Revol, sobre todo aquellos de su veta ensayística. 

El pálpito fue atinado. 

Enrique Luis Revol perteneció, entre los años 50 y 70, a un grupúsculo de ensayistas, intelectuales y profesores que se podría bautizar como los eruditos. Pienso en Revol y en Jaime Rest y en Rodolfo Modern y en Roger Pla también. Hombres muy formados en la tradición humanista, lectores y críticos incisivos, geógrafos de la literatura mundial. Revol y la literatura inglesa y estadounidense; Rest, esas mismas literaturas más la francesa y también la argentina (todo su trabajo como prologuista en las ediciones de la librería Fausto, ¡uf!); Modern y la literatura alemana; el megaincreíble y olvidadísimo proyecto dirigido por Roger Pla, hito en tres tomos de las literaturas comparadas: el Diccionario de la literatura universal, publicado por Muchnik editores en 1966 (del que algún día tendría que hacer un posteo al menos...). 

Para hacerla breve: en los últimos meses me metí a leer los libros de ensayos de Revol y son muy gratificantes. Uno de los más destacados, para mí, es La tradición imaginaria. De Joyce a Borges (1971). 

Transcribo dos ensayos breves donde se ve al mejor Revol al momento de explorar las tensiones del acto creativo y al enarbolar, como en esos años escribía Pepe Romeu, las banderas de la imaginación (y no precisamente por joven revolucionario francés, que de eso el profesor cordobés tenía bastante poco). 

¡Pasen y lean! ¡Y ojalá se crucen con la prosa erudita y polémica del profesor Revol que bien vale la lectura! (Ah, dejo al final del posteo el índice para que lean la selección del libro que me parece bárbara).



Dualidad de la creación 

La obra de arte es consecuencia de una doble fidelidad, pero, para que la obra de arte fracase es suficiente una sola infidelidad. A dos razones se debe, activa y pasivamente, el creador; y por mucho que se esfuerce en atender a una de ellas, en realidad no le presta la debida atención si ignora o descuida la otra. 

Ocurre que en el mundo uno halla palabras, fuerzas que es preciso obedecer y que entonces cederán ante uno. Está la materia, a la que espera, adentro, una forma; y a cada materia la espera su forma. Porque en el bloque de mármol sí que está el monumento: al artista sólo le corresponde desentrañarlo. 

Pero la forma, es decir, la creación artística propiamente dicha, no se consigue mediante la fidelidad exclusiva a la que uno prefigura ni tampoco si meramente se tiene en cuenta un prejuicio sobre lo que le conviene a la materia. Así, quien ante un bloque de mármol se diga, por ejemplo (y deliberadamente pongo el más descabellado ejemplo): “Esculpiré la Gioconda según el retrato por Leonardo”, bien puede ser que consiga al final una especie de Gioconda, pero de seguro ésta del mármol sólo tendrá la materia geológica; y quien, por otra parte, se limite a afirmar que explotará todas las posibilidades de un pedazo de mármol, tal vez sólo consiga una piedra todavía más inanimada que el bloque original. 

Hoy por hoy, ya sabemos de memoria que es falsísima —y cuánto daño hizo, en su tiempo— esa vieja y necia oposición entre materia y forma, que es falsa al menos en términos estéticos. Así como el oxígeno no se “opone” al agua sino que es uno de sus constituyentes, del mismo modo la materia es una parte de la forma, cuya otra parte es la imaginación. 

Esta doble fidelidad a materia e imaginación, que es la esencia de la obra de arte, también tiene otros nombres, a saber: soledad y sociedad. Hay que precaverse, sin embargo, ante el riesgo de identificar, con excesiva premura, imaginación y materia con soledad y sociedad, respectivamente. Pero es cierto, con todo, que imaginación y soledad hasta suelen tornarse sinónimos al menos en el mundo actual, y que otro tanto es válido en cuanto a materia y sociedad. Pues de algún modo se presiente siempre que la piedra que tal escultor trabajará mañana en cierta forma, son parte de una gran piedra, de una gran palabra en que escultores y poetas se ejercen desde el principio de los tiempos. E igualmente, nadie puede dudar de que la disposición que el poeta dará a las palabras, para expresar sus propios sentimientos y pensamientos, o la exactitud de escoplo o buril en la obra del escultor, responden, de ser acciones válidas, quiero decir, necesarias, a un poder intransferible y solitario que a veces optamos por llamar imaginación. 

Pero esto no es todo. En el fondo de cada imaginación hay —como nos consta desde las indagaciones de la psicología profunda— elementos que comparte con cualquier otra imaginación; y esos son los resortes más activos de la fuerza creadora. Asimismo, cada piedra y cada color y cada palabra son, en un momento dado, algo diferente de todas las demás piedras, colores y palabras, precisamente porque están en un momento determinado y no en otro cualquiera, justamente por el hecho de ser esos materiales específicos y no otros (pero nada más que semejantes). 

De modo que, en el fondo, hay soledad y sociedad de la imaginación; y otro tanto es válido afirmar en lo tocante a la materia. El artista no necesita repetirse constantemente que es su deber de hombre llegar a los demás: si es fiel a sí mismo, lo será a los otros. 

Tampoco es imperioso que aísle su espíritu de los demás para expresar su peculiaridad: ante la piedra o la palabra, ese don secreto, lo exclusivo de un artista realmente creador, fluye naturalmente y se convierte en el secreto de todos, en don exclusivo de todos; o, si no, jamás fluye. 

El arte, forma por excelencia humana, es imaginación y materia, soledad y sociedad, tradición —esto es: pasado vivo— y un preciso instante, el “ahora mismo”. 

Todo lo dicho se verá más claro si se apela, como término de comparación, al juego. También en el juego están, a primera vista, los mismos elementos; pero en su caso la imaginación se subordina a la materia —hay un solo carril y hay que seguirlo forzosamente—, y el momento dado en que, por ejemplo, se escoge un naipe en la baraja depende de una inmutable tradición en que el pasado entero late ensordecedoramente, de una rigidísima escala de valores —el jugador no podrá decir: esta sota es de ahora en adelante un as de bastos— y así, la soledad del jugador, por mucho que se empeñe en jugar solitarios, queda abolida. Del juego se diría que es un arte sin soledad, que sólo le falta la soledad para hacerse arte. Sólo la soledad... pero la estatua o el cuadro o el poema son puntos de intersección entre sociedad y soledad, precisamente; y la creación no existe, en realidad, hasta que seres humanos determinados, con sus vergüenzas y grandezas diferentes de todas las demás, con sus frustraciones y logros propios, únicos, exclusivos, ingresan, con todo lo que son y todo lo que aún pueden ser y todo lo que ya nunca podrán ser, es decir, solos y a solas, en el plano común, en el mundo de todos. 

(Great Neck, 1950) 



El dominio imaginario 

La imaginación, ese chorro de vida indomable que hay en el hombre. En el animal se petrificó en el instinto, en exactitud como de relojería. Las sociedades humanas prehistóricas e históricas —pero, ¿también sucederá otro tanto en la sociedad posthistórica?— han tenido siempre, e inevitablemente, que recurrir a algún modelo animal en busca de una represa a fin de contener la tremenda presión imaginativa, esa pura vida que asimismo es —al menos, esto es lo que a menudo conjeturamos— la vida pura. Y una y otra vez, también, la imaginación se coló por los intersticios del pesado muro de la razón, ese pobre remedo del instinto —ese pedacito de poder imaginativo vuelto contra la gran fuerza de que en el fondo también ella es parte. 

Colándose a través de la represa racional, la imaginación —con más éxito, es cierto, en unas épocas y con más brillo, por supuesto, en ciertas culturas— moldeó la conducta, se solemnizó en los rituales, se expandió exuberantemente en los mitos, se concretó espléndidamente en artes, quiso —y tal vez lo haya conseguido, de vez en cuando— internarse en los arcanos del universo para explicárselo al hombre y así hacerle llevadera —quiero decir, exenta del incesante terror que la razón habría querido establecer como norma exclusiva—, más llevadera la vida al débil “animal no fijado”. Y de este modo ha seguido salvando al hombre, manteniéndole en su puesto tan peculiar en su sitio tan diminuto y no obstante tan realzado y exclusivo, salvando al hombre de la dureza de la piedra, de la plácida o la violenta necedad del animal, de la fosilización instintiva. 

¡Pues las termitas son las perfectamente racionales! El hombre ablanda las piedras por imperio de la imaginación, se inspiró en los instintos animales y así estableció su poética seudo-ciencia mágica, se mantiene flexible (y es por esto que luego va a desdeñar la magia) y así se torna crítico, tanto de su entorno como de sí mismo. Es la imaginación —y no la razón, por lo menos no la sola razón— lo que inspira la crítica, esta “décima musa”, esta señora final del dominio imaginario que también está necesariamente presente, como ya lo enseñaba Baudelaire, en todo auténtico artista creador. 

(1969)

Fuente: Revol, Enrique Luis. La tradición imaginaria. De Joyce a Borges, Córdoba, Teuco (Taller Editor de la Universidad de Córdoba), pp. 38-41.



viernes, junio 19, 2026

El retorno de la conversación literaria

Creo que si hay algo que falta en las redes sociales es la posibilidad de sostener un intercambio con los otros... Todo tan esquemático, superficial y efímero. Se me pianta un lagrimón... 

Sin embargo, en los vericuetos de YouTube, uno (yo) puede seguir encontrando conversaciones sobre la literatura, sobre la escritura, sobre qué significa leer y escribir en este siglo XXI. Es hora de reivindicar la conversación literaria. ¡El retorno de la conversación literaria! 

Comparto dos charlas que me gustaron mucho en estas últimas semanas: la primera es entre Manuel Moyano Palacio y Pablo Farrés, a propósito de la reciente publicación de La zona muda, libro de cuentos de este último; la segunda es entre Guillermo Mas Arellano (que la viene rompiendo en su canal Pura Virtud) y Juan Francisco Ferré, a propósito de James Joyce, Borges y otras yerbas muy variadas. 

Pónganse los auriculares, acomódense o sigan haciendo lo que están haciendo, y disfruten de la conversación literaria, una ruina más que vale revisitar en este mundo ultramoderno.
 

domingo, junio 14, 2026

Sobre El río oculto (2024), de Diego Arandojo y Jorge Fantoni

Releo El río oculto, de Diego Arandojo (guion) y Jorge Fantoni (dibujo), publicado por Deux Graphica. Le había dado una primera lectura cebada y veloz, necesitaba este nuevo encuentro para disfrutar esta historia de esoterismo y literatura en el Río de la Plata. 


Noto que podría ir en serie con: 

-primer eslabón: la muy conocida aguafuerte de Roberto Arlt sobre las ciencias ocultas (años 20). En esta historieta se trata del puntapié narrativo. Fausto se obsesiona desde pequeño con continuar los pasos del escritor y mapear el río profundo de sociedades secretas, libros mágicos y palabras cifradas que ha recorrido las calles porteñas.


 
-segundo eslabón: el no tan conocido ensayo de Adolfo de Obieta sobre la Buenos Aires invisible (fines de los años 60). En este sentido, Arandojo enhebra nombres visibles del esoterismo argentino literario (Leopoldo Lugones, el mismísimo Arlt, Xul Solar, Ernesto Sabato) y revela otros realmente olvidados o invisibles (Romilio Ribero, Ithacar Jalí, Josefina “Finita” Ayerza). La historia de la traductora de Aleister Crowley, Finita Ayerza, me pareció encantadora.


 
-tercer eslabón: un proyecto anterior de Arandojo, junto con Facundo Percio, como la historieta Beatnik Buenos Aires. El río oculto retoma el procedimiento de la anécdota narrativa compacta con un personaje fuerte, un lugar preciso y una acción principal bien definidas como elemento básico. Le suma una pátina de nostalgia y soledad: el protagonista y narrador, un Fausto maduro, parte del recuerdo de su padre para revelar su investigación de la Buenos Aires oculta entre el siglo XIX y el XX. 


Los dibujos de Fantoni, al igual que en el anterior proyecto compartido con Arandojo, Carne (2023), subrayan ese margen grotesco del horror, donde lo terrible se vuelve risible y al revés. Con El río ocultoArandojo el Mago suma una pieza más a su proyecto que se sigue tejiendo en los mundos del esoterismo, la cultura y el espíritu.

viernes, junio 12, 2026

Una solapa de Carlos Correas

Después de la causa judicial por su relato "La narración de la historia", Carlos Correas retoma con ahínco y concentración sus estudios de filosofía, se casa con su compañera Marta Brarda y comienza a dar clases en la universidad. Pero su escritura, durante casi dos décadas, se vuelve privada. Algo cuenta en el largo reportaje en la revista El Ojo Mocho: de qué modo la censura de su relato, el interrogatorio, las instancias judiciales terminaron afectando esa obra que se anunciaba como una literatura del escándalo pero que ante el escándalo, se corrió de escena y se volvió invisible. 

Sin embargo, con el correr de las lecturas y porque la exhumación de los textos de Correas sigue adelante (y se agradece el gran trabajo realizado en Todas las noches escribo algo), aparecen vestigios de ese Correas que en los 60 parecía escondido hasta que la tormenta de la represión moral amainara un poco... 

Uno de esos vestigios es una solapa de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, el libro publicado en 1964 que lanzó a la fama editorial a Juan José Sebreli. En los 50, junto a Correas y a Oscar Masotta, Sebreli había conformado un trío que discutía en las páginas de Centro y Contorno, bebía en los bares del centro y recorría las calles en un yiraje frenético. 

Siempre recuerden: Dios está en los paratextos, no los subestimen. (Gracias a marmat y a noescanon que en dos ocasiones me recordaron esta solapa).

Y vaya este texto escrito por Correas en los años 60 para seguir exhumando la vida y obra de este gran autor olvidado.


“Sebreli escribe con la seriedad del que piensa claro. Pertenece en este sentido a una buena tradición, como la de Juan Álvarez, Carlos Astrada y el Ingenieros mejor”, decía Bernardo Verbitsky a propósito de la aparición de Martínez Estrada, una rebelión inútil

Estas cualidades de ensayista, de crítico, de sociólogo, de pensador son confirmadas ahora, en su segundo trabajo: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación. 

Se encara aquí la crítica de la vida cotidiana de una gran ciudad, la alienación en que se mistifican las formas de vivir, de pensar, de trabajar, de amar, de sentir, de divertirse de sus habitantes. Utiliza para ello Sebreli, un método renovador, con raíces en lo más avanzado del pensamiento contemporáneo, donde se trata de rescatar los aportes más enriquecedores de la sociología asimilándolos a la totalidad dialéctica e histórica. 

Con una lucidez y una valentía que escandalizará a quienes viven en la ocultación y el miedo, Sebreli desenmascara el significado histórico y social de hábitos, prejuicios, fobias, manías, tics, gustos, modas, peculiaridades lingüísticas, inclinaciones sexuales, ritos y mitos cotidianos de los porteños. Todas las claves secretas de la vida de Buenos Aires, los misterios de sus jornadas febriles y sus noches de pasión, son desentrañados con una minuciosidad y una veracidad tal en los detalles que no se escatiman las noticias del día, los nombres propios de personas vivas y las direcciones y santo y señas de los rincones más ocultos de la ciudad, desde los salones herméticos del Barrio Norte hasta los tugurios siniestros del bajo fondo. 

Al rigor científico y a la riqueza de información, se suma en este singular trabajo, la sugestión de una evocación proustiana en busca de cosas olvidadas, vidas anónimas, momentos fugaces, tiempo perdido. 

Carlos Correas

miércoles, junio 10, 2026

Top 3. Libros de Horacio González (elegidos por Agustín Conde De Boeck)

Agustín Conde De Boeck, amigo de la casa, gran narrador y ensayista, fue interrogado por su TOP 3 de libros de Horacio González. 

Esto sintetizó por audios de varios minutos y yo me tomo el atrevimiento de volcarlo en este posteo. 

Que la posteridad nos juzgue.

 


1. Restos pampeanos 

Es un libro gigante. No sólo es grueso: tiene un tamaño de fuente minúsculo, con márgenes escasos y páginas enormes. La diagramación te lleva de borde a borde, pero si tuviera una caja normal sería un volumen inmanejable. Encima es una obra de lectura lenta, te vas internando en un pantano de estilo. Es tan increíble que no pude parar de subrayarlo, llegué a subrayar páginas enteras porque no sabía qué elegir. ¡Era como estar en una juguetería! Restos pampeanos lo leí muy lentamente, como si dijera en tres o cuatro años, lo iba leyendo siempre con el señalador perdido en alguna página. Lo leí como si fuera una revista, cada tanto avanzaba: un día, el capítulo sobre Ramos Mejía, otro, el de Ameghino, o sobre Viñas, sobre León Rozitchner. Es una lectura que te va acompañando hasta que un día se termina. Por la intensidad, digo. No vale la pena leerlo de forma continuada porque llega un punto en que te engolosina, perdés horizonte. Me pasó lo mismo con Las sagradas escrituras, de Libertella, no es un libro que haya leído de una sentada. Es muy bueno digerir este tipo de libros así porque te queda interiorizado, como una materia que uno hubiera cursado. Si el lector quisiera arrastrar un ancla de alegrías y pesares durante un tiempo, recomiendo que ingrese directamente en Restos pampeanos




2. Arlt. Política y locura 

Con este libro me enamoré más que de su pensamiento de su estilo. La base del pensamiento de Horacio González es repetitiva: siempre está hablando, a la manera de Ramos Mejía y José Ingenieros pero con ironía, en solfa, de la influencia de la psicopatología de masas en la política argentina. Vuelve al liberalismo argentino del siglo XIX para mostrar que, en realidad, tuvo un costado perverso, un morbus, una especie de decadentismo del pensamiento fundacional argentino. Pero lo que me impactó en ese primer librito fue la lengua. Leer a González es meterse en un laberinto de referencias, de hallazgos lingüísticos muy barrocos que lo vuelve un tesoro absoluto. En Arlt. Política y locura aparece EL concepto de González: las políticas anómalas. Esa idea de que la literatura no sirve para hacer corrección política, para regenerar a los pueblos sino para reforzar traumas y generar salidas a través de fantasías políticas perversas. Arlt, para él, es un supersticioso, un fanático que explora su enano fascista interior. Creo que quien heredó muy bien esas premisas es Maximiliano Crespi y su concepto de realismo infame




3. Retórica y locura 

Me gusta muchísimo este libro. Es una continuación y expansión de Arlt. Política y locura. Más histórico. También se complementa bien con Restos pampeanos. Siempre deberían leerse juntos estos libros. Es casi un desprendimiento. En estas conferencias, González expresa mejor, no es tan hermético. En Retórica y locura está su oralidad, fluye de forma más narrativa, como una especie de bitácora personal de lecturas. 

martes, junio 09, 2026

Sobre Los nuevos antepasados (2025), de Marco Castagna


¿Dónde estarán nuestros nuevos antepasados? La novela de Marco Castagna, publicada por Palabras amarillas ediciones, nos recibe con ese oxímoron por título y con un gordo en motoneta. Los paratextos bien pensados, as usual, le cantan al lector por dónde va a venir la aventura: familia y motos. No podía salir mal la combinación. 

Después de las primeras líneas la historia arranca y pasa a velocidad rápidamente. En una casa compartida y precaria, Omar recibe un email sobre su padre, sobre su padre desangrándose en Puerto Deseado, sobre el rastro de su sangre en la nieve y su desaparición. El hijo viaja para buscar al padre: un clásico. 

Lo que no es tan clásico es el lenguaje y las imágenes con que Castagna urde esta road story. Como en las novelitas de Ricardo Colautti, los personajes, las acciones y los lugares corren en cámara rápida, se deforman, estallan y vuelven a tomar forma para volver a descomponerse. La dirección es única: Puerto Deseado, el Sur. En el camino, Omar se cruza con ayudantes y oponentes que aparecen de la nada y vuelven a la nada en un abrir y cerrar de ojos. Una moto, y después otra, y después otra: la ruta es larga, ajena y extraña. Lyncheana, por qué no. 

Los nuevos antepasados combina una estética grotesca, una trama de aventuras, el boomerang de los recuerdos con el padre y un lenguaje tejido entre la poesía, los sueños y la calle. Castagna inventa a Omar y le da una misión para realizar el deseo de Silvio Astier. En una sociedad hundida en la traición, la soledad y la violencia, viajar al Fin del Mundo no parece una idea tan delirante. A lo mejor ahí nos esperen ellos, nuestros nuevos antepasados.

Va una muestra gratis:

    Un cartel de huesos rezaba “El Elefante Blanco”. 
    A su dueño le decían El Místico. Circulaban rumores que le atribuían delirios de vidas pasadas. Con respecto a lo que podía verse —bastaban como prueba los afiches y los libros exhibidos—, no quedaban dudas de que se trataba de un racista consumado. Lector de Nietzsche y el Marqués de Sade. Por las esvásticas que había escamoteadas en el local y las fotos de “cazadores” (desde Mussolini y Hitler, hasta Julio Argentino Roca, o algunos miembros de la Junta Militar) dejaba claro que odiaba a los negros. Aunque él mismo era un morocho que sonreía desde la oscuridad con dientes blanco marfil. 
    Se respiraba una atmósfera extraña. Criaturas voladoras parecían haber sido ajusticiadas en aquel lugar. 
    Nos sentamos en una de las mesas del fondo. Desde la cocina llegaba un olor penetrante a carne y salsa que se mezclaba con el aroma cervecero del salón. 
    En la pared un tatuaje en aerosol se preguntaba “¿Es pecado ser superior?”. 
    Sobre nuestras cabezas colgaba un cuadro. 
    En él un ombú ocupaba casi todo el islote en el que había crecido. Sus ramas monstruosas —igual que sus raíces— servían de plataforma a una pequeña república de seres (uno parecía fugitivo, otro un mercader moribundo, otro llevaba la cabeza vendada y se apuntaba con un revólver en la sien. Algunos permanecían ocultos, a la sombra. Y solo un poco más arriba, permanecían unos pocos más. Entre ellos, una mujer acompañada por un lobo herido. Y, todavía más alto, un hombre rubio colgado boca abajo).
 

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