martes, mayo 25, 2021

Archivos digitales. Todo Aira

Continúo con la sección sobre archivos digitales por la que ya pasaron Mágicas ruinas y Ahira. Mi intención es interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante. 

En esta oportunidad, es el turno de Todo Aira, una página de Facebook que desde hace varios años viene recopilando y poniendo en discusión la producción desbordante del escritor argentino César Aira. Reseñas, relatos, traducciones, fotografías, fragmentos: en Todo Aira cualquier material que se vincule con este autor tiene su lugar. Muy amablemente, Diego Cano, quien lleva adelante este archivo, respondió algunas preguntas. 

Me interesaron sus reflexiones sobre la comunidad de lectores que se va armando alrededor de un autor como Aira, las limitaciones y virtudes de llevar un archivo en una red social como Facebook y la necesidad crítica de seguir pensando la obra aireana.

¡Pasen y lean!

 

Archivos digitales. Todo Aira

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Todo Aira

Diego Cano: Todo Aira surge de la necesidad de compilar el material inmenso de producción de César Aira que se encontraba disperso y muchas veces de difícil acceso. Personalmente venía realizando el trabajo de juntar todo ese material y me empecé a dar cuenta de que algunos, pocos lectores, guardaban el material con recelo sin compartirlo, como si eso fuera un valor. Al mismo tiempo notaba que la mayoría de los lectores no tenían acceso a esa producción inmensamente rica y continua que es Aira, y que también había avidez lectora por acceder a las reseñas, críticas, entrevistas y artículos. Todo Aira surge de la idea de juntar dos cosas de mi vida, el placer por la lectura de Aira con mis conocimientos y trabajo de redes sociales. Así fue que armé la página. 

GC: ¿Qué criterios utilizás para seleccionar el material a digitalizar? 

DC: Los criterios de selección y puesta online dependen mucho de la plataforma que decidí utilizar. Todo Aira no es un blog ni un sitio por lo que Facebook ya limita la posibilidad de compartir. Las redes sociales tienen una característica que pocos terminan de entender: cuánta más interacción hay, llegás a más público. La página no tiene una cantidad masiva de seguidores, pero sí tiene seguidores permanentes y fieles al contenido. La idea fue hacer algo despersonalizado, quitar el poder de quien dice: “ah, este material es mío”, no tenía ninguna necesidad de poner mi nombre ahí y eso daba la posibilidad de generar un ambiente de mayor debate y participación. Lo que se terminó generando es una comunidad de activos miembros que comentan y debaten (dentro de los límites de una página de Facebook) sobre todas las novedades permanentes que surgen sobre César Aira. Todo Aira es una poética, es todo, realmente todo sobre Aira. Por eso comparto comentarios, críticas, menciones en Twitter, fotos de Aira con lectores, fotos de los libros dedicados y todo lo que junto y muchísimo material que la gente me hace llegar sin parar creando un clima alegre que tiene mucho que ver con el espíritu de la literatura aireana. 

 

  

GC: ¿Qué virtudes y qué defectos encontrás en sostener Todo Aira en una plataforma como Facebook? 

DC: Facebook tiene dos grandes limitaciones para un archivo de este tipo. La primera y más difícil de sortear es el buscador que es pésimo. Eso dificulta ir a atrás y encontrar material para los usuarios. La segunda dificultad es que Facebook baja la calidad de las imágenes lo que resulta en un problema de lectura del material que comparto. Me han sugerido crear un blog o una página, y la verdad que esto lo hago sin recursos en mi tiempo libre y embarcarme en semejante proyecto implicaría un volumen de trabajo y costos que no puedo asumir. Igualmente, estoy muy satisfecho con el resultado a pesar de estas dificultades del formato. Creo que la virtud de Facebook es llegar al público lector fuera de la captura e intento de apropiación que parte de la academia quiere hacer de su obra como un coto de caza. Los lectores tienen ideas más potentes que mil artículos académicos sobre Aira, miren la página sino… 

GC: ¿Cómo se organiza el material al interior del archivo? ¿Hay secciones estables o categorías para ordenar lo que vas subiendo? 

DC: En principio, al no disponer de fondos y con las limitaciones que impone Facebook, el material no está organizado en secciones. Sin embargo, organizo los posts con cierto equilibrio de criterios: tapas de libros pocos conocidos, traducciones, artículos y entrevistas inhallables, notas periodísticas, fotos de lectores de Aira, fotos desconocidas del propio César Aira, traducciones de la obra de Aira a otros idiomas, memes, etc. Quiero destacar que la página es el primer lugar donde el trabajo de traducción enorme de Aira (¡tradujo 121 libros!) fueron puestos en conocimiento del público. La página dio inicio en junio de 2017 y después enseguida salió el Catálogo Aira, de Ricardo Strafacce, uno de los que más sabe sobre la obra de Aira. También por suerte acaba de salir en formato libro, La ola que lee. Artículos y reseñas (1981-2010), una selección de artículos y reseñas publicada por Penguin Random House que ya había sido subidos a Todo Aira. 

 

  

GC: ¿Qué intercambio tenés desde el archivo con los lectores de Aira y con el autor mismo? 

DC: El intercambio con los lectores es permanente, aportando material, generando comentarios, debatiendo algunos puntos, como dije anteriormente el mayor éxito de la página es haber generado esa comunidad de lectores. Con Aira tengo poca relación, aunque en excelentes términos. Empecé la página sin preguntarle hasta que alguien comento: “¿che, esto le caerá bien a Aira?”. Entonces me di cuenta que debía mínimamente preguntar si estaba de acuerdo o tenía alguna objeción. La respuesta fue inmediata, breve y concisa, “…me parece bien, me gusta lo que hacés, seguí adelante con los proyectos”. Ahí me quede tranquilo y avancé. Nos hemos visto una sola vez para charlar de cosas en general y de literatura, pero solo eso. A veces la gente escribe a la página pensando que es el propio Aira quien sube el material, o piensa que la página está hecha por un grupo de gente, y la verdad que es sólo en base a mi búsqueda obsesiva y permanente. Aprendí mucho leyéndolo y sigo absorbiendo cosas, porque su obra es infinita. Por ejemplo, a mí me gusta resaltar su literatura en general por sobre los ensayos, pero se puede ver ahí una genialidad que sólo es cercana Borges. Por eso hacer esta página es un inmenso placer personal de aprendizaje continuo. 

GC: ¿Creés que Todo Aira es un archivo replicable? Es decir, ¿serviría pensar un Todo Piglia, un Todo Saer o un Todo Puig

DC: Sí, ¡por supuesto! El tema es quién se tomaría el trabajo. Creo que el caso de Saer es más necesario aún, hay mucha cosa dispersa y está muy apropiado por los que supuestamente “saben”. El mundo lector saeriano es mucho más amplio y rico. Hacer un Todo Puig sería pura belleza, ¿alguien se atreverá? 

GC: ¿Cómo sigue Todo Aira? ¿Hay nuevos proyectos o ideas vinculadas al archivo? 

DC: La obra de Aira es infinita así que tenemos Todo Aira para rato. Creo que el desafío es ampliar los campos de circulación y debate. Si no hubiera sido por la pandemia, tenía el proyecto de armar un debate sobre qué hacemos con Aira. Estoy convencido que todavía no tenemos dimensión sobre lo que significa para los lectores, escritores y el mundo literario en general su narrativa. Al igual que con Borges, la literatura después de él debió pensarlo y apropiárselo para poder absorberlo y superarlo. Con Aira en ese sentido todavía queda un camino inmenso. Por ejemplo, Ricardo Strafacce y Juan José Becerra han dicho que Aira es más que Borges. Sin afirmar tal cosa, lo que está claro es que tenemos algo grande por delante y nos debemos todavía una crítica. Existen comentarios críticos respecto de su obra que circulan, pero son marginales y todavía no han logrado cristalizarse en un argumento sólido. Como dicen algunos, Aira espera todavía su crítica. Desde Todo Aira pretendo impulsar todo debate rico y respetuoso que sirva para la literatura por venir. 


 

domingo, mayo 02, 2021

Las otras caras de Celia Paschero

 

Me encontré con el nombre de Celia Paschero y con su novela La salamandra mientras seguía algunas migas que conducían a Falbo Librero editor. Me llamó la antención esa tapa con la cara de Celia en diferentes perfiles, asemejando las de la luna, y en el centro ese animal alquímico y hermoso que habita las llamas del fuego. Con cierta facilidad encontré la novela en usados virtuales y realmente me deslumbró. Paschero escribía bien, La salamandra era un libro valioso y olvidado publicado en 1965, pero... ¿qué más podía saber sobre su vida y obra?

Entre el año pasado y este, logré armar algunos textos sobre Celia, sobre sus libros, sobre su entorno. También, con mucha felicidad, se reeditaron Muchacha en la ciudad y La salamandra y pueden conseguirse a través de los usados virtuales o en la página web de Celia Paschero. El número 2 del fanzine Golosina Caníbal presenta también fue dedicado a Celia.

En todo caso, para quien le interese conocer sobre esta autora sensible y lúcida, inteligente y pasional, van estos acercamientos primeros:

 

Estación Buenos Aires: un lugar en la vida de Celia Paschero

  

La vida de Celia Paschero fue una vida en tránsito. Autora de dos libros, Muchacha en la ciudad (1963) y La salamandra (1965), Paschero nace en Buenos Aires en 1928 y si bien sus primeros dos años los vive en Entre Ríos el resto de su infancia, adolescencia y juventud transcurre en la Reina del Plata. 

La ciudad de Buenos Aires, con sus barrios y su tráfico, con sus comercios y sus humores, con sus recorridos y vericuetos, atraviesan la escritura poética de Paschero.

Sigue en revista Invisibles.

 

Celia Paschero, una alquimista de la literatura argentina

 

¿Qué caminos nos llevan de retorno a una obra olvidada, a una historia de vida enterrada en el pasado? Entrar en una librería de usados, revolver las bateas buscando tapas y títulos que nos llamen la atención, comprar un libro sin referencias ni etiquetados, como quien apuesta en una ruleta cultural, es uno de ellos. Otro es la mención al pasar de un nombre, la lectura por casualidad de las solapas de un libro, una palabra o un apellido que se prenden a la curiosidad de los que amamos el papel impreso. Hay más caminos que nos conducen a una obra olvidada: caminos obvios o misteriosos, caminos directos o rebuscados. Por uno de ellos, llegué a la escritora argentina Celia Paschero y su novela, La salamandra.

Sigue en revista Be Cult.

 

Celia Paschero vuelve

  

La palabra rescate no se ajusta a la exhumación de un libro, queda corta y parece más bien comodín editorial o trabajo social. Reeditar un libro que hace más de cincuenta años que no circulaba, que se conseguía de casualidad y tras mucha búsqueda no es rescatar. Más bien se parece a la tarea del arqueólogo: se trata de buscar entre las ruinas del pasado, entre los rastros que la memoria fue dejando en las librerías de usados, entre las páginas de viejas revistas con nombres y títulos actualmente desconocidos. La reedición de La salamandra y de Muchacha en la ciudad, los dos únicos libros que la escritora Celia Paschero publicó en vida en los años 60, es un gesto arqueológico y nos permite entrar en un vida desconocida y fascinante.

Sigue en Perfil


jueves, marzo 04, 2021

Cavernícolas posmodernos. Entrevista a Héctor Libertella (1985)

En 2016, por los diez años de la muerte de Héctor Libertella, la revista Hispamérica, dirigida por Saúl Sosnowski, recuperó esta entrevista de Reina Roffé de 1985 por la publicación de ¡Cavernícolas! Para nosotros, lectores de Libertella, la entrevista es valiosa porque despliega lucidez, redes y continúa indagando en el trabajo con el lenguaje y en su triple condición de profesor, investigador y narrador. Dejo un parrafito introductorio de la revista de Sosnowski y luego va el intercambio entre Libertella y Roffé. Pasen y lean!

Cavernícolas posmodernos. Entrevista a Libertella (1985)

En esta entrevista, publicada el 27 de octubre de 1985 en el diario La Razón de Buenos Aires con motivo de la publicación de su libro de relatos ¡Cavernícolas!, en la editorial Per Abbat, Héctor Libertella, que ya había dado muestra de los significativos y originales aportes de su escritura a la narrativa argentina de esos años, habla del papel de la literatura en la era tecnológica, de otros autores destacados de aquel momento, y de algunas de sus búsquedas: escribir en castellano como si se tratara de una lengua extranjera o la instauración de un sistema que funcione “por desplazamientos”, en definición de algunos críticos. Sus saltos de la teoría a la ficción no se encuentran sólo en algunos de sus libros, sino que impregnan toda su obra. 

¿Existe, a su entender, una generación, un movimiento o una promoción de narradores actuales argentinos? 

Dentro de una gran familia no hay clasificación posible. A veces pienso que todos nosotros somos como robots que repiten una maqueta muy antigua. Recuerdo aquel poema de Borges, “El truco”, que dice algo así: “como las alternativas del juego se repiten y se repiten, los jugadores de esta noche copian antiguas bazas. Hecho que resucita un poco a las generaciones de los mayores, que legaron al tiempo que Buenos Aires los mismos versos y las mismas diabluras”. Y me hago entonces muchas preguntas: ¿Quién sigue hilando esa enorme tela gótica de Mujica Láinez? ¿Será acaso César Aira? ¿Por qué ese lugar tan disputado de Roberto Arlt no podrá ser ocupado por el menos pensado, por un narrador violento y “nato” como Fogwill? ¿Cómo reviven un Bioy o un Felisberto Hernández en esa prosa morosa de Luis Gusmán? ¿Y la piedra filosofal de Macedonio, sigue en manos de Osvaldo Lamborghini? ¿Cómo puedo decirte en diez segundos que con Saer hemos llegado a la madurez del hermano mayor? ¿Tengo el derecho de juntar en un solo grupo a Medina, Asís, Giardinelli o Lastra, sólo porque evoquen algún tipo de realidad? ¿Y en otro a Javier Torre, Rabanal, Sánchez Sorondo o Pichón Rivière, sólo porque evoquen algún tipo de conflicto íntimo? ¿De dónde sale y adonde va esa escritura atravesada de lecturas de un Martini Real? ¿Y las grandes sagas: Nicolás Casullo, Luis Wainerman, Mario Satz? ¿Acaso Marechal se prolonga en Wainerman? Y si nos atenemos a un solo modelo de narrativa, ¿Briante sigue siendo nuestro primer narrador? ¿Y los jóvenes: Gardini, Moledo, Landaburu, Pauls, Caparros? ¿Y las mujeres: Ana María Shúa, Liliana Heer, vos misma? ¿Aceptarán que los agrupe tan arbitrariamente? Tengo más preguntas y más preguntas: ¿Quién clasifica a Laiseca? ¿Y quién atrapa a los cambiantes Ricardo Piglia y Germán García, desde sus primeros libros a los últimos? ¿Y Emeterio Cerro, qué? Con esto te quiero decir que la literatura sigue siendo esa combinatoria de lecturas e inconsciente, y que es muy difícil para mí poner a cada uno de nosotros en una Cifra. Me parece más bien que nuestra generación es como una foto sobreimpresa a toda la tradición argentina, y nadie escapa de ese marco. Al fin y al cabo, una gran familia en un gran ejército de robots: todos cumplen órdenes secretas de no se sabe dónde, y todos terminan reproduciendo la cara de algún antepasado. 

Alguna vez Ricardo Piglia dijo que “…ya no se puede narrar a menos que uno sea inocente, y sin embargo la novela exige relato. Los mejores narradores son quienes conocen esa contradicción y tratan de resolverla”. En este sentido, ¿se siente imposibilitado para contar una historia? 

No me preocupa tanto la imposibilidad o no de contar una historia. Mi problema se da al revés: contar lo imposible. Me parece que eso podría definir aproximadamente lo que es ¡Cavernícolas! 

¿Cómo nace ¡Cavernícolas!

Empezó hace muchos años como una sospecha. La sospecha de que cuando hablamos (estemos en las situaciones más modernas o sofisticadas) siempre aparece un fondo muy antiguo en nuestra lengua. Como un comportamiento salvaje, una maqueta, un modelo que se permea por todas partes y agrieta lo que decimos. La posibilidad de hacer un libro así me daba una especie de furia: unas ganas de escribir con un cuchillo entre los dientes. Como si estuviera obligado a hacer la autobiografía de un energúmeno de la lengua. No fue fácil. Las primeras versiones eran demasiado realistas, muy “representativas” de esa situación. Escribí y taché, me cambié de países, dejé y retomé el proyecto hasta que por fin salió, “coaguló”, este volumen. Después vienen otros que sigo trabajando, y que ya tienen muchas correcciones encima. ¿Puede describirnos este primer volumen? Es casi imposible, porque no sé si describir la anécdota o el tipo de problema que ataca. Son tres relatos más o menos largos. 

Uno, "La historia de Antonio Pigafetta", trabaja explícitamente sobre la crónica. Es la primera vuelta al mundo, contada por el cronista de Magallanes. Un cronista tan dudoso de sí mismo que todo el tiempo está copiando crónicas ajenas para darle un poco de veracidad a lo que cuenta. Al final, esa técnica obsesiva termina vaciándolo como a un robot: ya no sabe quién es, y además perdemos de vista al mismo Magallanes y dudamos de que ese viaje se haya producido alguna vez. Y si ese viaje no existe, el mundo sigue siendo chato. 

El otro texto es “La leyenda de Jorge Bonino”. Ni qué decirlo, es el mismo cómico de la lengua que conocimos en el Instituto Di Tella en los años sesenta. Salvo que, en vez de hablarle a su público, Bonino ahora escribe su autobiografía. Y para escribir usa diccionarios, como un niño que está aprendiendo la “lectoescritura”. Se pierde todo el tiempo en las etimologías. Unas lo llevan a otras, y al final, en esa red, inventa cosas que nada tienen que ver con su vida. Es como la historia de una mentira: una lengua “inventada”, como la que inventó el Bonino real, que parece estar hablando de la realidad y no habla de nada. 

En el tercer relato, “Nínive”, todo pasa por la traducción. Son unos excavadores que saquean tablillas asirias para llevárselas a Londres o a París. Pero lo que ellos sacan son pedazos sueltos, medias tablitas, restos inconexos que sólo pueden descifrar a medias, con la ayuda de un turco pícaro. Finalmente, así penetra en Europa la cultura asiría: a los saltos, loca, fragmentada, un poco a las carcajadas del turco. En fin, me parece que en los tres relatos sobrevive aquel proyecto de hace años: como si la lengua viajara y se retorciera en distintas situaciones y en distintos momentos y aventuras. 

¿Puede adelantarnos algo de los próximos volúmenes? 

Bueno, estoy preparando algo que seguramente se llamará La librería argentina. La imagen me vino en Puebla, México, visitando la biblioteca palafoxiana, la biblioteca que el obispo Palafox se llevó a México allá por el mil seiscientos y tantos. Es algo completamente increíble: una sala abovedada con miles de libros latinos apretados en las paredes. Salvo que la sala tiene la forma exacta de un galeón, de un pequeño barco. Y yo pensé que eso era, justamente, la cultura argentina: un cargamento de libros traídos en el molde de un barco. Pienso en los jóvenes del Salón Literario de 1837, esperando ansiosos en el puerto de Buenos Aires la llegada de uno de esos cargamentos. Pienso también en todo un país que ha esperado libros para devorárselos y después traducirlos, interpretarlos y hacerlos circular. También preparo algo que imprecisamente se llamará Dibujos de la piedra animada. Es un extraño baño, con las paredes llenas de garabatos, en una hostería en Misiones. Pero el baño tiene una clave hermética: es un teatro de la memoria que dejaron los indios guaraníes, como si fuera un “ayudamemoria” para las generaciones futuras. Y entonces tendré que pegarme el tono guaraní, quebrar su fonética, contaminar por todos lados la lógica castellana con esos “ruidos” guaraníes para ver si yo también descifro qué dicen esas paredes. Y hay otros diez o doce relatos en camino. Por lo visto, como usted mismo sugiere, parece un proyecto para toda la vida. 

¿Eso no le impide escribir otras cosas? 

No, para nada. Pronto termino una novela corta, El paseo internacional del perverso, que se construye superponiendo a un abuelo con un padre, un hijo y un nieto. Como si la vida de un hombre fuera eso, un instante inconsciente donde se achican todos los tiempos y uno queda superpuesto o sobreimpreso con todos los de su sangre. Como si, para mí, ése fuera el relato familiar más verdadero del mundo: un bebé muy viejo, que viaja por la banda negra del sueño de su familia, y va dejando por aquí y por allá lagunas, vacíos y olvidos que los demás llenarán. También termino un ensayo literario sobre autores o problemas de literatura en América Latina: Escritores, literatos y patógrafos. Es decir, los tres lugares donde van cayendo ciertas escrituras. Los distintos lugares de una cadena que va del pathos o carácter a la pasión, después al padecimiento, y por último a la patología, enfermedad o morbo de la letra. Y sigo adelante con La muerte lingüística, un estudio sobre el comportamiento de las vanguardias y las escrituras herméticas frente a lo que yo llamaría el Sistema Normal de la literatura. Para este libro me vale mucho el trabajo de investigación que estoy haciendo en el CONICET, precisamente con un objeto que son las escrituras herméticas en América Latina. 

¿Cómo se puede conciliar el trabajo de ficción con la actividad académica y la investigación? 

Son tres momentos. El profesor difunde un saber y lo hace sobre la escena de ciertos interlocutores presentes. El investigador construye objetos teóricos de acuerdo con su estructura conceptual que le dicta su método. El escritor de ficciones se deja hacer en una rede de inconsciente y lecturas. Enseñar, investigar y escribir ficciones, simultáneamente, puede no ser tan complicado. Me parece que hay que poner un acento patólogico en cada caso. Como ir definiendo las pasiones dominantes en cada uno de esos momentos. Sólo tengo miedo de que esta actividad, en un circo de tres pistas, termine agotándolo a uno más rápido de lo que parece. 

¿No existe el peligro de que unas actividades influyan en las otras? ¿De que sea demasiado creativo como investigador y demasiado teórico como narrador? 

No creo. Puede haber préstamos, transferencias disimuladas, yo qué sé. No quiero saber nada sobre esto. Sólo pienso que uno trabaja con la garantía de una enorme tarjeta de crédito atrás, que es la Cifra de cada uno; su combinatoria inconsciente pura, y la obsesión. Se trata de rotar y girar por esas actividades como una especie de “entrenamiento de la posición”, una “práctica de los lugares”. No sé si soy claro. 

¿Y cómo ve a la Argentina, a la cultura argentina, a la literatura argentina después e su regreso? 

No voy a decir que es otro país. Quiero decir que yo me estoy transformando aceleradamente al verlo. Para poder sobrevivir pensando, sólo me estoy aferrando a ciertas ideas. Sobre todo a la idea de “posmodernidad”, que aquí recién empieza a discutirse entre algunos grupos. Me parece que la posmodernidad llegó a la Argentina sin que nadie se dé cuenta. Sería como la llave para entender cosas que algunos no pueden, sólo porque siguen aferrados a la lógica de los años sesenta. No sé cómo explicarlo: se está produciendo un violento contraste entre algo muy antiguo y algo muy del futuro. Un choque eléctrico que deja entre paréntesis nuestras formas de pensamiento de hace dos décadas. Como si nuestras discusiones, nuestras pasiones, nuestro estilo de querer construir o disentir hubieran caído en una especie de abismo. Y como si no hubiéramos armado todavía la red que pueda protegernos del golpe de esa caída. Estoy leyendo de todo, para deshilar el problema desde distintos lados: Habermas, Lyotard, Jameson, Baudrillard. . . En fin, estoy tratando de armar “mi red personal”. 

¿Pero quién es el hombre posmoderno? 

Bueno, posmoderno es un hombre muy antiguo que tiene en sus manos un aparato hipersofisticado, una máquina del futuro. Es un cavernícola que atrapa a su presa con un finísimo rayo láser. Durante diez años, aquí tuvimos a esa clase de hombres. Es un Ello atravesado y armado por los lenguajes del mundo postindustrial. Un orangután con casco ultrasónico: un Mad Max. Por él no pasan las ilusiones del humanismo: es un pozo ciego donde se pierden Freud, Marx, las socialdemocracias y todas las ideas de construcción y cambio que nos habíamos armado desde hace décadas. Un robot desgarbado que nos mira con ojos vacíos, y en el que ya no reconocemos la vieja pasión de aquel argentino típico que conversaba y discutía en los cafés de Buenos Aires. Para decirlo con otras palabras: aquel argentino era un apasionado, un “pasional”. Éste es un joven patógrafo que, cuando habla, habla parco, con gestos, con señales sueltas. Deja marcas, sin que esas marcas se me organicen todavía como mensaje. 

Para terminar, sé que en estos días usted ha regresado de un congreso de escritores, realizado en las Islas Canarias, y que su ponencia versó sobre "vanguardia y posmodernidad " en la literatura. ¿Cómo se da lo posmoderno en ese terreno? 

Ese traslado a la literatura no es fácil. Creo que anida en una vertiente de las vanguardias y en ciertas formas patográficas como la afasia, el grafismo, el idiolecto, el hipergongorismo, el arcaísmo, la hermesis verbal, el neo-neobarroco. Es decir, en aquellas formas “brutas”, puras, de pura regresión, que también dejan un poco entre paréntesis toda una reflexión moderna sobre el texto. En cambio, hay otra vertiente de la vanguardia, Sor Juana, Lezama, Octavio Paz, Severo Sarduy que, por venir de un tronco común hermético, muy antiguo, se muestra como indiferente a estos problemas de modernidad o posmodernidad. Frente a esta polémica, ellos son prescindibles. Siguen funcionando como la oposición ilustrada. 

Fuente: Hispamérica, n. 134, año 45, agosto 2016, pp. 61-66.

martes, febrero 23, 2021

Boom Boom Borges o la distorsión multiplicada

¿Qué hacer con Borges en el siglo XXI? Ver Boom Boom Borges, es una opción. Dirigido por Ignacio Bartolone, autor de las obras Piedra sentada, pata corrida, La piel del poema y La madre del desierto, y con producción de Lucera tv y La espada de pasto y actuaciones de Julián Cabrera (Borges) y Cristian Jensen (Soler Serrano), se trata de un ejercicio de distorsión teatral, un remix siniestro de una famosa entrevista en la televisión española en los años 80. El video está a continuación y le siguen algunas preguntas gentilmente contestadas por Nacho Bartolone.

 

Golosina Caníbal: ¿Cómo surge la idea de “Boom Boom Borges”? 

Ignacio Bartolone: El material tiene una versión escénica preexistente que llegamos a hacer una sola vez en vivo para un festival de escenas teatrales en Librería Mi Casa. En ese momento, la situación resultante fue muy distinta ya que lo que se puso por delante, o lo que terminó resaltando, fue la eficacia casi sobrenatural de ambos actores, Julián Cabrera y Cristian Jensen, para representar, desde una exquisita fonomímica, la escena de la tan mentada entrevista. El mito fundacional del boom boom, ya que vamos a hablar de Borges hablemos en términos de cómo se lo narra a Borges, encuentra su origen en la intención de postproducir algún hecho borgeano y quizás sea mucho decir esto, pero la operativa resulto siendo una estrategia intrínsicamente borgeana: desplazar algún elemento preexistente hacia un nuevo contexto y otorgarle de esta manera una nueva significación y una nueva forma de lectura. Todo esto sumado a que todavía estaba fresca la penosa situación que Kodama llevó adelante contra Pablo Katchadjian, me hicieron renunciar a su literatura a cambio del último género que el maestro practicó con genialidad: las entrevistas. 

GC: ¿Cómo circuló y qué recepción tuvo en el público? 

IB: Invitados por el genial ciclo de música experimental, tan experimental que incluyeron esto en su programación, Mínimo un lunes, nos pusimos en contacto con los amigos de Lucera tv y decidimos juntos transformar el número vivo en un infierno de televisión alucinada. Filmando con los Lucera, además de permitirnos hacer algo en medio de la desolada pandemia, la escena ganó distorsión, enrarecimiento y una plasticidad que remite tanto al videoarte como a la involuntaria psicodelia de cierta televisión de cable que supo ser amparo y chupete de muchos los que trabajamos este proyecto. El toque final lo dio el compositor Valentin Pelisch que desarmó, ecualizó y mejoró el ya deformado audio con el que trabajamos. 

GC: En el video parece haber una apuesta por la distorsión y una mirada siniestra, ¿hay un trasfondo más amplio en el que se inscribe? 

IB: Quizás haya un efecto siniestro que convive a la par de cierta comicidad de mueca rota. En definitiva, tanto La espada de pasto (en IG, @laespadadepasto) como Lucera Tv (@luceratv), se toman muy a pecho la divisa que el maestro Leónidas Lamborghini nos dejó: Asimilar la distorsión y devolverla multiplicada.

miércoles, febrero 10, 2021

Krysha Bogdan. La pesada de la danza

Hace unos días me enteré del fallecimiento de Cristina "Krysha" Bogdan. Meses atrás, recuperé este perfil escrito por Hugo Tabachnik sobre esta genial música, humorista, bailarina y quien fuera también pareja de Miguel Abuelo, compañera artística de Bonino y del Grupo Lobo, entre otras aventuras. Para despedirla con afecto, paz y amor, digitalizo esta breve entrevista publicada en Cerdos y Peces, n. 1, realizada por Enrique Symns en agosto de 1983 (agradezco el dato a Aldana Perazzo, gran lectora y amiga del blog, a quien pueden seguir en IG bajo el nombre @recomendacioneslibreras). 

¡Salú, Krysha! ¡Que sigas tocando tu acordeón con gracia y arte donde quiera que vayas! 


KRISHA BOGDAN. La pesada de la danza 

Nacida en Gran Bretaña, pero de origen polaco, recibe de su madre, oralmente, toda la tradición de la poesía y el teatro polaco. En 1967, integra junto a Robertino Granados y Carlos Trafic el ya legendario “GRUPO LOBO” en el Instituto Di Tella. Viajó por todo el mundo, aprendiendo y trabajando en cada pueblo y ciudad, regresa a la Argentina a fines del año 1980 y desde entonces recorre la ciudad transformando una plaza, un pabellón del Borda, una fiesta de rock o un recital en un escenario para sus desconcertantes puestas. Actualmente ha formado un grupo llamado “LA PESADA DE LA DANZA” junto con Ana Benegas y Susana Pozner, un grupo de Rock Femenino con características muy especiales... 

¿No resulta medio “pesado”, eso de “la pesada de la danza”? 

Es en realidad una contrapropuesta a la danza tal como está planteada en la Argentina. Es pesada porque no tiene límites estéticos, porque puede entrar todo tipo de movimientos: el trabajo con el horror, con lo feo, con lo agresivo, con el humor... 

En qué otro sentido ¿se diferencia de la “danza oficial”? 

Hacemos las cosas a pesar de todo, a pesar de que no haya medios económicos, que no haya espacio, que haya censura, nosotras sacamos la danza a la calle... 

Pero hay cosas que hacés que son bastante fuertes, como esa ranchera en donde el personaje dice todo tipo de palabrotas; ¿cómo reacciona la gente ante una propuesta tan fuerte? 

Con humor, reacciona riéndose porque la propuesta se plantea desde una figura inocente, muy simple que larga palabrotas y ante esa contradicción entre texto e imagen, la gente reacciona con humor, no es un trabajo agresivo. 

Trabajás mucho con el humor... 

Con el humor, con lo poético, lo tragicómico y por sobre todo con la improvisación. Ahora incorporé la “palabra significativa”. Antes yo trabajaba con “sanata” que es un idioma hablado en ningún idioma, la gente trataba de entender lo que decíamos hasta que se daba cuenta que no hablábamos nada. Es una técnica que usaba Bonino en su conferencia “Bonino aclara ciertas dudas”. Cuando volví a la Argentina, me reencontré otra vez con el significado, con el decir cosas... 

Lo tuyo es algo así como “Danza Callejera”, contame cómo es esa experiencia de trabajar en espacios no convencionales... 

Empecé hace dos años y medio en los café concert ya que eran el único espacie desde donde se podían comunicar ideas nuevas, no había nada en ninguna parte. Dejé el teatro, me interesé por el público de música que es un público más flexible, más joven de cabeza, más receptivo. La primera experiencia fue en el Parque Lezama en “Encuentros en el Parque” y fue extraordinario porque allí había vecinas, niños, intelectuales, de todo... fue una verdadera fiesta, la gente superrecibió lo que hicimos... 

Hiciste una experiencia muy interesante en la Rural, en la fiesta que organizó Pan Caliente y en donde yo te eché del escenario...

 (Risas) Sí, nos echaste pero no te hicimos caso y seguimos porque el público pedía que nos quedáramos, el público siempre tiene razón... Otra cosa muy interesante fue lo que hicimos en el Hospital Borda. Lo hice con un percusionista y con Claudia Schvartz. Logramos que bailaran los pacientes que podían bailar y que aplaudieran los que podían aplaudir, porque había otros que no estaban ni para eso, pero el mayor logro fue hacer bailar a los psicólogos que tenían un miedo terrible... ellos tenían miedo de que los pacientes se “zafaran”, pero fue impresionante terminaron cantando “Popotitos” y bailando todos juntos, después nos comentaron que ese día se habían abierto pacientes que llevaban meses de mutismo... 

Has recibido opiniones técnicas de gente “entendida" en danza... 

Pocas, pero no hay forma de que me critiquen porque yo tengo mucha técnica. Me critican si la cosa está “bien puesta” o no, si está bien dirigidita, pero justamente mi dirección pasa por la no-dirección ya que esa es la mejor dirección y con la puesta yo hace rato que no trabajo ni con luces ni con escenografía, aprovecho la luz que haya y las cosas que haya en el lugar... 

Pero sí te ocupas mucho del vestuario... 

Sí, para mí el vestuario es un instrumento, yo con el vestuario hago una creación, por ahí me encuentro algo en un tacho de basura y con eso me invento una nueva historia, me interesa sobre todo lo visual, la cosa del disfraz, del carnaval, del color y la alegría. 

Trabajás solamente con mujeres, tiene características feministas tu espectáculo. 

Claro, somos feministas, pero aquí en la Argentina, tal como está planteado el feminismo somos anti-feministas. Somos feministas en el sentido que nos reunimos mujeres a hacer algo juntas y nada menos que rock que es un hábito sólo de hombres. Excepto Rouge no hay un grupo de mujeres haciendo rock, vamos a hacer rock onda años 59, rock bien cuadradito con gags musicales de humor y danza. En todo caso el nuestro es un feminismo underground y pasa por una actitud vital más que por una declaración de principios... 

Enrique Symns 

Fuente: Cerdos y Peces, año 1, n. 1, suplementos de El Porteño, agosto de 1983, p. 15.

 


 Y de yapa, una performance de Krysha en 1990:

martes, febrero 02, 2021

La desaparición. Sobre Renée Cuellar (Ariel Luppino)

En La risa (2020), Ariel Luppino recopiló una serie de lecturas condensadas sobre autores y obras que, como obsesiones, asedian sus novelas y sus libretas. ¿Se puede decir algo nuevo sobre Osvaldo Lamborghini o sobre Manuel Puig? ¿Qué recovecos de la escritura de Pizarnik falta recorrer? ¿Hay algo que valga la exhumación de Marcelo Fox, de Ricardo Colautti o de J. R. Wilcock? ¿Qué hacemos con la literatura del siglo XX desde el siglo XXI? Los textos críticos breves de Luppino, antologados en esta edición artesanal y antes publicados en las redes sociales, responden con lúcida acidez estos interrogantes. 

El punto de partida es una frase, una anécdota, un detalle. A partir de ahí, Luppino lee. En espiral. Cada lectura de La risa es una pequeña máquina de lectura. Una carcajada. Una carcajada en la Gran Llanura de los Chistes. Y esas carcajadas dicen más que largos papers en pdf o tediosas conferencias en Youtube...

Todo este rodeo es para decir que el texto que sigue sobre Renée Cuellar, sobre la negra Renée, podría haber formado parte de La risa. O podría formar parte de una continuación: ¿El chiste? ¿La carcajada? Quedará para el futuro recopilador decidir el título de la segunda parte de La risa y ver si incluye o no esta hermosa anécdota en espiral sobre nuestra querida negra Renée, reina de la contracultura porteña, artista del borde.

La desaparición (Ariel Luppino)

Renée me contó que una vez le dieron una obra a la dueña del Hotel Melancólico. Renée había pintado un Spilimbergo. Y cuando la dueña del hotel lo llevó al Banco para que le dijeran si era auténtico los peritos le dijeron que sí. Que lo había pintado Spilimbergo. Renée sabía -porque lo había averiguado- que Spilimbergo bebía vino mientras pintaba. Entonces ella compró el mismo vino y se puso a pintar su obra. "Para pintar como Spilimbergo yo tenía que ser Spilimbergo. No me quedaba otra", me dijo Renée. Querían quedarse en el Hotel Melancólico. Pero tenían que pagar una deuda. Entonces se les ocurrió pagarle a la dueña del Hotel con un Spilimbergo. Pero para eso necesitaban un Spilimbergo. Y Renée había estudiado siete años en el Bellas Artes. Según ella, era como estar en un colegio de monjas. La hacían pintar obras de otros como un ejercicio. Dicen que era la mejor para hacer eso. Pero a ella no le gusta que digan que era la mejor falsificadora. Y yo entendí por qué. Yo me di cuenta de qué es lo que buscaba Renée. Renée buscaba ser otro a través de la técnica. Buscaba llegar a ser Berni, Spilimbergo, Pettoruti... Ser todos los pintores argentinos. "Yo los hice a todos". Pero no copiaba ni recreaba porque cada obra era única. Eso es el arte. Esa es la enseñanza de Renée. Y por eso desapareció. Porque ella no era ella. Ella ya era todos. Quizás vemos un Berni y estamos viendo una obra de Renée. "Yo les vendí obras de otros a todas las galerías". Pero esa obra de Renée es auténtica porque Renée llegó a ser Berni para poder pintarla. "Ahora me gustaría pintar a los primitivos para tener la experiencia que tuvieron ellos. Hacer ese camino. Pero yo estoy loca. Estoy convencida de que puedo pintar a todos. Si quiero, yo puedo pintar a Botticelli". "Yo sé técnicas que nadie conoce. Las descubrí yo sola". "No se trata de conseguir los mismos materiales ni de copiar una obra sino de descubrir la técnica. Para mí no era recreación sino hallazgo".

martes, enero 12, 2021

El pino de Navidad, por Valentín Fernando

La narrativa de Valentín Fernando sigue siendo un camino por redescubrir en la literatura argentina. En los últimos años, la editorial Astier Libros ha reeditado Desde esta carne (1952) y El día de octubre (1967). La primera, una novela sobre la ciudad y la violencia; la segunda, una nouvelle sobre el amor y el aborto en el 17 de octubre. Fernando trabaja desde un estilo realista con toques existencialistas y arltianos. La lectura de cualquiera de sus novelas felizmente reeditadas da ganas de seguir leyendo su obra.

Por eso, hace bastante tiempo tenía ganas de exhumar este relato que sigue titulado "El pino de Navidad" y publicado en revista Sur en 1952. Ese pino que arranca pequeño y que con el correr de las líneas se cierne sobre Ezequiel y sus padres es un acierto metafórico y trae resonancias de la casa tomada cortazariana. Pero, bueno, léanlo y me cuentan. Y volvamos a Valentín Fernando, otro autor para seguir mapeando la literatura argentina.


 

El pino de Navidad (Valentín Fernando)

Para Alberto Tallaferro. 

 

Como de costumbre comieron en silencio, mientras la madre iba y venía de la cocina al comedor, habilitado excepcionalmente en los días de Navidad, Año Nuevo y los cumpleaños, haciendo ruido en la cocina con las cacerolas, gritándole al chico porque no había comido toda la sopa, y al padre porque leía el diario en la mesa y se había sentado sin lavarse las manos. 

—Ustedes dos —dijo— parecen hermanos mellizos. 

Ezequiel miró al padre. Formaban una pareja rara. No era algo definitivo, pero tenía la sensación de que su madre era grande, doble, demasiado fuerte, mientras que el padre, con la calva brillosa, era la imagen opuesta dentro de su silencio, siempre detrás de aquellos anteojos gruesos que hablaban constantemente cuando miraba cara a cara, detrás de los círculos concéntricos que tenían en el fondo dos puntitos negros que parecían nadar y suspirar quedamente. Cuando comían la compota de orejones, que era el postre de los festejos, el padre le dijo con una sonrisa apagada, tímidamente: 

—Te traje un regalo, Ezequiel... 

—Si no es su cumpleaños... —dijo la madre levantando la cabeza sorprendida. 

—Pero hoy es Navidad... —agregó aún más bajo, sin mirarla—. ¿Y qué le trajiste? 

—Un arbolito de Navidad. 

En los pequeños ojos oscuros de Ezequiel hubo un brillo intenso pero fugaz, como si fueran dos lustrosas uvas negras. En seguida, padre e hijo se levantaron casi a un mismo tiempo y salieron al patio. Contra una pared, apoyado sobre el suelo, envuelto en una base redonda de arpillera, descansaba un pino de Navidad que casi llegaba a la cintura al chico; y mientras el padre se arrodillaba para sacar el trapo que ocultaba la raíz, a Ezequiel empezó a latirle apresuradamente el corazón. La raíz quedó al descubierto, rodeada de un barro marrón, negruzco, como aquellas botellas que había visto en la vidriera del almacén. Sin querer se acercó al arbolito y tocó sus pinches verdes, y casi tembló de alegría porque no eran de papel como el que esa noche estaría sobre la mesa, en la fiesta de Leo. 

La madre, detrás de ellos, gritó: 

—¿Te has vuelto loco? Aquí no hay macetas, y es un árbol y va a crecer. 

—Lo plantaremos en este patio —respondió el padre sin volverse, y continuó trabajando arrodillado junto al árbol. Ezequiel se asustó porque la voz del padre era seca, rabiosa, como cuando se peleaba con la madre, pero sin embargo permanecía tranquilo, no tartamudeaba y hasta parecía que no aguardaba la respuesta ni el consentimiento de ella para realizar el proyecto. 

—Sos un ... —dijo abalanzándose sobre la espalda encorvada del padre, pero éste se volvió adivinándola y le clavó los ojos miopes, duros, y la paralizó hasta hacerle caer los brazos laxos a lo largo del cuerpo. El padre agarró el pino por la base sin pinches, como si fuera un hermoso pollo gordo, y mientras lo miraba contento dijo: 

—Claro que crecerá —miró al hijo—. Será un hermoso árbol de Navidad. Y es tuyo —agregó. 

Lo dejó otra vez sobre el suelo y desapareció por un instante en el interior del comedor. La madre parecía mirar la nada, con la boca entreabierta como una tonta, pero de pronto Ezequiel temió que se desquitara con él y lo zarandeara de una oreja. En seguida, el padre regresó trayendo un martillo. 

—Vamos a romper cuatro baldosas —dijo—. ¿Dónde lo plantamos? —preguntó volviéndose hacia el chico, que vaciló un instante y luego, con el pequeño brazo extendido, señaló el centro del patio, donde los mosaicos hacían un suave declive en hondonada. 

La madre se asemejaba a una estatua de sal mientras el padre rompía violentamente las cuatro baldosas que había señalado Ezequiel. Golpeaba con rápidos sacudones que hacían temblar el patio. 

—Vecina, ¿sucede algo? —preguntó una voz de mujer desde el otro departamento. 

—No, no pasa nada ... —respondió con la mirada siempre ausente. 

La mezcla rosada grisácea quedó al descubierto debajo de las baldosas, y sin descansar el padre comenzó a deshacer la dureza del concreto. Al rato le dijo a Ezequiel: 

—Traé una pala. 

El chico obedeció alegre. Entonces el padre pudo amontonar los cascotes en un rincón del patio y Ezequiel vio aparecer la negrura de la tierra húmeda. 

—Sirve —dijo el padre—, pero tenés que cuidarlo —Ezequiel asintió contento—. No podés quejarte —se dirigió a la esposa—, te dejamos el patio tan limpio como si no hubiera pasado nada. —Después, con la pala, se puso a escarbar la tierra negra y al poco tiempo había cavado un pozo mediano. Agarró el pino y lo metió dentro del pozo recién abierto, dejándolo erguido—. Ayudame —le pidió al chico—, meté la tierra con la pala y pisotéala. 

Ezequiel se afanó como si se tratara de conjurar algún peligro inminente. Trabajó febril durante unos minutos llevando una y otra vez paladas de tierra negra que fue colocando alrededor del árbol, y por fin ambos la apisonaron con decisión. El árbol quedó inmóvil, erguido, de pie en medio de aquel patio de mosaicos; lo miraban sonrientes y la madre seguía sin movimiento, súbitamente paralizada. 

—Ya está —dijo el padre—. Ahora cuidalo —el chico asintió—, y cuando vuelva del trabajo lo terminaremos de arreglar —agregó al mismo tiempo que miraba a la mujer como si la estuviera castigando con sucesivos latigazos. 

Cuando el padre se fue, se metió silenciosa y encorvada en la pieza y después de un rato se la oyó haciendo algo en la cocina. Ezequiel quedó con los ojos imantados en aquella forma de pirámide cónica. Se acercó una y otra vez pero no mucho, y lo miraba desde lejos como si tuviera miedo. Se animó a tocar los pinches, que parecían crines verdes, de caballo. El pequeño tronco era de madera tibia. Era un arbolito de verdad y crecería, porque la tierra era negra y lo regaría todos los días sin olvidarse. En ese instante, el sol caía con la reverberación de la tarde que se alejaba del mediodía. Una franja ancha y amarilla cruzaba el patio en diagonal y abrazaba el contorno entero del pino. Tenía un color muy hermoso. Se alejó un poco para verlo mejor. Sobre el verde oscuro de los pinches caía una franja de luz y el color se atornasolaba de anaranjado, de azul, de verde más claro y de amarillo, y el viento, al mover las tiernas ramas extendidas a los costados, las convertía en lingotes de oro que quedaban suspendidos en el aire, en monedas y gotas de oro que colgaban con su luz instantánea y desaparecían rápidamente cada vez que cambiaba la dirección de la brisa. 

Ezequiel sonrió y pensó que jamás se había sentido tan feliz. 

La tarde se había aligerado del bochorno que estalló hacia el mediodía. Un viento suave y fresco corría por el patiecito. Ezequiel nunca había visto una maravilla semejante. Arrinconado en una punta del patio, sentado sobre las frescas baldosas, se quedó mirando absorto cómo las ramas y los pinches blandos se doblaban a la menor presión del viento. En el instante en que el sol lo abrazó como una llamarada, se convirtió enteramente en un árbol de oro, y aunque el tronco era marrón la luz irisada barnizó con tal intensidad el verde oscuro de los pinches que se derramó a sus costados brillando como un tálamo enjoyado; y en el centro del patio, erguido cada vez más como si el viento lo hiciera crecer prodigiosamente, se levantó una vivísima fogata que hacía un dulce daño a los ojos. No escuchó ningún ruido en el departamento. Algo había cambiado porque a la madre no la veía por ninguna parte. Tenía la costumbre de limpiar la casa y baldear después del almuerzo, pero ahora parecía haber enfermado o enmudecido de una manera extraña, y entonces un hermoso silencio caía sobre las cosas. Pero podía ser que el pino la hubiese atemorizado. Se había quedado como muerta cuando el padre había ido en busca del martillo. Ezequiel creyó que había perdido súbitamente fuerzas, y que una debilidad comenzaba a socavarle el cuerpo robusto y terminaría por arrugarla como a una seca pasa de uva; o quizás durmiese, pero no podía ser porque no descansaba durante todo el día; y la puerta del departamento estaba abierta y él podía salir cuando se le diera la real gana, y nadie le impedía que fuera a jugar al baldío con los otros chicos, que saliera a la puerta de calle cuantas veces quisiese y que dejara los deberes sin hacer. Aquella voz agria que siempre le mandaba comprar manteca o un carretel de hilván había desaparecido tan mágicamente como el pino que ahora veía delante de sí, agitado suavemente por una brisa que desparramaba sus gotas como en una siembra. Y se sentía dueño del patio y hasta del cielo, y además era suyo aquel pino verde y pequeño. 

No sabía porque le gustaba tanto mirar hacia el cielo, pero nunca había podido hacerlo porque siempre ella le interrumpía ordenándole algo con su voz agria, o sino pegándole por algún delito que Ezequiel no consideraba delito. Alzó los ojos al cielo. Cisnes blancos nadaban despaciosamente en un lago azul. Al bajar la mirada hacia el arbolito vio algo insólito. Bruscamente se levantó y quedó inmóvil. Se acercó con cautela. Aquello era increíble. ¿Acaso antes no le llegaba hasta la cintura? Pero era cierto, y no era un animal de manera que no podía morder. Era el mismo pino que antes había tocado para sentir que sus pinches no eran de papel, y seguía clavado en la tierra y el tronco era marrón, y las ramas y el cuerpo cónico se extendían a sus costados como si fuera un espantapájaros de múltiples brazos. Pero tuvo que alzarse en puntas de pie para alcanzar las ramas superiores, ya que el arbolito sobrepasaba su propia estatura. 

Fue hasta la cocina y regresó con un balde lleno de agua. ¿Tal vez sería necesario regarlo para que no creciera tan rápidamente? Se sintió culpable. ¿Y ella, cuando saliera al patio, qué cara pondría? Pero no estaba atemorizado porque la madre había perdido la facultad de castigarle, y aunque estuvieran solos no se atrevería. Al atravesar el dormitorio la había visto acostada. Parecía dormida, como cuando le dolía la cabeza o se encerraba a oscuras con esos terribles ataques de hígado, que luego descargaba sobre Ezequiel o el padre. 

Humedeció el pequeño cuadrado de tierra negra y después se alejó un poco para verlo. Era mejor que creciera rápidamente y llegase a ser fuerte como los paraísos que bordeaban la calle, porque así sería imposible que lo trasladaran de aquel patio y podría hundirse cada vez más poderosamente debajo de las baldosas y nadie tendría la fuerza necesaria para arrancarlo. Se sentó otra vez en un rincón del patio y se abrazó las piernas encogidas. Los otros chicos podían jugar cuánto quisieran con las bolitas y a la pelota que no le importaría nada. Nadie tenía un árbol como ese, un pino de verdad que crecía tan increíblemente que podía verlo conquistar cada vez más aire en busca del cielo. Los otros tenían juguetes y pelotas de goma, pero era muy dichoso en medio de aquella soledad, con el silencio cruzado sólo por la brisa que agitaba cada vez más las espinas tiernas. Dos o tres veces se levantó para humedecer la tierra negra, y cada vez lo acariciaba suavemente como si creciera la certidumbre de un lomo, de un manso animal. La última vez había comparado su altura con la del padre, y cuando la tarde declinaba con una curva tierna vio que la parte más alta sobrepasaba ya el pequeño paredón que lindaba con el corredor. ¿Qué sucedería con los vecinos?, se preguntó. Una risa alegre brotó de su garganta y el cuerpo entero se le llenó de cosquillas hasta hacerlo vibrar como un columpio. La gente se asustaría, sin duda, y tal vez se enfermaría como la madre que seguía recostada sin dar señales de vida. Volvió a reír al pensar que sólo el padre y él estaban en el secreto, únicamente ellos sabían cuál era el misterio de aquel pino. Pensó que si los otros chicos miraran al pino saldrían corriendo asustados, y las mujeres se tomarían de la cabeza, y en toda la casa de departamentos se armaría un batifondo de los mil infiernos, como cuando robaron en el que daba a la calle y vinieron el vigilante y el comisario y las mujeres se pusieron a gritar como si hubiese ocurrido un cataclismo. Y ahora que estaba solo y que en el departamento la violencia de la madre se había apagado, podía mirar libremente el cuadrado de cielo que se veía desde el patiecito. Los cisnes viajaban mansamente y a veces se transformaban en copos de nieve, en campos de algodón en flor, en pájaros enormes cubiertos de una liviana escarcha, en castillas de arena blanca que se levantaban y deshacían hasta transformarse nuevamente en cisnes blancos deslizándose sobre un agua muy azul. 

La tarde se fue haciendo en el cielo, y al desaparecer el sol el pino creció encorvándose hacia las paredes de las piezas. Debían haberlo previsto clavando una estaca para que el peso de las ramas no doblegara al pequeño tronco, pero observó que el árbol se doblaba naturalmente sin caer hacia abajo, y hasta parecía que buscara apoyo por fuera en las paredes del comedor, tomando la forma de uno de esos semi-arcos de ligustro que había a lo largo de los senderos rojos del Rosedal. Y se quedó horas sentado en el patio con las piernas encogidas, apoyando la cabeza sobre las manos. El cielo se había oscurecido sin violencia y fue pintándose hasta convertirse en un terciopelo azul marino, y cuando el padre regresó alguien había mojado un pincel en agua de plata y lo había deslizado por aquélla superficie intensamente azul: era una maravillosa noche estrellada de Navidad. 

Cuando el padre apareció en la puerta, miró el pino y le dijo a Ezequiel: 

—Es lindo, ¿verdad? —el chico asintió sonriente—. ¿Dónde está mamá? 

—Está acostada, parece que tiene dolor de cabeza. 

—¿Dolor de cabeza? —Quedó en silencio como si repitiera la pregunta para sí mismo, y de pronto gritó—: ¡Quiero comer!... 

Se escuchó el ruido de unos pasos en el interior de las piezas. La madre apareció lentamente, arrastrándose sin decir nada hacia la cocina. En seguida cenaron sin hablar, como antes, durante el almuerzo, sólo que ahora padre e hijo se miraban y sonreían cuando la brisa golpeaba afuera y las ramas del pino sollozaban como un niño. 

—¿Invitaste a los vecinos? 

—Sí —respondió la madre. 

—¿Cuándo vendrán? 

—A las diez. 

—¿Enfriaste las botellas? 

—La voz del padre era dura, seca. 

—Sí... 

Cuando el viento soplaba en el patio, el ruido de un bosque enmarañado llegaba hasta ellos. Terminaron de cenar y el padre se puso a leer el diario y la madre no refunfuñó porque podía entrar alguien y encontrarle de entrecasa. Ezequiel volvió al patio y miró absorto pero tranquilo la altura que ya tenía el pino. Observó que la extremidad parecía una cabeza redonda y sonrió porque tenía toda la apariencia de un animal, de algo vivo con ojos, nariz y boca. Oyó que alguien se acercaba por el corredor. 

—Ahí vienen los vecinos —le dijo al padre y rió gozosamente. 

El matrimonio apareció en la puerta del departamento y ambos, instintivamente, se cubrieron los rostros con los brazos, protegiéndose de algo, y después, con cautela, espiaron con el rabillo del ojo aquella sombra gigantesca que se alzaba confusa. La mujer dio un grito y cayó hacia atrás, y el marido apenas si pudo sostenerla y arrastrarla hacia el corredor, mientras mascullaba algo incomprensible. En seguida en el departamento de al lado se oyeron sollozos, gritos e insultos, y entonces Ezequiel y el padre volvieron a mirarse y a sonreír. 

—La cerveza ya debe estar helada —dijo el padre con tranquilidad—. ¡Traé las botellas y las nueces! —le gritó. 

La madre puso un inmaculado mantel sobre la mesa, trajo un plato lleno de nueces, vasos y las botellas de cerveza. En silencio se sentaron a la mesa. Sólo se escuchaba el crujido de las cáscaras al partirse y el burbujeo del líquido al ser vertido en los vasos. Pero bruscamente los tres quedaron quietos y mudos, mirándose sin hablar, paralizados en el gesto que realizaban un momento antes: la madre no pudo tragar la nuez que mascaba, el padre siguió vertiendo la cerveza sin darse cuenta de que había desbordado el vaso, y ella no gritó porque había manchado el mantel recién puesto, y Ezequiel sonrió esta vez tímidamente al escuchar un ruido a sus espaldas. La copa se introdujo como una cabeza asombrada por la luz eléctrica que inundaba la pieza. Por un momento se detuvo en el dintel, pero en seguida pareció acostumbrarse al nuevo ambiente y fue creciendo hacia el cielorraso, arrastrándose por las paredes como un ciempiés, y los pinches duros y las ramas ya fuertes produjeron, al rozar el empapelado, el ruido crepitante y silencioso de maderas y papeles que se consumían en el fuego. 

—¡Ahí está! —gimió la madre y salió corriendo hacia el dormitorio. El padre y el chico se miraron otra vez. Ezequiel vio que la calma había desaparecido del rostro de aquel y que ahora le miraba pidiendo explicaciones. Pero Ezequiel no sabía qué decir y al mismo tiempo seguía tranquilo como si aquella no tuviese mucha importancia. 

El padre alzó la cabeza y vio que las ramas habían invadido enteramente el cielorraso, cubriéndolo con el color verde oliva que tenía el pino. 

Un olor fuerte y penetrante comenzó a embalsamar el aire, y bajo su propio peso el árbol se encorvó y en vez de agujerear el techo inundó el espacio del comedor llegando a rozar con sus ramas la parte superior del trinchante y del aparador, ocultando completamente la cadena y las seis tulipas de la araña que colgaban sobre la mesa, de manera que quedaron casi a oscuras. 

—Tenemos que mudarnos —dijo el padre con un leve tartamudeo, y se levantó agitado y fue hasta el dormitorio. La madre estaba escondida detrás del ropero—. Vení —le dijo—, ayúdanos a traer los muebles. 

Entre ambos arrastraron el trinchante, el aparador, la caja de los cubiertos y el piano (donde a veces la madre tocaba valses y milongas de moda), mientras que el chico cargó una a una las sillas y las fue colocando sobre la cama de matrimonio y la camita. Pusieron patas arriba la mesa ovalada delante de la cabecera de la cama y los otros muebles a los costados de aquella. 

Desde el dormitorio sólo se podía ver una espesura verdinegruzca. Los padres no se miraban entre sí. Como durante un buen rato no se escuchó ningún ruido en la pieza vecina, Ezequiel aprovechó la mesa que estaba dada vuelta y se puso a jugar a los piratas. A la madre no se le ocurrió pegarle porque hacía bochinche, y el padre, ya cansado de permanecer de pie, se sentó a leer el diario levemente intranquilo. 

—Bueno —dijo— ya no sucederá nada más. Vamos a dormir —comenzó a desvestirse y rápidamente quedó desnudo y en seguida se puso un camisón que apenas le llegaba a las rodillas. La madre se quitó el batón, la enagua y las otras prendas y despaciosamente deslizó sobre su cuerpo otro camisón rosado que más bien se asemejaba a un anticuado traje de baile. Pero entonces descubrieron que la cama estaba ocupada por las sillas del comedor, y permanecieron indecisos sin saber dónde acostarse. Mientras, Ezequiel seguía jugando abstraído sobre el barco que se deslizaba gloriosamente hacia él horizonte de un mar muy agitado. En ese momento se producía el abordaje al enemigo y era necesario dirigir bien la tripulación para que nada fallara. 

El sonido ronco de un bosque agitado por el viento llegó hasta ellos. Los padres olvidaron de buscar una cama y permanecieron ansiosos, expectantes ante la aparición que temían, y Ezequiel dejó de jugar sobre la mesa volcada porque a través del dintel que comunicaba con el comedor reapareció la cabeza oscura del pino. 

—¡Ahí está otra vez! —gritó la madre y salió corriendo hacia la cocina. 

Con una asombrosa rapidez para sus años, el padre arrastró el trinchante, la cama grande y la pequeña, el aparador, las dos mesitas de luz, el piano, el tocador, la caja de los cubiertos, la mesa ovalada, y los fue metiendo en la cocina; pero cuando quiso mudar el ropero se encontró con que su hijo estaba sentado sobre el aparador y la madre encima de una mesita de luz. Buscó un lugar para el ropero de tres cuerpos pero eso era imposible. Entonces se le ocurrió atravesarlo entre el dormitorio y la cocina. Sonrió satisfecho y pensó que ahora estaban seguros. 

—Tengo hambre —dijo Ezequiel. 

La madre encendió la cocinita de gas, partió dos huevos sobre una sartén y los frió. Ezequiel estaba asombrado. La madre siempre le había prohibido que comiera huevos fritos porque se ensuciaba la boca y los dedos como un cochino al mojar los trozos de pan en el círculo redondo y brillante de la yema. El humo de la fritura les hacía parpadear los ojos, pero parecían tranquilos porque detrás del ropero no se escuchaba ningún ruido. Nuevamente el padre se puso a leer el diario en camisón, mientras que la madre aprovechó el tiempo para arreglar la despensa embarullada con tarros y paquetes de almacén. Ezequiel se había sentado en el suelo y devoraba en cuclillas los huevos fritos. 

Un rumor de barreno que excavaba sordamente la tierra comenzó a zumbarle en los oídos. La madre se volvió con los ojos desorbitados se santiguó e hizo caer las latas y los tarros de la despensa, y los cabellos de ángel, la sémola, la harina de maíz se desparramaron por el suelo. La cabeza verde, graciosa, apareció rompiendo la madera del ropero y al atravesar su interior enganchó una camisa del padre. Ezequiel rió porque ahora casi parecía un hombre. 

—Ay... —gimió la madre, y entre los tres comenzaron nuevamente a llevar los muebles del comedor, del dormitorio y de la cocina hacia el baño. Lo más embarazoso fue desatornillar la cocinita de gas, pero el padre se armó de una descomunal llave inglesa y con gran celeridad la arrancó de la pared. A su vez, la madre se encargó de llevar las provisiones y cargó en sus brazos los tarros, los paquetes, la bolsa del pan y el contenido de la pequeña heladera, que fue abandonada como un objeto inservible. Los muebles del comedor y del dormitorio fueron amontonados sobre la bañadera en una pila que llegaba hasta el techo, pero tuvieron que resignarse a dejar atrás el viejo ropero de nogal, que habían comprado diez años antes. 

La medianoche ya había pasado porque el barrio había enmudecido bruscamente, y el padre no recordaba cuánto tiempo había transcurrido desde que escucharon las doce últimas campanadas en la iglesia cercana. Era un poco difícil acomodarse en aquel espacio reducido. Sobre la mesa, que antes había servido de barco, colocaron el colchón de la camita y trataron de improvisar una cama. Los padres se acostaron allí e intentaron dormir. Dejaron la luz encendida porque si volvían la cabeza en cualquier dirección era muy posible pegarse un golpe cuando menos lo esperaban. Los padres parecían dormir. Era cómico verlos apretujados en el pequeño colchón. Más que padres parecían chicos de cuerpos grandes que conservaran tardíamente los rasgos de la niñez. 

Después de un rato el padre abrió los ojos y miró a su hijo, que ahora jugaba montado a horcajadas sobre una silla. Ezequiel quiso sonreírle, pero los ojos miopes tenían la triste mirada de antaño, y Ezequiel tuvo que reprimir la risa porque, aunque fuera extraño, esa tristeza no lo deprimía como otras veces y en vez de pesar sentía nacer en su corazón una extraña alegría. Y la mirada del padre no tenía un solo instante de reposo. Revoloteaba sobre la pila atestada dentro de la bañadera, sobre las sillas encimadas a los costados, sobre todos los muebles que parecían destrozados después de una desastrosa mudanza; y la amargura de su interior se reflejaba en el rictus duro de la boca, en la palidez de las mejillas, en los puntos extraordinariamente pequeños, que seguían nadando detrás de los gruesos cristales; y la madre dormía profundamente y su cuerpo subía y bajaba alternativamente como si fuera un pesado ascensor. 

Ezequiel volvió la mirada al padre. Seguía con los ojos más abiertos, más tristes, como si al mirar esos cachivaches (porque el amontonamiento de mueble sobre mueble le daba a aquello el aspecto de trastos viejos) se convenciera definitivamente de que no se trataba de un juego. ¿Tal vez el padre había tenido la remota esperanza de que el pino detuviera su crecimiento, quizás había pensado que era una broma? Y si había resultado así ¿quién tenía la culpa sino él mismo? Entonces comprendió que le habían traído un juguete más, pero ¿cómo podía ser un juguete algo que tenía un tronco tibio como la carne y las espinas blandas y suaves como las de un pino de verdad? En vez, él había pensado que aquello era lo más hermoso que jamás había poseído. Era un sentimiento que no podía expresarse con palabras, quizás algo que no existía realmente. La posesión de esa animalidad viva que era el árbol le había dado tanta felicidad que, de pronto, por primera vez, sintió que era dueño de algo que tenía vida y que crecía realmente. ¿Y quizás desde un principio, cuando el padre se lo regaló, siempre había esperado su crecimiento? ¿Quizás había aguardado por algo semejante durante mucho tiempo y era feliz porque se había convertido en realidad? 

Cuando el padre se levantó, el chico repitió: 

—Tengo hambre —pero en vez de negársele comida como sucedía en otras ocasiones, sobre la misma cocinita padre e hijo improvisaron una mesa y comieron mientras la madre continuaba durmiendo. Y así estaban, comiendo en silencio, cuando Ezequiel observó que los ojos miopes del padre empezaron a bailarle de izquierda a derecha detrás de los cristales de aumento, y que las piernas y las manos le temblaban como en un ataque convulsivo. 

—Nos desaloja —dijo con un triste hilo de voz, y Ezequiel levantó el rostro y sonrió una vez más al ver aparecer en la puerta de la cocina, la fiel, la verdosa comba del pino gigante—. Despertá a mamá —le dijo apresurado al chico—. Pero, ahora, ¿a dónde vamos a ir? —agregó tristemente. 

La madre se levantó con los ojos húmedos, enrojecidos, y al ver otra vez la amenaza no profirió grito alguno sino que se resignó con el rostro súbitamente envejecido. 

Era posible abandonar el baño pasando por debajo del pino. Ezequiel sintió un extraño regocijo al dejar todo aquello, esa vida. 

Los padres se pusieron en marcha silenciosamente, sin apresurarse ya porque llevaban las manos vacías. El padre fue el último en abandonar el baño. Miró aquello tristemente como a un barco que se hundía. Los tres, en fila india, atravesaron la cocina, el dormitorio, el comedor y salieron al patio. 

Aún no llegaba la claridad del nuevo día, pero el aire tenía la borrosa penumbra de la tinta china aguada y el olor resinoso del pino. Los padres se sentaron en el patio, contra una pared, con la cabeza gacha y los brazos sobre las rodillas. Pero Ezequiel estaba aun ansioso, mirando hacia las habitaciones como si aguardase algo más. 

En seguida se escuchó el violento ruido de una pared que se desmoronaba, de algo que por fin se erguía venciendo espesos tejidos enmarañados; y de pronto, en el preciso instante en que gotas de luz caían sobre la noche como una clara llovizna primaveral, erecto ahora con una imperiosa necesidad de altura, apareció la cónica redondez del pino que creció lentamente hacia arriba en busca del cielo, de la libertad. 

Los padres se miraron tristemente. Y Ezequiel pensó que si estuviera dentro del baño, a través del techo podría ver un pequeño trozo de aquel cielo claro y limpio que ahora los cobijaba. 

Fuente: Revista Sur, n. 211/212, 1952, pp. 52-63.

 

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