jueves, agosto 06, 2026

"La autora de Frankenstein", por Luisa Sofovich

En algún otro momento debería dedicarle al menos un posteo más extenso a Luisa Sofovich, la genial escritora de la Biografía de la Gioconda (1953) y de Siluetas en negro (1950). Hace unos años atrás, Augusto Munaro la recordaba en esta serie trunca que quise hace llamada "Escrituras excéntricas". 

Sofovich escribió entre los años 40 y los 50, participó de varias publicaciones como el diario La Prensa y la revista Saber vivir. Se casó con el vanguardista, maestro, hombre todoterreno Ramón Gómez de la Serna. Probablemente el tiempo y la deslectura hayan dejado a Luisa a la sombra de Ramón. Una pena. 

Sofovich tenía una pluma impecable, grácil y erudita. Fue Gustavo Charif, un artista total, quien me recomendó su libro Siluetas en negro, un compendio de siluetas de grandes escritores y escritoras (desde Thomas de Quincey hasta las hermanas Brönte; el n. 5 de Golosina Caníbal presenta..., hoy agotado, exhumó la silueta de James Joyce) de una calidad pasmosa. 


Tengo pendiente ordenar y pasar en limpio las colaboraciones de Sofovich en la revista Saber vivir, en la que Ramón Gómez de la Serna fue estrella principal. Por casi dos décadas, esa revista lifestyle, que cruzaba exiliados españoles con autores argentinos encumbrados, fue para la autora un laboratorio de escritura y, entre sus páginas, publicó muchos más perfiles de escritores y escritoras. 

Escojo uno, el de Mary Shelley o como la llama Sofovich con un hermoso recurso indirecto: "la autora de Frankenstein" (gracias a Diego Cano, quien fue el primero en pasarme fotos de esta nota). Espero que lo disfruten tanto como yo y les recomiendo que busquen libros de Luisa Sofovich. No se arrepentirán. 

¡Ojalá algún día logre/logremos reeditarla! ¡Salú!




La autora de Frankenstein (Luisa Sofovich)

Era hija de una mujer que había dicho una vez: “No siento ningún temor a la presencia del demonio”, pero aquella mujer nada hipócrita, ardiente y casta a su modo, que fué Mary Wollstonecraft hubo de sucumbir una y otra vez, muriendo, al fin, para dar a luz una hija que sería la vencedora. 

Porqué la autora de Frankenstein pertenece a la secta de los que crean demonios y no a los que (y al hacerlo ya proclaman su derrota) los desafían. 

Era hija de esa madre cuyo nombre, Mary, heredaría, a la que no llegó a conocer y que era famosa por sus escritos y por sus tristes emplazamientos a la vida, y del filósofo Godwin el cual muy poco tiempo después de haber enviudado de Mary Wollstonecraft volvió a casarse con una señora Clairmont que tenía un hijo y una hija de su anterior matrimonio y que bien pronto tuvo otro hijo con su nuevo marido. Había además en la casa otra presencia, una Fanny, jirón de un primer matrimonio de la muerta Mary Wollstonecraft y que llevaba el apellido Imlay y era hija del Gilbert Imlay tan amado y perseguido por Mary Wollstonecraft que, como dice la gótica poética y actual Edith Sitwell: “la persecución y la fuga fueron de tan enorme velocidad o insistencia que a esta distancia del tiempo nos sentimos casi asfixiados por la polvareda”.

En este hogar hecho como esas colchas tristes pero útiles, que se logran formar con caprichosos y multicolores retazos a los que une una tira de tela uniforme y opaca, creció la autora de Frankenstein y tal apeadero le sirvió como sirven al subconsciente creador todo lo fragmentario, lo no encajado, lo anormal diurno, lo que estando aparencialmente compacto estaba, y de eso siempre se tiene la intuición, disgregándose por dentro. “La invención —ha dicho ella misma— no consiste en crear algo de la nada, sino del caos”. 

Los varones de este hogar de encrucijada, los Charles y los Williams casi no cuentan, como no sea para que la autora de Frankenstein disponga después de muchachitos gentiles que serán cosechados por el monstruo en su perpetua huida. En cuanto a las mujeres, las Jane (Claire después), las Fanny y la propia Mary ¡qué novelesca vida real van a comenzar a vivir en cuanto aparezca por allí el que tiene que aparecer! 

Cuando Percy B. Shelley visitó por primera vez a los Godwin fué con su joven mujer Harriet Westbrook, y ese día la autora de Frankenstein no se encontraba en la casa, pero como ella se parecía mucho a su madre, Godwin enseñó al poeta el retrato de su anterior y muerta mujer. Shelley, que admiraba a Mary Wollstonecraft, se quedó largo rato mirándola. 

A partir de ese día principió una historia fantástica, una forma de experimentar y vivir la vida sólo a lo intelligentzia, que acaso hasta hoy, no ha sido superada por un grupo suelto. y que es impresionante si se piensa que en el experimento se combustionaron dos o tres almas tangentes, nada más, a la inteligencia, pura pero que empujadas —¡extraña, femenina doblez!— por algo profundamente instintivo, se vistieron de ciega espiritualidad. 

Libras esterlinas, escapadas con travesía del Canal de la Mancha con vómitos y olas salpicando los bancos del entrepuente, regresos y más escapadas y niñas que nacen y niños que mueren y ciudades de Suiza y de Italia y una niña que de Byron tiene en Jane, a la que opinando que su nombre era feo se lo han cambiado entre todos por el de Claire, y otro niño que se les muere a Shelley y a Mary y el suicidio de Fanny, enamorada silenciosa de Shelley, en una habitación color láudano de un hotel barato y el otro suicidio de Harriet, la primera mujer de Shelley que no atreviéndose a dar a luz a un niño, que ya no es precisamente de Shelley, se arroja al turbio Serpentine un día martes, quedando al fin libre Shelley para hacer de Mary una Lady. 

A Shelley, que se había casado por primera vez a los diez y nueve años, sin el consentimiento de su padre, futuro heredero de un rico baronet, le pasó esa cosa predestinada que es caer en una sala de clase media con lámparas con flecos de abalorios y butaquitas gastadas y macetas de nerviosas begonias y varias hermanas, o medio hermanas, o hermanastras muy cálidas, muy curiosas, que van y vienen, ondulantes, y siempre con una sorda rivalidad entre ellas que al mismo tiempo se quieren mucho y se asisten en sus raptos neuróticos y no tienen ningún porvenir y son locas por la poesía y los rincones... 

Cada una de ellas es dueña de un gesto seductor y todas juntas forman el políptico de la mujer semilibre, semipura, semitierna, semidesinteresada, semiávida, semifrígida que atrapará irremisiblemente al poeta que, además, es un lord y es inmensamente rico. 

A los quince días de haberse sacado del Serpentine el cuerpo de la ahogada esposa, Shelley y Mary se casaron y por la noche ella escribió en su diario: “Viaje a Londres. Se celebra una boda. Leo a Chesterfield y a Locke”. 

Sí. Hay algo de intrínsecamente frío en la autora de Frankenstein

Tenía los grandes ojos del mismo color de las avellanas: ese mirar tan pulido y con un reflejo, como el de una pupila de la avellana: fría, fría y recelosa avellana que cruje al partirse y ofrece su pequeño corazón encerrado y siempre un poco amargo. 

Un día que Shelley se asombraba de cómo un amigo común, Trelawny, al conocer a Byron le había rápidamente desenmascarado a diferencia de ellos que habían tardado tanto en hacerlo “Es que Trelawny —dijo ella— vive con los vivos y nosotros con los muertos”. 

Ya alternaba con la muerte cuando, de muchacha, se iba a leer todas las tardes a la tumba de su madre, porque era el único sitio donde “se sentía bien”. Allí se cita con Shelley casado con otra, y cuando tiene que crear su monstruo literario recurre a la muerte para recoger en ella la vida que ha de infundirle, contempla la corrupción final que sustituye a la florescencia de la vida, observa “cómo los gusanos heredan la maravilla del ojo y del cerebro”: escudriña, ata cabos y lianas necrófilas y en una mezcolanza científico fantasiosa, con su poco de mariposeante galvanismo, levanta su Frankenstein, la novela precursora de su género. 

En realidad Frankenstein es un caso de desdoblamiento en el que el robot representa las tinieblas, la fuerza dispersa, lo sigiloso humano que siempre acecha desde el borde de una cuneta o reflejado en el vidrio de una soñolienta pastelería. Después vendrá Stevenson con su Dr. Jekill y Mr. Hyde y más tarde, recogiendo la concepción posible de ser confeccionado a voluntad por el pensamiento y la bella recién llegada electricidad, esa Eva Futura, de mimbre y fluido que inventó Villiers. 

Desprende perfume de otra vida —en continuo ejercicio poético, borradas las fronteras de lo cierto y lo improbable— la explicación de cómo llegó a escribirse esta gran novela (que en estos días se ha publicado en la Colección Pingüino, en castellano). 

Ellos, los Shelley, estaban viajando por Suiza con sus niños habidos y por haber y la infaltable hermanastra Claire, fatalmente enamorada de Shelley y los también infaltables tomitos, encuadernados en piel, de Sófocles, Keats y el Dante, que Shelley llevaba siempre en los bolsillos. 

Era verano y cerca de ellos vivía Byron en una casa de la que Claire, sin dejar de amar a Shelley, acabaría por salir al amanecer, perdiendo una zapatilla en el jardín, mientras detrás de los postigos cerrado, el olor de las rosas que se quedaban junto a Byron parecía reírse de ella que corría por el sendero temerosa del naciente sol. 

Al principio todos ellos se lo pasaron vagando y curioseando por los alrededores, “pero el verano resultó húmedo —escribe lady Shelley— desagradable, a menudo una lluvia incesante nos confinaba en la casa durante días enteros. Algunos volúmenes de cuentos de aparecidos traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos”. 

Trataban de la historia del amante inconstante que cada vez que iba a abrazar a una nueva novia, encontraba entre sus brazos el fantasma de la última mujer a la que había engañado. 

Trataban del fatídico fundador de una estirpe que, al mismo tiempo, tenía la horrible misión de exterminar a cada nuevo hijo en cuanto alcanzase la edad de las promesas. Lady Shelley con sus grandes ojos siempre un poco absortos, casi veía corporizada la gigantesca figura que a media noche, por el corredor del castillo se dirigía a cumplir su cometido en medio de sueño de sus hijos. “Eterna pena expresaba su rostro cuando se inclinaba para besar la frente a las criaturas que, desde ese momento empezaban a marchitarse como flores arrancadas de su tallo”. 

Cosas así leían, muy para ingleses traspasados por el reumatismo latente de un húmedo estío interminable entre altas montañas. 

“Escribamos cada cual un cuento de aparecidos”, dijo lord Byron y su proposición fué aceptada. “Éramos cuatro”. 

Pero inesperadamente varió el tiempo y ni lord Byron ni Shelley ni el doctor Polidori, que era el cuarto aburrido, terminaron su cuento. La mujer, no sólo lo hizo, sino que enseguida, a instancias de su marido el poeta lo alargó y complicó inmortalizando su personaje “Frankenstein” (ella no podía presentir cuánto daño y favor le haría un cierto Boris Karloff). Había escrito ya algunos novelas: Valperga, romántica e italianizante: Lodora, algo autobiografiada y El último hombre, ensayo en un sentido de su ahora bien lograda fórmula frankenstiana, hecha a semejanza de sus pensamientos de una cierta noche de insomnio “en que un espectro había acechado mi almohada”. 

Todos los años al llegar la estación del viento y la furia se llenan, o se llenaban, de leña las leñeras inglesas, y también de nuevas novelas de terror. Pero todos los años hay una inglesa o un inglés que junto al fuego azulenco —brasa al vivo rojo infernal— vuelve a leer el libro de la hija invicta de Mary Wollstonecraft.

Fuente: Saber vivir, n. 76, año VII, enero de 1948, pp. 40-41.

martes, agosto 04, 2026

Sobre "Café Pombo", de Agustín Caldaroni


Leo Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni, libro de relatos publicado en 2023 por la editorial El fatalista.  

Descubro entre sus páginas, en un cuento muy destacado llamado “Café Pombo”, al pintor y escritor español José Gutiérrez Solana. Me trae reminiscencias de mis lecturas recientes del Murena novelista; busco en internet y efectivamente lo vinculan con Goya

Caldaroni arma un relato nostálgico y oscuro: ¿qué se hizo de los cafés, de esos lugares de encuentro? ¿Por qué la vanguardia terminó tapando a la retaguardia? ¿Qué rastros, gestos y experiencias dejaron los retaguardistas, aquellos que sospecharon del progreso, de la novedad, de los espejitos de colores y abrazaron lo bajo, la muerte y la fiesta? 

Los tres personajes de “Café Pombo” (Gutiérrez Solana, Ramón Gómez de la Serna y Filippo Marinetti) son fantasmas de otro tiempo que habilitan nuevas luces para el nuestro, un presente que se nos escapa. Casi también como si el futuro estuviera en el pasado, pegando la vuelta. 

Y la literatura, parece contar Caldaroni con su “Café Pombo”, puede traer de nuevo a escena esas voces muertas para barajar y dar de nuevo, para reabrir heridas, para exhumar mundos y proyectos que parecían perdidos. Mundos que están ahí, entre los pliegues del tiempo, a la espera de alguien que mire con un poco, con un poquito de atención.

domingo, agosto 02, 2026

Golosina Caníbal presenta... n. 22


Me complace presentar el número 22 del fanzine Golosina Caníbal presenta… 🌈🌈🌈🌈 

¿Dónde habrán quedado las cartas perdidas? ¿Puede la carta volver a reencantar la comunicación en este mundo de ansiedad, sobreinformación y mensajes efímeros? 

En el fondo de la revista Sitio, publicada entre 1981 y 1987, supo haber una sección llamada “Correo perdido”. Dos o tres páginas recopilaban cartas de diferentes autores, de diferentes épocas e intenciones. 

Este ejemplar del fanzine, como toda misiva que se precie, viene cerrado. Encuentre el lector que desee las cartas de aquel correo perdido… 

La exhumación fue posible gracias al trabajo valioso del Archivo Histórico de Revistas Argentina, que pone a disposición todo este material revisteril. ¡Gracias, Ahira! 

✍️ Si te interesa un ejemplar, ¡me lo pedís a este mail golosinacanibalblog@gmail.com y coordinamos! 

¡También tengo números anteriores

¡Salú! ¡Y gracias por el interés!

miércoles, julio 29, 2026

Dice el profesor Enrique Luis Revol

Ahora bien, precisamente porque si el poema es un hecho estético triunfante se tiende a aislarlo de su autor ya que da la sensación de impersonalidad, de un como haber estado ahí desde siempre, justamente por esto se olvida a veces demasiado que el autor vive o vivió, con todo lo que el vivir implica cuando se trata de un ser humano. Se olvida, incluso, que en un momento dado se sentó a escribir esa pieza determinada y que la consideró tan suya como para estampar su firma al pie de la misma. 

Con lo precedente no se trata de restablecer —quede desde ya bien en claro— ese postulado falsamente "psicológico", que como es sabido tuvo no hace demasiado su hora, según el cual existe necesidad imprescindible de conocer la vida para apreciar la obra. Únicamente se procura destacar que también la poesía es de factura humana; de modo que resulta perfectamente verosímil que el poeta, habiendo nacido tal día de tal año y habiendo sido inscrito por padres pobres o ricos en el registro civil o parroquial, tras lo cual cursó estudios superiores (o no), dejó de enamorarse debidamente o se enamoró con reiteración escandalosa, anduvo cargado de deudas o ganó un caudal, y terminó tirándose por una ventana o plácidamente rodeado de numerosos hijos, que el poeta está, por lo menos en buena medida, marcado por la época en que vivió, por todo lo que vivió. Por lo cual, sin caer en ningún exceso "sociológico", "psicológico" o "historicista", es seguro que la contextura propia de su época, y luego la de su tierra y hasta la de su familia, han de estar presentes en la obra del poeta, incluso por mucho que haga para disimularlo y a menos que sea un tonto (en cuyo caso, demás está decirlo, no será buen poeta...). 

Conviene también tener en cuenta, sin embargo, que el aire propio de cada época afecta en diferente medida a cada artista. Parecen existir grados diversos de susceptibilidad a la circunstancia propiamente histórica, lo cual sin duda está en relación con la influencia ejercida por el factor geográfico o por la vida familiar. Y si no es posible detenerse aquí, desgraciadamente, a considerar esta cuestión con el debido rigor, la aclaración resulta imprescindible para comprender mejor qué ha de entenderse por poesía moderna. 
En Revol, Enrique Luis. Pensamiento arcaico y poesía moderna, Córdoba, Librería Assandri, 1960, pp. 10-11.

lunes, julio 27, 2026

¿necesita mariani ser rescatado por los suplementos culturales?

Me gustó una columna que publicó Damián Tabarovsky ayer mismo sobre el poeta reynaldo mariani. La reproduzco tomándome el atrevimiento de sacarle las mayúsculas a su nombre. Él siempre firmo, y lo tomó como un recurso de su escritura, con minúscula: mariani a secas

Por otro lado, disiento sobre que no se han reeditado sus libros y en que acerca de su obra no se publican textos. Puedo conceder que los suplementos culturales en los últimos años fueron cediendo terreno y desinteresándose de los escritores olvidados (hasta ahí nomás, el año pasado Tulio Carella fue tapa del mismo suplemento en donde publica Tabarovsky...). 

En todo caso, la vida y obra de mariani ha venido teniendo tímidas reapariciones en los últimos años, a lo mejor por circuitos menos centrales y visibles... Por ejemplo, la editorial extinta Instituto Lucchelli Bonadeo reeditó, gracias al trabajo exhumador de Federico Barea, tanto su poesía (prolegómenos, mamotretos y reluctancias) como 7 historias bochornosas (dejó las tapas en el posteo; algunos ejemplares aún pueden encontrarse al que rebusque por librerías virtuales y analógicas). 

Otra buenas fuentes de información son un viejo blog sobre mariani; la entrevista piola que le realizó Lautaro Ortiz en Página/12 en 2004; e incluso el especial de la revista virtual de poesía Op. cit. "En busca del beat" de 2017. También el ya mencionado de forma reiterada documental de Diego Arandojo y Lafarium, Opium. La Argentina Beatnik, lanzada en 2014-2015, que le dedica toda una sección a mariani.

Sea pues la columna de Tabarovsky una excusa para continuar acercándonos a la poesía y narrativa de este beatnik argentino que asoló las calles de la Manzana Loca junto a sus amigos opiúficos y que luego se fue a vagar por ahí, dejando leyendas y poemas a su paso. ¡Salú!


El rescate irrescatable (Damián Tabarovsky) 



Hubo una época en que, al menos una vez al año, los suplementos culturales de los periódicos publicaban un artículo dedicado a la obra de algún escritor olvidado. Se trataba de una ley de género: así como en los parques hay monumentos al soldado desconocido, en los periódicos había homenajes al escritor olvidado. Por supuesto que los nombres de los escritores variaban año a año; la lista era infinita, tan larga como el propio olvido. Especie de brigada de rescate, la buena intención del periodismo rescatista era tal, que a veces se repetían los nombres con sólo unos años de diferencia. Hay escritores que fueron rescatados dos o tres veces en la misma década; especies de cabezas duras refractarios al esfuerzo editorial, testarudos en mantenerse en el olvido. Ingratos. Pero esa época, en la que yo ironizaba tanto sobre el asunto, ya pasó. Ahora los medios, el mercado, las redes y el campo literario en general ya ni hablan de los escritores olvidados, sino solo de los escritores (y escritoras) que tienen “fans” (sí, “fans”, no lectores), que ganan premios, publican en editoriales multinacionales, venden mucho (a veces no tanto, ni siquiera…) y expresan con un éxito triste el “mainstream de calidad” que hegemoniza la literatura argentina contemporánea. 

Pues, es un buen momento para volver a mariani –escritor argentino, autor de 7 historias bochornosas–: a él ni siquiera le llegó el rescate, el desinterés parece ser su herencia. Sobre él no se publican artículos, no se escriben tesis de doctorado, no se reeditan sus libros, no se realizan congresos en homenaje. Nunca una calle llevará su nombre. Y cuando no impera el olvido, opera el equívoco: mariani firmaba a secas, así, sólo mariani, para no ser confundido con su tío, Roberto Mariani, autor de Cuentos de la oficina, el texto más sofisticado que dio el costumbrismo porteño del grupo de Boedo. mariani llevó al extremo el mito fundante de la literatura moderna: escribir un libro único y genial. En efecto, eso es 7 historias bochornosas, publicado por la editorial Sudamericana en Buenos Aires, en 1968. Una serie de relatos escritos en una lengua puesta en crisis; como si la sintaxis hubiera entrado en un proceso de tartamudeo terminal, la necesidad de personajes desalojada de su centralidad, y el sentido colocado en suspenso. 


Mariani hizo de la excentricidad su pasatiempo favorito. Vivió más de veinte años en Brasil ejerciendo los más diversos oficios; geólogo, financista, barman, vendedor de libros por las playas, mendigo; y luego fue a morir a la Patagonia, en Zapala. Pero antes fue amigo de grandes escritores como Néstor Sánchez y Héctor Libertella, fue borrachín en bares, polemista agudo, actor de cine, y sobre todo fundador de la revista Opium. Nació en 1936 y murió hace algunos años, en fecha relativamente incierta. 

La influencia que ronda las 7 historias bochornosas es la del jazz. Muchos escritores de los ‘60 —de Perec a Cortázar— están influenciados por el jazz. Pero mientras que para ellos el jazz termina siendo un elemento tranquilizador (primero el solo de trompeta, después el de saxo, luego el del bajo, más tarde el de batería y finalmente… ¡Plim, caja!), en mariani el jazz es una metáfora de la desintegración del sentido, de la destrucción de toda forma establecida, de la sintaxis. La improvisación entendida como un lugar del que no se vuelve. 


Publicado en Perfil Cultura, domingo 26 de julio de 2026. Disponible en:  https://www.perfil.com/noticias/columnistas/el-rescate-irrescatable.phtml

viernes, julio 24, 2026

C. E. Feiling. Un latinista en la escena del crimen (entrevista de Guillermo Saavedra)

No hay muchas entrevistas a C. E. Feiling al alcance de la mano virtual. En una rápida búsqueda, aparece esta inédita, publicada en 2017, de Cynthia Sabat. Recuerdo, en el mundo analógico, precisamente en Con toda intención (2005), la entrevista (a él y a Luis Chitarroni) de Cecilia Szperling de 1995 "Amor al arte"; y el diálogo entre ambos amigos, "El sistema de la doble humillación" (1992).

Por eso fue una grata sorpresa cruzarme en las páginas de La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores argentinos (1993), de Guillermo Saavedra (¡sí, otra grata sorpresa!) con el intercambio con Charlie Feiling que copio a continuación.

¡Ojalá les guste tanto como a mí!  




C. E. Feiling. Un latinista en la escena del crimen

Entrevista de Guillermo Saavedra

Nacido en Rosario (1961) y porteño por adopción, Carlos Feiling era reconocido hasta hace un par de años como un poeta refinado e inédito, un riguroso traductor del inglés y el latín y un entendido en ciertos aspectos de la filosofía y de la pintura. La publicación de El agua electrizada (1992), su primera novela, desconcertó a más de uno, por su transparencia y linealidad aparentes y su indiscutible adscripción a un género tan popular como el policial. En esta entrevista Feiling —quien ha publicado ya su segunda novela, basada en algunos episodios de la vida de Leopoldo Lugones: Un poeta nacional (1993) y está escribiendo una tercera donde incursiona en el género de terror— habla de El agua electrizada y de su relación personal con los géneros más transitados. 

Con la pertinencia oblicua que suele atribuirse a un destino —invertido por obra y maña de un puñado de circunstancias—, un muchacho entendido en lenguas clásicas y filosofía, crítico de arte y autor de poemas refinados e inéditos vino a sumarse a la familia de los buenos narradores con una novela policial. Se llama Carlos Eduardo Feiling y no encuentra en ello la sombra de contradicción alguna. No es extraño, porque El agua electrizada, su opera prima, introduce hábilmente cuestiones que ensanchan la novela y la hacen transitable por caminos más vastos que la estrecha resolución de un enigma, sin dejar de cumplir con el género policial. 

Quien se encarga de llevar adelante la investigación es un joven profesor de latín; y su presencia hace verosímil, en medio de la búsqueda de una explicación para la inesperada muerte de un gran amigo, la aparición de citas de elegías en la vieja lengua de Propercio, de problemas de filosofía, de alusiones pictóricas y versos extraídos de la mejor tradición anglosajona. 

Pero el cronista, que suele buscar misterios allí donde brilla la contundencia de los hechos, le pregunta a Feiling por las razones de esta combinación. Y él responde, con una hermosa voz de bajo que pudo ser de radio y nunca descubrirá el bel canto, que necesitaba, por una parte, una cercanía autobiográfica con la historia y, por la otra, la consistencia de una trama fuerte que le permitiera incluir elementos de otro horizonte cultural, como los mencionados. Afirma que, cuando leyó El nombre de la rosa de Umberto Eco, se dio cuenta de que era posible introducir cuestiones propias de una cultura “alta” en un género popular y accesible como el policial. “Esto me lo confirmó la gran narradora inglesa Antonia S. Byat, la autora de Posesión, a quien tuve la suerte de entrevistar el año pasado”, dice un Feiling memorioso, mientras enciende un cigarrillo negro típicamente argentino, cuyo paquete ha abierto por el extremo opuesto. “Ella sostiene que se trata de establecer un pacto con el lector: si hay una buena trama, el lector puede tolerar cierto tipo de intrusiones más o menos eruditas que quizá, con una trama más floja, no toleraría. Evidentemente, al optar por el género policial yo me estaba asegurando la necesidad de construir una trama fuerte; y además, la satisfacción de incursionar en un género que siempre me fascinó”. 

Entre el interés por el género y las preocupaciones intelectuales de este hombre que escribe artículos inteligentes sobre literatura, pintura y filosofía reduciendo sus dos primeros nombres a un par de británicos mojones, se jugó además una inflexión personal, bastante íntima de su propia vida, en la escritura de esta primera novela. Feiling quiso que esto fuera evidente al incluir en la solapa del libro algunos datos biográficos que coinciden con los del protagonista; lo hizo con la seguridad de quien ofrece la punta de un ovillo —“esos datos personales fueron sólo un punto de partida”— cuyo hilo se irá trasmutando en buena trama ficcional. 

Feiling reconoce en la inglesa P. D. James —la autora de novelas excelentes como Sangre inocente y El cráneo bajo la piel—otro estímulo fundamental para incursionar en el género: “Sus novelas demuestran que es posible ceñirse estrictamente al policial sin renunciar por eso a cierta cultura alta; y digo esto, reconociendo que también era ridículo mi prurito sobre la dimensión cultural del género. En ese sentido, P. D. James ha sabido llevar a un punto muy interesante lo que ya había sido explotado por otros escritores como Nicholas Blake, por ejemplo”. 


Feiling —que habla como si escandiera versos de Tibulo, de Góngora o de Swinburne— dice que hay toda una tradición, dentro del policial británico, de elegir como detective a un sujeto que aparentemente está en las antípodas de la idoneidad para investigar un crimen. Los nombres de Wilkie Collins, Chesterton y la propia P. D. James bastan para abonar esta afirmación. Y agrega que, en su caso, la decisión de colocar a un profesor de latín en el centro de la intriga tuvo tanto que ver con las necesidades autobiográficas (“yo mismo fui profesor de latín”) como con la intención de rendir tributo a una analogía: “Nada más parecido a la labor detectivesca que la vieja filología, que durante siglos y desde mucho antes de contar con técnicas sofisticadas, se ha dedicado a restablecer antiguos textos a partir de rastros muchas veces precarios. Hay un punto en que esta actividad —lo mismo podríamos decir de la atribución de determinadas pinturas a determinados sujetos— consiste en estar tan compenetrado del tema como para poder adivinar, intuir, para ser más precisos. Y no me refiero a la aceptación normalmente perezosa que suele atribuírsele al término sino a la intuición fundada en un conocimiento vasto y profundo de los hechos”. 

Feiling afirma que su novela no sólo es tributaria del género policial sino también de todo un horizonte de lecturas que poblaron su infancia y su adolescencia de una felicidad intermitente y crucial: “Los libros de la colección Robin Hood, ciertas cosas de la ciencia ficción, un autor increíble como Ridder Haggard, Emilio Salgari y —aunque en mi adolescencia la leyera clandestinamente porque ya tenía pretensiones de erudito — la propia Agatha Christie. De todo eso, lo que me interesa recuperar ahora, al escribir novelas, es la asombrosa libertad, la facilidad para narrar de esas literaturas supuestamente menores y que a mí no me parecen en modo alguno inferiores a Conrad o a Stevenson. Es más, creo que a Conrad y a Stevenson tampoco se les hubiera ocurrido considerar a Haggard un escritor menor”. 

Ricardo Piglia dijo alguna vez que la mayor dificultad para escribir una novela policial fuera de la tradición inglesa o norteamericana es la de traducir al detective: es decir, la de trasladar una cantidad de tópicos muy instalados en el género a un contexto donde resulta impensable, por ejemplo, que alguien se suba a un taxi y le diga al chofer: "Siga a ese auto". Feiling, rosarino e hijo de ingleses tan arquetípicos como excepcionales, dice que eso no fue, para él, un problema grave; quizá porque lo autobiográfico facilitó un encuentro natural entre su novela y aquella tradición sin perder un sabor indudablemente argentino: “La novela empieza en el cementerio de la Chacarita y termina en el pequeño cementerio de un pueblito cercano a Oxford. De algún modo, en el desplazamiento geográfico del protagonista se cumple el itinerario cultural que la novela propone: empieza en Buenos Aires y termina en Inglaterra, en un pueblo típico del viejo policial inglés, donde hay un cura párroco, vecinos que se conocen desde siempre y todas esas cosas”. 

Este hombre, amante de la ginebra y del bourbon, de la gastronomía y el tango, de las frases bien construidas y las conversaciones que se tejen entre buenos amigos, acepta que su novela está, por todo lo dicho, más cerca de la tradición inglesa que de la novela negra norteamericana. Pero subraya que hay un capítulo de su libro —y ello es rigurosamente cierto— que es un homenaje a Chandler. Aclara, no obstante, que la voz de Marlowe le resulta encantadora pero “por momentos me molesta por un problema de realismo, con todas las comillas que le quieras poner a esta palabra. En ese sentido, el de la voz narrativa, me pareció que lo más adecuado para las necesidades de un relato policial era el uso del llamado estilo indirecto libre, esa tercera persona que se limita a contar las cosas que pasan por la cabeza del protagonista”. 


Más allá de su eficacia como relato policial —la trama liga hábilmente la muerte del amigo del protagonista, miembro de la Marina, con el misterioso caso de las mujeres halladas muertas en una bañera cuya agua había sido electrizada —la novela de Feiling, impecablemente escrita, se abre tanto a cuestiones filosóficas y filológicas como a la cruda intemperie de la política argentina. De modo que el endeble profesor de latín no tiene más remedio que sumergirse en el espanto de la llamada “guerra sucia” y termina preguntándose por la validez de su propio pasado. Feiling desciende unas octavas más su clara voz de bajo y apunta la última reflexión de la entrevista: “Ocurre que la violencia de la vida política argentina obliga a los individuos a ubicarse en lugares completamente extraños y más allá de toda pertinencia. Basta con repasar la historia de los grandes intelectuales de la Argentina para ver el alcance de esa violencia. En estos momentos estoy escribiendo una novela sobre un episodio poco conocido de la vida de Leopoldo Lugones. Y precisamente a Lugones, el poeta más emblemático del modernismo, se atribuye la redacción de la proclama golpista de 1930”. 

Publicada en el suplemento “Cultura y Nación” de Clarín, el 2-7-92, a la que se le ha agregado material inédito. Luego, recopilada en el libro de entrevistas de Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, pp. 49-52. 

miércoles, julio 22, 2026

Sobre Vida secreta de Cristina Campo, de Cristina De Stefano


Leo Vida secreta de Cristina Campo, de Cristina De Stefano (Editorial Trotta, 2020). Se trata de una biografía de la extraordinaria ensayista italiana (a quien descubrí hace un tiempo gracias a la editorial argentina Ediciones Seré Breve). 

Campo nace en 1923 y muere en 1977. Padece un problema cardíaco congénito, se cría con un padre dedicado a la música, lee con fruición, primero, cuentos de hadas y clásicos y, luego, a Simone Weil, a Hofmannsthal y a T. E. Lawrence. Escribe ensayos extraordinarios, pocos, sobre la poesía, sobre la atención y sobre la belleza. No es casualidad, me parece, que termine colaborando en la revista Sur, en donde coincide con dos argentinos que tratará: H. A. Murena y J. R. Wilcock

La biografía de De Stefano está bien documentada (Campo era una incansable y gran redactora de cartas), es ágil y sensible. Una contra es que no logra reponer con claridad, para lectores extranjeros, el contexto cultural-literario italiano (¿qué fue por ejemplo la “Escuela Hermética” a la que Campo se acercó en los años 50?). Otra, que no se detiene demasiado en la obra de la autora de “Los imperdonables”, De Stefano menciona al pasar algunos textos y hasta los cita pero no hay comentario detenido sobre ideas e imágenes, por ejemplo. Hay vida en Vida secreta de Cristina Campo, me faltó obra. 

A partir de los últimos capítulos, y de los diez últimos años de vida de la ensayista y poeta, todo se precipita: la conversión católica, la fascinación con la liturgia y la oración, la actividad furibunda contra el Concilio Vaticano II, la pasión antimoderna… 

En paralelo, Campo deja de escribir y de leer, enferma cada vez más seguido y, hacia principios de los 70, se aísla cada vez más en un misticismo cerrado sobre sí mismo. Termina sola; sus ensayos y poesías también. Sin embargo, están ahí esperando a sus lectores (por ejemplo, en el volumen La nuez de oro y otros ensayos, que se consigue en nuestro país), que serán pocos seguramente pero apasionados como Campo lo hubiera querido.
 

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