martes, julio 14, 2026

Estación Buenos Aires: un lugar en la vida de Celia Paschero

La vida de Celia Paschero fue una vida en tránsito. Autora de dos libros, Muchacha en la ciudad (1963) y La salamandra (1965), Paschero nace 1928 y si bien sus primeros tres años los vive en Entre Ríos el resto de su infancia, adolescencia y juventud transcurre en la Reina del Plata. 

La ciudad de Buenos Aires, con sus barrios y su tráfico, con sus comercios y sus humores, con sus recorridos y vericuetos, atraviesan la escritura poética de Paschero. Estudia en la Escuela Normal para maestra, bajo mandato familiar; pero al mismo tiempo se forma como traductora de lengua inglesa y, posteriormente, realiza la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Su tesis, dirigida por el historiador de las ideas José Luis Romero, se titula “La búsqueda del ser nacional en los ensayistas argentinos”. ¿Qué habrá leído Paschero en, por ejemplo, El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz, ella que amaba el centro de Buenos Aires y estudiaba el ensayo americano? Lo cierto es que de esa preocupación americanista solo quedan rastros: un artículo publicado en una revista efímera llamada Arte y crítica, sus viajes por Latinoamérica, algunas cartas… 


Paschero publica el artículo “Consideraciones sobre el ensayo americano” en la revista Arte y crítica, n.° 1, en 1964. 

En Buenos Aires, Paschero forma parte de la bohemia entre los años 50 y los 60. Conoce a Alberto Girri, de quien reseña dos libros con ribetes esotéricos Propiedades de la magia (1959) y La condición necesaria (1960), y frecuenta a su pareja, Leonor Vassena, una dibujante y artista plástica que muere joven y cuya historia está perdida en los pliegues de la cultura argentina (aunque Claudio Iglesias la haya recordado en un breve pero justo perfil publicado en Genios pobres y Manuel Moyano Palacio le haya dedicado hace unos meses un conversatorio único e inolvidable). Junto al poeta Juan Carlos Pellegrini, con quien comparte un matrimonio breve y dos hijas hacia fines de 1950, traduce para Editorial Sur El animador, de John Osborne y J. B., de Archibald Macleish. 

¿Qué más? Claro, entra y sale de los cafés de Corrientes y de Florida, de la omnipresente Manzana Loca, y discute sobre poesía y ensayo con Tilo Wenner (fundador de la Escuela del Espíritu Experimental), sobre psicoanálisis y magia con Francisco Tomat-Guido (poeta, guardiacárcel, segunda pareja de Paschero), sobre autores nacionales y escritores ingleses con José Rubén Falbo (librero y editor de la novela La salamandra). Publica un poema en la revista Barrilete; un par de reseñas en Ficción. Todo eso en Buenos Aires, la Reina del Plata, signo y desvelo para el espíritu inquieto de Celia Paschero.


Celia Paschero en la portada de su libro de poemas Muchacha en la ciudad

Muchacha en la ciudad es claro indicio de cómo la ciudad caló hondo en la poesía de Paschero. Ser una mujer moderna en la Buenos Aires de 1963 podía ser una bandera: 

Voy entrando por la vereda 
del ganarme mi dinero 
tanto 
para mis hijas 
para que estudien 
por el derecho de escupir 
después 
mis enseñanzas 
esto 
para mis vicios 
libro 
disco 
cigarrillo 
café 
charla 
tanto 
para la urgencia 
de un diario bife con ensalada 

El tono íntimo entre el deseo y el esfuerzo se entrelaza con una mirada impresionista de la vida urbana y el encuentro con los otros en los versos de Paschero. Hay cuerpo y calle. Para muestra, basta un poema: 

Una apetencia con nombre de ciudad 

Cuando me levanto 
del lecho del amor 
mi deseo se llama 
patria
cielo 
ciudad 
Porque la condición carnal del 
espíritu 
o esa paz de la carne 
que nunca nos redime 
me obliga 
a olfatear el viento 
buscando 
a mis hermanos 
y sus ámbitos propicios 

Entonces 
qué quieres que te diga 
no me consuelo 
de verlos flojos 
resignados a una voz de 
ciudad gris 

Es el momento 
te lo digo 
en que me pesa ser mujer 
en una tierra 
ahuecada por el miedo 
con hombre sin grito 
sin ásperas contradicciones 
sin el capricho de la 
libertad 

Qué quieres que te diga 
a mi edad todavía 
me desahoga 
hacer añicos un vaso 
contra la pared 
si la vida 
me responde con un fracaso 
demasiado persistente 

Todavía 
a mi edad 
alivio la quintaesenciada 
frustración 
cuando el cielo se aplica 
a su incoherencia de rayos 
vocingleros 
a la lluvia 
de despliegue exagerado 

Qué quieres que te diga 
no creo 
que te hayas resignado 
al color arratonado 
de nuestro río 
a la radio dominguera 
del fútbol 
al último poeta de la soledad y la angustia 
ni a tu querida que sueña en Europa 

Me parece que también a ti 
los viejos de zapatos rotos 
que juegan a la lotería 
y tu vecino 
que riega el jardín en camiseta 

Que también a ti 
el industrial rubio 
y las casas de cambio de San Martín 
las vidrieras de Santa Fe 
tu cafecito noctámbulo 
en las noche neblinosas de Buenos Aires 

el reportaje a la amarilla 
estrella de Hollywood 
que vio Madrid en Avenida de Mayo 
y un trozo de París en Carlos Pellegrini 

Que también a ti 
las caminatas por Corrientes
con un tango a tu lado 
y un libro viejo 
en la otra vereda 

Que también a ti 
el obelisco y la derechura de piedra 
de Diagonal
y tanto encuentro y tanto asfalto 
y tanta mentira 
y el plomo del cielo 

te rompen como a mí 
el corazón 

Buenos Aires y la poesía volverán como obsesión en el ensayo que Paschero y Tomat-Guido escriben bajo el título La poesía moderna argentina, de 1964. El texto se propone como un recorrido reflexivo por la poesía argentina desde las vanguardias del 20 hasta los 60. La mirada está centrada en recuperar la tarea de la poesía en el siglo XX frente a una crisis universal del espíritu y de las letras: “El rescate de las potencias oscuras del hombre, de los ámbitos oníricos del inconsciente, del irracionalismo propio de estas entrañables zonas del hombre total —dimensiones desconocidas y despreciadas por la época de la razón…”. Un año después, Paschero volverá a explorar esas zonas entrañables en donde coinciden la literatura y el esoterismo con su novela, La salamandra


Invitación a la presentación de La salamandra en 1965. 

Publicada por Falbo librero editor —que contaba en su catálogo con Miguel Briante, Leonor Pichetti, Héctor Lastra, María Rosa Oliver y Jorge Luis Borges, entre otros y otras—, la novela transcurre efectivamente en Buenos Aires. Sus protagonistas, Isabel y la narradora, se reúnen periódicamente en un departamento para confesarse en un tono que va del secreteo al diván, ida y vuelta. Dos relatos en paralelo van cruzándose en el último libro de Paschero: por un lado, están los recuerdos orales de Isabel, quien comienza un descenso a los infiernos sexuales desde el momento en que su marido le propone sacarse fotos eróticas con una amiga para obtener un dinero extra. Por otro lado, está el presente de la narradora, Celia, que relata sus aventuras y desventuras por las calles porteñas. Para recuperar el título de un libro del afín Alfredo Moffatt: Estrategias para sobrevivir en Buenos Aires. Celia escribe sobre cómo escribir una novela, sobre cómo conseguir un trabajo potable, sobre cómo abandonar el psicoanálisis y abrazar otras búsquedas espirituales, sobre cómo elegir un proyecto de vida sin ser devorada por la cabeza de Goliat: “¿Cuántos caminos habrá que recorrer antes de encontrar el que se supone que es nuestro?”. 

Buenos Aires es el telón de fondo para la historia de estas dos mujeres y el extraño animal que habita en el fuego. Así narra Paschero un domingo porteño de invierno en el capítulo VIII: 

Claro que fue un paseo —si se lo puede llamar así- masoquista, como lo llamarían los psicoanalistas. Porque tomó un ómnibus que la llevó al centro y después caminó sin rumbo, porque sí, por las solitarias calles. Era domingo y no hay nada más desgarrador que las calles y plazas del centro en una tarde de domingo, lluvioso, y frío. Invierno, para peor. Buenos Aires accede a una luz azulada y opaca cuando es invierno. La luz espectral de una caverna de hielo. Luz sin fuerzas, que decae bruscamente a las cinco y media de la tarde, para cerrarse en noche cuando apenas son las seis. El invierno es delicioso para estar adentro. Y mejor, todavía, si nuestro amor nos acompaña en nuestro lánguidos paseos por cuartos cerrados, o en nuestros perezosos reposos en un sofá, frente a la estufa, con un buen libro en la mano, o buena música expandiéndose por la atmósfera, y dulces besos, más calientes y alcohólicos que el vino tibio con clavo de olor, tomado en tazas de barro. 
Pero el centro de Buenos Aires, que parece un hormiguero los días de semana es más triste en domingo que una calesita abandonada por los niños, girando torpemente al son de una musiquita pegajosa y llorona. Todavía la cosa se agrava si la perspectiva de una de esas calles se abre de pronto a los mástiles de los barcos en el puerto. Porque entonces, el corazón ya demasiado dolorido comienza a gritar con voz de sirena, y el desaliento se vuelve tan intenso, que ya uno no piensa más que en llegar hasta las aguas del río y hundirse por fin, con todo lo puesto, en esas olas color amarillo y gris. ¡Menos mal que Isabel elude el llamado de los barcos! ¡Menos mal que se aleja ahora del centro donde la muerte se esconde en todas las esquinas! (p .131). 


Las caras de Celia Paschero en la tapa de La salamandra. 

Hacia el final de La salamandra, Celia anuncia un viaje: “La viajera soy yo. Me he pasado el año suspirando por ir a Machu Picchu, en el Perú” (160). En la realidad, Paschero había realizado esa visita, entre enero y febrero de 1961, con sus dos hijas. Abandona, entonces, Buenos Aires y encuentra otro sitio, temporario pero fundamental, en su vida: Estación Lima. El poeta Martín Adán, Machu Picchu y un leopardo enjaulado se cruzarán en su camino. 

Pero esa es otra historia, otro lugar en la vida de Celia Paschero.*

*La primera versión de este ensayo se publicó en la extinta revista virtual Invisibles en 2020 (¡Good old times!). Algunos años después, el librero y lector Facundo "Kuky" Basualdo lo publicó en una corta tirada del fanzine de la librería también finita Ocio (recomiendo el actual newsletter de Facu: La Ceremonia del Ocio). Comparto por acá el texto para que queda a mano y para que nuevos lectores sigan llegando a la novela vitalista y genial de Paschero. ¡Salú! 

sábado, julio 11, 2026

H. A. Murena y el ciclo "El sueño de la razón"

Leer hoy a H. A. Murena es un gesto anacrónico. 
En los últimos años su poesía y sus ensayos han sido revisitados por distintos libros y reediciones, pero a mí me interesa el Murena narrador. 
Conozco su primer ciclo de novelas, publicadas por la editorial Sur entre los 50 y los 60, y espero que algún día una lectora valiente tome esa posta, pero a mí me interesa su segundo ciclo de novelas: “El sueño de la razón”. 
Las novelas que componen este ciclo groyesco (entre Goya y el grotesco), satírico, a puro humor, violencia y escatología (en varios sentidos) son Epitalámica (1969); Polispuercón (1970); y Caína muerte (1971). Yo agregaría a Folisofía (1976), como coda extrema, y de pretexto algunos cuentos que salieron en publicaciones periódicas como "La posición" (casi todos recuperados en el libro homónimo compilado por Guillermo Piro, que recomiendo con vehemencia).
Comparto una nota relacionada con esta exhumación de 1969. Es una de las pocas que he conseguido al momento en donde el propio Murena explica qué está escribiendo, cómo concibe el ciclo y en qué se centra cada novela. De paso, el texto recuerda brevemente la librería Verbum y las noches bohemias en los alrededores de la Manzana Loca. Es curioso que Polispuercón y Caína muerte llevaban otro título aún (¡el previo de Polispuercón era revelador!). 
En fin, pasen y lean. Y si aún no conocen al Murena zafado, grotesco, corrosivo, de apocalipsis y risa amarga, ¡quedan invitados a merodearlo!


El nombre que no se dice 

Con cierta nostalgia, recorre los anaqueles repletos de libros que pronto habrán de desaparecer: Verbum, la antigua librería de Paulino Vázquez, en la calle Viamonte, cerrará sus puertas en fecha próxima y con ella se irá todo un pedazo de la historia intelectual de Buenos Aires. Detrás del mostrador, su dueño fuma la pipa de raíz de cerezo con largas y lentas bocanadas, como si fuese un calumet indio o un nargilé oriental; de tanto en tanto atiende a uno que otro estudiante solitario que arriba luego de algunos trámites en el Decanato de Filosofía y Letras, lo único que queda en el viejo caserón frente a la librería. El traslado de la parte docente de Filosofía a la avenida Independencia y la liberación de los alquileres son, sin duda alguna, las causas de declinación y muerte de Verbum. “Momentánea —aclara Vázquez—, pues reabriré mis puertas en otro lugar de la zona, que ya tengo ubicado, pero que aún no puedo revelar”. 

El último cliente de la noche es el novelista Héctor Álvarez Murena: viene, como en sus épocas de estudiante a charlar, a hojear algún ejemplar raro, a recordar viejos amigos y también a confiarle a Vázquez sus proyectos. Epitalámica, su última novela, del ciclo “El sueño de la razón”, a punto de aparecer en Sudamericana, quiere ser una carcajada en medio de la noche, algo afín a la mirada del último Goya, y a la de su contemporáneo Sade: el vértigo de descubrir que “todo es posible” y tratar de expresarlo, según la definición de su propio autor. Y aclara que, por un lado, le ha proporcionado un goce inédito, la sensación de libertad plena, de estar escribiendo literatura después de haberse liberado de ella; y, por el otro, algo así como un poco de vergüenza ante la perspectiva de que muchos lectores no habrían de entenderlo pensando que es obsceno. “Porque la vida actual del hombre —define— es obscena por inhumana, y yo me limito a describir lo que veo”. 

El tema, dice, es extremadamente vulgar: el matrimonio de una pareja y sus vicisitudes. Pero el real protagonista es el lenguaje, la confirmación de que el hombre puede y debe conquistar una total libertad respecto a sus instrumentos. “De algún modo creo haberlo conseguido en Epitalámica —aclara Murena—; la narración está escrita con restos, con detritos culturales: de porteño, de estudiante de latín, de lector de literatura española, con lo cual he levantado una estructura que quiero llamar poética, porque su sentido supera al de las palabras que la forman”. 

El segundo relato del ciclo, Nímas Nímenos I.º, cuyo tema es el poder, aparecerá hacia fines de año. Ahora escribe el tercer tomo, Caína Final, cuya atmósfera define como la del “tiempo final”; y anuncia la inminente aparición en Buenos Aires de El nombre secreto, publicada por Monte Ávila en Caracas, cuya génesis fue un ensayo que Les Lettres Nouvelles le pidió en 1966, luego del golpe de Estado de Onganía, para explicar las causas de las revoluciones sudamericanas. El ensayo creció hasta convertirse en un libro cuya tesis resume: “La falta de un sentido religioso en América latina impide la formación de verdaderas comunidades; las existentes se asemejan más a los bancos coralíferos, donde lo único que se consolida es lo material y nada más que lo material”; un callejón sin salida que se repite desde el siglo XV, cuando los europeos desataron la fiebre del oro, destruyeron las comunidades indígenas y levantaron sus fundaciones sobre un verdaderos tembladeral que puja siempre por volver a su hora cero.

Es posible que Murena haya extraído la hipótesis de sus lecturas de Plinio el Joven y otros autores latinos, quienes analizan el sentido de los tres nombres de Roma: el oficial, el religioso y el secreto, un nombre que se supone era Amor, un anagrama cuya revelación costó la vida a uno de los pontífices máximos de la antigüedad.

Fuente: Primera Plana, n. 329, 15 al 21 de abril de 1969, p. 68.



domingo, junio 28, 2026

Un adelanto de Noches de cabaret, de marmat

marmat ya me había sorprendido con los fragmentos que compartía del monumental imperio ficcional llamado Malasya (Nudista, 2024). Por eso fue un placer, un honor, trabajar con él codo a codo en la edición de ese mamotreto. Y luego, luego apareció Noches de cabaret, un contrapunto del libraco delirante antes publicado. 

Esta nueva obra de marmat es un relato de dos amigos en la noche mendocina de los 80. Uno, Claudio, experimentado en las delicias del desborde; el otro, Alberto, dispuesto a aprender con las manos bien abiertas. El resto sucede en un abrir y cerrar de ojos, como la vida misma, en medio de los vapores del alcohol, las palabras dichas e imaginadas, el toqueteo rítmico de los cuerpos.

Dejo un adelanto Noches de cabaret para quien quiera leer, un fragmento del capítulo 1. ¡Que lo disfruten! ¡Y vivan las nuevas lenguas! 





Capítulo 1

Cabaret... metejón... un amor en cada esquina...

—A mí decime Claudio siempre. No Gringo. Claudio. ¿Qué hacés más tarde? ¿Querés que vayamos al centro? 

Lo había conocido en un picadito y le decían el Gringo. Nos tocó jugar en el mismo equipo una tardenoche y pegamos buena onda.
 
—Dale, Claudio... y sí, podría ser ¿como a qué hora decís? 

—No sé, cuando se haga de noche, tipo diez. Paso a buscarte por la esquina de tu casa. Es feriado, acordate, Semana Santa. Esta noche el centro se pone hasta las manos. Podríamos ir a visitar a unas amigas que paran por la San Juan haciendo la calle. En la parada del bondi se ponen. No sé, quién te dice... 

—Dale, Claudio, te espero entonces, me parece. Nos vemos a la noche. 

Cortamos. Miré el reloj. Caí en la cuenta. Habíamos hablado más de media hora por teléfono. ¡Qué calamidad! Con lo que se restringían las llamadas por entonces. Luego vendrían con los candaditos de ENTEL a regular la falta de pago. Pero al menos conservabas la línea y no te quedabas a pata. Te entraban las llamadas y podías atender, no podías llamar, pero con el tiempo si no se pagaba la boleta sonaba y sonaba con el candadito puesto. ¡Y ya lo dejabas que sonara!, o lo desenchufabas, porque cuando levantabas el tubo ya no se escuchaba a nadie del otro lado. 

A la conversación con Claudio la tuvimos desde mi habitación que da a la calle Almirante Brown. La suerte me dio otro enchufe para el teléfono, con lo cual podía tener mis charlas con amigos y amigas, llevándome el teléfono del comedor a mi pieza, sobre todo por las siestas o después de las diez de la noche. 

Había olvidado por completo era Jueves Santo. Estábamos en la Semana Santa, en el mismísimo Jueves Santo, y yo, en babia. ¡Yendo a un colegio católico! 

No comimos pescado ni empanadas de vigilia. Me acordaría. El perfume de Semana Santa siempre es la comida. ¿Por qué no comí empanadas de vigilia? ¿Qué almorzamos? ¿Almorzamos? 

De cualquier manera, la idea de ir al centro a saludar a esas amigas de Claudio, más aún, si el centro por Semana Santa iba a explotar aquella noche de abril de 1982, me pareció una idea salvadora. ¿La salvación me estaba esperando? La salvación del tedio por unas horas, al menos. 

Andaba aburrido por aquellos tiempos y, ahora me doy cuenta, debió haber sido ese día, o el anterior, del cual me quedó la sensación, el recuerdo tedioso… ¡Qué va! Por aquellos años era imposible aburrirnos. 

Yo no llegaba a la edad de Claudio, él tenía veinte años, y yo… ¡ni siquiera cumplía los diecisiete! Pero a Claudio lo veía maduro. Hecho, con calle y parla. Labia para ir al centro a chamuyarse a minas de la noche, de la calle, a las que yo por retraso madurativo, sentimentalmente hablando, les tenía miedo. ¡Pánico si hubiera sido en una vereda oscura! 

—Hola, qué tal, cómo estás, mi nombre es Alberto. ¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado? 

De pensarlo me sentía un imbécil. Me veía a paso firme acompañando el traqueteo cada vez más vertiginoso de sus tacos, la chica notablemente nerviosa y yo, intentando persuadirla, que contestara afirmativamente mis propuestas sádicas. 

Me di cuenta que por el sadismo de mi mente se filtraban frases traducidas, lugares comunes en el habla: “¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado?”. También pensaba como optimista en qué me diría la señorita en cuestión de aceptar mi propuesta explícita, de mi invitación a tomar un helado. 

—Hola, qué tal, Romina es mi nombre, camino hasta mi casa, vivo sola, me gusta conversar y tomar helados, pero más me gustaría que te quedaras conmigo a dormir esta noche, es Jueves Santo y hace frío, ¿te parece, Alberto?

Nabo, nabo y mil veces nabo. 

Pensar optimistamente es un purgatorio a pasitos del fracaso. Al menos, de mi fracaso. Porque había visto cómo Jorge, cómo Ricardo, y me habían contado de otros casos como el de Rubén y el de Carlos, alguna noche terminaban encamados con distintas minas, todas desnudas, tomando licor Tres Plumas, en lugares inverosímiles, fumando puchos negros, Parisiennes o Gitanes. 

Mis amigos eran unos reales porongas. Pero Claudio no mostraba nunca la hilacha, ni esa típica soberbia del blablador que anda de chisme en chisme, contando, como decía la canción de Copani, ¡cuánta mina que tengo! 

De cualquier modo, qué inquietante era imaginar a Romina. ¡Qué mujer más hermosa era Romina por favor! Si tan solo la imaginación pudiera materializar una noche con ella, las cosas hubieran sido muy diferentes… Caminaríamos por la calle Las Heras, donde nos habríamos conocido aquella noche de Semana Santa. Tomaríamos con ella los helados de Chini que le prometí. Luego le compraría una rosa a un vendedor de la calle y así, la noche nos guiaría hacia su cama, lentamente y sin estridencias, como si fuésemos una pareja de amantes. 

Romina acariciaría mi cuerpo y yo, luego de traer una botellita de agua de la heladera, me entregaría por entero a los roces. Ella, muy hermosa y muy compañera, me daría un beso de sorpresa en plena vereda, bajo el farol que ya no alumbra, y le propondría que un día fuésemos a ver muebles y electrodomésticos. Porque si la cosa funcionaba como hasta ahora, lo mejor sería casarnos, ¿no? 

En fin, me quedaba la imaginación… ¿Me quedaba la imaginación que mis amigos porongas no tenían? En eso estaba la diferencia. 

Mi imaginación tan virga… ¡y sus porongas al poder! 

La oscuridad del centro en esos años tenía su particularidad. Claudio me la había prometido por teléfono para esa noche. La plaza Independencia estaba hecha de sombras, de vetas largas y ondulantes, que por el viento, los picos de los pinos, más los picos de los pájaros, dejaban la estela flameante a su paso, hecha de más sombras zigzagueando que antes. 

En una de las calles linderas de la plaza, los que iban al Zócalo y los que vivían en el Zócalo, entre unos herbajes bajo el chumbís de los asientos para ciegos, se amontonaban bajo un techo, al que se le llamaba así: “El Zócalo”. Recalaban ahí los adictos a las pastas. Andaban galgueando con el metrolax y babeando con el tricimoldefino. Drogas de farmacia que podías encontrar en la mesita de luz de una vieja, si es que vieja había en tu casa por ese entonces. 

La idea siempre fue destruirse.

(...)

Fuente: marmat, Noches de cabaret, Río Cuarto, Nudista, 2026, pp. 9-13.

miércoles, junio 24, 2026

Dos ensayos breves de Enrique Luis Revol

Si mal no recuerdo me crucé con el nombre de Enrique Luis Revol en un artículo de Luis Chitarroni en la revista Cuadernos Hispanoamericanos sobre novelas argentinas de los 70 (venía siguiendo los pasos de Pepe Romeu y su lisérgica A bailar esta ranchera). Habré notado la mención a la única novela de Revol, Mutaciones bruscas (1971), la habré comprado (porque efectivamente la tengo en mi biblioteca), y habrá quedado ahí a la espera, porque la literatura sabe etcétera... 

Con el paso del tiempo, el nombre se me volvió a aparecer en el bellísimo e irregular libro de Eugenia Cabral, Vigilia de un sueño (2017), sobre la vida y enseñanza del poeta español Juan Larrea en Córdoba (la ciudad pozo, como diría mi amigo Manu Moyano Palacio). Ya esa segunda aparición me avivó la curiosidad exhumadora y, si bien intenté con la novela y rápidamente la abandoné, seguí buscando otros libros del profesor Revol, sobre todo aquellos de su veta ensayística. 

El pálpito fue atinado. 

Enrique Luis Revol perteneció, entre los años 50 y 70, a un grupúsculo de ensayistas, intelectuales y profesores que se podría bautizar como los eruditos. Pienso en Revol y en Jaime Rest y en Rodolfo Modern y en Roger Pla también. Hombres muy formados en la tradición humanista, lectores y críticos incisivos, geógrafos de la literatura mundial. Revol y la literatura inglesa y estadounidense; Rest, esas mismas literaturas más la francesa y también la argentina (todo su trabajo como prologuista en las ediciones de la librería Fausto, ¡uf!); Modern y la literatura alemana; el megaincreíble y olvidadísimo proyecto dirigido por Roger Pla, hito en tres tomos de las literaturas comparadas: el Diccionario de la literatura universal, publicado por Muchnik editores en 1966 (del que algún día tendría que hacer un posteo al menos...). 

Para hacerla breve: en los últimos meses me metí a leer los libros de ensayos de Revol y son muy gratificantes. Uno de los más destacados, para mí, es La tradición imaginaria. De Joyce a Borges (1971). 

Transcribo dos ensayos breves donde se ve al mejor Revol al momento de explorar las tensiones del acto creativo y al enarbolar, como en esos años escribía Pepe Romeu, las banderas de la imaginación (y no precisamente por joven revolucionario francés, que de eso el profesor cordobés tenía bastante poco). 

¡Pasen y lean! ¡Y ojalá se crucen con la prosa erudita y polémica del profesor Revol que bien vale la lectura! (Ah, dejo al final del posteo el índice para que lean la selección del libro que me parece bárbara).



Dualidad de la creación 

La obra de arte es consecuencia de una doble fidelidad, pero, para que la obra de arte fracase es suficiente una sola infidelidad. A dos razones se debe, activa y pasivamente, el creador; y por mucho que se esfuerce en atender a una de ellas, en realidad no le presta la debida atención si ignora o descuida la otra. 

Ocurre que en el mundo uno halla palabras, fuerzas que es preciso obedecer y que entonces cederán ante uno. Está la materia, a la que espera, adentro, una forma; y a cada materia la espera su forma. Porque en el bloque de mármol sí que está el monumento: al artista sólo le corresponde desentrañarlo. 

Pero la forma, es decir, la creación artística propiamente dicha, no se consigue mediante la fidelidad exclusiva a la que uno prefigura ni tampoco si meramente se tiene en cuenta un prejuicio sobre lo que le conviene a la materia. Así, quien ante un bloque de mármol se diga, por ejemplo (y deliberadamente pongo el más descabellado ejemplo): “Esculpiré la Gioconda según el retrato por Leonardo”, bien puede ser que consiga al final una especie de Gioconda, pero de seguro ésta del mármol sólo tendrá la materia geológica; y quien, por otra parte, se limite a afirmar que explotará todas las posibilidades de un pedazo de mármol, tal vez sólo consiga una piedra todavía más inanimada que el bloque original. 

Hoy por hoy, ya sabemos de memoria que es falsísima —y cuánto daño hizo, en su tiempo— esa vieja y necia oposición entre materia y forma, que es falsa al menos en términos estéticos. Así como el oxígeno no se “opone” al agua sino que es uno de sus constituyentes, del mismo modo la materia es una parte de la forma, cuya otra parte es la imaginación. 

Esta doble fidelidad a materia e imaginación, que es la esencia de la obra de arte, también tiene otros nombres, a saber: soledad y sociedad. Hay que precaverse, sin embargo, ante el riesgo de identificar, con excesiva premura, imaginación y materia con soledad y sociedad, respectivamente. Pero es cierto, con todo, que imaginación y soledad hasta suelen tornarse sinónimos al menos en el mundo actual, y que otro tanto es válido en cuanto a materia y sociedad. Pues de algún modo se presiente siempre que la piedra que tal escultor trabajará mañana en cierta forma, son parte de una gran piedra, de una gran palabra en que escultores y poetas se ejercen desde el principio de los tiempos. E igualmente, nadie puede dudar de que la disposición que el poeta dará a las palabras, para expresar sus propios sentimientos y pensamientos, o la exactitud de escoplo o buril en la obra del escultor, responden, de ser acciones válidas, quiero decir, necesarias, a un poder intransferible y solitario que a veces optamos por llamar imaginación. 

Pero esto no es todo. En el fondo de cada imaginación hay —como nos consta desde las indagaciones de la psicología profunda— elementos que comparte con cualquier otra imaginación; y esos son los resortes más activos de la fuerza creadora. Asimismo, cada piedra y cada color y cada palabra son, en un momento dado, algo diferente de todas las demás piedras, colores y palabras, precisamente porque están en un momento determinado y no en otro cualquiera, justamente por el hecho de ser esos materiales específicos y no otros (pero nada más que semejantes). 

De modo que, en el fondo, hay soledad y sociedad de la imaginación; y otro tanto es válido afirmar en lo tocante a la materia. El artista no necesita repetirse constantemente que es su deber de hombre llegar a los demás: si es fiel a sí mismo, lo será a los otros. 

Tampoco es imperioso que aísle su espíritu de los demás para expresar su peculiaridad: ante la piedra o la palabra, ese don secreto, lo exclusivo de un artista realmente creador, fluye naturalmente y se convierte en el secreto de todos, en don exclusivo de todos; o, si no, jamás fluye. 

El arte, forma por excelencia humana, es imaginación y materia, soledad y sociedad, tradición —esto es: pasado vivo— y un preciso instante, el “ahora mismo”. 

Todo lo dicho se verá más claro si se apela, como término de comparación, al juego. También en el juego están, a primera vista, los mismos elementos; pero en su caso la imaginación se subordina a la materia —hay un solo carril y hay que seguirlo forzosamente—, y el momento dado en que, por ejemplo, se escoge un naipe en la baraja depende de una inmutable tradición en que el pasado entero late ensordecedoramente, de una rigidísima escala de valores —el jugador no podrá decir: esta sota es de ahora en adelante un as de bastos— y así, la soledad del jugador, por mucho que se empeñe en jugar solitarios, queda abolida. Del juego se diría que es un arte sin soledad, que sólo le falta la soledad para hacerse arte. Sólo la soledad... pero la estatua o el cuadro o el poema son puntos de intersección entre sociedad y soledad, precisamente; y la creación no existe, en realidad, hasta que seres humanos determinados, con sus vergüenzas y grandezas diferentes de todas las demás, con sus frustraciones y logros propios, únicos, exclusivos, ingresan, con todo lo que son y todo lo que aún pueden ser y todo lo que ya nunca podrán ser, es decir, solos y a solas, en el plano común, en el mundo de todos. 

(Great Neck, 1950) 



El dominio imaginario 

La imaginación, ese chorro de vida indomable que hay en el hombre. En el animal se petrificó en el instinto, en exactitud como de relojería. Las sociedades humanas prehistóricas e históricas —pero, ¿también sucederá otro tanto en la sociedad posthistórica?— han tenido siempre, e inevitablemente, que recurrir a algún modelo animal en busca de una represa a fin de contener la tremenda presión imaginativa, esa pura vida que asimismo es —al menos, esto es lo que a menudo conjeturamos— la vida pura. Y una y otra vez, también, la imaginación se coló por los intersticios del pesado muro de la razón, ese pobre remedo del instinto —ese pedacito de poder imaginativo vuelto contra la gran fuerza de que en el fondo también ella es parte. 

Colándose a través de la represa racional, la imaginación —con más éxito, es cierto, en unas épocas y con más brillo, por supuesto, en ciertas culturas— moldeó la conducta, se solemnizó en los rituales, se expandió exuberantemente en los mitos, se concretó espléndidamente en artes, quiso —y tal vez lo haya conseguido, de vez en cuando— internarse en los arcanos del universo para explicárselo al hombre y así hacerle llevadera —quiero decir, exenta del incesante terror que la razón habría querido establecer como norma exclusiva—, más llevadera la vida al débil “animal no fijado”. Y de este modo ha seguido salvando al hombre, manteniéndole en su puesto tan peculiar en su sitio tan diminuto y no obstante tan realzado y exclusivo, salvando al hombre de la dureza de la piedra, de la plácida o la violenta necedad del animal, de la fosilización instintiva. 

¡Pues las termitas son las perfectamente racionales! El hombre ablanda las piedras por imperio de la imaginación, se inspiró en los instintos animales y así estableció su poética seudo-ciencia mágica, se mantiene flexible (y es por esto que luego va a desdeñar la magia) y así se torna crítico, tanto de su entorno como de sí mismo. Es la imaginación —y no la razón, por lo menos no la sola razón— lo que inspira la crítica, esta “décima musa”, esta señora final del dominio imaginario que también está necesariamente presente, como ya lo enseñaba Baudelaire, en todo auténtico artista creador. 

(1969)

Fuente: Revol, Enrique Luis. La tradición imaginaria. De Joyce a Borges, Córdoba, Teuco (Taller Editor de la Universidad de Córdoba), pp. 38-41.



viernes, junio 19, 2026

El retorno de la conversación literaria

Creo que si hay algo que falta en las redes sociales es la posibilidad de sostener un intercambio con los otros... Todo tan esquemático, superficial y efímero. Se me pianta un lagrimón... 

Sin embargo, en los vericuetos de YouTube, uno (yo) puede seguir encontrando conversaciones sobre la literatura, sobre la escritura, sobre qué significa leer y escribir en este siglo XXI. Es hora de reivindicar la conversación literaria. ¡El retorno de la conversación literaria! 

Comparto dos charlas que me gustaron mucho en estas últimas semanas: la primera es entre Manuel Moyano Palacio y Pablo Farrés, a propósito de la reciente publicación de La zona muda, libro de cuentos de este último; la segunda es entre Guillermo Mas Arellano (que la viene rompiendo en su canal Pura Virtud) y Juan Francisco Ferré, a propósito de James Joyce, Borges y otras yerbas muy variadas. 

Pónganse los auriculares, acomódense o sigan haciendo lo que están haciendo, y disfruten de la conversación literaria, una ruina más que vale revisitar en este mundo ultramoderno.
 

domingo, junio 14, 2026

Sobre El río oculto (2024), de Diego Arandojo y Jorge Fantoni

Releo El río oculto, de Diego Arandojo (guion) y Jorge Fantoni (dibujo), publicado por Deux Graphica. Le había dado una primera lectura cebada y veloz, necesitaba este nuevo encuentro para disfrutar esta historia de esoterismo y literatura en el Río de la Plata. 


Noto que podría ir en serie con: 

-primer eslabón: la muy conocida aguafuerte de Roberto Arlt sobre las ciencias ocultas (años 20). En esta historieta se trata del puntapié narrativo. Fausto se obsesiona desde pequeño con continuar los pasos del escritor y mapear el río profundo de sociedades secretas, libros mágicos y palabras cifradas que ha recorrido las calles porteñas.


 
-segundo eslabón: el no tan conocido ensayo de Adolfo de Obieta sobre la Buenos Aires invisible (fines de los años 60). En este sentido, Arandojo enhebra nombres visibles del esoterismo argentino literario (Leopoldo Lugones, el mismísimo Arlt, Xul Solar, Ernesto Sabato) y revela otros realmente olvidados o invisibles (Romilio Ribero, Ithacar Jalí, Josefina “Finita” Ayerza). La historia de la traductora de Aleister Crowley, Finita Ayerza, me pareció encantadora.


 
-tercer eslabón: un proyecto anterior de Arandojo, junto con Facundo Percio, como la historieta Beatnik Buenos Aires. El río oculto retoma el procedimiento de la anécdota narrativa compacta con un personaje fuerte, un lugar preciso y una acción principal bien definidas como elemento básico. Le suma una pátina de nostalgia y soledad: el protagonista y narrador, un Fausto maduro, parte del recuerdo de su padre para revelar su investigación de la Buenos Aires oculta entre el siglo XIX y el XX. 


Los dibujos de Fantoni, al igual que en el anterior proyecto compartido con Arandojo, Carne (2023), subrayan ese margen grotesco del horror, donde lo terrible se vuelve risible y al revés. Con El río ocultoArandojo el Mago suma una pieza más a su proyecto que se sigue tejiendo en los mundos del esoterismo, la cultura y el espíritu.

viernes, junio 12, 2026

Una solapa de Carlos Correas

Después de la causa judicial por su relato "La narración de la historia", Carlos Correas retoma con ahínco y concentración sus estudios de filosofía, se casa con su compañera Marta Brarda y comienza a dar clases en la universidad. Pero su escritura, durante casi dos décadas, se vuelve privada. Algo cuenta en el largo reportaje en la revista El Ojo Mocho: de qué modo la censura de su relato, el interrogatorio, las instancias judiciales terminaron afectando esa obra que se anunciaba como una literatura del escándalo pero que ante el escándalo, se corrió de escena y se volvió invisible. 

Sin embargo, con el correr de las lecturas y porque la exhumación de los textos de Correas sigue adelante (y se agradece el gran trabajo realizado en Todas las noches escribo algo), aparecen vestigios de ese Correas que en los 60 parecía escondido hasta que la tormenta de la represión moral amainara un poco... 

Uno de esos vestigios es una solapa de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, el libro publicado en 1964 que lanzó a la fama editorial a Juan José Sebreli. En los 50, junto a Correas y a Oscar Masotta, Sebreli había conformado un trío que discutía en las páginas de Centro y Contorno, bebía en los bares del centro y recorría las calles en un yiraje frenético. 

Siempre recuerden: Dios está en los paratextos, no los subestimen. (Gracias a marmat y a noescanon que en dos ocasiones me recordaron esta solapa).

Y vaya este texto escrito por Correas en los años 60 para seguir exhumando la vida y obra de este gran autor olvidado.


“Sebreli escribe con la seriedad del que piensa claro. Pertenece en este sentido a una buena tradición, como la de Juan Álvarez, Carlos Astrada y el Ingenieros mejor”, decía Bernardo Verbitsky a propósito de la aparición de Martínez Estrada, una rebelión inútil

Estas cualidades de ensayista, de crítico, de sociólogo, de pensador son confirmadas ahora, en su segundo trabajo: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación. 

Se encara aquí la crítica de la vida cotidiana de una gran ciudad, la alienación en que se mistifican las formas de vivir, de pensar, de trabajar, de amar, de sentir, de divertirse de sus habitantes. Utiliza para ello Sebreli, un método renovador, con raíces en lo más avanzado del pensamiento contemporáneo, donde se trata de rescatar los aportes más enriquecedores de la sociología asimilándolos a la totalidad dialéctica e histórica. 

Con una lucidez y una valentía que escandalizará a quienes viven en la ocultación y el miedo, Sebreli desenmascara el significado histórico y social de hábitos, prejuicios, fobias, manías, tics, gustos, modas, peculiaridades lingüísticas, inclinaciones sexuales, ritos y mitos cotidianos de los porteños. Todas las claves secretas de la vida de Buenos Aires, los misterios de sus jornadas febriles y sus noches de pasión, son desentrañados con una minuciosidad y una veracidad tal en los detalles que no se escatiman las noticias del día, los nombres propios de personas vivas y las direcciones y santo y señas de los rincones más ocultos de la ciudad, desde los salones herméticos del Barrio Norte hasta los tugurios siniestros del bajo fondo. 

Al rigor científico y a la riqueza de información, se suma en este singular trabajo, la sugestión de una evocación proustiana en busca de cosas olvidadas, vidas anónimas, momentos fugaces, tiempo perdido. 

Carlos Correas
 

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