jueves, agosto 20, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1)



Hace unos meses largos busqué algo que quería leer con ganas: el homenaje a H. A. Murena que realizó la revista Davar en otoño de 1976. Calculo que la referencia la había leído en la revista Artefacto con dossier mureniano de 2001 (agradezco a quien me lo pasó completito en fotos antes de la digitalización de AHIRA; no recuerdo tu nombre, amigo virtual, pero quede expresada mi gratitud). 

En todo caso, ahora que recomenzamos con los encuentros para leer el ciclo de novelas "El sueño de la razón" y a pedido de una exigente y querida participante que reclama la despedida de Victoria Ocampo (quien diez años antes había tenido un altercado con Murena, el fin de su participación en el proyecto Sur) es que me propongo digitalizar el homenaje de la Sociedad Hebraica Argentina a través de su revista.

Les dejo la intro, el listado de nombres de quienes participaron y comparto los primeros dos textos. ¡Que los disfruten!
El martes 10 de junio de 1975 se realizó en la Sociedad Hebraica Argentina el Homenaje al escritor Héctor A. Murena, fallecido el 6 de mayo del mismo año. Davar publica en este número las disertaciones de los participantes en la certidumbre de que constituyen un valioso y documentado testimonio de admiración y él reconocimiento que por la obra y la personalidad del poeta evocado tiene la literatura y el pensamiento argentino, en esa ocasión él de los amigos que, a un mes de su muerte, lo recordaron intelectual y emotivamente. 

Ángel Bonomini / Jorge Cruz / Bernardo Ezequiel Koremblit / María Lynch / Victoria Ocampo / Enrique Pezzoni / William Shand / D. J. Vogelmann / Alberto Girri 

de ÁNGEL BONOMINI 

Puede afirmarse que la trayectoria del pensamiento de Murena, desde sus primeros ensayos hasta La cárcel de la mente, traza una línea en que se perfila una inteligencia por momentos sobrecogedora para llegar a una conclusión: la de que “pensamos para dejar de pensar”. 

Dicho de otro modo, su inteligencia traza una línea paralela a la de la poesía, cuyo objetivo final es el de alcanzar el silencio. 

Pero observaciones como estas resultan descargadas si no se atiende a la verdad de que esa trayectoria dramática, en el caso de Murena, a través del pensamiento, está fundada en un principio de fe que luego se resuelve en desesperación, al revés de lo que declaraba Pablo, en cuanto a que la fe es la substancia de lo que se espera. 

Resultan descargadas estas observaciones enunciativas si no se atiende, además, que esa obra se ha desarrollado con todos los desgarramientos de las dudas; con la demencia de las contradicciones; con la candente agudización de los sentidos que permite percibir el eco de las verdades últimas; con la caridad hacia los extremos más excecrables de la condición humana que informan de su naturaleza; con la admiración ilimitada por los otros extremos de esa misma condición que informan sobre sus propósitos de perfección. Búsqueda, entonces, dígase, desde todos los ángulos de tiro para dar caza, si no a Dios, a una partícula de su sombra y conducirlo a mostrarnos la obligatoriedad de su existencia. 


Porque, a través de su deseo de desentrañar el país, a través de su fervor por aclarar la situación del hombre en este punto de su conflicto histórico, a través de sus novelas, a través de sus poemas, y aún a través de sus violencias y de su ternura, Murena no hizo otra cosa que buscar a Dios. 

Después de La cárcel de la mente reunió una serie de ensayos en La metáfora y lo sagrado. Son los referidos al arte. De todas esas intuiciones, mostradas en ese libro con una escritura incomparablemente más serenada que en sus ensayos anteriores, hay una que prevalece neta e inequívocamente: la de que el arte, aun cuando el mismo artista no lo sepa, sirve sólo de elemento pontificial, como puente entre este mundo y el otro. Es decir, el arte, substancia religante, tiene lo que la teología les asigna a los sacramentos: capacidad vehicular; sirve para llegar a Dios. 

Hay un modo de reducir a cinco palabras la sucesión de días de la vida humana: hay que dar la batalla. Pero la índole de esa batalla da a cada ser —por debajo de su sagrada condición de criatura— un grado de gracia diferenciador y necesario. 

Porque hay —por lo menos en una de las más altas religiones que se nos proponen a los hombres— una aceptada y terrible incógnita: quien más encarnizadamente busque a Dios, más lacerado quedará, más testimonialmente morirá. 

Sólo Dios sabe y dispone en qué rincón de la agonía debe situar a quien lo busca con tanta desesperación, es decir, con tanta esperanza de que al fin va a ver revelado su velado Rostro. 

Según las jerarquías que implícitamente sostuvo Murena, conforme a la Tradición, la poesía es escala anterior a la santidad. 

En este país sin santos, y en el que la vocación de la poesía tiene tan raras excepciones, la desesperada y esperanzada búsqueda por alcanzarla, y aun sobrepasarla tiene un solitario testimonio en el nombre de Héctor Murena. 


de JORGE CRUZ 

Vi y oí a Murena durante casi veinte años. Yo recibía sus colaboraciones en el Suplemento Literario de La Nación y era testigo divertido, como él, del ademán furtivo e irónico con que me las entregaba o las dejaba sobre el escritorio. Si no había algún colega temible que lo impulsara a un mutis asombroso por lo rápido y esfumado, se quedaba a charlar sin preocuparse del tiempo. Sabía de todo y de todos, de lo grande y de lo pequeño, de lo antiguo y de lo reciente, y hablaba siempre sin solemnidad ni pedantería pero seguro sobre el tema que trataba. En los últimos tiempos solía confiar sus colaboraciones al correo, y al teléfono sus conversaciones. Si sus poemas finales, tan hermosos, eran brevísimos (y sobre esto bromeaba en sus esquelas), sus conversaciones seguían siendo extensas y, por teléfono, más libres y hasta confesionales, dentro de los límites de una relación amistosa pero al fin y al cabo profesional. Siempre había un hecho concreto e inmediato en el principio, y después se explayaba la conversación. Murena juzgaba la realidad del momento, indicaba tal o cual hecho, en el que veía el signo de decadencias, hacía sus cuentas astrológicas e, impávidamente, aventuraba desastres apocalípticos. Parecía exagerado, demasiado severo y pesimista. Veía cómo la vida literaria se frivolizaba, cómo tal o cuál daba un oportuno giro para ajustarse a una nueva situación, cómo se codiciaban los viajes, los puestos diplomáticos, la gloriola que distribuían ciertos semanarios, cómo el libro era un objeto que había que rodear de propaganda, como otro objeto vendible cualquiera. Murena parecía entonces un amargado o un resentido. 

Había nacido en el mundo de las letras como Palas Atenea, armado de pies a cabeza, combativo y triunfante; se había alzado como la figura más fuerte de una generación, pero al cabo de los años otra generación lo menospreciaba y lo excluía. Murena se mantenía impertérrito, seguía en lo suyo, firme, lúcido. Parecía, a juicio de algunos, obstinado y orgulloso; había optado por vivir a contrapelo y nadar contra la corriente. Este dramático proceso de una vida ardua y por momentos heroica, en extrema tensión, era, en lo hondo, un elemento corrosivo que debía terminar por agotarlo. 


Murena tuvo vocación y pasta de maestro, no, ciertamente, por afán de dominio, menos por vanidad, sino porque sabía que era necesario sostener a un grupo de hombres que conservaran y cultivaran ciertos valores fundamentales. La ostensible generosidad de Murena creo que provenía de ese íntimo convencimiento. Ayudaba, incitaba; en lo que podía, facilitaba posibilidades de viajes, de becas, de publicaciones, de contactos con otras personas. Escribía cartas, recomendaba revistas, libros, daba direcciones; había una frenética urgencia en esa prodigalidad intelectual que se reflejaba en su mirada intensa, negra, que a veces parecía alucinada y a veces feroz. 

El pesimista Murena, el amargado, el obstinado, hubiera podido dar un giro elegante, hubiera podido incorporarse a los “felices pocos” de la “intelligentsia” internacional, hubiera podido optar por un cómodo y prestigioso nomadismo, de fundación en universidad, de universidad en editorial, de editorial en fundación, en una ronda sin fin. Obstinado, se quedó en su departamento del barrio Sur y optó por la pobreza, renunció a los viajes, a las publicaciones y a la vida socio-literaria. El escritor y el artista habían llegado a ser para él cosas sagradas. Murena había elegido una senda difícil, abrupta, y por ella andaba. 

No todo era apocalíptico en esas conversaciones telefónicas, que menciono solamente con la intención de dar un testimonio personal. Era gracioso oírlo hablar de sus problemas domésticos, de sus compras en el almacén o en la carnicería, de sus almuerzos entre obreros, jubilados y pequeños empleados en alguna fonda vecina; de los encontronazos con la señora que, también ella terca, se empeñaba en limpiarle su cuarto. En esas circunstancias sorprendía en la gente común actitudes y comentarios graves o ridículos que él incorporaba a sus pensamientos y a sus teorías sobre las cosas. No todo era apocalíptico en esas conversaciones, pero, de cualquier modo, uno terminaba por quedar nervioso e inquieto. 

Ahora, luego de su muerte, que a tantos nos ha dejado atónitos y llenos de oscuros presagios, vuelvo a evocar y oigo nítidamente la voz desolada de Murena relatando sus caminatas nocturnas de insomne y algunas anécdotas reproducidas con ácido humor y sin piedad, como un ejercicio de autoflagelación. Me lo imagino caminando por las calles desiertas, solo, como la imagen del verdadero y más doloroso exilio, en su ciudad, en su país, sobre el cual tanto había meditado y del que jamás quiso apartarse. 

Sabemos que Murena era de esos hombres de los cuales los pueblos concluyen por enorgullecerse, solemnidad ésta que le hubiera causado risa, sin duda. En lo inmediato, sus pesimismos y amargores se han hecho punzantemente actuales y son nuestros; los sentimos todos los días ante un mundo que retrocede vertiginosamente a las edades volcánicas, incierto y sombrío acaso como nunca.

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 245-247.

lunes, agosto 17, 2026

Sobre Dodecamerón, de Carlos Rehermann

Leo Dodecamerón, del autor uruguayo Carlos Rehermann, una novela publicada por Hum editores en 2008.

La recomendación vino de la mano del amigo de la casa Gustavo Guerber. Hace varios años atrás me había mencionado el libro, que compré luego, y que atesoré en la pila de pendientes durante un par de años más. Por suerte, por azar, decidí abrir las páginas de Dodecamerón y me subí fascinado al yate Magalí para iniciar el viaje de la narración.

Inspirado en clásicos de la narración tradicional y múltiple como Las Mil y Una Noches, El Decamerón y Los Cuentos de Canterbury y, en especial, Manuscrito Hallado en Zaragoza, de Ian Potocki, Rehermann monta, construye, diseña una historia central ya transitada: diez personajes aislados en un yate cuentan cuentos para pasar el tiempo. 

Uno de los aciertos es la focalización en Alejo, quien brinda el marco para el juego ficcional sin ataduras. La elección le da cohesión novelesca al caleidoscopio de las 12 jornadas de historias contadas por los 10 personajes en esta novela de casi 500 páginas. 

El otro acierto es la propuesta de incluir nombres, recuerdos o detalles biográficos de los propios pasajeros del Magalí. Verdaderos o no esos detalles y alusiones (que por momentos se van encadenando y continuando y en otros torciendo y desviando de jornada a jornada) conducen al lector por el borde resbaladizo de la realidad y la ficción. Lo mismo sucede con la aparición de autores célebres como Lobsang Rampa, Jorge Luis Borges y Miguel Cané, entre muchos otros, consignados en un índice onomástico que cierra Dodecamerón.

Más allá de la imaginación ficcional desbordante que demuestra Rehermann en estas páginas, lo que más me fascinó es la variedad de estructuras narrativas (casi figuras geométricas o bosquejos arquitectónicos) que despliega en cada jornada. Así, una parece plantear una cadena de eslabón a eslabón (el relato 1 deriva en el 2; el 2 en el 3; el 3 en el 4; y así); mientras que otra surge de un relato inicial que se va abriendo como una flor (del relato 1 sale el 1A, el 1B, el 1C...); y otra juega con la lógica de las muñecas rusas (del relato 1 sale el 1A; del 1A sale el 1AA; del 1AA sale el 1AAA; etcétera). De jornada a jornada, Rehermann teje una telaraña de humor y tragedia, de erotismo y aventura.

En resumidas cuentas, Dodecamerón es una novela desbordante en su imaginación y calculada en su arquitectura, es fascinante la habilidad ficcional de Rehermann. Me quedan ahora las ganas de seguir leyendo su obra.

martes, agosto 11, 2026

"Tres maestros", por César Aira

Hace unas semanas atrás el sitio web grandioso Ahira subió completita la revista El Porteño, desde 1982 a 1993. Todavía no tuve el tiempo de ponerme a hacer un buen rastrillaje (aunque a vuelo de pájaro vi la repetición de tres nombres que me interesan bastante: Miguel Briante, Jorge Di Paola y Rodolfo Fogwill). 

En esa mirada liviana me crucé con una selección realizada por César Aira en 1989 de, según sus palabras, "tres maestros": Perlongher, Carrera y Osvaldo Lamborghini. Pueden ver en el número en particular cuáles textos eligió: "Las tías", de Perlongher; un fragmento de "Mi padre", de Carrera: y "La palangana" y "Una mujer", de Lamborghini. 

Lo que me gustó fue el breve texto de presentación que Aira delineó para la nota. Dos cositas que me llamaron la atención durante la lectura: la mención a Laiseca ("Como en el caso de Laiseca, no apreciarlo [a Perlongher] conduce al masoquismo"); la comparación de OL en Pringles como "una murena". Esta no deja de enviarme, al menos por homofonía, a H. A. Murena y a una estrategia similar usada por Hugo Savino en su ensayo "Murena, la palabra justa" publicado en la revista Innombrable, n. 1, en 1985. 

Por otro lado, qué ganas de que alguien alguna vez escriba un buen texto biográfico, crítico o lo que sea sobre la amistad y la potencia literaria entre Aira y Carrera. Es un asunto bastante subestimado a la hora de hablar del genio pringlense...

Bueno, basta de vericuetos introductorios. ¡Que disfruten del bello texto sobre los tres maestros! ¡Y gracias de nuevo al laburazo de Ahira al disponibilizar todo este material! 

 

Tres maestros (César Aira)

Los poetas son maestros de poesía, pero sus acólitos son sus maestros y los maestros son discípulos, y la poesía en general es el arte de hacer proliferar a los poetas. Trabajan con una distracción apasionada que los pone fuera de sí, en series intersubjetivas, en el centro de rombos incongruentes en cuyos extremos están el maestro de todos los discípulos y el discípulo de todos los maestros, y ellos en el medio, en un espejeo que los enloquece de felicidad propia y ajena. Practican el snobismo de todas las modas, para ser más veloces que el tiempo, y perfeccionan sus técnicas sólo para poder trabajar más, y más rápido. Los poetas en general son artistas de la proliferación. 

Carrera, Perlongher y Lamborghini son tres maestros en los que podemos confiar: su actividad respalda un flujo prolongado de intensidades y velocidades. Por otro lado, ellos mismos son series; los tres han creado su propio mito de lo innumerable personal. Carrera ha sido el más consecuente y espléndido, el bardo eficaz de la multiplicación de los niños y los éxtasis, post-vanguardista nato. Perlongher practica un body-art de telepatías intrincadas. Como en el caso de Laiseca, no apreciarlo conduce al masoquismo. Y Osvaldo Lamborghini, el venerable padre espiritual de nuestro comité (él nos reveló que existía un comité, para empezar) es en su divertidísima persona la teoría y práctica de la serie: una puntuación, una pura y gloriosa puntuación, la música de las dichas y desdichas de la vida. 

Y una curiosidad histórica. un epifenómeno de la lectura: hace unos años hubo un sitio donde coincidieron los tres maestros, un pueblito de la llanura del sur bonaerense, de tous les lieux, Pringles. Antes y después de la poesía, la biografía hace avanzar las imágenes (y, por cierto, tenemos permiso para un leve sobresalto): Perlongher eligiendo ropa vernácula en la Casa Aira, en compañía de un bellísimo negro bahiano; Lamborghini, fijo como una murena de las profundidades en el bar del Hotel Pringles, tomando whisky con sus ojos saltones sobrenaturalmente fijos en la televisión; Carrera paseando en auto por las calles desiertas a la madrugada, con sus hijos dormidos en el asiento de atrás y Nina Hagen al mango en el stereo. ¿Qué más se necesita para garantizar la proliferación?

Fuente: El Porteño, n. 37, año IV, enero de 1985, p. 63.

jueves, agosto 06, 2026

"La autora de Frankenstein", por Luisa Sofovich

En algún otro momento debería dedicarle al menos un posteo más extenso a Luisa Sofovich, la genial escritora de la Biografía de la Gioconda (1953) y de Siluetas en negro (1950). Hace unos años atrás, Augusto Munaro la recordaba en esta serie trunca que quise hace llamada "Escrituras excéntricas". 

Sofovich escribió entre los años 40 y los 50, participó de varias publicaciones como el diario La Prensa y la revista Saber vivir. Se casó con el vanguardista, maestro, hombre todoterreno Ramón Gómez de la Serna. Probablemente el tiempo y la deslectura hayan dejado a Luisa a la sombra de Ramón. Una pena. 

Sofovich tenía una pluma impecable, grácil y erudita. Fue Gustavo Charif, un artista total, quien me recomendó su libro Siluetas en negro, un compendio de siluetas de grandes escritores y escritoras (desde Thomas de Quincey hasta las hermanas Brönte; el n. 5 de Golosina Caníbal presenta..., hoy agotado, exhumó la silueta de James Joyce) de una calidad pasmosa. 


Tengo pendiente ordenar y pasar en limpio las colaboraciones de Sofovich en la revista Saber vivir, en la que Ramón Gómez de la Serna fue estrella principal. Por casi dos décadas, esa revista lifestyle, que cruzaba exiliados españoles con autores argentinos encumbrados, fue para la autora un laboratorio de escritura y, entre sus páginas, publicó muchos más perfiles de escritores y escritoras. 

Escojo uno, el de Mary Shelley o como la llama Sofovich con un hermoso recurso indirecto: "la autora de Frankenstein" (gracias a Diego Cano, quien fue el primero en pasarme fotos de esta nota). Espero que lo disfruten tanto como yo y les recomiendo que busquen libros de Luisa Sofovich. No se arrepentirán. 

¡Ojalá algún día logre/logremos reeditarla! ¡Salú!




La autora de Frankenstein (Luisa Sofovich)

Era hija de una mujer que había dicho una vez: “No siento ningún temor a la presencia del demonio”, pero aquella mujer nada hipócrita, ardiente y casta a su modo, que fué Mary Wollstonecraft hubo de sucumbir una y otra vez, muriendo, al fin, para dar a luz una hija que sería la vencedora. 

Porqué la autora de Frankenstein pertenece a la secta de los que crean demonios y no a los que (y al hacerlo ya proclaman su derrota) los desafían. 

Era hija de esa madre cuyo nombre, Mary, heredaría, a la que no llegó a conocer y que era famosa por sus escritos y por sus tristes emplazamientos a la vida, y del filósofo Godwin el cual muy poco tiempo después de haber enviudado de Mary Wollstonecraft volvió a casarse con una señora Clairmont que tenía un hijo y una hija de su anterior matrimonio y que bien pronto tuvo otro hijo con su nuevo marido. Había además en la casa otra presencia, una Fanny, jirón de un primer matrimonio de la muerta Mary Wollstonecraft y que llevaba el apellido Imlay y era hija del Gilbert Imlay tan amado y perseguido por Mary Wollstonecraft que, como dice la gótica poética y actual Edith Sitwell: “la persecución y la fuga fueron de tan enorme velocidad o insistencia que a esta distancia del tiempo nos sentimos casi asfixiados por la polvareda”.

En este hogar hecho como esas colchas tristes pero útiles, que se logran formar con caprichosos y multicolores retazos a los que une una tira de tela uniforme y opaca, creció la autora de Frankenstein y tal apeadero le sirvió como sirven al subconsciente creador todo lo fragmentario, lo no encajado, lo anormal diurno, lo que estando aparencialmente compacto estaba, y de eso siempre se tiene la intuición, disgregándose por dentro. “La invención —ha dicho ella misma— no consiste en crear algo de la nada, sino del caos”. 

Los varones de este hogar de encrucijada, los Charles y los Williams casi no cuentan, como no sea para que la autora de Frankenstein disponga después de muchachitos gentiles que serán cosechados por el monstruo en su perpetua huida. En cuanto a las mujeres, las Jane (Claire después), las Fanny y la propia Mary ¡qué novelesca vida real van a comenzar a vivir en cuanto aparezca por allí el que tiene que aparecer! 

Cuando Percy B. Shelley visitó por primera vez a los Godwin fué con su joven mujer Harriet Westbrook, y ese día la autora de Frankenstein no se encontraba en la casa, pero como ella se parecía mucho a su madre, Godwin enseñó al poeta el retrato de su anterior y muerta mujer. Shelley, que admiraba a Mary Wollstonecraft, se quedó largo rato mirándola. 

A partir de ese día principió una historia fantástica, una forma de experimentar y vivir la vida sólo a lo intelligentzia, que acaso hasta hoy, no ha sido superada por un grupo suelto. y que es impresionante si se piensa que en el experimento se combustionaron dos o tres almas tangentes, nada más, a la inteligencia, pura pero que empujadas —¡extraña, femenina doblez!— por algo profundamente instintivo, se vistieron de ciega espiritualidad. 

Libras esterlinas, escapadas con travesía del Canal de la Mancha con vómitos y olas salpicando los bancos del entrepuente, regresos y más escapadas y niñas que nacen y niños que mueren y ciudades de Suiza y de Italia y una niña que de Byron tiene en Jane, a la que opinando que su nombre era feo se lo han cambiado entre todos por el de Claire, y otro niño que se les muere a Shelley y a Mary y el suicidio de Fanny, enamorada silenciosa de Shelley, en una habitación color láudano de un hotel barato y el otro suicidio de Harriet, la primera mujer de Shelley que no atreviéndose a dar a luz a un niño, que ya no es precisamente de Shelley, se arroja al turbio Serpentine un día martes, quedando al fin libre Shelley para hacer de Mary una Lady. 

A Shelley, que se había casado por primera vez a los diez y nueve años, sin el consentimiento de su padre, futuro heredero de un rico baronet, le pasó esa cosa predestinada que es caer en una sala de clase media con lámparas con flecos de abalorios y butaquitas gastadas y macetas de nerviosas begonias y varias hermanas, o medio hermanas, o hermanastras muy cálidas, muy curiosas, que van y vienen, ondulantes, y siempre con una sorda rivalidad entre ellas que al mismo tiempo se quieren mucho y se asisten en sus raptos neuróticos y no tienen ningún porvenir y son locas por la poesía y los rincones... 

Cada una de ellas es dueña de un gesto seductor y todas juntas forman el políptico de la mujer semilibre, semipura, semitierna, semidesinteresada, semiávida, semifrígida que atrapará irremisiblemente al poeta que, además, es un lord y es inmensamente rico. 

A los quince días de haberse sacado del Serpentine el cuerpo de la ahogada esposa, Shelley y Mary se casaron y por la noche ella escribió en su diario: “Viaje a Londres. Se celebra una boda. Leo a Chesterfield y a Locke”. 

Sí. Hay algo de intrínsecamente frío en la autora de Frankenstein

Tenía los grandes ojos del mismo color de las avellanas: ese mirar tan pulido y con un reflejo, como el de una pupila de la avellana: fría, fría y recelosa avellana que cruje al partirse y ofrece su pequeño corazón encerrado y siempre un poco amargo. 

Un día que Shelley se asombraba de cómo un amigo común, Trelawny, al conocer a Byron le había rápidamente desenmascarado a diferencia de ellos que habían tardado tanto en hacerlo “Es que Trelawny —dijo ella— vive con los vivos y nosotros con los muertos”. 

Ya alternaba con la muerte cuando, de muchacha, se iba a leer todas las tardes a la tumba de su madre, porque era el único sitio donde “se sentía bien”. Allí se cita con Shelley casado con otra, y cuando tiene que crear su monstruo literario recurre a la muerte para recoger en ella la vida que ha de infundirle, contempla la corrupción final que sustituye a la florescencia de la vida, observa “cómo los gusanos heredan la maravilla del ojo y del cerebro”: escudriña, ata cabos y lianas necrófilas y en una mezcolanza científico fantasiosa, con su poco de mariposeante galvanismo, levanta su Frankenstein, la novela precursora de su género. 

En realidad Frankenstein es un caso de desdoblamiento en el que el robot representa las tinieblas, la fuerza dispersa, lo sigiloso humano que siempre acecha desde el borde de una cuneta o reflejado en el vidrio de una soñolienta pastelería. Después vendrá Stevenson con su Dr. Jekill y Mr. Hyde y más tarde, recogiendo la concepción posible de ser confeccionado a voluntad por el pensamiento y la bella recién llegada electricidad, esa Eva Futura, de mimbre y fluido que inventó Villiers. 

Desprende perfume de otra vida —en continuo ejercicio poético, borradas las fronteras de lo cierto y lo improbable— la explicación de cómo llegó a escribirse esta gran novela (que en estos días se ha publicado en la Colección Pingüino, en castellano). 

Ellos, los Shelley, estaban viajando por Suiza con sus niños habidos y por haber y la infaltable hermanastra Claire, fatalmente enamorada de Shelley y los también infaltables tomitos, encuadernados en piel, de Sófocles, Keats y el Dante, que Shelley llevaba siempre en los bolsillos. 

Era verano y cerca de ellos vivía Byron en una casa de la que Claire, sin dejar de amar a Shelley, acabaría por salir al amanecer, perdiendo una zapatilla en el jardín, mientras detrás de los postigos cerrado, el olor de las rosas que se quedaban junto a Byron parecía reírse de ella que corría por el sendero temerosa del naciente sol. 

Al principio todos ellos se lo pasaron vagando y curioseando por los alrededores, “pero el verano resultó húmedo —escribe lady Shelley— desagradable, a menudo una lluvia incesante nos confinaba en la casa durante días enteros. Algunos volúmenes de cuentos de aparecidos traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos”. 

Trataban de la historia del amante inconstante que cada vez que iba a abrazar a una nueva novia, encontraba entre sus brazos el fantasma de la última mujer a la que había engañado. 

Trataban del fatídico fundador de una estirpe que, al mismo tiempo, tenía la horrible misión de exterminar a cada nuevo hijo en cuanto alcanzase la edad de las promesas. Lady Shelley con sus grandes ojos siempre un poco absortos, casi veía corporizada la gigantesca figura que a media noche, por el corredor del castillo se dirigía a cumplir su cometido en medio de sueño de sus hijos. “Eterna pena expresaba su rostro cuando se inclinaba para besar la frente a las criaturas que, desde ese momento empezaban a marchitarse como flores arrancadas de su tallo”. 

Cosas así leían, muy para ingleses traspasados por el reumatismo latente de un húmedo estío interminable entre altas montañas. 

“Escribamos cada cual un cuento de aparecidos”, dijo lord Byron y su proposición fué aceptada. “Éramos cuatro”. 

Pero inesperadamente varió el tiempo y ni lord Byron ni Shelley ni el doctor Polidori, que era el cuarto aburrido, terminaron su cuento. La mujer, no sólo lo hizo, sino que enseguida, a instancias de su marido el poeta lo alargó y complicó inmortalizando su personaje “Frankenstein” (ella no podía presentir cuánto daño y favor le haría un cierto Boris Karloff). Había escrito ya algunos novelas: Valperga, romántica e italianizante: Lodora, algo autobiografiada y El último hombre, ensayo en un sentido de su ahora bien lograda fórmula frankenstiana, hecha a semejanza de sus pensamientos de una cierta noche de insomnio “en que un espectro había acechado mi almohada”. 

Todos los años al llegar la estación del viento y la furia se llenan, o se llenaban, de leña las leñeras inglesas, y también de nuevas novelas de terror. Pero todos los años hay una inglesa o un inglés que junto al fuego azulenco —brasa al vivo rojo infernal— vuelve a leer el libro de la hija invicta de Mary Wollstonecraft.

Fuente: Saber vivir, n. 76, año VII, enero de 1948, pp. 40-41.

martes, agosto 04, 2026

Sobre "Café Pombo", de Agustín Caldaroni


Leo Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni, libro de relatos publicado en 2023 por la editorial El fatalista.  

Descubro entre sus páginas, en un cuento muy destacado llamado “Café Pombo”, al pintor y escritor español José Gutiérrez Solana. Me trae reminiscencias de mis lecturas recientes del Murena novelista; busco en internet y efectivamente lo vinculan con Goya

Caldaroni arma un relato nostálgico y oscuro: ¿qué se hizo de los cafés, de esos lugares de encuentro? ¿Por qué la vanguardia terminó tapando a la retaguardia? ¿Qué rastros, gestos y experiencias dejaron los retaguardistas, aquellos que sospecharon del progreso, de la novedad, de los espejitos de colores y abrazaron lo bajo, la muerte y la fiesta? 

Los tres personajes de “Café Pombo” (Gutiérrez Solana, Ramón Gómez de la Serna y Filippo Marinetti) son fantasmas de otro tiempo que habilitan nuevas luces para el nuestro, un presente que se nos escapa. Casi también como si el futuro estuviera en el pasado, pegando la vuelta. 

Y la literatura, parece contar Caldaroni con su “Café Pombo”, puede traer de nuevo a escena esas voces muertas para barajar y dar de nuevo, para reabrir heridas, para exhumar mundos y proyectos que parecían perdidos. Mundos que están ahí, entre los pliegues del tiempo, a la espera de alguien que mire con un poco, con un poquito de atención.

domingo, agosto 02, 2026

Golosina Caníbal presenta... n. 22


Me complace presentar el número 22 del fanzine Golosina Caníbal presenta… 🌈🌈🌈🌈 

¿Dónde habrán quedado las cartas perdidas? ¿Puede la carta volver a reencantar la comunicación en este mundo de ansiedad, sobreinformación y mensajes efímeros? 

En el fondo de la revista Sitio, publicada entre 1981 y 1987, supo haber una sección llamada “Correo perdido”. Dos o tres páginas recopilaban cartas de diferentes autores, de diferentes épocas e intenciones. 

Este ejemplar del fanzine, como toda misiva que se precie, viene cerrado. Encuentre el lector que desee las cartas de aquel correo perdido… 

La exhumación fue posible gracias al trabajo valioso del Archivo Histórico de Revistas Argentina, que pone a disposición todo este material revisteril. ¡Gracias, Ahira! 

✍️ Si te interesa un ejemplar, ¡me lo pedís a este mail golosinacanibalblog@gmail.com y coordinamos! 

¡También tengo números anteriores

¡Salú! ¡Y gracias por el interés!

miércoles, julio 29, 2026

Dice el profesor Enrique Luis Revol

Ahora bien, precisamente porque si el poema es un hecho estético triunfante se tiende a aislarlo de su autor ya que da la sensación de impersonalidad, de un como haber estado ahí desde siempre, justamente por esto se olvida a veces demasiado que el autor vive o vivió, con todo lo que el vivir implica cuando se trata de un ser humano. Se olvida, incluso, que en un momento dado se sentó a escribir esa pieza determinada y que la consideró tan suya como para estampar su firma al pie de la misma. 

Con lo precedente no se trata de restablecer —quede desde ya bien en claro— ese postulado falsamente "psicológico", que como es sabido tuvo no hace demasiado su hora, según el cual existe necesidad imprescindible de conocer la vida para apreciar la obra. Únicamente se procura destacar que también la poesía es de factura humana; de modo que resulta perfectamente verosímil que el poeta, habiendo nacido tal día de tal año y habiendo sido inscrito por padres pobres o ricos en el registro civil o parroquial, tras lo cual cursó estudios superiores (o no), dejó de enamorarse debidamente o se enamoró con reiteración escandalosa, anduvo cargado de deudas o ganó un caudal, y terminó tirándose por una ventana o plácidamente rodeado de numerosos hijos, que el poeta está, por lo menos en buena medida, marcado por la época en que vivió, por todo lo que vivió. Por lo cual, sin caer en ningún exceso "sociológico", "psicológico" o "historicista", es seguro que la contextura propia de su época, y luego la de su tierra y hasta la de su familia, han de estar presentes en la obra del poeta, incluso por mucho que haga para disimularlo y a menos que sea un tonto (en cuyo caso, demás está decirlo, no será buen poeta...). 

Conviene también tener en cuenta, sin embargo, que el aire propio de cada época afecta en diferente medida a cada artista. Parecen existir grados diversos de susceptibilidad a la circunstancia propiamente histórica, lo cual sin duda está en relación con la influencia ejercida por el factor geográfico o por la vida familiar. Y si no es posible detenerse aquí, desgraciadamente, a considerar esta cuestión con el debido rigor, la aclaración resulta imprescindible para comprender mejor qué ha de entenderse por poesía moderna. 
En Revol, Enrique Luis. Pensamiento arcaico y poesía moderna, Córdoba, Librería Assandri, 1960, pp. 10-11.
 

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