lunes, abril 20, 2026

Estado de sitio (Gabriel Báñez)

En el cruce entre literatura y psicoanálisis, sexo y política, Gabriel Báñez, ese gran escritor platense que aún sigue siendo un secreto a voces, parece un hijo adoptivo de la revista Literal (¿y padre amoroso de José Retik?). Eso anotaba mientras leía hace unos años El curandero del cuarto oscuro, una novela publicada en 1990. Entre sus páginas, reaparece el relato "Estado de sitio", que ya había publicado a mediados de los 80 en la antología Cuentos eróticos, donde Báñez compartió páginas con Fogwill, Laiseca y Guebel, entre otros y otras. 

No fue un recurso novedoso en la escritura del platense: ya lo había hecho entre pasando tramos y personaes de Góndolas (1986, pero escrita antes) a Hacer el odio (1984); luego lo haría con la historia del japonés Katsusaburo Miyamoto y su esposa embalsamada en el relato El circo nunca muere (1992) y en, tal vez la mejor novela de Báñez según el juicio de la lectora sagaz Ana Regina, Virgen (1998). Los lindos juegos metatextuales que los lectores de Thomas Pynchon y de tantos otros apreciamos.

En todo caso, este largo rodeo es para compartir ese cuento, "Estado de sitio". Lo hago por dos razones: porque no está accesible digitalmente (pero sí, en el pequeño y valioso volumen recopilatorio El circo nunca muere, de la editorial Mil Botellas); y porque, en conversaciones alrededor del joven Laiseca, salió como un ejemplo de la serie sobre la Gran Llanura de los Chistes que Gabriel Báñez, Osvaldo Lamborghini y Alberto Laiseca exploraron en sus escrituras refractarias. 

¡Que lo disfruten! ¡Ojála se rían tanto como yo durante su lectura! 






Estado de sitio (Gabriel Báñez) 

Creo que lo primero es el comienzo. Bueno, lo primero a decir entonces es que mamá no es mi madre. No es un juego de palabras. Nada de eso. Yo la llamo así porque las circunstancias me obligan. Podría llamarla por su verdadero nombre, quiero decir por el nombre que tenía antes, pero sería inapropiado. Además, estaría falseando el espíritu de los acontecimientos. Y los acontecimientos son que me encuentro prácticamente confinado en una casa que no es mi casa y con una madre que no es mi madre. Así de sencillo y así de complejo. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro. 
—Estás devaluando, nene, no jodás más. 
Tiene razón, estoy como devaluado. Ella es al revés, ha crecido a ritmo inflacionario. Uno en ascensor y el otro en la escalera. Hay cosas que son escabrosas de contar, no tanto como la economía del país, pero bueno, escabrosas al fin. Por ejemplo que de aquí en más tendré que decirle mamá sin comillas y aguantar lo que sea. Pero está hecha la advertencia. 
—Cagón. 
—No, mamá... 
—¿Por qué no contás que después de echarme un polvito me gusta el jugo de naranjas? 
Eso es verdad. No se puede ser polisémico en asunto tan delicado como éste. Y bueno, sin ironía debo reconocer que sí, que después de hacerle el amor mamá pide siempre jugo de naranjas. Es una costumbre que no puedo quitársela. Me jode: es el zumo del Edipo que me exprime los sesos. Sobre todo por la manera: 
—Andá, nene, traeme de la cocina una naranja exprimida, pero sacale las semillas... 
Siempre lo mismo. Cojérmela no es garantía de estabilidad emocional. Todo lo contrario. A veces llega a exasperarme. Tiene esa manera pérfida de someterme. En la cama lo mismo. No es que sea insaciable, no. Lo que pasa es que no logra sobreponerse a su condición. Y eso que se lo tengo dicho. Pero bueno, no hay caso. Exige, ordena, es muy argentinita en eso de abrir las piernas y decir: 
—Dale, nene, matame. 
Será por los golpes de facto, me digo, que antes de acabar mamá también me pide que la golpee y la castigue. Cuando no me hace atarla en cruz a los extremos de la cama me exige que la estaquee a los pies del diván para simular una violación. Mamá lee mucho los diarios, lo que pasa es eso. Ah, sí: también le gusta atemorizarme con que va a quedar embarazada: 
—Cuidate, nene, que no quiero ser la madre de mi nieto. 
Tantas recriminaciones me espantan. Hay días, lo juro, en que me siento acobardado. Está bien que me dé placer, pero no a costa de tantos padecimientos. Además, me tiene prohibidas otras relaciones. Cuando estoy excitado y ella no puede hacer nada porque o está cocinando o tiene que hacer los mandados, bueno, entonces me masturba. 
—Vení, nene, que te voy a hacer una paja al paso, ordena. 
Yo me digo que, después de todo. la culpa la tiene esta sociedad. Roland Barthes dice que no. que todo empieza con el Gran Padre Textual. Hay que joderse con los lazos elementales del parentesco. Pero bueno, mamá es así. Ya no la puedo cambiar. Antes hubiera podido. Antes quiere decir cuando yo era chico y pensaba ingenuamente “madre hay una sola”. La infancia es una época de imágenes, creo que me explico. Ahora no: ya está instaurada. Nada puede hacerse. Mamá es mamá y el país es el país. Tiene esas cosas. Como dejar de menstruar cada vez que hay un golpe de estado. Se pone como loca. Cuando Onganía, estuvo tres meses sin que le bajara. Decía: 
—Estos militares ni las reglas respetan. 
Con Videla fue todo un drama. Hasta fue a ver a un ginecólogo amigo para que le hiciera tacto, pruebas clínicas y todo eso. Al final. el tipo le explicó que se le había retirado por causas político-hormonales. Bueno, no dijo eso pero lo dio a entender. Sus palabras textuales fueron: 
—Señora, su período es inconstitucional. 
Vino a casa llorando, maldiciendo. Tuve que aguantarla todo ese día con la cara por el suelo. No almorzó ni cenó y, al día siguiente, salió con la teoría de que las sublevaciones empiezan por la matriz. Tiene esas cosas. A veces es lúcida y a veces, tonta hasta lo inexplicable. Yo, en cambio, no creo en las revoluciones. En las revueltas sí. Son más espontáneas. Mamá dice que por eso mismo eyaculo muy rápido, que me voy apenas nomás la penetro. 
—Nene, tratá de no irte tan rápido, recrimina. 
Pero la verdad. como ya expliqué, es que ella no es mi madre: Es un juego que nos propusimos ambos hace tiempo, cuando la cosa estaba perdiendo vigor. Roland Barthes habla del brío y de los adjetivos, que son las compuertas ideológicas. Entonces, como soy muy apegado al texto, jugamos a la relación madre-hijo. Por un tiempo anduvo bien, pero después desembocó en lo de ahora: se ha tomado el papel en serio. No puedo hacerla desistir de su argumento. Hasta ha envejecido notablemente. Lo terrible es que yo también he decrecido. Ahora andaré por los 14 o 15 y ella por los 48 o 49. 
Los primeros indicios fueron en el 66, con Onganía, como ya dije. 
No sólo se le retiró sino que empezó a darme el pecho. Como el país estaba un poco convulsionado con el Cordobazo me dije para mis adentros que era nada más que instinto sobreprotector. Pero se fue agudizando cada vez más. Lo de “nene” no se le borró de los labios. Luego vinieron las exigencias, las recriminaciones. y esa costumbre tan suya de pedir que la mate. En la cama, claro. Ahora se está exacerbando y ya el suelo y la estaca le quedan cortos. Ayer, por ejemplo, me obligó a nuevos ilícitos: 
—Nene, vení y torturame. 
No hubo caso: tuve que hacerle el amor encapuchado y después arrojarla a los bañados de Flores. Volvió como a la medianoche pero compungida porque en la seccional policial no le quisieron tomar declaración. Pobre, se cree que es el cuerpo del delito. A su regreso hicimos nuevamente el amor y. cuando yo estaba por acabar, exigió que le presentara un habeas corpus. Se restregaba los pezones y decía: 
—Si no presentás el habeas corpus no te doy el dulce. 
—No puedo, mamá, contesté turbado. 
—Sos un mal parido. 
—No puedo. 
—Comunista. 
—No puedo. 
—Subversivo. Marxista-leninista. 
Está cada vez más creída de su papel. Hasta tengo miedo de terminar en el útero, ahogado por ese líquido ambarino que recubre los fetos. Y todo por la ideología. Cuando se despertó saltó de la cama y se declaró en huelga de hambre: 
—Hasta que no me restituyas los derechos no como, amenazó. 
Le expliqué por enésima vez que ella no era mi madre, que madre había una sola y que se dejara de joder. 
—Infiltrado, me insultó. 
Lo único que probó fue jugo de naranjas. Es inmundo el jugo de naranjas. Ahora las pintan y cada vez que hay que exprimirlas la tinta le queda a uno en los dedos. Después queda ese olor cítrico que no se le despega a uno en todo el día. Antes, cuando yo era grande y todavía no había decrecido, me gustaba. Pero ahora no. Volví a la leche. Ella dice que tengo 15 y que voy a quedar reducido a memoria afectiva, nada más. También amenaza con que en poco tiempo más voy a hacerme pis en la cama, a tomar la mamadera y así involutivamente hasta llegar al polvo original. 
Al polvo polvo y no al polvo bíblico, claro. 
—¿Con quién te lo echaste, mamá? 
—Con Roland Barthes —contesta. 
Es parte de su locura. ¿Cómo explicarlo? Cuando la conocí leía mucho estructuralismo. Y lo de los lazos elementales del parentesco le viene por Levi-Strauss, que también leía. Ahora que ha envejecido se ha vuelto devota del hechicero de Viena. Hasta le ha hecho una capillita en el fondo de la casa, donde antes estaba el gallinero. Todas las noches le enciendo un par de velas. Dice que hace milagros y que por Las noches, en sueños, se le aparece. 
—Anoche vino Freud a verme, cuenta, y me dijo que te hacés la del mono. ¿Es cierto eso, nene? 
—No, mamá
—Juralo por la Escuela Freudiana y sus discípulos. 
—Lo juro. 
Se ha vuelto posesiva en todo. A las recriminaciones y amenazas ya me acostumbré, pero es vejatoria la forma que tiene de degradarme. En la casa ha aplicado la doctrina de la seguridad nacional. Comenzó por los muebles e hizo un inventario. Luego la extendió hacia los vecinos y, por último, a mi persona. Controla el timbre, la correspondencia y el teléfono. Pretexta que es por mi bien y que su único interés es preservar mi espíritu occidental. No es que no tenga razón, no, pero a veces el costo es un poco alto. El mes pasado suprimió las lecturas porque los libros podían lavarme el cerebro. Hizo una fogata en el fondo y me quemó Robinson Crusoe. Estaba como loca. Se tiraba de los pelos y gritaba que eso era un alegato consumista: 
—Así empezó la perdición, así empezó la podredumbre. 
Nunca la vi tan perturbada. Después lloró mucho y corrió a la capillita de Freud a hacerme un exorcismo: 
—Hacés transferencia, hacés transferencia, repetía acusadoramente. 
Qué día infernal. No terminó ahí la cosa. Me quemó un manual práctico de jardinería y un libro de pesca deportiva. La fogata fue enorme. Llegó a acusar de injerencia en los asuntos internos a un vecino que se asomó al tapial a ver qué pasaba. En el barrio algunos me compadecen. Cuando voy a hacer las compras hablan y murmuran en voz baja. Les parece ridículo mi nuevo aspecto, tan como miniaturizado. 
—Ahí va el enano fascista, dicen. 
Lo que no saben es que ella me enanizó. Yo antes era un tipo normal. Si hasta pensaba en casarme y entrar en un plan de ahorro previo. Y ella también. Tenía sus cosas pero era una piba como cualquiera. Creo que se pudrió con las cosas que leía. De a poco, sin darse cuenta. A medida que se emputecía le iban saliendo canas, arrugas. dolores nuevos. No envejeció de un día para otro, no. Fue progresivamente. Una mañana, sin querer, me dijo nene. Después le quedó. yo pensaba que era por costumbre. Pero otra vez me compró juguetes, figuritas y así, un poco en broma y un poco en serio. la cosa fue cambiando. La ropa me fue quedando grande de a poco, también. Ella decía “no es nada, no es nada” pero de buenas a primeras empecé a ver los dibujitos en la tele y a cambiar las difíciles. Porque es el físico lo que tengo como de 15, lo demás no. A veces más y a veces menos. Quiero decir que por momentos puedo pensar como un reaccionario y por momentos como uno de 7 u 8. Se me forman como lagunas mentales. 
—Lo que pasa es que los argentinos no tenemos memoria, razona ella. 
Yo no creo que sea por eso. Lo que a mí me pasa es por el proceso. Por el proceso de enanización, digo. Las veces en que he olvidado todo me calza un babero y me sienta entre las piernas. Después me pasa la mano por la espalda y, sosteniéndome del cuello, dice que soy Chirolita. Mamá se da maña para todo, puede hablar con el estómago y más también. Lo que no me gusta es que se posesione tanto. A veces tengo miedo y me resulta difícil entenderla. En la cartera le he encontrado tanto listas negras de los vecinos como libretas de teléfonos. No sé qué pensar. También se ha fabricado una picanita de bolsillo y a todo contesta: 
—Afirmativo. 
O sino, dice: 
—Negativo. 
Son cosas que escucha por ahí y se le meten en la cabeza. Todo lo que anda dando vueltas le va a la cabeza. Lo del jugo de naranjas es por la vitamina C, no sé por qué pero todo lo que aparece en la tele tiene vitamina C. Cojer también dice que es bueno para los resfríos y para prevenir la gripe. Pero yo soy apolítico, dentro de todo creo que es lo que me salva. Ella no, por supuesto. En las últimas elecciones, además de tener muchas pérdidas, votó por Alsogaray porque dijo que era un candidato punk. Será. Yo lo único que sé es que mi perspectiva de la historicidad se parece cada vez más a la leche en polvo. Día a día me gusta más. Es como un vicio. Ella no le presta mucha importancia: 
—Son epifenómenos propios de la edad, razona. 
Cuando se le cruzan esas ideas no hay que contrariarla. Es para peor y hasta puede ser peligrosa porque se sobrepasa, le agarran como baches de lucidez y pide que no me asuste, que ya se le va a pasar, que está como confundida. Duran 5 o 6 minutos pero son bastante patéticos en su nuevo estado físico avejentado. En esas ráfagas de cordura hasta llega a comprender que ella no es lo que es sino que es lo que no aparenta ser. 
—Sé que no soy tu madre, señala más sencillamente, pero igual quiero darte la teta. 
La teta. Cómo me gusta la teta. No hay nada que supere a la teta. Es lo máximo. Lo más indispensable. Lo Súper. Esa orografía. Me vuelve loco. Me exaspera. Y el pezón, que es como un Exocet, ni qué hablar. Hasta hay una gestalt del pezón, de sus formas areoladas; sublime percutor misilístico que nadie podrá nunca desactivar. La teta es de Occidente así como la vulva es oriental y los glúteos del Tercer Mundo. Marginación de marginaciones. Oráculo yanqui de las vías erógenas en desarrollo. Putez máxima. Islas Malvinas, Si quieren venir que vengan. 
—Eso lo dijo Galtieri, nene. 
—Estaba delirando, madre. 
—Son las pajas mentales que te inundan el cerebro, nene. 
—Soy un puñetero viejo, mamá
—Hijo, el lema es resistir y con la puñeta seguir. 
—Gracias, madre. 
A veces entramos en ese terreno del delirio absoluto. Me dejo arrastrar, sucumbo a la lujuria de las palabras y los semantemas. Soy débil. Me vuelvo niño. Un hijo putativo. Es en esos cruciales momentos cuando reflexiono en mi condición, en la patología de mi continente enanizado, y me vuelvo melancólico. Me miro las manos esmirriadas, pequeñas; la falta de vello púber en la axilas; el pito infantil: la polución nocturna. 
—Te fuiste en seco, nene. A vos no se te puede dar manija. No te controlás. Tenés demasiadas fantasías eróticas. 
—Sí, mamá
—¿Con quién soñaste? 
—Con Bernardo Neustadt. 
—Andá a la capillita y rezá 20 tópicos referidos a la sexualidad y la líbido infantiles. No podés ver tanta televisión. Es un castigo ese aparato. Es la Gran Paja Universal. 
—Sí, mamá. Es el Ojo Judío que nos domina. 
—Enano fascista mal parido. Andá. Hincate a San Freud que él te va a interpretar. 
Se entra en el descontrol. Una palabra lleva a la otra y así sucesivamente. Tengo miedo de faltarle el respeto, incluso. Este es mi drama. Mi pequeño holocausto casero. Como dije: estoy encerrado, circunscripto, sometido a los vaivenes mentales de una mujer que es mi mamá sin que yo sea su hijo. No quiero romper el mito. Me niego. Y. sin embargo, siento que es muy poco lo que puedo dar. Apenas este testimonio, esta incoherencia surgida espontáneamente, fragmentariamente. a través de los pocos momentos de lucidez que a mí también me quedan. Porque siento que paulatinamente, progresivamente, mis fuerzas se van minando. Que me queda poco tiempo y que ese poco tiempo lo debo aprovechar para dejar constancia y advertencia del suceso. Mi involución es la involución de las especies. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro, porque hay cosas que son escabrosas de contar... 
—No jodas a la gente, nene. 
Esa es de nuevo su voz. Hace cinco minutos exactos que ha perdido naturalidad. que ha cedido implacable al paso del tiempo. Tiembla su voz. Está cascada. Ha entrado en un cono de senilidad del que no saldrá jamás. Hace cinco minutos exactos también que se arropó en su mañanita y se asomó al balcón para ver pasar el desfile. Me acaricia el pelo y yo me recuesto mansamente sobre sus sienes. Tiene el pelo blanco y un rodete tan perfecto como una cabeza de ajo. Se emociona con el desfile. Y hasta le caen unas pocas lágrimas cuando pasan los granaderos. Después sale, deja el balcón unos pocos minutos, y vuelve con una taza de té aromática y tragante. Le ha colocado a la infusión una cáscara seca de naranja. El desfile continúa. Ahora dice, dulce, monocordemente: 
—Nene. 
—¿Qué, nona? 
—¿Cuándo se terminará todo esto? 
Ahora pasa la infantería. Los pasos marciales irrumpen en la gran avenida y la nona se sobrecoge. La miro. Qué vieja está. Tiene tantos golpes encima que apenas si puede ponerse en pie. Las manos son raíces. Las orugas de los tanques la estremecen. Es como una pasa de uva. 
—No sé, nona, le contesto. 
Queda pensativa. Luego agrega: 
—Andá, nene, a la cocina y traeme más cáscara de naranja para el té. Pero no hagas ruido. Mirá que tu madre duerme. 

Fuente: AA. VV., Cuentos eróticos, Buenos Aires, Eryda editores, 1984, pp. 27-33.

sábado, abril 11, 2026

Tadeys, saga nacional

Leo Lo que sobra y lo que falta en los últimos veinte años de la literatura argentina (Libros del Rojas, 2004). Se trata de un libro que recopila una serie de intervenciones y ensayos a partir de mesas redondas en las que participaron escritores, críticos y dramaturgos como Daniel Link, Rafael Spregelburd, Gloria Pampillo, Martín Prieto y Sylvia Saítta, entre otros y otras.

En este posteo me gustaría compartir apenas una nota al pie en la participación leía por Adriana Astutti ("Memorias de la lectura"). Quienes visitan el blog a menudo sabrán de mi obsesión por las notas al pie y por los paratextos (acá, acá y acá hay posteos al respecto). Esta nota al pie reproduce un mail de Ricardo Strafacce a la autora y creo que vale su reproducción tan solo por sus líneas de cierre.

¡Juzguen por sus propias lecturas! ¡Salú!


15 Después de la charla del Rojas, Ricardo Strafacce me envió por e-mail un largo comentario de mi lectura (Ricardo Strafacce, Monday, March 22, 2004 8:55 PM), que agradezco, y del que reproduzco el fragmento que sigue, al que me gustaría llamar aquí “Nota donada por el joven Strafacce”: 

 “5. Clásicos: yo anotaría que el ciclo 1984-2004 se inició con tres muertes Cortázar (1984), Borges (1986) y, en el medio de ambos, Lamborghini (1985). Y se fue completando con las ediciones póstumas correspondientes. Que en Cortázar (El examen, Cuentos de la orilla) o cosa parecida, y la obra ‘crítica’ —en fin— confirmaron lo que ya sabíamos: un cadáver literario. Y en Borges (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza) fueron fundamentales para entender que a los veinticinco años lo había entendido casi todo y ya manejaba el instrumento mejor que nadie. 

Habría que señalar también las reediciones de Walsh (sobre todo la de Operación Masacre, modelo genérico insuperable que le debe mucho menos al testimonio que a la literatura. Quiero decir: los fusilamientos de José León Suárez son una caricia de gacela al lado de, por ejemplo, los de la Patagonia, y sin embargo Los dueños de la tierra no tiene, ni a palos, la densidad dramática de Operación Masacre. En ese sentido creo que su reedición, y su lectura después de las barbaridades de la dictadura militar y los lógicos y previsibles intentos testimoniales, lo convierten en un texto que debe incluirse en el período porque, insisto, es el modelo insuperado del género, tanto que prácticamente lo agotó (¿cómo ir más allá?). Ezeiza de Verbitsky es un ejemplo: donde no hay un escritor no hay literatura por más testimonios, investigación y trucos de verosimilización (como le criticaba Fogwill a Bonasso, creo recordar que algo injustamente) que se incluyan). 

De la reedición de Novelas y cuentos y Tadeys no te digo nada porque vos y yo sabemos que cualquier cosa que se diga es poco. Algo voy a decir, sin embargo, y se trata de una alerta. Primero: la nula recepción que tuvo Tadeys (salvo César, vos, Nicolás Rosa y alguno más, casi nadie leyó esa maravilla). O la leyeron mal. O la leyeron bien y se hacen los distraídos. Y ya me calenté: 

¡ESO FALTÓ EN LA LITERATURA ARGENTINA DE LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS! RECEPCIÓN, COMENTARIO, DEBATE, CONGRESOS, PONENCIAS Y, FINALMENTE, APOLOGÍA ABSOLUTA, PANEGÍRICO TOTAL Y CANONIZACIÓN COMO SAGA NACIONAL DE TADEYS DE OSVALDO LAMBORGHINI”.

martes, marzo 10, 2026

La Literatura Diferente, un folleto

Hace tiempo tuve la dicha de participar en la edición de un libro importantísimo para la edición argentina, en habla hispana y para los fanáticos del sci fi y del fantasy. Me refiero a Minotauro, una odisea de Paco Porrúa, de Martín Felipe Castagnet, publicado por Tren en movimiento ediciones. 

Hete aquí que unos meses atrás me encontré con una incompleta colección de Planeta, la celebérrima publicación de realismo fantástico y alrededores de Louis Pauwels, quien a comienzos de los 60 había pateado el tablero de la imaginación al escribir junto a Jacques Bergier, El retorno de los brujos

Hojeaba pues el número 2 de la revista francesa, traducida al español en nuestro país, y entre sus páginas me topé con un folleto de la revista Minotauro (claro, la de Paco Porrúa) que anunciaba "La Literatura Diferente". El folleto me resultó fascinante y se lo compartí a Martín C. que no lo recordaba de su profunda investigación. Y los nexos estaban servidos: la Editorial Sudamericana, por un lado; el vínculo entre el realismo fantástico y los géneros imaginativos de la literatura como el sci fi, el fantasy, el horror, etcétera... 

En fin, sin más vueltas, dejo fotos del folleto de Minotauro para que puedan apreciarlo. ¡Salú!

domingo, febrero 22, 2026

Los índices de la revista Opium (2a parte)

Para finalizar con los índices de la revista Opium, van los de los números 3 1/2 y 4. Y recuerden: "Dios está en los paratextos". ¡Que los disfruten!


 
Opium 3 ½ 

Baires, noviembre de 1965 
 
Tapa: Roberto Duarte 
Grupo editor: Ruy Rodríguez – reynaldo mariani – Isidoro Laufer – Sergio Mulet 
[Editado con el apoyo económico de Falbo Librero editor - y amigo] 
[Diagramación: Renée Cuellar – Ruy Rodríguez] 

Manifiesto “etcétera etcétera. Sí. Sí. Opium aún con el Amor y el Ocio” p. 3 y p. 47 
“A la memoria de Ann Jones”, Dylan Thomas (con nota de Enrique Molina) pp. 4-5 
“Sermón del subterráneo”, Daniel Giribaldi p. 6 
“Balada final”, François Villon (traducción y nota: Edmundo Eichelbaum) p. 7 
“Yo busco unos ojos…”, Mercedes F. Z. de Giúdice p. 8 
“Gigi”, Dalton Trevisan (Brasil) (traducción: Ruy Rodríguez) p. 9-10 
[Publicidad de Ediciones Sunda] p. 10 
“A la gloria de las familias”, Enrique Molina p. 11 
“Mañana, que es domingo”, Egito Gonçalves (Portugal) (traducción: Ángel Crespo) p. 12 
“Estado de mareas”, Ruy Rodríguez p. 13 
“La mesa”, José Peroni p. 14 
“Herido”, Saúl Yurkievich p .15 
“Panqueque con crema”, reynaldo mariani pp. 16-17 
[Publicidad de la revista La loca poesía] p. 16 
[Publicidad de la revista Airón] p. 17 
Dalmiro pregunta a Dalmiro p. 18 
Portada “4 poetas norteamericanos Merton, Ginsberg, Oberweiser, Sherman” p. 19 
“Albada Harlem”, Thomas Merton (traducción: Ernesto Cardenal) p. 20 
“Chillido”, Allen Ginsberg (traducción: Julio Valmaggia y reynaldo mariani) p. 21 
“Suceso”, David Oberweiser (traducción: reynaldo mariani) p. 22 
“El palacio de la luna más baja”, Susan Sherman (traducción: Eduardo Costa y Malena Ezcurra) p. 23-26
[Publicidad de la revista Jazz Up] p. 26 
“Todo por una fotografía que no pude tomar”, Martín Micharvegas p. 27-28 
“Acerca… …de esto que hago”, René Palacios More p. 28-29 
[Publicidad de la revista Vigilia / Publicidad del libro Estado de alerta, de Ezequiel Saad, ediciones La lengua del dragón] p. 29 
“Una cubierta de automóvil”, Sergio Mulet p. 30 y p. 40 
 “Desde la habitación vecina”, Eduardo Aray (Venezuela) p. 31 
“Maconha”, Luisa Futoransky p. 31 
Portada “Dos poemas de Blaise Cendrars” p. 32 
“Eres más bella que el cielo y el mar”, Blaise Cendrars (versión y nota: René Palacios More) p. 33 
“El vientre de mi madre”, Blaise Cendrars (versión y nota: René Palacios More) p. 34-35 
Nota sobre Blaise Cendrars p. 35 
[Publicidad de Falbo Librero editor] p. 36 
“Contra”, Juana Ciesler p. 37 
“Uno”, Jorge Michel p. 38 
[Publicidad de la revista Mediodía] p. 38 
“Poema”, María del Carmen Suáres p. 39 
[Publicidad de la revista El corno emplumado] p. 40 
“Abajo” (fragmentos), Leonora Carrington (nota y traducción: César Moro) pp. 41-46 
[Publicidad de la casa de antigüedades Hogart] p. 47 
[Publicidad de la galería de arte Vignes] p. 47 
[Aviso “Se adhieren a Opium: Claudia Sánchez, Guillermo Smith, Ricardo Becher”] p. 47 
[Aviso de colaboraciones y correo para Opium] p. 47 
[Foto de violencia contra negros en EE. UU. con epígrafe de James Baldwin] p. 48   




Opium 4 

Baires, 1967

Tapa: Gustavo Trigo 
Responsables: ruy rodríguez – reynaldo mariani – sergio mulet 
Editor: Miguel Ángel Gómez Sanjaume 

[el número no tiene paginación] 

Manifiesto “han pasado muchas cosas en un año (…):” 
“Poema para gritar entre las ruinas” – Louis Aragón (traducción y notas: Victoria Rabín) 
“Mutilación” – Marcelo Fox 
[Publicidad de Ediciones Sunda B. A.] 
“Magia”, Arnaldo Acosta Bello (Venezuela) 
“Prosa”, G. Albert Aurier (traducción y nota: Álvaro Rodríguez) 
“La escena de la pirámide”, Philip Lamantia (USA) (traducción: José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal) 
[Publicidad de una ¿antología-revista? El Opiumtodo, anticipaba textos de mariani, rodriguez, mulet y néstor sánchez] 
Fragmento de Siberia blues, Néstor Sánchez 
“Al extranjero”, Rodolfo Hinostroza (Perú) 
“Costumbres nupciales de los perros”, “El vino”, Francis Ponge (traducción y nota: Enrique Molina)
[Publicidad de galería de arte Vignes] 
“La vida no es simétrica”, Rodolfo Relman 
[Publicidad de Sanjaume editor] 
“M”, Francisco Pérez Perdomo (Venezuela) 
“Fragmentos”, Victoria Rabín 
“Reportaje algo agresivo a mí mismo”, Roger Pla (nota: mariani) 
[Collage con la imagen de colaboradores de Opium
[Inscripción tipográfica: “¡Al truco jamás!”] 
“Cartas a André Breton”, Jacques Vaché (traducción y notas: ¿?) 
“Blanca acetileno!”, Jacques Vaché [Recorte en francés y traducido sobre el suicidio de Vaché con opio]” 
[Publicidad de la librería Los cronopios] 
“Regreso de un ciudadano (mamotreto n. 5)”, reynaldo mariani 
“Credo y técnica para prosa moderna” (en inglés y traducido), Jack Kerouac (traducción y nota: ¿Miguel Grinberg?) 
“Kerouac y los ángeles subterráneos”, Henry Miller (traducción y nota: Miguel Grinberg) 
 “El gusto de Miles”, Ted Joana (USA) (versión: Loses Carpartaco) 
[Publicidad de estudio de fotografía Estudio Caglioti] 
“El mal garza real”, Francisco Madariaga 
“La belleza tiene nombre”, Jorge Centofanti 
“Poema IV”, Sergio Mulet 
“Resaca”, Osvaldo Alcântara (Cabo Verde, África) (traducción: Ruy Rodríguez) 
“Inventario sobre la marihuana y ella”, Ruy Rodríguez 
[Aforismos], Oscar Wilde 
[Grabado antiguo de un fraile y un indígena con un telar] 
“Oraciones de un señor arrepentido”, Antonio Cisneros (Perú) 
“Billy the kid”, Jack Spicer (traducción y nota: Miguel Grinberg) 
[Aviso para colaboraciones y suscripciones a Opium
[Índice y responsables del número]

lunes, febrero 09, 2026

Los índices de la revista Opium (1a parte)

Los que pasaron por Lecturas y exhumación, quienes conocen este blog, saben que me interesan los paratextos. Le he dedicado, por ejemplo, posteos a las notas al pie de Carlos Correas

En esta ocasión, comparto un trabajito que me tomé como complemento al gran laburo realizado por Fede Barea, amigo de la casa, en su libro Argentina beat. Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (Caja Negra, 2016). Faltaba tener una visión más general de lo incluido en los cuatro números de la efímera publicación opiúfica. 

Me parecía relevante para notar: los vínculos con poetas y revistas de otros países y regiones del mundo (desde Brasil hasta África, pasando claro está por EE. UU.); las publicidades de locales de la época como el bar Moderno o la casa de antigüedades Hogart (¿algo que ver acaso con la madre Hogarth de OL?); las traducciones elegidas para marcar una tradición, como Alfred Jarry en el segundo número; otros poetas menores que quedaron olvidados en los márgenes de la literatura argentina (y que no entraron en Argentina beat, claro).

Van pues los índices de los números 1 y 2 1/2 de la revista Opium. En unos días subo los siguientes. Y recuerden: "Dios está en los paratextos". ¡Que los disfruten! 


Opium
n. 1 

Baires – Argentina Oct-Nov 1963 

Edita: Grupo OPIUM m. bartolomé – mariani – rodríguez – satz – l. bartolomé – fox 
Responsables: reynaldo mariani – ruy rodríguez 

En este número: jorge medina vidal (uruguay) miguel bartolomé reynaldo mariani ruy rodríguez mario satz marcelo fox rosa skific 

Suplemento: Poesía del Brasil (traducción y notas de Dilermanda Rocha) 
Viñeta: Grabado en madera – Daniel Zelaya 

“Madame”, Miguel Bartolomé p. 1 
“Entonces dijo el que de ellos hablaba”, Ruy Rodríguez p. 2 
“Hadad”, Mario Satz p. 2 
“Composición n. 1” y “Composición n. 3”, Jorge Medina Vidal p. 3 
“Poema”, Rosa Skific p. 3 
“Caca”, Reynaldo Mariani p. 4 
“Sombras”, Marcelo Fox p. 5 
[Publicidades de Eco contemporáneo, El corno emplumado y Librería Norte] p. 5 
[Datos de contacto con la revista] p. 5 
Manifiesto “Opium – opium – opium – opium…”, Grupo OPIUM [Octubre 1963] p. 6




Opium 2 ½ 

Año 2 n. 2 – junio y julio de 1965 

Grupo editor: isidoro laufer – ruy rodríguez – sergio mulet – reynaldo mariani 

Manifiesto “Porque no somos ángeles…” p. B [termina en p. U] 
“ABC de las catástrofes” (fragmento), Aníbal Machado (Brasil) p. C 
“No quisiera crepar”, Boris Vian (versión y nota: Leutrade Hucqtoeur) p. D-E 
“Epitafio”, Bertolt Brecht p. E 
“Enterremos en paz la guerra”, J. Mario (Colombia) p. F 
“Regreso de John Nobody, personaje imaginario aunque (quizás) no tanto”, reynaldo mariani p. G
“L’Opium”, Alfred Jarry (versión: René Palacios More) p. H-J 
[Dibujo de Mario Gómez] p. I 
“Tarma y las islas”, Ruy Rodríguez p. J 
Dos poetas africanos: “Mi canto Europa”, Tomás Medeiros (Isla Sao Tomé – África) // “Para más allá de la desesperación”, Ovidio Martins (Cabo Verde – África) (traducción: Ruy Rodríguez) p. L-M 
“Los héroes”, Juan Calzadilla (Venezuela) p. N 
[Publicidad de El corno emplumado] p. N 
“Poema báquico”, Yehudá Ha-Leví (poeta hispanohebreo - ¿1080-1140?) p. O 
“El trapecio”, Manuel Pacheco (España) p. O 
“Estoy pobre”, Isidoro Laufer p. P 
“La visita de la noche”, Henrique Simas (Brasil) p. Q 
 [Publicidad de Filmboard] p. Q 
“Poema 1” – Sergio Mulet p. R 
[Publicidad de Hogarth, local de antigüedades] p. R 
“Palabras antiguas”, Rafael Solana (México) p. S 
[Publicidad de Serna, local de cine] p. S 
“Envío”, Leopoldo José Bartolomé p. T 
[Publicidad de Falbo Librero editor] p. T 
[Publicidad de La loca poesía] p. U 
[Publicidad de Casa Vignes, galería de arte] p. U 
Continuación de Manifiesto “Porque no somos ángeles…” p. U 
[Publicidad de Ediciones Insurrexit y de próxima publicación editorial de Opium] p. V 
[Publicidad del bar Moderno] p. W 
[Publicidad de librería en Av. Corrientes 1740] p. W 
[Aviso sobre correspondencia y envíos a Opium] p. W 
[Publicidad de gráfica Imprimatur] p. Z

sábado, enero 31, 2026

Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico (entrevista de Guillermo Saavedra)

Leí a Peyceré hace unos años, como quien da un salto de fe. Había encontrado en saldo de la editorial Adriana Hidalgo, Las muchachas sudamericanas (antes llamada Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas) y me lo había llevado por referencias cruzadas provenientes de artículos y entrevistas de Fogwill, Aira y Laiseca. No podía ser un mal escritor, una obra despreciable, algo debía haber ahí... 

Efectivamente Las muchachas... me sorprendió gratamente y luego dos personas cercanas me hablaron del Evangelio apócrifo de Haddatah, el libro que mencionaban con énfasis los popes del contracanon literario nacional en los 80. Tardé en conseguirlo pero también lo hallé y lo leí con deleite, acá pueden leer una líneas al respecto. Ahora me gustaría leer todo lo que publicó, claro, y en eso estamos.

Hace unos días conversando con mi amigo M. M. sobre Peyceré me mencionó una entrevista desconocida para mí en un libro aún más desconocido: La curiosidad impertinente, un recopilación de entrevistas hechas por Guillermo Saavedra entre fines de los 80 y principios de los 90, publicada por Beatriz Viterbo. Además de Peyceré los nombres del índice son sorprendentes: Saer, Piglia, Bioy, Laiseca, Libertella, C. E. Feiling, Martini, Gusmán, Cohen, entre otros.

En fin, leí con mucho placer la entrevista de Saavedra a Peyceré y le sentí eso que su escritura me había transmitido: la fascinación con el pasado y con un vocabulario del pasado, la descripción detenida como una forma de narrar. Pasen y lean y si les llama la atención, no duden en darle una chance al autor de Las muchachas sudamericanas, que varios de sus libros se consiguen aún con facilidad.   


Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico 

Entrevista de Guillermo Saavedra 

Dedicado inicialmente a la medicina y aficionado al dibujo, Nicolás Peyceré fue derivando, de veinticinco años a esta parte, hacia el psicoanálisis y la literatura. Autor de textos de poesía y ensayo, prefiere que se mencionen sus tres libros de narrativa: Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas (1979), El evangelio apócrifo de Hadattah (1981) y La explicación (1986), además de sus Poemas elegidos (1991). En ellos se despliega un infrecuente proyecto experimental, que Peyceré insiste en discriminar del vanguardismo y la marginalidad. 

Razonablemente un poco menos joven que su escritura, canoso, de estatura y complexión medianas, Nicolás Peyceré parece haber cruzado los cincuenta años. Hay que deducirlo porque él, amparado en una mezcla de timidez e intransigencia principista, se rehúsa a ofrecer datos personales: “Si me proponen una entrevista, me imagino a alguien mirándome a través de una persiana. Prefiero exponer mi escritura en lugar de mi persona, porque no soy un actor, soy un escritor. Además, desconfío de las psicobiografías”. 

Cuando el cronista le promete no utilizar esos datos para intentar, a partir de ellos, una exégesis de sus libros, este hombre de grandes anteojos que parece rehuir también los largos parlamentos se atreve a escanciar algunas gotas de su historia: una infancia transcurrida en pleno centro porteño, estudios en el colegio Champagnat, la carrera de médico, un viaje por Europa que duró varios años, su desempeño como médico rural, su afición al dibujo. 

En algún momento —Peyceré no condesciende a dar razones, aduce no saberlas—, el psicoanálisis y la literatura comenzaron a desplazar a la medicina y el dibujo: “No fue una inclinación sino algo que sucedió. Yo pensaba seguir trabajando como médico rural, cosa que me gustaba mucho y aún sigue gustándome. De cualquier modo, reconozco una dedicación más o menos sistemática a la escritura desde hace veinte años. Pero me encuentro más cómodo con escritores jóvenes, con escritores de veinte años que con aquellos que tienen veinte años de escritores”. 


¿Cómo piensa la actividad literaria quien hace ya dos décadas le dedica algunos de sus mejores afanes? Peyceré —que hubiera preferido una entrevista “a la Gilles Deleuze” y sin embargo soporta estoicamente la presencia electrónica y nipona de un grabador maltrecho— dice, mientras se ayuda con unas anotaciones pertinentes: “Creo que, por un lado, están los escritores que constituyen la vanguardia. Pero ésta, en literatura, aparece más bien como un catálogo de autores. Las vanguardias se superponen, unas encima de las otras, de modo tal que, finalmente, todo es o ha sido vanguardia. Podría decirse incluso que los escritores de vanguardia suelen estar designados. Por otro lado, están los escritores nómades. De éstos, no se sabe. No están a los costados como los marginales sino en cualquier parte. Como dice Kafka: ‘Es imposible comprender cómo han penetrado hasta la capital; sin embargo, están allí, y cada mañana da la impresión de que su número ha aumentado’”. ¿Se considera un nómade el que dice —lee— estas palabras? “Podría ser —responde Peyceré, en un modo potencial que parece estar implícito en todas sus afirmaciones— pero el de nómade es un concepto que se emite desde un lugar central, desde un punto fijo. Por eso los nómades no saben de sí mismos. Dice Nietzsche, también, de ellos: ‘Llegan como el destino, sin causa, sin razón, sin miramientos, sin pretextos’”. Palabras, las de Kafka, las de Nietzsche, las del propio Peyceré, que hablan más de obras que de hombres. ¿Cómo son estas profanas, nómades escrituras? “Se trata de escrituras no situables, errabundas, desprolijas; textos inacabados aunque lleven la palabra ‘fin’. Los nómades tienen los horizontes desaliñados, los campos visuales cortados por escotomas y sus escrituras suelen ser arrancadas de crónicas; a veces, tienen todavía hilachas de esos arrancamientos. Son escrituras sentadas, como la figura egipcia Quah ab ra: no podemos hacer mucho con ellas”. 

¿Hay modelos para esta escritura transhumante? ¿Quiénes son los nómades de esta genealogía peycereana? El hombre tímido, apenas entrevisto, se dispone a espiar por las persianas de su propia memoria: “Pienso en escrituras muy antiguas. Por ejemplo Le roman de la rose (que por supuesto nada tiene que ver con El nombre de la rosa); pienso, también, en libros que no son estrictamente literarios, libros de botánica y de viajes; pienso en Julio Verne, en la Encyclopédie, en la Imagerie d’Epinal, vieja colección de láminas”. 

Inevitablemente, el hombre habla por su obra. En los textos de Peyceré, hay una insistencia en lo visual, una manera de representar su mundo que se vuelve obsesivamente sobre pinturas, grabados, láminas, dibujos. ¿Qué razones vuelcan la escritura sobre esas exposiciones? ¿Tal vez una inteligencia barthesiana que ofrece láminas para ser leídas? El nómade escritor y dibujante responde en voz muy baja: “Las láminas —también ciertas voces, ciertos gritos— constituyen una intermediación entre lo que escribo y lo que se llama la realidad. Obviamente, la intermediación está siempre; pero hay un uso distinto de ella en la lámina, en el lenguaje de mis obras. La escritura verosímil, el realismo, supone la mediación del lenguaje-institución, lo consensual, lo que está en boga. En el caso de mi escritura, reemplazaría la palabra ‘verosímil’ por el concepto de ‘intertextualidad’. Es decir, un texto que tiene como intermediación otro texto; pero ese texto ocasional no es lo que está en boga. Los nómades, en su errabundeo constante por infinidad de textos, se parecen a los hombres del paleolítico que eran, a la vez, recolectores y cazadores”. 


Peyceré —anteojos de gruesos cristales y sólido marco de nácar negro— ha sabido traducir su metáfora de los campos visuales, escotómicos, segmentados, en una obra que ofrece una mirada fragmentada de un mundo subjetivo: “Se puede hacer una artesanía sin deshacer la sintaxis; dejar palabras-frases sueltas que sean un relieve, donde las secuencias no sean causales sino seriales”. 

Relieve, serialidad: por las rendijas se escapa el peycereano celo por vincular su oficio de palabras con la pintura y con la música: “Creo que estas disciplinas artísticas poseen un lenguaje mucho más avanzado que el de la literatura. Por eso siempre estoy buscando esa hibridación que se produce cuando un escritor está sobresaltado por una pintura o por una percusión. Es entonces cuando los acontecimientos se unen a través de frases que son zeugma, o cartografías. Así como en la música la atonalidad es concebida como un sistema de relaciones sin puntos de referencia fijos, me interesan —del lenguaje— las mutaciones sintácticas, las enumeraciones con zeugma, las elipsis, la palabra imprevista. Estos serían los elementos de una técnica que se corresponden con esa imagen de los escotomas que antes mencionaba”. 

Elipsis, zeugma, escotomas: procedimientos que tienden a escamotear datos; una literatura que desde lo que dice y lo que muestra parece estar hablando de una ausencia. Lo que se elude, ¿se calla por pudor o por ignorancia? “Por ambas cosas —dice el hombre de nombre y apellido agudos—: a veces no digo más porque no sé más y, otras veces, por una cuestión de intimidad. En última instancia, no sé por qué escribo como escribo. Mi escritura sabe más que yo”.


Pero, ¿por qué fragmentos, por qué esquirlas de una realidad que se sospecha más vasta?, insiste el cronista a través de la persiana. Nicolás Peyceré duplica el plano de la charla: “Podría decirse que hay dos aspectos vinculados a mi escritura. Uno, que sería el de la ocasión y tiene que ver con mi vida; y otro, el de la técnica, es decir el de la artesanía. Si me preguntan por la fragmentación, por ejemplo, no sé muy bien qué pasa con ella. Pero sé que hubo una ocasión. Sobre todo en Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas, que inauguró ese tipo de escritura y que fue escrita en los escasos momentos libres que yo tenía y, en consecuencia, me llevaba forzosamente a la fragmentación. Después sí vino una suerte de justificación artesanal: pensé que el lector se fatigaría con textos muy largos, que debía dejar, entre fragmento y fragmento, espacios de respiración, de descanso”. 

¿Qué le ocurre a Peyceré como lector de su propia obra, una obra que, según él mismo dice sabe más que él mismo? ¿Vislumbra, tal vez, una teoría del conocimiento, una concepción de la literatura y del mundo? Sonriente, susurrando, amablemente, contesta revisando sus papeles: “Sucede que esta especie de nomadismo me aleja —creo que por suerte— de las teorías. Me pone más en ocasión con mi vida y con la artesanía. Algunos hablan de epistemología y hacen preguntas del tipo: ‘¿Qué uso?’, ‘¿Qué no-uso?’, ‘¿Qué es escribir?’. Estas no son preguntas que se haga el nómade artesano”. Claro que el nómade está a salvo de las teorías pero no del sentido: “Las escrituras nómades son como los caminos de las hormigas: las palabras van, llevan cosas, no se sabe bien para dónde. Pero, aun despojadas de contexto, o acompañando despojos de contextos, las palabras suelen tener sentido. Esto lo saben los nómades. Saben también que ese segundo despojamiento, el del sentido, ni siquiera se logra con la Ostranenie, la técnica de desfamiliarización de la que hablaba Shklovsky”. 

Evangelio apócrifo, Novela: desde el título mismo los textos de Peyceré ponen de manifiesto su carácter ficcional y delimitan su filiación genérica. ¿Cuál es la relación del errabundo voceador de láminas y los géneros? “La de los géneros es una cuestión que me interesa especialmente. Sobre ello, suelo hacerme dos preguntas: ¿Por qué ceñir los géneros a los tres de la preceptiva clásica? y ¿Por qué suprimirlos, por qué no dejarlos extendidos, ampliados, diseminados, incluso rasgados? Se me ocurre que hay una multitud de géneros, de vestiduras con las que una escritura puede presentarse. Citaré algunos, arbitrariamente: la menipea, a la que Joyce da nuevos aspectos en su Ulises; el género pornografía, que alcanza su excelencia en revistas como Squire o Elle; la crónica americana, como las Memorias del general Paz; la poesía narrativa, que luce en la obra de Cesare Pavese; la novela segmentada, que aparece en Las mil y una noches, en El Quijote, en Rayuela; el género crítica literaria, que hermosamente dio Roland Barthes; las enciclopedias devotas, como el Essai de Merveilles de Etienne Binet; ¿y qué género podríamos inventar para ubicar, por ejemplo, Las tentaciones de San Antonio de Flaubert?”. 


Dentro de ese panorama ejemplar e inconcluso que el escritor ha ofrecido, hay un género —el evangelio apócrifo— en el que admite haber incursionado. Este hombre, que en algún momento de la charla ha reclamado para el escritor “humildad para corregir intensamente los textos y circunspección para rodear de una esmerada atención cosas y sucederes” ha querido volver a contar la buena nueva. ¿Por qué escribir una historia tantas veces escrita, tanto tiempo atrás? La pregunta le viene de perlas al nómade discreto para musitar cordialmente, sin temor, ni temblor, su última cita: “¿Por qué construimos una silla? Para sentarnos, ¿verdad? ¿Y por qué seguimos construyéndola de igual forma que las anteriores? ¿Por qué repetimos? Tal vez porque, como dice Kierkegaard, lo que se repite en una repetición es justamente que no se repite”. 

Publicada en la revista Vuelta Sudamericana, Nro. 16, Buenos Aires, noviembre de 1986. Luego recopilada en el libro de entrevistas de Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, pp. 95-99.

domingo, enero 18, 2026

Marcelo Fox te invita a su masacre


La necesidad tiene cara de hereje y la literatura argentina añora las herejías del pasado. 

¿Qué mayor hereje que Marcelo Fox, un joven escritor perdido en la década del 60? 

Durante febrero, leeremos relatos, poemas, reseñas y los dos libros de Fox publicados en su vida breve: Invitación a la masacre (1965) y Señal de fuego (1968). 

¿Que si habrá otros invitados? Claro que sí: frecuentaremos los bares de la Manzana Loca, las páginas de Opium y otras revistas olvidadas, y acompañarán nuestros pasos Alberto Laiseca e Ithacar Jalí, entre otros y otras. 

Si te interesa conocer y leer al gordo Fox, la invitación a su masacre queda extendida. Arrancamos en febrero. 

¡Más info al mail golosinacanibalblog@gmail.com!

jueves, enero 15, 2026

Las dedicatorias de Marcelo Fox



Esta muestra organizada por el área de Investigaciones de la Biblioteca Nacional fue un gran evento de 2025. La idea era seleccionar distintos libros del acervo de la Biblioteca que tuvieran dedicatorias y tratar de leer en esos breves mensajes algún vínculo, algún sentimiento, alguna historia. Hay elucubraciones fantásticas, les recomiendo que chusmeen el catálogo

Tuve la fortuna y el gusto de participar en el catálogo con dos textos, uno sobre dedicatorias de puño y letra de J. R. Wilcock; y otro sobre dedicatorias de Marcelo Fox al historiador Fermín Chávez. 

A continuación dejo este segundo texto. ¡Espero que lo disfruten!



Otro milagro secreto


Que dos ejemplares de un escritor perdido en las notas al pie de la literatura argentina como Marcelo Fox se conserven en el acervo de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno parece una curiosidad. Ahora bien, si ambos volúmenes además están dedicados de puño, letra y signo y dirigidos a la misma persona, el historiador revisionista Fermín Chávez, nos encontramos sencillamente ante un milagro. No es extraño que alrededor de Fox, de su precipitada vida, de su escritura oscura y profética aparezca un —otro— milagro secreto. 

En el crisol de las ideologías de los años sesenta, Fox publica Invitación a la masacre (Falbo Editor, 1965) y Señal de fuego (Yelpo Editor, 1968). Años después, escritores como Fogwill y Laiseca se encargarían de difundir su primer libro a través de fotocopias y con la convicción de que Fox había sido un verdadero genio (como todo genio, un muerto joven: en 1972, con apenas 30 años). No existe un archivo de vida y obra del “gordo” Fox. Se cuenta, por ejemplo, que Señal de fuego circulaba casi de mano en mano, que la tirada fue breve y secreta. Un largo manto de olvido, silencio e incomodidad cubre su producción y su historia. ¿Cómo recordar a un poeta que gritaba “Soy nazi, soy comunista” en las lecturas de la movida beatnik? ¿Qué decir sobre el joven de dos metros de altura y doscientos kilos que atravesaba las calles de la Manzana Loca porteña vistiendo una capota de la Gestapo? ¿Cuál es la clave para leer un libro como Señal de fuego, publicado en el año del Mayo francés, en cuyas páginas conviven aforismos y esvásticas grabadas en tinta roja? 

Las dedicatorias a Fermín Chávez abren más interrogantes alrededor de la vida y la obra de Marcelo Fox, un habitante del lado B de la literatura argentina. Desde fines de los años cincuenta, después de haberse acercado al peronismo desde el nacionalismo católico, Chávez comienza a cimentar las bases de su obra: una revisión de la historia nacional. ¿Fox lo habrá leído? Él, un joven escritor con ínfulas de maldito, ¿se habrá visto a su vez seducido por el hecho maldito de la política argentina? Algunos años antes, había dedicado un ejemplar de Invitación a la masacre (hoy parte de una colección privada) con estas palabras: "A Pedro Catella, Gran Inquisidor para congraciarse y evitar la Gran Hoguera". Catella, ¿hijo o padre? De seguro con vínculo cercano a Alicia Eguren y a la Resistencia Peronista. ¿Otro posible grado de cercanía entre Fox y el peronismo? ¿Cuál peronismo? 



En cuanto a las dedicatorias a Chávez, la primera es escueta; elocuente, en cambio, la de Señal de fuego. Se ve una cruz ansada, proveniente del esoterismo egipcio y vinculada con el renacimiento y la inmortalidad; se ve también una firma en donde el apellido se transforma en líneas, en trazos, en un código a descifrar. No hay muestras de afecto, no hay señas de cercanía, está la mano de Fox grabando sus sigilos poéticos, es decir, proféticos. Acaso, como sugiere Diego Arandojo, se esconde en esa firma una mistificación antigua y pagana: Marcelo TOTH. El dios egipcio Toth, con cabeza de pájaro, lleva en una de sus manos la cruz ansada; es el dios de la magia y de la muerte, mediador entre vivos y muertos. Hay una última pregunta: ¿Chávez habrá leído Señal de fuego? ¿Habrá sentido, entre esos aforismos apocalípticos y esas cruces gamadas de sangre, alguna profecía de los tiempos por venir, tiempos cargados de violencia, de persecución y de ríos de sangre firmados por tres letras A?


El resto del increíble catálogo de la muestra se puede leer por acá.

lunes, enero 12, 2026

Nuevas noticias sobre Urreca Mieza

La primera vez que tuve en mis manos un libro de Segundo Urreca Mieza, fue en la feria dominguera de Tristán Narvaja, en Montevideo. El ejemplar era viejo, de un blanco como sucio de humo con las hojas a punto de despegarse, la tapa solo llevaba el nombre del autor y el título: Nueva Esmorfia Criolla. Ese nombre extravagante ya me había conquistado, malo o bueno, daba igual: ahí había un distinto. Leí el primer párrafo: “Lo que nos distingue y ennoblece como argentinos, es lo que nos enfanga. Levantemos orgullosos nuestros blasones de trapo remendado. La copa de oro del rey borracho brilla tanto en el banquete como el populacho de moscas nacaradas que soban de su vino. El gauchaje y la indiada, comparten el mismo espíritu cesáreo que nuestro heroico patriciado para conformar la Unidad Nacional, solo la judería burguesa evita el temperamento extremo que nos hace grandes”. 

Más tarde, cuando leí el libro entero, quedé fascinado. No era parejo, había que sortear parrafadas soporíferas hasta encontrar una frase interesante, pero de tanto en tanto, alguna imagen destacaba y valía la pena haberse comido extenuantes reflexiones esotérico-políticas. Porque lo pesado del libro era su simbología metafísica, embebida de tarotismo y astrología, pero el arsenal medieval de sus metáforas, combinada con el argot entre lunfardo, aristocrático y marcial y las reflexiones mesiánicas absurdas, daban un resultado original. Pasé un tiempo con la sensación mezquina de haber capturado un secreto. 
Agustín Caldaroni publicó un comentario sobre Segundo Urreca Mieza y el último número del fanzine Golosina Caníbal presenta... en la revista Punzó. Se lee entero por acá. ¡Gracias, Agustín!

viernes, enero 09, 2026

Mi hermano Enrique (Raúl González Tuñón)


Hace unos días revisando una vez más una revista de fines de los 60, ARTiempo, me generó curiosidad la participación de Raúl González Tuñón en sus páginas (se agradece el trabajo de AHIRA). Entre esos textos, uno es particularmente entrañable por la evocación de su hermano, el gran narrador y periodista Enrique González Tuñón. Si no leyeron Camas desde un peso, lo recomiendo con énfasis. 

Sin mucha vuelta más, comparto este texto de Raúl sobre su hermano Enrique, para traer a ambos del mundo del olvido literario, aunque sea un rato... ¡Que lo disfruten!



Mi hermano Enrique (Raúl González Tuñón) 

“Cuando yo muera no planten un sauce en mi tumba. Planten una máquina de escribir”. 
E. G. T. 

Allá por la verde lejanía de los años, cuando se inicia mi aventura escolar primaria, comienza a funcionar con más claridad mi capacidad de recuerdo. Entonces la plaza Once —nacimos en el barrio de este nombre, al sur— era un verdadero parque, boscoso, denso. Veo a mi hermano Enrique caminando entre los altos y anchos árboles o sentado en un banco, leyendo. Él tenía 10 años; me llevaba cuatro. Yo lo seguía y lo admiraba. Una vez, evocando aquella época, me confesó, desolado, que yo entonces lo fastidiaba. Puede ser, pero ya cuando ingresé tras él al diario Crítica —una etapa apasionante, un fenómeno periodístico extraordinario, algo decididamente no superado— parecíamos una sola persona, coincidíamos en todo. En adelante me estimuló, me ayudó, aun desde lejos, y hasta su último aliento. Era célebre en el ambiente su: “Mi hermano Raúl”. Me recordaba, sublimándome, cuando frecuentes salidas mías al país, a América y a Europa nos separaban. Manteníamos una constante comunicación postal, y otra especie de comunicación misteriosa: A veces, por ejemplo, yo escribía en Río de Janeiro determinado poema en prosa, y él al mismo tiempo, en Buenos Aires, una página de acento lírico, sobre un tema muy parecido y en un mismo estilo. O bien yo le escribía recomendándole la lectura de El gran Meaulnes, el maravilloso libro del malogrado Alain Fournier, recién descubierto por mí, y una carta de él se cruzaba con la misma recomendación. 

Como Nicolás Olivari, solía decir: “Raúl viaja por mí”. En dos ocasiones, sin embargo, nos encontramos fuera del país. Primero en 1923, viviendo en Montevideo una fascinante aventura de la bohemia literaria, no exenta de audacia. Más tarde, a fines de 1931, durante mi segundo viaje al deslumbrante Brasil, cuando fue a pasar unos días conmigo. Vivíamos en la casona de un matrimonio de inquietos médicos jóvenes, Nise y Mario Magalhaes, frente a la casa del gran poeta Manuel Bandeira. Con frecuencia venía a reunírsenos por la noche una muchacha novelista, Rachel de Queiroz, y con ella contemplábamos desde la altura, pues la casona estaba situada en el Morro de Santa Teresa, en Curvello, la distante curva nocturna, graciosa y luminosa, de la bahía de Botafogo. Diré que Enrique sigue conmigo, está escribiendo esta crónica sobre mí

La casa de la infancia se hallaba en la calle Saavedra, entre México y Chile. Al frente extendíase el gran muro descascarado del Asilo de Huérfanos. A esta altura, aclaro, que dos abuelos astures, el uno obrero, el otro artista, y dos fechas (el 25 de Mayo, su sentido nacional, el país) y el 1° de Mayo (lo nacional proyectándose internacionalmente, el mundo) signaron la trayectoria de los dos hermanos. Manuel Tuñón, minero —heroica profesión— en Mieres, y metalúrgico, broncero a la antigua casa Snockel, en Buenos Aires, solía beber vino en bota y cultivar claveles en maceteros familiares. Obrero infatigable, murió precisamente el mismo día que faltó al trabajo. Estanislao González, imaginero —hermosa profesión—, el abuelo que no conocimos, pues murió en Oviedo, tallaba en madera, coloreaba. Caminador incorregible, recorrió con sus imágenes muchos caminos de su tierra; le vieron en las tabernas y en los talleres de escultura religiosa. La sangre de los abuelos tan distintos influyó sin duda en la doble aventura de una pasión humana y literaria insobornable. 

Las fechas: Cada 25 de Mayo, nuestros padres, inmigrantes llegados en la adolescencia, y que dieron siete hijos a una Argentina que amaron, nos despertaban al alba para que fuéramos a escuchar el Himno Nacional ejecutado por los huerfanitos del Asilo y viéramos izar la bandera tras las rejas del jardín que daba a la entrada principal, por la calle Chile. Alguna vez —no soy patriotero pero amo a mi patria— oyendo ese himno en la ceremonia ocasional de un país lejano, me sobrecogió aquel recuerdo, perdido hasta entonces en los vericuetos de la memoria sutil. Este es un hecho. El otro se vincula a la popular plaza, cuando cada 1° de Mayo veíamos afluir a masas de gente desde distintas partes; era el punto de cita de los manifestantes obreros, empleados y estudiantes, quienes luego marchaban hasta la plaza San Martín entre un viento de banderas rojas y cantos libertarios. Por eso, y porque también allí realizaban sus vibrantes reuniones los huelguistas de turno, y so pretexto de dar una mayor perspectiva al recargado monumento custodio de las cenizas de don Bernardino Rivadavia, un día voltearon numerosos árboles seculares, la piqueta municipal mutiló sin piedad el poético encanto de la plaza boscosa. 


El periodista 

En 1922 comenzó Enrique su carrera periodística en un semanario llamado El Noticiero. A fines de 1923 colaboró, y yo también, en la difundida Caras y Caretas y en la revista Inicial. Al siguiente año adherimos al movimiento martinfierrista, colaborando en el hoy legendario periódico Martín Fierro y en la revista Proa, del incomparable Ricardo Güiraldes. Aquí publicó Enrique sus notables imágenes de Brújula de bolsillo, y en el periódico sus epitafios fueron los más mordaces durante la guerrilla literaria. Con frases como la que alude al sauce que Ascasubi plantara en la tumba de Musset, Enrique hizo muchas veces gala de sutil ironía, de un ingenio agudo y por momentos urticante. Este hombre tan fino, bondadoso, era implacable cuando se trataba de fustigar a un canalla o a un pacato hipócrita. Alternaba su efusiva cordialidad y su comunicante ternura con una gracia zumbona en las sobremesas, en ciertos casos son rasgos de humor negro. Solía hasta burlarse de la “Tía de las muchachas”, como Siqueiros, el gran mexicano, llama a la muerte. Fue por ello que en una carta en verso enviada por mí a Güiraldes, precisamente aquel año 23, le decía: “Mi hermano Enrique es una carcajada / dentro de un ataúd”. 

A principios de 1925 pasó a Crítica. En gran parte gracias a él se enriqueció el contenido de ese diario precursor. Eran los días del esplendor de la metáfora martinfierrista, y al escribir nos apartábamos de sobados moldes tradicionales. No hubo problema generacional, pues gentes de diversas promociones demostraban en el diario la misma inquietud. Dice César Tiempo: “La entrada de Enrique en Crítica revolucionó el estilo periodístico nacional. La noticia conquistó la cuarta dimensión, el arrabal tomó posesión del centro; la prosa municipal y espesa de los gacetilleros se hizo luminosa y abigarrada; la metáfora tomó carta de ciudadanía en el mundo de la información. Se empezó a escribir como Enrique, a jerarquizar lo popular, el tango, cuyo primer exégeta culto fue Enrique”. Entre otras cosas interesa recordar que durante un tiempo él era el encargado de recibir a numerosas personas de todas clases que venían a quejarse al diario, caja de intensas resonancias populares, los días viernes por la tarde. Ello le permitió el contacto con una humanidad desgarrada, y su consagración definitiva como notero. Fueron igualmente difundidas las incontables glosas que hizo a las letras de los tangos que iban saliendo, las unas dramáticas, las otras rozando lo jocoso. Algunas de ellas, suerte de cuento-comentario, creación típica suya, salieron reunidas en libro (Tangos, 1926). En 1931 su autor pasó a Noticias Gráficas, empezando a colaborar en el suplemento literario de La Nación, que entonces consagraba. Años después interesaron vivamente sus colaboraciones periódicas en El Mundo, algunas de las cuales integraron luego su postrer libro, La calle de los sueños perdidos

Más que un fin, el periodismo fue para él un medio, pero lo ejerció digna y fervorosamente. Fue el cronista magistral de la ciudad; él y yo conocíamos y amábamos todos sus barrios, incluido Boedo, de ahí que algunos cronicones nos ubiquen en el grupo del mismo nombre, donde teníamos buenos amigos. Por sus calles anduvimos largamente y fuimos parroquianos de un denso y humoso Café Japonés. Había allí choferes, cocheros, obreros, empleados, canillitas, buscavidas, algún malandra. Aunque céntrico y distinto por detalles de ambiente, merece recordarse otro boliche singular, El Puchero Misterioso, inverosímil despacho de bebidas-fondín adjunto a un almacén de la esquina de Cangallo y Talcahuano, hoy finado, donde acudían tipos parecidos, con predominio de canillitas. Tenía un nombre vulgar; lo bautizó así Nalé Roxlo. Enrique se inspiró en esos y otros sitios, y por lo mismos sus creaciones son tan legítimas, tan ricas en tipos y ambientes, en vivencias, al contrario de lo que ocurre con cierta novelística sofisticada de hoy. También en Paseo de Julio y en el Parque Patricios encontró mi hermano una fuente palpitante de personajes sombríos y pintorescos.
 
El escritor 

"Si en el cielo hay un arrabal y un café —dijo el antes citado César Tiempo— allí debe estar Enrique escribiendo las historias más hermosas del mundo”. Fue el cronista magistral, repito, pero fue cuentista —fundamentalmente, novelista y poeta en prosa. Con varios de nosotros, martinfierristas, era habitué de la vieja Librería de Gleizer. ¡Cuántas noches comimos en la cálida trastienda los buenos platos que preparaba la dulce doña Manuela! Enrique lo nombró El último romántico de los editores. Leía ávida y desordenadamente, como yo, desde la niñez. Amaba a Buenos Aires, sus tipos y sus cosas, pero no a la manera convencional y en el fondo despectiva de cierta parte de la obra de Borges. La polémica del tango, hoy caprichosamente resucitada por sobrestimadores y subestimadores, en vagas mesas redondas, en carpetas, Ben Molar y eso, como diría Gila, fue superada en los años 20 cuando Enrique lo llevó a la Universidad: si, por iniciativa del Dr. Mario Sáenz, hizo la exaltación de la primera danza criolla causando revuelo desde la cátedra de la Facultad de Ciencias Económicas con una conferencia ilustrada, al órgano, por Juan de Dios Filiberto. 

Como cuentista, nos legó libros definitivos abordando con maestría el más difícil de los géneros literarios: El alma de las cosas inanimadas, La rueda del molino mal pintado, El cielo está lejos. Trátase de creaciones originales, y esto es mucho decir hoy, cuando, como en pintura, tantos se parecen a tantos... En su hora fueron considerados de una rara calidad literaria de sustancia humana, en su honda síntesis expresiva, que al tiempo ha revalidado. Aquí, como en Camas desde un peso, hizo gala de un realismo romántico del mejor cuño, que ha segregado lúcidas constantes. En la mayoría de los casos hallamos ese toque lírico que enaltece la realidad más áspera y sórdida, el gran aliento humano, al cual se agrega el caudal de una extraña fantasía. La pátina de los años les ha añadido un interés cautivante, por encima de toda trampa retórica y de cualquier efusión meramente localista; un valor documental. Pese a ello, hoy figura junto a escritores compatriotas muy subestimados —baste recordar la reciente historia de la literatura argentina, en capítulo— y aparentemente olvidados, como parecía olvidado Roberto Arlt cuando Raúl Larra reeditó sus libros. 


Manejó el idioma madre plena y hermosamente cuando fue necesario, más detestaba a los cursis que pretenden abolir el uso del che y el vos, hasta en el íntimo dialecto familiar. Con igual señorío utilizó las derivaciones populares porteñas de la lengua. Fue el primero en incorporar vocablos y dichos de la jerga popular y lunfarda de los años 20, y no sólo en las glosas de tangos. Camas desde un peso es la novela porteña por antonomasia, sin par en su arquitectura total (bien se ha dicho que él penetró más a fondo que Arlt, y con mayor jerarquía estilística, en realidades nuestras) de un porteñismo que trasciende universalidad en su esencia dramática. Su segunda novela, distinta e igualmente original, El tirano, también lograda al margen de la fórmula tradicional estricta —planteo, desarrollo, solución— es una muestra de agudo realismo crítico. Contiene implícita una inefable sátira a directores y demagogos latinoamericanos; sin caer en el alegato, aludía con coraje ejemplar a la dictadura de Uriburu. Los libros de Enrique son ya típicos de esa picaresca sentimental porteña que, como se afirmó en su hora, él inauguró entre nosotros, lo mismo que hiciera a su modo en los Estados Unidos O. Henry, porque si bien se ha llamado con razón a mi hermano “el Charles Louis Philippe argentino”, hallamos en sus obras, además de contactos con el desgarrado autor de Bubú de Montparnasse, un ligero parentesco con el impagable creador de Andy Tucker y Jeferson Peter. En fin, la simbiosis penetrante de ironía y ternura, de drama y comedia, con toques a lo Heine y sobre todo a lo Dickens, sintetiza el ambiente característico de quien, como el inglés universal, tenía, a su manera, la llave de la calle. Un curioso libro es asimismo Las obras y la lombriz solitaria, serie de impactos literario-periodísticos con predominio del expresionismo crítico. Otro hallazgo suyo es la Apología del hombre santo, intenso y extenso poema en prosa, emocionado panegírico del muy querido Ricardo Güiraldes. 

Diré que ahora se anuncian las reediciones de La rueda del molino mal pintado y Camas desde un peso. Aclaremos que la segunda edición de esta rara novela, en un país donde los libros precursores, de contenido inquietante para la crítica oficial y cuyos autores fueron definidos, inconformistas, parecen condenados al olvido, salió gracias a la iniciativa de Rosa Troiani (Colección Boedo-Florida). Creemos que hubo fallas en la forma de distribuir el tiraje, y al cabo de un año Camas desde un peso podía verse junto a otros libros del mismo sello bajo el cartelito Tres por veinte pesos. ¡Cómo hubiera gozado con esto su autor! La gloria del anonimato en los polvorientos escaparates de los libreros de viejo, tan caros a Enrique, Pio Baroja e Ilya Erenburg... Sin embargo, por ese tiempo, cuatro o cinco muchachos vinieron a verme para que les firmara ejemplares de la obra más típica de mi hermano. El mejor homenaje a su memoria. 

La zona desconocida 

Un poco antes de partir él se había ido su amigo, el notable abogado cordobés Deodoro Roca, ensayista, leader de la Reforma Universitaria. Desde Cosquín Enrique viajó a Córdoba para asistir al funeral cívico, donde dijo cosas hermosas y amargas en una oración severa. Un suceso lo había golpeado ya como una espada cruel: la muerte de una niña de 13 años de edad. Esta era la linda, inteligente y tierna nieta de la dueña de la pensión de Cosquín, a la cual Enrique llegara en 1932, y entonces la criatura tenía sólo dos años. Adoptada por él, la chica creció creyendo que era su verdadera hija. La adoraba, y aunque la sabía herida sin remedio por el mismo mal que había fulminado a los padres legítimos cuando era bebita, el golpe fue tremendo. Una página estremecedora, Terciopelo verde, envió él a El Mundo, en su recuerdo. F. L. Bernardez, gran amigo de las horas martinfierristas, le hizo llegar a Enrique una honda carta de consuelo. 

Tengo presente nuestro último encuentro, en Mendoza, a comienzos de 1943. Yo venía de Santiago de Chile, donde residía desde el año 40, y él de su refugio serrano, para escribir en un hotel, en colaboración, un argumento de cine que titulamos Refugiados, testimonio de uno de los dramas derivados de la gran guerra. No sé dónde habrá ido a parar, pues luego de entregarlo cayó mi hermano alcanzado, al fin, por la Tía de las muchachas, y se produjo el golpe militar del 4 de junio. Por esos días los jefes de los países aliados contra el hitlerismo comenzaban sus entrevistas. Enrique estaba esperándome en el aeródromo, y al descender yo del avión no perdió la oportunidad de decir algo que rompiera la tierna solemnidad del instante del abrazo: “Estamos como Roosevelt y Stalin...”. Lo hallé febril. Varias veces había vencido a su mal; viajaba a Buenos Aires, el mal reaparecía, y entonces regresaba al aire puro y a la paz de su luminosa casa de Cosquín. En la última instancia no hubo apelación. 

Finalizado nuestro trabajo, volvió a las sierras. En la estación del ferrocarril había divagado: “Ya sabés que pienso como vos, Raúl, pero ahora siento que estamos rodeados de cosas invisibles, de zonas desconocidas. Bueno, sé que en una de esas zonas voy a encontrar a mi hija”. Estaba agotado. Le rogué que se cuidara, que no hiciera tonterías. No lo vi más. Su lámpara se apagó de súbito el 9 de mayo. Veo su fina mano dibujando un ademán náufrago en el vacío, y cayendo sobre el pecho como un pájaro helado. 

Atrás quedaba la juventud, huyendo como un ciervo herido (el otoño es violento, dura la luna y la rosa fría). Y más atrás la vieja Crítica de la calle Sarmiento, la libertad de prensa más extraordinaria que haya conocido el país desde 1916 a 1930 —la librería de Gleizer, el carnaval, los organitos de Roncoroni y Rinaldi Hnos., los verdolaga tranvías Lacroze de la calle Corrientes angosta, el Café Japonés, El Farol Colorado, El Puchero Misterioso. La crónica de un sueño. Sí, sí, Enrique, en este largo viaje hacia la verdad que es la vida estamos rodeados de zonas desconocidas, lo que por comodidad o ignorancia llamamos misterio, y debe ser algo muy real. Aún no plantamos la máquina de escribir en tu tumba, pero un día, estoy seguro, en el muro de la casa del barrio en que nacimos, mejor dicho, en la pared de un feo edificio que ahora se alza allí, sin historia, sin el patio, sin el níspero, podrán leerse estas palabras grabadas en el bronce: 
“En este sitio estaba situada la casa de la infancia de Enrique González Tuñón, el más porteño de los cronistas de Buenos Aires. Partió a una zona desconocida el 9 de mayo de 1943. No era un General, no era un Primer Ministro, pero era un artista, era un poeta, tenía la llave de la calle. ¡Salúdenlo!”. 
(Tanto embromar, hermano, y un día los astronautas soviéticos y norteamericanos, y el inquieto profesor francés Custeau en su aventura submarina, se van a encontrar de golpe con una zona desconocida. Y habrá un arrabal, y un café, y vos estarás escribiendo la historia más hermosa del mundo).

Fuente: ARTiempo, n. 5, marzo de 1969, pp. 30-31.
 

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