domingo, junio 28, 2026

Un adelanto de Noches de cabaret, de marmat

marmat ya me había sorprendido con los fragmentos que compartía del monumental imperio ficcional llamado Malasya (Nudista, 2024). Por eso fue un placer, un honor, trabajar con él codo a codo en la edición de ese mamotreto. Y luego, luego apareció Noches de cabaret, un contrapunto del libraco delirante antes publicado. 

Esta nueva obra de marmat es un relato de dos amigos en la noche mendocina de los 80. Uno, Claudio, experimentado en las delicias del desborde; el otro, Alberto, dispuesto a aprender con las manos bien abiertas. El resto sucede en un abrir y cerrar de ojos, como la vida misma, en medio de los vapores del alcohol, las palabras dichas e imaginadas, el toqueteo rítmico de los cuerpos.

Dejo un adelanto Noches de cabaret para quien quiera leer, un fragmento del capítulo 1. ¡Que lo disfruten! ¡Y vivan las nuevas lenguas! 





Capítulo 1

Cabaret... metejón... un amor en cada esquina...

—A mí decime Claudio siempre. No Gringo. Claudio. ¿Qué hacés más tarde? ¿Querés que vayamos al centro? 

Lo había conocido en un picadito y le decían el Gringo. Nos tocó jugar en el mismo equipo una tardenoche y pegamos buena onda.
 
—Dale, Claudio... y sí, podría ser ¿como a qué hora decís? 

—No sé, cuando se haga de noche, tipo diez. Paso a buscarte por la esquina de tu casa. Es feriado, acordate, Semana Santa. Esta noche el centro se pone hasta las manos. Podríamos ir a visitar a unas amigas que paran por la San Juan haciendo la calle. En la parada del bondi se ponen. No sé, quién te dice... 

—Dale, Claudio, te espero entonces, me parece. Nos vemos a la noche. 

Cortamos. Miré el reloj. Caí en la cuenta. Habíamos hablado más de media hora por teléfono. ¡Qué calamidad! Con lo que se restringían las llamadas por entonces. Luego vendrían con los candaditos de ENTEL a regular la falta de pago. Pero al menos conservabas la línea y no te quedabas a pata. Te entraban las llamadas y podías atender, no podías llamar, pero con el tiempo si no se pagaba la boleta sonaba y sonaba con el candadito puesto. ¡Y ya lo dejabas que sonara!, o lo desenchufabas, porque cuando levantabas el tubo ya no se escuchaba a nadie del otro lado. 

A la conversación con Claudio la tuvimos desde mi habitación que da a la calle Almirante Brown. La suerte me dio otro enchufe para el teléfono, con lo cual podía tener mis charlas con amigos y amigas, llevándome el teléfono del comedor a mi pieza, sobre todo por las siestas o después de las diez de la noche. 

Había olvidado por completo era Jueves Santo. Estábamos en la Semana Santa, en el mismísimo Jueves Santo, y yo, en babia. ¡Yendo a un colegio católico! 

No comimos pescado ni empanadas de vigilia. Me acordaría. El perfume de Semana Santa siempre es la comida. ¿Por qué no comí empanadas de vigilia? ¿Qué almorzamos? ¿Almorzamos? 

De cualquier manera, la idea de ir al centro a saludar a esas amigas de Claudio, más aún, si el centro por Semana Santa iba a explotar aquella noche de abril de 1982, me pareció una idea salvadora. ¿La salvación me estaba esperando? La salvación del tedio por unas horas, al menos. 

Andaba aburrido por aquellos tiempos y, ahora me doy cuenta, debió haber sido ese día, o el anterior, del cual me quedó la sensación, el recuerdo tedioso… ¡Qué va! Por aquellos años era imposible aburrirnos. 

Yo no llegaba a la edad de Claudio, él tenía veinte años, y yo… ¡ni siquiera cumplía los diecisiete! Pero a Claudio lo veía maduro. Hecho, con calle y parla. Labia para ir al centro a chamuyarse a minas de la noche, de la calle, a las que yo por retraso madurativo, sentimentalmente hablando, les tenía miedo. ¡Pánico si hubiera sido en una vereda oscura! 

—Hola, qué tal, cómo estás, mi nombre es Alberto. ¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado? 

De pensarlo me sentía un imbécil. Me veía a paso firme acompañando el traqueteo cada vez más vertiginoso de sus tacos, la chica notablemente nerviosa y yo, intentando persuadirla, que contestara afirmativamente mis propuestas sádicas. 

Me di cuenta que por el sadismo de mi mente se filtraban frases traducidas, lugares comunes en el habla: “¿Qué linda noche no? ¿Querés que tomemos un helado?”. También pensaba como optimista en qué me diría la señorita en cuestión de aceptar mi propuesta explícita, de mi invitación a tomar un helado. 

—Hola, qué tal, Romina es mi nombre, camino hasta mi casa, vivo sola, me gusta conversar y tomar helados, pero más me gustaría que te quedaras conmigo a dormir esta noche, es Jueves Santo y hace frío, ¿te parece, Alberto?

Nabo, nabo y mil veces nabo. 

Pensar optimistamente es un purgatorio a pasitos del fracaso. Al menos, de mi fracaso. Porque había visto cómo Jorge, cómo Ricardo, y me habían contado de otros casos como el de Rubén y el de Carlos, alguna noche terminaban encamados con distintas minas, todas desnudas, tomando licor Tres Plumas, en lugares inverosímiles, fumando puchos negros, Parisiennes o Gitanes. 

Mis amigos eran unos reales porongas. Pero Claudio no mostraba nunca la hilacha, ni esa típica soberbia del blablador que anda de chisme en chisme, contando, como decía la canción de Copani, ¡cuánta mina que tengo! 

De cualquier modo, qué inquietante era imaginar a Romina. ¡Qué mujer más hermosa era Romina por favor! Si tan solo la imaginación pudiera materializar una noche con ella, las cosas hubieran sido muy diferentes… Caminaríamos por la calle Las Heras, donde nos habríamos conocido aquella noche de Semana Santa. Tomaríamos con ella los helados de Chini que le prometí. Luego le compraría una rosa a un vendedor de la calle y así, la noche nos guiaría hacia su cama, lentamente y sin estridencias, como si fuésemos una pareja de amantes. 

Romina acariciaría mi cuerpo y yo, luego de traer una botellita de agua de la heladera, me entregaría por entero a los roces. Ella, muy hermosa y muy compañera, me daría un beso de sorpresa en plena vereda, bajo el farol que ya no alumbra, y le propondría que un día fuésemos a ver muebles y electrodomésticos. Porque si la cosa funcionaba como hasta ahora, lo mejor sería casarnos, ¿no? 

En fin, me quedaba la imaginación… ¿Me quedaba la imaginación que mis amigos porongas no tenían? En eso estaba la diferencia. 

Mi imaginación tan virga… ¡y sus porongas al poder! 

La oscuridad del centro en esos años tenía su particularidad. Claudio me la había prometido por teléfono para esa noche. La plaza Independencia estaba hecha de sombras, de vetas largas y ondulantes, que por el viento, los picos de los pinos, más los picos de los pájaros, dejaban la estela flameante a su paso, hecha de más sombras zigzagueando que antes. 

En una de las calles linderas de la plaza, los que iban al Zócalo y los que vivían en el Zócalo, entre unos herbajes bajo el chumbís de los asientos para ciegos, se amontonaban bajo un techo, al que se le llamaba así: “El Zócalo”. Recalaban ahí los adictos a las pastas. Andaban galgueando con el metrolax y babeando con el tricimoldefino. Drogas de farmacia que podías encontrar en la mesita de luz de una vieja, si es que vieja había en tu casa por ese entonces. 

La idea siempre fue destruirse.

(...)

Fuente: marmat, Noches de cabaret, Río Cuarto, Nudista, 2026, pp. 9-13.

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