viernes, enero 09, 2026

Mi hermano Enrique (Raúl González Tuñón)


Hace unos días revisando una vez más una revista de fines de los 60, ARTiempo, me generó curiosidad la participación de Raúl González Tuñón en sus páginas (se agradece el trabajo de AHIRA). Entre esos textos, uno es particularmente entrañable por la evocación de su hermano, el gran narrador y periodista Enrique González Tuñón. Si no leyeron Camas desde un peso, lo recomiendo con énfasis. 

Sin mucha vuelta más, comparto este texto de Raúl sobre su hermano Enrique, para traer a ambos del mundo del olvido literario, aunque sea un rato... ¡Que lo disfruten!



Mi hermano Enrique (Raúl González Tuñón) 

“Cuando yo muera no planten un sauce en mi tumba. Planten una máquina de escribir”. 
E. G. T. 

Allá por la verde lejanía de los años, cuando se inicia mi aventura escolar primaria, comienza a funcionar con más claridad mi capacidad de recuerdo. Entonces la plaza Once —nacimos en el barrio de este nombre, al sur— era un verdadero parque, boscoso, denso. Veo a mi hermano Enrique caminando entre los altos y anchos árboles o sentado en un banco, leyendo. Él tenía 10 años; me llevaba cuatro. Yo lo seguía y lo admiraba. Una vez, evocando aquella época, me confesó, desolado, que yo entonces lo fastidiaba. Puede ser, pero ya cuando ingresé tras él al diario Crítica —una etapa apasionante, un fenómeno periodístico extraordinario, algo decididamente no superado— parecíamos una sola persona, coincidíamos en todo. En adelante me estimuló, me ayudó, aun desde lejos, y hasta su último aliento. Era célebre en el ambiente su: “Mi hermano Raúl”. Me recordaba, sublimándome, cuando frecuentes salidas mías al país, a América y a Europa nos separaban. Manteníamos una constante comunicación postal, y otra especie de comunicación misteriosa: A veces, por ejemplo, yo escribía en Río de Janeiro determinado poema en prosa, y él al mismo tiempo, en Buenos Aires, una página de acento lírico, sobre un tema muy parecido y en un mismo estilo. O bien yo le escribía recomendándole la lectura de El gran Meaulnes, el maravilloso libro del malogrado Alain Fournier, recién descubierto por mí, y una carta de él se cruzaba con la misma recomendación. 

Como Nicolás Olivari, solía decir: “Raúl viaja por mí”. En dos ocasiones, sin embargo, nos encontramos fuera del país. Primero en 1923, viviendo en Montevideo una fascinante aventura de la bohemia literaria, no exenta de audacia. Más tarde, a fines de 1931, durante mi segundo viaje al deslumbrante Brasil, cuando fue a pasar unos días conmigo. Vivíamos en la casona de un matrimonio de inquietos médicos jóvenes, Nise y Mario Magalhaes, frente a la casa del gran poeta Manuel Bandeira. Con frecuencia venía a reunírsenos por la noche una muchacha novelista, Rachel de Queiroz, y con ella contemplábamos desde la altura, pues la casona estaba situada en el Morro de Santa Teresa, en Curvello, la distante curva nocturna, graciosa y luminosa, de la bahía de Botafogo. Diré que Enrique sigue conmigo, está escribiendo esta crónica sobre mí

La casa de la infancia se hallaba en la calle Saavedra, entre México y Chile. Al frente extendíase el gran muro descascarado del Asilo de Huérfanos. A esta altura, aclaro, que dos abuelos astures, el uno obrero, el otro artista, y dos fechas (el 25 de Mayo, su sentido nacional, el país) y el 1° de Mayo (lo nacional proyectándose internacionalmente, el mundo) signaron la trayectoria de los dos hermanos. Manuel Tuñón, minero —heroica profesión— en Mieres, y metalúrgico, broncero a la antigua casa Snockel, en Buenos Aires, solía beber vino en bota y cultivar claveles en maceteros familiares. Obrero infatigable, murió precisamente el mismo día que faltó al trabajo. Estanislao González, imaginero —hermosa profesión—, el abuelo que no conocimos, pues murió en Oviedo, tallaba en madera, coloreaba. Caminador incorregible, recorrió con sus imágenes muchos caminos de su tierra; le vieron en las tabernas y en los talleres de escultura religiosa. La sangre de los abuelos tan distintos influyó sin duda en la doble aventura de una pasión humana y literaria insobornable. 

Las fechas: Cada 25 de Mayo, nuestros padres, inmigrantes llegados en la adolescencia, y que dieron siete hijos a una Argentina que amaron, nos despertaban al alba para que fuéramos a escuchar el Himno Nacional ejecutado por los huerfanitos del Asilo y viéramos izar la bandera tras las rejas del jardín que daba a la entrada principal, por la calle Chile. Alguna vez —no soy patriotero pero amo a mi patria— oyendo ese himno en la ceremonia ocasional de un país lejano, me sobrecogió aquel recuerdo, perdido hasta entonces en los vericuetos de la memoria sutil. Este es un hecho. El otro se vincula a la popular plaza, cuando cada 1° de Mayo veíamos afluir a masas de gente desde distintas partes; era el punto de cita de los manifestantes obreros, empleados y estudiantes, quienes luego marchaban hasta la plaza San Martín entre un viento de banderas rojas y cantos libertarios. Por eso, y porque también allí realizaban sus vibrantes reuniones los huelguistas de turno, y so pretexto de dar una mayor perspectiva al recargado monumento custodio de las cenizas de don Bernardino Rivadavia, un día voltearon numerosos árboles seculares, la piqueta municipal mutiló sin piedad el poético encanto de la plaza boscosa. 


El periodista 

En 1922 comenzó Enrique su carrera periodística en un semanario llamado El Noticiero. A fines de 1923 colaboró, y yo también, en la difundida Caras y Caretas y en la revista Inicial. Al siguiente año adherimos al movimiento martinfierrista, colaborando en el hoy legendario periódico Martín Fierro y en la revista Proa, del incomparable Ricardo Güiraldes. Aquí publicó Enrique sus notables imágenes de Brújula de bolsillo, y en el periódico sus epitafios fueron los más mordaces durante la guerrilla literaria. Con frases como la que alude al sauce que Ascasubi plantara en la tumba de Musset, Enrique hizo muchas veces gala de sutil ironía, de un ingenio agudo y por momentos urticante. Este hombre tan fino, bondadoso, era implacable cuando se trataba de fustigar a un canalla o a un pacato hipócrita. Alternaba su efusiva cordialidad y su comunicante ternura con una gracia zumbona en las sobremesas, en ciertos casos son rasgos de humor negro. Solía hasta burlarse de la “Tía de las muchachas”, como Siqueiros, el gran mexicano, llama a la muerte. Fue por ello que en una carta en verso enviada por mí a Güiraldes, precisamente aquel año 23, le decía: “Mi hermano Enrique es una carcajada / dentro de un ataúd”. 

A principios de 1925 pasó a Crítica. En gran parte gracias a él se enriqueció el contenido de ese diario precursor. Eran los días del esplendor de la metáfora martinfierrista, y al escribir nos apartábamos de sobados moldes tradicionales. No hubo problema generacional, pues gentes de diversas promociones demostraban en el diario la misma inquietud. Dice César Tiempo: “La entrada de Enrique en Crítica revolucionó el estilo periodístico nacional. La noticia conquistó la cuarta dimensión, el arrabal tomó posesión del centro; la prosa municipal y espesa de los gacetilleros se hizo luminosa y abigarrada; la metáfora tomó carta de ciudadanía en el mundo de la información. Se empezó a escribir como Enrique, a jerarquizar lo popular, el tango, cuyo primer exégeta culto fue Enrique”. Entre otras cosas interesa recordar que durante un tiempo él era el encargado de recibir a numerosas personas de todas clases que venían a quejarse al diario, caja de intensas resonancias populares, los días viernes por la tarde. Ello le permitió el contacto con una humanidad desgarrada, y su consagración definitiva como notero. Fueron igualmente difundidas las incontables glosas que hizo a las letras de los tangos que iban saliendo, las unas dramáticas, las otras rozando lo jocoso. Algunas de ellas, suerte de cuento-comentario, creación típica suya, salieron reunidas en libro (Tangos, 1926). En 1931 su autor pasó a Noticias Gráficas, empezando a colaborar en el suplemento literario de La Nación, que entonces consagraba. Años después interesaron vivamente sus colaboraciones periódicas en El Mundo, algunas de las cuales integraron luego su postrer libro, La calle de los sueños perdidos

Más que un fin, el periodismo fue para él un medio, pero lo ejerció digna y fervorosamente. Fue el cronista magistral de la ciudad; él y yo conocíamos y amábamos todos sus barrios, incluido Boedo, de ahí que algunos cronicones nos ubiquen en el grupo del mismo nombre, donde teníamos buenos amigos. Por sus calles anduvimos largamente y fuimos parroquianos de un denso y humoso Café Japonés. Había allí choferes, cocheros, obreros, empleados, canillitas, buscavidas, algún malandra. Aunque céntrico y distinto por detalles de ambiente, merece recordarse otro boliche singular, El Puchero Misterioso, inverosímil despacho de bebidas-fondín adjunto a un almacén de la esquina de Cangallo y Talcahuano, hoy finado, donde acudían tipos parecidos, con predominio de canillitas. Tenía un nombre vulgar; lo bautizó así Nalé Roxlo. Enrique se inspiró en esos y otros sitios, y por lo mismos sus creaciones son tan legítimas, tan ricas en tipos y ambientes, en vivencias, al contrario de lo que ocurre con cierta novelística sofisticada de hoy. También en Paseo de Julio y en el Parque Patricios encontró mi hermano una fuente palpitante de personajes sombríos y pintorescos.
 
El escritor 

"Si en el cielo hay un arrabal y un café —dijo el antes citado César Tiempo— allí debe estar Enrique escribiendo las historias más hermosas del mundo”. Fue el cronista magistral, repito, pero fue cuentista —fundamentalmente, novelista y poeta en prosa. Con varios de nosotros, martinfierristas, era habitué de la vieja Librería de Gleizer. ¡Cuántas noches comimos en la cálida trastienda los buenos platos que preparaba la dulce doña Manuela! Enrique lo nombró El último romántico de los editores. Leía ávida y desordenadamente, como yo, desde la niñez. Amaba a Buenos Aires, sus tipos y sus cosas, pero no a la manera convencional y en el fondo despectiva de cierta parte de la obra de Borges. La polémica del tango, hoy caprichosamente resucitada por sobrestimadores y subestimadores, en vagas mesas redondas, en carpetas, Ben Molar y eso, como diría Gila, fue superada en los años 20 cuando Enrique lo llevó a la Universidad: si, por iniciativa del Dr. Mario Sáenz, hizo la exaltación de la primera danza criolla causando revuelo desde la cátedra de la Facultad de Ciencias Económicas con una conferencia ilustrada, al órgano, por Juan de Dios Filiberto. 

Como cuentista, nos legó libros definitivos abordando con maestría el más difícil de los géneros literarios: El alma de las cosas inanimadas, La rueda del molino mal pintado, El cielo está lejos. Trátase de creaciones originales, y esto es mucho decir hoy, cuando, como en pintura, tantos se parecen a tantos... En su hora fueron considerados de una rara calidad literaria de sustancia humana, en su honda síntesis expresiva, que al tiempo ha revalidado. Aquí, como en Camas desde un peso, hizo gala de un realismo romántico del mejor cuño, que ha segregado lúcidas constantes. En la mayoría de los casos hallamos ese toque lírico que enaltece la realidad más áspera y sórdida, el gran aliento humano, al cual se agrega el caudal de una extraña fantasía. La pátina de los años les ha añadido un interés cautivante, por encima de toda trampa retórica y de cualquier efusión meramente localista; un valor documental. Pese a ello, hoy figura junto a escritores compatriotas muy subestimados —baste recordar la reciente historia de la literatura argentina, en capítulo— y aparentemente olvidados, como parecía olvidado Roberto Arlt cuando Raúl Larra reeditó sus libros. 


Manejó el idioma madre plena y hermosamente cuando fue necesario, más detestaba a los cursis que pretenden abolir el uso del che y el vos, hasta en el íntimo dialecto familiar. Con igual señorío utilizó las derivaciones populares porteñas de la lengua. Fue el primero en incorporar vocablos y dichos de la jerga popular y lunfarda de los años 20, y no sólo en las glosas de tangos. Camas desde un peso es la novela porteña por antonomasia, sin par en su arquitectura total (bien se ha dicho que él penetró más a fondo que Arlt, y con mayor jerarquía estilística, en realidades nuestras) de un porteñismo que trasciende universalidad en su esencia dramática. Su segunda novela, distinta e igualmente original, El tirano, también lograda al margen de la fórmula tradicional estricta —planteo, desarrollo, solución— es una muestra de agudo realismo crítico. Contiene implícita una inefable sátira a directores y demagogos latinoamericanos; sin caer en el alegato, aludía con coraje ejemplar a la dictadura de Uriburu. Los libros de Enrique son ya típicos de esa picaresca sentimental porteña que, como se afirmó en su hora, él inauguró entre nosotros, lo mismo que hiciera a su modo en los Estados Unidos O. Henry, porque si bien se ha llamado con razón a mi hermano “el Charles Louis Philippe argentino”, hallamos en sus obras, además de contactos con el desgarrado autor de Bubú de Montparnasse, un ligero parentesco con el impagable creador de Andy Tucker y Jeferson Peter. En fin, la simbiosis penetrante de ironía y ternura, de drama y comedia, con toques a lo Heine y sobre todo a lo Dickens, sintetiza el ambiente característico de quien, como el inglés universal, tenía, a su manera, la llave de la calle. Un curioso libro es asimismo Las obras y la lombriz solitaria, serie de impactos literario-periodísticos con predominio del expresionismo crítico. Otro hallazgo suyo es la Apología del hombre santo, intenso y extenso poema en prosa, emocionado panegírico del muy querido Ricardo Güiraldes. 

Diré que ahora se anuncian las reediciones de La rueda del molino mal pintado y Camas desde un peso. Aclaremos que la segunda edición de esta rara novela, en un país donde los libros precursores, de contenido inquietante para la crítica oficial y cuyos autores fueron definidos, inconformistas, parecen condenados al olvido, salió gracias a la iniciativa de Rosa Troiani (Colección Boedo-Florida). Creemos que hubo fallas en la forma de distribuir el tiraje, y al cabo de un año Camas desde un peso podía verse junto a otros libros del mismo sello bajo el cartelito Tres por veinte pesos. ¡Cómo hubiera gozado con esto su autor! La gloria del anonimato en los polvorientos escaparates de los libreros de viejo, tan caros a Enrique, Pio Baroja e Ilya Erenburg... Sin embargo, por ese tiempo, cuatro o cinco muchachos vinieron a verme para que les firmara ejemplares de la obra más típica de mi hermano. El mejor homenaje a su memoria. 

La zona desconocida 

Un poco antes de partir él se había ido su amigo, el notable abogado cordobés Deodoro Roca, ensayista, leader de la Reforma Universitaria. Desde Cosquín Enrique viajó a Córdoba para asistir al funeral cívico, donde dijo cosas hermosas y amargas en una oración severa. Un suceso lo había golpeado ya como una espada cruel: la muerte de una niña de 13 años de edad. Esta era la linda, inteligente y tierna nieta de la dueña de la pensión de Cosquín, a la cual Enrique llegara en 1932, y entonces la criatura tenía sólo dos años. Adoptada por él, la chica creció creyendo que era su verdadera hija. La adoraba, y aunque la sabía herida sin remedio por el mismo mal que había fulminado a los padres legítimos cuando era bebita, el golpe fue tremendo. Una página estremecedora, Terciopelo verde, envió él a El Mundo, en su recuerdo. F. L. Bernardez, gran amigo de las horas martinfierristas, le hizo llegar a Enrique una honda carta de consuelo. 

Tengo presente nuestro último encuentro, en Mendoza, a comienzos de 1943. Yo venía de Santiago de Chile, donde residía desde el año 40, y él de su refugio serrano, para escribir en un hotel, en colaboración, un argumento de cine que titulamos Refugiados, testimonio de uno de los dramas derivados de la gran guerra. No sé dónde habrá ido a parar, pues luego de entregarlo cayó mi hermano alcanzado, al fin, por la Tía de las muchachas, y se produjo el golpe militar del 4 de junio. Por esos días los jefes de los países aliados contra el hitlerismo comenzaban sus entrevistas. Enrique estaba esperándome en el aeródromo, y al descender yo del avión no perdió la oportunidad de decir algo que rompiera la tierna solemnidad del instante del abrazo: “Estamos como Roosevelt y Stalin...”. Lo hallé febril. Varias veces había vencido a su mal; viajaba a Buenos Aires, el mal reaparecía, y entonces regresaba al aire puro y a la paz de su luminosa casa de Cosquín. En la última instancia no hubo apelación. 

Finalizado nuestro trabajo, volvió a las sierras. En la estación del ferrocarril había divagado: “Ya sabés que pienso como vos, Raúl, pero ahora siento que estamos rodeados de cosas invisibles, de zonas desconocidas. Bueno, sé que en una de esas zonas voy a encontrar a mi hija”. Estaba agotado. Le rogué que se cuidara, que no hiciera tonterías. No lo vi más. Su lámpara se apagó de súbito el 9 de mayo. Veo su fina mano dibujando un ademán náufrago en el vacío, y cayendo sobre el pecho como un pájaro helado. 

Atrás quedaba la juventud, huyendo como un ciervo herido (el otoño es violento, dura la luna y la rosa fría). Y más atrás la vieja Crítica de la calle Sarmiento, la libertad de prensa más extraordinaria que haya conocido el país desde 1916 a 1930 —la librería de Gleizer, el carnaval, los organitos de Roncoroni y Rinaldi Hnos., los verdolaga tranvías Lacroze de la calle Corrientes angosta, el Café Japonés, El Farol Colorado, El Puchero Misterioso. La crónica de un sueño. Sí, sí, Enrique, en este largo viaje hacia la verdad que es la vida estamos rodeados de zonas desconocidas, lo que por comodidad o ignorancia llamamos misterio, y debe ser algo muy real. Aún no plantamos la máquina de escribir en tu tumba, pero un día, estoy seguro, en el muro de la casa del barrio en que nacimos, mejor dicho, en la pared de un feo edificio que ahora se alza allí, sin historia, sin el patio, sin el níspero, podrán leerse estas palabras grabadas en el bronce: 
“En este sitio estaba situada la casa de la infancia de Enrique González Tuñón, el más porteño de los cronistas de Buenos Aires. Partió a una zona desconocida el 9 de mayo de 1943. No era un General, no era un Primer Ministro, pero era un artista, era un poeta, tenía la llave de la calle. ¡Salúdenlo!”. 
(Tanto embromar, hermano, y un día los astronautas soviéticos y norteamericanos, y el inquieto profesor francés Custeau en su aventura submarina, se van a encontrar de golpe con una zona desconocida. Y habrá un arrabal, y un café, y vos estarás escribiendo la historia más hermosa del mundo).

Fuente: ARTiempo, n. 5, marzo de 1969, pp. 30-31.

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