viernes, septiembre 04, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 2)

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1): Ángel Bonomini y Jorge Cruz 

de BERNARDO EZEQUIEL KOREMBLIT 

El recuerdo permanente de un gran escritor, de un amigo bienquerido —como lo es y sigue siéndolo Héctor Murena para la Sociedad Hebraica Argentina y para los escritores que esta noche lo recordarán— es una fuente nutritiva que alimenta nuestra gratitud y nuestra admiración, tanto como en el tiempo en que no era, como es ahora, un emocionado recuerdo sino la presencia de un hombre, un ensayista, un poeta, un espíritu y una inteligencia a quien podíamos ver y escuchar asombrados por su talento en ascuas y felices con la cordialidad de su compañía. Evocar hoy, a un mes de su desaparición, a ese amigo y significativa figura de la literatura en América, con nostalgia por su palabra conceptuosa y brillante, con asombro por su obra y con aflicción por su ausencia —desde el 6 de mayo la suya significa un bien perdido que no podemos recuperar sino nombrándolo y exaltando su personalidad—; equivale no sólo a un acto de justicia, literaria y humana, que nuestra institución y los intelectuales que nos acompañan cumplen en un Homenaje ponderativo pero no exento de melancolía, sino también al subjetivo deseo de seguir contándolo entre nosotros. La Hebraica agradece a Ángel Bonomini, Jorge Cruz, Alberto Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, William Shand, Enrique Pezzoni y David Vogelmann su participación en este Homenaje que nuestra casa rinde a quien estuvo vinculado a ella desde las páginas de la revista Davar y de la actividad cultural: Héctor Murena participó de ella solamente en dos Cursos —“La incertidumbre de nuestro tiempo" y “Esencias y existencias de un poeta”: con este Curso inauguró él el Ciclo qué desde entonces se repite anualmente—; pero esas ocho clases de Murena constituyen uno de los hitos memorables que han enriquecido y ennoblecido la actividad cultural de la Hebraica y que la institución, recordando a quien las dictó, puede mostrar con orgullo en su Cincuentenario. Tres días antes del 6 de mayo, Héctor Murena fue el nombre que elegimos para que nos representara ante el Fondo Nacional de las Artes en el Concurso de Ensayo para el bienio 1974-75, designación que Murena aceptó sin mucho entusiasmo por integrar un jurado pero con cordialidad y adhesión hacia nuestra casa. En suma, que este Homenaje significa el profundo reconocimiento y el hondo afecto que sentíamos por él y por la cálida amistad que lo tenía vinculado a esta institución que lo recordará siempre y no solamente lo recuerda esta noche. 

Nadie se va del todo si su espíritu, su pensamiento y su persona sobreviven en quienes lo amaron y admiraron. Los amigos aquí reunidos evocarán a Héctor Murena con la certidumbre de que Murena, que, a través de su denso intelectualismo, fue un artista, tendrá el testimonio de la permanente declaración de Baudelaire: “una de las expresiones más bellas y trascendentes del arte reside en las expresiones de quienes hacen justicia a aquel que pensó y sintió artísticamente”. 

Por una vez más, la Hebraica agradece a Bonomini, Cruz, Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, Shand, Pezzoni y Vogelmann su participación en este Homenaje al gran escritor, al querido amigo siempre vivo para nosotros. 


Aunque lo hago en nombre de la Hebraica, no puedo hablar de Héctor Murena con un frío aire impersonal, como si él no hubiese sido uno de los pocos escritores argentinos por quienes he podido sentir verdadero afecto y no únicamente admiración. En la trapalanda literaria que vivimos, los intelectuales hacia los cuales nos es dado sentir ambas inclinaciones pueden ser contados con los dedos de la mano por un manco, y que además sea mocho. Aunque mi trato con Murena no fue cotidiano sino espaciado y poco frecuente, fueron suficiente y bastante algunos encuentros para comprender tanto su ética insobornable como su talento en permanente combustión, su indeclinable actitud de humanista (que contenía al poeta, al ensayista, al novelista) como la conformación del artista indeclinable que lo distinguía. Murena me ha convencido de una deducción a la que he llegado viendo el cuadro dramático de nuestra época: que el poeta, el artista está condenado a una extrema peculiaridad personal: no pudiendo, orgánica, fisiológicamente inclusive, adherirse a un estilo general de vida, crea otro, personalísimo e incompartible. Y la desalentada conclusión no es menos dolorosa: no es el artista, el poeta, quien ha elegido su remota lejanía del mundo absurdo, falaz e insuficiente que lo rodea sino que ella le es impuesta por las nada elogiables circunstancias que caracterizan a la república de lobos en que vivimos. 

Con este titubeante preludio quiero preparar la conclusión y la síntesis de lo que he visto en Héctor Murena como escritor, y como hombre: un alma romántica (pues nunca me disuadió de ello su espesa selva intelectual) y una concepción universalista en medio de la cual la independencia espiritual —con su carga de la incomprensión y soledad— del hombre de letras, del típico y específico humanista que él era constituía el santo y seña con que se abría paso ante los centinelas de la asfixiante militancia: las vanidades y los cedazos y las especulaciones oficiosas en la militancia literaria y los totalitarismos y los objetivos antidemocráticos y liberticidas en la militancia política. Es indudable que a Héctor Murena lo ultimó su relampagueante inteligencia y en gran parte las desesperanzas de nuestro kakistocrático país: una desesperación propia de la lucidez, que en Murena era restallante y que compartía con muy pocos. Y sé también que en su misma obra y persona incisivas, atormentadas, indagadoras, coexistían una intensa ternura y una insomne sensibilidad. Todo ello, entonces, me lleva a la conclusión de que nuestro querido amigo, lo mismo que el genesíaco Rimbaud, por delicadeza, perdió su vida. 

Tengo la certidumbre de que lo evocaremos e invocaremos siempre como a uno cuyo comportamiento moral e intelectual en modo alguno contribuyó al escándalo, a la vergüenza, al drama desesperante que vive nuestro tiempo apocalíptico. Él fue un estético que supo ser también un ético; y de esta conjunción suya, advierto que la protección y el sostén y el auxilio espirituales y morales que tanto necesita la desvalida criatura intelectual que somos, la habríamos alcanzado si las dentelladas de un mundo cruel e implacable no hubiesen inmolado a Héctor Murena. 



de MARTA LYNCH 

A pocas semanas de publicar La alfombra roja, en una revista que dirigía Federico Peltzer apareció un artículo crítico sobre la novela. Lo hubiera olvidado ya de no haber sido esa una de las pocas actitudes serias que he recibido en mi vida profesional. El artículo estaba firmado por H. A. Murena. Entonces, hace exactamente doce años, Murena pasaba por un momento de real esplendor y esa circunstancia hizo más sorprendente su artículo en un país como el nuestro, canibálico y de una crueldad lozanamente heredada de españoles e italianos, país en el que se mezclan —curiosamente— la sofisticación, la ingratitud, y el resentimiento. No recuerdo ese artículo porque se me elogiara. Lo he guardado estrechamente en mi corazón porque fue un acto justo y mesurado dentro del cual estaba presente esta criatura humana que soy, que muy poca gente conoce a fondo. Murena señalaba entonces mi visión negra del mundo y la anotó como contrapartida de la visión rosada que fuera índice de vida de tantas generaciones femeninas anteriores, la intrepidez con que —loca de mí— me arrojaba a la literatura, el valor de esa actitud, el despojamiento de quien no iba a encontrar miel sino pruebas y amarguras, la realidad de la aparición de una mujer que creía tener algo que decir. Desde entonces nunca me separé de él. Fue la nuestra una amistad larga, profunda y muy callada, como esos afectos particulares que se mantienen a través de distancias continentales, de circunstancias existenciales distintas. Sin embargo, cuantas veces precisé de él, allí estaba. En ese momento Héctor era ya famoso (cuánto y cuán torvamente se estará riendo al escucharme); había escrito El pecado original de América, su fascinadora novela Las leyes de la noche, excelentes poesías. Era el secretario de Sur. En la plenitud de la vida gozaba de prestigio nacional e internacional. Viajaba y era buscado por sus contemporáneos. Y —como todas las personas de valor— era también sensiblemente desdichado. Entre nosotros ocurrieron hechos sorprendentes. En la mañana de un 3 de diciembre, me llamó por teléfono a eso de las diez para preguntarme cómo estaba. Le contesté que bien. Insistió en cómo estaban mis hijos. Mis hijos —gracias a Dios— estaban bien. No se conformó: “¿estás segura?”, insistió, “¿los tenés con vos?”. Sí, estaban conmigo. Eran las vacaciones escolares y potreaban dentro de mi casa. Cortamos y al rato volvió a llamarme: “¿estás segura que tus hijos están bien?”. Lo mandé al demonio. No seas lechuzón, no seas agorero. Me despreocupé. Una hora más tarde me avisaban que Ramiro, mi hijo más pequeño, había sido atropellado por un automóvil en la Avenida Libertador y estaba gravísimo. El chico fue operado, se salvó. Ni Héctor ni yo nos explicamos nunca el origen de aquel presentimiento tan vivo que había rozado casi el límite de lo posible. Lo hablamos a menudo y fue un motivo de preocupación y de felicidad; el chico se había salvado y él lo recordaba con frecuencia. “¿Y mi rescatado?” preguntaba. Hoy, el rescatado, lee las poesías de Murena en un libro hermoso que se llamó El demonio de la armonía


Poco tiempo después su vida personal tuvo un giro feliz porque con la excelente novelista Sara Gallardo compusieron un dúo sincero y armonioso; pero en el exterior, en la médula del país soplaban vientos que comenzaron a hacer girar su estrella de escritor. Porque Héctor fue víctima —como pocos— de una ferocidad ideológica que sacudió —y sacude— América latina. Su plenitud como escritor coincidió con un tipo de cultura marcada por pautas muy severas que a menudo ha hecho de mediocres, verdaderos dioses; y de escritores respetables, marginados de hecho. Murena, pues, pagó a un precio muy alto no aggionarse, no ponerse a la moda de una revisión que, en el 90 por ciento de los casos, no alcanza más que a la superficie cuando no al oportunismo. Fue rigurosamente insultado, expurgado sin la menor noción de justicia. Negado cuantas veces fue necesario hasta que verdaderamente su estrella se oscureció. En los anales de la arbitrariedad, ese Pequeño Larousse Ilustrado de la cultura argentina, el caso Murena reviste singular relevancia; porque a Héctor se lo negó por lo que creía ciega y hondamente, se lo combatió por lo que él sentía mejor, se lo olvidó por venganza. Y eso es maniqueísmo puro, sectarismo al revés. Asimismo trabajó con una periodicidad asombrosa: sus ensayos Homo atomicus, El pecado original de América, Ensayo sobre subversión, su trilogía de novelas: La fatalidad de los cuerpos, Las leyes de la noche, Los herederos de la promesa, El juez, en teatro, sus libros de poemas entre los que destacó a más de El demonio de la armonía, El escándalo y el fuego, y Relámpago de la duración, no son sino parte de aquel trabajo arduo, desesperado y absorbente. Tengo la alegría de recordar que a cada obra suya, correspondía una larga carta mía con críticas y generalmente, con alabanzas, que hoy me congratulo en hacer públicas. Mi corazón se alegra de haber sido con él una lectora tierna y leal. Se lo merecía. Lo cubrí de asombro y de curiosidad cuando publicó Epitalámica y lo llené de fastidio cuando me negué a discutir Polispuercón. Algunas de sus publicaciones en el dominical de La Nación fueron joyas para conservar celosamente. Pocas semanas antes de su muerte publicó una poesía cuyo nombre no retengo, por desgracia, de una relevancia más allá del elogio. Todo lo que escribía era lúcido y llenaba de interés cuando no de pasión favorable o de signo opuesto. Todo cuanto tradujo, todo cuanto estudió, formó parte de esa catedral sin fin de la cultura al decir de Bergmann, con una seriedad admirable. Su vida fue útil y dejó testimonios que el argentino recogerá ahora y —estoy segura— revalorizará mucho después. En su enternecedor cubículo de la calle San José hice con él algo que no he repetido con persona alguna, signo exterior de mi profundo orgullo: le anticipé cuentos y novelas. Su juicio fue la única opinión que recabé en todos estos años y me convencí de que —severo como era, arbitrario a veces— era también casi inapelable. En ocasión de publicar Al vencedor, novela con la que me jugaba mi destino profesional (dada la fácil resonancia de La alfombra roja), leí en la calle San José en voz alta, más de la mitad de la novela. Me miró largo rato con aquella cara suya tan extraña, cara de argentino sombrío, del hombre meridional, con su pelo oscurísimo y bien peinado, sus ojos vivos, su gran bocal burlona. “Qué mujer rara sos”, me dijo y luego, aludiendo a los soldados de mi historia, casi como si hubiéramos sido compañeros en el banco de la escuela repitió: “qué mujer rara, porque de vos puede decirse cualquier cosa menos que seas un conscripto...”. A veces, nos reíamos, de nosotros en particular, de otros por una justicia compartida. De Al vencedor dictaminó: “es tan perfecta su estructura que en la perfección reside su artificio”. Y tenía razón. 


Nos tomábamos el pelo con bríos inagotables: él, por mis arrestos patrióticos, por mis errores pasionales, por mi vocación de Juana de Arco sin hoguera. Yo, por su negrura infinita. “Serás el Capitán Veneno”, solía decirle para que aflojara. Cuando nació su hijo estaba muy contento. “Ya verás”, le decía en esas conversaciones telefónicas que debieron enloquecer a Entel. “Se te subirá a la cabeza. Te dije que el Capitán Veneno era cosa de tiempo”. Quizás no lo fue nunca o lo fue en un sentido recatado y riguroso que hacía doblemente valioso al sentimiento. Nunca accedió a visitar mi casa. No asistía a mis reuniones. “Prefiero conocerte suelta”, me decía. Y también en eso tenía razón. 

Quince días antes de morir hablamos por teléfono dos horas, cuarenta minutos, por reloj. Ya no nos peleábamos por problemas políticos ya que ambos compartíamos la desolación y el escepticismo. Ya no discutíamos acerca de literatura: estábamos siempre de acuerdo. Aún nos interesaba mucho la opinión que uno tenía del otro. Le gustaban mis llamados matutinos dominicales luego de la lectura de algún poema. Yo requería ansiosamente su opinión sobre mi última novela. “Me dicen que Un árbol lleno de manzanas no es del todo mala”. Aventuraba socarronamente con su bella vos afelpada. Yo sabía que estaba instándome a seguir de pie. Ahora ya no conversaremos más. Ya no estaremos más de acuerdo, ya no reñiremos acerca de mi viaje charter. Se fue de esta puerca vida dando un gran portazo. Yo sé que no se irá, nunca del todo. Para eso fue en vida un gran escritor. Y más aún, estoy segura —necesito creerlo— que está en paz, en una bruma dulce que se va aclarando, día tras día, conducido por la voz de aquella mujer que describiera en una poesía memorable. Una madre joven y bella, de 30 años, que usaba buenos perfumes y que se inyectaba ella misma los remedios para la tuberculosis. Estoy segura que había descubierto ya el misterio del abrazo maternal y en su oído de niño expectante ya no escuchará la tos nocturna y terrorífica sino la dulzura del llamado, diciéndole: “vamos, Héctor, vamos, vamos”. 

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 248-253.

miércoles, septiembre 02, 2026

El deseo de la marquesa, por Pedro Lipcovich

De Pedro Lipcovich sé poco y nada. En verdad, leí sólo su libro de relatos El nombre verdadero, publicado por la gran e inolvidable Puntosur ediciones en 1989 con póslogo de Alberto Laiseca (juraba que lo había subido al blog, pero se ve que no, que lo posteé en alguna infecta red social y es irrecuperable, inencontrable; por suerte ahora Mariano Buscaglia lo recopiló en Textos akáshicos). Me gustó mucho: son cuentos de diversos géneros, todos con una narración elegante y vivaz. 

Elijo "El deseo de la marquesa" en particular porque no es sencillo hacer literatura erótica. También porque me hizo recordar a una buena mezcla de Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer y de Memorias de una princesa rusa (ese clásico de la literatura ya pornográfica y popular que el mismo Osvaldo Lamborghini homenajeara en su Tadeys). Y por último: porque nos embarga, ya lo saben, la nostalgia imperial.  

En fin, ya no más cháchara. ¡Lean a Lipcovich! ¡Ojalá les guste! Por mi parte, tengo en mi lista de pendientes algunos libros más publicados por el autor, como para seguirle la pista.




El deseo de la marquesa (Pedro Lipcovich)

Encerrado en una habitación del palacio, yo escribo relatos para la marquesa. El palacio está dotado de un sistema periscópico que, convergiendo en este cuarto, me permite visualizar todas las actividades de la marquesa, a fin de inferir sus deseos, a fin de escribir mis relatos. Veo, por ejemplo, a la marquesa en la glorieta más sombría del jardín. Ella se estira en un banco de piedra, sus pies exquisitos pisan las hojas podridas por la humedad, y frente a ella está un palafrenero muy joven, que la mira con respeto y algo de temor. La marquesa se descalza ahora, despreocupadamente arroja su zapatilla preciosa. La pierna, que todavía es perfecta, se eleva como un animal joven. Con un gesto de su pie, atrae al palafrenero. El pie de la marquesa acaricia el sexo del muchacho por sobre el pantalón de tela cruda. Un movimiento de cabeza, suave e imperioso, le ha mandado desabrocharse y él ahora ofrece su sexo que se atiesa bajo el mandato del pie de la mujer. El pie desciende al suelo y vuelve a elevarse cargado de barro y hojas húmedas, el pie se desliza lleno de barro por el sexo del hombre, ella ordena que el palafrenero se de vuelta y su pie acaricia las nalgas, de nuevo debe volverse él, ahora la pierna de la marquesa se eleva mucho y el sistema periscópico me ofrece, entre la tijera de los muslos, el mechón pubiano donde tiemblan gotitas que se hacen rayos de luz a través del complejo juego de lentes, ella ha llevado su pie cargado de barro y hojas podridas hasta la cara del muchacho que no ha podido evitar un movimiento de retroceso, un resplandor de humillación pasó por sus ojos y ella, seguro que por advertirlo, se ha puesto de pie: junta su cara a la cara embarrada del palafrenero, llenando sus mejillas y sus labios de barro, y baja después, la mancha sucia de su cara baja por el pecho, gira hacia la espalda, recorre las nalgas y se vuelve hacia adelante a lamer el sexo entre el barro y las hojas deshilachadas y entonces el palafrenero, liberando una fuerza largamente contenida, la toma por los hombros, la arroja de bruces y, como quien se impone al fin, se lanza a penetrarla; la marquesa se corre apenas y yo se que es para ubicar su cara manchada ante la lente, para que la lente capte la expresión de triunfo feroz que el palafrenero, a sus espaldas, jamás vislumbrará. 

Este ha sido sólo un ejemplo, por supuesto, y no sé si el más adecuado para hacer notar las dificultades de mi tarea: ¿cómo discernir, a través de la maraña y el vértigo de las actividades de la marquesa, sus verdaderos deseos, aquellos que, adecuadamente elaborados, deben definir la sustancia de mis relatos? Si bien el sistema periscópico constituye una maravilla de compleja ingeniería, es evidente, y el ejemplo así lo indica, que no puede transmitirme todos los detalles de cada situación: ¿cómo saber si la verdad del deseo de la marquesa no estuvo inscripta en su rostro un instante antes de que se ubicara en el foco de la lente? Es innegable la buena voluntad de la marquesa, en el sentido de ofrecer al sistema periscópico los detalles más íntimos y sutiles de su actividad; pero esa buena voluntad, ¿no puede ser en si misma engañosa? Quizá justamente la intención de presentarse ante la lente borre de su expresión y de sus actos el rasgo casi imperceptible que hubiera ofrecido, al observador atento y desvelado, la clave del deseo de la marquesa. Existe aun otra razón, tal vez de más peso que las anteriores: el sistema periscópico, por supuesto, sólo capta imágenes. Es lícito sospechar que lo que da cuenta de los deseos de la marquesa no sea el abigarrado y aun extravagante recorrido de sus acciones sino las frases, palabras, interjecciones que aquellas acciones le permiten pronunciar. Es cierto, poseo el dominio de la lectura labial, conozco cada palabra que ella haya dicho ante mis lentes, pero temo ignorar las palabras del azar, el error o el extravío, que quizás sean las verdaderas. 

Enunciadas estas dificultades de mi oficio, no sorprende el destino que, hasta ahora, han tenido los textos que escribo. El proceso es más o menos así: a partir de mi registro de las experiencias de la marquesa, yo escribo un relato. Supongamos, retomando el ejemplo anterior: la marquesa se enamora de su palafrenero, que es alto, moreno, fuerte. Él, sorprendentemente, la desdeña. Este palafrenero se sabe deseado por todas las muchachas, a las cuales en general no niega sus favores, y ejerce su oficio menestral con diestra negligencia, conociéndose destinado a más altas empresas. Sí, quienes conocen a este hombre, aun los nobles, no dejan de manifestar un involuntario respeto por el futuro que en él se transparenta. La marquesa —como suele decirse— languidece por él. El extraño desdén del palafrenero la ubica, piensa, en un lugar inferior al de la última de las muchachas del palacio, a las cuales les es permitido gozar, ya que no del amor del palafrenero, por lo menos de su cuerpo. La marquesa —éste es un pasaje audaz de mi relato— se masturba imaginándose bajo ese hombre que ya es incomparable. Un día, bruscamente, el palafrenero le comunica que ha decidido marcharse a la capital a probar suerte. Quiere llegar a comandar un ejército, y lo logrará. La invita a partir con él, ya. Saldrán con lo puesto. Nada le ofrece, salvo la partida. Vestida con su ropa más gastada, la marquesa monta en ancas del caballo que el palafrenero ha tomado. Mientras cabalgan, asida al torso del hombre, el movimiento del caballo entre sus piernas es una caricia, y el olor del animal se confunde con el olor firme del hombre que ella abraza. A la siesta, hacen alto bajo unos árboles, y allí él la posee: mi texto, que es discreto, no establece los detalles de esa posesión; sólo comenta que, después, ella lo quiere más que nunca. 

Bien, decía entonces que yo escribo un relato, por ejemplo el del palafrenero, y lo presento a la marquesa. En general, ella considera mis textos con benevolencia o simpatía, pero hasta ahora no ha aceptado ninguno. Lee el relato atentamente, y lo rompe: "No es todavía lo que yo deseo", dice con ese encantador fruncimiento de nariz que conserva desde su primera juventud. Entiéndase bien: es indudable que mis relatos no le desagradan, como lo prueba, creo, el hecho mismo de que yo conserve mi trabajo a través de tantos años. A lo largo de todo este tiempo, sus gestos han venido a hacérseme familiares, como mi mesa manchada de tinta o las gastadas embocaduras del sistema periscópico. Conozco su expresión de fastidio cuando la lente la sorprende sin preparación para ser mirada. Conozco ese vistazo con el que, en los momentos más íntimos de sus experiencias, verifica que mi sistema la capte adecuadamente. Conozco, y jamás aludo a esto en mis relatos, las marcas precisas que el tiempo va poniendo en su piel. En mi juventud, he sufrido hasta la desesperación por la cotidiana destrucción de mis textos. Hoy, si bien persevero en mi destino de buscar el deseo de la marquesa, apenas me perturba el permanente recomienzo. Ante cada relato que escribo, mi certeza de que, éste sí, es el que desea la marquesa, es tan sólida como mi aceptación ulterior, en el instante en que ella termina de leerlo y aun antes de que su gesto así lo denote, de que tampoco esta escritura será elegida. Algunas veces, quizás cuando ella se arregla casualmente el pelo que se le ha despeinado y yo sé que es para que la lente la capte mejor, algunas veces creo estar a punto de adivinar el deseo de la marquesa. Luego vuelvo a sumergirme en mi trabajo, y esa impresión se desvanece: tal vez sea mejor así.

Fuente: Lipcovich, Pedro (1989). El nombre verdadero, Buenos Aires, Puntosur ediciones, pp. 43-47.
 

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