sábado, septiembre 27, 2008

God save C. E. Feiling

C. E. Feiling, altísimo novelista argentino, nos dejó una obra literaria breve pero de la mejor de su época. Sus tres novelas (El agua electrizada (1992), Un poeta nacional (1993) y El mal menor (1996)) fueron (y son) la apuesta por un proyecto narrativo de experimentación con géneros literarios masivos (policial, aventuras, terror) que se actualizan y modifican de manera cautivante en contacto con el contexto argentino (y sus problemáticas) en el que Feiling sitúa sus historias: los residuos de la dictadura en la incipiente democracia a fines de los 80; la Argentina liberal y sus conflictos de 1880; y el fin de las utopías tras la caída del muro de Berlín y de la U.R.S.S. Por otra parte, la facilidad con la que manejaba las voces narrativas, las tramas atrapantes, su maestría en el manejo de la intriga y la construcción de personajes sólidos y profundos y de escenarios detallados, plagados de referencias que dan consistencia y no quedan en la mera superficie, son valores que destacan su producción literaria y su capacidad, ante todo, como narrador.

En 1997, Feiling fallece en Buenos Aires y deja el primer capítulo de una novela inconclusa llamada La tierra esmeralda, con la que se proponía explorar el género fantasy, actualizándolo en pleno Buenos Aires de mediados de los 90. El año pasado, la editorial Norma, en una apuesta que aplaudo de pie, reeditó con prólogo de Luis Chitarroni y epílogo de Gabriela Esquivada, esposa de Feiling, Los cuatro elementos, compilado de las tres novelas de Feiling y del capítulo de la inconclusa.

Como soy un hombre bueno, aquí les traigo dicho capítulo para que lo disfruten, para que se lamenten, como yo, de que Feiling no haya podido seguir la novela y para que corran a comprar ya sea el libro de Norma como los viejos libros de Editorial Sudamericana para leer o releer a este fantástico novelista.

God save Feiling.


La tierra esmeralda (C. E. Feiling)


El elegido

Rubén estaba contento. Ya al cruzar Azcuénaga se había deshecho de la bolsita de plástico azul en que le habían entregado el libro, y desde enton­ces, sin disminuir el ritmo de la marcha, no cesaba de examinar su com­pra, volver las páginas, registrar uno a uno los detalles de la llamativa pero confusa tapa, verdadero testimonio fósil de una época de patchouli, ropa chillona y música progresiva. (La bolsita azul, arrojada a la calle con poco civismo y movida por el viento que corría por Marcelo T. de Alvear, esta­ba en ese mismo instante tramitando su ingreso a Ciencias Sociales, pug­nando por sumarse a la hojarasca de colillas, propagandas políticas y pa­peles que adornaban la puerta de la Facultad.) Eran casi las siete de una tarde particularmente cenicienta y desagradable, pero a Rubén le parecía que los veteranos colores de aquella tapa y el sello del unicornio con la le­yenda Original Adult Fantasy brillaban con luz propia. En un puesto del Parque Rivadavia, el año pasado, había conseguido otros dos libros de esa colección, leídos y releídos con maravilla comparable a la provocada por Tolkien o LeGuin: The Water of the Wondrous Isles, de William Morris, y The Lost Continent, de C. J. Cuttliffe Hyne. El que le quemaba las manos ahora, Red Moon and Black Mountain, de Joy Chant, comprado por la ganga de tres pesos, casi le había hecho olvidar su propósito de gastar los cincuenta que llevaba en el bolsillo, regalo de la abuela Dominga por su décimosexto cumpleaños.

Aunque llevaba meses viendo el cartel que anunciaba libros de segun­da mano —viéndolo cada mañana, desde la ventanilla del 152 en que iba al colegio—, hasta ese viernes nunca se había decidido a darse una vuelta por la esquina de Marcelo T. de Alvear y Azcuénaga, quizá porque la vidriera más conspicua del negocio era obviamente la de una papelería, y no mostraba al vulgo los dudosos tesoros amontonados en el fondo, más allá de las máquinas fotocopiadoras. En el plano de las librerías de viejo de Buenos Aires que Rubén iba trazando en su cabeza, la tal Dunken —que así se llamaba el sitio— ya había obtenido su calificación, certera y desapa­sionada pese al hallazgo del Joy Chant: "Mucha basura pero buenos pre­cios, pasar de tanto en tanto a ver si renovaron el stock".

Cuando por fin guardó el libro en la mochila, Rubén se dio cuenta de que había cruzado Riobamba, no conservaba memoria de las cuadras an­teriores y estaba por pasar frente al Carlos Pellegrini. Un grupo de alum­nos de primero o segundo año, menores que él en todo caso, y que fuma­ban con la devota seriedad de los que aspiran a adquirir el vicio aunque el humo les haga arder veinte, cien veces los ojos, le arrojó miradas de sordo desprecio a su blazer verde del Belgrano Day School. Cambió de vereda para evitar problemas, pero eso le hizo revivir la humillación del día, el fruto de que sus padres lo hubiesen ido a buscar el miércoles —su cumplea­ños— a la salida del colegio. Bonadeo no sólo había imitado muy bien a su madre, sino elegido el momento justo para hacerlo, uno de esos espesos aunque brevísimos silencios de vestuario en que todos tenían aún frescas sus deficiencias más recientes como deportista y jugador de rugby. El "Aquí, Ruben, aquí. Papá y Mamá, Ruben, vinimos a buscarte", había pro­vocado inmediatas risas, y durante el viaje de retorno del campo de depor­tes las cargadas del tipo "Elruben Cortellone, mucho gusto", "¿Qué dishe, Ruben?, "Che, Ruben, ¿no queré un sánguche 'e queso 'e chancho?" —su nombre vuelto palabra grave, emblema de inferioridad social— habían re­corrido de una punta a la otra el ómnibus. Salvo un poco a Bonadeo, su enemigo del alma, no odiaba a los demás por esas estupideces. Llevaba desde quinto grado de la primaria una beca en el colegio y los mejores promedios, y se había acostumbrado a ir a las fiestas de sus compañeros o participar de salidas grupales sólo cuando podía permitirse la ropa de mo­da. (El gesto de vestirse excéntricamente y hacer de ello una virtud o un desafío jamás se le hubiera pasado por la cabeza a Rubén Arturo Cortello­ne, que soñaba con la diplomacia —previo Master en Economía de alguna universidad americana— pese a que sus capacidades lo destinaban a un Ph.D. en Historia, Filosofía o Literatura, a algún campus americano pero para llevar una vida académica.)

A los que sí odiaba era a los profesores de Educación Física, lo que constituía una forma de odiarse a sí mismo casi tan penosa como la de considerar un dato objetivo la inferioridad social de sus padres. Que el se­ñor Puchuri o el señor Roblas castigasen su escaso gusto por perseguir pe­lotas y adoptar poses antinaturales era esperable; la decisión de odiarlos para siempre, en cambio, hablaba de una tendencia en Rubén a no cues­tionar convenciones como la de las bondades del deporte y la gimnasia, sino sentir culpa cada vez que no podía cumplir superlativamente con ellas. Una cuadra y media después del Carlos Pellegrini todavía estaba pla­neando terribles venganzas contra los profesores, que en todo el viaje en­tre Ingeniero Maschwitz y Belgrano nada habían hecho para detener las burlas que recorrían el escolares.

Fueron las dos chicas las que se lo llevaron por delante, o mejor dicho por detrás y el costado izquierdo. Conscientes de la propia torpeza, de que cruzar en diagonal desde una esquina, sin mirar y charlando todo el tiem­po, no las autorizaba a quejarse mucho de la distracción ajena, apelaron a la vieja táctica de ser las primeras en el agravio. También llevaban unifor­mes —del Mallinckrodt, que Rubén no reconoció, puesto que de lo con­trario hubiese inferido que las sendas argollas de plata que decoraban sus narices eran estrictamente para después de clases—, y tenían todo el aspec­to de estar, como él, disfrutando del comienzo del fin de semana.

—Pero... ¡qué tipo pelotudo!

—¿Por qué no te fijás por dónde andás... pelotudo?

La segunda en increparlo, que había vacilado en imitar el insulto de su amiga, dejó a Rubén casi sin habla. No estaba acostumbrado a pensar en las chicas de su edad en términos realmente sexuales —de hecho, no es­taba acostumbrado a pensar en las mujeres en términos realmente sexua­les, excepto por las que figuraban en ciertas revistas que contribuían al ba­lance de muchas librerías de viejo de Buenos Aires—, pero le pareció que por aquella hubiese valido la pena vencer su timidez, comportarse como un vulgar Bonadeo. Notó que se tomaba el hombro con un rictus de do­lor quizá excesivo para la mediana violencia del choque, y adivinó entonces que la encantadora y breve presión que había sentido a la altura de la axila debía haber sido causada por uno de sus pechos.

—Sorry, pero las que me chocaron fueron ustedes, yo venía caminan­do de lo más tranquilo.

—Andate a la mierda, imbécil. "Sorry... Ay sorry, sorry..." Pajero.

Esa vez la bonita no agregó ni una palabra a lo dicho por su compa­ñera, que reanudó la marcha de inmediato, pero antes de seguirla —una mano aún tomándose el hombro— midió a Rubén con los ojos. A él le hu­biera encantado saber que el contraste entre sus rasgos de nene y precoces canas en el pelo negro volvían tolerable su fealdad; como de costumbre, sin embargo, interpretó el atrevimiento de aquella mirada en el sentido opuesto al que poseía, por lo que enrojeció de mortificación y no pudo si­quiera responder a los nuevos insultos con alguna frase hiriente. Para cuando salió de su trance, las chicas ya estaban llegando a la esquina de Montevideo. Una de ellas había dejado sobre la vereda, solitario vestigio del encuentro, su bufanda escocesa. "Tartan", pensó Rubén mientras se agachaba a recogerla, ubicando en la otra lengua el sustantivo para ese cuadriculado verde, azul, rojo, amarillo y celeste.

—¡Ey! ¡Che...!

No escucharon sus gritos. Entre el enojo por cómo lo habían tratado, la vergüenza de llamar la atención en la calle y la suavidad de la lana al tac­to, que lo hizo llevarse la bufanda a la nariz para olería —el perfume era denso y a base de sándalo, más propio de mujer que se dirige a una cita con su amante que de una chica del secundario—, pasó el momento de re­petirlos. Mecánicamente, revisó la prenda como si fuera lógico esperar que tuviese los datos de su dueña bordados en alguna parte. Lo único que en­contró fue una etiqueta de tela donde se leían tres palabras: arriba BUR­TON, seguida por el redondelito con la erre de marca registrada, y abajo, en letra más pequeña, OF SCOTLAND. Al mismo tiempo que se preguntaba si la marca no debería figurar como BURTON'S y el redondelito contener una te y una eme —si, en definitiva, la etiqueta toda no constituiría una chabacana estrategia de marketing de la industria nacional—, Rubén salió corriendo tras las chicas, decidido a que el gesto magnánimo de devolver­les la bufanda sirviera para reivindicar su honor, provocarles un buen ata­que de culpa. En la esquina tuvo que detenerse a esperar el cambio de luz, pero aunque el tráfico le permitía ver la cuadra siguiente sólo de a pantallazos, identificó con precisión el edificio adonde habían entrado.

Cuando llegó allí, no supo qué hacer. El edificio era viejo, de un solo piso; la planta baja la ocupaba una panadería en cuyo interior no se divi­saban otras chicas que las empleadas, mientras que la puerta independien­te que llevaba a la planta alta no parecía pertenecer ni a una casa de fami­lia ni a ningún tipo muy identificable de negocio. La chapa, en particu­lar, era bastante extraña: no por su forma —el típico óvalo acostado— ni por el 1540 en esmalte negro sobre fondo blanco, sino porque debajo del nú­mero, calada sobre un rectángulo negro, se leía en blanco la enigmática palabra LIVING. La posibilidad de que fuese una especie de peluquería fi­na asustó a Rubén, le quitó todas las ganas de vengarse y las secretísimas esperanzas de conseguir el teléfono de su amor a primera vista. Tras unos segundos de duda, en que imaginó lo estúpido que podía quedar expli­cando sus intenciones a través del portero eléctrico, se echó la bufanda al cuello y volvió hacia Montevideo. Los cincuenta pesos que le había rega­lado su abuela ya le estaban quemando el bolsillo, y el propósito inicial de gastar parte de ellos en un jueguito ocupó su mente otra vez. Desconocía a qué hora cerraba el negocio de computación de Montevideo y Paraguay, pero supuso que el tiempo empleado en revolver libros no le dejaba mu­cho margen de maniobra. El aroma a sándalo en que iba envuelto, ade­más, lo impelía a regresar a su casa cuanto antes, ponerse a soñar un de­senlace distinto para el encuentro callejero que había tenido.

—Me cago en tu puta madre.

Sebastián masculló la frase, como ensayando para el grito que lanza­ría inmediatamente después. Durante los últimos cinco minutos, y sin el menor éxito, había estado tratando de concentrarse en su rutina con las pesas. Por lo común el ejercicio físico lograba obliterar todo lo que no fue­ra embeleso narcisista ante los movimientos de sus propios músculos, pe­ro lo común y la normalidad —o lo que en el caso de Sebastián Costas pa­saba por normalidad— habían cesado varias semanas atrás, ya no recorda­ba cuántas.

—¡ME CAGO EN TU PUTÍSIMA MADRE, HIJO DE PUTA! ¡CORRRTALA!

Los dos televisores del loft estaban sintonizados en MuchMusic. Co­mo no había otra persona allí y Sebastián se hallaba frente a uno de los aparatos, el arrebato de furia pareció ir dirigido contra el cantante que bai­loteaba en ambas pantallas. (Nasty, el gatito siamés, llevaba un buen rato en el baño ocultándose de su amo, cuya puntería con un par de pilas usa­das le había roto ya una costilla.) Quizá por el grito, pero probablemente no, La Voz que él oía todo el tiempo —que sólo él oía todo el tiempo— le dio un respiro a Sebastián, uno muy breve y que apenas le alcanzó para depositar las pesas sobre la alfombra y abrir la puerta ventana que condu­cía al balcón. Desde allí la vista era amplia, convencionalmente agradable: a la derecha las torres nuevas, el edificio de La Nación y el río; al frente la plaza Roma y el monumento a Mazzini; a la izquierda los árboles y el tráfi­co de la avenida Alem. Sebastián vio poco y nada de todo eso, casi no escu­chó la súbita competencia entre el videoclip de la televisión y el estruendo de Buenos Aires y ni siquiera se dio cabal cuenta —pese a su torso descubier­to, sudoroso por el ejercicio— de que había empezado a tiritar. La tempe­ratura era baja para tratarse de fines de septiembre.

—No no no. Todavía no. Primero lo otro.

El pie descalzo que Sebastián había levantado para sortear la baranda del balcón voló hacia atrás y se estrelló contra el vidrio de la puerta. Un trozo de seis centímetros de largo se le quedó clavado en el tobillo duran­te fracciones de segundo, y luego cayó al piso como el resto de los que ha­bían sido parte del boquete.

—¿Duele, no? ¿Duele mushho?

La Voz sonaba de nuevo acariciante. El hecho de que no proviniera de ningún sitio identificable la volvía aterradora, y el de que le costara articu­lar ciertos sonidos más aterradora aún, más espantosamente real. Sebastián, que tenía los ojos llenos de lágrimas y estaba intentando disciplinar el dolor con el inútil y homeopático método de morderse el labio de abajo, movió la cabeza en señal de asentimiento. Sabía que el gesto era superfluo, así co­mo había intuido incluso desde antes de gritar que aquel poder registraba hasta el último de sus deseos, y sería capaz de infligirle todo tipo de tormen­tos para impedir que se lastimase de un modo permanente. Alrededor de su pie las astillas y trozos de vidrio se iban cubriendo poco a poco de sangre.

—¿Querés que te cure?

Casi no hubo intervalo entre la pregunta y el siniestro milagro: de pronto estaba el dolor y de pronto ya no estaba; de pronto se habían es­fumado no sólo los cortes, sino también la sangre derramada, y los vidrios rotos pero de nuevo limpios eran la única evidencia de lo ocurrido. Un sarcástico "Sí, claro. ¡Cómo no!" se le ahogó en la boca a Sebastián, que al mismo tiempo se sintió mejor que nunca y sexualmente excitado como nunca, con una erección avasallante de puro súbita transformándole todo el cuerpo en mero y prescindible sostén del pene. No es que las imágenes que lo invadieron entonces —el cine del que sueña despierto, tan vivido co­mo imposible de ver cuadro por cuadro— difiriesen mucho de sus fanta­sías anteriores al advenimiento de La Voz, sino que esa vez lo asustaron porque adivinó que iban a cumplirse, que debían cumplirse. Formaban parte del plan.

—Te convendría darte un baño. En un rato salís de caza, y en unash ho­ras vas a eshtar conmigo para shiempre.

El impulso de masturbarse allí mismo se debilitó. Cuando las imáge­nes empezaron a perder coherencia —y su pene rigidez—, Sebastián sorteó los vidrios rotos y volvió a entrar, maravillado de que el pie no le doliese y del extraño, malévolo bienestar que lo envolvía. Era como la exaltación que recorre a un grupo de chicos cuando están esperando al debilucho de la clase para mantearlo. Ya no lo molestaba el persistente fantasma de la resaca, fruto de dormirse noche tras noche a base de diazepam y vodka cuando antes sus mayores vicios habían sido los anabólicos y jugos de fru­ta. Quizá obedecer a La Voz no fuese tan mala idea, pensó; una entidad que obraba milagros y le pedía el curioso sacrificio de llevar a la práctica sus fantasías bien podía impedir que la ley lo castigara por ello. Quizá has­ta pudiese impedir que su padre lo forzara a retomar Administración de Empresas en la UCA. El problema era el "todavía no" con que había dete­nido su intento de aprovechar la distancia entre el octavo piso y el asfalto de Lavalle, lo que a su vez arrojaba dudas sobre el significado de "vas a es­tar conmigo para siempre".

—No vash a morir, o mejor dishho vas a morir únicamente para este mundo.

—Qué macana entonces, porque eso es lo que la gente entiende por morirse. Haceme un favor, ¿querés? ¡MOSTRATE SI SOS TAN... TAN...!

Sebastián tuvo que dejar incompleta la frase. Acababa de reparar en otra característica intranquilizadora de La Voz: su timbre no era ni mas­culino ni femenino.

—No podésh verme. Tampoco vas a poder verme cuando eshtésh conmigo.

Los temores de las últimas semanas retornaron. ¿Y si estaba tan loco que no sólo alucinaba La Voz, sino también cosas como la sangre y los vidrios rotos? En MuchMusic habían empezado a pasar un clip de Babasónicos. Se­bastián odiaba el rock argentino, y casi lo alegró que la pantalla se pusiese de golpe negra, salvo porque el mismo chispazo seguido por la misma co­lumna de humo grisáceo se repitió en el otro extremo del loft, dejando sin Babasónicos ni música a la zona del bar y la mesa de pool. (El arquitecto culpable de las reformas padecidas por aquel viejo departamento no había diseñado una vivienda, sino un aviso de shampoo o agua mineral.)

—Allá no. Mirá aquí, que te queda máshh cómodo.

La fuerza que le torció el cuello para dirigir de nuevo sus ojos hacia el televisor más próximo no era irresistible; era apenas la justa para sugerir que resistirse hubiese sido un pésimo negocio. Por unos instantes no ocu­rrió nada; luego la pantalla se puso turbia, lechosa, y finalmente mostró desde arriba lo que parecía ser el fin de un bosque de coniferas y la lade­ra de una montaña. Las dos lunas y la multitud de estrellas del raro cielo —un cielo tan poblado que resultaba poco familiar hasta para Sebastián, incluso sin el detalle de las dos lunas— y cientos de fogatas abajo, entre el bosque y la montaña, combatían con bastante eficacia la oscuridad de la noche. Aunque de silueta humana, las criaturas que se apiñaban en peque­ños grupos alrededor de las fogatas no le provocaron deseos de ver sus ras­gos de cerca. A juzgar por su actitud estaban pendientes de un aconteci­miento que iba a producirse en las ruinas de una edificación que había ocupado la base de ladera. Cuando la imagen cambió para mostrar las rui­nas desde una altura normal y de frente, Sebastián comprendió que aque­llo había sido un túnel de piedra que unía la boca de una caverna en la montaña con una puerta que daba al bosque, de la que sólo quedaba en pie parte del inmenso marco. Los bloques que habían conformado su dintel y ahora obstruían la entrada le recordaron por su tamaño las ilustraciones de los viejos manuales de historia, aquellas que pretendían interesar a los alumnos en las hazañas arquitectónicas de los pueblos primitivos. A pun­to de recobrar en el ojo de su mente alguna página de la Historia antigua y medieval de Cosmelli Ibáñez, lo distrajo un clamor que provenía de las criaturas reunidas en torno a las fogatas. Una de ellas —que había causado el disturbio al encaramarse con pasmosa rapidez y facilidad sobre los res­tos de la puerta— empezó a arengar a sus congéneres en una lengua de mu­chas sibilantes. La criatura era decididamente de sexo masculino; de he­cho, aunque su blanquísima piel carecía por completo de pelos, cejas y pestañas, lo que en ella repugnaba era que se trataba de un ser demasiado masculino: carecía también de tetillas, y sus agresivos ademanes no nece­sitaban afirmar los valores de una vida guerrera por sobre los de otro tipo de existencia, sino que no contemplaban otro tipo de existencia. En su diestra blandía una especie de cimitarra, cuya vaina de cuero llevaba en banderola sobre la espalda junto con un escudo también de cuero. Vestía una falda corta, desteñida pero aún negra, sandalias toscas y medias de la­na cruda. Sus ojos eran amarillos, con un tercer párpado como el de los gatos. Cuando algunos de sus partidarios se adelantaron para formar una barrera protectora a sus pies —pronto se hizo evidente que había tres fac­ciones, la del que hablaba menor que la de sus enemigos, y ambas muchí­simo menores que la de los indecisos—, Sebastián se maravilló de la homo­geneidad de aquellos seres, que prácticamente se distinguían sólo por la vestimenta y la cantidad de adornos, y entre los que sólo al cabo de un tiempo de observarlos podían percibirse las diferencias de edad o altura. Un motivo que se reiteraba en brazaletes, collares, anillos y en el pecho de varios de los que llevaban túnica era el menos armonioso de los triángu­los, el escaleno de lados desiguales.

La arenga, interrumpida tanto por los gritos de apoyo como por los de repudio, se prolongó durante unos minutos y luego degeneró: acaba­dos sus argumentos, el ser comenzó a proferir la secuencia de sonidos tia­rasi drl'oshi frase de por medio, consigna que sus partidarios retomaban, alzando las armas y las horribles voces al cielo. Sebastián supuso que aque­llos sonidos debían estar vinculados con el símbolo del triángulo, ya que el de la arenga a veces los acompañaba enrostrándole a la turba el que le colgaba del cuello, como quien muestra el crucifijo o la medallita de la Virgen para probar su fe católica. Por el rabillo del ojo, con cierto esfuer­zo, Sebastián pudo espiar que el otro televisor no estaba transmitiendo el mismo programa, aunque le fue imposible decidir si eso era más o menos extraño de lo que hubiera sido hallarlo también sintonizado en el canal La Voz. Antes de que tuviese tiempo de arribar a alguna conclusión al respec­to, sin embargo, una figura salió de la caverna y comenzó a caminar a paso firme hacia la asamblea de monstruos. En cuanto estos la divisaron hubo una algarabía generalizada, seguida de un silencio profundo e igualmente general. El de la arenga bajó entonces de su plataforma, revelando por su actitud y nerviosos movimientos que no había esperado aquello y tampo­co lo alegraba. Sus acólitos lucían confundidos.

Los escombros le impidieron muy pronto a Sebastián seguir el avan­ce de la figura, pero mientras fue visible a lo lejos él intentó sin éxito en­tender por qué le resultaba familiar. Aunque el ser no tardó mucho más de un minuto y medio en arribar a su destino, pasando de costado y en puntas de pie entre dos bloques de piedra como quien se adelgaza para pa­sar entre la pared y la silla de un comensal distraído, la expectativa multi­plicó aquel tiempo varias veces. En ese lapso Sebastián cayó en la cuenta de que las imágenes que le mostraba el televisor tenían una profundidad y una nitidez inusuales; concentrándose en la pantalla uno se transporta­ba allí, veía las cosas del mismo tamaño y a la misma distancia que si se hubiera hallado entre las pesadillescas criaturas, pero a la vez —no, a la vez no, sucesivamente: como con dibujo del pato/conejo o el de la copa y los dos perfiles, el reacomodamiento perceptual necesario para distinguir una forma borraba la otra, y viceversa— podía ver el aparato, su casa, los mue­bles y objetos que lo rodeaban.

El ser que emergió de entre los bloques de piedra estaba desnudo. Si bien se parecía a los demás en los ojos y la ausencia de pelos, sus tetillas eran las de un varón de la especie humana. Antes de identificar el rostro, o mientras aún se negaba a reconocerlo, Sebastián constató que la ingle iz­quierda de aquel híbrido ostentaba una cicatriz como la que le había que­dado a él después de que lo operaron de varicocele. Tras avanzar unos pa­sos, su doble quedó a pocos metros del orador, que lo interrogó en un tono donde se mezclaban el miedo, la furia y el asombro: "¿Hosáh? Da drl'os, da vl'tos, ¿hosáh?r'. Sebastián sintió el impulso de pronunciar su nombre, pero lo que finalmente salió de sus labios fue una deformación del mismo muy se­mejante a la lacónica respuesta de su otro yo en la pantalla: "Sebestiar".

Lanzando un grito para darse fuerzas e incentivar a sus conmilitones —"¡DA DR'LOS, DA SEBESTIAR!"—, el orador atacó. No había recorrido ni un cuarto de la distancia que lo separaba de su objetivo cuando algo invisible lo tomó del cuello y elevó a cuatro palmos del suelo. Sus piernas se agita­ron en el aire durante unos instantes; después su cuerpo todo formó una ve corta y cayó, rota la columna vertebral pero aún firmemente aferrada en su diestra la cimitarra, que no había envainado en ningún momento desde la arenga. El doble de Sebastián bajó los brazos, que había estado moviendo de lejos como quien controla a una marioneta. Uno de los par­tidarios del muerto puso una flecha en su arco y lo apuntó. Aunque la ve­locidad con que se descolgó el arco del hombro extrajo la flecha del car­caj y tensó la cuerda fue pasmosa, hasta bella en su bélica precisión, el ase­sino de su jefe fue más rápido: dejó caer la mandíbula, abrió la boca al má­ximo y escupió —fue algo voluntario, no una arcada: escupió como un co­legial seguro de mejorar su marca previa— un vómito espeso. Tras descri­bir una parábola perfecta, el líquido empapó a su enemigo. Los gimoteos de dolor tardaron unos segundos en comenzar, pero aquel ácido pronto derritió el arco y transformó a quien tan hábilmente lo había manipulado en un guiñapo humeante. Pequeños círculos de pasto en llamas marcaban los sitios donde algunas gotas se habían separado del grueso del vómito para precipitarse a tierra. La segunda muerte pareció convencer a las cria­turas de que estaban ante un ser digno de veneración, y mientras la pan­talla se iba poniendo de nuevo lechosa, Sebastián escuchó que unían sus voces vivando a su otro yo, vivándolo a él: SE—BES—TIAR, SE—BES—TIAR, SE—BES—TIAR, SE—BES...

La Voz aguardó a que cesaran las imágenes, permitiéndole a su elegi­do disfrutar del triunfo.

—¿Hay trato?

Sebastián sonrió, una mueca extática. Ya no le importaban el estado de los televisores, que no volverían a transmitir videoclips, o la historia de su vida hasta entonces. La Voz le había hecho ver su destino. Iba a bañar­se, terminar con Nasty —un sacrificio de yapa, pensó— y usar la camioneta para salir de caza por última vez, pero también por única vez verdade­ra. Su respuesta fue casi inaudible.

—¿Que si hay trato? ¿Qué—te—pa—re—ce, loco?

A Clara le ardía el tatuaje reciente. Haber perdido la bufanda no le preocupaba, pero al chocar contra el chico del blazer verde se había pega­do justo en el hombro derecho, donde desde hacía unas horas llevaba el dibujo de una rosa. Si se le infectaba o algo, el Ingeniero Olhagaray y se­ñora se enterarían muy pronto, y no en el verano y en la playa, de que ella había desobedecido sus instrucciones expresas de no tatuarse. Estaba eno­jada con Milita, y bastante enojada también consigo misma; aunque su amiga la había llevado al local de la galería Bond Street y conseguido que el dueño desestimara la advertencia de su propia vidriera Se tatúa a me­nores de 18 años acompañados de sus padres y con DNI—, el modo en que ha­bían agredido al chico, que además era un santo por no haberles contes­tado ninguna barbaridad, le daba mucha vergüenza. No podía dejar de pensar, supersticiosamente, que lo intempestivo y gratuito de aquella agre­sión le traería mala suerte con el tatuaje. Y para colmo iba a volver tardí­simo, o no tardísimo pero sí tarde para no haber avisado. Milita le había prometido que pasaban apenas un rato por la disco, donde su novio tra­bajaba de barman, y después la acompañaba a casa para reforzar ante sus padres la historia de haber ido juntas a la Biblioteca del Congreso —"¿có­mo? ¿seguro que no les avisé?"—, pero ya eran casi las diez. La fauna del Living, la que cenaba allí mismo o se tomaba unos tragos tranquilos co­mo preludio al baile, estaba empezando a llegar. Las dos chicas se habían cambiado el uniforme en el baño, mientras compartían un porro, pero Clara notaba desaprobación en el ambiente. Sabía por anteriores visitas a la disco que el promedio de edad de los habitués rondaba los treinta años: a las tipas no les gustaba la competencia desleal, y los tipos —que no hu­bieran tenido empacho en sacarlas a bailar con el sitio lleno y las luces ba­jas— miraban ahora con cierto fastidio los arrumacos de Milita y su novio, como escandalizándose del estupro del barman.

—Vamos, che. Vamos.

El novio de Milita, un español que se llamaba Roque y al que le de­cían Rocky, se sintió molesto por la nueva interrupción —era la cuarta o quinta— de Clara, que en realidad le estaba haciendo un favor. Rocky vi­vía en la feliz ignorancia de que abundaban los cuerpos jóvenes y broncea­dos como el suyo dispuestos a trabajar en discotecas y pizzerías de moda hasta que las pasarelas los reclamaran. Hizo un esfuerzo por mirar mal a Clara, pero como sus rencores no duraban mucho más que sus restantes operaciones mentales, para cuando Milita había terminado de contestar, ya estaba sonriendo de nuevo. Era una persona encantadora.

—Cinco minutos. Dale, Cla, bancanos cinco minutos, que igual den­tro de un ratito Rocky no nos va a poder dar ni bola. ¿No ves que empie­za a caer la gente?

Clara bufó. No reconocía la música que estaban pasando, y el hecho de que los innumerables televisores transmitieran una y otra vez la misma película de la demolición de un edificio, que al principio le había pareci­do simpático, raro, comenzaba a hartarla.

—Mis viejos me van a matar.

—Dale, Claaa. Me la debés. Y Rocky te hace un gin tonic también a

vos, ¿sí?

La sonrisa de Rocky le decía que sí a todo. Clara se tentó: de su Co­rona, con que no había podido quitarse de la boca la sequedad acre de la marihuana, quedaba sólo un resto tibio, y aunque tenía sus dudas de que el gin fuera a gustarle, la botella azul entrevista mientras el barman le pre­paraba su trago a Milita la había fascinado estéticamente.

—Okey, cinco minutos, pero que el gin tonic sea como el tuyo, de

Bomba...

Milita tomaba cualquier cosa que tuviera bastante alcohol y lo disi­mulara con burbujas, de modo que fue incapaz de ayudarla con la marca. No así su novio.

—Bien por ti, hija. Una conocedora. Marcha un gin tonic de Bombay

Sapphire.

Veinte minutos y más de un gin tonic y medio más tarde, Clara se sentía horrible. Una tal Mónica, de treintaipico no muy frescos, coquetea­ba displicentemente con Rocky: saltaba a la vista que lo hacía casi por práctica, que no estaba empeñada de veras en irritar a Milita, pero tam­bién saltaba a la vista que alguna vez había ocurrido algo entre el español y ella. Chistes en clave, lenguaje corporal de extrema confianza —el saludo, la acariciante y blanda manera en que le había tomado una mano entre las dos suyas al besarlo, estirándose por sobre la barra—, y el colmo de pregun­tar si ya había puesto cortinas en su departamento, no eran el tipo de ac­titudes hacia un muchacho que contribuyesen a la tranquilidad de ánimo de su chica. Clara, cuyos silencios recargaban la explosiva situación, des­cubrió de pronto que tenía que ir al baño, aunque fuera para verificar si allí también el mundo giraba enloquecido. No escuchó cuando Milita le prometía por enésima vez que ya se estaban yendo, que se tomaban un ta­xi y ella pagaba.

De camino por el largo pasillo que rodeaba la pista de baile, llena en ese momento por las mesas de los que se disponían a cenar, Clara fue in­terceptada por alguien del que sólo vio un cinturón con pager, un vientre abultado y una camisa leñadora. La pregunta "¿solita, linda?" le pareció casi inverosímil pese a su evidente carga de ironía —tan antediluviana, in­cluso para un chiste, como la camisa leñadora—, pero por fortuna el gra­cioso no la siguió hasta el baño.

En el espejo se notó muy pálida. Aunque el tatuaje no le ardía menos que antes, esa molestia había pasado a un segundo plano. Al inclinarse so­bre el lavabo sintió las primeras náuseas, que el agua fría sobre la cara mo­rigeró apenas un poco. Estaba transpirando, y el leve olor a marihuana que aún persistía en el ambiente empeoraba su descompostura. Decidió que le convenía irse sin avisar, aprovechando que la salida no era visible desde la barra. No quería ni discutir con Milita ni recibir ayuda ni vomitar pa­ra el amable público. Lo que necesitaba era aire fresco, aunque eso signi­ficara volver a su casa a pie —no le quedaba un centavo, lo que había con­tribuido a su tolerancia con las demoras de su amiga— y exponerse a una reprimenda paterna.

Estuvo a punto de vomitar en el descanso de la escalera, y de hecho sólo consiguió apartarse unos metros de la puerta de la disco antes de que su estómago expulsara los gin tonics y la cerveza sobre el cordón de la ve­reda. Una camioneta que pasaba por la calle frenó violentamente, pero Clara no se dio cuenta de que su ocupante descendía y caminaba hacia ella hasta que se le paró al lado.

—¿Estás bien?

Clara se había vomitado las zapatillas, una manga del pulóver y la mo­chila en que llevaba el uniforme y los libros del colegio. El hombre le ofre­ció un pañuelo, sin esperar la respuesta a su pregunta. —Tomá. Limpiate un poco. —Gracias.

Mientras obedecía, Clara se descubrió rogando que el punzante aroma del Narcise que le había robado a su madre disimulara el del vómito. El ti­po debía tener unos veinticinco años —buenmocísimo, mucho más buen mozo que Rocky: pelo rubio oscuro, ojos verdes, cuerpo de deportista— y su camioneta era una Mitsubishi 4x4, igual a la del hermano de Milita pe­ro negra. Cuando ella terminó de quitarse las manchas lo mejor que pudo, le alargó automáticamente a su dueño el ya impresentable pañuelo. —Dejá. Tiralo. ¿Cómo te sentís? —Y...

—¿Tembleque todavía? Te debe haber bajado la presión.

Clara supuso que para no quedar como una completa idiota se impo­nía decir la verdad, o esa mitad de la verdad que no incluía la marihuana.

—Es que tomé gin, y no estoy acostumbrada al alcohol.

El tipo le mostró unos dientes perfectos. Mirándolo bien se veía un poco demacrado, pero por lo demás era un actor de Hollywood.

—¿Querés que te lleve a tu casa?

—No... Gracias, tengo que encontrar un bar donde cambiarme, en la mochila hay ropa. Si llego así mis padres se van a morir del susto. —¿Dónde vivís?

—Acá cerca... bueno, cerca cerca no. Frente a Plaza San Martín. —Mirá, si te parece podemos pasar por mi departamento... yo estoy en Lavalle y Alem, y después de ahí te alcanzo a tu casa, que es al toque.

Normalmente Clara hubiese desconfiado de la oferta, pero aún se sen­tía mareada, y le encantaba la idea de tener una historia para contarle a su amiga. (Pensó que podía transformar al gracioso de la camisa leñadora en el príncipe azul con el que estaba hablando, justificar su repentina huida de la disco de un modo romántico y sin hacer referencia a las náuseas. También le pareció que un tipo que paraba su coche y se bajaba a ayudar porque veía a una chica vomitando no representaba grandes peligros.)

—Pero eso es mucha molestia, seguro que ibas a algún lado y yo...

—Para nada. Salí a dar una vuelta porque estaba podrido de estudiar, tengo un parcial en la facu el lunes. Yo me llamo Sebastián Costas, ¿vos?

Cuando Clara entró al loft del octavo piso, lo primero que le llamó la atención fue que sobre la cama hubiese una bufanda idéntica a la que ha­bía perdido. Lo segundo que le llamó la atención fue el cuerpo desnudo, boca abajo en medio de un charco de sangre, y lo tercero el gato muerto sobre la mesa de pool.

Fuente: Feiling, C. E. (2007) Los cuatro elementos, Buenos Aires, Norma, págs. 483-498.

Más de la obra de C. E. Feiling:
  • Dossier de La idea fija sobre C. E. Feiling (incluye una reseña biográfica, varias notas escritas por Feiling (inclusive la imperdible "El culto de San Cayetano" en la que destruye a Osvaldo Soriano), algunas traducciones, etc.);
  • Homenaje a C. E. Feiling en el que amigos y conocidos del campo cultural y literario escriben sobre él y su obra con motivo de su fallecimiento;
  • Primer capítulo de Un poeta nacional, novela de aventuras basada en un episodio en la vida de Leopoldo Lugones;
  • Primer capítulo de El mal menor, una de las pocas (si no la única) novelas de terror argentina.

jueves, septiembre 25, 2008

Todos somos Osvaldo Lamborghini (Entrega 1)

Ya que parece ser que el 2008 es el año de la resurrección crítico-literaria de Osvaldo Lamborghini, visto y considerando la reciente publicación de Y todo el resto es literatura (Interzona), compilación de artículos de crítica cultural y literaria sobre el autor de El fiord, y ante la inminente publicación de la monumental (en cantidad de páginas y en valor) biografía sobre OL escrita por Ricardo Strafacce (Mansalva), digo, teniendo en cuenta que todos y todas los que nos relaiconamos de alguna forma con la literatura argentina este año deberíamos ponernos la camiseta de "Todos somos Osvaldo Lamborghini", me propongo recuperar algunos artículos no muy frecuentados que creo pueden echar luz sobre la obra ilegible de este autor ¿maldito? o, al menos, desarmar un poco el halo mitificador (como una bella bendición) que varios acercamientos críticos de fines de los 80 a esta parte le han otorgado.

Este primer artículo escrito por el periodista y escritor cordobés Antonio Marimón (quien tiene ESA ¿novela? increíble y nunca reeditada: El antiguo alimento de los héroes (Puntosur, 1988)), fue publicado por la oh extinta revista Punto de Vista (nº 36, diciembre de 1989, págs. 30-32) con motivo de la publicación de Novelas y cuentos de Osvaldo Lamborghini. La reseña se propone desmenuzar el lugar mítico en el que El fiord se encontraba por esos años (yo creo que sigue allí intacto) a través de un recorrido por tres puntos esenciales desde la perspectiva de Marimón que producen cierta excitación en el campo cultural argentino porque se vinculan con características e inclinaciones propias de dicho campo (yo creo que algunas todavía persisten). Lean y después nos cuentan. Ah, y muy buena la idea de que El fiord es lo que sucede del lado de adentro en Casa tomada de Cortázar.


La seducción del gesto

Antonio Marimón

Pasados 20 años desde su primera edición, y 23 desde la fecha asentada por el autor en que empezaron a es­cribirse, las también veintitantas páginas que com­prenden El fiord[1] han de gozar de un impecable mérito: nun­ca se ha hablado tanto, en la literatura argentina, de un texto al mismo tiempo tan breve. El fenómeno creado alrededor de este verdadero objeto de culto, y del conjunto posterior de los textos de Osvaldo Lamborghini, se alimentó hasta ahora del secreto y de las pequeñas cofradías literarias; sin embargo, la aparición de Novelas y cuentos[2]; volumen que propone una reunión de materiales lamborghinianos éditos e inéditos, rea­vivó una lectura menos privada de dicho corpus. El problema que se delinea de ahí en adelante consiste en si el mito sopor­ta esta apertura, a lo cual se agrega el que sea interrogado por miradas no obligatoriamente exegéticas.

El presente articulo plantea los efectos de una relectura de El fiord en tanto piedra fundacional de esa mitología, y a par­tir de la premisa siguiente: creo que es, en clave metafórica, un relato sobre lo que ocurre en el lado de adentro —el lado silen­cioso— de Casa tomada. Es decir, si seguimos las interpreta­ciones más lineales del cuento de Cortázar, de su desarrollo se­ría indisoluble la cuestión peronista. Desde luego que el pero­nismo no es el "tema" de la narración, sino algo mucho más profundo; ahí donde están abolidos los indicios psicológicos y la narratividad realista, se lo encuentra en el corazón de la poética porque surge como uno de los principales constituyen­tes del habla que emplea la voz narrativa. Esta opera median­te indicios, acciones y sucesos de la memoria en los cuales la jerga de la actividad política no es sólo una circunstancia, ya que resulta esencial a su realización como discurso de un na­rrador, determinando sus metáforas y muchos de sus valores de enunciación: "Perdí toda mi tibieza centrista", "Patria o muerte: reaccioné con todo", "Su mirada era poesía, la revo­lución". Pero todavía resta considerar los pliegues y puntos de vista de esta voz, cuyo campo de referencias se desplaza des­de algunas pistas, como el haber pertenecido junto a Sebastián a la Guardia Restauradora o el recibir clases de marxismo de un suboficial "antes de la libertadora", a la yuxtaposición con­tradictoria de siglas; o bien desde la mención del congreso de Huerta Grande al uso de la designación "camarada", salida del campo marxista o comunista. Como sea, en los vaivenes del narrador se apunta un mundo, digamos, que tiene uno de sus bordes en un pasado en la derecha nacionalista y el otro bor­de en el peronismo de la resistencia con un sesgo insurreccio­nal: "Jamás seremos vandoristas", afirma uno de los coros, "La acción —romper— debe continuar".

Así, menos que en las unidades del relato es en el orden del discurso —del significante— que esta poética incluye como núcleo básico a la cultura del peronismo y algunos de sus de­bates en los años '60. Pero además, en el orden de las accio­nes el principal hecho dramático, o sea el levantamiento del narrador, el ideólogo Sebastián y las dos mujeres contra la au­toridad del Loco Rodríguez, bien puede ser interpretado como una prefiguración de las difíciles relaciones mantenidas por Montoneros con Perón. Vale decir, un proyecto de antropofa­gia de un liderazgo que en el caso de El fiord implica la inges­tión del sexo del jefe de esa comunidad ficcional: "Todos nos sentamos a la mesa sin chistar. Nos sirvió (Alcira Fafó) a ca­da uno un pedazo de porongo frito". Al jefe de dicho univer­so los insurrectos le trozan los miembros y comen su órgano viril, que antes penetraba con igual eficacia en mujeres como en hombres, lo dejan aniquilado, vacío de poder y, cerrando el relato con una paroxística fiesta de consignas políticas antagó­nicas, todos salen "en manifestación". Hoy se diría que es ca­si transparente el anticipo alegórico que el texto ejecuta res­pecta a la historia, claro que con un desenlace de ficción; es­to ratifica, empero, el intenso pliegue simbólico con el imagi­nario y la mitología del peronismo.

¿En qué medida ello incentiva una razón del mito que, a su vez, se articula en derredor del texto? Por lo pronto, vale re­cordar que la búsqueda vanguardista de una vinculación no es­pecular, no ingenua, entre el trabajo literario y el fuerte ascen­so de las luchas populares que vivió la sociedad en las '60 y '70, fue una marca de época. Sin duda. El fiord se correspon­de cabalmente con esta demanda de investigación en el len­guaje; y por otro lado, hay que considerar que existen más ras­gos que lo sitúan como un producto en cierta medida paradig­mático. Uno de ellos finca en la impronta experimental: la voz narrativa lamborghiniana, como dice en el ensayo-epílogo de aquella primera edición Germán García, se constituye desde "un lenguaje residual": esto es que además de la jerga políti­ca se halla elaborada por otros elementos no menos "impuros" desde el ángulo bien pensante, como son los que provienen de un uso actualizado del lunfardo, del habla popular para refe­rirse a la sexualidad y el erotismo, así como de los juegos lin­güísticos de la infancia o del consumo infantil de la historieta. Desde luego que todo eso produce un narrador paródico, no re­alista, cuyo plebeyismo embona con una materia narrativa en que a la alegoría de la destrucción del Loco se agrega un cons­tante intercambio de violencia entre los cuerpos, y un tono sur­gido de las particularidades del experimento donde la volun­tad de alterar también los usos habituales de la escritura cie­rra el círculo de manera visible.

Sin embargo, para que lo anterior posea eficacia —la efi­cacia secreta de El fiord— se debe considerar un tercer aspec­to no menos interesante: sus vínculos con el metalenguaje, o con el estado lábil que encarnaba entonces la teoría, no ya de la literatura sino en términos generales. De una parte el forma­lismo, la semiótica y los estudios basados en el modelo de la lingüística estructural habían concretado avances sustanciales en el estudio de la función poética y del análisis del discurso; a la vez, desde otras disciplinas, tales como la filosofía, la an­tropología o el psicoanálisis se habían extendido préstamos con los estudios del lenguaje, y múltiples escritores tentaron inscribir en sus organizaciones textuales la reflexión por la na­turaleza de las mismas. Esta recomposición de lo que pode­mos llamar espacio literario, produjo efectos en cuyo interior escribimos hoy; pero se traía de poner de relieve la influencia de uno de esos efectos: el de la nueva posición que encuentra el metalenguaje, en una palabra: la participación ganada por la teoría literaria y su contigüidad con otros saberes, ya no co­mo cosa a la sombra de los textos sino como factible textua­lidad también ella. La enorme energía contenida por dicha erosión de viejos límites experimentó en los '60 una vuelta de tuerca que me parece explícita en las siguientes frases de Roland Barthes: "Creo que en una sociedad de tipo capitalista co­mo la nuestra la teoría es, precisamente, el tipo de discurso progresista, que se ha vuelto posible y necesario (...) Estamos en el momento de la historia, de nuestra historia, que exige que todas nuestras fuerzas se apliquen en la negatividad. De allí la prioridad de la teoría sobre las obras. Puede imaginarse muy bien un período, por ejemplo el nuestro, en que se produzca teoría y no obras (...) esto es lo que marca nuestro decenio"[3]. Por si no bastara, conviene recordar que interrogado Sollers por la necesidad de "una teoría de la escritura para guiar la escritura". respondió: "Es absolutamente necesaria, pues sin ella se vuelve al empirismo más completo o al positivismo, va­le decir, que se recae en los residuos de la ideología dominan­te, no pensada, de la burguesía"[4].

Nace un registro que cabe denominar acaso militante, jaco­bino, donde los vasos comunicantes entre teoría y escritura li­teraria se hacen solidarios a la manera de un verdadero progra­ma de vanguardia, operación que, dentro de la práctica social comprendida por la producción de textos, ocupaba el espacio negador y desconstructor del enemigo histórico; desde lo es­pecífico, y no desde la representación especular —he ahí lo novedoso—, se proponía y se encontraba un lugar en un cam­po de batalla. Y el resto, decía Sollers, era "finalmente pre-freudiano, pre-marxista y pre-moderno". Como en Europa, creo que tal inflexión tuvo notable espacio en nuestra prácti­ca, o sea, en los márgenes vanguardistas de la Argentina du­rante la segunda mitad de los '60 y la primera de los '70, has­ta que el golpe de estado de l976 obligó a un corte. Con acen­tos múltiples que señalaban diversas estrategias, desplaza­mientos de saber y ejes de lectura, se convergía en apuntar ha­cia una investigación textual donde se solidarizaban teoría y poéticas, en que la primera era condición necesaria y explíci­ta de las segundas, tal cual lo requería con exceso Barthes, ob­jetivo potenciado como un paso homólogo a la convulsión en la sociedad. Por eso, no es casual que El fiord lleve un ensa­yo-epílogo de Germán García, no por discutible convención del editor si no porque fue elegido casi como necesidad; y tam­poco suena a casual, pese al distanciamiento posterior de su autor con Lamborghini, que ese trabajo se firmara con el seu­dónimo "Leopoldo Fernández": ocultar el nombre público, actitud enmascaradora que muchos adoptábamos en esos tiempos, difuminaba la figura teológica del autor, erosionaba la categoría de sujeto y liberaba con más vigor los "nombres de la negación", es decir, la materialidad simbólica de los sig­nos en el mundo material de las relaciones sociales. Claro que el asunto es más sutil que la yuxtaposición de un texto con otro donde se habla de él: la reunión dispuesta en El fiord indica, por un lado, que la escritura y su cobertura metalingüística eli­gieron y necesitaron marchar pegadas, pero además la volun­tad de instituir un sistema de préstamos con cieno plano de la teoría que Lamborghini dejó en evidencia en todos sus escri­tos.

Hemos visto, así, tres fuertes marcas de época: la política incorporada al significante, el gesto experimental y el comer­cio necesario con lo teórico. ¿Hacía falta más para dar origen a un fenómeno de fascinación? Ese plus lo aporto sin duda el mismo Lamborghini con su personalidad, legendaria si las hu­bo en el ambiente literario porteño de los últimos años. Aun­que por límites prácticos —no haberlo conocido— y por de­terminación del objeto, prefiero postergar esta última esfera. Luego, si no se habla desde el lugar de quienes fueron sedu­cidos, se impone una pregunta obvia: ¿despejando las citadas marcas queda algo que no sea "esta obstinada manera de Es­cribir Mal", como la designaba con mayúsculas Germán Gar­cía en su epílogo? ¿Por qué escribir mal debe leerse como otra cosa? Es evidente, de una parte, que corremos el riesgo de in­gresar a "una discusión acerca del Gusto"[5],pero también exis­te la oportunidad de que haya otras nada desestimantes refle­xiones. Barthes fue quien sostuvo a partir de la nueva crítica, que decididamente se angostaba la importancia para los jui­cios de valor sobre los textos; menos que una axiología se pro­ponen áreas de validez, menos que dictámenes, relaciones. Pero esta estupenda libertad también recibió al duende ideo­lógico: el mismo arsenal sirvió para referirse a Joyce o Borges que a Guyotat o Lamborghini. La intención de producir una escritura con acento deliberado, plegada a un campo de teorí­as —lacanismo, marxismo, estructuralismo, etc.—, observa­da varios años después ofrece aristas contradictorias: si en un sentido arrasaba con muchas herencias y revestía un deseo de cambio profundo ante las convenciones de la ley, en el plano de los textos es preciso preguntar si la comparación favorece a la vanguardia de los '60 respecto a las precedentes. Yo diría que no. Sobre todo observo una gran diferencia: que las van­guardias previas, aun en el canon transparente del "Papa" Bre­ton, no saturaron a las poéticas de mandatos teóricos; Los em­plearon con vocación de expandir la escritura, más sin progra­mar efectos metalingüísticos por imperio de necesidad; en fin, no acotaron la autonomía de su trabajo. Los efectos revolucio­narios ocurrieron, pero justamente a favor de su deseo autóno­mo, sin que se los ordenara, por esto, a mi entender, fueron re­volucionarios. Así piénsese en Borges, que al idealismo dia­léctico y a la teoría de la lectura los subsumió magistralmen­te en la "literatura fantástica"; o en Cortázar, cuyas morellia­nas potencian la fragmentación del relato y glosan el experi­mento del estilo, aunque no los aniquilan. Piénsese En la mas­médula, trabajo radical —el más radical que pueda imaginar­se— donde se violentan las unidades mínimas de la lengua, se expande la sonoridad fonética, surge un sistema de dicho mo­vimiento y, además, también hay desplegado un lirismo duro como el diamante. En el espinel opuesto, véase cómo Discé­polo recoge el lunfardo —y con él la violencia verbal de una ciudad que cambió su formación en 20 años— para combinar­lo con el habla cotidiana y con trallazos de la voz subjetiva.

"Siempre estará la necesidad necesaria de un acto por ca­da palabra", afirma el marqués de Sebregondi, enunciado que goza del favor de los lectores exegéticos de Lamborghini. Tal consigna pertenece también al espíritu de época: el acorta­miento de distancias entre acción y escritura, vida concreta y representación simbólica, nace de la vanguardia y me parece su mejor propuesta. Por ella no es ya posible la inocencia po­ética o el muelle refugio en la literatura como institución in­telectual: delante se dibuja una tensión utópica que llama des­de la acción, sea el Carnaval (el puro goce) o la historia (el cambio social). Fundir acción y escritura es el deseo, siempre diferido pero en cuyos bordes se trabajará sin pausas. Claro que sin desconocer, tampoco, la tensión utópica hablante en el texto: del balanceo entre esas tensiones, del diálogo de ambas, de su pugna y de la tarea a través de sus delgados límites se constituye la vitalidad de la literatura contemporánea. Lo que no me parece legible en El fiord es esta dialéctica: desarticu­lada efectivamente la literatura, ¿qué productividad le queda a la literatura, cuál espacio —que no se lee— a la intensidad poética, a la frotación riesgosa de violencia y belleza que ha­ce a los mejores textos límite? No; creo más bien que la jerga peronista, el habla popular, las agresiones corporales, la ale­goría con "la ortopédica sonrisa del Viejo Perón" y la clave de parodia, se acumulan a la manera de una arqueología de reta­zos con un efecto curioso. En conjunto e incluyendo como as­pecto básico su ruptura con el realismo, hacen un producto afín para combinar en un sentido amplio ciertas pasiones de nuestro campo intelectual: la fascinación por la cultura del po­pulismo, una simétrica (oximorónica, diría) fascinación por los aspectos fuertes y aun las ilusiones de los discursos teóri­cos, y un deseo de contestar al gastado modelo liberal de las décadas anteriores. Es en el interior de tal verosímil, tampo­co exento de pruebas de fuerza —de contradicciones— don­de crece el mito lamborghiniano; y curiosamente o no, sus exegetas de antes y de ahora comparten algunas costumbres: el uso de los textos de Lamborghini como prenda de solidari­dades grupales, y en ocasiones la formulación no de experien­cias sino de verdaderas órdenes de lectura, absolutas, autori­tarias, militantes.

Desde luego, todo proceso seductor es protagonizado — tanto por los que están adentro como por los que permanecen afuera— bajo una impronta en el fondo irreductible, y en las líneas que ahora finalizan lo que menos se intenta es conven­cer a nadie, sino proponer preguntas con algunas hipótesis de respuesta. Un desenlace ficcional de los argumentos sobre el mito puede imaginarse de varias maneras, pero siempre con el futuro. No obstante, previo al fin quisiera plantear una última hipótesis: si es por lo menos dudosa la productividad literaria de esta escritura, bien cabe entenderla unida a la singular personalidad de su autor, como un enorme "evento", como una oscilación desplazada hacia el gesto, contigua por lo tanto de expresiones como la bad painting o el arte efímero. Y ya se sa­be que los gestos están cargados tanto de productividad sinto­mática como de signos de época; los buenos gestos, sin duda, hacen migas con la seducción.



[1] Osvaldo Lamborghini, El fiord, Ediciones Chinatown. Buenos Aires, 1969. El ensayo-epílogo, firmado por Leopoldo Fernández, pertenece a Germán García, "Los nombres de la negación".

[2] Osvaldo Lamborghini, Novelas y cuentos. prólogo de César Ai­ra, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1988.

[3] Roland Barthes, entrevista, Literatura, política y cambio, Edicio­nes Caldén, 1976.

[4] Philippe Sollers, entrevista, ob. cit.

[5] Sergio Chejfec,"De la inasible catadura de Osvaldo Lamborghini". Babel, nº 10, julio de 1989.

martes, septiembre 23, 2008

Ciclo de Tesis. Primer encuentro.

CICLO DE TESIS

La Sociedad Argentina de Estudios de Cine y Audiovisual

invita al primer encuentro de su Ciclo de Tesis.

El jueves 2 de octubre de 2008 a las 19 hs.

en el Microcine del INCAA, Moreno 1199

Entrada Libre

En este primer encuentro se presentará la Tesis:

El silencio y sus bordes. Discursos extremos en la literatura y el cine argentino (entre los 60 y los 70) del Dr. David Oubiña

Comentarista invitado: Dr. Santos Zunzunegui Diez


David Oubiña

Se doctoró en la Universidad de Buenos Aires. Enseña en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y en la Universidad del Cine. Fue visiting scholar en la Universidad de Londres (Gran Bretaña) y visiting professor en New York University (Estados Unidos) y en la Universidad de Bergen (Noruega). En 2007 ha recibido la beca del Guggenheim Memorial Foundation. Entre otros libros, se cuentan Filmología. Ensayos con el cine (Manantial, 2000, Premio del Fondo Nacional de las Artes al mejor libro de ensayo) y Jean-Luc Godard: el pensamiento del cine (Paidós, 2003).

Santos Zunzunegui Diez

Es catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Facultad de Ciencias Sociales y Comunicación de la Universidad del País Vasco, de la que fue Decano (1992-1995). También imparte docencia en L´Ecole Normale Superieure de París y numerosos cursos en Universidades europeas y americanas. Entre sus publicaciones se cuentan Mirar la imagen (1984), Pensar la imagen (1989), La mirada cercana (1996), El extraño viaje (1999). Robert Bresson (2001), Orson Welles (2005). En 2007 ganó el Premio Francisco Ayala de Comunicación Audiovisual por su trabajo titulado “La mirada plural”.

Contacto: clarakriger@hotmail.com

lunes, septiembre 15, 2008

Vuelve, que sin tí la vida se me va...

Sí, faltaba que yo también amenazara con la vuelta y heme aquí, pues, escribiendo estas líneas como un amague, abonando la esperanza, hasta ahora, de la única y adorable personita que nos dejó un comentario en la entrada anterior, esa única personita que parece entusiasmada con esta posible vuelta a las pistas.
Pero no nos equivoquemos, acá hay un puro goce egoísta, es sobre todo nuestra, de los que hicimos y haremos este humilde blog, la esperanza de encontrar dónde dejamos las llaves del Delorean para volver al pasado, de resucitar de las cenizas como el ave fénix y de volver a los cines como Almodóvar. Y creo que va en camino de concretarse. Sí, aunque parezca mentira, aunque estos tres últimos posts sean lo más parecido a una llovizna falsa que nos hace abrir el paraguas sin saber que a los cinco minutos saldrá el sol, digo, aunque parezca que nunca volveremos: lo haremos (o eso parece). Y valdrá la pena (tal vez). Asi que como entonaba el Rey Sol Marquesi:

Guarda que vengo,
vengo de capitán,
la muevo, la piso
te la mando a guardar,
vengo para jugar,
si pinta canchengue,
me pongo a cantar.

domingo, septiembre 07, 2008

Segunda temporada



Escribimos sobre cine, cultura, televisión, literatura. Fuimos, vinimos, nos peleamos, nos arreglamos; fundamentalmente, nos decidimos... no somos perfectos, pero no perdemos las esperanzas.

La muerte cybernética está conjurada.

Pronto, con ustedes:

Golosina Caníbal
Segunda temporada

viernes, mayo 09, 2008

¿Volvemos?

Hay olor a vuelta. El reencuentro de un amor intelectual. Tiemblan las chicas y los enemigos...


Volveremos y seremos los mejores bloggers del mundo (no tenemos campo, las vaquitas son ajenas)

viernes, julio 13, 2007

ESTRENO: PUNK de Fernando Arrabal

Punk
Vodevil imaginario de los setenta reales
de Fernando Arrabal


LUNES 21hs. Teatro Patio de Actores , Lerma 568 Cap.Fed.
ESTRENO: Lunes 16 de Julio. 8 UNICAS FUNCIONES.
Reservas: 4772 9732 . Entrada $15 . Est.y Jub. $10.


“Transcurren los años setenta en el hotel de un aeropuerto internacional. Dos anarquistas tienen secuestrados a una nazi y a un líder comunista: su objetivo es boicotear las tareas de dos policías: uno de la KGB, y otro, representante de la Junta Militar chilena. Pero: numerosos enredos de vodevil trastocarán los planes de los anarquistas.”


Actores:
Marcos Cano
Andrés Carballido
Malala González
Martín Henderson
Ezequiel Lozano
Valeria Tellería

Voces en off:
Patricio Contreras
Cutuli
Mario Keegan

Director:
Ezequiel Lozano

Asistente de dirección:
Pablo Croci

Vestuario:
Jimena Díaz
Gabriela Figueras

Escenografía:
Arq. Alejandro Campos

Diseño Gráfico:
Agustín Vera Candioti
m27_agustin@yahoo.com.ar

Prensa:
Miró producciones
miroproducciones@argentina.com
Operación Técnica:
Pablo Sakihara

Adaptadores:
Pablo Croci
Ezequiel Lozano

www.punkdearrabal.blogspot.com.






martes, mayo 29, 2007

Variaciones Saer

En el mes de junio, se llevarán a cabo la Jornadas "Variaciones Saer" en Malba.

"Durante tres miércoles consecutivos, en Malba, se celebrarán los setenta años del nacimiento de Juan José Saer, a partir de la evocación de escritores, críticos, directores de cine y amigos. Se proyectarán retratos fotográficos del autor, además de material fílmico basado en su vida y su obra."

Más información, acá.

lunes, mayo 21, 2007

El regreso al Loto Azul

Página/12 organizó un homenaje a Hergé, el creador de Tintín, en el suplemento Radar de este domingo. El título es un tanto cursi y remanido ("Tintín en el país de memoria"), la nota no ilumina y se queda en la conmemoración. Lo mejor son los dibujos, en particular Lucas Varela y su desenlace de las aventuras de Tintín. Ah, y la noticia: Steven Spielberg y Peter Jackson planean hacer una película de Tintín, veremos qué sale...

domingo, mayo 13, 2007

300, la verdadera izquierda de Hollywood

Acabo de leer la interpretación que más me convence sobre 300, película sobre la batalla de Termópilas bastardeada por cierta crítica cinematográfica que creyó ver en ella un panfleto fascista, inexactitud histórica y demás lecturas, en mi opinión, erradas. En contra de la opinión generalizada, Slavoj Zizek propone:

"Hay dos puntos que debemos considerar; el primero tiene que ver con la historia misma. Se trata de la historia de un país pequeño y pobre (Grecia) que ha sido invadido por el ejército de un estado mucho más grande, y más desarrollado en esa época, que además cuenta con una tecnología militar de avanzada. ¿No son acaso los elefantes persas, los gigantes y las enormes flechas de fuego la antigua versión de las armas de alta tecnología? Cuando el último grupo de sobrevivientes espartanos y su rey Leónidas mueren bajo los cientos de flechas, ¿no son de alguna manera bombardeados a muerte por tecnosoldados que manejan armas sofisticadas a distancia, al igual que los soldados estadounidenses que oprimen botones de cohetes desde lejos, en barcos de guerra bien protegidos en el golfo Pérsico?"

El artículo de Zizek, "La verdadera izquierda de Hollywood", sigue acá.

viernes, mayo 11, 2007

Los domingos en familia...

El ángel exterminador (www.elangelexterminador.com.ar) + muchas revistas amigas+ muchos poetas amigos+ muchas editoriales independientes = este domingo!.
Los esperamos, el que no viene es un burro!.

"La grandeza se anida en sus pechos,/ a su marcha todo hacen temblar" (sobre la "marcha patriótica" argentina)

Aunque no soy afín a las efemérides (me parece raro la costumbre de tomar hechos significativos (sin considerar la selección subjetiva que hay en determinar cuáles fueron los "hehcos significativos") que sucedieron "un día como hoy" sobre todo porque la costumbre es más pintoresca que crítica), "un día como hoy" en 1813, la Asamblea del año XIII aprobaba como Himno Nacional la canción patriótica con letra de Vicente López y Planes (creo que es inevitables pensar en dos personas cuando uno se enfrenta con este tipo de apellidos; seamos sinceros cuesta asimilar que una persona con dos apellidos unidos por un coordinante "y" (EL ejemplo es: Ortega y Gasset) es una sola) y música de Blas Parera. Es decir: hoy es el día del himno nacional argentino.

Todo esto viene a colación de que me encanta la versión "original" del himno. En la página que linkeé la titulan "Marcha patriótica" y si ese no es el título, igualmente le cabe justísimo. Esa canción larga, antimperialista, vencedora, patriotera con aroma a semana de Mayo, en contra de la tiranía ibérica, para la salvación de la América toda y sus pueblos sojuzgados y entramada en un estilo clásico digno de mausoleo, de corona de laureles y de leones rendidos a los pies argentinos: ¡qué temazo! ¡primero en el ránking de canciones patrias!. La próxima vez que cante el himno voy a entonar los versos de esta marcha patriótica con vigoroza garganta y dejaré guardada en el cajón la insulsa síntesis que venimos emitiendo con nuestras débiles cuerdas vocales.

De los nuevos campeones los rostros
Marte mismo parece animar;
La grandeza se anida en sus pechos,
A su marcha todo hacen temblar.

Se conmueven del Inca las tumbas
Y en sus huesos revive el ardor,
Lo que ve renovando a sus hijos
De la Patria el antiguo esplendor.

La "Marcha patriótica" completa, acá.

jueves, mayo 10, 2007

En Argentina todos lo saben pero es gente muy discreta y no dicen nada, será mejor así...

Tanto laberinto, tanto espejo, tanta identidad desdoblada, traicionada, fragmentada, esfumada, matizada, recortada, duplicada, tanto escritor inexistente, tanto Pierre Menard, tantas ruinas circulares, tanto eterno retorno, tanta lealtad/traición, tanta repetición, tanto Herbet Quain, tanta literatura, tanta creación, tanta intertextualidad, tanta historia universal de la infamia que, finalmente allá por los 80, alguien propuso lo obvio: Borges no existe. (Gracias a Hablando del asunto por el link)

miércoles, mayo 09, 2007

Post de Post

martes, mayo 08, 2007

Ciclo de cortos de animación en Sociales

La DIRECCION DE CULTURA DE LA FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES DE LA UBA, invita los miércoles 9, 16, 23 y 30 de Mayo a las 21 horas en el auditorio de la facultad de la sede Ramos Mejía 841 al:

“CICLO DE CORTOS DE ANIMACION EN SOCIALES”


La gacetilla completa, acá.

PROGRAMACIÓN
Noche 1 (9 de mayo, 21 hs)
Comunicación y medios

El hombre y su relación con los medios masivos
La (in)comunicación interpersonal
La construcción del otro
Espectacularización de lo trágico

Cortos

- To speak or not to speak – Raoul Servais – Bélgica, 1970 – (10 min)
- Diary - Nedeljko Dragic – Yugoslavia, 1974 - (10 min)
- Media - Pavel Koutsky – República Checa, 2000 – (6 min)
- Dimensions of Dialogue - Jan Svankmajer - Checoslovaquia, 1982 (14 min)
- Reci, Reci, Reci - Michaela Pavlatova - Rep. Checa, 1991 (8’ 30’’ min)
- Intolerance - Phil Mulloy - Inglaterra, 2000 (11 min)
- Pad (the Fall) - Aurel Klimt - Rep. Checa, 1999 (14 min)

Noche 2 (16 de mayo, 21 hs)
Política y sociedad

2da Guerra mundial: Propaganda política
Críticas a las formas de poder
Decada del ’60: Flower Power
Arte y Política

Cortos

- Der Fuehrer’s Face - Jack Kinney - USA, 1943 (8 min)
- Man in the Frame - Fyodor Khitruk - URSS, 1966 (10 min)
- Sciany – Piotr Dumala – Polonia, 1988 - (9 min)
- Learning to Walk - Borivoj Dovnikovic - Yugoslavia, 1978 (8’ 30’’ min)
- Chromophobia – Raoul Servais – Bélgica, 1966 – (9 min)
- Street musique - Ryan Larkin - Canada, 1972 (8’30’’min)
- La mano - Jiri Trnka - Checoslovaquia, 1965 (14 min)


Noche 3 (23 de mayo, 21 hs)
Literatura

Del texto escrito al lenguaje audiovisual
Posibilidades del dispositivo
Kafka, Dostoievski y Poe, entre otros

Cortos

- Achilles – Barry Purves – Inglaterra, 1996 - (11 min)
- Mask of the Red Death – Zagreb Film School - Yugoslavia (9 min)
- Sueño de un Hombre Ridículo - Aleksandr Petrov – Rusia, 1992 (20 min)
- Metamorfosis of Mr. Samsa - Caroline Leaf - Canada, 1977 (9 min)
- L’homme qui plantait des arbres - Frédéric Back - Canada, 1987 (30 min)

Noche 4 (30 de mayo, 21 hs)
Mitos, Leyendas y Cuentos Populares

Construcción social de los mitos
Relación hombre - naturaleza
Resignificación del cuento popular

Cortos

- Syrinx - Ryan Larkin – Canadá, 1965 – (3 min)
- Rusalka - Aleksandr Petrov - Rusia, 1997 (10 min)
- Harpya - Raoul Servais – Bélgica, (1979) – (8 min)
- The Sandman – Paul Berry – Inglaterra, 1991 – (9 min)
- Licantropía – Piotr Dumala - Polonia, 1981 – (6 min)
- Tale of Tales - Yuri Norstein - URSS, 1979 (10 min)

lunes, mayo 07, 2007

Indie Gesta: Encuentro de editoriales independientes en la Biblioteca Nacional

Los días 9 y 10 de mayo a las 15 hrs. se realizará un encuentro de Editoriales Independientes y pequeños editores en la Biblioteca Nacional. En el mismo los protagonistas del movimiento editorial autónomo de nuestro país darán a conocer al público los objetivos de sus emprendimientos y debatirán diversas cuestiones relativas al mundo editorial. La convocatoria es abierta para todos los que tengan interés en participar.

Miercoles 9 de mayo, 15 hrs.: La Editorial Cencerro presentará “Parque Nacional”, espectáculo audiovisual con canciones y coreografías, que recrea tanto las fuerzas de la naturaleza como las de la cultura. A través de esta performance Parque Nacional da cuenta de un modo dinámico del perfil que representa a Cencerro como proyecto editorial independiente.

Jueves 10 de mayo, 15 hrs.: El grupo editorial de Eloisa Cartonera reproducirá frente al público el funcionamiento de la editorial mostrando como se imprimen y encuadernan los libros. De esta fabricación artesanal participan un grupo compuesto por cartoneros y por distintos autores que publican en este sello.

Cada actividad es un acto artístico y funcional a la vez: la fabricación de los libros se hace a la vista del público, en ocasiones algunos autores pintan a la par de los cartoneros.

Biblioteca Nacional
Agüero 2502 Sala Augusto Cortazar
Entrada libre y gratuita
Informes: 4802-6002

jueves, abril 26, 2007

El poder del pretzel

"No olviden el 'poder del pretzel': el día que Bush comió esa galletita y casi se ahoga... No sé qué hubiera pasado si su escolta no lo ayudaba."

dijo Saskia Sassen, socióloga holandesa, después de hablar sobre las ciudades globalizadas y los "nuevos poderes del nuevo mundo" en la Feria del Libro.

martes, abril 24, 2007

PROvocame, mujer, PROvocame

Hoy me encontré con un cartel amarillo chillón con la siguiente leyenda: "Estaría bueno Buenos Aires". De más está decir que me llamó la atención: una frase con tono coloquial que incluía al trofeo de las próximas elecciones sobre un fondo amarillo (no rojo, verde o azul con un candidato de cuyo nombre no quiero acordarme sino amarillo: el color del sol, el de la traición, el de la yema de huevo).

Al instante, recorrí el cartel buscando al autor intelectual de esta curiosa frase que no sólo estaba en condicional, como una expresión de hermoso deseo, de anhelante esperanza, de remanida utopía sino que jugueteaba con el adjetivo "bueno" anclándolo con el nombre de nuestra actualmente re-querida ciudad de "Buenos Aires" y, sin embargo, la frase parecía incoherente, como si algo le faltara algo. En mi búsqueda, y a través de un espacio vacío de agobiante color amarillo taxi porteño, fui a parar a la parte inferior donde me encontré con (acabáramos) el logotipo del pujante partido macrista: (triangulito)pro. Y sí allí estaba, solitario, colgado del ángulo inferior izquierdo, como intentando aferrarse a un color que no era el suyo (¿dónde quedó el azul, Mauricio? Ese azul policía, azul institución, ¿dónde, Mauricio?), a un espacio vacío que no lo quiere llenar la cara del candidato.

Fue entonces que entendí que en la frase y en el cartel había espacios vacíos, elementos elididos. En la frase (recordémosla: "Estaría bueno Buenos Aires") no estaba ese verbo infinitivo que podía dar sentido: "Estaría bueno X Buenos Aires". Y ahí nomás me puse a reponer el elemento ausente: "Estaría bueno civilizar, limpiar, asegurar, ordenar, urbanizar, privatizar, seleccionar, terminar con, etc., Buenos Aires". Pero pensándolo bien, me dijo mi novia (sí, estaba presente pero la estaba elidiendo), podría ser que el elemento elidido fuera una estructura con "si": "Estaría bueno Buenos Aires si..." Tomando esa idea como una llamativa posibilidad sólo faltaría que todo vecino decente de Buenos Aires repusiera allí sus anhelos, sus esperanza, sus utopías y todos esos pequeños sueños que pueden realizarse de la mano del tío Mauricio y sus huestes proístas.

Así sea.

Poesía PRO (las verdades proístas, extraídas de la página oficial de pro y susceptibles de llenar los espacios vacíos del cartel amarillento. Nota: el del equipo de fútbol, el del asfalto y el de las puertas giratorias son mis versos preferidos. )

Proponer, sólo proponer. Ya es pro.

Que no se cobren impuestos a los que ganan $ 800.

Que el equipo de fútbol más popular de la Argentina sea admirado en el mundo.

Que los chicos tengan 180 días de clase.

Asfaltar toda la Argentina y que con esa sola idea todos tengan trabajo.

Que haya agua corriente y cloacas en todo el país.

Urbanizar las zonas marginadas.

Que cuando nuestros hijos salgan a bailar, nosotros podamos dormir tranquilos.

Hacer una revolución moral.

Una policía preparada y bien paga.

Proyectar un país que exporte cultura.

Tener un proyecto.

Que los chicos puedan tener la educación que necesitan.

Que se pueda volver a circular por las calles.

Que los delincuentes estén tras de las rejas y los vecinos no.

Terminar con las puertas giratorias en las cárceles.

Recuperar los presos.

Que criticar no signifique desestabilizar.

Mirar el futuro más que el pasado.

Saber hacer lo que uno propone.

Crear propuesta republicana.

Eso es pro.

Lionel Messi, autor del Quijote

¡Qué artículo se mandó Sasturain!

La obra de Messi, acá.

domingo, abril 22, 2007

Sovietkino - Una retrospectiva histórica del cine ruso-soviético

La cátedra de Historia de Rusia de la carrera de Historia invita al ciclo SOVIETKINO - UNA RETROSPECTIVA HISTÓRICA DEL CINE RUSO- SOVIÉTICO

El ciclo continúa hasta junio, con proyecciones los miércoles a las 21 hs., en el Aula 129 (1º Piso) en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Puán 480) .

La entrada es libre y gratuita, y los interesados en más información pueden dirigirse al Prof. Pablo Fontana, sovietkino@hotmail.com.

Las peliculas van de Lo viejo y lo nuevo (La línea general) de Serguei Eisenstein (1929) a El Arca Rusa de Alexander Sokurov (2002) pasando por Pasaron las grullas de Mijail Kalatazov (1957) y Moscú no cree en lágrimas de Vladimir Menshov (1979), entre otras.

El cronograma completo, acá.

jueves, abril 19, 2007

Todo un palo


"¿Qué pasó en estos cien años para que el imaginario argentino pasara del optimismo ingenuo a una suerte de pesimismo masoquista y que el horizonte de futuro haya caído de un siglo a una década apenas?"

En Los futuros argentinos, Pablo Capanna, gigante crítico literario argentino de ciencia ficción, pasa revista al cambio que va del optimismo al pesimismo en la ciencia ficción argentina. (Gracias a Hielo para las águilas por el link al artículo)
Fuente: Axxón, nº 169, diciembre de 2006.

martes, abril 17, 2007

Dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña (Sobre la masacre en Virginia Tech)

Me pregunto cómo pasará por la maquinaria cultural la masacre de Virginia Tech, qué cosas se resaltarán y cuáles se ocultarán, a quién le echarán la culpa y cuáles serán las consecuencias del acto. Tal vez se hagan un par de películas como se hicieron para la tragedia de Columbine (véase Bowling for Columbine y Elephant), hasta quizás dé para un novela o un cuento.
Hace un rato escuché que el presunto asesino era un joven estudiante de Corea del Sur llamado Cho Seung Hui; a lo mejor Bush lo usa como excusa para ocupar Corea del Sur y evitar nuevas tragedias, ¿no?. Se supone que este mismo joven horas antes (precisamente y tan sólo 2 horas antes, aunque los norteamericanos no comprobaron todavía el nexo causal) había asesinado a dos estudiantes, su exnovia y la nueva pareja de ella, indicio que daría a pensar que la masacre sólo fue fruto del despecho de un joven psicótico.
Supongo que la posesión de armas o la influencia de los videojuegos no deben ser los únicos factores evaluables a la hora de vislumbrar la causa de esta masacre. Como siempre, la prensa y los gobiernos ocultan más de lo que dicen y al simplificar las causas de este tipo de hechos escalofríantes e inesperados, enmarcan a la vez que neutralizan las posibilidades de cuestionamiento social. Por ahora, la culpa fue atribuída a las autoridades de Virginia Tech por no reaccionar a tiempo y al joven coreano loco que no soportó que su novia se fuera con otro.
Asusta pensar que esta masacre les pueda ser funcional tanto a los EE. UU. y su política de "limpieza y esplendor" en el mundo como a la derecha en general para implantar o continuar con su plan de "seguridad y protección" frente a minorías étnicas y/o grupos sociales mayoritarios excluídos, frutos del frondoso árbol capitalista.

PD.: Recomiendo la entrevista a Darío Kosovsky, de la Red Argentina contra el Desarme (no me queda claro: ¿están "en contra" del desarme?) como EE. UU. no es el sueño dorado (que algunos nos quieren vender) y eso aporta a generar situaciones de este tipo:
"En una sociedad donde hay un marco de conflictividad social y un regadero de armas, es probable que cuando se desata un conflicto se resuelva con el uso de armas de fuego."

viernes, abril 13, 2007

La idea fija (Milo Manara en Argentina)


Por primera vez, reza la página del Centro Cultural Borges, y gracias a la alineación planetaria que permite este tipo de sucesos extraordinarios y gratificantes, se presenta una exposición del mítico dibujante erótico Milo Manara. Este dibujante italiano hizo, en mi opinión, increíbles historietas eróticas entre las cuales se podría nombrar El clic, El perfume del invisible, Gulliveriana, Viaje a Tulum (en colaboración con Federico Fellini) y demás gratificantes dibujos. En algún momento me gustaría explayarme más pero como mínimo quisiera señalar que sus mujeres (desnudas, claro) son ideales, desinhibidas, pulposas, hermosas y, sin embargo, sus historias no se limitan a exhibirlas para el regodeo visual sino que funcionan como metáfora para el desarrollo de ideas alrededor de la opresión social (disfrútese El clic), de las relaciones humanas, de la violencia y el sentimiento en el sexo, de la atracción humana, etc. Característica me parece una de sus historietas llamada Bolero que sintetiza la historia del mundo en imágenes: una larga fila de hombres y mujeres desde las cavernas hasta el año 2000 que se relacionan básicamente a través del sexo y de la violencia.
La exposición será en el Centro Cultural Borges entre los días 17 y 20 de Abril. Vayan, recorran el camino de la historieta al museo y deslúmbrense con las carnes de las chicas de Manara (para las mujeres también hay bellos hombres, pero lo característico de Manara son las mujeres).

Acá, Manara dibujando.
Acá y acá, algunos comics del italiano para descargar.

PD.: Parece ser que el jueves 26 de abril nuestro hombre estará presentándose en el Marriott Plaza Hotel (Florida 1005) donde dará una conferencia bajo el nombre de Sus vivencias, sus obras y su arte. La cita es de 19:10 a 20.10 hs. y se inscribe en el marco del FIAP (Festival Iberoamericano de la Publicidad). Esperemos que la asistencia sea libre y gratuita...

¡Viva Sarlo!

Hace un tiempo, tal vez desde que comenzó, me vengo preguntando cuál es el valor de la columna dominguera que escribe Beatriz Sarlo en la Viva. Digamos: una intelectual académica en una revista masiva de interés general puede leerse como una cooptación de los grandes medios de comunicación o como una necesaria evolución del rol del intelectual que no debería/podría quedarse al margen de los medios. Volviendo a las crónicas de Sarlo, con su última defensa acérrima del latín como cultura común frente a Gran Hermano, lo único que puedo leer en sus producciones revisteriles es una defensa de la cultura "moderna" y en general, "alta" en detrimento de las producciones de la industria cultural (recuérdese su posición contraria al mundial, su actual posición frente a GH y demás; el otro día leía una crónica sobre la educación en la cual se leía una separación tajante entre la escuela y la vida cotidiana y un menosprecio por los adolescentes que hacen pensar en la vejez y en una posición altanera que deja mucho que desear).

Ahora bien navegando por la fascinante red de redes, me encontré con un artículo de Jorge Panesi publicado en la revista digital El interpretador en el año 2005. El artículo se titula "Hegemonía, excepciones y trivialidades en la crítica cultural argentina" y justamente se cuestiona esos tres nodos en "la relación entre la crítica literaria y el periodismo, las intervenciones de la crítica académica en la consideración de la cultura popular, y las ineluctables resonancias políticas que poseen estas intervenciones, llenas de malentendidos, de desgracias, de interminables litigios.". Bueno, a ver, no puedo ser demasiado objetivo con Panesi, para mí el artículo da en la nota y se sostiene aún dos años después (piénsese en la edición de un libro con obras de Soiza Reilly y en que Sarlo sigue con sus "crónicas" en la Viva). Tras este breve excurso por el artículo de Panesi, paso a citarlo y confieso que algunos de los cuestionamientos que me producen las columnas de nuestra "intelectual faro" coinciden con las palabras de Panesi:
"Quizá le esté pidiendo a Sarlo, o a la crítica literaria, demasiado: que sea capaz de introducir un subrepticio ruido, una disonancia imperceptible pero activa en los discursos apabullantes de la trivialidad. Pero admitiendo mi parti pris respecto de la crítica, ¿son estas las intenciones de Sarlo? ¿O poco importan las intenciones, si fuera cierto que el lenguaje y el dispositivo del medio siempre logran capturar el lenguaje y la óptica de cualquier discurso anómalo que contienen? Salvo que Sarlo (presentada como “escritora y ensayista”), o su “opinión” (puesto que su “opinión” es lo que nos promete el índice) concuerde con el modo de pensar de la revista."
El artículo sigue analizando a Sarlo y recomiendo seguirlo antes de volver a leer cada domingo con los dientes apretados; con una mueca de desconfianza o con una sonrisa de aprobación los pensamientos, las escenas y el discurso de nuestra intelectual ¿crítica? Beatriz Sarlo envuelta en la marea de la revista Viva.

martes, abril 03, 2007

La verdad sobre la milanesa: Boedo contra Florida

En una entrevista de 1975, Elías Castelnuovo deschavó el combate Boedo y Florida. No se calló nada, se calzó los guantes de anarcoproletario y arremetió contra los cajetillas. Disfruten. (Gentileza de Hielo para las aguilas)

"—Sí. ahí en Boedo al 800. Y sacamos la revista Dínamo, que fue nuestro órgano.
—-¿Y cómo nació la rivalidad con el grupo Florida?
—Bueno, eso fue posterior, en el 24. Ellos se reunían en Florida y Tucumán, en la redacción de la revista Martín Fierro, que dirigía Evar Méndez. Los bautizamos nosotros como grupo Florida, en contraposición con el nuestro de Boedo. Ellos eran los cajetillas, los pitucos. Nosotros, los proletarios.
—Y fue una verdadera batalla la que se entabló.
—¡Y qué le parece! Ellos tomaban todo en solfa, pero la cosa era seria, porque en el fondo era ideológica.
—¿Usted conocía a todos los de Florida?
—En esa época no, sólo a Méndez y a Ernesto Palacios. Estábamos en otra cosa. Ocurre que ellos eran niños bien, mientras que nosotros debíamos trabajar, ganarnos el pan, y además éramos militantes revolucionarios."

"—No, no, está equivocado, Girondo era multimillonario. Y todos eran iguales. La cuestión fue entre ricos y pobres, no le quepa duda. Lo que pasa es que nosotros veníamos de la clase trabajadora y muchos de ellos adoptaban la misma pose, hasta que mostraron la hilacha.
—Por esa época, Borges era un hombre de izquierda, ¿no?
—Se decía anarquista. ¡Mire lo que son las cosas! Yo no me olvido de un par de versos que Borges publicó en la revista Quasimodo, que dirigía el anarquista Julio Rebarcos. Y hasta escribió una oda a las campanas del Kremlin. Pero yo que estuve en todas, como anarquista, jamás los vi a ellos en ninguna movilización.
—Bueno, pero González Tuñón...
—No, no, son fábulas. Tuñón mentía para justificar su tránsito, su transgresión a la oligarquía, aunque después, al final, se hizo comunista. Yo le garantizo que cuando hubo que recibir palos, persecución y hacer sacrificios como militante, ninguno de ellos estuvo. Ahora, cuando llegó la época de las vacas gordas y el comunismo se ablandó, entonces entraron Tuñón, Barletta y otros, pero como funcionarios del partido. Y su militancia se redujo a los versos que escribieron."

"—Porque los vientos que corren los obligan a hacerlo. Los de Florida, los martinfierristas, no tenían banderas. Estaban sólo en las corrientes formales, modernas, surrealistas. Macedonio Fernández, Girondo, Borges, Nicolás Olivari, que al principio estuvo con nosotros... Era una cuestión ética: los que estaban detrás de los billetes se fueron pasando a ese grupo. Olivari me lo dijo clarito: Mirá, Elías, si me quedo con ustedes voy a ser pobre toda la vida. Y después anduvo diciendo que lo echamos de Boedo... Y claro, nosotros éramos linotipistas. César Tiempo repartía soda, Barletta trabajaba en el puerto, Mariani era un empleaducho, Roberto Arlt sudaba en un taller de recauchutaje..."

 

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