miércoles, febrero 19, 2020

Fogwill en Filo

2020 puede ser el regreso paulatino de este blog, ¿por qué no?

En 2006, por la reedición de Los pichiciegos a través de Interzona, Fogwill se apersonó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA para conversar con los profesores y estudiantes de la cátedra de Teoría y Análisis Literario, de Jorge Panesi. Entre mis archivos que se van acumulando, byte tras byte, encontré la desgrabación. La charla tiene momentos interesantes y creo que bien vale la lectura recuperarla. Para quien guste, habla Fogwill.



Fogwill en Filo (2006)

Ariel Schettini (AS): Nos encontramos aquí en la inauguración de las Veladas Literarias del Profesor Panesi, y ésta posiblemente sea la única edición.
Jorge Panesi (JP): No; fueron Borges y hoy Fogwill.
AS: Borges y Fogwill, una pareja que da para hablar. Fogwill, te damos la bienvenida a ésta que fue tu casa, porque alguna vez contaste que trabajaste acá, en este edificio...
Fogwill (F): Antes de que fuera un cotolengo.
AS: Pero también trabajaste en el cotolengo mismo. ¿Vos no fuiste profesor de Antropología en esta facultad?
F: De sociología.
AS: Hay un mito acerca de cómo te fuiste de esta facultad: se dice que la carta de renuncia era escandalosa.
F: Todo lo que hice fue escandaloso.
AS: Bien. Pero ése no es el motivo de nuestra reunión. El motivo es hablar de tu obra y del reciente relanzamiento de una novela ya mítica en la historia de la literatura argentina, Los pichiciegos. Alguien dijo que con tu literatura se inauguraba la posibilidad de nombrar marcas en la literatura argentina. Y esta novela, como casi todas las tuyas, está atravesada de referencias a marcas del ámbito del
consumo. Quería saber qué pensás de esa frase.
F: Esa frase se refiere a mis obras anteriores, de los años '76 a '78 -una de ellas sobrevivió, "Muchacha punk". Ahí, sí, yo armaba un universo que era el universo de nuestras conciencias, de las marcas. Después, ese universo se expandió, diez años después, a otros escritores. Y esta presencia de marcas viene de un escritor que a mí no me gusta, pero que fue el primero que mostró la "melodía marca-persona", que es el francés este... ¿Cortázar?
Hay un relato de Cortázar donde los personajes se empiezan a llamar por la marca del auto que manejan: Volkswagen, Renault,· Citroen. y fíjense lo que es la cuestión: él jodió con eso más o menos en el '65, y Ramiro Agulla, 37 años después, hizo el lanzamiento del Megane en base a ese cuento. ¿Se acuerdan de ese comercial? Hay incluso en ese comercial, en una secuencia, un enorme cartel en la ruta que dice "Autopista del sur de Julio Cortázar". Creo que le habrán pagado los derechos a los herederos, o al editor -que después se guarda la guita como todo editor. De ahí viene lo de las marcas -de paso les enseñé algo que el profesor Panesi no enseña en su cátedra: la línea de influencias o el camino que va de Martínez Estrada a Cortázar, y de Cortázar a Fogwill. Porque el parto en el auto es muy parecido al parto en la inundación que está en Martínez Estrada.
AS: Hablando de las líneas en la literatura argentina, otra marca en tus novelas que tiene toda una tradición es la marca de la oralidad. Está esa tradición que es la de tomar mate y decir pavadas, que viene de la gauchesca, y tus novelas están llenas de diálogos que trabajan sobre este eje, o que teatralizan incluso la oralidad.
F: Vos hablabas de la oralidad y de la gauchesca, pero la gauchesca es lo opuesto de la oralidad. Porque hay una serie de requisitos métricos que neutralizan el efecto de lo real. Es un género artificioso, hay un nivel de artificialidad no sólo en el léxico Sino en el ritmo. Mi oralidad es tributaria de lo que intentó ser en poesía el coloquialismo porteño a partir de los '30, y que sigue vigente. Acá hay un profesor que fue uno de los mejores coloquialistas: Eduardo Romano. ¿Lo conocen? Él mete en la poesía frases que surgen como inmediatamente de la calle. Yo me acuerdo de una rubia que olía a "canarios constantes y sonantes". "Canarios" ustedes no saben lo que son; eran los billetes de cinco pesos, que eran amarillos. En fin, mi oralidad está aprendida en la poesía, pero no en la gauchesca.
Igual, yo creo que la oralidad está también en el narrador, no sólo en los diálogos. Yo estaba ayer leyendo un hermoso cuento de Nielsen, el amigo de Piglia, que se llama "El café de los micros". Salió publicado en España. Y yo veía que Nielsen falla en los diálogos. El lenguaje del narrador te mantiene en vilo; sin embargo, cuando quiere dejar de narrar y poner la narración a cargo de los diálogos, los diálogos suenan artificiales. Es la historia de un padre que va con el hijo en un auto viejo por la ruta a la madrugada, cagándose los dos de frío, y el padre quiere que el hijo aproveche el viaje para estudiar el manual de inglés o la tabla del nueve, y el pibe quiere escuchar Hendrix. Y entonces, en este cuento que, por lo demás, es maravilloso, Nielsen falla en narrar con diálogos. Si yo fuera profesor de Letras, con el sueldazo que ustedes tienen, les daría autores que enseñan a narrar con diálogos. ¿Qué autores? Cae la noche tropical, de Puig, es un tratado sobre el tema. Yo no soy un chico culto, no fui a Letras, me recibí de sociólogo, pero no creo que haya alguien que me pueda dar otro ejemplo como el de Puig donde el lector, después de leerlo, tenga el recuerdo de un relato a partir de la lectura de 300 páginas de diálogos. Dos minas hablan, no paran de hablar, y uno va viendo sin embargo el cielo, las estrellas, el anochecer, la gente que va por la vereda. Hay que leer muchas veces eso para no cometer el error que comete Nielsen. "Dijo, levantando la tacita de café y encendiendo un cigarrillo ... ". Todo al mismo tiempo. Eso pasa. Habría que estudiar eso. Y al revés: en un indirecto narrativo, lograr que el recuerdo del lector sea el recuerdo de diálogo. Y hacerla sin meter comillas ni negritas -si no, sería como un artículo de Ñ.
Diego Peller (DP): Siguiendo con el tema de la oralidad, vos recién mencionabas a Puig -que aparece aludido en Los pichiciegos en el personaje de Manuel. Y otro autor...
F: Estaba aludido en el tópico -que a mí ya me repudrió- de contar películas.
DP: Yo te quería preguntar por otro autor. Porque, al releer la novela, pensé en
“Esa mujer”, de Walsh. Eso, a partir de la figura del entrevistador. No sé, quería ver cómo pensás vos esta cuestión.
F: Yo creo que Walsh, si bien tuvo éxito en la oralidad, lo tuvo por ser un gran narrador. No es que se haya propuesto este tema.
DP: Yo pensaba en "Esa mujer" porque está todo armado de diálogos.
F: Es algo que se aprende en el periodismo: falsificar la entrevista. Es una entrevista falsa. Y es un género, donde al final parece mucho más verdadero que las desgrabaciones que hace acá el colega ...
DP: Él después las edita.
F: Ah. Digo, parecen diálogos, pero los diálogos reales no son así, los diálogos reales tienen errores, etc.
DP: En Los pichiciegos, en la escena del "presente" donde están el entrevistador y Quiquito, hay una serie de reflexiones o de referencias a la literatura. Hay una donde Quiquito le dice algo respecto del oficio de escribir -el cual le parece una tarea desagradable. También hay un momento donde Quiquito, refiriéndose a los escritores, le dice "ustedes son como las minas: lo que más les importa es que al otro le guste". Quería preguntarte cómo pensabas vos esa inclusión de pasajes que refieren a la literatura o a la escritura.
F: Quiquito es un personaje que yo, me parece, cargué demasiado. Era más el personaje que es el Pichi de Vivir afuera: un personaje un poquito más artificial, y un poquito más viejo -era yo unos quince años después- que venía como a contar una verdad. En mi imaginario de narrador, lo que yo estaba tratando de narrar era la cabeza de un psicólogo porteño. Había una canalla universitaria, que se llamaba Asociación Psicólogos de Buenos Aires, gente de izquierda, que se plegó a Galtieri, y compareció ante el Comando en Jefe del Ejército el presidente, que se llamaba Abelutto (fonét), y este gordo Abelutto puso la mano de obra de los psicólogos al servicio de las Fuerzas Armadas para reparar el mal que iba a provocar la guerra en los soldados. Igual que Macri, que salió corriendo para Italia a comprar exocets pensando en ganarse una comisión -cada exocet valía 150 mil dólares, y vos pensá cómo son los milicos: les das veinte y se los gastan en un día,."ahora rompo todo"-, estos psicólogos salieron a hacer guita con la guerra. Eso fue en la primera semana de la guerra. Y me indignó tanto que quise poner la escena del psicólogo. Y después, efectivamente, toda la mano de obra psicológica se movilizó con eso, pensando que el tipo que vuelve de la guerra está enfermo. En general, el tipo que vuelve de la guerra es mil veces más sano. Es cierto que hubo muchos suicidios ¬no sé si tantos como dicen; sería una tasa mayor que la que tienen los leucémicos-, pero eso es por la estigmatización que se hizo del excombatiente a partir del momento en que terminó la guerra.
AS: Nosotros estamos justo estudiando teoría de la novela, y estudiamos a Bajtín y a Lukács. Y vos sos un escritor que escribe novelas pero también otros géneros:
sos poeta, cuentista. Nosotros lo vemos desde la perspectiva de la teoría, pero ¿cómo ves vos desde la práctica la diferencia entre géneros?
F: Yo te digo mi experiencia, que no es la práctica. Lo mío es muy simple y lo dije muchas veces. El cuento se escribe al dictado. No hay un solo cuento que no haya escrito al dictado. Yo con el cuento escucho una voz. Esto es así. Después vemos qué será. Me pongo en una posición psicofísica o algo, y aparece un tipo que no soy yo, y habla. Habla. A veces siento que es la voz de Hebe Uhart. Soy maricón pero no me identifico ni con Dietrich ni con Callas ni con Hayworth. Es la voz de Hebe Uhart. La filtro con Silvina Ocampo, y con Victoria -a Victoria nunca le sentí la voz, a Silvina sí. Y aparece la voz, entonces, y sale el cuento. Al dictado. A diferencia de eso, la novela se construye. Es casi redactada. A pesar de que, si la novela es buena, da lugar para que, si uno en ese momento está con la vena poética, saque la voz ésa. O cualquier otra cosa, y que eso pueda caber en la novela. Pero la novela es construcción. Lógico-matemática. En Vivir afuera, por ejemplo, cada párrafo está determinado por su contraste métrico con el párrafo anterior. Mi pelea con Sudamericana fue porque yo había diagramado el libro para un tamaño que ellos me habían dicho que le iban a dar al libro, y después, para ahorrar no sé cuántas páginas, le cambiaron el formato, y todos los saltos de página cayeron donde no tenían que caer. La diferencia es ésa: la novela se construye. No sé qué puede pasar con una novela 100% construida; seguramente, si yo lo hiciera y estuviera tan bien construida, quizás el lector deploraría algo. "Tomás Eloy Martínez ha perdido su vena lírica", dirían. Eso en cuanto a la relación cuento/novela. Nada que ver con la poesía, porque en la poesía no hay ningún interés en comunicar. Para mí. El poema se escribe siguiendo una música, y la gracia está en ver si uno acertó con la música adecuada para lo que está poniendo. Eso lo logran los poetas músicos, o también los músicos poetas -que hay cada vez menos, queda Caetano Veloso y no sé quién más.
Fermín Rodríguez (FR): En Los pichiciegos hay toda una cuestión que tiene que ver con la velocidad: velocidad de la prosa, velocidad de los acontecimientos que hay que registrar, hay una fuerza que tiene que ver con la hazaña de narrar casi en tiempo real. ¿Cómo se relaciona la velocidad con la cuestión de la forma?
F: Para mí, es así. Hablemos del deporte. Un entrenador del equipo olímpico soviético se pasó a los Estados Unidos y fue el entrenador del equipo olímpico de yatch norteamericano. Y escribió una especie de ensayo. Las regatas que compiten dependen de dos cosas: del estado atlético y mental del deportista, pero también del estado del barco. Como en las Olimpíadas todos los barcos son iguales, ahí es el estado del deportista, no la calidad del barco sino el armado del barco en el momento, la puesta a punto. Entonces este tipo tipificó a tres clases de deportistas. Unos serían los cautos: los tipos que llegan al embarcadero cuatro horas antes de la carrera, y arman todo y revisan todo. Los puntuales: los que llegan dos horas, y controlan y salen un ratito a navegar. Y los despistados o los enquilombados, que llegan a último momento. Y el tipo hizo una estadística y dijo: los que ganan son los cautos o los enquilombados, los puntuales siempre pierden.
La explicación para la moda de la psicología de ese momento era evidentemente algo así: el tipo que llega tarde quiere drogarse con la adrenalina del estrés, que no es la misma adrenalina de la fuerza ni del entrenamiento. La confusión mental lleva a que funcionen mucho más los mecanismos automáticos. Y el automatismo genera intuición. Si uno está muy apurado, pone más fácilmente en funcionamiento los mecanismos automáticos. Si vos me das un libro cualquiera, yo sé qué libro está escrito con tranquilidad y qué libro está escrito con apuro, y quién escribe con cálculo. Y yo prefiero los libros escritos o con cálculo o con apuro, pero no a medio camino.
FR: Hay en la novela una zona donde se habla de lo que calienta a los personajes. A un personaje lo calienta el canje, la economía; a otro la escritura ...
F: La calentura ya está en un cuento anterior que no sé por qué no gusta -a mí me gusta mucho- que se llama "Música". Ahí no me puse en la voz de Hebe Uhart; ahí me puse en la voz de mis compañeros de cárcel, los chorros comunes. Los chorros de aquella época. Y ahí había alguien que decía a cada rato que no sé qué cosa lo calentaba. Ya viene de esa época, del '75. Me acuerdo que una vez me regalaron una remera que decía en francés algo así corno "nada en la vida está hecho sin pasión" y abajo "Hegel". Yo al que me la regaló le agradecí y le dije "sí, pero Hegel escribía en alemán". Pero es eso, ¿no? Por eso me gustan los comerciantes, los guerreros y los chorros.
FR: En tus novelas escritas en el contexto del menemismo hay también pasiones. ¿Hay una diferencia entre esas pasiones y las de novelas anteriores?
F: En La experiencia sensible hay un personaje que aparentemente es un pelotudo, no me acuerdo si se llamaba Romano. Su pasión es fingir sabiduría sefaradí. Piensa en frases árabes que hablaban sus abuelos. Y es una pasión, sí. Para mí, es mucho más interesante ese Romano que, por ejemplo, Rímini [el protagonista de El pasado de Pauls]. A pesar de que Rímini se pajea con pasión en los primeros capítulos. Y que tiene otras dos escenas de pasión además de pajearse: la escena del parto del hijo y la escena cuando el padre le regala un sweater. Prefiero a Romano que a Rímini. Claro que en esa novela mía está la minita que tiene pasiones más grossas: cojerse a un negro. ¡Qué pasión cojerse a un negro...! C'est moi...
Después, en Vivir afuera, la pasión del Pichi por matar a los británicos, a los que trafican cocaína, a los que están en la especulación inmobiliaria... Es todo pasión.
AS: Hablando de la pasión, vos sos sociólogo y trabajaste mucho tiempo como publicista...
F: Trabajo.
AS: Te quería preguntar cuál es la relación de la teoría con lo que escribís. Sobre todo te lo pregunto a partir de Runa y Restos diurnos y otros textos donde aparece la sociología. ¿Qué relación tenés con la teoría? ¿Te olvidaste todo? ¿Te interesa?
F: La teoría está en todo. Yo en un momento dejé de vender mercadería teórica, y en ese momento tuve un satori. Ahora que no tengo que llenar currículums y hacer un montón de pelotudeces, ¿por qué diablos tengo que creer en todo eso? Yo venía leyendo críticamente a un sociólogo fundador de la sociología científica en Argentina, Gino Germani. Él y su discípulo putativo, Torcuato Di Tella, y otros que lo siguieron. Lo que tenían en común estos tipos para mí era que se formaron con textos en inglés, con muchas dificultades -no había otra manera. Se formaron con el Appleton en la mano derecha y el librito de sociología en la izquierda. Y, en el esfuerzo intelectual de leer en inglés, no siempre se capta la sensibilidad del autor, la métrica del autor. Si vos no leés bien la lengua de Wrigth Mills, no lo entendés. Sobre todo el inglés, que tiene sus idioms y todo eso. Con el alemán no pasa; cualquier idiota que hizo sus cursos tiene una buena lectura del alemán, como con el griego. Y, como el de las ciencias sociales es un discurso ideológico, las connotaciones son muy importantes. Y las connotaciones las, captás si conocés bien la lengua, ¿no?
Entonces yo había desarrollado la, teoría de que estos tipos se comían todos los
buzones y aplicaban esos buzones al peronismo. Tenían en común eso: leer en una lengua ajena de la cual todos ellos ignoraban el uso connotativo. Lo mismo con los lacanianos argentinos en relación con el francés. Alguna vez me peleé con los lacanianos argentinos; ahora los miro con pena.
¿Te respondí? No, te respondo ahora. Cuando yo dejé de vender mercadería de este tipo, decidí que no tenía por qué tener una opinión formada. Leía un libo de sociología si me daba placer, y nada más. Y pensaba en descubrir cómo hizo trampa el autor en cuestión, en nada más. Porque ya no necesitaba vender un paper que fuera ajustado en la verdad -me cago en la verdad. Entonces, ahora voy a la teoría cuando la puedo poner a mi servicio. Es lo que hice con Runa.
AS: De todos modos, y para terminar de preguntarte sobre el tema, en el interior de tus textos hay reflexiones teóricas, literarias. "Muchacha punk" es una reflexión sobre la relación entre narrador y personaje. Y los cuentos de Muchacha punk están muy pensados en relación con cierta teoría de la década de los '70. Hay muchos relatos tuyos donde la reflexión teórica aparece corno una parte estructural de los textos.
F: Todo lo que yo narré ahí viene de veinte años en el café La Paz hablando de cualquier cosa. Yo no iba a narrar "un día en el café conocí a tal mina y me la regarché". No. Es "un día el Sr González, que se casó con Tal que era profesora de tal cosa, me presentó a su mujer"... y recién aparece el garche. Es un arte. Y era una mesa donde se sentaba el mejor narrador argentino de la época, Miguel Briante -que era no sé si el mejor escritor pero el que mejor narraba. Y estaba Lamborghini, estaba Germán García -todavía no se había lacanallizado totalmente¬ y venía todo el mundo. Pero de ninguna manera empecé un cuento con un propósito teórico. Yo nunca supe, con los cuentos que escribí, qué iba a pasar en la segunda página -del final, ni hablemos. Hay cierta veracidad narrativa que está en el hecho de que todo se inventa a partir de la primera frase. Yo no agrego acontecimientos al servicio de una finalidad; no tengo ninguna finalidad.
DP: Siguiendo con este tema pero desde otra perspectiva, te pregunto por las contratapas. Vos escribís las contratapas de tus libros, incluso hacés referencia a otros autores, como Beatriz Sarlo en este caso, para polemizar. Tradicionalmente, la contratapa es un lugar desde donde habla o el editor o un crítico o un colega; sin embargo, vos hablás desde ahí también.
F: Yo no puedo dejar en manos de un empleado la calificación de la mercadería que yo trafico. Si a mí en la puta vida Borges me pidió que le hiciese una solapa, ¿por qué le vaya pedir a alguien? Si Borges me lo hubiese pedido, lo habría aceptado aunque escribiera una porquería'. Pero mis alternativas actuales son... Luis Chitarroni, no. No porque le gusta cada porquería que, si le gustó mi libro, me retiro.
AS: Carapálida es una buena novela.
F: Puede ser mejor que una novela mía, o que todas, pero para mí es una mierda. Ojalá yo supiese 5% de 10 que Chitarroni sabe de literatura inglesa. Pero no sabe elegir autores ni sabe manejarse en la vida. No sabe redactar. Traeme diez contratapas de él. Entonces, yo le daría la contratapa a un editor si existiera algún editor en este momento que califique por sus gustos literarios. Pero no hay. Por ahí lo hubo en ensayo; estoy pensando en el caso de Aricó. Sí lo hubo en poesía, y yo fui un caso… (risas). Claro, es la teoría de Muleiro. Muleiro dice que yo soy un ególatra. Y sí... si yo soy yo, ¿a quién voy a agarrar?
AS: Sin embargo te interesa mucho la crítica.
F: Me interesa como me interesa la publicidad, porque son epifenómenos de la realidad. Yo no leo Ñ para formarme una opinión sobre la obra de Eloy Martínez, yo ya sé lo que voy a pensar de Eloy Martínez antes de abrir el libro. O de Brizuela, o de Gamerro. Yo tengo una técnica de descarte, que es cada vez más capciosa y cada vez más eficaz para mi vida. Es la aplicación a la literatura del principio de inducción en matemáticas. El principio dice así: si 0 tiene una propiedad, si 1 tiene esa misma propiedad, y si, tomando un número cualquiera, el siguiente de la serie de números naturales tiene la misma propiedad, todos los números la tienen. Yo tomo la primera página y veo cómo empieza el proyecto. Luego le pregunto al que me trajo o me recomendó el libro "¿qué día naciste?" Pongámosle que el tipo me dice 15 de febrero. 152. Voy a la página 152. Después voy a la última página. Y después le digo al que me recomendó el libro: "mirá, en el principio, en el final y en tu cumpleaños este tipo hizo tales y tales cagadas".
FR: (A los estudiantes) Vayan pensando preguntas. Mientras tanto yo te pregunto por cierta lógica subterránea en la novela Los pichiciegos, cierta economía que está tematizada y que está en la productividad misma del texto. Esto en relación con lo que te preguntaba Diego sobre las contratapas, que vos no dejás en manos de cualquiera. ¿Cómo es tu economía dentro de la economía literaria? ¿Sos un pichiciego?
F: Yo ni el currículum dejo en manos de estos tipos, porque te lo destrozan. Por ejemplo, leí hace poquito una contratapa a un libro de un gran poeta chileno, Gonzalo Millán. La contratapa decía "tiene un Máster en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Alberta, Canadá". "Tiene un máster...". No se puede poner eso. ¿Qué es eso de "tener un máster"? Yo, cuando era editor, puse la frase "es autor de las colecciones de poemas... " y a los dos años había cinco editoriales de poesía que me habían plagiado la frase. Es difícil esto de cómo llamar a un libro de poemas. Y ese "tener”, "tiene un poemario", "tiene un máster"... mejor ni hablar. Miren ustedes las solapas de sus libros de Mondadori, de Anagrama, y van a ver lo mal que escriben. Ni hablar si leen Ñ.
FR: Lo interesante de ese recelo tuyo es que no surge de una defensa de algo así como la autonomía de lo literario, o cierta idealidad de lo literario, sino que, por lo contrario, vas de frente a la relación entre literatura y mercado.
F: Yo diría que sí hay una idealidad, y una idealidad de cuño medio borgiano, consecuencia de alguien que alguna vez se tomó en serio los desvaríos de Borges. Yo tengo dos frases. Yo tendría que pasar a la historia de la literatura por esas dos frases. Una es "escribir es pensar". La otra, "escribo para no ser escrito". Son dos slogans, que me funcionaron muy bien; hoy ya los fotocopian. Y la idealidad es la siguiente. Yo tengo un gusto literario, caprichoso. Para mí los grandes fueron César Vallejo, Cervantes, Proust, San Juan de la Cruz -una vez me propuse estudiarme de memoria el "Cántico espiritual" y casi lo consigo-, Santa Teresa, Góngora, Quevedo, Borges, y poca cosa más. Y los tipos estos, en lo que escribe, en la correspondencia, en los prólogos dan obras maestras de la persuasión. Olvidémonos de si el Quijote revolucionó la novela, olvidémonos de todo eso y leamos los prólogos como obras maestras de la persuasión. Esto me viene también de mi formación publicitaria, donde yo estoy seguro que lo bien escrito vende. La idealidad mía es que... yo a veces tengo que darles cursos a ejecutivos, y un buen poema les puede mostrar a ellos, en la elección de una rima o de un cambio métrico o de una coloratura, las cagadas que ellos hacen en su cotidianeidad cuando compran tal servicio o cuando inventan tal marca, etc., que son decisiones que ellos tienen que tomar todos los días. La literatura bien hecha es un ejemplo de cosa bien hecha. Últimamente se habla mucho del mal, y yo siempre defino el mal como el conjunto de las cosas mal hechas. Ignoro la pintura, jamás compré un libro de arte, pero tal vez lo mismo se podría aprender de un cuadro. De la literatura, seguro se puede aprender por qué tal cosa está bien hecha. Yo soy un convencido de eso.
DP: ¿Cómo pensás la reedición de Los pichiciegos hoy?
F: Me vino muy bien, me dieron la guita, nada más. Yo qué sé... Si el libro funciona y no está reeditado, va a estar en la web tarde o temprano, alguien lo va a piratear.
DP: Hice el esfuerzo el otro día de ver Iluminados por el fuego. La música es de León Gieco, y vos hablabas de León Gieco...
F: Es que lo hacen contra mí, para indignarme. ¿Qué es el mal? El mal es decir "sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente". Pero, pelotudo, si la guerra te resultara indiferente no se lo pedirías a Dios. ¿Quién se va a tomar el trabajo de ir a pedirle a Dios eso? Ahora, ojo, por algo los milicos lo utilizaron como cortina a Gieco, porque la ideología del pacifismo de Gieco se prestaba, se prestaba el menú de sus canciones -no sus letras, porque Gieco nunca hizo una letra. Fíjense en ese cubano pésimo, ¿cómo se llama?...
Alumno: ¿Silvio Rodríguez?
F: Ése. En un país donde el 80% de la población es negra pero el 85% de la dirigencia es blanca, ese pelotudo canta "amo a una mujer clara". Que se vaya a la puta que lo parió. Ésos iban bien con Galtieri. Y todos los psicobolches fueron galtieristas, yo los vi a todos con la banderita. Menos Schettini que era chiquitito...
Che, la chica del escote se fue. A ver quién tiene una pregunta piola, así las otras chicas no se van.
Alumno: Por ahí lo que entendí de cómo escribió Los pichiciegos tiene que ver con esa necesidad de ponerlo en un momento que es ahora, es ya.
F: Yo llegué tarde a todo, hasta a la chica del escote -sí, se fue. Y correr contra reloj era un método. Nunca algo escrito rápido me salió peor que algo escrito lento. Yo en esa época tenía tres mecanógrafas, por mi trabajo. Una buena mecanógrafa produce 17 páginas por hora, esas páginas de 47 x 33, que es el tamaño en que a mí me gusta leer los libros. Eso libros de 60 tipos por 40 líneas me resultan difíciles, pero no por el largo sino por el movimiento de los ojos en la línea. A mí me gusta captar la línea sin mover demasiado los ojos. Entonces, una 20 páginas por hora, la mecanógrafa. Yo soy muy mal mecanógrafo. Si yo fuera un buen mecanógrafo, podría en diez horas terminar una novela. La voz interior, la que cuenta el cuento, va a una velocidad de 50 páginas por hora o más; es más rápida que la lectura en voz alta.
Entonces, la velocidad es un método, un ejercicio como muchos otros. Yo hice mil ejercicios para provocar la escritura. Yo pude escribir literatura recién cuando se inventó la bochita. Con las máquinas de escribir mecánicas no puede escribir nunca. y con las máquinas de escribir eléctricas me costaba mucho escribir. En cuanto tuve una máquina con bochita, pude escribir -en el '77 llegaron acá las IBM. Y cuando salió una máquina con bochita portátil escribí "Mis muertos punk", en un mes y medio en Punta del Este -estaba al pedo y absolutamente oxigenado, sin droga; a las nueve de la noche se iban todos a dormir y empezaban las puteadas por el ruido que hacía esa máquina, que dentro de un barco se expandía más. Pero la máquina no temblaba, no se sacudía, y eso para mí era fundamental.
Alumna: Usted habla de cierta escritura automática, pero en los autores que usted mencionó como modelos -Cervantes, por ejemplo- no hay nada de ese automatismo...
F: ¡¿Cómo?! El Quijote es clarísimo una escritura automática. El "Cántico espiritual" está dictado por forma de la lira y nada más, es puro automatismo. Si vos me das la primera, yo hago el resto -mal, pero lo hago. Es todo automático.
Alumna: En el momento de escribir, en mi caso funciona una especie de autocensura permanente. Quería saber qué pasa cuando uno es un escritor profesional.
F: ¿Te autocensurás? Yo, al revés: tengo autovergüenza de mi trivialidad. No sé... yo empecé a escribir después de 17 o 18 años de psicoanálisis, y ya en la primera sesión escandalicé a mi analista, así que imagínate. Mi último analista quería ser escritor, es autor de teatro, y era también analista del gordo Soriano y de Rabanal. No sé, si te autocensurás hay que ir al psicoanalista, o andate un año con los monjes, voto de silencio...
Alumna: Yo ya hago psicoanálisis, pero ...
F: ¿Probaste con Wellapon? ¿Te soltaste el pelo? (risas y aplausos)
Yo ya perdí la vergüenza. ¿Cuándo la perdí? La perdí cuando dejé de publicar. En el '83 decidí dejar de publicar por cinco años, y no publiqué más por unos cuantos años. Fue un repudio personal a la "primavera cultural". Y desde ahí ya no tuve más vergüenza de nada. Tengo un: libro, que lo van a leer el año que viene, que se llama Gente muy fea, y a veces aparecen cartas a la prensa, por ejemplo una carta que yo mandé a Clarín -y que apareció- de lector indignado por la mierda de los perros en mi barrio. Es en serio. Si yo soy un ciudadano... Es así, te va a pasar con la edad, cuando pases toda la vergüenza de este mundo -y peor vergüenza que ser pobre no hay.
Alumna: ¿A mi edad eras como yo?
F: Peor que vos, en serio. Eso se lo digo a todos los poetas jóvenes, "yo a tu edad escribía peor que vos". Y o tengo un libro escrito que se llamaba Señales de vida, escrito antes de que Neruda usase ese nombre; si te muestro ese libro, vas a ver que te van a dar ganas de escribir (risas). Vas a ver. Pero tenés que venir a casa a buscarlo (aplausos).
Alumno: En un pasaje de Los pichiciegos citás una frase de Perón que dice "se puede decir una mentira pero no se puede hacer una mentira".
F: En realidad es de Wittgenstein, pero la dijo Perón también. Es buena, eh. ¿Saben ustedes cuál era el seudónimo de Perón para escribir en los diarios? Descartes. ¿Y saben por qué? Porque Descartes firmaba sus cartas con el apellido de su madre, que era Perón.
Alumno: ¿Cuál sería la diferencia entre decir una mentira y hacer una mentira?
F: Buena pregunta. En la ciencia, ninguna. ¿Por qué las ciencias sociales no pueden ser ciencias? Las ciencias auténticas observan propiedades que se prueban. Si yo digo que la materia del universo tiene fuerzas gravitatorias y que la luz, que es nuestra única medida, es sensible a las fuerzas gravitatorias, con esto estoy diciendo que lo puedo probar. Efectivamente, las estrellas cercanas distorsionan o tuercen la posición de las estrellas lejanas por efecto de la luz. Eso se probó, y chau. Una ciencia es un saber que formula proposiciones que se pueden probar en lo real. En cambio, las ciencias sociales, y la teoría literaria entre ellas, son disciplinas cuyos enunciados no se pueden probar en lo real, sino que se pueden realizar. Si yo tengo una teoría diciendo que los judíos son malos no la voy a demostrar nunca, pero la puedo realizar.
Alumna: O que las judías son todas putas.
F: Ésa la puedo realizar, sí.
AS: Cuando yo te conocí, te fui a hacer un reportaje y me presenté como estudiante de Letras, a lo cual vos respondiste "¡qué pelotudo!". Después, tu argumento fue el siguiente: "Sólo los de Filosofía entienden que la carrera de Filosofía no tiene objeto; en cambio, los de Letras viven engañados con la idea de un objeto". ¿Seguís afirmando eso?
F: Sí. Yo creo que hay un objeto, de todos modos. El deseo de estudiar Letras tiene que ver con la existencia de una partida presupuestaria en algún lugar del Estado que dice "esto es para gastar en la carrera de Letras". O sea: algo hay ahí, una meta, aunque no se cuál es, si preservar el lenguaje o si contener a un montón de jóvenes que de otro modo caerían en la droga, la subversión y el piqueteo, o si mantener a la FUBA, no sé. O si catapultar a la Beatriz Sarlo. Hay una polémica ahora en el diario El Mercurio de Chile que la pueden seguir por internet, y un periodista dice así: "¿quién es Fogwill? Si Caparrós y Beatriz Sarlo ya se manifestaron a favor de Diamela Eltit como Premio Nacional de Literatura, ¿quién es Fogwill para decir lo contrario?", A mí me mandaron una carta para que vote a esa mina, que es espantosa como escritora, y yo escribí lo que yo pensaba, y se armó un quilombo hasta hoy, acusándome además de publicista, diciendo "Fogwill, el publicista", como si ellos fueran escritores que viven de ... Ellos son marxistas que viven de Finisterre, una universidad que es propiedad de la organización Los Legionarios de Cristo, una secta de la derecha del Opus Dei -se fueron del Opus porque les parecían medio zurdos (risas). Entonces, el argumento mío, mi respuesta en El Mercurio -que no me tocaron nada, son muy respetuosos- fue: doy fe que Piglia, Aira y Tabarovsky son escritores argentinos que están atentos a la literatura chilena y la conocen, pero me consta que Caparrós y Sarlo ignoran la obra de los seis competidores de Eltit para el premio, algunos de los cuales son excelentes poetas que a Eltit la dan vuelta.
FR: ¿Hay alguna pregunta más?
F: Hagan alguna pregunta de tipo de las que hace Martín Kohan: "usted, cuando salía con Ursula Andrews... " o "usted, cuando ganó el Premio... "
Alumno: ¿Podés contar alguna de tus anécdotas con Borges?
F: Bueno, ahora me acuerdo de una vez que Pezzoni [titular de Teoría y Análisis Literario en los '80] me dice que para Borges yo era el escritor que más sabe de autos y de cigarrillos. Entonces yo dije "¡qué bárbaro!" y Pezzoni me dice "boludo, ¿no te diste cuenta que cuando Borges dice 'es el hombre que más sabe' está diciendo que no sos un escritor?".
Otra es cuando Pezzoni le leyó un cuento mío, "Sobre el arte de la novela", y Borges definió mi literatura como una literatura que domina el arte de la elipsis. Y lo que pasaba es que a Pezzoni le daba vergüenza leer las partes cuando el tipo cojía (risas). Después pasó que, por un fallo en un concurso, tuvieron que volver a leer ese cuento a Borges, y en ese momento se lo leyó esta mina...
AS: ¿Matilde Sánchez?
F: No, la Matilde Sánchez de la época, Josefina Delgado. Y se lo leyó con la misma operación de Pezzoni: salteando los polvos. Los polvos y los deseos del narrador contagiados al personaje. Entonces, definitivamente yo dominaba el arte de la elipsis. Pero es todo lo que dijo Borges de mí.
Alumna: Contá cómo se te ocurrió hacer los chistes de Bazooka.
F: Porque me pagaban, claro.
Alumna: Pero antes de esos chistes de Bazooka, ¿había otros parecidos?
F: Por supuesto. Es un género norteamericano de los '30. La marca Bazooka en los Estados Unidos se lanzó en el '40 para consumo de los soldados. Los chicles tenían forma de cartucho de escopeta; venían en un cartón que se sacaba y se comía. Los soldados usaban chicles para matar el hambre, para producir saliva, para descargar motricidades. Cuando terminó la guerra, todos los soldados siguieron mascando chicles. Entonces, una empresa Harrods comenzó a importar esos chicles, que valían una fortuna. Yo me hice adicto. Pero un señor más inteligente que yo, en vez de hacerse adicto, los quiso fabricar. Se llamaba Stanislavski, fabrica caramelos, tenía una empresa Stani. y tuvo dos ideas: voy a fabricar chicles en Argentina, voy a robarle la marca a los norteamericanos. Gobernaba Perón. Y lanzó Bazooka en el '51. Cuando viene la democracia de los '80, un señor de la empresa Tops que era dueña de Bazooka descubra que Bazooka existía en Argentina y que además le invadía sus propios mercados, porque se exportaba de acá a México por ejemplo. Entonces Tops le inició juicio a Stani, un juicio que duró como diez años. Terminado el juicio, llegaron a un acuerdo: le quedó la marca Bazooka para Stani pero sólo dentro de Argentina -no podía exportarlos, para eso creó la marca Jirafa. y además el acuerdo incluía aceptar los patrones de producción de la marca original. Entre esos patrones, hay una norma elaborada por el fundador de la marca, que es cambiar las planchas cada dos años. Las planchas son unas bobinas de papel donde están impresos un montón de chistes y un montón de horóscopos; se supone que a lo largo de dos años, todos los consumidores van a haber leído los más o menos 700 chistes que entran en las planchas -eso es un cálculo hecho en Estados Unidos.
Entonces, cada dos años Stani -ahora Cadbury' s- tiene que cambiar las matrices. Y a mí, que laburaba en publicidad para ellos, me dijeron che, loco, vos que escribís versos, ¿no querés escribirte unos chistes?". Les dije dejame pensarlo". Cuando pregunté cuánto pagaban, me dijeron 50 dólares por chiste y 30 por horóscopo. Yo me senté en la máquina de escribir a bolita y empecé. Y salieron 7 chistes. De los 7, les gustaron 5. Escribí 10 horóscopos, les gustaron 8. Firmé el acuerdo.
Al día siguiente, escribí 3 chistes. Al otro día, escribí uno. Y NO SE ME VOLVIÓ A OCURRIR UN CHISTE MÁS. Me volví loco. Entonces, conocí a un chico, Pablo, uno de los Vergara que en ese entonces hacían graffitis en las calles. Durante el Proceso, ver esos graffitis era una cosa conmovedora. Entonces, lo llamé a Pablito sabiendo que él era un genio. Y, efectivamente, el primer día me trajo 7 chistes, el segundo me trajo 3, después uno, y después me dice "no se me ocurre nada". Faltaban 120 chistes por lo menos. Entonces se me ocurre algo: vamos a buscar los números de la revista Selecciones de los años '40 Y '50 Y sacamos chistes de ahí. Pablo me dice: "tengo algo mejor: Condorito". Y nos encerramos dos días con Condorito y fuimos mita y mita.
Y después estaban los horóscopos, que tampoco era fácil.
Igual, yo llegué a inventar el mejor horóscopo de la historia: "Este horóscopo siempre se cumple".

Versión: Cristian Dé

miércoles, octubre 16, 2019

Una cruz para Marcelo Fox


Este es el cierre de la trilogía de ensayos sobre el escritor oculto, maldito, olvidado Marcelo Fox para la revista Invisibles. Para el final, me dejó fascinar por el segundo libro de Fox, Señal de fuego, publicado en 1968, una aerolito caído en la literatura argentina que nadie parece haber leído o visto. Y sin embargo... Pueden leer el ensayo completo acá.

sábado, agosto 31, 2019

Osvaldo Lamborghini en La hipotenusa

Hace tiempo que no actualizo este blog. Mis espacios de participación cultural se han ido concentrando en la revista Invisibles y en el instagram de este blog @golosinacanibal donde subo citas, fotos, curiosidades y algunas reseñas fugaces a partir de las lecturas que llevo en la actualidad.
 
Este espacio, este blog que tantas alegrías me dio y me da, permanecerá lo que tenga que permanecer y, por ende, los invito a revisar algunas de las cosas que estuve haciendo en los otros espacios mencionados. 

Además de los artículos sobre Laiseca y sobre Marcelo Fox, en el anteúltimo número de Invisibles, recuperamos relatos no recopilados con anterioridad de Osvaldo Lamborghini. Las particularidades de estos son varias: por un lado, son anteriores a El fiord (aunque probablemente fueran contemporáneos a la escritura del mismo, habría que revisar la biografía de Strafacce para comprobarlo); por otro lado, fueron publicados en una revista de humor olvidada pero no por eso menos importante en la que también participaron Paco Urondo, Rodolfo Walsh, Copi y el mismo Fox, entre otros llamada La hipotenusa; y por último, porque tienen unos rastros de patafísica, de influencia cortazariana y, a su vez, algunas anticipaciones lamborghineanas que bien valen la pena recuperar. 

Vayan y lean, pues, relatos inéditos de humor de Osvaldo Lamborghini. Dejo algunas imágenes mal sacadas de las que recuperé los textos (un poco el making of...):




domingo, abril 14, 2019

Marcelo Fox, lector de Lautréamont


En Invitación a la masacre, cada narración se presenta en primera persona singular: un hombre se confiesa frente a otras personas. ¿Qué confiesa? Ideologías y creencias, crímenes y delirios, revoluciones y traiciones.
Para leer el artículo completo sobre el libro maldito de Marcelo Fox, seguí por acá.

miércoles, enero 02, 2019

Marcelo Fox, un muerto punk


Para leer el ensayo completo sobre Marcelo Fox, autor de Invitación a la masacre, pueden pasar por el número 24 de la Revista Invisibles. Es el primer texto de una serie sobre el enigmático Fox, su vida, su literatura.

sábado, septiembre 22, 2018

Néstor Sánchez, el tío Ismael y el humor negro

En 1977, Néstor Sánchez y Dolores Sierra antologan y prologan la recopilación Cuentos de humor negro. Libro negro del humor de antología. Poco sé sobre esta antología, sobre Dolores Sierra, quien también tradujo junto a Sánchez algunos libros, y sobre la editorial que la publicó Diexa SRL, que pareciera más una empresa de comercialización de cosas que una empresa de libros. En todo caso, entre los antologados y antologadas, aparecen Boris Vian, Lewis Carroll, Leonora Carrington y Jacques Vaché, entre otros. El libro cuenta con dos prólogos, uno al principio firmado de Sierra y otro en el medio de la selección, firmado por Sánchez. El texto del autor de Siberia blues, que reproduzco más abajo, arranca con una carta de Vaché a André Bretón, una de sus famosas misivas sobre el umor (en estas páginas, traducido como umour). Ya en otro ensayo Néstor Sánchez se había interesado por este modo de percibir la realidad entre el humor negro y el aburrimiento, "El umor de la resistencia absoluta". En este caso, este prólogo, casi un relato inédito, nos presenta la estrafalaria historia del tío Ismael. Pasen y lean.


Prólogo a Cuentos de humor negro (Néstor Sánchez)

JACQUES VACHÉ

Carta a André Bretón, del 29 de abril de 1917

“¡Y luego usted me pide una definición del umour —así nomás!—

ESTÁ EN LA ESENCIA DE LOS SÍMBOLOS EL SER SIMBÓLICOS

me ha parecido durante mucho tiempo digna de serlo en tanto es susceptible de contener una multitud de cosas vivas: EJEMPLO: usted sabe la horrible vida del despertador matutino —es un monstruo que siempre me ha espantado a causa que la cantidad de cosas que sus ojos proyectan, y la manera como ese buen hombre me clava la vista cuando penetro una habitación — ¿por qué entonces tiene tanto umour, pero por qué? Pero atención: es así y no de otra manera — Hay mucho de formidable UBICO también en el umour — como usted verá. Pero esto naturalmente no es — definitivo y el umour deriva demasiado de una sensación como para no ser muy difícilmente expresable —
Yo creo que es”.

Un par de años antes de su suicidio en la piecita de la azotea de Villa Urquiza, mi tío Ismael consiguió que una descendiente de franceses —algo avanzada en edad, viuda, y con un hijo semi-paralítico— le tradujera algunos párrafos de las cartas que un casi aristócrata de París supuestamente homosexual y loco, enviara al futuro jefe surrealista André Bretón —por entonces casi doctor en medicina— desde su estada en el frente de batalla durante la primera guerra mundial.
Jacques Vaché —el soldado loco en versión titubeante— alteró las inclinaciones literarias que Ismael practicara día tras día a partir de aquella inmersión en lo esencial durante una imaginaria bajo las estrellas de Esquel. Poco tiempo más tarde, con un Larousse propio y el recobrado entusiasmo de principiante, mi tío se incluyó por sus propios medios en la magra lista de los que en la Argentina cultivaban la imposible noción de humor negro, término acuñado por el propio destinatario de las cartas una vez que decidió abandonar la medicina. Y la vida de Ismael cambió casi por completo, mejor dicho se inició su gran ciclo de crisis caracterizado por profundas dudas sobre el porvenir del humor a secas, lo negro esqueliano y, por extensión, el aburrimiento universal.
“Llamar negro a cualquier forma de humor, puede convertirse en una solemnidad tipo surrealista”, lo mismo se permitió reflexionar una tarde, antes de darme la espalda y de no permitir que le arrancara una sola palabra aclaratoria. Volví al día siguiente, preocupado por la aparente indiferencia de Ismael hacia los grandes escritores de todos los tiempos. Desde la puerta le grité que especificara y él siguió como si tal cosa sobre un texto de Macedonio Fernández; mucho después, dijo: “Macedonio no estuvo nunca loco y tocaba la guitarra: hace violeta”. Entonces se trepó de un salto al ropero para buscar entre sus papeles y desde allí arriba aclaró: “la patafisica salvará a Nadja de la magia negra”.
En realidad, yo siempre había conservado alguna tímida sospecha respecto a un flanco misógino de Ismael (hermano entero de mi madre), y a cierta tendencia suya un tanto quejosa-testimonial sobre la estupidez humana y todas las otras estupideces. Acto seguido saltó desde el ropero sobre la única silla mientras ojeaba un libro sin tapas que se abstuvo de leerme. Fumó; dijo que Vaché, con unas pocas cartas tartamudas, no sólo estaba en el centro de todo sino que le había confirmado el aburrimiento secreto desde Esquel hasta la fecha; o sea más de diez años —aclaró— embargado por la profundidad entre la ropa tendida de la azotea. De repente exclamó: “en todo caso Inglaterra hace marrón, pero también son pocos y resulta preferible”.
Le restarían unos ocho meses de vida cuando empezó a recurrir a la tiza para polemizar sobre la pared de la izquierda —en relación al que entraba. La tarde en que me releyó el prólogo de Gargantúa y Pantagruel cortado por pausas enormes, en una de las pausas aseguró que Alfred Jarry había leído eso como texto obligatorio en el colegio secundario, que el equívoco no tenía límites. Después divagó (era su única preocupación en esos dos últimos años), que toda negritura alemana, por escasa que sea, es celeste si se piensa en el almidón ario, Emmanuel, la mitología escandinava, Caligari contra Max Linder. “Dame una definición de humor negro, Ismael”, fue lo único que grité. Pareció negarse el tiísimo pero, tiza en mano, escribió apresuradamente en su pared: cuando Gérard de Nerval —simbolista y loco— se ahorcó en la verja, a la intemperie, vestía el frac color verde, era triste y profundo como es prodigio Ducasse pero, por fortuna, lo aburría casi toda la literatura. Entonces siguió, incon-gruente y bastante exaltado, que siglos después un Tzara todavía sin empleo estable en el humanismo, desopilante y también irritado, les propondría a los muchachos del espía Aragón una risa más franca, aunque con el mismo frac.
Ismael, a medida que avanzaba su decisión de suicidarse, se hizo cada vez más elíptico y desconfiado; en la mitad del invierno —su último—, escribió sobre la pared de la izquierda algunas frases hechas por el estilo de la siguiente: se me salvan algunos pocos nombres; los tipos —y ellas— serán mejor que como escriben: la alegría está en otra parte.
La tarde de domingo en que me cedió su pieza para que hiciera el amor con Paula, recibí la llave en un bar de la avenida Triunvirato; levantó la vista porque yo no pensaba sentarme, dijo en forma textual: “eso: dado un colectivo repleto e incómodo, dando que hace calor y la gente traspira, humor negro es un ciego de unos cincuenta años que se levanta para ofrecerle el asiento a una monja de la Compañía de Jesús. Después juegan con el lenguaje y lo lúdico —gracias a Dios— le hace el pito catalán a la Academia”. Tío, según su propia conciencia metafísica, resultaba amarillo casi sepia los domingos a eso de las tres de la tarde en la villa natal; sin embargo, fiel a aquellos primeros anuncios de la madre del lisiado, recaía en premoniciones de un humor inútil a la filosofía, deliraba lo posible festejante que no se opone a lo obvio. Ahora, como los que narran, pienso que Ismael no estaba muy lejos de un alumbramiento en las últimas se manas de su vida terrestre: “en general estuvieron locos a fuerza de paraíso perdido y profundidad, pero el asunto sigue tan mal barajado que dan para salvarse de Cambaceres y las superestructuras mogólicas”. Le reproché que hacía manifiestos, que contrabandeaba prólogos y sobrevino su último ataque voltairiano, enumerativo, cuyo recuerdo colaboraría —hoy lo creo— en empujarlo a la decisión de suicidarse. Por lo tanto, de ahora en adelante, omitiré el entrecomillado. Me asiste la simplísima razón de que Ismael ya pertenece a la cultura y que, quiérase o no, a nadie escapa eso de que con los impulsos desarticulados de los ausentes, el que se empeña hace lo que puede en homenaje a las presunciones del devenir inodoro, incoloro, e insípido. Claro, la risa del tipo en la galaxia, eso debió escuchar de mis labios Laurita en lugar de los gritos a favor del inminente nicho urquicense, sitio del mundo que entibiara la presencia del tío Ismael cuyo corazón, por muy poco, no pudo pertenecer al free-jazz.
Por lo tanto, decimos: la muerte es la ciencia; sin embargo, según Laurita inesperadamente motivada por las inscripciones en la pared, toda alusión terminará siendo alcahuetería. El material no patafísico resulta cada vez más evidente. Lo que uno lee, leído está, y el que de ellos desmitificara está mucho más cerca de la salvación, si procuró reírse, todavía más cerca. Por otra parte Bretón, con lo negro, pasó de las suyas y, alguna vez, debió sentirse negramente solemne. Con todo, inventaría una proximidad espeluznante que hoy inunda las historietas y se merecía su siglo de cuatrimestres. Tal vez humor, en última instancia, sea lo que pretendía de mí Laurita al renunciar a sus hondas pautas clitorianas y recibir la incertidumbre de los sobrinos.
Tío Ismael: yo, que me negué a tu entierro, apenas soporto los colores; pero igual saco tu monja y tu ciego en el equívoco ¿alguien olía a monja?, o mejor desisto de los colectivos y rejunto algo de lo que nos queda, por algún tiempo, en las orejas.
El humor —gritarás algún día desde tu nicho— no será jamás atado al carro de las convenciones pictóricas; pero estos amigos te ayudaron mucho, ¡cadáver!

NÉSTOR SÁNCHEZ

Fuente: Sierra, Dolores; Sánchez, Néstor (1977). Cuentos de humor negro. Libro negro del humor de antología, Buenos Aires, Diexa SRL., pp. 75-78.

jueves, abril 05, 2018

Dionisios Iseka, autor desconocido

Con el amigo Fede Barea, seguimos tras los rastros que Alberto Laiseca dejó en sus comienzos literarios, allá entre fines de los 60 y principios de los 70. Con la excusa de desentrañar un poco más sobre el seudónimo que utilizó para su primer relato publicado en La Opinión en 1973, "Mi mujer", llegamos a una compilación de humor negro, una de tantas por aquellos años, realizada por el poeta y editor Rodolfo Alonso. Entre las páginas de El humor más negro que hay, publicación de 1974, hallamos, oh sorpresa, un texto titulado "Feísmo", firmado por un tal Dionisios Iseka. 
Unos días más tarde del hallazgo, hablando con Agustín Conde de Boeck, autor de un estudio profundo e inteligente sobre la obra del conde Lai, El monstruo del delirio. Trayectoria y proyecto creador de Alberto Laiseca (La docta ignorancia, 2017), me enteraba de que en una entrevista de 1999 realizada por Flavia Costa, podría estar la génesis de este texto que recuperamos acá. Van, entonces, las palabras de Laiseca:
Cuando uno está muy reprimido -esto lo sé desde la infancia-, inventa personajes superpotentes que hacen lo que se les canta. Yo siempre digo que soy un dictador frustrado. En mis novelas conduzco ejércitos, tengo poderes mágicos maravillosos. Es un mecanismo de compensación psíquica. Los escritores tenemos esos mecanismos. Recuerdo, por ejemplo, un día que estaba muerto de frío y de hambre en una pensión roñosa. Entonces me acosté y me puse a leer unas viejas efemérides de 1968 o 1969 que había comprado en una librería de viejo, de ésas que traen la historia de México o Nicaragua, con anécdotas extraordinarias sobre dictadores de la época. Y se me fue el frío, el hambre, todo: empecé a escribir historias graciosísimas de dictadores inventados.
En fin, un aporte más para la reconstrucción de este primer Laiseca, tras la máscara de Dionisios. Va entonces, "Feísmo", pequeñas semblanzas de humor negro y proto-realismo delirante.
 



Feísmo (Dionisios Iseka)

Cirilo Venancio Porfirio Cipriano Estibaibi Gardfield. General, autoproclamado cónsul, dos meses más tarde procónsul y por aclamación de sus parciales, primer cónsul de la república centroamericana de Guatezuela. Tres meses más tarde se autoproclamó presidente vitalicio; dos meses después, rey; un mes más tarde, emperador; y, a la semana, dios. Murió fusilado cuatro días más tarde, en una ceremonia única: 10.000 hombres integraban el pelotón de fusilamiento, equipados con balas dum dum, y a la orden de un oficial, hicieron fuego todos al mismo tiempo. Levantado por los aires por la gigantesca suma de impactos, quedó deshecho en varios pingajos sanguinolentos.
Rufino Isidoro Prudencio. Se proclamó mesías de la Martinica. Perseguido en la selva muy de cerca por el gobierno francés, al enterarse que sus parciales pensaban devorarlo para que su “santidad” pasase a ellos y no se perdiera cayendo en una prisión francesa, sufrió un fuerte ataque depresivo. Se suicidó cortándose los dedos de los pies con un hacha, dejándose desangrar.
Gamaliel Cáceres Hilarión, presidente vitalicio de la república sudamericana de Paraguabril. En momentos en que oraba en la iglesia ante la tumba del patriarca Tolosa, rogando por la felicidad de su pueblo, una turba famélica y enfurecida penetró en la nave (muy cerca del crucero), y lo hizo pedazos.
Pierre-Dominique L’Afrancé. Desde su tribuna política predicaba el reinado de los “mininos” (especie de gnomos) que según él descenderían del cielo para salvar Haití. Fue muy famoso y tuvo varios seguidores importantes. Cuando sus enemigos se hicieron cargo del país, realizaron con Pierre-Dominique experimentos científicos.
Hernando Anastacio Sucre. Político y gobernante de la república sudamericana de Porfirina. Dilapidó los dineros del pueblo buscando la piedra filosofal y la rectificación del arco. Murió colgado en un poste; previamente las turbas enfurecidas le abrieron una herida en el brazo y después se lo fueron pasando de mano en mano, bebiéndole la sangre. Mientras agonizaba, finalmente fue colgado.
Sergio Ponto Zepeda. Proclamado a los treinta y un años, dios vitalicio de Guatezuela por aclamación de sus parciales; padre de Aniceto, famoso poeta de la misma nacionalidad, que tomaba infusiones de sustancias calcáridas para inspirarse. Go¬bernó a la manera de un Buda viviente durante tres meses hasta que murió en forma natural al comer hongos de apariencia sos¬pechosa. Fue el último Buda viviente de Guatezuela.
Santo Sánchez del Castaño. Firme opositor desde un principio al gobierno de Justo Armeñanza. Cuando éste asumió plenos poderes en la república de Barcelina, lo hizo enviar a las excavaciones de tierras raras donde murió a los seis meses, de cáncer.
Iturbide Braulio Madero. Presidente interino de la república latinoamericana de Ayacucho durante cincuenta y dos años. A su muerte, legó el interinato a su hijo Pedro y se hizo enterrar en la iglesia de San Juan Bautista Confesor, en una tumba pobre y austera. En el entierro, por una expresa disposición suya, tocaron “ich hat einen Kameraden”. Dos años más tarde su hijo Pedro, al beber una pócima preparada por su curandero de cabecera (que nunca fue hallado, por lo que se supone era un enemigo polí¬tico), quedó ciego. Presa del terror se degolló, cayendo el país en la anarquía. Los enemigos de su padre profanaron los restos de Iturbide Braulio Madero, sacándolos de la iglesia de San Juan Bautista Confesor y arrojáronlos al río, donde los comieron las pirañas.
Niceto Alcalá Balmaceda. Presidente de la república insular de Barbuda, en el Caribe. Ejerció el interinato vitalicio durante veintidós años, hasta su muerte, acaecida en la mañana de San Patricio. Su Guardia de Honor sublevada y enfurecida, lo echó al fuego donde fue rápida presa de las llamas.
Solano Hipódromo, dictador de la república de Lima. Or¬denó a sus parciales que lo enterrasen vivo porque se “había muerto, ya hace muchos años”. Como no le obedecían, hizo colgar a uno de ellos de un poste. Entonces, los restantes, inmediatamente, lo enterraron.

Fuente: AA. VV. (1974), El humor más negro que hay, Rodolfo Alonso editor, pp. 51-53.

lunes, marzo 05, 2018

Los jugadores de dados (Rodolfo Walsh)

Recupero este cuento de Rodolfo Walsh que la Biblioteca Nacional encontró, en una revista platense de los años 50, y publicó, en 2015 en un pequeño folleto. Algún rincón de la web cuenta un poco más sobre el hallazgo pero el relato en sí, policial y borgeano o kafkiano, depende el lado del que se lea, estaba difícil de leer.

Los jugadores de dados (Rodolfo Walsh)

Cuando se hizo de día, nadie se acordó de apagar la luz. Ni siquiera advirtieron que era de día. La lamparilla siguió encendida, amarillenta de insomnio. En el cuarto no había un mueble, un cuadro, una tela de araña, una salivadera, nada. Su grisura desnuda oprimía como una muerte lenta. Por una lucerna abierta en lo alto, el cielo arriesgaba, apenas, un goterón de azul reciente.
Los cuatro jugadores estaban sentados en el piso, apoyados contra cada una de las paredes. ¿Por qué tan lejos unos de otros?, es difícil de explicar, pero se me ocurre una teoría: todos estaban armados de filosos cuchillos, cada uno sabía que los demás estaban armados, de producirse una disputa, estando pegados los unos a los otros, ganaba el más traicionero. Cada uno sabía que los otros eran más traicioneros que él. La distancia igualaba las probabilidades.
Arrojaban los dados con cierta violencia automática que los rostros inmóviles no acogían. Cantaban los puntos, decían "gano" o "pierdo". Al perder -o al fingir que lo hacían, pues tanto el ganar como el perder eran fingimiento-, hacían rodar los dados y el dinero por el suelo. Los demás no alcanzaban a ver, por la distancia, los puntos que echaba el jugador. De vez en cuando alguien decía:
-Es mentira -bostezaba, hundía la mano en el bolsillo y pagaba a pesar de todo. Rebelarse era una estupidez.
En una oportunidad, sin embargo, alguien confesó espontáneamente: "pierdo".
Esta sinceridad conmovió a todos, pero no lo imitaron. Él tampoco volvió a imitarse.
En un momento determinado, alguien pensó marcharse. Hizo el recuento de su dinero, advirtió que iba en ganancia. Vio recién entonces la puerta, inexorablemente cerrada, los torvos ademanes reclamando los puñales, la prefiguración del castigo en las caras de súbito animadas. Dar el desquite era ley. Lo embargó una sombría desesperación y siguió jugando.
Rato después -años después, quizás-, otro de los jugadores también pensó en irse. Pero había perdido, debía desquitarse. La rebelión vino de adentro, esta vez. Una desesperación más negra que la de su compañero se apoderó de él, y siguió jugando.
Tal vez alguno llegó a preguntarse, con el tiempo, para qué jugaban, puesto que de un modo u otro estábales prohibido escapar, ya que si ganaban, no podrían irse nunca, y si perdían, tampoco podrían irse nunca. Cuánto había durado aquello, si era así desde siempre y si siempre seguiría siendo así, y, en último término, si valdría la pena escapar, ya que los más probable era que en cualquier otro sitio del mundo. o fuera de él, todos estuvieran haciendo, hubieran hecho y tornaran a hacer lo que ellos hacían.
Y prosiguiendo sus meditaciones, no es improbable que al pasear la vista por las cuatro paredes del cuarto, haya llegado a la conclusión de que así debía ser un dado por dentro, de que aquel cuarto era un dado y alguien estaba jugando también con ellos.

viernes, febrero 09, 2018

Están entre nosotros...: el Informe Irenäus

"El Informe Irenäus es el primer reporte que se conoce sobre nuestro mundo realizado por un ser de otro sistema solar". Esa es la frase que abre esta serie que llegó a la cuestionada fundación CHARIF org. Es inquietante, siniestra, pero también familiar. Prometen más videos, aclaran que este es solo el primer envío y aseguran que ellos ya están entre nosotros...

lunes, agosto 21, 2017

¡Buena caza! Una historia detrás de Matando enanos a garrotazos

Si hay un título inolvidable en la literatura argentina más o menos contemporánea es el del segundo libro de Alberto Laiseca: Matando enanos a garrotazos. Publicado en 1982 por la Editorial de Belgrano ―en una colección dirigida por Osvaldo Pellettieri que no curiosamente también había publicado a César Aira y a Fogwill como anunciando la renovación literaria posdictadura y un nuevo canon por venir―, este primer libro de cuentos de Laiseca irrumpía desde su tapa con un título de aliteración casi perfecta y un frágil equilibrio entre lo violento y lo kitsch. ¿Cómo olvidar un título tan polémico? Y digo “polémico” porque arranca por un gerundio, tal como lo habría denostado la voz de la literatura nacional. En todo caso, en esa decisión de Laiseca, en ese mal uso del lenguaje literario, que remite sin demasiadas vueltas a la mala escritura de Arlt, se cifra una apuesta pero también una historia. Por los recodos del camino, se vislumbran homenajes vengativos y poemas olvidados, enanos de jardín y actores de vanguardia, plagios y tergiversaciones.
Una pequeña contribución de quien suscribe a la arqueología literaria puede leerse acá, en el nuevo número de la revista Invisibles.

martes, agosto 15, 2017

"El fascismo de El Gordo era más bien formal..." (Fox, mariani y Poni) (2)

Va la segunda parte del recuerdo literario que Poni Micharvegas escribió en su libro de 1988. En este fragmento todo se torna mucho más confuso y un tono de malditismo y misticismo envuelve la figura del Gordo hasta llegar a su violento final. Leed y sacad vuestras propias conclusiones.




Marcelo Fox en Dichosos los ojos que te ven (1988), de Poni Micharvegas (segunda parte)

(...)

Tengo mi tesis: en los días previos a su muerte -donde no sería cierto eso de la separación de Juana-, él habría dado en la tecla, más o menos, de su preciada cosa. El fascismo de El Gordo era más bien formal, si esto fuera posible. Algo para cagarle la vida al otro. Ese cuaderno de notas con los dibujos de esvásticas variables era su especie de test de la mancha. Él buscaba realmente un mandala. Da la puta que todos los caminos conducen a Roma.
A Amor, como decía.
Y no era un inexperto. Un coleccionador de avispas, por ejemplo, en ese medio chato, hubiera provocado las mismas risas nerviosas. En su querer ir a fondo, agarraba a patadas, nada sutiles, a los espejos. En alguna parte la verdad absoluta esperaba como un diamante. Todo ese carbón puerco de los días, de los viejos, de los amigos que no amaba eran parte del humus necesario a ser colado. Toda esa vegetabilidad muerta, caída, era el polvo alrededor del sillón de los ciegos.
Cuando la conocí venía de romper su intención de entrar en el partido y, por el natural desarrollo de la velocidad que traía, se pasó automáticamente de rosca. Se hizo facha, nazi, futurista. Esto le duró tanto como el tiempo que tardó en descubrir que el asunto del Mein Kampf también era un “sueño manoseado por todos”. Él era un aristócrata arruinado. Alguien que no soportaba el tufo de los muchos (además de esa mole (dos metros) y esa gordura (120 kilos) que les repelía a todos). Sentía un gran asco por sí mismo y acentuaba sus desgracias somáticas.
Le recordé al Poeta que le había visto en tiempos de ascetismo, bien trajeado, de corbata, tomando té con limón, sin azúcar.
Eran rachas de una especie de misticismo al revés y no un deseo claro de integrarse al rebaño. Entonces balaba mefluidades. Es cierto, se sacaba. Se le evaporaba toda la humedad. Se bañaba todos los días y cepillaba sus dientes. Todo esto de la puerta de casa para afuera. En su pieza seguía coleccionando libreríos exóticos, revistas pornográficas suecas que conseguía a baldes con sólo suscribirse, primeras ediciones inhallables. Nosotros, mal o bien, éramos niños de pecho ante este despliegue de sus relaciones de información. Claro que pasaba duros tiempos masturbándose infatigable con esas paparruchas, ideando sociedades humanas como rulemanes donde resplandecía la criptonita de su brazo azotador e inexpugnable. Mi laburito consistió en arrancarlo de esas pajas de papel fotográfico. Darle calle, sobarlo, marcarle infantería por cuevas y bares. Yo también me convertí en sus sueños en el hijo del Carpintero que lo incitaba a la pesca del hombre real. Me lo gritaba desde una cuadra cada vez que nos separábamos. Creo que esperaba que algún día yo abriera inmensamente los brazos en medio de "La Joyería" y dijera preclaro: "yo soy la luz del mundo!". Ahí siempre le claudiqué. Yo sólo esperaba que me matara el hambre diaria con un bocado caliente. Y él de mí, que le matara el ragú secular de sus desgracias. Así que para mí eso del tren fue mero accidente.

No estaba acostumbrado a deambular por barrios donde hubiese vías, barreras, pasos a nivel, puentes de andén a andén. Y en esos días habría dado en el clavo de su trascendentalismo. Juntos fuimos a ver "Recuerdos del futuro": pistas de aterrizaje en las crestas de los Andes. Al salir, me habló de su gurú: iban a mirar de frente la destellante luz divina. El gurú, para refrendar el pacto, le martilleó la frente con un clavo. Se le veía el pequeño orificio amoratado del Clavo Trascendente. Se rapó. Tomó como un rebautizo el golpe del punzón. Arregló con Juana la tenencia de los 3 pibes. Quemó todo lo sádico literario que tuvo a mano. Apiló los tomos de poetas místicos y se fue a meditar a una casa prestada por un fulano que indisimuladamente se creía René Daumal dentro de la secta, cerca de Belgrano C. No había ni un mueble. Una jarra de vidrio y unos vasos como para beber agua. Y una heladera, donde el fulano le dejaba al Gordo, una olla semanal de una pastina de legumbres de la que comía directamente con una cuchara de madera. Estaba deformado, es cierto. Rapado. Con esos halos violeta alrededor de los ojos. Pero transmitiendo cierta mansedumbre radiante, che.
Y debe haber sido que al salir, cualquier día, a dar una caminata reflexiva, haya cruzado las calles con aquel paso de arco iris de la Nueve de Julio y sin tener en cuenta donde estaba, se haya llevado por delante el tren.
Sí. Fue el segundo vagón de un expreso con el que tropezó. El choque lo despachó hacia un costado, con una pierna de menos. También algo del corto pelo voló con el golpe. El Gordo debe haber agonizado unos breves segundos: un gran animal de tres patas manando sangre a la luz de una mañana común por aquellos barrios.

Micharvegas, Martín “Poni”. Dichosos los ojos que te ven, Madrid, Proletras Latinoamericanas, 1988, pp. 27-33.

viernes, agosto 04, 2017

Fragmentos de una historia de la microedición

lunes, julio 31, 2017

Estrategias para sembrar el bochorno

Este texto fue nuestra humilde contribución a la muestra Déjalo beat en el Museo del libro y de la lengua durante los meses de mayo y junio de 2017. El catálogo completo con hermosas imágenes y textos de Federico Barea, Reynaldo Jiménez y Tamara Kamenszain se puede leer completo acá.


“Espantar al burgués” [Épater le bourgeois] podía ser una consigna ya obsoleta para la década de 1960, inadecuada para un país ubicado en América del Sur. Típico lema vanguardista en los años 20, se entendía cuando un grupo de dadaístas irrumpía en una galería de arte para provocar con sus acciones irrisorias o, incluso, si un tipo pintaba caras alteradas por la geometría y el color para poner en cuestión la percepción y el gusto... Pero la vanguardia había muerto, había entrado al museo y espantar al burgués en Argentina, cuarenta años más tarde, podía pasar por anacronismo o por travesura infantil.
Y sin embargo, en 1962, en una lectura de poesía por la zona oeste de Buenos Aires, recordaba un hombre memorioso: “Se armó un quilombo infernal. Uno de los poetas que invitamos –Marcelo Fox- empezó a gritar, ‘Soy nazi, soy comunista’. Era un tipo que después lo mató un tren”. ¿Quién era ese loco que gritaba esas cosas por ahí? ¿Cómo reaccionaba ante ese gesto desconcertante una sociedad pacata que asistía molesta al nacimiento de la juventud y de la contracultura?
Ese muchacho, Marcelo Fox, formaría parte un año más tarde de la revista Opium. También, si atendemos a la edición de su primer libro, estaría terminando su opera prima, Invitación a la masacre. En aquella lectura en Moreno, donde Fox provocaba con sus polémicos gritos, compartían la noche otros poetas y escritores como Sergio Mulet, Daniel Giribaldi y José Antonio Barzak. Además de escritor, Mulet fue actor y participó de la película Tiro de gracia (1969), basada en una obra propia y bajo la dirección de Ricardo Becher. Murió acuchillado por su mujer en una aldea de Transilvania en 2007. En el caso de Giribaldi siguió escribiendo hasta fines de los 80 y, entre otros, publicó sus Sonetos mugres (1968), como para seguir espantando burgueses, en los que mezcla la clásica estructura poética con el lunfardo y el bajo fondo. Barzak, quien en los 60 participó de la revista El escarabajo de oro, termina su vida tan abruptamente como Fox: muere en un acantilado de Mar del Plata. Ninguno de estos nombres forma parte del canon literario argentino actual, ninguna de sus obras se ha vuelto a reeditar, casi nadie los recuerda... ¿Por qué? Buena pregunta. Tal vez en esta exposición, organizada por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, bajo el título Déjalo beat, se vislumbren algunas respuestas.
La provocación de estos escritores beat argentinos, ese ánimo de nadar a contracorriente de la sociedad argentina, también se lee en la frase recuperada por reynaldo mariani (así, en minúsculas) al final de sus 7 poemas grassificantes (1973): “No sé de qué están hablando pero me declaro en desacuerdo”. No por nada el libro de relatos de mariani, uno de los miembros centrales de Opium, se titulaba 7 historias bochornosas (1968). Esa palabra tan porteña y la idea de sembrar el ‘bochorno’ en la literatura argentina parecían ser premisas de estos jóvenes que se reunían en el Moderno o en otros bares del centro a tomarse la noche en discusiones bohemias y proyectos poético-culturales. En esas mesas de café, también se sentaba el crítico literario y psicoanalista Oscar Masotta, como bien lo cuenta Carlos Correas en La operación Masotta (1991); Graciela Martínez, primera bailarina pop, y el maestro Juan Carlos Paz compartían charlas sobre el Instituto Di Tella; e, incluso, Alberto Laiseca conoció a Marcelo Fox y a Ithacar Jalí bajo los hechizos del alcohol y la nicotina. Ese ecosistema cultural, ese circuito también llamado la Manzana Loca, fue, de algún modo, el campo de maniobras de estos jóvenes que se reunían en bares que luego, daban lugar a revistas como Opium y Sunda pero también Eco contemporáneo, Agua viva, La loca poesía o Airón.
En los últimos años, con la aparición de proyectos editoriales independientes como Paradiso, Caja Negra, La comarca ediciones, Instituto Lucchelli Bonadeo y gracias al valiosísimo trabajo de recuperación de Federico Barea, algunas de estas experiencias literarias pueden volver al público lector y buscarse un lugar en la literatura argentina. Es el caso de Néstor Sánchez, quizás uno de los narradores que más gravita sobre los escritores y escritoras nucleados en los grupos de Opium y Sunda, marcando un modo de escritura guiado por el ritmo del jazz, del tango, de la propia respiración. Su historia, reconstruida por una voz original y sincera en Sobre Sánchez (2012), de Osvaldo Baigorria, expone elementos que atraviesan a los muchachos y muchachas reunidos en esta exposición: bochorno, errancia y experimentación. En este sentido, los escritores beat argentinos eran el lado oscuro, contracultural, de fenómenos como el boom latinoamericano (aún cuando la sombra de Julio Cortázar pareciera proyectarse sobre algunos de ellos). El mismo José Peroni, autor de Cuerito viejo verde (1966), lo sintetizaría en esta notable frase que reclamaba desde el pie de página de la revista Sunda: “No se debería escribir aquello que puede contarse por teléfono”.
Si hacia 1960 ya no era posible ‘espantar al burgués’ como lo deseaban los dadaístas de 1920, aún era posible desde los bares de Buenos Aires, gestar dos o tres revistas efímeras como Opium y Sunda, publicar algunos libros perdidos en los vericuetos del tiempo como El búho en el vitral (1967) o Terrazajaula (1967) y reunirse en el Moderno para proclamar a los cuatro vientos porteños: “Aparecimos alguna vez y somos persistentes, sobrenadamos todas las formas del rechazo, la repelencia y las burlas. Continuamos nuestro peregrinaje, aún no llegamos: probablemente nunca llegaremos…”.

viernes, julio 28, 2017

Una gota de sangre

Por las vueltas de la lectura, este año terminé fascinado por las memorias de uno de los hijos de Natalio Botana y de Salvadora Medina Onrubia. El libro en cuestión se llama Memorias. Tras los dientes del perro, fue escrito por Helvio Botana y publicado en 1977. Entre las muchas anécdotas jugosas que narra, hay una, trágica y contundente, que no quería dejar de citar por acá:

Sería el 8 ó 9 de enero. Almorzábamos con nuestra madre, quien escuchaba silenciosa los delirantes comentarios de Pitón desbordante de amor por Natalio. Mi madre, sin medir palabra ni razón alguna, se levantó y le rompió una fuente de cristal verde en la cabeza. Quedamos muy asustados pues nunca habíamos visto castigar a nadie ni haber sido castigados.
Pitón, con la frente sangrando se levantó en silencio, perseguido por la voz de mi madre que le gritaba: "¡Qué tanto amor por tu padre! ¡Ya hablaremos a solas de eso!". Pitón se fue a la casa de los González Lobo, contándoles que había chocado con el auto y no quería que en casa se asustaran.
El 17 de enero de ese año, Salvadora estaba por subir al auto cuando se cruzó con Pitón y le dijo que quería hablarle a solas.
Tito y yo volvimos del colegio a eso de las 17 y ellos aún seguían reunidos.
De pronto, sentimos el auto de Salvadora que partía -como de costumbre sin despedirse-. Pitón entró en nuestro cuarto y me contó que Salvadora le acababa de probar que no era hijo de Natalio. Ella lo había parido cuando tenía 16 años, antes de conocerlo a papito. Él, aseguró Salvadora, era hijo del doctor Pérez Colman. Natalio le había dado su apellido y lo había hecho su predilecto solamente para quitárselo a ella.
Entonces mi hermano Pitón riéndose nerviosamente nos abrazó con esa fuerza de boa constrictora que le dio el sobrenombre. Nos besó y se pegó un tiro con un revólver niquelado.
Su sangre me salpicó en la cara y una gota cayó sobre el puño izquierdo de mi camisa blanca.
A Tito y a mí nos confinaron a un cuarto en espera de la llegada de Natalio. Salvadora reción volvió entrada la noche.
Con papito llegó un señor gentilísimo. Años después supe que era el Comisario Viancarlos, con quien charlamos hasta que se nos pasó el susto. Recién ahora comprendo que nos interrogaron con tal habilidad que parecía que ni él ni papito querían saber lo que había pasado y tampoco tenían deseos de saber lo que nosotros queríamos contar.
Viancarlos nos recomendó que nunca habláramos de esto porque era triste y lo triste no debe comentarse. Y papito, mi papito, nos recomendó que debíamos cuidar a Salvadora que estaba muy enferma.
Borré fácilmente a Pitón muerto, de mi mente. Lo que tardé en quitarme fue la imagen de su frente sangrando por el golpe con la fuente de vidrio verde, pero toda mi vida he seguido buscando en el puño blanco de mi camisa una gota de sangre.
Horas después, entre sueños, oí aullar a mamita que recién llegaba. Aullidos horrorosos que jamás volví a escuchar ni en las bestias ni en los seres humanos.
Durante largos años tuve con ella un trato gentil pero distante. Más que juzgarla la había condenado.
Botana, Helvio (1977), Memorias. Tras los dientes del perro, Buenos Aires, A. Peña Lillo editor, pp. 36-37.

martes, julio 25, 2017

Una pedagogía afectiva (sobre La lectura: una vida..., de Daniel Link)


Esta reseña fue redactada y gentilmente entregada por el amigo Alan Ojeda.

Hace unas semanas presencié una discusión en torno a los dichos de un escritor sobre “X” libro. En esa discusión, uno de los participantes dijo: “Juzgar un libro es juzgar una vida”. No creo que nadie lo haya entendido como un postulado biograficista. Por el contrario, creo que todos los que presenciamos la discusión pensamos, automáticamente, en los libros leídos, en el tiempo dedicado, en la disposición del cuerpo y el espíritu al escribir, en las elecciones tomadas, en definitiva, el paso de vida impreso en la obra. Todo aquel que haya dedicado la vida a los libros, si mira atentamente, podrá observar a su alrededor una vasta red de amistades, anécdotas, experiencias decisivas y amores. Ese es el caso de La lectura: una vida… (Ampersand, 2017) de Daniel Link.
La lectura: una vida… es una autobiografía lectora que nos introduce en la vida del autor a través, sobre todo, de las alianzas afectivas que ha generado la lectura desde su infancia hasta el presente. En el caso de Link, los libros aparecen como el único destino posible. Desde la tierna infancia comienza a constituirse el pequeño monstruo-poeta: niño curioso, devorador de libros, con facilidad para la expresión oral y escrita, y poco sociable. Como en El primer hombre de Albert Camus, aparecen, entonces, los primeros aliados (¿cómo llamar, si no, a aquellas personas que en el periodo más indefenso nos dan armas para sobrevivir?): las maestras y profesoras. Luego de haber ganado el Nobel, Camus envía una carta a su antiguo profesor, el señor Germain:
Querido señor Germain:
He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le mando un abrazo de todo corazón.
Albert Camus
En un tono similar, Link escribe: “Este libro quiere ser un acto de justicia: yo no sería quien soy sin esas manos amigas (mi abuela, mis padres, mis maestras) que me abrieron los ojos a los libros. Yo no sabría nada de mí, ni del mundo, ni de lo que hay más allá de mí y del mundo, si no fuera por un acto de amor y de enseñanza”. Aquel que llega a la literatura parece siempre estar más desamparado que el resto. Gobierna la incertidumbre y la soledad. La melancolía de un absoluto, de un infinito inalcanzable, se desenvuelve frente a nuestros ojos en cada libro. En el camino, los afectos. La única comunidad: la de los lectores y los libros, que se nos brindan como cartas que han encontrado a su dueño. ¿Quién no ha experimentado, alguna vez, ese diálogo interno en el que al leer un libro asumimos que fue hecho para nosotros? Aún más, nos lleva a preguntarnos “¿Qué sería yo sin esto?”. En el mismo sentido, leemos: “Si me dediqué compulsivamente a la lectura fue por esa necesidad de situarme en el mundo, es decir: para comprender cuál era el conjunto de determinaciones que explicaban mi vida y de las cuales, más tarde o más temprano, iba a librarme, por la vía de la ascesis que la lectura patrocina […]”.
Pero esto no es un mero ejercicio narcisista, es, por el contrario, un ponerse en primer plano para pensarse. Devenir objeto, diseccionarse para entender: leerse. Es por eso que el lector encontrará, en algunas partes del libro, una sensación de familiaridad que le recordará a fragmentos de libros anteriores como Suturas (Eterna Cadencia, 2015). La razón principal es la presencia de la primera persona, un yo que es a la vez quien enuncia y también el predicado de la enunciación. ¿Por qué? Porque el cuerpo y la mente son, y esto Link lo muestra claramente en sus libros, el campo minado de la experiencia. Cada texto empieza en el momento en el que los recuerdos se inscriben en el cuerpo. Es por esa razón que cada capítulo del libro está atravesado, de una manera u otra, por algún tipo de aprendizaje metodológico o teórico. Cada una de esas etapas reformuló la forma en el que ese yo concebía su relación con el mundo y la forma en la que lo habitaba. El médium o catalizador de ese aprendizaje, no es tanto un libro en sí como una relación afectiva.
Podríamos decir que en La lectura: una vida… puede leerse una “pedagogía del amor”. El vínculo con cada uno de los nombrados en libro se transforma en la “y” de la síntesis disyuntiva. Entre Link y la Teoría literaria aparece Pezzoni; entre Link y la Filología está Ana María Berrenechea; entre Link y el CBC vemos a Elvira Arnoux, etc. Es decir, entre cada saber y el yo median esas “manos amigas” o, como diría Camus “mano afectuosas”. Link nos deja claro cómo no hay aprendizaje sin pathos o, mejor dicho, el pathos es lo que hace efectivo y duradero el vínculo entre el conocimiento y el yo.
Por otro lado, La lectura: una vida… es también una biografía en tiempos turbulentos (lo que en Argentina significa “todo el tiempo”). El libro también atraviesa el problema de crecer durante la dictadura, leer durante la dictadura (los libros heredados) y educarse durante la dictadura (el profesorado, los talleres de Ludmer y Sarlo), un camino que pronto se transforma en un cómo enseñar Letras post-dictadura, la estructuración del Ciclo Básico Común, el paso por la cátedra de Teoría y Análisis con Pezzoni, la creación de la materia Literatura del siglo XX, las amistades literarias y los compañeros de trabajo.
En La lectura: una vida…, Daniel Link nos muestra la manera en la que los libros han diagramado una vida y una forma de interacción con el mundo como un telar inconcluso. Cada etapa, una mano amiga, un libro, una nueva forma de leer(se), un nuevo devenir...
 

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