domingo, julio 17, 2016

Ediciones Ignotas, una apuesta de arqueología literaria argentina

Quiero dejar anotado por acá el gran trabajo que están realizando desde una pequeña editorial llamada Ediciones Ignotas. Me interesa particularmente la colección de recuperaciones de literatura argentina que vienen armando: "Los exhumados" (ahora que las de Abelardo Castillo y de Ricardo Piglia han caducado, ahora que la iniciada en Las cuarenta se detuvo abruptamente por razones presupuestarias, ahora que las grandes editoriales recuperan solo lo mismo de los mismos). 
A través del buceo en los anaqueles de fines del siglo XIX y principios de siglo XX, en la línea de los relatos de género, han recuperado historias que se habían perdido en el limbo de nuestra bienamada cultura pero que merecían ser releídos (o simplemente leídos). Copio, pues, a continuación los tres títulos en cuestión con sus correspondientes presentaciones y espero que la colección prospere y nos sigan brindando estas joyas reencontradas para sacarnos del aburrimiento de lo mismo. 

Tres nouvelles fantásticas argentinas inaugura la colección Los exhumados cuyo objetivo es rescatar las gemas fantásticas y policiales de la literatura patria que, por razones ignoradas, cayeron en el olvido o en el desprecio académico. Este insólito libro contiene tres piezas imprescindibles para comprender el desarrollo del género fantástico en nuestro país.
El doctor Whüntz, fantasía (1880) por Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Varela) es una historia de ciencia pura y loca, con manipulaciones de cadáveres y de cerebros. Un científico que busca la huella del alma en el cuerpo humano.
Mandinga (1895), de Enrique E. Rivarola. Autor de prosa exquisita y jocosa, teje una historia que mezcla el auge del espiritismo con las neurosis que acechaban a los llamados hijos de fin del siglo.
El homunculus (1918), del autor italo-argentino Pedro Angelici, desarrolla una historia de ciencia ficción, donde relata los entretelones de un experimento terrible y sus resultados inesperados.
El fabuloso arte de tapa y contratapa es de Patricia Breccia.


En 1912, dos años después de su publicación en la revista La Vida Moderna, Vicente Rossi autoeditaba el libro Casos Policiales de William Wilson, sin señalar su autoría. El volumen contenía los cinco primeros cuentos de la serie, sobre un total de diez.
Sin saberlo, ni buscarlo, el libro constituía el primer volumen de relatos policiales debidos a una sola pluma; esta audacia pasó sin mayor gloria y terminó petrificándose como una de esas tantas citas obligadas a la hora de hablar de los orígenes del género policial en nuestro país.
El presente volumen contiene los diez cuentos escritos por el autor durante el período de 1907 a 1910, publicados en forma conjunta por primera vez en esta edición. El libro constituye una pieza imprescindible en la reconstrucción del género patrio, siendo por su excelsa y exótica calidad literaria, una gema en sí mismo.
Los cuentos de Rossi están ajenos al espíritu decimonónico y folletinesco que tenía por aquellos días el género; se asumen adultos, afiliados a la crónica diaria, denunciante y polémica, por su cercanía a la volubilidad humana de aquel entonces. No en vano Jorge Luis Borges consideró que: “Éste, ahora inaudito y solitario Vicente Rossi, va a ser descubierto algún día…”
Un espejo único y fiel de una época, enmarcado en un género que formó nuestra literatura.
Por todo ello, Casos policiales de William Wilson puede considerarse un libro fundacional en lo que a esta materia se refiere.
Seamos afines a los deseos de Borges, redescubramos a Vicente Rossi.
La edición contiene un prólogo de Ray Collins y una semblanza biográfica de Rossi.


El vampiro y otros cuentos de horror y misterio reúne gran parte de la producción fantástica de ese gran relegado de nuestras letras conocido como Víctor Juan Guillot (1899-1940). Narrador, periodista, autor teatral, preso político y suicida. El presente libro se concentra en los cuentos publicados entre 1920 y 1935 en la Argentina. La prosa de Guillot, aguda y filosa como ninguna, se ajusta al molde del género de horror, trascendiendo los clichés de aquel entonces. La mirada descarnada del autor sobre la vida se plasma en muchos de los cuentos que están presentes en esta compilación y que los invitamos a que descubran.
El presente volumen contiene cuentos extraordinarios como El vampiro, El guardarropa, El vado, Bajo la tormenta o Una historia de muertos. Todos ellos dignos de figurar en las mejores selecciones del género. Prólogo y estudio introductorio del escritor y periodista José María Marcos.
Arte de tapa: Enrique Breccia.

jueves, julio 07, 2016

Carta enviada por el general Justo José de Urquiza al presidente Derqui después de la batalla de Pavón

Tomo esta canción escatológica del libro sobre la apasionante vida y las dedicaciones argentinas (que van desde las comunidades indígenas hasta las canciones populares, pasando por las adivinanzas verdes) del antropólogo alemán Rememorando a Robert Lehmann-Nitsche, de Santiago Bilbao (Editorial Colmena, 2004). En el capítulo "Literatura político-escatológica", después de haberle dedicado algunas reflexiones piolas a Textos eróticos del Río de la Plata, Bilbao recupera algunas canciones y folletos del archivo de Lehmann-Nitsche (del Instituto Iberoamericano en Berlín) en los que la política nacional argentina se toca con los bajos humores, las imágenes grotescas populares y las malas palabras. Entre esos textos, se encuentra el que copio. Transcribo la presentación en el libro:
El tercer documento, también atribuido por Lehmann-Nitsche a Juan Cruz Varela [los otros dos son "Fisiología del pedo" y "Lectura para todos por un estreñido"], es la letra de la canción que grabara en La Plata el 30 de abril de 1904 y que forma parte de la colección de los cilindros de cera y el manuscrito que los acompañaba.
La canción Carta enviada por el general Justo José de Urquiza al presidente Derqui después de la batalla de Pavón [17 de septiembre de 1861], consta de nueve octavillas octasílabas, corresponde al n° 90 del inventario de Lehmann-Nitsche y ocupa las páginas 328-332 del manuscrito (Guido, 1975, p. 87). Esta letra fue cotejada con la fonograbación del cilindro 58, con ritmo de estilo-milonga interpretada por el cantor J. J. Méndez que comprende menos estrofas que la letra transcripta por Lehmann-Nitsche, por lo que opté por incluir la versión más larga. (p. 194)
Carta enviada por el general Justo José de Urquiza al presidente Derqui después de la batalla de Pavón

1
Si por algo me he alegrado,
tuerto hijo de una gran puta;
de la espantable viruta
que te han soplado en Pavón,
fue por la vaina soberbia
que el porteñaje altanero
entró a vos, gran puñetero,
pícaro, tuerto y ladrón.

2
Si querés vos un caramelo,
lo tenés siempre en la limeta
o en hacerte la puñeta,
que así las penas pasás,
pero a mí que estoy tan choto,
me jode mucho el trabajo
y no es justo pues carajo
que vos también me jodás.

3
Cuando te pase que he perdido
bandera, tropa y cañones,
sentirás en los cojones
una gran dilatación;
jodete, á mí se me fueron
los huevos a la barriga;
no extrañes que te lo diga
porque soy muy francachón.

4
Vaya un viejo puñetero
con canas en el conducto
quererse meter a puto
¡La puta que lo parió!
Eso es para gente joven
que echa cien varas por noche
y aunque se joda troche y moche
siempre se halla superior.

5
Cuando una puta es muy vieja
sólo sirve de alcahueta
o para hacer la puñeta
a algún sargento ó tambor;
en este caso has quedado,
no servís para un carajo,
no sos hombre de trabajo
ni servís para un malón.

6
Ya sabés que á Buenos Aires
sólo a robar nos largamos,
que en la historia nos cagamos
y también en el honor;
con que vete á los carajos,
ladrón dado ya de baja,
que yo no me haré la paja,
pero sí, me hago ladrón.

7
Mitre a quien vos suponías
un gran jodido y un nulo,
te ha metido en el culo
más que una vela un hachón
gratis, recuerda manflora,
Mitre será lo que quieras,
más las mañas brasileras
no tuvo de bufarrón.

8
Vos quizás querés que vuelva
a sufrir por vos derrotas,
me creés sonzas las pelotas,
¡a mí no me has de joder!
Vos podés seguir la guerra
o hacer lo que más te cuadre,
¿Pero á joder? ¡A tu madre,
que a mí no me has de envolver!

9
Adiós…
Ya se va tu presidencia,
conforme la tuve yo;
y si te enojás conmigo,
hacés mal en enojarte,
¿por qué yo contestarte?
¡La puta que te parió!

Juan Cruz Varela

Fuente: Bilbao, Santiago (2004). Rememorando a Lehmann-Nitsche, Buenos Aires, La Colmena, pp. 194-196.

jueves, junio 30, 2016

El increíble señor Galgo, de Diego Vargas Gaete (dos capítulos)

Este sábado 02 de julio la novísima editorial Marciana (facebook, twitter) presenta sus dos primeros títulos El increíble Señor Galgo, de Diego Vargas Gaete; y La máquina de rezar, de Bob Chow. Para más info, va el flyer al final del post.
A continuación, dos capítulos de El increíble señor Galgo, del escritor chileno Diego Vargas Gaete, quien ya la rompió toda el año pasado con su novela La extinción de los coleópteros (Momofuku, 2015). Se agradece al dedicado editor de Marciana, Denis Fernández, y larga vida al pequeño pero pujante proyecto!


BORRADOR DE PARCHE ANTES DE LA HERIDA,
ÚNICA NOVELA DE ANTONIO GALGO
Editorial Cuesco Azul, noviembre 2013. Colección privada. Extracto.

PARTIDA: En mi infancia tenía la forma de una raya hecha con tiza. Desde ella salían los incipientes atletas. Era el principio de la derrota o el primer trago de la dulce victoria. VICTORIA: Pueblo ubicado a sesenta kilómetros de Temuco. Allí quedaba el segundo campo que tuvo mi padre. Estaba plantado de pinos. El bosque se quemó durante un verano. La riqueza familiar se hizo humo en pocas horas. HORA: Espacio de tiempo creado para justificar la inercia del hombre. Durante mi adolescencia tuve un amigo que solía preguntar la hora de la siguiente manera: «por si acaso, ¿me podría decir la hora?» No sé por qué pero me daba vergüenza ajena. AJENA: Ese mismo amigo, que sin pedírselo se ofreció a ayudarme con la construcción de una banca para levantar pesas, de un día para otro me dejó solo con la faena porque el artilugio sería mío y por tanto la tarea se le hacía ajena a sus intereses. INTERÉS: No tengo interés en hablar mal de los bancos e instituciones financieras. No se lo merecen. Mejor mato a mis propios piojos. PIOJO: Bicharraco comúnmente asociado con falta de higiene y pobreza, pero Frau Müller, nuestra profesora jefe en el colegio Germano de Temuco, solía descubrirlos en las rubias cabelleras de sus alumnos. ALUMNO: Siempre hay alguien dispuesto a enseñarme con firmeza. Lo malo es que nunca he podido revertir tal situación y jamás he podido enseñarle a nadie, ni siquiera a guardar silencio. SILENCIO: El silencio me sale innato. Podría competir por Chile. Lograría un puesto destacado. DESTACAR: Desde hace un tiempo en mi familia se resignaron a que yo sea el número de la ruleta donde no se ponen las fichas. Algún día daré una sorpresa. Mientras tanto he sido destacado en siete concursos literarios de poca monta. Al escribir, mi temor al ridículo sigue intacto. INTACTO: Como mis apuntes de la Escuela de Derecho que jamás volverán a ser leídos. LEER: Tragar y tragar palabras que pronto escaparán de mi cerebro como balas. BALA: A los quince años quise ir a los Juegos Olímpicos. El deporte escogido fue el atletismo, en específico el lanzamiento de la bala. Un adoquín de gran peso y el patio de mi casa se transformaron en los implementos básicos de mis entrenamientos. Pasada una semana el jardín estuvo lleno de hoyos. Pasada otra semana mi padre me dijo que todo era un esfuerzo inútil y yo le hice caso. HÁGANME CASO: No soy dado a dar consejos, pero si me ponen una pistola en la frente diría que avanzar en línea recta es el camino más corto para extraviarse. Lo digo por experiencia propia. Es preferible dar vueltas en redondo, o incluso caminar a tientas, sobre una mancha de hielo. HIELO: La ley del hielo sigue vigente. Guardar silencio frente a alguien que nos desagrada constituye una sanción necesaria. NECESARIO: Es necesario machacar este teclado a fin de obtener estas palabras de mierda. MIERDA: Hace poco pasó hecho mierda un proyectil cerca de mi cara. Era el público que se manifestaba. No olía a materia fecal. Sí zumbaba como una bala y dibujaba una sola línea. LÍNEA: Ya lo dije, se parecen a las partidas marcadas con tiza. TIZA: Polvo venenoso que tragaron, tragan y tragarán los profesores. Ojalá muchos de mis maestros de colegio hayan engordado con la exquisita tiza. TIZA: Se repite la definición ya dada. DAR: Si yo les doy sueño, a cambio, ustedes dejen de leer.

MENSAJE ENCONTRADO EN UNA BOTELLA EN KOEKOHE BEACH
Nueva Zelanda, junio 2020.
Se atribuye su autoría a Joaquín Fonseca, chileno desaparecido en alta mar en febrero del 2013.

No pido auxilio ni me interesa que me busquen. Tomen este mensaje como un libro de reclamos flotando en el océano, un grito destemplado, qué se yo, al fin y al cabo cada uno interpreta lo que se le antoja. Voy a partir desde el lugar más obvio: mis primeros manotazos por zafar de la situación que nos acogotaba. Al principio usé el aparato de radio. Caminaba kilómetros en busca de una señal mientras Rogelio y Paula se encargaban de recoger leños y buscar comida. Después de una semana logré comunicarme. El problema es que mi interlocutor hablaba en chino o coreano, no lo sé. Quizás nunca me creyó que estábamos perdidos en una isla. Así estuve hasta que la batería se murió y el aparato pasó a ser una especie de matamoscas y/o martillo rompe cocos. Disculpen, es la falta de vitamina B lo que me hace divagar. Hace ya muchos años mi madrina me obligaba a comer verduras, pero yo las escupía en una servilleta apenas ella pajareaba. Quizás, si no le hubiera porfiado, ahora tendría una fortaleza inusual en mis neurotransmisores y no pensaría todo el día en las tetas de Paula o, mejor dicho, en cómo se movían de arriba hacia abajo la última vez que culeamos, antes de embarcarnos en el yate. Sí, dije: culeamos. Así se dice en mi tierra. Con Paula teníamos eso que ciertas revistas llaman química. Si no fuera por el miserable de Rogelio la cosa sería diferente. Rogelio el narrador sensible. Rogelio el amigo delicado. Rogelio el consejero de mujeres. Rogelio, Rogelio, Rogelio, púdrete. Como les iba diciendo, si hay algo bueno de estar en esta isla es que puedo correr desnudo por la arena. Eso lo hago cuando no sopla ni una pizca de viento. Si mi hijo estuviera vivo correríamos entre las palmeras, pero Marcelito tragó demasiada agua y murió a cincuenta metros de la costa. Pobre. Lo tuve en mis brazos toda una tarde: frío, inerte, morado y cuando me decidí a cavar su tumba recordé el funeral de mis padres. Perdón, se me olvidaba, es la falta de vitaminas, el comienzo de todo es que soy huérfano.
Si no me equivoco el yate se hundió hace siete años. Cada vez que pienso en el naufragio recuerdo a mi madrina repitiéndome que a mis padres les habría gustado que yo fuera feliz. Ella a veces se asomaba por la casa de acogida en la que me crié y me llevaba a almorzar o al cine. Yo me comportaba como un quiltro obediente, esperando que al finalizar la tarde me dejara vivir en su casa. No sé por qué recuerdo estupideces. Debe ser la nostalgia. Siempre me pasa lo mismo. Pero volvamos a lo importante: del accidente rescaté la radio, algunas provisiones y un maletín de cuero cargado de dólares que aún uso de almohada; mi herencia. Sin embargo, lo peor de todos estos años es el olor a marisco impregnando en mi cuerpo. Eso me pasa porque aprendí a capturar langostas con las manos. Tal faena se puede hacer cuando el sol se esconde al fondo del océano y justo aparecen unos rayitos violetas que obligan a los bichos a dar vueltas y vueltas en círculos. No se lo cuenten a nadie: soy un superviviente.
A veces corre un poco de brisa. El clima se tuerce a cada rato. La culpa la tienen los aerosoles y los aires acondicionados. En alguna parte, no tan lejos, algún ingenuo debe estar rociando una nube de insecticida sobre un montón de moscas, mientras recibe en la cabeza un aire más artificial que mi esperanza. Yo prefiero no resfriarme. Me salen mocos. En la escuela tuve un compañero que se los sacaba usando su dedo índice y era capaz de arrojarlos a distancia. Si me los tiraba al pelo me daban arcadas. Les tomé asco en el funeral de mis padres. Ese día me salieron mocos verdes, bajaron hasta mi boca y yo no hice nada. Solo recibí las palmaditas de consuelo en mi pequeña espalda. Por suerte acá no me he enfermado. La última vez que sucedió fue en el Puerto de Valparaíso. Llevábamos dos semanas de navegación y recalamos para aprovisionarnos. Rogelio, mi profesor del taller de cuentos, el mequetrefe que se coló al viaje gracias a que se hizo amigo de Paula, me invitó a conocer a un colega. Como Rogelio además era peluquero pensé que el escritor había sido una de sus conquistas. El tipejo se llamaba Antonio Galgo y resultó ser un idiota. Era alto y tenía rulos, como Rogelio. Era un vendedor de humo que solo quería publicar su novela, como Rogelio. Un consejo: desconfíen de gente así. Paula nos esperaba en el yate, pero Galgo, con un mal gusto impresionante, mientras bebíamos se puso a citar libros como una cotorra. Regresamos al embarcadero a las cuatro de la mañana. Yo tenía puesta una camisa manga corta. Me resfríe en dos tiempos. Por eso, al día siguiente, cambiamos la ruta y apuntamos la proa hacia el clima cálido de la Isla de Pascua. Algunas noches salía a cubierta y pensaba en papá y mamá, en todos los huérfanos del mundo, en mi hijo y las cosas que le enseñaría durante el viaje. Hasta que me quedaba dormido protegido por las estrellas.
Todo lo que sé de mamá es gracias a mi madrina. Se supone, y así lo confirman un par de fotografías, que tengo su mismo color de pelo. De papá heredé el pie plano, la nariz de gancho y otras tantas inutilidades. Ellos murieron sin poder verme crecer. Yo envejezco sobre la tumba de mi hijo. Alguna vez mi madrina me dijo que la familia es sagrada. Para ella fue fácil decirlo: se convirtió en mi tutora, se quedó con el dinero de mis padres y además era hija única. Paula tampoco tenía hermanos y Rogelio… ¿a quién le importa? Yo quería tener una de esas familias que usan camionetas con tres corridas de asientos. Imaginaba que pronto nos rescatarían y volvería a empezar todo de nuevo. Mi plan B fue nadar, una y otra vez, hacia los restos del yate y poner a salvo lo que sirviera. Entre tanto, Rogelio y Paula salían a buscar alimentos. Un día, cansado de las jornadas de natación, decidí entrar al bosque contiguo a la playa. Pensaba cazar lagartijas. Tenía mucha hambre (aún no aprendía el truco de las langostas). Esquivé ramas y llegué a un arroyuelo. Algunos pajaritos de colores volaron de un lado a otro. A lo lejos oí un ruido. Caminé en puntillas. El pasto, verde y alto, frenó mi avance. Entonces, desde el suelo se incorporó Rogelio. Luego apareció Paula. Estaban en pelotas. No me vieron. Tomé un palo. La cabeza de Rogelio se abrió como un melón. Paula chillaba. Con todas mis fuerzas le quebré el cuello. Lo más sabroso fueron sus muslos. Sus costillas las hice sopa. El amante, si les interesa, se fue al fondo del mar y su pene de burro se convirtió en almuerzo de cangrejos. El yate se hundió por completo una semana después.
Me pregunto si alguien todavía me estará buscando, si este suelo de arena no será fruto de un mal sueño, si ese tal Galgo habrá publicado su novela. No hay caso, otra vez estoy recordando estupideces en vez de decidirme a arrojar esta botella al océano.

viernes, junio 24, 2016

Santiago Dabove por Borges

Estas son las entradas más significativas del Borges, de Adolfo Bioy Casares, acerca de Santiago Dabove. El año pasado gracias a la editorial Las cuarenta hemos podido volver a disfrutar de los cuentos recopilados en La muerte y su traje. Van los fragmentos recopilados de los diarios de Bioy:

Miércoles, 18 de mayo de 1955. (…) Borges recuerda la letra de la parodia de Entrada prohibida:

Del Abbaye la espiantaron,
y la razón no le dieron,
pero después le dijeron
que era por falta de higiene,
pues la pobrecita tiene
una costumbre asquerosa
de no lavarse la cosa
por no gastar en jabón.

Dice que, al oírla, Santiago Dabove comentó gravemente que la razón no le dieron es un buen psicologismo. “Tal vez el único de la literatura universal, che” —generalizó Macedonio con su voz tan suave—. Borges observa: “Le gustaba generalizar”.

Domingo, 8 de noviembre de 1959. (…) BORGES: “Santiago Dabove era muy del Oeste. Alguien menciona un pueblo: ‘¿Es de la línea del Oeste?’, preguntaba Santiago. Si le contestaban que no, él exclamaba poco menos que con desprecio: ‘Entonces no lo conozco’”.

Jueves, 27 de julio de 1961 (…) Me habla del prólogo que escribió para el libro de Santiago Dabove. Refiere ahí que Dabove contaba anécdotas que le hubiera gustado a Maupassant; por ejemplo, que en la inauguración de una casa mala, en un pueblo suburbano, los muchachos bien estaban de lo más cómodos, como acostumbrados a esos lugares, y en cambio malevos temibles, que solo conocían el amor en zaguanes, se mostraban intimidados. El caviloso César Dabove se molesto de que Borges pensara incluir esa anécdota.

Jueves, 26 de diciembre de 1962. BORGES: “Peyrou no es rencoroso; olvida las ofensas. Un día, hace muchos años, ante un grupo de amigos refirió que se había indignado con alguien y que estuvo a punto de pegarle una trompada. Santiago Dabove le dijo: ‘A ver, muéstreme la mano’. Peyrou la extendió. Dabove la observó y la palpó, y después comentó: ‘Hizo bien de no pegarle. Se hubiera lastimado la mano’. Peyrou recuerda siempre con afecto a Santiago, como a un amigo muy querido. Sin embargo, este cuento —que en su tipo es bastante perfecto— muestra a Dabove como un malevo inmundo”. BIOY: “Sí, puede uno no tomar en cuenta la ofensa; puede uno olvidarla; pero es difícil querer a quien procede así». BORGES: «Indudablemente, el que queda mal en este cuento es Dabove. Queda particularmente mal porque Santiago, aunque de mayor talento, no era como César, un señor. Santiago trabajaba los domingos en el hipódromo, y el resto de la semana estaba borracho, en el catre, o jugando a los naipes en los almacenes de Morón. Quiero decirte que vivía en un mundo en que un episodio así se ve como una ofensa, como una humillación agresiva, no como una broma. Y fijate: obró ante un grupo de amigos; le palpó la mano estimativamente, manoseando un poco; lo felicito; por un instante sus palabras pudieron parecer una felicitación o un consejo amistoso”. BIOY: “Desde luego, la interpretación de estos episodios depende de cómo los haya sentido quien los padeció. Peyrou no dio a este ninguna importancia: habrá pensado que Santiago estaría un poco borracho y tendría la tentación de imitar a los malevos del anecdotario de Morón; entonces para Peyrou el asunto no contó. Si alguien no reacciona ante un insulto, porque no tiene ganas, porque desprecia al insultador, porque está por encima, porque encuentra que la situación es parcial, el insulto carece de importancia; pero si no reacciona por temor, el episodio es grave y dejara en la víctima un imborrable recuerdo de oprobio”.

Sábado, 20 de junio de 1964. (…) Dice Borges que, según Santiago Dabove, la idea de malevos con sentido del honor era falsísima: “Eran una inmundicia. Cualquier medio, para ellos, era bueno. Esperaban al rival en la sombra y a quemarropa le tiraban un balazo o le metían la puñalada. No entendían de juego limpio. Vicente Rossi, sin embargo, sostenía que en los torneos de tango con quebrada y corte que había en las academias, a ningún participante se le ocurría agraviar al juez o ser descortés con los rivales. ‘Y eso que los participantes eran todos compadritos de barrio’. Rossi sostenía que el fútbol había corrompido al pueblo y que aquellos tiempos eran otros”. (…)

Sábado 4 de septiembre de 1966. Considera que el Fausto de Goethe es el ejemplo más perfecto del faux chef-d'oeuvre. “Santiago Dabove dijo que valía más la admiración por De Quincey de un grupo de entendidos que la del vulgo por Goethe. Tenía razón, pero la frase resultaba graciosa, porque su autor estaba entre el vulgo”.

Miércoles 4 de enero de 1967. De Santiago Dabove: “Tenía razón Wilcock: en verdad, parecía un carnicero. Un día dije que Santiago sin duda conocía muchas historias de malevos de Morón; que era raro que no las escribiera. Fernández Latour contestó: ‘No podría. A Santiago le interesan las ideas, no las personas’. En la casa de ustedes de la calle Coronel Díaz, lo encontré a Santiago en el baño. Estaba solo, muerto de risa. Le pregunté qué le pasaba. Me señaló la balanza y me dijo: ‘Es la primera vez que veo una balanza en la letrina’”.

Martes 13 de junio de 1967. Recuerda que Santiago Dabove observaba: “Hay personas estúpidas a quienes les gusta el cinematógrafo por el argumento, las fotografías o el diálogo. El hombre refinado va a ver cuerpos de mujeres. Porque hay que reconocer que las mujeres de las casas públicas no valen nada”. También reputaba Dabove superior el cine norteamericano porque “las actrices son todas lindas, en cambio los franceses ponen famosas actrices de teatro, que son cada loro...”.

Sábado 24 de agosto de 1968. BORGES: “No es como los Dabove, que sin duda creían que Morón era un paraje extraordinario. Una vez le hablé de Adrogué a Santiago. ‘¿Queda en el Oeste?’, me preguntó. ‘No, en el Sur’, le dije, y él declaró sin empaques: ‘Entonces no lo conozco’. Como si dijera: ‘No me interesa, no existe’”.

Miércoles 9 de diciembre de 1970. Cuenta Borges que hablaba un grupo de escritores. Llegan otros: Santiago Dabove les pide silencio, que no interrumpan. Mastronardi insiste: “¿De qué hablan?”. Santiago Dabove contesta: “De colchas”. Macedonio Fernández opina: “Un tema muy masculino”.

Jueves 27 de mayo de 1971. Por la noche llama Borges: “Cicco es un sinvergüenza. Estaba con Cocaro, en la conspiración para hacerme renunciar. Cuando cayó Levingston y renunció la señorita Levillier, renunció a su cargo de investigador en la Biblioteca. Yo por nada hubiera renunciado. No iba a facilitarles las cosas a mis enemigos. Según Santiago Dabove, un hombre no debía amenazar ni dejarse amenazar, porque las dos cosas son ridículas: ‘Uno puede dejarse patear, moler a golpes, pero no dejarse intimidar’. Es claro que si te apuntan con un revólver, podés aflojar, porque vale más seguir viviendo que no ceder a una humillación”.

domingo, junio 12, 2016

algunos poemas de reynaldo mariani y presentación de prolegómenos, mamotretos y reluctancias


La editorial Instituto Lucchelli Bonadeo acaba de publicar prolegómenos, mamotretos y reluctancias, de mariani (el poeta reynaldo mariani). Miembro de la revista Opium en los años 60, poeta beatnik y nómade, amigo de Marcelo Fox, de Ruy Rodríguez y de otros bohemios de aquella época, esta nueva antología seleccionada y prologada por Federico Barea permite recuperar una voz poética que se había perdido en libros inhallables y publicaciones poéticas efímeras.
El miércoles 15 de junio a las 19 hs. en el bar Mordisquito (Pasaje Enrique Santos Discépolo 1830 - CABA). Presentan Ruy Rodríguez y Rubén de León. Tocarán Claudio Sánchez y Alfredo Slavutzky.


Gentilezas de Federico Barea, van algunos poemas de mariani como muestra y en un próximo post comparto el prólogo a prolegómenos, mamotretos y reluctancias.

IDILIOS

sopla el viento cálido del este
su caricia es demorada i penetrante
algarabía de colores, aromas, formas!
la floresta toda es saturnal festejo, i bebe

mariposas ebrias en el prado
leves roces, finas vibraciones
sorprenden a las flores
las envuelven, las abrasan, las voltean...

trazos giros signos
siguen su camino
suaves sueltos libres

la tarde es poseída ahora por silencio
algunas hojas caen del árbol
se posan sobre la tierra húmeda
estremeciéndose apenas

lasas
se entregan a la quietud del todo

tierra, hojas, mariposas, árbol
viento..., son música diversa
i el soplar, estar, caer, volar
vibrar
es música-memoria
de lo que es
de lo que fue
i de lo que va a ser
o no

'97/'00

POETAS SIN PADRINO

"never more", said the raven
"never more".
-e a poe-

hallarán qué amargo nuestro gusto amargo es i dichoso
que nuestro sabor, a equívocos; i el olor: a bienimal sin filtro

que nuestros días/noches, transit, no merecen
la atención de los biógrafos, ni de nadie

i que nuestras pieles carnes tripas
secas magras flojas
i vísceras enrarecidas por la mucosidad ambiente
configuran un todo sombrío, anormal, ominoso
i decadente, tal vez
o rigurosamente ingobernable-incoercible?

si persisten, hallarán también que nos carcomen
nos acosan, nos acaban porqués, cómos i quizascuándos
científica, civil i castrense(mente?) condenables

ay, prometeos
orfeos, charlie parkers
sin Futuro-galardones-mausoleo-lauros-crédito-sitial
en LA academia-almuerzos-guitA-gloriA-CD Room-patio i dep de serv

sucia! es la imagen de vuestra imagen otro tanto
i sucias! las heridas-pústulas que nO
no cicatrizarán nuncA

'68/'98

GÁTIDOS

aparecen i se perfilan i trotan i mían te siguen se enredan-confunden con tus piernas tropiezas los pisas maldices que chillan se apartan no cejan se enredan maúllan van-vienen-van i se agitan i saltan i claman tú sabes qué hambre! te apremian te urgen ...que esperen! no esperan lamentan comida! los amas-los odias-los amas que mían te arañan las piernas qué hambre! se quejan... el cuenco la ración el platito la leche sonríes de dientes les sirves i se abalanzan se empujan se apiñan derraman no importa que callan i por fin "se organizan" i lamen o sorben o mastican con furia i te olvidan mastican o lamen o sorben te sientas suspiras i fumas.

tú fumas i piensas. ellos comen.

terminaron se hartaron te ignoran caminan se estiran bostezan se lamen-relamen se enarcan no eructan-eructan se arquean se van i alguno te mira al pasar caminando i se va con los otros que se dispersan o vuelven i se lamen se lavan se echan o sientan erectos o se acuclillan o saltan sobre la pared hacia el techo o trepan al árbol la parra o sobre el pilar a mirar a lo lejos silencio te sirves un vino silencio.

tu bebes i piensas. ellos ocian.

...que corren que frenan que saltan que paran que arrancan que rotan i retozan contentos? (tan serios)... subiendo-bajando-rodando... o se congelarán un instante acechantes... tensos... pegados al suelo... un pasito... una pausa... otro paso... el apronte... la espera... i el salto! sobre una presa algún 'algo' amarillo o verdoso que revolotea/ba entre las plantas las flores las ramas las hojas la blanca pelota pinchada un bichito o el pichón que cayó que se agita que gime que chilla!!... sus plumas.

tú te atragantas. ellos devoran.

devoran se lamen se lavan se echan o sientan digieren bostezan se paran se estiran te miran mían te olvidan se alejan los llamas te ignoran se echan al sol o a la sombra del árbol la parra las plantas que huelen que muerden silencio caminan i paran orinan o cagan te miran tú fumas se encogen se estiran i un ruido cualquiera que un perro un caballo a la puerta se alarman se tensan vigilan no es nada se calman se abstraen en un punto lejano o cercano cualquiera no sabes se paran-se sientan-se paran-caminan-se alejan i alguno se acerca te roza i le tiras la cola i se queja i te araña muy leve i te mira (se mofa?) no es nada es en broma no importa sonríes te mira te lame se vuelve se arquea se estira se junta con otros dormitan silencio atardece la brisa el cigarro el vinito meditas.

tú meditas. ellos...

i oscurece i te vas para el cuarto i son dos o tres que te siguen los pisas tropiezas maldices i entran i corretean i saltan sobre o se ocultan bajo la cama o la mesa o el sofá i reaparecen se estiran súbito se lamen i/o se despulgan despiojan o deslendran te miran-te ignoran i miden calculan i saltan sobre la mesada i caminan los frascos la jarra de lata es el vaso de vino! que eluden i bajan i corretean tras una araña que huye i se oculta o tras la polilla que atrapan i se disputan i desmenuzan-devoran se lamen i enfilan hacia la repisa que recorren que cae algún libro no importa... i se descuelgan se miran se enfrentan se trenzan fingiendo que luchan o luchan en serio revolcándose retorciéndose bufando i gruñendo i se apartan se miran se vuelven i juegan con un zapato o la pierna de un pantalón o una media o saltan sobre la cama tu cama o sobre la mesa tu mesa i transitan el tratado de la deseperación-la olivetti-el proceso-pessoa-ezra pound tu regazo suspenso sus uñas... te aguantas... se acomodan runrunan i fumas i bajan/los bajas silencio se van a la cama tu cama se acomodan los miras te miran... sus ojos... te invitan les hablas te ignoran (te niegan?) se aovillan se duermen.

tú piensas. ellos existen.

zapala '00

HISTORIA REPETIDA
(5 tanguitos provocados por la música de astor piazzolla)

"el espíritu, no la letra"

I
desde cuándo de estas manos mías
aleladas, apretadas manos de tormentas
las putas que yo amo
consecuentemente
mueren de vez en cuando en buenosaires
asestando
escamoteando
copyright
dedicatoria

II
ciudad
cuándo reaparecerá tu voz
rompiendo la intermitencia desta yuvia
amanecida fina mañana burocrática
ante mis ojos en desuso
-tu voz
(porque yueve fantasmal en buenosaires)

III
cuando apareciste vos
todo el asfalto cotidiano se convirtió de pronto
en un inmenso valle, verde, hasta entonces desolado
i clamoroso de silencios que giraban
silencios que giraban

IV
desde los últimos recónditos lugares
desde este destemplado buenosaires
desde los inicios mismos destas noches mal paridas
que ni siquiera acaban mal
qué significa, ciudad
exiliarse repetirse en cada esquina
cada mar
al sur

V
por dónde seguiré buscando tus caricias, tus gemidos
que no olvido
preguntándole a qué vivos repentinos luminantes
letreros de neón
si es que te vieron
pasar por dónde, digo, les grito
"mozo!, sirva otra copa..."
me pregunto

'64/'68


(THE END)

por tanto, con un final-continuidad en inglés
me hago a un lao, ciudad, me desencanto
de Ud i de los Ud sin alas
desembarazo de sus caderas represivas
i me despido de Ud
tras mucho mordisquear
vacilar, palpitar, buscar
i rebuscar qué
entre sus húmedos, vómitos vacíos

i masacres, pisotones i alaridos que no es preciso repetirlo
pulsan sensibles las más íntimas de los nuestros nosecuántos

me borro, me hago humo, ciudad amadaodiada, aseguran-
do morosa i/o estúpidamente mi bolsa de los silencios vagos

i «una colección de signos a veces indescifrables» -sic

doble entonces mi perro (por última vez?)
sus esquinas, ciudad, resignadas al mismísimo mismismo

sin otra, i a la espera de sus, nos reiteramos sus, etc

SS -pánico? -V/catálogo (el suyo)
atte
... deseos de un prox

martes, junio 07, 2016

Completando las obras (VII): Un suicidio

Este relato fue uno de los primeros de Rozenmacher. Lo publicó a los 26 años en la efímera revista Entrega hacia 1962 (en esas páginas también publicó "El gato dorado" y "Tristezas de una pieza de hotel") y nunca fue recopilado ni en la edición del CEAL ni en la edición de la Biblioteca Nacional. Mea culpa, lo hallé de forma tardía. En "Un suicidio" hay un tono que recuerda a Réquiem para un viernes a la noche, la primera obra de teatro de Rozenmacher: cierta necesidad de romper con los mandatos sociales y con la rutina pero que parece destinada al fracaso en una sociedad fría y distante. Vaya pues un relato temprano de Rozenmacher para seguir cubriendo huecos en sus obras completas que, por suerte, parecen no cerrarse nunca.

Un suicidio (Germán Rozenmacher)



Germán N. Rozenmacher. Porteño. 26 años. Periodista. Una novela en preparación y numerosos cuentos en su haber.

El viejo profesor alisó las hojas arrugadas, se colocó sus anteojos, antiguos y como empañados —tenía la vista muy cansada— y muy despacio, como hacía con todas las cosas, leyó, palabra por palabra, hasta el fin.

I

Buenos Aires
24 de noviembre de 1960
Durante algún tiempo estuve muy triste. Era una manera de sentir la vida, de querer a los demás, de registrar con implacable minuciosidad la cháchara hueca que ocultábamos yo y los otros, de medir los fracasos. Con rabiosa ternura.
Ahora estoy seco. Es aburridamente desesperante saber que uno no puede, en el fondo, hablar de otra cosa que no sea la tristeza. Aunque uno se invente la alegría y la haga flamear ante sí mismo. Y sin embargo antes guardaba tanto callado amor, tanta vieja ternura… Ahora no tengo ternura por nadie. Estoy allí, tan lejos de mí mismo… Yo y mis semejantes. Casos clínicos fríamente registrables, moviéndose con mutua indiferencia, con feroz indiferencia, dentro de este manicomio. De esta ciudad-manicomio. Y entonces juego con la idea de la compra de una pequeña, casi inofensiva, femenina pistola calibre 22. Algo no demasiado caro, que no desnivele mucho mi presupuesto y que se pueda usar con cierto confort, liviana, dentro de mi mano, apoyada contra mi sien. O mi boca. O mi pierna, para que no suceda nada serio. Hago mi balance. ¿Qué más puedo decirme a mí, qué imagen puedo forjar de mí, perdurable ante el mundo? Soy un tipo que tenía cierto talento literario, que prometía un poco, y que ahora, desde hace muchísimos días —casi no puedo contarlos ya— no pudo escribir nada con tanta sinceridad como estas líneas. No quiero llorarme más. Me repugna y me enerva hacerlo. A nadie le importa que lo haga. Ni siquiera a mí mismo. ¿Qué puedo dar y darme más que la imagen de mi absurda soledad? Y esta frase resume lo repulsivo de mi situación. Me imagino, dentro de 50 años, para vengarme de mí mismo, es un altillo, en una pieza que no le importe a nadie, yo, solo, escribiendo inútilmente. Y quizá cincuenta años atrás hubiera construido una hermosa y lúgubre literatura y hasta es posible que hubiera sido vagamente feliz. Hoy seguir hablando de mi soledad ya no tiene sentido. Ni para mí, que me ahogo en ella ni para los demás que huyen de los aullidos de sus propias soledades. Soy un caso clínico, un enfermo. Que será trivialmente borrado por el tiempo. Seguramente mis relaciones traumáticas con mamá y otras cosas parecidas sean la causa. No me importa mayormente esa cháchara. Lo que sé es que quisiera amar y ser amado. Un personaje de Pavese hablando de una mujer que se suicidó dice que lo hizo porque las mujeres “son incapaces de pensamiento abstracto”. Hay momentos como éste mío, en que ni mujeres ni hombres tienen derecho al pensamiento abstracto. A la huída. En este caso, olvidar la satisfacción de necesidades básicas es huir. Necesidades básicas. Qué pudor tengo de decirme que quiero una mujer, que quiero el pan y el vino, que quiero un poco de simplísima felicidad. Un revólver para borrar esa iniquidad, ese testimonio maloliente de impotencias y de gestos vanos que es uno mismo, no es ninguna huída. Es una gloriosa retirada. Es la asunción definitiva de un papel que ni yo mismo —y por supuesto tampoco los otros— pueden cambiar. El suicidio es entonces un gesto de salud. De una salud deseada por los demás, a través de este pobre acto agresivo que implica apretar el gatillo. Son las cuatro y media de la tarde. Y ya no son más las cuatro y media de la tarde. Dios mío. Este juego parece no tener sentido hasta que me compre el revólver. Nada fortifica tanto como amenazarse a uno mismo con el propio suicidio. Además es por fin algo importante ¿no? Que uno hace en la vida. Lo único. Pavese esperó quince años amenazándose constantemente a lo largo de sus obras y finalmente, cuando se acabaron todos los disfraces, todos sus personajes suicidas, cuando la literatura no pudo demorarlo más, cuando ya había realizado todo lo que creía factible —“en mi oficio soy rey”— creó su mejor, su inmortal personaje cuando clausuró su diario íntimo y se pegó un tiro. “En mi oficio soy rey”. Yo también puedo intentarlo. ¿Pero en la vida real y carnal, que será de mí? No quiero ser capaz de abstracciones. Ni siquiera creo que voy a continuar este diario que empecé hoy. Con lo que escribí hoy será suficiente. Puedo leérselo a todos los que se me pongan a tiro. La cosa parecerá tan pública y grotesca y voy a ser un personaje absurdo de caso clínico tan clavado que ya no podré tomarme en serio y ya no tendré fuerzas para suicidarme. Y sin embargo esa es la única manera para que durante poquísimo tiempo, quizá veinte segundos, los demás, alguien, despavorido ante el presagio de su propia infelicidad y de su propia muerte me tome en serio. Quiero terminar porque no hallo mi sentido, porque no tengo mujer, porque las infinitas pequeñas crueldades que le hice a la gente y que los otros me hicieron a mí, me desgastaron. No tengo mujer. Probablemente no sé conseguirla. Y ya está resumido mi caso: pueden ustedes decir: fulano se suicidó porque era negro y por eso no podía vivir en paz. Cada uno de nosotros es negro, o judío, o pordiosero. Cada uno de nosotros tiene su propio hedor, el de su peculiar desdicha. Que al fin no resulta nada peculiar. Y es por esto que los demás verán claro. En seguida verán claro. Y por unos días quizá algunos se acuerden de mi caso clínico, pan comido para psicoanalistas, de mi complejo de Edipo o qué sé yo qué otra tontería con que cubrimos las verdades más simples y menos escrutables sin embargo. Entonces pasaré. Y seré el personaje que deseé ser. Nadie tendrá la culpa, salvo en parte yo. Y los que quedan en esta ciudad, selva, manicomio, quizá digan: que se joda, él buscó ser así como era. La culpa mía, la culpa de los otros con respecto a mí o a cualquier otro ser humano es tremenda, tan aguda y feroz, que resulta imposible asumirla sin asfixiarse y huir. Por eso no existe tal culpa. No sé. Todo es confuso y se me escapa. Y lo único que me regocija es ese secreto juego con la idea del calibre 22. Todos huyen de la desdicha. Mi hedor me cubre.

II

Diego vió cómo el viejo profesor terminaba de leer esas dos hojas ya amarillentas. No sabía por qué se las había mostrado. Nunca lo había hecho con nadie. No tenía amigos que se interesaran por la literatura.
—Está bien escrito –dijo el otro.
Diego sonrió. Maquinalmente el otro sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y empezó a secarse el sudor de la calva rosada. Era inútil porque en la oficina había aire acondicionado. El viejo profesor no era para lugares confortables como ése. Tenía una antigua torpeza que a Diego le resultaba demasiado familiar. Allí estaba el otro, un profesor del colegio secundario muerto de hambre que le había venido a pedir trabajo. A lo largo de la gran sala en penumbras, había diez maquetas de rascacielos con sus ventanitas encendidas. El profesor trataba de mirarlo con cierta húmeda compasión. Pero el muchacho sonrió. Sabía que el otro no podría compadecerlo. Su imagen no suscitaba la piedad, precisamente. Sonó un teléfono, atendió a una secretaría, firmó numerosos papeles y de su billetera sacó las fotos de sus dos niños, su mujer y de su bote de vela. Se veía a sí mismo a través de los ojos del otro, complaciéndose en la perplejidad del profesor. Se veía impersonal, eficaz, ejecutivo, usando sus finas camisas de seda. Había escrito esas dos páginas polvorientas cinco años atrás, cuando no había cumplido los veinticinco. Después quemó las cuatrocientas páginas que había empezado a escribir, con sudor y lágrimas, en el colegio nacional. Y después no escribió una sola línea más, en serio. Además no podía hacerlo. Ahora tenía que trabajar diez horas por día. Y ganaba mucho dinero. En su ex profesor vió la antigua imagen lamentable de sí mismo. Tuvo vagas sensaciones de grandes bibliotecas, con muebles viejos y arañas polvorientas y él cruzando plazas hacia ellas, con girones de niebla flotando sobre los faroles encendidos, a las diez de una mañana de invierno oscura y lluviosa. Y después sentarse en la biblioteca y hundirse en libros asfixiantes como ciénagas y leer con todo el cuerpo palabras que ardían como carbones encendidos. Y después escribirlas, a su vez. Y ahora allí estaba, como joven promisorio, como jefe de publicidad de esa empresa constructora de casas. Y había inventado varios slogans felices. No. Su antiguo profesor que ahora dependía de él para conseguir un poco de dinero ni siquiera había tenido talento para escribir cuatrocientas páginas y quemarlas, ese pobre diablo, seguramente buscaba alguna manera de sentir compasión por él. Pero toda piedad había muerto. Porque no era necesaria.
Por fin, el profesor dijo mirando las fotografías:
—Es una historia con final feliz —con su aire de niño precoz de 30 años.
—Claro —dijo el muchacho—. Pero no perdamos más el tiempo en tonterías. A mí me gusta sorprender a la gente —sonrió, poniéndose serio en seguida, con su impecable eficacia ejecutiva—: Creo que tengo un trabajo para usted.

Fuente:
Entrega n° 4, mayo-junio de 1962, p. 2.

viernes, junio 03, 2016

Crítica de la razón negra, de Achille Mbembe (Futuro anterior ediciones, 2016)


Me hago eco de la publicación de Crítica de la razón negra, de Achille Mbembe, vía Futuro anterior ediciones. Será sin dudas uno de los libros del año, la traducción de una obra central en el pensamiento postcolonial y filosófico.
Copio algunos fragmentos del prólogo "Ex libris: Achille Mbembe", de Verónica Gago y Juan Obarrio:
(...) Ex libris: a modo de sintética presentación de las problemáticas abordadas por Mbembe, diremos que un cierto hilo de ariadna une el discurso y excurso que va de esos libros al actual: el presente texto profundiza la disección de la matriz del poder colonial, y de la construcción de la subjetividad colonial iniciadas en textos anteriores, trasladándola desde África y el momento inmediato de la post-independencia a un terreno global y al contexto contemporáneo. Las lógicas actuales de la violencia y de la explotación extractiva a escala planetaria, que perpetúan dinámicas de racialización y segregación, son aquí definidas como el momento del “devenir negro del mundo”.

Si, por una parte, el filósofo africano Valentin Mudimbe describió la biblioteca colonial que fue construyendo a lo largo de siglos la idea de África que impera en Occidente, puede decirse que a lo largo de más dos décadas Achille Mbembe ha venido pacientemente desmontando muchos de los basamentos de esos saberes, a la vez que elabora una portentosa biblioteca postcolonial, erigida sobre un suelo de pensamiento crítico y apuntando a un horizonte emancipatorio. Se trata de una colección de libros que desgranan diversas hilaciones de una misma idea: la del fin de Europa como referente central de nuestro tiempo.

Este libro lleva la firma indeleble de Mbembe, un gran estilista de la lengua francesa que, evocando series de imágenes del África poscolonial, desglosa algunos de los temas clásicos que atraviesan sus textos: los aparatos de captura coloniales y neocoloniales encarnados en los campos de lo fiscal, las finanzas y las burocracias que generan territorios segregados y poblaciones flotantes, contextos donde emerge fuertemente la centralidad de la figura histórica del esclavo. Sobre todo, el texto continúa el estudio del lugar crucial que ocupan la violencia y las diversas figuras de la muerte dentro de estas dinámicas de poder. (...)

El prólogo sigue acá.

También copio algunos fragmentos de una entrevista de 2013 traducida al castellano por estos días:
(...) Usted dice de entrada que el término “negro”, que estructura su último libro, es indisociable de la invención de la “raza”. ¿Se trata de una ficción, de un delirio, de un operador ideológico?
Achille Mbembe: Es un concepto, una noción cuyos múltiples sentidos han variado a lo largo de la historia, al menos a partir del siglo XV. La palabra “negro” remite tanto a cierta ficción, que se esfuerzan en llevar a la realidad, por medio del sueño, del deseo o de la violencia, de la crueldad. Pero sobre todo, es un concepto que remite a la imposibilidad de control, incluyendo el control de aquellos a quienes se esclaviza, se somete a condiciones de deshumanización extrema: los esclavos. De esta manera, es una palabra que remite a la posibilidad siempre presente en la historia de un levantamiento radical.

¿El negro es entonces también una figura posible de la emancipación?
Achille Mbembe: Es una figura de la posibilidad de insumisión, de insurrección y de emancipación. La historia de la emancipación humana es, de alguna, manera, una historia negra, al mismo tiempo que una historia de negros, en la medida en que todo ser humano lleva en sí una parte de negro. (...)

Usted devela en este libro un regreso a la “raza” con otros disfraces, los de la cultura, la religión, la clasificación de los seres humanos bajo la égida de lo biopolítico. ¿Por qué se convoca de nuevas maneras esta noción de “raza” actualmente?
Achille Mbembe: La raza es demasiado “útil” para desaparecerla. En el contexto contemporáneo nos resulta cada vez más difícil enunciar con claridad las razones por las que constituimos un mundo común. Esas razones ya no nos resultan para nada evidentes y, al no emprender una reconstrucción paciente de las razones por las que deberíamos vivir juntos, creamos una situación en la que lo importante es ir en busca de
lo que nos separa. En tal contexto, la raza se vuelve un operador porque permite separar a los nuestros de los que no lo son. Aquellos que, aun viviendo entre nosotros, no son para nada de los nuestros. La movilización del significante racial permite desempatar a la humanidad entre aquellos que deben vivir y aquellos que deben ser expuestos a la indiferencia y ser parte de la clase de los superfluos.

Usted define de manera muy precisa el momento del neoliberalismo en el cual estamos ahora. ¿Qué hay de nuevo en la manera en que este sistema económico se extiende sobre todo el planeta?
Achille Mbembe: Estamos en un momento en el cual la forma dinero usurpa las funciones de creación y de redención antes atribuidas a dios. Es el momento en el que lo que se llama Mammon en la Biblia, cuando el principio del dinero aparta el principio divino y lo sustituye. A partir del momento en el que el principio dinero sustituye al principio dios, el principio dinero se vuelve el relevo primero y último de todas las significaciones y se instituye en culto idólatra cuyo dogma consiste en confundir todo, mezclar todo, tanto lo que concierne a lo humano como lo que concierne a la cosa, lo que concierne a la mercancía. Nada de eso cuenta ya. (...)
La entrevista completa puede leerse acá.

miércoles, junio 01, 2016

Demódoco de Corcira (José Edmundo Clemente)

Comparto el texto que abre el libro Historia de la soledad (1969), de José Edmundo Clemente (ya he posteado sobre esta pequeña gran obra, acá y acá). El primer olvidado es Demódoco de Corcica, creador del mito del caballo de Troya.

1. Demódoco de Corcira (José Edmundo Clemente)

El principio. En el principio fue el mito, porque en el principio fue la imaginación. Los días repetidos, el tedio de las horas iguales, la incertidumbre cotidiana; la noche y el rayo. La muerte. El pasado sin pasado. La soledad. Todo lleva a la vacilante imaginación del hombre primitivo a buscar refugio en un mundo habitado por seres fuertes, irreales, libre de los temores vulgares de la tierra. Nace el mito como desesperación de la mente ante la pobre realidad que circunda la vida inicial; como angustiosa proyección del instinto de no morir. Religión o filosofía. O como esa perduración más inmediata a su voluntad, la del arte. El arte es la inmortalidad del sentimiento; eternidad de la imaginación. Los pueblos sin mitología son pueblos sin cultura, porque son pueblos sin imaginación ni conciencia de soledad. Imaginación y soledad forman aquí un coincidente arco conceptual, no una frase apoyada en simple arquitectura decorativa. Las palabras buscan su vértice gótico por necesidad interior. Sin imaginación no hay cultura; la soledad ya es una sensibilidad de la imaginación.
La preponderancia del mito en el origen de la cultura sirve para abrir otra historia antigua, la de la ingratitud. Olvidar el nombre de su creador parece ser la esencia del mito, como si el anonimato fuera su verdadera estirpe fantasmal. De ahí que nunca sorprenda la falta de autor en la portada de epopeyas y leyendas mitológicas; cuando mucho, por complacencia, admitimos una imaginación creadora colectiva a fin de aminorar la culpa de este descuido. Obras de extensión orgánica que denuncian un trazo único y personal, carecen de identificación. La vieja historia egipcia de Sinuhé, la epopeya del héroe sumerio Gilgamesh, nuestro español cantar de Mío Cid, son algunos monumentos al “autor desconocido”. Con rara fortuna, Homero escapa a esa oscura categoría, sin que, naturalmente, falten escépticos profesionales discutiendo si su nombre traduce un apelativo generalizador ('Omero: ciego; recitador ambulante). Aun hoy, cualquier defensa o crítica fanática despierta partidarios o detractores. Yo deseo evitarme dudas innecesarias; preocupa a mi Historia de la Soledad el nombre de un poeta menor, escondido en la interminable discusión sobre el creador de la Ilíada y que, paradójicamente, lo representa a menudo. Me refiero a Demódoco de Corcira y a su divulgada leyenda del caballo de Troya, leyenda que sintetiza con frecuencia la ilustración gráfica del poema homérico y acapara unánime la inspiración de artistas e historiadores. La documentación siguiente tiende a llamar la atención de los arqueólogos literarios y a recuperar del olvido a este solitario de la mitología.

lunes, mayo 23, 2016

Scan Tailor: limpia, fija y da esplendor

Hace unos días, participando en un intenso taller sobre digitalización bajo el título "A la luz de un escáner", tuve la oportunidad de tener un nuevo encuentro epifánico con un hermoso programa.  
Scan Tailor es el nombre de este procesador de imágenes postescaneo. Trabaja con formatos como JPG o TIFF. Permite armar proyectos; y, luego, las imágenes se limpian, se enderezan, se recortan, se modifican márgenes, se equilibran contrastes y brillos; como resultado final, obtenemos un conjunto de imágenes más prolijo para un posterior y exitoso OCR. 
Nosotros, los que hacíamos el postprocesamiento con programas como el Photoshop (me volví loco) o con las herramientas toscas del ABBYY Fine reader, solo podemos celebrar un programa como Scan Tailor, e invitar a los otros a que se lo bajen (encima es soft libre, una joyita): http://scantailor.org/
Y de yapa, alentarlos a que vean este didáctico y claro tutorial, realizado por mi amiga Scannopolis, para sacarle el jugo a esas imágenes escaneadas, fotografiadas o bajadas de la web. Después me cuenta qué onda. ¡Qué lindo es escanear y compartir!


Tutorial Scan Tailor en castellano from Scann Opolis on Vimeo.

lunes, mayo 16, 2016

Prólogo a Deleuze hermético, de Joshua Ramey

La editorial Las cuarenta publica Deleuze hermético. Filosofía y prueba espiritual, de Joshua Ramey, con traducción y prólogo de Juan Salzano. Para los que hemos leído y disfrutado de la compilación Nosotros los brujos (Santiago Arcos, 2008; un libro agotadísimo en el que participaron desde Héctor Libertella hasta naKh aB rA y que sería bueno digitalizar porque la editorial no parece deseosa de reeditarlo) y de Deleuze y la brujería (Las cuarenta, 2009), la aparición en castellano de este libro central en la exploración del hermetismo y la brujería en el autor de Mil mesetas es un golazo. Por gentileza de Las cuarenta, van algunos fragmentos del prólogo de Juan Salzano.


La Vía de la Inmanencia: El vector hermético del empirismo trascendental (Juan Salzano) (fragmentos)

(...)
El entorno esotérico que rodeaba las actividades de la enigmática editorial Griffon D´Or, en cuya intensa agitación el prólogo fue fraguado, nos pone ya frente a un entramado de fuerzas e irradiaciones propicio para el ejercicio de cierta potencia excedentaria y renegada del pensamiento. Ya desde el año 1943, Gilles Deleuze y su amigo Michel Tournier, guiados por Maurice de Gandillac –su profesor de filosofía y especialista en el pensamiento neoplatónico de Plotino y Nicolás de Cusa–, asisten a los encuentros organizados por Marie-Magdeleine Davy en el castillo de La Fortrelle, cerca de París, por cuyos pasillos desfilaban pensadores y escritores como Michel Leiris, Jean Paulhan, Gastón Bachelard, Jean Wahl, Pierre Klossowski y Jean Hyppolite. Los encuentros funcionaban, a su vez, como fachada para disimular ciertas actividades vinculadas a la Resistencia francesa, una de las cuales consistía en proteger y ocultar refugiados judíos, franceses, ingleses y estadounidenses. Davy, una ferviente espiritualista, de carácter salvaje, rebelde e independiente, conocedora de 10 lenguas vivas y 4 lenguas clásicas, estudiante de filosofía e historia desde muy joven, y Doctora en Teología, se convertirá en una suerte de sacerdotisa iniciadora de Deleuze, quien apenas tres años más tarde le dedicará uno de sus primeros textos: “De Cristo a la burguesía”. Bajo su égida, frecuentará también el salón de Marcel Moré, donde se cruzará con Michel Butor, Georges Bataille, Alexandre Kojève, Roger Caillois, Arthur Adamov y Jean Paul Sartre, entre otras personalidades de la época. En medio de esta ebullición de hibridizaciones entre esoterismo, filosofía, arte y política se cuecen tanto la editorial que dirigirá Davy y que editará el libro de Malfatti acompañado por el prólogo de Deleuze, como el propio temperamento transversal y experimental de este último. Como dijera Deleuze acerca de los filósofos modernos, en comparación con los pintores manieristas: “Dios y el tema de Dios fueron la ocasión irremplazable para liberar aquello que es el objeto de creación en la filosofía, es decir los conceptos, de las coacciones que les hubiera impuesto el hecho de ser la simple representación de las cosas”. Gracias al diagrama de cruces heterogéneos y desviaciones imprevistas (literalmente extra-ordinarias, para-normales) que aquel caldo creador izaba, con total naturalidad, a matriz de pensamiento y de acción, la obra de Deleuze “toma líneas, colores, movimientos que jamás hubiera tenido sin ese rodeo por Dios” o, en este caso, por las complejas y sinuosas avenidas del esoterismo. Cualquiera que haya leído a Deleuze está al tanto de esta lucidez extra-dialéctica: la creación, en él, jamás pasa por las simples oposiciones rígidas e interdependientes del “versus”, sino por el atletismo huidizo del “trans”. (...)

(...) Lo que debería causar perplejidad es, más bien, la ausencia de todo estudio serio acerca de estos aspectos de la obra de Deleuze. Su eventual pero persistente referencia a temas y autores esotéricos (Wronski, Warrain, Court de Gébelin, Castaneda, la brujería, el chamanismo, el Tao, el I Ching, el tantra, etc.) resulta demasiado evidente como para haberla pasado por alto durante tantos años, mientras se fingía, exageraba y alardeaba en su obra un supuesto materialismo chato y meramente desmitificador –finalmente tan ilustrado, tan enamorado de las Luces de la razón– que explotaría el aspecto crítico de Deleuze para, en un mismo gesto higienizante, barrer bajo la alfombra todos sus vectores clínicos (diríase: terapeutas) y creadores, ligados a una noción positiva de las “potencias de lo falso”: la invención de nuevas posibilidades de vida, por fuera de toda referencia a la Verdad (ya lo decía Klossowski al comentar a Nietzsche: “(…) sólo se desmitifica para mistificar mejor”: una mistificación experimental e inmanente).
“Carecemos del más mínimo motivo para pensar que los modos de existencia necesitan valores trascendentes que los comparen, los seleccionen y decidan que uno es «mejor» que otro. Al contrario, no hay más criterios que los inmanentes, y una posibilidad de vida se valora en sí misma por los movimientos que traza y por las intensidades que crea sobre un plano de inmanencia; lo que ni traza ni crea es desechado. (…): nunca hay más criterio que el tenor de la existencia, la intensificación de la vida”.
De hecho, el propio imperativo de aventura que dinamiza la filosofía de Deleuze, su apertura a toda una serie de experiencias transformadoras –por impugnadoras de lo reconocible y lo habitual– de la percepción, la afectividad, el pensamiento y la lengua, debería haber bastado para que aflorara la sospecha de que, en su obra, las referencias a las experiencias esotéricas (sean éstas brujas, teúrgicas, alquímicas, etc.) jamás operan como simples recursos retóricos o inocentes metáforas. (...)

(...) La originalidad del libro de Ramey consiste en mostrar cómo el hermetismo, a lo largo de su historia, partió de un impulso y de una inquietud afines, aunque en condiciones completamente distintas y por medios desemejantes. Valiéndose de investigadores poco sospechosos de complacencias como Faivre y Yates, entre otros, Ramey se permite exhumar el carácter experimental y transformador de la aventura hermética. Por medio de una exploración de sus visiones y prácticas concretas, arriesga una aleación de consecuencias insospechadas tanto para la filosofía como para la práctica hermética. Tanto el hermetismo como la filosofía de Deleuze, según Ramey, encararían el pensamiento como una prueba iniciática de transformación de nuestra experiencia ordinaria del mundo. (...)

(...) De ahí que Ramey pueda responder a las críticas que Hallward, Badiou y Žižek (como representantes contemporáneos del Edipo contra-ocultista que antes encarnaban Freud y Adorno) realizaron a la obra de Deleuze, acusándola de “escapista”. La respuesta de Ramey, aunque compleja, puede sintetizarse así: la búsqueda de acceso al nivel virtual de composición del mundo no implica huir de él y de su dimensión actual, formada, sino alcanzar las fuerzas inmanentes e implicadas virtualmente en lo actual, transparentarlas “en” lo actual mismo –bajo condiciones de inmanencia–, para así poder reconfigurarlo e intensificarlo, volverlo sobre su lado creador (línea de fuga, línea de Afuera). Como dice Ramey en este libro:
“Si el “aquí y ahora” de la revolución fuese simplemente la satisfacción de las exigencias del presente, y no la transformación de esas exigencias (y de aquello que resulta posible o concebible exigir o desear), entonces, desde una perspectiva deleuziana, la política habrá limitado de antemano el significado de revolución, restringiéndolo a la satisfacción de la exigencia presente en lugar de desarrollar una operación en el deseo mismo”. 
Y esta conversión inmanente –lejos del individualismo escapista, atado aún al plano de las formas– instaura una transversalidad colectiva, de grupos inespecificados, aunque singulares, abiertos dinámicamente unos sobre los otros, en bloques intermediales de devenir. (...)

jueves, mayo 05, 2016

Ateneo permanente PELCC: "Rubén Darío: Caupolicán y la caza de la lengua", por Diego Bentivegna

martes, mayo 03, 2016

Función de cine en Auschwitz (Bernardo Kordon)

Si la obra de Bernardo Kordon se lee poco, su libro de crónicas y viajes Manía ambulatoria (1978) directamente no se lee. Y sin embargo, entre las páginas de ese pequeño volumen publicado en plena dictadura militar por la editoria El Ateneo, se pueden encontrar textos hermosos y cautivantes como "Un rincón para vivir", "El día que comí perro" y "Expedición al oeste". Cierra el volumen la crónica que transcribo a continuación y que deseaba que fuera encontrable en el vastísimo mundo virtual. Lean a Kordon, lean todo lo que encuentren de este autor fascinante que siempre tenía una aventura y una mirada personal guardada bajo la pluma.

Función de cine en Auschwitz (Bernardo Kordon)

Entre barreras de nieve y hielo el tren se abrió camino de Varsovia hasta Cracovia. Castañeteando los dientes admiramos las murallas medievales conservadas en pleno centro de la ciudad. Esa noche hizo treinta grados bajo cero: el 62 fue uno de los inviernos más rigurosos que conoció Europa en este siglo.
Nos acompañaba Yolanda, traductora e intérprete de francés de la Unión de Escritores de Polonia. En ese momento la compadecía, porque en general compadezco a la gente que vive en países fríos. Creo que nadie se acostumbra totalmente al frío; siempre se sueña con el calor. Yolanda, por ejemplo, repartía las ilusiones en dos proyectos de viaje: visitar a París o las playas de Rumania. En este invierno olvidaba su vida dedicada al estudio del idioma y la literatura franceses para pensar en el verano rumano. Me describía un sol que nada tenía que ver con el que podía tomar en las playas del Báltico. Según ella, el sol rumano caía en vertical, ardiente desde el amanecer hasta el anochecer, con las implicaciones del vino abundante y los dulces que se comen a toda hora y en plena calle. Con treinta grados bajo cero, esas visiones mediterráneas o marnegrinas se convierten en verdaderas obsesiones: las cruzadas para rescatar los Sepulcros y la ayuda militar a los países árabes (y la invención de sus socialismos) pueden resultar simples pretextos para que los caballeros de las nieves puedan retozar en tierras calientes.
A Yolanda le debíamos muchas atenciones: le concedí pues el favor que pidió de no acompañarme a la visita a los campos de exterminio de Auschwitz. Tenía un familiar en Cracovia para visitar y, sobre todo, le resultaba muy deprimente recorrer el famoso campo de concentración. Una vez lo hizo en función de intérprete y por la impresión estuvo enferma un tiempo.
Al amanecer, un auto nos buscó en el hotel. El chófer hablaba polaco únicamente y ni intentó practicarlo, ensimismado en el peligroso manejo por la desierta y helada carretera, donde le resultó imposible evitar un par de vertiginosos trompos sobre el hielo. De vez en cuando aparecían algunas casas casi sepultadas bajo la nieve, pero ningún ser humano a la vista. En esos días de gran frío los niños no van a la escuela, ni tampoco se entierra a los muertos.
En los techos se veía a esos Cristos de madera, tan peculiares de los polacos, unas imágenes de madera talladas por los campesinos, donde Cristo, con la barba apoyada en la mano, reflexiona con patético desaliento.
El chófer abrió la puerta del coche y con un gesto me invitó a descender. Yo esperaba encontrar a esos guardianes y guías que no faltan en ningún lugar histórico europeo, pero aquí nada por ahora. Bien me habían prevenido que no era temporada de visitas, sin contar con que en tiempo de tanto frío se suspende casi todo el tráfico carretero. Inclusive en esos días Varsovia tiritaba desabastecida de carbón: muchos camiones estaban bloqueados por la nieve y el hielo en las zonas hulleras.
Quizás por precaución y disimulo (hasta el último momento trataban de esconder a los prisioneros que eran llevados al exterminio) el gran portón del campo de concentración parece la entrada de una vieja fábrica o de un parque particular. Letras góticas en hierro forjado proponen en alemán: “La libertad por el trabajo”. Al trasponer este portón los viajeros agotados o moribundos eran recibidos por guardianes y perros que comentaban la primera “selección” con el fondo musical de una orquesta integrada por los mismos detenidos. (En la película soviética “El destino de un hombre" la orquesta recibe a un contingente de prisioneros rusos con un tango de salón, seguramente resumiendo la refinada decadencia de Europa entre las dos guerras.)
El portón permanecía cerrado y el chófer avisó nuestra presencia con largos bocinazos, hasta que apareció una figura menuda y doblada por el viento helado. Era un ex detenido. Único sobreviviente de un grupo de judíos polacos que no se retiró nunca del campo de concentración, a fin de cumplir él también con el destino de toda su familia: morir en Auschwitz. Hablaba alemán y polaco, palabras de inglés y francés, y seguramente de muchos otros idiomas de esa cosmopolita Babel.
El auto no detuvo el motor, seguramente para no helarse, y se volvió a Cracovia u otro lugar para buscarme más tarde. Quedé solo con el guardia y nos entendimos con palabras sueltas y gestos. Éramos dos hombrecitos en medio de un abrumador paisaje lunar que en verdad nada tiene de irreal: grandes edificios e inmensos patios expresan el carácter modernísimo y utilitario de Auschwitz.
Cuando nos encaminamos hacia los hornos de cremación, llamó mi atención una inmensa viga que atravesaba el patio principal e imponía su abrumadora fuerza contra el cielo gris oscuro. Recordé la frase con que David Rousset comienza su monumental testimonio (Les jours de notre mort): La potence était énorme. Se lo dije al guía y él exclamó:
—¡Potence, ya, galgen, tlié, szubienica! (Horca en francés, alemán, idish, polaco: en todos los idiomas de la cosmopolita Auschwitz).
Por libros, fotos y documentales yo sabía bastante sobre ese campo de concentración. Seguramente contemplaba aquello con cierto gesto de conocedor, porque el guardián sonrió con triste malicia y me llevó hasta unas celdas bajas, casi a ras del suelo y fuertemente enrejadas, como para contener los arrebatos de tigres y leones.
—Kannibalismus —me dijo suavemente, casi al oído.
Con los dedos señaló dos, tres, cuatro.
—Mann, frau, kindlein.
Hombres, mujeres, niños. Los encerraban en esas jaulas y, a través de las rejas, bajo pretexto científico, contemplaban los debates y los delirios del hambre, que terminaban en canibalismo.
He aquí los inmensos depósitos de cabellos cuidadosamente empaquetados para ser embarcados a Alemania para relleno de colchones de hogares arios. Montañas de zapatos usados, armaduras de anteojos, valijas sin dueños, aparatos ortopédicos, sillones de ruedas, piernas de palo, pálidas manos de madera. Sobrevivieron a sus dueños, se salvaron de los hornos crematorios, allí quedaron recuperados y debidamente inventariados. ¿Por qué se habla del milagro alemán como algo de los últimos tiempos? Auschwitz es todo un monumento a la organización alemana. Allí nunca obró el odio primitivo y ciego sino el más puro sentido de utilidad. Guardaban cantidades fabulosas de gastados cepillos de dientes, brochas inservibles, zapatos desfondados. Todo pasaba por minuciosas revisaciones de especialistas alemanes. Todo era desarmado, inspeccionado, hasta agotar las posibilidades de que el condenado lograse esconder un billete, una moneda, un recuerdo de hombre libre. No fuese que entre los millones de torturados y gaseados alguien lograse escabullir un alfiler o un recuerdo, ocultar cualquier valor material o espiritual al Poderoso Tercer Reich. El infierno de los vivientes puede convertirse en el paraíso de los burócratas. Hay interminables listas de todos los valores “recuperados”. Entre ellas descubro la anotación de dos monedas chilenas que pertenecieron a un sefardí detenido en Salónica, traído en vagón carguero para ser gaseado a miles de kilómetros de su Grecia natal.
Después de recorrer esos inmensos depósitos el guía nos condujo hasta un salón con un proyector de cine, y desapareció. El frío subía del suelo de cemento y parecía cortarme los pies. No pude dominar el impulso de saltar para separarme algún instante del suelo helado. Después inicié un movido zapateo para calentarme los pies. El guardián entró y sonrió al verme dedicado a este ejercicio (recordé que lo practicaron con entusiasmo los generales alemanes frente a las cámaras cinematográficas cuando se entregaron en Stalingrado). Traía varios rollos de películas documentales sobre Auschwitz, algunas tomadas por los mismos alemanes. En cuclillas sobre una butaca, alivié el frío de los pies. Y comenzó el gran desfile del campo en el día de su liberación: los semicadáveres que ya no podían moverse, las montañas de esqueletos, los grupos de detenidos que acorralaban m algunos verdugos que les imploraban perdón. Esa función de cine en Auschwitz resucitó vidas y muertes que llenaron la perspectiva fabril de inmensos depósitos e interminables listas que terminaba de transitar. Digamos una gran fábrica abandonada después de haber cumplido concienzudamente su producción, igual a esas usinas salitreras abandonadas y sus ciudades muertas que conocí en el norte de Chile.
Hay veces que en medio de la conversación más animada puedo internarme en un recóndito monólogo. Del mismo modo, la oscuridad de un cine me sirve para vivir mi propia película. Algo así me ocurrió en esa función de cine en Auschwitz. Sobre esas imágenes de cadáveres y vivientes, que tanto se parecían entre sí, comencé a reconstruir el rostro del judío que hasta el último momento conservó dos monedas de un país para él tan lejano como Chile. La burocracia nazi había borrado su nombre como también su cuerpo cremado, pero con la misma aplicación había registrado esas dos monedas recuperadas para el poderío del Tercer Reich. Sobre el fondo de la película no me resultó difícil reconstruir el rostro del sefardí: un judío que hablaba español. Igual que yo.

Kordon, Bernardo (1978). Manía ambulatoria, Buenos Aires, El Ateneo, pp. 131-136.

miércoles, abril 27, 2016

"Bastó con contenerme de hablar de extraterrestes y drogas": entrevista a Bob Chow

A principios de abril, se hizo público el veredicto en el Premio La Bestia Equilátera de novela, organizado por la editorial con el mismo nombre, Una brecha y Mecenazgo cultural. El jurado, compuesto por Luis Chitarroni, Lucía Puenzo y Oliverio Coelho, dictaminó:
"Si en la literatura existiera una corriente psicodélica, Todos contra todos y cada uno contra sí mismo sería uno de los grandes exponentes del siglo XXI. Bob Chow mixtura los fantasmas de la sociedad contemporánea y sus representaciones paranoicas del amor gracias a la formidable sucesión de escenas, el suministro de hallazgos verbales y la invención de personajes, que son en gran medida, resabios de la sabiduría de los géneros. Se trata sin duda de un logro que revela, en un contexto altamente competitivo y contra cualquier escepticismo, la buena salud de la que goza hoy la narrativa hispanoamericana".


Bob Chow parece cotizar en alza en la bolsa de valores de la literatura argentina de 2016. Hace dos años su novela El momento de debilidad (Ed. Nudista) apareció con un estilo extraño (alejado del tono autobiográfico y del costumbrismo bonaerense, del fantástico efectista y de la novela generacional): una mezcla de tecnología y desechos, narración irónica y turismo exótico, mueca forzada y preciosismo lingüístico. Este año arranca con El Águila ha llegado (Ed. Nudista), promete La máquina de rezar (Ed. Marciana) y, para colmo, gana el Premio La Bestia Equilátera, cuyo galardón consiste en un adelante económico y en la publicación de una tercer obra: Todos contra todos y cada uno contra sí mismo. Es decir, de repente, Bob Chow rompe el molde y se despacha en un mismo año con tres libros. Habrá que seguirle la pista para ver qué nos ofrece desde su corriente psicodélica y cuáles son esos fantasmas de la sociedad contemporánea que se anima a convocar.
En todo caso, acá van unas preguntas que tuvo la amabilidad de responder sobre el premio ganado y sobre su nueva novela publicada por la hermosa editorial Nudista:  

Golosina Caníbal: Arranquemos por el punto de partida: ¿por qué te presentaste al Premio de Novela de La Bestia Equilátera? ¿Tenías la novela terminada o la cerraste para el concurso?
Bob Chow: Como los sicarios, trabajo x encargo. Tenía buenas ref. de Chitarroni y había otras 40 mil razones.
GC: ¿Qué sentiste cuando avisaron que eras el ganador del premio? ¿Cómo te llegó la noticia?
BCh: Sentí que mi multiventa a todo tipo de diablos/as y entidades del espectro electromagnético empezaba a dar frutos.
Noticia llegó por teléfono un lunes 10 a.m., cuando uno tiende al suicidio. Lo que festejé de manera escandalosa fue llegar entre los 10 primeros. Para mí no es tan importante ganar como poder jugar.


GC: Pasemos a la novela premiada: ¿qué nos podés contar, sin spoilear demasiado, sobre Todos contra todos y cada uno contra sí mismo? ¿Dialoga este nuevo libro con tu primera novela, El momento de debilidad, y con las que se están publicando este año, El Águila ha llegado y La máquina de rezar?
BCh: Se podría decir que es el mismo fantasma con distinta sábana. Se malentiende con EMDD y LMDR. El 50% de las cosas me ocurrieron y, para el resto, tuve fuertes visiones. El objetivo del proyecto TCTYCUCSM era esa cosa fea llamada ganar; bastó con contenerme de hablar de extraterrestres y drogas (o su combinación: extraterrestres drogados).
GC: ¿Qué representa para vos como escritor ganar un premio literario, en términos editoriales pero también económicos?
BCh: ¿No era Luca Prodán el que dijo: "Músico es el que vive de la música"? X ahora la escritura es un hobby. Que haya editoriales, como La Bestia Equilátera, que promuevan premios literarios tentadore$ conmueve.
GC: ¿Qué autores o libros repercuten en tu escritura? ¿Qué pensás sobre esa "corriente psicodélica" que el jurado del premio lee en tu novela inédita?
BCh: Leo por arriba, como los robots cibernéticos, una cantidad infernal de autores y bolas de datos, simultánea, aleatoriamente. Si los grandes literatos del siglo pasado fueron Lacan, Freud, Marx, hoy los que más me gustan cómo expresan la literatura son los filósofos, eg. Sloterdijk y Agamben.
Me encantó que el jurado haya usado esa frase porque, ¿qué puede hacer un pobre hombre más que turismo mental?


GC: En estos días también estás publicando El Águila ha llegado, por la editorial cordobesa Nudista, una novela que viene con banda sonora incluida. ¿Qué nos podés contar sobre tu segundo libro? ¿Cómo llegaron a la idea de incluir un cd con la novela?
BCh: Publicar una novela junto con un CD es una de las razones x las que a Martín Maigua, CEO de Nudista, se lo conoce también como Supermaigua.
Ana Tarántola, la mujer del productor del disco, fue una de las pocas personas que lo veía semanalmente a Gustavo Cerati en coma. En esa época, ego andaba buscando un fantasma para escribir. Mientras grababa, ocurrieron en esa sala de grabación algunas cosas —para la revista Cuarta Dimensión— que aproveché a discreción. No menos importante para «el proyecto» fue que el físico-matemático-leñador, y ahora modelo medieval, Gustavo Guerber, @gguerber, dijera, vía twitter, que "le gustaría ser el personaje de una novela de esos nuevos escritores". Una insider de la literatura dijo que tenía que ser yo (con ligereza, no sé) y sólo hice caso. Cuando construyeron el robotoide, a.k.a. Bob Chow, pusieron una línea de código que dice: "Bob Chow no tiene sentido del humor".

sábado, abril 23, 2016

¡A digitalizar, a digitalizar! (sobre Ahira)

La aparición de una página como Ahira (Archivo Histórico de Revistas Argentinas) es un motivo digno de celebración y un intento paulatino de cubrir una deuda pendiente. En algún momento, le dedicamos un post al archivo de Publicaciones Periódicas de Uruguay y a la biblioteca digital de la Biblioteca Nacional Trapalanda, en esa estela, Ahira tal como lo señalan en su presentación: "pone a disposición de la mayor cantidad de lectores, colecciones digitalizadas de revistas y de otra publicaciones periódicas" culturales y literarias en la Argentina. Quienes sostienen este sitio son "docentes e investigadores formados en la Universidad de Buenos Aires" y, podríamos agregar, con un interés genuino en el acceso a la cultura y la preservación del patrimonio cultural argentino. 
Hace varios años atrás, el Cedinci había movido las aguas con los CDs de las revistas Contorno y Punto de vista (sin embargo, la calidad de las imágenes era espantosa y rayaba con lo ilegible) y también la Biblioteca Nacional, ya no en formato virtual sino en libros impresos, se ha encargado de realizar obras facsimilares de revistas como El lagrimal trifulca y Literal, entre otras tantas (faltaría que se decidieran y subieran estos libros, como lo han hecho con otros, a la web Trapalanda). Por su parte, Ahira se instala en este breve arco para cubrir un espacio importante: la digitalización de revistas literarias y culturales del pasado argentino con libre acceso (desde Argentina, claro, y no como ha sucedido con Caras y Caretas, Los Libros o Xul, publicaciones que fueron digitalizadas por otros países mientras nosotros perdemos en los anaqueles de viejas bibliotecas marchitas).


El trabajo que realizan los integrantes de Ahira es serio y dedicado. Periódicamente se suben nuevas revistas, con introducción, índices anotados de cada ejemplar y, en algunos casos, estudios críticos. Además, los PDF tienen una excelente calidad aunque faltaría, para terminar una verdadera digitalización, realizar un reconocimiento de texto (OCR) en cada revista y de este modo facilitar la búsqueda de palabras o contenidos. Otro punto a mejorar podría ser armar un buscador en la páginas para poder rastrear autores, temas o títulos de artículos. Si las revistas se digitalizaran completamente, este buscador sería el doble de útil porque también podría internarse en las páginas de las publicaciones subidas.
Finalmente, las revistas literarias y culturales argentinas que se pueden leer, revisar y descargar en Ahira en estos días son:
Eso por ahora. Celebro, entonces, la aparición de Ahira, le deseo muchos años de trabajo, un buen backup (por si las moscas), una capacidad afilada para conseguir derechos y pido difusión a los interesados/as para que el proyecto se conozca y siga ampliándose.
Para quienes puedan contribuir con colecciones o revistas para digitalizar, pueden contactarse por acá. 

domingo, abril 03, 2016

Presentación: Dark, de Edgardo Cozarinsky


Acá, se puede leer un fragmento de Dark, la nueva novela del artesano de la literatura argentina, Edgardo Cozarinsky: http://www.buenosairesreview.org/es/2016/02/dark-una-obertura/
 

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