miércoles, mayo 28, 2025

Golosina Caníbal presenta... (tapas n.° 01 al 10)

Estas son las tapas de los primeros diez números de Golosina Caníbal presenta..., un fanzine analógico, impreso y finito que nació en 2020. La idea original surgió por intentar darle una sobrevida a textos que noto se pierden en los mares virtuales (revistas caídas, sitios inexistentes o en agonía) o han sido olvidados hace mucho tiempo. 

Así, pueden notar entre el número 01 y el 10 que las voces, las firmas, los temas y las épocas varían y van del pasado al presente ida y vuelta (y también, por qué no, le amagan al futuro). 

 

Las primeras novelas de Ariel Luppino, según la mirada de Agustín Conde De Boeck (n.° 01); 

un vistazo a La salamandra, una gran novela olvidada de 1965, de Celia Paschero (n.° 02); 

un ensayo sobre las Rubaiyat, escrito por el maestro Raúl Antelo (n.° 03); 

el retorno ficcional de Marcelo Fox, urdido por Luppino (n.° 04); 

ese perfil inolvidable de Luisa Sofovich sobre James Joyce (n.° 05); 

la traducción de prosas poéticas objetivistas de Gertrude Stein realizada por Juan Maisonnave (n.° 06); 

una entrevista perdida al monstruo Lai de Hernán Bergara con ilustraciones de Diego Cano (n.° 07); 

el relato sobre los crotos en la lapicera rabiosa de don Bernardo Kordon (n.° 08); 

un acercamiento múy lúcido a la poesía de Georg Trakl realizado por Rogelio Bazán (n.° 09); 

y los poemas muertos de Ligotti, traducidos por Agus Conde De Boeck (n.° 10). 

 

Golosina Caníbal presenta... es un fanzine, como decía, impreso y finito. Sus números se agotan, produzco pocos ejemplares (entre 100 y 200), y los números del 01 al 06 ya se han evaporado, están agotados y ahora viven y sobreviven en bibliotecas, mesas de luz, docenas de huevos o tachos de basura. En estos días apunto al n.° 20, casi para brindar con los 20 años que también se cumple en este año, 2025, de ese blog, Golosina Caníbal. 

Si a algún internauta le interesa un ejemplar del fanzine, saber qué otros hay (próximamente posteo del 11 al 19), me pueden escribir a través de Instagram, Facebook (de X me fui por cansancio y nihilismo) o por el viejo y querido mail: golosinacanibalblog@gmail.com 

Gracias por el interés y la lectura. De a poco intento despabilar este antro. Veremos, veremos...










 

lunes, mayo 19, 2025

El piano bahiano (Fernando Noy)

Me crucé con la revista Mantrana 7000 gracias a Federico Barea, quien me la recomendó por haber encontrado entre sus páginas el último texto que publicó Marcelo Fox, "Los estandartes". 

Fue una publicación argentina de poesía y esoterismo que se publicó entre 1969 y 1976. En sus páginas participaron, entre otros y otras, Marosa di Giorgio, Alejandra Pizarnik, Juan Jacobo Bajarlía, Luisa Valenzuela, Tulio Carella, Elvira Orphée, Silvina Ocampo, Carlos Culleré y el ya mentados Fox. También incluyó entrevistas a Ray Bradbury, Ernesto Sabato y Astor Piazzolla. Fue dirigida y editada por Beatriz Eichel. 

 

 

La revista ha pasado casi desapercibida por la historia cultural y literaria argentina pero fue un valioso espacio de creación poética y de exploración de lo sagrado. En su tapa presentaba una suerte de mandala geométrico realizado por Eduardo Mac Entyre y el formato de la revista era cuadrado. Cada revista tenía unas 84 páginas e incluía algunas ilustraciones de artistas y un disco con grabaciones poéticas. El centro de las páginas estaba puesto sobre el texto, más que sobre la imagen. Sin embargo cada revista presentaba una serie de ilustraciones ligadas particularmente con el esoterismo: ruinas arqueológicas, cartas de tarot, símbolos medievales, etcétera.

En Mantrana 7000, Fernando Noy publicó dos relatos que me gustan mucho: "Plegaria de los barrenderos de las pequeñas catástrofes" (n.° 3, 1973) y "El piano bahiano" (n.° 4, 1976). A continuación, exhumo el segundo. ¡Que lo disfruten!

 

El piano bahiano 

Fernando Noy 

a Beatrana Von Eichel 

a Iansà 

Presentación de su Exú Pomba Gira: 

Mi amigo Omar, cuentan (y lo que cuenten ya es válido) supo abrir aquella noche una garrafiña de caña de las esquinas bahianas y encima de ella desparramó un gesto intuitivo ante las rosas rojas: La señal de la cruz. Eso lo llevó al mambo sagrado y dos cuadras después explotó contra la calle la botella vacía, aunque yo no lo hubiera hecho nunca. 

—Quebrar una garrafa (botella) é dessastre —falaba pra mim la vendedora de acarajés hija de Ella a quien dedico este trabajo y aquel rouge de Harrods con el que nos pintábamos los labios del color de la sangre. 

—E dessastre pero si a garrafa está cheia (llena) claro. Imagine usted una botella de caña brava quebrada en la calle. Imagine usted la posibilidad de hacer danzar un alma hecha pedazos. Pero la garrafiña ya estaba vacía y entonces era distinto. Dos cuadras después Omar murmuraba a la sombra de una vela la vieja canción heredada de las rameras pensantes y amantes del África, introducidas en su mente, por fin habían vuelto a la vida, y esto por el mayor tiempo posible. El dolor engendra sabiduría y hace bailar. Al alba se irían. Llamemos en el Sincretismo mágico a estas apariciones, estas posesiones como la que aquí describo: Pomba Gira (Paloma que da vueltas o Malena de los cocos y las viejas palmeras). Esposa de su Exú, sin el cual nada se logra, ni el bien ni el mal. El rojo y el negro, pájaro del demonio. No pensar que hablo de lo que imaginan como el pobre mal. El mal del mar, el mal de amar es a lo que me refiero. 

Presentación de Iemánjá: 

“Iemanjá leré, Iemanjá lirí. Mándale dicer, que ele era pra mim”. 

Río Vermelho (Barrio Río Rojo). Largas colas de mujeres. Negras o blancas manos, da lo mismo, con espejos baratiños de un cruzeiro. Entre ellas, alguna condesa portuguesa esperando con su bolo torta de bodas gigante, prometido siete veces mayor que el original, arrastrado por dos sirvientes negros en la bandeja de plata con rueditas. Tan importante será esta señora socorrida por los jugos de cajú que trajo previsora la niña negra y se lo ofrece. Pero igual hará la larga cola hasta llegar a las barcas de las ofrendas; igual traspirará debajo de su vestido de hilo más liviano y sin guantes. Es que la señora tiene su gran fama. Ahora sé que se trata de Nina de Lisboa, recién casada, siempre recién casada hace setenta años, bella como nadie, llevando para Naná, madre de Iemanjá, su promesa. Además de perfumes traídos de París o Bagdad y de todos los lugares que su ánima ande, nunca tan valiosos como el de trementina y rosas que la mujer que antecede preparó con vieja receta y limpias manos fregonas, también para Naná, la vieja madre de todas las sirenas. 

Ahora, alguien me aclara que la fecha de la bandeja de plata reza el siglo anterior. Ahora me dice que no me sorprenda por haber visto a la condesa Niná de Lisboa ya muerta pero eternizada en la fila de los pagadores de promesas. 

En el pequeño altar el círculo de donantes dejando sus jaboncitos, peines y espejos que caen en unas cestas casi llenas, altas como yo que me vecindan las nubes. 

También cintas blancas, celestes y rosadas de las que robo una para encontrar un amor. Cintas y cintas cayendo a mi lado. Serán para los largos cabellos submarinos, para las anchos ruedos. Cada una un deseo, cada una una luz, un imán, un boomerang, un ancla de triunfo. 

Los banderines iluminados por el sol y en los blancos vemos la imagen de la gran sirena con su espejo de plata en la mano derecha, blandiéndose ante sí desde la eternidad. 

“Que la primera ola lleve mis pecados, que la segunda mis males”... 

Así, hasta siete olas debe soportar o gozar la promesante mientras pide a cada blanco fragor que se deja leer por medio de la espuma, lo que vendrá, lo que devendrá. 

En tanto, van ligando las grandes Médiums de la familia del Candomblé. Una de ellas besa a cada instante la tierna arena y a quien mira ése brilla. 

—Esa mujer es como un pararrayos, entiendo y me digo. Pero veo otras tres. Mudas, expectantes, en contemplación serenísima, recubiertas de talco sus articulaciones (Pemba Africana —Mercado Modelo— tres cruzeiros). Veo tres en trance, una de ellas me recuerda mi hermosa amiga René Cuellar. La miro fijamente, ella me escucha. Levanta su mano. El gesto es limpio, el saludo, blanco. Me emociona, vierto pipocas (lágrimas de niños —maíz espantado emblanquecido ante el fuego— pochoclos). Mi llanto, en esos capullos blancos representado, cae sobre la arena en la que siempre hubo danza. 

Es que han llegado más mujeres negras y blancas, algunas. Soberbias y temblorosas. Los almidonados delantales blancos giran en un baile contra el tiempo. Bailan con ellas sus turbantes dorados y de plata, sus enaguas con puntillas blancas o rojas o celestes según sus santos. Sonríen ayudadas por el viento del mar y muestran los talones, pendidos los buzios, sexo de la Madre Agua y las chinelitas turcas que no sueltan sus pies aun cuando el batuque se enciclone. 

Hablando de colores, mi padre, Ogum, reclama el verde. Collar de cuentas verdes, las algas no se pueden, las esmeraldas tampoco. Ogum, un viejecito traje recién planchado que camina por las plantas costeras de la selva. 

Su bastón habla con los duendes de los yuyos. El Martín Fierro del África. 

Más adentro, en el corazón del mato están los indios. Los caboclos, dueños de la canela y la maconha (marihuana). No me olvido, no me olvido. Son las siete flechas. 

Y ahora, mi madre. Ianzá (Jean D’Arc — Santa Bárbara). La Salamandra, madre del fuego y de la lluvia. Ambos enemigos. Su collar es el de cuentas rojas y alguien, Caetano Veloso le canta: “Señora dá lluvias en junio —Señora de todo, dentro de mí. Reina de los rayos. Reina de los rayos. Tiempo bueno. Tiempo ruin”. 

Su marido, Xangó. El San Pedro de la idea del infierno. En la leyenda, él te manda un caballo blanco para que cabalgues sobre las llamas en tu ir hacia Oxalá definitivo. 

Oxalá. Ojalá: Dios. 

La guía de Oxalá o el collar debe ser blanco como la nieve y su cayado (largo bastón de plata con imágenes que revolotean y desconozco aunque son las que cuentan los símbolos fundamentales de esta religión esclava de los esclavos). Oxalá es propenso a la tristeza y la melancolía. Es que Iemanjá, su hija, lloró hasta crear el océano. Y él: Él, Dios, parece no olvidarlo nunca. Y así mira los mares. Señor de la palabra en los ojos. 

Ya es la tarde. 

Ya se han cargado las barcas con manjares y rosas blancas. 

Entre las grandes señoras la dama Olga de Alaketo, dueña del Ha, secreto incorruptible, se susurra presente. Está al lado de la Mininiña de Gantois; a la que María Betania canta. 

“Ay, minha mae, minha mae mininiña. Ay, minha mae, minininha de Gantois. A estrela mais linda ay. Está nu Gantois y o sol mas bonito ay, está nu Gantois. Foi Omulú quem mandó esa filha de Oxúm tomar conta da gente y de tudo cuidar Foi Omulúú leré, Foi Omulú lará”. 

Habla de Oxum: Gran divinidad, hermosa mujer dueña de las aguas profundas, suaves y dulces. Vestida de dorado y amarillo con largos cabellos rubios alzados por los pájaros y flores de oro en las orejas. 

Cierto atardecer me arrojó un pañuelo desde sus aguas. Aún lo conservo. 

Habla de Omulú: Dueño de la casa de los muertos: O semiterio. Es él quien danza con el rostro cubierto por flecos de perlas negras que ocultan sus blancos ojos. 

Última y más deseada mirada brillante para todos los hombres. 

Ya es la tarde. 

Ya los hijos de las bahianas nadan con las barcas mar adentro. 

Silencio y músculo fosforescentes. 

Qué silencio. 

Sus madres, las señoras de blanco tomadas de la mano crean un cordón. Un límite.

El límite. 

De un lado el mar y la playa eternamente vírgenes. Del otro los devotos. Marina. 

Mistura de turistas y de ojos en el mundo. Una de ellas, las que contienden, la más gorda de todas cae en actitud de sirenas sobre la playa. Enrosca sus pies como aletas, le es entregado su espejo y su peine.

Ella se peina.

Y ya las olas a lo lejos son más vestidos blancos de las que se han ido y ahora han llegado a saludarla en su fiesta. 

En el lejano espejismo veo los collares y las espumas se han quedado inmóviles, quietas, suspendidas en el aire apenas un segundo y basta. Inmóviles en el instante más salvaje de las ondas, cuando explotan y desnucan el horizonte del océano. Podrás verlas. 

Ave Bahía, Ave África.

Cámara lenta para ver caer el sol como una araña delicada y roja, lacerada y sombría. 

Viene la noche. La primera parte de tu fiesta —Iemanjá— ya culmina. 

Más tarde danzaremos, beberemos, nos drogaremos en la feria de cerveza y tambores, de cachacas y perros de gatos y de almas. 

Nos dormiremos sin saberlo en cualquier playa. Habremos bacaneado acarajés, batapás, cocadas y pimenta muita pimenta. Desorbitados, estupefactos, más muertos que vivos, más vivos que muertos habremos recordado aquel piano blanco que aquel hombre negro le regaló a tu océano escondido en la tarde...


 

Fuente: Mantrana 7000, n.° 4, Buenos Aires, 1976, pp. 52-54.

martes, mayo 13, 2025

Ouroboros, un retrato imaginario de Marcelo Fox (corto documental de Nicolás Ivaldi)

Intento volver por estos pagos, cansado del ritmo efímero de las redes sociales y la imposibilidad de hacer búsquedas útiles y efectivas. Veremos, veremos.

En este post, comparto el corto documental que realizó Nicolás Ivaldi en 2020 sobre Marcelo Fox, titulado Ouroboros, un retrato imaginario de Marcelo Fox. ¡Paso la síntesis y el link para verlo online! ¡Que lo disfruten!

 

 

LINK: https://vimeo.com/825680598

 

Dirección: Nicolás Ivaldi.

Compañía Productora: ENERC, INCAA.

País: Argentina / Año: 2022 / Duración: 13' 31''.


SINOPSIS

En Buenos Aires, durante la década de los 60's, un joven poeta maldito desarrolla una corrosiva obra performática y literaria por la que es condenado socialmente. Años más tarde, la violencia presente en sus escritos es encarnada por la realidad mientras su figura se pierde en el olvido.

EQUIPO & REPARTO

Narración: Pablo Mónaco y Solange Rosales / Producción: Guido Chapto / Guion: Gastón Blanco y Nicolás Ivaldi / Fotografía: Ciro Zanela e Ian Pojomovsky / Montaje: Juan Ignacio Arias / Sonido: Gonzalo Imanol Del Peón / Arte: Agustín Celoné.

 

FESTIVALES

REC 14° | Festival de Artes Audiovisuales Latinoamericano de Universidades Públicas (2023).

4° ENERC SE PROYECTA | Muestra Federal de Universidades Públicas (2024).


PREMIOS

Mejor Cortometraje Federal | Festival REC 14° (2023).

Premio RAFMA | Festival REC 14° (2023).

Mención RAD | Festival REC 14° (2023).

Mejor Cortometraje Documental | 4° ENERC SE PROYECTA (2024).

Mejor Tesis Documental | 4° ENERC SE PROYECTA (2024).

Premio AADA a la Mejor Dirección de Arte | 4° ENERC SE PROYECTA (2024).

domingo, agosto 27, 2023

Una estampa de Ana Regina

En el nuevo Golosina Caníbal presenta..., fanzine que viene circulando desde 2020 y que va por el número 12, aparecen las estampas reunidas de Ana Regina (en las redes, @unefemmerompue,  y también en medium) tituladas "Las viudas de Cristo" con ilustraciones de Marina Conde De Boeck (@condeboeck). Se trata de una hagiografía sensual y devota, una vuelta de tuerca a vidas de santos y santas del mes de enero. Como muestra, va la estampa de San Antonio y sus malsanas tentaciones. Si les interesa un ejemplar de algún Golosina Caníbal presenta, me escriben por comentario o por la redes... ¡Salú! ¡Pasen y lean!

 

17 de enero - San Antonio, abad

En el siglo IV, se fue al desierto para buscar a Dios, allí venció la tentación. Pasó el resto de su vida guiando a otros hombres por el camino divino.

 

Antonio escuchó una voz.

Sintió la urgencia: Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. Así hallarás gran tesoro en los cielos.

Antonio creyó verdaderas aquellas palabras y repartió su patrimonio. Decidió marchar al desierto, buscar en el retiro absoluto el paraíso e imitar las virtudes de otros, mejores, más probos que él.

Pero el Otro acecha.

El Señor de las Tinieblas quiere oscurecer su camino. Vivo, horroroso el Mal solicita, ansía el alma de Antonio. Es necesario quebrar la paz, romper la calma.

Estruendosos relámpagos, cegadores truenos hieren el firmamento.

El terreno se abre y la oscuridad emana de las grietas.

Antonio no se inmuta.

Sus ojos cerrados lo protegen de las funestas imágenes, sus sentidos pueden traicionarlo, pero la serenidad de la fe vence. Esa noche soporta los tormentos y se queda dormido.

El Demonio incapaz de soportar tamaña derrota, herido por los gloriosos principios de Antonio, urde otro plan.

La soledad y el acoso de la carne no se llevan bien.

Amanece Antonio envuelto en sudor luego de una noche terrible, ora de rodillas cuando una presencia perturba su aislamiento. El Mal sabe, el hambre carnal es lo más difícil de sortear.

Frente a él se presenta una figura hermosa. Una joven de rostro bello y gracioso aspecto, de blanco vestido y rosada piel, cabellos rubios y joyas que realzan su hermosura. Su clara vestimenta marca la curva de las caderas y la estrechez de la cintura, deja adivinar unos pechos redondos, turgentes, se transparentan unos apetitosos pezones en punta.

Antonio azorado no puede apartar los ojos de la deliciosa figura. Se le acerca moviéndose suavemente, como una víbora hipnótica. Antonio sabe qué hay detrás de esta aparición. Teme las artimañas del maligno, pero es incapaz de dejar de observar a la joven.

Ella llega hasta él y le habla con una voz suave, sensual, una caricia que hace estremecer el cuerpo de Antonio y lo endurece. Le pregunta si le molesta que se despoje de sus vestidos, que el calor del desierto la sofoca. Sin esperar respuesta la joven se desviste. Revela el esplendor de su cuello largo, sus senos redondos, su sexo instigador.

Antonio no sabe cuánto puede aguantar la provocación, el Mal busca que abandone su empresa, desea su alma como él desea a esa mujer. Aturdido busca con todas sus fuerzas apartar la mirada, elevarla al cielo. Ruega a Dios que le muestre la verdadera figura del tentador.

Un horrible alarido quiebra la armonía del desierto.

 

jueves, agosto 10, 2023

El deseo del mendigo. Un diálogo entre H. A. Murena y David J. Vogelmann

Retomo la lectura de El secreto claro, un libro publicado por editorial Fraterna en 1978, con prólogo de Sara Gallardo, que recupera los diálogos radiofónicos entre H. A. Murena y David J. Vogelmann. Es un libro fresco y profundo. Digitalizo en particular este diálogo que me generó distintas sensaciones y reflexiones. Espero que les guste.

 


 

El deseo del mendigo (un diálogo entre H. A. Murena y David J. Vogelmann)

M.: En un ensayo de un eminentísimo pensador alemán de nuestro siglo, Walter Benjamin, sobre Kafka, se transcribe un relato jasídico, o sea de la más pura tradición..., o impura si se quiere, pero de la más acentuada tradición mística del judaísmo. Es el siguiente texto:

“En un poblado jasídico, según se cuenta, una noche, al final del Sabat, los judíos estaban sentados en una mísera casa. Eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía. Hombre particularmente mísero, harapiento, que permanecía acuclillado en un ángulo oscuro. La conversación había tratado sobre los más diversos temas. De pronto, alguien planteó la pregunta sobre cuál sería el deseo que cada uno habría formulado si hubiese podido satisfacerlo. Uno quería dinero, el otro un yerno, el tercero un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo. Después que todos hubieron hablado, quedaba aún el mendigo en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando, respondió a la pregunta. ‘Quisiera —dijo— ser un rey poderoso, y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que, desde las fronteras, irrumpiese el enemigo, y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia, y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría’. Los otros se miraron desconcertados. ‘¿Y qué hubieras ganado con ese deseo?’, preguntó uno. ‘Una camisa’, fue la respuesta”. 

Usted, Vogelmann, que como especialista en el budismo Zen sabe mucho de jasidismo, podría decirme qué le despierta esa historia en la Cábala judía, en el Islam, en...

V.: Cómo no. Es muy rica...

M.: Hay la historia del Adán Cadmon, del Adán primigenio que es el antepasado del hombre en el cual rige la ley de que todo hombre debe realizar el universo entero a través de sí, de modo que usted, como todo hombre, está en todas las cosas y cada sonido en los días diversos le despierta cosas variadas, de modo que...

V.: Le agradezco... (vamos a ver si sale en diapasón, ¿verdad?). Le agradezco que, tan paradójicamente, me atribuya que, como conocedor de unas pocas cosas de Zen, sea conocedor del jasidismo, pero no es una broma porque es la misma cosa en el fondo.

M.: Claro.

V.: …esta narración muy especialmente, porque las narraciones Zen casi siempre tienden a producir perplejidad, desconcierto, y este hombre con su última respuesta los desconcierta, evidentemente, a todos. Hay un ligero tono de burla en todo ese relato... ¿no?, desde el comienzo..

M.: Pero hay algo más también, hay un acorde solemne y patético.

V.: ¿Sí?

M.: Sí.

V.: Bueno, vamos a ver.

M.: Ese reinado...

V.: Claro, no. Creo que eso conduce a algo especial, que está en función de algo que quisiera ver. Fíjese que...

M.: Una breve observación. Usted me dice que eso conduce a algo especial.

V.: Le voy a decir ya a qué conduce.

M.: No, no. No me lo diga todavía. Usted piensa, con razón, que yo no sé a qué conduce. Yo pienso también que conduce a algo especial y pienso que usted no sabe a qué conduce. Y pienso que…

V.: …sabemos cosas distintas que son las mismas.

M.: ... que son las mismas y que este relato, a lo que conduce es a, entre comillas, “la especialidad”, o sea a lo inefable, de algún modo. Pero vamos, lo inefable es infinito. Vamos a leerlo cada uno según su cosa, que va...

V.: Sí, sí. Bien. A lo que conduce, porque es para mí un paréntesis de lo que quería decir, se lo puedo decir ya: que esa camisa que el hombre quería no era cualquier camisa, sino que haya recorrido ese camino, que haya sido una camisa salvada, en la cual él se ha salvado. Pero esto es un símbolo aparte. Creo que el fondo de la cuestión es otro. Aparte de eso de la camisa, que tiene mucha importancia. Esa narración no es estrictamente jasídica. Ahí no interviene ningún rabí, ningún discípulo. Es un ambiente jasídico, evidentemente.

M.: Tiene razón.

V.: Dice…

M.: Un poblado jasídico...

V.: Claro, claro. Bien. Entonces ocurre allí algo que todas las antiguas tradiciones proscriben en realidad. Algo que, por otra parte, se refleja en muchos cuentos profanos, en cuentos de hadas: "¿Qué harías, si pudieras desear? Tal cosa...”. ¿No es cierto? Digo, se proscribe, porque se proscriben los deseos, ¿verdad?

M.: La irrealidad del desear, no el deseo actuante que produce...

V.: Yo diría casi, la maldad del desear...

M.: Sí..., bien. Sigamos adelante.

V.: Bien. Claro. Hay bastante que decir de esa gente. Se entretiene alegremente con los deseos. Pero sabemos que los deseos conducen, según la tradición más elaborada en ese sentido, que es la del budismo, al sufrimiento, inevitablemente. Y hay que llegar a no desear. No desear es la verdadera vida. Es esa vida poética y religiosa de que hablábamos en otro de nuestros encuentros.

M.: Así es.

V.: No desear. Bien. Luego, estos personajes expresan cada uno lo suyo y se desconciertan ante ese ser miserable. Quería decir descamisado y confieso que no me salía la palabra. En verdad él es un descamisado, y no los que aparecen vistiendo camisas.

M.: Voy a leerle una nota que aparece en la traducción de este libro, que dice que respecto de este mendigo hay que recordar que, en la tradición jasídica, el profeta Elías se presenta bajo la forma de vagabundo o mendigo y continúa desempeñando el papel de mensajero de Dios. Descubrirlo bajo su apariencia y recibir sus enseñanzas es ser iniciado en los misterios de la Torá. Es ser iniciado en algunos misterios de la tradición, es ser iniciado en los misterios de poder leer la enigmática vida que a cada uno de nosotros se nos presenta. Quien puede ver a Elías bajo la apariencia de un mendigo, pero...

V.: Casi nadie lo ve. Aparece en muchos relatos jasídicos…

M.: No lo reconocen.

V.: No lo reconocen. Algunos grandes rabíes videntes lo han reconocido.

M.: Todos lo debemos haber encontrado, y no lo hemos reconocido.

V.: Incluso puede haber, en cualquier momento, entrado en cualquiera de nosotros, y sorprendido a través nuestro a nuestros amigos.

M.: Así es.

V.: Bien. Puede que sea Elías o que no sea Elías, pero les da, en realidad, una lección, porque él desea finalmente algo para ellos muy desconcertante. Desea algo que no tiene, una camisa. La camisa es bastante... simbólica.

M.: La tiene, la tiene. Esta camisa, la que tiene, la misma camisa que tiene es lo que habría recuperado.

V.: Eso no creo que esté dicho.

M.: No..., “una camisa”…, tiene razón.

V.: No tiene camisa. Es el hombre feliz, según los dichos de tantos pueblos, ¿no es así? No tiene camisa. Pero tendría una camisa con la cual se habría salvado. Es una camisa de símbolo muy especial. Es el gran refugio de la salvación, del terror de la vida mundana que él habría atravesado.

M.: Sí.

V.: Usted dijo que también veía a qué conducía este relato ... No sé qué vio.

M.: Yo vi esto: que, en realidad, hay dos movimientos. Por uno, él dice que lo que tendría es una camisa que es el equivalente de la mesa de carpintería, del dinero, del yerno, que piden los otros.

V.: Creo que es más.

M.: Pero por el otro, esa camisa es el recuerdo del reino. Es el recuerdo del paraíso. Es decir, que todo bien material es apreciable y querido y redimible en la medida en que esté respaldado por el recuerdo del reino. O sea, la camisa que él iba a traer era una camisa que implicaba la pérdida de todo el reino y había que considerarlo así.

V.: Pero...

M.: Considere usted; le estaba diciendo: ¿usted quiere un nuevo banco de carpintería? Muy bien, pero considere que eso es un resto del paraíso; usted es una criatura superior que tiene un espíritu que debe cuidar. Sí, quiera la mesa de carpintería, pero esa mesa de carpintería es el resto de un barco que se hundió, que se hundió para todos los seres humanos cuando ocurrió la caída. Entonces, la camisa aparece contra un fondo que es completamente distinto. El mundo creado aparece contra el fondo de la expulsión del hombre del paraíso y entonces es vivido de otra forma.

V.: Sí. ¿No es curioso precisamente que él haya querido ser rey, pero derrocado?

M.: Claro. Porque eso es, eso se refiere a este hecho. Se refiere a que todos somos un anuncio, un anuncio de una ausencia. Todos sentimos en algún momento de nuestras vidas que hay algo más, de lo cual nosotros somos noticia. Un pre-anuncio, y que eso no llega nunca a cumplirse y que, si recordáramos siempre eso, si recordáramos nuestra irrealidad, este reino subsidiario que son los días de nuestra vida serían vividos de otra forma, con una generosidad, con una grandeza...

V.: Entonces, él enseña a los demás lo que realmente debiera desearse, no lo que ellos desean. Ahora bien, es curioso que Benjamin encuadre esto en el mundo de Kafka. ¿Tiene un especial significado? Usted, que lo ha leído a fondo...

M.: Tiene un significado absolutamente coherente, en el sentido de que la literatura de Kafka, yo no diría la literatura de Kafka, cosa que me parece ofensiva...

V.: Claro…

M.: ...la “escritura” de Kafka me parece que es la única respuesta realmente, no digo religiosa, sino noble, a la catástrofe del habla de los seres humanos, en el sentido de que procura que la figura de sus narraciones sea polivalente, que tenga una multivocidad, que sea metafórica, metafórica tratando de abarcar el mundo y de salvarlo y no lanzando al mundo, lo que hace toda la otra corriente de literatura que se llama de vanguardia, lanzando al mundo una serie de imágenes destrozadas que no hacen más que proliferar, tacharla, en el lenguaje destrozado de los seres humanos.

V.: Es verdad. Ahora yo diría un poco más directamente, en conexión más directa con este texto, que lo que Kafka tal vez busque en muchas de sus escrituras es esa camisa de salvación.

M.: Por eso quiso quemar su obra que era el reino.

V.: Exactamente.

En El secreto claro, Buenos Aires, Fraterna, 1978, pp. 63-70.

domingo, julio 23, 2023

¡TODO ESTÁ CONECTADO! Tonchi Mendy presenta Disco Wilcock, de Manuel Ignacio Moyano Palacio

El siguiente texto fue leído por el lector preciso Gastón 'Tonchi' Mendy para la presentación de Disco Wilcock, ensayo libre sobre vida y obra de Wilcock, escrito por Manuel Ignacio Moyano Palacio y editado en 2023 por quien suscribe y Tren en movimiento ediciones. El libro se consigue acá. El texto de la presentación se puede leer a continuación.

¡TODO ESTÁ CONECTADO!, por Gastón 'Tonchi' Mendy

El domingo 14 de mayo a media mañana me llega un whatsapp de Manuel Ignacio Moyano Palacio a mi teléfono. Ese mensaje no era cualquier mensaje, o al menos no para mí. Ese audio de 1 minuto y 8 segundos en una tonada cordobesa con ritmo cuartetero y al mote de “eh, culiao”, me proponía participar de la presentación de Disco Wilcock con la edición al cuidado de Golosina Caníbal  por Tren en movimiento ediciones. 

El mensaje, reproducido a 1.5x de velocidad, provoca un frío en la piel y al mismo tiempo un fuego que va del estómago hasta el pecho, cerrando la garganta y generando una mezcla de sensaciones. Algo que no estoy seguro bien qué es, pero que se asemeja al cagazo. 

Mi primera reacción fue el autoboicot y la autoflagelación. Pero la arenga de la tonada cordobesa de Manuel se hizo más fuerte y potente; Golosina, acoplándose, reforzó la vesania invitación. No tuve escapatoria a semejante honor. De antemano me declaro culpable en mi objetividad, lo que convierte en totalmente parcial lo que en adelante diga. 

En esa línea, Disco Wilcock me dispara un primer interrogante desde la intervención literaria de su salida y me pregunto: ¿es un libro? O diría, ¿es sólo un libro? La respuesta rápida es que lógicamente es un libro, pero en mi percepción lo veo como un objeto-libro. Un objeto artístico que encapsula una experiencia literaria, que comprende un relato, un ensayo novelado, un viaje. Es un repaso soslayado o subterráneo de la vida de Juan Rodolfo Wilcock, donde el lector vive a través de Manuel Ignacio Moyano Palacio al Wilcock ingeniero, traductor, poeta, crítico, ensayista, novelista, cuentista, actor, argentino, italiano, exiliado, etcétera. Pero, como ya dije, me declaro culpable en mi objetividad… 

El segundo interrogante que me despierta es: ¿importa haber leído a Wilcock? Y la increíble respuesta es que en absoluto importa y hace envidiar al lector que no lo ha leído, ya que le queda todo por delante. Eso es lo que logra el autor cordobés, nos introduce en una atmósfera wilcockiana determinada por un recorrido literario en el que pueden convivir Dante, Macedonio, Borges, Silvina Ocampo, Bioy Casares, Witold Gombrowicz, Pablo Farrés, Carlos Busqued, Alberto Laiseca y otros y otras. 

Este recorrido nos desliza desde el oficio de traductor al de ingeniero, del poeta del verso preciso al narrador exquisito de prosa implacable. Determinado por la ambigüedad y la bipolaridad de odiar y amar, del cielo y del infierno, el solitario que se vuelve bestial y loco. Todos son lo mismo pero a la vez distintos. “No hay cielo sin infierno, los opuestos se conectan, y ahí los dos tipos de escritores son uno. La risa y el mal, el chiste y el matadero, la palabra y la nada…”. 

A la vez, Wilcock es el escritor que huye de las instituciones literarias, huye de las nacionalidades, su vida es un huir huyendo hasta de su propia muerte. Asume que en la literatura “las cosas pueden ser y no ser, el delito/reato. El escritor es un delincuente y el traductor, un policía corrupto” dice Moyano Palacio. Wilcock es una bomba narrativa, una granada sin pestillo, que no encuentra otra forma de vivir que no sea a través de la escritura, en un huir hacia delante, que encuentra su voz propia en el exilio y con la fuerza de la bestia, del diamante que es un monstruo. Wilcock pareciera despreciar la traducción, la ve como un modo vil y corrupto de ganarse la vida. Nuevamente esa confrontación que siempre está presente en su vida, los opuestos, del Wilcock traductor al Wilcock escritor italiano para ser traducido en su país de origen. 

Pareciera decirnos que la circulación de la obra traducida no es lo real, aquella idea libertelliana de lo intraducible, escribir para no ser traducido, no circular una meca cultural. Sigue huyendo: “La soledad como principio literario. Escribir para nadie, para ese nadie que es uno mismo. Escribir para la escritura…”. 

Por un momento, logro abstraerme de la cápsula en la que me envuelve Moyano Palacio y dejó de recorrer las calles romanas, de saborear los proseccos, los spritz, de oler las ferias de olivas, prosciuttos e formaggios entremezclados con los atardeceres naranjas que caen por las callejuelas del Trastévere, musicalizadas por una melodía de campanadas de la Chiesa di San Pietro In Montorio. Y salgo, caigo como un cuerpo pesado, inerte, al vacío que despierta la vigilia, el golpe me despabila y como un ¡eureka!, una voz entre risueña, socarrona y picaresca suena en mi cabeza diciendo: “Manuuu, hijo de puuuu… ¡claro que sí, por supuesto! ¡TODO ESTÁ CONECTADO!”. 

En sus publicaciones anteriores, Bonino, la lengua de la inocencia y La ciega, Manuel Moyano Palacio va desarrollando un proyecto, va desplegando su obsesión en la escritura, con utilización de palabras refinadas, perfectas, frases trabajadas, con la manía libertelliana del trabajo del texto. “La reescritura sería el arte de darle naturalidad a lo muy trabajado…”, dice en El árbol de Saussure, de Héctor Libertella. Disco Wilcock, este objeto-libro, comprende un artefacto que Moyano viene trabajando y pensando desde hace tiempo, comprende una arquitectura de la escritura, en una literatura profética. Disco Wilcock es parte de ese proyecto, no escapa a su catálogo. 

Este objeto-libro abarca todo: es vivir la literatura, es vida y muerte por la literatura, es una forma de escribir y vivir. Bioy Casares en sus diarios registra esa perfección por la escritura de Wilcock. “Después de tantos años de escribir poesía, no puedo escribir sino una prosa perfecta. Será un snobismo, pero si no llego a la frase perfecta, no entiendo lo que escribo” decía Wilcock. En el mismo sentido le dirige una carta a su amiga y enemiga escritora portuguesa Agustina Bessa-Luis en donde escribe: 

“Llegar al fondo de la mayoría de las cosas y descubrir que son todas palabras y que si las meten todas juntas y las comprimen se obtiene un disco igualmente imaginario que de un lado dice Vida y del otro Muerte... Yo escucho solamente este lado del disco porque ya he oído bastante el otro lado; y le aseguro que de este lado es casi imposible encontrar la palabra literatura, el verbo escribir. Una sola persona, creo, cometió la contradicción de escribir lo que se oye del lado de la Muerte: John Webster, el autor de La Duquesa de Amalfi. Imitándolo, le mando un afectuoso saludo que huele a podredumbre, cadáver, sangre pisoteada, calavera enmohecida. Su amigo de siempre, Wilcock...”. 

Y el Disco sigue sonando como en esa misiva y repite “TODO ESTÁ CONECTADO”. 

El magnetismo es más fuerte y el artefacto creado por la narrativa de Moyano, como en un estado de embriaguez, me envuelve una vez más. Extasiado leo una frase que sobresale del texto “la juventud como curiosidad permanente”. Me detengo en la lectura e inmediatamente me conecto con Witold Gombrowicz, efectivamente doy vuelta la página y Moyano logra el efecto, anestesiado y sediento de más me lleva directamente allí, lo arma, lo desarrolla y ¡pummm!. Sí, efectivamente, lo que se elucubra en mis pensamientos lo leo en palabras perfectamente articuladas. El terreno de la adolescencia es la matriz creativa, artística, donde se desarrolla lo absurdo, lo terrible, lo lúdico hasta lo siniestro, donde los asesinos podrían ser artistas y TODO ESTÁ CONECTADO… Copi en su libro La Internacional Argentina dice: “¿No se te ha ocurrido jamás que los grandes criminales son artistas fracasados? La imaginación desbordante que no logra expandirse es un trabajo creativo, se orienta instintivamente hacia la destrucción, peor aún, hacia el aniquilamiento de la especie humana…”. Así La bestia, El monstruo vive su apogeo. Entre opuestos, Wilcock ve la literatura como la capacidad de la sombra del futuro. Y entre realidad, ficción y literatura, en el medio de un hecho policial extraño, que involucra un homicidio, el hijo prodigio del ménage a trois Borges-Ocampo-Bioy Casares, con un resonar a lo lejos y que llega como en un eco, de ¡maten a Borges!, Wilcock abandona el país para dejar de estar a la sombra, en busca de un nuevo horizonte, un nuevo comenzar, hacia delante, sin ataduras, una soledad deseada. 

Queda claro que el premio de Wilcock consistió en el destierro, en el olvido, en la soledad —como lo decía José Edmundo Clemente en Historia de la soledad: “…la soledad de los que no coincidieron con una memoria afectiva de sus contemporáneos, de los que fueron sepultados de los intereses colectivos de su época, o por esa rutina de la historia: la indiferencia. Soledad de los olvidados, de los sin Patria y sin Dios”— y cumplió su presagio en Lubriano, una localidad alejada, y murió en soledad. 

Wilcock eligió un bando y lugar de la literatura, distanciado de los salones literarios y la crítica, despreciaba a la crítica, la consideraba llena de cucarachas. Su idea de la literatura es vivida desde el afuera y en el caos: “El hombre ha invadido verdaderamente la tierra, la destruirá completamente pero quizás dejará la literatura”. 

No queda mucho más que decir. En este libro, objeto artístico en sí mismo, Manu Moyano Palacio logra trasladarnos en un viaje experimental, con su narrativa nos hace sentir en primera persona la vida entre el cielo y el infierno de un Wilcock que flota acompañado de monstruos, gusanos y bestias al ritmo de un disco que gira y continúa girando y donde TODO ESTÁ CONECTADO… 

Para finalizar y al mejor estilo laisequeano voy a plagiar una cita de Ana Regina, integrante del taller de lectura sobre Pablo Farrés dictado por Agustín Conde de Boeck, que es simplemente hermosa y que ejemplifica perfectamente lo que siento con mi lectura: “Disco Wilcock es, como el amor, una experiencia necesaria, un viaje, un crimen, una conversación tumultuosa en un coro de monstruos”. Pero no me hagan caso, me declaro culpable en mi objetividad, y estas, son apenas unas líneas de un fanático que, como Wilcock, elige un bando de la literatura, este acá, con mis amigos de las letras, ¡TODO ESTÁ CONECTADO! 

 


 

 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle