COYOTE VS. ACME
Hace 3 días.
Martínez, Matías; Scheffel, Michael (2011[1999]): Introducción a la narratología, Buenos Aires, Las cuarenta, pp. 176-177.Los textos narrativos unen así dos perspectivas epistemológicas diferentes, la relativa a la praxis vital de los protagonistas, de un lado, y la analítico-retrospectiva del narrador, de otro. Para el lector, comprender un texto narrativo implica tener en cuenta ambas perspectivas.La doble estructura epistemológica de los textos narrativos entre la perspectiva de los agentes y la del narrador encuentra su expresión quizás más clara en lo que se refiere al ámbito de los relatos literarios en determinados nombres de géneros. Designaciones como "leyenda" o "tragedia" poseen la misma particularidad lógica que las oraciones narrativas descriptas arriba. Subsumen los acontecimientos, a partir del primer episodio, en un determinado esquema de acción y comprenden lo narrado desde la perspectiva de su desenlace. Y, a diferencia de los predicados no narrativos, pueden, en retrospectiva, resultar falsos en virtud del desarrollo posterior de la historia. A modo de prueba y a fin de ilustrar esto imaginemos una leyenda de santos cristiana cuyo héroe lleva una vida en temor de Dios que cumple con todos los requisitos para una salvación futura. Después de muchos años, sin embargo, cae en las manos de infieles sanguinarios que procuran apartarlo de su fe torturándolo; en estas circunstancias, el héroe reflexiona acerca del horizonte abierto de acciones posibles, abjura de su fe y lleva adelante, a partir de allí, satisfecho, una vida pecaminosa. Un desarrollo tal convierte retrospectivamente toda la historia en algo diferente a una leyenda —como por ejemplo en una leyenda paródica—. En una verdadera leyenda, el santo es, desde su nacimiento, un futuro santo, su vida transcurre, en palabras de Clemens Lugowski, "en la absoluta seguridad del "todavía no", esto es, en la absoluta certeza de la consumación, que, de este modo, se supone dada de antemano" (Lugowski, Form, p. 28). Estos esquemas de acción asociados a los nombres de géneros son análogos lógicamente a las oraciones narrativas. Sólo retrospectivamente puede adscribirse con seguridad un texto a un determinado género.
¿Es posible concebir una cultura en la que la propia vida es llevada adelante desde una perspectiva agencial ligada al presente y, al mismo tiempo, es descrita con la certeza (no psicológica, sino) epistémica de los predicados narrativos? Nos parece que esto es lógicamente inconcebible; en cualquier caso, no se trataría de nuestra cultura. El convencimiento intuitivo del lector de leyendas de santos respecto de la certeza futura de la vida santa se debe más bien al hecho de que el lector proyecta la certeza del punto de vista retrospectivo a la perspectiva abierta de los agentes. En este caso, la forma genérica empuja la perspectiva existencial del agente a un segundo plano, sin hacerla desaparecer del todo, por cierto.
A su vez, y a diferencia de lo que sucede a menudo con los grupos de investigación y cátedras relacionadas con la teoría literaria en la Argentina, no privilegiamos la literatura nacional como objeto de estudio. Frente a la actitud facilista de entender la teoría como una serie de dispositivos, recursos y postulados formulados en Europa o (más raramente) Estados Unidos capaces de producir monografías, papers y tesis al ser aplicados a Saer o a Arlt, preferimos encarar las cuestiones teóricas directamente. No se trata tampoco de producir una teoría “argentina” en el sentido telúrico del término, sino de una descolonización invertida: deshacernos de cualquier imperativo nacionalista para trabajar con la teoría desde un lugar crítico y productivo, en pos de un trabajo sobre el método que tenga en cuenta las particularidades de nuestro contexto y de nuestra formación. Somos conscientes de que escribir teoría literaria en español implica el riesgo de quedarse atrapado en la cárcel de lo local, pero sin embargo creemos que la simple resignación a esta situación recibida es una solución cobarde.
18 de febrero de 1938. Cada vez que en un coche que se me confía veo clavada en el tablero la medalla de San Cristóbal, pienso en el colegio de Beauvais, y admiro una de esas constancias que corren a lo largo de mi existencia. Algunas son fortuitas y algo ridículas. Ésta es fundamental. El colegio San Cristóbal, Néstor, luego este oficio de mecánico que vuelve a colocarme bajo el patronato del gigante cargando a Cristo... Hay más aún. Este cutis oscuro y este pelo lacio y negro, los heredé de mi madre, pues ella parecía una gitana. Nunca tuve la curiosidad de averiguar el origen de su familia —mi vida ya está bastante llena de premoniciones— pero no me sorprendería que en él hubiese algo de carromatos y caballos.Es como este nombre de Abel que creí accidental hasta el día en que cayeron ante mis ojos las líneas de la Biblia que relatan el primer asesinato de la historia humana. Abel era pastor, Caín labriego. Pastor, es decir nómada, labriego, es decir sedentario. La disputa de Abel y de Caín prosigue de generación en generación desde el origen de los tiempos hasta nuestros días, como la oposición atávica de los nómadas a los sedentarios o, más exactamente, como la encarnizada persecución de que son víctima los nómadas por parte de los sedentarios. Y ese odio no se ha extinguido; lejos de hacerlo, reaparece en la reglamentación infame e infamante a que están sometidos los gitanos a quienes se trata como a criminales, y que se exhibe a la entrada de las aldeas en carteles que indican "estacionamiento prohibido a los nómadas".Es verdad que Caín está maldito y que su castigo, como su odio por Abel, se perpetúa igualmente de generación en generación. Ahora, le dijo el Eterno, serás maldito en la tierra que abrió sus entrañas para recibir de ti la sangre de tu hermano. Cuando la cultives ya no te dará sus frutos, andarás por ella errante y fugitivo. Así Caín fue condenado al peor de los castigos para él: convertirse en nómada como lo era Abel. Tiene palabras de rebeldía contra este veredicto que además no obedece. Se retira lejos de la faz del Eterno, y allí construye una ciudad, la primera ciudad, a la que llama Enoch.Pues bien, yo sostengo que esa maldición de los agricultores, tan duros siempre con sus hermanos nómadas, sigue cumpliéndose en nuestros tiempos. Como la tierra ya no los nutre, los panzas-barrosas se ven obligados a hacer sus petates y a partir. Van errando por millares de una región a otra, y en el siglo pasado se sabía que, haciendo del estado sedentario una de las condiciones para ejercer el derecho de voto, se excluía del cuerpo electoral una considerable masa fluctuante y, en principio, insensata por estar desarraigada. Luego se establecen en las poblaciones donde forman el proletariado de las grandes ciudades industriales.Y yo, oculto entre los arraigados, falso sedentario, falso hombre sensato, no me muevo, es cierto, pero cuido y reparo ese instrumento por excelencia de la migración, el automóvil. Y tengo paciencia porque sé que vendrá el día en que el cielo, harto de los crímenes de los sedentarios, hará llover fuego sobre sus cabezas. Entonces, como Caín, serán arrojados en desorden a los caminos, huyendo enloquecidos de sus ciudades malditas y de la tierra que se niega a alimentarlos. Y yo, Abel, el único sonriente y satisfecho, desplegaré las grandes alas que escondía bajo mi ropa sucia de mecánico y, pateando sus cráneos tenebrosos, emprenderé el vuelo hacia las estrellas. (47-49)
La importancia de A la santidad del jugador de juegos de azar no radica en su novedad (de El árbol de Saussure a Zettel, la literatura libertelliana había ligado ya de manera decisiva su deseo a una apuesta autoreflexiva y a una deriva textual cada vez más pronunciada hacia lo informe, lo múltiple y lo inacabado), sino en su inactualidad, es decir: en el contraste que presenta al ser incorporado a cualquier listado de libros recientes. En este sentido, las preguntas que este libro póstumo de Héctor Libertella plantea a la masa pueril de etnografía y fetichismo de la subjetividad en que se solaza la literatura argentina contemporánea son varias y diversas. Sin embargo, hay dos, fundamentales, sobre las que vale la pena detenerse especialmente, sobre todo porque en ellas se define su efectuación política.
Agamben, Giorgio (2011): "Desnudez" en Desnudez, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, pp. 128-130.En nuestra cultura, la relación cara/cuerpo está signada por una asimetría fundamental, que establece que la cara permanezca por lo general desnuda, mientras que el cuerpo normalmente se cubre. A esta asimetría le corresponde un primado de la cabeza, que se expresa en los modos más diversos, pero que es más o menos constante en todos los ámbitos, desde la política (donde al titular del poder se le llama la "cabeza") hasta la religión (la metáfora cefálica de Cristo en Pablo); desde el arte (donde puede representarse la cabeza sin el cuerpo -es el retrato-, pero no -como es evidente en el "desnudo"— el cuerpo sin la cabeza) hasta la vida cotidiana, donde el rostro es por excelencia el lugar de la expresión. Esto parece confirmarse por el hecho de que mientras las otras especies animales presentan con frecuencia precisamente en el cuerpo los signos expresivos más vivaces (las pintas del pelaje del leopardo, los flamantes colores de las partes sexuales del mandril, pero también las alas de la mariposa y el plumaje del pavo real), el cuerpo humano está singularmente privado de rasgos expresivos.Esta supremacía expresiva del rostro tiene su confirmación y, a la vez, su punto débil en el rubor incontrolable donde se hace patente la vergüenza por la desnudez. Es tal vez por esa razón que la reivindicación de la desnudez parece poner en cuestión sobre todo el primado de la cara. Que la desnudez de un cuerpo bello puede eclipsar o hacer invisible el rostro se dice claramente en el Cármides, el diálogo que Platón consagra a la belleza. Cármides, el joven que da nombre al diálogo, tiene un bello rostro pero, dice uno de los interlocutores, su cuerpo es tan bello que "si él aceptara desnudarse, creeríais que no tiene rostro" (Car. 154d), que él está, literalmente, "sin rostro" (aprósopos). La idea de que el cuerpo desnudo puede impugnar el primado del rostro para ponerse él mismo como rostro está implícita en las respuestas de las mujeres en los procesos de brujería que, interrogadas sobre por qué en el aquelarre besaban el ano de Satanás, se defendían afirmando que también ahí había un rostro. De modo similar, mientras que en los inicios de la fotografía erótica las modelos debían ostentar en el rostro una expresión romántica y soñadora, como si el objetivo las hubiera sorprendido, no visto, en la intimidad de su boudoir, con el transcurso del tiempo este procedimiento se invierte, y la única tarea del rostro se vuelve la de expresar una impúdica conciencia de la exposición del cuerpo desnudo a la mirada. La desfachatez (la pérdida del rostro) es ahora la contraparte necesaria de la desnudez sin velos. El rostro, devenido cómplice de la desnudez, mirando al objetivo o haciendo un guiño al espectador, da a entender una ausencia de secreto, expresa sólo un darse a ver, una pura exposición.
Pronto, según la dialéctica del Libro, Pointsman estará solo, se deslizará por un negro campo hacia la isotropía, hacia el cero, con la esperanza de ser el último en irse... ¿Habrá tiempo? Él tiene que sobrevivir..., intentar conseguir el Premio, no por su propia gloria, no, sino para cumplir una promesa para con el grupo humano de siete al que perteneció en otro tiempo, aquel grupo que no lo consiguió... Aquí está la imagen de un médium, iluminado desde atrás, solo junto a la alta ventana del Grand Hotel, el vaso de whisky alzado hacia el límpido cielo subártico y «por ustedes, pues, camaradas; mañana todos nosotros estaremos en escena; ocurre que sólo Ned Poinstman nos sobrevivió a todos, eso es todo...». A ESTOCOLMO... Su grito de combate, y, después de Estocolmo, un borroso, un prolongado y dorado anochecer...Sí, cierta vez creyó que lo estaba esperando un Minotauro, ¿saben?: solía soñar que él corría hasta la última sala, la bruñida espada a punto, gritando como el jefe de un comando, soltándolo todo al final: un auténtico y maravilloso climax de vida en su interior por primera y última vez, mientras el rostro se volvía hacia él, viejo, cansado, sin captar nada de la humanidad de Pointsman, sólo dispuesto a presumir ante él con otra rozadura de cuerno, otro golpe de pezuña, convertidos en rutina desde hacía mucho tiempo (pero esta vez habría lucha: Minotauro sangrante, la maldita bestia; gritos desde lo más profundo de su propio interior, cuya virilidad y violencia lo sorprenderían)... Éste era el sueño. Los lugares y las caras cambiaban; poco de él sobrevivía, salvo la estructura, a la primera taza de café y a la plana pastilla beige de bencedrina. Podía ser un parque de camiones al amanecer, el pavimento recientemente regado con mangueras, lleno de manchas marrones de grasa; los camiones con toldos de color oliva, cada uno con un secreto, todos ellos esperando..., pero él sabe que en el interior de uno de estos vehículos...Y, por fin, tras una detenida rebusca, lo encuentra: el código identificatorio más allá de las voces; sube a la parte trasera, bajo la lona, espera bajo la luz parda y opaca hasta que, a través de la borrosa ventanilla oblonga de la cabina, aparece un rostro, un rostro que él sabe que empieza a volverse..., pero la estructura fundamental es el rostro que se vuelve, el encuentro de los ojos... Acecha el Reichssieger von Thanatz Alpdrucken, el más esquivo de los sabuesos nazis, campeón en Weimar en 1941, que lleva tatuado dentro de la oreja el número 416832 del registro genealógico tras haber cruzado una Alemania londresificada, con su cada vez menor forma de hígado gris, galopando junto a sombríos canales sembrados de desperdicios de la guerra, entre estallidos de cohetes que nunca lo alcanzan, siempre perseguido, una placa grabada con explosiones, el plano de una ciudad destinada a la inmolación, el de una corteza cerebral humana y otra canina, la oreja del perro ligeramente inclinada, la parte superior de su cráneo reflejando claramente las nubes invernales, metiéndose en un refugio acorazado que se encuentra a varias millas por debajo de la ciudad, una ópera de intriga balcánica en cuya hermética seguridad, en medio de cuyos racimos de disonancia azul irregularmente marcados, Pointsman es incapaz de huir por completo debido al modo de insistir del Reichssieger, siempre en primer plano, sereno, imposible de anular, y de cuya persecución literal regresa de este modo, debe regresar una y otra vez en un rondó febril hasta que, por último, van a parar a la ladera de una colina, al final de una larga tarde de partes enviados por Armagedón, entre hileras escarlata de buganvilla, senderos dorados donde se alza el polvo, columnas de humo a lo lejos sobre la ciudad tentacular que ambos han atravesado, voces en el aire que dicen que América del Sur ha ardido hasta convertirse en cenizas, que el cielo de Nueva York se ha convertido en brillante púrpura debido al nuevo y todopoderoso rayo de la muerte..., y es aquí, por fin, donde el perro gris puede volverse y con sus ambarinos ojos mirar los de Ned Poinstman...Cada vez, a cada cambio de dirección, su sangre y su corazón son acariciados, batidos, elevados con alborozo e impulsados hacia la helada noctiluca, hacia la fundente y fulgurante termita, mezcla de aluminio y óxido de hierro, de las bombas incendiarias, mientras él comienza a despedir una luz incontenible, mientras las paredes de la cámara adquieren un vivo matiz sangriento, naranja, luego blanco, y comienzan a deslizarse, a fluir como cera..., es un laberinto derrumbándose en anillos hacia fuera, héroe y horror, ingeniero y Ariadna consumidos, fundidos dentro de la luz de él, la loca explosión de él...Hace ya años. Sueños que apenas recuerda. Hace mucho que los intermediarios han dejado de estar entre él y su bestia final. Le negarían incluso la mísera perversidad de estar enamorado de su propia muerte...Pero ahora, con Slothrop en el asunto —ángel repentino, sorpresa termodinámica o lo que sea—, ¿cambiará algo? ¿Es posible que Pointsman llegue a tentar al Minotauro, al fin y al cabo?
Si una generación anterior de series consiguió, partiendo de referentes externos, darle forma a un mercado con una entidad tan reconocible y popular, lo lógico sería pensar que la nueva oleada de productos televisivos ya no tuviese que pasar nunca más por el trámite de “no parecer televisión”. Al contrario, el terreno abonado por The Sopranos, Six feet under, Lost y The Wire podría entenderse como el punto de partida desde el cual llevar propuestas a nuevas alturas. Breaking Bad podría ubicarse como bandera de una generación de series posteriores, construida con el ojo puesto en sus precedentes, una serie de series.
16 de enero de 1938. [...] Néstor comía rápida, seria, laboriosamente, interrumpiéndose sólo para enjugar el sudor que le manaba de la frente y le caía sobre los anteojos. Tenía algo de Sileno, con sus mofletes, su vientre redondeado, sus anchas caderas. La trilogía ingestión-digestión-defecación marcaba el ritmo de su vida, y las tres operaciones se rodeaban del respeto general. Pero ésta era sólo la faz manifiesta de Néstor. Su faz oculta, que fui el único en sospechar, eran los signos, la interpretación de los signos. Ese era el gran norte de su vida, junto con el despotismo absoluto con que abrumaba a todo San Cristóbal.Los signos, la interpretación de los signos... ¿De qué signos se trataba? ¿Qué revelaba su interpretación? Si pudiera contestar esta pregunta, toda mi vida habría cambiado, y no sólo mi vida sino también —me atrevo a escribirlo en la certeza de que nadie leerá nunca estas líneas— hasta el mismo curso de la historia. Por cierto Néstor sólo había dado algunos pasos en ese sentido, pero mi única ambición es precisamente seguir sus huellas y llegar tal vez algo más allá de donde él llegara, gracias al mayor tiempo que se me concede y también a la inspiración que emana de su sombra. (pp. 33-34)
[...]
28 de marzo de 1938. Esta mañana, extraño sobresalto con la sensación de que es hora de levantarme. Mi despertador marca las dos menos cuarto, pero está parado. Me levanto en busca de mi reloj pulsera que está sobre la mesa. También está parado, y las agujas marcan las dos y diez. Tuve pues que discar en el teléfono la hora para saber que eran las siete.En la calle niebla intensa. He dejado junto a la acera mi viejo Hotchkiss para poder correr a Meaux, a ver un cliente, antes de abrir el taller. Cuando acciono el arranque, no pasa nada: la batería no funciona, descargada sin duda por la niebla. Ahora bien, el reloj del tablero, alimentado por la batería, también se ha parado y marca las dos y quince.Estas coincidencias en cadena me impresionarían si no estuviese acostumbrado al fenómeno. Pero mi vida está llena de coincidencias inexplicables que yo interpreto como otros tantos llamados de atención. No es nada; es el destino que me vigila y trata de que no olvide su presencia invisible pero inevitable.El verano pasado, yo dormía con la ventana abierta de par en par. Al despertarme, conecto la radio para acunar con música los primeros minutos de la jornada. Y la música surge, en efecto, chispeante, vivaz, fresca, endiablada. Luego me distrae un gran jaleo en el techo, sobre mi cabeza. Algunos pájaros, de tamaño sin duda respetable, se pelean e insultan con pasión. El ruido aumenta y adivino a los adversarios entrelazados, resbalando sobre la chapa inclinada. Finalmente, un paquete de plumas erizadas rebota en el marco de la ventana y cae dentro de mi pieza. Dos urracas asustadas se separan con un impulso común y retoman, por la ventana, el camino de la libertad. En ese momento se apagan los últimos acordes de la música y la locutora anuncia: "Acaban de escuchar la obertura de La urraca ladrona de Rossini". Sonreí bajo las sábanas. Murmuré: "¡Buenos días, Néstor!".A veces también es una respuesta —generalmente irónica— a un pedido indiscreto que se me escapa. Porque, en fin, rodeado como estoy de signos y de relámpagos, bien podría, sin duda, me parece, pretender tener suerte.Hace seis meses, teniendo algunos vencimientos difíciles de levantar, compré un billete entero de la Lotería Nacional pronunciando esta corta plegaria: "Néstor, ¿aunque sea una vez?". ¡Ah, no puedo decir que no me haya escuchado! Hasta diría que me respondió, con un palmo de narices. Mi número era el B 953.716. El número que procuró un millón a su propietario fue el B 617.359. Mi número al revés. ¡Era para enseñarme a no querer sacar un trivial provecho de mi privilegiada relación con lo que hace mover el universo! Me enfadé; luego reí. (pp. 86-88)
Poco después de que se conociera la detención de Dotcom –a quien el blogger español Leónidas Martín Saura señala como uno más de los zares capitalistas, en otras palabras, un pirata tal como lo son Bill Gates o el finado Steve Jobs–, el sitio TechCrunch publicó una nota en la que señalaba la particular saña del FBI contra Megaupload y esbozaba, citando las fuentes debidas, una teoría: el cierre del sitio –porque, a todo esto, es un sitio popular pero de ninguna manera el único que ofrece almacenamiento masivo de archivos– podría deberse al proyecto de Dotcom de poner en línea el almacenador de música Megabox y DIY, un servicio de distribución de ganancias entre artistas, aún entre aquellos que ofrecieran su material para descarga gratuita, lo que vendría a desbancar la industria musical tal como persiste hasta ahora (es decir: grandes ganancias para las compañías, poquísimas para el creador y amurallamiento tras los derechos de autor).El sitio TorrentFreak (lugar imprescindible para saber qué descargar y a través de qué servidores para todos aquellos que usamos intercambio de archivos par a par vía Torrent) informó por primera vez sobre este proyecto en diciembre de 2011. Según Dotcom, Megabox iba a ser un competidor directo de iTunes, incluso ofrecería películas gratis a través de Megamovie, sitio que se lanzaría en 2012 y sería una suerte de cine digital.
«Aumentados bajo la lente del microscopio, se veían aparecer unos glóbulos dentro del protoplasma; en estos glóbulos se iban formando unas vértebras, estas vértebras constituían después una columna, luego aparecían claramente los miembros, la cabeza y los ojos. Las transformaciones eran habitualmente muy lentas, requerían varios días, pero a veces se desarrollaban bajo los ojos del espectador. Un crustáceo, por ejemplo, apenas se le desarrollaron las patas, abandonó el portaobjetos y se fue. Estas formas, pues, viven, a veces se mueven, y crecen mientras encuentran nutrición suficiente en el protoplasma que las ha originado; después de lo cual dejan de crecer, o bien se devoran mutuamente. Morley Martin, sin embargo, ha conseguido mantenerlas con vida, gracias a un suero secreto.»
Desde ese momento las he buscado por todos los rincones de internet. Nada. Tampoco las venden en las tiendas, ni las pasan en ninguna sala de cine, ni centro cultural que yo conozca. Muy a mi pesar, he ido poco a poco dándolas por perdidas; parece que ahora me toca probar anuevas experiencias audiovisuales, y en eso estoy. Ayer, por ejemplo, vi la televisión, ya sabéis, Urdangarín, SGAE, los trajes de Camps y todo eso. Durante todo el Telediario no dejé ni un segundo de pensar en el monstruo aquel de los rayos intermitentes: ¿lograrían finalmente acabar con él? El único relato televisivo que atrajo un poco mi atención fue ese que han construido alrededor de la figura de Kim Dotcom, el chico entradito en carnes creador de Megaupload. Digo lo de «entradito en carnes» porque esta característica física de Dotcom es parte del storytelling que acompaña a su noticia. Una noticia emitida por todos los canales de televisión del mundo, una y mil veces, y cuyo relato podría resumirse así: un gordinflón sin escrúpulos que se aprovecha de la gente común, como tú y como yo, para forrarse de pasta, comprarse mansiones, coches caros y alguna que otra pistola también. Menos mal que el F.B.I. pasaba por ahí y nos ha salvado la vida de nuevo.
El arte suele anticipar la realidad. Muchos libros y películas nórdicas generan incertidumbre, porque tanto los escritores como los cineastas de esa geografía vienen mostrando desde hace tiempo la desesperación de una sociedad que no está tan encantada con su justicia social ni sus muebles Ikea. ¿Por qué encumbramos a estos países? Si son el ejemplo de las sociedades hiperavanzadas, ¿por qué sus autores nos dicen que algo está saliendo muy mal? A la luz de esas obras, el episodio de furia y urgencia para asesinar de Anders Breivik en Oslo y la isla de Utoya puede ser evaluado más que como un hecho aislado de un alienado monstruoso, como parte de un entramado de descontentos y malestares de toda una región.
Su padre nunca vino a visitarla a su casa en el medio del monte de paraísos, aunque en alguna época prometía aparecer. Si piensa en él, lo ve en alguna de sus rutinas —¡tenía tantas!— o haciéndole advertencias —¡imaginaba tantas!. Siempre pulcro, afeitado al ras, leyendo el diario de cabo a rabo todos los días, el vaso de whisky a la misma hora, sólo novelas policiales, las caminatas a la orilla del mar en verano y las visitas a los museos en invierno. La primera advertencia que recuerda, porque pensándolo bien era una advertencia, ocurrió cuando ella tenía siete, ocho años. Y le produjo una pena inmensa, una pena que todavía siente. Ella se había hecho amiga de una vecina, una nena de su misma edad, hija única de unos dentistas que vivían dos pisos más abajo, en un departamento exactamente igual al de su familia, pero oscuro y silencioso, repleto de muebles y objetos que cuando uno los miraba con luz eran preciosos y únicos, pero que este matrimonio de alguna manera se encargaba de opacar. Judy subía hasta su casa después de hacer los deberes y jugaban, o ella bajaba y las dos —los padres estaban trabajando en habitaciones que habían acondicionado como consultorios— abrían una caja en la que guardaban un tablero de ajedrez. Las figuras eran piezas de marfil talladas con rostros adustos, los caballos tenían las crines enruladas y los ojos desorbitados. Clara pasaba el dedo por las piezas y creía que nunca había tocado algo tan fino. Después de casi medio año de estas continuas visitas, un día la madre de Judy, que era una señora muy corta de vista, con la piel blanca como una manzana, invitó a Clara a pasar un fin de semana con ellos. Le dijo que irían a visitar a la abuela de Judy, que vivía en una casa muy grande, llena de flores. Esa misma tarde, Clara se acercó a su padre que estaba sentado en el sillón en donde leía la novela policial de turno.—Pero, ¿no sería mejor que salieras con alguna de tus amiguitas del colegio? —dijo el hombre. Con el dedo marcaba la página que estaba leyendo.—No me invitó ninguna amiga del colegio. Me invitó Judy. Ella es mi amiga... —respondió Clara.El padre cerró definitivamente el libro.—Sabés, Clara me gustaría decirte algo. Quizás ahora no entiendas, pero es por tu bien. Mamá y papá siempre piensan en lo que es mejor para vos, ¿sabés?Clara había escuchado esa frase cientos de veces. Cuando no quería comer verduras, cuando se quejaba de que las clases de baile le hacían doler los pies.—Esa gente que vive ahí abajo, es buena gente. Deben serlo...Se notaba que el hombre no quería ahondar mucho en ese tema.—Pero son distintos a nosotros. Tienen otras costumbres.—¿Qué costumbres? A mí me parecen iguales... ¿No quieren a Judy?—No. No es eso, Clara.—¿Qué es?—Son judíos. Es algo difícil de explicarle a una nena de diez años como vos, pero pensá que vienen de otro país, de un lugar diferente al nuestro.—Pero, papá, son argentinos... Hablan igual que vos y yo. No son como la abuela de Maxi, viste que ella habla así todo raro... Yo no le entiendo nada.—Mirá, ClaraEl padre dejó el libro, marcando antes la página.—Te voy a dar un ejemplo. Así lo vas a entender...Clara se acercó, pensó en el caballo de marfil adentro de su caja, en el ruido del torno de los dentistas que a veces escuchaba cuando jugaba con Judy, y se le llenaron los ojos de lágrimas.El padre, tranquilo, quizá con más cariño que nunca, le dijo:—Si una gata tiene gatitos en un horno, ¿qué tiene? ¿Gatitos o una torta?
Las hembras humanas fueron entonces poseídas por los doscientos espectros de las milicias angélicas que descendieron como una tormenta sobre la cima del monte Hermon, y los hijos de esa unión fueron los nefilim, traducidos al griego como gigantes. Sin embargo, la obra de los Vigilantes rebeldes no se limitó a engendrar hijos gigantes con las hembras humanas. También les revelaron a los humanos una ingente cantidad de secretos:[...]Asael les enseñó a los hombres a hacer espadas de hierro y armas y escudos y petos y cada uno de los instrumentos de la guerra. Les mostró los metales de la tierra y cómo debían trabajar el oro para moldearlo apropiadamente, y en cuanto a la plata, cómo modelarla para realizar brazaletes y ornamentos para las mujeres. Y les mostró todo lo concerniente al antimonio y la pintura de los ojos y todo tipo de piedras preciosas y tinturas. (1 Henoch 8,1)
No sería exagerado afirmar que la Memra divina se encarnó para combatir el maquillaje femenino. Esto es, en efecto, lo que sugieren algunos teólogos como Tertuliano. Pero, ¿por qué Dios lucharía encarnizadamente contra los ornamentos de las mujeres? ¿Por qué este Dios trascendente tiene que ocuparse al maquillaje realizan un gesto antropotecnológico fundamental al alterar la apariencia humana natural en beneficio de la artificialidad del aparecer ante el mundo propio del ornamento: "pues delinquen (delinquunt) contra Él, las que martirizan el cutis con maquillajes, manchan sus mejillas de rojo, perfilan los ojos de negro. En efecto, a ellas les desagrada (displicet) la obra de Dios; en ellas mismas reprenden y refutan al artífice de todas las cosas (in ipsis redarguunt et reprehendunt artificem omnium). Acusan pues, cuando corrigen, cuando añaden tomando estos aditamentos del artífice adversario (aduersario artifice), esto es del diablo (diabolo)".Cada vez con más acuidad, Tertuliano insiste sobre la peligrosidad del maquillaje. ¿Es posible pensar que el divino gobierno cósmico encuentre su adversario en los rizos ornamentados de las mujeres? ¿Es concebible creer que un peinado de última moda pueda poner en jaque a todo el Universo? La respuesta sólo puede ser afirmativa si tenemos en cuenta que, a diferencia del mundo clásico, con el cristianismo todos los actos personales, incluidos los aparentemente más triviales, se transforman inmediatamente en acciones políticas. Por esta misma razón, el problema político esencial no es tanto la desnudez sino más bien el vestido, y desde esta misma perspectiva, no es tanto la desnudez sino, al contrario, la técnica vestimentaria la que resulta insoportable para el poder espiritual del gobierno divino del mundo.Si Dios se interesa por los afeites femeninos es porque éstos, junto con toda la (antropo)técnica, fueron transmitidos a la humanidad por los ángeles juramentados y rebeldes: "en efecto, aquéllos que organizaron todo eso se consideran condenados a la pena de muerte (damnati in poenam mortis), a saber, aquellos ángeles (angeli) que se precipitaron desde el cielo hacia las hijas de los hombres (ad filias hominum), para que esta ignominia también se añada a la mujer".Un día habrá que preguntarse por qué el maquillaje era un arcanum político -esencial para su gobierno cósmico- que Dios no quería transmitir a los hombres y que sólo llegó a estos gracias a la mediación de los ángeles rebeldes; pero esa futura indagación deberá quizá tener en cuenta que detrás de este problema se halla la primera forma de antropotecnia mítica: la transformación del cuerpo humano en su dimensión del ser y del aparecer social. Sólo pueden gobernarse sociedades, y el hombre, con sus antropotecnias angélicamente transmitidas, alteró, subvirtió y confeccionó un tipo de sociedad intolerable para la soberanía divina.
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