sábado, agosto 01, 2009

Una hipótesis sobre Borges: de Macedonio a Lugones (David Viñas)

Fuente: Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año 2, No. 4 (1976), pp. 139-142

Borges acaba de ser condecorado por Pinochet. Uno de los mayores escritores en lengua española actual es exaltado por el arquetipo de dictador fascista latinoamericano en 1976. La noticia no sólo deprime y desconcierta por el caso particular del autor del Aleph, sino que, en términos más amplios, replantea un viejo interrogante que involucra tanto a la sociología del conocimiento como a la crítica literaria y a la historia de la cultura.
Se lo podría contestar afirmando que Borges es un malentendido. También cabría sostener que su calidad de gran escritor y de hombre liberal son momentos y no esencias. Y por qué no: arrancar con el planteo de que si a la izquierda intelectual se la cuestiona por politizar la literatura, al pensamiento de derecha se le puede imputar el intento de literaturización de la política.
Es decir, para cierta crítica que enfatiza la especificidad de la literatura lo único que importa son los textos de Borges. El resto es sociología. Pero el riesgo de esta perspectiva es el formalismo y un consiguiente dualismo idealista. Para una posición crítica inversa cabe explicar a Borges por su contexto, biografía y nexos de clase. Claro está que la deformación posible de esta óptica es la de un historicismo cada vez más encallado en lo mecánico. Pero para una tercera perspectiva que pretenda superar tanto las mutilaciones del formalismo como las simplificaciones de un historicismo tout court y que entienda que lo específico de la literatura no se agota en su especificidad, la alternativa de un análisis totalizador se da a partir, precisamente, del interior de los textos borgianos. Por cierto que en su permanente relación de vaivén con lo contextual.
De ahí que la penosa culminación en Pinochet habrá que buscarla en el núcleo más íntimo de la escritura borgiana. Eventualmente ahí residen sus motivaciones y su clave. Y si, por ahora, lo planteamos como una hipótesis es porque sólo trazamos sus rasgos fundamentales.

Los años veinte

Desde los textos iniciales de Borges en la década del veinte su espacio literario se va escindiendo como una "historia en dos ciudades"; del rechazo del Centro de Buenos Aires intolerable por su luz cegadora y sus habitantes prepotentes pasa a exaltar la mansa penumbra del cementerio. Los epitafios se convierten en los textos mas elocuentes (en la medida que toda la producción de Borges puede ser leída como una colección de epitafios) y los antepasados, son su ademán hacia atrás, las únicas figuras legitimadas.
El cementerio, que empieza polarizándose a la historia inmediata, se transforma cada vez más en su denegación. Y su núcleo significativo se descentra, desplaza y prolifera en jardines pausados, patios secretos y acogedores, plazas cómplices, calles que se desvanecen hacia el fondo y barrios marginales hasta llegar al arrabal: en esta franja es donde se instaura el nuevo "centro" realmente auténtico. La zona de Aleph en la que el enceguecido por el Centro urbano descubre el "centro" esencial; el área privilegiada donde obsesivas figuras de Borges irán entonando el "veo... veo" que se convertirá en una omnipotencia óptica equiparada cada vez más a un desquite de la importancia inicial. La denegación de la historia ha llevado así a la exaltación metafísica. El inerme Arrinconado del comienzo se invierte en magno Voyeur. El Ciego se ha transformado en Dios (para quien la víctima y el verdugo vienen, en última instancia, a ser lo mismo).
En este gesto borgiano de desasimiento de lo inmediato, condicionado por la intolerable agresividad de la ciudad, se puede descifrar el parentesco con uno de sus maestros, Macedonio Fernández: la literatura es una práctica analgésica como defensa frente a lo doloroso de la cotidianeidad. Incluso la presencia nítida del escritor se difuma como recurso elusivo de lo sometido a la historia, y si el cuerpo es el lugar donde se verifica la muerte, corresponde escamotearlo. Con citas jamás verificadas o con ediciones apócrifas. De donde se sigue que los mismos textos -como prolongación de lo corporal- sean reducidos al mínimo para que no ofrezcan blanco a ese riesgo: fragmentos inasibles, novelas inconclusas, gambetas de todo corpus verificable.

Leopoldo Lugones

Pero si esta constante originada en el autor de No es toda vigilia la de los ojos abiertos recorre e impregna un continuo borgiano, hay otra que se va imbricando en cada flexión de ese itinerario y cuyo origen puede detectarse en Leopoldo Lugones: durante los despreocupados años del vanguardismo martinfierrista, en su Evaristo Carriego, ya se siente vibrar una peculiar reticencia ante todo lo que sea hombre nuevo proveniente de la inmigración. Ahí, afuera, se agazapa el peligro. El inmigrante es presentido como un violador de la sacralidad tradicional y la versión de Borges está dada desde el ángulo del patriciado. En ese entonces, la ironía, entendida como economía de afecto, se articulaba sobre la distancia frente al gringo rioplatense y se resolvía como parodia.
Pero después de la crisis de 1930 y vinculado a la revista Sur (donde se prolongan e institucionalizan los descubrimientos del vanguardismo anterior), es ya la figura del Leopoldo Lugones fascista y teórico del sable enérgico y purificador la que más lo seduce y le permite crispar su distanciamiento delante de una creciente sociedad de masas. Ahora son los hijos de los inmigrantes los que padecen la desdeñosa mirada del escritor que, al identificarse con el Héroe romántico, cree que no sólo establece la legalidad de por sí, sino que con eso justifica su excepcionalidad. Los otros son pasivo objeto de burla, consumidores o masa de maniobra. De la cual tiene que emanar para Borges su condición de objeto de culto.
Luego de 1945 -y justificándose con la torpeza burocrática del primer peronismo- esa línea de exacerbación respecto de la sociedad de masas alcanza su apogeo: los violadores del orden urbano tradicional (y de la casa como recinto de lo manufacturado) ya no son los que provienen del puerto, sino las camadas de provincianos convocados por el atractivo de la gran Buenos Aires industrializada. Los otros -de manera vertiginosa- presuponen una infracción ontológica; su sola existencia niega la de Borges.
Nada tiene de extraño, pues, sino que aparece como correlativo que la dictadura militar impuesta en 1955 le designe a Borges director de la Biblioteca Nacional. Se trata del mismo recinto sacro, variante de los interiores penumbrosos y acolchonados, donde Borges hizo donación imaginaria de sus libros al Lugones marcial y tradicionalista. En gran medida, esa designación era puesta en escena como el desagravio realizado por un grupo (que se pretendía heredero de la élite liberal) a un escritor irritado por los más recientes habitantes de la ciudad.

Conservador

Y es a partir de esa coyuntura cuando la constante de Borges frente a las masas y la reiterada resurrección política de una oligarquía se van entrelazando más y más. Con la secuela de reciprocidades: lo santifican pero le exigen. Así como el civilismo liberal de ese grupo se diluye con su progresiva debilidad y se estrecha y superpone con el ejército en cada una de sus reapariciones: 1962, 1966. Y, claro está, 1976. A través de esas mediaciones, el Borges desamparado, lúcido y reticente ciudadano del Buenos Aires de 1925 se va convirtiendo en un conservador incómodo. El espacio que en la primera posguerra podía tolerarse entre escritor y grupo social dirigente se estrecha y lo estrangula, el heterodoxo es cada vez más un anexado y un vocero. Y como la oligarquía de 1920 ya no vive en potencia sino a la defensiva (y el ejército no es profesional sino protagonista), va condicionando que las bromas al gringo o las indignaciones frente al cabecita negra se conviertan en discursos contra los nuevos invasores de la ciudad y del Centro, los actualizados violadores. Rol que cubren hoy los marxistas.
Los pasos siguientes son previsibles. Necesarios casi. En primer lugar, conmovido homenaje a Nixon. Dedicatoria a Nixon. Más adelante solicitadas patrióticas en los grandes diarios conservadores junto a las ristras de almirantes. Almuerzo con el general Videla y elogios al general Videla. A la caballerosidad del general Videla. La línea de puntos se prolonga. Y Borges defiende la reimplantación de la pena de muerte. Y aplaude la represión. Y como cierre (¿momentáneo?) recibe en Chile la condecoración de Pinochet.
Significativamente, por el revés de la trama de este reciente circuito, los textos de Borges se van coagulando; cada vez más repiten los mismos tics. Sus propios ademanes lo fascinan y a cada paso es evidente la imitación de sí mismo. Lo que alguna vez había sido descubrimiento se convierte en retórica. Lo originariamente producido deviene reproducción. Borges como escritor se transforma en la caricatura de sí mismo. Como si la figura de sus antiguos laberintos se hubiese congelado en la circularidad repetitiva del autismo. Laberintos/círculos. Y, se sabe, no hay círculos virtuosos.
Por eso, cabe ahora preguntar prosiguiendo estas hipotéticas líneas de fuerza que parecen enrularse sobre sí mismas: cuando Borges, como se anuncia, este en España, ¿qué lo va a inquietar? ¿Quiénes? ¿Por quién será condecorado?

viernes, julio 31, 2009

Joya

El trailer de la nueva película de Wes Anderson, Fantastic Mr. Fox, acá.

Y el de la nueva de Tim Burton, Alice in Wonderland, acá.

martes, julio 28, 2009

El hombre de los gansos (II)

Fragmentos anteriores de Lo más oscuro del río de Luis Gusmán: El hombre de los gansos (I)



“Tal vez fuese una señal, un coro que Maci necesitaba para la conversación que íbamos a mantener porque desde la estación tan cercana al zoológico se puede oír el chillido de algunas aves nocturnas; aunque yo espero que el rugido de alguna fiera interrumpa esta selva sonora en medio de la ciudad. En una de las bocas del subte ya han colocado las rejas, y la sombra de un caballo de mármol ha quedado presa entre ellas.
Miro el paisaje que los murales me ofrecen. Vasijas abandonadas, indios de labios groseros, la boca del conquistador apoyada santamente sobre la tierra conquistada, la espada al lado de la cruz. En un río que se mezcla con el mar, las velas flotan tensas. Unos hombres que se acercan o se alejan en un bote, según desde donde uno los mire. Jesús es sólo una herida sangrienta y el color de su carne mortificada se confunde con el color de las velas. El oro, la plata, los frutos del paraíso parecen estar al alcance de la mano. Pero esa arboleda de chozas que rodea la costa ya hace pensar que los salvajes han traído todas sus riquezas hasta la playa y que más allá de esta arboleda sólo se abre un descampado inmenso. Que todo el secreto y todo el poder residen en la boca de ese lenguaraz que en su relato insinúa conocer lo oculto, lo secreto de esa tierra, que ese marinaje descastado ha venido a buscar de manera desesperada, impulsado por un catolicismo ferviente y una ambición desmedida. Y desde el fondo de ese paisaje, como surgiendo de una de esas armaduras de latón, la figura de Maci, caminando al son de La dama de las camelias en tiempo de marcha, como si otra vez, como cuando formaba parte de la banda militar, tocara el trombón dorado, transformándose de repente de antiguo burócrata en la sombra de un imponente guerrero que atraviesa a paso lento el campo de batalla, y avanza hacía donde estoy sentado, trayendo extraños ruidos de pájaros en la cabeza, él también como un lenguaraz que viene a contar su propia versión del balazo que disparó contra mi hermano.” (“El fondo de las cosas”, 82-83)


“Temo encontrarme con un Néstor farsesco, envejecido, cubierto con un abrigo de piel, descendiendo operísticamente por la escalera, haciendo gestos ampulosos, impostando la voz, maquillado de manera grosera, defendiendo su piel hasta el último resquicio del frío y de la muerte. Cubriendo su garganta con un pañuelo de seda gitano de modo que al verlo no se pudiese evitar pensar en su garganta tomada por la enfermedad, imponiendo una senilidad perversa para dominar teatralmente la situación y, como hace años e imitándose a sí mismo, pronunciar aquella frase que le otorgó celebridad.
La voz de Néstor, la que escuchó Agamenón en su sueño anunciarle el destino de Troya. Cuando el caballo de madera todavía era un artificio lejano en la memoria de los hombres. Su voz sentenciosa imponiéndose entre los hombres y los héroes. ¿Con qué parte de ese Néstor me encontraría en el instante en que descendiese al escenario del mundo interponiendo su figura a mis sueños, interrumpiendo bruscamente mi adolescencia perdida?
Quizás nunca sabré lo que estuvo primero, si la muerte de esa mujer o la voz de Néstor anunciando su muerte. Sumidos en la perplejidad por un desenlace que se prolongaba demasiado tiempo. Atónitos ante esa crueldad que se ensañaba con ese cuerpo bello y delicado. La voz de Néstor sacándonos del trance que nos produjo aquella muerte para sumirnos quizás en un trance más profundo hasta que la realidad nos arrojó de golpe hacia los restos de aquella mujer. Después fue una ceremonia rutinaria que oíamos durante la cena. Los días se iban sucediendo unos a otros y el recuerdo de aquella muerte se iba reduciendo a un aniversario. Cada vez que oíamos la voz de Néstor se reinstauraba, aunque fuese por un instante, todo el duelo y el fasto de aquel día. Por eso yo esperaba secretamente ese tono fúnebre y épico a la vez que desmentía esas voces familiares entusiasmadas por el fervor de una derrota momentánea. Murmurando a espaldas de Néstor la infamia, el escarnio y el impudor. Tentado ahora de preguntarle cuándo fue la última vez que lo dijo, ignorando si le podría exigir a su memoria la precisión de una fecha.” (“La razón principal”, p. 98-99)

lunes, julio 27, 2009

Nuevo número de No Retornable

NO-RETORNABLE

(revista literaria virtual)

www.no-retornable.com.ar

_La imagen lo es todo
En este dossier nos proponemos analizar la dimensión de la imagen en sus aristas políticas, sociales y literarias.
Ensayos sobre el imaginario
Jean Baudrillard, Alejandro Boverio, Guido Leonardo Croxatto, Sol Echevarría, Jorge Hardmeier, Martin Heidegger, Luciano Lutereau y Andrés Valdez Zepeda
Imagen del escritor y su escritura
William Burroughs, Roberto Arlt, Juan José Saer, Daniel Link y Diego Grillo Trubba
Ficciones: una puesta en abismo
Charles Bukowski, Carlos Gardini, Fabián Casas, Jimena Néspolo y Javier Núñez

_Debatir Malvinas
Desgrabaciones de la Jornada organizada por la revista en la Biblioteca Nacional, en la que se habló sobre las ficciones literarias, la memoria e historiografía sobre Malvinas.

_Meter el verso
Selección de cinco poetas contemporáneos: Soledad Castresana, Gabriel Cortiñas, Valeria Meiller, Bruno Petroni y Verónica Viola Fisher.

_Contate algo
Acá te acercamos, para que puedas leer online, relatos de Mariano Buscaglia, Fernanda García Curten, Laura Galarza, Gustavo Nielsen y Hernán Ronsino.

_39 preguntas a Alan Pauls
Un recorrido caprichoso por sus novelas, su concepción de la literatura, la academia, los blogs, lo contemporáneo, las obsesiones, la intimidad y la política. Por Nurit Kasztelan.

_Laberintos
Imágenes del artista visual Gustavo Eandi

_¿Qué hay de nuevo?
Reseñas de libros editados o re-editados recientemente al alcance de los lectores, los curiosos, los chismosos y los amantes de la crítica literaria.

domingo, julio 26, 2009

Una ojeada a los pensamientos sobre la técnica

La página de la revista Artefacto. Pensamientos sobre la técnica. tiene varios textos digitalizados de sus 6 números editados que bien valen la pena revisar: los manifiestos y artículos sobre patafísica; un ensayo brillante de Héctor Schmucler sobre biopolítica, lingüística y genética, "La industria de lo humano"; un texto sobre los límites de la metafísica en relación con los adelantos tecnológicos de Peter Sloterdijk, "El hombre operable" (para leer en tandem con "Normas para el parque humano"); un dossier con breves ensayos de J. G. Ballard sobre ciencia ficción y otras cuestiones; una recopilación de La cabeza de Goliat de Ezequiel Martínez Estrada; algunos textos sobre Bataille y la heterología (aunque falta lo mejor, que venía como anexo de la revista: los cuadros heterológicos batailleanos); etc.
Más allá del deseo de que en algún momento digitalicen de forma completa los números de la revista (sobre todo, los más antiguos), resultan interesantes los textos que van colgando en la página como, por ejemplo, "¿Está bien ser luddita?" de Thomas Pynchon.

viernes, julio 24, 2009

La fábrica (Daniel Moyano)

En 1960, Daniel Moyano publica su primer libro de cuentos Artista de variedades entre los que se incluye el que pego abajo: "La fábrica". Estos cuentos, al igual que los de La lombriz (1964), despliegan atmósferas asfixiantes con una cantidad mínima de elementos narrativos (no por nada Andrés Avellaneda realizó en los 70 un espléndido artículo narratológico titulado "Encuentro, pérdida, búsqueda, en los cuentos de Daniel Moyano."). En "La fábrica", en particular, se tematiza la alienación de un conjunto de hombres que obnubilados por una fábrica que les promete un futuro promisorio caen en un círculo vicioso de explotación en el que se oyen claros ecos kafkianos. Disfruten.

La palabra surgió de pronto en todas las bocas con un sentido mágico. Nadie había visto una fábrica en su vida, pero allí estaba la palabra para asegurar su existencia. La había traído un alemán. Según algunos, la había pronunciado en un bar, sin convicción alguna, mirando su vaso de cerveza, como si se le hubiese escapado de la boca. Era duro de lengua y en realidad no dijo fábrica sino fabrik, cuyo sonido era tenso como un vidrio. Nadie comprendió al comienzo el hechizo que acababa de producirse. Aquella noche los labradores siguieron bebiendo en silencio su vino cotidiano y se acostaron sin ningún presentimiento.
El alemán se marchó al día siguiente, pero volvió dos meses después para reparar el molino de los Morillo. En aquel pueblo no había mecánicos, pero el alemán venía a menudo en su Overland modelo 30 con la carrocería llena de caños, morsas, terrajas, llaves y repuestos para molinos. La palabra que él había pronunciado un par de meses antes se había convertido ahora en una especie de oración cotidiana. Todo el mundo hablaba de la fábrica y de sueldos increíbles, todo el mundo tenía la esperanza de poder ir allá algún día y ganar sumas fabulosas.
Cuando el alemán volvió y los labradores le preguntaron sobre la fábrica, respondió afirmativamente, pero sin convicción, como la primera vez, cuando anunció el prodigio. Dijo que era cierto y que efectivamente se ganaba mucho. Entonces nadie vaciló más.
Pero había varias leguas hasta la ciudad donde estaba la fábrica y el viaje era muy costoso. A pocos meses de la segunda entrada del alemán, uno solo, Ceballos, había logrado partir. Todos lo envidiaban y hablaban de sus defectos, pero tiempo después comenzaron a elogiar su decisión y a atribuirle poderes absolutos sobre las mujeres, las bebidas caras y los lugares prohibidos. Y nadie lo veía ya como había sido, con su sombrero de trapo, cuyas alas caían sobre su frente como el ruedo de un vestido; pero tampoco podían imaginarlo de otro modo porque un buen traje y un buen sombrero eran muy poco para el poder fabuloso que otorgaba el hecho de trabajar en la fábrica. De manera que Ceballos era un hombre invisible que existía sin embargo y que allá lejos dominaba el mundo a su antojo.
Nadie hablaba de la fuga que se preparaba, pero todos habían decidido partir secretamente, ganar la delantera por si fallaba algo. Temía cada uno para sí que la fábrica no pudiese albergar a tantos, de modo que casi nunca hablaban del asunto, y si lo hacían jamás mencionaban la posibilidad de partir. Pero, reunido el dinero para el pasaje, salían subrepticiamente. Bastaba tener el dinero para el viaje solamente, porque sin duda todo lo demás quedaba a cargo de la fábrica.
Una mañana, en el apeadero ferroviario, que estaba a poco menos de un kilómetro del pueblo, Alcántara esperaba impaciente la llegada del tren, Al fin partiría, como Ceballos, hacia la riqueza. El tren pasaría a las cinco de la mañana. Le quedaba casi media hora para regocijarse a sus anchas. ¡Cuántas cosas dirían de él al otro día! Sería un héroe. Ahora trabajaba en la fábrica. En eso vio moverse una sombra en el camino. Era Antúnez, que traía una valija bamboleando en la mano. Se sorprendieron al comienzo y se miraron con desconfianza, pero no tardaron en urdir una especie de complicidad. Después de todo el trabajo sobraría. Las fábricas eran grandes. En seguida, uno por uno, llegaron Pereyra, Gómez, Ramos, Buitrago, Camaño y Charaviglio. Entonces llegó el temor. Todos se sentían sustituidos, traicionados, y el desaliento los sobrecogía. Pero Buitrago, armado de valor, encomió la grandeza de la fábrica. Aquello era algo monumental. No había por qué tener miedo porque el trabajo no faltaría. Todos creyeron al pie de la letra, como suelen creer los aterrorizados. Buitrago, naturalmente, no tenía la menor idea sobre lo que podía ser una fábrica. Y aunque todos sabían que hablaba por hablar, que lo que decía no tenía ningún fundamento cierto, aceptaron a medias sus conceptos. Después que habló Buitrago llegaron todavía Rodríguez y Arguello, que alcanzaron a oír las últimas palabras del discurso. Los últimos fueron Santucho, Velárdez, Sandoval y Pacheco.
Cuando bajaron del tren empezaron a caminar como ebrios. Antúnez miraba hacia arriba como buscando la fábrica. Cerca de la estación, en una especie de playa, había un camión reluciente. Cuando pasaron por allí, mirando hacia los cuatro puntos, el conductor del camión, maravillosamente vestido, los llamó con un movimiento de la mano. Poco después estaban todos en la carrocería del vehículo viajando, por los últimos suburbios de la ciudad, hacia la fábrica. Santucho no quería explicarse, como otros, ese encuentro milagroso con el camión, que les permitía ahora estar viajando hacia la fábrica sin dudas ni búsquedas de ninguna naturaleza, y desechando toda explicación lógica pensaba que todo se debía al poder absoluto de la fábrica.
El camión había salido de la ciudad y se hallaba ahora en campo abierto. No se detuvo en la garita policial. El policía, viendo que se trataba del camión de la fábrica, hizo una venia respetuosa y lo dejó pasar; el conductor levantó apenas una mano del volante para saludarlo. "Claro, es la fábrica", pensaba Santucho e imaginaba que ella era como un ser humano con atributos tales como ternura, bondad, generosidad y paciencia.
Estaban en pleno campo y la fábrica no aparecía. El camino era de cemento, impecable, limpísimo, construido por la fábrica para su uso exclusivo. Alcántara, alto y flaco, estiraba el cuello de vez en cuando como para atisbarla. El camión comenzó a subir una cuesta. No le daba trabajo subir, pese a la cara que llevaba, y parecía deslizarse suavemente hacia abajo. Sin embargo subía. Cuando el camión llegó a la cúspide el deslumbramiento fue total. Allá estaba, imponente, eterna, poderosa, una mole de hierro y de cemento que turbó el ánimo de todos. Pacheco sintió que el corazón latía fuertemente y que tenía miedo. Siempre que había amado algo, también lo había temido.
El primer día no hicieron casi nada. Los llevaron por diversas dependencias, pincharon sus venas, desnudaron sus cuerpos (quizás no seamos totalmente hombres, pensaron algunos con temor), les preguntaron por sus padres y por sus abuelos, fotografiaron por dentro sus huesos y sus visceras, firmaron montones de papeles y finalmente conocieron el campamento donde dormirían desde esa noche.
Los días pesaban más dentro de la fábrica, pero la idea de las sumas fabulosas que cobrarían a fin de mes pesaba mucho más. Parecía una locura ganar tantos pesos por día, pero era cierto y así lo quería la fábrica. Un día Sandoval tuvo algunas dudas y quiso averiguar la verdad. Quería saber por qué ganaban tanto, hablar con alguien que pudiera explicarlo todo. Pero en la puerta de la oficina que le indicaron decía Do not slam the door, que él tradujo inmediatamente por "No se permiten preguntas", y se volvió explicándose a sí mismo lo que iba a preguntar, es decir, no explicándose nada, porque ahora se daba cuenta de que si hubiese entrado no habría sabido qué decir finalmente.
La leyenda de la puerta, pensaba Sandoval, coincidía con las respuestas que, según Pacheco, daba la muchacha de la entrada principal. Pacheco fue el único que vio la entrada principal de la fábrica. Todos habían entrado directamente por la planta de trabajo, de modo que no conocían todavía el frente del edificio, que sin duda sería imponente. Pacheco, durante el ir y venir del primer día, se desvió en un momento dado de los pasillos por donde los conducían y se encontró de pronto ante una inmensa fachada de aluminio. Vio muy poco, porque para ver todo hubiera necesitado alejarse unos cien metros, pero podía imaginar el resto. Cuando quiso entrar no encontró la puerta por donde había salido, caminó unos metros y se halló en una inmensa sala de vidrio salpicada de guardianes uniformados. Cuando uno de ellos le dijo que se retirara, él había alcanzado a ver y oír a una joven bellísima que sabía a la perfección cuanta pregunta se hiciera sobre la fábrica. Parecía una mujer edénica explicando a los que quisiesen las maravillas del mundo. Sus respuestas eran siempre breves y perfectas. Los que acudían a ella lo hacían generalmente para pedir algo, y ella respondía siempre con frases tales como "No damos tal cosa", o bien "Damos tal cosa". Al lado de la muchacha (y esto lo advirtió Pacheco mucho tiempo después de haberlo visto) había un joven exactamente igual a ella en belleza y donaire. Su aspecto general era el de un Adán perfecto, cinematográfico, y al verlos juntos había que pensar inmediatamente en un idilio. Sin embargo se detestaban. Escasamente hablaban entre ellos (salvo cuando se consultaban para poder brindar un servicio mejor) y sus miradas tenían rasgos fugaces de una ira velada y contenida. En realidad eran un solo ser perfecto, apenas separados por el sexo, suavemente lejano.
El día de pago se acercaba rápidamente y costaba acostumbrarse a la idea de cobrar tanto dinero a fin de mes. Parecía mentira, y Pacheco creía a ratos que, aunque fuese cierto, algún suceso imprevisto evitaría a último momento esa certeza. Por la noche sacaba cuentas y se decía que tanto dinero por mes significaba muchos pesos por día muchos pesos por hora, y hasta por minuto, y ahora estaba ganando dinero, en ese minuto, el dinero se acumulaba inexorablemente, sin término, y el solo hecho de existir significaba dinero. Y pensaba que los sábados por la tarde y los domingos no trabajaban, de manera que la fábrica les pagaba también el descanso. Ella había tomado sus existencias y les pagaba por todos los minutos de vida. Hasta la muerte estaba prevista en unas planillas, donde constaba que al morir ellos sus herederos cobrarían cierta cantidad de dinero.
La sección donde trabajaba Pacheco era una pieza de dos por tres, con muchos estantes y cajones llenos de tarjetas. Su tarea era mantener o guardar el orden, pero se trataba de un puro principio, porque todos sus jefes sabían que allí no podía haber orden y que no lo había habido nunca, salvo el primer día, cuando se abrió la fábrica. Era una especie de oficina de desperdicios administrativos, con numeraciones más bien falsas y documentos fingidos. El orden era simplemente visual. Aunque los cajones fuesen iguales, adentro, entre las tarjetas, figuraba el principio de un caos. Se sabía que era imposible evitarlo por la propia naturaleza de los documentos que allí había, pero él debía tratar de hacerlo, quizás por respeto a alguna ley íntima de la fábrica. Si después de largos esfuerzos lograba restablecer parcialmente el orden al cual se aspiraba, un papelito más que llegara destruiría todo lo hecho. Y eso no significaba en modo alguno que él fuese inútil, como lo había pensado muchas veces, y que tuviesen que echarlo, porque justamente para ese juego imposible lo había empleado la fábrica. Quizás él tuviese que ser, en todo caso, una simple presencia del orden. Lo trasladaron a esa sección desde que los capataces advirtieron que era un poco atolondrado y que una grúa le había rozado la cabeza. El último día del mes estaba próximo, el dinero estaba muy cerca de ellos, pero ellos eran otros. En tan poco tiempo la fábrica los había transformado. Pacheco advirtió el cambio. Sentía que soñaba menos y que hablaba de otro modo. Atribuyó el cambio al hecho de haberse desnudado el primer día. Por eso se había convertido en un hombre de la fábrica. Pero la certeza de ser otro la tuvo cuando recibió la carta de su mujer. Durante los primeros días Laura seguía siendo para él ese cuerpo cálido que con su desnudez lo protegía de la lúbrica y que lo esperaba allá lejos para cuando terminaran los días nuevos con sus infinitas imposiciones, pero ahora había perdido la percepción de aquella intimidad clara y transparente. La carta y las cosas que en ella decía su mujer eran cosas anteriores al conocimiento de la fábrica, y parecían superfluas.
El día anterior al pago fue deprimente. Todos andaban silenciosos, como secretamente cómplices de algún acto reprochable. Pacheco, desde su piecita, podía observarlos detenidamente mientras iban y venían por la planta, y los veía como mutilados. A Santucho, por ejemplo, le faltaba una pierna; a Charaviglio, un brazo; a Antúnez, los dientes; a Pereyra, una oreja. Hasta Arguello, que todos los días se asomaba para decirle así que a fin de mes va a haber plata, con una reiteración obsesiva, pasó ese día sin decir nada, y solo atinó a guiñar un ojo. Y no era que hubiesen variado las cosas, que hubiera algo que temer: la fábrica era siempre la misma y cumpliría con su promesa de pagarles, seguía siendo esa entidad poderosa que habían presentido cuando el alemán pronunció la palabra. Pero era terriblemente sorda, inconmovible, y jamás hubiera podido equivocarse, o ser una simplificación o la medida de sus necesidades. Ella superaba sus sueños y sus cálculos, incluso sus facultades receptivas. Era desmesuradamente cierta cuando ellos hubieran preferido que no fuera tan poderosa, que tuviera algún instante de debilidad.
De manera que era cierto, y al día siguiente cobrarían, tendrían en sus manos una cantidad de dinero que de otra manera hubieran tardado años en reunir. Esa noche, agitados en sus catres, no podían dormir. Iban a ser poderosos, iban a poder hacer muchas cosas vedadas, ni siquiera presentidas. Velárdez juraba que compraría por lo menos cien velas para San Cayetano, que encendería simultáneamente junto a un gran cuadro que haría hacer del santo. Gómez temblaba pensando que todos le robarían, los muy malditos le robarían el dinero que él había ganado en la fábrica. Ramos tendría todas las mujeres que hubiera, se acostaría con dos juntas cada noche, para eso pagaba. Pacheco sentía que en realidad no necesitaba ese dinero. Laura se lo había dicho unas horas antes de partir: "Vamos a tener que estar separados, por un poco más de plata". Pero era absurdo oír esa frase después de haber estado en la fábrica. Eran palabras tontas, infantiles como las de la carta. Nunca hubiera imaginado que Laura fuese tan tonta.
A las diez de la mañana Alcántara asomó la cabeza por la ventana de la pieza donde trabajaba Pacheco. "¿Cobraste?", preguntó. Cerró con llave y se fue a cobrar. Le dieron el sobre y firmó una planilla. Eso era todo. El dinero estaba allí, en sus manos. Después lo contaría.
Esa tarde, en el campamento, decidieron ir a la ciudad. Mientras se vestía, Pacheco pensaba en el instante en que bajaron del tren. La ciudad era ya la fábrica, el deslumbramiento, el orden, la riqueza, pero él extendía los ojos y no la veía por ninguna parte. Quizás fueran puras invenciones del alemán y de todos ellos; quizás fuese solamente la palabra. Sin embargo habían cobrado y ahora tenía el dinero en el bolsillo: dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Un camión de la fábrica los llevó hasta la entrada da de la ciudad y volvió inmediatamente. Todavía era de día y había algunos negocios abiertos. Charaviglio compró un traje nuevo y tiró el otro en un baldío. Velárdez compró zapatos y guantes, pero conservó los zapatos viejos, que llevaba bajo el brazo atados con un hilo. Y casi todos ellos, por un capricho unánime, compraron sombreros de paja que correspondían a una moda en desuso pero que un turco previsor guardaba en polvorientos cajones. En todas partes les preguntaban si eran de la fábrica. Antúnez respondía con severidad, de acuerdo con el respeto con que formulaban la pregunta. Alguien a quien conocieron en un bar céntrico prometió) llevarlos adonde había mujeres, les habló de baños turcos y de casas de juego. El hombre parecía conocer maravillosamente bien todos los lugares, donde uno podía entregarse a algo distinto, donde podía gastarse largamente y olvidar el zumbido de la fábrica. La idea los entusiasmó un rato, pero prefirieron seguir por su cuenta, descubrir ellos mismos esos lugares codiciados. De modo que lo incorporaron al grupo para utilizarlo a su debido tiempo. El hombre, flaco pero robusto, siempre risueño y servicial, bebía alegremente. Todo lo hacía complacido y aclaraba a cada rato que él no tenía dinero. "Ya van a ver cuando estemos en La Gruta, con pocas luces y muchas mujeres", decía, pero los otros entraban a cuanto tugurio encontraban, los más feos y sucios, y lo obligaban a participar de sus alegrías pueriles, de sus pequeños placeres, de sus chistes tontos e inocentes. El hombre se desesperaba a ratos y les decía que estaban desperdiciando la plata, perdiendo cosas mejores y gastando el tiempo en bolichitos de mala muerte. En eso Arguello lo llamó "señor mago" y todos ellos festejaron la ocurrencia con risotadas.
Hacia las dos de la mañana llegaron a un bar suburbano, grande y sucio, ubicado cerca de una estación de ferrocarril. El mago se desesperaba. ¡Cuánto mejor hubiera sido estar en La Gruta, entre mujeres cimbreantes! El tocadiscos automático tocaba un tango, y un japonés dormitaba con la cabeza apoyada en el mostrador. Dejaron los sombreros sobre una mesa grande y juntando tres o cuatro de ellas se sentaron alrededor. Por indicación del mago pidieron cerveza, que "neutralizaba los efectos del vino". Pacheco bebía y se deleitaba oyendo el ruido de la máquina de preparar café. Era un ruido reposado, como si la máquina, ya dormida, respirara suavemente. La oía a través de las voces de sus compañeros y de los tangos melosos que cantaba Charaviglio. El mago hacía gestos de disgusto y engullía grandes cantidades de papas fritas. Habían llegado a la saciedad, pero permanecían allí como para ver qué había más allá. Tenía que haber algo mejor sin duda alguna.
Pacheco apoyó la cabeza contra la mesa. Hacía un buen rato que sentía los efectos del alcohol. Con todo lo bebido, apenas había gastado cien pesos. ¡Y cuánto dinero le quedaba todavía! Cerró los ojos y vio que más allá de la saciedad habían matado al japonés. Tenía dos venas al aire. Por una brotaba sangre y por la otra el mago le echaba vino con una botella. Velárdez caminaba por el techo y Antúnez orinaba una por una las botellas de los estantes. Alguien había amontonado todas las mesas en el centro del salón y con ellas y los sombreros encendían una gran fogata. Entonces venían mujeres desnudas para apagar el incendio, pero en vez de arrojar al fuego el agua de los cántaros danzaban con ellos, mientras un italiano, sentado sobre la máquina del café, tocaba una guitarra larga hasta el suelo.
Alzó la cabeza y miró. Casi todos sus compañeros dormitaban, borrachos, inclinados sobre las mesas. Se levantó. El aire fresco lo reanimó y empezó a caminar despacio. Cuando se acordó había salido de la ciudad. Unas malezas duras le rozaban los tobillos. Caminó mucho en la oscuridad hasta que vio brillar la luna. Al rato oyó el rumor lejano de la fábrica, a la izquierda. Avanzó entonces en dirección contraria, para no oír, pero el rumor, aunque debilitándose, persistía.
Estaba en medio del campo, rodeado de horizontes, con el dinero en el bolsillo. Metió la mano para contarlo otra vez: mil, dos mil, tres mil, cuatro mil... El rumor de la fábrica se había perdido, pero le quedaba el recuerdo en los oídos. Se sorprendió queriendo contar otra vez el dinero. Se acordó de pronto de una historia leída en una revista de historietas. Se llamaba "El ahorcado". Era la narración de un hombre que perdía mil pesos ajenos y se ahorcaba. Lo rodeaban hombres jóvenes y alegres que bailaban debajo de un árbol, entre una lluvia de billetes. El ahorcado y el dinero y el árbol también bailaban. Dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Se detuvo. Había andado mucho y tendría que caminar rápido para llegar antes de que sonara el pito de la fábrica. No sabía qué hora era, pero el pito comenzaba a sonar cuando el cielo estaba como ahora.
El cielo estaba muy claro cuando llegó al bar. Un instante antes de entrar vio a Charaviglio cantando dentro del tocadiscos, sin cabeza. Todos estaban ahorcados. El japonés y el mago y las sillas y las mujeres desnudas y las baldosas y las mesas bailaban. Una lluvia de billetes rosados y azules caía desde el techo. En un ataúd enorme, en medio del salón, yacía Laura. Todos sus compañeros, a manera de homenaje, habían depositado sobre el cajón sus sombreros de paja. Cuando entró por fin, Argüello, desde lo profundo de su cara tostada, guiñó un ojo. Era el único despierto. Los demás dormían sobre las mesas. Algunos tenían los sombreros puestos. Charaviglio roncaba con la boca abierta. El japonés barría el piso. Entonces Pacheco comenzó a despertarlos sacudiéndolos en sus sillas y señalando la hora en el reloj de la pared. Eran las seis menos cuarto y sin duda ya no tendrían tiempo para llegar a la fábrica. Sin duda los' despedirían a todos por llegar tarde. No querían despertar, pero cuando alcanzaban a ver la hora saltaban de sus sillas como resortes. La idea de llegar tarde los sobrecogía.
Salieron a la calle y oyeron un rumor suave y rítmico entre la oscuridad indecisa, como un gran animal que respiraba en su cueva. Se acercaron. Era un camión de la fábrica, que los esperaba. Cuando subieron todos, sin asombro, el conductor encendió los faros y apretó el acelerador.

miércoles, julio 22, 2009

Un Zeitgeist para la gripe porcina

Si en su momento, te deleitaste mirando el documental Zeitgeist, no podés dejar de ver Operación Pandemia. Y de postre, tomate un Tamiflú.

martes, julio 21, 2009

El hombre de los gansos (I)

El año pasado, revolviendo en una mesa de saldos me encontré con un libro de cuentos de Luis Gusmán, Lo más oscuro del río (Sudamericana, 1990), que me sorprendió gratamente. Alejado de El frasquito (1973; uf, demasiada experimentación y psicoanálisis), más cercano a En el corazón de junio (1983), este libro de cuentos apuesta a una escritura de asociación (libre, intertextual) con muchos elementos simbólicos y oníricos que se mezclan con escenarios urbanos con referencias precisas dando a lugar a textos con atmósferas muy extrañas pero, a la vez, cercanas. Me acuerdo que cuando lo leí no pude evitar ponerlo en relación con las películas de David Lynch por esa dimensión de lo simbólico que se explora en ambas propuestas estéticas.
A continuación, pegó fragmentos de algunos cuentos:


“¿Por qué yo esperaba otra cosa de Smith? Tal vez porque uno espera del otro lo que espera de uno mismo. Las pesas representaban para mí un oficio sagrado, casi un arte. Y estoy diciendo un arte y no una técnica. Smith representa el tipo animal, poco inteligente. Casi una caricatura en que la fuerza debe ir acompañada por la bestialidad y la ignorancia. Smith reflejaba la servidumbre de la carne.
[…]Si es posible decirlo con esas palabras, para mí Smith era un anacronismo. Alguien que debía ir a parar a un museo del récord. A una feria de curiosidades. Acaso él podía ignorar que las pesas se oxidaban, que era un arte que a medida que transcurría el tiempo iba perdiendo cada vez más su prestigio. Que sólo el espíritu podía conservarlo. Oriente nos había dominado. Oriente había logrado una verdadera penetración cultural. Habíamos resistido con dignidad al fisicoculturismo que venía del norte, pero eso era sólo una cuestión del cuerpo. Las artes marciales querían llegar hasta el espíritu, iban hasta el fondo mismo de las cosas. Se hacían herederas de una tradición. Y nuestro universo se reducía cada día más. Nos transformaba en bestias de circo, en curiosidades de feria. Y yo me rebelaba. Smith, quizá sin saberlo, se prestaba a ese juego. Hacía giras con troupes de luchadores que llevaban nombres mitológicos. Una mascarada. Eran el reflejo de nuestra decadencia. Nuestro antiguo oficio se había reducido a un espectáculo. Cualquier oriental diminuto podía hacernos estallar en el aire, sólo con su filosofía. Mientras ellos extendían sus templos y gimnasios por las zonas más lujosas de la ciudad, nosotros éramos una raza en extinción. Yo lo alertaba a Smith acerca de nuestro destino. Debíamos unirnos. Tomar medidas. Darnos una filosofía, retornar a nuestros orígenes. El nuestro era un oficio nacido en un paisaje nórdico, y debíamos borrar incluso cualquier vestigio romano. Remontarnos más atrás, inventar una saga, nada más majestuoso que un paisaje helado.”(“Tennesee”, p. 23-26)


“Fue esa mañana cuando Aguirre me contó lo de los toros. Una historia de toros y de turcos. Empresarios riquísimos que habían construido ese monumento ostentoso, esa bestia barroca que era una amenaza para la ciudad. Porque para ver sus gradas más altas había que levantar los ojos hasta el cielo, casi profanarlo. Una ciudad a ras del río. Todo al ras. Y apareció entonces esa babel de sangre y de raso que debió ofender el humanismo chato de esa ciudad, que la única altura que soportaba era el campanario de la iglesia. Y años más tarde, el faro. Porque todo lo que no significase esa unión entre Dios y la naturaleza caía por su propio peso. Por ese motivo la maldición había alcanzado a la torre que se erguía sobre el río y a esa mole inútil que apenas vio correr un poco de sangre, donde en sutiles floreos se combinaban un manierismo decadente y un antiguo coraje que la ciudad al ras no soportó.
Y digo raso, y digo sangre. Porque hubo una corrida en que el pasto se cubrió de flores y de pétalos. Flores compradas por los turcos, hombres alquilados, putas emperifolladas que simulaban ser damas elegantes tratando de atenuar ese público de hombres. Y digo raso, porque las chaquetas de los toreros eran de sedas y colores que nunca habíamos visto. Seda de putas, decían, encajes de París. Pero ninguna herida atravesó esos rasos que se fueron como habían venido, después de estar dos años en la ciudad, después de haber llegado en barco a Montevideo procedentes de Lima, México y algunos hasta de España. Pesados en sus movimientos, casi retirados, los matadores buscaban en el sur un antiguo esplendor que habían perdido en su imperio. Por eso descendieron como dioses. Vestidos con su ropa de gala, divisa blanca y verde.” (“El Camino del Real”, p. 46-47)

lunes, julio 20, 2009

Apocalipsis

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.
Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of Spritus Mundi
Troubles my sight: somewhere in the sands of the desert
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all about it
Reel shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again; but now I know
That twenty centuries of stony sleep
were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?

"The Second Coming" (1920) - William B. Yeats

Empecé a ver Millenium.
De nuevo.

Me encantan los asesinos apocalípticos, la reflexiones sobre el mal de Frank Black, los demonios encarnados que juegan a las cartas y se cuentan sus historias, los ramalazos de imágenes siniestras, las referencias al contexto sociohistórico y, sobre todo, el fin del mundo que se avecinaba (y nos pasó de largo).

domingo, julio 19, 2009

Relecturas

"Pero ahora que lo pienso, yo nunca escribí seriamente sobre Borges. [...] ¿y si fuese otra –u otras– la obra sobre la que vale la pena apostar a dejar una marca, a decir algo nuevo, a sacudir el sentido común? ¿Y si ese autor fuera Néstor Sánchez? ¿Es una exageración? Sí, es una exageración insostenible (¿pero la propia literatura no es ya una exageración insostenible?). Pero, sí, reculo: no es Sánchez contra Borges (lo que no tendría ningún sentido ni interés, más bien al contrario: todavía es dable y necesario seguir pensando a Borges) sino más bien la posibilidad de encontrar una productividad en la obra de Sánchez para comprender un cierto derrotero de la literatura argentina y latinoamericana contemporánea." (Damián Tabarovsky en Perfil)
Ojo, hay reediciones que pasan sin pena ni gloria pero la de Néstor Sánchez (y sí, no me molesta volverme insistente), como la de Briante, la de Blastein y la de Wilcock hace algunos años, merecen una apuesta crítica (lo merecerían también otros autores como Bernardo Kordon, Humberto Costantini y otros que seguro me estoy olvidando).
Coincido con Tabarovsky, la idea no es plantear un versus (Borges, tal como lo señalaba Rosa, es una "luz enceguecedora") sino ver qué posibilidades nuevas y/o distintas aportaron y continúan aportando las obras de autores que quedaron a la sombra de Borges (pero también de Cortázar, de Puig, de Saer) y que podrían proponer una lectura, una productividad y una perspectiva sobre la realidad que pongan en riesgo el sentido común, que nos sacudan de nuestros acercamientos típicos a los autores de siempre y que nos permitan replantear y modificar lo canónico y lo tradicional en la literatura argentina. En fin, es sólo una propuesta de (re)lectura.

jueves, julio 16, 2009

Carpas (sobre La Virgen Cabeza de Gabriela Cabezón Cámara (Eterna Cadencia, 2009))

La Virgen Cabeza de Gabriela Cabezón Cámara (Eterna Cadencia, 2009) es una novela que retoma cierta estética de la transgresión en la literatura argentina (cuyo principal exponente ha sido Osvaldo Lamborghini) a través de la selección de un lugar y una comunidad particular (la villa1) y a través de un tono narrativo sostenido en la mezcla, el exceso y la violencia. Cabezón Cámara continúa la línea de Washington Cucurto y de Osvaldo Lamborghini y apuesta a la exposición de un escenario donde la cumbia, el sexo y la droga pero también la sangre, la mierda y la religión.
Si bien no hay violencia en el lenguaje de La Virgen Cabeza (Cabezón Cámara, más allá del spanglish, no altera los significantes, no pervierte las palabras como sí lo hicieron otros cultores de lo transgresivo), la violencia se refleja en escenas de pura crueldad (la violación de Cleo, la chica que se prende fuego y muere en los brazos de Qüity) o de puro sexo (la primera vez entre Qüity y Cleo). Además, la violencia son los ricos en sus countries y las instituciones (la Iglesia, la policía) porque en La Virgen Cabeza sólo hay pobres y ricos y los pobres intentan autoorganizarse comandados por Cleo, la travesti2 divina, y los ricos no hacen más que demostrar asco y miedo, nos hacen más que demostrar sus linajes y su derecho a la tierra.
En cuanto a la mezcla, el tópico aparece en la alternancia de palabras de diversos registros (por ejemplo, Qüity habla y en su discurso se mezclan su labor periodística, su formación académica, la seducción del lenguaje villero) y en las referencias indistintas a diversas manifestaciones culturales que no suelen compartir los mismos ámbitos (la cumbia, Pretarca, la gauchesca, Quevedo, etc.). Ahora bien, la mezcla también es la villa: la suciedad y los santos; la comida y los desechos; las universitarias chetas y los pibes; el sexo y la cumbia; etc. Coger donde se come, jugar donde se caga en dichas cadenas resuena la voz de Lamborghini y su orgía de El fiord.
Finalmente, el exceso es una elección que realiza Cabezón Cámara para representar el mundo de la villa a través del derroche (a full con Bataille) que se sostiene básicamente, y aún después de haber sido visitados por la Virgen que los organiza para que puedan autoabastecerse y transformar sus vidas, en tres elementos: el sexo, el alcohol y las drogas. Sucede que, nos muestra la novela en un juego de espejos, los villeros son como los peces carpas: sólo piensan en chupar y en reproducirse. Así, y hasta el final, los habitantes de la villa se caracterizan por estar drogados, por coger todo el tiempo y sólo Qüity (o la Virgen) pueden organizarlos porque en La Virgen Cabeza, los villeros ni siquiera pueden manejar su lenguaje (limitado, claro): “se votó así porque yo era de los pocos que tenía cierto dominio sobre el lenguaje y vivía en El Poso.” (133). La visión que Qüity, la voz preponderante de la novela, nos transmite de la villa es una mirada sostenida en los lugares comunes (el título, incluso, refiere a un sintagma que usaban los de afuera para caracterizar a la Virgen de la villa) de que la droga, el alcohol y el sexo son los motores de ese grupo alegre que, utilizados por las instituciones estatales y despreciados por los ricos, están condenados a desaparecer.
Y en el final, con un telón de fondo apocalíptico y melodramático, quedan, claro, los elegidos, los que no pertenecen a la villa (aunque sentían simpatía por ese espacio tan alegre y derrochador) y una Virgen que si empezó como “cabeza”, termina decorada con las mejores joyas proponiendo ya no comunidades alternativas (que ya se comprobó, están destinadas a desaparecer) sino un culto religioso como cualquier otro con catedrales, estampitas y todo eso.

1 Santería de Leonardo Oyola también sitúa su trama en la villa pero desde una perspectiva totalmente distinta a la de Cabezón Cámara: en la novela de Oyola, hay una apuesta fuerte por el género policial y por confeccionar una trama consistente y enigmática.
2 En la elección del travesti como personaje resuena el libro de Alejandro López, Kerés cojer.

PD.: La novela me genera preguntas: ¿la transgresión todavía sigue valiendo como motor estético? ¿no fue lo suficientemente explotada en su momento? ¿la villa sólo puede narrarse desde esta postura? ¿cierta mezcla de lo alto y lo bajo, lo popular y lo elitista (qué feas me suenan estas palabras) puede ser menos explícito? ¿cómo se relacionan estas narrativas tan ancladas en lo referencial con, por ejemplo, los cuentos de Samantha Schweblin? La Virgen Cabeza me parece una novela escrita con el cánon alternativo que armó Libertella (exceptuando a N. Sánchez y Wilcock, creo) y me pregunto qué pasaría si se siguieran otros caminos...

viernes, junio 26, 2009

Un mutante solitario

"Michael Jackson, por ejemplo. Michael Jackson es un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto en tanto que universal, la nueva raza de después de las razas. Los niños actuales no tienen bloqueo respecto a una sociedad mestiza: es su universo y Michael Jackson prefigura lo que ellos imaginan como un futuro ideal. A lo que hay que añadir que Michael Jackson se ha hecho rehacer la cara, desrizar el pelo, aclarar la piel, en suma, se ha construido minuciosamente: es lo que le convierte en una criatura inocente y pura, en el andrógino artificial de la fábula que, mejor que Cristo, puede reinar sobre el mundo y reconciliarlo porque es mejor que un niño-dios: un niño-prótesis, un embrión de todas las formas soñadas de mutación que nos liberarían de la raza y del sexo."
Baudrillard, Jean. "Transexual" en La transparencia del mal: ensayos sobre los fenómenos extremos, Barcelona, Anagrama, 1991.

Un panteón (tal vez) alternativo

Hace unos meses conseguí a un precio más que accesible una antología que armó Héctor Libertella en 1997 para la editorial Perfil con el título 11 relatos argentinos del siglo XX (una antología alternativa). La selección que compone el libro es la siguiente:
  1. Cecil Taylor (César Aira)
  2. El uruguayo (Copi)
  3. Ser polvo (Santiago Dabove)
  4. Una novela que comienza (Macedonio Fernández)
  5. El frasquito (Luis Gusmán)
  6. El fiord (Osvaldo Lamborghini)
  7. El paseo internacional del perverso (Héctor Libertella)
  8. El affair Skeffington (María Moreno)
  9. La condesa sangrienta (Alejandra Pizarnik)
  10. Adagio para viola d'amore (Néstor Sánchez)
  11. Llorenç Riber (J. R. Wilcock)
Ahora bien, tras haberlo leído, me pregunto cuán "alternativa" es, actualmente, esta antología. Digo, autores como Osvaldo Lamborghini, César Aira y Macedonio Fernández han conseguido un lugar central en un canon "alternativo" que fue desplazando al "tradicional" (¿quiénes componían ese antiguo canon tradicional? Supongo que los nombres que aparecen en la otra antología, "una antología definitiva" (ya no alternativa) que también preparó Libertella algunos años después: 25 cuentos argentinos del siglo XX (Perfil, 2003)). Los autores "malditos" antes nombrados en particular ya no constituyen, al menos en el ámbito crítico y académico, un lugar otro, un lugar marginal sino que han tomado la posta y se han convertido en nuevos santos (perversos, complejos, polémicos, destructores pero santos al fin) del star system de la literatura argentina (el 2008, por poner un ejemplo, fue el año de Osvaldo Lamborghini en el plano editorial; otro ejemplo, los estudios en las universidades norteamericanas y europeas sobre la obra de Aira; otro, el tomo dedicado a Macedonio Fernández en la Historia Crítica de la Literatura Argentina de Noé Jitrik).
En cambio, el caso de Copi es complicado. El autor de El baile de las locas está en el camino hacia el trono, todavía no está instalado, pero los trabajos críticos que han empezado a surgir en los últimos años (las conferencias de (¡oh!) Aira, el libro de Patricio Pron, La lógica de Copi que está preparando Link, ponencias en diversos congresos, etc.) demuestran un renovado interes por su obra. A lo mejor, que Copi forme cuestión del canon alternativo es sólo cuestión de tiempo aunque faltaría la reedición de su obra en un español distinto al de Anagrama, más próximo a nuestro uso del español para poder disfrutar aún más de sus delirantes tramas. Por lo demás, la selección de Libertella de El uruguayo es acertada pero, para mi gusto, La guerra de los putos podría ser aun más recomendable por cómo Copi desencadena la acción, el sexo, la violencia y el juego con los géneros en dicho relato, sin ningún tipo de mesura.
Por lo demás, de los autores restantes, Dabove, Gusmán, Sánchez y Wilcock sí podrían aportar perspectivas novedosas ya que continúan actualmente en un lugar marginal y alternativo en la literatura argentina. Más allá de la reedición de la obra de Néstor Sánchez que está llevando a cabo la editorial Paradiso y de la que realizó Sudamericana hace algunos años de la obra de Wilcock (libros que terminaron en saldo, se consiguen a 3$ en varios supermercados), la propuesta estética que proponen estos cuatro autores no ha sido lo suficientemente valorada ni analizada y, me consta, pueden aportar otros puntos de vista que se apartan de los autores del canon tradicional pero también de los marginales ya canonizados. Sobre Néstor Sánchez ya escribí brevemente hace unas semanas; de Dabove, basta leer "Ser polvo" para tener una excusa para exhumar su único libro, La muerte y su traje (1961); Wilcock trabaja conjugando algunos elementos de la obra de Borges (la erudición falsa, las ficciones críticas, las teorías sobre el caos y el funcionamiento de la realidad, etc.) con la violencia y el delirio que luego Copi y Osvaldo Lamborghini inocularán en la literatura argentina (baste leer "La fiesta de los enanos" en El caos (1960)); y Gusmán, luego de El frasquito (1973) con su dosis de transgresión y psicoanálisis, en una novela como En el corazón de junio (1983) pero también en los cuentos de Lo más oscuro del río (1990) trabaja con una prosa recargada de símbolos, de referencias veladas, de obsesiones oníricas, una prosa que sería interesante comenzar a rescatar y valorar.
Me quedan como cuenta pendiente las novelas de María Moreno (el cuento recopilado en la antología de Libertella es una adaptación de la novela, El affaire Skeffington (1992)) y la narrativa de Héctor Libertella.
En fin, me queda la duda de si la antología alternativa de Libertella sigue siendo tan alternativa como podía serlo a fines de los 90 o si, por el contrario, nos encontramos con una antología que nos presenta un canon que con el correr de estos años se ha constituido desplazando al tradicional y planteando uno marginal, excéntrico, maldito. No veo nada negativo en la constitución de un canon maldito, sí me parece que es hora de comenzar a rescatar otros autores que continúan siendo relegados a un lugar de sombra y fuga.

martes, junio 23, 2009

Vanguardia, ley y clase

“Me refiero al cuento insólito del escritor ecuatoriano Pablo Palacio, “Un hombre muerto a puntapiés”. Este clásico de la literatura de vanguardia está fechado en 1926. Es un breve clásico latinomericano de la crueldad (nada “menor”). Es un progenitor seguramente de la crueldad que somete brutalmente al niño muerto a puntapiés de Osvaldo Lamborghini; proveedor de una clave de reaproximación al relato El niño proletario (1973) del tardío vanguardista argentino: la insistente relación entre el espectáculo sádico, la homofobia y el incurable miedo burgués al proletariado particularmente en la primera mitad del siglo XX. Esa articulación, entre la forma misma de la experimentación y el enigma de la clase –inseparable asimismo de cierto drama vanguardista de la masculinidad– lleva ahora a abordar el relato de Palacio y a cuestionar amistosamente el matiz hedonista del profesor Contreras [compilador de la antología Un crimen provisional] cuando nos sugiere en su introducción que a contrapelo del utilitarismo moderno estas ficciones sólo estetizan lúdicamente el enigma del crimen de la ley. Pablo Palacio le da la vuelta a la ley del crimen no simplemente para divertirse: allí, en cambio, recibe lecciones privadas ante el ojo de la ley y aprende –de la ley– a robar sin culpa, tal como lo han hecho siempre impunemente el estado y la ley del cuento. La escritura de Palacio se nutre ciertamente de un resentimiento. ¿Será posible imaginarle otro rumbo (postnietzscheano) a la jovialidad crítica? El propio Palacio nos da una pista.”
Fuente: Ramos, Julio: “Policiales de vanguardia (Nota sobre un cuento de Pablo Palacio en la antología Un crimen provisional. Policiales vanguardistas latinoamericanos de Álvaro Contreras)” en Arbor, Vol CLXXXIII, No 724 (2007) (http://arbor.revistas.csic.es/index.php/arbor/article/view/102/104)

domingo, junio 21, 2009

Se viene...

Anuncian Teatro reunido de Manuel Puig. Supongo que en breve habrá más info en el blog de la editorial Entropía. ¡Qué buena noticia!

Acá, un fragmento de "Un espía en mi corazón": fantasías hollywoodenses, espías nazis, una femme fatale, delirios cientificistas, una modista-heroína a la espera de su príncipe azul y el melodrama como género y trama de la obra.

Terror argentino

"Pensé en pedirle un caramelo a la azafata, y a punto de hacerlo me compadecí de la pequeña silueta femenina que la luz del botón de llamada hubiese recortado en el panel, sobre mi cabeza. Era tarde, los pasajeros estaban tranquilos y me disgustaba provocar el sonido asquerosamente cortés y suave de la campanilla electrónica.
-¿Sí…?
Aquella voz me hizo dar un respingo. Había una azafata en el pasillo, ligeramente inclinada hacia mí y con la mano apoyada sobre la parte superior del asiento de Leopoldo. Su sonrisa y postura eran perfectas, como de propaganda de una línea aérea, pero era demasiado rolliza –busto enorme, cintura inexistente- y frisaba la cincuentena. Aunque no hubiese podido verla acercarse, ya que venía desde la cola del avión, me extraño no haber oído sus pasos. Tartamudeé.
-Discul… ¿Disculpe?
-Sí, ¿qué necesita?
El rostro también era gordo. Se inclinó un poco más, y la luz de lectura de Leopoldo le arrancó el brillo grasiento a su nariz. Sus dientes no estaban cariados, sino lisa y llanamente podridos.
-Mire, disculpe. Pero yo no la llamé
-Claro que me llamó, compañera.
Confirmando sus palabras, todas las campanillas del avión empezaron a sonar una y otra vez. Al mirar a mi alrededor no descubrí ni rastro de los otros pasajeros: Leopoldo y yo estábamos solos, o yo estaba sola con esa mujer, porque una persona que duerme no es compañía. Mis gritos se quedaron en el intento, degeneraron en una serie de gárgaras penosas. De pronto hizo mucho frío, y cierto olor recordado y nauseabundo se me pegoteó al paladar. La azafata estaba cambiando. Su cuerpo se contraía, se hinchaba, era de gelatina; un ojo que le ocupaba toda la mejilla desapareció de pronto entre los pliegues del cuello, los huesos chirriaban y crujían, una oreja se dobló sobre sí misma hasta fundirse con el hombro. Por unos segundos imaginé que aquello duraría para siempre, que había sido transportada a una suerte de infierno laico y condenada a memorizar cada etapa de la interminable metamorfosis. Entonces los senos de la cosa se vaciaron y reabsorbieron, aspirando jirones de uniforme con un horrible ruido de succión. No me atreví a mirar más abajo, donde la vagina ejecutaba su propio concierto; tampoco tuve tiempo de hacerlo, porque tras un último y rapidísimo cambio de lugar de la azafata fue ocupado por un gigante musculoso. Su rostro estaba cubierto de gusanos, y su pene eyaculaba –rítmica y puntualmente- grandes chorros de una diarrea negruzca sobre el regazo de Leopoldo. Habló con voz de mujer mayor, con la voz que los chistes le atribuyen a una idishe mame.
-Ay, yo no sé, Inés… Para mí que este muchacho no te conviene.
El movimiento de sus labios provocó la caída de tres o cuatro gusanos, que rebotaron contra el apoyabrazos. Uno de ellos fue a dar en el charco de diarrea. Era gris y largo, de aspecto tan previsible que hubiese podido pasar por un trozo de utilería. Intenté el Padrenuestro, pero mis reflejos sólo me alcanzaron para el más elemental de los ruegos.
-Por favor. Por favor.
La mano del gigante se posó sobre la cabeza de Leopoldo, le acarició el pelo.
-¡Por favor, no!
Los dedos se hundieron en el cráneo, y en una explosión sorda llenó el aire de hueso, cerebro y sangre. Mientras pedazos de algo caliente y gomoso me corrían por la cara y el cuello, aquella voz de idishe mame volvió a la carga.
-¿Ves, eh? ¿Ves? Siempre la misma, vos."

Feiling, C. E. (2007 [1996]) El mal menor en Los cuatro elementos, Buenos Aires, Norma, p. 354-356.

sábado, junio 20, 2009

Isidoro Blaisten, greatest hits [1a parte]

El recorrido podría ser cronológico y, entonces, empezar con el primer libro de cuentos de Blaisten, La felicidad (1969). En dicho libro se destacan dos cuentos, "Alimentación y salud" y "El remate", en los que ya aparecen los rasgos que caracterizan gran parte de la cuentística de Don Isidoro: relatos con un tono humorístico que raya con el absurdo y lo grotesco; una peculiar capacidad para captar la vida cotidiana y plasmarla en las descripciones y el habla de sus personajes; una galería de hombres fracasados, defraudados por la dura realidad que buscan una salida a través de la reparadora fantasía. Por ejemplo, en "Alimentación y salud":
"Los invendibles destornilladores Rapid Destor ya comprados y entregados, y anteriores, "que han revolucionado todo lo convencional y cursi que en materia de destornilladores existía hasta el presente, señor Isaías. Fíjese usted que la vieja creencia de que únicamente el movimiento giratorio es el que corresponde a un destornillados ha sido completamente desechada por absurda. Observe usted esta tablita, señor Isaías: tenemos aquí seis tornillos..."
Y demostrarle al señor Isaías, hacerle entrar por los ojos a Isaías que Rapid Destor no es un destornillados común, que Rapid Destor es un destornillador con alma..." (Blaisten, Isidoro (2004). Cuentos completos, Buenos Aires, Emecé, p. 20)
Algunos años después, en La salvación (1972), Blaisten continúa con esta línea de cuentos con personajes fracasados (por ejemplo, "El gran poeta") pero inicia una nueva con un relato extraordinario: "Un extraño reportaje". En éste, Blaisten nos presenta la caracterización de un escritor, Silenio Dagnino Taibo, a través de dos reportajes incoherentes en los que el periodista le realiza preguntas sofisticadas y el entrevistado le devuelve respuestas absurdas (que podrían estar relacionadas con cierta postura "transgresora" de algunos escritores de la época); una biografía literaria de Taibo que hacer recordar a las ficciones sobre escritores de Borges; (con alusiones a la obra borgeana pero también a otros autores del momento); una serie de opiniones de escritores destacados (Borges, Liliana Heker, Ernesto Sábato, Orson Welles) exaltando, de forma un tanto ambigua, las cualidades de la obra del escritor; etc. Así, mediante distintos géneros discursivos, Blaisten construye a su personaje pero también se burla de la consagración literaria, de las publicaciones especializadas y de los literatos santificados. Copio este fragmento:
"-P.: ¿Qué opinión le causó su país a su regreso?
-R.: Asquerosa.
-P.:¿Qué es para usted la literatura?
-R.:Una deposición. (Empleó otro término irreproducible)
-P.:¿Entonces por qué escribe usted?
-R.:Por eso mismo. Por una necesidad biológica.
-P.:¿Esribe usted para el pueblo?
-R.:Escribo para mí. Me importa tres pitos del pueblo." (p. 71)
Y también:
"1939. Guerra Mundial. Hitler invade Polonia y la Bohemia. Mussolini deja a cargo de toda Italia a Vicente Battista, y se refugia en Milán. Candioti abandona su intento de unir Buenos Aires con Rosario a la altura de San Fernando. Nace Fernando Sánchez Zinny en una vieja casona de Ramos Mejía. Se firma el pacto de Munich. Silenio Dagnino Taibo publica Un fagot para Eloísa, obra donde se conjugan la metafísica literaria con el suspenso policial. El cuerpo inerte de Eloísa es descubierto por el portero de la sinagoga de Milán, que a la sazón toca el fagot en la Scala, De ahí en más comienza a debatirse en el meandro de la duda, y sólo podrá rescatarse en la búsqueda laberíntica de la expiación, siguiendo el símbolo del fagot perdido." (p. 71-72)
A través de "Un extraño reportaje, entonces, se abre una segunda serie de cuentos, que será explorada con más énfasis en sus otros libros y que tiene como objetivo parodiar el campo intelectual argentino (sus actores, sus corrientes, sus reglas, etc.).

Continuará...

jueves, junio 18, 2009

La seducción del vacío (sobre Fantasmas de Daniel Link) [3ra parte]

Primera parte de la reseña: Un porvenir de lo Imaginario.
Segunda parte de la reseña: El silencio de las sirenas.


De El principito a Lorca. Por otro lado, las lecturas paranoico-críticas recogidas en la segunda sección del libro, “Figuras”, vuelven a demostrar la lucidez de Link, su capacidad para cruzar época, autor y obra sin caer en ningún ‘–ismo’ y su perspicacia para detectar las velocidades y los fantasmas que recorren cada texto. En esa serie, se destacan: el artículo sobre El principito de Antoine de Saint-Exupéry (“Infancia”) que, por una vía, contextualiza a la obra dándole nuevos sentidos (el pesimismo de entreguerras, la crisis de la imaginación humanista) y, por otra, cruza conceptos como la infancia, el rapto, la muerte y la industria cultural para resignificar este best seller universal; el artículo dedicado a Lolita de Vladimir Nabokov (“1955”) en el que retorna la imaginación pop pero esta vez atravesada por los fantasmas de la niñez y de las ninfas; y, por último, un recorrido por la obra de Federico García Lorca (“Locuela”) donde reaparece San Sebastián en relación con el llamado de la naturaleza y de las pobres niñas enterradas en los pozos.

Los fantasmas de la infancia.
La noción de ‘infancia’ que atraviesa las tres lecturas es central en el aparato crítico de Fantasmas porque se presenta como una radical otredad, como una figura de lo indeterminado, tensionada entre dos velocidades: la familia (la lentitud, el encierro, el polo autista) y el rapto (la velocidad, la fuga, el polo esquizo). En este sentido, el imaginario infantil “inestable, escurridizo, e inexponible (más allá de la razón) limita con la psicosis (esquizofrenia, autismo): pone al sujeto en crisis radical.” (p. 164)

Etcétera. Seamos justos: en “Figuras”, los textos sobre los galanes y las femme-fatale de Hollywood también son atractivos (“Hombres”, “1906”), y “Familia” y “Tecnofilia” son ideales para reflexionar sobre lo que Link llama “la imaginación humanista”.

Las sirenas del Nuevo Mundo. Finalmente, el último apartado, “Nuevo Mundo”, es la exploración de la imaginación novomundana (es decir, latinoamericana) como aquella que puede poner en cuestión a la cultura y su dominio, a través de las constitución de comunidades que se instalan en un espacio más allá del Estado y mediante sus unidades: la errancia, la intermitencia y la renuncia. No por nada Colón se encontró con las sirenas cuando llegó a América (“1492”), Link las rastrea en el mapa agujereado de lo novomundano en la lectura de Pedro Páramo de Rulfo (“Herencia”), Rayuela de Cortázar y Glosa de Saer (“Ciudades”) pero también en Moncada de Jorge Di Paola y Roberto Jacoby (“Cuba”) y en la obra de Clarice Lispector (“Bruja”), entre otros.

La seducción. Fantasmas es un libro demasiado complejo para reseñar, es un libro con tantos fantasmas, con tanta potencia, con tanta paranoia. El recorrido que trazo desde ya no le hace justicia porque dejo muchas cuestiones afuera (la problematización de la experiencia y la memoria en “Testigo” y “Verdad”; las reseñas sobre arte plástico y sobre cine (tengo una propensión por la literatura evidente); los artículos reveladores sobre los libros de Copi (obra que Link viene trabajando con constancia y precisión hace algunos años y que esperemos decante en el trabajo prometido bajo el título La lógica de Copi)). En fin, déjense seducir por las sirenas y los fantasmas que pueblan este libro y, también, por la escritura de Link, esa figura difícil de asir a la que no hay que perderle el rastro porque su propuesta nos permite vislumbrar cierta salida después de la catástrofe, cierto espacio para escapar al poder, cierta negatividad política para desclasificar la realidad y cierta ética para pensar en nuevas comunidades de la imaginación.

miércoles, junio 17, 2009

La negra cruz sobre la plaza

"...y el ruido de los pasos crecía golpeando contra mi cara, brutalmente, como aquella vez, sobre la plaza, cuando la negra cruz terminó de arrastrarse y él apretó el gatillo, decididamente, sobre la multitud que se amontonaba rodeando la Pirámide de Mayo, ensuciándola con sus gritos, haciéndole ver de qué modo era necesario que él salvara el prestigio, limpiando la patria de carroñas como todos esos tipos, ése de overol, por ejemplo, que acababa de pasar hacia atrás, allá abajo, con una mueca desesperada, apretándose el pecho con las manos, seguramente cayendo mientras él seguía aferrado a la ametralladora, manejando los comandos con una fría sed de justicia que lo hace dar otra vez, reducir la velocidad, virar un poco y perseguir por Avenida de Mayo, como un pájaro de paseo, a ese grupo de gente aterrorizada, a esos gallinas que huyen inútilmente porque ahí está él, apuntándoles desde arriba, haciéndolos, despatarrarse con un gesto inconcluso, cómico, de todo el cuerpo, mientras seguramente maldicen pero ya no tienen ganas de protestar contra nadie, de defender ningún régimen, y caen, mientras él aprieta el gatillo y entonces la ametralladora falló..."

Briante, Miguel (1987 [1964]) "El héroe" en Las hamacas voladoras y otros relatos, Buenos Aires, Puntosur, p. 27.



"Una vez más habría de viajar a esa estación. Fue un 16 de junio. Entré por segunda vez en ese orfeo negro, esperando que la calavera apareciera detrás de algún asiento vacío y pensando que cada número de tranvía conducía a una muerte distinta.
Habían bombardeado la ciudad y fui a pedir noticias de mi tío. Me imaginaba su tranvía enloquecido girando sin dirección, clavado por las balas junto a la plaza, rodeado de cuerpos ensangrentados pidiendo auxilio.
Recuerdo que en las vías los chanchos estaban alborotados y se paseaban de un lado a otro de la estación. Me indicaron un pizarrón. Cada punto marcado por un alfiler indicaba los tranvías en movimiento. El número era 21.
El tio no tardó en volver. Durante el viaje de regreso contó cómo los corderos corrían por la plaza y se quebraban las patas contra los bancos de mármol. Mientras tanto desde el cielo se oían los gritos de los gorilas que atacaban.
En la estación no todos eran chanchos y gorilas, ya que también había un carnero pelirrojo. Le habían afeitado la cabeza y lo habían subido al techo de un tranvía y todos se reían de los chillidos de la bestia. Le pegaron plumas de gallina en el cuerpo y entonces el ave se confundía con el animal cuando balaba o mugía o daba chillidos mientras las plumas se esparcían por el aire."

Gusmán, Luis (1983). En el corazón de junio, Buenos Aires, Sudamericana, p. 235.

"Cruzó entre la gente y caminó rápidamente hacia ella. Elisa parecía mirarlo pero no lo vio, atenta a los extraños movimientos de los aviones que sobrevolaban la plaza mientras la multitud se movía en círculos.
Fabricio ya estaba junto a ella. Era más bajo, macizo y parecía feliz. Elisa tuvo un gesto de sorpresa y de contrariedad. Se dio vuelta para escapar. Él la tomó del brazo.
—Soltame, ¿qué hacés? -dijo ella.
—Te vine a buscar.
—Pero no ves el lío que hay.
—Por eso, quiero que vengas conmigo.
—Estás loco. Yo con vos no quiero saber nada.
—No mientas —dijo Fabricio—. Todo va a ser igual que antes. Yo ya te perdoné.
Ella lo miró con una sonrisa rara.
—Pero qué decís, sonsito. Ni muerta vuelvo con vos.
La vulgaridad lo sorprendió. Le habló como si él fuera un chico.
Después ella se movió para irse. Fabricio la sostuvo fuerte del brazo, por encima del codo. Sentía la tela áspera del traje de tweed. Y entonces, en ese momento, los aviones empezaron a bombardear la plaza. Caían en picada y volvían a levantar y caían otra vez hacia la ciudad, rozando la Casa de Gobierno, ametrallando las calles.
Una explosión extraña, sorda, se oyó en el borde de la Recova y el trole se quebró al recibir la bomba. La gente caía una sobre otra; se los veía por la ventanilla moverse y agitarse, lejanos, como suspendidos en el aire sucio. Los asientos vacíos arrancados. Una mujer abría y cerraba los brazos, gritaba, en silencio, del otro lado del vidrio.
Todo sucedió en un instante. Elisa retrocedió, Fabricio no la soltó. La gente corría, el ruido era intermitente. Estaban sobre Paseo Colón, a resguardo. La arrastró hacia la Recova. El humo y los escombros ensombrecían el cielo. De golpe empezaron a sonar las sirenas de alarma. Recién en ese momento Fabricio supo lo que había venido a hacer.
—Tranquila —dijo, y sacó el arma.
Ella lo miró, sorprendida."

Piglia, Ricardo (2006 [1967]). "Desagravio" en La invasión, Buenos Aires, Sudamericana, p. 150-151.

martes, junio 16, 2009

El silencio de las sirenas (sobre Fantasmas de Daniel Link) [2da parte]

Primera parte de la reseña: Un porvenir de lo Imaginario.

La seducción del vacío. “Umbral”, el texto que abre el libro y que presenta sus objetivos, se vuelve delicioso en la genealogía que traza de las sirenas, esos monstruos mitológicos cuya potencia residía en el canto pero también, como lo sostiene Link junto a Kafka y a Blanchot, en su silencio. La seducción de las sirenas, que no son sino fantasmas, se nos muestra en el relato de Kafka (“El silencio de las sirenas”) como “un más allá del pensamiento” u “otra forma de pensamiento” (p. 31); y si Odiseo logra escapar del canto de las sirenas, no puede escapar de su silencio: “Y de eso, de la seducción del vacío, de la seducción de la nada, no se salva nadie.” (32). Así, vemos que la imaginación se liga con la figura de las sirenas en tanto estos seres encarnan esa fuerza negativa que puede oponerse a la positividad normalizadora de la cultura y el Estado, a la tecnofilia del griego. Si, tal como lo señala Link, “hay un conflicto entre seducción y dominio”, entre “los hombres y los monstruos”, la propuesta es optar por el ‘tiempo del señuelo’ y dejar de lado los “medios pueriles de supervivencia” de Odiseo (35).

Sobre cierta potencia de los fantasmas. A diferencia de la ascesis y la transgresión, creo, los fantasmas pueden presentar una potencialidad negativa más productiva e interesante ya que, tal como Link lo demuestra a lo largo de su libro, en tanto figuras de lo indeterminado, difíciles de asir, que constituyen el resto de toda clase, pueden ser halladas en cualquier objeto, sujeto o ser a pesar de que parezca no tener ningún potencial negativo. Incluso, como la infancia, pueden rastrearse en cada individuo de la especie humana (aunque algunos se nieguen a aceptarlo). Así, las unidades de lo indeterminado (los fantasmas pero también el canto y el silencio de las sirenas) pueden desestabilizar lo que se les interponga ya que son parte de esos objetos, obras y sujetos a los que se enfrentan y en los que instalan la nada misma, en el seno de cada ser.

Heterogeneidad. Volviendo al aspecto más formal, como en los anteriores libros, Fantasmas mezcla reseñas, ensayos, lecturas críticas, textos narrativos, crónicas, ponencias, etc. De nuevo, la heterogeneidad de la crítica de Link constituye, en cierto modo, un acercamiento múltiple, rizomático a sus obsesiones, a los problemas teóricos (estéticos, políticos y éticos) que lo interpelan; y esas partes, como ruinas, posibilita una lectura que las atraviese y las ponga en relación (ya no intentar reestablecer una totalidad; mejor, buscar relaciones, establecer vínculos).

Star system. Muchos de los textos que componen el nuevo libro de Link son brillantes (en el sentido luminoso del término): por un lado, tal como lo había hecho en Clases con el pensamiento de Foucault, de Agamben y de Barthes, en la reseña “1959”, se sumerge en la obra de Susan Sontag (de quien toma la categoría de ‘imaginación del desastre’) para trabajar sus contradicciones y, luego, en “Paranoia” lee el último libro de Raúl Antelo, Crítica acéfala (Grumo, 2008) para explorar, como en un espejo (no por nada, Link señala su afinidad con Antelo), el dispositivo paranoico que el crítico argentino utiliza para leer la cultura y la literatura latinoamericana (por cierto, dan muchas ganas de acercarse a dicho libro).

Cómo se lee. Link, en Fantasmas, también propone lecturas paranoicas: por un lado, tal como lo postulaba en “Cómo se lee”, buscando indicios que conformen una serie a la cual les otorga un sentido (por ejemplo, las alucinantes vinculaciones que logra establecer entre la vida de Saint-Exupéry, ciertos elementos textuales o semánticos de El principito y los imaginarios que se ponen en juego tanto en la época como en el arte) y, por otro lado, proponiendo un dispositivo paranoico similar, aunque habría que realizar un análisis más delicado, al que señala en la crítica de Antelo (por ejemplo, en “1886”, Link busca fantasmas en el festival de doma y folclore de Jesús María introduciendo su ‘crónica’ por citas de Giorgio Agamben y Roland Barthes).

Continuará...

lunes, junio 15, 2009

Marechal y la biopolítica

"-Magia negra -dijo-. ¡Bah! Era útil cuando el hombre se reconocía propietario de un alma. Pero ahora estamos en el siglo de los cuerpos.
-¿Y cuál sería tu recurso? -le preguntó Adán.
-El que domine los cuerpos dominará el oro. -respondió Tesler en son de profecía.
-Estás divagando.
-No. Yo debo tres materias en Medicina. ¡Sólo tres! Doy las tres materias, y me convierto en el Doctor Samuel Tesler, clínico y cirujano.
-¿Y qué tiene que ver?
-Es otra llave del oro.
Aquí Samuel adoptó un aire de frío cálculo:
-Ser médico ahora -dijo- significa dominar los cuerpos en la edad de los cuerpos.
Y añadió, con helada brutalidad:
-Los grasientos burgueses que amasan el oro no lo aflojan sino a dos potencias: a los que les defienden el oro y a los que conservan o restauran el buen funcionamiento de sus vísceras. Por eso estamos en la era de los abogados y los médicos.
Lanzó aquí una risotada cruel:
-Imaginemos a un ídolo de las finanzas, inaccesible, todopoderoso, reverenciado, temido. Llega el Doctor Samuel Tesler, y el ídolo se derrumba: el Doctor Tesler hace desnudar al ídolo, lo manosea y lo pincha, le introduce una cánula en el orificio anal o una sonda en la uretra, lo tiene inquieto acerca de la mayor o menor putrefacción de sus órganos vitales, juega con sus temores y esperanzas, le gradúa la comida, el sueño y la fornicación. Y así el doctor Tesler se adueña elegantemente del ídolo roto. ¿Vale la pena rendir tres exámenes?
-¡Hum! -gruñó Adán Buenosayres, a quien no convencía mucho la facilidad con que Samuel acababa de hundir a su ídolo.
-Es que la medicina -insistió el filósofo- también es un instrumentos de dominación."

Marechal, Leopoldo (2000 [1948]). Adán Buenosayres. Buenos Aires, Biblioteca Clarín, p. 303-304.

 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle