miércoles, septiembre 28, 2016

¿Quién conoce a Marcelo Fox? Tres perfiles

Como escribía en un post anterior, muy poca es la información que se puede encontrar en la web (pero también fuera de esta) sobre el escritor Marcelo Fox (más allá de algunas menciones esporádicas en entrevistas a Laiseca y Fogwill, que se cansaron de recomendar Invitación a la masacre pero que poco ampliaron sobre su autor o sobre la obra recomendada). 
Sin embargo, en un recorrido por algunas páginas como el blog Inmaculada decepción, administrado por Hugo Vera Miranda, y la revista Lafarium, dirigida por Diego Arandojo, se pueden leer tres perfiles que transmiten el halo de excentricidad y misterio que rodeaba al autor de Invitación a la masacre (1965) y Señal de fuego (1968). En otro post, compartiré la presentación y el fragmento que Juan Jacobo Bajarlía propuso para su antología Canto a la destrucción (Ediciones Puma, 1968), en la que recopiló a Fox. Vayan pues estas semblanzas escritas por Yoel Novoa, Bajarlía y Poni Micharvegas para reconstruir al menos lateralmente quién fue Marcelo Fox.

1.



Marcelo Fox como autor está olvidado, sin embargo su Invitación a la masacre cuando aparece por Internet, no baja de los 100 dólares.
Lo conocí como “el gordo Fox” y lo leí cuando Opium lo incluía en sus ediciones. Creo que jamás crucé una palabra con él, pero éramos ingredientes de una misma sopa: nos convocaba el Di Tella, el viejo bar “Moderno” y las fiestas que por mediados de los sesenta sucedían en Buenos Aires y sus alrededores, donde casi mágicamente aparecíamos los mismos, la mayoría de las veces sin ser invitados y éramos recibidos como dioses. Esas “fiestas” fueron únicas. Viajando nunca vi algo semejante y cuando volví en el 78, todo eso había muerto.
Fox era un gordo abotargado, grandote, marítimo, que plantaba su presencia como un Buda indiferente. La mayoría de la fauna artística de entonces, decía de él: “Es un nazi de mierda”. Cuando le preguntaron a los de Opium porqué lo publicaban (Opium, una revista postulada anarquista), contestaron “Porque escribe bien”.
Con el pasar del tiempo Fox era cada día más grande y gordo. Se sabía que biológicamente era prácticamente un niño, no sé si habría superado los 20 mientras se inflaba majestuosamente.
Prácticamente nadie le daba pelota. Ese prestigio lo obtuvo luego que Falbo Editores publicara Invitación a la masacre. Pero Fox no se inmutaba, asistía a los lugares del celo y se mostraba.
Si Fox hubiera publicado su libro luego de la experiencia del “Proceso de Reorganización Nacional” en Argentina, el libro hubiera tenido otro peso que el que tuvo. Pero cuando lo publicó, siquiera existían los montoneros.
No soy el indicado para descifrar los vericuetos mentales de Fox, no lo conocí, siempre lo vi de afuera. O sea, todos los que nos veíamos y meneábamos en aquellas fiestas, éramos actores y público, y Fox también, creo, debió llevarse una imagen mía similar.
Durante aquellos días, Fox empezó a aparecer de la mano con una mujer, La Negra, una doctora en letras, artista plástica de la puta madre y hermosa como una pantera. La Negra había sido mujer de Massotta y luego de un período lesbiano se interesó sexualmente por los marginales masculinos. Ahí recaló en Fox.
Entonces Fox adelgazó. Esa mole centenaria en kilos, se convirtió en un esbelto adolescente abrazado a una de las mujeres más importantes de aquella época. Luego las imágenes se esfuman y un día: “¡Fox se mató!”. “¿Cómo?”. “Se suicidó”... No sé si cuando Fox concretó esa maniobra, tendría 22 o 23 años...
 
2.



En la primera carta que Antonin Artaud envío desde Rodez, el 17 de setiembre de 1945, aquél consignaba ya su repulsa por este mundo ordenado por el terror. Rimbaud, mucho antes, en su carta a Paul Demeny, de 1871, también arremetía contra el orden que impedía la creación poética. Marcelo Fox siguió estas huellas. Creyó en la destrucción para restablecer el reinado del amor y la justicia. O como dirá en Invitación a la masacre (1965), su primer libro: “Buscamos la Esencialidad a través de la destrucción”, esta significación aparecerá después en uno de los aforismos de su Señal de fuego (1968): “Un nuevo orden para sembrar el Desorden; inaugurar las fiestas de la Resurrección”.
En 1967 vino a verme. No nos conocíamos. Marcelo Fox, alto, cara redonda, ojos castaños y el cabello en desorden, sólo hablaba de los estómagos. De las luces que se encienden ante la insipidez y la medianía... Su voz profética, impregnada de lecturas ocultistas, veía el aniquilamiento como ley para instaurar el futuro. El orden mágico para diluir las viejas sombras. El rumor enmohecido de las constelaciones.
Cuando lo antologué en Canto a la destrucción (1968), dije de su peculiar manera de sentir el aniquilamiento: “Este concepto, unido al del amor por los hombres, lo desarrolla Marcelo Fox en Invitación a la masacre. Anuncia la destrucción total. El aniquilamiento que ha de sobrevenir cuando el amor sólo sea una palabra vacía, gastada por el tiempo”.
Poco después una voz no identificada, algún amigo extraterrestre que emergía de las tinieblas, obcecado en no dar su nombre, me dijo telefónicamente: “No lo espere a Marcelo. Se arrojó a las vías del tren”.

3.


Martín “Poni” Micharvegas, colaborador de la revista Opium, nos describe con lujo de detalles a Fox: “Si miro hacia atrás, han pasado 50 anios desde que ‘conosí’ a Marcelo Fox. Hacia 1963, como el resto de muchos muchachos curiosos, un sanfernandino como yo, merodeaba el Centro y sus bares. Acababa mi carrera de médico y quería darle manija a otra inquietud constante que me acompaniaba fiel como mi sombra: la escritura y la poesía. Recorría, por entonces, el Coto Grande, el Paulista, el Estaño, el Ramos, el La Paz y el Moderno, el de la caye Maipú (como aprendí luego en Madrid, en esos cafés se reunía ‘lo mejor de cada familia’!).
Ibas aprendiendo de quién era quién, separando el grano de la paja. Fichábamos y nos fichaban. Mi resiente título de galeno me dio pronto un lugar entre los “taitas pesados”, ya que —quien más, quien menos— necesitaba urgente algún tipo de receta para “subir” o “bajar” o hacerse con un buen antibiótico o polvos DDT, que les curase en un pif-paf las tristes purgasiones. Se garchaba mucho y se era garchado un montón! Me abrían cancha. Y el “artista” que uno creía ser se iba consolidando en base a prescripsiones, duchas, comprimidos, intensiones y espolvoreos terapéuticos. Como supe ser discreto, los/las amigas / amigas venían confiados y segurosd.
A Fox lo asosio siempre a ‘El Poeta’ (como le yamábamos a Reynaldo Mariani, a quien le gustaba escribir su apeyido en minúsculas: mariani). Sobrino del gran cuentista, Roberto Mariani poseía un fuerte perfil bohemio meresidísimo y justificado. Mariani era un frecuentador de la ‘malaria’ (no la enfermedad, sino ese pegoteo maléfico del cual ningún portenio que se presie escapa sin esjuerzos!): nada sale bien, no se pega un buen golpe ni por putas, no salen ni ventas ni negocios y paresiera que todas las pestes humanas se metieran con uno!). Fox era un tipo alto, uno ochentaicinco-uno noventa por lo menos, gordo (y, por periodos, increíblemente flaco o enflaquesido!), fofo y desaliniado, con pelo revuelto y anteojos de culo de lábil, frágil, débil. Esa era la imponente imagen que emanaba de él, sin que se preocupara por presentarse o modificarla de otro modo. Yevaba un halo: era considerado por todos un furibundo ‘nazi’ y no se sabía bien qué hasía en aqueyos ambientes progres, revulsivos, revolusionarios. Ya estamos pisando 1966 y los milicos se aprestan a instalar una nueva dictadura leporina! Marcelo andaba con un cuaderno, que mostraba como al descuido, yeno de esvásticas que él mismo dibujaba y hacia en vós baja gala de que Mein kampf era su libro de cabecera. Todos lo tomaban como un grandulón insolente y provocador, quien quería ‘asustar’ a la plebe con su fantaseo de un ‘mundo mejor, justisiero y limpio de judíos’. Como no habían perdido vigencia las ‘boutades’ ni los ‘pú epatér les buryóis’, y dada y el surrealismo eran objetivos fuertes a alcanzar y la ‘revoluta cultural’ yanqui estaba en marcha y apogeo con sus contestatarios saboteadores y el movimiento jipi, porqué no iba a soportarse a ese ‘Gordo’ seboso que quién te dirá si no tiene razón y talento? Se chismorreaba mucho sobre su obra teatral Las Monjitas Sangrientas, de la que jamás vi representación o edisión en libro alguna. No podemos asignarle a Marcelo Fox que, viviendo en la pampa asfaltada como vivíamos y en la siudá con puerto inmenso y brutal amnesia derivada, tuviéramos los pies en esos boliches ruidosos y las cabesitas, ya en Francia, Inca-La-Perra o los EEUU! También los jerarcas de las FFAA eran, como él, germanófilos al mango y nadie andaba a los gorrasos con ellos por esa afiliasión perversa! Venía de una familia de clase media adinerada (aunque algunos le vincularan a viejos ministros de gobiernos pasados y, por su padre, a la fabricación de asensores que subíbajaban la siudá con ese mismo logotipo: Fox). Guita en los bolsiyos, no le faltaba. Y era magnánimo e invitador, aunque Mariani fuera uno de su ‘clientes’ habituales y, charlando sobre la importancia de esto o de lo otro, El Poeta se garantizaba su buen sánguche de milanesa con tomate y un vasito de vino, que bien podían ser tres. Fox era abstemio. El ‘malditismo’ como épica, era un tema reiterativo en esos paliques y coinsidían con los alaridos de Pound en aqueya jaula impuesta por sus mismos compatriotas en Italia, así como en la novela negra (la policial y la del Monje Lewis). Pura solidaridad entre solitarios? Podría ser... Fox tenía una madre ciega y muy irritada que impedía que Marcelo resibiera, su habitasión que era un escándalo de abandono y susiedad con libros de autores místicos que se empenió en mostrarme, revistas porno venidas de los fríos pueblos del Norte en correos sertificados, envases de drogas sicotrópicas, analgésicas, jarabes, gotas nasales y colirios que contendrían efedrina o algún derivado de la coca y consumidas como estimulantes: recursos de esos anios esperimentales... Lo de la marca del clavo en la frente como punto inisiático, fue suseso real. Su Maestro Esotérico de entonses y quien le dió el martiyaso, era Jalí, El Sol Negro, adversario inquebrantable en la lucha trasendental y cósmica, del mendosino Silo, quien mesclaba las cartas ideológicas con mucha más eficasia que Jalí, primo segundo por su rama De la Serna, de Ernesto ‘Che’ Guevara. Con respecto a su final trágico, resibí esa versión de su distrasión crónica y el posible olvido de estar crusando un paso a nivel prósimo a la estasión Belgrano del ferrocaril Mitre, por donde entonses vivía ya matrimoniado. Se había casado con una muchacha de nombre Graciela o Gabriela, a quien conosíamos del Bar “Los Estudiantes” (Avenida Córdoba, serca de las Facultad de Medicina, del Hospital Clínico y de la de Economía...) y tuvieron un par de ninios. O sea: que no se si aqueya muchacha simpática pero sin mucho atractivo físico para nuestros desencadenados deseos libidinosos, seguirá viva. Tampoco tengo referensias de ningún tipo de sus hijos. La notisia de su ‘suisidio’ cayó como una roca pesada en la barra de bohemios ya trasladados al ‘Bárbaro’, de la caye Reconquista. Fox se habría arrojado a las vías del tren. Otros desconfiaron (El Yeti, Ruy, Quique, La Negra Cuéllar, Yuyo, Rubén, La Flaquita Marité, Duarte, Plank, Mario...) y aseptaron como más que posible la versión del asidente, del tropieso como se dijo sin ironisar, de ese gran talento literario, enfrascado más en si mismo que en la realidad vertiginosa que se yevó por delante”.

lunes, septiembre 12, 2016

"Salas Subirat hizo algo demasiado groso como para que la cultura argentina no tenga ni registro de él": entrevista a Lucas Petersen



Termino asombrado un gran libro sostenido sobre una dedicada y minuciosa investigación: El traductor del Ulises, de Lucas Petersen (Sudamericana, 2016). Con sus virtudes y sus defectos, se trata, sin dudas, de uno de los libros del año y de un ejemplo de obra compleja, trabajada y pensada. Petersen reconstruye la biografía de José Salas Subirat, un vendedor de seguros, hijo de inmigrantes, participante lateral del grupo de Boedo, escritor insistente pero defectuoso y, sobre todo, traductor del Ulises, de James Joyce. La pregunta es clara: ¿cómo? 
El logro del libro de Petersen es rearmar con una exploración del contexto socio-cultural que, por momentos recuerda a Una modernidad periférica, de Sarlo, con la lectura crítica de publicaciones firmadas por Salas Subirat (reseñas, artículos, libros sobre venta de seguros, ficciones, cartas íntimas entre cónyugues, etc.) y con momentos de su vida el camino inexplicable que pudo conducir a un hombre cualquiera a embarcarse en la primera traducción al español del complejísimo libraco de Joyce, frente a traductores profesionales y cenáculos de eruditos, y ¡lograrla! Ese desparpajo, esa confianza, ese esfuerzo se evidencia en las páginas de El traductor del Ulises. Por otro lado, el libro de Petersen se transforma en una análisis de genética textual al no detenerse solo en la hazaña y avanzar en una valoración de la traducción lograda por Salas Subirat y reponer la discusión alrededor de dicho trabajo. No pienso decir muchos más sobre el libro, vale por sí mismo y lo recomiendo fervientemente.
A continuación, van unas preguntas que muy gentilmente respondió Lucas Petersen, autor del gran libro El traductor del Ulises.

Golosina Caníbal: ¿Cómo llegaste a Salas Subirat?

Lucas Petersen: Una vez, en una entrevista en Página/12 por la publicación de Trabajos, Juan José Saer reinvindicaba su figura. Al ver el entusiasmo con que lo hacía, corrí a la biblioteca a ver si el Ulises que me había comprado a un precio irrisorio era el de Salas Subirat. Efectivamente. Desde ahí, me quedó picando el nombre. Años después leí Ulises y, al terminarlo, decidí ver en internet qué se sabía de aquel personaje tan curioso que reivindicaba Saer. Vi que no había casi nada: datos sueltos, a veces contradictorios; una lista de libros inverosímil; ni una foto. Lo que encontré, también, es que era una suerte de mito entre escritores y traductores. A partir de ahí empecé a madurar la idea de que, cuando terminara la facultad, iba a ponerme a buscarlo.

GC: ¿Cómo organizaste la investigación que desembocó en el libro? ¿Cuánto tiempo te llevó la organización del material, la redacción de la bio, el contraste entre los materiales de traducción?

LP: En total, desde que empecé a investigar (es decir, al día siguiente de entregar la tesina en la facultad) y la entrega de la última versión del libro (hubo al menos cinco), pasaron seis años. El primer año estuvo solo dedicado a ver si encontraba a algún familiar. El apellido que legó a sus hijos era Salas, por lo que buscaba en un universo de… decenas de miles de personas. Si no los encontraba, no iba a avanzar con el resto. Lo primero en lo que avancé una vez que los encontré fue en su trayectoria en Boedo, dada la accesibilidad de materiales sobre el tema. El resto de la investigación no tuvo un orden prestablecido, ni precedió a la escritura. Fue un trabajo hormiga: cada pista que aparecía en las cartas, en sus libros, en los materiales que conserva su familia y que me podía remitir a otra cosa, por minúscula que fuera, era seguida meticulosamente. Como estas pistas podían ser de cualquier momento de su vida, no hubo un orden específico. El contraste fue simplemente una relectura comparada. No recuerdo cuánto llevó porque tuvo algo de recreativo.

GC: ¿Cómo decidiste el estilo y la estructura de El traductor del Ulises? ¿Tuviste otros libros o textos como modelo?

LP: El estilo, digamos, no se decide demasiado. Tengo una formación periodística (no sólo gráfica, sino especialmente de radio), lo que me conduce casi naturalmente a esforzarme por ser transparente, sin resignar ni complejidad en las ideas ni en el léxico. Lo mismo que siempre traté de hacer, en gráfica y radio. Suena un poco grandilocuente, pero si hubo algún programa de escritura fue algo parecido a eso. En cuanto a lo otro, no soy gran lector de biografías. Te diría que las pocas que leí me influyeron decisivamente. Richard Ellmann, desde ya, por su ambición totalizadora. Timerman, de Mochkofsky, por la forma en que enlaza personaje y época. Piazzolla, de Fischerman y Gilbert, por el enfoque ensayístico del músico, sus fuentes y su inserción en el contexto. También las biografías de músicos de Sergio Pujol, especialmente la de Yupanqui. Tené en cuenta que vengo del periodismo musical.

GC: ¿Se te presentaron dificultades a la hora de reponer datos o libros en la vida de Salas Subirat? ¿Cuáles?

LP: Los libros de Salas Subirat están casi todos en la Biblioteca Nacional (o todos: sospecho que los que no están es porque finalmente no se editaron). En cuanto a los datos, las dificultades fueron muchas. Como sabe cualquier investigador, la falta de cuidado en los archivos hizo que todo esté muy desperdigado (una revista acá, un libro allá, imposibilidad de acceder a los archivos de los diarios si no se tiene una fecha precisa). Y mucho se hacía a ciegas: ir a buscar a ver si en tal libro, tal revista, tal periódico aparecía algo. Ayudó mucho internet, donde uno encuentra pistas a lo loco si busca realmente en profundidad.

GC: ¿Por qué rescatar la obra y vida de Salas Subirat? ¿Qué importancia le das al contexto cultural en el que se inserta Salas Subirat para la realización de su increíble tarea?

LP: En principio, porque es interesante, atractiva, increíble, inverosímil, lo que se te ocurra. Es una vida, literalmente, de novela y no hay nada más movilizador que contar una buena historia. En segundo lugar, como digo en la "Introducción", porque es una forma de reivindicar a toda una generación que ha sido bastante ridiculizada, pero sobre todo muy incomprendida. En tercer lugar, por lo que realmente empecé: porque hizo algo demasiado groso como para que la cultura argentina no tenga ni registro de él.
En cuanto al contexto, ocurre lo de siempre: individuo y contexto se condicionan mutuamente en una relación repleta de tensiones. Contexto, por otra parte, es una palabra demasiado general como para responder, digamos. Pero vengo de las ciencias sociales, insisto, y me cuesta ver a un individuo –incluso una personalidad tan fuerte, como la de Salas Subirat- actuando aislado. Él actúa a partir de ciertas condiciones, pero también lo hace en contra de otras. “Yo soy yo”, diría Ortega, “y tu circunstancia”, agregaría Gasset.

GC: ¿Vale la pena reeditar algo más de este autor, además de su mítica traducción?

LP: Lamentablemente, creo que no. Sus libros de seguros se reeditaron en México hasta los años 80. Hoy ya perdieron vigencia. En cuanto a su producción literaria, diría que nada. Podría ingresar en alguna antología de carácter testimonial, pero cuando uno lee sus obras no puede más que pensarlas como puro pasado, como inscriptas en una estética y una ética que nos resulta ya demasiado ajena. Sí tiene una novela inédita que tiene algún pasaje simpático (meramente aceptable, digamos), pero que imagino más en una historieta que como libro.

GC: ¿Estás trabajando en nuevos proyectos de escritura o de investigación?

LP: Y… algo hay, por supuesto. No quiero adelantar mucho porque estoy apenas explorando. Todavía tengo que medir en el terreno de la investigación y la escritura la viabilidad de la idea. Sería un puñado de biografías cortas, pero al lazo que las vincula prefiero mantenerlo en secreto, al menos por un tiempo.

viernes, agosto 19, 2016

Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de mariani, bebedor y poeta incansable, escritas por él mismo y algunos amigos (Federico Barea)

Este es el prólogo que Federico Barea escribió para la reciente recopilación de poemas del sátrapa reynaldo mariani, prolegómenos, mamotretos y reluctancias (Instituto Lucchelli Bonadeo, 2016). Gentilmente cedidas por su autor, estas líneas recuperan el impulso de una vida puesta en juego en la poesía y en la escritura. mariani, bardo itinerante (en todos los sentidos del término) dejó una obra pero también una vida que bien valen la pena conocer y rememorar. El libro, bajo el cuidado obsesivo y generoso de Barea, es una de las sorpresas del 2016 y, desde este humilde blog, lo recomendamos con fervor. Lean, pues, este bello prólogo.




Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de mariani, bebedor y poeta incansable, escritas por él mismo y algunos amigos (Federico Barea)

a Juan Ruperez

El 23 de Julio de 1968, en el nº 291 de la revista Primera Plana se publica "El cuchillo sobre el agua", un relato de mariani. En esa época, los autores publicados por la editorial Sudamericana aparecían antes en la revista junto a una breve presentación del autor. Allí se lee:
Nació en Buenos Aires hace 32 años y en el último lustro su nombre se asocia ineludiblemente a la poesía. Curiosamente, el primer libro que publicará Mariani –bajo el sello Sudamericana, con cuya autorización se anticipa este texto– se llama Siete historias bochornosas y es una colección de relatos. Sus poemas –desparramados en Opium, revista de la que fue fundador, entre 1963 y 1967, y en otras hojas literarias– alcanzaron a configurar también un libro que permanece inédito: cinco tentativas de edición atravesó Prolegómenos, mamotretos y reluctancias y Mariani no sabe ahora si intentará una sexta, dado que cada una de las anteriores se cruzó con una catástrofe económica que impidió su lanzamiento.
Probará, en cambio, estrenarse como dramaturgo, con Sub y La felicidad de ser felices, dos piezas cortas que están en lectura en estos momentos en la sala Planeta.
La sala Planeta de Suipacha y Paraguay nunca estrenó estas obras. De hecho, no se sabe dónde están, como gran parte de la producción de mariani. Este libro intentará remediar, en parte, dichas pérdidas.
mariani, como es de imaginarse, no fue exactamente un laburante, aunque se sabe que durante un breve período trabajó como consignatario de hacienda. Vivía en Benito Juárez al 4000, bien Villa Devoto. Su bar era El Moderno, donde paraba junto a otros bohemios. Muchos de ellos vivían en el melancólico, un petit hotel de Belgrano donde también él recalaría un tiempo. Una vecina de habitación recuerda que al poeta le gustaba mucho el surrealismo pero Kafka lo obsesionaba. Por otro lado, comenta “nunca vi una cosa igual, las chicas hacían cola en las escaleras del melancólico para estar con él, no sé qué tenía”. Con Ruy Rodríguez, Sergio Mulet e Isidoro Laufer editó la revista Opium, que duró 4 números (se dice que hay ½ número más pero hasta ahora nadie lo recuerda exactamente). En esos años, la denominada manzana loca, ubicada en el microcentro, reunía bares, la Universidad de Filosofía y Letras y el Instituto Di Tella. Allí mariani participó en las obras experimentales Jazzpium y Simulacro.
Cuenta su amigo Jorge Anitua que por esos años mariani recibió una herencia y le prestó parte a José Falbo para que plantara su editorial. “El resto de la guita se la robaron en un tren cuando volvía borracho al melancólico. Después empezó con el 'no se puede vivir más acá'. Ya había empezado la dictadura de Onganía y entre el 'documentos documentos' y un altercado que tuvo con las fuerzas policiales (salió a la calle en pijama y lo quisieron meter preso), decidió que el país de la bossa nova sería su destino”.
Antes de partir, en 1969, actuó con sus amigos Sergio Mulet, Poni Micharvegas, José Peroni y Gregorio Kohon en la mítica película de Becher Tiro de gracia, donde también actuaron Juan Carlos Gené y Susana Giménez (!) con música de Manal.
Ese mismo año, en el nº 5 de la revista ARTiempo, escribió:
MARIANI PAR LUI MEME

Por cierto que no es tan fácil escribir sobre sí mismo, al menos así me lo parece. Porque no se trata simplemente de aparecer de pronto en el escaparate i anunciar con cierta displicencia, no exenta de un toque de (¿falsa?) timidez, que p.ej., uno fue gestado hace unos 33 años, que no sabe en qué lugar ni en qué momento se produjo i que no tiene ni idea del por qué de dicha gestación. Que, además, tras sortear más o menos inconscientemente la escuela primaria, uno (otra vez) transitó tres meses por la industrial de la nación, cuatro por el colegio nacional grñptpuc! i seis o siete por el comercial númerotanto i que una vez harto de toda la patraña, decidió irse a vagabundear por las provincias, las gobernaciones, los territorios, ir i venir alegremente a veces, o soportar terroríficas heladas en la patagonia ancestral, abrazarse en las calderas cordobesas o puntanas o prestarse a ser una marioneta en manos de los “zondas”, “pamperos” u otros fenómenos por el estilo que corretean con entera libertad – los únicos que aquí parecen gozar de este raro privilegio- por las llanuras de todos conocidas. Claro, se puede agregar que “uno” emprendió mil tareas distintas i que ninguna le importó de verdad un ardite, salvo aquella que sin saber cómo, ni exactamente cuándo, se le montó un días sobre los hombros para no dejarlo ya ni a sol ni a sombra: escribir. Una tarea que en principio tal vez no se elija, pero que sí se habrá de elegir un día, tras la consabida sucesión de dudas i conflictos, entre abandonarla aterrorizado para dedicarse a tener buenos modales o aceptarla i proseguirla, pese a todo, hasta agotarla o agotarse en ella.
De modo que aquel que comenzara como un entusiasta se transforma de repente en un frenético. I durante quince años tacha, rompe, copia, plagia, vuelve a tachar, patea las sillas, los espejos de luna de los roperos, que siempre reflejaban la imagen de un tipo despeinado i con los ojos a punto de saltársele de las órbitas. Un tipo que abandonó cientos de poemas, docenas de relatos en sus inicios, alguna novela en el estilo de… Hasta que un día el joven desaliñado se da cuenta que hasta entonces sólo ha estado susurrando más o menos correctamente, que no es eso de lo que se trata, de ninguna manera, que uno quiere “decirlo”, maldita sea la cosa, que de esto sí se trata. I vuelta a romper, tachar, corregir, pegarle al espejo, i así…
En fin, para qué continuar con una enumeración como ésta, que es totalmente antiperiodística i que apenas si consigue reflejar esa tensa i abrasadora pasión por las letritas i/o las palabritas que uno padece. Ya es hora de tomar el toro por las astas. O, dicho de otra manera: de ir al grano. I aquí nos encontramos con que el grano tiene un nombre 7 HISTORIAS BOCHORNOSAS, tal el título de lo que vendría a ser “mi primer libro”, dicho así, en voz no muy alta. Sólo 7 de las innumerables historias que se me han ocurrido a través de los años i muchas de las cuales les conté a mis amigos, a mis amantes, a mis conocidos, a mis enemigos, etc., i que ahora, al fin, me he decidido a contarles también a mis desconocidos. Algunos se preguntarán de qué tratan las historias. En la mayor parte tratan de situaciones, situaciones más o menos bochornosas... situaciones no del todo simpáticas que expelen un olorcillo que... bueno, bueno. I que envuelven a personajes como -tal vez- usted. O su tío mariano. O su querido peter. O su tía mariugenia. O sus primos mnbaduel i arturito. Está claro, ¿verdad? Bien, entonces sólo resta decir que el libro salió hace unos dos meses aproximadamente: que la mayor parte de la “crítica” (¡?) le tiró con todo lo que tenía a mano -i algo más también-, cosa que me satisface pues, como dijo el delirante de la mancha, “Ladran sancho. Señal de que cabalgamos” o algo así.
Tristeza não tem fim

Según sus amigos no aguanta más y en 1970 se escapa a Brasil. Sin embargo, en 1973 publica en Buenos Aires 7 poemas grassificantes en Ediciones de la Flor Alta. Suponemos que fue en una escapada ya que también en 1973 saca en San Pablo, con traducción de Chico Bezerra, 7 poemas. Lamentablemente, el libro no es bilingüe, como afirma alguno de sus biógrafos, por lo que, con Luciana Duarte y bajo la supervisión de Ruy Rodríguez, hemos traducido estos poemas. Ahora sí bilingües. Ninguna de las dos versiones es mariani a secas, pero es lo que hay, considerando que, como dice Ruy “perdimos más de la mitad de mariani”.
Ya en 1964 Ruy Rodríguez había publicado en el nº 83/84 de la revista Leitura de Río de Janeiro un artículo sobre Opium y mariani titulado “Um grupo e um poeta na argentina” donde se leía una nota que mariani le enviara a Ruy: “Mis poemas, o cuasi-poemas, son así, posiblemente feos, posiblemente fríos, posiblemente malos; son así, simplemente. Tienen de todo. Yo tengo de todo y de nada... Y todo es una gran confusión, una gran contradicción. Está bien, no me quejo; no me interesa determinarlo; no creo en el bien ni en el mal. Ni en lo que está bien o en lo que está mal. Al diablo con todo eso! Sólo existe lo que uno HACE; yo lo veo así y por lo tanto lo expreso de esa manera. Hacer: verbo. Verbo: vida. Vida: poesía; y poesía de alguna manera es belleza porque la vida no lo es. En la vida hay belleza y fealdad; calor y frío, terror y alegría... En fin hay de todo...”.
En Río de Janeiro encontró cierta estabilidad, hasta fue padre de una niña. Incluso se sabe que tuvo un trabajo de los denominados decentes: vendedor en una zapatería. Y que escribió para algunas revistas. El periplo lo llevó a Buzios, donde después de un intento frustrado por vender panchos y coca en la playa terminó vendiendo libros sobre una manta. Allí conoció a Jim Thompson. Al poco tiempo, su entusiasmo por la cachaça lo llevó a dormir y a mendigar en la estación de buses y después en la puerta de una panadería (Enrique Symns lo retrató durante esa época en su libro En busca del asesino). El negro Miranda relata un encuentro con él, en Buzios, donde le compra comida y lo lleva a pasear en su Ford Falcon. mariani hacía días que no comía y gritaba desde el asiento de atrás: “la felicidad es comer pollo y viajar en Falcon”. Cuenta Ruy que cada tanto llegaban desde Brasil noticias acerca de las distintas “muertes” del poeta, otros decían que estaba en la cárcel y otros que lo sabían en un psiquiátrico. Al fin, su hermano Atilio fue quien logro repatriarlo.
Al volver estuvo por Buenos Aires, por la Patagonia un par de años y luego voló a Madrid donde publicó (junto a Pepe Mayoral, quien aparece bajo el heterónimo de García Smith y como "irresponsable" de la Editorial Diógenes Internacional) el único número de Damajuana. Poesía Aleatoria, en 1999. Josetxu Gómez Andechaga lo bancó un tiempo durante su estadía en España pero mariani era verdaderamente intratable y terminó volviendo a las calles hasta que lograron regresarlo a Zapala, Neuquén, donde además de varios libros hizo la revista de culo al barro. Ese fue su periodo más productivo, con tiempo de corregir y publicar en forma artesanal. Estuvo bien acompañado por amigos, fernet, faso y escritores hasta su muerte en 2004.
En el 2005 la editorial La Grieta publicó de manera póstuma, Mariani a secas, que reúne los poemas del último mariani que él mismo seleccionó. Luego, casi diez años después, La Grieta publicará una edición fallida de Prolegómenos, mamotretos y reluctancias, en el 2014 donde se reunían sus poemas de juventud. Hoy se juntan aquí ambos libros y otros poemas para resarcir la ausencia de ambos libros en el circuito porteño, que a fin de cuentas, siempre fue su hogar.

Federico Barea
Buenos Aires, Septiembre de 2015

lunes, julio 25, 2016

Diario de Mardoqueo Navarro (1871)

 
Después de leer las geniales nouvelles de terror de Diego Muzzio, Las esferas invisibles (2014), me quedó encendida la curiosidad respecto de la fiebre amarilla en 1871 y, en particular, de los registros literario-periodísticos que pudieron existir sobre tal epidemia. Me costó realmente hallar fuentes contundentes, incluso tras comunicarme con Diego, solo contaba con algunas referencias aisladas como un número especial de la revista Todo es historia. Sin embargo, sí anoté la mención reiterada de un supuesto diario llevado durante la fiebre en Buenos aires por el periodista Mardoqueo Navarro (que hasta tiene su entrada en Wikipedia). 
Ahora bien, continúe mi búsqueda hasta dar con un libro de historia fundamental, obsesivo y delicioso titulado Cuando murió Buenos Aires (1871), del profesor Miguel Ángel Scenna. El libro tuvo una primera edición en 1974 en la editorial La Bastilla; y una edición más reciente, la conseguida, por Cántaro en 2009. La investigación de Scenna es brillante y contundente y da ideal cabal de cómo era la ciudad de Buenos Aires hacia 1870 y qué fue lo que provocó la epidemia de fiebre amarilla (y las formas de combatirla y reducirla; y los correspondientes cambios sociales y urbanos que fueron demasiados). En todo caso, Cuando murió... merece un post aparte. Hete aquí que en los anexos del libro se encontraba el celebérrimo Diario de Mardoqueo Navarro de 1871, que copio a continuación. El texto es una genialidad por su economía, por su precisión y por la intensidad que va cobrando, a partir de un puñado de palabras, con el correr de los días. No faltan reproches a las autoridades, descripciones del horror, referencias a notas periodísticas y muertes heroicas.
Miguel Ángel Scenna lo introdujo en su libro del siguiente modo:
La bibliografía específica sobre la Gran Epidemia se inicia en el mismo año 1871 y su autor fue el catamaqueño Mardoqueo Navarro, que durante el desarrollo del flagelo llevó escrupulosamente un curioso diario donde sentaba, jornada por jornada, los rasgos sobresalientes a través de notas breves, lapidarias, que suman un documento de gran valor, fiel reflejo de lo ocurrido entonces en Buenos Aires. Lo publicó por la imprenta del diario La República, acompañado de un cuadro ilustrativo de las cifras de mortalidad, por mes y por nacionalidades, cuadro que desde entonces se ha usado copiosamente, aunque no siempre mencionando la fuente. Desconocemos el tiraje de la edición, pero debió de ser corto, ya que a la vuelta de pocos años era una pieza rara, de la que quedaban pocos ejemplares.   

Diario de Mardoqueo Navarro (1871)

Enero 27. –Según las listas primitivas de la Municipalidad 4 de otras fiebres, ninguna de la amarilla.
Enero 28. –La República denuncia la existencia de la fiebre que anuncio el 6, reclamando medidas.
Enero 31. –La fiebre no es asunto aún. Los municipales, ni palabra a su respecto en su sesión de hoy que es de clausura.
Febrero 1. –Según las listas mueren dos de tifus icteroide.
Febrero 3. –La Municipalidad por boca de ganso dice: “Son casos de fiebre icteroide”. Primeras circulares de medidas precauciónales.
Febrero 4. –La Municipalidad y el Consejo tiene sesión ad hoc. Se aconseja la expulsión de los apestados. Muere el Dr. Luis J. de la Peña.
Febrero 5. –Noticia de la fiebre en Corrientes. Cuarentena en Montevideo. Fiebre amarilla: primer caso según las listas primitivas.
Febrero 6. –Primer acto de comisiones parroquiales en la de Montserrat. Muere el Dr. Bosch.
Febrero 7. –Entierro a las 6 hs., de los fallecidos. La República clama contra el riego de las calles. El pánico principia.
Febrero 8. –La prensa diaria aumenta sus denuncias. Propaganda contra los conventillos, los cuarteles y el Riachuelo.
Febrero 9. –Mueren 4 de fiebres, llamadas después “amarillas”. Los diarios dicen “ya declinan”.
Febrero 11. –“No hay tal fiebre” (Garviso). Las aguas del Riachuelo enferman a Revy, que las examina.
Febrero 12. –Wilde pide lazareto para San Telmo. Toda la prensa contra el Riachuelo. Palabras de Almeira, Cuenca, Portela.
Febrero 13. –Las listas dan 9 casos de otras fiebres, de las sinónimas. Anatema contra los saladeros. Ataque general de los diarios.
Febrero 14. –Decreto paliativo contra los saladeros. La República dice… “debemos resignarnos a soportar cuanto venga”. “Aireación y agua pura” (Albarellos). “Aguas pútridas son salubres” (Mirlo Blanco). La República pide creación de comisiones activas y enérgicas; clama la inercia de las autoridades.
Febrero 18. –“La cosa no merece tanta bulla” (Golfarini). Se levanta la incomunicación con el foco de infección. Las miasmáticas de Cervetto.
Febrero 19. –Un caso de sinónimas. Desenfreno carnavalesco. “Salubrificacion, etc.”, folleto del Sr. Arrufó.
Febrero 20. –Las fiestas arrecian y la fiebre se olvida. Los excesos rendirán su fruto.
Febrero 21. –El consejo declara fiebre amarilla a todas las fiebres. Proyecto para limpiar el Riachuelo. Muere el reverendo Fahy.
Febrero 23. –La epidemia es fiebre amarilla (Wilde). El Dr. Luque estudia y dice: “No es fiebre amarilla”.
Febrero 24. –La fiebre salta de San Telmo al Socorro. Pasada la locura carnavalesca viene la calma y a esta sucede el pánico.
Febrero 25. –La República acusa de inercia a la autoridad. Ante la ineficacia de las medidas, dice: “¿Qué esperar? ¡Nada…!”.
Febrero 26. –El Consejo dicta medidas que no se observan. La República, previo examen, denuncia al Riachuelo, los Corrales, etc.
Febrero 27. –Chacarita. El Gobierno gestiona la apertura de este cementerio. Las cifras hablan y el pánico se pronuncia.
Marzo 1. –Proyecto Irigoyen. Multiplícanse las denuncias de los focos. El Obispo dispensa el ayuno al que dé plata. La fiebre en la Boca.
Marzo 2. –Guerra a la inmundicia (La República). Prohíbanse los bailes después que han pasado. “Acumulaciones humanas”: Art. de La Nación.
Marzo 3. –Prohíbense las fogatas por nocivas a la salud. Saladeros: La Cámara de Diputados ofrece un proyecto en vez de otro proyecto. ¡Nada!....
Marzo 4. –Focos. Ataque de la prensa a los Mercados. La población huye. La inmigración se embarca. “Nos podrimos”, art. de Cumbary.
Marzo 5. –“La mortalidad y sus causas”. Gran artículo de La Nación. La República pide al gobierno crear un poder “ad hoc”, y dice: “¿Seremos oídos?”.
Marzo 6. –La prensa sube de tono y da duro a la autoridad. “Todo es inmundicia”, art. de Cumbary. Ciérrense los establecimientos de educación.
Marzo 7. –Todo es contra los focos y todo es ahora un foco. La población huye. El F.C.O. rebaja sus tarifas. Alquileres fabulosos afuera.
Marzo 8. –No hay hospitales. No hay sepultureros. Focos por mil. Despoblación. Los empleados son notificados de destitución y quedan.
Marzo 9. –Los Gobiernos: sin senado el uno, sin autoridad el otro, no responden a la situación. Huyen jueces y curiales y aun médicos.
Marzo 11. –La República pide meeting. La Nación grita: “Revolución”. El Dr. French murió el 10. El clero hace rogativas y la peste, víctimas.
Marzo 13. –¡Gran meeting del pueblo! El gobierno proclama el orden. Todos huyen menos los focos vivientes.
Marzo 15. –La Nación aconseja las comisiones de manzana. La comisión inicia bien sus trabajos. Las autoridades tienen celos. Pasajes gratis.
Marzo 16. –La palabra de la Comisión al pueblo. Suscripciones. Acción popular. Acción gubernativa. Un vivo, tomado por muerto, se sale del cajón.
Marzo 18. –Los abogados piden huelga. La Comisión hace el bien y obliga a todos a hacerlo, por emulación. La envidia gruñe; el pueblo respira.
Marzo 19. –Médicos que recetan desde el estudio. El presidente huye, legisladores, jueces, municipales, etc., todos huyen cada día gratis.
Marzo 20. –Decreto de amparo a los huérfanos. La Comisión trabaja. Antes: 40 coches para un muerto; ahora; un solo carro para muchos muertos.
Marzo 21. –Vengan médicos de afuera. Pasaje y alojamiento gratis. Un foco de nuevo género; la estupidez de los enfermos. Muere López Torres.
Marzo 22. –La muerte. El espanto. La soledad. Los salteadores. 300 toneladas de basura diaria.
Marzo 25. –La mostaza a 60 pesos. Los conventillos de Esnaola… ¿Cuánto cristiano muerto sin confesión?
Marzo 26. –Muere Roque Pérez. Cólera un caso. Ciérrense los puertos para buques del Paraguay. El pavor crece y vence el deber. Despoblación.
Marzo 27. –Nace el Boletín de la epidemia. Conjuros eclesiásticos contra la fiebre. Dispensarías de la popular.
Marzo 29. –Muere el Dr. Gascón. Se entierran vivos. Muere un 70 % de enfermos sin asistencia. La C. de San Nicolás clama, la municipalidad no oye.
Marzo 30. –Alojamientos listos. La caridad explotada por ladrones disfrazados de pobres. Un millonario vende su boleto de abono y pide otro gratis.
Marzo 31. –Prohíbense funciones de iglesia. La República pide fogatas. Surge la idea de suspender términos comerciales.
Abril 2. –La Comisión pide el incendio de los conventillos. 72 muertos en uno. La epidemia desocupa los conventillos, que respeta la autoridad.
Abril 3. –350 sepultureros respetados por la fiebre. Surge la idea de desocupar la ciudad. Muere el Dr. Lucena. Hermanas de Caridad. ¡Santas mujeres…!
Abril 4. –La Comisión aumenta los médicos. Muere Pietranera. En los conventillos mueren los vivos, esperando heredar o robar a los muertos.
Abril 5. –Ciérranse las oficinas nacionales. La Comisión organiza su cuerpo médico.
Abril 7. –El Cementerio del Sud rebosa. Entierros por abreviatura. Suscripciones de la campaña. Todos amarillos: de fiebre los muertos, de miedo los vivos.
Abril 9. –Los negocios cerrados. Calles desiertas. Faltan médicos. Muertos sin asistencia. Huye el que puede. Heroísmo de la Comisión Popular.
Abril 10. –563 defunciones. Terror. Feria. Fuga.
Abril 11. –Reina el espanto.
Abril 12. –El Consejo aconseja el 8 (a los 75 días) un tratamiento y la fuga. Asesinatos. Salteos.
Abril 13. –Cortejo de la epidemia: Crímenes, vicios, negocios, conexiones sui generis denuncia la prensa. La oficina de telégrafos huye a Flores.
Abril 14. –Gobierno provincial en su puesto. El Dr. Riva murió el 10. La Suprema Corte en receso. Robos. Población flotante en las islas. La policía se refuerza.
Abril 15. –A la Chacarita desde el 14. Muere el Dr. Señorans. Ladrones con carros. Numerosos huérfanos.
Abril 16. –Ya declina. La explotación de la caridad. Robos. Mueren sin asistencia por falta de carruajes. Regresan algunas familias.
Abril 18. –Murió el Dr. Argerich.
Abril 24. –Muere el Dr. Caupolicán Molina y el Dr. Amodeo. Comisión Popular: su manifiesto. Brasil: noticias tocantes de su actitud generosa.
Abril 25. –Montevideo: Resolución de la Comisión Popular a su respecto. Chacarita: su habilitación cuesta 3.000.000. Las erogaciones crecen.
Abril 26. –Gastos del gobierno en la epidemia hasta el 24: 5.965.831 pesos. Las familias regresan. La fiebre aumenta.
Abril 27. –Sacerdotes: 49 muertos hasta la fecha.
Abril 28. –Comisión Popular: su acción es normal, extensa, eficaz. Aconseja al pueblo no volver a la ciudad aún. El Consejo apoya.
Abril 30. –El Standard mata de un soplo a 26.200 personas.
Mayo 6. –Anchorena eroga 500$ moneda corriente.
Mayo 7. –8.300 personas reciben alojamiento gratis del gobierno. Más socorros en Montevideo. La población crece por horas.
Mayo 10. –Llegan socorros de Tucumán. Se reduce a 6 el número de médicos de la Comisión. El comercio entra en actividad.
Mayo 13. –Muere el Dr. Weiss.
Mayo 16. –Los enfermos de fiebre son por hoy 222. Destínanse a los huérfanos los fondos erogados por la caridad del Brasil.
Mayo 20. –Cesa la Comisión Popular. Tuvo entradas por 3.774.343 $ y salidas por 3.637.304 $. Proyecto de reformas materiales.
Mayo 23. –Publicase un proyecto (C. Ravelli) para solidificar las materias fecales. Casos nuevos: el 24 son dos personas llagadas de afuera.
Mayo 28. –Llegan socorros de Chile y noticias de otros más. Muere el diario La Marcha de la Epidemia.
Mayo 31. –Suspéndense los boletos de pasajes gratis. El 30 había enfermos: 66. Casos nuevos, 8. San Nicolás: Ábrese el puerto. Frías Garrido: Reformas higiénicas. Calumnia ruin contra la caridad bien probada del pueblo chileno.
Junio 2. –Enfermos 66; casos nuevos 7. Municipalidad: Sus gastos en la epidemia 5.645.665 $. Junta popular, resuelve cerrar su época. La República pide el cese de las cuarentenas. La Nación sobre plazo de junio y julio. Rosario: Ábrese el puerto.
Junio 19. –Enfermos 51; casos nuevos 4. Fallecidos sin herederos: 177 propietarios de casas, depósitos, etc.
Junio 22. –La epidemia: Olvidada. El campo de los muertos de ayer es el escenario de los cuervos hoy: Testamentos y concursos, edictos y remates son el asunto. ¡¡¡Ay de ti Jerusalem!!!

Fuente: Scenna, Miguel Ángel (2009). Cuando murió Buenos Aires (1871), Buenos Aires, Cántaro, pp. 473-477.

domingo, julio 17, 2016

Ediciones Ignotas, una apuesta de arqueología literaria argentina

Quiero dejar anotado por acá el gran trabajo que están realizando desde una pequeña editorial llamada Ediciones Ignotas. Me interesa particularmente la colección de recuperaciones de literatura argentina que vienen armando: "Los exhumados" (ahora que las de Abelardo Castillo y de Ricardo Piglia han caducado, ahora que la iniciada en Las cuarenta se detuvo abruptamente por razones presupuestarias, ahora que las grandes editoriales recuperan solo lo mismo de los mismos). 
A través del buceo en los anaqueles de fines del siglo XIX y principios de siglo XX, en la línea de los relatos de género, han recuperado historias que se habían perdido en el limbo de nuestra bienamada cultura pero que merecían ser releídos (o simplemente leídos). Copio, pues, a continuación los tres títulos en cuestión con sus correspondientes presentaciones y espero que la colección prospere y nos sigan brindando estas joyas reencontradas para sacarnos del aburrimiento de lo mismo. 

Tres nouvelles fantásticas argentinas inaugura la colección Los exhumados cuyo objetivo es rescatar las gemas fantásticas y policiales de la literatura patria que, por razones ignoradas, cayeron en el olvido o en el desprecio académico. Este insólito libro contiene tres piezas imprescindibles para comprender el desarrollo del género fantástico en nuestro país.
El doctor Whüntz, fantasía (1880) por Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Varela) es una historia de ciencia pura y loca, con manipulaciones de cadáveres y de cerebros. Un científico que busca la huella del alma en el cuerpo humano.
Mandinga (1895), de Enrique E. Rivarola. Autor de prosa exquisita y jocosa, teje una historia que mezcla el auge del espiritismo con las neurosis que acechaban a los llamados hijos de fin del siglo.
El homunculus (1918), del autor italo-argentino Pedro Angelici, desarrolla una historia de ciencia ficción, donde relata los entretelones de un experimento terrible y sus resultados inesperados.
El fabuloso arte de tapa y contratapa es de Patricia Breccia.


En 1912, dos años después de su publicación en la revista La Vida Moderna, Vicente Rossi autoeditaba el libro Casos Policiales de William Wilson, sin señalar su autoría. El volumen contenía los cinco primeros cuentos de la serie, sobre un total de diez.
Sin saberlo, ni buscarlo, el libro constituía el primer volumen de relatos policiales debidos a una sola pluma; esta audacia pasó sin mayor gloria y terminó petrificándose como una de esas tantas citas obligadas a la hora de hablar de los orígenes del género policial en nuestro país.
El presente volumen contiene los diez cuentos escritos por el autor durante el período de 1907 a 1910, publicados en forma conjunta por primera vez en esta edición. El libro constituye una pieza imprescindible en la reconstrucción del género patrio, siendo por su excelsa y exótica calidad literaria, una gema en sí mismo.
Los cuentos de Rossi están ajenos al espíritu decimonónico y folletinesco que tenía por aquellos días el género; se asumen adultos, afiliados a la crónica diaria, denunciante y polémica, por su cercanía a la volubilidad humana de aquel entonces. No en vano Jorge Luis Borges consideró que: “Éste, ahora inaudito y solitario Vicente Rossi, va a ser descubierto algún día…”
Un espejo único y fiel de una época, enmarcado en un género que formó nuestra literatura.
Por todo ello, Casos policiales de William Wilson puede considerarse un libro fundacional en lo que a esta materia se refiere.
Seamos afines a los deseos de Borges, redescubramos a Vicente Rossi.
La edición contiene un prólogo de Ray Collins y una semblanza biográfica de Rossi.


El vampiro y otros cuentos de horror y misterio reúne gran parte de la producción fantástica de ese gran relegado de nuestras letras conocido como Víctor Juan Guillot (1899-1940). Narrador, periodista, autor teatral, preso político y suicida. El presente libro se concentra en los cuentos publicados entre 1920 y 1935 en la Argentina. La prosa de Guillot, aguda y filosa como ninguna, se ajusta al molde del género de horror, trascendiendo los clichés de aquel entonces. La mirada descarnada del autor sobre la vida se plasma en muchos de los cuentos que están presentes en esta compilación y que los invitamos a que descubran.
El presente volumen contiene cuentos extraordinarios como El vampiro, El guardarropa, El vado, Bajo la tormenta o Una historia de muertos. Todos ellos dignos de figurar en las mejores selecciones del género. Prólogo y estudio introductorio del escritor y periodista José María Marcos.
Arte de tapa: Enrique Breccia.

jueves, julio 07, 2016

Carta enviada por el general Justo José de Urquiza al presidente Derqui después de la batalla de Pavón

Tomo esta canción escatológica del libro sobre la apasionante vida y las dedicaciones argentinas (que van desde las comunidades indígenas hasta las canciones populares, pasando por las adivinanzas verdes) del antropólogo alemán Rememorando a Robert Lehmann-Nitsche, de Santiago Bilbao (Editorial Colmena, 2004). En el capítulo "Literatura político-escatológica", después de haberle dedicado algunas reflexiones piolas a Textos eróticos del Río de la Plata, Bilbao recupera algunas canciones y folletos del archivo de Lehmann-Nitsche (del Instituto Iberoamericano en Berlín) en los que la política nacional argentina se toca con los bajos humores, las imágenes grotescas populares y las malas palabras. Entre esos textos, se encuentra el que copio. Transcribo la presentación en el libro:
El tercer documento, también atribuido por Lehmann-Nitsche a Juan Cruz Varela [los otros dos son "Fisiología del pedo" y "Lectura para todos por un estreñido"], es la letra de la canción que grabara en La Plata el 30 de abril de 1904 y que forma parte de la colección de los cilindros de cera y el manuscrito que los acompañaba.
La canción Carta enviada por el general Justo José de Urquiza al presidente Derqui después de la batalla de Pavón [17 de septiembre de 1861], consta de nueve octavillas octasílabas, corresponde al n° 90 del inventario de Lehmann-Nitsche y ocupa las páginas 328-332 del manuscrito (Guido, 1975, p. 87). Esta letra fue cotejada con la fonograbación del cilindro 58, con ritmo de estilo-milonga interpretada por el cantor J. J. Méndez que comprende menos estrofas que la letra transcripta por Lehmann-Nitsche, por lo que opté por incluir la versión más larga. (p. 194)
Carta enviada por el general Justo José de Urquiza al presidente Derqui después de la batalla de Pavón

1
Si por algo me he alegrado,
tuerto hijo de una gran puta;
de la espantable viruta
que te han soplado en Pavón,
fue por la vaina soberbia
que el porteñaje altanero
entró a vos, gran puñetero,
pícaro, tuerto y ladrón.

2
Si querés vos un caramelo,
lo tenés siempre en la limeta
o en hacerte la puñeta,
que así las penas pasás,
pero a mí que estoy tan choto,
me jode mucho el trabajo
y no es justo pues carajo
que vos también me jodás.

3
Cuando te pase que he perdido
bandera, tropa y cañones,
sentirás en los cojones
una gran dilatación;
jodete, á mí se me fueron
los huevos a la barriga;
no extrañes que te lo diga
porque soy muy francachón.

4
Vaya un viejo puñetero
con canas en el conducto
quererse meter a puto
¡La puta que lo parió!
Eso es para gente joven
que echa cien varas por noche
y aunque se joda troche y moche
siempre se halla superior.

5
Cuando una puta es muy vieja
sólo sirve de alcahueta
o para hacer la puñeta
a algún sargento ó tambor;
en este caso has quedado,
no servís para un carajo,
no sos hombre de trabajo
ni servís para un malón.

6
Ya sabés que á Buenos Aires
sólo a robar nos largamos,
que en la historia nos cagamos
y también en el honor;
con que vete á los carajos,
ladrón dado ya de baja,
que yo no me haré la paja,
pero sí, me hago ladrón.

7
Mitre a quien vos suponías
un gran jodido y un nulo,
te ha metido en el culo
más que una vela un hachón
gratis, recuerda manflora,
Mitre será lo que quieras,
más las mañas brasileras
no tuvo de bufarrón.

8
Vos quizás querés que vuelva
a sufrir por vos derrotas,
me creés sonzas las pelotas,
¡a mí no me has de joder!
Vos podés seguir la guerra
o hacer lo que más te cuadre,
¿Pero á joder? ¡A tu madre,
que a mí no me has de envolver!

9
Adiós…
Ya se va tu presidencia,
conforme la tuve yo;
y si te enojás conmigo,
hacés mal en enojarte,
¿por qué yo contestarte?
¡La puta que te parió!

Juan Cruz Varela

Fuente: Bilbao, Santiago (2004). Rememorando a Lehmann-Nitsche, Buenos Aires, La Colmena, pp. 194-196.

jueves, junio 30, 2016

El increíble señor Galgo, de Diego Vargas Gaete (dos capítulos)

Este sábado 02 de julio la novísima editorial Marciana (facebook, twitter) presenta sus dos primeros títulos El increíble Señor Galgo, de Diego Vargas Gaete; y La máquina de rezar, de Bob Chow. Para más info, va el flyer al final del post.
A continuación, dos capítulos de El increíble señor Galgo, del escritor chileno Diego Vargas Gaete, quien ya la rompió toda el año pasado con su novela La extinción de los coleópteros (Momofuku, 2015). Se agradece al dedicado editor de Marciana, Denis Fernández, y larga vida al pequeño pero pujante proyecto!


BORRADOR DE PARCHE ANTES DE LA HERIDA,
ÚNICA NOVELA DE ANTONIO GALGO
Editorial Cuesco Azul, noviembre 2013. Colección privada. Extracto.

PARTIDA: En mi infancia tenía la forma de una raya hecha con tiza. Desde ella salían los incipientes atletas. Era el principio de la derrota o el primer trago de la dulce victoria. VICTORIA: Pueblo ubicado a sesenta kilómetros de Temuco. Allí quedaba el segundo campo que tuvo mi padre. Estaba plantado de pinos. El bosque se quemó durante un verano. La riqueza familiar se hizo humo en pocas horas. HORA: Espacio de tiempo creado para justificar la inercia del hombre. Durante mi adolescencia tuve un amigo que solía preguntar la hora de la siguiente manera: «por si acaso, ¿me podría decir la hora?» No sé por qué pero me daba vergüenza ajena. AJENA: Ese mismo amigo, que sin pedírselo se ofreció a ayudarme con la construcción de una banca para levantar pesas, de un día para otro me dejó solo con la faena porque el artilugio sería mío y por tanto la tarea se le hacía ajena a sus intereses. INTERÉS: No tengo interés en hablar mal de los bancos e instituciones financieras. No se lo merecen. Mejor mato a mis propios piojos. PIOJO: Bicharraco comúnmente asociado con falta de higiene y pobreza, pero Frau Müller, nuestra profesora jefe en el colegio Germano de Temuco, solía descubrirlos en las rubias cabelleras de sus alumnos. ALUMNO: Siempre hay alguien dispuesto a enseñarme con firmeza. Lo malo es que nunca he podido revertir tal situación y jamás he podido enseñarle a nadie, ni siquiera a guardar silencio. SILENCIO: El silencio me sale innato. Podría competir por Chile. Lograría un puesto destacado. DESTACAR: Desde hace un tiempo en mi familia se resignaron a que yo sea el número de la ruleta donde no se ponen las fichas. Algún día daré una sorpresa. Mientras tanto he sido destacado en siete concursos literarios de poca monta. Al escribir, mi temor al ridículo sigue intacto. INTACTO: Como mis apuntes de la Escuela de Derecho que jamás volverán a ser leídos. LEER: Tragar y tragar palabras que pronto escaparán de mi cerebro como balas. BALA: A los quince años quise ir a los Juegos Olímpicos. El deporte escogido fue el atletismo, en específico el lanzamiento de la bala. Un adoquín de gran peso y el patio de mi casa se transformaron en los implementos básicos de mis entrenamientos. Pasada una semana el jardín estuvo lleno de hoyos. Pasada otra semana mi padre me dijo que todo era un esfuerzo inútil y yo le hice caso. HÁGANME CASO: No soy dado a dar consejos, pero si me ponen una pistola en la frente diría que avanzar en línea recta es el camino más corto para extraviarse. Lo digo por experiencia propia. Es preferible dar vueltas en redondo, o incluso caminar a tientas, sobre una mancha de hielo. HIELO: La ley del hielo sigue vigente. Guardar silencio frente a alguien que nos desagrada constituye una sanción necesaria. NECESARIO: Es necesario machacar este teclado a fin de obtener estas palabras de mierda. MIERDA: Hace poco pasó hecho mierda un proyectil cerca de mi cara. Era el público que se manifestaba. No olía a materia fecal. Sí zumbaba como una bala y dibujaba una sola línea. LÍNEA: Ya lo dije, se parecen a las partidas marcadas con tiza. TIZA: Polvo venenoso que tragaron, tragan y tragarán los profesores. Ojalá muchos de mis maestros de colegio hayan engordado con la exquisita tiza. TIZA: Se repite la definición ya dada. DAR: Si yo les doy sueño, a cambio, ustedes dejen de leer.

MENSAJE ENCONTRADO EN UNA BOTELLA EN KOEKOHE BEACH
Nueva Zelanda, junio 2020.
Se atribuye su autoría a Joaquín Fonseca, chileno desaparecido en alta mar en febrero del 2013.

No pido auxilio ni me interesa que me busquen. Tomen este mensaje como un libro de reclamos flotando en el océano, un grito destemplado, qué se yo, al fin y al cabo cada uno interpreta lo que se le antoja. Voy a partir desde el lugar más obvio: mis primeros manotazos por zafar de la situación que nos acogotaba. Al principio usé el aparato de radio. Caminaba kilómetros en busca de una señal mientras Rogelio y Paula se encargaban de recoger leños y buscar comida. Después de una semana logré comunicarme. El problema es que mi interlocutor hablaba en chino o coreano, no lo sé. Quizás nunca me creyó que estábamos perdidos en una isla. Así estuve hasta que la batería se murió y el aparato pasó a ser una especie de matamoscas y/o martillo rompe cocos. Disculpen, es la falta de vitamina B lo que me hace divagar. Hace ya muchos años mi madrina me obligaba a comer verduras, pero yo las escupía en una servilleta apenas ella pajareaba. Quizás, si no le hubiera porfiado, ahora tendría una fortaleza inusual en mis neurotransmisores y no pensaría todo el día en las tetas de Paula o, mejor dicho, en cómo se movían de arriba hacia abajo la última vez que culeamos, antes de embarcarnos en el yate. Sí, dije: culeamos. Así se dice en mi tierra. Con Paula teníamos eso que ciertas revistas llaman química. Si no fuera por el miserable de Rogelio la cosa sería diferente. Rogelio el narrador sensible. Rogelio el amigo delicado. Rogelio el consejero de mujeres. Rogelio, Rogelio, Rogelio, púdrete. Como les iba diciendo, si hay algo bueno de estar en esta isla es que puedo correr desnudo por la arena. Eso lo hago cuando no sopla ni una pizca de viento. Si mi hijo estuviera vivo correríamos entre las palmeras, pero Marcelito tragó demasiada agua y murió a cincuenta metros de la costa. Pobre. Lo tuve en mis brazos toda una tarde: frío, inerte, morado y cuando me decidí a cavar su tumba recordé el funeral de mis padres. Perdón, se me olvidaba, es la falta de vitaminas, el comienzo de todo es que soy huérfano.
Si no me equivoco el yate se hundió hace siete años. Cada vez que pienso en el naufragio recuerdo a mi madrina repitiéndome que a mis padres les habría gustado que yo fuera feliz. Ella a veces se asomaba por la casa de acogida en la que me crié y me llevaba a almorzar o al cine. Yo me comportaba como un quiltro obediente, esperando que al finalizar la tarde me dejara vivir en su casa. No sé por qué recuerdo estupideces. Debe ser la nostalgia. Siempre me pasa lo mismo. Pero volvamos a lo importante: del accidente rescaté la radio, algunas provisiones y un maletín de cuero cargado de dólares que aún uso de almohada; mi herencia. Sin embargo, lo peor de todos estos años es el olor a marisco impregnando en mi cuerpo. Eso me pasa porque aprendí a capturar langostas con las manos. Tal faena se puede hacer cuando el sol se esconde al fondo del océano y justo aparecen unos rayitos violetas que obligan a los bichos a dar vueltas y vueltas en círculos. No se lo cuenten a nadie: soy un superviviente.
A veces corre un poco de brisa. El clima se tuerce a cada rato. La culpa la tienen los aerosoles y los aires acondicionados. En alguna parte, no tan lejos, algún ingenuo debe estar rociando una nube de insecticida sobre un montón de moscas, mientras recibe en la cabeza un aire más artificial que mi esperanza. Yo prefiero no resfriarme. Me salen mocos. En la escuela tuve un compañero que se los sacaba usando su dedo índice y era capaz de arrojarlos a distancia. Si me los tiraba al pelo me daban arcadas. Les tomé asco en el funeral de mis padres. Ese día me salieron mocos verdes, bajaron hasta mi boca y yo no hice nada. Solo recibí las palmaditas de consuelo en mi pequeña espalda. Por suerte acá no me he enfermado. La última vez que sucedió fue en el Puerto de Valparaíso. Llevábamos dos semanas de navegación y recalamos para aprovisionarnos. Rogelio, mi profesor del taller de cuentos, el mequetrefe que se coló al viaje gracias a que se hizo amigo de Paula, me invitó a conocer a un colega. Como Rogelio además era peluquero pensé que el escritor había sido una de sus conquistas. El tipejo se llamaba Antonio Galgo y resultó ser un idiota. Era alto y tenía rulos, como Rogelio. Era un vendedor de humo que solo quería publicar su novela, como Rogelio. Un consejo: desconfíen de gente así. Paula nos esperaba en el yate, pero Galgo, con un mal gusto impresionante, mientras bebíamos se puso a citar libros como una cotorra. Regresamos al embarcadero a las cuatro de la mañana. Yo tenía puesta una camisa manga corta. Me resfríe en dos tiempos. Por eso, al día siguiente, cambiamos la ruta y apuntamos la proa hacia el clima cálido de la Isla de Pascua. Algunas noches salía a cubierta y pensaba en papá y mamá, en todos los huérfanos del mundo, en mi hijo y las cosas que le enseñaría durante el viaje. Hasta que me quedaba dormido protegido por las estrellas.
Todo lo que sé de mamá es gracias a mi madrina. Se supone, y así lo confirman un par de fotografías, que tengo su mismo color de pelo. De papá heredé el pie plano, la nariz de gancho y otras tantas inutilidades. Ellos murieron sin poder verme crecer. Yo envejezco sobre la tumba de mi hijo. Alguna vez mi madrina me dijo que la familia es sagrada. Para ella fue fácil decirlo: se convirtió en mi tutora, se quedó con el dinero de mis padres y además era hija única. Paula tampoco tenía hermanos y Rogelio… ¿a quién le importa? Yo quería tener una de esas familias que usan camionetas con tres corridas de asientos. Imaginaba que pronto nos rescatarían y volvería a empezar todo de nuevo. Mi plan B fue nadar, una y otra vez, hacia los restos del yate y poner a salvo lo que sirviera. Entre tanto, Rogelio y Paula salían a buscar alimentos. Un día, cansado de las jornadas de natación, decidí entrar al bosque contiguo a la playa. Pensaba cazar lagartijas. Tenía mucha hambre (aún no aprendía el truco de las langostas). Esquivé ramas y llegué a un arroyuelo. Algunos pajaritos de colores volaron de un lado a otro. A lo lejos oí un ruido. Caminé en puntillas. El pasto, verde y alto, frenó mi avance. Entonces, desde el suelo se incorporó Rogelio. Luego apareció Paula. Estaban en pelotas. No me vieron. Tomé un palo. La cabeza de Rogelio se abrió como un melón. Paula chillaba. Con todas mis fuerzas le quebré el cuello. Lo más sabroso fueron sus muslos. Sus costillas las hice sopa. El amante, si les interesa, se fue al fondo del mar y su pene de burro se convirtió en almuerzo de cangrejos. El yate se hundió por completo una semana después.
Me pregunto si alguien todavía me estará buscando, si este suelo de arena no será fruto de un mal sueño, si ese tal Galgo habrá publicado su novela. No hay caso, otra vez estoy recordando estupideces en vez de decidirme a arrojar esta botella al océano.

 

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