domingo, agosto 02, 2020

Archivos digitales. Mágicas ruinas, crónicas del pasado

Varios meses atrás se me ocurrió interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante. Uno de los primeros en venir a mi mente, por autogestión, por persistencia, por pasión, fue Mágicas Ruinas, crónicas del pasado. Si no lo conocen, visítenlo, recórranlo y síganlo en facebook.


Hace varios años comenzamos algunos intercambios por mail con su creador, siempre atento a las consultas de los visitantes curiosos. Tito, gran amigo de este blog, ayudó muchísimo en la búsqueda de algunos textos luego recopilados en las Obras completas, de Germán Rozenmacher, por ejemplo. El trabajo realizado por Tito con su scanner infatigable es de gran mérito y generosidad.
Acá van algunas preguntas sobre qué es Mágicas ruinas, su origen, su metodología para construir un archivo virtual y su pasión por recuperar tapas, artículos y crónicas el pasado revisteril.


Archivos digitales: algunas preguntas a Tito de Morón, del sitio Mágicas Ruinas

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Mágicas ruinas? ¿Hubo cambios en el proyecto durante estos años?

Tito de Morón: A fines de los noventa, navegaba por internet en algún foro y me encontré conversando sobre rock nacional, y me picó la curiosidad sobre los sitios que habría en internet sobre el rock. Los dos o tres que encontré eran más enciclopédicos que otra cosa, y en realidad lo que me sentí impelido era a charlar de eso que se había, no digo olvidado, pero poco difundido. Está bien que internet no era lo masiva que es hoy y prenderte a ver páginas era un parto realmente. Para que bajara una página con un módem de 28k, una imagen o un correo con adjunto tenías que preparar la pava y tomar mate tranquilo.
En una de esas navegaciones me encontré con el Tano del sitio Dos potencias se saludan que estaba armando Rebelde. El rock argentino en los 70. Con Dina, también del sitio, abren una lista de correo: Rebelista. Y charla va, charla viene, gente que se prende a intercambiar, se pone más que interesante eso de rememorar. Dina y Tano me incentivan a publicar en sitio propio, y me ayudan a entender cómo cornos armar un html, armar las páginas, adherirme a un sitio gratuito, etc. Creo no equivocarme si te digo que las primeras cosas las hicimos en Geocities, que era un lugar de yahoo para páginas. Ya para el año dos mil, uno mas o menos, tenía ganas de poner lo que había hecho en un dominio propio, y contrato un host. El sitio se llamó "derockar", tenía un logo de un Superman pegándole una piña a las letras del sitio, muy onda retro, estaba bárbaro. Fijate en Internet Waybach Machine que ahí queda algo de aquel sitio.
La memoria, el concepto de memoria, era como una constante para mí. La búsqueda, la investigación, no tenían el sabor de la nostalgia, sino casi como una impotencia porque es algo que se pierde, por eso es importante rememorar. Alguna vez encontré este concepto de Andreas Huyssen que puse en en derockar: "A veces la obsesión por la memoria produce sólo olvido, o nostalgia, o distancia: la moda del revival, por ejemplo, nos hace recordar el pasado reciente como algo ya clausurado, cuando acaso aún está vivo en nosotros".
Mágicas Ruinas es algo así, no es un revival, solo una evocación a cosas que han sido contemporáneas, en algún momento de mi vida, y otra que tienden a perderse. Las ruinosas son una continuación extendida de derockar, y de lo aprehendido, más que nada emotivamente, en el intercambio que sostuvimos mucho tiempo en la Rebelista, con Tano, Dina; en la lista de correos que tenía, de Mágicas Ruinas; y de amigos que hoy día son más frecuentes que aquellas amistades previas a la existencia de internet en forma tan amplia como es hoy día.


GC: ¿Qué criterios utilizás para seleccionar el material a digitalizar? ¿Cómo organizás el proceso de digitalización y con qué herramientas (materiales y digitales) trabajás?

TM: El criterio principal es que el material haya pasado por mis manos. Salvo muy contadas colaboraciones, las revistas son de mis estantes. Otras cuestiones que he tomado en cuenta es ver si está en internet la crónica, si hay mucho reciclado de una crónica específica, opto por no subirla. Va mucho en la búsqueda, hoy día. Es decir, por ejemplo, reviso una crónica o un recorte de una revista y me pregunto (frecuentemente) quién o qué habrá sido de esa persona o tema. Voy evaluando y seleccionando en forma intuitiva. ¿Por qué intuitiva? ¡Es que es un sitio personal! Algunas personas, podrían llegar a ver al sitio lo algo así como que es un servicio público, un clipping virtual, pero es un hobby personal. Claro que si me piden algo, busco lo que tengo y lo doy.
La organización es a nivel marca de la revista, ensobrado y un mínimo orden para encontrarlas. La digitalización pasa por escanear en una revista revisada, primero las publicidades, luego dejar señaladas las fotos y las crónicas. Con las crónicas utilizo un software lector de caracteres. Pocas veces he transcripto manualmente, solo en casos de letras muy pequeñas, hojas manchadas o con escritura sobre fotos, etc. Después la lectura en un bloc de notas. Uso el bloc de notas, el .txt simple y sencillo, porque no da formato, me resulta fácil releer y corregir (el lector de caracteres suele pifiar) y copiar y pegar luego al html me resulta más práctico. Actualmente estoy haciendo una sola columna, aunque me resulta aburrido exponer así, para volcar contenido está bueno, y me da tiempo para seguir revisando revistas, y hacer cosas con las imágenes que voy separando, para complementar este hobby en facebook o instagram.
En cuanto al armado de la página, la plantilla es sencilla, y mientras las búsquedas sean por palabras entrar en otras cuestiones de estilo, apuntando el sitio más al contenido que a otra cosa no me atrae utilizar java u otras alternativas.
Volviendo a la digitalización, el tamaño de las revistas juega en contra. ¿Por qué? Pues un escaner para A4 no alcanza, y el costo de un A3 no se justifica. Entonces en revistas como Gente y la actualidad, o Siete Días Ilustrados, debo digitalizar algunas cosas que vienen a página entera en dos veces, cortar y pegar en un editor de imágenes. Tampoco que sea tan frecuente, pero con las tapas hay que tener cierto cuidado, para no deformar la realidad.


GC: ¿Qué intercambio tenés con otros usuarios de la web?

TM: Actualmente, y hablando en general los mensajes que recibo son de agradecimiento por haber subido algo. Ya sea por algún fan de determinada inclinación hacia un artista, orientación temática, o política, como de personas de cercanías familiares o de amistad para con alguna mención que hace una crónica o imagen que subo al sitio. Otras veces he subido cosas que asocio con nuestras realidades, con noticias actuales, y aunque no emita opinión, hay personas que se han disgustado. Más que nada por la forma que algunos mantienen en internet, para comunicarse. Es como que dan todo por sobreentendido. Si subo algo, algunas personas piensan que le estoy rindiendo homenaje o exaltando una situación o persona. Es ahí cuando se pierde el concepto de "evocación". Pero, bueno, internet es anárquica, y cada quien dispara para donde mejor le cuadre. Con otros sitios, el intercambio es a nivel enlaces, tanto por afinidad, como por gusto propio de algún sitio que visité.


GC: ¿Por qué te parece importante construir un archivo con textos de publicaciones periódicas populares argentinas del siglo XX en el siglo XXI?

TM: Es que si a futuro se descubre cómo viajar al pasado, al menos que se tengan referencias de cómo vestir o cómo hablar... ;-) Medio en broma, medio en serio, las referencias sobre hechos y personas suelen ser positivas. Cuando era joven había leído algunas cosas, de las cuales suelen quedar algunos versos o frases. Así como para entender el por qué, te tiro algunas que aún recuerdo: "Que lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado", una frase de Francisco Luis Bernárdez, de un libro que tenía mi viejo de ese autor; "...cómo a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor", un soneto de Manrique, que tenía que aprender de memoria en el colegio; "Y si miro esas mágicas ruinas que aún existen aquí / me siento seguro de que otras pisadas nos precedieron", unos versos de Más allá del valle del tiempo, una canción de Claudio Gabis, de la que partí para dar nombre al sitio. Como verás, la evocación ha sido mi punto de partida. La creación de un archivo, en un sitio en el que he volcado más de nueve mil páginas, desde el 2003 a esta parte, es la consecuencia, no el objetivo. Por suerte hace tiempo que muchas personas están digitalizando referencias del pasado, que sirven como estudio e investigación. En este aspecto y por afinidad, personalmente me gustan Ahira (Archivo Histórico de Revistas Argentinas), Ruinas Digitales y Cedinci. Son sitios que suelo referenciar cuando me consultan de revistas viejas. También me resultan importantes las digitalizaciones que hacen algunas universidades u organismos extranjeros, como el sitio de la biblioteca digital hispánica que ha digitalizado miles de revistas Caras y Caretas. Los diarios y revistas han digitalizado muy poco, respecto de la historia que ellos han tenido, como Clarín que ha digitalizado solamente las tapas del diario.
Alguna vez, por ejemplo, cuando recorría locales de compra-venta de revistas, me encontré con varios bultos preparados para embalar, y pregunté si podía revisarlo, la respuesta fue que esa cantidad de revistas de la época peronista estaban vendidas. Vendidas a una univerdad de USA. ¿Qué te quiero significar? Después de tantos años sería importante que en nuestro país, a nivel política de Estado, se digitalice más de las revistas o diarios ya que son una versión de lo ocurrido, de la cual muchos investigadores parten. Encontrar en una biblioteca estatal colecciones de revistas sigue siendo medio raro.
Digitalizar los temas de alcance popular son un marco para ver no solo cómo era una sociedad, sino también cómo se explicaban las cosas que ocurrían, cómo se publicitaba, e incluso cómo se utilizaba el idioma. Construir archivos con alusión al siglo pasado permite ampliar el análisis, tanto de la historia, como del presente. Ayuda, hasta en lo impensado. Suelo poner por ejemplo una situación que ocurrió con la plaza 1º de mayo. Cuando, no hace mucho, decidieron transformarla se encontraron con huesos humanos, y las conjeturas fueron muchas. Hasta que alguien dio una referencia sobre la historia de ese lugar, que alguna vez fuera cementerio.
Otra noticia dio como “hallazgo” un túnel por debajo del Riachuelo, que fue una obra que tenía que ver con la electricidad. Cosas inusuales, que aparecieron en revistas del pasado, y que una buena referencia de digitalización de cuestiones populares, hubiera facilitado el conocimiento rápidamente. Ni hablar de cuestiones vinculadas al estudio de cómo se trataban los temas de cuestiones de género a nivel masivo, las comidas, los remedios que se ofrecían, etc., hasta para elaboración de antecedentes en los proyectos legislativos.

¡Gracias, Tito querido! ¡A seguir recorriendo esas mágicas ruinas!

martes, julio 28, 2020

Tadeys: el saqueo de la lengua imperial, por Agustina Pérez

Este texto fue leído por Agustina Pérez, irresponsable a cargo de las redes sobre la obra de Osvaldo Lamborghini en IG, Fb y Tw, en la Feria de Editores Independientes el viernes 2 de agosto de 2019. La grabación de la mesa sobre Lamborghini y Laiseca y sus novelas (imposibles, ilegibles, ineludibles) se puede ver acá. Agradezco a Agustina P. su diálogo, su obsesión y su confianza. Y, sobre todo, su lectura apasionada de Osvaldo Lamborghini.


En los albores de 1980, Osvaldo Lamborghini parecía salir de un frasco para caer en otro. Luego de que la borrascosa dictadura lo arrastrara hasta Mar del Plata, un empujón firme de su familia, ya incapaz de lidiar con él, lo depositará en una inesperada Barcelona. Habrá aún una Vuelta y otra Ida, esta vez inexorable. Hasta que arrecie el temporal. Hanna Muck oficiará de novia-mecenas del escritor, y le brindará un techo seguro que ya no habría de abandonar hasta el final de su vida, en 1985.

Instalado en un módico destierro —casi un anagrama de desierto, acaso sus propias últimas poblaciones— Lamborghini trabaja en un raro y desbordante tríptico. Es precisamente otro desterrado llamado Maker, quien descubre a los tadeys, extrañas criaturas que darán a la novela, además de su título, su condición de posibilidad y sus límites. Si bien estos particulares especímenes ya habían orbitado en la obra del autor, fue necesaria la reclusión “en el cuarto de chusma” para que aparezcan en todo su esplendor y potencia.

Tadeys. Como si hubiese bebido una feroz cantidad de Gomsterffi, la novela, con paso tambaleante, avanza, voltea, se estanca, sigue, errática, propulsada por el empuje de un desborde narrativo que hace de la digresión su altivo emblema. Pese a su tendencia magmática, las tres secciones que la componen están unidas por un hilo en común. El autor que había asegurado que su tema es la matanza configura aquí un imperio cuya soberana es una violencia tenaz, monarca inclaudicable que sobrevuela los siglos desde una incómodamente próxima Edad Media hasta un presente difuso. Tadeys se escribe con la nitidez de la pesadilla, y lo que narra es un sueño que se vuelve real.

Lamborghini es explícito respecto a sus propósitos: “Tiene que tener, anoto, cada uno / su objeto de irrisión: / el mío es la patria”. Si bien LacOmar ocupa, por su desbordante extensión, una geografía imposible, esto no impidió que la crítica, viendo a trasluz el territorio, visualice, fantasmática pero nítida, a la Argentina. No obstante sería, cuanto menos, imprudente postular que Tadeys se restringe a ser una imagen deformada de la patria del autor. Sosteniendo la ambivalencia de las figuraciones que puedan espejear, me interesa revisar, de este territorio signado por la desmesura, qué usos se hacen de la lengua.

La Comarca, espacio inmenso unificado hace apenas tres siglos, está compuesta por una mezcla de pueblos que derivó en enredos lingüísticos y torpezas ortográficas. Este cataclismo exacerba aún más los problemas políticos y religiosos. La comunidad alucinada de Tadeys tiene la diversidad lingüística incrustada incluso en el nombre propio del país imperial, que oscila entre La Comarca y LacOmar. “La Comarca era un país rarísimo, rico, temible, desarrollado, culto, pero la barbarie –presente ya en el idioma, tal vez— por cortos períodos irrumpía”.

La misma hibridez acecha efectivamente al idioma oficial, el comarquí, un mejunje donde se superponen raíces latinas, eslavas, hebreas e incluso vascas, que se mezclaron de forma indisociable, al punto de que “ya ni siquiera se podía hablar de raíces”. Por su inacabamiento fundante, el estado del comarquí era aún “fetal”: pura potencia. No es casual que el euskera, cuya evidencia aún no ha podido ser relacionada con ninguna otra familia lingüística, desconociéndose su origen, venga a inmiscuirse y macular al estupefacto comarquí. En este sentido, puede pensárselo como una lengua acéfala, a-centrada y, por lo tanto, rizomática.

Como había detectado tempranamente Antonio Gramsci: toda lengua es impura, atravesada por tensiones entre fuerzas centrípetas y centrífugas, entre instancias de unificación y de dispersión. Un territorio complejo habitado por diferentes temporalidades, y, tan pronto como conserva huellas del pasado, deja emerger marcas diferenciales en una heterogeneidad que no es gratuita sino que habla la heterogeneidad social. La escritura en comarquí es compleja. Ocurría que “una frase larga, que empieza ‘a la occidental’, por ejemplo, puede, en la mitad, convertirse en una voluta insólita, donde aparecen por sorpresa signos de otros alfabetos, o —lo que es peor— signos engendrados por la mezcla (—contranatura—, reía Roy) de varios alfabetos”. Este sismo a nivel de la frase tenía su correlato incluso en las palabras, que se convertían en “una culebra con un cuerpo compuesto por dos mitades que no concordaban”.

Si escribir en comarquí es un problema, otro mucho mayor representa el trasladar un texto de una lengua extranjera a la natal. El comarquí y sus “piruetas (de circo)” son tierra fértil para el escándalo. Al traducir, tan solo “bastaba una pequeña pirueta para rebajar a Dios a Gran Tadey”. Enchastre sacrílego, la “superabundancia excremencial y sexual de la lengua de La Comarca” la vuelve una “lengua especial para crear una genial literatura popular, desbordante de erotismo y de funciones orgánicas naturales”.

En la lógica de Tadeys la lengua tiene una relación directa con el poder imperial, y este imperio a su vez es, como cualquier nacionalidad, una mezcla de impurezas. Pero la impureza de base del comarquí no quita que el poder estatal, insomne, esté siempre en guardia. Las medidas de la autoridad apuntan a la escritura: Taxio Vomir, quien redacta una obra que aclara la naturaleza del tadey, es quemado en la hoguera; el Padre Maker es condenado al exilio por su traducción; reescribir los textos se paga, a su vez, con el empalamiento. El Estado, denodadamente, interviene. Para mantener el imperio, la pureza lingüística es necesaria, por eso los habitantes “rígidos en los nombres de las personas, parece que son capaces de matarse por una pronunciación defectuosa”.

Con estos cimientos, ya está todo dado para que haya cuento. Entonces: érase una vez, en la lejana e inmensa región del imperio de LacOmar, un padre Maker, profesor de Teología y de Latín en la Universidad de Goms-Lomes, buen clérigo de la comunidad que, como tal, conocía de memoria, de principio a fin y en diversos idiomas, el Libro de los Libros. Tanto lo sabía y tanto congraciaba con el saber que de él prístino emanaba que decidió embarcarse en una cristiana –pero peligrosísima— tarea: traducir la biblia del latín al comarquí, llevarla desde esas letras empalidecidas, muertas, a la calurosa habla materna del pueblo. Pero –siempre hay un pero para que haya cuento—:

Era una lástima, una traicionera puñalada de la historia, pero gran parte de los giros y vocablos latinos, al pasar a su ‘amada lengua natal’, se convertían en dobles sentidos, en equívocos tales que ellos, hasta los luchadores contra el fanatismo, advirtieron sinceramente la pezuña del Maligno.

Así fue como aquella Biblia sobre la cual durmió durante siglos la hegemonía occidental, se volvió, traducida a la lengua materna, un libro pornográfico y soez.

Los contextos de producción y de reproducción de esta versión son elocuentes: Maker escribe su traducción en un vestidor en una habitación de burdel, mientras la ramera atiende, y paga a una puta a cambio de que oiga su versión, a la vez que sus amigos la copian emborrachándose en la taberna. Hedores de sexo y vahos alcohólicos empaparon desde su concepción a la traducción. Por otra parte, Maker no solo firma su traducción, con altanería: incluso da su beneplácito para que algunos amigos la copien, se expande como una peste textual.

Durante su estancia catalana, Lamborghini se acomodará plácidamente en dos procedimientos que habían sobrevolado su producción. Se trata del errar a la letra, un pequeño desliz significante de consecuencias, mayormente, fatales, catastróficas, para el sentido. El otro procedimiento es la escansión incorrecta, mala dicción (o dicción en contra) donde se separan de forma anómala las sílabas, produciendo saltos en los significados. Estos resbalones de la grafía que provocan una Caída de resonancias bíblicas aparecen en la traducción de la Biblia al comarquí.

La traducción de Maker es “completa y literal”. Quisiera arriesgar que es precisamente su carácter literal el que la vuelve una “máquina porno-agresiva del Libro de los Libros”. Su versión pone en primer plano la materialidad de la lengua, lo concreto, y el problema de la traducción es que traslada todo descuidando los sentidos abstractos y simbólicos.  Así, se traduce “representante de la manada” por “miembro de la mamada”, “‘bajar al pesebre” por “chupar la vulva’”, o “‘Yo, el espíritu’” por “el Ridi-culo”.

El irredimible delito es que “Maker, patriotero de la lengua, traducía demasiadas palabras latinas a su ‘amada lengua natal’”. Lo que se deja leer en este gesto es la práctica de una traducción-torción que opera como marca de este estilo y, a su vez, como práctica glotopolítica que permite horadar las bases imperiales al desestabilizar la homogeneidad en la que quiere fundamentar su hegemonía la lengua única. Las lenguas imperiales, lo sabía Nicolás Rosa, sólo exigen una traducción unilingüe: todo debe ser escrito en la lengua imperial, todo deber ser traducido al alfabeto pre-babélico. Por eso, la lengua imperial se opone violentamente a la dispersión lingüística y a la ambivalencia de la traducción.

En LacOmar, se suponía al latín una lengua sagrada, la Voz de Dios. A la llegada de la traducción, la llegada del castigo: el rey condena a los copistas a la horca, a los poseedores de copias a las galeras, y empala a los vendedores clandestinos. Al padre Maker le toca un destino quizá peor: el destierro. Pero ninguna de estas medidas resulta eficaz, pues la traducción está hecha y genera un mestizaje incontrolable.

En la versión “de la vulgata latina a la vulgata… hampona… del idioma de LacOmar”, código lingüístico y código religioso pierden su estatuto de impostada pureza y acaban por igual grotescamente corrompidos. Si para la tradición occidental la Biblia es el Bien, la versión de Maker es el Mal, un Mal anexado de forma indisoluble a un escribir-Mal.

 La traducción de Maker, entonces, solo deja al descubierto lo que el texto fuente susurraba: “el inconsciente de la Iglesia era porno y ridículo, como un lunfardo pretencioso”. Como señala Obitur, quien supo gobernar sobre los extensos territorios de LacOmar, “la Biblia” es “el gran libro pornográfico. Todos, todos los libros incestuosos, sodomitas, sádicos. Lo desafío, monseñor. Nómbreme alguno que no lo sea”.

La apuesta de Lamborghini se juega en oponer a la lengua fascista la violencia de los lenguajes extralimitados y, simultáneamente, la desorganización de los núcleos sintácticos y semánticos. Como se lee en uno de sus poemas, para el autor “EL “ESPAÑOL” ES/ UNA GUALÉN” , y la apuesta contra la uniformidad lingüística se jugará, precisamente, en el estilo singularísimo que se tensiona en los tironeos de esta ‘gualén’, dialéctica sin síntesis entre desvío e inversión.

domingo, julio 26, 2020

Tres documentales tres: Benesdra, Greco y la juntidad de la bohemia porteña

Hace unos meses vengo mirando algunos documentales que tenía pendientes. Recomiendo, en esta oportunidad, estos tres: uno sobre Salvador Benesdra y su novela El traductor; otro sobre Alberto Greco y su radical propuesta artística; y otro sobre la bohemia porteña de los 70 y de los 90. Las tres películas exploran bordes excéntricos de la cultura argentina, personas inolvidables e imágenes que condensan poéticas y formas de entender el mundo. Pasen y vean!



Sobre Salvador Benesdra y su novela El traductor: Entre gatos universalmente pardos, de Ariel Borenstein y Damián Finvarb




Sobre Alberto Greco, creador del Vivo Dito: Alberto Greco obra fuera de catálogo, de Paula Pellejero



Sobre la bohemia porteña de los 70 y los 90: La juntidad espeluzante, de Jorge Quiroga y Martín Carmona

jueves, julio 23, 2020

Bob Chow en el basurero de la historia

Bob Chow, novelista argentino. Esta es una invitación a leer a Bob Chow. Ahí están sus novelas, a mano, en un terreno bombardeado, conocido como La Gran Llanura de los Chistes. El recorrido por las móais de la literatura argentina actual está planteado: El momento de debilidad, El Águila ha llegado, La máquina de rezar, Todos contra todos y cada uno contra sí mismo, Chocar al mono, Invierno de impacto. También hay pequeños monolitos: recopilados en la antología Mañana será diferente; otro publicado por la revista Invisibles "El Batman de San Marcos Sierras"...
Hace unos años, cuando Bob Chow ganó un premio con su novela Todos contra todos..., le hice algunas preguntas. Luego, me tocó o decidí escribir un par de reseñas sobre sus novelas El Águila ha llegado y La máquina de rezar para algunas revistas virtuales. Bob Chow traía buenas noticias al mercado editorial, que se caracteriza por su homogeneidad, por su insistencia, por su meseta...
¿Por qué leer a Bob Chow? Porque en sus novelas hay humor y aventuras, tramas de delirio y tecnología. Los fantasmas de Pynchon y Burroughs juegan rol en el siglo XXI. Dejo un par de reseñas que escribí en aquel entonces y la invitación a conocer el mundo de Bob Chow. ¡Bienvenido, Bob!


Bob Chow, El Águila ha llegado, Nudista, 2016.

A partir del encuentro con el Águila, Chow desdobla la narración e introduce, como si de una muñeca rusa se tratara, una novela escrita por Solange Segula que arrastra el relato a niveles delirantes comparables con las novelas de Thomas Pynchon. A partir de esta subnovela, de corte policial-paranoico, el presidente Scioling, chinos hasta en Marte, asesinos seriales del futuro y extraños hologramas místicos comienzan a cruzarse con las canciones de Segula, sus visitas a una psicóloga y la espera del hombre en coma en la Clínica Kimifusa. Como lo quería William Burroughs, en la novela de Chow, el lenguaje humano es un virus: se replica, contagia, infecta de delirio y paranoia la trama del paciente y su compañía.

Se puede leer completa acá.



Bob Chow, La máquina de rezar, Ed. Marciana, 2016.

Efectivamente, se esfuerza la máquina de noche y de día y el protagonista conoce a Valentina en Amsterdam, prueba una marihuana increíble llamada Alien Technology y, luego, a los dos les sale una película para filmar un Batman alternativo, trash, tercermundista. Se van, entonces, para Irak, lugar elegido como locación. Llegan a Bagdad, parque de diversiones del mal, y filman, filman y filman esperando nuevas instrucciones del director, directivas a distancia. Además de filmar, cojen y fuman y andan por ahí, embelesados por el territorio en el que cayeron, como aliens recién llegados a la Tierra.

Se puede leer completa acá.

lunes, julio 20, 2020

Laiseca en el Moderno, 1968

El vínculo inicial (¿iniciático?) entre Alberto Laiseca, su llegada a Buenos Aires hacia 1966, y el bar Moderno todavía conserva aristas por descubrir. Ubicado en Maipú 918, entre Paraguay y Charcas, el bar mítico de la Manzana Loca aparece mencionado o a través de algunos de sus habitúes en varias novelas del conde.
Por ejemplo, encontramos mencionado el bar en algún relato de Gracias Chanchúbelo y en Por favor, pláguienme. También, es posible cruzarse ficcionalmente con Marcelo Fox (El jardín de las máquinas parlantes, Los sorias y otras menciones menores en varias obras), mariani (Los sorias), Sergio Mulet (Las aventuras de un novelista atonal), y Horacio "Pepe" Romeu (Matando enanos a garrotazos), entre otros a descubrir. Es como si los recuerdos y las experiencias de Laiseca en el Moderno se entrelazaran en filigrana con sus relatos...
También Laiseca ha sabido mencionar el bar Moderno en varias entrevistas como un lugar central para su contacto juvenil con el campo cultural porteño. De dichas menciones da cuenta la valiosa entrada, "Moderno", del "Abecedario Laiseca", armado por Guido Herzovich, para la revista El Ansia, n. 1 (2013):

MODERNO. “Estaba de peón cuando vi un barbudo de pelo largo. ‘Debe ser un intelectual’, pensé. Y le hablé: ‘Mirá… vengo de afuera, recién estoy en Buenos Aires, ¿no hay algún lugar donde se reúnan escritores?’. Y curiosamente el tipo no se me rió y me contestó: ‘Sí, hay un lugar donde se reúnen pintores, escritores, poetas, es el Bar Moderno, que queda en la calle Maipú al 800 y pico’. Y ahí fui, empecé a conocer gente, leía mis cosas, mis manuscritos. (…) El Moderno me cambió la vida a mí. No existe más, pobrecito: qué desgracia” (Entrevista de Gabriela Cabezón Cámara, Ñ, 20/5/2011). El Moderno quedaba en realidad en el 918 de Maipú, cerca de Paraguay. Corría el 66: Laiseca tenía veinticinco años. Además de la fauna variada del Di Tella —que estaba a la vuelta—, lo frecuentaban los integrantes del grupo Opium (Sergio Mulet, Reynaldo Mariani, Ruy Rodríguez), “beatniks argentinos”, amigos del también habitué Néstor Sánchez. “Nos conocimos en revistas, en bares, en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”, informaba el primer panfleto de Opium. Entre los compañeros de mesa del Moderno, el que retorna con más regularidad en los relatos de Lai es Marcelo Fox: hijo de una familia bien, maldito vocacional, suicida a los treintitantos —decapitado por un tren—, escribió un par de libros inhallables que, según Lai, su familia quiere conservar así. “No quieren que se sepa que el hijo era un monstruo”. Monstruosidad de época que a Lai no le fue del todo ajena: vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver sin cabeza. Esas charlas de café tal vez sean un elemento importante en la genealogía del delirio laisequiano, que se entroncaría así, en una tangente inesperada respecto de sus referencias explícitas, con lo más moderno de la escena estética del medio siglo: el seudo-surrealismo local, las pandillas de Aldo Pellegrini (a quien Darío Canton dice haber visto en el Moderno), el conceptualismo y el arte de los medios, los inicios del rock argentino. (Herzovich, Guido. “Abecedario Laiseca”, en El Ansia, n. 1, 2013)

En fin, baste rememorar algunas notas de ese íntimo vinculo entre Alberto Laiseca y el bar Moderno. Me gusta seguir buscando otros ejes de lectura en su obra, que se corran lateralmente del "realismo delirante" y que abran la puerta a los cruces entre vida y obra, biografía y literatura.
De yapa, dos fotos de 1968 que vienen circulando hace un tiempo en Facebook (gracias a Marcelo Sztrum y a Víctor Kesselman). En estas, Laiseca comparte mesa con miembros de la obra La Orestiada (una obra a la que, más vale tarde que nunca, le dedicaré un post) pero también con mariani y con Alejandro Medina (de Manal), entre otros. Como FB, esa red social vetusta, no tiene ninguna amabilidad para el archivo, aquí van para que puedan encontrarse y disfrutarse:


FOTO 1: Laiseca en el Moderno, 1968


Desde el centro hacia la izquierda: Graciela Dellepiane Rawson, Víctor Kesselman, Alfredo Slavutzky, Horacio "Pepe" Romeu, Marcelo Sztrum, Alberto Laiseca, Rubén de León. Alejandro Medina, Jorge Centofanti. Bar Moderno, 1968. Foto tomada por ¿?


FOTO 2: Laiseca en el Moderno, 1968


Desde la izquierda: Alfredo Slavutzky, Horacio "Pepe" Romeu, Marcelo Sztrum, Alberto Laiseca, Rubén de León, reynaldo mariani, Alejandro Medina, Jorge Centofanti, Graciela Dellepiane Rawson. Bar Moderno, 1968. Foto tomada por Víctor Kesselman.

viernes, julio 17, 2020

Oficios Lectores: Emisiones 8, 9 y 10

El amigo Vespa sigue buceando en las profundidades del mundo del libro argentino con su ciclo "Oficios Lectores".

En la Emisión 8, conversa con Martín Jalí, del Club de libros Escape a Plutón, sobre cómo construir comunidades en entornos digitales. Pueden verla acá:



En la Emisión 9, la charla presenta a Andrea Schvartzman, quien forma parte de los Talleres Gráficos Elías Porter, para conversar sobre la impresión de libros. Puede verse acá:



Finalmente, la Emisión 10 consiste en una entrevista informal a Lucila Schonfeld sobre "¿Cómo cuidar los libros desde su producción?". Pueden verla acá:

lunes, julio 13, 2020

Escrituras excéntricas (2): Selección de Augusto Munaro

En esta oportunidad, el periodista, escritor y lector Augusto Munaro seleccionó a tres autores y sus escrituras excéntricas. Augusto ha construido en estos años una mirada alternativa de la literatura nacional a través de su participación en redes sociales y de la experimentación de su propia obra narrativa (Las cartas secretas de Georges de Broca, Celuloide, El busto de Chiara, Incrustaciones dubaitíes, por nombrar solo algunos...).
En fin, estas son las escrituras excéntricas recogidas por Augusto. ¡Pasen y lean!


Tres momentos/ 3 autores de ayer y de hoy


I. Ignacio Ezcurra

¿Mártir del periodismo? Cuando estudiaba periodismo, de esto hace un cuarto de siglo, un profesor nombró al periodista argentino muerto en Vietnam, Ignacio Ezcurra (1939-68). Nadie en la clase lo conocía. Unos años más tarde Elefante Blanco lo reeditó, a través de una tirada reducida, y volvió a circular, aunque modestamente. Cada año se lo recuerda como el “único periodista latinoamericano en Vietnam”, y nada más.
Si leemos su libro póstumo Hasta Vietnam, la edición de Emecé del 72 es preciosa, hay mucho más que su historia trágica. Ezcurra ante todo es un estilo. La prosa comprometida de sus crónicas, limpia de toda adjetivación gratuita, siempre resultan intensas. Nada sobra, nada está de más. Conciso, sus textos son realmente atemporales. Reflejan una época, claro. Los 60. Walsh, Lastra, el querido y malogrado Rozenmacher, Briante; un realismo crudo. Pero en el caso de Ezcurra, es más sutil y dinámico. Casi estaba por escribir “lírico”, pero no. Murió a los 28 años. Hay un recuerdo por ahí sobre él, de Oriana Fallaci, francamente conmovedor. A veces me lo imagino, como Conti, como Costantini, escribiendo una novela generacional. Sería algo parecido a Enrique Wernicke pero más sutil. ¿Se puede imaginar El agua a través de los ojos de Manucho? Imagen: Portada de Hasta Vietnam (Emecé, 1972).



II. Wally Zenner

¿Alguien recuerda a Wally Zenner (1905-1996)? Me crucé con su nombre por primera vez en el infinito Borges (Destino, 2006), de Adolfo Bioy Casares. Aquel índice onomástico incompleto, contenía unos escasos datos sobre ella. Un par de fechas que indicaban una existencia longeva (1905-96), y una escueta bibliografía, no mucho más. Con los años supe que fue además de poeta vanguardista, traductora, y docente, una de las más destacadas declamadoras de su época. Puso su voz a programas culturales, donde recitó notables poesías. Fundó y dirigió el “Teatro Experimental Espondeo” (término que remite a la métrica poética y se refiere, puntualmente, al pie de la poesía clásica griega y latina que está compuesto de dos sílabas largas), allí puso en escena sus traducciones de obras europeas. Habría que enumerar e investigar con precisión el total de obras que dirigió en ese contexto.
Zenner escribió poemarios valiosos, entre algunos, el perplejo y fúnebre Encuentro en el allá seguro (Viau y Zona, 1931), “Moradas de la pena altiva” (Colombo, 1932), “Soledades” (1934); “Vocación de alabanza” (1946); Antigua lumbre (1949). El primero y último de los libros llevan textos de Borges.
Según cuenta la leyenda, Zenner tenía una voz estupenda, al punto de ser más recordada por esos atributos que por los de su poesía. El libro de Borges Cuaderno San Martín (Proa, 1929) contiene un poema dedicado a ella (que, dicho sea de paso, luego suprimió tras considerarlo imperfecto).
Tal vez sea un buen momento para reeditar la obra lírica de Wally Zenner. Versos breves, emocionales por la “persuasión patética de su voz” (si nos dejamos guiar por las palabras precisas, sutiles de Borges). Una voz que permanece en la oscuridad hace más de 70 años. Imagen: Portada de Antigua lumbre (1949).


III. Luisa Sofovich

Lo que ocurrió con esta escritora argentina es bastante atípico. Hoy, además de que nadie la recuerde (y mucho menos la lea), se la reduce únicamente como tía del reconocido productor y director de espectáculos, Gerardo Sofovich, y como esposa del excéntrico y multifacético Ramón Gómez de la Serna. La pobre Luisa Sofovich (1905-1970) ha quedado demasiado relegada.
Sus libros fueron originales y muy dispares entre sí (por estilo y temática, no en términos de calidad literaria): Historias de cuervos (Losada, 1945), El ramo (Ediciones Huella, 1943); La sonrisa (Ediciones de “La Peña”, 1933), El baile (Losada, 1958), o su admirable Siluetas en negro (Ed. Sudamericana, 1950); incluso, escribió Biografía de la Gioconda (Espasa Calpe, 1953).
Sofovich fue una escritora plural, que encaraba diferentes registros con la misma altura inventiva. Sus libros octogenarios ya circulan en librerías de viejo, pero sin pena ni gloria. Nadie la nombra. Ni siquiera una calle. ¿Por qué debería reeditarse su obra? Acaso, y sobre todo, por La gruta artificial (Ediciones de La Sociedad Amigos del Libro Rioplatense, 1936). Se trata de un libro de relatos potente, donde el ritmo narrativo alcanza, por momentos, un grado de madurez superior al de Norah Lange o las hermanas Grondona, por nombrar a escritoras contemporáneas suyas. Mientras tanto, hace medio siglo que Luisa Sofovich descansa en el cementerio de Olivos, y en los anaqueles de las librerías de viejo. Aguardando, en silencio. Imagen: Portada de La gruta artificial (1936).


¡Gracias, Augusto Munaro, por tu participación con estas escrituras excéntricas!
 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle