martes, abril 14, 2015

Una transformación se había puesto en marcha...


Traducción de un fragmento de Sumisión, de Michel Houellebecq por el colaborador y amigo Guido Gamba
En el shopping Italie 2, las cosas apenas habían cambiado. Tal como me imaginé, el local “Jennyfer” había desaparecido, reemplazado por una especie de local bio-rural de aceites esenciales, shampoos con aceite de oliva y de miel de Garrigue. El local de “L’Homme Moderne”, ubicado en una zona más bien marginal del segundo piso, también había cerrado –y, por el momento, sin reemplazo. Sin embargo, sobre todas las cosas, era el público en sí lo que había sutilmente cambiado. Como todos los shoppings –aunque, obviamente, mucho menos que el de la Défense o el de Les Halles–, el Italie 2 siempre había atraído una cantidad muy importante de pibes cabeza… Ahora, habían totalmente desaparecido.
La ropa de las mujeres también había cambiado. Me di cuenta bastante rápido, a pesar de no poder terminar de entender la diferencia. La cantidad de velos apenas si había aumentado, no era eso. Estuve dando vueltas una hora hasta terminar de entender qué era lo que en efecto se había alterado: todas las mujeres tenían puesto un pantalón. Mirarle el culo a las mujeres, la reconstrucción mental de la concha en la intersección de los cachetes, proceso cuyo poder de excitación es directamente proporcional a la longitud descubierta de las piernas; todo eso era para mí tan involuntario y maquinal, genético de cierta forma, que no me había dado cuenta de entrada, pero la realidad se me hacía evidente: los vestidos y las polleras habían desaparecido. Se empezaba a ver una prenda nueva, una especie de blusa de algodón, larga hasta las caderas, que jodía bastante todo interés objetivo en los pantalones ajustados que algunas mujeres habrían podido eventualmente usar. Con respecto a los shorts, claramente estaban fuera de discusión. La contemplación del culo femenino, mínima consolación ensoñadora, se había vuelto imposible.
Una transformación se había puesto en marcha, una especie de metamorfosis objetiva estaba llegando.

viernes, abril 10, 2015

entre ruinas y umbrales

Primera entrega: la escritura es un hecho atómico (sobre hecho atómico ediciones)
Segunda entrega: los matices del gris (sobre 17grises editora)
Tercera entrega: una mirada extrañada (sobre China editora)
Cuarta entrega: las huellas de la imaginación (sobre Fiordo editorial)
Quinta entrega: seguir el hilo rojo (sobre Hilo rojo editores)
Sexta entrega: cuidado con el libro (sobre Cave librum editorial) 
Séptima entrega: trazar recorridos (sobre Excursiones editorial)
Octava entrega: atípicos (sobre editorial Letranomáda)
Novena entrega: conexiones íntimas (sobre Santiago Arcos editor)
Décima entrega: la juntidad espeluznante (sobre La Comarca libros)
Undécima entrega: el deseo de editar (sobre Palabras amarillas ediciones)
Duodécima entrega: entre lo exótico y lo familiar (sobre Páprika editorial)
Décimotercera entrega: cómo narrar lo contemporáneo (sobre Momofuku libros)

Va otra editorial encuestada. En este caso, se trata de Cabiria ediciones (facebook, blog, twitter). Hace unos años, tuve la oportunidad de leer, disfrutar y reseñar uno de sus primeros títulos, Castellani crítico, de Diego Bentivegna. Desde entonces, Cabiria ha seguido incursionando por las áreas de la crítica literaria y el análisis del discurso pero también ampliándose a otros horizontes: la poesía y los problemas relacionados con la lectura y la escritura. En todo caso, dejemos hablar a uno de sus editores, Diego Bentivegna, quien expresa con más pericia las ruinas y los umbrales que explora Cabiria.


GC: ¿Por qué la editorial se llama Cabiria? ¿A quién o a qué remite la efigie que tomaron como ícono?
C: El nombre es más que nada un efecto de sentido, nos interesa lo que produce en el orden de la connotación. Cabiria es el nombre de una de las películas más importantes del cine mudo, tal vez la más famosa producida por los estudios italianos, en la que participó entre otros D'Annunzio. El cruce entre imagen, mutismo, literatura, viaje, arqueología (es una película ambientada en la antigüedad romana), gesto, maquillaje, ruina, decorado, delirio, seguramente estuvo en la base de esa elección. Pero Cabiria es, también, el nombre de uno de los personajes más célebres del cine de posguerra: Las noches de Cabiria, de Fellini, en la que participó Pasolini como consultor lingüístico, porque es una película que, en la línea del neorrealismo, trabaja con direrentes resigtros dialectales, populares. Cabiria es el nombre que adopta la protagonista, una prostituta que vive la noche de los suburbios romanos, en los años de posguerra. Ese mundo para nosotros es muy fuerte. Los dos (Mateo Niro y yo [Diego Bentivegna]) somos hijos de italianos que llegaron a la Argentina en los años de posguerra. De algún modo, el nombre habla de nosotros.




GC: ¿Cuál es el lugar de la crítica, en sentido amplio, en el catálogo? ¿Cómo deciden los títulos?
C: Los títulos los decidimos por nuestros intereses, que se centran en la crítica literaria en un sentido amplio, en el análisis del discurso, en lo textual, en los problemas relacionados con la lectura y la escritura. Muchas veces diseñamos un libro posible y convocamos a autores que creemos que pueden llevarlo adelante, gente relacionada con nosotros por lazos académicos o de amistad. La crítica, en este punto, ocupa un lugar notable.

GC: ¿Qué relación tiene la editorial con los espacios académicos y de investigación cultural?
C: Tiene una relación fluida. Provenimos del mundo académico y producimos gran parte de nuestros propios textos en ese marco. Nuestras redes son centralmente académicas, aun cuando la editorial, por supuesto, no se cierre a otros espacios.


GC: Algunos de los títulos publicados son antologías, ¿qué piensan de la antología como género? ¿Qué potencia editorial le encuentran?
C: Nos parecen útiles para reponer algunos tramos del archivo discursivo argentino, muchas veces de difícil acceso.

GC: Parece haber un afán arqueológico en libros como Castellani crítico, de Diego Bentivegna o Voces y ecos, antología de Mara Glozman y Daniela Lauría, ¿reconocen esa intención? ¿Hay una búsqueda de debates y figuras opacados por el tiempo o la falta de atención?
C: Sí, aunque “afán arqueológico” nos suena un poco exagerado. Sí es cierto que en parte el proyecto de la editorial se relaciona con releer ciertas zonas del archivo, pero siempre desde una perspectiva dinámica, en relación con los debates actuales. Los libros que nombrás intentan no ser sólo un recorrido del pasado textual, sino que se piensan como intervenciones críticas, y políticas, en el marco de los debates en torno a la lengua y la literatura legítimas en la argentina.


GC: ¿Qué títulos piensan publicar en 2015?
C: Se viene un libro de Mario Méndez, escritor, editor y docente, de conversaciones con escritores de literatura infantil y juvenil de Argentina, en coedición con editorial Amauta, y tres libros de poesía (de Cecilia Romana, Marina Serrano y Diego Bentivegna) de la colección Vidanueva. También estamos trabajando en un libro sobre el anarquismo de nuestro país, de Mariana di Stefano.

domingo, abril 05, 2015

Voy


Paradiso Ediciones
invita a la presentación de
Miss Once, de María Pia López

Presentan
Laura Rosato, Malena Rey
y Osvaldo Baigorria

Jueves 9 de abril, 19:00 hs,
Bar del Centro Universitario de Idiomas,
Junín 224
Entrada libre y gratuita.

miércoles, abril 01, 2015

Un puñado de razones para leer El caos, de J. R. Wilcock


La reedición de la obra de J. R. Wilcock solo puede ser un motivo de alegría, un acto de reparación literaria. La editorial La bestia equilátera acaba de republicar el primer libro de relatos de Wilcock traducido al español, El caos (1974), al cual nos hemos referido varias veces en este blog. 
Para el año, además, proyectan la reedición de El estereoscopio de los solitarios (1972), una obra compuesta por relatos breves, que hace serie con El libro de los monstruos (1978) y La sinagoga de los iconoclastas (1972). La justicia será más acabada cuando se reedite, por ejemplo, El templo etrusco (1973), una novela que podría sorprender a más de un lector de Copi o de Aira y hacerle sentir que estos solo descubrieron la pólvora.
En todo caso, conviene revisar algunos motivos por los que leer o releer El caos, de J. R. Wilcock podría ser un buena idea:
1. El relato que abre la obra, titulado "El caos", es un ajuste de cuentas con Borges. Aislado, estrábico y obsesionado con el universo, el protagonista organiza una fiesta para sembrar el caos, en diálogo alucinante con "La lotería en Babilonia":
Fue entonces cuando me decidí a organizar mi primera fiesta realmente caótica. Ante todo, los lacayos tenían orden de no conducir a los invitados directamente al gran salón, sino a las diversas dependencias del palacio, cada uno a un lugar distinto: al cuarto de las lámparas, a la cocina, al dormitorio de una mucama en el último piso, a la capilla, al gallinero. Allí los dejaban, que se arreglaran como mejor pudieran. Para los que a pesar de todo lograban llegar al gran salón, donde ni yo ni nadie de la familia los esperaba, la orquesta debía tocar piezas de baile que empezaban normalmente, para volverse cada vez más lentas, hasta un punto en que el baile se hacía imposible. Los criados ofrecían atrayentes refrigerios, en las tradicionales bandejas de plata, que luego resultaban ser —pero no siempre, porque entonces no habrían causado tanto efecto— sándwiches de gusanos, albóndigas de aserrín, o bocadillos con tajadas de víbora. Además circulaban por los salones labradores y mozos de mercado, con sus ropas de trabajo, y una multitud de obreros que efectuaban reparaciones en las puertas, los techos y los muebles de las habitaciones, sin preocuparse por la presencia de la flor y nata de nuestra aristocracia. En los jardines hice instalar además una cantidad de trampas: pozos disimulados con hojas, lazos atados a las puntas de los árboles, jaulas como cenadores que se cerraban apenas entraba en ellas la pareja adúltera deseosa de aislamiento.
La fiesta en cuestión fue un gran éxito; superado el primer momento de desconcierto, los invitados se entregaron a la exploración del caos con renovadas energías y —exceptuando claro está a los más ancianos y a los hipócritas, que se retiraron en seguida— tanto se divirtieron que era ya de día cuando hubo que echarlos con mangueras y regaderas, porque no se querían ir. Pero yo, en cambio, no estaba plenamente satisfecho del resultado: me parecía que al fin de cuentas se había tratado de una fiesta un poco más movida que las anteriores, y nada más. Nada, en verdad, que pudiera compararse con un verdadero caos. Debía refinar mis métodos, aplicar en mayor escala mi ingenio; debía, sobre todo, convertir a los infieles: no era admisible que los huéspedes se volvieran a sus casas, a proseguir la existencia ordenada de todos los días. Debía introducir el azar hasta el fondo mismo de sus vidas.
2. Entre los relatos de El caos, se encuentra "Casandra". Wilcock imagina un país en el que Casandra, una vagabunda que ha devenido en figura carismática y poderosa gracias al Arcontado de Entretenimientos, conmueve a masas de suplicantes y visitantes a los que atrae con sus palabras, sus vestidos y sus desplantes. Esta evidente ficcionalización de la figura de Evita fue soslayada por muchas lecturas que atoradas con "Esa mujer", de Walsh o con "Evita vive", de Perlongher, no advirtieron la existencia de este relato. "Casandra" comienza así:
Desde lejos se ven los estaqueados, los enterrados hasta el cuello en el barro helado, los flagelados. La gruta queda en el fondo de una hondonada pedregosa, labrada según dicen por la erosión de los glaciares, y situada aproximadamente en el centro del pentágono que forman las cinco ciudades principales de nuestro tetrarcado. No es una gruta, es una casa; pero conserva su nombre de gruta porque Casandra, en otras épocas, cuando todavía era una escuálida vagabunda, solía refugiarse en una gruta cerca del puerto, y con su persistencia de trastornada siguió llamando gruta primero la casilla de madera que en cierto momento le instaló el Arcontado de Entretenimientos, y luego la espléndida casa-templo que su popularidad vertiginosa no tardó en exigir.
Los turistas del Asia Menor, de Sicilia y de Egipto vienen a visitar nuestro país exclusivamente atraídos por la fama de Casandra. Afluyen en multitud, aun sabiendo que muchos no volverán, o volverán esclavos de sus esclavos, o inválidos, o ciegos. Hasta se murmura que la Capadocia no nos declaró la guerra porque su rey no quiso ofender a Casandra (¡como si algo pudiera influir sobre sus decisiones!).
3. "El niño proletario", de Osvaldo Lamborghini está anticipado en las páginas de este libro de cuentos de Wilcock. Tal como lo señaló Ricardo Strafacce en el último número de la revista Mancilla, "La fiesta de los enanos" es una narración precursora del cuento lamborghiniano. Extraña que tan pocos se hayan dado cuenta, que tan pocos lo hayan sumado en esa serie de relatos sobre la violencia política en Argentina que incluye textos ya obvios como El matadero, de Echeverría o "La fiesta del monstruo", de Borges y Bioy Casares pero que ha dejado de lado el cuento de Wilcock en el que se leen cosas como estas:
—¿Por qué estoy atado? —le preguntó Raúl, que no entendía todavía lo que ocurría.
Sin tomarse la molestia de contestarle, el enano procedió a arrancarle el pijama y la camiseta, con la ayuda del cuchillo de caza; luego, para probar la temperatura, le trazó una raya sobre el pecho con el soldador, desde la garganta hasta el ombligo. Al oír el grito prolongado del muchacho, entró Anfio, arrastrando su cola roja y negra: traía en la mano el gran cisne blanco de Güendolina, con el cual acababa de empolvarse el pelo de la cara y del cuello. Pero apenas vio el soldador dejó caer el cisne y trató de apoderarse del aparato eléctrico.
Présule no quería dárselo; tanto insistió y tironeó sin embargo su compañero, que finalmente le concedió permiso para que también él hiciera un dibujo sobre el vientre de Raúl. Con una sonrisa angelical en los labios, Anfio trazó sobre la piel tersa y morena una carita provista de ojos, nariz, boca y orejas. Cuando terminó, el muchacho se había desmayado.
4. El caos recopila un cuento fantástico humorístico y delirante insoslayable que ya había sido recopilado por Borges, Bioy y Silvina Ocampo en la Antología de la literatura fantástica (1940). Hablo de "Los donguis", que empieza cruzando una historia de construcciones en Mendoza (que Wilcock retoma in extenso en El ingeniero) y deriva en la afirmación de que la raza humana estaría pronta a desaparecer por la aparición de los donguis. Para muestra, basta este extracto:

Balsocci. -Por ese hueco aparecieron los donguis.
Yo. -¿Qué son?
Balsa. -Ahora le explico...
Balsocci. -Dicen que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la Tierra.
Balsa. -Espere que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le condensan la opinión de los sabios extranjeros y de los sabios argentinos. Yo los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo animal que le llama dongui...
Balsocci. -Lo llaman dongui porque el que los estudió primero fue un biólogo francés Donneguy (lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui.
Yo.-¿Es un chancho?
Balsa. -Parece un lechón medio transparente.
Yo. -¿Y qué hace el dongui?
Balsa. -Tiene tan adelantado el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan lo que ven. ¡Qué porquería de animal!
Balsocci. -Son ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón transparente.
Yo. -¿Se reproducen?
Balsa. -Como la peste. Por brotes, imagínese.
Yo. -¿Y son de Boedo?

martes, marzo 24, 2015

Todos somos Osvaldo Lamborghini (Entrega 8)

Entrega 1: "La seducción del gesto" de Antonio Marimón (Punto de Vista, nº 36, 1989).
Entrega 2: Reseña sobre El fiord de Oscar Steimberg (Los Libros, nº5, 1969).
Entrega 3: "[Sobre] Sebregondi retrocede" de Héctor Libertella (en Nueva escritura en Latinoamérica, 1977).
Entrega 4: "De la inasible catadura de Osvaldo Lamborghini" de Sergio Chejfec (Babel, nº 10, 1989).
Entrega 5: "Lengua: ¡sonaste!" de Alan Pauls (Babel, nº 9, 1989).
Entrega 6: "Tipos de guerras" de Luis Chitarroni (Babel, n° 9, 1989).
Entrega 7: "Literatura experimental" de Josefina Ludmer (Clarín, 25/10/1973)

Tengo esta serie de posts bastante abandonada. El boom Lamborghini se fue diluyendo con el tiempo y ahora queda su escritura en tensión con un canon alternativo que busca encerrarla y su potencia indómita imposible de sujetar. En todo caso, revolviendo unos papeles, encontré otros textos críticos que leen los textos de OL en los años 90. Adjunto, entonces, una lectura de Horacio González, pronunciada en 1996. ¡Que la disfruten!

La frase-hecha. Literatura e historia a propósito de El Fiord (Horacio González)

Sobre El Fiord de Osvaldo Lamborghini, muchos han escrito o han pensado. Sobre ese Fiord me animo a escribir por haber aceptado una cauta sugerencia de Liliana Lukin. Desoírla, me hubiera incomodado. Acatarla, tampoco consigue ser una incomodidad remediada. A quienes no lo leímos en su momento —¿pero qué momento es el que nos corresponde?— El Fiord sorprende como un imposible literario. O si se desea, como una inaudita abreviatura —ya veremos esto— que la pura ideología es capaz de hacer con la historia. El consuelo del que se resiente por las fallas en su contemporaneidad, consiste en postular que lo único que nos permite leer es quedarnos por fuera de determinado tiempo. Ante esto, ¿qué respondería el que apenas ve el placer de la comprensión siendo coetáneo o concomitante a los hechos? Que nada está destinado a sorprender sino en el momento en que fue escrito. Sin embargo, si El Fiord fuera una anunciación —una anunciación, digamos inicialmente, sobre el horror de y en la historia argentina— el gusto oscuro de la premonición solo lo logra la conciencia simultánea, y el deleite efervescente del hecho cumplido, apenas lo saborea la conciencia ulterior o sucesiva. ¿Qué es mejor para nosotros, sufrir la tensión del anuncio o verlo ya consumado?
La literatura de Osvaldo Lamborghini parece tomar esta aflicción como materia, Y de ahí, creo, su profunda meditación sobre la frase hecha, o más ampliamente, sobre el peso de la frase hecha en la historia. El Fiord vive buscando la frase original entre las frases hechas, frases congeladas para las que no hay sujetos sino humanidad, no hay pensamiento sino creencia, no hay historia sino expectativa, no hay progreso sino resignación y contienda. La locución prefabricada es la partícula momificada que persiste en el repudio íntimo de quienes la emplean. Sienten que deben hablar con palabras-cadáver y sin embargo ellas permiten situarnos en la enorme mortandad con la que se nos presenta inevitablemente el mundo, por lo menos, el mundo del lenguaje. Ya manufacturadas, ya pronunciadas, esas frases nos otorgan el enigmático derecho de decirlas como si fuera la primera vez. En realidad, es el hablante con frases hechas —frases hechas que no son capaces de señalarse a sí mismas— el que pone a punto toda la literatura. La frase-hecha puede ser el temor de nuestras vidas, pero si el clishé inadvertido no tiene severos enemigos es porque lo hace todo soportable al combinar el ejercicio de la pertinacia con la creencia en la autenticidad. No creemos que erramos más al pronunciar frases sin ton ni son, que al decir la frase hecha, que es la actitud contraria. En la frase sin ton ni son, recibimos y saludamos la alegría de hablar. La historia solo ideológica, la historia con cuerpos, es cierto, pero sin economías ni sentido común, es la historia en el péndulo que se traza entre la frase desubicada y la frase prefabricada, la frase como letra o como sigla. Entre ambas, podemos poner el afán de Osvaldo Lamborghini en El Fiord.
La historia como frase hecha en la letra o en la sigla, es la historia detenida. No deja de serlo por estar aprisionada, pero pierde pulsación y vida. La putrefacción de la historia es una frase que Osvaldo Lamborghini le atribuye a Lenin en Las Hijas de Hegel, un breve cuento escrito en Mar del Plata por lo menos 15 años después de El Fiord. La historia desquiciada por un acontecimiento de la carne, entendida como una degradación fatal en dirección a lo hediondo, vendría a ser lo contrario de una sigla, de una construcción intelectual paralizada. Pero la idea leninista de corrupción de la carne —en este caso la carne burguesa— no se corresponde exactamente con la idea de lo descompuesto en Lamborghini. Lo que se descompone en él, como en un trance ensimismado, una suerte de Macedonio Fernández Obsceno, equivale a un intento de romper el orden del lenguaje. Empleo aquí esta expresión conocida por todos, como si la literatura pudiera convertirse en una tragicomedia foucaultiana (perdónese el conjunto de esta expresión) y como si ninguna palabra estuviera segura en un espacio establecido por lo que vendría a ser una fatua institución lingüística. Osvaldo Lamborghini propone en El Fiord la destrucción trascendental de las instituciones oficiales —como las llamó Freud— y de las instituciones éticas basadas en el signo del lenguaje, como las llamó Hegel. Instituciones artificiales o de signos, la familia de Hegel y Freud, basadas en el amor y en el suplicio, a las que había que disolverlas por medio del goce estupendo del redactor filosófico que hace añicos un lenguaje histórico extremando su ritual ideológico y haciendo de la política una antropofagia fanática.
Intercalo dos escritos salidos en el mismo día 28 de junio en Clarín —una manera no distante a la ironía de mentar esta afable reunión— para acercarnos a cierto modo lamborghiniano de tomar las frases hechas, las frases de la institución. Estos dos escritos se refieren, uno al aniversario de la muerte de Augusto Timoteo Vandor, uno de los fantasmas que recorren El Fiord y el otro a una eufórica salutación que un aficionado a un club de fútbol le dedica a su entrenador de buena estrella. (El lector puede apreciar ahora la imagen visual de estos dos recortes periodísticos, luego de los cuales prosigue este escrito).


Si se quiere son los dos extremos del arco de un periódico, la lápida conmemorativa a la congratulación festiva, la remembranza devota o la jactancia de la inmortalidad. El escrito de la Unión Obrera Metalúrgica nos coloca frente a un abismo pues si quisiéramos, podríamos leer allí los pujos de Atilio Tancredo Vacán, que emerge en El Fiord con una boquita no mayor que un punto de un lápiz, nacido, parido, escupido y caído dentro de una bolsa como una momia azteca. Las iniciales de un nombre, son la maqueta bordada de una alegoría que, como las verdaderas alegorías, no reclaman el sentido sino que lo expulsan. Si hay un vaticinio en El Fiord solo podría ser el de la búsqueda de una oculta fuerza que martiriza todos los conjuntos humanos, una “putrefacción” que se investiga con la precaria brújula de las iniciales de los nombres. Nombres que cargan un choque en la historia y que los ingenuos ven como un destino fácil de percibir y que los duchos suelen desdeñar por insuficientes. ¿Esta solicitada de la UOM se podría considerar ya escrita si recombináramos de alguna manera casual —una entre varios millones, quizás— todos los gajos del idioma partido de El Fiord? Y al revés ¿es posible considerar este idioma de ceremonia oficial metalúrgica, que no se priva de decir tragedia, oscuros intereses e insignie dirigente, como una palabra moldeada en un orden al que El Fiord ya había escuchado en las catacumbas patológicas de la lengua?
En cuanto a la jaculatoria velezana querríamos observar la oración que desea que el tiempo se detenga para que el 30 de junio, día del retiro del bienaventurado adiestrador, no llegara nunca. ¿Cómo haremos para mirar el banco y no verlo a Carlitos? Es evidente que aquí estamos ante un deseo: que el tiempo se enfríe para siempre. Esta eternidad está invocada por una voz colectiva, la de “nuestra tribuna”, que habla a modo de un vasto resumen que no dejará nada fuera del presente compartido. En El Fiord hay frases así: flotaba en el aire que estábamos ante grandes cambios. Aquí habla una conciencia colectiva sobreviviente. Un alma destemplada pero en sosiego que ya lo ha visto todo y está en condiciones de hacer un balance condescendiente. Se trata de un plural que corresponde al testigo que resta con su voz para relatar la gesta, la orgía, el festín. Osvaldo Lamborghini, según creo —pero esta es una creencia que solo me trae el azar de la lectura de un periódico— es capaz de reutilizar esa frase que corresponde al relato colectivo de una falta o añoranza —el hincha fanático— o de una expectativa —los poetas de la revolución.
En ambos casos se trata de un trabajo de maldición hecho sobre la frase-hecha, pero sin abandonarla. Tan solo poniéndola en estado de despojo, colocando su pellejo reventado en las más diversas emulsiones anímicas. Tal es el soplo mayor de la ideología de la historia lamborghiana que se le opone al progresismo. Candoroso, el progresismo —una palabra que especialmente no nos gusta, pero que es la palabra más frontal y timbrada del propio progresismo— es al fin la aceptación de que no hay más que un único plano del lenguaje y un único plano de la comprensión. Ese solo plano reposa sobre la confianza de que las intenciones se agotan, se declaran y se disuelven armoniosamente en el lenguaje que las sirve. El progresismo como intención literaria impide leer estremecido, desconsidera la literatura de anunciación y le adjudica motivaciones reaccionarias al rechazo fáustico de la inteligibilidad burguesa. El Hegel de Osvaldo Lamborghini es en cambio el que consigue escribir con palabras que intentan escapar a la argumentación —alguien que sabía bien lo que decía ha señalado esto— lo que al fin sería una amenaza a la idea de progreso inmanente. Osvaldo Lamborghini parece pertenecer a esta discusión, un brillo de fraude y neón es una de sus conocidas frases hechas —todo en él, en verdad, es frase hecha— que después vuelve a escribir en sus escritos marplatenses. Un Hegel que ya ha llegado al lenguaje como autoconciencia de brillo y falsedad, un "hegel" que se anula a sí mismo al convertir toda su parábola del amo y del esclavo en una adulteración que resplandece en el espejismo luminoso del fiord.
Insoportables aun hoy —y habría que investigar si lo necesario está adherido para siempre a ciertos escritos— los cuentos y noveletas de Osvaldo Lamborghini hacen de la frase hecha una exaltación a la disgregación general de la materia. Al hacer sobre lo ya hecho, deshace, deja solo una bacanal de puras voces sin cuerpos: el Loco tenía dientes postizos, nariz de cartón, una oreja ortopédica de sarga. Esa marioneta solo continúa infundiendo pavor cuando se transfiere al brillo inauténtico de las palabras fosforescentes, que le dan a él la identidad del gesto con que se lo quiebra. El loco es mordido y se transforma en el Mordido, es capado y se transforma en el Capado, es apretado y se transforma en el Apretado, es baleado y se transforma en el Baleado, está sangrante y se transforma en el Sangrante. El chorro enloquecido de la sangre acaba siendo un sujeto pensante, como resultado de que el escritor se decide por una desesperada asociación de ideas. Todo es asociable a todo porque finalmente hay un nominalismo bestial que deja al mundo en estado de pujo político, pues toda acción lleva a un nombre. Entre el nombre y el asco se halla Lamborghini.
El congelamiento de la acción por la vía de los nombres puede ser representado —o evocado— en la muerte del Loco Rodríguez con un punzón. Los nombres aparecen luego de que se congela una acción arquetípica. La alusión a los combativos periódicos que en su momento abogaron por el Terror, a la Guardia Restauradora, a un suboficial dado de baja por la Revolución Libertadora que pacientemente nos enseñaba el marxismo, al COR, Comando de Operaciones Revolucionarias, a Perón o Muerte, a que Sebas pretendía refregar en el rostro del Loco un panfleto recién redactado o hipaba sobre unos titulares revolucionarios, hace del fiord unas acciones escarchadas en nombres y unos nombres extraídos del catálogo general de la sigla y el emblema, que acaban personalizados. La inicial y la frase compendiada vuelve al torrente de la historia. La única condición para que eso ocurra es la historia convertida en pura ideología, puro sueño, pura percusión sonora de una furia.
El Fiord también es quizá la forma en que los nombres se disponen en un desagüe irregular, sinuoso y glacial, o quizá la voluntad de escribir con las últimas palabras, con las palabras finales, después de las cuales nada queda, las palabras del origen del idioma, la conversación de un loco que repite un idioma ya hablado durante millones de años, buscando la palabra-acción, y también buscando el discurso que se apergamina, buscando las palabras bruscas, los cambios de rumbo. El Fiord no se mueve como se dice en El Fiord que se mueve el barco “mugiendo desde el río hacia el mar”, o con escenas “que se encadenan eslabón por eslabón”. El Fiord es la utopía de liberación del lenguaje y a la vez el lugar de contracción que no perdona ningún vacío, convirtiendo cada eventual vacío “en un punto nodal de todas las fuerzas en tensión”. El Fiord incluía su propia teoría escrita con palabras perdidas del estructuralismo o de la dialéctica del amo y el esclavo. La pregunta si “yo figuro en el gran libro de los verdugos y ella en el de las víctimas” es la frase-hecha arrojada contra una pared constituida por otras frases-hechas. Sebas parecía un judío de campo de concentración si es que alguna vez habían existido los campos de concentración. Lamborghini toma el postulado mayor de la no-historia, proposición central de la ideología hecha fraude y neón. Esto significa el confín de la investigación literaria en el secreto de la historia: finalmente todo puede ser negado, para establecer un horror si se quiere mayor que el horror que la historia de por sí contiene.
Las palabras se cortan como ríos o escurrideros que dejan frases por la mitad y la alegoría animista hace que la sangre actúe encarnada, subjetivizada. AI fin, el horror con ironía es más que una atribulada combinación, es una utopía literaria. Existe el horror con etiqueta, el horror con ceremonia, pero no con ironía. El horror con displicencia es una categoría esencial de la historia contemporánea. Lamborghini lo investiga a través de su rastro soez y escribe el banquete filosófico más abrumador de la literatura argentina, pero no en la huella de Kant con Sade sino en la de Hegel con Sade. Este último es el camino lamborghiano, torturada versión argentina de las filosofias espirituales de la acción que actúan bajo el nombre de lacanismo o de estructuralismo.
Dialéctica y Vejamen son las dos respiraciones filosóficas de El Fiord. Hay eticidad y no contrato, dice Hegel y Lamborghini hablará de Pactos imposibles con El Loco. Él mismo se atribuyó el papel hegeliano de una conciencia desdichada que piensa que el Martín Fierro es la constitución nacional, la carta Magna. La conexión entre peronismo y marxismo, entre militares nacionalistas y guerrilleros, la fórmula del peronismo iraní, o el fascismo mexicano que Lamborghini dice que pedía Artaud no son ideologías literales. Son los juegos ideológicos —si ustedes quieren, un lenguaje del infierno— de un entrenamiento espiritual que busca un imposible ser sin ley: el imposible literario. En esa convulsión, la idea de creencia en la historia desaparece para dejarnos tan solo frente al horror que es tan puro como para que las palabras intenten tomarlo, y tan evasivo como para que la literatura sienta el acoso de la misión final, ser ella misma el horror.

Fuente: Narrativa Argentina, n° 11, Buenos Aires, Fundación Roberto Noble, 1996, pp. 15-20.

domingo, marzo 22, 2015

Apertura de la Maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos en la UNTREF: Sobre Pablo Katchadjian

viernes, marzo 20, 2015

cómo narrar lo contemporáneo

Primera entrega: la escritura es un hecho atómico (sobre hecho atómico ediciones)
Segunda entrega: los matices del gris (sobre 17grises editora)
Tercera entrega: una mirada extrañada (sobre China editora)
Cuarta entrega: las huellas de la imaginación (sobre Fiordo editorial)
Quinta entrega: seguir el hilo rojo (sobre Hilo rojo editores)
Sexta entrega: cuidado con el libro (sobre Cave librum editorial) 
Séptima entrega: trazar recorridos (sobre Excursiones editorial)
Octava entrega: atípicos (sobre editorial Letranomáda)
Novena entrega: conexiones íntimas (sobre Santiago Arcos editor)
Décima entrega: la juntidad espeluznante (sobre La Comarca libros)
Undécima entrega: el deseo de editar (sobre Palabras amarillas ediciones)
Duodécima entrega: entre lo exótico y lo familiar (sobre Páprika editorial)

Sumamos a la encuesta general sobre proyecto editoriales a un sello que irrumpió en 2014: Momofuku libros (facebook, twitter, web). Hace un tiempo, escribí sobre dos de los títulos publicados en esta editorial, Primavera ninja, de Luis Orani y Las redes invisibles, de Sebastián Robles; me parece que se trata de una editorial que puede contribuir, como otras que ya hemos mencionado y entrevistado, a una renovación y reflexión sobre la literatura argentina y cómo se narra en ella. En esta breve entrevista, los editores Hernán Vanoli y Lolita Copacabana nos cuentan un poco de qué va Momofuku y cómo construyen su catálogo.


GC: ¿Por qué la editorial se llama "Momofuku"?
M: Momofuku no significa nada y al mismo tiempo es un tributo al creador de las Cup Noodle soups, aka sopas Maruchán. Nos atraía, quizás como una broma al destino, su figura de self made man capaz de llegar con su invento hasta todos los rincones del planeta e incluso a la luna. También su forma de narrarlo: en Japón, Momofuku Endo tiene un museo de la sopa que es al mismo tiempo un autotributo que funciona como monumento funerario y espacio de publicidad para su marca. Después, a través del mercado financiero, conseguimos que su corporación hiciera filantropía financiando al proyecto.

GC: ¿Qué criterios tienen en cuenta para seleccionar los títulos?
M: El criterio es heterogéneo, y se vincula a cierta vocación de generar tensiones con las formas en que se narra lo contemporáneo. Creemos que los seis libros que llevamos publicados en nuestros primeros seis meses de vida cumplen, desde diferentes ángulos y a través de diversas poéticas, con ese mínimo requisito. Pretendemos que, sin resignar el vector del entretenimiento, los libros puedan generar preguntas sobre las maneras en que biografía, historia, tecnologías y política se cruzan y generan una mancha o una opacidad en el fluir del lenguaje, al mismo tiempo que un intento por reflexionar sobre las formas de contar. Desde luego que debemos dejar afuera libros que nos interesan porque los recursos y el tiempo son limitados.


GC: ¿Qué piensan sobre la literatura argentina que se escribe en la actualidad? ¿Buscan expresar esa perspectiva en su catálogo?
M: La literatura argentina que se escribe en la actualidad es demasiado amplia y diversa, por suerte muy rica. En muchos casos también es muy provinciana en el sentido que establece una relación fetichizada con la tradición y una relación subordinada con la “World fiction” y lo que se piensa que son las literaturas literarias. Sería imposible abarcarla en su diversidad y por otra parte eso es algo que no nos interesa. Lo nuestro, a través del catálogo, los paratextos y demás intervenciones editoriales, funciona como un croquis de formas de leer, un mapa a medio trazar que puede ser completado, ignorado o subvertido por cada lector. 

GC: Además de literatura argentina y latinoamericana, ¿piensan publicar literatura en otros idiomas o no ficción?
M: Sí, tenemos planeada una colección de traducciones y una colección de ensayo, que se van armando de manera fragmentaria y después de procesos de discusión interna.

GC: La bajada de cada título es un rasgo que sorprende en las tapas de Momofuku, ¿por qué eligieron ese recurso?
La bajada es una intervención que corre por cuenta de la editorial, es un paratexto más, que puede sumar o restar pero arriesga en forma leve una hipótesis de lectura. Lo hacemos porque muchas veces aporta información sobre los libros, que por su parte tienen un diseño de tapa un poco más hermético. Pero esencialmente es un juego. 

GC: ¿Qué importancia le dan a las ilustraciones de tapa de los libros?
M: Muchísima. Las discutimos y trabajamos con mucho esmero. Por suerte, para la primera serie pudimos contar con los collages de Ana Clara Soler y de Juan Goicochea, que son unos genios, y de Willy Weiss, que también es un artista y se involucra con cada libro y nos ayuda.

GC: ¿Qué títulos esperan publicar en 2015?
M: No podemos adelantar demasiado: por ahora, tenemos Aleksandr Solzhenitsyn, una novela de Lolita Copacabana que lidia con el crimen y el castigo, mientras se pregunta por el espíritu modernamente amable y carcelario de una Buenos Aires donde el control reticular excede la presencia omnipresente de las cámaras o los servicios de inteligencia, en una búsqueda que genera confluencias entre los rusos del siglo XIX y los norteamericanos del siglo XXI. Y también Bebé y otros cuentos, de la norteamericana Paula Bomer, un libro que en el espíritu de John Cheever y de A.M. Homes se introduce en la vida en los suburbios de la clase media yanqui, trabajando en forma sorprendente con las diferentes facetas de la maternidad, las ambiciones y la capacidad de amar que se incuban en los suburbios de Nueva York. Las chicas llegaron a Momofuku y van a sorprender a unos cuantos. Pero también tenemos otra novela casi cerrada y un libro de ensayos muy potente.
 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle