sábado, mayo 30, 2020

Kafka, Laiseca y el realismo

Hace unos días, Diego Cano (organizador de Todo Aira en facebook, autor de Franz Kafka. Una literatura del absurdo y la risa, especialista en guerra civil española) y Agustín Conde de Boeck (autor de El monstruo del delirio. Trayectoria y proyecto creador de Alberto Laiseca, investigador tenaz de la revista Babel y de la vida y obra de Marcelo Fox) mantuvieron una charla virtual abierta sobre los cruces literarios, temáticos, de influencias mutuas entre Franz Kafka y Alberto Laiseca.
El intercambio fue muy fructífero por la calidad de ambas intervenciones y por las preguntas pertinentes del auditorio internauta. Aquellos y aquellas que no hayan podido participar y les interese, se puede ver completo acá:


miércoles, mayo 27, 2020

Escrituras excéntricas

Rescatar autores y autoras que fueron relegados a un lugar de sombra y fuga en la literatura argentina fue el objetivo de la antología que Héctor Libertella publicó en 1997 bajo el título: 11 relatos argentinos del siglo XX (una antología alternativa). Hace varios años, le dediqué un post al respecto intentando revisar qué escritores y escritoras continuaban escapando al canon oficial y cuáles, en cambio, habían comenzado el proceso de santificación. Creo que mis conclusiones acerca de aquella selección no se modificaron demasiado.
Sin embargo, unas semanas atrás, al volverme a cruzar con el libro de Libertella, renació la pregunta: ¿qué autores y autoras, a la sombra y en fuga, podrían hoy por hoy significar una mapa alternativo para la literatura argentina? Para responder a esa pregunta, contacté a algunos amigos y a algunas amigas de este blog. La propuesta es pensar tres escrituras aún alternativas, excéntricas, fugadas y justificar brevemente cada elección.
En un gesto de egocentrismo cultural (todo lector es egocéntrico), arranco con el desafío y abro esta serie para una antología alternativa actual y virtual de la literatura argentina.

Tres escrituras excéntricas (Golosina Caníbal)

1. Carlos Correas. "Los jóvenes"


El relato de Correas comienza de este modo:

"A la una de la mañana el Anchor languidecía. En el mostrador del bar, varios putitos de calzoncillos anatómicos beben Coca-Cola. Junto al piano bailotean torpemente dos ingleses de porongas lechosas. Los farolitos rojos dan la justa luz para ese pequeño quilombo de pajeros. Mesitas alcahuetas y lustraditas, mozos con aire de perros, espejos estratégicos para que los putitos se deseen de reojo".

Eso en 1952. Como si no bastara con "La narración de la historia" ( y Los reportajes de Félix Chaneton (1984), como si no fuera suficiente con Ensayos de tolerancia (1999) y La manía argentina (2011), Correas escribió en 1952 un relato neobarroso que parece anticipar a Osvaldo Lamborghini, a Néstor Perlongher y a toda una línea de la literatura argentina que mezcla la homosexualidad, la violencia y el humor para producir una torsión en el lenguaje.
Felizmente, la editorial Mansalva recuperó este relato en su edición de 2012, junto con "Las armas tiernas", para demostrar que Carlos Correas es un escritor inclasificable y que uno de sus relatos más antiguos se anticipó 20 o 30 años a la literatura por venir.
Si por "La narración de la historia" Correas fue perseguido judicialmente, ¿qué hubiera producido esta bomba de semen y sorna titulada "Los jóvenes" en el campo cultural argentino de los años 50? ¿Qué sigue generando ahora?

2. Amalia Jamilis. "Osario bajo la luna"


La obra de Amalia Jamilis, cuentista platense, es un secreto a voces. El primer libro suyo que leí  lo encontré entre los usados del Jardín de la República a un precio mínimo, su título es Ciudad sobre el Támesis (1989) y su lectura me deslumbró.
Supe que ahí había una escritura excéntrica, olvidada, algo cortazariana, algo ocampiana también pero con un estilo particular. A partir de allí, comencé a buscar el resto de sus libros. Desde Parque de animales (1998) hasta Detrás de las columnas (1967), leer a Jamilis es una experiencia particular: ella cultiva el arte de la sugerencia, las tretas de la elisión.
En este sentido, "Osario bajo la luna", publicado en el libro Los días de suerte (1969), es un relato breve pero condensa su imaginación y su pericia literaria: un principio desconcertante, una puesta sintáctica personal que construye la narración pieza a pieza y un cierre que reenvía al lector inmediatamente al comienzo de la narración, para poner a prueba de nuevo esa primera sensación de desconcierto. Amalia Jamilis, taumaturga de la narración breve, misteriosa artífice de pequeños universos narrativos.

3. Elvio Gandolfo. "Vivir en la salina"


Probablemente remitir a la obra de Elvio Gandolfo pueda ser una obviedad hoy por hoy. Y sin embargo... Encontrarse con relatos como "Vivir en la salina", "Llano al sol" o "El terrón disolvente", significa abrazar la escritura de género como una posible vía de escape. ¿Por qué evitar los géneros? ¿Por qué no apropiarse de sus lógicas para volverlos próximos y fascinantes?
Gandolfo lo logra. "Vivir en la salina" es un policial negro, un relato seco y exasperante. La hostilidad del ambiente, la terquedad de sus personajes, la tensión en las relaciones se despliegan línea a línea.
Publicado en 1982, en un libro redondo bajo el título La reina de las nieves, este relato es una muestra de cómo Elvio Gandolfo abre la puerta de los géneros para la literatura argentina, en la línea de Angélica Gorodischer y de Charlie Feiling. Por el contrario, tomando las lógicas del género y armando una historia eficaz e inolvidable. Salve, Elvio, tus lectores te saludan con emoción y valor.

sábado, mayo 23, 2020

Oficios lectores: Emisión 2

En esta segunda emisión de Oficios lectores, Mariano Vespa conversa con Chris Wait, editor de New Directions Publishing House, sobre cómo surfear la crisis editorial. Pueden verlo acá:



jueves, mayo 21, 2020

Las carcajadas de Marcelo Fox

Mi investigación alrededor de Fox, autor de Invitación a la masacre (1965) y Señal de fuego (1968), tuvo su primera condensación en un tríptico de ensayos publicados en la revista Invisibles, entre diciembre de 2018 y octubre de 2019. ¿Por qué leer a Fox? ¿En qué época, en qué ciudad, en qué constelación de textos y autores escribía? ¿Cuál es la historia detrás de este fantasma oscuro y burlón?, fueron algunos de los interrogantes que me movilizaron. 
Hojear o leer Invitación... es una experiencia movilizante, sea por el rechazo o por la fascinación que sus páginas generan. Acercarse a un libro tan extraño como Señal de fuego, con sus aforismos y esvásticas rojas es sentir una piedra molesta en el zapato, es adivinar el sentido de un monolito poético. 
En este post, recopilo ese tríptico que comienza con un ensayo general sobre la figura de Fox, continúa con una lectura de Invitación a la masacre y finaliza con una inmersión literaria-esotérica en Señal de fuego y la muerte del joven escritor. Lo hago para que se puede leer en continuidad, porque estos tres ensayos forman una primera condensación, un primer preparado alquímico para invocar al fantasma foxiano que siga dando sus carcajadas en la noche de esta Gran Llanura de los Chistes.

Primer ensayo: "Marcelo Fox, un muerto punk"


A principios de los años 60, Marcelo Fox, quien se presentaba como “Emperador secreto del mundo”, fue un escritor inclasificable de la vanguardia artística porteña. Habitué del Moderno, integrante lateral del grupo Opium, autor de poemas en revistas contraculturales, tenía el íntimo deseo de “espantar al burgués”.


Segundo ensayo: "Marcelo Fox, lector de Lautréamont"

En esta segunda entrega sobre el escritor argentino Marcelo Fox, que gravitó en la escena porteña a mediados de los años 60 con su intensa vocación de espantar al burgués, analizamos la influencia que tuvo la literatura de Lautréamont en la vida y obra del autor de Invitación a la masacre, y los escritores de su generación.


Tercer ensayo: "Una cruz para Marcelo Fox"


En esta última parte de la investigación sobre el escritor Marcelo Fox, analizamos el alcance que tuvieron en su libro, Señal de fuego, las ideas en torno al esoterismo y el ocultismo. Estas ideas, atravesadas por el nazismo, le permitieron elaborar en su obra final aforismos de una enorme carga poética y visual, con las que imaginó la destrucción del mundo. A continuación del ensayo, una selección de textos de Señal de fuego.

lunes, mayo 18, 2020

Charles Manson. Crimen a distancia (Juan-Jacobo Bajarlía)

La figura y la historia de Charles Manson comenzó a resultarme interesante a partir del artículo "Fines del verano contracultural", del crítico Diedrich Diederichsen, publicado en 1999 y recopilado en español en la antología Personas en loop. Ensayo sobre cultura pop (Interzona, 2005).
Ese ensayo merece otro post y si no está en la web, merece también ser digitalizado y difundido. En resumidad cuentas, después de trazar un triángulo genial entre Woodstock, Manson y Theodor Adorno, el alemán plantea que Manson y su "familia" revelaron con sus asesinatos otra cara de la movida contracultural norteamericana de fines de los 60 (tan así fue que una gran parte del hippismo y de la prensa under tuvo que salir a desmarcarse). Esa nueva cara terminó realizando, para Diederichsen, un concepto central de la contracultura: el mal.
Como decía, la lectura de ese texto de Diederichsen me abrió un interés alrededor de Manson, de su significación y de su relevancia. En esa línea, me puse a buscar qué repercusiones tuvo Manson en la Argentina, particularmente en la literatura. No encontré demasiado a decir verdad, pero dos o tres materiales creo que vale la pena recuperar.
Uno de esos es esta nota escrita por Juan-Jacobo Bajarlía y publicada en 1978 en el n.° 3 de la revista Umbral Tiempo Futuro. Se titula "Charles Manson. Crimen a distancia" y hace un recuento de los cruentos asesinatos de la familia Manson y, supongo que por los particulares intereses de Bajarlía, de la influencia de la brujería, el satanismo y las lecturas esotéricas de Manson. Si se les ocurre algún otro material afín, me comentan. Pasen y lean.


 
Charles Manson. Crimen a distancia (Juan-Jacobo Bajarlía)

En la mañana del 9 de agosto de 1969 la policía de Los Ángeles, Estados Unidos, descubría al horror del resentimiento social, las drogas, la brujería, al Diablo y al odio de blancos y negros, cuando sobre la puerta de una casa ubicada en Cielo Drive, leyeron, escrita con sangre, la palabra PIGS (cerdos)...


1. DESCENSO EN EL INFIERNO

Sobre la puerta del número 10050 de Cielo Drive, entre la bahía de Los Ángeles y el Valle de la Muerte, una palabra escrita con sangre decía PIGS (cerdos). Era la mañana del 9 de agosto de 1969. Winifred Chapman, la sirvienta de la actriz Sharon Tale, quedó paralizada. Vio, también, tirado en el césped, un cadáver. Se comunicó con los vecinos. Pocos minutos después la policía estaba en el número 10050 de Cielo Drive.
El teniente Donald Baxter llegó con el forense. Al lado de la puerta había una servilleta empapada de sangre. Con ella, la mano asesina había escrito esa leyenda insultante.
Entraron. Fue un descenso en el infierno. Pero esta vez no era el infierno de Dante. Era otro, mucho peor, en el que se mezclaban el resentimiento social, las drogas, la brujería, el Diablo y el odio de blancos y negros. Las paredes y las puertas interiores también tenían sus leyendas escritas con sangre: Rebelión, Muerte a los cerdos, Confusión. En el living colgaba de una viga del techo el cadáver semidesnudo de Sharon Tate (25 años, rubia, ojos grandes), embarazada de ocho meses y medro. Tenía un seno seccionado y 16 puñaladas. Al lado de la actriz, también semidesnudo, colgaba Jay Sabring, gran peluquero de Hollywood y novio de la actriz antes de que ésta se casara con el cineasta Roman Polansky. Había sido castrado y su cuerpo presentaba 7 puñaladas y un impacto de pistola en al rostro. Le habían tapado la cabeza con un capuchón.
El infierno se proyectaba hacia afuera. Sobre el césped yacían los cadáveres de Abigail Folger (morena, drogadicta, heredera del rey del café californiano) y Voyteck Frykowsky, su amante. Este último, muy aficionado a la marihuana, había muerto de cincuenta y una puñaladas, trece golpes en la cabeza y dos impactos de pistola a quemarropa. Más allá, en un automóvil al lado de la verja, hallaron el cadáver de Steven Earl Parent, un muchacho de 18 años que presentaba 4 impactos en el pecho. Había llegado a Cielo Drive para visitar a William Garretson, el joven guardián de la casa.
Terminada la tarea y ya cortado el cable del teléfono, los asesinos se instalaron en la cocina y comieron. Brindaron por la sangre de los cerdos. Por el triunfo de los negros sobre los blancos. Por el retorno del gran jefe y gurú blanco que iba a tiranizar a los negros. Al sadismo agregaron el sarcasmo. Este infierno era inédito. Ni aun lo había imaginado Swedenborg.
Entretanto, el vástago que Sharon Tate llevaba en el vientre, sobrevivirá 20 minutos a la muerta de la madre.
El teniente Donald Baxter y el forense siguieron horrorizados su tarea. Las evidencias eran imprecisas. Convinieron, sin embargo, en dos premisas: "Hay más de un asesino y los crímenes son rituales”. Ambos supuestos se confirmarían después con algunas variantes. Lo único cierto por ahora, es que la masacre se había perpetrado entre la noche del día 8 y la madrugada del día 9.


2. SIGUE EL DESCENSO

Baxter dormitaba con un par de libros sobra la brujería en Los Ángeles (uno de ellos llevaba el título de The White Devil, “El Diablo Blanco”), cuando de pronto comenzó a sonar frenéticamente al teléfono. Atendió con desgano. Pero al instante quedó como petrificado con el auricular casi hundido en la oreja izquierda. (Baxter era zurdo). La voz le transmitió los detalles de otro “crimen ritual” a poca distancia de Cielo Drive.
Las víctimas eran Leno La Bianca, poderoso propietario de una cadena de supermercados, y tu esposa Rosemary. La Bianca había muerto de 26 puñaladas, y el asesino, valiéndose de un tenedor, había trazado en la piel de su estómago la palabra GUERRA. Después lo había tapado con los diarios que daban cuenta del asesinato de Sharon Tate. Rosemary La Bianca, a su vez, tendida en la cocina, con un cuchillo clavado en la garganta, presentaba 46 puñaladas. Sobre las paredes de la casa y en una heladera, la palabra clave: PIGS. La fecha del hecho: 10 de agosto de 1969, durante la noche.
Donald Baxter guardó en el bolsillo el libro sobre El Diablo Blanco y recorrió San Francisco. Se metió en Haight-Ashbury. Visitó las concentraciones hippies, sus bares y comercios, y pidió ayuda a las demás policías. Había que dar con los asesinos. Investigó también en el Strip de Sunset Boulevard y Santa Mónica, y se extendió hasta las villas de Mac Kinney, en Texas. Los sabuesos se perdían en un laberinto desconocido.
En esa labor intervino paralelamente, por su propia cuenta, el padre de Sharon Tate, teniente coronel del Servicio Secreto. Se dejó crecer la barba, renunció a su cargo (tenía 46 años) y se disfrazó de hippy. Después se introdujo en el mundo del sexo y las drogas.




3. LA “FAMILIA MANSON”

Cuatro meses después. Susan Atkins, una joven que pertenecía a una extraña secta del desierto, detenida en averiguación de antecedentes por un robo, relató, en estado semihipnótico causado por las drogas, el crimen del número 10060 de Cielo Drive. La compañera de celda, una prostituta de San Francisco, lo comunicó a sus carceleros. Susan Atkins fue interrogada intensamente hasta confesar su participación en los asesinatos junto con Leslie van Houten, Patricia Kerwinkel, Linda Kazabian y Charles Watson. También mencionó a un tal Charles Manson. “Charlie —dijo Susan Atkins— nos miraba y perdíamos la voluntad”. Era el jefe de la “familia Manson” a la cual pertenecían los nombrados.
El teniente Baxter fue anudando los detalles. Ordenó la detención de todos. Nueve en total. Linda Kazabian confesó que estuvo presente la noche del crimen, pero no participó en ninguno de los hechos. Dijo que Charles Manson las hipnotizaba y los miembros de la "familia” hacían lo que él se proponía. Eso fue lo que sucedió en la residencia de Sharon Tate. Linda Kazabian miraba como arrastrada por una fuerza que actuaba a distancia. Susan Atkins, Patricia Kerwinkel y Leslie van Houten, en cambio, “realizaban hechos” mecánicamente, mientras gritaban y danzaban. Manson, ausente, sin intervenir materialmente en los asesinatos, había instigado la masacre de Cielo Drive.
Enterado el fiscal de la declaración de Linda Kazabian, le prometió la inmunidad procesal a cambio de la acusación. Ella aceptó y oportunamente fue liberada. Pero si proceso no fue cosa fácil. Susan Atkins, en un careo con Charles Manson, no resistió su mirada y se retractó. Ya era tarde sin embargo. Las pruebas de cargo reunidas en la instrucción sumarial lo condenaban como ejecutor a distancia de los crímenes de Cielo Drive. Los asesinos directos habían sido sus instrumentos mentales.
¿Pero quién era Charles Manson? Donald Baxter rastreó sus antecedentes. Meditó en él.
Manson tiene 25 años. Vivió miserablemente. Su madre, según Georges Demaix, fue habitante de “hoteles siniestros donde ella residía con amantes sucesivos”. El mismo Manson lo denostará al evocar su infancia de niño abandonado o a cargo de sus abuelos cuando ella es encarcelada por robo. Pero Manson, a los 25 años de edad sólo estuvo 12 en libertad. Los otros 13 los pasó en prisiones o reformatorios. Se casó muy joven. Tuvo un hijo. Su esposa murió cuando él purgaba una nueva condena. El hijo, por otros medios, también desapareció.
Manson está en la cárcel cuando un día se entera que los Black Panthers de Los Ángeles llaman Pigs a los blancos. “¡Cerdos!”, lo repite y lo adopta porque él odia a los blancos, cuyo sistema identifica con sus frustraciones. Con su larga derrota. Sin embargo, para combatir a los “cerdos blancos” era imprescindible un arma. La buscó y la halló, un día en la biblioteca de la misma cárcel. Allí descubrió unos libros que le hablaban del ocultismo, de magia negra, de hipnotismo. Fue la gran sabiduría. La llave do la “liberación”.
Entonces comenzó a practicar. Miraba intensamente un punto fijo, sin pestañear, y se tomaba in mente los minutos transcurridos. Después practicó los “pases magnéticos” con los seres imaginarios de la celda y los “doblegó” a su voluntad con órdenes diversas. Pensó (ya nadie podría evitarlo) que con la hipnosis dominaría el mundo y se vengaría de los cerdos. También pensó que él ayudaría a los negros para matar a los blancos. Para exterminarlos, sin lugar a dudas, pero con trampa. Realizada la “limpieza”, vendría él como jefe indiscutible para someterlos a sus designios. Una hábil y absurda paranoia para un mundo donde sólo comían los opulentos y los demás mendigaban.
Cuando salió de la cárcel se dejó crecer la barba y se lanzó hacia el desierto californiano. En el camino, en un infierno lleno de sexo y drogas, de homosexualismo público, sin atajos, reclutó su “familia”, lo que él no había tenido. Ahí estaban Linda Kazabian, Leslie van Houten, Susan Atkins, Patricia Kerwinkel y Charles Watson, ex universitario y ex jugador de rugby, todo un atleta de 24 años, que merodeaba, mugriento, por las granjas de los “cerdos”. A éste lo convirtió en su secretario ejecutivo. Coleccionó otros derrotados, y en Spawn Movie Ranch los adoctrinó como un gurú poderoso que manejaba la magia a su antojo. Les infundió otras ideas. Les habló del exterminio de los pigs. Los sugestionó. “Cada ser humano —les dijo— es simultáneamente el Diablo y el buen Dios”. (Esto se repetirá después en el proceso).
El maniqueísmo paranoico de Manson tenía una finalidad: asegurar que las acciones eran del hombre, sin sujeción a normas restrictivas, y que el asesinato era una abstracción y no una instancia objetiva.
La “familia” escuchaba promiscuada con sexo y suciedad. La sugestión se introducía en sus débiles cabezas con esquemas que invadían el lugar de la memoria.
Después vino la praxis. Manson, ejerciendo sus poderes hipnóticos, obligó a mendigar desnudas a Linda Kazabian, Susan Atkins y Patricia Kerwinkel. Y ellas, sin inhibiciones, mostraron sus cuerpos en el Boulevard Santa Mónica pidiendo ayuda para el Pater familia. La sugestión de Manson no tenía limites. A veces colocaba un disco para cimentar su filosofía. Era la música de los Beatles, que según él predecía la rebelión y el exterminio de los blancos por los negros.
Donald Baxter cerró su cuaderno de apuntes.




4. EL PROCESO
 
Cuando comparecieron al juicio, las acusadas tenían una cruz en la frente. Se habían marcado, como solían hacerlo, para distinguirse de los pigs. Se consideraban las víctimas del sistema. Sonreían, miraban con desprecio. Disimulaban su nerviosidad. A veces rebatían al fiscal Bugliosi, y éste, fuera de sí, levantaba la mano. En una de las sesiones el mismo fiscal fue condenado a una multa de 50 dólares por darte una cachetada a la procesada que tenía a su alcance. Las audiencias fueron borrascosas. También se insolentaron los abogados defensores que pagaron su desacato con un día de detención.
En los escaños para el público, no menos de 20 jóvenes se habían impreso la cruz en la frente tajeándose con hojas de afeitar.
El único que no perdió la calma fue Charles Manson. Se mantuvo sereno. Negó los cargos. Sólo estalló cuando el Jurado lo halló culpable de homicidio en primer grado junto con Leslie van Houten, Susan Atkins y Patricia Kerwinkel. El juez Older los condenó a muerte. Entonces el imperturbable Charlie, levantándose del banquillo gritó: “Todos ustedes son culpables, y vos, viejo ejecutor de una justicia que no existe, no vivirás mucho tiempo. Yo quemé mi vida en la cárcel mientras el mundo de ustedes iba en aumento”. Días después, agregará: “No me interesa la muerte porque no existe. Es una ilusión de la mente”.
Después sucedió algo imprevisto. La pena capital fue abolida en California, y los 4 asesinos se salvaron de la cámara de gas. La pena de muerte les fue conmutada por la de prisión perpetua. Un diario de Los Ángeles publicó una caricatura del barbado Charles Manson con esta inscripción: La muerte es una ilusión. Detrás de la barba aparecía el juez Older meditando.




5. LYNETTE FROMME CONTRA FORD

El resto de la “familia”, en 1971, el mismo año de la sentencia, buscó la manera de liberar a su jefe y gran maestro de las ciencias ocultas. Proyectaron asaltar una arme-ría para pertrecharse y tomar sorpresivamente el establecimiento carcelario. La policía los capturó. Pero estos místicos que al mismo tiempo eran oligofrénicos, no se tranquilizaron.
En agosto de 1975 Lynette Fromme y otra mujer (ambas eran miembros de la “familia”), disfrazadas de monjas, concurrieron a la legislatura de Los Ángeles para peticionar la liberación de Manson. Sólo hallaron sonrisitas. Esta Lynette Fromme (26 años, pelirroja, de 1,52 y 47 kilos, de sobrenombre Squeaky, ex reclusa de reformatorios) ya había testimoniado en favor de Charlie durante el proceso. Su fracaso, entonces, la llevó a planear la muerte de Gerald Ford, presidente de los Estados Unidos por renuncia (caso Watergate) de Richard Nixon.
Lo esperó en Sacramento (California) donde se hallaba de visita. Fue el 6 de setiembre de 1975. Se ubicó entre el público que lo ovacionaba, y a 60 centímetros de distancia le apuntó con su pistola. En ese instante Larry Buendorf (37 años, ex jugador de básquet), agente del Servicio Secreto, saltó hacia ella cuando oprimía el percutor. Pero Lynette Fromme no sabía que era necesario colocar una bala en la recámara. No hubo, por lo tanto, detonación. De cualquier manera aunque el arma hubiese sido accionada eficazmente, la trayectoria del proyectil habría sido desviada por Larry Buendorf, quien al saltar le tomó la mano, la desarmó y la inmovilizó junto a un árbol.
Ford se salvó milagrosamente. Después Lynette será condenada a prisión perpetua.
Consumado ya el atentado, se supo que un mes antes la frustrada asesina y Sandra Good, otra “familiar” de Manson, habían llevado una carta a un diario de Sacramento que el director no quiso publicar, en la que se aseguraba que de no liberarse a Charles Manson correría la sangre como en “la casa Tate-la Bianca o My Lai”. (Recordemos la matanza en esta aldea de Vietnam del Sur, a cargo del teniente William Calley).




6. HIPÓTESIS FINAL 

El resentimiento social de Charles Manson, del que ya hemos dicho algo, se alimen-taba a su vez de un oscuro satanismo que Io llevaría a la venganza de sus derrotas. Es posible que los filmes del mismo Roman Polansky, el esposo de Sharon Tate, hayan sido la consecuencia de su paranoia criminal. Si Manson estimaba al Diablo y la brujería, pensamos, junto con otros investigadores, que el instigador de la masacre de Cielo Drive se sintió “emocionado” y ofendido ante los secretos revelados por Polansky en el filme Rose Mary’s Baby (El bebé de Rosemary), basado en La semilla del Diablo, novela de Ira Levin.
Cuando el filme —dice Georges Demaix— fue exhibido, “unas veinte o treinta sectas ocultas de San Francisco a Filadelfia y de Chicago a Nueva York se interrogaron sobre las razones que había tenido el director para pasarse de lo estricto, ya que al mundo de la hechicería no le agrada que se rebasen ciertos límites”. Polansky, persiguiendo la verdad, tuvo como consejero técnico a Anton Lavey, experto en satanismo, quien intervino también en Brujería, magia y misa negra, filmada por Luigi Scattini.
La idea central de Rose Mary’s Baby estaba referida a una mujer que era llevada hábilmente por el marido hacia el lecho del Demonio. No faltaba el sabbat y abundaban, para los entendidos, los detalles del demonismo y la brujería. Los maleficios estaban a la vista. La joya obsequiada por la mujer del hijo de Mercato, llevada al cuello, producía malestares. La corbata, sometida al hechizo, provocaba la ceguera de su dueño. El guante, manipulado con fórmulas de brujería, producía el odio y la muerte. La mistura, en cambio, desataba las alucinaciones. Demaix enumera todo esto y expresa: “Por último, viene la cruz invertida sobre la cuna del recién nacido, cubierta con un velo negro”. No se omitía ningún secreto. Los brujos de California, entre ellos Charles Manson, se mordieron las uñas.
¿Pudo influir todo esto en los feroces asesinatos que hemos descripto? La venganza de Charles Manson fue un hecho imprevisible. Su resentimiento social, en cambio, debía desembocar en el odio hacia el hombre. Y en este odio todo se convertía en un pretexto con miras a la muerte.




Fuente: Umbral Tiempo Futuro, n.° 3, 1978. Tomado de Selección de relatos fantásticos, tomo 4, colección Umbral Tiempo Futuro, Buenos Aires, 1983, pp. 06-17.

jueves, mayo 14, 2020

Oficios Lectores: Emisión 1

El periodista y amigo Mariano Vespa arranca un ciclo de conversaciones breves en Oficios lectores. Van algunas preguntas sobre el ciclo y, a continuación, la primera emisión con Federico Barea, investigador, traductor y lector.


Golosina Canibal: ¿Qué es Oficios Lectores?

Mariano Vespa: Hace poco escuché que Rita Segato hablaba de “pensar en conversación”: un modo de pensamiento abierto, contemporáneo, recíproco. Sujeto a idas y vueltas, reescrituras, a fin de cuentas. En un contexto de encierro, siempre es bueno abrir espacios. Siempre me interesaron los oficios que rodean al libro. Fundamentalmente, me interesa escuchar aquello que cada uno tenga para compartir sobre su día a día con los libros, sobre todo en esta pseudodistopía.

GC: ¿Cómo seleccionás tus interlocutores?

MV: Muchas veces, quizá por agenda setting pero también por desidia, los medios culturales son recurrentes en relación a las voces que invitan. Por lo pronto, me interesa retratar gente que conozco y admiro, algunos de ellos poco entrevistados.

GC: ¿Por qué te interesa la lectura como tema?

MV: Me interesa cómo el amor por los libros se traslada a un modo de entender el oficio y a una forma de ejercerlo. De buenas lecturas salen eximios editores, correctores prolijos, traductores obsesivos, tapistas exquisitos, y muchos etcéteras.

La primera emisión de Oficios lectores, "De Cortázar a los beats: Fede Barea", puede verse acá:

sábado, mayo 09, 2020

"El gran zapallo", un relato de Belén Sigot

Leí la novela Vacas (emr, 2018), de Belén Sigot y quedé asombrado. En la estela de Miguel Briante, Sigot arma un relato coral en el que la vida de un pueblo se desequilibra por vacas mutiladas, inundaciones terribles y luces en el cielo. Cualquier que me conozca o que me pida recomendaciones de literatura argentina contemporánea, sabe que esta novela corta está entre una de mis preferidas. El núcleo narrativo de Vacas es el chisme, el rumor, el secreto, y Sigot maneja muy bien ese juego de versiones, reversiones y los "se cuenta que...". 


Después de leer la nouvelle y de ponerme en contacto con su autora, leí su libro de cuentos Entre las chircas, un libro digital que supo estar online en la editorial extinta La colección, allá por 2017. En ese libro, Sigot entrelaza un relato con otro para también recomponer la historia de un pueblo, como un puzzle, y hacer circular un secreto como hilo conductor. Su capacidad descriptiva, su construcción de escenas mundanas, naturales y sutiles, hacen de Belén Sigot una narradora para atender.

Generosamente, nos compartió su relato "El gran zapallo", de Entre las chircas. Pasen, lean y descubran una nueva voz en la literatura argentina.


El gran zapallo (Belén Sigot)

Blanco las hace subir a ella y a Chocha a la camioneta. Se ríe hasta por los codos, y ella piensa que si la radio del tablero no estuviera rota desde hace tantos meses, él la encendería y se pondría a tararear valses acordeonados. Blanco se ríe mucho, y eso que tiene la boca acostumbrada a rezongar a toda hora. Los ojos celestes le chispean de alegría como en esos diciembres en que, al volver de la cosecha, los carretones repletos de trigo se acoplan tras los tractores en una caravana inacabable, y tamborilea con sus manazas sobre el cuero del volante como si siguiera el compás de alguna música que ha de estar sonando en su cabeza. Tal vez hasta tenga ganas de abrazar a Chocha.
Cada vez que Blanco las hace subir a la camioneta hay tres destinos posibles: el cementerio de San Justo, los vastos campos y la casa abandonada en las lindes del monte, o la granja en las afueras del pueblo, donde él tiene sus vacas para ordeñar, sus galpones destinados a la cría de pollos, su chiquero y su plantación de hortalizas. Por donde pasa Blanco, algo planta: paraísos, cedros y perales en la primera casa que construyó, para Chocha y los hijos que vendrían y vinieron, casi en las orillas mismas del monte; sorgo o alfalfa o lino o trigo, según el mes y según el año, en cada hectárea del campo; arroz a la par del arroyo; rosas, petunias y nomeolvides en el jardín de la casa en el pueblo; helechos y azaleas en las macetas bajo el parral; cebollas de verdeo, lechugas arrepolladas y habas en la huerta bien protegida por un cerco y latas vacías que tañen en la brisa y espantan a los benteveos. Tanto planta Blanco que hasta dos huertas necesita: la prolija y delicada de la casa y la de los frutos rústicos y las ramas indisciplinadas en los terrenos de la granja. En la de la casa, los tallos de las tomateras entrelazados en los tutores de caña de castilla, los rabanitos de piel morada, el aroma de la albahaca y el perejil. Y los árboles apenas más altos que un hombre y bien cargados en la estación correspondiente: los limoneros, los mandarinos, los botones diminutos de los quinotos. En el lote de la granja, las guías ásperas de los zapallitos angola, las calabazas de cogote retorcido y con la cáscara manchada como la piel de las culebras, los moñatos hundidos en la tierra abonada por la bosta de las vacas y la labor de las lombrices. Y el sol a raudales sobre la quinta, sin nada que lo ataje. Solo un árbol de granadas desparramando su sombra sobre la gramilla en la punta del terreno.
Desde la casa donde viven ella y la madre, al pie de la lomada, es fácil ver los galpones, las vacas Holando, las puntas de los pinos que se contonean en la brisa. Y si al lado de la camioneta alcanza a distinguirse el vestido de Chocha, y si la madre no tiene nada que hacer, ambas empiezan la ascensión: primero entre las chircas, detrás de la casa, después la tranquera, el caminito y ahí arriba Blanco y sus manazas y Chocha y las puntillas de sus vestidos estampados. Pero casi nunca es necesario subir a pie porque casi siempre Blanco y Chocha las pasan a buscar.
Y allá en los terrenos de la granja, mientras Chocha ceba mate, siempre hay algo en que la madre puede ayudar: arrancar yuyos a los surcos, alcanzar unos tarros con agua para los chanchos, atajar a los terneros si se ponen ariscos y le arisquean al encierro a la hora del atardecer.
Ella, entretanto, levanta unas chapas que han quedado abandonadas entre los galpones y se divierte con los regueros de ratones que salen disparados en ráfagas grises, o ahueca las palmas y sostiene a los pollitos, y ellos se le adormecen en las manos y palpitan como si el corazón les ocupara todo el cuerpo, y si la timidez no le cierra la garganta, le pregunta a Blanco si puede ensillarle la yegua, y entonces se dedica a ir y a venir por el caminito que va hasta la tranquera mientras ese olor a crines y a caballo la pone feliz como en las noches en que, desde su cama, escucha el ulular de los pinos de la granja ahí arriba de la lomada y puede imaginarse, en la oscuridad, que su casa es una casa mejor.
Blanco tamborilea y parece que canta por dentro. Cuando llegan, estaciona la camioneta a la sombra del eucaliptus pero no va a mirar a los pollitos, ni le importa que a las vacas no se las vea cerca, ni se apura en llevar agua al chiquero. Achata con su pie los dos hilos bajos del alambrado y con una de sus manazas estira hacia arriba el otro hilo. Chocha pasa primero y muy lentamente, cuidando que ni el lomo ni el ruedo del vestido se le enganchen en las púas, y ella después y más rápido, como zambulléndose a través de ese agujero. Blanco pasa último pero en cuatro zancadas les saca distancia. Parece a punto de correr, él, que nunca corre, que siempre anda tan firme por sobre el mundo. Y extiende el brazo, la manaza, el dedo, pero no es necesario tanto señalar: es imposible no verlo. Redondo, anaranjado, enorme como la panza de una embarazada: el zapallo más grande del universo ha crecido en la huerta de Blanco.
El zapallo crece un poco más cada semana, y las calabacitas y los angola esparcidos aquí y allá se achican, también, a la par de su agrandarse. Por detrás de la quinta, más allá del árbol de granadas, pasa la calle: los pescadores que vuelven del arroyo, el traqueteo de los tractores, los patrones que van a vichar a los menchos en los sembradíos, los gurises que salen a matar pájaros con la honda, y la gente que enfila con sillones de lona bajo el brazo hacia la cancha del Depro los domingos. Blanco arma barricadas con las guías, las apuntala, amucha ramas de chircas, lo rodea de hojas como si lo arropara y apela a todo lo que pueda evitar que los intrusos descubran al zapallo desde la calle: una chapa de zinc acá, una pila de ladrillos allá. Pero hay un momento en que esa pelota anaranjada, tan inmensa, se vuelve un secreto inocultable.
—Me lo van a robar —decreta Blanco—. Mañana lo llevo a la casa.
Y al otro día, el enorme zapallo resplandece en la casa de los Miyard. Lo ponen en la sala del fondo, al lado de la batea que se usa para las carneadas. La madre va y viene como todos los días: con la escoba, con una parva de camisas de grafa para desengrasar, con los baldes que huelen a desinfectante para piso. Blanco y Chocha miran hipnotizados al zapallo. Las cadenas de la balanza para pesar los chanchos, desparramadas sobre las baldosas, son como víboras moteadas de herrumbre.
—Cuarenta y nueve kilos —repite Blanco.
—Hay que mandar venir al Beto Baiz esta tarde —dice Chocha—. Y avisarles al Rogelio y al Lincho para la foto.
Esa tarde, ella se viste de rojo, como le gusta: la pollera, la remera, la vincha ancha. De colorado casi de pies a cabeza, porque ya zapatos de ese color habría sido mucho pedir. Es su atuendo preferido: descubrió a esas prendas y a la vincha en uno de los montones de ropa que, cada tanto, alguna patrona le da a la madre. Y desde entonces, las usa cada vez que la ocasión lo amerita. Cuando llega, ya están los hijos, las nueras y los nietos de los Miyard. El Beto Baiz aparece al rato: rodea al zapallo, lo palmea, dice que es una cosa de lo más impresionante, y después lo felicita a Blanco. Va hasta el auto y vuelve con la cámara fotográfica. Desgarbado, con esas piernas zancudas como patas de cigüeña y su sonrisa de comerciante en el rostro caballuno.
Los cuatro primos juntos; ahora los tres del Rogelio; la del Lincho sola; apoyenlá contra el zapallo, que se sostenga solita que ya puede; los dos más grandes, así, uno en cada punta; las tres nenas; el varón solamente; abracen el zapallo, toquenló, miren al Beto; mirá el pajarito, Sandrita.
Y los nenes hacen lo que los padres, los abuelos, indican: estiran los dedos, rozan el zapallo, apoyan las manos. Y sonríen a la cámara como saben sonreír a los fotógrafos los niños acostumbrados a las muchas fotos.
Ella, parada junto a los grandes, detrás del Beto Baiz, sabe qué toca cada mano: qué rugosidad, qué lisura, qué verruga, qué agujerito. Ellos van descubriendo al zapallo, ella ya se lo sabe de memoria.
Parensé; arrodillensé; sentala a la Sandrita arriba tuyo. Junten las cabecitas, así, así. A ver, Dante, que le estás tapando la cara a la Daniela. Y vos, Margarita, acomodate el flequillo.
El atardecer empieza a caer. Y su pollera roja que no tiene bolsillos donde guardar las manos. Ella, junto a los grandes, y los gurises en torno al zapallo que nunca antes han visto.
—Y ahora que se ponga Lelén también.
La voz de la Gugú, que había estado dormida en medio del jolgorio de las demás, se despertó.
—Y ahora que se ponga Lelén también.
La voz y las manos de la Gugú que la empujan hacia adelante y la hacen entrar al territorio de los gurises y el zapallo.
Y la tarde que deja de correr.
Una vez las manos de la Gugú la empujaron así. Fue un domingo en el arroyo, en el campo de los Miyard. Sandrita aún no había nacido y la Gugú hacía poco que se había casado con el Lincho. Pero ya desde antes de que fuesen marido y mujer, cuando eran solo novios, la Gugú manejaba los tractores, ponía en marcha el motor de la arrocera, le vigilaba las bicheras a las vacas. En cambio a la Briyit, la otra nuera de los Miyard, es imposible imaginársela entre los pastizales del campo. La Briyit lleva las uñas bien pintadas: todas, las de los pies también, y ya en septiembre empieza a embadurnarse el cuerpo con aceites y a tenderse bajo el sol para que la piel se le vuelva de color oro. Pero la Gugú tiene un pelo espléndido, largo y negrísimo, al que se lo desenrolla como quien desarma un turbante, y por más que siempre ande de pantalones abombachados y de botas de goma, es lo más parecido a una princesa que ella ha visto nunca.
La Gugú la fue llevando en brazos por el arroyo bastante más lejos de donde estaban los demás, la llevaba a ella entre los brazos y lo iba arrastrando a Blanco con esa voz suya que a veces se despierta. Chocha, el Lincho, la Madre, unos Piñón que son amigos del Lincho y que habían llevado un bote, fueron quedando detrás de un recodo. Y de golpe, la Gugú, sin avisar, la empujó por el agua hacia los brazos de Blanco. Blanco la abarajó entre sus manazas y quedó tieso, como sin entender. Pero la Gugú estiró los brazos, y siguió sosteniendo a Blanco con la voz, y él debe de haber comprendido, o debe de haberse dado cuenta de que no había nada que comprender. Y aunque al principio estaba serio, después empezó a reír. Y reía la Gugú, y reía Blanco y reía ella. De los brazos de Blanco a los de la Gugú, y de los de la Gugú a los de Blanco. Y los ojos de Blanco que relumbraban como en los diciembres de carretones llenos, cuando la cosecha fue buena. Y el agua amarronada del arroyo que los tapaba a los tres hasta la altura del corazón, y las piernitas de ella que chapaleaban y flotaban sin miedo a que la dejaran hundirse. Y el pelo de la Gugú derramándose sobre el agua como una seda acariciadora.

El domingo llega el diario. “Gran zapallo en Pronunciamiento”. Pero en la foto no se luce: una pelotita gris sobre un fondo gris un poco más claro. Eso puede ser un zapallo de cuarenta y nueve kilos, o un zapallo común y corriente, o una naranja, o una arveja.
—Qué macana. No sé por qué el Beto mandó esa foto —refunfuña Chocha—. En la que están los gurises se nota bien.
Y le muestra la foto en que están los cuatro nietos casi tapados por el enorme zapallo. Ella asiente y le responde que sí, que la foto con los gurises hubiese quedado mucho mejor.
En la foto que la madre va a buscar el sábado, después del cobro, a lo del Beto Baiz, están los nietos de Blanco y Chocha, y ella: alta, roja, demasiado grande para su edad. Una giganta de siete años. Hasta a Dante le saca una cabeza, y eso que él es mayor. Las otras nenas llevan vestidos llenos de volados y puntillas: los que Chocha les cose después de haberlos dibujado en moldes de papel de diario. La madre guarda la foto en una caja de zapatos, junto a la que el Beto le sacó a los tres años, la de los cuatro, la de los cinco en el jardín de infantes, la de los seis en la escuela. Fotos suyas de bebé nunca hubo, pero la madre le contó que en esos primeros tiempos tuvo el pelo del color de las barbas en los choclos maduros: amarillón, apenas tostado. Una gringuita, le dijo una vez la tía Amada.
Al zapallo Blanco lo pone en la pieza del teléfono: al lado de las vitrinas con los premios que el Rogelio y el Lincho ganaron en las carreras de karting y de auto. Trofeos, medallas, diplomas, y el zapallo. Cada vez que alguien viene, lo hacen pasar y se lo muestran.
—Y eso que lo corté antes —dice Blanco—. Si no, capaz llegaba a los sesenta kilos, o más, quién te dice.
Vamos a tener dulce para rato: ella escucha esa frase y se imagina una olla descomunal, el aroma y el gorgoriteo del caramelo, las cascaritas de naranja para perfumar y una hilera infinita de frascos. Quién sabe cuántos les darán a la madre y a ella para que se lleven.
Una mañana, por fin, deciden cortar el zapallo. Chocha ya ha calculado cuánta azúcar y cuántas ollas van a necesitar. Blanco trae la cuchilla que usa para los degüellos de los chanchos. La clava en la corteza: es muy dura, se nota en el modo en que empuña el mango. Hace fuerza, pero casi enseguida el zapallo cede y la hoja se desliza alivianada. Demasiado alivianada. Está podrido. No logran rescatar ni siquiera una rodaja en buen estado.

Sigot, Belén (2017). Entre las chircas, La colección.
 

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