domingo, agosto 24, 2014

De gauchos y romanos


En 1956, año del derrocamiento de Perón y la llegada de la llamada "Revolución Libertadora", Silvina Ocampo y J. R. Wilcock escriben en colaboración la obra de teatro Los traidores. Pocos se han molestado en leerla (no he podido encontrar comentarios detallados ni propuestas analíticas, al menos en la web), es un libro difícil de conseguir (su primera edición es del año mencionado, por la editorial Losange; hay otra de 1988, editorial Ada Korn, pero nunca la vi)) y, sin embargo, aparece como una anomalía en las obras también anómalas de estos dos geniales escritores. 
De forma suscinta: se trata de una tragedia clásica, escrita en verso, con mucho de Racine; se sitúa "en Roma, año 211 de nuestra era" y "Todos los personajes deberían llevar máscaras, algo que les cambie la expresión de la cara"; se trata de la historia de dos hermanos, Basiano y Publio, ambos son hijos del emperador Septimio Severo y pelean por quién los sucederá en el trono tras su muerte. Pienso en cómo esta historia anacrónica podría leerse entrelíneas como reflexión sobre el poder, el gobierno y el peronismo; y también cómo viene a insertarse en las obras de Ocampo y de Wilcock, de las que parece haberse evaporado (o parecen haberla omitido por pura desidia intelectual).
En este post, traigo a colación un fragmento curioso donde en la atmósfera romana imperial, el emperador que muere evoca con sus palabras los famosos consejos del gaucho Martín Fierro. Este cruce entre gauchos y romanos no resulta único si lo colocamos en serie con textos relativamente contemporáneos a Los traidores, por ejemplo, con un fragmento de La expresión americana de Lezama Lima y con el famoso cuento breve "La trama" de Borges. Me pregunto cuál es el enlace entre la escena romana y la escena argentina; en qué punto la traición y los problemas de poder funcionan de forma reverberante entre estos mundos; por qué la escritura traza estos puntos de cruce y qué otros trazos y potencias habrá dejado en la literatura argentina. La pregunta sería, reformulando a Borges: ¿por qué a estos escritores les agradan "las repeticiones, las variantes, las simetrías"? ¿Qué encontraron en la época clásica que podía darles alguna respuesta sobre la situación argentina a fines de los '50?
Les dejo, pues, los tres fragmentos y ustedes dirán. Si se les ocurre alguna otra referencia, será bienvenida!



Voz de Séptimo Severo:
¡Fui todo y no fui nada!
(Una pausa.)
No forman las columnas de un imperio
las armas, los tesoros, los ejércitos,
sino las manos fieles de un amigo
que no pueden comprarse con el oro.
(Se rompe el collar de Julio. Las Plañideras corren buscando las perlas por el escenario. Todos hablan. Se pierden muchas de las últimas palabras de Séptimo Severo.)
¡Hijos míos, no existe en este mundo
un amigo más noble que un hermano
y el que sea capaz de traicionar
a su hermano, será del mismo modo
traicionado por todos!
Os entrego este trono venerable:
será si sois virtuosos, fuerte;
será si sois perversos, vacilante.
Siempre la unión fue la prosperidad
de las naciones débiles.
La discordia destruye con más ímpetu
los pueblos poderosos como el nuestro.
Mago: ¡Los plagios siempre son conmovedores!
Ocampo, Silvina y Wilcock, Juan Rodolfo (1956): Los traidores, Buenos Aires, Ediciones Losange, p. 22.

Lo primero que señalamos en estos poemas gauchescos [los de Bartolomé Hidalgo] es su necesidad, su nacimiento de cosas muy cosidas en acontecimientos y entrañas. Todo eso forma su imprescindible clásico, su tono de hombres, que lejos de restarle y prestarle separación, lo iguala con todo lo producido seco, escamado y fatal. Si vemos el gaucho con el poncho a medio envolver, rodeado el brazo para parada y defensa, a punto el comentarista se ve obligado a anotar: ya se usaba entre los romanos lo que ahora llamamos combatir a capa y espada. Viene la cita de Julio César: envuelven la manta en el brazo izquierdo y sacan la espada. Fuerte nacimiento de literatura clásica, es decir, clase poderosa y saneada, necesidad que crea su forma, libertad que nace exenta de precauciones y resguardos literarios.
Lezama Lima, José (1957 [2014]). "Nacimiento de la expresión criolla" en La expresión americana, Buenos Aires, Colihue, pp. 271-272.

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: "¡Tú también, hijo mío!". Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): "¡Pero, che!". Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.
Borges, Jorge Luis (1960): "La trama" en El hacedor.


martes, agosto 19, 2014

Conversaciones con Julio Ramos, autor de Desencuentros de la modernidad en América Latina


Invitado por la UNSAM, Julio Ramos dará una serie de conferencias en el Malba y en Anfibia. En 1989, Ramos publicaba un libro excepcional: Desencuentros de la modernidad en América Latina; se cumplen 25 años de su publicación y sobre el mismo estará conversando el lunes 25 de agosto. Más info sobre las dos conferencias, acá. Contacto: lecturamundi@gmail.com

miércoles, agosto 13, 2014

La desorientación de mi generación (sobre alt lit. Literatura norteamericana actual)

alt lit. Literatura norteamericana actual es una antología realizada por Lolita Copacabana y Hernán Vanoli. Publicado por Interzona, el libro permite tener un pantallazo intenso y variado de una generación de jóvenes norteamericanos que construyen su escritura atravesados por internet, las redes sociales, Youtube, McDonald's y las drogas de diseño. La antología tiene varios aciertos que señalo rápidamente:
  • la selección narrativa es amplia y heterogénea: va del minimalismo apático de Noah Cicero a la experimentación genérica de Blake Butler, pasa por la intensidad onírico-sentimental de xTx y por el registro de cronista de Lily Dawn hasta recalar en el pop filosófico de Heiko Julién y en la prosa cruda de Jordan Castro, entre otros. En todo caso, el muestro de autores es acertado y amplio, y discute con el simple tono apático y snob que podría endilgársele a la alt lit. Además, el hecho de que Vanoli y Copacabana hayan elegido dos cuentos de cada escritor permite tener una percepción más cabal del estilo y la propuesta de cada uno (y es una invitación a seguir leyendo los que más hayan gustado, desde ya).
  • la traducción de los relatos, realizada por los antologadores, es una alivio frente a los horribles doblajes de editoriales como Anagrama o Edhassa. Se necesitaba una traducción no ibérica para estos relatos: muchos incorporan un lenguaje informal y coloquial (más bien virtual) que en el clásico doblaje solo podría haber herido la susceptibilidad de los lectores argentinos.
  • el prólogo "La fatiga del imperio" logra enmarcar la antología que introduce con sencillez y claridad, no sin lanzar algunas hipótesis de lectura de esta generación de jóvenes a través de cuyas obras es posible leer las derivas del imperio norteamericano, sus puntos ciegos y su producción de subjetividades, entre otras cosas.
Recomiendo enfáticamente alt lit. Literatura norteamericana actual, la antología de Vanoli y de Copacabana por la seriedad del trabajo realizado y por el puente que tienden, junto a otras editoriales como Dakota editora, para que desde Argentina y Latinoamérica podamos acceder a qué están escribiendo los jóvenes norteamericanos y de qué modo esas escrituras proponen nuevos modos de vivir juntos, de subjetividad y de lenguaje.
A continuación, unas preguntas sobre alt lit. Literatura norteamericana actual que respondieron muy gentilmente Hernán Vanoli y Lolita Copacabana, los compiladores.
 
  
1. ¿Cómo se decidieron a armar una antología de literatura norteamericana actual?

Lola venía leyendo a muchos autores, los reseñaba en su blog. Vanoli los empezó a leer también, y se hizo claro que faltaba algo que sintetizara un poco esa experiencia en castellano. El concepto de antología no era lo que más nos interesaba, porque muchas veces son bolsas de gatos, pero al mismo tiempo fue la herramienta que encontramos para hacer un paneo para textos que ya existían y queríamos difundir en nuestro idioma. En cierta manera la antología existía desde antes, nosotros fuimos una especie de documentalistas que elegimos qué mostrar y elaboramos el montaje. Algunos autores ya habían sido traducidos, por Dakota Editora y Alpha Decay en España, pero con libros enteros, y ninguno de los cuentos que seleccionamos, como así tampoco la gran mayoría de los autores, podían ser leídos en castellano. Además, la literatura norteamericana es muy buena e importante para nosotros como lectores, y sentíamos que lo que más circulaba eran autores de décadas pasadas, cuyo efecto en nuestro sistema literario era a veces conservador. Entonces le ofrecimos el proyecto a Interzona, que gentilmente nos apoyó.

2. ¿Qué criterios tuvieron en cuenta al momento de seleccionar los autores y los textos?

El principal criterio fue que los textos nos gustaran. No hay un solo cuento que no nos parezca interesante. No le prestamos tanta atención a las trayectorias, de hecho algunos autores todavía no publicaron su libro, y otros sólo tienen chapbooks en la web. Fue un trabajo intenso de selección y de discusión, no queríamos dar la sensación de que la alt lit era toda igual porque de hecho no lo es, incluso se trata de una categoría que está en discusión permanente.

3. ¿Cuáles son los puntos altos y los puntos bajos de la alt lit?

Es muy difícil establecer un balance de una sensibilidad que se construye a diario en la Internet, y que a su vez tiene muchas aristas. A nosotros nos llamó la atención cierto clima desgarrador y al mismo tiempo optimista, cierta desesperación anestesiada que atraviesa a muchos de los textos, que se transita muchas veces con humor y con imaginación. Por otra parte, en tanto formación, la alt lit supo no ir a mendigarle a nadie, no chupar medias, y establecer una valoración autónoma de la tradición norteamericana al mismo tiempo que creó sus propios medios de difusión, en oposición a cierto anquilosamiento del campo cultural yanqui. Los puntos bajos, al tratarse de un movimiento bastante amplio, pueden pasar por cierta frivolidad intermitente, cierto regodeo en la apatía, pero consideramos que a pesar de eso la alt lit habilita la formulación de ciertas preguntas y la construcción de ciertas prácticas de libertad que siempre son positivas tanto para la lectura como para la escritura.

4. ¿Qué cruces encuentran entre la alt lit y la literatura argentina actual? ¿Hay puntos de diálogo?

La literatura argentina actual está muy fragmentada, hay una diversidad de escenas y de estéticas y sensibilidades. Quizás la alt lit se toca con algunas zonas del mundo de la literatura escrita por autores más jóvenes, hay algunos que incluso llevan a cabo imitaciones bastante deliberadas de la alt lit, pero son muy pocos, y a nuestro juicio la imitación sin mediaciones no es productiva. De todos modos, en Argentina hay una gran fragmentación, por un lado, y por otro hay un peso enorme de la carrera de letras, algo que en Estados Unidos no existe como tal porque el sistema educativo es diferente. Acá todavía se piensa que la aplicación mecánica de ciertos procedimientos de otras disciplinas artísticas es una novedad, que el sinsentido puede interesarle a alguien, que cómo escribir después de Borges o desde Borges es una pregunta urgente. Por eso es complicado trazar un paralelo, aunque sin duda pueden existir puntos de diálogo: vivimos en la misma época, en sociedades complejas, consumimos porquerías similares, pasamos mucho tiempo en la Internet, y hay también un quiebre generacional notable con respecto a la gran mayoría de los escritores de más de cuarenta años.

5. ¿Qué libro de un autor de la alt lit publicarían de forma íntegra?

Nos hubiera gustado publicar Person, de Sam Pink, y Bad Behaviour, de Noah Cicero. También hacer una traducción rioplatense de Richard Yates, de Tao Lin. Pero ya los tenían Triana, Dakota y Alpha Decay. Después, tenemos otros en vista para un proyecto editorial para el que nos convocaron y se llamará Momofuku Libros, pero no podemos adelantar nada por cábala.

6. ¿Por qué se decidieron por una traducción de corte rioplatense en este antología?

Porque estábamos un poco cansados de las traducciones neutras o de las traducciones de un castellano demasiado ibérico, llenas de gilipollas, so cabrón, ordenador, coño, Nocilla, ligue, y esas cosas. De todos modos, tampoco negamos del todo esa herencia, e intentamos dosificar el localismo para que la traducción pueda ser lo más universal posible, sin desentendernos de nuestro lugar.

7. ¿Intervinieron en la selección de la imagen de tapa? ¿Por qué fue elegida esa imagen?

Sí, a la imagen la elegimos nosotros, es una foto de Gaby Goldberg. Nos pareció que algo de esa estética juvenil, canchera, apenas prepotente y a la vez cotidiana tenía que ver con el contenido del libro. Y lo cierto es que en el momento de preparar la tapa, hace más de un año, estábamos muy interesados en el tema de las máscaras de animales.

viernes, agosto 01, 2014

Completando las obras (II): Requiem para un viernes a la noche (Enrique Raab)

Completando las obras (0): Solapas de la primera edición de Cabecita negra (Eduardo Masullo)
Completando las obras (I): Testamento de Rozenmacher

El objetivo de esta serie de posts se explica acá.
Cuando fallece Rozenmacher en agosto de 1971, el cronista Enrique Raab dedica una semblanza en la revista Análisis, donde tenía a su cargo la sección de "Teatro". La crónica es justa, recupera la voz de Rozenmacher y en dos o tres anécdotas lo pinta de cuerpo entero. Encontré esta necrológica mencionada algunas veces en páginas web y en artículos sobre el autor de Los ojos del tigre, sin embargo no se conseguía en internet ni en la última recopilación de crónicas y semblancas de Raab, editada por Perfil (y en estos días, agotadísima).

Requiem para un viernes a la noche (Enrique Raab)


Sería noviembre o quizá diciembre de 1962. Una tarde, subió los 2 pisos de esas blancas y destartaladas escaleras que llevaban al departamento de Ricardo Halac, en Sánchez de Bustamante. Venía de ver 8 1/2 de Fellini; estaba indignado. “Es una mistificación. En el cine, la gente no entendía nada. Al final, algunos chiflaron. Tanto bochinche egocéntrico sobre la misión del artista. Tanta mistificación...”. Solo porque su bolsa de tabaco para pipa bailoteaba histéricamente entre sus manos, podía adivinarse que Germán Rozenmacher estaba indignado. “Por supuesto, está la cultura de Fellini, está toda la elegancia de un gran artista europeo. Pero a nosotros, los argentinos, ¿qué c... nos importa? 8 1/2 no le ayuda a la gente a vivir mejor. Es como mirarse el ombligo, describirlo con minucia, con la precisión de un astrónomo superinteligente. Pero el ombligo, no por bien descripto, deja de ser ombligo. Nunca puede convertirse en espacio astral”.
El espacio astral —muchas veces lo corroboró indirectamente— fue su íntima, secreta, apasionada vocación. Vivió desgarrado los 36 años de su vida entre un orden heredado (la angustiosa, terrible caparazón de su formación rabínico-judaica) y una ruptura que simbolizaba en el acercamiento al cristianismo, en aproximarse a los goyim con un acto de amor. “Hay como una música en todas las cosas —dijo cierta vez, en uno de sus momentos más depresivos—. Por períodos, creo que solo un acto de rebeldía nos puede liberar. Sin embargo ¡qué hermosa es la tradición! Cuando veo una vieja india chaqueña, o un viejo hindú acuclillado, o un viejo jasen muriéndose de hambre en una pensión de la calle Larrea, en pleno Once, comienzo a creer que ellos tienen su vida resuelta. Viven en una placenta eterna, decorada por miles de refinadas chicanerías que la hacen más aceptable. El viejo judío, guardando su tales y sus filacterias en un armario deshecho, contando día a día sus centavos para comprarse su pan Goldstein, llorando ritualmente cuando le cuentan que un viejo compinche se ha muerto, riendo ritualmente cuando le dicen que la hija o el sobrino de Moishe o de Shmuil se han casado... Ellos reaccionan sin libertad, pero de manera bella. Son autómatas del rito, pero han metido, dentro de ese rito, toda su capacidad afectiva. Yo he roto con el ritual, pero todavía no he aprendido a ser libre fuera de él”.
Ese sentimiento de libertad lo obsesionaba. Por eso, escribió en 1961 Cabecita negra y casi enseguida, Requiem para un viernes por la noche. Un muchacho judío, hijo de un rabino, se casaba con una gentil, con una goye. Había un conflicto. El muchacho tenía razón; el padre tenía razón. La chica sufría. “Demasiado autobiográfico —le dije después del estreno—. Tenés que tomar distancia. El arte no consiste en contar la vida de uno, sino en saber a qué mínimo común denominador puede uno reducir sus propias experiencias para que sean comprendidas por todos”. Esa noche, Germán fumó pipas más largas que de costumbre. “Creo que tenés razón —terminó por decirme— pero ¿cómo puedo reducir mis cosas si todavía no he terminado de comprenderlas?”.
Su trayectoria de escritor es sorprendentemente corta. Dos colecciones de cuentos, dos obras de teatro, una adaptación de un clásico para uso de adolescentes. Sin embargo, trabajaba como un frenético. Su gran cabezota redonda, su estatura imposible, su gordura descomunal pero misteriosamente armoniosa se deslizaban todos los días de la redacción a su casa, con libros estrafalarios que devoraba con ardor de talmudista. Cada una de sus opiniones tenía la bondadosa, tierna untuosidad de un dictamen pontifical. Sin embargo, detrás de tanta erudición no se escondía ninguna pedantería. Podía hablar durante tardes enteras de Dámaso Alonso y de la influencia marrana en el Rinconete de Cervantes con la misma naturalidad con que me describió, cierta tarde en Mar del Plata, una inefable entrevista con el millonario Fortabat.
Nunca creyó en la literatura como documento crudo; sabía, también, que detrás de cada palabra escrita debía haber un hombre. Por eso, en plena furia del teatro realista, él fue —en medio de Cossa, Halac, Dragún— el más contemporizador. “Yo voy al Di Tella, porque quiero entender lo que esa gente quiere decir” —me explicó rápidamente una noche de 1968, en la esquina de Paraguay y Florida—. Para sus compañeros, ir al Di Tella era casi una herejía. A él, a quien las herejías le dolían en carne propia, no le importaba aventurarse por los caminos del riesgo. A él, que conocía el terror de la ruptura, le resultaba imposible volver a enquistarse en ninguna costumbre, en ningún preconcepto, en ninguna cómoda complicidad.
Hace 20 días, me pasó el original de El caballero de Indias, su última obra. “Leela y pegáme, aunque me duela” —me dijo en un hermoso café ucraniano de la calle Reconquista—. También me dijo que quería que la dirigiese Sergio Renán, “porque un judío va a comprender muchas cosas secretas, que puse ahí y que hay que desentrañar. La semana pasada me reclamó una opinión. “¿Es tan mala que no me lo podés decir?” me telefoneó angustiado. Por negligencia, por preocupaciones personales, yo había postergado la lectura. Anoche terminé de leerla. Hoy, viernes, me entero que un estúpido accidente se ha llevado para siempre a Germán. Que en una habitación de Mar del Plata, sufrió la máxima ruptura que un hombre puede padecer. Si ese más allá, ese paraíso, ese gehenem jasídico que él describía con tanto amor y en el cual no creía, resultase al fin de cuentas real, Germán, con su pipa encendida y su mirada inolvidable tratará de comprenderlo, de aceptarlo, de vivir en él.

Fuente: Revista Análisis, n° 543, 10 al 16 de agosto de 1971, p. 54.

miércoles, julio 30, 2014

Entender, destruir y crear


Recibo agradecido el libro Entender, destruir y crear. Un recorrido por los tres primeros años de la revista Luthor (2014). La edición es de Edefyl, un colectivo editorial de los estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA que se reunieron para publicar libros vinculados con las carreras de dicha facultad, bajo licencias Creative Commons, con precios accesibles. Pueden conocer más sobre el colectivo editorial y sobre otros títulos lanzados, acá.
Sobre la revista Luthor (y el grupo de colaboradores que la sostiene) ya escribí sobre sus primeros números, colaboré con una modesta reseña por ahí y ahora recibo gustoso un libro que devoraré y comentaré en breve: Entender, destruir y crear. Luthor hizo que la teoría literaria y la reflexión en torno de las ficciones (en sentido amplio, desde los videojuegos hasta las sagas, pasando por el cine y la literatura clásica) recibiera nuevos aires y nuevas reflexiones, al menos, en el campo estancado de los estudios literarios y culturales argentinos que abrevaban cómodos en el posestructuralismo o en una especie de mescolanza de teorías estéticas y filosóficas. Tal vez solo podamos medir la importancia del grupo Luthor y de su publicación en el futuro, cuando la reflexión sobre la literatura, en particular, y la cultura, en general, se haya abierto un poquito más a nuevas ideas y nuevos modos de pensar. Como decían en su primer número:
Lex Luthor no busca destruir a Superman por considerarlo defensor de la humanidad, sino para recuperar un campo de poderes indebidamente usurpados a ella, condenándola a una situación de eterna minoridad. Ese es el complejo humanismo de Luthor. Y, salvo porque no nos identificamos con su resentimiento ni sus ambiciones corporativas, sus objetivos también son los nuestros: entender, destruir y crear. (Editorial por Grupo Luthor)
El libro pueden comprarlo por muy poco dinero. También pueden bajarlo, gratuitamente, de acá para empezar a disfrutarlo online.
Larga vida a la revista Luthor. Espero el tomo II.

PD.: Los mismos desquiciados de siempre, habitantes de los mundos ficcionales, organizan estas jornadas a las que lamento no poder asistir. "Mundos ficcionales y teorías de las ficción - Primeras Jornadas"

viernes, julio 25, 2014

Prólogo a Los reportajes de Félix Chaneton (Juan Manuel Levinas)

En 1984, Carlos Correas publicaba su novela Los reportajes de Félix Chaneton por la editorial Celtia. Hacia 2000, conseguirla era casi una tarea utópica. Una novela poco leída e inhallable. Encontré un ejemplar usado, de casualidad, y pude tener una experiencia de lectura extraordinaria, como las que suele proponer Correas en su narrativa y ensayística (si es posible distinguir entre ambas). 
Por suerte, en plan de recuperación de la narrativa de Correas, hace un par de años, la editorial Interzona publicaba Un trabajo en San Roque (2005), para volver a leer cuentos fundamentales como "La narración de la historia" y otros inéditos que recuperan el tono de Los reportajes... Años más tarde, la editorial Mansalva recuperaba otros textos en Los jóvenes (2012). Sin embargo, quedaba como deuda pendiente la reedición de Los reportajes de Félix Chaneton
En 2014, treinta años más tarde, Interzona reedita la novela de Correas, con prólogo de Edgardo Scott. No puedo menos que celebrarlo (y sostener el interrogante por el proceso de canonización al que podríamos estar asistiendo). Para ello, subo el prólogo que abría la vieja edición de Celtia, un prólogo apócrifo firmado por un tal Juan Manuel Levinas.


Prólogo (Juan Manuel Levinas)

Los tres relatos que siguen fueron encontrados entre los papeles de Félix Chaneton. Corresponden a tres momentos sucesivos de su vida. Aquí aparecen por primera vez. Se trata, pues, de una publicación póstuma.
El título para el conjunto —Los reportajes de Félix Chaneton— me pertenece y creo indicado justificarlo. Como de ordinario entendemos por reportaje el texto elaborado tras una encuesta personal del autor, mitigaremos condescendientemente, según se quiera, esa ordinariez si encuestador y encuestado son uno y el mismo en el hecho estético. No porque la sola belleza no pueda ser ordinaria; no ordinaria es la belleza inventada desde la nada y con la materia. Estos reportajes son autorreportajes a modo de capítulos de una novela autobiográfica. Son las encuestas que se hizo quien debió descubrir que el hombre es hombre al ser cuestión de su ser, pregunta por sí mismo.
Venturoso y desasosegado descubrimiento, conque signifique arrostrar el miedo de pensar y actuar, pero igualmente el encontrarse en peligro en el mundo y en la sociedad. "¿Quién y qué soy?" "¿En qué me estoy convirtiendo?" "¿Qué hacer conmigo mismo?" son algunas de las rutinarias o balbuceantes fórmulas por las que vivimos y nos representamos la interrogación del ser hombre.
Y siendo imposible fundar literariamente lo propio sin fundar lo ajeno, toda autobiografía es una heterobiografía. Para contar una vida hay que volver contable la vida. Y ¿con cuál método? Problema humano: por el hombre vienen el cuento, la confesión y el método a la vida. Pues si yo soy lo que son los otros, confesarme es declararme y declarar a los hombres en mí.
Esta novela autobiográfica es una versión de sí mismo con los otros que ofrece el autor. No diré que es la única versión, pero sí la única literariamente verdadera y, entonces, materialmente falsa. El autor se reclama "creador", porque la obra es la "criatura" humana que es sólo efectiva, sólo vive, si los otros la nutren, amparan y limitan. El tradicional análisis de que un autor no consigue escapar a sus límites ha de ser reemplazado por la comprensión del autor que persigue y halla, felizmente, sus límites en los lectores. Pero debe hallarlos devastando las inercias institucionales de muerte que aún separan a los hombres. Los autorreportajes novelados de Félix Chaneton serán construcción de literatura si son aniquilación de la realidad, dada; por lo que tendremos calidad literaria en la medida en que la literatura sea destructiva: éste es su procedimiento definitorio, pues nada puede haber más inane para la literatura misma que la edificación. Así, es miserable para la literatura, el simple patetizar dichas o desventuras o el simple pormenorizar goces; un erotismo sin inmoralidad es la tontería doméstica; por el contrario, la pornografía, cuando es inventiva y no pobre estereotipo y receta probada, comporta ya más fuerza en su disolvencia: es la inmoralidad en estado, de gracia infantil.
Y puesto que inicialmente no hay literatura más que en nuestra imaginación, habrá que crearla con palabras. Chaneton, veraz fraudulento o apócrifo investigador, resultará de su obra y de sus lectores: aquélla y estos serán los autores de Félix Chaneton autor. Lo escrito por Chaneton ¿fue verdadero?, ¿fue falso? Solamente Chaneton literato será real. Los acontecimientos debieron ser convertidos en apariencias eficaces para que la realidad del autor pudiera ser literaria, la imagen necesaria de su texto novelesco. Y porque amé como pude a Chaneton, aunque él me ignorara, quiero sentir que esa conversión ocurrió, que Chaneton logró, antes de su muerte súbita, poner punto final no sólo a lo que quiso decir, sino a lo que había que decir.

Correas, Carlos (1984): Los reportajes de Félix Chaneton, Buenos Aires, Celtia, pp. 11-13.

PD.: Acá, una entrevista a Carlos Correas de 1990, realizada por Jorge Quiroga y recuperada por un blog genial llamado Palabras amarillas.

martes, julio 22, 2014

Mapas efímeros: Solos de remington

Mapas efímeros: Amante de la esencia (I) (II)

Para una explicación sobre estos mapas efímeros sobre la obra de Néstor Sánchez, leer acá
Esta es la primera parte de un mapa efímero sobre la escritura incluido en Solos de remington (2014). Se trata del último libro publicado por La Comarca libros que recopila este mapa, el primer libro de cuentos (Escuchando a tu hijo y otros relatos (1963)) y otros relatos como el último escrito por Sánchez.


Solos de remington (I) 

ese barrio con el olor a frito y anduve como un poseído a la par de la vía, sobre el barro debido a la garúa de toda la tarde con una docena de carillas repentinamente inexistentes en el bolsillo del sobretodo, el releído final de Rimbaud, Roberto Arlt fabricando medias en sus últimos días. Meses enteros privándonos, el alquiler de mi pieza atrasado, la necesidad de una máquina de escribir porque va la vida en eso: te lo reiteraba después de quince o veinte días en algún empleo y el encierro y enseguida la liberación que llegaba de vos, un nuevo poema que te leo y te sacude y me das la venia, vuelvo a levantarme por la tarde, a ponerme a salvo y rumiar la falta de comida, a salir desolados los dos por la puerta lateral del hipódromo de San Isidro.


Con el pulso normal a una hora semejante debí procurarme papel, cargar la mesita con la Remington y además colgarme una silla del hombro. Y sólo una vez introducidas las piernas bajo la mesita y respirando hondo (el aire salió despacio y un poco denso hacia el aire que me rodeaba) reiteré que debía escribir una única carta frente a la higuera: una única columna de humo entre tres gallinas y decenas de mariposas.
Mientras introducía la hoja y la acompañaba con el rodillo lo asociado en primera instancia fue el viejo Jonathan Swift entre las tres muchachitas irlandesas en el mismísimo corazón de Irlanda: viejo Jonathan hacia la primera parte del final usted declaró voy a morir por la copa (como un árbol) por la copa con pelo, y en resumidas cuentas usted había vivido toda su vida por la copa y entonces por eso, escribí dieciséis veces exactas por eso y arranqué el papel de la Swift e hice un bollo que fue a pegarle justo a una de las gallinas que apenas aleteó sin convicción alguna. Las mariposas arrastradas por el mismo aire a golpearse contra las plantas a golpearse contra las paredes: pasé otra hoja y la acompañé con el rodillo, la ubiqué a margen y entonces fue cuando se produjo esa especie de corte momentáneo entre la glorieta y las gallinas, entre la suposición de Orsini en el aro y la higuera sostenida por estacas, entre el gran teclado Jonathan bajo los agujeros de mi nariz y la pobre mujer de Lot.

Lo mismo escribí querida Amparo de Frías a pesar de no haberla conocido convendrá (simbólicamente) conmigo en que toda desesperación, en particular toda desesperación maschwitziana dañaba indirectamente a los yuyitos: vuelta a arrancar el papel y a estrujarlo en un bollo que esta vez se cargó un poco de tensiones inconfesables y otro poco con los vestigios de la gran huevada patética; cayó a metro y medio del anterior, sin golpear a ninguna de las tres gallinas que daban la impresión de permanecer lo que se dice ajenas al nítido y casi milagroso sonido de la Swift.

Encendí un cigarrillo mientras con la otra mano pasaba una nueva hoja donde casi enseguida escribí cierto entrecomillado programático, reflexivo, muy breve porque empezaban a llegarme ruidos ligeros, algo vehementes desde la parte central y por lo tanto la arranqué e hice bollo y pasé nueva hoja donde escribí una frase algo exaltada sobre mi cuerpo allí, en el pico, frase que enseguida taché con equis en hilera: querida Batsheva debido a un montón de razones parecería imposible (reiteré cinco renglones de parecería imposible, me levanté percibiendo nuevos ruidos intimidatorios adelante, vi leche en la higuera, vi Lima y aquel hombre P. R. entre pausas que me había preguntado aquello con muy pocas esperanzas de que lo entendiera, sin énfasis entre la palabra vida y la muerte, vi la enormísima huevada siempre al alcance de la Swift, hubiera pateado en paz y por patearla a una de las tres gallinas ignoradoras de las mariposas sobre mariposas) y al volver y sentarme embollé la hoja, pasé otra, reiteré parecería imposible preguntándole a continuación, confesional, en qué momento iba a confiarme sus poemas y sus prosas de cámara y si ser cómico de la lengua representaba su vocación ineluctable: más allá de los bollos —y de la enormísima imprecisión— todavía me parece necesario escribir por lo menos una única carta como si únicamente después de escrita pudiera empezar (di dos espacios y levanté la vista y olí a dentífrico) a reírme de una vez por todas del remitente…

Batsheva ayudándome a recoger los últimos bollos reprimió a ojos vistas la tentación de desenrollarlos y poco más tarde trasladábamos la mesita y la silla mientras Orsini irritaba con vueltas de carnero muy torpes en la parte superior del aro que a pesar del alero le brillaba al sol de la mediamañana en el traspatio.

(continuará...)


 

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