martes, febrero 07, 2012

La necesidad de un ninja púrpura



Gracias, Adri.

lunes, febrero 06, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXVII)

YVES DE LALANDE

Hoy nadie lee ya las novelas de Yves de Lalande, lo que permite sospechar que dentro de poco ya nadie leerá las novelas de nadie. Yves de Lalande era un nombre inventado: en realidad se llamaba Hubert Puits. Fue el primer productor de novelas a escala realmente industrial. Como todos, se había iniciado en su actividad en un plano artesanal, escribiendo novelas a máquina; con ese método, muy ilustre, pero primitivo, necesitaba al menos seis meses para terminar una obra, y esa obra quedaba muy lejos de poder ser llamada un producto bien acabado. Con el tiempo, Puits se dio cuenta de que la idea de escribir por sí solo una cosa tan compleja y variada como una novela, tan llena de humores y situaciones y puntos de vista diferentes, parecía tarea más adecuada para un Robinson Crusoe que para un ciudadano de la más grande y avanzada nación industrial del siglo veinte, Francia.
Para empezar, el editor de la Biblioteca del Gusto, para la cual trabajaba Puits entonces, exigía que sus novelas abundaran no sólo en aventuras, sino también en escenas; de amor romántico; pero Puits llevaba seis años manteniendo una relación absolutamente normal con su camarera o sirvienta a horas, una antigua monja gris y avara que no le concedía el más mínimo detalle de tipo romántico, de modo que se veía obligado a sacarlos de otros libros y siempre había algo que no funcionaba, por ejemplo cuando la protagonista sabía que era la hija adulterina del hermano del rey de Francia, arrebataba al novio la espada y se atravesaba el pecho, pero la escena se desarrollaba en el metro entre Bac y Solferino bajo el Ministerio de Trabajos Públicos, cosa que podía parecer algo extraña.
En cuanto a aventuras, una vez le había sucedido que se quedó encerrado en el ascensor durante dos horas y media, y, en efecto, este episodio reaparecía con frecuencia en sus novelas, incluso en la de ambiente tonquinés, La fiera de la Cochinchina; pero sabía que no podía exprimirlo al infinito. Puits se convenció de que para hacer una buena novela no basta un solo hombre, hacen falta diez, tal vez veinte: quién sabe los empleados que tenían Balzac, Alexandre Dumas, Malraux, pensaba.
Por otra parte, los hombres son propensos a discutir entre sí: mejor cinco empleados de buen carácter que no diez genios incompatibles. Así fue como se inició el establecimiento o fábrica de novelas Lalande. No nos pondremos a describir aquí las fases sucesivas de su desarrollo, sino su forma definitiva, la que permitió al todavía joven marqués De Lalande (también el título era inventado) publicar, entre 1927 y 1942, 672 novelas, de las cuales 87 fueron trasladadas con variado éxito a la pantalla.

viernes, febrero 03, 2012

La flexión paranoica (III)

16 de enero de 1938. [...] Néstor comía rápida, seria, laboriosamente, interrumpiéndose sólo para enjugar el sudor que le manaba de la frente y le caía sobre los anteojos. Tenía algo de Sileno, con sus mofletes, su vientre redondeado, sus anchas caderas. La trilogía ingestión-digestión-defecación marcaba el ritmo de su vida, y las tres operaciones se rodeaban del respeto general. Pero ésta era sólo la faz manifiesta de Néstor. Su faz oculta, que fui el único en sospechar, eran los signos, la interpretación de los signos. Ese era el gran norte de su vida, junto con el despotismo absoluto con que abrumaba a todo San Cristóbal.
Los signos, la interpretación de los signos... ¿De qué signos se trataba? ¿Qué revelaba su interpretación? Si pudiera contestar esta pregunta, toda mi vida habría cambiado, y no sólo mi vida sino también —me atrevo a escribirlo en la certeza de que nadie leerá nunca estas líneas— hasta el mismo curso de la historia. Por cierto Néstor sólo había dado algunos pasos en ese sentido, pero mi única ambición es precisamente seguir sus huellas y llegar tal vez algo más allá de donde él llegara, gracias al mayor tiempo que se me concede y también a la inspiración que emana de su sombra. (pp. 33-34)

[...]

28 de marzo de 1938. Esta mañana, extraño sobresalto con la sensación de que es hora de levantarme. Mi despertador marca las dos menos cuarto, pero está parado. Me levanto en busca de mi reloj pulsera que está sobre la mesa. También está parado, y las agujas marcan las dos y diez. Tuve pues que discar en el teléfono la hora para saber que eran las siete.
En la calle niebla intensa. He dejado junto a la acera mi viejo Hotchkiss para poder correr a Meaux, a ver un cliente, antes de abrir el taller. Cuando acciono el arranque, no pasa nada: la batería no funciona, descargada sin duda por la niebla. Ahora bien, el reloj del tablero, alimentado por la batería, también se ha parado y marca las dos y quince.
Estas coincidencias en cadena me impresionarían si no estuviese acostumbrado al fenómeno. Pero mi vida está llena de coincidencias inexplicables que yo interpreto como otros tantos llamados de atención. No es nada; es el destino que me vigila y trata de que no olvide su presencia invisible pero inevitable.
El verano pasado, yo dormía con la ventana abierta de par en par. Al despertarme, conecto la radio para acunar con música los primeros minutos de la jornada. Y la música surge, en efecto, chispeante, vivaz, fresca, endiablada. Luego me distrae un gran jaleo en el techo, sobre mi cabeza. Algunos pájaros, de tamaño sin duda respetable, se pelean e insultan con pasión. El ruido aumenta y adivino a los adversarios entrelazados, resbalando sobre la chapa inclinada. Finalmente, un paquete de plumas erizadas rebota en el marco de la ventana y cae dentro de mi pieza. Dos urracas asustadas se separan con un impulso común y retoman, por la ventana, el camino de la libertad. En ese momento se apagan los últimos acordes de la música y la locutora anuncia: "Acaban de escuchar la obertura de La urraca ladrona de Rossini". Sonreí bajo las sábanas. Murmuré: "¡Buenos días, Néstor!".
A veces también es una respuesta —generalmente irónica— a un pedido indiscreto que se me escapa. Porque, en fin, rodeado como estoy de signos y de relámpagos, bien podría, sin duda, me parece, pretender tener suerte.
Hace seis meses, teniendo algunos vencimientos difíciles de levantar, compré un billete entero de la Lotería Nacional pronunciando esta corta plegaria: "Néstor, ¿aunque sea una vez?". ¡Ah, no puedo decir que no me haya escuchado! Hasta diría que me respondió, con un palmo de narices. Mi número era el B 953.716. El número que procuró un millón a su propietario fue el B 617.359. Mi número al revés. ¡Era para enseñarme a no querer sacar un trivial provecho de mi privilegiada relación con lo que hace mover el universo! Me enfadé; luego reí. (pp. 86-88)
Tournier, Michel (1979[1970]): El rey de los Alisos, Buenos Aires, Sudamericana.

miércoles, febrero 01, 2012

Grafonovelas para todos


Factum, grafonovelas semanales.
La idea es genial: historietas de género entregadas de forma semanal, todos los días, de lunes a sábados (el domingo se descansa). La variedad de los géneros va del horror a la space opera pasando por el policial negro.
Mis favoritas: Los pocos que quedan (un misterio sobrenatural) de M. Muntaner y Manuel Depetris y El camino del bluesman (una serie de horror) de Damián Connelly y Diego Simone. Léala, amig@, no sé arrepentirá.

martes, enero 31, 2012

La menesterosa incertidumbre (Néstor Sánchez)


En el espacio libre entre una palabra y otra palabra tanto pueden caber siete mil ochocientos cuarenta y seis arlequines algo ensimismados que bailan entre sí (el mundo, literalmente: la ronda), como esa más grande desilusión que suele pagarse con la vida terrestre. Pero cada tanto alguien se encarga de recordarnos que también tiene lugar el espacio algo agolpado de la menesterosa incertidumbre. En este último caso todo indicaría la existencia de un par de claves bastante premonitorias: sobrevivir en ella -dicen- como en un lugar de sol, y procurarle por todos los medios algún asomo de entendimiento hasta que se produzca, a lo sumo, la llamada edad responsable. Hay gente de trabajo que se mueve en este minúsculo-espacio-ilimitado; y uno se pregunta por qué justamente entre dos palabras, uno quisiera saber si se trata de una alegoría, de dos palabras cualesquiera, del ritual de rituales. En resumidas cuentas, nunca llega a saberse nada de nada, los tipos trabajan simplemente allí sólo porque han dado con ese espacio donde los ojos de la carne -a través de una inefable tradición cultural- se habían detenido para descansar por un millonésimo de segundo, poco más o menos. Y la otra pregunta también regresa a todo corazón un poquito intranquilo: ¿qué será de ellos cuando se termine el espacio entre dos palabras, el blanco-blanco y los especialistas ensimismados?

Néstor Sánchez

Texto para el catálogo de la muestra Dibujos de Horacio Zabala, expuesta en la Galería Arte Nuevo, Maipú 971, del 30 de mayo al 13 de junio 1968. El título del texto de revista Las ranas.

Fuente: Revista Las ranas, nº3, noviembre de 2006, Buenos Aires, pp. 107.

lunes, enero 30, 2012

acabáramos...

Poco después de que se conociera la detención de Dotcom –a quien el blogger español Leónidas Martín Saura señala como uno más de los zares capitalistas, en otras palabras, un pirata tal como lo son Bill Gates o el finado Steve Jobs–, el sitio TechCrunch publicó una nota en la que señalaba la particular saña del FBI contra Megaupload y esbozaba, citando las fuentes debidas, una teoría: el cierre del sitio –porque, a todo esto, es un sitio popular pero de ninguna manera el único que ofrece almacenamiento masivo de archivos– podría deberse al proyecto de Dotcom de poner en línea el almacenador de música Megabox y DIY, un servicio de distribución de ganancias entre artistas, aún entre aquellos que ofrecieran su material para descarga gratuita, lo que vendría a desbancar la industria musical tal como persiste hasta ahora (es decir: grandes ganancias para las compañías, poquísimas para el creador y amurallamiento tras los derechos de autor).
El sitio TorrentFreak (lugar imprescindible para saber qué descargar y a través de qué servidores para todos aquellos que usamos intercambio de archivos par a par vía Torrent) informó por primera vez sobre este proyecto en diciembre de 2011. Según Dotcom, Megabox iba a ser un competidor directo de iTunes, incluso ofrecería películas gratis a través de Megamovie, sitio que se lanzaría en 2012 y sería una suerte de cine digital.
Pablo Makovsky escribe un post fundamental en torno del cierre de Megaupload, las propuestas que el FBI intentó echar por tierra con dicha clausura y la imposibilidad de seguir enceguecidos antes el advenimiento de una nueva forma de intercambiar y producir cultura. Gracias, Pablo.
Vía apóstrofe.

viernes, enero 27, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXVI)

MORLEY MARTIN

En 1836, mientras el inglés Andrew Crosse realizaba uno de sus experimentos eléctricos, tuvo la agradable sorpresa de asistir al nacimiento, a partir de una mezcla de minerales triturados, de una cantidad de diminutos insectos. Esto es lo que vio Crosse al microscopio: «El día décimocuarto del inicio del experimento, observé en el campo óptico varias excrecencias blanquecinas, pequeñas, como pezones, que surgían del material electrizado. El día décimo octavo estas protuberancias habían crecido, y sobre cada uno de los pezones habían aparecido seis o siete filamentos. El día vigésimo primero las protuberancias se habían hecho más claras y más largas; el día vigésimo sexto cada una de ellas asumía la forma de un insecto perfecto, erguido sobre el ramillete de pelos que constituye su cola. Hasta aquel momento había creído que se trataba de formaciones minerales, pero el día vigésimo octavo observé claramente que aquellas criaturas comenzaban a mover las patas, y debo decir que me sentí bastante atónito.»
Así vio nacer centenares de mosquitos. Apenas habían nacido, los mosquitos abandonaban el microscopio y se iban volando por la habitación, a esconderse en los lugares oscuros. Puesto al corriente del acontecimiento, otro investigador microscopista amigo suyo (un tal Weeks que vivía en Sandwich) quiso repetir el experimento y también él obtuvo millares de mosquitos. Los detalles del sorprendente experimento pueden leerse en los Memoriales de Andrew Crosse, recopilados por una pariente en 1857, en la Historia de la Paz de los Treinta Años, de Harriet Martineau (1849) y en Extravagancias: Una cosecha de hechos sin explicación (1928), del comandante retirado Rupert T.
En 1927, en su laboratorio privado de Andover, el inglés Morley Martin cogió un pedazo de roca arqueozoica y lo calcinó hasta reducirlo a cenizas; de estas cenizas, mediante un complicado y secreto proceso químico, obtuvo a continuación una cierta cantidad de protoplasma primordial. Evitando cuidadosamente que fuese contaminado por el aire, Martin sometió la sustancia a la acción de los rayos X; poco a poco vio aparecer en el campo óptico del microscopio una cantidad fabulosa de vegetales y animales microscópicos, vivos. Sobre todo pececitos. En escasos centímetros cuadrados el estudioso llegó a contar 15.000 pececitos.
Esto quería decir obviamente que dichos organismos habían permanecido en estado de vida latente durante al menos un millón de años; es decir, desde la era arqueozoica hasta 1927. El sobrecogedor descubrimiento fue hecho público en un opúsculo titulado La reencarnación de la vida animal y vegetal del protoplasma aislado del reino mineral (The Reincarnation of Animal and Plant Life from Protoptasm Isolated from the Mineral Kingdom, 1934). El escritor Maurice Maeterlinck dedicó un capítulo de su libro La Grande Porte (1939) a ese descubrimiento; el librito de Martin es actualmente casi inencontrable, pero en el volumen de Maeterlinck se puede leer una descripción del notable experimento:
«Aumentados bajo la lente del microscopio, se veían aparecer unos glóbulos dentro del protoplasma; en estos glóbulos se iban formando unas vértebras, estas vértebras constituían después una columna, luego aparecían claramente los miembros, la cabeza y los ojos. Las transformaciones eran habitualmente muy lentas, requerían varios días, pero a veces se desarrollaban bajo los ojos del espectador. Un crustáceo, por ejemplo, apenas se le desarrollaron las patas, abandonó el portaobjetos y se fue. Estas formas, pues, viven, a veces se mueven, y crecen mientras encuentran nutrición suficiente en el protoplasma que las ha originado; después de lo cual dejan de crecer, o bien se devoran mutuamente. Morley Martin, sin embargo, ha conseguido mantenerlas con vida, gracias a un suero secreto.»
El descubrimiento de Morley Martin, aunque irrepetible, fue bien acogido por los teósofos, entre otras cosas porque contribuía a confirmar la teoría de Madame Blavatsky sobre los arquetipos de vida primordial salidos en el período del fuego y de los vapores de la tierra, de los cuales acto seguido el proceso evolutivo hizo desarrollar las formas hoy conocidas. Unos años después, siguiendo los pasos de Martin, Wilhelm Reich descubría en la arena caliente de Noruega miríadas de vesículas azules, también vivientes, henchidas de energía sexual, que denominó biones. Estos biones forman racimos y finalmente se organizan en protozoos, amebas y paramecios, hechos de solo deseo, pulsadoras de libido (Wilhelm Reich, Biopatía del cáncer, 1948).
 

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