sábado, octubre 03, 2020

Alberto Greco, por Ernesto Schoo

Hace unos meses tuve la suerte de cruzarme con un libro de Ernesto Schoo titulado Función de gala (1976). En realidad, yo buscaba El placer desbocado (1988) porque había leído por ahí que en esa novela, Schoo ficcionalizaba su relación con el artista plástico Ernesto Schoo. Sin embargo, un poco por equivocación, terminé en Función de gala y me encantó: una propuesta queer, kitsch y decadente en tiempos de oscuridad nacional, toda una apuesta literaria. Luego de eso, sí, busqué El placer desbocado, y me entretuvo bastante esa historia de islas, proscriptos y extravagancia. Efectivamente, la novela recuperaba la figura de Greco con toda su provocación y su riesgo. 

En paralelo a estas lectura de la narrativa de Schoo (que espero continuar próximamente cuando encuentre sus otros libros), mi amigo MM me prestó un libro del mismo autor con perfiles breves y recuerdos titulado Pasiones recobradas. La historia de amor de un lector voraz (1997). Entre esas páginas, Schoo arma un breve boceto de Alberto Greco que tenía ganas de dejar por acá. Me gustó, por un lado, que escribiera sobre Greco de nuevo, por fuera de la ficción. Por otro lado, me parece original que no ponga tanto el acento sobre su obra plástica sino sobre su escritura. Gracias al trabajo de Paula Pellejero, directora del documental Alberto Greco. Obra fuera de catálogo, podremos recobrar la escritura de Greco con el libro de reciente edición, La aventura de lo real. Escritos de Alberto Greco (2020). Pronto postearé más novedades sobre este libro.

Pasen y disfruten, entonces, del perfil sobre el creador del Vivo Dito, en palabras de Ernesto Schoo.

 

Alberto Greco (Ernesto Schoo)

¿Quién me hubiera dicho cuando lo conocí, cerca de medio siglo atrás, que la pintura de Alberto Greco sería entronizada en el Museo Nacional de Bellas Artes? Yo andaría por los 20 y él por los 15, cuando nos presentó una amiga común, Sara Reboul, poeta. Greco circulaba por la Buenos Aires de 1945 con un aro dorado en una oreja, un saco rojo y un mechón barriéndole los ojos azules, aguachentos. Pueden imaginarse las reacciones provocadas a su paso por la ciudad de la gomina, el empaque y los muchachos como los dibujaba Divito. Era una guerra que él peleaba con el desvalimiento y el ingenio. Fue un pícaro, con todas las trapisondas, las desdichas y la diversión de la picardía. Nunca conocí a otra persona en quien convivieran tan íntimamente el ángel y el demonio. Capaz de inconcebibles generosidades y de perfidias muy crueles. Como un chico eterno. Se sentó a la mesa de los ricos y comió los sandwiches del día anterior que le alcanzaban los mozos conmovidos, de la desaparecida Jockey Club, en Viamonte y Florida. Vistió como un príncipe y como un mendigo. Cultivó, es cierto, un empeñoso, deliberado desaliño que condecía con el desgarbo corporal, el hablar tartajoso, la risa convulsiva que se desataba de repente, casi siempre inoportuna, en hipos, jadeos, gruñidos y una especie de aullido animal, lejano, tristísimo, que resonaba en el fondo de insondables cavernas de su infancia de incomprendido y rechazado. Tuvo amores con todos los sexos y todas las edades, y siempre fue él quien se alejó primero. Hasta que alguien le ganó de mano. Y fue el fin. Tuvo desde chico la certeza de una muerte prematura, a los treinta y cinco años, y se suicidó al borde de esa edad. Nunca me interesó su pintura. Sí, sus poemas, sus cuentos, los trazos prodigiosos que derrochaba sobre las mesas de los bares, hechos con borra de café, con ceniza de cigarrillo, con mugre y talento. Como sus últimas invenciones plásticas, el Vivo Dito, la “firma” al pie de los transeúntes, esos dibujos efímeros lo representaban cabalmente: el último de los bohemios, patético, viajero distraído que se baja en otra estación y se queda, por ver qué hay de nuevo, de distinto, de cómico. Me cuesta imaginarlo cómo sería hoy, a los sesenta años. Para mí, llevará siempre un aro dorado en la oreja, vestirá un saco rojo y se reirá con una risa imposible. Atroz, acaso. 

Schóó, Ernesto. Pasiones recobradas. La historia de amor de un lector voraz, Buenos Aires, Sudamericana, 1997, pp. 60-61.

sábado, septiembre 26, 2020

Revista Gualicho, un paseo por el lado oscuro

 

Las revistas virtuales fueron mutando en sus propuestas y formatos a lo largo del tiempo. Hace unos meses, me crucé con un proyecto que me generó interés: la revista Gualicho. Se trata de una revista mensual, realizada en formato pdf, cuyo objetivo principal es explorar la literatura de terror y fantasia argentina actual. Me interesó porque es breve, con un planteo despojado y preciso, tapas convocantes, y porque se nota el afán por compartir literatura de género de calidad, sin privilegiar nombres ni estilos.

La propuesta, dirigida por Emanuel Rosso desde Córdoba, es sencilla y efectiva: cada número consta de un relato breve, unas 10 a 14 páginas, de un autor o autora afín a los géneros de la imaginación oscura. La revista Gualicho se puede descargar y leer desde su página de Facebook (todos los números están en esta carpeta) y también tiene su perfil en Instagram (revistagualicho).

Le hice algunas preguntas sobre el proyecto a Emanuel, director de la revista Gualicho, quien generosamente las respondió. Les recomiendo que lean la breve entrevista y que luego se sumerjan en el mundo de terror que estos autores y autoras convocan con estilos y temáticas disímiles.

 

Golosina Caníbal: ¿Cómo nace la revista Gualicho? ¿De dónde sale el título? ¿Qué periodicidad intentás sostener con el proyecto? 

Revista Gualicho: Gualicho nace por la curiosidad que me generaba saltar el mostrador y ponerme en el lugar de editor. Fue casi como un juego. Y no creo que esté mal hacer las cosas como si fueran un juego. Si se va a disfrutar del resultado tanto como yo disfruto hacer Gualicho, diría que es hasta recomendable. De pronto un día le pedís un texto a Bragagnolo y te dice que sí, o te escriben Juan José Burzi y Marcial Gala y te preguntan si pueden participar y te das cuenta de que estabas haciendo un buen laburo. El título es ese porque es una palabra muy de estos lados. En lo personal creo que el terror, como el rock o el heavy metal, es más interesante si tiene un agregado local. Los que amamos el terror amamos las mansiones victorianas, los cuervos y el vudú de Louisiana, pero vivimos en este lado del mundo. Entonces tal vez debamos encontrar el terror en lo que nos rodea, en nuestras tradiciones, en nuestra música. Si prestás un poco de atención, es fácil apreciar que el miedo está en todos lados. La idea es que la revista salga, al menos, una vez por mes. 

  

GC: ¿De qué modo te ponés en contacto con autores y autoras para los distintos números? 

RG: Algunos autores han sido invitados a participar, a otros les gustó el proyecto y se acercaron solos. Cuando llega algún texto de alguien cuyo trabajo no conozco, le digo que el relato será puesto a consideración. Algunos necesitan ser trabajados un poco, otros llegan ya cocinados, muy corregidos, listos para salir. La idea es que en la revista convivan algunos autores que están dando sus primeros pasos con otros que ya tienen cierto renombre. 

GC: ¿Por qué te parecen interesantes géneros como el fantasy, el terror y el fantástico? 

RG: El terror me acompaña desde que tenía unos ocho años, desde la primera vez que vi a Freddy Krueger. ¿Por qué me gustan esos géneros? Supongo que disparan algo que está bien guardado en la porción del cerebro que se ocupa del disfrute. O tal vez porque en ellos uno puede encontrar historias que se alejan de la cotidianidad, de lo autobiográfico, de la literatura del yo que desde hace un tiempo ha abandonado los guetos indies para ocupar las estanterías del mainstream.

  

GC: ¿La breve extensión de los relatos y el planteo textual despojado son aspectos buscados deliberadamente?

RG: La extensión sí. La idea es que cada número de Gualicho sea un amuse-bouche. El autor tiene una extensión acotada para mostrar sus armas. Si el lector encuentra algo que le gusta, puede investigar la obra del autor. Es como una cata literaria, si se me permiten dos referencias gastronómicas en una misma respuesta. El planteo estilístico depende de cada autor, pero creo que hoy por hoy es deseable evitar los barroquismos. Es absurdo intentar escribir como lo hacía Lovecraft. 

GC: ¿Qué potencialidad le ves a una revista virtual para la difusión de nuevos autores y autoras en nuestro país? 

RG: Si me guío por la experiencia de Gualicho, el potencial es alto. Uno puede ver cómo se van tejiendo las redes, aunque a veces parezca que somos los mismos cinco borrachos de siempre en el boliche. Por último, gracias por el espacio y el tiempo. 


sábado, septiembre 12, 2020

Entrevista a Carlos Correas en El ojo mocho (1996)

Hace unos años tenía la idea loca de subir varias entrevistas realizadas en la primera época de El ojo mocho que considero muy valiosas y que mi amigo F. R. me pasó en imágenes muy gentilmente. La primera que subí en aquel tiempo fue la entrevista a Josefina Ludmer, "Los géneros de la patria", publicada en el n.° 4 de la revista, en 1994 (parte 1, parte 2 y parte 3). En ese momento tuve la nefasta estrategia de subirla en tres partes al blog: claramente debe haber tenido muy pocas lecturas.

Ahora bien, como todavía pienso que esas entrevistas deberían tener una sobrevida digital, en estos días me tomé un rato para digitalizar la entrevista a Carlos Correas, autor de La operación Masotta y de Los reportajes de Félix Chaneton, autor predilecto de este blog, realizada en el n.° 7/8 de El ojo mocho en el año 1996. Copio pues el principio y luego dejo un link para bajarla completa: es una entrevista larga y valiosa en la que Correas habla de homosexualidad, de literatura, de filosofía, de traducción y también cuenta anécdotas hermosas sobre Contorno, la vida porteña en los 50 y 60, Masotta, Sebreli y demás. Pasen, lean y disfruten.


Carlos Correas: Filosofía en la intimidad

Entrevista en El ojo mocho, n. 7/8, otoño de 1996, pp. 07-45.

Eduardo Rinesi: -A lo mejor podríamos empezar comentando el artículo tuyo aparecido en Clarín días pasados y el calificativo de peronista que te atribuís allí, a vos, a Sebreli y a Masotta.

-Sí. Vos sabés que no era un peronismo de militancia partidaria, en absoluto. Nunca fuimos a ofrecer nuestros servicios como intelectuales a ninguna Unidad Básica. Nunca ocupamos ningún cargo oficial tampoco. Era como una especie de inclinación afectiva, en cierto modo, y de acuerdo con ciertas políticas instrumentadas por el peronismo que se concretaban en los hechos, ¿no? Tal vez, más que peronistas, una expresión que yo he hecho: éramos anti-antiperonistas. Es decir, vivíamos rodeados de antiperonistas, por cuestión de clase. Incluso empezando por la familia: mi padre y mi madre eran antiperonistas furiosos. Y con matices de racismo, incluso. Bueno, ahí aparece la expresión "cabecita negra" o los "negros". Algo que todavía continúa. Yo tengo, por ejemplo, un hermano mayor —no importa si esto sale, mi hermano no lee revistas literarias, así que no lo corrijan nada— que juega a las carreras y está jubilado, tiene seis años más que yo. A mi hermano le quedó eso, ese antiperonismo de marca, incluso en la actualidad sigue usando esa expresión "negro". Y negro es todo aquel que realiza un trabajo manual, o algo que se parezca a un trabajo manual. Los colectiveros, por ejemplo, son todos negros, aunque sea rubio y de ojos azules, no interesa. La cuadrilla de teléfonos que le viene a arreglar los cables, todos esos son negros, "los negros que vinieron a arreglar el teléfono". Y mi madre también era muy racista. Mi padre no, mi padre era un inmigrante español, aragonés, que llegó a la Argentina en el 18. Era el hijo mayor de la familia. La guerra del 14 termina en noviembre del 18, pero se rumoreaba, en esos últimos meses, que España iba a entrar en guerra, uno de tantos rumores que corrían. Y mi padre tenía 18 o 19 años, así que si España entraba en guerra, casi seguro que él tenía que participar. Entonces, la madre, asustada, lo saca de España y que emigre. Y se vino a la Argentina, solo. Con el bachillerato terminado, pero sin recomendaciones ni nada. Empieza a trabajar en las cuadrillas de las vías de ferrocarril, y después entra en la Municipalidad. Después, con la Guerra Civil Española, él era republicano, y sobre todo, anticlerical. Bueno, una figura característica, ¿no? Antifranquista y anticlerical. Yo fui bautizado a instancias de mi madre. Como mi madre era católica, pero no una católica practicante, católica como muchos católicos argentinos, que son católicos para no ser tomados por judíos. Porque mi madre no solamente era racista sino que era antisemita, también: hablaba de los negros y los judíos. Y yo fui bautizado a instancias de mi madre. Ahora, cuando a instancias de mi madre también debía hacer la primera comunión, ahí mi padre se plantó y dijo no, ya no, tanto no. Hasta el bautismo sí, pero la primera comunión, no. Así que ése era mi entorno familiar. Y después, otro entorno, más allá de ese círculo inmediato, los intelectuales, digamos. Bueno: los Viñas eran antiperonistas. Es decir, mi padre era antiperonista por liberal. Era la amalgama entre Perón y Mussolini, Perón y Hitler, ¿no? Estaba muy fresca todavía la Segunda Guerra Mundial y el recuerdo de Hitler. Las visitas de Perón a Europa, a Italia y a Alemania, que fueron como visitas de estudio de las estructuras de los ejércitos. Y es cierto que muchos que habían sido admiradores de Mussolini o de Hitler, del fascismo o del nazifascismo, eran peronistas. Eso es muy cierto. Eso lo ha dicho ya David, que tiene más edad que yo y que eso lo vivió en las aulas en la época del peronismo, ¿no? En la Universidad de Buenos Aires, en manos del estado. Cierto, habría que rescatar a Astrada o a Guerrero, pero otra gente, no, desde luego que era intolerable. Y nos despertaba mucha simpatía Eva Perón. Así que ése fue nuestro anti-antiperonismo.

Horacio González: -Al decir "Nos despertaba...", ya era el grupo de Filosofía y Letras, años cincuenta y tantos...

-No, nos despertaba a Masotta, a Sebreli y a mí. No había todavía un grupo de Filosofía y Letras. En mi caso por lo menos... En el año 52 muere mi padre. Entonces, yo ya tenía un año hecho de medicina, porque mi padre quería que mi hermano y yo fuéramos médicos. Ninguno de los dos fue médico, mi hermano sólo fue bachiller, pero mi hermano comenzó a estudiar medicina y después dejó. Dejó por su vida de café y de billarista. Nosotros vivíamos en Palermo. Yo nací ahí, en Palermo...

 

La entrevista completa a Carlos Correas se puede descargar de acá.

viernes, septiembre 04, 2020

Un fragmento de ¡Paraguayo!, de Ariel Luppino

Ariel Luppino teje una conspiración, una serie de intrigas en la literatura argentina. 

Pero sería un error hablar de un Ariel Luppino. Como en los multiversos de su maestro Laiseca, hay cuatro o cinco Luppino habitando la Gran Llanura de los Chistes. Está el Luppino de las entrevistas, polémico, directo; está el Luppino de las novelas crueles, Las brigadas (2017), Las máquinas orientales (2019) y ahora, ¡Paraguayo! (2020), todas publicadas por Club Hem; hay un Luppino lector también, es el de La risa, el de las redes sociales; hay Luppino artesanal, con breves novelas, que apuesta a un proyecto como la Oficina Perambulante, de Carlos Ríos; hay otro Luppino más secreto, más personal, pero ese no importa tanto en este llanura. Laiseca y Lamborghini se hubieran divertido creando anagramas con el nombre Ariel Luppino, formas de nombrar esta multiplicidad.

Ese Ariel Luppino, múltiple, diseña un universo literario sostenido en la búsqueda de frases perfectas, en la violencia como motor narrativo, en los apodos y los nombres que son destino, en las lógicas del amo y del esclavo, en la actualización de una tradición nómade de bárbaros que desembarcaron en la literatura argentina para asolar sus fortalezas, como bien lo ha señalado el crítico cómplice Agustín Conde De Boeck.

Por todo eso, y porque en literatura una conspiración también puede ser una amistad, me complace postear este fragmento de ¡Paraguayo!, publicado recientemente por Club Hem. Pasen y lean!  

 


Fragmento de ¡Paraguayo! (Ariel Luppino)

Al Mandioca lo disgustó enterarse de esa noticia. Sólo un hombre lo había desafiado una vez y había sido un viejo compañero de armas, el General Uki Safrím. Para ser honesto debía reconocer que lo había tomado por sorpresa. Nunca lo hubiese imaginado. Él y Uki Safrím habían guerreado juntos en una infinidad de lugares desde la noche de los tiempos. Pero un día Uki Safrím decidió desafiarlo, frente a su tropa, en su propia casa. El Mandioca recordaba todo aquello como si hubiera pasado ayer, o como si todavía estuviera pasando frente a sus ojos. Uki Safrím había convocado a una asamblea extraordinaria en Cerro-Corá. Acudieron todos los clanes que financiaban la guerra en esa etapa primigenia, casi larvaria. No cualquiera podía hacer eso frente a las narices del Mandioca, pero Uki Safrím era un líder del pueblo, tenía poder y prestigio, ambos ganados con valor y una pizca de osadía. Además, Uki Safrím contaba con el apoyo incondicional de su tropa. Era un gran estratega, el segundo en la cadena de mando del Ejército paraguayo, justo después del Mandioca. Ese día Uki Safrím llegó escoltado por su guardia, un grupo de élite conocido como Los Azules, cada uno con un facón pintado de ese color, y pidió hacer uso de la palabra, porque, según dijo, tenía una acusación muy seria para hacer. Nadie entendía qué estaba pasando y el Mandioca mismo estaba intrigado, aunque suponía que la cosa era con él. Uki Safrím no le había hablado antes, y a solas, como correspondía a su rango y amistad. Todos estaban a la expectativa. Uki Safrím nunca había dado un paso en falso y era evidente que se traía algo entre manos. Empezó diciendo que contaba con el testimonio de fuentes confiables (inclusive tenía pruebas…) como para concluir que el Mandioca era un robot. Hubo una consternación entre los presentes, miradas cruzadas, y cierta incomodidad. Pero eso no era nada grave ni estrafalario. Después de todo, siguiendo esta línea de pensamiento, muchos consideraban al Mandioca un semidiós. Siempre salía a salvo de todas las batallas, y nunca nadie le había hecho ni siquiera un rasguño. Claro que el planteo de Uki Safrím no terminaba en ese punto: en su historia todavía faltaba lo peor. Según sus fuentes, el Mandioca era un robot creado por los argentinos, un robot enviado por los argentinos para conducirlos a una debacle estrepitosa, a la derrota de una guerra que los estaba matando a todos ellos a distancia. Hubo un murmullo de indignación entre la mayoría, y Zetos y el Zurdo desenfundaron sus facones. Mate Cocido no tuvo ni tiempo de sacar el pistolón. El Mandioca pidió que dejaran hablar a Uki Safrím, que no lo interrumpieran. “El General tiene el derecho conferido por esta asamblea de notables”, les recordó a los demás. Entonces Uki Safrím retomó la palabra. En voz alta, poco menos que a los gritos, acusó al Mandioca de ser el arma de exterminio más efectiva con la que contaban los argentinos. Los Azules tuvieron que interponerse para que no lo despedazaran vivo. Pero el Mandioca volvió a pedir silencio, y un poco de tranquilidad. Después le exigió el pistolón a Mate Cocido, que esta vez había llegado a sacarlo, y enseguida se lo puso en la mano a Uki Safrím, que lo miró extrañado. "Delante de todos", dijo el Mandioca, "demostrá que yo soy un robot". Ukí Safrím comprendió la gravedad de su acusación. Hubo otro murmullo pero el Mandioca hizo silencio con un gesto de la mano. Entonces Uki Zafrím le apuntó a la cabeza, y enseguida bajó el arma. Parecía arrepentido de haber llegado a esa instancia. Pero íntimamente sabía que ya no había vuelta atrás. "Si vos no sos un robot", dijo el Mandioca, "entonces comportate como un hombre". Uki Safrím volvió a apuntar con timidez, casi con vergüenza, y le disparó en una de las piernas. El Mandioca cayó de rodillas y un charco de sangre espesa se formó a su alrededor. Quizás porque había comprendido que ese acto era irremediable, Uki Safrím le apuntó a la cabeza y, casi con desdén, hizo fuego. Todos se abalanzaron sobre el cuerpo del Mandioca después del estruendo. La primera bala había destruido una aorta y los médicos tardaron cinco horas en parar la hemorragia. Como reemplazo de la zona dañada tuvieron que poner un conducto de resina reforzada con fibras de algodón. La segunda bala le había volado la mitad de la mandíbula pero pudieron reconstruirla con piezas de acero. El Mandioca tardó meses en recuperarse, la mayor parte del tiempo se la pasaba sedado o delirando por la fiebre (se habían acabado las dosis de sedantes y fue sometido a dieciséis operaciones quirúrgicas). Las mujeres y niños hacían guardia noche y día afuera de su tienda, y rezaban en voz alta. Llegaron a verse facones azules apilados en señal de respeto, casi de veneración, como una ofrenda a un antiguo rival. Uki Safrím tuvo que reemplazarlo pero su imagen cada día se erosionaba más y más: nadie comía con él, y muchos le esquivaban la mirada. Las bajas en campo de batalla se duplicaron y se perdieron territorios de suma importancia. Pero antes de que estuviera en condiciones de pelear el Mandioca volvió al frente y recuperó los territorios que se habían perdido durante su ausencia, y consiguió una serie de triunfos claves en la frontera. Durante los festejos el Mandioca volvió a reunirse con Uki Safrím y ambos se estrecharon la mano. No habían vuelto a verse las caras desde aquella vez. El Mandioca le preguntó si todavía seguía creyendo que él era un robot. Uki Safrím le miró los dientes de acero y con una sonrisa culposa reconoció que no, claro que no. Entonces el Mandioca también sonrió y sin una pizca de rencor dio la orden de que lo despellejaran vivo. Los Azules fueron los primeros en sacar los facones sedientos de sangre.

 


 

lunes, agosto 31, 2020

"Curabichera", un bicho raro de Nadia Gómez

Cada tanto releo Bichos raros (2018), de Nadia Gómez. ¿Qué escribió Gómez? ¿Qué son estos textos que arranca con un dato animal estrafalario para luego ir a un núcleo narrativo humano entre la tensión y el desborde?

El pequeño libro, editado por Palabras amarillas ediciones, remite al viejo truco del bestiario pero a través de una escritura que parece engendrar un nuevo género narrativo. ¿Estoy ante el nacimiento de una nueva forma de narrar? Claro, lo sencillo sería esgrimir el adjetivo híbrido pero los relatos de Gómez no son híbridos, son mutantes más bien. Breves relatos en mutación: por eso se ven cuerpos desmembrados y suturas poéticas, registro mixtos de lenguaje e imágenes de crueldad experimental.

 

Probablemente, el relato que condense Bichos raros sea "La broma del taxidermista". Si el ornitorrinco parecía el chiste de diabólicos taxidermistas, estos relatos se hermanan con ese humor infernal y con el escalpelo que usa Gómez para construir breves engendros narrativos. 

Bichos raros, ilustrado por imágenes también mutantes de Muriel Bellini, es un laboratorio narrativo que Nadia Gómez maneja, como una científica loca, y que puede sumir a cualquiera en el desconcierto lector. Y exigir, cómo no, una nueva y próxima lectura.

Lean, pues, uno de los bichos raros de Nadia Gómez.


Curabichera (Nadia Gómez)

 

La bichera crece especialmente en lugares húmedos. De tanto rascarse se hizo una herida. La piel demasiado seca se rajaba cuando hacía fuerza para defecar y en contacto con la suciedad del suelo la herida se puso dulce. Las primeras larvas nacieron en el tracto rectal, las pasó a la cabeza con las uñas. Las que perforan la primera capa de piel son capaces de llegar hasta el cráneo. Los parásitos empezaron a multiplicarse. Cuando aún conservaba la razón, ya tenía nidos y los gusanos salían como flechas de carne. No hubo forma de preguntarle. A los más de adentro, hubo que sacarlos con una pinza, ayudarlos a nacer. Tuvo momentos felices. Le habíamos puesto Hafiz. Murió en el lavadero del patio con una inyección letal. La última semana no podía moverse. Con los ovejeros el gran problema es la cadera.

Tres de la tarde, hora desierta en Nueva Pompeya. Un sexagenario, ex integrante del Ejército que ahora tiene una ferretería, es asaltado por delincuentes armados cuyo número y género no precisa. Llama a la 34 y avisa auto blanco asaltó su local y se dio a la fuga, no especifica marca, ni características de la carrocería. Auto blanco, nada más. La policía activa el llamado "operativo cerrojo". 

Pepe Pedro o cualquier otro nombre frena en una esquina de Avenida Sáenz, espera el cambio de semáforo. FM Aspen, una balada amorfa y reiterativamente feliz. Sol seco contra el capó blanco. La nena se pasa de un salto atrás por entre la palanca y los dos asientos. Pepe Pedro o cualquier otro nombre, que es su papá, le dice la próxima vez que saltás así te doy un chirlo. La nena se ríe y busca una muñeca Barbie abajo del asiento del acompañante. La muñeca tiene el cuerpo finito, un pantalón de corderoy y una remera con la leyenda: Sweet & Honey. Cursiva con relieve. La nena pide a papá un peine para la Barbie. Pepe Pedro o cualquier otro nombre agarra el peine de hotel que guarda en la solapa del espejo. Vigila el retrovisor y ve venir un auto oscuro con todas las luces. Cambia el semáforo y el auto de las luces se aproxima y la nena se agacha para agarrar el peine que se cayó cuando pone primera y él se engancha la manga en la tanza del rosario y del auto de las luces sale un tiro y otro inexplicable estalla el vidrio de atrás y revienta el rosario y la espalda del asiento y otro tiro atraviesa el vidrio delantero y la nena se mete en el hueco del acompañante y Pepe Pedro o cualquier otro nombre volantea con el cuerpo dado vuelta pura buscar a la nena y ve la Barbie, la remerita, lee Sweet & Honey, un tiro le da en la mandíbula y lo desmaya con el pie apretado en el acelerador. 

Pepe Pedro o cualquier otro nombre todavía está al volante y el auto en marcha cruza la esquina, sigue toda la avenida, pasa la verdulería y el negocio de las empanadas, la publicidad de Tarjeta naranja y atrás el Peugeot 504 le sigue disparando porque Pedro Pepe o cualquier otro nombre no frena y huye inconsciente, pasa a las amigas que salieron de la escuela, pasa un árbol de otra esquina y sigue limpio con el volante flojo toda esa cuadra hasta que el cuerpo se le ladea un poco y se equivoca de dirección y con la cabeza triturada por el tiro número tres se sube a la vereda, atropella a una mujer de 35 años y a su hijo de seis y choca contra un Kangoo. El conductor y su señora son de nacionalidad coreana, sufren heridas. Pedro Pepe o cualquier otro nombre es responsable de homicidio culposo. El auto de la policía sin identificación dispara dieciocho veces más. Ocho tiros le dan en el torso, los brazos, el estómago. Los vecinos golpean las ventanas porque lo quieren reventar a patadas. 

El cuerpo de la mujer parece moverse pero es la cartera que se suelta del hombro. El chico cayó dos metros más allá. Al tipo lo internan en el Hospital Peona. Se salva, lo condenan a 30 años de prisión. Su abogado apela tres veces pero la sentencia no se remueve. Operativo cerrojo. Todo esto es verdad. Pepe Pedro o cualquier otro nombre tuvo la suerte de tener un auto blanco, realmente no hizo nada más que tener un auto blanco. Ese día desierto había ido a buscar a su hija al jardín, en su auto blanco. 15 horas. 

Esa noche Hafiz emprendió su camino a la luna. En la oreja, mientras llegaba, escuchaba a los gusanos rumiar. No es que comprendiera el sonido, no sabía con qué compararlo. Pensó en una lija, pensó en el trabajo de las hormigas, en un pozo ciego. El curabichera es un producto para el control de gusaneras. En aerosol, pomada o gel, no llega al flujo sanguíneo, actúa sobre las larvas de la herida. Para tratamientos profundos se recetan otros químicos. La sangre también la oía, cuando los gusanos no cabían en la carne se apoyaban sobre la sangre seca y crujía. Cuando llegó, de pronto vio el paisaje y creyó entender. Quiso prender una fogata, quiso olvidar sus vergüenzas. Algo está bien aquí, se dijo, hagámoslo así, se dijo, entonces oyó cómo lo envolvían en una bolsa de nylon y sonrió en la oscuridad. 

Gómez, Nadia. Bichos raros, Buenos Aires, Palabras amarillas, pp. 29-32.

martes, agosto 25, 2020

Una lectura contemporánea de El agua electrizada, de Charlie Feiling

Reincido en el gran programa sobre publicaciones periódicas de rock llamado Los subterráneos. Esta vez, escucho el capítulo dedicado a Escu(l)piendo milagros, la revista dirigida por Norberto Cambiasso y Emilio Bernini, a principios de los 90 y en la que escribieron Esteban Bitesnik, Pablo Strozza y Alfredo Sainz, entre otros. La revista, publicada entre 1992 y 2001, con un cambio de nombre a partir del quinto número, se fue convirtiendo con el correr de los años en una publicación de culto, difícil de conseguir y con una propuesta académica y jugada de cómo hacer crítica de rock con interés en lo experimental y lo progresivo. Escuchen el capítulo para conocer más. Insisto: no se pierdan de escuchar algunos capítulos de la magia que arrojan Sebastián Benedetti, Ponchi Fernández y compañía. Todo este largo rodeo para conducirnos a la lectura contemporánea de la primera novela de C. E. Feiling.

En esa revista, Alfredo Grieco y Bavio, actual ensayista, periodista, traductor y novelista, publicaba una reseña sobre la novela El agua electrizada, de C. E. Feiling. El material, aparecido en la n.° 2 de Escupiendo milagros, en julio de 1992, me parece precioso por dos razones: por un lado, porque la obra de Charlie y lo que se diga sobre ella me interesa, y sobre todo si es una primera recepción de la misma; por otro lado, porque lo que escribe Grieco y Bavio —desde aquel lejano tiempo en que leí con curiosidad adolescente Cómo fueron los 60 (Espasa Calpe, 1995) hasta sus ensayos actuales en la revista Invisibles— me parece inteligente, agudo y polémico. También es otra excusa para seguir asomándome a los cruces entre rock y literatura, cómo no.

Muy gentilmente Alfredo Grieco y Bavio me cedió la reseña para publicarla en el blog, es un placer contar con alguno de sus textos entre estos posteos. Vaya entonces esta lectura contemporánea sobre El agua electrizada, de Charlie Feiling, en palabras de Grieco y Bavio, preciso lector.

 

   

Del hardcore como incapacidad para soportar las lentitudes en la vida.

A propósito de El agua electrizada, de C. E. Feiling

 

Alfredo Grieco y Bavio

 

1. Ningún punto fijo podía obligarlo, cualquier línea clareadora era tan alargada que moría en el agua electrizada.

Lezama Lima, “Fugados”

El agua electrizada es, ya desde el título, una novela del frenesí, de la rapidez. Pocas novelas desafían más la lectura salteada; hay que leerla lineal, ordenadamente. El estilo es hipercinético, la brevedad es su virtud. Las oraciones son cortas; adquieren por momentos, los ritmos casi musicales de la prosa métrica, del verso y de la métrica que subyace a la conversación cotidiana. Las mujeres, se dice en la novela, prefieron el “vino dulce, además del fino”; el estilo de El agua electrizada es, entonces, seco y viril. Vence una de las dificultades más insidiosas de la novela argentina: cuando los personajes dialogan, el demótico de Feiling ha tratado de destilar la esencia de cada voz más que lo que habría sido exactamente dicho.

 

2. Oh, gigantic paradox, too utterly monstrous for solution

Antonio Hope (UBA-CONICET) es el ideal de su ex profesor de griego, el Dr. Arana Puig. Ha aprobado brillantemente sus exámenes en el tiempo reglamentario, se dispone a doctorarse en East Anglia, tiene hábitos regulares: se masturba todas las mañanas. Goza con las formas de una sociabilidad mil veces argentina (dry martinis, ginebra, bourbon), desconfía de las exageraciones del entusiasmo y la amistad que traen consigo la bebida y la noche. Pero su madre y el teléfono lo despiertan del sueño dogmático. Se trata del accidente o suicidio de quien fuera su mejor amigo en el Liceo Naval (Tony ha estado siempre —pero no lo sabe— en el lugar equivocado). Como el protagonista en The Princess Casamassima, recibe "more news of life than he knew what to do with”. Debe convertirse en lo que ya es: un investigador. La novela comienza como el género policial mismo. Un cadáver y su enigma europeo en tierras americanas, el oro del escarabajo, el interés romántico en códigos secretos, en los significados ocultos de pequeños objetos y acontecimientos (una inscripción casi epigráfica en sus mayúsculas, la torpeza de un dibujo, un video parcialmente sáfico), la confusión de filología y criptología. Del thriller, el relato tendrá la realidad, la consistencia, el interés. Abundan las entradas sigilosas en recintos prohibidos, abunda la erudición, no faltan, siquiera, los desaparecidos. Feiling despliega la tradicional ocupación del novelista del realismo en las relaciones de la élite y el submundo. El agua electrizada, que es una novela de la pérdida privada, es también una novela política que se niega un descanso en la posición ideológica correcta.

 

3. “Polvo y ceniza.” Tal cantas, pero censurar no puedo.

Muertas amadas, ¿qué ha sido de aquel oro, de aquel pelo

que sobre el pecho caía? Tengo frío y me siento viejo.

Entre los varios géneros que reclaman para sí a El agua electrizada figura —quizá también desde el título— la novela naval. Aunque Feiling es meticuloso en las breves descripciones de guardias, iniciación marinera, vómitos en el sollado de grumetes, su interés está en la costumbre, el hábito y la rutina navales en tierra. Hace un uso extensivo del placer que el lector de ficción encuentra en el reconocimiento: los mismos regímenes y ocasiones sociales, el mismo tipo de situación excitante. Uno de los rasgos de la novela naval más honrados en el tiempo es la unión accidental —una promoción, un embarque— de dos hombres disímiles: Ishmael y Queequeg, Jack y Stephen en la serie de Patrick O’Brien, Tintín y el capitán Haddock. Pero el destino de Tony es inescapablemente peor: su amigo ha muerto. La novela es la relación del intento de recuperar aquella armonía preestablecida que se perdió para siempre; así, sobre la novela naval se sobreimprime la policial. En la Chacarita, Tony se encuentra con Irene, la hermana del amigo muerto, y con ella emprenderá la pesquisa. Inútil insistir sobre la importancia de las parejas en la policial. También con Irene comparte Tony un pasado —una tarde bucólica, solos en una quinta de Gonnet— cuya significación también ignora. Tony, inevitablemente, se enamorará de ella (el primer regalo será un juego de fotocopias). A lo largo de la novela, Tony se irá convirtiendo al feminismo, pero su percepción de Irene ocurre bajo las especies mismas que el feminismo condena: es una obra de arte, es enigmática y libre. Como en la novela más tradicional, se funda en lo que está escrito pero no dicho. En la tradición de Jane Austen (sobre cuya heredera P. D. James cf. el nº anterior de Escupiendo Milagros) o Virginia Woolf —y no de Angela Carter— Irene, como la novela, tiene privacidad y libertad, un estilo menos expuesto, más secreto de independencia.

 

En Escupiendo milagros, n.° 2, julio de 1992, Buenos Aires, p. 52.

jueves, agosto 20, 2020

Roberto Arlt por Borges

Hace unos años, hice un rastreo de las menciones de uno de mis autores predilectos, Santiago Dabove, en el Borges, de Adolfo Bioy Casares. Las entradas del diario en las que Borges y Bioy hablan sobre Dabove o se refieren a él se puede leer acá.

En esta oportunidad, y hacía rato que quería hacerlo, van las entradas del Borges sobre Roberto Arlt. Pasen y lean:

 

Sábado 30 de julio de 1955. En casa recibimos a un norteamericano —John Grant Copland—, a Beatriz Guido (no se queda a comer), a Peyrou y a Borges. El norteamericano es muy joven; prepara una tesis, para la Universidad de Indiana, sobre el cuento argentino. Aspira a publicar una antología. Discutimos con él la lista. Ha traducido un cuento de Luis Greve, muerto: “Incesantes naves”. No lo recuerdo; sólo sé que me avergüenza. Le doy La trama celeste, le aconsejan “El ídolo” y “En memoria de Paulina”. Le aconsejamos “Los caballos de Abdera”, “La lluvia de fuego” o “Yzur” de Las fuerzas extrañas de Lugones; irán también en la antología Borges, Silvina, Peyrou, Beatriz, César Dabove, Mallea, Mujica Lainez, Arlt, Barletta, Verbitsky.

Lunes 10 de diciembre de 1956. (…) Habla de Roberto Arlt: “Era muy ingenuo. Se dejaba engañar por cualquier plan para ganar mucha plata, por descabellado que fuera, a condición de que hubiera en él algo deshonesto. Por ejemplo, se interesó mucho en el proyecto de instalar una feria para rematar caballos, en Avellaneda. El verdadero negocio consistiría en que clandestinamente cortarían las colas de los caballos, venderían la cerda y ganarían millones. Un negocio adicional: con las costras de las mataduras del lomo fabricarían un insecticida infalible.

“Era comunista: se entusiasmó con la idea de organizar una gran cadena nacional de prostíbulos, que costearían la revolución social. Era un malevo desagradable, extraordinariamente inculto. Hablábamos una noche con Ricardo Güiraldes y con Evar Méndez de un posible título para una revista. Arlt, con su voz tosca y extranjera, preguntó: ‘¿Por qué no le ponen El Cocodrilo? Ja, ja’. Era un imbécil.

“En Crítica, estuvo dos días y lo echaron porque no servía para nada. No sabía hacer absolutamente nada. Me explicaron que sólo en El Mundo supieron aprovecharlo. Le encargaban cualquier cosa y después daban las páginas a otro para que las reescribiera. Dicen que reuniendo sus aguafuertes porteñas, que son trescientas y pico, podría hacerse un libro extraordinario. Imaginate lo que será eso. Las escribía todos los días, sobre lo primero que se le presentaba. Menos mal que algún otro las reescribió.

Me aseguran que después se cultivó y leyó a Faulkner, y que eso lo demostró en un artículo de dos páginas, algo magnífico, en que estaba todo: ‘Sobre la crisis de la novela’. Qué título. Ya te podés imaginar la idiotez que sería eso. Lo que pasa, según Arlt, es que la gente no comprende lo que es la novela, por eso hay crisis de novelas. En la novela cada personaje debe tener un destino claro, como el destino del tigre es matar. ¿Te das cuenta? Tiene que valerse de un animal para significar la sencillez del destino. Más que personajes describiría muñecos”.

Viernes 7 de junio de 1957. (…) Fernández Latour recuerda que alguien señaló como un error de Güiraldes que haga montar al narrador o a don Segundo en yegua. “Sí —digo—, estaba mal visto montar en yegua. Ahora, no”. Y cuento el caso de un gaucho de Pardo, cuya yegua —que era su amante— llevaba la cicatriz del balazo con el que alguien se vengó del dueño. BORGES: “Qué raro que Güiraldes cometiera ese error”. DABOVE: “Un escritor no puede equivocarse en nada”. BORGES: “En Mallea hay confusiones de razas ovinas, bovinas y hasta gallináceas, según me han dicho. La gente monta en pelo un orpington leonado. Le observaron los errores a Mallea y aseguró que no tenían ninguna importancia. El juguete rabioso de Arlt es mejor que todas las novelas de Mallea: cuando el malevo traiciona a su amigo, está bien”.

Sábado 14 de junio de 1958. Comen en casa Peyrou y Borges. Hablamos de Arlt. BORGES: “El argumento de Saverio el Cruel es bastante bueno: varias personas, en una estancia, siguen la corriente, en broma, a un loco que se cree dictador; al final, hay una tragedia, y la persona verdaderamente loca es otra”. PEYROU: “Arlt fue protegido, secretario o algo así, de Güiraldes. Cuando Güiraldes venía del campo paraba en un hotel: deliberadamente, Arlt ensuciaba todo, para mostrar que no lo arredraban hoteleros y que él era así. En el restaurant del Plaza pedía vino carlón”.

Domingo 12 de julio de 1959. BIOY: “Bianco, que debe escribir un artículo sobre Arlt, me dijo: ‘Yo no lo conocía. Es una basura: lo que permite que uno lo lea, lo que lo salva un poco, es lo mal que escribe. Leyéndolo, vas como en un tilbury, con un movimiento saccadé. Si escribiera correctamente sería atroz. Dostoievski escribía para todos, aun para concierges; Arlt, únicamente para concierges. He descubierto que cuando uno no lee a un autor es por algo’”. BORGES: “Es claro, no leerlo ya es un juicio”.

Sábado, 1 de agosto de 1959. (…) BIOY: “Algunos libros deben leerse de corrido, si uno quiere leerlos. Si uno los hojea, si trata de entrar por aquí y por allá, se da cuenta de que no valen la pena y no los lee. Por ejemplo, Don Segundo. BORGES: “Carlyle decía que, salvo por deber, nadie podía leer el Corán.

BORGES: “Para protegerlo, Güiraldes tomó de secretario a Arlt; empezaba a dictarle y Arlt protestaba, con su voz extranjera: ‘No seas bruto, Ricardo, no vas a poner eso’. Secretario de Güiraldes... ¿Cómo podía corregir si no sabía nada de nada? Le discutía frases y palabras. No se ponían de acuerdo. Toro y Guisbert solía corregir los escritos de Güiraldes. Al lado de eclosionar escribió Toro y Guisbert: Incorrecto. Güiraldes acotó: ‘No me importa. Lo mantengo’”.

Lunes 18 de junio de 1962. (…) BORGES: “Clemente no quiere que lo arrastren a la actual admiración por Arlt. Dice que sus novelas no valen nada; que la gran obra de Arlt son las Aguafuertes, que ahí (estallando de risa) es invencible. ¿Qué me decís? Esas miserias, las Aguafuertes porteñas, cuyo título le impusieron en el diario, se reúnen en volumen y se atesoran como una obra literaria”. BIOY: “Aun reconociendo la torpeza con que están escritos, esos textos tienen una frescura de la que carecen otras obras”.

Miércoles, 31 de octubre de 1962. (…) BORGES: “Azorín ha de ser el único caso de éxito por méritos negativos. ¿A quién corresponderá, en otras literaturas, Azorín? Tal vez a nadie. ¿Se dirige a lectores cansados? No creo; no es epigramático, como Landor y Toulet, típicos autores para lectores cansados”. BIOY: “¿Lamb?”. BORGES: “Yo estaba pensando en él. Pero Lamb no es tan malo. Azorín no hubiera podido escribir ese párrafo contra la vejez y la muerte que tiene la frase ‘y la ironía misma’. ¿Capdevila se reirá de Azorín? No, porque comprende que debe admirarlo. Capdevila no se reirá de nadie”. “Arlt es mucho mejor”, comenta finalmente, como quien resume todo lo que puede decirse en contra de un literato.

Martes 13 de abril de 1965. (…) BIOY: “Cómo ha cambiado Pepe [Bianco], tan delicado antes en sus gustos, que se asqueaba de Henry James o de Proust, hoy admirador de González Lanuza y Arlt”. BORGES: “El comunismo vuelve basta a la gente. Bueno, Arlt es un clásico hoy en día. Qué raro: ¿Bianco se olvidó de que no podía publicar un artículo de González Lanuza sin corregirlo?”.

Martes 28 de diciembre de 1965. (…) BORGES: “Tal vez Arlt estuviera más cerca de los compadritos que Güiraldes de los peones de la estancia. A la larga conviene que un autor no esté muy lejos del tema de su libro”. Cita a Byron: “Prefiero el templo de mármol de Pope al montón de basura de Shakespeare”. Hablando de algunas literaturas, digo que si el montón de basura es grande, queda para siempre como una montaña. Desde luego que ni Borges ni yo compartimos el desdén de Byron por Shakespeare.

Domingo 7 de agosto de 1966. (…) BORGES: “El conocimiento de lo que llamamos popular está restringido a la gente culta; en cuanto al lunfardo, quienes mejor lo conocen son los chicos de colegio. González Tuñón (uno u otro) reprochaba a Roberto Arlt su ignorancia del lunfardo. Arlt explicó: ‘Qué querés. Yo me crié en Villa Luro. El lunfardo se aprende en el centro, en las redacciones de los diarios y entre escritores’”.

Lunes 29 de agosto de 1966. (…) BORGES: “Arlt era muy ignorante. Suponía que pelafustán significaba gigantón. En una Aguafuerte sobre los hospitales dijo que escaseaba la tela de Siva. Después se enteró de que la grafía correcta era adhesiva y escribió otra aguafuerte sobre el mismo tema, para tener ocasión de escribir nuevamente la palabra y para que los lectores de la aguafuerte anterior pensaran que ese dios era una errata. Todo el artículo no era sino una fe de erratas”. BIOY: “¿Sabés cómo dicen los españoles? Esparadrapo. BORGES: “Vos sacaste esa palabra de un artículo de Cela”. BIOY: “No me la dijo él, en una comida. Cuando le hablé de mi accidente, me dijo: ‘¿Costillas? Te habrán aplicado un esparadrapo’”. BORGES: “Esas palabras denigrantes que tienen los españoles son opiniones sobre la realidad: expresan la convicción de que todo es despreciable, una inmundicia. Al español que escribe con palabras oscuras, no lo tomamos por secreto sacerdote del idioma, sino por labriego”.

Jueves 3 de noviembre de 1966. Come en casa Borges. BORGES: “Encuentro a personas que me admiran porque lo conocí a Arlt”. BIOY: “Hice un ranking de autores muertos, según la vitalidad póstuma”. Se lo leo: Hernández, Quiroga, Arlt, Sarmiento, Florencio Sánchez, Macedonio Fernández, Güiraldes, Lugones. Le divierte mucho la idea de que para algún momento de la posteridad Quiroga, Arlt, Florencio Sánchez tengan importancia y estén en la misma frase, en una ocasión siquiera, con Lugones. Opina que sólo la gloria de Güiraldes está en baja; no así la de Quiroga, la de Lynch, la de Arlt ni la de Florencio Sánchez. BIOY: “A unos la muerte perjudicó, a otros favoreció. Cancela, con más mérito que muchos, muerto en un momento en que el peronismo y el nacionalismo estaban desacreditados, desapareció del recuerdo de la gente; Marechal, con méritos muy inferiores y con la misma catadura política, porque vive hoy en día, cuando esas tendencias recuperaron popularidad, es un personaje considerable. Si Larreta hubiera muerto después de publicar La gloria de don Ramiro otro gallo le cantara; no estando vivo para atender el negocio, su fama rápidamente se oscureció. (Nadie traduzca las líneas anteriores como elogio a La gloria.) Autores buenos y autores malos desaparecen: casi nadie recuerda a Groussac, casi nadie a Ángel Estrada. Victoria Ocampo hasta hace poco no había leído a Lugones; tal vez todavía se mantiene de ese lado de la lectura”. Según Borges, la circunstancia de que nadie hubiera leído El payador fue favorable (capital, diría la gente) para la fortuna de Don Segundo. “En El payador está Don Segundo con más fuerza”.

Miércoles 7 de diciembre de 1966. Come en casa Borges. Dice: “Matthew Arnold señaló la falta de high seriousness en Moliere. Andrew Lang hizo notar que, dentro del estilo de Moliere, la high seriousness sólo cabía irónicamente”.
En el homenaje a Mastronardi, Calvetti elogió el estilo de su maestro, que combinaría a Valéry, a Borges y a Arlt. Mastronardi dio un codazo a Borges y comentó: “Qué mezcla”. Después, Borges felicitó a Calvetti, con la salvedad de la referencia a Arlt, “que era un animal”.

Martes 13 de junio de 1967. (…) En un sueltito de El Mundo dicen que “Borges dio, como siempre, la conferencia en inglés”. Enojado, comenta: “Primero: si quieren decir que no soy argentino, soy más que ellos. Segundo: doy mis conferencias en español. En la Cultural Inglesa me piden que hable en inglés. Es un esfuerzo mayor. Para mucha gente, hablar francés o inglés es una prueba de snobismo. Arlt participaba de la prevención”. BlOY: “Generalmente se ha considerado un mérito tener cualquier conocimiento. Saber idiomas no es una excepción, salvo que perjudique el estilo, cuando se trata de un escritor. No creo que se atrevan a decir que tu estilo es deficiente”.

Martes 27 de noviembre de 1968. (…) BORGES: “Di Giovanni dice que la gente aquí es más amable y cordial que en los Estados Unidos. Los escritores también. Tal vez generalice... En los Estados Unidos los escritores argentinos que se conocen son Cortázar, yo, un poco Sábato, (a mí) un poco vos y un poco Malea; ni Arlt ni Quiroga llegaron allá. Nadie tiene ganas de leer a Mallea. Se lo respeta, pero no se lo admira”. BIOY: “Hoy a mucha gente le han dicho que no se debe respetar. Si para Mallea quedaba el respeto, ya no le queda nada”. BORGES: “¿Cómo Cortázar no piensa que un título como La vuelta al día en ochenta mundos lo muestra como un sonso? Es una broma demasiado fabricada”. Silvina comía en silencio. Yo pensé: “Ni se acuerda de ella. Está amargada”.

Viernes 11 de julio de 1969. Come en casa Borges. Me habla de un artículo de Martínez Estrada, publicado en Chile: “Sólo se salva un escritor. ¿Sabes quién?”. BIOY: “Sí, el uruguayo de Misiones”. BORGES: “Exactamente”. BIOY: “Quiroga. El peor escritor del mundo. Qué les ha dado a los jóvenes talentosos por descubrir a Quiroga y a Arlt. Con la mayor independencia de criterio, como las limaduras, en el cuento sobre las limaduras y el imán, de Wilde”. BORGES: “Güiraldes es mucho mejor, ¿no creés?”. BIOY: “Creo que si comparás la lectura de Quiroga con la idea de Güiraldes, Güiraldes es mejor”.

Jueves 11 de septiembre de 1969. Come en casa Borges. Empezamos de nuevo el cuento del correo. Pregunta: “¿Has notado cómo se admira hoy a Arlt? ¿Raro, no? La explicación es: cualquier cosa, menos pensar. Se puede aceptar o negar. Es preferible aceptar. Es claro que si todo el mundo empieza a decir que Arlt es una porquería dirán que es una porquería”.

Martes 18 de abril de 1972. (…) BORGES: “De la Fundación Guggenheim me preguntan por la hija de Lisa Lenson. ¿Qué debo decir?”. BIOY: “Yo no puedo contestar que una persona no vale nada. Yo he contestado que Murena es un gran escritor”. BORGES: “Tenés razón: estás en la tradición argentina. Además (en broma) aunque dice strictly confidential, ¿si se llegara a saber? Claro que si Arlt es una autoridad en materia de idioma, ¿quién no lo es?”.

Lunes 23 de abril de 1972. Come en casa Bianco, que me dice de Borges: “Mirá que es loco. Aquí pasan por locos Macedonio y Arlt. Son loquitos. El verdadero loco es Borges”.

Viernes 26 de noviembre de 1976. (…) Pregunta: “¿Cuál será el escritor más overrated? ¿Shakespeare?”. BIOY: “Entre nosotros, Quiroga y Arlt, este último infinitamente mejor”. BORGES: “Quiroga escribe demasiado mal: como diría Arnold Bennett, third rate grandiose. ¿Vos creés que si a uno de esos admiradores le leés cualquier texto de Quiroga queda embelesado? Por bruto que sea, se dará cuenta de que está mal escrito. Qué extraño, a pesar del increíble culto por Quiroga, no lo reclamamos. Nos importa menos que las Malvinas. Al fin y al cabo era hijo del cónsul argentino”. BIOY: “Lo cedemos gentilmente al pueblo hermano”. BORGES: “La lista de los sobrevalorados incluye también a Herrera y Reissig, otro oriental me temo; y a Gabriela Mistral; y también a Neruda, otro chileno, me temo”.

Sábado 27 de marzo de 1982. (…) Borges fue a Cosquín, Córdoba, acompañado por Alifano, a dar una conferencia sobre Lugones y otra sobre poesía japonesa. Quisieron mostrarle una casa donde había vivido Arlt. BORGES: “‘Yo lo conocí a ese compadre’, expliqué, y no insistieron. Tampoco quise ver una casa donde vivió Hugo Wast: les dije que tenía un aspecto mezquino, de prestamista”.

Miércoles 7 de marzo de 1984. Veo a Borges en la televisión, en diálogo con Antonio Carrizo. Desafía a Carrizo a recordar un buen verso de Neruda. También censura a Quiroga, a Arlt, a la Mistral. Dice que la mayor parte de los argumentos de Bustos Domecq son de él y la mayor parte de las frases mías. No es del todo exacto en cuanto a los argumentos (sobre todo después de Seis problemas), pero es demasiado inexacto (por generosidad) en cuanto a las frases. Yo creo que son mitades y mitades de ambos.

 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle