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domingo, mayo 27, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (Nota final e índice)

NOTA: Casi todos los detalles aquí mencionados relativos a Babson, Lawson y Hörbiger están sacados de la colección de Martin Gardner In the Name of Science(Dover); de la misma fuente proceden Littlefield, Carroll, Kinnaman, Piazzi-Smyth, Lust y los defensores de la tierra vacía. Carlo Olgiati es el bisabuelo del autor. Armando Aprile se llama en realidad como un conocido editor de libros de pedagogía. El director Ll. Riber no debe ser confundido con el homónimo poeta de Mallorca.

INDICE
Evocación por Ruggero Guarirá
I. José Valdés y Prom
II. Jules Flamart
III. Aaron Rosenblum
IV. Charles Wentworth Littlefield
V. Aram Kugiungian
VI. Theodor Gheorghescu
VII. Aurelianus Götze
VIII. Roger Babson
IX. Klaus Nachtknecht
X. Absalon Amet
XI. Carlo Olgiati
XII. Antoine Amédée Bélouin
XIII. Armando Aprile
XIV. Franz Piet Vredjuik
XV. Charles Carroll
XVI. Charles Piazzi-Smyth
XVII. Alfred Attendu
XVIII. John O. Kinnaman
XIX. Henrik Lorgion
XX. André Lebran
XXI. Hans Hörbiger
XXII. A. de Paniagua
XXIII. Benedict Lust
XXIV. Henry Bucher
XXV. Luis Fuentecilla Herrera
XXVI. Morley Martin
XXVII. Yves de Lalande
XXVIII. Sócrates Scholfield
XXIX. Philip Baumberg
XXX. Symmes, Teed, Gardner
XXXI. Niklaus Odelius
XXXII. Llorenç Riber
XXXIII. Alfred William Lawson
XXXIV. Jesús Pica Planas
XXXV. Félicien Raegge
Nota final

domingo, mayo 06, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXXV)

FELICIEN RAEGGE 

Yendo por las calles desiertas de Ginebra, Félicien Raegge tuvo la intuición de la naturaleza invertible del tiempo; le proporcionó la clave una frase de Helvetius, que no tenía nada de original: «Los antiguos somos nosotros.» Que por tácita convención casi todos los pensadores y estudiosos estuvieran de acuerdo en llamar antiguos a los primeros hombres —paleóntropos a los primerísimos— y nuevos a los polvorientos y decrépitos contemporáneos, quería decir obviamente una cosa: que el tiempo de la tierra, o sea el tiempo de la raza humana, corre al revés de cómo pretende hacer creer la lengua popular. O sea, del presente al pasado, del futuro al presenté. 
El inglés Dunn, el español Unamuno, el bohemio Kerça, ya habían insinuado dicha inversión: Unamuno, para limitarse a sacar de ella una buena metáfora en un soneto; Kerça, una comedia que comienza por el final y acaba con el comienzo; Dunn, la idea por otra parte implícita en la oniromancia de que los sueños son en realidad recuerdos de un futuro ya sucedido. Sobre dicho tema el pensador inglés había escrito también un tratado, que recogió amplio consenso pero nunca acabó de convencer plenamente a nadie de que el auténtico destino de cada hombre es el de llegar a niño, que los días del sabio corren hacia la ignorancia y que siendo los llamados recuerdos del pasado solamente un sueño, el único y auténtico sueño, no podemos en absoluto saber quiénes somos, ni cuándo hemos nacido porque aún no hemos nacido. 
Estos y otros especuladores que se han aproximado al tema, sólo lo han rozado, podríamos decir, para alejarse inmediatamente después, preocupados por la escasa transitabilidad de sus consecuencias; o bien se han adentrado dentro de él como alguien que se aventura por un pantano, completamente unido por cuerdas y cabrestantes a la tierra firme, de modo que se pueda retirar en el momento oportuno. Nadie que haya escrito un ensayo o un libro de ese tipo lo ha escrito con la sincera convicción de estar borrando un texto que lleva siglos de vida, con el único objetivo de hacerlo desaparecer finalmente del todo de la circulación y encontrarse a sí mismo unos meses más joven y con un poco menos de experiencia que antes. Como sucedería si el tiempo corriera al revés. Este fue, en cambio, el mérito de Raegge: el de aceptar hasta el fondo las consecuencias de la propia teoría, y vivir de acuerdo con sus implicaciones. 
No se hace teoría sin voluntad de comunicarla. Humano, simplemente humano, también Félicien Raegge compuso su libro, previsiblemente titulado La flèche du temps, menos previsiblemente impreso en Grenoble en 1934. Consciente, sin embargo, conviene insistir, de estar derrocando de manera irrevocable la mejor explicación existente hasta aquel día del carácter retrógrado del tiempo. Le reconfortaba, insinúa, la idea de que todas las ideas están destinadas a desaparecer: basta esperar el momento de su aparición; un instante después, en el flujo retrocediente de los siglos, la idea se esfuma. El hombre se convierte realmente en antiguo, alcanza estadios de magia banal, y finalmente un día se descubre mudo, tal vez balbuceante. 
La inversión del tiempo lleva casi fatalmente a una especie de determinismo: si el sueño de lo que llamamos pasado es un sueño auténtico, mucho de lo que sucederá ya es sabido: saldrán de las veintitrés heridas de un cadáver en el foro de Pompeyo las espadas de unos famosos conjurados, y hablando latín al revés conversarán el muerto y Cicerón. Sucederán otros hechos todavía más determinados: puesto que ahora existen las tragedias de Shakespeare, un día en Londres un hombre cada vez más desconocido deberá abolirías, una a una, del final al comienzo, con la pluma; después de lo cual el teatro será un arte diferente, mucho más pobre. Y otro día, todavía lejano, alguien se alzará de la tumba de Teodorico, y vivirá un tiempo como rey de Italia, hasta que no la habrá conquistado (perdido). 
De estos ejemplos y muchos otros semejantes está hecho el libro de Raegge. Un libro coherente, un libro honesto: sobre el futuro no tiene mucho que decir, siendo el futuro la inmensa masa ignota de lo que ya ha sucedido, que el presente borra como una esponja. Cuando la esponja llegue al pasado, también éste será borrado. El destino último del hombre es la perfección primigenia, al balbuceo estúpido y auroral de la creación. Hacia el final de su libro, el autor no deja de advertir que el hecho de invertir la flecha del tiempo no añade ni quita nada al universo temporal, tal como lo conocemos y percibimos. Como después escribió (como ya había escrito) Wittgenstein: «Llamadlo un sueño, no cambia nada.»

miércoles, abril 25, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXXIV)

JESÚS PICA PLANAS 

El inventor, en el sentido moderno del vocablo, es una invención del siglo XIX; como casi todas las cosas del siglo XIX, alcanzó su perfección en el XX. El inventor de profesión es un hombre —muy rara vez mujer— entregado a la ideación y realización de aparatos que sorprenden por su inutilidad; las Oficinas de Patentes ofrecen ejemplos memorables de ello, entre los cuales un dispositivo para sacarse automáticamente el sombrero, sin mover la mano, cuando pasa una señora. De todos estos fantasiosos, tal vez el más fecundo y el más inservible, fue Jesús Pica Planas, natural de Las Palmas de Gran Canaria. Frente a un mar siempre benévolo, bajo un cielo preocupantemente idéntico a sí mismo de enero a diciembre, de espaldas al aburrimiento de una ciudad que ve pasar el mundo sin poderlo tocar, Pica Planas diseñaba; pocas veces, en efecto, sus artefactos alcanzaron el estadio material. Entre 1922 y 1954 (año de su muerte), bastante cerca de la impresentable iglesita en la que oró Colón antes de partir hacia América, en su patio con claveles y azulejos, entre grandes gatos y cochinillas, el inventor inventó: 
Un sistema completo de pantógrafos prensiles, semovientes, para ayudar al sacerdote a celebrar la misa él solo. 
Una trampa para ratones con célula fotoeléctrica y guillotina, a colocar delante del agujero. 
Un piano de vapor, semejante en todo a una pianola, accionado por un pequeño compresor de petróleo instalado en el lugar de los pedales. 
Un reloj de viento, tipo molino, apto para faros, alta montaña y otros lugares inhóspitos. 
Una estufa que funciona a base de basuras, desechos, papel viejo y restos de comida. 
Una bicicleta con las ruedas ligeramente elípticas para imitar agradablemente el paso del caballo. 
Una especie de embudo articulado para plantar rábanos con notable ahorro de tiempo. 
Una campana de tela encerada, plegable, con un agujero en la cabeza, para desnudarse en la playa sin ser visto. 

domingo, abril 15, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXXIII)

ALFRED WILLIAM LAWSON

Hace sólo veinte años existía en el estado de Iowa, cerca de la ciudad de Les Moines, una universidad en la que se impartían exclusivamente las enseñanzas de una única persona: la persona de su propietario, Alfred William Lawson.
Rector Magnífico y Primer Sabio de la Universidad de Lawsonomía, Lawson se describe a sí mismo en su libro Manlife (Vida de hombre), firmado con el pseudónimo Cy Q. Faunce y dedicado enteramente a la documentación de las propias gestas intelectuales, en los siguientes términos: «No hay límites para sus increíbles actividades mentales; infinitas inteligencias humanas se fortificarán y ocuparán durante miles de años en el estudio de las ramas interminables que brotan del tronco y de las raíces del más grande árbol del saber que haya producido hasta ahora la raza humana.»
En la contraportada del mismo libro, el editor (siempre el mismo Lawson) tributa respetuoso homenaje al autor: «Comparada con la Ley de la Penetrabilidad y del Movimiento en Zigzag y Remolino de Lawson, la ley de la gravitación de Newton se convierte en un ejercicio de escuela primaria, y los descubrimientos de Copérnico y de Galilea no son más que semillas infinitesimales del saber.»
«El nacimiento de Lawson fue el acontecimiento más importante de toda la historia de la humanidad», comenta inmodestamente Lawson. Este acontecimiento se produce en Londres en 1869. Trasladado junto con los padres a Detroit, a la edad de cuatro años el estudioso se enfrenta a su primer y fundamental descubrimiento científico: es decir, descubre que siempre es posible hacer salir por la ventana el polvo de la habitación, sirviéndose únicamente del aire de los pulmones; cuando, en cambio, se utiliza la reabsorción, el polvo vuelve a la habitación. Deduce así del fenómeno una primera intuición, de los dos principios elementales que regulan el movimiento del universo: Reabsorción y Presión.

miércoles, abril 04, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXXII)

LLORENÇ RIBER

Llorenç Riber tuvo la fortuna singular de nacer en una de las casas de pisos construidas por Gaudí en Barcelona; su padre decía que parecía una conejera. Este fue su primer contacto con el arte y con los conejos; ello explica que en materia de arte se convirtiera en un iconoclasta; y en materia de conejos, en un entendido. De la convicción de que él mismo era un conejo sacó tal vez el ímpetu que no tardó en convertirlo en una de las fuerzas más poderosas del teatro contemporáneo; arte al cual supo dar, desde su primera y elástica juventud, tal impulso, que convendrá preguntarse si alguna conseguirá levantarse del lugar donde lo ha enviado dicho impulso. A partir de Riber, nada se ha producido en el escenario que ya no hubiese sido hecho por él.
De la colección de artículos y ensayos Hommage à Ll. Riber (Plon, 1959), compilada con motivo del aniversario de la muerte del director (el cual, como se sabe, fue devorado por un león en las proximidades de Fort Lamy, en el Chad, el 23 de septiembre de 1958, en circunstancias que hasta ahora permanecen ignoradas) transcribimos en primer lugar esta descripción de su persona, tal como fue presentada en 1935 por el critico Enrique Martínez de la Hoz en un diario barcelonés.
El director era entonces extremadamente joven y el crítico no menos hostil, pero el testimonio queda:
“Llorenç Riber llega como un ángel, ligero, casi de puntillas, los brazos abiertos en cruz, las manos que revolotean armoniosamente siguiendo los desplazamientos a derecha o izquierda de los largos cabellos rubios, limpios y lacios. Es muy joven, pero ya ha conseguido hacerse un nombre entre los peores directores de España. En lugar de llevar el jersey debajo de la chaqueta lo lleva al cuello, como un boa, y cada vez que salta de impaciencia ante la incomprensión y la estupidez del mundo, se echa hacia atrás una manga de lana sobre el hombro, irritado, viperinamente amenazador.”
Muy diferente es el tono de los ensayos críticos que lo recuerdan en los años cuarenta y cincuenta, los años de su primera impetuosa madurez, truncados de manera tan lamentable por el rey de los animales, en una zona que, entre otras cosas, no es la suya; parece, en efecto, que era un león vagabundo. Del Homenaje citado hemos elegido cuatro críticas especialmente significativas, cuatro momentos de una carrera cuya única ambición parece haber sido la de abrir al teatro la más original y deslumbrante de las tumbas. Para completar la figura del director prematuramente devorado, añadimos una de las más raras obras de su resistente bolígrafo, el guión para una versión, sin embargo jamás realizada, de un film histórico-legendario que debiera haberse titulado Tristán e Isoldo.

1

Tête de Chien
(Tres actos de Charles Rebmann, Petit Gaumont, Vevey/Entre-deux-Villes)

Dicen que el director Llorenç Riber, no se sabe por qué, tiene la costumbre de introducir uno o varios conejos en cada uno de sus montajes teatrales. Lo hizo en su inolvidable producción de Pelléas et Melissande de Maeterlinck en Poitiers, en la que Pelléas, muerto al final del cuarto acto, reaparecía a comienzo del quinto, en el marco gótico de una elevada ventana del castillo, ataviado como una de las Meninas de Velazquez con un gran conejo de tela entre los brazos. Después en Ibiza, en su versión de Doña Rosita la soltera; allí el conejo estaba vivo y Rosita lo llevaba de paseo en una jaula con ruedas como un papagayo.

miércoles, marzo 21, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXXI)

NIKLAUS ODELIUS

Durante cierto tiempo, hacia 1890, los enemigos del darwinismo —que entonces amenazaba con arrastrar a Europa a una nueva herejía, tan atractiva que seducía incluso a las Iglesias militantes— se sintieron tentados de apuntarse a las teorías de Odelius, profesor de zoología de Bergen y corresponsal del Real Instituto de las Ciencias de Königsberg; la tentación fue tan efímera como la teoría.
Como otros muchos estudiosos de su siglo, Odelius había llegado a la conclusión de que el relato de la creación del mundo que nos había dejado Moisés debía ser totalmente revisado. No ya porque la historia del Génesis no hubiera sido inspirada por el propio Dios, sino porque la expresión escrita de dicha inspiración había sido confiada a la lengua hebraica. Ahora bien, es característico de dicha escritura el hecho de aparecer invertida, o en cualquier caso en la dirección que el mundo unánimemente estima invertida, o sea de derecha a izquierda. Era una manera como otra, entre las muchas imaginadas por Dios, aquel eterno burlón, de dar a entender a los lectores que también los hechos descritos estaban invertidos. Generaciones de hombres se habían preguntado cómo era posible que Dios hubiese separado en un día la luz de las tinieblas, y algunos días después creado el sol y las estrellas, que constituyen la única fuente conocida de luz: la respuesta de Niklaus Odelius era simplemente que el sol había sido creado antes que la luz, y el hombre antes que los animales. Eso implicaba curiosas consecuencias.
Como todos los naturalistas de su tiempo, Odelius era evolucionista; fue el único entre sus contemporáneos, en cambio, que seguía sosteniendo, como muchos habían sostenido en los siglos XVII y XVIII, que esta evolución suponía una decadencia; no sólo de un estado de perfección original, cerciorable en mayor o menor medida en las diferentes especies tanto desaparecidas como existentes, sino decadencia también a lo largo de la escala biológica, de especie a especie, de la más antigua y suprema invención de Dios, que es el hombre, hasta los más modernos protozoos. El hombre aquejado por el pecado original se había convertido en mono (no todos, sin embargo, porque quedaban todavía algunos, en el estado originario, para testimoniar la gloria del Creador), el mono en veso, el veso en ballena y así sucesivamente: los lagartos en peces, los peces en calamares, las hidras en amebas; desde sus orígenes el mundo había tomado el camino de un franco descenso.
Niklaus Odelius, zoólogo, supuso que algo parecido debía haber ocurrido con las plantas; pero dejó a los botánicos ese aspecto del problema. Reconocía que la escritura de la creación era en ocasiones decididamente bustrofédica, es decir, que determinadas cosas habían ocurrido después, y otras antes, respecto a como habían sido narradas, o bien testimoniadas por la historia fósil; en cualquier caso, los detalles no le incumbían, lo que le interesaba sobre todo era la gran síntesis, la idea conductora, la genial intuición que no sólo hacía morder el polvo a toda una ralea petulante de darwinistas, sino que arrojaba una luz insólita sobre los milenios alterados de lo creado, este degenerar de Adán en babuino, en perro, el elefante, en pterodáctilo, en serpiente. Eva, en cambio, había degenerado, sugería Odelius, en animalitos amables y femeninos, suaves castores, suntuosos pájaros, preciosas tortugas. La idea de que la tortuga sea un animal precioso, comparable por tanto a la mujer, puede parecer arbitraria actualmente, pero estaba muy difundida a fines del siglo pasado, cuando era usada (la tortuga) para fabricar peines, anteojos y tabaqueras.
Un estudioso capaz de afirmar que los camellos descienden de los árabes, tal vez hubiera podido mantenerse a flote en la Edad Media; pero hace ochenta años, como científico, su fama estaba condenada a una rápida extinción. La ciencia oficial es una fortaleza, en cuyos túneles en ocasiones, tal vez siempre, reina una lucha encendida, pero sus puertas no se abren al primero que llama a ellas. Del Génesis al microbio (1887), la obra en la que Odelius expresa más articuladamente su teoría de la progresiva estultifícación de las especies, habría podido ser acogida con curiosidad, con escepticismo, con repugnancia, con hilaridad; en cambio no fue acogida en absoluto. Nadie se tomó el trabajo de refutarla, lo que es la máxima señal del desprecio científico. No por ello el autor se quitó la vida; en la soledad de la obstinación, vivió el suficiente tiempo como para que le fuera permitido contemplar la llegada de los nazis a Bergen, como confirmación a su jamás repudiada teoría.

viernes, marzo 09, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXX)

SYMMES, TEED, GARDNER

El capitán John Cleves Symmes sostenía que la tierra está formada por cinco esferas concéntricas, todas ellas agujereadas por los polos. Mucho, y durante muchos años, se habló en los Estados Unidos de esta apertura polar, llamada habitualmente el «agujero de Symmes»; el capitán había hecho distribuir por todas partes un folleto en el que explicaba cómo estaban las cosas y solicitaba la ayuda de cien valerosos compañeros dispuestos a explorar con él el agujero septentrional, a lo largo de varios millares de kilómetros. A través de este agujero —y del opuesto— el agua del mar fluye continuamente a la primera esfera interna, también poblada, al igual que las tres restantes, de animales y vegetales.
Sus teorías quedan expuestas en dos libros, muy diferentes entre sí pero ambos titulados La teoría de las esferas concéntricas de Symmes (Symmes' Theory of Concentric Spheres); el primero publicado en 1826, por un discípulo suyo, y el segundo en 1878, por su hijo, Americus Symmes. Una de las razones aducidas por Symmes en apoyo de su hipótesis es el hecho, para él obvio, de que con el sistema de las esferas concéntricas el Creador se ahorraba una notable cantidad de materiales, sin afectar en mucho la solidez del conjunto. Por otra parte la circunstancia de que la tierra sea habitable tanto por fuera como por dentro debe ser para Dios, sumo arrendador de los planetas, ventajosa, no sólo desde el punto de vista económico sino también del ecuménico.
Parece que el relato inconcluso de Edgar Allan Poe, Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket, pretendía precisamente describir un viaje al centro de la tierra a través del agujero de Symmes.

* * *
Una noche de 1869, en su laboratorio alquímico de Utica, Cyrus Reed Teed tuvo una visión, descrita posteriormente en el opúsculo La iluminación del Koresh: Maravillosa experiencia del Gran Alquimista de Utica, Nueva York (The Illumination of Koresh: Marvelous Experience of the Great Alchemist at Utica, N. Y.). En la visión se le había aparecido una hermosa mujer y le había anunciado que él, Cyrus Teed, se convertiría en el nuevo Mesías. Antes de desaparecer, la señora le había explicado además la estructura real del universo, o sea la auténtica cosmogonía.

domingo, febrero 26, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXIX)

PHILIP BAUMBERG

En 1874, en las cercanías de Wanganui en la Nueva Zelanda septentrional, Philip Baumberg, natural de Cork en Irlanda, hizo funcionar por vez primera su bomba de perros o dog-pump. El artefacto, si es que así puede llamársele, aprovechaba el hecho científicamente demostrado de que si se llama a un perro bien educado, éste acude. Baumberg se servía de una treintena de perros de trabajo, pastores y similares, y de dos peones asalariados, indígenas, cuyo número fue después aumentando progresivamente,
El primer peón estaba situado en la parte baja, con un cubo, junto a un arroyo de agua potable; el segundo estaba en lo alto de la colina, al lado de un canalón de hojalata que mediante una leve pendiente conducía el agua hacia una cisterna contigua a la vivienda de Baumberg. Cada perro llevaba colgado del cuello un bidón que era llenado por el indígena de la parte inferior; después el de arriba llamaba al perro, y cuando éste llegaba a él, el hombre echaba el agua del bidón al canalón de la cisterna; inmediatamente después el otro indígena llamaba al perro hacia abajo y repetía la operación.
Con treinta perros en movimiento el efecto era especialmente vivaz. Para evitar los frecuentes errores provocados por la imposiblidad de recordar los treinta nombres de los animales, errores que repercutían desfavorablemente en la marcha del trabajo —en ocasiones un perro reclamado demasiado pronto se volvía abajo con el bidón todavía lleno—, Baumberg decidió dividir las tareas, de modo que los maoríes pasaron a ser cuatro: dos dedicados al trasvase y dos a las llamadas. Para impedir después que los perros se pararan a media pendiente, o se fueran por su cuenta, tuvo que añadir dos vigilantes a lo largo de la cuesta.
Otros dos indígenas fueron dedicados al recambio de los perros, dado que éstos, normalmente, por su especial naturaleza y constitución, no pueden trabajar más de una hora seguida. Por lo tanto, los perros utilizados en la bomba eran en realidad casi noventa, lo que complicaba de tal manera la memorización de los nombres, que fueron añadidos otros dos maoríes en calidad de auxiliares y ayudantes de llamada. Otros cuatro indígenas se encargaban de que los perros no se pelearan entre sí, ni se entregaran a prácticas indecentes, pero sobre todo no se escaparan con los bidones, tan altamente apreciados entonces como ahora por las poblaciones del interior.
No se le escapaba a Baumberg la obvia verificación de que catorce personas entregadas directamente al transporte de bidones o cubos, en lugar de a la vigilancia y dirección de los animales, hubieran transportado cien veces más agua que treinta perros, inquietos y caprichosos (muchas veces se sentaban para rascarse, se hacían el muerto, y los más astutos y viejos fingían hábilmente dolores en las patas, desvanecimientos, mareos, de manera especial las hembras). Pero profundas consideraciones humanitarias de carácter evangélico, bastante explicables en un judío irlandés en estrecho contacto con las desaparecidas pero prepotentes misiones católicas de la isla, le inducían no sólo a preferir el trabajo animal, sino también a describir minuciosamente sus ventajas, como puede leerse en su prolija y única disertación Dog as Worker, His Preeminence over Ass, Ox and Man (El perro como trabajador: sus ventajas respecto al asno, el buey y el hombre) impresa en Sidney, Australia, en 1876.
Puesto que ni en Auckland ni en otro punto de las islas existía entonces una Oficina de Patentes regular, y tampoco Australia, poblada todavía en buena parte por hijos y nietos de condenados a cadena perpetua, ofrecía en dicho sentido especiales garantías, Baumberg tuvo que esperar un viaje a Londres en 1884 para patentar su bomba de perros; de cuyo invento y puesta a punto no sacó otra cosa que burlas y olvido. Solamente se refiere a él Brewater, en su exhaustiva historia de las formas de trabajo: De las pirámides al control adaptativo con calculador on line (primer volumen de la Enciclopedia del sindicalista, Bari, 1969).

viernes, febrero 17, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXVIII)

SOCRATES SCHOLFIELD

Su existencia siempre ha planteado dudas. Del problema se han ocupado santo Tomás, san Anselmo, Descartes, Kant, Hume, Alvin Plantinga. No ha sido el último Socrates Scholfield, titular de la patente registrada en el U.S. Patent Office en 1914 con el número. 1.087.186. El aparato de su invención consiste en dos hélices de latón montadas de manera que, girando lentamente cada una en torno a la otra y dentro de la otra, demuestran la existencia de Dios. De las cinco pruebas clásicas, ésta es la llamada prueba mecánica.

lunes, febrero 06, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXVII)

YVES DE LALANDE

Hoy nadie lee ya las novelas de Yves de Lalande, lo que permite sospechar que dentro de poco ya nadie leerá las novelas de nadie. Yves de Lalande era un nombre inventado: en realidad se llamaba Hubert Puits. Fue el primer productor de novelas a escala realmente industrial. Como todos, se había iniciado en su actividad en un plano artesanal, escribiendo novelas a máquina; con ese método, muy ilustre, pero primitivo, necesitaba al menos seis meses para terminar una obra, y esa obra quedaba muy lejos de poder ser llamada un producto bien acabado. Con el tiempo, Puits se dio cuenta de que la idea de escribir por sí solo una cosa tan compleja y variada como una novela, tan llena de humores y situaciones y puntos de vista diferentes, parecía tarea más adecuada para un Robinson Crusoe que para un ciudadano de la más grande y avanzada nación industrial del siglo veinte, Francia.
Para empezar, el editor de la Biblioteca del Gusto, para la cual trabajaba Puits entonces, exigía que sus novelas abundaran no sólo en aventuras, sino también en escenas; de amor romántico; pero Puits llevaba seis años manteniendo una relación absolutamente normal con su camarera o sirvienta a horas, una antigua monja gris y avara que no le concedía el más mínimo detalle de tipo romántico, de modo que se veía obligado a sacarlos de otros libros y siempre había algo que no funcionaba, por ejemplo cuando la protagonista sabía que era la hija adulterina del hermano del rey de Francia, arrebataba al novio la espada y se atravesaba el pecho, pero la escena se desarrollaba en el metro entre Bac y Solferino bajo el Ministerio de Trabajos Públicos, cosa que podía parecer algo extraña.
En cuanto a aventuras, una vez le había sucedido que se quedó encerrado en el ascensor durante dos horas y media, y, en efecto, este episodio reaparecía con frecuencia en sus novelas, incluso en la de ambiente tonquinés, La fiera de la Cochinchina; pero sabía que no podía exprimirlo al infinito. Puits se convenció de que para hacer una buena novela no basta un solo hombre, hacen falta diez, tal vez veinte: quién sabe los empleados que tenían Balzac, Alexandre Dumas, Malraux, pensaba.
Por otra parte, los hombres son propensos a discutir entre sí: mejor cinco empleados de buen carácter que no diez genios incompatibles. Así fue como se inició el establecimiento o fábrica de novelas Lalande. No nos pondremos a describir aquí las fases sucesivas de su desarrollo, sino su forma definitiva, la que permitió al todavía joven marqués De Lalande (también el título era inventado) publicar, entre 1927 y 1942, 672 novelas, de las cuales 87 fueron trasladadas con variado éxito a la pantalla.

viernes, enero 27, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXVI)

MORLEY MARTIN

En 1836, mientras el inglés Andrew Crosse realizaba uno de sus experimentos eléctricos, tuvo la agradable sorpresa de asistir al nacimiento, a partir de una mezcla de minerales triturados, de una cantidad de diminutos insectos. Esto es lo que vio Crosse al microscopio: «El día décimocuarto del inicio del experimento, observé en el campo óptico varias excrecencias blanquecinas, pequeñas, como pezones, que surgían del material electrizado. El día décimo octavo estas protuberancias habían crecido, y sobre cada uno de los pezones habían aparecido seis o siete filamentos. El día vigésimo primero las protuberancias se habían hecho más claras y más largas; el día vigésimo sexto cada una de ellas asumía la forma de un insecto perfecto, erguido sobre el ramillete de pelos que constituye su cola. Hasta aquel momento había creído que se trataba de formaciones minerales, pero el día vigésimo octavo observé claramente que aquellas criaturas comenzaban a mover las patas, y debo decir que me sentí bastante atónito.»
Así vio nacer centenares de mosquitos. Apenas habían nacido, los mosquitos abandonaban el microscopio y se iban volando por la habitación, a esconderse en los lugares oscuros. Puesto al corriente del acontecimiento, otro investigador microscopista amigo suyo (un tal Weeks que vivía en Sandwich) quiso repetir el experimento y también él obtuvo millares de mosquitos. Los detalles del sorprendente experimento pueden leerse en los Memoriales de Andrew Crosse, recopilados por una pariente en 1857, en la Historia de la Paz de los Treinta Años, de Harriet Martineau (1849) y en Extravagancias: Una cosecha de hechos sin explicación (1928), del comandante retirado Rupert T.
En 1927, en su laboratorio privado de Andover, el inglés Morley Martin cogió un pedazo de roca arqueozoica y lo calcinó hasta reducirlo a cenizas; de estas cenizas, mediante un complicado y secreto proceso químico, obtuvo a continuación una cierta cantidad de protoplasma primordial. Evitando cuidadosamente que fuese contaminado por el aire, Martin sometió la sustancia a la acción de los rayos X; poco a poco vio aparecer en el campo óptico del microscopio una cantidad fabulosa de vegetales y animales microscópicos, vivos. Sobre todo pececitos. En escasos centímetros cuadrados el estudioso llegó a contar 15.000 pececitos.
Esto quería decir obviamente que dichos organismos habían permanecido en estado de vida latente durante al menos un millón de años; es decir, desde la era arqueozoica hasta 1927. El sobrecogedor descubrimiento fue hecho público en un opúsculo titulado La reencarnación de la vida animal y vegetal del protoplasma aislado del reino mineral (The Reincarnation of Animal and Plant Life from Protoptasm Isolated from the Mineral Kingdom, 1934). El escritor Maurice Maeterlinck dedicó un capítulo de su libro La Grande Porte (1939) a ese descubrimiento; el librito de Martin es actualmente casi inencontrable, pero en el volumen de Maeterlinck se puede leer una descripción del notable experimento:
«Aumentados bajo la lente del microscopio, se veían aparecer unos glóbulos dentro del protoplasma; en estos glóbulos se iban formando unas vértebras, estas vértebras constituían después una columna, luego aparecían claramente los miembros, la cabeza y los ojos. Las transformaciones eran habitualmente muy lentas, requerían varios días, pero a veces se desarrollaban bajo los ojos del espectador. Un crustáceo, por ejemplo, apenas se le desarrollaron las patas, abandonó el portaobjetos y se fue. Estas formas, pues, viven, a veces se mueven, y crecen mientras encuentran nutrición suficiente en el protoplasma que las ha originado; después de lo cual dejan de crecer, o bien se devoran mutuamente. Morley Martin, sin embargo, ha conseguido mantenerlas con vida, gracias a un suero secreto.»
El descubrimiento de Morley Martin, aunque irrepetible, fue bien acogido por los teósofos, entre otras cosas porque contribuía a confirmar la teoría de Madame Blavatsky sobre los arquetipos de vida primordial salidos en el período del fuego y de los vapores de la tierra, de los cuales acto seguido el proceso evolutivo hizo desarrollar las formas hoy conocidas. Unos años después, siguiendo los pasos de Martin, Wilhelm Reich descubría en la arena caliente de Noruega miríadas de vesículas azules, también vivientes, henchidas de energía sexual, que denominó biones. Estos biones forman racimos y finalmente se organizan en protozoos, amebas y paramecios, hechos de solo deseo, pulsadoras de libido (Wilhelm Reich, Biopatía del cáncer, 1948).

miércoles, enero 18, 2012

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXV)

LUIS FUENTECILLA HERRERA

En 1702 el microscopista Anton von Leeuwenhock comunicó a la Royal Society de Londres su curioso descubrimiento. En el agua de lluvia estancada en los tejados había encontrado algunos animalitos, los cuales se desecaban según se iba evaporando el agua, pero después, introducidos de nuevo en el agua, retornaban a la vida: «Descubrí que, una vez agotado el líquido, el animalito se contraía en forma de minúsculo huevecillo y así permanecía inmóvil y sin vida hasta que no lo recubría de agua como antes. Media hora después las bestezuelas habían recuperado su aspecto primitivo y se las veía nadar bajo el cristal como si nada hubiese ocurrido.»
Este fenómeno de vida latente, obvio en las semillas y en las esporas, pero más visible en los rotíferos, nematodos y tardígrados, fascinó a los pensadores ochocentistas que vieron en él una confirmación de la extrema vaguedad, de la extremadamente deseable vaguedad, de la frontera entre la vida y la muerte. Lenard H. Chisholm sostuvo, en Are these Animals Alive? (¿Estos animales están vivos?, 1853), que en cierto modo todos nosotros hemos nacido de una espora y que incumbe a la ciencia encontrar el sistema para reducirnos de nuevo a la espora original, en cuyo estado se nos podría conservar cómodamente durante uno o dos milenios y finalmente devolver a la vida dentro de una bañera.
En 1862, Edmond About publicó su novela El hombre de la oreja rota, cuyo protagonista es un soldado de Napoleón desecado, embalado y finalmente hecho revivir, gracias a una inmersión acuática, cincuenta años después, exactamente como era en el momento de la desecación, a excepción de una oreja que se había roto durante el letargo. Esta novela precientífica tuvo mucho éxito en Europa y ocasionó, además de sensación, interesantes y prolongadas reflexiones. Pocos años después, en 1871, el profesor de ciencias naturales Abélard Cousin tuvo una momia egipcia, desenterrada poco antes en Menfis, atada y lastrada durante cerca de dos meses en el fondo del estanque central del claustro de Saint-Auban en Nantes, con la esperanza de descubrir en ella algún leve indicio de vida residual; en realidad, al cabo de dos meses de sumersión la momia apareció visiblemente llena de gusanos, de una especie desconocida hasta aquel día; lo que a falta de otra cosa demostraba, observó Cousin, que los egipcios sabían cómo conservar los propios gusanos.
Los experimentos se multiplicaban; entre 1875 y 1885, nadie puede decir cuántos perros, ovejas, conejos, ratas, cobayas, gallinas, etcétera, fueron sometidos a deshidratación, aún vivos, a fuego lento en hornos de diferente tipo; en Francia, en Bélgica, en Holanda, en el Cúneo. Las crónicas recuerdan el famoso cerdo seco de Innsbruck, que fue exhibido en todas las capitales, pieza única de una exposición itinerante de monstruos y fenómenos diversos de la naturaleza. Los ingleses, en cambio, después dé una vigorosa toma de posición de la Sociedad para la Protección de los Animales, decidieron que ese tipo de experimentos sólo se justificaba en el hombre, «que tiene medios para defenderse»; como aclaraba el anuncio publicado por la Sociedad en el Times y otros periódicos. También los franceses se unieron a la protesta inglesa. Pero los hombres eran demasiado costosos, salvo en los Balcanes y en la Transilvania; por otra parte, resultaba evidentemente utópico desecar a un muerto con la esperanza de que al cabo de algunos años retornara a la vida. Los individuos debían estar todavía vivos. Se supo que el Rey de Túnez ofrecía a buen precio unos condenados a muerte, pero con la condición de que una vez renacidos fueran inmediatamente ejecutados, lo que quitaba cualquier interés a la investigación. En 1887 Louis Pasteur tuvo que usar todo el peso de su autoridad, entonces indiscutida, para impedir que el doctor Sébrail llevara a término su proyecto, aprobado y estimulado por las autoridades sanitarias y académicas, de retirar los moribundos de los hospitales de París con fines puramente desecativo-experimentales.
Lo que no pudo hacer Sébrail en los secaderos ya preparados y dispuestos de la Manufactura de Tabacos de Auteuil, lo hizo unos años después el doctor Fuentecilla Herrera en Cartagena de Indias, pese al calor delicuescente, pese a la humedad penetrante, pese a la ausencia casi total tanto de instrumental adecuado como de enfermos desahuciados.
En efecto, por una costumbre bastante extendida en los comienzos de siglo en los países latinos y más marcadamente aún en los hoy llamados latinoamericanos, los familiares de los enfermos se negaban a entregar sus aspirantes a cadáveres hasta que no les veían exhalar el último suspiro; en las ciudades, incluso bien después. A ello se debe que Luis Fuentecilla Herrera, director del Hospital de La Caridad de Cartagena, se viera obligado a servirse, para sus experimentos, casi exclusivamente de septuagenarios sin familia internados en el Asilo de Ancianos local; materia prima escasamente más prometedora de lo que lo fueran las momias de Cousin.
En cuanto a los secaderos, dispuestos en las cámaras de desecación de tabaco en rama de la firma La Universal Tabaquera, propiedad de un hermano de Fuentecilla, eran como el propio país bastante rudimentarios, por estar el producto destinado exclusivamente a la exportación y como tal sometido, a su llegada a Europa, a un intenso tratamiento químico, según los métodos más modernos, entre otras cosas por culpa de la mediocre calidad que siempre ha caracterizado al tabaco colombiano.
Se calcula que en estas barracas oblongas, casi herméticamente cerradas y recorridas después por una corriente de aire previamente calentada en los hornos correspondientes, Luis Fuentecilla Herrera había hecho secar a una cincuentena de ancianos y ancianas, clínicamente vivos, entre 1901 y 1905, cuando su hermano fue arrestado por denuncia de sus propios obreros y el estudioso tuvo que escapar a Nueva Orleans, que ya entonces era una guarida de delincuentes y donde probablemente acabó por serlo también él, habiéndose casado mientras tanto, por lo que parece, con una negra que sólo hablaba una variedad local del francés.
Sus candidatos a la longevidad experimental eran de dos tipos, y según el tipo se comportaban en los secaderos: los más robustos y vitales, en aquel aire seco y caliente, se corrompían velozmente y reventaban casi en seguida, con gran malestar de los encargados de recoger las hojas y limpiar las cámaras; los otros, delgados en un principio y ya contraídos por una vida de privaciones, se hacían cada vez más sutiles y ligeros y al cabo de dos semanas eran sacados fácilmente con la larga pala tabaquera y envueltos apretadamente en papel aceitado para acabar en un tabuco del almacén de expedición, a su vez convenientemente mantenido al seco, en los alrededores del puerto.
Estos paquetes retornaban a la manufactura de tabacos cada tres meses para una segunda o tercera desecación de seguridad, que el clima, las ratas, los insectos y la importancia del experimento hacían necesaria; los demás ejemplares y sujetos de estudio malbaratados eran devueltos a las religiosas del Asilo, cuyo confesor era, afortunadamente, el mismo capellán del hospital dirigido por Fuentecilla, y allí, en el cementerio del Convento antiguo, encontraban, en unos saquitos, amorosa y merecida sepultura. En todo caso, muchos de estos ancianos cedidos por las monjas eran reales y auténticos indios, cuando no incluso venezolanos.
Ante la noticia de la detención del hermano, en su desesperado intento de demostrar el fundamento de las propias teorías, Fuentecilla hizo llevar al muelle los doce cuerpos mejor conservados y ordenó que fueran introducidos los doce en el agua, colgado cada uno de ellos de una cuerda. Esperaba que al menos uno o dos retornaran a la vida, para justificar su acción, si no en la patria al menos en el extranjero; acudieron, en cambio, los peces, todos los peces del puerto de Cartagena, y sólo dejaron las cuerdas.

domingo, diciembre 25, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXIV)

HENRY BUCHER

A la edad de 59 años, el belga Henry Bucher sólo tenía 42. Los motivos de su contracción temporal se leen en el prefacio a sus memorias, Souvenirs d'un chroniqueur de chroniques (Lieja, 1932): «Conseguida la licenciatura y habiéndome entregado con todo el ímpetu de mis verdes años al placentero estudio de la historia, no tardé en darme cuenta de que la tarea de buscar, traducir y comentar todo el corpus de los cronistas medievales —los oscuros precursores de Froissart y Joinville, del gran Villehardouin y de Commines— que me había fijado como compromiso absoluto y preeminente, superaba con mucho las medidas previstas: no me habría bastado una vida, tal vez, para llevarlo a término. Aun abandonando el trabajo de búsqueda de los textos extraviados, en gran parte ya realizado —y admirablemente realizado— por mi reverenciado maestro Hébérard De La Boulerie, la sola traducción del latín al francés (de un latín no pocas veces bastardo al elegante francés de nuestros días) me habría exigido el arco entero de los años que presumiblemente me reservaban todavía las Parcas; añádanse a ello las notas, las concordancias —pero en el caso específico sería mucho más justo llamarlas discordancias—, el trabajo de dactilografía así como las diversas tareas relacionadas con la impresión, corrección de galeradas, ensayos introductorios, respuestas polémicas, correspondencia con las diferentes Academias, etcétera e imprevistos, y entenderá el lector con qué embarazo y perplejidad el joven que yo era entonces, en el umbral de los veinticinco años, debía considerar la gigantesca fatiga que se le presentaba, y la urgente necesidad de un plan razonado de trabajo.
»Ya conocía y poseía el conjunto de las crónicas históricas que debía traducir y anotar, salvo nuevos descubrimientos entonces improbables aunque siempre posibles; por otra parte, me había impuesto una posterior limitación, la de ocuparme exclusivamente de las obras redactadas entre los siglos IX y XI. Del siglo XII ya se había apoderado, tal vez un poco demasiado brillantemente, mi colega Hennekin de Estrasburgo; y la Iglesia custodiaba avaramente en sus catacumbas (dans ses caves) las perlas más prometedoras del octavo. Aun así, aquellos tres escasos siglos me habrían exigido —según cálculos tal vez generosos por defecto— al menos treinta años de traducción; si a ello se añaden los restantes trabajos, no conseguiría coronar la obra antes de los ochenta años. Para un joven ambicioso e impaciente, la estática condición del octogenario puede en ocasiones aparecer, diría sin motivo razonable, escasamente atractiva, y sin brillo los laureles que indefectiblemente —pero no siempre— la adornan. Así me pareció entonces; elegí por consiguiente un procedimiento, si no de vencer el tiempo, sí al menos de retenerlo.
»Ya había observado agudamente que a una persona especialmente activa no le basta una semana para llevar a cabo las obligaciones de una semana; las tareas aplazadas se acumulan (contestar cartas, poner orden entre papeles y calcetines, revisar los textos para la voraz imprenta, sin olvidar viajes, matrimonios, defunciones, revoluciones, guerras y pérdidas de tiempo semejantes) de modo que en determinado momento haría falta poder detener la catarata de los días para ser capaces de atender correctamente las obligaciones dejadas de lado. Después de lo cual sería fácil volver a poner en marcha el tiempo, libre de atrasos: sueltos, resucitados, ágiles, sin lastres.
»Y eso fue lo que hice, con la ayuda de un calendario personal: un día cualquiera, supongamos un 17 de julio, terminaba, por ejemplo, de traducir el Tercer Libro de Odón de Treviri. Paraba la fecha; ipso facto era libre de pasar a máquina el manuscrito, de corregir las galeradas del Primer Libro, de participar personalmente en el Congreso de Historia de Trieste, de redactar las Notas del Segundo Libro, de dar un salto a la Sorbona para desenmascarar un Apócrifo, de poner al día mi correspondencia, de llegarme hasta Ostende en bicicleta; y todo esto manteniendo siempre fija la fecha del 17 de julio. En determinado momento, libre ya de compromisos u obligaciones, cogía el Quinto Libro y retornaba al trabajo. Para los demás, habían pasado casi dos meses, comenzaba el otoño; para mí, en cambio, seguía siendo julio, exactamente el 18 de julio.
»Poco a poco tuve la clara sensación, corroborada después por los hechos, de estar quedando por detrás del tiempo. Cuando los prusianos invadieron nuestras amadas provincias, cortando los senos de las mujeres embarazadas y, lo que es peor, los hilos de la corriente eléctrica, yo seguía todavía en 1905; la guerra del 14 concluyó para mí en 1908. Hoy que he llegado finalmente al 14, mi pobre patria ha llegado a 1931 y atraviesa, por lo que dicen, una molesta crisis económica; de hecho, me he dado cuenta de que cada vez que detengo el calendario; el precio del papel experimenta un considerable aumento. De cualquier modo, gracias a esta especial manera de administrar mi tiempo, no me he cansado; me siento joven, mejor dicho, soy joven; los historiadores de mi edad tienen casi sesenta años, yo recién acabo de superar el umbral de los cuarenta. Mi simple sagacidad se ha demostrado doblemente eficaz; diez, doce años más, y habré completado la obra, la edición conjunta en correcto francés moderno, con comentario no menos correcto, de las 127 crónicas de los tres siglos; con sólo cincuenta años conoceré, si no la gloria, el admirado estupor de mis colegas, y, ¿por qué no?, de las damas.»

miércoles, diciembre 14, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXIII)

BENEDICT LUST

El inventor de la terapia de zona fue el doctor William H. Fitzgerald, durante muchos años primer cirujano otorrinolaringólogo del hospital de San Francisco de Hartford, Connecticut. Según Fitzgerald, el cuerpo humano se divide en diez zonas, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, directamente relacionada cada una de ellas con un dedo de la mano y el correpondiente dedo del pie. Estas conexiones son demasiado sutiles para poder ser observadas al microscopio.
En 1917, Fitzgerald y un discípulo suyo, llamado Bowers, editan su tratado fundamental, titulado Terapia de zona. Los autores afirman que siempre es posible hacer desaparecer un dolor del cuerpo, y en muchos casos la propia enfermedad, limitándose a apretar un dedo de la mano o del pie, o bien alguna otra región periférica conectada con la parte enferma. Esta presión se puede efectuar de varios modos; habitualmente conviene atar el dedo con una cinta de goma que lo mantiene comprimido hasta que se pone azul, o bien se pueden utilizar las pinzas de tender la ropa. En determinados casos especiales, basta con apretar la piel con los dientes de un peine metálico.
La teoría de Fitzgerald fue desarrollada en un manual también obstinadamente titulado Terapia de zona, obra de Benedict Lust, apreciado médico naturista. El texto de Lust, útil suplemento del homónimo de Fitzgerald, explica minuciosamente qué dedo conviene apretar para combatir la mayoría de las enfermedades que afligen al hombre, sin excluir el cáncer, la poliomelitis y la apendicitis. Para curar las paperas hay que apretar el índice y el dedo medio; pero si las paperas son fuertes, hasta el punto de alcanzar la cuarta zona, será conveniente que el médico apriete también el anular. En casos de trastornos oculares, o enfermedades del ojo en general, deben apretarse el índice y el dedo medio; la sordera se cura, en cambio, pellizcando el anular, o mejor aún el tercer dedo del pie. Un método eficaz para combatir la sordera parcial consiste en llevar una pinza de tender ropa permanentemente colocada en la punta del dedo medio: el de la mano derecha para el oído derecho, el de la izquierda para el oído izquierdo.
Las náuseas se eliminan presionando el dorso de la mano con un peine metálico; hasta el parto puede ser indoloro si la parturienta se agarra con fuerza a dos peines y los aprieta de manera que sus púas presionen la punta de todos los dedos simultáneamente. La futura madre apenas sentirá dolor si toma, además, la precaución de atarse fuerte, con una cintita de goma, el pulgar y el segundo dedo del pie. Con el mismo método el dentista puede prescindir de la anestesia: bastará aplicar al paciente una estrecha gomita en torno al dedo de la mano, anatómicamente conectado con el diente a extraer.
La caída del pelo se puede combatir con un sistema que Lust califica de extremadamente sencilla: frotándose rápidamente las uñas de la mano derecha contra las de la mano izquierda, durante breves períodos de tres o cuatro minutos. La operación debe repetirse varias veces al día, con el fin de favorecer la circulación de la sangre y devolver su vigor al cuero cabelludo.

miércoles, diciembre 07, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXII)

A. DE PANIAGUA

Discípulo de Elisée Reclus y amigo de Onésime Reclus, A. de Paniagua escribió La civilización neolítica para demostrar que la raza francesa es negra de origen y procede de la India meridional; lo que no excluye que más antiguamente proviniera de Australia, dados los vínculos lingüísticos que según Trombetti comunican al dravídico con el australiano primitivo. Esos negros eran propensos a constantes migraciones; su primer tótem era el perro, como indica la raíz «kur», y por ello se llamaban kuretos. Al haber viajado por todas partes, en casi todos los nombres de lugares del mundo se encuentra la raíz «kur»: Kurlandia, Courmayeur, Kurdistán, Courbevoie, Curinga de Calabria y las islas Kuriles. Su segundo tótem era el gallo, como indica la raíz «kor», y por ello se llamaban coribantes. Nombres de lugares que comienzan con «kor» o «cor» —Corea, Córdoba, Kordofan, Cortina, Korca, Corato, Corfú, Corleone, Cork, Cornualles y Cornigliano Ligure— se encuentran también en todo el mundo, por doquier hayan pasado los antepasados de los franceses.
Semejante pasión migratoria se explica en parte por el hecho, según parece demostrado, de que a cualquier sitio que llegaran kuretos y coribantes, se tratara de la Esciria o de Escocia (evidentemente la misma palabra), Japón o América, ellos se convertían en blancos; y en ocasiones, en amarillos. Los franceses primigenios se dividían, pues, en dos grandes grupos: los kur, que eran los perros propiamente dichos, y los kor, que eran los gallos. Estos últimos son frecuentemente confundidos por los etnólogos con los perros: el espíritu reductivo tiende, desgraciadamente, a empobrecer la historia, observa Paniagua.
Perros y gallos recorren las estepas del Asia Central, el Sahara, la Selva Negra, Irlanda. Son ruidosos, alegres, inteligentes, son franceses. Dos grandes impulsos cósmicos mueven a kuretos y coribantes: ir a ver de dónde sale el sol e ir a ver dónde se pone el sol. Guiados por esos dos impulsos opuestos e irrefrenables, acaban, sin darse cuenta, por dar la vuelta al mundo.
Se alejan hacia Oriente haciendo diabluras plantando menhires a lo largo del camino. Llegan a las islas Kuriles; un paso más y están en América. Para demostrarlo bastará encontrar un nombre de lugar importante que comience por Kur. El más obvio es Groenlandia, cuyo auténtico nombre, explica Paniagua, debía ser Kureland. Sería erróneo creer, por el contrario, que «Groenland» quiere decir tierra verde, si tenemos en cuenta que Groenlandia es blanca, por cualquier lado que se la mire; pero el triunfo que esgrime el etnólogo es una fotografía de dos esquimales, sacada tal vez en el infinito crepúsculo polar: en efecto, son casi negros.
Otros kuretos y coribantes, también saltando, también disfrazados de perros y de gallos, parten hacia Occidente. Remontan el Ister (hoy Danubio), empujados por un ideal más excelso; en la oscura sangre de la raza ya sienten el alegre impulso de ir a fundar Francia. En cuanto a la piel, al pasar por los Balcanes se han convertido en blancos, incluso en rubios. En ese momento deciden asumir el glorioso nombre de celtas, para diferenciarse de los negros que se han quedado atrás. El autor explica que celtas quiere decir «celestes adoradores del fuego», de «cel», cielo (etimología de tipo inmediato) y «ti» (fuego en dravídico, etimología de tipo mediato).
Mientras los nuevos blancos remontan el Danubio, Paniagua ensalza su paciencia y su osadía: tantas fatigas, tantos ríos y tantas montañas que cruzar, para ir a poner las primeras piedras del edificio de luz y de esplendor donde reside inmutable el alma profunda de Francia.
A lo largo del camino, los celtas envían aquí y allá misiones exploradoras que fundan colonias que luego han pasado a ser ilustres; por ejemplo Venecia (nombre francés original, Venise), del dravídico «ven», blanco, y del celta «is», abajo. Difícil encontrar una etimología más exacta, comenta Paniagua. Un estirón migratorio más, y los tiroleses se separan de la rama principal para instalarse establemente en las costas del Tirreno, como indica la raíz “tir”.
Una ramificación más importante, impacientada porque Suiza no les deja pasar, desciende por el Po y funda Italia (nombre francés original, “Italie”). La etimología también es bastante evidente en este caso; «ita» viene del latín «ire», viajar, y «li» del sánscrito «lih», lamer. Esto quiere decir que los perros kuretos no sólo ladran, sino que lamen; Italia significa por tanto «país de los perros emigrantes lamedores». Lo que resulta aún más evidente si se piensa en los ligures, aquel pueblo misterioso: li-kuri, o sea los perros lamedores por excelencia.
La Civilisation Néolitique (1923) es una publicación de la casa Paul Catin; otros volúmenes de la misma colección son Mi artillero, del coronel Labrousse-Fonbelle, y Hellas, Hélas! (recuerdos picantes de Salónica durante la guerra), de Antoine Scheikevitch.

lunes, noviembre 28, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XXI)

HANS HÖRBIGER

Antes de la luna que hoy vemos en el cielo, la tierra tuvo al menos otras seis sucesivas, causa eficiente de los máximos cataclismos de su historia. Las vicisitudes de estas siete lunas son narradas en el volumen titulado Glazial-Kosmogonie que el ingeniero vienés Hans Hörbiger escribió en 1913, con la ayuda de un astrónomo aficionado. El libro abunda en páginas, fotografías, gráficos y ejemplos, y dio origen inmediatamente a una especie de culto astronómico que congregó a millones de fieles. A esta especial herejía alemana se le impuso el nombre de WEL, sigla del Welt-Eis-Lehre o sea Doctrina del Hielo Cósmico.
La WEL no tardó en adquirir las características y las dimensiones de un partido político: repartía octavillas, pasquines, folletos; engendró numerosos libros y una revista mensual, «La clave de los acontecimientos mundiales». Sus partidarios interrumpían las conferencias científicas y abucheaban a los oradores gritando: «¡Abajo la astronomía oficial! ¡Queremos a Hörbirger!» El propio Hörbiger había lanzado a los astrónomos del mundo su desafío ideológico, corroborado por una fotografía suya junto a un telescopio Schmidt de once pulgadas, en la cual él aparecía enigmáticamente disfrazado de Caballero de la Orden Teutónica: «¡O estáis con nosotros, o estáis contra nosotros!»
Según la WEL, como el espacio está lleno de hidrógeno enrarecido, satélites y planetas tienden a aproximarse al centro de rotación a través de la resistencia que el hidrógeno opone a su movimiento; llegará, pues, un día en que todos acabarán dentro del sol. En el transcurso de esa lenta contracción, sucede a veces que un cuerpo celeste capte a otro, más pequeño, para convertirlo en su satélite. La historia de los satélites de la Tierra, y de manera especial de los dos más recientes, se puede deducir directamente de los mitos de los pueblos antiguos; estos mitos constituyen nuestra historia fósil.
La luna del terciario era más pequeña que la que poseemos ahora. A medida que la penúltima luna se iba aproximando a la tierra, los océanos se elevaban en torno al ecuador y el hombre se refugiaba donde podía: en México, en el Tibet, en Abisinia o en Bolivia. Este objeto preocupante daba la vuelta a la Tierra en sólo cuatro horas, o sea seis veces al día; su aspecto desagradable dio origen a las primeras leyendas sobre los dragones y otros monstruos voladores, entre ellos el famoso Diablo de Milton.
A continuación, la fuerza de la gravitación terrestre se hizo tan violenta que la pequeña luna comenzó a desmenuzarse y el hielo que la cubría se disolvió, cayendo sobre el planeta; cayeron lluvias inmensas, ruinosas granizadas y finalmente, cuando la luna se deshizo del todo, molestos aluviones de piedras y de rocas. A esas agresiones lunares la tierra respondía a su manera, preferentemente con erupciones volcánicas, hasta que los océanos invadieron completamente los continentes; documentado acontecimiento conocido con el nombre de Diluvio Universal de Noé.
De ese desastre, como se ha escrito, se salvó un cierto número de hombres, encaramándose a las montañas. Le siguió una época feliz, de auténtica paz geológica, que los diferentes mitos sobre el jardín del Edén nos recuerdan. Pero una vez más la Tierra debía capturar una luna, y una vez más caer víctima de los paroxismos. Se trataba de la luna de ahora, la peor.
El eje del planeta se desplazó, los polos se cubrieron de hielo, la Atlántida tuvo el final que transmiten los mitos y así se inició el período cuaternario, hace trece mil quinientos años. En El Apocalipsis es historia verdadera, Hans Schindler Bellamy, discípulo inglés de Hörbiger, demuestra que el texto falsamente atribuido a San Juan no es más que un detallado relato del catastrófico final de la terciaria. Y en otro libro suyo, En el origen, Dios, explica que el Génesis no es una descripción de la primera creación del mundo, sino de una creación más reciente, si no la última, que había hecho necesaria la habitual caída de la luna. El autor expresa además la hipótesis de que la leyenda de la Costilla de Adán procede de una trivial confusión de los sexos, debida a la notoria imprecisión de los primeros copistas hebraicos; en realidad, se trata de la somera descripción de una cesárea, realizada en precarias condiciones sanitarias por culpa del caos y malos servicios que imperaban en los tiempos del Diluvio Universal.
Advertía, por tanto, Hörbiger que el máximo peligro que amenaza a la tierra es la luna, la cual un día u otro se nos caerá encima; y para colmo debe ser dura, porque está recubierta de un estrato de hielo de al menos doscientos kilómetros de espesor. También Mercurio, Venus y Marte están recubiertos, como la luna, de hielo. Hasta la Vía Láctea está hecha de bloques de hielo, y no de estrellas, como pretenden los astrónomos con sus fotografías burdamente manipuladas.
La WEL alcanzó una difusión innegable entre los nazis, que comparaban la inteligencia de Hörbiger con la de Hitler, y la de Hitler con la de Hörbiger, hijos eminentes de la cultura austríaca. Actualmente la Doctrina del Hielo Cósmico sólo cuenta con unos millares de adeptos; como, por otra parte, la cultura austríaca.

lunes, noviembre 21, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XX)

ANDRE LEBRAN

André Lebran es recordado, modestamente recordado, o mejor dicho no es recordado en absoluto, como inventor de la pentacicleta o pentaciclo, o sea la bicicleta de cinco ruedas. A partir del triciclo de transporte, por todos conocido, es fácil imaginar un artefacto semejante provisto de cuatro ruedas, en lugar de dos, bajo el carrito trasero, lo que hace cinco en total; y es posible que en algún lugar exista un vehículo de dicho tipo. Nada más alejado, sin embargo, de las intenciones de Lebran, que era un estudioso autodidacta de mineralogía, tenía un espíritu pitagórico y se deleitaba especialmente con los polígonos y poliedros perfectos, llamados también aristotélicos, puros objetos mentales que tienen la propiedad de poseer infinitas propiedades. Su pentaciclo era, pues, una bicicleta pentagonal, con el asiento en el centro del polígono y una rueda en cada vértice.
Es obvio que si las ruedas hubieran estado dispuestas radialmente, o bien tangencialmente, el vehículo no habría servido para nada. En el segundo caso, quizás como rueda de molino; pero, dejando a un lado el escaso rendimiento de un molino movido por pedales, está claro que no se habría podido utilizar como vehículo. Lebran había observado que en cualquier medio de transporte que no gira sobre sí mismo las ruedas tienden a asumir la posición paralela; y, viceversa, había observado también que, apenas una o más ruedas se alejan de esa posición, el medio gira sobre sí mismo, o en torno a un punto fijo del entorno, o incluso se queda inmóvil. Por dicho motivo, muy sabiamente, las cinco ruedas de su pentaciclo apuntaban todas en la misma dirección.
Una vez establecido lo anterior, permanece el hecho de que resultaría arduo imaginar un artefacto más inútil, embarazoso y absurdo. Así, al menos, lo ha decretado el Hado, al concederle como segundo y definitivo premio el olvido. El primer premio, medalla de plata, le había sido conferido con motivo de la gran Exposición Universal parisina de 1889; en uno de cuyos pabellones, frente al Palais des Machines, el pentaciclo fue expuesto por vez primera a la admiración escéptica de los franceses, con el inventor sentado al sillín, provisto de unos robustos anteojos antipolvo.
A Lebran le había sido concedido un stand pequeño, de cuatro metros por cuatro, pero cuando no llovía podía salir y efectuar alguna evolución en un patio interior de la Exposición; cuando llovía, se limitaba a pedalear por el ámbito limitado de su stand, encima de una estera roja. Allí dentro podía realizar un recorrido de un metro y medio como máximo; una vez llegado a la valla, bajaba y empujaba hacia atrás un metro y medio el aparato, luego subía de nuevo y recomenzaba. A partir de cierto momento, para corregir el desinterés de los visitantes, Lebran apareció en público disfrazado de indio americano semínola.
De un folleto o dépliant que había hecho imprimir el inventor para aquella ocasión, extraemos las siguientes aclaraciones: «Ruedas impulsoras tres, con tracción antero-posterior; las otras dos ruedas laterales contribuyen al equilibrio del conjunto. Ejes plegables regulables dotados de muelles, de modo que absorben los desniveles del terreno. Escasa fricción en subida, velocidad en descenso igual a la de una bicicleta corriente multiplicada por el factor K (K depende del barro y varía de 2 a 2 1/2). Notables ventajas bélicas como sucedáneo del caballo: ningún forraje, equilibrio permanente sobre terrenos acribillados, escasa superficie ofrecida a la metralla, detención en forma de tresbolillo de modo que el mismo obús no puede dañar más de una rueda a la vez. Un solo regimiento en pentaciclo podría devastar pacíficamente en un solo día todo el valle del Marne. Razonada explotación de las propiedades mágicas, exóticas y geométricas del pentágono, del talismán pentagular y del Pentateuco; triple freno de corcho; sillín ampliable o reducible según las dimensiones del conductor. Ganchos previstos para el eventual añadido de 2 (dos) cestas para el transporte de niños o lactantes. Balance regulable al aire libre. Guardabarros parabólicos. Linternas a voluntad hasta el número de 5 (cinco) para paseos nocturnos. Camilla posterior transversal insertable debajo del sillín para el transporte de enfermos graves o cadáveres. Próximamente la utilización del pentaciclo ampliará al cuerpo de bomberos de la ciudad de Dijon (modelo incombustible de aluminio). Transformable en pentapatín para lagunas, inundaciones y aluviones (patines de baobab). Elimina rápidamente cualquier forma de obesidad pectoral, ventral o posterior. Vehículo deportivo especialmente idóneo para señoritas, señoras, viudas y enfermeras. El pentaciclo Lebran es veloz pero seguro.»
Al parecer, los restantes inventos de André Lebran no pasaron del papel. Tres patentes francesas de los primeros años del siglo XIX llevan su nombre: la más notable es un ventilador consistente en un gran triángulo vertical de cartón ligero que se cuelga del techo y puede maniobrarse desde la cama con un cordel.

miércoles, noviembre 09, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XIX)

HENRIK LORGION

Una lista de sustancias ideales, prolongadamente buscadas y jamás encontradas, incluiría la favorita de Wells, que abole la fuerza de la gravedad; el polvo de cuerno de unicornio, que hace inocuos los venenos; también de Wells, el líquido que nos convierte en invisibles; el flogisto, que es la sustancia del fuego, y que en lugar de poseer peso posee ligereza; los biones de Wilhelm Reich, burbujitas llenas de energía sexual localizables en la arena; la piedra filosofal, que convierte los metales inferiores en oro y plata; los dientes de los dragones, que ahuyentan a los enemigos; el anillo de los Nibelungos, que da el poder; el agua de la fuente que Ponce de León buscó en Florida; los cuatro humores de Galeno, hipocondríaco, melancólico, colérico y flemático, que guerrean en el cuerpo e instauran jerarquías; el ánima, que según Durand Des Gros es una compacta colonia de animillas, y según las últimas teorías una sustancia química que establece los contactos entre sinapsis; la sangre de Cristo, recogida en una copa por José de Arimatea; el elemento 114, que según los cálculos debiera ser estable.
A esa lista, tal vez infinita, quiso añadir un término más el médico Henrik Lorgion, de Emmen, Holanda; el cual, durante muchos años, buscó en la linfa de los hombres y de las plantas, en el fuego y en la luz, en los peces alados llegados de las colonias y en todo lo que es mudable la sustancia de la belleza.
Lorgion sostenía que cada cosa perfecta, armoniosa y simétrica que hay en la naturaleza extrae su perfección, su armonía y simetría de una sustancia circulante, llamada por él eumorfina, y que desaparece cuando la vida muere; es la misma que ocasiona que sobre todo lo que es muerte —hombre, bestia o vegetal— se abata el desorden y la falta de armonía. Con la muerte, esta sustancia se difunde de los cuerpos a los elementos circunstantes, hasta que los procesos orgánicos normales de los seres vivientes la reabsorben y se apoderan de nuevo de ella. Cosa que parece posible si se piensa que cualquier forma de vida que nace, nace desmañada, y sólo poco a poco extrae del aire, de la luz y de la nutrición forma, color y proporción.
Alejado de los grandes centros de investigación, de París, de Leida, de Viena, Lorgion sólo disponía de un antiguo microscopio de Amsterdam, un conocimiento más bien aproximado de la ciencia química, que como ciencia estaba aún en sus inicios, y una terca convicción, puramente idealista, de que todo es materia, o se puede reducir a la materia. Ante cualquier cosa que examinara en su aparato, el holandés quedaba sorprendido por la belleza, por las formas, por el resplandor de los colores: infusorios, cabellos, ojos de insecto, mucosas aterciopeladas, estambres y pistilos y polen, gotas de rocío, cristales de nieve y silicatos, diminutos huevos de araña, plumas de oca, todo hablaba a sus ojos de un Creador, un Artista, un Esteta inagotable, infinitamente inventivo, un músico de las combinaciones; aquel Creador de las sustancias también era para Lorgion una sustancia.
A nadie se le permite en este mundo ser totalmente original, a partir del momento en que todo o casi todo ya ha sido dicho por un griego. Reducida a su esencia, la teoría de Lorgion era, en cualquier caso, un desafío al mandamiento de Occam de no multiplicar inútilmente los entes. Lo que para otro habría sido un prisma de espato de Islandia, para el médico de Emmen era una aleación o combinación de calcitas y eumorfina: el mineral en sí era una masa informe, la eumorfina lo hacía prismático, transparente, incoloro, brillante, birrefringente, en suma: bello. Calentadas a temperatura suficiente, es posible que las dos sustancias llegaran a separarse, y, en efecto, en el crisol siempre era posible reducir el cristal a una masa amorfa; pero Lorgion no disponía todavía del instrumental necesario para recoger una eumorfina tan evaporada.
Había probado con el alambique, calcinando mariposas; pero de setenta y cinco Papilio Machaon sólo había conseguido obtener media gota de agua, un agua densa y turbia, como la de los lagos alquitranados, desprovista evidentemente de eumorfina. Había probado a dejar herméticamente cerrado dentro de un globo de cristal un tulipán, y, extrañamente, el tulipán se había mantenido intacto durante mucho tiempo; al final, se había derrumbado reducido a polvo. Tal vez su belleza se había condensado en la superficie interna de la esfera. Lorgion rompió el globo pero no encontró en su interior nada concreto.
Dichos experimentos, y una plausible explicación de su parcial fracaso, están descritos en el extenso informe publicado en Utrecht en 1847, con el sencillo pero no menos enigmático título de Eumorphion (enigmático porque era preciso leer el libro para entender su título). El volumen está dividido en 237 breves capítulos, cada uno de los cuales está dedicado a un experimento diferente. De las 237 pruebas, al menos nueve, por lo que afirma el autor, dieron un resultado tangible y positivo: en total, siete gotas de eumorfina, cuidadosamente conservadas durante casi un siglo en una redomita del Museo Cívico de Emmen. Ochenta y dos bombas alemanas destruyeron en 1940 redomitas y Museo; en cuanto al extracto de belleza que contenían, habrá vuelto a la naturaleza, al ser la belleza, según Lorgion, indestructible.
Después de la aparición del libro —que no tuvo mucho éxito, entre otras cosas porque Emmen parecía entonces muy alejada del mundo científico— Lorgion prosiguió tenazmente su investigación. En 1851 fue condenado, primero a morir ahorcado, después a reclusión perpetua en un manicomio, por haber calcinado en una adecuada caldera de cobre a un jovencito de catorce años, ordeñador de oficio.

miércoles, noviembre 02, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XVIII)

JOHN O. KINNAMAN

En 1938 John Kinnaman visitó Sodoma. De regreso a Inglaterra publicó Excavaciones en busca de la verdad (Digging for Truth, 1940); en el libro explica que en aquel lugar ha encontrado una cantidad considerable de columnas y pirámides de sal, lo que hizo muy difícil, por no decir imposible, la tarea que se había fijado: descubrir cuál de aquellas protuberancias era la mujer de Lot. Escribe: «Hay demasiadas; ¿cuál será el féretro de aquella desgraciada, quién puede decirlo ahora?»
A cambio, descubrió en los alrededores la casa donde vivía Abraham y en la casa una piedra que llevaba grabada en su superficie la firma del patriarca: «Abraham».

viernes, octubre 14, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XVII)

ALFRED ATTENDU

En Haut-les-Aigues, en un rincón del Jura próximo a la frontera suiza, el doctor Alfred Attendu dirigía su panorámico Sanatorio de Reeducación, o sea hospicio de cretinos. El período entre 1940 y 1944 fueron sus años de oro; en aquel tiempo llevó a cabo sin el menor estorbo los estudios, experimentos y observaciones que más adelante recogió en su texto, convertido en un clásico del tema, El hastío de la inteligencia (L'embêtement de l'in-telligence, Bésancon, 1945).
Aislado, olvidado, autosuficiente, abundamente provisto de reeducandos, misteriosamente incólume de cualquier invasión teutónica, gracias también al desastroso es-tado de la única carretera de acceso, destrozada por un bombardeo equivocado (los alemanes habían creído que la carretera llevaba a Suiza, por culpa de una flecha con la inscripción «Refugio de Retrasados Mentales»); en suma, rey de su pequeño reino de idiotas, Attendu se permitió a lo largo de todos aquellos años ignorar lo que la prensa denominaba pomposamente el hundimiento de un mundo, pero que en realidad, visto desde lo alto de la Historia, o en todo caso desde lo alto del Jura, no fue más que un doble cambio de policías con algún incidente de ajuste.
Ya del título del libro de Attendu se desprende su tesis, es decir, que en cada una de sus funciones y actividades no necesarias para la vida vegetativa, el cerebro es una fuente de problemas. Durante siglos, la opinión habitual ha considerado que la idiotez es un síntoma de degeneración del hombre; Attendu le da la vuelta al prejuicio secular y afirma que el idiota no es más que el prototipo humano primitivo, del cual sólo somos la versión corrompida, y por tanto sujeta a trastornos, a pasiones y a vicios contra natura, que no afectan, sin embargo, al auténtico cretino, al puro.
En su libro, el psiquiatra francés describe o propone un original Edén poblado de imbéciles: perezosos, torpes, con los ojos porcinos, mejillas amarillentas, labios abultados, lengua salida, voz baja y ronca, oído débil, el sexo irrelevante. Con expresión clásica, les llama les enfants du bon Dieu. Sus descendientes, impropiamente llamados hombres, tienden a alejarse cada vez más del modelo platónico o imbécil primigenio, impulsados hacia los dementes abismos del lenguaje, de la moral, del trabajo y del arte. De vez en cuando, se le concede a una madre afortunada parir un idiota, imagen nostálgica de la creación primera, en cuyo rostro aún, por una vez se refleja Dios. Estos seres cristalinos son el mudo testimonio de nuestra depravación; se mueven entre nosotros como espejos de la primitiva estupidez divina. El hombre, sin embargo, se avergüenza de ellos, y los encierra para olvidarlos; tranquilos, los ángeles sin pecado viven vidas breves pero de perpetua e incontrolada alegría, comiendo tierra, masturbándose a continuación, chapoteando en el barro, agazapándose en el cubil amistoso del perro, metiendo distraídamente los dedos en el fuego, inermes, superiores, invulnerables.
Cualquier movimiento tendente a reinsertar a los subnormales, congénitos o accidentales, en la sociedad civilizada, se basa en el presupuesto —evidentemente falso— de que los evolucionados somos nosotros, y ellos los degenerados. Attendu invierte dicho presupuesto, es decir, decide que los degenerados somos nosotros y ellos los modelos, e inicia de ese modo un movimiento inverso, dejado hasta ahora por motivos muy claros sin otra consecuencia que la antigua pero tácita colaboración de las máximas autoridades, no sólo psiquiátricas, que tiende a incrementar en los imbéciles lo que precisamente les con-vierte en tales.
No le faltaban razones. Desde lo alto de Haut-les-Aigues había visto —metafóricamente, porque no era un águila ni tenía un telescopio— los ejércitos de uno y otro bando ir y venir, como en un film cómico, empujando amplias verjas de aire intangible, disparando hacia atrás, huyendo hacia la victoria, construyendo para destruir, arrancándose banderas de modesto precio al precio de la vida. Sus enloquecidas confusiones superaban la comprensión humana.
Y dirigiendo en cambio la mirada al otro lado, dentro de los límites de su claro jardín, había visto entre los abetos a sus mozarrones, también ellos veinteañeros y llenos de vida, jugar a juegos de incesante invención, por ejemplo destrozar el balón con los dientes, hurgarse la nariz con el pulgar de los pies del compañero, atrapar los peces del estanque, abrir todos los grifos para ver qué corría, cavar un agujero para sentarse dentro, recortar las sábanas colgadas y después correr por ahí agitando las tiras, mientras los más sosegados, filosóficamente, se llenaban de estiércol el ombligo o se arrancaban reflexivos uno a uno los pelos de la cabeza. Hasta el olor del Jardín original debía haber sido análogo. Pedían protección, sí, pero en su calidad de mensajeros preciosos, ejemplares, delicados; tocados, como siempre se había dicho, por el buen Dios, elegidos para compañeros de Su Hijo,
La opción era obligada: cualquiera habría elegido a los idiotas del asilo. El mérito de Attendu reside, sin embargo, en haber sacado las debidas consecuencias de dicha opción: dado que la condición del cretino es para el hombre normal la condición ideal, estudiar por qué caminos los cretinos imperfectos pueden alcanzar la deseable perfección. En aquellos años los deficientes psíquicos eran clasificados según la edad mental, deducible de unos tests adecuados: edad mental tres años o menos, idiotas; de tres a siete años, imbéciles; de ocho a doce años, retrasados. De modo que el objetivo del estudioso era descubrir los medios idóneos para reducir a los retrasados al estado de imbéciles, y a los imbéciles a la idiotez completa. Los diferentes intentos de Attendu en dicha dirección y los métodos más pertinentes están detalladamente descritos en su interesante libro, citado con frecuencia en las bibliografías.
Curiosamente, no han sido muchos los que han observado que embétement también quiere decir, etimológicamente, embrutecimiento.
La primera preocupación del personal tratante consiste en abolir cualquier relación del internado con el lenguaje. Dado que algunos de los internados todavía estaban en posesión, en el momento del internamiento, de algún medio, aunque rudimentario, de comunicación verbal, el recién llegado era segregado en una pequeña celda o caja, hasta que el silencio y la oscuridad le quitaban cualquier residuo o sospecha de locuacidad. En general bastaban pocos meses; los expertos enfermeros del doctor Attendu sabían reconocer, por el tipo de gruñidos del educando, cuándo había llegado el momento de sacarle del cubículo para llevarle a la pocilga.
La terapia de la pocilga se había demostrado la más eficaz para la obtención del objetivo siguiente, que era el de suprimir en el pupilo cualquier traza de buenos modales, limpieza, orden y similares características subhumanas adquiridas precedentemente. En dicho sentido los educandos más difíciles resultaron ser los procedentes de instituciones religiosas, lugares conocidos, en efecto, por su escrupuloso respeto a los buenos modales y la higiene. En cambio, los que procedían directamente del seno de la familia, del seno de una familia francesa, eran más espontáneamente propensos a la zafiedad y a la suciedad.
Todos los pupilos estaban provistos de bastones y eran periódicamente invitados por los enfermeros, con el ejemplo, a vapulear a sus compañeros; esta terapia tendía a eliminar de su vacío mental cualquier residuo de agresividad social. Niños y niñas eran invitados además a pasear desnudos, incluso en invierno, e inducidos, también con el ejemplo, a juegos bestiales de tipo vario. Eso sobre todo en el sector de los retrasados, que participaban más bien con placer en tales juegos con los enfermeros; porque en los imbéciles y más aún en los idiotas los instintos se habían ido refinando y regresando a la pureza primitiva: a lo máximo que podían llegar era a comerse mutuamente las heces. Los retrasados, en cambio, se entregaban con gusto a una especie de alegre vida sexual angélica.
Por las noches había un gran barullo, y no pocas veces un auténtico y divertido alboroto. Buena señal, porque el sueño tranquilo y prolongado es un síntoma, según Attendu, de una indebida actividad mental durante el día. En efecto, si un internado era sorprendido de noche en ese estado anómalo de sueño profundo, los enfermeros lo sacaban de la cama y lo arrojaban a una bañera de agua fría. En ocasiones también intervenía algún imbécil y arrojaba a la bañera a un enfermero; los idiotas más evolucionados, en cambio, se mantenían aparte, ahora del todo apáticos: los enfermeros les llamaban los aristócratas, los favoritos del Director. A los reales y auténticos idiotas lo que más les gustaba era el cine, especialmente si era en color; pero también les alegraba el estrépito, y "más" que nada los discos llamados de Festival.
En el transcurso de los diferentes procesos que tuvo que sufrir el doctor Attendu de 1946 en adelante, apareció otro detalle científico interesante: casi todos los retrasados de uno, dos o tres años que se hallaban en el Sanatorio, los llamados «p'tits anges», eran hijos suyos, producidos in loco a través, según parece, de la inseminación artificial; para las jóvenes mamás, veintitrés, se había construido algo así como un gallinero-maternidad, con un suelo de cemento fácilmente lavable.
 

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