Mostrando las entradas con la etiqueta cozarinsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cozarinsky. Mostrar todas las entradas

martes, marzo 24, 2020

algunos relatos de la memoria

Desde hace varios años, para esta fecha de la memoria, vengo posteando algunos relatos de autores que me gustan y que posiblemente no fueron tan tenidos en cuenta a la hora de volver sobre el 24 de marzo. En medio de esta pandemia brutal que nos aísla y nos estanca en un día infinito, preferí recuperar esos textos en un solo posteo a subir algo nuevo. Así que ahí van, un fragmento de cada uno y el correspondiente vínculo para quién/es quieran leerlos o releerlos.



Los taconeos, el acento metálico de las armas al ser cargadas o descargadas, el tintinear de las botellas, los gritos, las órdenes, el roce de las esposas, la caída del agua de los retretes, un encendedor al prender, las toses, los pedos. Pienso que ése era el primer escalón de ruidos. Tenían por característica que se los podía aislar, cada uno transparentaba una acción que yo imaginaba y reconstruía sobre la pantalla de los párpados vendados. Seguía, luego, otra escala más confusa pero reconocible: consistía en la llegada de una o más víctimas. Empezaba como un tropel de pasos. Se escuchaba inmediatamente el choque de huesos contra la pared, los alaridos revueltos, lo que gritaba el desgraciado mientras lo hacían correr a las patadas, a culatazos, rompiéndole los dientes, hasta que se estremecía una puerta al cerrarse y se amortiguaba el curso de la acción. Los policías sobre todo insultaban ¡hijo de puta! ¡apátrida! ¡sos montonero! y los detenidos respondían que no, o decían por favor, tengo hijos, no me peguen, mis viejos, yo no hice nada, ay mamita mamá mamá. No era demasiado extensa la gama de sus respuestas; sino, sencillamente, no hablaban y toleraban el castigo entre quejidos o bruscos soplos de aire.
Fragmento de El antiguo alimento de los héroes (1987), de Antonio Marimón. Sigue acá



El 24 de marzo (1976), los militares argentinos, y dale, tomaron el poder, o así, al menos: o así al menos -para decirlo todo- ellos lo creyeron. La verdad es que el poder lo tomaron los banqueros, los que, ¿los que?, como es tradicional en la Argentina, se pasan la vida rompiéndoles el (los) culos a los militares argentinos. Y gozan con ello: los militares argentinos y los banqueros (que se los cojen). Los militares. Argentinos, y los banqueros. Argentinos, y de cualquier otra nacionalidad, si es que existe -Dud, lo dudo- otra nacionalidad.

LOS MILITARES ARGENTINOS
LOS PREFIEREN EXTRANJEROS

sin embargo.
"Se equivocaban de departamento", de Osvaldo Lamborghini. Sigue acá.

En el marco coyuntural de una alternativa poco favorable a nivel de descuelgue, me está diciendo el pibe éste (cara de aseo muy bueno, conducta muy buena) y por lo que se conoce de él, es como si Ireneo Leguisamo se pusiera a hablarme de la relación de pareja entre los menonitas, o el Cid Campeador, de las virtudes de la soja en la alimentación macrobiótica, cosas por ai importantísimas para que aparezca un Ireneo Leguisamo o un Cid Campeador en este piojoso mundo, pero que a mí, Celestino Vinelli (ex futuro poeta, hoy Harold Dream, o Jeff Matterson, o Dick Heller, según mande para la Serie Negra, la Colección Terror, o la Súper Crimen) me interesan tanto como si abuelita me estuviera aleccionando sobre las dificultades del punto cadena, pero hay que joderse.
"Cacería sangrienta o la daga de Pat Sullivan" (1985), de Humberto Costantini. Sigue acá.


Quizá, en ese momento, el sol, de un melancólico color morado, tiña la habitación, ilumine la mesa, profusamente tallada, como la tarde en que se sentó por primera vez ante el chico, entretenido en desgarrar el cintex adherido al envoltorio de los cuadernos.
—No sé qué hacer con él —le había confiado la mujer, deprimida—. No estudia, se pasa el día leyendo revistas y haciendo crucigramas.
La ventana estaba entreabierta, con la persiana baja hasta poco menos de la mitad, para impedir la entrada del calor y de la luz. Sin embargo, en la sombra, se distinguían los muebles de falso estilo imperio que llenaban la habitación. Eran muebles pesados, severos, pero, en alguna medida se establecía cierta coherencia entre ellos y las paredes, tapizadas con un papel de un lacre desteñido, sobre las cuales distintos paisajes y naturalezas muertas de colores vivaces, colgaban, enmarcados en cedro oscuro.
"Ciudad sobre el Támesis" (1988), de Amalia Jamilis. Sigue acá.

(...) Después de un rato ya no escucha.
Han vuelto al centro y prefiere observar a la gente que pasa por la calle. Recuerda ese ir y venir infatigable, sonámbulo, de sus primeras trasnochadas de adolescente: respirando hondo, con los ojos muy abiertos, deslumbrado por una promesa tácita, ubicua de aventura, se sentía admitido en los misterios encubiertos y al mismo tiempo tan accesibles a la noche. Tantos años más tarde, ahí está, acechando de nuevo la mirada de los transeúntes, pretendiendo leer en sus caras quiénes son, adónde van.
Se los ve cansados, felices, impacientes, disponibles, apurados, tristes: como la gente en la calles de cualquier ciudad. Y no lo miran. Él no olvida, desde luego, que está escrutándolos desde un automóvil en movimiento… pero por otra parte, ¿por qué deberían mirarlo? ¿Acaso él mismo no se siente como un fantasma? Un irrisorio Rip van Winkle, intentando explicar el territorio presente con un Baedeker amarillento, destartalado, confundiendo sus recuerdos con datos, tomando sus deseos por impresiones…
Fragmento de "El viaje sentimental" (1985), de Edgardo Cozarinsky. Sigue acá.

domingo, abril 03, 2016

Presentación: Dark, de Edgardo Cozarinsky


Acá, se puede leer un fragmento de Dark, la nueva novela del artesano de la literatura argentina, Edgardo Cozarinsky: http://www.buenosairesreview.org/es/2016/02/dark-una-obertura/

lunes, marzo 24, 2014

Nombres

En 1985, Edgardo Cozarinsky publica un libro difícil de encasillar Vudú urbano (algunas muestras: acá, acá, acá y acá): una mezcla entre Historia y crónica, entre ficción y ensayo, entre biografía y libro de viajes. La última edición que todavía se consigue en algunos saldos de la Capital es de Emecé en 2002. Ese libro abre con un relato largo titulado "El viaje sentimental". Se trata de una historia de exilio, sobre los fantasmas de la memoria y de lo contemporáneo, que pueden acompañar/acechar a quien abandonó su país, sus calles, sus recuerdos. Es también, por eso lo traigo a colación este 24 de marzo, una reflexión sobre el tenebroso período de la última dictadura militar. No tengo el scanner a disposición para levantar todo el relato (próximamente lo haré, me parece una injustica fragmentarlo) pero va, al menos, una pieza de esa hermosa narración tejida por ese artesano de la palabra, Edgardo Cozarinsky.

El viaje sentimental (fragmento) (Edgardo Cozarinsky)

(...) Después de un rato ya no escucha.
Han vuelto al centro y prefiere observar a la gente que pasa por la calle. Recuerda ese ir y venir infatigable, sonámbulo, de sus primeras trasnochadas de adolescente: respirando hondo, con los ojos muy abiertos, deslumbrado por una promesa tácita, ubicua de aventura, se sentía admitido en los misterios encubiertos y al mismo tiempo tan accesibles a la noche. Tantos años más tarde, ahí está, acechando de nuevo la mirada de los transeúntes, pretendiendo leer en sus caras quiénes son, adónde van.
Se los ve cansados, felices, impacientes, disponibles, apurados, tristes: como la gente en la calles de cualquier ciudad. Y no lo miran. Él no olvida, desde luego, que está escrutándolos desde un automóvil en movimiento… pero por otra parte, ¿por qué deberían mirarlo? ¿Acaso él mismo no se siente como un fantasma? Un irrisorio Rip van Winkle, intentando explicar el territorio presente con un Baedeker amarillento, destartalado, confundiendo sus recuerdos con datos, tomando sus deseos por impresiones…
Pero ésa no es toda la verdad. Tampoco quiere renunciar a esa partícula del pasado que de algún modo le fue dado rescatar. Empieza a decir nombres: nombres que conoce, que recuerda, nombres cancelados que, súbitamente lo ha decidido, no quiere aceptar que sean olvidados. Sabe que nadie lo escucha, que aun si lo escucharan muy probablemente no se inmutarían, pero esto no le impide hacer el papel del Tiresias no invitado, maldito no con el don de adivinar el futuro sino con la más devaluada de las divisas: la memoria. Evoca automóviles sin chapa, niños abandonados en carreteras, innumerables cadáveres amarrados a piedras, tantos que llegaron a convertir el lecho de lagos y ríos en cementerios submarinos. Y otros nombres, más nombres. Y, siempre, la impunidad para los asesinos de un solo bando, el que tiene el poder.
No puede parar. Poco importa que Laura le recuerde burlonamente que ésos no eran sus amigos, que a muchos de ellos no podía soportarlos, que si estuvieran vivos no tendría ganas de verlos. Tampoco lo disuade Guillermo, cuando le pide que sea sincero y admita la verdad, que sólo extraña las interminables tardes en la calle Viamonte de la época en que la vieja Facultad estaba allí, cuando entraba y salía de aulas, cafés y librerías en un solo movimiento sin rumbo, o la lenta caminata de vuelta a casa por calles engañosamente tranquilas después de la función de medianoche en el cineclub, o los amigos tornadizos, y tal vez también las primeras torpes penas de amor. Ni siquiera calla cuando él mismo reconoce que lo único que realmente querría recuperar es su despreocupada, desprolija, dilapidada juventud. (...)

Cozarinsky, Edgardo (2002 [1985]): Vudú urbano, Buenos Aires, Emecé, pp. 46-48.

domingo, noviembre 24, 2013

Otra visita al museo del chisme


9

Dorothy Parker no había cumplido con la fecha de entrega de una crónica para The New Yorker. Ross envía un mensajero a Long Island, donde la legendaria "Algonquin wit" está pasando el verano. El chico llama varias veces desde la verja del jardín sin obtener respuesta. Finalmente, se abre una ventana del primer piso y aparece, desgreñada y apenas cubierta por una sábana, la escritora. El mensajero se disculpa por la intrusión e invoca la impaciencia del redactor en jefe ante el atraso. La Parker grita, intraduciblemente: "Tell Mr. Ross I'm too fucking busy... and viceversa!".

Fuente: oral, Richard Roud, Nueva York, 1982.

Cozarinsky, Edgardo (2013): Nuevo museo del chisme, p. 134.

martes, febrero 26, 2013

We are chusmas

La reedición de Museo del chisme de Edgardo Cozarinsky es motivo para celebrar. Yo, chusma, he intentado difundir las pequeñas anécdotas del libro en diversas oportunidades (acá, acá y acá) por lo que la aparición del Nuevo museo del chisme, una edición revisada y ampliada que nos brinda la distinguida editorial La bestia equilátera, no me puede pasar desapercibida. Cozarinsky hace del chisme un género básico, en el sentido fundamental de la palabra, a través del trabajo artesanal con el que talla estas pequeñas delicias de la vida cultural y por eso hay que recorrer su hermoso museo.


Nuevo museo del chisme - Edgardo Cozarinsky
Esta visita guiada a los chismes más deliciosos de la historia de la literatura, de las artes y de la historia a secas, tiene como cicerone y maestro de ceremonias a Edgardo Cozarinsky, que ha demostrado ya en muy distintos géneros y registros su inteligencia, su veracidad y su rigor. La tensión dramática o humorística de la anécdota impone su eficacia. Tras esa límpida definición (gracias a la síntesis genial de Cozarinsky), poco puede agregarse en términos de estilo y escritura.

El Nuevo museo del chisme, que enriquece con veinticinco hallazgos la primera edición —hoy inhallable—, reúne un elenco de personajes que va de Dorothy Parker a James Joyce, de Victoria Ocampo a Ernesto Sabato, de Joseph Stalin al astronauta Tsibliyev. Abre el volumen un ensayo que cobra mayor importancia con el curso de los años, “El relato indefendible”, una indagación única y preciosa del chisme como núcleo indispensable de la novela –en Henry James y Proust, sí, pero también como indicio informativo de cualquier narración–.

El libro que hay que tener para que la literatura siga siendo la isla del tesoro del placer.

CHISME N° 20:
París, años 30. Joyce le dicta a Beckett su work in progress, que será Finnegan’s Wake. En algún momento llaman a la puerta, Beckett no lo oye y Joyce dice: “Come in”. Al final de la jornada de trabajo, el secretario lee en voz alta el dictado del día. Al llegar al “come in”, Joyce se sobresalta: “¿Y eso?”. “Usted lo dijo”. Tras un momento de reflexión, el autor decide: “Dejémoslo…”.

Leé un fragmento ACÁ

También disponible en E-BOOK desde marzo

martes, julio 24, 2012

Chisme 26 (Edgardo Cozarinsky)

En tiempos en que el diario La Nación aún estaba en su tradicional edificio con entradas por Florida y por San Martín, Manuel Mujica Lainez se cruza, camino del diario, con otro redactor, poeta él, tenazmente confiado en que nadie sospecha su homosexualidad; esa tarde lo acompaña un joven muy bien parecido. Ante el saludo de “Manucho”, el colega se turba visiblemente y se apresura en presentar a su acompañante como “un sobrino”. Sonriente, implacable, “Manucho” informa: “Sí, lo conozco, fue sobrino mío el año pasado...”.

Fuente: oral, folklore gay porteño, años 60.

Cozarinsky, Edgardo (2005): Museo del chisme, Buenos Aires, Emecé, p. 82.

viernes, diciembre 30, 2011

(Fast Food) (Edgardo Cozarinsky)


"De estas ciudades sólo quedará lo que una vez pasó a través de ellas: el viento."
Bertolt Brecht
"Sobre el pobre B.B.", Manual de piedad

"Everubody knows these cities were built to be destroyed..."
Caetano Veloso
Maria Bethania

1

Mi padre ejercía la reprobación moral de las especias: «Si el alimento es bueno no necesita ninguna de esas macanas»; también: «Tenían sentido en la época en que la gente debía comer carne podrida». Sin saberlo, respetaba así una ideología dominante en la vida argentina, que la clase media sorbió mansamente de sus superiores. Tan esforzada confianza en las bondades del sustantivo, más bien de unos pocos sustantivos, me revelaba una desconfianza no menos tenaz ante la modificación, el simple matiz que puede inocular un adjetivo: versión, perversión, inversión.
Tales manifestaciones no impedían a mi padre gustar de la vainilla en el flan, del azafrán en el arroz, del orégano en el tomate; pero el bife y la ensalada iluminaban su gastronomía con autoridad casi mosaica. Aún hoy, paladares y olfatos argentinos que no aspiran al esnobismo rehúsan gozar del ajo, cuyas connotaciones de pobreza inmigrada (así como la capacidad de hacer presente al cuerpo con todos sus poros) ostracizan socialmente: una niña de buena familia modifica el itinerario de su visita a España y no se detiene en un pueblo andaluz porque huele a ajo; un señor menos costoso lamenta que su cuñada genovesa no sepa prescindir del ajo en la hebdomadaria invitación a cenar.

2

Raros, lejanos, disputados objetos de deseo, las especias debían convertirse en dinero. Impuestos y justicia por igual serían medidos y pagados por su peso en pimienta. Esta capacidad simbólica había de desatar cruzadas menos sangrientas, más tenaces que las supuestamente dirigidas a liberar el Santo Sepulcro. A medida que, siguiendo a las capitales del comercio, los centros del poder político se desplazaban hacia occidente, caminos cada vez más intrincados y aventurosos para alcanzar la riqueza fueron tramados con rapacidad siempre renovada: la ruta de la seda cedió lugar a la ruta de las especias, a Marco Polo sucedió Cristóbal Colón, nuevos y belicosos imperios fueron construidos sobre los escombros sucesivos de imperios previos. Franceses e ingleses pulularon sobre ruinas holandesas que una vez fueron construidas por portugueses. Elevadas, suntuosas arquitecturas de la ley y el idioma, estos imperios no resultaron menos frágiles y perecederos, ni su naturaleza menos simbólica, que la del papel moneda, pasado de mano en mano como un chisme, su única identidad una mera convertibilidad.
(Clavo de olor y nuez moscada perfumaban el viento que orientaba a las naves. Malabar, Malacca, Bengala, Colombo, Martabán, Batavia... nombres encantatorios de puertos y factorías prefiguraron los de las islas de especias, las deliciosas Molucas: Ternata, Motir, Timor, MaMan, Matchian...)
Si es cierto que el oro americano con que Cristóbal Colón llenó las arcas españolas serviría para pagar las especias hindustanas descubiertas por Vasco de Gama, el pimiento, única ofrenda del nuevo mundo al paladar europeo, iba a ser despojado de su identidad americana al borrarse su nombre original, latinizado en pigmentum, vulgarizado como pimienta española, turca, india, de Calicut o de Guinea, occidente y oriente mismos confundidos en el nombre de esas indias para las que se halló lugar en los mapas mucho después de implantadas en la imaginación que alimenta el deseo.
La conversación de trata de esclavos y comercio de especias comunicó a los pueblos de África occidental ese pimiento transatlántico por el que hoy pagan sus descendientes en los mercados de Belleville y Menilmontant: ya no esclavos sino mano de obra inmigrada en la tierra prometida del Mercado Común europeo; sus patrias ya no colonias sino tercer mundo, ficción de estadistas e intelectuales ávidos de exportar tecnología, diplomacia o revolución, sólo atentos a ese esquivo gesto de asentimiento que la Historia suele conceder demasiado tarde y nunca definitivamente.
Nuevos amos, nuevos nombres. Siempre: descubrir, cubrir, encubrir.

3

Recuerdo que el 18 de abril de 1974, entre las estaciones Tribunales y Callao del subterráneo de Buenos Aires, de pronto me pareció evidente la fundamental hipocresía de toda operación ideológica. Mientras las llamadas sociedades capitalistas alientan una imagen idealista de la Historia, que proteja la maquinaria social y sus groseras operaciones materiales de las poco halagüeñas candilejas de la escena pública (¿a qué escolar se le enseñan, aun sumariamente, los principios de la actividad bancaria y de la economía de rendimiento?), en el llamado mundo socialista el materialismo ha sido entronizado como fatum filosófico sólo para imponer la rígida moralidad de un evangelio proletario, con la Historia en el papel de redentor y la igualdad, esa deslustrada Edad de Oro, como dudosa recompensa.
También recuerdo que al anochecer del 13 de enero de 1967, en mi primera visita a Berlín, reconocí con emoción muchos nombres luminosos: Bahnhof Zoo, Kurfürstendamm, Marmorhaus, Fasanenstrasse, Kempinski. Me daban la bienvenida a una ficción que mi memoria había compuesto por su cuenta, con recortes de Döblin e Isherwood. (A la mañana siguiente vería por primera vez el muro y lo cruzaría en Checkpoint Charlie. Aún no conocía Kreuzberg, aún no había oído una palabra de turco.)
Al llegar a Lehniner Platz me asaltó un vaho de fritura y cardamomo. Algunos hombres, que no formaban un grupo, se agitaban sin desplazarse, daban pasos en el mismo sitio, alzaban reiteradamente los hombros, se frotaban las manos, giraban en torno a un centro de luz y calor en medio de la nieve: el primer Schnell-Imbiss que veía, mucho antes de familiarizarme con los hoy ubicuos MacDonald's, de preferirles los Taco Rico de Nueva York. Ofrecía gulasch y shaschlik. Tan atraído por esta modesta encarnación de cocinas y fonemas que en Buenos Aires investía un prestigio exótico, como por ese esbozo de sociabilidad (no menos contaminado de literatura) en medio del desamparo urbano, me animé a una de esas brochettes de origen supuestamente tártaro, cuya popularidad, como las huestes de sus antepasados, se detuvo en la Europa central. «Curry oder Senf?» Una amplia señora sin edad, envuelta en un guardapolvo manchado de rojo y ocre, me conminaba a elegir una de las salsas, humeantes en tachos metálicos, esperando la inmersión del fierro que ensartaba algunos trozos de cebolla, de ají y de carne no identificada. «Natur» sugerí, pero su réplica, inmediata, cortante, más que responderme parecía corroborar a través de los años las más pesimistas convicciones de mi padre: «Natur gibt's nicht. Curry oder Senf?»

(1979)

Cozarinsky, Edgardo ([1985] 2002): Vudú urbano, Buenos Aires, Emecé, págs. 143-147.

jueves, diciembre 15, 2011

Aceite y/o agua

En mi visita siguiente, el general no me pidió que le tradujera. Me miró con simpatía y me invitó a sentarme.
—Me he enterado de que usted estudia Filosofía y Letras, soldado. Son disciplinas nobles. Pero quiero ponerlo en guardia contra el peligro que acecha a tantos intelectuales, hoy: el ombliguismo. Me gustaría que reflexione sobre lo siguiente: lo que se gesta en los niveles inferiores de la sociedad es siempre más potente, y produce efecto de más largo alcance, que lo elaborado en círculos intelectuales. Estamos acostumbrados a pensar que son los pensadores, los hombres de ciencia, quienes entienden y trasmiten lo que es importante en nuestra vida. Pero desde hace un tiempo ya no es así.
Me miró un instante en silencio, como esperando una reacción que me sentía incapaz de ofrecer; por otra parte sentía que esas palabras eran sólo la introducción a algo más vasto, y esperaba impaciente el punto de llegada.
—Hoy los intelectuales no son más que una delgada capa de aceite sobre un gran charco de agua: esa capita brilla y encandila y parece serlo todo, pero tiene apenas el espesor de una molécula. El agua que oculta, en cambio, es profunda y en esas profundidades se agitan y maduran cosas que no vemos. Cosas decisivas, puede estar seguro, que se acercan y serán dominantes, cosas que provienen de lo que llaman submundo cultural, de la subcultura.
Hizo una nueva pausa, que no atiné a interrumpir. Se puso de pie, yo también, y me dio una palmada afectuosa en el hombro mientras me señalaba la puerta con un movimiento de cabeza.
—Mastíquelo. Ahora puede retirarse.

Cozarinsky, Edgardo (2007): Maniobras nocturnas, Buenos Aires, Emecé, pp. 37-38.

martes, noviembre 29, 2011

Poder Ejecutivo


 2 de diciembre

Esta tarde, por primera vez después de varias semanas de estar aquí, me animé a asomarme a la calle Florida. Sabía que se había convertido en un bazar sin pretensiones, sus manzanas perforadas por galerías comerciales, pajareras atestadas de cuchitriles que se llaman a sí mismos boutiques.
Sin embargo, una vez más la perversa curiosidad de poner a prueba la memoria me hizo recorrerla tratando de identificar dónde había estado la librería Viau, dónde la Atlántida, dónde la galería Van Riel con el Instituto de Arte Moderno, dónde otras librerías que había frecuentado menos, como la tan anónima de Kraft, o la tan exclusiva de Janos Peter Kramer, dónde finalmente el Instituto Di Tella. Me sorprende que pudiese ubicar con exactitud tantos fantasmas, aun cuando hayan demolido o desfigurado sus viejas moradas.
Otros fantasmas, también, vinieron a mi encuentro. Ante donde hubiese estado el hoy inexistente número 770 de esa calle recordé haber leído que, mucho antes de mi tiempo, allí había estado una dependencia del Círculo Militar cuya sala de esgrima tenía amplios ventanales sobre la calle. Ante ellos practicaba Lugones, los transeúntes lo reconocían y se paraban a mirarlo. El poeta predicador de la «hora de la espada» no podía ignorar que tenía un público. ¿Habrá aumentado su destreza, o las ganas de lucirla, el saberse observado? ¿Le habrá confirmado el papel de profeta que se había elegido, personaje que el Ejército iba a halagar primero, a descartar después?
Estos recuerdos prestados tienen en mi memoria una presencia tan insidiosa como los vividos, si es que la distinción es válida, si es que lo leído no forma parte, también, y con qué fuerza, de lo vivido. Alfonso Reyes, recuerdo, visitó a Lugones en la Biblioteca Nacional de Maestros, frente a la plaza Rodríguez Peña, una tarde de otoño de 1926. En un momento de la conversación, le llamó la atención que la guía de teléfonos, sobre el escritorio de Lugones, no pareciera apoyada sobre la superficie. Fue a enderezarla y se encontró con un revólver. Por todo comentario, Lugones le dijo que estaba cargado y lo tenía siempre a mano. «Lo llamo el Poder Ejecutivo», añadió.
Según Francisco Luis Bernárdez, también lo llamaba «la Nena».

Cozarinsky, Edgardo (2007): Maniobras nocturnas, Buenos Aires, Emecé, pp. 102-103.

miércoles, octubre 05, 2011

Abcedario Cozarinsky

Leo La novia de Odessa (2001) de Edgardo Cozarinsky. Me derrite el alma, me trae nostalgia de acontecimientos, vidas y experiencias nuncas vistas, nunca vividas, me conmueve. Me dan ganas de llamar a mi abuela y preguntarle por su pasado, por el pasado de su padre, argentino, y el de su madre, italiana; de conocer el destino de sus doce hermanas. Me insta a revolver fotos viejas, libros dedicados, notas de diarios que quedaron de mi otra abuela y de su marido, el que trabajaba con Quinquela Martín.
La prosa de Cozarinsky y las historias que crea o rescata (nunca sabremos cuánto hay de ficción, cuanto de realidad; cuánto de invención, cuánto de memoria) son de una belleza pasmosa; esas ciudades europeas de antiguas épocas, esas vidas atravesadas por la Historia, esos sujetos minúsculos que las marejadas de decisiones, pasiones y azares arrastran... Busco una de las frases que más me gustó del libro (que ya había oído en una de sus películas, en Apuntes para una biografía imaginaria (2010)) y vuelvo a encontrar una gran idea de la extinta revista tijeretazos: el Abcedario Cozarinsky. Recórranlo, muchas de las entradas son brillantes.
Va la cita, corresponde a la entrada muerte:

"Para algunas mitologías la muerte no es un acontecimiento súbito, el tránsito abrupto de un instante en que aún hay vida a otro en que ya no la hay. La representa más bien un viaje, simbólico, que puede entenderse como un despojamiento y un aprendizaje.

Es posible imaginar que durante ese tránsito subsisten, islas a la deriva en un mar nocturno, fragmentos de conciencia, recuerdos, voces e imágenes de la existencia que se apaga, transitorio bagaje al que el viajero se aferra por un tiempo breve, impreciso, que nuestros instrumentos no saben medir.

Nada sugiere que en esas islas perduren los momentos que el viajero hubiese considerado decisivos en su vida: tal vez sólo se adhiera a ellas la resaca de un naufragio. De esas ruinas que se dispersan en el momento mismo de nombrarlas sería vano esperar el retrato de un individuo que desaparece. Tal vez sea su condición de añicos, de desechos lo que cautivaría la atención del improbable espectador que a ellos pudiese asomarse: fragmentos de un relato mutilado, piezas aisladas de un rompecabezas que ya nunca podrá completarse."

(Fragmento final de Días de 1937, relato incluido en La novia de Odessa, Buenos Aires, Emecé, 2001. El texto ha conocido, en el 2003, una feliz traslación en la televisión argentina, con el nombre de La prisa, dirigido por Verónica Chen.)

sábado, agosto 13, 2011

Chisme 32 (Edgardo Cozarinsky)

A fines de los años 40, antes de distanciarse definitivamente, Leopoldo Torre Nilson y Ernesto Sabato compartían un "bulín". Poco después de conocer a Leopoldo, Beatriz Guido quiso saber con quién visitaba el escritor ese departamento. Una tarde en que Sabato lo había reservado para una hora posterior al paso de ella y de Leopoldo, Beatriz se instaló en un café, enfrente, y montó guardia. Vio llegar a Sabato, solo, con libros en la mano; ninguna mujer entró después; media hora más tarde lo vio salir, siempre solo, siempre con libros en la mano. Incapaz de resistir a la curiosidad, Beatriz cruzó la calle, subió, abrió sigilosamente la puerta con su llave, dispuesta a deshacerse en disculpas vehementes ante alguna desconocida, acaso ante una amiga. Pero el departamento estaba vacío y la cama, que ella y Leopoldo habían dejado tendida con sábanas recién cambiadas, estaba minuciosamente deshecha.

Fuente: oral, Beatriz Guido, Buenos Aires, c. 1964.

Cozarinsky, Edgardo (2005): Museo del chisme, Buenos Aires, Emecé, p. 91.

miércoles, julio 06, 2011

(Early Nothing) (Edgardo Cozarinsky)

“La ciudad donde nací y me crié. La ciudad donde todo ocurrió. Me escapé, pero no se puede huir del paisaje de nuestros sueños. Mis pesadillas todavía ocurren en las calles de…”
Ross Macdonald: The chill

Los niños extasiados ante una proyección de diapositivas advertirán tarde o temprano la textura, por más fina que sea, de la pantalla donde se posan esas visiones fugitivas de pagodas, fiordos y beduinos. Su fascinación ante estas maravillas fugaces no ha de sufrir porque reconozcan la superficie plateada que permite a la luz reflejarse en formas y colores siempre cambiantes. (Poco importa si, en vez de la trama sintética o tejida de una pantalla, esa textura es la superficie lisa o granulosa de una pared: en ella, los accidentes de pintura o papel pueden poner de relieve, más dramáticamente, la naturaleza del soporte.) El reconocimiento de intervalos enceguecedores o sombríos entre una diapositiva y otra equivale a una caída feliz del estado de gracia, a una bienvenida en el reino del conocimiento.
Nacimos en una ciudad llamada Buenos Aires y allí vivimos muchos años. La ciudad es, según la ley, un distrito federal y la capital de la Argentina, una república en el extremo sur de América del Sur, cuya tendencia endémica parece ser la de vivir por debajo de sus medios, así como la de su capital es vivir por encima de los suyos. El crecimiento desmedido de ese puerto mercantil; su irritación ante los dispares territorios reunidos en un país, al que de todos modos no presta demasiada atención; su sensibilidad para las modas importadas y el prestigio de la simple distancia: todos estos rasgos de su carácter han sido reconocidos tanto por hombres de letras como por políticos tránsfugas. Ahora que ya no tenemos que soportar sus ataques de desvalimiento y arrogancia, cuando pensamos en la ciudad advertimos que, si ese divorcio realmente existe, entonces somos hijos de Buenos Aires y no de la Argentina. Porque es el gusto a cloro del agua de la canilla, el urbanismo salvaje y la locuacidad confianzuda de su gente lo que nos formó; no la vacía inmensidad de la pampa, ni los cristalinos lagos de montaña, ni las selvas lujuriosas.

domingo, marzo 20, 2011

Chisme 38 (Edgardo Cozarinsky)

Durante una campaña pacificadora en territorio ranquel, el gran escritor argentino del siglo XIX, improvisado militar para eludir a una genealogía inoportuna, observa que muchos soldados y suboficiales satisfacen entre sí sus urgencias sexuales. Comenta el hecho con el médico del regimiento, quien, ignorando o subvalorando la cultura de su interlocutor, aduce como explicación ejemplos de la antigua Grecia. Impaciente, el hombre de letras y ocasional hombre de armas lo interrumpe: "Conozco mis clásicos. Lo que me intriga es la aceptación del dolor físico". Ante las explicaciones vagorosas, inconvincentes que recibe, prefiere hacer el experimento bajo la supervisión del médico. Llama a un edecán o a un soldado de guardia, lo conmina a "ponerse en condiciones" e, inclinado sobre una mesa, se somete a la prueba. Con voz indiferente va ordenando: "Entre", "Muévase", "Basta ya", "Retírese". Momentos más tarde, a solas con el médico, opina: "No le veo la gracia. Es como cagar al revés.".

Fuente: oral, Victoria Ocampo, París, 1975.

Cozarinsky, Edgardo (2005): Museo del chisme, Buenos Aires, Emecé, p. 98.

sábado, febrero 26, 2011

El relato indefendible (Edgardo Cozarinsky)

Este ensayo de Edgardo Cozarinsky, escrito en 1973 pero recopilado en Museo del chisme recién en 2005, es una delicia no sólo por su estilo y por sus finísimas apreciaciones sobre Proust, James y Borges, entre otros, sino que, además, se presenta como una suerte de proyecto de obra encubierto, si aceptáramos que los textos del autor de Vudú urbano se sostienen, básicamente, en el chisme como punto de partida, como excusa para la escritura. Póngase, entonces, en circulación virtual este hermoso texto y recupérese el arte del chismorreo como forma imprescindible de la narración.


El relato indefendible (Edgardo Cozarinsky)

Nuestra admirable princesa estudiaba los deberes de quienes compusieron la Historia con su vida: allí perdía insensiblemente el gusto por las novelas y sus héroes incoloros; cuidadosa de atender a lo verdadero, despreciaba esas ficciones peligrosas y sin vida.
Bossuet, 1670 1

Cierta vez, una niña argentina proclamó que aborrecía los chismes y que prefería el estudio de Marcel Proust; alguien le hizo notar que las novelas de Marcel Proust eran chismes, o sea (aclaro yo, tardíamente) noticias particulares humanas.
Borges, 1935 2

I

El chisme y la novela (o, menos taxativamente, los relatos de ficción) se han encontrado con tanta frecuencia en la indignación de las mentes serias y las almas nobles que no parece injustificado estudiar cuáles pueden ser los rasgos compartidos que hicieron posible esa coincidencia.
A la virtud de quien busca ejemplos en la narración de la historia, Bossuet opone el gusto por las novelas, que tal vez no consideraba más peligrosas que cualquier otro estímulo irreprimible de la fantasía; al juzgar que esas ficciones carecen de vida y sus héroes son incoloros, es probable que no criticara los valores literarios de la Clélie o del Grand Cyrus de Mademoiselle de Scudéry, o de la Astrée de Honoré d'Urfé; censuraba, más bien, que esos relatos fueran obras de una imaginación ociosa, complacida por su capacidad de enhebrar peripecias inventadas, y que tal vez hallara un placer propio en la tarea de procurar el del lector.
"Los deberes de quienes compusieron la Historia con su vida", sin embargo, tal vez despertaran en Enriqueta de Inglaterra una curiosidad no demasiado diferente de la que el chisme suscita en criaturas menos distinguidas. Las más tempranas hagiografías tanto como las crónicas cortesanas de Saint-Simon ilustran una concepción del relato histórico que se articula en dos tiempos claramente diferenciados, aunque en el texto puedan entrecruzarse: en el primero, los hechos se despliegan con toda esa riqueza de menudas observaciones de conducta y transcripciones "de la realidad" cuya referencia oral suele merecer la censura tradicionalmente reservada para el chisme; en el segundo, la reflexión moral o la filosofía política cubren (justifican) aquel soporte insoslayable con su autoridad respetada.
Pero ese relato que suele llamarse con cierta ligereza "la Historia" es, las más de las veces, historiografía, y cada época la ejerce según las reglas que la novela que le es contemporánea ha sancionado para esa práctica narrativa.
Stevenson advirtió que el arte de narrar es uno solo, ya se aplique a "la selección e ilustración de una serie real de acontecimientos o a la de una serie imaginaria. La Vida de Johnson de Boswell (...) debe su éxito a las mismas maniobras técnicas que, digamos, Tom Jones: la concepción nítida de algunos rasgos del hombre, la elección y representación de algunos incidentes entre la cantidad mayor que se ofrecía, y la invención (sí, invención) y conservación de cierto tono en el diálogo"3.
La "verdad", que tanta dignidad confiere a la historia, es apenas la ausencia de contradicción entre las versiones recibidas de un hecho; pero ningún hecho es inmune a la interpretación, ni puede eludir su carácter de función, cuyo valor se modifica según el contexto histórico de cada nueva lectura. El relato ficticio deriva su condición híbrida, tal vez espuria, sin duda saludable, de ser un mero "posible": a tanta distancia de la crónica verídica, cuya autoridad exige una referencialidad irreprochable, como del juego declarado en que el lenguaje poético festeja sus propiedades autotélicas, la ficción instaura un ámbito de "como si", donde el lenguaje, precariamente sostenido entre la transparencia perfecta y la opacidad absoluta, descubre en esa vacilación una particular riqueza.
Bossuet, cuya imparcialidad ante Cromwell estaba libre de toda simpatía, no se hubiera molestado, sin embargo, por una involuntaria coincidencia con los puritanos. Es que el desprecio, la más espontánea desconfianza por el ejercicio verbal que no satisfaga un fin práctico y parezca agotarse en el placer de su frecuentación, posee una genealogía ilustre en el pensamiento occidental. Casi dos siglos después que aquellos puritanos hubiesen hallado en la Nueva Inglaterra un escenario dócil para su rigor, uno de sus descendientes pudo escribir en la Introducción a una novela propia: "Cualquiera de estos severos puritanos de negras cejas habría considerado castigo suficiente para sus pecados que después de tantos años el viejo tronco del árbol familiar, cubierto por tanto musgo venerable, hubiese dado como retoño más alto un ocioso como yo. Ningún propósito que yo haya atesorado podría parecerles elogiable; ningún éxito mío, si mi vida, más allá del horizonte doméstico, se hubiera visto iluminada por el éxito, podría parecerles otra cosa que desdeñable, si no decididamente vergonzoso. '¿Qué es?' murmura la sombra gris de uno de mis antepasados a otra. '¡Un escritor de libros de cuentos! ¿Qué tipo de ocupación en la vida, qué forma de glorificar a Dios, de prestar servicio a la humanidad de su día y su generación, puede ser ésa? ¡El pobre degenerado bien podría haber sido violinista!' Ésos son los elogios intercambiados entre mis abuelos y yo a través del golfo del tiempo..."4.
En esta intemperie social Hawthorne decidió dedicarse a la literatura. Henry James, al evocar ese páramo, no sólo lamenta la ausencia del sedimento que la historia deposita en las costumbres y las relaciones personales tanto como en un idioma o un paisaje, no sólo enumera las muchas complejidades que hacen más dramática y matizada la vida cotidiana dondequiera que anide la disidencia, donde no impere, unánime, un ideal de vida que la sociedad debe realizar; imagina, también, que en la Nueva Inglaterra de tiempos de Hawthorne no existía un grupo considerable de gente que se hubiese propuesto gozar de la vida:
"Digo que él debe de haberse propuesto gozar, sencillamente porque se propuso ser artista, y porque esto entra inevitablemente en los planes del artista. Hay mil maneras de gozar de la vida, y la del artista es una de las más inocentes. Pero a pesar de ello se vincula con la idea de placer. El artista se propone dar placer, y para darlo primero debe obtenerlo. Dónde lo obtiene es algo que depende de las circunstancias, y las circunstancias no fueron un estímulo para Hawthorne"5.
Henry James, que casi seguramente ignoró la existencia de Freud, no sólo había descubierto en el ejercicio de su método narrativo que el campo de la imaginación se forma al margen del doloroso pasaje del "principio de placer" al "principio de realidad", donde hallan compensación aquellas satisfacciones que fue necesario abandonar en la vida real. El autor de "The Private Life" también sabía que si bien el artista, como el neurótico, puede retirarse de una realidad insatisfactoria al mundo de la imaginación, a diferencia del neurótico recupera el terreno sólido de la realidad: aunque sus obras, como los sueños, sean una satisfacción imaginaria de deseos inconscientes, son fabricadas para interesar y cautivar; para que el placer circule, como una impalpable moneda, entre las fantasmales figuras del "destinador" y el "destinatario". ¿Y qué es el chisme sino la circunstancia más modesta en que el relato cumple esa misión?

martes, diciembre 14, 2010

La abanderada de los humildes (3)


“El cronista que narra acontecimientos sin distinguir entre grandes y pequeños
se guía, al hacerlo, por esta verdad: de todo lo ocurrido, nada debe ser considerado
como perdido para la Historia.”

“El verdadero rostro de la Historia pasa raudamente. Sólo puede retenerse
el pasado como una imagen que, en el instante mismo en que se deja reconocer,
emite un resplandor que nunca volverá a verse.”

Walter Benjamin: “Tesis sobre filosofía de la Historia”



(Star Quality) (Edgardo Cozarinsky)

Anoche soñé con ella. La vi en la pantalla de televisión, toda gris y azul, y no parecía sentirse a gusto. Quería volver a la radio y le prometí ayudarla. La ausencia de feedback nos dejó, a ella con un aire desconsolado y a mí con un resabio de impotencia. Esta mañana, al despertarme, ya sabía que nunca iba a hacer un film sobre ella. Había jugado con la idea durante años. Había puesto por escrito secuencias enteras. Había visto en mi mente imágenes precisas: recuerdo cómo estaban iluminadas, dónde un corte las unía y las separaba.
Tal vez no lo intento de puro cobarde. ¿Qué temo? ¿Que la ambigua fascinación que ella me inspira no sea la hagiografía reclamada por sus fans desamparados? ¿Que me insulten? ¿Que intenten atacarme? ¿O acaso temo que, si me arriesgo, yo mismo me convierta en uno de ellos?

sábado, noviembre 27, 2010

Diversión de ilotas

Me resulta gratificante encontrar un libro precioso, Palacios plebeyos, de un artesano del lenguaje, Edgardo Cozarinsky, por un precio ínfimo en los paraísos del saldo de Avenida Corrientes. Me resulta fascinante hallar un pequeño libro sobre la historia de los antiguos cines como templos, como efímeros palacios en los que una persona entraba para huir de una vida sencilla, para encontrarse con los fantasmas que todavía pueden aparecerse en algún que otro recinto. Abajo va el comienzo del libro, una pequeña joya pulida con las ya reconocidas herramientas de Cozarinsky: la cita, la erudición, la anécdota, la nostalgia.


Templos profanos (fragmento) (Edgardo Cozarinsky)

"Las únicas salas de cine que cumplían una función (...)
eran las viejas, ¿las recuerdas?, esos teatros enormes que
cuando se apagaban las luces a uno se le encogía el
corazón. Esas salas estaban bien, eran los verdaderos
cines, lo más parecido a una iglesia, techos altísimos.
grandes cortinas rojo granate, columnas, pasillos con
viejas alfombras desgastadas, palcos, localidades de platea
o galería o gallinero..."

Roberto Bolaño: "La parte de Fate". 2666. 2004

"Divertissement d'îlotes" (diversión de ilotas) llamó al cinematógrafo el escritor francés Georges Duhamel (1884-1966). El diccionario precisa que la palabra "ilota" definía en la antigua Grecia al siervo espartano adscrito a la gleba, privado del derecho de ciudadanía pero apto para servir en el ejército.
Hacia 1900 ese ilota era el proletario europeo, el inmigrante en los Estados Unidos cuya única riqueza era la posibilidad, desconocida en la época clásica, de evadirse de su condición gracias a la movilidad social que aún permitían el capitalismo y la educación pública: la ilusión democrática.
En uno de sus característicos arrebatos retóricos, Henri Langlois sostenía que la vocación "democrática" del cinematógrafo se había manifestado muy temprano, durante la Exposition Universelle de mayo de 1897 en París, ocasión del célebre incendio del Bazar de la Charité, lamentado por Proust. Una demostración del nuevo entretenimiento culminó cuando el salto de una chispa prendió fuego a la carpa y terminó con la vida de dieciocho duquesas, algunas de ellas ultimadas a bastonazos por los señores que procuraban abrirse paso en medio de las llamas.

Fuente: Cozarinsky, Edgardo (2006): Palacios plebeyos, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 9-10.

jueves, septiembre 30, 2010

(Fascist Lullaby) (Edgardo Cozarinsky)

Hay un libro inclasificable, con textos trabajados con mano artesanal, con imágenes de un siglo y un país que se agotaban, con recuerdos intransferibles y citas alusivas, con un tono entre lo kitsch y lo erudito, lo nacional y lo cosmopolita; ese libro es una mezcla entre Historia y crónica, entre ficción y ensayo, entre biografía y libro de viajes; ese libro fue escrito en inglés y, luego, traducido al "español natal" por su autor para jugar con la idea de traducción, para "borrar la noción de original; ese libro fue publicado en 1985, su título es Vudú urbano y su autor, Edgardo Cozarinsky. Ahí va una de tan fascinantes postales:

“La civilización se acerca a su fin cuando los bárbaros escapan de ella.”
Karl Kraus: “Aforismos”

(Fascist Lullaby)

Cabezas que la gomina convertía en balas de cañón art déco, lustrosas, metálicas; pero la fragancia dulzona, vegetal de la misma gomita sugería un atisbo de permeabilidad.

Tal vez, pero un poco abstracto...

Sidra y pan dulce, pan dulce y sidra, y el 17 de octubre el olor a chorizo caliente en las parrillas cercanas a la Plaza de Mayo.

Ya es más concreto, aunque un poco trivial...

Los equilibristas alemanes circulando sobre hilos de acero tendidos entre la punta del obelisco y la cúpula del Trust Joyero Relojero.

Demasiado privado. ¿Acaso alguien más se acuerda de ellos?

Tibor Gordon, curandero y predicador, ante miles de fieles en su carpa de circo suburbana. (Al mismo tiempo, la Iglesia católica, estupefacta, incrédula, veía volverse contra ella al régimen que había ayudado a entronizar.)

Podría ser, pero... ¿Por qué no algo menos excepcional? Las «calles de tango», tal vez...

Él solía acompañarla de vuelta a casa.
Allí, en la penumbra del zaguán, comenzaban los tanteos, los roces, esa prolongación natural de los besos y las caricias que en aquellas tierras criollas había recibido un nombre de tela: (Aún hoy, escribiendo en otro idioma, tan lejos, tanto después, ¿recuerdas la obscenidad que connotaba esa palabra?) Sí. Franela...
Una oreja atenta a la familia que dormía adentro, otra a eventuales pasos en la calle, pasaban así media hora, una hora.
¿Pero acaso Papá no reconocía esas formas palpitantes a través de la cortina de croché de la segunda puerta, cuando en mitad de la noche iba o volvía del baño? ¿Acaso Mamá no seguía los inconfundibles suspiros y jadeos disimulando su aprensión vicaria? Y el Hermanito, ¿no espiaba, descalzo sobre las baldosas del patio, esas sombras desmesuradas, mientras apretaba su sexo incipiente en una espera fraterna?
Él solía acabar en los calzoncillos. Ella sentía, con alivio, con tristeza, que la presión disminuía sobre su vientre: una noche más y todavía virgen, otro paso hacia el matrimonio. Así seguía pensando aun semanas más tarde, cuando él se abrió la bragueta y le murmuró al oído «por favor, por favor», en un tono inesperadamente pueril, mientras le tomaba la mano y la llenaba con un volumen caliente, rígido. Ella vacilaba entre sacudirlo, para ser liberada más pronto, o acariciarlo torpemente para demostrar su inexperiencia. Pero su preocupación real era el vestido nuevo, la liviana tela de verano, el claro estampado que debía salvar de ese horror pegajoso.
Él no quería acabar otra vez en los calzoncillos, pegajoso y frío mientras volvía a casa en el ómnibus, maloliente y pegajoso más tarde, esa misma noche, al desvestirse en el cuarto de pensión para entregarse a la austera promiscuidad de unas sábanas remendadas. No, no quería. Apretando la barbilla contra el hombro de ella se dejaba ir y sentía cómo la mano desviaba el chorro, aumentando así el relámpago final de su exaltación. Se despeinó levemente: la gomina desprendió un polvillo seco, leve, parecido a la caspa, como el metal de la bala de cañón nunca podría descargar en el momento de la detonación, aun cuando fuera enviada al espacio, en llamas, hacia la destrucción.

(1978)

Cozarinsky, Edgardo ([1985] 2002): Vudú urbano, Buenos Aires, Emecé, págs. 65-67.

martes, mayo 18, 2010

Edgardo Cozarinsky, artesano (sobre Blues de Edgardo Cozarinsky)



Me cuesta escribir sobre Edgardo Cozarinsky, es difícil escribir sobre sus libros porque sería de algún modo reducir su estilo, su sintaxis, su erudición, elementos de una prosa envidiable, fantástica. Su último libro, Blues (Adriana Hidalgo, 2010) también apunta a un trabajo artesanal de la prosa en sus cuatro secciones que proponen diversas series de textos. Y digo ‘textos’ porque me niego a llamarlos artículos o crónicas o ensayos o relatos de viaje: la división entre géneros o tipos textuales estalla, se torna imposible o innecesaria, tanto en este libro como en Vudú urbano (1985) y El pase del testigo (2002), libros que sobreviven, inmaculados, en las mesas de saldo de Corrientes a la espera de una revalorización lectora.
Basta abrir el libro y leer “Blues de una guerra olvidada” para apreciar un tono en la escritura Cozarinsky: una primera persona (atravesada por la nostalgia, los recuerdos, el exilio y el escepticismo) que rastrea en la memoria de su deambular y de su vida urbana cotidiana (ya sea en París como en Buenos Aires) señales, gestos o escenas para impulsar la escritura. Así, un recuerdo, una sensación o una acción trivial (un llamado a su madre) sirven de indicios para rodear ciertos temas (en el caso del primer texto es la guerra de Malvinas) y acompañar al lector en una recorrido tramado por asociaciones que van de la literatura (la opinión de Julien Green sobre la guerra) a los vestigios citadinos (un kiosco de revistas con cierto lema), de los recuerdos (la estación radial que Cozarinsky escuchaba en París en 1982) a las opiniones político-culturales (opiniones que muchas veces resultan chocantes, ácidas, polémicas), del acontecimiento histórico a sus efectos capilares en la sociedad (el final de “Blues de una guerra olvidada” es un paseo de Cozarinsky en la “zona roja” de Palermo y es una imagen perfecta). Por lo demás, en este texto y en los siguientes, el autor de Blues pone en juego una capacidad peculiar y propia de su estilo: detalles mínimos (una frase ingeniosa, una imagen determinada, una cita adecuada) le permiten trazar lecturas o poner en evidencia lo que hay detrás de la apariencia de realidad de un acontecimiento, de una persona, de un lugar.
Las demás secciones de Blues dan cuenta de una heterogeneidad textual en la que la voz de Cozarinsky realiza una lectura a contrapelo, con un sesgo entre la erudición y la paranoia, de la sociedad, la política y la cultura: exhuma una vieja polémica argentina de los 30 (Manuel Gálvez, enojado por no recibir el primer premio nacional de literatura) para atravesar la situación política argentina e internacional (“Guerrillas literarias”); lee el conflicto de la guerra fría en carteles publicitarios en las dos Alemanias (“Berlín Blues”); recupera, desde el placer de la lectura o de la añoranza personal, las figuras de Carlos Correas, Enrique Pezzoni o Rolando Paiva (toda la sección “Blues por ausentes” se mueve en esta sintonía); describe su lazo con la tradición judía a partir de su lengua materna, el castellano (“¿Judío por hablar castellano?”), etcétera, etcétera, etcétera. De lo que se trata en estos textos es de romper con la lectura pasiva de la realidad, introducir el yo y la experiencia pero también la asociación, la digresión y la erudición para que los temas expongan su juego inabarcable de remisiones, consonancias y asonancias. Y todo eso hacerlo a partir del trabajo artesanal, delicado y esmerado en la escritura.
Bien, ¿por qué digo que la sintaxis, que el estilo de Blues (y de los otros libros de Cozarinsky) es envidiable? Por fragmentos como estos donde brillan sus construcciones, sus adjetivaciones, el ritmo mismo de la frase:
El cuarto de un hotel barato me resulta tan bienvenido como podría serlo el de un palacio: para mí son anónimos, ambos. Si estoy en una ciudad donde no vivo, me intereso en la guía de teléfonos como en una novela policial. Si estoy en un país protestante, sé que el ejemplar de la Biblia en el cajón de la mesa de luz tendrá algún párrafo subrayado con lápiz y me pierdo en hipótesis sobre el estado de ánimo del lector que lo marcó. (46, Hoteles de paso)

Con los muertos famosos, abrumados por biografías y memorias ajenas, aparece el espejismo retrospectivo de una explicación de su conducta; pero la contradicción acecha, siempre, para desbaratar esos edificios póstumos. (49, Individuos en tiempos oscuros 2)

Pocas sorpresas más humillantes que la de descubrir en placeres creídos indefendibles un aspecto respetable que se nos había escapado. Pocos indicios más hirientes del paso del tiempo que asistir al rescate cultural de la trivia perdida en algún rincón de la memoria. (53, Pitigrilli recuperado)
Blues de Edgardo Cozarinsky establece, como ya lo mencioné, una serie con Vudú urbano y con El pase del testigo, textos que se mueven con ligereza (se leen muy, muy rápido) y que, entre la digresión, la asociación y el hallazgo indicial, confunden los géneros, rompen con las convenciones, introducen la pura subjetividad en la mirada hacia lo real y atraviesan su apariencia pero no para encontrar una verdad, más bien para hacer estallar el sentido, para gozar con la experiencia de las imágenes, los gestos y las series.
 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle