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jueves, octubre 09, 2025

Encuentro con Bruno Schulz (Bernardo Kordon)

Cuando hicimos la antología de relatos de viaje de Bernardo Kordon con homo faber me crucé con dos textos breves que el autor de Alias Gardelito publicó en El escarabajo de oro en 1963 a propósito de Polonia. Hace unos días, conversando con mi amigo y escribiente marmat sobre Bruno Schulz recordé que uno de esos escritos era, justamente, sobre el autor polaco. Veamos qué decía Kordon sobre Schulz a principios de los 60. ¡Que lo disfruten!



Encuentro con Bruno Schulz (Bernardo Kordon)

También el invierno de 1942 fue excepcionalmente riguroso. En el gheto de una pequeña ciudad provinciana llamada Drohobicz, un oficial S. S., posiblemente para desentumecerse los dedos, sacó el revólver e hizo puntería sobre un judío. Por cierto un hecho banal, tanto que la crónica no registró el nombre del oficial alemán, aunque la historia debe recordar la muerte de uno de los más extraordinarios escritores polacos. El S. S. dió en el blanco y Bruno Schulz cayó en la nieve con una bala en la nuca. 

Surgido de la vanguardia literaria, junto con Witold Gombrowicz, Schulz creó un fabuloso mundo sin apartarse nunca de su ciudad natal, allí donde también lo esperaba la muerte. Viajó, sí, a Viena (donde estudió bellas artes), a Varsovia y, ya escritor consagrado, a París. Pero las calles de su vida y de arte fueron las de su infancia, en la exacta visión de un niño alucinado, todo un mundo portentoso en una calle de gheto que colmó de substancia y delirio su obra literaria, la conocida y la perdida para siempre, pues desaparecieron los originales de la novela El mesías que trabajaba cuando fue asesinado. 

Tanto en Polonia como en Francia, se ha comparado muchas veces a Bruno Schulz con Kafka, e inclusive se le llamó el Kafka polaco. Los mismos orígenes, la misma cultura alemana. Debe señalarse que Schulz fue el introductor de Kafka en Polonia, y es el mismo Schulz quien señala determinadas coincidencias en el prefacio que escribió en su traducción polaca de El Proceso

Pero existe entre ellos diferencias fundamentales. Al contrario del mundo kafkiano, el mundo de Schulz es rotundamente real, corpóreo, sensual. Es el mundo cotidiano, personajes descritos con tensa precisión de seres vivientes, que de repente echan a volar en el delirio y la poesía como los campesinos y las vacas de un cuadro de Chagall. 

Pero en todo momento transitamos con Schulz por una ciudad provinciana que es Drohobycz y ninguna otra, y sólo se recorren determinadas calles donde existe la tienda de su padre, Jacob Schulz, comerciante de paños. Allí está Bruno Schulz, en su vida y en su literatura. Allí lo fue a buscar el crítico Arthur Sandauer (que sería su amigo y apologista) y lo describe así: "Después de atravesar la cocina, donde trajinaban varias viejos desgreñadas, penetré en una amplia habitación con los muros tapizados de libros. Una especie de gnomo, desmedrado, con la cabeza inmensa y ojos afiebrados, me esperaba sentado en un canapé...". 

Ocurre que esta realidad tan tangible como mediocre de lo cotidiano se inflama de magia, de erotismo, de condenaciones bíblicas. Hay literaturas donde la realidad y la fantasía se saludan de lejos, o simplemente se desconocen. En Schulz batalla cuerpo a cuerpo la realidad y la evasión —ese acoplamiento que vibra en toda obra de arte. Esto se produce sin proponérselo a priori el escritor. Prueba de ello es que Bruno Schulz, oscuro profesor de dibujo de Drohobicz, se inició en la literatura escribiendo cartas a un amigo de Varsovia, dando cuenta de su vida de solitario y recordando hechos de su niñez. Estas cartas, reunidas por su destinatario, pasaron por manos de curiosos. 

Una escritora famosa, Zofia Nalkowska, tuvo ocasión de leerlas y las hizo publicar. Así apareció en 1934 la obra más conocida de Schulz: Las tiendas de canela, traducida al francés y publicada en 1961 por Julliard.

Fuente: El escarabajo de oro, n. 21, año 4, diciembre de 1963, p. 27.




jueves, junio 26, 2025

Bernardo Kordon y sus relatos de viaje

Quienes siguen este blog a través de los años sabrán que soy, que somos profundamente kordonianos. Baste clickear en este link para ver los posteos dedicados a Don Bernardo Kordon (como escribió alguna vez Eduardo Romano: ¡No se olviden de Bernardo!). 

Hace unos años tuve la fortuna de cruzarme en el camino al gran editor de homo faber, una pequeña y apasionada editorial artesanal dedicada a textos de no ficción, crónicas de viajes y otras yerbas. Fue él quien me propuso que armáramos una antología de relatos de viaje firmados por Bernardo Kordon, una verdadera sorpresa en este páramo llamado literatura argentina.

Para esa edición, que se puede conseguir acá y en algunas ferias itinerantes, escribí el siguiente prólogo que espero que les guste. ¡Y a seguir exhumando a Kordon, un autor inolvidable!



Prólogo a Relatos de viaje, de Bernardo Kordon (homo faber, 2023)

No hay una biografía sobre Bernardo Kordon. Nadie la escribió, nadie la escribe, probablemente nadie la escribirá. Se podrían arriesgar algunas razones: el realismo perdió la partida en la competencia literaria; el comunismo de Kordon caducó así como su maoísmo; su obra se reeditó muy tímidamente en los últimos años. Así, Kordon quedó como un autor más de la vieja colección del Centro Editor de América Latina, un escritor anclado en los años 60, época en la que florecieron sus libros, sus viajes, sus relatos. Don Bernardo fue encasillado por la máquina cultural: es un correcto cuentista con dos o tres relatos memorables (“Los ojos de Celina” es voto cantado; tal vez “Alias Gardelito” también, por su adaptación cinematográfica). 

Sin embargo, cualquiera que se acerque a uno de sus libros y se tome el tiempo de leerlo, notará que Kordon era un narrador inquieto. Que si quedó encasillado por las trampas de la memoria literaria es más por olvido o vagancia que por lectura atenta y sincera. Que si pocos o pocas lo recuerdan es porque su obra espera, como un tesoro hundido en el fondo de los anaqueles, para volver a la carga, para abrir sus tapas, para reiniciar el viaje. Efectivamente: Bernardo Kordon fue un tripulante de la lengua, un hombre curioso que amó Buenos Aires y la Argentina pero también el mundo entero. 

Su viaje duró unos 87 años, su puerto de partida fue el año 1915 y el de llegada, 2002. Entre esos años, además de recorrer la Reina del Plata tras los rastros de crotos y marginales, de mucamas y mujeres bien, de chicos y comerciantes, de boxeadores y camioneros, Don Bernardo conoció Chile y Brasil, Polonia y Alemania, España y Francia, Mongolia y China. No por nada su amigo Pedro Orgambide acertaría al decir que Kordon practicó un “internacionalismo literario”. ¡Si hasta se casó con la chilena Marisa López! 

En una entrevista de 1982, Don Bernardo recordaba: 
De los altos de la casa de mi abuelo Isaac Piterbarg yo veía pasar los largos cargueros del Ferrocarril Oeste. Mi madre me contó que de pronto yo pronunciaba: ‘Pasó una mácara sola’. Eso me enloquecía: la máquina sola, deslizándose como en un sueño, sin el esfuerzo de arrastrar vagones. Esa locomotora con su penacho de humo excitaba mi imaginación, pensando en viajes y aventuras. Entonces no quería ser escritor, sino maquinista (Capítulo 138, CEAL, p. 241). 
Esa estampa de infancia condensa deseos de viaje y aventura que atravesarán la vida y la obra de Kordon. Además de la huella indeleble que Buenos Aires dejó en su escritura, en sus diálogos y en su mirada impresionista de la ciudad y sus márgenes, Don Bernardo armó sus valijas de forma reiterada para conocer otras realidades. De sus viajes a Brasil y su fascinación por la cultura afroamericana, saldrán sus libros Macumba (1939), Lampeão (1958) y Bairestop (1975) así como la serie de notas sobre el bandolerismo brasileño en la revista Leoplán. De sus visitas a Chile desde 1940, su exilio en 1969 y sus últimos días en 2002, le quedarán los relatos del “Tríptico chileno” y crónicas como “Detrás de la cordillera” y “Robinsón en Chile”, además de su admiración por Manuel Rojas, autor de Hijo de ladrón, y su amistad con Pablo Neruda quien prologará una reedición de 1961 de Vagabundo en Tombuctú. De su compromiso con el Partido Comunista y su visitas oficiales a la revolución cultural china, Kordon publicará en una veta político-social 600 millones y uno (1958), Reportaje a China (1964) y China o la revolución para siempre (1969) pero también intentará mapear la literatura y cultura china en El teatro tradicional chino (1950), Así escriben los chinos (1976) y Viaje nada secreto al país de los misterios (1984), entre otros. ¿Cuántas de estas obras que revelan al Kordon viajero, al trashumante literario, fueron releídas en los últimos años? ¿Y si Kordon no solo fue un tripulante de Buenos Aires sino también un aventurero del mundo? 

Esta antología titulada Relatos de viaje realiza un gesto con la obra de Bernardo Kordon: leer el viaje y la aventura, exhumar su mirada de cronista en distintos países y culturas. Ahora que la crónica como género ha cobrado una pátina de prestigio conferida por la academia y la mercadotecnia, ahora que viajar parece ser un deseo que atraviesa a varias generaciones ansiosas por conocer otras ciudades y hacer “nuevas experiencias”, ahora estos relatos kordonianos nos muestran que la literatura argentina tuvo grandes cultores de un género tan antiguo como las impresiones de Marco Polo y los textos del Inca Garcilaso de la Vega. No es moda, es arqueología: en el pasado está la novedad. 

El relato de viaje para Kordon fue la posibilidad de salir de Buenos Aires, ciudad que amó y escribió, para conocer a los otros, a quienes vivían, sentían y dialogaban del otro lado de las fronteras, en otros idiomas. En un relato con notas autobiográficas titulado “Aquí no pasa nada” (en Historias de sobrevivientes (1982)), Don Bernardo escribió: 
Cuando se acercaba el ‘40, Buenos Aires crecía con ganas. Seguía recibiendo gente de afuera y de adentro, y además creando sus mejores tangos. Resultaba curiosa esa humanidad que llenaba barcos y trenes y se postulaba como tripulante de esta Gran Metrópolis del Sud. Aquí estaba yo a la espera de los acontecimientos —que suponía también importantes— que por cierto ya se producían en España y en Europa. Pero ninguna novedad en esta ciudad del tango. La historia, igual que la gente, venía de afuera, como también ocurría con las ideas, los libros, la política, la guerra: nada de eso era nuestro, así lo creíamos. Por cierto éramos porteños, pertenecíamos a un puerto: desde allí veíamos los sucesos del mundo a través de las noticias y la gente que llegaba del otro lado del mar. La historia transcurría pues en otro países, protagonizada por otra gente. De eso se trataba: había que conocer a los otros. 
En estos relatos, Kordon se lanza a conocer a los otros. Desde las costumbres culinarias de China y otros países asiáticos en “El día que comí perro” hasta el regreso genealógico de Odesa a Buenos Aires en “Un rincón para vivir”, estos nueve textos trazan un itinerario kordoniano que nos conduce desde un extremo al otro del mundo. La selección fue realizada a partir de cuatro libros: el primero, publicado en 1956, Vagabundo en Tombuctú; otros dos de 1978, Adiós Pampa mía y Manía ambulatoria; y el último, una recopilación de 1986, Un taxi amarillo y negro en Pakistán. Cada relato fue anotado para una mejor comprensión. En cada viaje, Kordon dejó su rastro, su trazo, las palabras adecuadas para entrelazar percepción, idea y sentimiento. 

El viaje en la obra kordoniana tuvo varios significados: fue político e ideológico como lo mostraron sus crónicas sobre la revolución cultural maoísta y su compromiso comunista. Ser comunista era saberse inscripto en una red internacional, reconocer que un proyecto político y revolucionario no podía ser solo local, solo nacional, era preciso lanzar redes al resto de las naciones. 

Además, el viaje para Kordon fue cultural y social como lo muestran sus recorridos urbanos, con personajes que se ganan la calle y la vida, como "Fuimos a la ciudad", Un horizonte de cemento (1940), Reina del Plata (1946) o Alias Gardelito pero también en un relato incluido en esta antología como “El tren de los contrabandistas”. En este, Kordon viaja en el Ferrocarril de Arica a La Paz para recobrar una historia de contrabando, tensión y muerte a través de Bolivia. 

Viajar fue también un tránsito literario para Don Bernardo. Jorge Lafforgue lo recuerda lector de escritores itinerantes: Pierre Loti, Paul Morand, André Gide, Pierre Mac Orlan, Blaise Cendrars. Incluso Kordon llega a traducir y prologar para la editorial Legasa el mítico libro de Albert Londres, El camino de Buenos Aires. Esas lecturas impregnan los relatos aquí seleccionados. Se nota el gusto del autor trashumante por narrar el desplazamiento, el placer de comunicar las imágenes que se suceden del otro lado de la ventana, que se desplazan por las calles, rutas y campos, que lo asaltan en las paradas obligadas del viaje. 

El viaje fue, finalmente, vital y existencial. Un relato como “Función de cine en Auschwitz”, incluido en estas páginas, lo pone de relieve. Entrar en un campo de concentración es enfrentarse con el corazón oscuro del hombre, asumirse judío que habla español frente a una pantalla que muestra el lado siniestro del orden alemán, recordar una imagen vista en Chile y así acercar América y Europa con un hilo sutil bordado a través de ciudades muertas. 

Como escritor andariego, Kordon tuvo la capacidad de encontrar gauchos y gente del altiplano boliviano en Mongolia (“Los jinetes que conquistaron el mundo”) o un taxi de Almagro en Pakistán (“Un taxi amarillo y negro en Pakistán”). También usó una anécdota escatológica para plantear las diferencias esenciales del español (“Lección de idioma en Castilla La Vieja”) o partió de un café de París para recorrer gran parte de Latinoamérica a bordo de la memoria y la imaginación (“Vagabundo en Tombuctú”). Su mirada como viajero lo llevó del nombre más famoso de la literatura argentina a la estación de tren más entrañable de su infancia (“Estación Borges”) solamente para celebrar la aventura como motor de la existencia y olvidar las lecturas canónicas y canonizantes. 

Estos Relatos de viaje colocan a Kordon en un nuevo lugar: más allá del realismo de bolsillo, en paralelo a la literatura anclada de Buenos Aires, Don Bernardo desplegó su humor y su lucidez, su precisión y su imaginación, para trazar un mapa, para celebrar el viaje, para subirse en trenes, barcos y aviones para tender una comunidad sin fronteras. En un texto temprano, publicado en 1941 en la revista de izquierda Conducta, titulado “¡Salud brillantes locomotoras!”, Kordon transmitió su fascinación por el viaje, una pasión que atravesaría toda su vida y su obra: 
Y yo… Yo no he traicionado nunca al muchachito que soñaba mirando los rieles y los semáforos. He visto las máquinas verdosas de la Estrada de Ferro Sorocabana, que taladran el manicomio vegetal de la selva, Sao Paulo al oeste, y las del trasandino que mordiendo cremallera se empinan con desesperante lentitud. Y las pequeñas máquinas del Leopoldina Ralway que saliendo de Río de Janeiro suben al convoy vagón por vagón por las sierras de Petrópolis. Y las que aúllan por las rectas tendidas en las pampas. Y las que esperan la combinación en Tucumán, resoplando su potente asma de máquinas de montañas. Y dos enormes americanas de la Vía Férrea de Rio Grande do Sul que empujaban juntas un convoy de Santa María a Grossa, quemando leña, descendiendo árboles con la lluvia de sus chispas y matando cobras que buscan el contacto metálico de los rieles. Y las que se deslizan por los suaves paisajes chilenos. A tanto palpitante hierro con tripas de vapor prensado: ¡Salud, maravillosas y furiosas devoradoras, aún estoy con vosotras! 
En Kordon, Bernardo. Relatos de viaje, Quilmes, homo faber editorial, 2023, pp. 07-13.

miércoles, mayo 28, 2025

Golosina Caníbal presenta... (tapas n.° 01 al 10)

Estas son las tapas de los primeros diez números de Golosina Caníbal presenta..., un fanzine analógico, impreso y finito que nació en 2020. La idea original surgió por intentar darle una sobrevida a textos que noto se pierden en los mares virtuales (revistas caídas, sitios inexistentes o en agonía) o han sido olvidados hace mucho tiempo. 

Así, pueden notar entre el número 01 y el 10 que las voces, las firmas, los temas y las épocas varían y van del pasado al presente ida y vuelta (y también, por qué no, le amagan al futuro). 

 

Las primeras novelas de Ariel Luppino, según la mirada de Agustín Conde De Boeck (n.° 01); 

un vistazo a La salamandra, una gran novela olvidada de 1965, de Celia Paschero (n.° 02); 

un ensayo sobre las Rubaiyat, escrito por el maestro Raúl Antelo (n.° 03); 

el retorno ficcional de Marcelo Fox, urdido por Luppino (n.° 04); 

ese perfil inolvidable de Luisa Sofovich sobre James Joyce (n.° 05); 

la traducción de prosas poéticas objetivistas de Gertrude Stein realizada por Juan Maisonnave (n.° 06); 

una entrevista perdida al monstruo Lai de Hernán Bergara con ilustraciones de Diego Cano (n.° 07); 

el relato sobre los crotos en la lapicera rabiosa de don Bernardo Kordon (n.° 08); 

un acercamiento múy lúcido a la poesía de Georg Trakl realizado por Rogelio Bazán (n.° 09); 

y los poemas muertos de Ligotti, traducidos por Agus Conde De Boeck (n.° 10). 

 

Golosina Caníbal presenta... es un fanzine, como decía, impreso y finito. Sus números se agotan, produzco pocos ejemplares (entre 100 y 200), y los números del 01 al 06 ya se han evaporado, están agotados y ahora viven y sobreviven en bibliotecas, mesas de luz, docenas de huevos o tachos de basura. En estos días apunto al n.° 20, casi para brindar con los 20 años que también se cumple en este año, 2025, de ese blog, Golosina Caníbal. 

Si a algún internauta le interesa un ejemplar del fanzine, saber qué otros hay (próximamente posteo del 11 al 19), me pueden escribir a través de Instagram, Facebook (de X me fui por cansancio y nihilismo) o por el viejo y querido mail: golosinacanibalblog@gmail.com 

Gracias por el interés y la lectura. De a poco intento despabilar este antro. Veremos, veremos...










 

martes, mayo 03, 2016

Función de cine en Auschwitz (Bernardo Kordon)

Si la obra de Bernardo Kordon se lee poco, su libro de crónicas y viajes Manía ambulatoria (1978) directamente no se lee. Y sin embargo, entre las páginas de ese pequeño volumen publicado en plena dictadura militar por la editoria El Ateneo, se pueden encontrar textos hermosos y cautivantes como "Un rincón para vivir", "El día que comí perro" y "Expedición al oeste". Cierra el volumen la crónica que transcribo a continuación y que deseaba que fuera encontrable en el vastísimo mundo virtual. Lean a Kordon, lean todo lo que encuentren de este autor fascinante que siempre tenía una aventura y una mirada personal guardada bajo la pluma.

Función de cine en Auschwitz (Bernardo Kordon)

Entre barreras de nieve y hielo el tren se abrió camino de Varsovia hasta Cracovia. Castañeteando los dientes admiramos las murallas medievales conservadas en pleno centro de la ciudad. Esa noche hizo treinta grados bajo cero: el 62 fue uno de los inviernos más rigurosos que conoció Europa en este siglo.
Nos acompañaba Yolanda, traductora e intérprete de francés de la Unión de Escritores de Polonia. En ese momento la compadecía, porque en general compadezco a la gente que vive en países fríos. Creo que nadie se acostumbra totalmente al frío; siempre se sueña con el calor. Yolanda, por ejemplo, repartía las ilusiones en dos proyectos de viaje: visitar a París o las playas de Rumania. En este invierno olvidaba su vida dedicada al estudio del idioma y la literatura franceses para pensar en el verano rumano. Me describía un sol que nada tenía que ver con el que podía tomar en las playas del Báltico. Según ella, el sol rumano caía en vertical, ardiente desde el amanecer hasta el anochecer, con las implicaciones del vino abundante y los dulces que se comen a toda hora y en plena calle. Con treinta grados bajo cero, esas visiones mediterráneas o marnegrinas se convierten en verdaderas obsesiones: las cruzadas para rescatar los Sepulcros y la ayuda militar a los países árabes (y la invención de sus socialismos) pueden resultar simples pretextos para que los caballeros de las nieves puedan retozar en tierras calientes.
A Yolanda le debíamos muchas atenciones: le concedí pues el favor que pidió de no acompañarme a la visita a los campos de exterminio de Auschwitz. Tenía un familiar en Cracovia para visitar y, sobre todo, le resultaba muy deprimente recorrer el famoso campo de concentración. Una vez lo hizo en función de intérprete y por la impresión estuvo enferma un tiempo.
Al amanecer, un auto nos buscó en el hotel. El chófer hablaba polaco únicamente y ni intentó practicarlo, ensimismado en el peligroso manejo por la desierta y helada carretera, donde le resultó imposible evitar un par de vertiginosos trompos sobre el hielo. De vez en cuando aparecían algunas casas casi sepultadas bajo la nieve, pero ningún ser humano a la vista. En esos días de gran frío los niños no van a la escuela, ni tampoco se entierra a los muertos.
En los techos se veía a esos Cristos de madera, tan peculiares de los polacos, unas imágenes de madera talladas por los campesinos, donde Cristo, con la barba apoyada en la mano, reflexiona con patético desaliento.
El chófer abrió la puerta del coche y con un gesto me invitó a descender. Yo esperaba encontrar a esos guardianes y guías que no faltan en ningún lugar histórico europeo, pero aquí nada por ahora. Bien me habían prevenido que no era temporada de visitas, sin contar con que en tiempo de tanto frío se suspende casi todo el tráfico carretero. Inclusive en esos días Varsovia tiritaba desabastecida de carbón: muchos camiones estaban bloqueados por la nieve y el hielo en las zonas hulleras.
Quizás por precaución y disimulo (hasta el último momento trataban de esconder a los prisioneros que eran llevados al exterminio) el gran portón del campo de concentración parece la entrada de una vieja fábrica o de un parque particular. Letras góticas en hierro forjado proponen en alemán: “La libertad por el trabajo”. Al trasponer este portón los viajeros agotados o moribundos eran recibidos por guardianes y perros que comentaban la primera “selección” con el fondo musical de una orquesta integrada por los mismos detenidos. (En la película soviética “El destino de un hombre" la orquesta recibe a un contingente de prisioneros rusos con un tango de salón, seguramente resumiendo la refinada decadencia de Europa entre las dos guerras.)
El portón permanecía cerrado y el chófer avisó nuestra presencia con largos bocinazos, hasta que apareció una figura menuda y doblada por el viento helado. Era un ex detenido. Único sobreviviente de un grupo de judíos polacos que no se retiró nunca del campo de concentración, a fin de cumplir él también con el destino de toda su familia: morir en Auschwitz. Hablaba alemán y polaco, palabras de inglés y francés, y seguramente de muchos otros idiomas de esa cosmopolita Babel.
El auto no detuvo el motor, seguramente para no helarse, y se volvió a Cracovia u otro lugar para buscarme más tarde. Quedé solo con el guardia y nos entendimos con palabras sueltas y gestos. Éramos dos hombrecitos en medio de un abrumador paisaje lunar que en verdad nada tiene de irreal: grandes edificios e inmensos patios expresan el carácter modernísimo y utilitario de Auschwitz.
Cuando nos encaminamos hacia los hornos de cremación, llamó mi atención una inmensa viga que atravesaba el patio principal e imponía su abrumadora fuerza contra el cielo gris oscuro. Recordé la frase con que David Rousset comienza su monumental testimonio (Les jours de notre mort): La potence était énorme. Se lo dije al guía y él exclamó:
¡Potence, ya, galgen, tlié, szubienica! (Horca en francés, alemán, idish, polaco: en todos los idiomas de la cosmopolita Auschwitz).
Por libros, fotos y documentales yo sabía bastante sobre ese campo de concentración. Seguramente contemplaba aquello con cierto gesto de conocedor, porque el guardián sonrió con triste malicia y me llevó hasta unas celdas bajas, casi a ras del suelo y fuertemente enrejadas, como para contener los arrebatos de tigres y leones.
Kannibalismus —me dijo suavemente, casi al oído.
Con los dedos señaló dos, tres, cuatro.
Mann, frau, kindlein.
Hombres, mujeres, niños. Los encerraban en esas jaulas y, a través de las rejas, bajo pretexto científico, contemplaban los debates y los delirios del hambre, que terminaban en canibalismo.
He aquí los inmensos depósitos de cabellos cuidadosamente empaquetados para ser embarcados a Alemania para relleno de colchones de hogares arios. Montañas de zapatos usados, armaduras de anteojos, valijas sin dueños, aparatos ortopédicos, sillones de ruedas, piernas de palo, pálidas manos de madera. Sobrevivieron a sus dueños, se salvaron de los hornos crematorios, allí quedaron recuperados y debidamente inventariados. ¿Por qué se habla del milagro alemán como algo de los últimos tiempos? Auschwitz es todo un monumento a la organización alemana. Allí nunca obró el odio primitivo y ciego sino el más puro sentido de utilidad. Guardaban cantidades fabulosas de gastados cepillos de dientes, brochas inservibles, zapatos desfondados. Todo pasaba por minuciosas revisaciones de especialistas alemanes. Todo era desarmado, inspeccionado, hasta agotar las posibilidades de que el condenado lograse esconder un billete, una moneda, un recuerdo de hombre libre. No fuese que entre los millones de torturados y gaseados alguien lograse escabullir un alfiler o un recuerdo, ocultar cualquier valor material o espiritual al Poderoso Tercer Reich. El infierno de los vivientes puede convertirse en el paraíso de los burócratas. Hay interminables listas de todos los valores “recuperados”. Entre ellas descubro la anotación de dos monedas chilenas que pertenecieron a un sefardí detenido en Salónica, traído en vagón carguero para ser gaseado a miles de kilómetros de su Grecia natal.
Después de recorrer esos inmensos depósitos el guía nos condujo hasta un salón con un proyector de cine, y desapareció. El frío subía del suelo de cemento y parecía cortarme los pies. No pude dominar el impulso de saltar para separarme algún instante del suelo helado. Después inicié un movido zapateo para calentarme los pies. El guardián entró y sonrió al verme dedicado a este ejercicio (recordé que lo practicaron con entusiasmo los generales alemanes frente a las cámaras cinematográficas cuando se entregaron en Stalingrado). Traía varios rollos de películas documentales sobre Auschwitz, algunas tomadas por los mismos alemanes. En cuclillas sobre una butaca, alivié el frío de los pies. Y comenzó el gran desfile del campo en el día de su liberación: los semicadáveres que ya no podían moverse, las montañas de esqueletos, los grupos de detenidos que acorralaban m algunos verdugos que les imploraban perdón. Esa función de cine en Auschwitz resucitó vidas y muertes que llenaron la perspectiva fabril de inmensos depósitos e interminables listas que terminaba de transitar. Digamos una gran fábrica abandonada después de haber cumplido concienzudamente su producción, igual a esas usinas salitreras abandonadas y sus ciudades muertas que conocí en el norte de Chile.
Hay veces que en medio de la conversación más animada puedo internarme en un recóndito monólogo. Del mismo modo, la oscuridad de un cine me sirve para vivir mi propia película. Algo así me ocurrió en esa función de cine en Auschwitz. Sobre esas imágenes de cadáveres y vivientes, que tanto se parecían entre sí, comencé a reconstruir el rostro del judío que hasta el último momento conservó dos monedas de un país para él tan lejano como Chile. La burocracia nazi había borrado su nombre como también su cuerpo cremado, pero con la misma aplicación había registrado esas dos monedas recuperadas para el poderío del Tercer Reich. Sobre el fondo de la película no me resultó difícil reconstruir el rostro del sefardí: un judío que hablaba español. Igual que yo.

Kordon, Bernardo (1978). Manía ambulatoria, Buenos Aires, El Ateneo, pp. 131-136.

viernes, marzo 04, 2016

Estación Borges (Bernardo Kordon)

De la obra de Bernardo Kordon, además de sus cuentos y nouvelles o de sus diarios de viaje a la China maoísta, persisten una serie de textos de tono autobiográfico que nos devuelven la itinerancia, la frescura y la aventura que el autor de "Alias Gardelito" quiso devolver a la literatura argentina. En 1978, Kordon publica dos libros hermosos y raros: Adiós Pampa mía y Manía ambulatoria. Del primero, recupero un texto titulado "Estación Borges" que de alguna manera funciona como reflexión sobre el peso de la figura de Borges en la órbita literaria nacional pero también, y sobre todo, como condensación de la narrativa de Kordon: el viaje y la aventura como movimiento exterior-interior. Disfruten.

Estación Borges (Bernardo Kordon)

 
Dijo pocas y reiteradas cosas —a igual que otros grandes escritores. Últimamente, por ejemplo, en algunas entrevistas televisadas, amaga con decir algo y finalmente lo deja así no más, con un balbuceo que supone contenidas revelaciones. Porque gracias a los años (cuando no transcurren al cohete) la palabra elemental y llana suplanta al palabrerío profesional, y al final el gesto suplanta a su vez a la palabra, y ahí queda el hombre cansado de hacer y decir cosas, limitándose a expresarse con su sola presencia —a semejanza de Dios, quien no debe esforzarse mayormente en hacer méritos: ya hizo todo lo que pudo.
Borges es, pues, aquel que escribió tantos poemas dominicales y también algunos cuentos —género artístico por excelencia, al punto que ningún escritor es capaz de escribir más que algunos buenos cuentos en toda una larga vida, ¡al revés de la novela y otras redundancias!
Borges: presencia y mención y adjetivizaciones repetidas y vueltas a repetir en esta pampa húmeda de ciudades iguales, con las mismas calles y plazas con idénticos monumentos repetidos al infinito. ¡Qué tediosa es la gloria (y otras cosas) en nuestro país!
Antes hubo otro Borges que maravilló mi lejana adolescencia. En mis primeros viajes, rigurosamente ferroviarios y suburbanos, me marcó una estación Borges, que en lo alto de un terraplén señalaba el comienzo del recorrido mágico de un ramal ferroviario que bordeaba el río de la Plata. De tal modo Borges es una palabra que guarda para mí el prestigio emocional de ese sonar de atabaque que es Tombuctú en el corazón de África, o el golpe de gong de Pekín en la exacta antípoda de Buenos Aires. Estación Borges fue, pues, el comienzo de todos mis viajes, hasta ese largo y sin vuelta que espero con esa inquietud que ya perdí para otros recorridos.
Un tren de pocos vagones, generalmente vacíos, arrastrado por una vieja locomotora 4-6-2 de brevísimo ténder y agudo silbato, se detenía chirriando en Estación Borges para permitir el descenso de casi todos los pasajeros —pues pocos o nadie en días de trabajo y a la hora de mi rabona matinal viajaban a esas soledades ribereñas (estaciones Barrancas, Anchorena, el Bajo de San Isidro, Canal de San Femando, hasta llegar al apartado y casi oculto puerto de Tigre), un recorrido de tal belleza que no tardó en ser condenado a muerte por la administración de turno.
Desde Estación Borges viajaba generalmente solo en el vagón. Me sentía Vito Dumas, el navegante solitario, a quien vi desfilar triunfal en un coche descubierto, por Florida, sonriendo y levantando los brazos a la multitud que lo aplaudía después de dar la vuelta al mundo, o venirse solo de Europa, no recuerdo bien, pero sí tengo presente su amplia frente gloriosamente quemada por el sol tropical que yo aspiraba a conocer: la culpa la tenía Emilio Salgari y todo lo que vino después: libros y más libros, sin contar las películas que veíamos de a tres en el cine Londres Palace, más conocido en el barrio como El Chinche. Libros y películas me arrastraban a esos viajes realizados en desmedro de las clases en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda.
Cualquier viajero ya lleva consigo todo aquello que le revelará el viaje. Desde Ulises extraviado por los dioses hasta el turista conducido por Exprinter, todos ven solamente aquello que llevan adentro. Prueba de ello son las caprichosas o delirantes toponimias que nos propina-ron los primeros llegados a este rincón del mundo: Buenos Aires (¡con este clima!) y Río de la Plata al estuario donde nunca se encontró la menor partícula de cualquier metal, y menos esa plata que traían los navegantes en sus mentes desvariadas.
Pues todo viajero sólo ve aquello que lleva consigo, del mismo modo que en las posadas españolas, según los franceses (antihispanistas por excelencia) sólo se pueden comer las viandas que traen los huéspedes.
Por eso yo, solo en el vagón, era Vito Dumas, un navegante solitario dominando el río que se extendía bajo los rieles del entonces Ferrocarril Central Argentino, sumamente prestigioso porque llegaba hasta el trópico tucumano. Esas cuatros letras F.C.C.A. eran solamente comparables a esa enorme O del Ferrocarril Oeste que marcó mi infancia en Ramos Mejía y en el barrio de Almagro. Con la diferencia que ahora no veía solamente pasar el tren, sino que viajaba en él, munido de mi correspondiente medio pasaje. Apenas me faltaban los pantalones largos para sacar pasaje entero y viajar más lejos, a Rosario, y hasta Tucumán.
Digamos entonces que Borges en grandes letras blancas sobre un tablero negro señalaba el comienzo de la aventura y la poesía del viaje, que yo recreaba varias veces por semana, saltando de la ventanilla del horizonte de chocolate del río a las barrancas con palacetes con bos-ques y parques, como quien deja una lectura para seguir otra que la complementa en contenido e intensidad.
Si es bueno que una estación perdure el nombre de un escritor, resulta mejor que la fama universal de un escritor perdure la gloria de la desaparecida estación Borges de mi adolescencia.

Kordon, Bernardo. Adiós Pampa mía, Caracas, Monte Ávila editores, 1978, pp. 65-68.

miércoles, octubre 28, 2015

Bernardo Kordon, tripulante de Bs. As.

miércoles, junio 23, 2010

Entre ruinas

Acá, unos comentarios de distintos críticos y escritores, recopilados en La Voz del Interior (Córdoba) en 2001, sobre quiénes son los autores olvidados de la literatura argentina. Aparecen algunos nombres que ya mencionamos por estos pagos (Néstor Sánchez, Daniel Moyano, Bernardo Kordon) y otros que tendré que empezar a hojear para ver de qué me estoy perdiendo (Arturo Cerretani, Amalia Jamilis, Salvador Benesdra). Ya empiezo la búsqueda (total, si es como con los antes nombrados, seguro que sus libros se consiguen en saldo o usados).

sábado, agosto 08, 2009

Kordon vuelve

lunes, agosto 03, 2009

Fresco de época para una novela urbana (Juan José Sebreli, sobre Un horizonte de cemento)




1940: La guerra estaba lejos y nosostros nos enterábamos de los avances nazis en Europa, de la caída de París o de los bombardeos de Londres a través de la voz de Taquini o de los noticieros de El Porteño. Buenos Aires vivía plácidamente los últimos años de la década infame, alborotada tan sólo por algún pequeño escándalo local: el negociado de las tierras de El Palomar y el consecuente suicidio de Guillot. Era aquel el año de Lo que el viento se llevó y de La mujer del panadero, de los zapatos con plataforma y sin punta, del palmbeach, de la búsqueda de la "llave de la felicidad" dentro de un jabón popular, del bar automático, del "qué le dijo", de Carmen Valdés en el radioteatro de las tardes, del diario El Sol, de la flor de la Maffia, de Baigorri y su máquina para hacer llover, de Mate Cocido, de Eva Duarte trabajando de extra, de la conga cubana suplantando al lambertwalk. Ese año tan cargado de cosas olvidadas y de signos ya casi indescifrables, Bernardo Kordon, que contaba veinticinco años –el que esto escribe tenía entonces sólo nueve– y ya era autor de tres libros –La vuelta de Rocha, Candombe y Macumba– publicaba su primera novela: Un horizonte de cemento. Se iniciaba el ciclo literario de una generación de novelistas precisamente llamado del “40”, cuyos representantes más lúcidos llevarían a cabo la tarea de introducir en la novelística argentina la historicidad y el tiempo concreto, realizando los primeros intentos de un realismo crítico que superara el chato naturalismo de las generaciones anteriores, mérito que injustamente les será escamoteado por las generaciones que los sucederán. Por eso consideramos muy útil que los nuevos lectores de este sombrío 1963 descubran Un horizonte de cemento, tal vez la primera novela, cronológicamente, de la generación del 40 y donde se pueden encontrar las mejores cualidades de la literatura de esos años.

El sentimentalismo –socialista o evangélico– que caracterizó la literatura de comienzos de siglo y se extendió hasta la del grupo de Boedo, acostumbraba tratar con simpatía a los miserables, a los fracasados, a los bandidos, pero presentándolos siempre desde afuera, como un espectáculo exótico. La piedad humanitaria y la disección sociológica son formas escépticas de mantener alejados la suciedad y el mal. Se trataba de escritores honestos que hablaban a los lectores honestos sobre gente deshonesta. Ambos, autor y lector, se sentían satisfechos y con la conciencia tranquila, infinitamente buenos y de espíritu amplio, porque eran capaces de derramar piadosas lágrimas de compasión por las pobres gentes. Muy distinto es el caso de Kordon en Un horizonte de cemento, quien adoptando el género autobiográfico impuesto por la picaresca española, muestra al miserable desde dentro, desde su propia subjetividad, reivindicando hasta el peor de sus crímenes. Porque desde el fondo de su mísera abyección, el miserable se prefiere a toda la sociedad que lo condena. Para asumir la defensa del culpable, Kordon adopta el uso de la primera persona y en lugar de poner al lector en contacto directo con el objeto, ocupa conscientemente el papel de mediador y encarna la mediación en un relato ficticio del Yo-protagonista. Es el propio miserable que nos habla desde el fondo de su noche. La voz carnal de Juan Tolosa, el Linyera, es una conciencia, una subjetividad pensándose a sí misma, y percibiendo y pensando al mundo que lo rodea, condenado desde su fracaso social a esa humanidad satisfecha que pulula por las calles de Buenos Aires, “a esa raza de gente que va muy tranquila y muy segura, convencida de que nunca se morirá y muy contenta de sí misma”. Es a nosotros, a quienes tiene el atrevimiento de dirigirse, es a nuestro dinero, a nuestro honor, a nuestra cultura, a nuestras comodidades, a nuestras importantes ocupaciones, que este linyera rechaza conscientemente para preferir la libertad de los caminos que no conducen a ninguna parte o al calor acogedor de una mesa de café en “el buen clima de las luces”, porque él, “Juan Tolosa siempre ha sabido agarrarse a la vida con toda el alma. Y lo más humano de un hombre es saber compartir un trago para contar sus cosas a los otros y escuchar de ellos las suyas”.

Juan José Sebreli

Prólogo a Un horizonte de cemento. Buenos Aires: Siglo Veinte, 1963.

domingo, julio 19, 2009

Relecturas

"Pero ahora que lo pienso, yo nunca escribí seriamente sobre Borges. [...] ¿y si fuese otra –u otras– la obra sobre la que vale la pena apostar a dejar una marca, a decir algo nuevo, a sacudir el sentido común? ¿Y si ese autor fuera Néstor Sánchez? ¿Es una exageración? Sí, es una exageración insostenible (¿pero la propia literatura no es ya una exageración insostenible?). Pero, sí, reculo: no es Sánchez contra Borges (lo que no tendría ningún sentido ni interés, más bien al contrario: todavía es dable y necesario seguir pensando a Borges) sino más bien la posibilidad de encontrar una productividad en la obra de Sánchez para comprender un cierto derrotero de la literatura argentina y latinoamericana contemporánea." (Damián Tabarovsky en Perfil)
Ojo, hay reediciones que pasan sin pena ni gloria pero la de Néstor Sánchez (y sí, no me molesta volverme insistente), como la de Briante, la de Blastein y la de Wilcock hace algunos años, merecen una apuesta crítica (lo merecerían también otros autores como Bernardo Kordon, Humberto Costantini y otros que seguro me estoy olvidando).
Coincido con Tabarovsky, la idea no es plantear un versus (Borges, tal como lo señalaba Rosa, es una "luz enceguecedora") sino ver qué posibilidades nuevas y/o distintas aportaron y continúan aportando las obras de autores que quedaron a la sombra de Borges (pero también de Cortázar, de Puig, de Saer) y que podrían proponer una lectura, una productividad y una perspectiva sobre la realidad que pongan en riesgo el sentido común, que nos sacudan de nuestros acercamientos típicos a los autores de siempre y que nos permitan replantear y modificar lo canónico y lo tradicional en la literatura argentina. En fin, es sólo una propuesta de (re)lectura.

miércoles, abril 22, 2009

Una buena nueva

Por fin una editorial argentina empieza a rescatar a ese escritor, Bernardo Kordon, que quedó en el sótano de la literatura argentina (tal vez por su tendencia realista, tal vez por la crudeza y desesperanza de sus tramas y personajes perdedores en la línea de la obra de Arlt, tal vez porque nunca tuvo el guiño de la crítica) y a quien dedicamos un post hace unos meses en el que incluímos "La última huelga de los basureros". Pues bien, la editorial platense Mil botellas, (quienes ya publicaron a Rafael Barret, entre otros) reedita en un mismo libro dos de las grandísimas novelas cortas del amigo Kordon, Alias Gardelito (1956) y Kid Ñandubay (1971). Vaya como muestra una párrafo de la primera:

"Todo indicaba que existía una especie de gente que no sólo aceptaba, sino que necesitaba del engaño, pagaba por eso. Lo fundamental era dejar que ellos se engañaran solos; no forzarlos nunca. Estaba visto que no era preciso forzarse para engañar a nadie; esa gente se engañaba sola. Él sólo quiso robar un perro; venderlo y cargar con las consecuencias. Pero he aquí que había caído en un mundo de amantes de los perros, donde la gente se enternecía y aflojaba la bolsa sin mayor resistencia. Lo mejor era quedarse quieto: mostrarse cariñoso con ese perro y pasearlo hasta que se presentara una nueva oportunidad. Pues estaba visto que por él mismo nadie le daría dinero para tomar un taxi, ni lo valorizaría en veinte pesos." (Alias Gardelito, p. 86-87)

Fuente: Kordon, Bernardo (1981): Alias Gardelito; Un horizonte de cemento; Kid Ñandubay, Buenos Aires, Galerna.

martes, septiembre 30, 2008

No nos olvidamos (sobre Bernardo Kordon)

La literatura es así. A la sombra de los nombres que ya se han vuelto indiscutibles, a un costado de aquellos que una y otra vez son rescatados por la crítica por su carácter marginal (volviéndose en cierta manera el "centro" de los "márgenes") flotan, reposan, esperan -muchas veces en vano- su turno autores que parecen condenados a ser recordados (es decir, olvidados) como los predecesores de, los contemporáneos de, los continuadores de...

Tal parece haber sido la suerte de Bernardo Kordon (1915-2002), excelsio narrador "sesentista" argentino que supo tener su cuarto de hora a mediados del siglo pasado, pero cuya muerte en Chile seis años atrás resulta más dolorosa aún por el hecho de haber pasado inadvertida por el mundo de las letras, como lo fue su partida a Chile a finales de la década de los 90: “Me voy porque Buenos Aires, para mí, ya no es más aquella tierra prometida. Me voy, la verdad, escapando a la mishiadura” dijo por entónces. Una partida por lo menos paradójica para un autor cuya obra, dentro de la que se destacan Un horizonte de cemento (1940), La reina del Plata (1946), el elogiado por Neruda Vagabundo en Tombuctú (1956), Alias Gardelito, del mismo año, Vencedores y Vencidos (1965), y Bairestop (1975) y decenas de cuentos, estuvo recurrentemente destinada a retratar la ciudad.

Vaya entonces nuestro homenaje y nuestra respuesta a aquel artículo de Eduardo Romano publicado hace unos años en el Nº12 de la Revista Orbis Tertius, en el que escribía:
"Por todo lo dicho, no se olviden de Kordon para anudarlo con Arlt, en un extremo, y con Conti, en el otro. Establecemos así una suerte de tradición narrativa distinta –por más que se toque en cierto punto con otras– en ese laberinto, que todos los críticos contribuimos a edificar, llamado literatura argentina". Vaya nuestro homenaje a Kordon, junto con este cuento de la inconseguible antología publicada por Corregidor en 1971 Todos los cuentos, en el que lo leí por primera vez.


La última huelga de los basureros


El hecho se produjo en la mañana del 22 de diciembre. El camión Dodge unidad Nº 207 de la Dirección General de Limpieza se encontraba en plena labor por la calle Arenales. Su equipo de cuatro peones se distribuía a razón de dos hombres por acera. El vehículo estaba detenido en el centro de la calzada y este detalle provocó la protesta de Isidoro Camuso, industrial de 45 años, que conducía su Valiant chapa 597.905 de la ciudad de Buenos Aires.
Isidoro Camuso hizo sonar repetidas veces la bocina para exigir que el camión le cediera el paso. Su conductor asomó la cabeza por la cabina y echó una mirada distraída al irritado automovilista, sin mover una sola pulgada su pesado vehículo. Justamente en ese instante los recolectores transportaban los enormes tachos pertenecientes a los edificios señalados por los números 1856, 1858, 1845 y 1849 de la calle Arenales, que no cuentan con sistemas de incineración de residuos. Si hemos señalado que el conductor detuvo el camión en medio de la calzada, obstruyendo el paso al tráfico y se mostró impasible a los requerimientos del automovilista demorado, debemos por otra parte considerar algunas normas de principios laborales. En medio de la calzada el camión se mantiene a igual distancia de los peones que trabajan en cada acera, detalle de importancia cuando se considera que los tachos de basura son tan pesados como molestos de cargar. Por supuesto, nunca un conductor de camión recolector de basura explica esta u otras razones a los automovilistas impacientes, limitándose a echarles indiferentes miradas desde una cabina que los eleva unos cuatro metros del suelo. Y no por habitual esta conducta dejó de irritar a Isidoro Camuso. A los toques de bocina agregó varios improperios y puso en marcha su automóvil, resuelto a todo.
Al finalizar el año aumentan la temperatura ambiente y la tensión nerviosa en Buenos Aires. Esto se produce en todos los niveles y en cada individuo. Los peones de limpieza aún no habían recibido el aguinaldo y corría el rumor sindical de que la administración ni siquiera contemplaba la posibilidad de pagárselo ese año. En cuanto al industrial Camuso, proyectaba entre­vistarse ese mismo día con varias entidades bancarias para solicitar los créditos que le permitieran pagar los aguinaldos de los obreros que amenazaban ocupar su fábrica. Dominado por tales preocupaciones, probó una maniobra desesperada. Giró al máximo el volante, subió el cordón de la vereda con las dos ruedas laterales y de este modo logró pasar al lado del camión detenido. Pero antes de proseguir la marcha, el industrial Ca­muso no resistió a la tentación de cantarle algunas verdades al camionero. Asomó la cabeza por la ventanilla y gritó: —¡Basuras! ¡Tendrían que ir adentro del camión! El hombre de la cabina no tenía tiempo de reaccionar ni po­día perseguirlo con su pesado camión. Todo estaba bien calcu­lado por el irritado automovilista. Lástima que en ese instante apareció un peón que cargaba un tacho de basura sobre la ca­beza. Con un leve y preciso movimiento de brazos, igual al de un basquetbolista, introdujo el repleto recipiente en el Valiant a través del ventanal trasero.
Isidoro Camuso sintió el estrépito del vidrio y de inmediato pensó: lo paga el seguro. Pero al girar la cabeza comprobó algo que escapaba a toda posibilidad de indemnización. El honor no tiene precio y el industrial se vio vejado en el símbolo de su prestigio social. Un tacho de basura desparramado en el fla­mante tapizado. El hedor de humillación y muerte llenó su co­che y le desgarró el corazón. Detuvo el motor y saltó del coche para encarar al culpable. Éste era un hombre joven e impresio­nantemente musculoso El industrial no se dejó intimidar por este detalle. Lo haría arrestar. Iba a enseñarle a ese animal. Aunque le costara la mañana entera o todo el día. Pero el tipo que le arrojó el tacho de basura se mostró increíblemente as­tuto. Agrandó los ojos con gestos de inocencia y abrió los brazos para deplorar:
—Perdone, don. Se resbaló el tacho. ¡Qué macana! Llamó a sus compañeros:
—¡Vengan muchachos, que aquí pasó un accidente! Camuso se vio rodeado de cuatro gigantes con ojos resueltos y bocas sarcásticas. Sintió tanto pavor como odio. Volvió a me­terse en su coche, pero las carcajadas de esos hombres fueron tan insoportables como si le inyectaran un ácido en el cerebro. Retiró el revólver de la guantera y nuevamente salió del co­che para encarar a los peones. Disparó al que le había tirado el tacho. Lo vio caer como si resbalara en el suelo y después nada más. Isidoro Camuso fue derribado y pisoteado. Le macha­caron la cabeza con un tacho de basura. Después subieron al joven herido en la cabina y arrojaron el cuerpo de Camuso en la caja trasera. El conductor hizo funcionar la paleta prensa dora y el camión basurero engulló al industrial Camuso.
La policía fue alertada. Un radio patrulla desembocó a toda velocidad por la avenida Belgrano y persiguió al camión basu­rero que huía hacia el sur por la calle Combate de los Pozos. A la altura de la avenida Independencia los policías lograron adelantarse al camión. En el cruce de la avenida San Juan el auto patrullero se atravesó para cortarle el paso, pero el camión ni siquiera aminoró su velocidad. Los testigos declararon que, en vez de frenar, el Dodge aceleró para embestir con mayor fuerza al coche policial. De sus planchas retorcidas se retiraron tres cadáveres y un herido grave. El camión siguió corriendo rumbo al sur, y otros patrulleros fueron lanzados en su perse­cución. Dos coches policiales lograron alcanzar el camión en fuga y abrieron fuego con pistolas y metralletas. Se produjeron cua­tro muertos (entre los transeúntes), pero protegido por su estructura de acero el camión prosiguió su carrera. Se extendió entonces el rumor que por razones políticas y sindicales había orden de detener o balear a todos los basureros. Inmediatamen­te la noticia fue divulgada por una radio uruguaya y todos los camiones recolectores de basura que se encontraban en las calles de Buenos Aires se dirigieron apresuradamente hacia los basurales del sur. Veinte, cincuenta, trescientos camiones basu­reros llegaron de toda la ciudad. Llenando el ancho de la ave­nida Alcorta se hicieron fuertes en el estadio del Club Huracán, en los basurales vecinos y alrededor del gasómetro que eleva su mole sombría en el barrio Patricios. Ya los patrulleros no se animaron a acercarse a los camioneros, que se mantenían en formación de combate, con los motores en marcha y dispuestos a embestir con sus poderosos blindajes, mientras una reunión de delegados obreros de la Dirección General de Limpieza decla­raba que el gremio fue injustamente baleado, primero por un oligarca y después por la policía, resolviendo en consecuencia la huelga por tiempo indeterminado. Reunidas a su vez las auto­ridades municipales, se escuchó al Intendente. Guiñando el ojo en dirección a los representantes de la prenda aseguró que lo más inteligente es dejar pasar estos días de fiesta y mientras tanto "que se pudra la huelga".
Transcurrieron los días de año nuevo, que como es sabido en Buenos Aires se festejan comiendo a rajacincha. En todas las esquinas se levantaron montículos con las sobras de las fiestas. Se ordenó encenderles fuego, pero resultaron fogatas fallidas, que en vez de arder arrojaron un espeso humo rastrero que apestó peor que los residuos. Revelóse así la calidad indestruc­tible de la basura de Buenos Aires, como también su curiosa propiedad de aumentar en proporción geométrica. Entonces las alarmadas autoridades municipales corrieron a consultar a las Fuerzas Armadas. El ejército se negó a recoger la basura por estimar que eso era labor exclusiva de los civiles. Además, era del conocimiento público que se preparaba un golpe militar para los próximos meses: no era pues el momento indicado para adelantarse a sacar las tropas a la calle y menos en una tarea tan fatigosa como denigrante. Invitado a bombardear el reducto de basureros facciosos, el Comandante de las Fuerzas Aéreas hizo saber que la espesa humareda que cubría la ciudad imposibilitaba cualquier acción por el aire. En cuanto a los señores oficiales de la Marina de Guerra se encontraban de vacaciones en distintos balnearios y estancias del país.
A falta de fuerzas, las autoridades se vieron obligadas a recurrir a las leyes. Un decreto prohibió arrojar la basura en la puerta de calle, bajo pena de cárcel no redimible por multa. Pocas ocasiones hubo de aplicar esa ley, pues nadie arrojaba la basura frente a su casa, prefiriéndose siempre la puerta del vecino. La promulgación de medidas más rigurosas apenas si provocó una insólita consecuencia comercial: en pocos días se agotaron en los negocios los papeles floreados y las cintas de colores y demás artículos que sirven para envolver regalos. Todo el mundo salía de sus casas con cara de fiesta, cargando paquetes coquetos y canastillos primorosos. Invariablemente el contenido era el mismo: basura (enviada anónimamente o con nombres supuestos a amigos o familiares). En verdad nadie se quedaba con su propia basura, en cambio todos chapaleaban en la basura ajena. Ocurrió pues al revés de lo calculado por el Intendente: no fue la huelga sino la ciudad entera la que comenzó a podrirse. Resolvióse entonces enviar a un funcionario a parlamentar con los basureros en huelga. A su vuelta aportó noticias nada tranquilizadoras. Los basureros ya no se consideraban tales. La zona ocupada por los huelguistas relucía de pura limpieza. En vez de ser como antes un basural en medio de la ciudad era una zona aséptica en medio del inmenso basural. Eran tantos los peones de limpieza congregados en ese sector, que la consciente aplicación de su profesión apenas les demandaba una hora al día. El resto del tiempo lo ocupaban en reflexionar.
—¿Quiere decir que ya se encuentran camino del arrepentimiento? —se ilusionó el intendente.
—No lo parecen —respondió apenado el delegado.
—¿Informó a los huelguistas sobre el estado de la ciudad?
—Se mostraron poco sorprendidos. Dicen que ya habían observado en su trabajo que cada día la basura producía más basura, demasiada basura, y solamente basura. Ahora se niegan a recogerla. Dicen que ya es demasiado tarde.
—Nous soummees foutues —exclamó el Secretario de Cultura, y luego de adjudicarse el Gran Premio de Poesía desapareció del Palacio, sumando a tantos males el desamparo espiritual de la comuna.
Después de tanta acumulación las montañas de residuos comenzaron a desmoronarse. Avanzaron por las calles como un aluvión, convirtiendo en basura todo aquello que atrapaban en su marcha, así fuese monumento, semáforo, transeúnte, ins¬pector o cualquier otro objeto municipal. Los pobladores de Buenos Aires prefirieron no salir de sus casas, y si bien esto mereció largas y laudatorias editoriales sobre la recuperación de las sanas tradiciones hogareñas, la verdad es que desde entonces la basura comenzó a crecer tanto en los interiores como en las calles. Ambas corrientes se unían en puertas y ventanas con un siniestro sonido de deglución. Este beso de la basura anticipaba nuevos y crecientes ciclos de reproducción. Se prohibió la impresión de diarios y revistas, por entenderse que el papel impreso constituye siempre la parte más abultada de la basura, sin contar que como ya hemos visto servía de envoltorio y disimulo para el contrabando de residuos. Esta restricción a la libertad de prensa produjo una conmoción internacional y los telegramas de protestas del S.I.P. significaron toneladas de papeles que casi cubrieron el Palacio Municipal.
Fue cuando apareció ese viejo apenas cubierto con una sábana andrajosa. El vagabundo o profeta se empinó en lo alto de esa humeante montaña de basura y señaló hacia el oeste. Nunca se supo lo que dijo (en caso de haber dicho algo), pero entonces se formó una larga fila de retirantes que abandonaban la ciudad. Los encumbrados funcionarios que en señal de protesta se quemaron vivos (a la usanza de los bonzos vietnamitas) no lograron otra cosa que enriquecer con sus cadáveres la variedad de residuos y hedores, pero sin lograr detener con tales gestos el éxodo de los contribuyentes municipales.
Cuando en las afueras de la ciudad la caravana desfilaba frente a las torres radiotelefónicas, escucharon la última información oficial: "En plena etapa de recuperación económica, la población de la capital se ha lanzado alegremente en viaje de merecidas vacaciones..." La voz del locutor se quebró y finalmente se produjo un penoso silencio en el instante que la basura cubrió totalmente las torres de transmisión. Mareas viscosas confluían para volver a unirse en la vuelta redonda de la serpiente que se devora a sí misma. Sin comienzo ni fin brotaba la materia fundamental de la galaxia y el colibrí: trémula fuerza fosforescente sin pesantez engulló a la caravana de fugitivos y fue borrando el recuerdo de la ciudad. Y una llanura pura y desolada —tal como la soñaron los basureros en huelga— quedó a la espera de una nueva fundación de Buenos Aires.

Para seguir leyendo:

-Los ojos de Celina
-Un poderoso camión de guerra
-El misterioso cocinero volador aparecido en el Hotel y Pensión Esquina.
 

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