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martes, agosto 11, 2026

"Tres maestros", por César Aira

Hace unas semanas atrás el sitio web grandioso Ahira subió completita la revista El Porteño, desde 1982 a 1993. Todavía no tuve el tiempo de ponerme a hacer un buen rastrillaje (aunque a vuelo de pájaro vi la repetición de tres nombres que me interesan bastante: Miguel Briante, Jorge Di Paola y Rodolfo Fogwill). 

En esa mirada liviana me crucé con una selección realizada por César Aira en 1989 de, según sus palabras, "tres maestros": Perlongher, Carrera y Osvaldo Lamborghini. Pueden ver en el número en particular cuáles textos eligió: "Las tías", de Perlongher; un fragmento de "Mi padre", de Carrera: y "La palangana" y "Una mujer", de Lamborghini. 

Lo que me gustó fue el breve texto de presentación que Aira delineó para la nota. Dos cositas que me llamaron la atención durante la lectura: la mención a Laiseca ("Como en el caso de Laiseca, no apreciarlo [a Perlongher] conduce al masoquismo"); la comparación de OL en Pringles como "una murena". Esta no deja de enviarme, al menos por homofonía, a H. A. Murena y a una estrategia similar usada por Hugo Savino en su ensayo "Murena, la palabra justa" publicado en la revista Innombrable, n. 1, en 1985. 

Por otro lado, qué ganas de que alguien alguna vez escriba un buen texto biográfico, crítico o lo que sea sobre la amistad y la potencia literaria entre Aira y Carrera. Es un asunto bastante subestimado a la hora de hablar del genio pringlense...

Bueno, basta de vericuetos introductorios. ¡Que disfruten del bello texto sobre los tres maestros! ¡Y gracias de nuevo al laburazo de Ahira al disponibilizar todo este material! 

 

Tres maestros (César Aira)

Los poetas son maestros de poesía, pero sus acólitos son sus maestros y los maestros son discípulos, y la poesía en general es el arte de hacer proliferar a los poetas. Trabajan con una distracción apasionada que los pone fuera de sí, en series intersubjetivas, en el centro de rombos incongruentes en cuyos extremos están el maestro de todos los discípulos y el discípulo de todos los maestros, y ellos en el medio, en un espejeo que los enloquece de felicidad propia y ajena. Practican el snobismo de todas las modas, para ser más veloces que el tiempo, y perfeccionan sus técnicas sólo para poder trabajar más, y más rápido. Los poetas en general son artistas de la proliferación. 

Carrera, Perlongher y Lamborghini son tres maestros en los que podemos confiar: su actividad respalda un flujo prolongado de intensidades y velocidades. Por otro lado, ellos mismos son series; los tres han creado su propio mito de lo innumerable personal. Carrera ha sido el más consecuente y espléndido, el bardo eficaz de la multiplicación de los niños y los éxtasis, post-vanguardista nato. Perlongher practica un body-art de telepatías intrincadas. Como en el caso de Laiseca, no apreciarlo conduce al masoquismo. Y Osvaldo Lamborghini, el venerable padre espiritual de nuestro comité (él nos reveló que existía un comité, para empezar) es en su divertidísima persona la teoría y práctica de la serie: una puntuación, una pura y gloriosa puntuación, la música de las dichas y desdichas de la vida. 

Y una curiosidad histórica. un epifenómeno de la lectura: hace unos años hubo un sitio donde coincidieron los tres maestros, un pueblito de la llanura del sur bonaerense, de tous les lieux, Pringles. Antes y después de la poesía, la biografía hace avanzar las imágenes (y, por cierto, tenemos permiso para un leve sobresalto): Perlongher eligiendo ropa vernácula en la Casa Aira, en compañía de un bellísimo negro bahiano; Lamborghini, fijo como una murena de las profundidades en el bar del Hotel Pringles, tomando whisky con sus ojos saltones sobrenaturalmente fijos en la televisión; Carrera paseando en auto por las calles desiertas a la madrugada, con sus hijos dormidos en el asiento de atrás y Nina Hagen al mango en el stereo. ¿Qué más se necesita para garantizar la proliferación?

Fuente: El Porteño, n. 37, año IV, enero de 1985, p. 63.

sábado, enero 31, 2026

Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico (entrevista de Guillermo Saavedra)

Leí a Peyceré hace unos años, como quien da un salto de fe. Había encontrado en saldo de la editorial Adriana Hidalgo, Las muchachas sudamericanas (antes llamada Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas) y me lo había llevado por referencias cruzadas provenientes de artículos y entrevistas de Fogwill, Aira y Laiseca. No podía ser un mal escritor, una obra despreciable, algo debía haber ahí... 

Efectivamente Las muchachas... me sorprendió gratamente y luego dos personas cercanas me hablaron del Evangelio apócrifo de Haddatah, el libro que mencionaban con énfasis los popes del contracanon literario nacional en los 80. Tardé en conseguirlo pero también lo hallé y lo leí con deleite, acá pueden leer una líneas al respecto. Ahora me gustaría leer todo lo que publicó, claro, y en eso estamos.

Hace unos días conversando con mi amigo M. M. sobre Peyceré me mencionó una entrevista desconocida para mí en un libro aún más desconocido: La curiosidad impertinente, un recopilación de entrevistas hechas por Guillermo Saavedra entre fines de los 80 y principios de los 90, publicada por Beatriz Viterbo. Además de Peyceré los nombres del índice son sorprendentes: Saer, Piglia, Bioy, Laiseca, Libertella, C. E. Feiling, Martini, Gusmán, Cohen, entre otros.

En fin, leí con mucho placer la entrevista de Saavedra a Peyceré y le sentí eso que su escritura me había transmitido: la fascinación con el pasado y con un vocabulario del pasado, la descripción detenida como una forma de narrar. Pasen y lean y si les llama la atención, no duden en darle una chance al autor de Las muchachas sudamericanas, que varios de sus libros se consiguen aún con facilidad.   


Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico 

Entrevista de Guillermo Saavedra 

Dedicado inicialmente a la medicina y aficionado al dibujo, Nicolás Peyceré fue derivando, de veinticinco años a esta parte, hacia el psicoanálisis y la literatura. Autor de textos de poesía y ensayo, prefiere que se mencionen sus tres libros de narrativa: Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas (1979), El evangelio apócrifo de Hadattah (1981) y La explicación (1986), además de sus Poemas elegidos (1991). En ellos se despliega un infrecuente proyecto experimental, que Peyceré insiste en discriminar del vanguardismo y la marginalidad. 

Razonablemente un poco menos joven que su escritura, canoso, de estatura y complexión medianas, Nicolás Peyceré parece haber cruzado los cincuenta años. Hay que deducirlo porque él, amparado en una mezcla de timidez e intransigencia principista, se rehúsa a ofrecer datos personales: “Si me proponen una entrevista, me imagino a alguien mirándome a través de una persiana. Prefiero exponer mi escritura en lugar de mi persona, porque no soy un actor, soy un escritor. Además, desconfío de las psicobiografías”. 

Cuando el cronista le promete no utilizar esos datos para intentar, a partir de ellos, una exégesis de sus libros, este hombre de grandes anteojos que parece rehuir también los largos parlamentos se atreve a escanciar algunas gotas de su historia: una infancia transcurrida en pleno centro porteño, estudios en el colegio Champagnat, la carrera de médico, un viaje por Europa que duró varios años, su desempeño como médico rural, su afición al dibujo. 

En algún momento —Peyceré no condesciende a dar razones, aduce no saberlas—, el psicoanálisis y la literatura comenzaron a desplazar a la medicina y el dibujo: “No fue una inclinación sino algo que sucedió. Yo pensaba seguir trabajando como médico rural, cosa que me gustaba mucho y aún sigue gustándome. De cualquier modo, reconozco una dedicación más o menos sistemática a la escritura desde hace veinte años. Pero me encuentro más cómodo con escritores jóvenes, con escritores de veinte años que con aquellos que tienen veinte años de escritores”. 


¿Cómo piensa la actividad literaria quien hace ya dos décadas le dedica algunos de sus mejores afanes? Peyceré —que hubiera preferido una entrevista “a la Gilles Deleuze” y sin embargo soporta estoicamente la presencia electrónica y nipona de un grabador maltrecho— dice, mientras se ayuda con unas anotaciones pertinentes: “Creo que, por un lado, están los escritores que constituyen la vanguardia. Pero ésta, en literatura, aparece más bien como un catálogo de autores. Las vanguardias se superponen, unas encima de las otras, de modo tal que, finalmente, todo es o ha sido vanguardia. Podría decirse incluso que los escritores de vanguardia suelen estar designados. Por otro lado, están los escritores nómades. De éstos, no se sabe. No están a los costados como los marginales sino en cualquier parte. Como dice Kafka: ‘Es imposible comprender cómo han penetrado hasta la capital; sin embargo, están allí, y cada mañana da la impresión de que su número ha aumentado’”. ¿Se considera un nómade el que dice —lee— estas palabras? “Podría ser —responde Peyceré, en un modo potencial que parece estar implícito en todas sus afirmaciones— pero el de nómade es un concepto que se emite desde un lugar central, desde un punto fijo. Por eso los nómades no saben de sí mismos. Dice Nietzsche, también, de ellos: ‘Llegan como el destino, sin causa, sin razón, sin miramientos, sin pretextos’”. Palabras, las de Kafka, las de Nietzsche, las del propio Peyceré, que hablan más de obras que de hombres. ¿Cómo son estas profanas, nómades escrituras? “Se trata de escrituras no situables, errabundas, desprolijas; textos inacabados aunque lleven la palabra ‘fin’. Los nómades tienen los horizontes desaliñados, los campos visuales cortados por escotomas y sus escrituras suelen ser arrancadas de crónicas; a veces, tienen todavía hilachas de esos arrancamientos. Son escrituras sentadas, como la figura egipcia Quah ab ra: no podemos hacer mucho con ellas”. 

¿Hay modelos para esta escritura transhumante? ¿Quiénes son los nómades de esta genealogía peycereana? El hombre tímido, apenas entrevisto, se dispone a espiar por las persianas de su propia memoria: “Pienso en escrituras muy antiguas. Por ejemplo Le roman de la rose (que por supuesto nada tiene que ver con El nombre de la rosa); pienso, también, en libros que no son estrictamente literarios, libros de botánica y de viajes; pienso en Julio Verne, en la Encyclopédie, en la Imagerie d’Epinal, vieja colección de láminas”. 

Inevitablemente, el hombre habla por su obra. En los textos de Peyceré, hay una insistencia en lo visual, una manera de representar su mundo que se vuelve obsesivamente sobre pinturas, grabados, láminas, dibujos. ¿Qué razones vuelcan la escritura sobre esas exposiciones? ¿Tal vez una inteligencia barthesiana que ofrece láminas para ser leídas? El nómade escritor y dibujante responde en voz muy baja: “Las láminas —también ciertas voces, ciertos gritos— constituyen una intermediación entre lo que escribo y lo que se llama la realidad. Obviamente, la intermediación está siempre; pero hay un uso distinto de ella en la lámina, en el lenguaje de mis obras. La escritura verosímil, el realismo, supone la mediación del lenguaje-institución, lo consensual, lo que está en boga. En el caso de mi escritura, reemplazaría la palabra ‘verosímil’ por el concepto de ‘intertextualidad’. Es decir, un texto que tiene como intermediación otro texto; pero ese texto ocasional no es lo que está en boga. Los nómades, en su errabundeo constante por infinidad de textos, se parecen a los hombres del paleolítico que eran, a la vez, recolectores y cazadores”. 


Peyceré —anteojos de gruesos cristales y sólido marco de nácar negro— ha sabido traducir su metáfora de los campos visuales, escotómicos, segmentados, en una obra que ofrece una mirada fragmentada de un mundo subjetivo: “Se puede hacer una artesanía sin deshacer la sintaxis; dejar palabras-frases sueltas que sean un relieve, donde las secuencias no sean causales sino seriales”. 

Relieve, serialidad: por las rendijas se escapa el peycereano celo por vincular su oficio de palabras con la pintura y con la música: “Creo que estas disciplinas artísticas poseen un lenguaje mucho más avanzado que el de la literatura. Por eso siempre estoy buscando esa hibridación que se produce cuando un escritor está sobresaltado por una pintura o por una percusión. Es entonces cuando los acontecimientos se unen a través de frases que son zeugma, o cartografías. Así como en la música la atonalidad es concebida como un sistema de relaciones sin puntos de referencia fijos, me interesan —del lenguaje— las mutaciones sintácticas, las enumeraciones con zeugma, las elipsis, la palabra imprevista. Estos serían los elementos de una técnica que se corresponden con esa imagen de los escotomas que antes mencionaba”. 

Elipsis, zeugma, escotomas: procedimientos que tienden a escamotear datos; una literatura que desde lo que dice y lo que muestra parece estar hablando de una ausencia. Lo que se elude, ¿se calla por pudor o por ignorancia? “Por ambas cosas —dice el hombre de nombre y apellido agudos—: a veces no digo más porque no sé más y, otras veces, por una cuestión de intimidad. En última instancia, no sé por qué escribo como escribo. Mi escritura sabe más que yo”.


Pero, ¿por qué fragmentos, por qué esquirlas de una realidad que se sospecha más vasta?, insiste el cronista a través de la persiana. Nicolás Peyceré duplica el plano de la charla: “Podría decirse que hay dos aspectos vinculados a mi escritura. Uno, que sería el de la ocasión y tiene que ver con mi vida; y otro, el de la técnica, es decir el de la artesanía. Si me preguntan por la fragmentación, por ejemplo, no sé muy bien qué pasa con ella. Pero sé que hubo una ocasión. Sobre todo en Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas, que inauguró ese tipo de escritura y que fue escrita en los escasos momentos libres que yo tenía y, en consecuencia, me llevaba forzosamente a la fragmentación. Después sí vino una suerte de justificación artesanal: pensé que el lector se fatigaría con textos muy largos, que debía dejar, entre fragmento y fragmento, espacios de respiración, de descanso”. 

¿Qué le ocurre a Peyceré como lector de su propia obra, una obra que, según él mismo dice sabe más que él mismo? ¿Vislumbra, tal vez, una teoría del conocimiento, una concepción de la literatura y del mundo? Sonriente, susurrando, amablemente, contesta revisando sus papeles: “Sucede que esta especie de nomadismo me aleja —creo que por suerte— de las teorías. Me pone más en ocasión con mi vida y con la artesanía. Algunos hablan de epistemología y hacen preguntas del tipo: ‘¿Qué uso?’, ‘¿Qué no-uso?’, ‘¿Qué es escribir?’. Estas no son preguntas que se haga el nómade artesano”. Claro que el nómade está a salvo de las teorías pero no del sentido: “Las escrituras nómades son como los caminos de las hormigas: las palabras van, llevan cosas, no se sabe bien para dónde. Pero, aun despojadas de contexto, o acompañando despojos de contextos, las palabras suelen tener sentido. Esto lo saben los nómades. Saben también que ese segundo despojamiento, el del sentido, ni siquiera se logra con la Ostranenie, la técnica de desfamiliarización de la que hablaba Shklovsky”. 

Evangelio apócrifo, Novela: desde el título mismo los textos de Peyceré ponen de manifiesto su carácter ficcional y delimitan su filiación genérica. ¿Cuál es la relación del errabundo voceador de láminas y los géneros? “La de los géneros es una cuestión que me interesa especialmente. Sobre ello, suelo hacerme dos preguntas: ¿Por qué ceñir los géneros a los tres de la preceptiva clásica? y ¿Por qué suprimirlos, por qué no dejarlos extendidos, ampliados, diseminados, incluso rasgados? Se me ocurre que hay una multitud de géneros, de vestiduras con las que una escritura puede presentarse. Citaré algunos, arbitrariamente: la menipea, a la que Joyce da nuevos aspectos en su Ulises; el género pornografía, que alcanza su excelencia en revistas como Squire o Elle; la crónica americana, como las Memorias del general Paz; la poesía narrativa, que luce en la obra de Cesare Pavese; la novela segmentada, que aparece en Las mil y una noches, en El Quijote, en Rayuela; el género crítica literaria, que hermosamente dio Roland Barthes; las enciclopedias devotas, como el Essai de Merveilles de Etienne Binet; ¿y qué género podríamos inventar para ubicar, por ejemplo, Las tentaciones de San Antonio de Flaubert?”. 


Dentro de ese panorama ejemplar e inconcluso que el escritor ha ofrecido, hay un género —el evangelio apócrifo— en el que admite haber incursionado. Este hombre, que en algún momento de la charla ha reclamado para el escritor “humildad para corregir intensamente los textos y circunspección para rodear de una esmerada atención cosas y sucederes” ha querido volver a contar la buena nueva. ¿Por qué escribir una historia tantas veces escrita, tanto tiempo atrás? La pregunta le viene de perlas al nómade discreto para musitar cordialmente, sin temor, ni temblor, su última cita: “¿Por qué construimos una silla? Para sentarnos, ¿verdad? ¿Y por qué seguimos construyéndola de igual forma que las anteriores? ¿Por qué repetimos? Tal vez porque, como dice Kierkegaard, lo que se repite en una repetición es justamente que no se repite”. 

Publicada en la revista Vuelta Sudamericana, Nro. 16, Buenos Aires, noviembre de 1986. Luego recopilada en el libro de entrevistas de Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, pp. 95-99.

jueves, junio 12, 2025

Wilcock, el precursor (Ricardo Strafacce)

Este artículo publicado por Ricardo Strafacce en la revista Mancilla fue una de las razones por las que me asomé a la obra de J. R. Wilcock. Creo incluso haberlo dejado asentado en estas razones para leer El caos. Me debía esta exhumación. ¡Ojalá les guste tanto como a mí! 

Wilcock, el precursor (Ricardo Strafacce)


I.

Curioso destino el de Juan Rodolfo Wilcock. De cenar varias veces por semana con Borges en la casa de Bioy Casares y codearse con la corte que rondaba a las hermanas Ocampo a partir a Italia, protagonizar una película de Pasolini, tomar la decisión de escribir en italiano (la lengua de su madre), hacerse novelista y, misteriosamente, convertirse en precursor de Aira y Lamborghini.

Era de algún modo borgeana la relación de Wilcock con el castellano. Según se cuenta en el magnífico dossier que Guillermo Osvaldo Piro, D. G. Helder y Ernesto Montequin publicaron en el n.° 35 del Diario de Poesía, hijo de padre inglés y madre italiana, Wilcock nació en Argentina pero recién aprendió el castellano alrededor de los seis años, cuando la familia se trasladó a Londres. No fue esa la única extravagancia de la que cuenta este dossier: ya en Buenos Aires, integrado al grupo áulico de la revista Sur, “asiste a tertulias literarias que interrumpe simulando ataques de epilepsia, provocando pequeños incendios de mobiliario, etc”. Singularmente paranoico — anotan Piro, D. G. Helder y Montequin—, temía ser envenenado, a tal punto que en una oportunidad concurrió a una cena de la SADE llevando su propia comida. En 1957 partió a Italia para ya no regresar.

Ya estaba en Italia cuando empezaron a publicarse en distintas revistas los relatos que posteriormente se integrarían en El caos, su primer libro de relatos (hasta entonces sólo había publicado poesía), escrito originalmente en castellano. El dato es importante porque una vez establecido en Italia escribió, en italiano, una obra extraordinaria. Además de libros inclasificables como Hechos inquietantes (1960), La sinagogade los iconoclastas (1972), El estereoscopio de los solitarios (1972) y El libro de los monstruos (1978), publicó cuatro novelas que aún hoy siguen sorprendiendo: Los dos indios alegres (1973), El templo etrusco (1973), El ingeniero (1975) y, en colaboración con Francesco Fantasía y ya póstumamente, La boda de Hitler y María Antonieta en el infierno (1985).

Toda esta obra era desconocida en castellano hasta entrada la década del 90, a excepción de la traducción de La sinagoga de los iconoclastas que Joaquín Jordá hizo para la editorial Anagrama en 1982. Ya en el fin de esa década y los primeros años de la del 2000, las excelentes traducciones que Ernesto Montequin y Guillermo Piro hicieron para Sudamericana permitieron que en la Argentina se conociera a un escritor al que casi nadie, hasta entonces, le había prestado atención. Wilcock se había ido del país como un poeta neoclásico que escribía en castellano. Cuarenta años después, la traducción de sus libros y su edición y difusión, nos lo devolvían como un vanguardista revulsivo, originalísimo, absolutamente genial. Un precursor, como se adelantó, de Lamborghini y de Aira.

De un texto de Borges provienen —como casi todo— estos apuntes. 

 

II.

“Si no me equivoco —leemos en ‘Kafka y sus precursores’—, las heterogéneas piezas que he enumerado (Zenon, Han Yu, Kierkegaard, Browning, Bloy, Dunsan) se parecen a Kafka; si no me equivoco, no todas se parecen entre sí. Este último hecho es el más significativo. En cada uno de estos textos está la idiosincrasia de Kafka, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos; vale decir, no existiría. [...] Cada escritor crea a su precursor. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar la del futuro”.

En 1973 se publicó en Buenos Aires Sebregondi retrocede, de Osvaldo Lamborghini. El libro, en desmedro de la intensidad poética que lo recorría, llevaba incrustado un relato hiperrealista —“El niño proletario”— que había sido escrito en 1969 y oscureció al resto del volumen (claramente superior) y que después, con el paso de los años, se hizo lugar común y vulgata. De hecho, parece que hay alumnos que terminan la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires sin haber leído otro texto de Lamborghini que “El niño proletario”. Lo cual es llamativo, porque se trata del texto menos lamborghiniano que firmó Osvaldo Lamborghini. Pero no es tan grave: me dicen que en la Universidad pasan cosas peores.

Volviendo a “El niño proletario”, leamos un fragmento:

“Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

“Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban. Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le tiró encima primero [...] Él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! Y prolongó el tajo natural [...] Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de la alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies [...] Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos falanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos sin todavía el prístino argénteo fin de muerte”.

La violencia contra un niño relatada sin escrúpulos, la violencia glacial y obscena detallada hasta la lujuria impactaron en aquel 1973 cuando Sebregondi retrocede se publicó (y, por lo que se ve, siguen impactando, al menos en la Universidad). Lo notable es que la cuestión distaba de ser nueva. Sin abundar en otros antecedentes, en junio de 1960 la revista Ficción había publicado el cuento “La fiesta de los enanos”, de Wilcock, que posteriormente se incluyó en El caos. Así como en el relato de Lamborghini tres niños burgueses torturaban y mataban a un niño proletario, en el de Wilcock dos enanos torturaban y mataban a un niño de estatura normal:

“El enano procedió a arrancarle el pijama y la camiseta, con la ayuda del cuchillo de caza; luego, para probar la temperatura, le trazó una raya sobre el pecho con el soldador, desde la garganta hasta el ombligo. Al oír el grito prolongado del muchacho, entró Alfio [...]. Apenas vio el soldador [...] trató de apoderarse del aparato eléctrico. Présule no quería dárselo; tanto insistió y tironeó sin embargo su compañero, que finalmente le concedió permiso para que también él hiciera un dibujo sobre el vientre de Raúl. Con una sonrisa angelical en los labios, Alfio trazó sobre la piel tersa y morena una carita provista de ojos, nariz, boca y orejas. Cuando terminó, el muchacho se había desmayado. [...] Présule tuvo que reanimarlo vertiéndole el frasco de cola líquida en la cara; luego le hizo beber un sorbo de la botella de aguarrás, para disolverle la cola que eventualmente le hubiera entrado en la boca. Atado de pies y manos, Raúl se sacudía espasmódicamente, mientras el otro enano, armado de un punzón, se esforzaba por extraerle el menisco de la rodilla derecha; aunque todos sus esfuerzos en ese sentido habrían sido vanos si Présule no lo hubiera ayudado con el cuchillo de caza. No sabiendo que hacer con el menisco ensangrentado, se lo metieron a Raúl en la boca, para que no gritara tanto”.

No nos interesa investigar si Lamborghini tuvo o no acceso a aquel ejemplar de la revista Ficción donde, en 1960, se publicó “La fiesta de los enanos”. Nos interesa pensar que podríamos verlo como un antecedente. O un precursor.

 

III.

Tampoco es importante indagar (aunque lo hemos hecho, con resultado negativo) si Aira había leído El templo etrusco, publicado en 1972, en italiano, cuando, en 1991, escribió La costurera y el viento (la edición en castellano de la novela de Wilcock es de 2004, de manera tal que en este caso no hay nada que indagar). Pero tal vez aporte algo recordar el camión en el que se abisma Delia en La costurera y el viento y compararlo con el aljibe que se encuentra en el patio de la zapatería de El templo etrusco.

Leemos en Aira:

“Tardó unos agonizantes segundos en comprender que al ponerse de pie había metido el cuerpo por dentro del volante [...] Se acordó de sacar los pies del asiento. Pero tuvo que volver a ponerlos en él, más aún: pararse sobre el asiento para acceder a los aposentos del camionero. Sabía [...] que la entrada estaba por encima del respaldo, y allí se asomó a mirar: Había un doble biombo horizontal que cortaba dos veces una luz dorada [...] Se metió, las piernas primero. Al descolgarse cayó más de lo que esperaba. Se deslizó por uno de esos biombos, que se inclinaba por estar pegado a la pared trasera de la cabina con bisagras. Se vio en ese dormitorio rutero del que tanto había oído hablar. Había dos camas muy cerca una de la otra, las dos sin hacer, el desorden y la suciedad eran indescriptibles: revistas de historietas, ropa, aves disecadas, cuchillos, zapatos... Una velita encendida sobre la cómoda alumbraba el tugurio. [...] Salió por una de las dos puertas, al azar, y atravesó un cuarto de trastos que no miró, rumbo a otra puerta, al otro lado de la cual había un saloncito con sillones de cuero. [...] El salón tenía cuatro puertas, una a cada lado. Todas estaban abiertas. Echó una mirada por la más oscura, que daba a un pasillo, y luego a la siguiente: una oficina, con un gran escritorio de tapa, donde se repetía el desorden y la suciedad del dormitorio. Se metió por ahí, salió por la puerta del otro lado y se encontró en un vestíbulo con sillas”.

Leemos en el precursor:

“El capataz miró a su alrededor: no había ninguna puerta o escotilla. Al salir de nuevo al patio, advirtió que en el centro había un aljibe. Apenas lo vio, Atanassim comprendió que la vía de acceso — siempre y cuando allí existiera un sótano debía de estar dentro de ese aljibe [...] La entrada debía de encontrarse en el fondo del pozo, o bien en uno de los lados. Sin pensarlo dos veces, se trepó al aljibe y comenzó a descender [...] De pronto Atanassim apoyó el pie sobre el ladrillo flojo, trastabilló y habría caído si no se hubiese aferrado a ciegas a una especie de manija oxidada que se dobló rechinando bajo el peso de su cuerpo Era la manija de una puertita de metal, escondida en la pared del pozo. Atanassim permaneció un instante suspendido en el vacío [...] Luego la puerta cedió y el capataz cayó de costado en la oscuridad total de un túnel abierto en la tosca del subsuelo. [...] Avanzó por el túnel, húmedo y sofocante, apenas iluminado por unos pocos rayos de luz tenue que se colaban a través de las hendijas de unas puertas de madera. Estas puertas, casi todas cerradas, se alineaban a intervalos regulares a la derecha del túnel y daban a otros tanto cuartitos todos iguales y todos al parecer vacíos.

“En cierto momento, sin embargo, el espeleólogo divisó en uno de esos cubículos a un viejo hundido en un sillón cubierto de telarañas. [...] Dos puertas más adelante, en otro cuartito, se toparon con una joven sentada delante de una mesita. La muchacha les hizo señas de que entraran. No era fea, o no lo habría sido si una enorme nariz ganchuda como el pico de un buitre no le hubiera alterado bastante la armonía de sus proporcionadas facciones”.

 

IV.

En el caso de Lamborghini, el antecedente común es más difuso, aunque seguramente hay muchos. En el caso de Aira parece inevitable pensar en la concepción de los espacios de Kafka, espacios siempre desplegables infinitamente, percepción que también puede rastrearse en Levrero.

Lo cual ya sería demasiado para estos meros apuntes. Baste, para terminar, repetir a Borges: Aira y Lamborghini no necesariamente se parecen (y en su frondosa correspondencia jamás mencionaron a Wilcock). Pero en algunos textos de uno y otro creo percibir la idiosincrasia del autor de “La fiesta de los enanos” y “El templo etrusco”. En cualquier caso, sobre Wilcock está escribiendo, o escribirá pronto, sin dudas con mejor erudición y concepto, Ernesto Montequin. Solo cabe esperar.

 

En Mancilla, n. 9, año 3, noviembre de 2014, Buenos Aires, pp. 74-77.




martes, mayo 25, 2021

Archivos digitales. Todo Aira

Continúo con la sección sobre archivos digitales por la que ya pasaron Mágicas ruinas y Ahira. Mi intención es interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante. 

En esta oportunidad, es el turno de Todo Aira, una página de Facebook que desde hace varios años viene recopilando y poniendo en discusión la producción desbordante del escritor argentino César Aira. Reseñas, relatos, traducciones, fotografías, fragmentos: en Todo Aira cualquier material que se vincule con este autor tiene su lugar. Muy amablemente, Diego Cano, quien lleva adelante este archivo, respondió algunas preguntas. 

Me interesaron sus reflexiones sobre la comunidad de lectores que se va armando alrededor de un autor como Aira, las limitaciones y virtudes de llevar un archivo en una red social como Facebook y la necesidad crítica de seguir pensando la obra aireana.

¡Pasen y lean!

 

Archivos digitales. Todo Aira

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Todo Aira

Diego Cano: Todo Aira surge de la necesidad de compilar el material inmenso de producción de César Aira que se encontraba disperso y muchas veces de difícil acceso. Personalmente venía realizando el trabajo de juntar todo ese material y me empecé a dar cuenta de que algunos, pocos lectores, guardaban el material con recelo sin compartirlo, como si eso fuera un valor. Al mismo tiempo notaba que la mayoría de los lectores no tenían acceso a esa producción inmensamente rica y continua que es Aira, y que también había avidez lectora por acceder a las reseñas, críticas, entrevistas y artículos. Todo Aira surge de la idea de juntar dos cosas de mi vida, el placer por la lectura de Aira con mis conocimientos y trabajo de redes sociales. Así fue que armé la página. 

GC: ¿Qué criterios utilizás para seleccionar el material a digitalizar? 

DC: Los criterios de selección y puesta online dependen mucho de la plataforma que decidí utilizar. Todo Aira no es un blog ni un sitio por lo que Facebook ya limita la posibilidad de compartir. Las redes sociales tienen una característica que pocos terminan de entender: cuánta más interacción hay, llegás a más público. La página no tiene una cantidad masiva de seguidores, pero sí tiene seguidores permanentes y fieles al contenido. La idea fue hacer algo despersonalizado, quitar el poder de quien dice: “ah, este material es mío”, no tenía ninguna necesidad de poner mi nombre ahí y eso daba la posibilidad de generar un ambiente de mayor debate y participación. Lo que se terminó generando es una comunidad de activos miembros que comentan y debaten (dentro de los límites de una página de Facebook) sobre todas las novedades permanentes que surgen sobre César Aira. Todo Aira es una poética, es todo, realmente todo sobre Aira. Por eso comparto comentarios, críticas, menciones en Twitter, fotos de Aira con lectores, fotos de los libros dedicados y todo lo que junto y muchísimo material que la gente me hace llegar sin parar creando un clima alegre que tiene mucho que ver con el espíritu de la literatura aireana. 

 

  

GC: ¿Qué virtudes y qué defectos encontrás en sostener Todo Aira en una plataforma como Facebook? 

DC: Facebook tiene dos grandes limitaciones para un archivo de este tipo. La primera y más difícil de sortear es el buscador que es pésimo. Eso dificulta ir a atrás y encontrar material para los usuarios. La segunda dificultad es que Facebook baja la calidad de las imágenes lo que resulta en un problema de lectura del material que comparto. Me han sugerido crear un blog o una página, y la verdad que esto lo hago sin recursos en mi tiempo libre y embarcarme en semejante proyecto implicaría un volumen de trabajo y costos que no puedo asumir. Igualmente, estoy muy satisfecho con el resultado a pesar de estas dificultades del formato. Creo que la virtud de Facebook es llegar al público lector fuera de la captura e intento de apropiación que parte de la academia quiere hacer de su obra como un coto de caza. Los lectores tienen ideas más potentes que mil artículos académicos sobre Aira, miren la página sino… 

GC: ¿Cómo se organiza el material al interior del archivo? ¿Hay secciones estables o categorías para ordenar lo que vas subiendo? 

DC: En principio, al no disponer de fondos y con las limitaciones que impone Facebook, el material no está organizado en secciones. Sin embargo, organizo los posts con cierto equilibrio de criterios: tapas de libros pocos conocidos, traducciones, artículos y entrevistas inhallables, notas periodísticas, fotos de lectores de Aira, fotos desconocidas del propio César Aira, traducciones de la obra de Aira a otros idiomas, memes, etc. Quiero destacar que la página es el primer lugar donde el trabajo de traducción enorme de Aira (¡tradujo 121 libros!) fueron puestos en conocimiento del público. La página dio inicio en junio de 2017 y después enseguida salió el Catálogo Aira, de Ricardo Strafacce, uno de los que más sabe sobre la obra de Aira. También por suerte acaba de salir en formato libro, La ola que lee. Artículos y reseñas (1981-2010), una selección de artículos y reseñas publicada por Penguin Random House que ya había sido subidos a Todo Aira. 

 

  

GC: ¿Qué intercambio tenés desde el archivo con los lectores de Aira y con el autor mismo? 

DC: El intercambio con los lectores es permanente, aportando material, generando comentarios, debatiendo algunos puntos, como dije anteriormente el mayor éxito de la página es haber generado esa comunidad de lectores. Con Aira tengo poca relación, aunque en excelentes términos. Empecé la página sin preguntarle hasta que alguien comento: “¿che, esto le caerá bien a Aira?”. Entonces me di cuenta que debía mínimamente preguntar si estaba de acuerdo o tenía alguna objeción. La respuesta fue inmediata, breve y concisa, “…me parece bien, me gusta lo que hacés, seguí adelante con los proyectos”. Ahí me quede tranquilo y avancé. Nos hemos visto una sola vez para charlar de cosas en general y de literatura, pero solo eso. A veces la gente escribe a la página pensando que es el propio Aira quien sube el material, o piensa que la página está hecha por un grupo de gente, y la verdad que es sólo en base a mi búsqueda obsesiva y permanente. Aprendí mucho leyéndolo y sigo absorbiendo cosas, porque su obra es infinita. Por ejemplo, a mí me gusta resaltar su literatura en general por sobre los ensayos, pero se puede ver ahí una genialidad que sólo es cercana Borges. Por eso hacer esta página es un inmenso placer personal de aprendizaje continuo. 

GC: ¿Creés que Todo Aira es un archivo replicable? Es decir, ¿serviría pensar un Todo Piglia, un Todo Saer o un Todo Puig

DC: Sí, ¡por supuesto! El tema es quién se tomaría el trabajo. Creo que el caso de Saer es más necesario aún, hay mucha cosa dispersa y está muy apropiado por los que supuestamente “saben”. El mundo lector saeriano es mucho más amplio y rico. Hacer un Todo Puig sería pura belleza, ¿alguien se atreverá? 

GC: ¿Cómo sigue Todo Aira? ¿Hay nuevos proyectos o ideas vinculadas al archivo? 

DC: La obra de Aira es infinita así que tenemos Todo Aira para rato. Creo que el desafío es ampliar los campos de circulación y debate. Si no hubiera sido por la pandemia, tenía el proyecto de armar un debate sobre qué hacemos con Aira. Estoy convencido que todavía no tenemos dimensión sobre lo que significa para los lectores, escritores y el mundo literario en general su narrativa. Al igual que con Borges, la literatura después de él debió pensarlo y apropiárselo para poder absorberlo y superarlo. Con Aira en ese sentido todavía queda un camino inmenso. Por ejemplo, Ricardo Strafacce y Juan José Becerra han dicho que Aira es más que Borges. Sin afirmar tal cosa, lo que está claro es que tenemos algo grande por delante y nos debemos todavía una crítica. Existen comentarios críticos respecto de su obra que circulan, pero son marginales y todavía no han logrado cristalizarse en un argumento sólido. Como dicen algunos, Aira espera todavía su crítica. Desde Todo Aira pretendo impulsar todo debate rico y respetuoso que sirva para la literatura por venir. 


 

 

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