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viernes, septiembre 04, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 2)

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1): Ángel Bonomini y Jorge Cruz 

de BERNARDO EZEQUIEL KOREMBLIT 

El recuerdo permanente de un gran escritor, de un amigo bienquerido —como lo es y sigue siéndolo Héctor Murena para la Sociedad Hebraica Argentina y para los escritores que esta noche lo recordarán— es una fuente nutritiva que alimenta nuestra gratitud y nuestra admiración, tanto como en el tiempo en que no era, como es ahora, un emocionado recuerdo sino la presencia de un hombre, un ensayista, un poeta, un espíritu y una inteligencia a quien podíamos ver y escuchar asombrados por su talento en ascuas y felices con la cordialidad de su compañía. Evocar hoy, a un mes de su desaparición, a ese amigo y significativa figura de la literatura en América, con nostalgia por su palabra conceptuosa y brillante, con asombro por su obra y con aflicción por su ausencia —desde el 6 de mayo la suya significa un bien perdido que no podemos recuperar sino nombrándolo y exaltando su personalidad—; equivale no sólo a un acto de justicia, literaria y humana, que nuestra institución y los intelectuales que nos acompañan cumplen en un Homenaje ponderativo pero no exento de melancolía, sino también al subjetivo deseo de seguir contándolo entre nosotros. La Hebraica agradece a Ángel Bonomini, Jorge Cruz, Alberto Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, William Shand, Enrique Pezzoni y David Vogelmann su participación en este Homenaje que nuestra casa rinde a quien estuvo vinculado a ella desde las páginas de la revista Davar y de la actividad cultural: Héctor Murena participó de ella solamente en dos Cursos —“La incertidumbre de nuestro tiempo" y “Esencias y existencias de un poeta”: con este Curso inauguró él el Ciclo qué desde entonces se repite anualmente—; pero esas ocho clases de Murena constituyen uno de los hitos memorables que han enriquecido y ennoblecido la actividad cultural de la Hebraica y que la institución, recordando a quien las dictó, puede mostrar con orgullo en su Cincuentenario. Tres días antes del 6 de mayo, Héctor Murena fue el nombre que elegimos para que nos representara ante el Fondo Nacional de las Artes en el Concurso de Ensayo para el bienio 1974-75, designación que Murena aceptó sin mucho entusiasmo por integrar un jurado pero con cordialidad y adhesión hacia nuestra casa. En suma, que este Homenaje significa el profundo reconocimiento y el hondo afecto que sentíamos por él y por la cálida amistad que lo tenía vinculado a esta institución que lo recordará siempre y no solamente lo recuerda esta noche. 

Nadie se va del todo si su espíritu, su pensamiento y su persona sobreviven en quienes lo amaron y admiraron. Los amigos aquí reunidos evocarán a Héctor Murena con la certidumbre de que Murena, que, a través de su denso intelectualismo, fue un artista, tendrá el testimonio de la permanente declaración de Baudelaire: “una de las expresiones más bellas y trascendentes del arte reside en las expresiones de quienes hacen justicia a aquel que pensó y sintió artísticamente”. 

Por una vez más, la Hebraica agradece a Bonomini, Cruz, Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, Shand, Pezzoni y Vogelmann su participación en este Homenaje al gran escritor, al querido amigo siempre vivo para nosotros. 


Aunque lo hago en nombre de la Hebraica, no puedo hablar de Héctor Murena con un frío aire impersonal, como si él no hubiese sido uno de los pocos escritores argentinos por quienes he podido sentir verdadero afecto y no únicamente admiración. En la trapalanda literaria que vivimos, los intelectuales hacia los cuales nos es dado sentir ambas inclinaciones pueden ser contados con los dedos de la mano por un manco, y que además sea mocho. Aunque mi trato con Murena no fue cotidiano sino espaciado y poco frecuente, fueron suficiente y bastante algunos encuentros para comprender tanto su ética insobornable como su talento en permanente combustión, su indeclinable actitud de humanista (que contenía al poeta, al ensayista, al novelista) como la conformación del artista indeclinable que lo distinguía. Murena me ha convencido de una deducción a la que he llegado viendo el cuadro dramático de nuestra época: que el poeta, el artista está condenado a una extrema peculiaridad personal: no pudiendo, orgánica, fisiológicamente inclusive, adherirse a un estilo general de vida, crea otro, personalísimo e incompartible. Y la desalentada conclusión no es menos dolorosa: no es el artista, el poeta, quien ha elegido su remota lejanía del mundo absurdo, falaz e insuficiente que lo rodea sino que ella le es impuesta por las nada elogiables circunstancias que caracterizan a la república de lobos en que vivimos. 

Con este titubeante preludio quiero preparar la conclusión y la síntesis de lo que he visto en Héctor Murena como escritor, y como hombre: un alma romántica (pues nunca me disuadió de ello su espesa selva intelectual) y una concepción universalista en medio de la cual la independencia espiritual —con su carga de la incomprensión y soledad— del hombre de letras, del típico y específico humanista que él era constituía el santo y seña con que se abría paso ante los centinelas de la asfixiante militancia: las vanidades y los cedazos y las especulaciones oficiosas en la militancia literaria y los totalitarismos y los objetivos antidemocráticos y liberticidas en la militancia política. Es indudable que a Héctor Murena lo ultimó su relampagueante inteligencia y en gran parte las desesperanzas de nuestro kakistocrático país: una desesperación propia de la lucidez, que en Murena era restallante y que compartía con muy pocos. Y sé también que en su misma obra y persona incisivas, atormentadas, indagadoras, coexistían una intensa ternura y una insomne sensibilidad. Todo ello, entonces, me lleva a la conclusión de que nuestro querido amigo, lo mismo que el genesíaco Rimbaud, por delicadeza, perdió su vida. 

Tengo la certidumbre de que lo evocaremos e invocaremos siempre como a uno cuyo comportamiento moral e intelectual en modo alguno contribuyó al escándalo, a la vergüenza, al drama desesperante que vive nuestro tiempo apocalíptico. Él fue un estético que supo ser también un ético; y de esta conjunción suya, advierto que la protección y el sostén y el auxilio espirituales y morales que tanto necesita la desvalida criatura intelectual que somos, la habríamos alcanzado si las dentelladas de un mundo cruel e implacable no hubiesen inmolado a Héctor Murena. 



de MARTA LYNCH 

A pocas semanas de publicar La alfombra roja, en una revista que dirigía Federico Peltzer apareció un artículo crítico sobre la novela. Lo hubiera olvidado ya de no haber sido esa una de las pocas actitudes serias que he recibido en mi vida profesional. El artículo estaba firmado por H. A. Murena. Entonces, hace exactamente doce años, Murena pasaba por un momento de real esplendor y esa circunstancia hizo más sorprendente su artículo en un país como el nuestro, canibálico y de una crueldad lozanamente heredada de españoles e italianos, país en el que se mezclan —curiosamente— la sofisticación, la ingratitud, y el resentimiento. No recuerdo ese artículo porque se me elogiara. Lo he guardado estrechamente en mi corazón porque fue un acto justo y mesurado dentro del cual estaba presente esta criatura humana que soy, que muy poca gente conoce a fondo. Murena señalaba entonces mi visión negra del mundo y la anotó como contrapartida de la visión rosada que fuera índice de vida de tantas generaciones femeninas anteriores, la intrepidez con que —loca de mí— me arrojaba a la literatura, el valor de esa actitud, el despojamiento de quien no iba a encontrar miel sino pruebas y amarguras, la realidad de la aparición de una mujer que creía tener algo que decir. Desde entonces nunca me separé de él. Fue la nuestra una amistad larga, profunda y muy callada, como esos afectos particulares que se mantienen a través de distancias continentales, de circunstancias existenciales distintas. Sin embargo, cuantas veces precisé de él, allí estaba. En ese momento Héctor era ya famoso (cuánto y cuán torvamente se estará riendo al escucharme); había escrito El pecado original de América, su fascinadora novela Las leyes de la noche, excelentes poesías. Era el secretario de Sur. En la plenitud de la vida gozaba de prestigio nacional e internacional. Viajaba y era buscado por sus contemporáneos. Y —como todas las personas de valor— era también sensiblemente desdichado. Entre nosotros ocurrieron hechos sorprendentes. En la mañana de un 3 de diciembre, me llamó por teléfono a eso de las diez para preguntarme cómo estaba. Le contesté que bien. Insistió en cómo estaban mis hijos. Mis hijos —gracias a Dios— estaban bien. No se conformó: “¿estás segura?”, insistió, “¿los tenés con vos?”. Sí, estaban conmigo. Eran las vacaciones escolares y potreaban dentro de mi casa. Cortamos y al rato volvió a llamarme: “¿estás segura que tus hijos están bien?”. Lo mandé al demonio. No seas lechuzón, no seas agorero. Me despreocupé. Una hora más tarde me avisaban que Ramiro, mi hijo más pequeño, había sido atropellado por un automóvil en la Avenida Libertador y estaba gravísimo. El chico fue operado, se salvó. Ni Héctor ni yo nos explicamos nunca el origen de aquel presentimiento tan vivo que había rozado casi el límite de lo posible. Lo hablamos a menudo y fue un motivo de preocupación y de felicidad; el chico se había salvado y él lo recordaba con frecuencia. “¿Y mi rescatado?” preguntaba. Hoy, el rescatado, lee las poesías de Murena en un libro hermoso que se llamó El demonio de la armonía


Poco tiempo después su vida personal tuvo un giro feliz porque con la excelente novelista Sara Gallardo compusieron un dúo sincero y armonioso; pero en el exterior, en la médula del país soplaban vientos que comenzaron a hacer girar su estrella de escritor. Porque Héctor fue víctima —como pocos— de una ferocidad ideológica que sacudió —y sacude— América latina. Su plenitud como escritor coincidió con un tipo de cultura marcada por pautas muy severas que a menudo ha hecho de mediocres, verdaderos dioses; y de escritores respetables, marginados de hecho. Murena, pues, pagó a un precio muy alto no aggionarse, no ponerse a la moda de una revisión que, en el 90 por ciento de los casos, no alcanza más que a la superficie cuando no al oportunismo. Fue rigurosamente insultado, expurgado sin la menor noción de justicia. Negado cuantas veces fue necesario hasta que verdaderamente su estrella se oscureció. En los anales de la arbitrariedad, ese Pequeño Larousse Ilustrado de la cultura argentina, el caso Murena reviste singular relevancia; porque a Héctor se lo negó por lo que creía ciega y hondamente, se lo combatió por lo que él sentía mejor, se lo olvidó por venganza. Y eso es maniqueísmo puro, sectarismo al revés. Asimismo trabajó con una periodicidad asombrosa: sus ensayos Homo atomicus, El pecado original de América, Ensayo sobre subversión, su trilogía de novelas: La fatalidad de los cuerpos, Las leyes de la noche, Los herederos de la promesa, El juez, en teatro, sus libros de poemas entre los que destacó a más de El demonio de la armonía, El escándalo y el fuego, y Relámpago de la duración, no son sino parte de aquel trabajo arduo, desesperado y absorbente. Tengo la alegría de recordar que a cada obra suya, correspondía una larga carta mía con críticas y generalmente, con alabanzas, que hoy me congratulo en hacer públicas. Mi corazón se alegra de haber sido con él una lectora tierna y leal. Se lo merecía. Lo cubrí de asombro y de curiosidad cuando publicó Epitalámica y lo llené de fastidio cuando me negué a discutir Polispuercón. Algunas de sus publicaciones en el dominical de La Nación fueron joyas para conservar celosamente. Pocas semanas antes de su muerte publicó una poesía cuyo nombre no retengo, por desgracia, de una relevancia más allá del elogio. Todo lo que escribía era lúcido y llenaba de interés cuando no de pasión favorable o de signo opuesto. Todo cuanto tradujo, todo cuanto estudió, formó parte de esa catedral sin fin de la cultura al decir de Bergmann, con una seriedad admirable. Su vida fue útil y dejó testimonios que el argentino recogerá ahora y —estoy segura— revalorizará mucho después. En su enternecedor cubículo de la calle San José hice con él algo que no he repetido con persona alguna, signo exterior de mi profundo orgullo: le anticipé cuentos y novelas. Su juicio fue la única opinión que recabé en todos estos años y me convencí de que —severo como era, arbitrario a veces— era también casi inapelable. En ocasión de publicar Al vencedor, novela con la que me jugaba mi destino profesional (dada la fácil resonancia de La alfombra roja), leí en la calle San José en voz alta, más de la mitad de la novela. Me miró largo rato con aquella cara suya tan extraña, cara de argentino sombrío, del hombre meridional, con su pelo oscurísimo y bien peinado, sus ojos vivos, su gran bocal burlona. “Qué mujer rara sos”, me dijo y luego, aludiendo a los soldados de mi historia, casi como si hubiéramos sido compañeros en el banco de la escuela repitió: “qué mujer rara, porque de vos puede decirse cualquier cosa menos que seas un conscripto...”. A veces, nos reíamos, de nosotros en particular, de otros por una justicia compartida. De Al vencedor dictaminó: “es tan perfecta su estructura que en la perfección reside su artificio”. Y tenía razón. 


Nos tomábamos el pelo con bríos inagotables: él, por mis arrestos patrióticos, por mis errores pasionales, por mi vocación de Juana de Arco sin hoguera. Yo, por su negrura infinita. “Serás el Capitán Veneno”, solía decirle para que aflojara. Cuando nació su hijo estaba muy contento. “Ya verás”, le decía en esas conversaciones telefónicas que debieron enloquecer a Entel. “Se te subirá a la cabeza. Te dije que el Capitán Veneno era cosa de tiempo”. Quizás no lo fue nunca o lo fue en un sentido recatado y riguroso que hacía doblemente valioso al sentimiento. Nunca accedió a visitar mi casa. No asistía a mis reuniones. “Prefiero conocerte suelta”, me decía. Y también en eso tenía razón. 

Quince días antes de morir hablamos por teléfono dos horas, cuarenta minutos, por reloj. Ya no nos peleábamos por problemas políticos ya que ambos compartíamos la desolación y el escepticismo. Ya no discutíamos acerca de literatura: estábamos siempre de acuerdo. Aún nos interesaba mucho la opinión que uno tenía del otro. Le gustaban mis llamados matutinos dominicales luego de la lectura de algún poema. Yo requería ansiosamente su opinión sobre mi última novela. “Me dicen que Un árbol lleno de manzanas no es del todo mala”. Aventuraba socarronamente con su bella vos afelpada. Yo sabía que estaba instándome a seguir de pie. Ahora ya no conversaremos más. Ya no estaremos más de acuerdo, ya no reñiremos acerca de mi viaje charter. Se fue de esta puerca vida dando un gran portazo. Yo sé que no se irá, nunca del todo. Para eso fue en vida un gran escritor. Y más aún, estoy segura —necesito creerlo— que está en paz, en una bruma dulce que se va aclarando, día tras día, conducido por la voz de aquella mujer que describiera en una poesía memorable. Una madre joven y bella, de 30 años, que usaba buenos perfumes y que se inyectaba ella misma los remedios para la tuberculosis. Estoy segura que había descubierto ya el misterio del abrazo maternal y en su oído de niño expectante ya no escuchará la tos nocturna y terrorífica sino la dulzura del llamado, diciéndole: “vamos, Héctor, vamos, vamos”. 

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 248-253.

jueves, agosto 20, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1)



Hace unos meses largos busqué algo que quería leer con ganas: el homenaje a H. A. Murena que realizó la revista Davar en otoño de 1976. Calculo que la referencia la había leído en la revista Artefacto con dossier mureniano de 2001 (agradezco a quien me lo pasó completito en fotos antes de la digitalización de AHIRA; no recuerdo tu nombre, amigo virtual, pero quede expresada mi gratitud). 

En todo caso, ahora que recomenzamos con los encuentros para leer el ciclo de novelas "El sueño de la razón" y a pedido de una exigente y querida participante que reclama la despedida de Victoria Ocampo (quien diez años antes había tenido un altercado con Murena, el fin de su participación en el proyecto Sur) es que me propongo digitalizar el homenaje de la Sociedad Hebraica Argentina a través de su revista.

Les dejo la intro, el listado de nombres de quienes participaron y comparto los primeros dos textos. ¡Que los disfruten!
El martes 10 de junio de 1975 se realizó en la Sociedad Hebraica Argentina el Homenaje al escritor Héctor A. Murena, fallecido el 6 de mayo del mismo año. Davar publica en este número las disertaciones de los participantes en la certidumbre de que constituyen un valioso y documentado testimonio de admiración y él reconocimiento que por la obra y la personalidad del poeta evocado tiene la literatura y el pensamiento argentino, en esa ocasión él de los amigos que, a un mes de su muerte, lo recordaron intelectual y emotivamente. 

Ángel Bonomini / Jorge Cruz / Bernardo Ezequiel Koremblit / María Lynch / Victoria Ocampo / Enrique Pezzoni / William Shand / D. J. Vogelmann / Alberto Girri 

de ÁNGEL BONOMINI 

Puede afirmarse que la trayectoria del pensamiento de Murena, desde sus primeros ensayos hasta La cárcel de la mente, traza una línea en que se perfila una inteligencia por momentos sobrecogedora para llegar a una conclusión: la de que “pensamos para dejar de pensar”. 

Dicho de otro modo, su inteligencia traza una línea paralela a la de la poesía, cuyo objetivo final es el de alcanzar el silencio. 

Pero observaciones como estas resultan descargadas si no se atiende a la verdad de que esa trayectoria dramática, en el caso de Murena, a través del pensamiento, está fundada en un principio de fe que luego se resuelve en desesperación, al revés de lo que declaraba Pablo, en cuanto a que la fe es la substancia de lo que se espera. 

Resultan descargadas estas observaciones enunciativas si no se atiende, además, que esa obra se ha desarrollado con todos los desgarramientos de las dudas; con la demencia de las contradicciones; con la candente agudización de los sentidos que permite percibir el eco de las verdades últimas; con la caridad hacia los extremos más excecrables de la condición humana que informan de su naturaleza; con la admiración ilimitada por los otros extremos de esa misma condición que informan sobre sus propósitos de perfección. Búsqueda, entonces, dígase, desde todos los ángulos de tiro para dar caza, si no a Dios, a una partícula de su sombra y conducirlo a mostrarnos la obligatoriedad de su existencia. 


Porque, a través de su deseo de desentrañar el país, a través de su fervor por aclarar la situación del hombre en este punto de su conflicto histórico, a través de sus novelas, a través de sus poemas, y aún a través de sus violencias y de su ternura, Murena no hizo otra cosa que buscar a Dios. 

Después de La cárcel de la mente reunió una serie de ensayos en La metáfora y lo sagrado. Son los referidos al arte. De todas esas intuiciones, mostradas en ese libro con una escritura incomparablemente más serenada que en sus ensayos anteriores, hay una que prevalece neta e inequívocamente: la de que el arte, aun cuando el mismo artista no lo sepa, sirve sólo de elemento pontificial, como puente entre este mundo y el otro. Es decir, el arte, substancia religante, tiene lo que la teología les asigna a los sacramentos: capacidad vehicular; sirve para llegar a Dios. 

Hay un modo de reducir a cinco palabras la sucesión de días de la vida humana: hay que dar la batalla. Pero la índole de esa batalla da a cada ser —por debajo de su sagrada condición de criatura— un grado de gracia diferenciador y necesario. 

Porque hay —por lo menos en una de las más altas religiones que se nos proponen a los hombres— una aceptada y terrible incógnita: quien más encarnizadamente busque a Dios, más lacerado quedará, más testimonialmente morirá. 

Sólo Dios sabe y dispone en qué rincón de la agonía debe situar a quien lo busca con tanta desesperación, es decir, con tanta esperanza de que al fin va a ver revelado su velado Rostro. 

Según las jerarquías que implícitamente sostuvo Murena, conforme a la Tradición, la poesía es escala anterior a la santidad. 

En este país sin santos, y en el que la vocación de la poesía tiene tan raras excepciones, la desesperada y esperanzada búsqueda por alcanzarla, y aun sobrepasarla tiene un solitario testimonio en el nombre de Héctor Murena. 


de JORGE CRUZ 

Vi y oí a Murena durante casi veinte años. Yo recibía sus colaboraciones en el Suplemento Literario de La Nación y era testigo divertido, como él, del ademán furtivo e irónico con que me las entregaba o las dejaba sobre el escritorio. Si no había algún colega temible que lo impulsara a un mutis asombroso por lo rápido y esfumado, se quedaba a charlar sin preocuparse del tiempo. Sabía de todo y de todos, de lo grande y de lo pequeño, de lo antiguo y de lo reciente, y hablaba siempre sin solemnidad ni pedantería pero seguro sobre el tema que trataba. En los últimos tiempos solía confiar sus colaboraciones al correo, y al teléfono sus conversaciones. Si sus poemas finales, tan hermosos, eran brevísimos (y sobre esto bromeaba en sus esquelas), sus conversaciones seguían siendo extensas y, por teléfono, más libres y hasta confesionales, dentro de los límites de una relación amistosa pero al fin y al cabo profesional. Siempre había un hecho concreto e inmediato en el principio, y después se explayaba la conversación. Murena juzgaba la realidad del momento, indicaba tal o cual hecho, en el que veía el signo de decadencias, hacía sus cuentas astrológicas e, impávidamente, aventuraba desastres apocalípticos. Parecía exagerado, demasiado severo y pesimista. Veía cómo la vida literaria se frivolizaba, cómo tal o cuál daba un oportuno giro para ajustarse a una nueva situación, cómo se codiciaban los viajes, los puestos diplomáticos, la gloriola que distribuían ciertos semanarios, cómo el libro era un objeto que había que rodear de propaganda, como otro objeto vendible cualquiera. Murena parecía entonces un amargado o un resentido. 

Había nacido en el mundo de las letras como Palas Atenea, armado de pies a cabeza, combativo y triunfante; se había alzado como la figura más fuerte de una generación, pero al cabo de los años otra generación lo menospreciaba y lo excluía. Murena se mantenía impertérrito, seguía en lo suyo, firme, lúcido. Parecía, a juicio de algunos, obstinado y orgulloso; había optado por vivir a contrapelo y nadar contra la corriente. Este dramático proceso de una vida ardua y por momentos heroica, en extrema tensión, era, en lo hondo, un elemento corrosivo que debía terminar por agotarlo. 


Murena tuvo vocación y pasta de maestro, no, ciertamente, por afán de dominio, menos por vanidad, sino porque sabía que era necesario sostener a un grupo de hombres que conservaran y cultivaran ciertos valores fundamentales. La ostensible generosidad de Murena creo que provenía de ese íntimo convencimiento. Ayudaba, incitaba; en lo que podía, facilitaba posibilidades de viajes, de becas, de publicaciones, de contactos con otras personas. Escribía cartas, recomendaba revistas, libros, daba direcciones; había una frenética urgencia en esa prodigalidad intelectual que se reflejaba en su mirada intensa, negra, que a veces parecía alucinada y a veces feroz. 

El pesimista Murena, el amargado, el obstinado, hubiera podido dar un giro elegante, hubiera podido incorporarse a los “felices pocos” de la “intelligentsia” internacional, hubiera podido optar por un cómodo y prestigioso nomadismo, de fundación en universidad, de universidad en editorial, de editorial en fundación, en una ronda sin fin. Obstinado, se quedó en su departamento del barrio Sur y optó por la pobreza, renunció a los viajes, a las publicaciones y a la vida socio-literaria. El escritor y el artista habían llegado a ser para él cosas sagradas. Murena había elegido una senda difícil, abrupta, y por ella andaba. 

No todo era apocalíptico en esas conversaciones telefónicas, que menciono solamente con la intención de dar un testimonio personal. Era gracioso oírlo hablar de sus problemas domésticos, de sus compras en el almacén o en la carnicería, de sus almuerzos entre obreros, jubilados y pequeños empleados en alguna fonda vecina; de los encontronazos con la señora que, también ella terca, se empeñaba en limpiarle su cuarto. En esas circunstancias sorprendía en la gente común actitudes y comentarios graves o ridículos que él incorporaba a sus pensamientos y a sus teorías sobre las cosas. No todo era apocalíptico en esas conversaciones, pero, de cualquier modo, uno terminaba por quedar nervioso e inquieto. 

Ahora, luego de su muerte, que a tantos nos ha dejado atónitos y llenos de oscuros presagios, vuelvo a evocar y oigo nítidamente la voz desolada de Murena relatando sus caminatas nocturnas de insomne y algunas anécdotas reproducidas con ácido humor y sin piedad, como un ejercicio de autoflagelación. Me lo imagino caminando por las calles desiertas, solo, como la imagen del verdadero y más doloroso exilio, en su ciudad, en su país, sobre el cual tanto había meditado y del que jamás quiso apartarse. 

Sabemos que Murena era de esos hombres de los cuales los pueblos concluyen por enorgullecerse, solemnidad ésta que le hubiera causado risa, sin duda. En lo inmediato, sus pesimismos y amargores se han hecho punzantemente actuales y son nuestros; los sentimos todos los días ante un mundo que retrocede vertiginosamente a las edades volcánicas, incierto y sombrío acaso como nunca.

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 245-247.

sábado, julio 11, 2026

H. A. Murena y el ciclo "El sueño de la razón"

Leer hoy a H. A. Murena es un gesto anacrónico. 
En los últimos años su poesía y sus ensayos han sido revisitados por distintos libros y reediciones, pero a mí me interesa el Murena narrador. 
Conozco su primer ciclo de novelas, publicadas por la editorial Sur entre los 50 y los 60, y espero que algún día una lectora valiente tome esa posta, pero a mí me interesa su segundo ciclo de novelas: “El sueño de la razón”. 
Las novelas que componen este ciclo groyesco (entre Goya y el grotesco), satírico, a puro humor, violencia y escatología (en varios sentidos) son Epitalámica (1969); Polispuercón (1970); y Caína muerte (1971). Yo agregaría a Folisofía (1976), como coda extrema, y de pretexto algunos cuentos que salieron en publicaciones periódicas como "La posición" (casi todos recuperados en el libro homónimo compilado por Guillermo Piro, que recomiendo con vehemencia).
Comparto una nota relacionada con esta exhumación de 1969. Es una de las pocas que he conseguido al momento en donde el propio Murena explica qué está escribiendo, cómo concibe el ciclo y en qué se centra cada novela. De paso, el texto recuerda brevemente la librería Verbum y las noches bohemias en los alrededores de la Manzana Loca. Es curioso que Polispuercón y Caína muerte llevaban otro título aún (¡el previo de Polispuercón era revelador!). 
En fin, pasen y lean. Y si aún no conocen al Murena zafado, grotesco, corrosivo, de apocalipsis y risa amarga, ¡quedan invitados a merodearlo!


El nombre que no se dice 

Con cierta nostalgia, recorre los anaqueles repletos de libros que pronto habrán de desaparecer: Verbum, la antigua librería de Paulino Vázquez, en la calle Viamonte, cerrará sus puertas en fecha próxima y con ella se irá todo un pedazo de la historia intelectual de Buenos Aires. Detrás del mostrador, su dueño fuma la pipa de raíz de cerezo con largas y lentas bocanadas, como si fuese un calumet indio o un nargilé oriental; de tanto en tanto atiende a uno que otro estudiante solitario que arriba luego de algunos trámites en el Decanato de Filosofía y Letras, lo único que queda en el viejo caserón frente a la librería. El traslado de la parte docente de Filosofía a la avenida Independencia y la liberación de los alquileres son, sin duda alguna, las causas de declinación y muerte de Verbum. “Momentánea —aclara Vázquez—, pues reabriré mis puertas en otro lugar de la zona, que ya tengo ubicado, pero que aún no puedo revelar”. 

El último cliente de la noche es el novelista Héctor Álvarez Murena: viene, como en sus épocas de estudiante a charlar, a hojear algún ejemplar raro, a recordar viejos amigos y también a confiarle a Vázquez sus proyectos. Epitalámica, su última novela, del ciclo “El sueño de la razón”, a punto de aparecer en Sudamericana, quiere ser una carcajada en medio de la noche, algo afín a la mirada del último Goya, y a la de su contemporáneo Sade: el vértigo de descubrir que “todo es posible” y tratar de expresarlo, según la definición de su propio autor. Y aclara que, por un lado, le ha proporcionado un goce inédito, la sensación de libertad plena, de estar escribiendo literatura después de haberse liberado de ella; y, por el otro, algo así como un poco de vergüenza ante la perspectiva de que muchos lectores no habrían de entenderlo pensando que es obsceno. “Porque la vida actual del hombre —define— es obscena por inhumana, y yo me limito a describir lo que veo”. 

El tema, dice, es extremadamente vulgar: el matrimonio de una pareja y sus vicisitudes. Pero el real protagonista es el lenguaje, la confirmación de que el hombre puede y debe conquistar una total libertad respecto a sus instrumentos. “De algún modo creo haberlo conseguido en Epitalámica —aclara Murena—; la narración está escrita con restos, con detritos culturales: de porteño, de estudiante de latín, de lector de literatura española, con lo cual he levantado una estructura que quiero llamar poética, porque su sentido supera al de las palabras que la forman”. 

El segundo relato del ciclo, Nímas Nímenos I.º, cuyo tema es el poder, aparecerá hacia fines de año. Ahora escribe el tercer tomo, Caína Final, cuya atmósfera define como la del “tiempo final”; y anuncia la inminente aparición en Buenos Aires de El nombre secreto, publicada por Monte Ávila en Caracas, cuya génesis fue un ensayo que Les Lettres Nouvelles le pidió en 1966, luego del golpe de Estado de Onganía, para explicar las causas de las revoluciones sudamericanas. El ensayo creció hasta convertirse en un libro cuya tesis resume: “La falta de un sentido religioso en América latina impide la formación de verdaderas comunidades; las existentes se asemejan más a los bancos coralíferos, donde lo único que se consolida es lo material y nada más que lo material”; un callejón sin salida que se repite desde el siglo XV, cuando los europeos desataron la fiebre del oro, destruyeron las comunidades indígenas y levantaron sus fundaciones sobre un verdaderos tembladeral que puja siempre por volver a su hora cero.

Es posible que Murena haya extraído la hipótesis de sus lecturas de Plinio el Joven y otros autores latinos, quienes analizan el sentido de los tres nombres de Roma: el oficial, el religioso y el secreto, un nombre que se supone era Amor, un anagrama cuya revelación costó la vida a uno de los pontífices máximos de la antigüedad.

Fuente: Primera Plana, n. 329, 15 al 21 de abril de 1969, p. 68.



 

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