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viernes, septiembre 04, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 2)

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1): Ángel Bonomini y Jorge Cruz 

de BERNARDO EZEQUIEL KOREMBLIT 

El recuerdo permanente de un gran escritor, de un amigo bienquerido —como lo es y sigue siéndolo Héctor Murena para la Sociedad Hebraica Argentina y para los escritores que esta noche lo recordarán— es una fuente nutritiva que alimenta nuestra gratitud y nuestra admiración, tanto como en el tiempo en que no era, como es ahora, un emocionado recuerdo sino la presencia de un hombre, un ensayista, un poeta, un espíritu y una inteligencia a quien podíamos ver y escuchar asombrados por su talento en ascuas y felices con la cordialidad de su compañía. Evocar hoy, a un mes de su desaparición, a ese amigo y significativa figura de la literatura en América, con nostalgia por su palabra conceptuosa y brillante, con asombro por su obra y con aflicción por su ausencia —desde el 6 de mayo la suya significa un bien perdido que no podemos recuperar sino nombrándolo y exaltando su personalidad—; equivale no sólo a un acto de justicia, literaria y humana, que nuestra institución y los intelectuales que nos acompañan cumplen en un Homenaje ponderativo pero no exento de melancolía, sino también al subjetivo deseo de seguir contándolo entre nosotros. La Hebraica agradece a Ángel Bonomini, Jorge Cruz, Alberto Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, William Shand, Enrique Pezzoni y David Vogelmann su participación en este Homenaje que nuestra casa rinde a quien estuvo vinculado a ella desde las páginas de la revista Davar y de la actividad cultural: Héctor Murena participó de ella solamente en dos Cursos —“La incertidumbre de nuestro tiempo" y “Esencias y existencias de un poeta”: con este Curso inauguró él el Ciclo qué desde entonces se repite anualmente—; pero esas ocho clases de Murena constituyen uno de los hitos memorables que han enriquecido y ennoblecido la actividad cultural de la Hebraica y que la institución, recordando a quien las dictó, puede mostrar con orgullo en su Cincuentenario. Tres días antes del 6 de mayo, Héctor Murena fue el nombre que elegimos para que nos representara ante el Fondo Nacional de las Artes en el Concurso de Ensayo para el bienio 1974-75, designación que Murena aceptó sin mucho entusiasmo por integrar un jurado pero con cordialidad y adhesión hacia nuestra casa. En suma, que este Homenaje significa el profundo reconocimiento y el hondo afecto que sentíamos por él y por la cálida amistad que lo tenía vinculado a esta institución que lo recordará siempre y no solamente lo recuerda esta noche. 

Nadie se va del todo si su espíritu, su pensamiento y su persona sobreviven en quienes lo amaron y admiraron. Los amigos aquí reunidos evocarán a Héctor Murena con la certidumbre de que Murena, que, a través de su denso intelectualismo, fue un artista, tendrá el testimonio de la permanente declaración de Baudelaire: “una de las expresiones más bellas y trascendentes del arte reside en las expresiones de quienes hacen justicia a aquel que pensó y sintió artísticamente”. 

Por una vez más, la Hebraica agradece a Bonomini, Cruz, Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, Shand, Pezzoni y Vogelmann su participación en este Homenaje al gran escritor, al querido amigo siempre vivo para nosotros. 


Aunque lo hago en nombre de la Hebraica, no puedo hablar de Héctor Murena con un frío aire impersonal, como si él no hubiese sido uno de los pocos escritores argentinos por quienes he podido sentir verdadero afecto y no únicamente admiración. En la trapalanda literaria que vivimos, los intelectuales hacia los cuales nos es dado sentir ambas inclinaciones pueden ser contados con los dedos de la mano por un manco, y que además sea mocho. Aunque mi trato con Murena no fue cotidiano sino espaciado y poco frecuente, fueron suficiente y bastante algunos encuentros para comprender tanto su ética insobornable como su talento en permanente combustión, su indeclinable actitud de humanista (que contenía al poeta, al ensayista, al novelista) como la conformación del artista indeclinable que lo distinguía. Murena me ha convencido de una deducción a la que he llegado viendo el cuadro dramático de nuestra época: que el poeta, el artista está condenado a una extrema peculiaridad personal: no pudiendo, orgánica, fisiológicamente inclusive, adherirse a un estilo general de vida, crea otro, personalísimo e incompartible. Y la desalentada conclusión no es menos dolorosa: no es el artista, el poeta, quien ha elegido su remota lejanía del mundo absurdo, falaz e insuficiente que lo rodea sino que ella le es impuesta por las nada elogiables circunstancias que caracterizan a la república de lobos en que vivimos. 

Con este titubeante preludio quiero preparar la conclusión y la síntesis de lo que he visto en Héctor Murena como escritor, y como hombre: un alma romántica (pues nunca me disuadió de ello su espesa selva intelectual) y una concepción universalista en medio de la cual la independencia espiritual —con su carga de la incomprensión y soledad— del hombre de letras, del típico y específico humanista que él era constituía el santo y seña con que se abría paso ante los centinelas de la asfixiante militancia: las vanidades y los cedazos y las especulaciones oficiosas en la militancia literaria y los totalitarismos y los objetivos antidemocráticos y liberticidas en la militancia política. Es indudable que a Héctor Murena lo ultimó su relampagueante inteligencia y en gran parte las desesperanzas de nuestro kakistocrático país: una desesperación propia de la lucidez, que en Murena era restallante y que compartía con muy pocos. Y sé también que en su misma obra y persona incisivas, atormentadas, indagadoras, coexistían una intensa ternura y una insomne sensibilidad. Todo ello, entonces, me lleva a la conclusión de que nuestro querido amigo, lo mismo que el genesíaco Rimbaud, por delicadeza, perdió su vida. 

Tengo la certidumbre de que lo evocaremos e invocaremos siempre como a uno cuyo comportamiento moral e intelectual en modo alguno contribuyó al escándalo, a la vergüenza, al drama desesperante que vive nuestro tiempo apocalíptico. Él fue un estético que supo ser también un ético; y de esta conjunción suya, advierto que la protección y el sostén y el auxilio espirituales y morales que tanto necesita la desvalida criatura intelectual que somos, la habríamos alcanzado si las dentelladas de un mundo cruel e implacable no hubiesen inmolado a Héctor Murena. 



de MARTA LYNCH 

A pocas semanas de publicar La alfombra roja, en una revista que dirigía Federico Peltzer apareció un artículo crítico sobre la novela. Lo hubiera olvidado ya de no haber sido esa una de las pocas actitudes serias que he recibido en mi vida profesional. El artículo estaba firmado por H. A. Murena. Entonces, hace exactamente doce años, Murena pasaba por un momento de real esplendor y esa circunstancia hizo más sorprendente su artículo en un país como el nuestro, canibálico y de una crueldad lozanamente heredada de españoles e italianos, país en el que se mezclan —curiosamente— la sofisticación, la ingratitud, y el resentimiento. No recuerdo ese artículo porque se me elogiara. Lo he guardado estrechamente en mi corazón porque fue un acto justo y mesurado dentro del cual estaba presente esta criatura humana que soy, que muy poca gente conoce a fondo. Murena señalaba entonces mi visión negra del mundo y la anotó como contrapartida de la visión rosada que fuera índice de vida de tantas generaciones femeninas anteriores, la intrepidez con que —loca de mí— me arrojaba a la literatura, el valor de esa actitud, el despojamiento de quien no iba a encontrar miel sino pruebas y amarguras, la realidad de la aparición de una mujer que creía tener algo que decir. Desde entonces nunca me separé de él. Fue la nuestra una amistad larga, profunda y muy callada, como esos afectos particulares que se mantienen a través de distancias continentales, de circunstancias existenciales distintas. Sin embargo, cuantas veces precisé de él, allí estaba. En ese momento Héctor era ya famoso (cuánto y cuán torvamente se estará riendo al escucharme); había escrito El pecado original de América, su fascinadora novela Las leyes de la noche, excelentes poesías. Era el secretario de Sur. En la plenitud de la vida gozaba de prestigio nacional e internacional. Viajaba y era buscado por sus contemporáneos. Y —como todas las personas de valor— era también sensiblemente desdichado. Entre nosotros ocurrieron hechos sorprendentes. En la mañana de un 3 de diciembre, me llamó por teléfono a eso de las diez para preguntarme cómo estaba. Le contesté que bien. Insistió en cómo estaban mis hijos. Mis hijos —gracias a Dios— estaban bien. No se conformó: “¿estás segura?”, insistió, “¿los tenés con vos?”. Sí, estaban conmigo. Eran las vacaciones escolares y potreaban dentro de mi casa. Cortamos y al rato volvió a llamarme: “¿estás segura que tus hijos están bien?”. Lo mandé al demonio. No seas lechuzón, no seas agorero. Me despreocupé. Una hora más tarde me avisaban que Ramiro, mi hijo más pequeño, había sido atropellado por un automóvil en la Avenida Libertador y estaba gravísimo. El chico fue operado, se salvó. Ni Héctor ni yo nos explicamos nunca el origen de aquel presentimiento tan vivo que había rozado casi el límite de lo posible. Lo hablamos a menudo y fue un motivo de preocupación y de felicidad; el chico se había salvado y él lo recordaba con frecuencia. “¿Y mi rescatado?” preguntaba. Hoy, el rescatado, lee las poesías de Murena en un libro hermoso que se llamó El demonio de la armonía


Poco tiempo después su vida personal tuvo un giro feliz porque con la excelente novelista Sara Gallardo compusieron un dúo sincero y armonioso; pero en el exterior, en la médula del país soplaban vientos que comenzaron a hacer girar su estrella de escritor. Porque Héctor fue víctima —como pocos— de una ferocidad ideológica que sacudió —y sacude— América latina. Su plenitud como escritor coincidió con un tipo de cultura marcada por pautas muy severas que a menudo ha hecho de mediocres, verdaderos dioses; y de escritores respetables, marginados de hecho. Murena, pues, pagó a un precio muy alto no aggionarse, no ponerse a la moda de una revisión que, en el 90 por ciento de los casos, no alcanza más que a la superficie cuando no al oportunismo. Fue rigurosamente insultado, expurgado sin la menor noción de justicia. Negado cuantas veces fue necesario hasta que verdaderamente su estrella se oscureció. En los anales de la arbitrariedad, ese Pequeño Larousse Ilustrado de la cultura argentina, el caso Murena reviste singular relevancia; porque a Héctor se lo negó por lo que creía ciega y hondamente, se lo combatió por lo que él sentía mejor, se lo olvidó por venganza. Y eso es maniqueísmo puro, sectarismo al revés. Asimismo trabajó con una periodicidad asombrosa: sus ensayos Homo atomicus, El pecado original de América, Ensayo sobre subversión, su trilogía de novelas: La fatalidad de los cuerpos, Las leyes de la noche, Los herederos de la promesa, El juez, en teatro, sus libros de poemas entre los que destacó a más de El demonio de la armonía, El escándalo y el fuego, y Relámpago de la duración, no son sino parte de aquel trabajo arduo, desesperado y absorbente. Tengo la alegría de recordar que a cada obra suya, correspondía una larga carta mía con críticas y generalmente, con alabanzas, que hoy me congratulo en hacer públicas. Mi corazón se alegra de haber sido con él una lectora tierna y leal. Se lo merecía. Lo cubrí de asombro y de curiosidad cuando publicó Epitalámica y lo llené de fastidio cuando me negué a discutir Polispuercón. Algunas de sus publicaciones en el dominical de La Nación fueron joyas para conservar celosamente. Pocas semanas antes de su muerte publicó una poesía cuyo nombre no retengo, por desgracia, de una relevancia más allá del elogio. Todo lo que escribía era lúcido y llenaba de interés cuando no de pasión favorable o de signo opuesto. Todo cuanto tradujo, todo cuanto estudió, formó parte de esa catedral sin fin de la cultura al decir de Bergmann, con una seriedad admirable. Su vida fue útil y dejó testimonios que el argentino recogerá ahora y —estoy segura— revalorizará mucho después. En su enternecedor cubículo de la calle San José hice con él algo que no he repetido con persona alguna, signo exterior de mi profundo orgullo: le anticipé cuentos y novelas. Su juicio fue la única opinión que recabé en todos estos años y me convencí de que —severo como era, arbitrario a veces— era también casi inapelable. En ocasión de publicar Al vencedor, novela con la que me jugaba mi destino profesional (dada la fácil resonancia de La alfombra roja), leí en la calle San José en voz alta, más de la mitad de la novela. Me miró largo rato con aquella cara suya tan extraña, cara de argentino sombrío, del hombre meridional, con su pelo oscurísimo y bien peinado, sus ojos vivos, su gran bocal burlona. “Qué mujer rara sos”, me dijo y luego, aludiendo a los soldados de mi historia, casi como si hubiéramos sido compañeros en el banco de la escuela repitió: “qué mujer rara, porque de vos puede decirse cualquier cosa menos que seas un conscripto...”. A veces, nos reíamos, de nosotros en particular, de otros por una justicia compartida. De Al vencedor dictaminó: “es tan perfecta su estructura que en la perfección reside su artificio”. Y tenía razón. 


Nos tomábamos el pelo con bríos inagotables: él, por mis arrestos patrióticos, por mis errores pasionales, por mi vocación de Juana de Arco sin hoguera. Yo, por su negrura infinita. “Serás el Capitán Veneno”, solía decirle para que aflojara. Cuando nació su hijo estaba muy contento. “Ya verás”, le decía en esas conversaciones telefónicas que debieron enloquecer a Entel. “Se te subirá a la cabeza. Te dije que el Capitán Veneno era cosa de tiempo”. Quizás no lo fue nunca o lo fue en un sentido recatado y riguroso que hacía doblemente valioso al sentimiento. Nunca accedió a visitar mi casa. No asistía a mis reuniones. “Prefiero conocerte suelta”, me decía. Y también en eso tenía razón. 

Quince días antes de morir hablamos por teléfono dos horas, cuarenta minutos, por reloj. Ya no nos peleábamos por problemas políticos ya que ambos compartíamos la desolación y el escepticismo. Ya no discutíamos acerca de literatura: estábamos siempre de acuerdo. Aún nos interesaba mucho la opinión que uno tenía del otro. Le gustaban mis llamados matutinos dominicales luego de la lectura de algún poema. Yo requería ansiosamente su opinión sobre mi última novela. “Me dicen que Un árbol lleno de manzanas no es del todo mala”. Aventuraba socarronamente con su bella vos afelpada. Yo sabía que estaba instándome a seguir de pie. Ahora ya no conversaremos más. Ya no estaremos más de acuerdo, ya no reñiremos acerca de mi viaje charter. Se fue de esta puerca vida dando un gran portazo. Yo sé que no se irá, nunca del todo. Para eso fue en vida un gran escritor. Y más aún, estoy segura —necesito creerlo— que está en paz, en una bruma dulce que se va aclarando, día tras día, conducido por la voz de aquella mujer que describiera en una poesía memorable. Una madre joven y bella, de 30 años, que usaba buenos perfumes y que se inyectaba ella misma los remedios para la tuberculosis. Estoy segura que había descubierto ya el misterio del abrazo maternal y en su oído de niño expectante ya no escuchará la tos nocturna y terrorífica sino la dulzura del llamado, diciéndole: “vamos, Héctor, vamos, vamos”. 

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 248-253.

miércoles, septiembre 02, 2026

El deseo de la marquesa, por Pedro Lipcovich

De Pedro Lipcovich sé poco y nada. En verdad, leí sólo su libro de relatos El nombre verdadero, publicado por la gran e inolvidable Puntosur ediciones en 1989 con póslogo de Alberto Laiseca (juraba que lo había subido al blog, pero se ve que no, que lo posteé en alguna infecta red social y es irrecuperable, inencontrable; por suerte ahora Mariano Buscaglia lo recopiló en Textos akáshicos). Me gustó mucho: son cuentos de diversos géneros, todos con una narración elegante y vivaz. 

Elijo "El deseo de la marquesa" en particular porque no es sencillo hacer literatura erótica. También porque me hizo recordar a una buena mezcla de Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer y de Memorias de una princesa rusa (ese clásico de la literatura ya pornográfica y popular que el mismo Osvaldo Lamborghini homenajeara en su Tadeys). Y por último: porque nos embarga, ya lo saben, la nostalgia imperial.  

En fin, ya no más cháchara. ¡Lean a Lipcovich! ¡Ojalá les guste! Por mi parte, tengo en mi lista de pendientes algunos libros más publicados por el autor, como para seguirle la pista.




El deseo de la marquesa (Pedro Lipcovich)

Encerrado en una habitación del palacio, yo escribo relatos para la marquesa. El palacio está dotado de un sistema periscópico que, convergiendo en este cuarto, me permite visualizar todas las actividades de la marquesa, a fin de inferir sus deseos, a fin de escribir mis relatos. Veo, por ejemplo, a la marquesa en la glorieta más sombría del jardín. Ella se estira en un banco de piedra, sus pies exquisitos pisan las hojas podridas por la humedad, y frente a ella está un palafrenero muy joven, que la mira con respeto y algo de temor. La marquesa se descalza ahora, despreocupadamente arroja su zapatilla preciosa. La pierna, que todavía es perfecta, se eleva como un animal joven. Con un gesto de su pie, atrae al palafrenero. El pie de la marquesa acaricia el sexo del muchacho por sobre el pantalón de tela cruda. Un movimiento de cabeza, suave e imperioso, le ha mandado desabrocharse y él ahora ofrece su sexo que se atiesa bajo el mandato del pie de la mujer. El pie desciende al suelo y vuelve a elevarse cargado de barro y hojas húmedas, el pie se desliza lleno de barro por el sexo del hombre, ella ordena que el palafrenero se de vuelta y su pie acaricia las nalgas, de nuevo debe volverse él, ahora la pierna de la marquesa se eleva mucho y el sistema periscópico me ofrece, entre la tijera de los muslos, el mechón pubiano donde tiemblan gotitas que se hacen rayos de luz a través del complejo juego de lentes, ella ha llevado su pie cargado de barro y hojas podridas hasta la cara del muchacho que no ha podido evitar un movimiento de retroceso, un resplandor de humillación pasó por sus ojos y ella, seguro que por advertirlo, se ha puesto de pie: junta su cara a la cara embarrada del palafrenero, llenando sus mejillas y sus labios de barro, y baja después, la mancha sucia de su cara baja por el pecho, gira hacia la espalda, recorre las nalgas y se vuelve hacia adelante a lamer el sexo entre el barro y las hojas deshilachadas y entonces el palafrenero, liberando una fuerza largamente contenida, la toma por los hombros, la arroja de bruces y, como quien se impone al fin, se lanza a penetrarla; la marquesa se corre apenas y yo se que es para ubicar su cara manchada ante la lente, para que la lente capte la expresión de triunfo feroz que el palafrenero, a sus espaldas, jamás vislumbrará. 

Este ha sido sólo un ejemplo, por supuesto, y no sé si el más adecuado para hacer notar las dificultades de mi tarea: ¿cómo discernir, a través de la maraña y el vértigo de las actividades de la marquesa, sus verdaderos deseos, aquellos que, adecuadamente elaborados, deben definir la sustancia de mis relatos? Si bien el sistema periscópico constituye una maravilla de compleja ingeniería, es evidente, y el ejemplo así lo indica, que no puede transmitirme todos los detalles de cada situación: ¿cómo saber si la verdad del deseo de la marquesa no estuvo inscripta en su rostro un instante antes de que se ubicara en el foco de la lente? Es innegable la buena voluntad de la marquesa, en el sentido de ofrecer al sistema periscópico los detalles más íntimos y sutiles de su actividad; pero esa buena voluntad, ¿no puede ser en si misma engañosa? Quizá justamente la intención de presentarse ante la lente borre de su expresión y de sus actos el rasgo casi imperceptible que hubiera ofrecido, al observador atento y desvelado, la clave del deseo de la marquesa. Existe aun otra razón, tal vez de más peso que las anteriores: el sistema periscópico, por supuesto, sólo capta imágenes. Es lícito sospechar que lo que da cuenta de los deseos de la marquesa no sea el abigarrado y aun extravagante recorrido de sus acciones sino las frases, palabras, interjecciones que aquellas acciones le permiten pronunciar. Es cierto, poseo el dominio de la lectura labial, conozco cada palabra que ella haya dicho ante mis lentes, pero temo ignorar las palabras del azar, el error o el extravío, que quizás sean las verdaderas. 

Enunciadas estas dificultades de mi oficio, no sorprende el destino que, hasta ahora, han tenido los textos que escribo. El proceso es más o menos así: a partir de mi registro de las experiencias de la marquesa, yo escribo un relato. Supongamos, retomando el ejemplo anterior: la marquesa se enamora de su palafrenero, que es alto, moreno, fuerte. Él, sorprendentemente, la desdeña. Este palafrenero se sabe deseado por todas las muchachas, a las cuales en general no niega sus favores, y ejerce su oficio menestral con diestra negligencia, conociéndose destinado a más altas empresas. Sí, quienes conocen a este hombre, aun los nobles, no dejan de manifestar un involuntario respeto por el futuro que en él se transparenta. La marquesa —como suele decirse— languidece por él. El extraño desdén del palafrenero la ubica, piensa, en un lugar inferior al de la última de las muchachas del palacio, a las cuales les es permitido gozar, ya que no del amor del palafrenero, por lo menos de su cuerpo. La marquesa —éste es un pasaje audaz de mi relato— se masturba imaginándose bajo ese hombre que ya es incomparable. Un día, bruscamente, el palafrenero le comunica que ha decidido marcharse a la capital a probar suerte. Quiere llegar a comandar un ejército, y lo logrará. La invita a partir con él, ya. Saldrán con lo puesto. Nada le ofrece, salvo la partida. Vestida con su ropa más gastada, la marquesa monta en ancas del caballo que el palafrenero ha tomado. Mientras cabalgan, asida al torso del hombre, el movimiento del caballo entre sus piernas es una caricia, y el olor del animal se confunde con el olor firme del hombre que ella abraza. A la siesta, hacen alto bajo unos árboles, y allí él la posee: mi texto, que es discreto, no establece los detalles de esa posesión; sólo comenta que, después, ella lo quiere más que nunca. 

Bien, decía entonces que yo escribo un relato, por ejemplo el del palafrenero, y lo presento a la marquesa. En general, ella considera mis textos con benevolencia o simpatía, pero hasta ahora no ha aceptado ninguno. Lee el relato atentamente, y lo rompe: "No es todavía lo que yo deseo", dice con ese encantador fruncimiento de nariz que conserva desde su primera juventud. Entiéndase bien: es indudable que mis relatos no le desagradan, como lo prueba, creo, el hecho mismo de que yo conserve mi trabajo a través de tantos años. A lo largo de todo este tiempo, sus gestos han venido a hacérseme familiares, como mi mesa manchada de tinta o las gastadas embocaduras del sistema periscópico. Conozco su expresión de fastidio cuando la lente la sorprende sin preparación para ser mirada. Conozco ese vistazo con el que, en los momentos más íntimos de sus experiencias, verifica que mi sistema la capte adecuadamente. Conozco, y jamás aludo a esto en mis relatos, las marcas precisas que el tiempo va poniendo en su piel. En mi juventud, he sufrido hasta la desesperación por la cotidiana destrucción de mis textos. Hoy, si bien persevero en mi destino de buscar el deseo de la marquesa, apenas me perturba el permanente recomienzo. Ante cada relato que escribo, mi certeza de que, éste sí, es el que desea la marquesa, es tan sólida como mi aceptación ulterior, en el instante en que ella termina de leerlo y aun antes de que su gesto así lo denote, de que tampoco esta escritura será elegida. Algunas veces, quizás cuando ella se arregla casualmente el pelo que se le ha despeinado y yo sé que es para que la lente la capte mejor, algunas veces creo estar a punto de adivinar el deseo de la marquesa. Luego vuelvo a sumergirme en mi trabajo, y esa impresión se desvanece: tal vez sea mejor así.

Fuente: Lipcovich, Pedro (1989). El nombre verdadero, Buenos Aires, Puntosur ediciones, pp. 43-47.

jueves, agosto 20, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1)



Hace unos meses largos busqué algo que quería leer con ganas: el homenaje a H. A. Murena que realizó la revista Davar en otoño de 1976. Calculo que la referencia la había leído en la revista Artefacto con dossier mureniano de 2001 (agradezco a quien me lo pasó completito en fotos antes de la digitalización de AHIRA; no recuerdo tu nombre, amigo virtual, pero quede expresada mi gratitud). 

En todo caso, ahora que recomenzamos con los encuentros para leer el ciclo de novelas "El sueño de la razón" y a pedido de una exigente y querida participante que reclama la despedida de Victoria Ocampo (quien diez años antes había tenido un altercado con Murena, el fin de su participación en el proyecto Sur) es que me propongo digitalizar el homenaje de la Sociedad Hebraica Argentina a través de su revista.

Les dejo la intro, el listado de nombres de quienes participaron y comparto los primeros dos textos. ¡Que los disfruten!
El martes 10 de junio de 1975 se realizó en la Sociedad Hebraica Argentina el Homenaje al escritor Héctor A. Murena, fallecido el 6 de mayo del mismo año. Davar publica en este número las disertaciones de los participantes en la certidumbre de que constituyen un valioso y documentado testimonio de admiración y él reconocimiento que por la obra y la personalidad del poeta evocado tiene la literatura y el pensamiento argentino, en esa ocasión él de los amigos que, a un mes de su muerte, lo recordaron intelectual y emotivamente. 

Ángel Bonomini / Jorge Cruz / Bernardo Ezequiel Koremblit / María Lynch / Victoria Ocampo / Enrique Pezzoni / William Shand / D. J. Vogelmann / Alberto Girri 

de ÁNGEL BONOMINI 

Puede afirmarse que la trayectoria del pensamiento de Murena, desde sus primeros ensayos hasta La cárcel de la mente, traza una línea en que se perfila una inteligencia por momentos sobrecogedora para llegar a una conclusión: la de que “pensamos para dejar de pensar”. 

Dicho de otro modo, su inteligencia traza una línea paralela a la de la poesía, cuyo objetivo final es el de alcanzar el silencio. 

Pero observaciones como estas resultan descargadas si no se atiende a la verdad de que esa trayectoria dramática, en el caso de Murena, a través del pensamiento, está fundada en un principio de fe que luego se resuelve en desesperación, al revés de lo que declaraba Pablo, en cuanto a que la fe es la substancia de lo que se espera. 

Resultan descargadas estas observaciones enunciativas si no se atiende, además, que esa obra se ha desarrollado con todos los desgarramientos de las dudas; con la demencia de las contradicciones; con la candente agudización de los sentidos que permite percibir el eco de las verdades últimas; con la caridad hacia los extremos más excecrables de la condición humana que informan de su naturaleza; con la admiración ilimitada por los otros extremos de esa misma condición que informan sobre sus propósitos de perfección. Búsqueda, entonces, dígase, desde todos los ángulos de tiro para dar caza, si no a Dios, a una partícula de su sombra y conducirlo a mostrarnos la obligatoriedad de su existencia. 


Porque, a través de su deseo de desentrañar el país, a través de su fervor por aclarar la situación del hombre en este punto de su conflicto histórico, a través de sus novelas, a través de sus poemas, y aún a través de sus violencias y de su ternura, Murena no hizo otra cosa que buscar a Dios. 

Después de La cárcel de la mente reunió una serie de ensayos en La metáfora y lo sagrado. Son los referidos al arte. De todas esas intuiciones, mostradas en ese libro con una escritura incomparablemente más serenada que en sus ensayos anteriores, hay una que prevalece neta e inequívocamente: la de que el arte, aun cuando el mismo artista no lo sepa, sirve sólo de elemento pontificial, como puente entre este mundo y el otro. Es decir, el arte, substancia religante, tiene lo que la teología les asigna a los sacramentos: capacidad vehicular; sirve para llegar a Dios. 

Hay un modo de reducir a cinco palabras la sucesión de días de la vida humana: hay que dar la batalla. Pero la índole de esa batalla da a cada ser —por debajo de su sagrada condición de criatura— un grado de gracia diferenciador y necesario. 

Porque hay —por lo menos en una de las más altas religiones que se nos proponen a los hombres— una aceptada y terrible incógnita: quien más encarnizadamente busque a Dios, más lacerado quedará, más testimonialmente morirá. 

Sólo Dios sabe y dispone en qué rincón de la agonía debe situar a quien lo busca con tanta desesperación, es decir, con tanta esperanza de que al fin va a ver revelado su velado Rostro. 

Según las jerarquías que implícitamente sostuvo Murena, conforme a la Tradición, la poesía es escala anterior a la santidad. 

En este país sin santos, y en el que la vocación de la poesía tiene tan raras excepciones, la desesperada y esperanzada búsqueda por alcanzarla, y aun sobrepasarla tiene un solitario testimonio en el nombre de Héctor Murena. 


de JORGE CRUZ 

Vi y oí a Murena durante casi veinte años. Yo recibía sus colaboraciones en el Suplemento Literario de La Nación y era testigo divertido, como él, del ademán furtivo e irónico con que me las entregaba o las dejaba sobre el escritorio. Si no había algún colega temible que lo impulsara a un mutis asombroso por lo rápido y esfumado, se quedaba a charlar sin preocuparse del tiempo. Sabía de todo y de todos, de lo grande y de lo pequeño, de lo antiguo y de lo reciente, y hablaba siempre sin solemnidad ni pedantería pero seguro sobre el tema que trataba. En los últimos tiempos solía confiar sus colaboraciones al correo, y al teléfono sus conversaciones. Si sus poemas finales, tan hermosos, eran brevísimos (y sobre esto bromeaba en sus esquelas), sus conversaciones seguían siendo extensas y, por teléfono, más libres y hasta confesionales, dentro de los límites de una relación amistosa pero al fin y al cabo profesional. Siempre había un hecho concreto e inmediato en el principio, y después se explayaba la conversación. Murena juzgaba la realidad del momento, indicaba tal o cual hecho, en el que veía el signo de decadencias, hacía sus cuentas astrológicas e, impávidamente, aventuraba desastres apocalípticos. Parecía exagerado, demasiado severo y pesimista. Veía cómo la vida literaria se frivolizaba, cómo tal o cuál daba un oportuno giro para ajustarse a una nueva situación, cómo se codiciaban los viajes, los puestos diplomáticos, la gloriola que distribuían ciertos semanarios, cómo el libro era un objeto que había que rodear de propaganda, como otro objeto vendible cualquiera. Murena parecía entonces un amargado o un resentido. 

Había nacido en el mundo de las letras como Palas Atenea, armado de pies a cabeza, combativo y triunfante; se había alzado como la figura más fuerte de una generación, pero al cabo de los años otra generación lo menospreciaba y lo excluía. Murena se mantenía impertérrito, seguía en lo suyo, firme, lúcido. Parecía, a juicio de algunos, obstinado y orgulloso; había optado por vivir a contrapelo y nadar contra la corriente. Este dramático proceso de una vida ardua y por momentos heroica, en extrema tensión, era, en lo hondo, un elemento corrosivo que debía terminar por agotarlo. 


Murena tuvo vocación y pasta de maestro, no, ciertamente, por afán de dominio, menos por vanidad, sino porque sabía que era necesario sostener a un grupo de hombres que conservaran y cultivaran ciertos valores fundamentales. La ostensible generosidad de Murena creo que provenía de ese íntimo convencimiento. Ayudaba, incitaba; en lo que podía, facilitaba posibilidades de viajes, de becas, de publicaciones, de contactos con otras personas. Escribía cartas, recomendaba revistas, libros, daba direcciones; había una frenética urgencia en esa prodigalidad intelectual que se reflejaba en su mirada intensa, negra, que a veces parecía alucinada y a veces feroz. 

El pesimista Murena, el amargado, el obstinado, hubiera podido dar un giro elegante, hubiera podido incorporarse a los “felices pocos” de la “intelligentsia” internacional, hubiera podido optar por un cómodo y prestigioso nomadismo, de fundación en universidad, de universidad en editorial, de editorial en fundación, en una ronda sin fin. Obstinado, se quedó en su departamento del barrio Sur y optó por la pobreza, renunció a los viajes, a las publicaciones y a la vida socio-literaria. El escritor y el artista habían llegado a ser para él cosas sagradas. Murena había elegido una senda difícil, abrupta, y por ella andaba. 

No todo era apocalíptico en esas conversaciones telefónicas, que menciono solamente con la intención de dar un testimonio personal. Era gracioso oírlo hablar de sus problemas domésticos, de sus compras en el almacén o en la carnicería, de sus almuerzos entre obreros, jubilados y pequeños empleados en alguna fonda vecina; de los encontronazos con la señora que, también ella terca, se empeñaba en limpiarle su cuarto. En esas circunstancias sorprendía en la gente común actitudes y comentarios graves o ridículos que él incorporaba a sus pensamientos y a sus teorías sobre las cosas. No todo era apocalíptico en esas conversaciones, pero, de cualquier modo, uno terminaba por quedar nervioso e inquieto. 

Ahora, luego de su muerte, que a tantos nos ha dejado atónitos y llenos de oscuros presagios, vuelvo a evocar y oigo nítidamente la voz desolada de Murena relatando sus caminatas nocturnas de insomne y algunas anécdotas reproducidas con ácido humor y sin piedad, como un ejercicio de autoflagelación. Me lo imagino caminando por las calles desiertas, solo, como la imagen del verdadero y más doloroso exilio, en su ciudad, en su país, sobre el cual tanto había meditado y del que jamás quiso apartarse. 

Sabemos que Murena era de esos hombres de los cuales los pueblos concluyen por enorgullecerse, solemnidad ésta que le hubiera causado risa, sin duda. En lo inmediato, sus pesimismos y amargores se han hecho punzantemente actuales y son nuestros; los sentimos todos los días ante un mundo que retrocede vertiginosamente a las edades volcánicas, incierto y sombrío acaso como nunca.

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 245-247.

martes, agosto 11, 2026

"Tres maestros", por César Aira

Hace unas semanas atrás el sitio web grandioso Ahira subió completita la revista El Porteño, desde 1982 a 1993. Todavía no tuve el tiempo de ponerme a hacer un buen rastrillaje (aunque a vuelo de pájaro vi la repetición de tres nombres que me interesan bastante: Miguel Briante, Jorge Di Paola y Rodolfo Fogwill). 

En esa mirada liviana me crucé con una selección realizada por César Aira en 1989 de, según sus palabras, "tres maestros": Perlongher, Carrera y Osvaldo Lamborghini. Pueden ver en el número en particular cuáles textos eligió: "Las tías", de Perlongher; un fragmento de "Mi padre", de Carrera: y "La palangana" y "Una mujer", de Lamborghini. 

Lo que me gustó fue el breve texto de presentación que Aira delineó para la nota. Dos cositas que me llamaron la atención durante la lectura: la mención a Laiseca ("Como en el caso de Laiseca, no apreciarlo [a Perlongher] conduce al masoquismo"); la comparación de OL en Pringles como "una murena". Esta no deja de enviarme, al menos por homofonía, a H. A. Murena y a una estrategia similar usada por Hugo Savino en su ensayo "Murena, la palabra justa" publicado en la revista Innombrable, n. 1, en 1985. 

Por otro lado, qué ganas de que alguien alguna vez escriba un buen texto biográfico, crítico o lo que sea sobre la amistad y la potencia literaria entre Aira y Carrera. Es un asunto bastante subestimado a la hora de hablar del genio pringlense...

Bueno, basta de vericuetos introductorios. ¡Que disfruten del bello texto sobre los tres maestros! ¡Y gracias de nuevo al laburazo de Ahira al disponibilizar todo este material! 

 

Tres maestros (César Aira)

Los poetas son maestros de poesía, pero sus acólitos son sus maestros y los maestros son discípulos, y la poesía en general es el arte de hacer proliferar a los poetas. Trabajan con una distracción apasionada que los pone fuera de sí, en series intersubjetivas, en el centro de rombos incongruentes en cuyos extremos están el maestro de todos los discípulos y el discípulo de todos los maestros, y ellos en el medio, en un espejeo que los enloquece de felicidad propia y ajena. Practican el snobismo de todas las modas, para ser más veloces que el tiempo, y perfeccionan sus técnicas sólo para poder trabajar más, y más rápido. Los poetas en general son artistas de la proliferación. 

Carrera, Perlongher y Lamborghini son tres maestros en los que podemos confiar: su actividad respalda un flujo prolongado de intensidades y velocidades. Por otro lado, ellos mismos son series; los tres han creado su propio mito de lo innumerable personal. Carrera ha sido el más consecuente y espléndido, el bardo eficaz de la multiplicación de los niños y los éxtasis, post-vanguardista nato. Perlongher practica un body-art de telepatías intrincadas. Como en el caso de Laiseca, no apreciarlo conduce al masoquismo. Y Osvaldo Lamborghini, el venerable padre espiritual de nuestro comité (él nos reveló que existía un comité, para empezar) es en su divertidísima persona la teoría y práctica de la serie: una puntuación, una pura y gloriosa puntuación, la música de las dichas y desdichas de la vida. 

Y una curiosidad histórica. un epifenómeno de la lectura: hace unos años hubo un sitio donde coincidieron los tres maestros, un pueblito de la llanura del sur bonaerense, de tous les lieux, Pringles. Antes y después de la poesía, la biografía hace avanzar las imágenes (y, por cierto, tenemos permiso para un leve sobresalto): Perlongher eligiendo ropa vernácula en la Casa Aira, en compañía de un bellísimo negro bahiano; Lamborghini, fijo como una murena de las profundidades en el bar del Hotel Pringles, tomando whisky con sus ojos saltones sobrenaturalmente fijos en la televisión; Carrera paseando en auto por las calles desiertas a la madrugada, con sus hijos dormidos en el asiento de atrás y Nina Hagen al mango en el stereo. ¿Qué más se necesita para garantizar la proliferación?

Fuente: El Porteño, n. 37, año IV, enero de 1985, p. 63.

jueves, agosto 06, 2026

"La autora de Frankenstein", por Luisa Sofovich

En algún otro momento debería dedicarle al menos un posteo más extenso a Luisa Sofovich, la genial escritora de la Biografía de la Gioconda (1953) y de Siluetas en negro (1950). Hace unos años atrás, Augusto Munaro la recordaba en esta serie trunca que quise hace llamada "Escrituras excéntricas". 

Sofovich escribió entre los años 40 y los 50, participó de varias publicaciones como el diario La Prensa y la revista Saber vivir. Se casó con el vanguardista, maestro, hombre todoterreno Ramón Gómez de la Serna. Probablemente el tiempo y la deslectura hayan dejado a Luisa a la sombra de Ramón. Una pena. 

Sofovich tenía una pluma impecable, grácil y erudita. Fue Gustavo Charif, un artista total, quien me recomendó su libro Siluetas en negro, un compendio de siluetas de grandes escritores y escritoras (desde Thomas de Quincey hasta las hermanas Brönte; el n. 5 de Golosina Caníbal presenta..., hoy agotado, exhumó la silueta de James Joyce) de una calidad pasmosa. 


Tengo pendiente ordenar y pasar en limpio las colaboraciones de Sofovich en la revista Saber vivir, en la que Ramón Gómez de la Serna fue estrella principal. Por casi dos décadas, esa revista lifestyle, que cruzaba exiliados españoles con autores argentinos encumbrados, fue para la autora un laboratorio de escritura y, entre sus páginas, publicó muchos más perfiles de escritores y escritoras. 

Escojo uno, el de Mary Shelley o como la llama Sofovich con un hermoso recurso indirecto: "la autora de Frankenstein" (gracias a Diego Cano, quien fue el primero en pasarme fotos de esta nota). Espero que lo disfruten tanto como yo y les recomiendo que busquen libros de Luisa Sofovich. No se arrepentirán. 

¡Ojalá algún día logre/logremos reeditarla! ¡Salú!




La autora de Frankenstein (Luisa Sofovich)

Era hija de una mujer que había dicho una vez: “No siento ningún temor a la presencia del demonio”, pero aquella mujer nada hipócrita, ardiente y casta a su modo, que fué Mary Wollstonecraft hubo de sucumbir una y otra vez, muriendo, al fin, para dar a luz una hija que sería la vencedora. 

Porqué la autora de Frankenstein pertenece a la secta de los que crean demonios y no a los que (y al hacerlo ya proclaman su derrota) los desafían. 

Era hija de esa madre cuyo nombre, Mary, heredaría, a la que no llegó a conocer y que era famosa por sus escritos y por sus tristes emplazamientos a la vida, y del filósofo Godwin el cual muy poco tiempo después de haber enviudado de Mary Wollstonecraft volvió a casarse con una señora Clairmont que tenía un hijo y una hija de su anterior matrimonio y que bien pronto tuvo otro hijo con su nuevo marido. Había además en la casa otra presencia, una Fanny, jirón de un primer matrimonio de la muerta Mary Wollstonecraft y que llevaba el apellido Imlay y era hija del Gilbert Imlay tan amado y perseguido por Mary Wollstonecraft que, como dice la gótica poética y actual Edith Sitwell: “la persecución y la fuga fueron de tan enorme velocidad o insistencia que a esta distancia del tiempo nos sentimos casi asfixiados por la polvareda”.

En este hogar hecho como esas colchas tristes pero útiles, que se logran formar con caprichosos y multicolores retazos a los que une una tira de tela uniforme y opaca, creció la autora de Frankenstein y tal apeadero le sirvió como sirven al subconsciente creador todo lo fragmentario, lo no encajado, lo anormal diurno, lo que estando aparencialmente compacto estaba, y de eso siempre se tiene la intuición, disgregándose por dentro. “La invención —ha dicho ella misma— no consiste en crear algo de la nada, sino del caos”. 

Los varones de este hogar de encrucijada, los Charles y los Williams casi no cuentan, como no sea para que la autora de Frankenstein disponga después de muchachitos gentiles que serán cosechados por el monstruo en su perpetua huida. En cuanto a las mujeres, las Jane (Claire después), las Fanny y la propia Mary ¡qué novelesca vida real van a comenzar a vivir en cuanto aparezca por allí el que tiene que aparecer! 

Cuando Percy B. Shelley visitó por primera vez a los Godwin fué con su joven mujer Harriet Westbrook, y ese día la autora de Frankenstein no se encontraba en la casa, pero como ella se parecía mucho a su madre, Godwin enseñó al poeta el retrato de su anterior y muerta mujer. Shelley, que admiraba a Mary Wollstonecraft, se quedó largo rato mirándola. 

A partir de ese día principió una historia fantástica, una forma de experimentar y vivir la vida sólo a lo intelligentzia, que acaso hasta hoy, no ha sido superada por un grupo suelto. y que es impresionante si se piensa que en el experimento se combustionaron dos o tres almas tangentes, nada más, a la inteligencia, pura pero que empujadas —¡extraña, femenina doblez!— por algo profundamente instintivo, se vistieron de ciega espiritualidad. 

Libras esterlinas, escapadas con travesía del Canal de la Mancha con vómitos y olas salpicando los bancos del entrepuente, regresos y más escapadas y niñas que nacen y niños que mueren y ciudades de Suiza y de Italia y una niña que de Byron tiene en Jane, a la que opinando que su nombre era feo se lo han cambiado entre todos por el de Claire, y otro niño que se les muere a Shelley y a Mary y el suicidio de Fanny, enamorada silenciosa de Shelley, en una habitación color láudano de un hotel barato y el otro suicidio de Harriet, la primera mujer de Shelley que no atreviéndose a dar a luz a un niño, que ya no es precisamente de Shelley, se arroja al turbio Serpentine un día martes, quedando al fin libre Shelley para hacer de Mary una Lady. 

A Shelley, que se había casado por primera vez a los diez y nueve años, sin el consentimiento de su padre, futuro heredero de un rico baronet, le pasó esa cosa predestinada que es caer en una sala de clase media con lámparas con flecos de abalorios y butaquitas gastadas y macetas de nerviosas begonias y varias hermanas, o medio hermanas, o hermanastras muy cálidas, muy curiosas, que van y vienen, ondulantes, y siempre con una sorda rivalidad entre ellas que al mismo tiempo se quieren mucho y se asisten en sus raptos neuróticos y no tienen ningún porvenir y son locas por la poesía y los rincones... 

Cada una de ellas es dueña de un gesto seductor y todas juntas forman el políptico de la mujer semilibre, semipura, semitierna, semidesinteresada, semiávida, semifrígida que atrapará irremisiblemente al poeta que, además, es un lord y es inmensamente rico. 

A los quince días de haberse sacado del Serpentine el cuerpo de la ahogada esposa, Shelley y Mary se casaron y por la noche ella escribió en su diario: “Viaje a Londres. Se celebra una boda. Leo a Chesterfield y a Locke”. 

Sí. Hay algo de intrínsecamente frío en la autora de Frankenstein

Tenía los grandes ojos del mismo color de las avellanas: ese mirar tan pulido y con un reflejo, como el de una pupila de la avellana: fría, fría y recelosa avellana que cruje al partirse y ofrece su pequeño corazón encerrado y siempre un poco amargo. 

Un día que Shelley se asombraba de cómo un amigo común, Trelawny, al conocer a Byron le había rápidamente desenmascarado a diferencia de ellos que habían tardado tanto en hacerlo “Es que Trelawny —dijo ella— vive con los vivos y nosotros con los muertos”. 

Ya alternaba con la muerte cuando, de muchacha, se iba a leer todas las tardes a la tumba de su madre, porque era el único sitio donde “se sentía bien”. Allí se cita con Shelley casado con otra, y cuando tiene que crear su monstruo literario recurre a la muerte para recoger en ella la vida que ha de infundirle, contempla la corrupción final que sustituye a la florescencia de la vida, observa “cómo los gusanos heredan la maravilla del ojo y del cerebro”: escudriña, ata cabos y lianas necrófilas y en una mezcolanza científico fantasiosa, con su poco de mariposeante galvanismo, levanta su Frankenstein, la novela precursora de su género. 

En realidad Frankenstein es un caso de desdoblamiento en el que el robot representa las tinieblas, la fuerza dispersa, lo sigiloso humano que siempre acecha desde el borde de una cuneta o reflejado en el vidrio de una soñolienta pastelería. Después vendrá Stevenson con su Dr. Jekill y Mr. Hyde y más tarde, recogiendo la concepción posible de ser confeccionado a voluntad por el pensamiento y la bella recién llegada electricidad, esa Eva Futura, de mimbre y fluido que inventó Villiers. 

Desprende perfume de otra vida —en continuo ejercicio poético, borradas las fronteras de lo cierto y lo improbable— la explicación de cómo llegó a escribirse esta gran novela (que en estos días se ha publicado en la Colección Pingüino, en castellano). 

Ellos, los Shelley, estaban viajando por Suiza con sus niños habidos y por haber y la infaltable hermanastra Claire, fatalmente enamorada de Shelley y los también infaltables tomitos, encuadernados en piel, de Sófocles, Keats y el Dante, que Shelley llevaba siempre en los bolsillos. 

Era verano y cerca de ellos vivía Byron en una casa de la que Claire, sin dejar de amar a Shelley, acabaría por salir al amanecer, perdiendo una zapatilla en el jardín, mientras detrás de los postigos cerrado, el olor de las rosas que se quedaban junto a Byron parecía reírse de ella que corría por el sendero temerosa del naciente sol. 

Al principio todos ellos se lo pasaron vagando y curioseando por los alrededores, “pero el verano resultó húmedo —escribe lady Shelley— desagradable, a menudo una lluvia incesante nos confinaba en la casa durante días enteros. Algunos volúmenes de cuentos de aparecidos traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos”. 

Trataban de la historia del amante inconstante que cada vez que iba a abrazar a una nueva novia, encontraba entre sus brazos el fantasma de la última mujer a la que había engañado. 

Trataban del fatídico fundador de una estirpe que, al mismo tiempo, tenía la horrible misión de exterminar a cada nuevo hijo en cuanto alcanzase la edad de las promesas. Lady Shelley con sus grandes ojos siempre un poco absortos, casi veía corporizada la gigantesca figura que a media noche, por el corredor del castillo se dirigía a cumplir su cometido en medio de sueño de sus hijos. “Eterna pena expresaba su rostro cuando se inclinaba para besar la frente a las criaturas que, desde ese momento empezaban a marchitarse como flores arrancadas de su tallo”. 

Cosas así leían, muy para ingleses traspasados por el reumatismo latente de un húmedo estío interminable entre altas montañas. 

“Escribamos cada cual un cuento de aparecidos”, dijo lord Byron y su proposición fué aceptada. “Éramos cuatro”. 

Pero inesperadamente varió el tiempo y ni lord Byron ni Shelley ni el doctor Polidori, que era el cuarto aburrido, terminaron su cuento. La mujer, no sólo lo hizo, sino que enseguida, a instancias de su marido el poeta lo alargó y complicó inmortalizando su personaje “Frankenstein” (ella no podía presentir cuánto daño y favor le haría un cierto Boris Karloff). Había escrito ya algunos novelas: Valperga, romántica e italianizante: Lodora, algo autobiografiada y El último hombre, ensayo en un sentido de su ahora bien lograda fórmula frankenstiana, hecha a semejanza de sus pensamientos de una cierta noche de insomnio “en que un espectro había acechado mi almohada”. 

Todos los años al llegar la estación del viento y la furia se llenan, o se llenaban, de leña las leñeras inglesas, y también de nuevas novelas de terror. Pero todos los años hay una inglesa o un inglés que junto al fuego azulenco —brasa al vivo rojo infernal— vuelve a leer el libro de la hija invicta de Mary Wollstonecraft.

Fuente: Saber vivir, n. 76, año VII, enero de 1948, pp. 40-41.

martes, agosto 04, 2026

Sobre "Café Pombo", de Agustín Caldaroni


Leo Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni, libro de relatos publicado en 2023 por la editorial El fatalista.  

Descubro entre sus páginas, en un cuento muy destacado llamado “Café Pombo”, al pintor y escritor español José Gutiérrez Solana. Me trae reminiscencias de mis lecturas recientes del Murena novelista; busco en internet y efectivamente lo vinculan con Goya

Caldaroni arma un relato nostálgico y oscuro: ¿qué se hizo de los cafés, de esos lugares de encuentro? ¿Por qué la vanguardia terminó tapando a la retaguardia? ¿Qué rastros, gestos y experiencias dejaron los retaguardistas, aquellos que sospecharon del progreso, de la novedad, de los espejitos de colores y abrazaron lo bajo, la muerte y la fiesta? 

Los tres personajes de “Café Pombo” (Gutiérrez Solana, Ramón Gómez de la Serna y Filippo Marinetti) son fantasmas de otro tiempo que habilitan nuevas luces para el nuestro, un presente que se nos escapa. Casi también como si el futuro estuviera en el pasado, pegando la vuelta. 

Y la literatura, parece contar Caldaroni con su “Café Pombo”, puede traer de nuevo a escena esas voces muertas para barajar y dar de nuevo, para reabrir heridas, para exhumar mundos y proyectos que parecían perdidos. Mundos que están ahí, entre los pliegues del tiempo, a la espera de alguien que mire con un poco, con un poquito de atención.

domingo, agosto 02, 2026

Golosina Caníbal presenta... n. 22


Me complace presentar el número 22 del fanzine Golosina Caníbal presenta… 🌈🌈🌈🌈 

¿Dónde habrán quedado las cartas perdidas? ¿Puede la carta volver a reencantar la comunicación en este mundo de ansiedad, sobreinformación y mensajes efímeros? 

En el fondo de la revista Sitio, publicada entre 1981 y 1987, supo haber una sección llamada “Correo perdido”. Dos o tres páginas recopilaban cartas de diferentes autores, de diferentes épocas e intenciones. 

Este ejemplar del fanzine, como toda misiva que se precie, viene cerrado. Encuentre el lector que desee las cartas de aquel correo perdido… 

La exhumación fue posible gracias al trabajo valioso del Archivo Histórico de Revistas Argentina, que pone a disposición todo este material revisteril. ¡Gracias, Ahira! 

✍️ Si te interesa un ejemplar, ¡me lo pedís a este mail golosinacanibalblog@gmail.com y coordinamos! 

¡También tengo números anteriores

¡Salú! ¡Y gracias por el interés!

miércoles, julio 29, 2026

Dice el profesor Enrique Luis Revol

Ahora bien, precisamente porque si el poema es un hecho estético triunfante se tiende a aislarlo de su autor ya que da la sensación de impersonalidad, de un como haber estado ahí desde siempre, justamente por esto se olvida a veces demasiado que el autor vive o vivió, con todo lo que el vivir implica cuando se trata de un ser humano. Se olvida, incluso, que en un momento dado se sentó a escribir esa pieza determinada y que la consideró tan suya como para estampar su firma al pie de la misma. 

Con lo precedente no se trata de restablecer —quede desde ya bien en claro— ese postulado falsamente "psicológico", que como es sabido tuvo no hace demasiado su hora, según el cual existe necesidad imprescindible de conocer la vida para apreciar la obra. Únicamente se procura destacar que también la poesía es de factura humana; de modo que resulta perfectamente verosímil que el poeta, habiendo nacido tal día de tal año y habiendo sido inscrito por padres pobres o ricos en el registro civil o parroquial, tras lo cual cursó estudios superiores (o no), dejó de enamorarse debidamente o se enamoró con reiteración escandalosa, anduvo cargado de deudas o ganó un caudal, y terminó tirándose por una ventana o plácidamente rodeado de numerosos hijos, que el poeta está, por lo menos en buena medida, marcado por la época en que vivió, por todo lo que vivió. Por lo cual, sin caer en ningún exceso "sociológico", "psicológico" o "historicista", es seguro que la contextura propia de su época, y luego la de su tierra y hasta la de su familia, han de estar presentes en la obra del poeta, incluso por mucho que haga para disimularlo y a menos que sea un tonto (en cuyo caso, demás está decirlo, no será buen poeta...). 

Conviene también tener en cuenta, sin embargo, que el aire propio de cada época afecta en diferente medida a cada artista. Parecen existir grados diversos de susceptibilidad a la circunstancia propiamente histórica, lo cual sin duda está en relación con la influencia ejercida por el factor geográfico o por la vida familiar. Y si no es posible detenerse aquí, desgraciadamente, a considerar esta cuestión con el debido rigor, la aclaración resulta imprescindible para comprender mejor qué ha de entenderse por poesía moderna. 
En Revol, Enrique Luis. Pensamiento arcaico y poesía moderna, Córdoba, Librería Assandri, 1960, pp. 10-11.

lunes, julio 27, 2026

¿necesita mariani ser rescatado por los suplementos culturales?

Me gustó una columna que publicó Damián Tabarovsky ayer mismo sobre el poeta reynaldo mariani. La reproduzco tomándome el atrevimiento de sacarle las mayúsculas a su nombre. Él siempre firmo, y lo tomó como un recurso de su escritura, con minúscula: mariani a secas

Por otro lado, disiento sobre que no se han reeditado sus libros y en que acerca de su obra no se publican textos. Puedo conceder que los suplementos culturales en los últimos años fueron cediendo terreno y desinteresándose de los escritores olvidados (hasta ahí nomás, el año pasado Tulio Carella fue tapa del mismo suplemento en donde publica Tabarovsky...). 

En todo caso, la vida y obra de mariani ha venido teniendo tímidas reapariciones en los últimos años, a lo mejor por circuitos menos centrales y visibles... Por ejemplo, la editorial extinta Instituto Lucchelli Bonadeo reeditó, gracias al trabajo exhumador de Federico Barea, tanto su poesía (prolegómenos, mamotretos y reluctancias) como 7 historias bochornosas (dejó las tapas en el posteo; algunos ejemplares aún pueden encontrarse al que rebusque por librerías virtuales y analógicas). 

Otra buenas fuentes de información son un viejo blog sobre mariani; la entrevista piola que le realizó Lautaro Ortiz en Página/12 en 2004; e incluso el especial de la revista virtual de poesía Op. cit. "En busca del beat" de 2017. También el ya mencionado de forma reiterada documental de Diego Arandojo y Lafarium, Opium. La Argentina Beatnik, lanzada en 2014-2015, que le dedica toda una sección a mariani.

Sea pues la columna de Tabarovsky una excusa para continuar acercándonos a la poesía y narrativa de este beatnik argentino que asoló las calles de la Manzana Loca junto a sus amigos opiúficos y que luego se fue a vagar por ahí, dejando leyendas y poemas a su paso. ¡Salú!


El rescate irrescatable (Damián Tabarovsky) 



Hubo una época en que, al menos una vez al año, los suplementos culturales de los periódicos publicaban un artículo dedicado a la obra de algún escritor olvidado. Se trataba de una ley de género: así como en los parques hay monumentos al soldado desconocido, en los periódicos había homenajes al escritor olvidado. Por supuesto que los nombres de los escritores variaban año a año; la lista era infinita, tan larga como el propio olvido. Especie de brigada de rescate, la buena intención del periodismo rescatista era tal, que a veces se repetían los nombres con sólo unos años de diferencia. Hay escritores que fueron rescatados dos o tres veces en la misma década; especies de cabezas duras refractarios al esfuerzo editorial, testarudos en mantenerse en el olvido. Ingratos. Pero esa época, en la que yo ironizaba tanto sobre el asunto, ya pasó. Ahora los medios, el mercado, las redes y el campo literario en general ya ni hablan de los escritores olvidados, sino solo de los escritores (y escritoras) que tienen “fans” (sí, “fans”, no lectores), que ganan premios, publican en editoriales multinacionales, venden mucho (a veces no tanto, ni siquiera…) y expresan con un éxito triste el “mainstream de calidad” que hegemoniza la literatura argentina contemporánea. 

Pues, es un buen momento para volver a mariani –escritor argentino, autor de 7 historias bochornosas–: a él ni siquiera le llegó el rescate, el desinterés parece ser su herencia. Sobre él no se publican artículos, no se escriben tesis de doctorado, no se reeditan sus libros, no se realizan congresos en homenaje. Nunca una calle llevará su nombre. Y cuando no impera el olvido, opera el equívoco: mariani firmaba a secas, así, sólo mariani, para no ser confundido con su tío, Roberto Mariani, autor de Cuentos de la oficina, el texto más sofisticado que dio el costumbrismo porteño del grupo de Boedo. mariani llevó al extremo el mito fundante de la literatura moderna: escribir un libro único y genial. En efecto, eso es 7 historias bochornosas, publicado por la editorial Sudamericana en Buenos Aires, en 1968. Una serie de relatos escritos en una lengua puesta en crisis; como si la sintaxis hubiera entrado en un proceso de tartamudeo terminal, la necesidad de personajes desalojada de su centralidad, y el sentido colocado en suspenso. 


Mariani hizo de la excentricidad su pasatiempo favorito. Vivió más de veinte años en Brasil ejerciendo los más diversos oficios; geólogo, financista, barman, vendedor de libros por las playas, mendigo; y luego fue a morir a la Patagonia, en Zapala. Pero antes fue amigo de grandes escritores como Néstor Sánchez y Héctor Libertella, fue borrachín en bares, polemista agudo, actor de cine, y sobre todo fundador de la revista Opium. Nació en 1936 y murió hace algunos años, en fecha relativamente incierta. 

La influencia que ronda las 7 historias bochornosas es la del jazz. Muchos escritores de los ‘60 —de Perec a Cortázar— están influenciados por el jazz. Pero mientras que para ellos el jazz termina siendo un elemento tranquilizador (primero el solo de trompeta, después el de saxo, luego el del bajo, más tarde el de batería y finalmente… ¡Plim, caja!), en mariani el jazz es una metáfora de la desintegración del sentido, de la destrucción de toda forma establecida, de la sintaxis. La improvisación entendida como un lugar del que no se vuelve. 


Publicado en Perfil Cultura, domingo 26 de julio de 2026. Disponible en:  https://www.perfil.com/noticias/columnistas/el-rescate-irrescatable.phtml

viernes, julio 24, 2026

C. E. Feiling. Un latinista en la escena del crimen (entrevista de Guillermo Saavedra)

No hay muchas entrevistas a C. E. Feiling al alcance de la mano virtual. En una rápida búsqueda, aparece esta inédita, publicada en 2017, de Cynthia Sabat. Recuerdo, en el mundo analógico, precisamente en Con toda intención (2005), la entrevista (a él y a Luis Chitarroni) de Cecilia Szperling de 1995 "Amor al arte"; y el diálogo entre ambos amigos, "El sistema de la doble humillación" (1992).

Por eso fue una grata sorpresa cruzarme en las páginas de La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores argentinos (1993), de Guillermo Saavedra (¡sí, otra grata sorpresa!) con el intercambio con Charlie Feiling que copio a continuación.

¡Ojalá les guste tanto como a mí!  




C. E. Feiling. Un latinista en la escena del crimen

Entrevista de Guillermo Saavedra

Nacido en Rosario (1961) y porteño por adopción, Carlos Feiling era reconocido hasta hace un par de años como un poeta refinado e inédito, un riguroso traductor del inglés y el latín y un entendido en ciertos aspectos de la filosofía y de la pintura. La publicación de El agua electrizada (1992), su primera novela, desconcertó a más de uno, por su transparencia y linealidad aparentes y su indiscutible adscripción a un género tan popular como el policial. En esta entrevista Feiling —quien ha publicado ya su segunda novela, basada en algunos episodios de la vida de Leopoldo Lugones: Un poeta nacional (1993) y está escribiendo una tercera donde incursiona en el género de terror— habla de El agua electrizada y de su relación personal con los géneros más transitados. 

Con la pertinencia oblicua que suele atribuirse a un destino —invertido por obra y maña de un puñado de circunstancias—, un muchacho entendido en lenguas clásicas y filosofía, crítico de arte y autor de poemas refinados e inéditos vino a sumarse a la familia de los buenos narradores con una novela policial. Se llama Carlos Eduardo Feiling y no encuentra en ello la sombra de contradicción alguna. No es extraño, porque El agua electrizada, su opera prima, introduce hábilmente cuestiones que ensanchan la novela y la hacen transitable por caminos más vastos que la estrecha resolución de un enigma, sin dejar de cumplir con el género policial. 

Quien se encarga de llevar adelante la investigación es un joven profesor de latín; y su presencia hace verosímil, en medio de la búsqueda de una explicación para la inesperada muerte de un gran amigo, la aparición de citas de elegías en la vieja lengua de Propercio, de problemas de filosofía, de alusiones pictóricas y versos extraídos de la mejor tradición anglosajona. 

Pero el cronista, que suele buscar misterios allí donde brilla la contundencia de los hechos, le pregunta a Feiling por las razones de esta combinación. Y él responde, con una hermosa voz de bajo que pudo ser de radio y nunca descubrirá el bel canto, que necesitaba, por una parte, una cercanía autobiográfica con la historia y, por la otra, la consistencia de una trama fuerte que le permitiera incluir elementos de otro horizonte cultural, como los mencionados. Afirma que, cuando leyó El nombre de la rosa de Umberto Eco, se dio cuenta de que era posible introducir cuestiones propias de una cultura “alta” en un género popular y accesible como el policial. “Esto me lo confirmó la gran narradora inglesa Antonia S. Byat, la autora de Posesión, a quien tuve la suerte de entrevistar el año pasado”, dice un Feiling memorioso, mientras enciende un cigarrillo negro típicamente argentino, cuyo paquete ha abierto por el extremo opuesto. “Ella sostiene que se trata de establecer un pacto con el lector: si hay una buena trama, el lector puede tolerar cierto tipo de intrusiones más o menos eruditas que quizá, con una trama más floja, no toleraría. Evidentemente, al optar por el género policial yo me estaba asegurando la necesidad de construir una trama fuerte; y además, la satisfacción de incursionar en un género que siempre me fascinó”. 

Entre el interés por el género y las preocupaciones intelectuales de este hombre que escribe artículos inteligentes sobre literatura, pintura y filosofía reduciendo sus dos primeros nombres a un par de británicos mojones, se jugó además una inflexión personal, bastante íntima de su propia vida, en la escritura de esta primera novela. Feiling quiso que esto fuera evidente al incluir en la solapa del libro algunos datos biográficos que coinciden con los del protagonista; lo hizo con la seguridad de quien ofrece la punta de un ovillo —“esos datos personales fueron sólo un punto de partida”— cuyo hilo se irá trasmutando en buena trama ficcional. 

Feiling reconoce en la inglesa P. D. James —la autora de novelas excelentes como Sangre inocente y El cráneo bajo la piel—otro estímulo fundamental para incursionar en el género: “Sus novelas demuestran que es posible ceñirse estrictamente al policial sin renunciar por eso a cierta cultura alta; y digo esto, reconociendo que también era ridículo mi prurito sobre la dimensión cultural del género. En ese sentido, P. D. James ha sabido llevar a un punto muy interesante lo que ya había sido explotado por otros escritores como Nicholas Blake, por ejemplo”. 


Feiling —que habla como si escandiera versos de Tibulo, de Góngora o de Swinburne— dice que hay toda una tradición, dentro del policial británico, de elegir como detective a un sujeto que aparentemente está en las antípodas de la idoneidad para investigar un crimen. Los nombres de Wilkie Collins, Chesterton y la propia P. D. James bastan para abonar esta afirmación. Y agrega que, en su caso, la decisión de colocar a un profesor de latín en el centro de la intriga tuvo tanto que ver con las necesidades autobiográficas (“yo mismo fui profesor de latín”) como con la intención de rendir tributo a una analogía: “Nada más parecido a la labor detectivesca que la vieja filología, que durante siglos y desde mucho antes de contar con técnicas sofisticadas, se ha dedicado a restablecer antiguos textos a partir de rastros muchas veces precarios. Hay un punto en que esta actividad —lo mismo podríamos decir de la atribución de determinadas pinturas a determinados sujetos— consiste en estar tan compenetrado del tema como para poder adivinar, intuir, para ser más precisos. Y no me refiero a la aceptación normalmente perezosa que suele atribuírsele al término sino a la intuición fundada en un conocimiento vasto y profundo de los hechos”. 

Feiling afirma que su novela no sólo es tributaria del género policial sino también de todo un horizonte de lecturas que poblaron su infancia y su adolescencia de una felicidad intermitente y crucial: “Los libros de la colección Robin Hood, ciertas cosas de la ciencia ficción, un autor increíble como Ridder Haggard, Emilio Salgari y —aunque en mi adolescencia la leyera clandestinamente porque ya tenía pretensiones de erudito — la propia Agatha Christie. De todo eso, lo que me interesa recuperar ahora, al escribir novelas, es la asombrosa libertad, la facilidad para narrar de esas literaturas supuestamente menores y que a mí no me parecen en modo alguno inferiores a Conrad o a Stevenson. Es más, creo que a Conrad y a Stevenson tampoco se les hubiera ocurrido considerar a Haggard un escritor menor”. 

Ricardo Piglia dijo alguna vez que la mayor dificultad para escribir una novela policial fuera de la tradición inglesa o norteamericana es la de traducir al detective: es decir, la de trasladar una cantidad de tópicos muy instalados en el género a un contexto donde resulta impensable, por ejemplo, que alguien se suba a un taxi y le diga al chofer: "Siga a ese auto". Feiling, rosarino e hijo de ingleses tan arquetípicos como excepcionales, dice que eso no fue, para él, un problema grave; quizá porque lo autobiográfico facilitó un encuentro natural entre su novela y aquella tradición sin perder un sabor indudablemente argentino: “La novela empieza en el cementerio de la Chacarita y termina en el pequeño cementerio de un pueblito cercano a Oxford. De algún modo, en el desplazamiento geográfico del protagonista se cumple el itinerario cultural que la novela propone: empieza en Buenos Aires y termina en Inglaterra, en un pueblo típico del viejo policial inglés, donde hay un cura párroco, vecinos que se conocen desde siempre y todas esas cosas”. 

Este hombre, amante de la ginebra y del bourbon, de la gastronomía y el tango, de las frases bien construidas y las conversaciones que se tejen entre buenos amigos, acepta que su novela está, por todo lo dicho, más cerca de la tradición inglesa que de la novela negra norteamericana. Pero subraya que hay un capítulo de su libro —y ello es rigurosamente cierto— que es un homenaje a Chandler. Aclara, no obstante, que la voz de Marlowe le resulta encantadora pero “por momentos me molesta por un problema de realismo, con todas las comillas que le quieras poner a esta palabra. En ese sentido, el de la voz narrativa, me pareció que lo más adecuado para las necesidades de un relato policial era el uso del llamado estilo indirecto libre, esa tercera persona que se limita a contar las cosas que pasan por la cabeza del protagonista”. 


Más allá de su eficacia como relato policial —la trama liga hábilmente la muerte del amigo del protagonista, miembro de la Marina, con el misterioso caso de las mujeres halladas muertas en una bañera cuya agua había sido electrizada —la novela de Feiling, impecablemente escrita, se abre tanto a cuestiones filosóficas y filológicas como a la cruda intemperie de la política argentina. De modo que el endeble profesor de latín no tiene más remedio que sumergirse en el espanto de la llamada “guerra sucia” y termina preguntándose por la validez de su propio pasado. Feiling desciende unas octavas más su clara voz de bajo y apunta la última reflexión de la entrevista: “Ocurre que la violencia de la vida política argentina obliga a los individuos a ubicarse en lugares completamente extraños y más allá de toda pertinencia. Basta con repasar la historia de los grandes intelectuales de la Argentina para ver el alcance de esa violencia. En estos momentos estoy escribiendo una novela sobre un episodio poco conocido de la vida de Leopoldo Lugones. Y precisamente a Lugones, el poeta más emblemático del modernismo, se atribuye la redacción de la proclama golpista de 1930”. 

Publicada en el suplemento “Cultura y Nación” de Clarín, el 2-7-92, a la que se le ha agregado material inédito. Luego, recopilada en el libro de entrevistas de Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, pp. 49-52. 
 

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