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lunes, agosto 11, 2025

Segundo Urreca Mieza, un nombre olvidado

Creo que la primera vez que leí el nombre de Urreca Mieza fue en un artículo de Nicolás Rosa en una revista de los 70. Rosa había fallecido ya hace algunos años y yo me había obsesionado con su concepto de ficción crítica y con las lecturas raras, olvidadas, marginales que se traía entre manos en cada libro y en cada texto (gracias a él llegué a Castelnuovo, a Sánchez, a Sicardi...). 

El artículo se detenía en ensayistas argentinos de los años 30-40 y entre Astrada, Martínez Estrada y Murena aparecía este nombre inesperado: Segundo Urreca Mieza. Me llamó la atención los fragmentos entre telúricos y espirituales que citaba Rosa, ideas medio tiradas de los pelos que parecían más las ansias de un espiritualista para la nación argentina que una argumentación convincente. Así que lo dejé pasar. 

Después los años hicieron que mi camino se cruzara con Agustín Conde De Boeck. En alguna conversación sobre Martínez Estrada o sobre Murena, le tiré el nombre este que tenía ahí en el fondo de la memoria. No lo conocía pero se sintió también interesado. Ahora me vengo a enterar de que Conde está preparando un ensayo breve sobre la obra y vida de este escritor perdido en los pliegues de la Gran Llanura de los Chistes. 

¡Albricias! ¡Enhorabuena! Ahora quiero conseguir alguno de sus libros. Busqué y nada de nada. Tendré que ser ejemplo del lema “La literatura sabe esperar” y ojalá pronto aparezca el texto de Agus al menos para marcar una hoja de ruta en esta exhumación.




lunes, julio 05, 2010

De monstruos y pasiones


El monstruo, por ser tal, es in-clasificable, no-demostrable y excéntrico, no postula una lógica sino que la desbarata, atenta contra la demostración por su sola mostración. Menos que indicial se sostiene en la señal —fasta o nefasta— que lo revela en el momento mismo en que lo oculta.
La humanidad es un valor precario, siempre cuestionado, por la animalidad de la especie. La tarea de hacerse humano es el desalojo cotidiano de lo monstruoso. La monstruosidad no es exorbitante ni desorbitada: es desintegradora de lo humano. La monstruosidad y su exterioridad animal es nuestro destino de naturaleza del que el hombre quiere renegar y la historia combatir.
La crueldad se opone a la criminalidad: la primera es un dato psicológico; la segunda, palingenésico. En la Naturaleza, la crueldad se vuelve criminal: es ciega, neutra, atética. La conquista máxima es dejar de ser animal para ser hombre, pero la fórmula tiene su faz negativa: no ser hombre, sino dejar de ser animal. La ideología explícita es atentatoria, reconoce la animalidad sorpresiva que recorta los actos humanos y tiende a humanizarlos. Para ello emplea el látigo, la exacción, la brutalidad, la prisión. La humanidad es una coartada
del animal que se percibe, como en los zoológicos, por el olor.
Qué bueno seguir encontrando textos de Nicolás Rosa en la web: De monstruos y pasiones.

viernes, junio 04, 2010

La novela familiar (Entrega 1)

Siempre quise abrir un blog que se llamara "La novela familiar" y que estuviera dedicado a poner en circulación textos de crítica literaria argentina. El nombre sería un tributo al maestro Nicolás Rosa quien en Políticas de la crítica: historia de la crítica literaria argentina (Biblos, 1999) leía a nuestros críticos involucrados en una "novela familiar" al mejor estilo freudiano: parricidios, filicidios y fratricidios. Mi sueño, entonces, era digitalizar diversos artículos, prólogos y fragmentos de libros de crítica literaria argentina para también explorar aquello que Rosa dio en llamar "ficción crítica", un discurso ya no subsidiario de la literatura sino "otra forma de ser de la ficción."
Pues bien, como ese utópico blog seguro quedará en mi lista de proyectos inconclusos, comienzo una serie de entregas con el título "La novela familiar" y que empieza, no podía ser de otro modo, con el prólogo de Nicolás Rosa a su libro La letra argentina en el que traza una suerte de biografía crítica y posiciona su escritura en un entramado de teorías y conceptos que revitaliza el rol de la crítica. Disfruten.

Estos textos, estos restos (Nicolás Rosa)

Revisar viejos textos, asegurarse el placer de la relectura, el goce de ciertos fragmentos y el pudor frente a otros, recuperar viejas ideas —el decoro de mi generación—, el valor de un adjetivo justo y preciso, el encantamiento de la creación de una palabra y creer que se ha logrado un concepto operativo, quizá una categoría teórica, reverse leyendo y escribiendo en el presente, en la actualización de un tiempo que destiñe, deslava los textos, pero que simultáneamente los cubre de una pátina de valores que se pretenden objetivos, preguntarse por quién era ése que escribió estos textos, donde la complicidad de los deícticos oculta la distancia locativa y temporal ¿Quien era ese que escribió?... Barthes ha puntualizado el valor performativo del verbo escribir en la modernidad. Si escribir se ha vuelto autorreferencial no quita que obstinadamente sostengamos la creencia de que siempre se escribe para alguien, o al menos para algo. En mi caso, escribir, escribir crítica, otra forma de ser de la ficción, siempre fue producto de un alto costo físico —la escritura es un capitulo de la Física cuántica pero también lo es de la Anatomía y casi, diría hoy, una verdadera catástrofe psíquica. Escribir algo, hacer del verbo escribir un verbo transitivo. Ya no se trata de saber quien escribe, o por qué se escribe, sino saber qué cosa es escribible que es la única pregunta que, al deshumanizarnos, nos enfrente a desierto de la historia, esa trituradora de imaginarios. Siempre sentí, aunque no sabía explicarlo, que escribir era merodear alrededor del "corazón maligno de todo relato", alrededor de la cosa literaria, a falta de términos menos enigmáticos.

jueves, junio 11, 2009

Borges en Mar del Plata

"Por eso digo que, de alguna manera, además de la entronización que hace el discurso universitario que por ahí anda diciendo "¡Hay que hablar de Lamborghini!" se me ocurre que a esos textos no le veo futuro en la literatura argentina. ¿Cuál es el futuro de esos textos? Porque Borges ha inflamado la sensibilidad argentina. En la playa, en Mar del Plata, hace diez años, todo el mundo hablaba con metáforas borgeanas sin haber leído a Borges. Cambió el estilo argentino, cambió la narrativa argentina, la narrativa de todos los días, de la vida cotidiana. "Hace un sol escandaloso": en los años cuarenta nadie hubiera dicho esto. Los jóvenes universitarios hablan borgeanamente sin saberlo, los jóvenes aun analfabetos, y hablo de los jóvenes de la Facultad, esos son analfabetos cultos; bueno, hablan como Borges, sin haber leído a Borges."
Nicolás Rosa en las actas de Autopistas de la Palabra. Primera Jornada de Literatura y Psicoanálisis (5 y 6 de Octubre de 2002) sobre la relación entre la obra de Osvaldo Lamborghini y la de Jorge Luis Borges.

martes, noviembre 25, 2008

Las sombras de Borges (Nicolás Rosa)

Leer a Nicolás Rosa siempre me resulta placentero y, a la vez, exigente. Su escritura es opaca y sus ideas suelen ser complejas porque relacionan distintos vocabularios teóricos y distintos planos del conocimiento (Rosa era, sin duda, un crítico erudito). Este texto en particular, Las sombras de Borges, me parece importante para pensar el legado de ese Gran Escritor del que pareciera que todos en el campo literario deberían dar cuenta de una forma u otra, de modo conciente o inconciente. El pedido de Rosa de "empecemos a olvidar a Borges" para plantear otro tipo de literatura, para escapar de la sombra de esa escritura monstruosa, es un pedido desesperado y casi imperativo, la posibilidad de ejercer el derecho al olvido.

Las sombras de Borges

"Se diría entonces que había estado leyendo en Las Mil y Una Noches un relato que se refería a mí mismo. Mil años antes de nacer estuve prefigurado en personajes que habitaron las riberas del Tigris. El terror y el desaliento me infundieron esta idea."


Dos opciones: o este es un texto fraguado por mí, simulacro de la copia borgiana, o si el lector prefiere es un texto de Thomas de Quincey extraído de su Suspiria de profundis, que es copia borgiana de De Quincy o texto borgiano de De Quincy que anticipa a Borges. La teoría de los precursores no implica ninguna relación de certeza, de búsqueda del origen de la verdad, sino más bien culmina en la dehiescencia de la raíz: encrucijada de la genealogía, desorientación del linaje.

Escribir sobre Borges hoy significa escribir con Borges. El problema es saber qué parte le corresponde a cada uno. Toda escritura sobre Borges divide al texto borgiano y opera sobre una parte: el Borges crítico, el Borges poeta, el Borges cuentista, o el Borges del Carriego, o el del Martín Fierro o el Borges de las puras ficciones. Y en cada parte, otra parte más pequeña: parte sobre parte o partes contra partes, toda escritura sobre Borges debe conjeturar—calcular, decimos— un encuentro de bordes —roce— con una parte de la obra de Borges, o presumir una congruencia icónica de un punto del texto escrito —operación de plegado topológico— con el texto a escribir. Este texto tiene como bordura a Funes el Memorioso, otorgándole un final que su oculta disposición propone: una metáfora de la lectura y una versión irrisoria de toda hermenéutica. Que los que se ocuparon de la escritura borgiana hagan del Quijote de Pierre Ménard su victorioso y altivo simulacro, obliga a aquellos que se ocupan de la lectura borgiana a proponer a Funes el Memorioso como una trama axiomática de esas operaciones que llamamos el leer y el escribir. Nadie puede escribirlo todo puesto que Todo no puede ser escrito. Nadie puede leerlo todo, puesto que Todo no puede ser leído. Incertidumbre y olvido pueblan los fantasmas de la lectura.

El objeto Borges (llámese su corpus, su texto, su escritura), que como tal es un objeto, es el texto de Borges más todos los textos que Borges ha leído —sus precursores o quizá mejor sus ancestros textuales—, más las lecturas que sobre el texto de Borges se han operado —lecturas estilísticas, sociocríticas, psicoanalíticas— las más inconsistentes según creemos —desde la izquierda y la derecha, desde el discurso universitario y desde la extra-territorialidad, desde la zona literaria argentina o desde los sistemas literarios y críticos extranjeros—, el objeto Borges, decíamos, se ha convertido en un objeto excesivamente potente, en un artefacto semafórico que marca los caminos, las vías, los derroteros, las fronteras y los límites de las zonas literarias y de los recorridos de escritura. De tanta luz, luz enceguecedora, no podrían negarse las sombras. El objeto Borges se ha vuelto opaco y de esa opacidad nos vamos a ocupar.

Potente, arroja tanto su luz como su sombra de escritura desde hace años sobre los escritores argentinos para fagocitarlos o expulsarlos, someterlos o excluirlos de su circuito. Hijo potente de padres, ancestros y filiaciones poderosas (todo lo que Borges ha leído-recordado en su escritura) se ha convertido en un Padre Textual omnívoro y omnipotente, genera ambivalentemente odio y amor, es el Padre con el que no se puede pactar para la división de los bienes textuales, él lo posee todo y su herencia permanece indivisa. Padre que, regenerándose en una voraz apropiación-desapropiación de los textos y en un consumo ingente de los despojos textuales, no ha permitido —todavía no ha permitido— el intercambio simbólico en la libre circulación textual. La herencia textual borgiana es una marca indeleble, como una marca de fábrica y todavía no nos ha permitido esa traslación, esa transferencia, en el sentido mercantil pero también psicoanalítico del término, propia de los linajes textuales: asentarse sobre la marca para borrarla, convertir la propiedad textual privada, privadísima, en bienes mostrencos. La Biblioteca borgiana —ese imaginario colectivizado en la cultura desde Alejandría y que se confunde con el Laberinto, desde Heliópolis, hasta la Biblioteca Nacional pasando por los palimpsestos medievales—, es una Biblioteca Hermética, no de un saber hermético, sino herméticamente clausurada. Se está siempre o demasiado cerca o demasiado lejos. Dentro de ella o fuera de ella.

Demasiado cerca: se establece con él, con ella, una relación perversa, de perversión textual, que produce copias de copias, imitaciones de la Imitación, pastiches de los pastiches borgianos (que en realidad nunca son tales pues sólo están citados, aludidos pero nunca efectuados), o da lugar a travestismos inconscientes. Los escritores que están ahora entre los 40 y los 50 años, todos han escrito textos borgianos, es decir textos miméticos. Este hecho no es de por sí negativo, es un camino de pasaje, si se quiere, de rito de iniciación a la escritura necesario para el escritor argentino, pero es un camino de alienación sin duda que debe dejar lugar a la separación. Separación que por el momento tiene figura de rito canibalístico, de ingestión del cuerpo textual en el festín de las letras totémicas. Pagada la deuda paterna, de hecho nunca saldada completamente, podrá el escritor establecer un diálogo textual donde su voz pueda llegar a otros.

En otro nivel, en el de la producción —es una comprobación empírica pero válida— la sombra de Borges se ha tendido sobre toda una generación de escritores, de grandes escritores, como Héctor Tizón, Antonio Di Benedetto, Juan José Saer, Daniel Moyano o sobre nuestros grandes poetas que han vivido no de la sombra de Borges (esos son otros, los otros que han hecho valer en el mercado internacional la sombra borgiana) sino que han sufrido la sombra de Borges: o demasiado cerca, Bioy Casares, pongamos por caso, o demasiado lejos, Juan L. Ortiz.

Para la crítica, y prácticamente las últimas generaciones a partir de 1955 no han dejado de escribir sobre Borges, este objeto potente se ha vuelto también opaco: absorbe todos los fulgores y no refleja ninguno. Podría decirse que es, en el caso, una elección de objeto narcisista invertida, donde la crítica sólo puede comprobar su propia especularidad. Este hecho se debe, según entendemos, por lo menos a dos fenómenos:
  • a la elevación a objeto de culto social del texto Borges (texto + personaje + autor + persona), fenómeno que desconcertó siempre al mismo Borges;
  • y al carácter fundamentalmente hiperliterario propio de la escritura borgiana. Literatura de literaturas, sobre literaturas, el acceso crítico, la entrada, si se prefiere, a la obra, queda siempre atrapada en la ficción crítica, que por su propia sustancia, anonada tanto al crítico como a la crítica. Esa excentrización del texto recae sobre la aniquilación del sujeto crítico que puede elegir el argumento de la carta obligada— y sólo elegir los caminos del silencio, los de la repetición o los del goce. Convengamos que estos dos últimos no son sino otras formas del silencio. Reposar-se en el texto y dejar que el texto repose.
Lo sorprendente en Borges no es tanto las múltiples lecturas que puede provocar su riqueza textual (en realidad un imaginario de la crítica) sino su monstruosa ilegibilidad (distinta de la de Sade o la de Joyce) y por ende su in-humanidad. Todo texto legible, aunque esté hipotecado por la estereotipia, es un texto humano: propone sus códigos, sus protocolos de lectura, su gramática ínsita, sus vectores de fuerza, en suma, las reglas de su legibilidad. Pero la obra de Borges, y tal vez allí resida el secreto de su escritura —secreto a voces como el de Polichinella— desanima y desconcierta los protocolos críticos, sólo remite a una experiencia de lectura y reenvía al crítico a esa totalidad imposible del texto borgiano y a esa otra totalidad imaginaria que es el sujeto de la crítica. Estamos siempre o demasiado cerca o demasiado lejos, pero nunca encontramos el centro. Sólo nos queda hacer, en un simulacro de parricidio (es decir, un gesto y no un acto fundacional como los parricidas ideológicos del 55), y es eso lo que está ocurriendo, del corpus borgiano un corpus citacional digamos, remedar al padre: hacer de la cita borgiana la cita de nuestras citas: despedazar el cuerpo del Padre Textual —ahora padre muerto— y proceder a su ingestión por partes, fragmentos de la fragmentación borgiana, negativizar la escritura borgiana, en suma, borrarla para que pueda volver a ser, no repetida, sino escrita.

¿De dónde proviene, ahora más profundamente, esa monstruosa ilegibilidad del texto borgiano? El texto de Borges como el de Sade son in-humanos porque legislan contra la humanidad de la gramática y de los códigos, los imitan a la perfección para socavar sus reglas más profundas: soslayan la distancia del original a la copia, que es la función macabra del simulacro. El texto de Joyce, quizá como el de Artaud, es des-humano: despoja al simulacro ficcional de su sustento subjetivo: en el horizonte ya no hay quien escriba, ya no hay quien lea. En Borges no hay ningún hermetismo (salvo el simulacro del hermetismo), en Borges no hay ninguna filosofía (salvo el simulacro del pensar metafísico), ninguna lógica (salvo el simulacro de una lógica aritmética. Oh! los números en Borges, y no nos referimos a la simulación de juegos cabalísticos), ninguna dificultad del estilo (salvo el simulacro del estilo de otros estilos). Quizá la ilegibilidad borgiana consista en haber realizado el programa de Mallarmé: "Todo en el mundo existe para concluir en un Libro", en el Libro Absoluto mallarmeano, el Libro-Naturaleza como Logos. La escritura de Borges es pulsátil, es un escándalo geométrico, no posee extensión, de allí la imposibilidad de narrar y la convocatoria hechicera de lo inenarrable. El texto borgiano comete el error de infinito, del cual hablaba Blanchot. Todo está en todas partes, en el centro ficticio y en el borde del texto, en el texto y en el co-texto, pero nunca en el contexto. Esa escritura es pura tensión, no ex-tensión, es puro punto y todos sabemos cómo se llama ese punto. Y en ese punto descentrado, en ese centro incandescente pero vacío, el mundo calla, enmudece. El Libro que reemplaza al Mundo. Herejía de la literatura, heresiarca de la escritura, Borges consuma anticipadamente el límite de lo posible escriturario de nuestra época. Es él todo lo posible, agota el imaginario textual y nos deja huérfanos de irrealidad. Sin horizonte, horizonte histórico —también hay una historia de lo imaginario—, no hay posibilidades de escritura ni de lectura. Borges cubre, por el momento, todo ese horizonte y nos condena a la pura legibilidad, a la dura y ascética herencia de ser lectores puros.

Memoria y olvido son los puntos extremos que traman la textura de un texto: inscripción y borramiento son las operaciones que engendran la escritura. Operaciones que convocan la memoria textual y el olvido textual. A medida que leo-escribo, a medida que escribo-leo todo el pasado textual —restos y despojos por momentos deslumbrantes—, pero aquello que todavía no ha sido cuantificado por la crítica es el olvido. A medida que leo-escribo, olvido; a esa fugacidad la hemos llamado des-lectura, aquello que produce el texto des-leído. El olvido-necesario, el olvido-bálsamo, el olvido-protector. Aquel que le faltó a Funes. Eso se llama palimpsesto: al escribir borramos la escritura del otro, de los otros, la cancelamos, pero al mismo tiempo la inscribimos en nuestra propia escritura.

¿Qué es el cerebro humano sino un palimpsesto?, se preguntaba indeciso Thomas de Quincey. Y la respuesta la da Freud, el cerebro humano, permítasenos esta expresión, es un block mágico. Allí donde más se quiere recordar, más olvidamos. Y lo que proponemos es simple y sencillo, pero costoso. Empecemos a olvidar a Borges.

Fuente: Rosa, Nicolás (2003): La letra argentina: crítica 1970-2002, Buenos Aires, Santiago Arcos, págs. 165-170.

viernes, octubre 27, 2006

La lengua del ausente (un recuerdo de Nicolás Rosa)

La muerte de Nicolás Rosa me tomó por sorpresa. No tengo mucho para decir sobre él, tan sólo fui un alumno más de la materia (Teoría Literaria 3) que dictaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Sin embargo, me pone la piel de gallina pensar en que ya no dará más clases en la facultad, en que ya no podré ir a escuchar las conferencias que daba en otros sitios, en que, una vez más, se nos escapa una persona inteligente y apasionada por dos cosas: la enseñanza y la escritura.
Es verdad que nunca terminé de entenderlo: compré varios de sus libros y empecé todos los artículos pero nunca los terminé; varias veces me fui de sus clases, excelentes clases en las cuales me resultaba casi imposible seguirlo y que, sin embargo, me cautivaban. A lo mejor era ese estatuto que buscaba para la crítica literaria lo que me enganchaba a su letra: la autonomía de la crítica respecto de la literatura, una crítica con estilo y, sobre todo, una "ficción crítica".
No tengo mucho para decir, lamento mucho su muerte y todavía no comprendo por qué lo siento tan cercano. La última vez que lo vi, leyó una conferencia sobre Borges y la matemática y aclaró que el texto tenía una complejidad alta. Tal vez por eso, entendí la mitad de lo que leyó pero juro que esa mitad me iluminó el día y me dió una razón para seguir confiando en la crítica literaria, en su función política y estética. Esa tarde volví a sentir, como antes me había sucedido con su lectura de "La ficción proletaria", el placer del texto.

Algunos artículos en Internet:

Dos reseñas de La letra argentina (Santiago Arcos, 2003):

Contratapa de Relatos críticos (Santiago Arcos, 2006), su último libro:

"¿Qué es un intelectual? Vive de prestado y es el comensal más evidente de las oficinas que anotan, registran y documentan el circuito de la cultura. Ensayos, novelas, filosofías, historias, crónicas, "papeles", son la cocina donde se mezclan las versiones y opiniones que sostienen sus intentos y pretensiones -dos razones distintas- de ejercer una modificación en el sistema de pensamiento circulante -una culta latiniparla abreviada- con la idea de producir acciones en la conducta política del entorno. La historia de los intelectuales, quizá Sócrates y así le fue, y con toda seguridad Cicerón y Plutarco, tal vez Tomás, y con toda seguridad Agustín, Voltaire, personaje puramente político en su obra y en su acción, Rousseau en parte modesta, arrogante Sarmiento que puso en su obra la política a su favor en desmedro de su accionar político, a diferencia de Mitre que puso a su favor la historia, y los intelectuales contemporáneos que viven a la sombra de algún poder -de opinión, de circunstancias, de ejercicio de un mandato, de un grupo o asamblea-, que los convoca para reducirlos a una voz sojuzgada por la ideología circunstancial, ¿no viven del trabajo de los otros, para pensar para otros después de haber pensado gracias a otros?, ¿el intelectual no será el parásito que corteja la cortesanía del Poder?... Absorbidos, chupados por el bicho cultural, los virus informáticos son la muestra aleatoria de los parásitos contemporáneos.
Podemos dormir tranquilos, la computadora piensa por nosotros; el riesgo como máquina de autoridad es piense golosamente "en nosotros" para organizar la gran comilona cultural."

miércoles, junio 21, 2006

Cuadernos de Recienvenido

Revolviendo la web, encontré los Cuadernos de Recienvenido, publicación editada por Jorge Schwartz en la Universidad de San Pablo, Brasil.
Hay números para todos los gustos: autores-contraseña al estilo de Ricardo Piglia y Edgardo Cozarinsky; una entrevista a Juan José Saer; un homenaje a Néstor Perlongher en el que participan Glauco Mattoso, Haroldo de Campos y Nicolás Rosa, entre otros; un especial sobre Borges; un ensayo sobre Scalabrini Ortiz; otro ensayo sobre la revistas culturales argentinas (1981-1987) ; y demás números para quemarse las retinas leyéndolos en el monitor (aunque siempre está la costosa opción de imprimirlos ya que varios de los números son cortos). Dénse una vuelta que no se van a arrepentir.

PD.: Todo el mérito del hallazgo se lo debo al link de Link al Google Académico.

 

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