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sábado, agosto 16, 2025

Enrique Pezzoni sobre la traducción de Girri de The Waste Land

Hace unas semanas, mientras armaba el posteo con la nota de Chitarroni sobre la traducción de Girri de The Waste Land, me crucé con un posteo del blog Club de Traductores Literarios de 2020. En este, Jorge Fondebrider recupera un ensayo de Enrique Pezzoni sobre esta misma traducción y sobre el rol de Alberto Girri como lector y traductor. Lo corregí un poco (tenías varios errores de tipeo) y lo pego más abajo para quien quiera leerlo.

Copio la introducción que escribió Fondebrider para aquel posteo exhumador de 2020:

Poner orden en los viejos papeles que uno va juntando con los años tiene sus ventajas. Una de ellas es encontrar cosas que se habían olvidado por completo. Así, en los próximos días, el Administrador irá subiendo, junto con artículos más cercanos en el tiempo, otros, de mucho valor, perdidos en las páginas de diarios y revistas, y nunca incluidos en libro. Y para empezar, éste, publicado por Enrique Pezzoni, el 19 de febrero de 1989, en La Gaceta, de San Miguel de Tucumán.

Para poner en contexto al lector no familiarizado con estos nombres, la editorial Fraterna, de Buenos Aires, acababa de publicar La tierra yerma, con versión y notas de Alberto Girri. Éste y Pezzoni, anteriormente habían traducido una antología de poemas de T. S. Eliot para la editorial argentina Corregidor. Ambos habían sido frecuentes colaboradores de la revista Sur, de Victoria Ocampo, además de amigos.

Pasen y lean. ¡que lo disfruten! (El dedo en la foto de la edición de Fraterna es del escritor Manuel Moyano Palacio) 


“The Waste Land” en español (Enrique Pezzoni) 

Hay un doble gesto que se reitera en muchos de los libros de Alberto Girri. Consiste en incluir junto a sus propios poemas, traducciones de poetas anglosajones. La lista es larga. Girri suele cerrar sus libros con versiones de G. M. Hopkins, W. B. Yeats, Wallace Stevens, Robert Graves, T. S. Eliot, Peale Bishop y también otros autores menos festejados por la popularidad, siquiera académica, entre nosotros: W. D. Snowdgrass, William Bay Smith. El doble gesto de reunir textos propios con textos de otros –—pero apropiados a través de la traducción— señala dos proyecciones aparentemente divergentes, dos rumbos que en realidad coinciden. Son el movimiento mismo de ir hacia el poema, el propio, el de otro. Creo que hay en verdad un rasgo característico, sino definitorio, de la práctica poética de Alberto Girri. Ese rasgo es la tensión permanente de partir hacia un texto que se exhibe como indagación de sí mismo. Los poemas de Girri se presentan como una imagen del mundo que consiste en una interrogación constante: no sólo un preguntarse acerca del mundo, sino también acerca del movimiento que lleva a una imagen ofrecida como un hallazgo nunca definitivo. Cada poema de Girri es a la vez lectura del mundo y de sí mismo. Una poética severa, rigurosa, que declara la afinidad entrañable entre lo hecho, el poema, y los modos, las posturas, las estrategias de ese hacer. El poema como práctica y también como indagación de esa práctica. “El poema como idea de la poesía”: título de un texto contenido en El motivo es el poema (1976), en el cual Girri reflexiona sobre su propio proceder: “que el poema/ se conduzca en la mente como un/ experimento en una ciencia natural,/ y que la aptitud/ combinatoria de la mente sea/ la única inspiración reconocible”. 

Los poemas de Girri se leen a sí mismos. No se interpretan, no se regalan sentidos contundentes. En todo caso, se explican: se despliegan, se exhiben como la búsqueda en que consisten. Las traducciones de Girri son otro modo de ir hacia el poema desplegándolo sin caer en la trampa de la interpretación. Si en sus propios textos Girri se lee, en sus versiones lee a otro poeta. Actividad insaciable de lector: no sólo leer sentidos, sino también y por sobre todo leer las actitudes y las formas asumidas por la práctica poética. Poeta y traductor: ambos términos son en Girri sinónimos de lector. Lector contumaz, autoconsciente, obsesionado por mostrar los textos en el proceso de hacerse. Tal es para Girri la tarea del poema y también del traductor. 

“La tarea del traductor” (1), título del memorable ensayo de Walter Benjamin. Con la sinuosa complejidad de su pensamiento, Benjamin define a través de afirmaciones y negaciones la paradójica misión del traductor, posible e imposible a la vez, reveladora y al mismo tiempo encubridora del texto original. “La traducción es, ante todo, una forma. Para comprenderla de este modo es preciso volver al original, ya que en él está contenida su ley, así como la posibilidad de la traducción”. ¿Qué garantiza esa posibilidad? ¿Cómo definir la traductibilidad de un texto? ¿Acaso hay obras que en su esencia no sólo consienten, sino más aún, exigen en la traducción un acuerdo con la significación de la forma? Sin duda la respuesta no está en el hecho trivial de que una obra haya encontrado a su traductor adecuado. En todo caso, la tarea del traductor consistiría en descubrir que su versión brota del original mismo y en tener presente que no son las traducciones las que prestan un servicio a la obra, sino más bien que deben a la obra su existencia. Las buenas traducciones, las que no consisten en meras comunicaciones o informaciones acerca de los sentidos del original, son aquellas a través de las cuales la obra original sobrevive y alcanza de ese modo su expresión póstuma más vasta y siempre renovada. Por otro lado, la traducción destaca la íntima relación que tienen los idiomas entre sí: y en este sentido, el pensamiento místico de Walter Benjamin lo impulsa a decir que esa relación se basa en el ser lingüístico común a todas las cosas, antes de que se produzca la diversificación en lenguajes diferentes. Paradójicamente, la traducción también revela la diferencia radical entre los idiomas. Una diferencia que no anula la afinidad entre ellos. Cada idioma es para Walter Benjamin parte de un todo, y en esa complementariedad puede percibirse “la pura lengua de la armonía de todos esos modos de significar”. Situado en el corazón mismo de la dialéctica entre lo singular y lo total, el traductor goza del arduo privilegio de encarnar esa suerte de desgarramiento, única fidelidad a la que se siente sujeto. El traductor es así un lector a ultranza: percibe en el original la profusión de sentidos a que está ligada su forma, y al mismo tiempo reduce esa pluralidad al elegir entre los sentidos aquellos que pueden transmitir en su versión a un idioma determinado. Traductor/lector crítico, autoconsciente de la paradoja que enfrente la percepción de una efervescencia de sentidos y la imposibilidad de reiterarla totalmente en su versión, puesto que para ser inteligible, debe reducir la multitud de significaciones originales y reducirla al sentido que recorta y elige. El traductor, lector crítico. Al definirse a sí mismo en relación Friederich Schlegel y el romanticismo alemán, Walter Benjamin afirma esta similaridad entre la lectura crítica y la traducción. La una y la otra participan de ese gesto que Benjamin llama irónico: un gesto que deshace la movilidad del original dándole una forma canónica en la traducción. El original nunca es definitivo, puesto que puede o exige ser traducido. Es imposible, en cambio traducir una traducción. La traducción congela y por eso mismo muestra la vertiginosa movilidad del original: su inestabilidad. La lectura crítica del traductor es, así, contradictoria: revela que el original no puede reproducirse ni imitarse, pone en movimiento la multiplicidad de sus sentidos, aleja la posibilidad de canonizarlo, pero canoniza su propia versión. 

Tal es la tarea que Alberto Girri asume en su doble gesto de ir hacia el poema propio y hacia el de otro. Como el traductor descrito por Walter Benjamin, Girri se entrega a una tarea posible a la vez que imposible. Se propone versiones transparentes que lleven al original sin reproducirlo: mostrándolo como la forma desde la cual brota toda versión. Transparencia ilusoria. El ideal del traductor/lector Alberto Girri consiste en desaparecer, ofrecer sus versiones casi como decisiones espontáneas del original; la empresa es admirable por el aliento que impulsa: regresar a una lengua primera, original y origen, una lengua que rebase ahora el inglés y el español y que sea la lengua trascendente a cada idioma particular. 

La traducción de The Waste Land que nos propone Alberto Girri hace desestimar los áridos debates en torno a fidelidad versus libertad. Para Girri no hay otra fidelidad que la que liga al traductor a ese potencial de traductibilidad que es la ley del original. No la servidumbre a cada palabra, a cada giro; el apego a cada palabra aislada en The Waste Land nunca logrará aprehender los sentidos del texto: en él, la significación no está únicamente en lo pensado ni en la palabra aislada, sino precisamente en la proporción en que lo pensado está unido a la manera de pensarlo lingüísticamente. Frente a The Waste Land, La tierra yerma de Alberto Girri se muestra como un procedimiento transitorio, provisional, para descubrir lo que cada lengua tiene de original. Y a la vez es el ademán que señala la totalidad ante la cual se fascina Walter Benjamin. La traducción al español del texto de T. S. Eliot es sobre todo su forma: es decir, es una parte de la constelación que integra con el texto inglés de Eliot: “La verdadera traducción es transparente: no cubre el original, no le hace sombra, sino que deja caer en toda su plenitud sobre éste el lenguaje puro, como fortalecido por su mediación” (Walter Benjamin). Es la forma de libertad que elige Girri: la de ir más allá de la antinomia entre fidelidad y libertad. Su libertad es la de optar por la desaparición como traductor: no interponerse, permitir que se contemplen mutuamente The Waste Land y La tierra yerma. Desaparición, transparencia imposible salvo como ideal de conducta: empeño condenado a un maravilloso fracaso. Libertad constreñida por la forzosidad de elegir entre la irradiación de sentidos de The Waste Land. Libertad impetuosa, pero sin desenfreno, consciente de su capacidad —necesidad— de optar en cada instante. Traductor/lector crítico, Girri lleva hasta el extremo la virtud de percibir la ebullición de la significancia. En su versión procura dejar la huella de esa lectura abarcadora, pero a la vez se resigna a la singularidad del sentido que es dominante en el momento provisional de la traducción. El texto de T. S. Eliot y la versión de Alberto Girri se contemplan sin hostilidad. Precisamente porque el traductor/lector se resigna a la mediación: la tarea es encontrar en la lengua a la cual traduce un eco del original. Tarea afín a la del poeta que, en cada uno de sus textos, percibe la interacción constante que es la lengua poética: “una estructura/ de palabras, mosaicos de palabras/ en que cada voz irradia su eficacia/ hacia la derecha, hacia la izquierda/ y sobre la totalidad, el conjunto". (“Nunca un poema es lo que su autor creyó”, en El motivo es el poema). 

Como el traductor, el poeta contempla el poema propio. Se quiere transparente, espectador de lo que atestigua. Pero sabe que la contemplación está mediada por él mismo, poeta/lector, traductor/lector crítico. Observemos las sutiles elecciones con que Alberto Girri deja su huella en su versión de The Waste Land. Algunos ejemplos: 

En el comienzo de “El entierro de los muertos”, el primer canto de La tierra yerma, Eliot enhebra una serie de morosos gerundios: 

April is the cruellest months, breeding/ Lilacs out of the dead land, mixing/ Memory and desire, stirring/ Dull roots with spring rain./ Winter kept us warm, covering/ Earth in forgetful snow, feeding/ A little life with dried tubers. 

La versión de Girri puntualiza los tres primeros gerundios transformándolos en verbos en presente, antes de regresar al aspecto durativo en los dos gerundios que siguen: 

Abril es el mes más cruel, engendra/ lilas de la tierra muerte, mezcla/ recuerdo y deseo, despierta/ con lluvia primaveral inertes raíces./ El invierno nos mantuvo al calor, cubriendo/ la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo/ un algo de vida con tubérculos secos. 

En algún momento, la versión prolonga la polisemia del original eligiendo un término que suspende al lector entre la posibilidad de percibir sentidos superpuestos. Así, el verso 54 del primer canto de La tierra yerma, en el cual la quiromántica Madame Sosostris echa las cartas del Tarot y dice al consultante: “...I do not find/ The Hanged Man. Fear Death by water”. La sutil complejidad del texto inglés, que suspende el Fear entre el imperativo de “temer” y el sustantivo Fear “miedo”, se prolonga en la versión de Girri mediante la casi perversa oscilación entre los dos sentidos: “...no encuentro/ Al Colgado. Tema la muerte por agua”. 

En esta línea, tema es la exhortación verbal (“tema (usted)”) y es además el fantasma de un sustantivo que se proyecta en la idea de tema como argumento central. Doble entonación, doble sintaxis: “Tema (usted) la muerte por agua” y “Tema: la muerte por agua”: el argumento central de La tierra yerma. 

En el segundo canto, “Una partida de ajedrez”, surge el verso shakespereano con su simetría espectacular y perfecta: “Those are pearls tha were his eyes”. La versión de Girri mantiene la doble simetría sintáctica y semántica, y la intensifica al proponer un rotundo endecasílabo de resonancia barroca: “Perlas son éstas que fueron sus ojos”. 

Cierro esta breve lista con la mención de un caso risueño. En los versos 140-1 de “Una partida de ajedrez”, los parroquianos de una taberna se despiden entre sí exhibiendo su acento cockney: “Goonight Bill. Goonight Lou. Goonight May. Goonight Ta ta. Goonight. Goonight. Goonight”. Girri traspone, no ya al español, sino al porteño ese acento cockney usando una forma que despierta todo un eco popular y aún radiofónico: “asnoches Bill... asnoches Lou. Asnoches May... as noches. Gracias gracias... asnoches... asnoches... asnoches”. 

Como todo texto poético, The Wast Land de T. S. Eliot es la forma, la constelación de sentidos que Walter Benjamin sabía discernir. La versión de Girri es una forma en la cual, más allá de la transparencia a que aspira, circunscribe, recorta, canoniza algunos de esos sentidos y a la vez los prolonga: los abre hacia la sombra de otras significaciones posibles que de pronto saltan al primer plano. Transparencia y a la vez presencia del traductor/lector crítico, Alberto Girri, lector a ultranza, poeta/ traductor que se lee y lee fascinado ante lo que atestigua en sí y en otros. Los desplazamientos temáticos, la superposición de imágenes, de mundos remotos entre sí, pero también implacablemente inmediatos, el deslizamiento de uno a otro entre diferentes niveles de lengua que vuelve irrisoria la distinción entre lengua coloquial y lengua poética: esos rasgos de The Waste Land se trasladan persuasivamente en La tierra yerma vertida por Girri. Girri dialoga con Eliot, consigo mismo. Con los poemas propios —lectura de sí, indagación de la práctica que lleva a la imagen del mundo ofrecida—, con los cantos de The Waste Land. Diálogo terso pero apasionado entre singularidades y en el interior mismo de la totalidad poética a que ascendía la lectura de Walter Benjamin. 

(1) Walter Benjamin, en Ensayos escogidos, traducción de H. A. Murena, Buenos Aires, Editorial Sur, 1967, págs. 77-88.

lunes, julio 14, 2025

Luis Chitarroni sobre La tierra yerma

Hace unas semanas buscando otros textos en la reciente publicación subida por AHIRA, El Ciudadano, que salió entre 1988 y 1989, me topé con esta lectura de Chitarroni de la traducción del poeta Girri de The Waste Land, de Eliot. 

Me gustó bastante. Por un lado, porque habla más sobre Eliot y sus lecturas y su importancia en la poesía moderna que sobre La tierra yerma de Girri (lo que me produjo algo de gracia); por otro lado, porque me parece un texto ágil, erudito y a la vez menos críptico que otros textos a los que Chitarroni nos tenía acostumbrados. 

Vaya pues este artículo perdido para quien quiera leerlo. ¡Salú!

El uso de la traducción 

Escribe Luis Chitarroni 

En su versión de La tierra yerma, de T. S. Eliot, Alberto Girri ha rescatado la unidad crucial del poema, ausente en otras ediciones 

Según el crítico Hugh Kenner, el punto de partida de La tierra yerma, aparte de From Ritual to Romance, de la antropóloga Jessie Weston, fue un libro que le enviaron a Eliot para reseñar en el Times Literary Supplement: The Poetry of John Dryden, de Mark Van Doren. De acuerdo con este preciso informe, que parece acentuar ya inútilmente el carácter de centón de La tierra yerma, el poema Annus Mirabilis de Dryden —que establece un paralelismo entre la Roma de Ovidio y la ciudad de Londres dos décadas después de la Restauración— proporciona tal vez el modelo inicial para esas ideas que Eliot tenía en la cabeza y que empieza a esbozar en 1921 en Lausana, “ese alicaído agujero entre montañas”. 
Pero la información ofrece un mínimo de interés. Con sólo atisbar Annus Mirabilis cualquier lector advierte algo que de todos modos habría advertido: de qué modo Eliot se valía de la tradición para encarar su trabajo poético, Annus Mirabilis está escrito con pulcras y conclusivas antífrasis en un inglés marcial y latinizante, rimado a partir del esquema abab (tan perdurable en los oídos ingleses gracias a la Elegy in a Country Churchyard de Gray), y perfecciona hasta el tedio la prudente analogía antedicha. De modo que su lectura sólo pudo ofrecer un débil impulso (aunque tal vez fuera el que Eliot necesitaba) para la ejecución de The Waste Land
Cuando calló su mención en las notas que acompañan al poema, Eliot debió prever con singular preciencia esa ventaja. En términos de traducción en la propia lengua, podríamos decir que la relación entre el modelo y la versión tal vez se inscriba en esa categoría de “calculado fracaso” de la que habla Steiner en Después de Babel. “El poema moderno —escribe Steiner— es por definición una contemplación activa de la imposibilidad total o casi total de un nacimiento ‘al ser’. La poesía del modernismo consiste en organizar los escombros: nos lleva a contemplar, a oír el poema que pudo haber sido, el poema que será cuando el mundo sea hecho de nuevo, si es que llega a serlo”. El modelo, por lo tanto, consigna una serie de direcciones que el traductor posterior conduce hacia desenlaces diferentes. Entre uno y otro, el vertiginoso desafuero de la versión coloca también los silencios distanciados que permiten habituarnos a la precedencia de una voz y al orden que, en rigor de esa precedencia, el eco impone. 
Hoy, el mundo y la literatura pueden parecernos imposibles sin el verso que designa a abril como el mes más cruel, pero acaso sólo se trate de una superstición creada por el gran arte. Del mismo modo que el talante de Eliot nos persuade cuando en su ensayo sobre Alighieri discute la validez de las aserciones rotundas en poesía —justificando “la sua voluntad de è nostra pace” (su voluntad es nuestra paz) de Dante y “Ripeness is all” (la madurez es todo) de Shakespeare, y descalificando “Beauty is truth, truth is beauty” (la belleza es verdad; la verdad, belleza) de Keats, su inscripción en un sistema clásico hace invulnerable la indiscreta voluntad asertiva que atribuye un adjetivo moral a una puntualidad calendaria. Eso, sin tener en cuenta la maledicencia de quienes hacen recaer sobre el poeta de St. Louis y su mentor de Idaho, el señor Pound, una campaña de proselitismo nefasta para la modernidad (alguien la definió, parafraseando a Shakespeare, como “a tale, told by und eliot, full of pound and fury, signifying nothing”), puede deberse a que el siglo, imperceptiblemente. se ha eliotizado. La importancia de La tierra yerma para el lector contemporáneo es fundamental, y su influencia en la poesía escrita en castellano, en poetas tan diferentes como el propio Girri, Basilio Uribe y Leónidas Lamborghini, por ejemplo, merece atención. 
Octavio Paz, cuyo conocimiento de la poesía angloamericana resulta siempre revelador, opina que no hay un solo Eliot: “A mí me interesa más el segundo Eliot que los otros. Porque hay tres Eliot: el primer Eliot, todavía muy influido por algunos simbolistas franceses, sobre todo por Laforgue; después viene el gran período, que culmina con The Waste Land; y después viene el tercer Eliot. que se vuelve hacia el anglicanismo en religión. Es ‘el que menos me interesa’”, ha dicho. Con cautela, creo que deberíamos disentir. El poeta que escribe en un francés frivolo “Mélange adultére de tour” no desmiente a la voz apodíctica y dispersa de La tierra yerma ni al sedentario compositor de los Cuatro cuartetos: lo completa. En Eliot, la calidad clásica aparece aboliendo casi al sujeto para consagrar a la obra en razón de un cumplimiento que tiene que ver tanto con la relación que el poeta entabla con los precursores (parecida a la que Borges ejemplifica en su ensayo sobre Kafka) como con esa condición que Eliot tanto valoraba: la impersonalidad. El esbelto volumen de sus poemas completos no tiene muchas más que doscientas páginas. Esa economía que en otros podría considerarse exigüidad, produce en su caso un esforzado valor sustantivo: concentración. 
La traducción de Alberto Girri de The Waste Land es un acontecimiento importante en este reino del desinterés que parece banalizarlo todo. El ajustado tono con que Girri ha trabajado apunta también a otorgar la significativa atención que se merece la unidad crucial del poema de Eliot. Puesto que Eliot descartó para su poema los dos elementos unificadores que podrían haberlo beneficiado superficialmente —contar un solo relato y encontrar una pauta métrica para todo el poema—, hay que considerar esta aclaración que Girri incluye en su nota introductoria: “La voz del poema es siempre, la del Rey Pescador, arquetipo de todos los personajes, cada cual confundiéndose con el que sigue, cada cual en el brete de una experiencia negativa comparable”. 
Las traducciones anteriores de The Waste Land (al menos las que conozco) no habían reparado en esa unidad. Son tres, de las cuales se han consultado sólo dos: la de Ángel Flores (La tierra baldía y otros poemas, Emecé, 1954) y la de Agustí Batrá (Antología de la poesía norteamericana, UNAM, Nuestros Clásicos, 1972). La tercera es de José Ma. Valverde para Alianza Editorial. Refiriéndose a estas o a otras, Girri ha dicho en un reportaje: “...acabo de terminar la versión con notas de The Waste Land, que en la Argentina no se había hecho sino parcialmente y en otros países de habla hispana, criminalmente”. Si bien ni la versión de Flores ni la de Batrá (vaya a saber uno qué ocurre con la de Valverde) pueden compararse con la suya, el adverbio final parece un poco exagerado. Algunos botones de muestra. Girri traduce con estricta literalidad y gusto el pasaje inicial de “A Game of Chess” (Una partida de ajedrez), encuentra en español algo así como una tesitura casi equivalente a la que le permite a Eliot intercalar sin incomodidad un verso de Shakespeare en el pasaje de Madame Sosostris (“Those are pearls that were his eyes” / “perlas son éstas que fueron sus ojos”). En “The Fire Sermon” (El sermón del fuego), donde Flores encuentra “perezosos empleados municipales” y Batrá “indolentes herederos de los potentados”, Girri opta por una modesta sensatez: “ociosos herederos de los directivos de la City” (“loitering heirs of city directors”). Esa ahogada virtud deja oír de verdad el poema de Eliot a los lectores argentinos, si bien se podría también, en aras de la contextualidad, insinuar un reproche a la elección de “yerma” por “waste”. Cierto que “yerma” es más exacta, pero “baldía” está indestructiblemente ligada a nuestra memoria, con su énfasis innecesario y su vocación de potrero. 

La tierra yerma (The Waste Land), de T. S. Eliot. Edición bilingüe, versión y notas de Alberto Girri. Buenos Aires, Fraterna, 1988. 72 páginas. 

Fuente: El Ciudadano, n. 20, 07/03/1989, Buenos Aires, p. 26.
 

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