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miércoles, mayo 27, 2020

Escrituras excéntricas

Rescatar autores y autoras que fueron relegados a un lugar de sombra y fuga en la literatura argentina fue el objetivo de la antología que Héctor Libertella publicó en 1997 bajo el título: 11 relatos argentinos del siglo XX (una antología alternativa). Hace varios años, le dediqué un post al respecto intentando revisar qué escritores y escritoras continuaban escapando al canon oficial y cuáles, en cambio, habían comenzado el proceso de santificación. Creo que mis conclusiones acerca de aquella selección no se modificaron demasiado.
Sin embargo, unas semanas atrás, al volverme a cruzar con el libro de Libertella, renació la pregunta: ¿qué autores y autoras, a la sombra y en fuga, podrían hoy por hoy significar una mapa alternativo para la literatura argentina? Para responder a esa pregunta, contacté a algunos amigos y a algunas amigas de este blog. La propuesta es pensar tres escrituras aún alternativas, excéntricas, fugadas y justificar brevemente cada elección.
En un gesto de egocentrismo cultural (todo lector es egocéntrico), arranco con el desafío y abro esta serie para una antología alternativa actual y virtual de la literatura argentina.

Tres escrituras excéntricas (Golosina Caníbal)

1. Carlos Correas. "Los jóvenes"


El relato de Correas comienza de este modo:

"A la una de la mañana el Anchor languidecía. En el mostrador del bar, varios putitos de calzoncillos anatómicos beben Coca-Cola. Junto al piano bailotean torpemente dos ingleses de porongas lechosas. Los farolitos rojos dan la justa luz para ese pequeño quilombo de pajeros. Mesitas alcahuetas y lustraditas, mozos con aire de perros, espejos estratégicos para que los putitos se deseen de reojo".

Eso en 1952. Como si no bastara con "La narración de la historia" ( y Los reportajes de Félix Chaneton (1984), como si no fuera suficiente con Ensayos de tolerancia (1999) y La manía argentina (2011), Correas escribió en 1952 un relato neobarroso que parece anticipar a Osvaldo Lamborghini, a Néstor Perlongher y a toda una línea de la literatura argentina que mezcla la homosexualidad, la violencia y el humor para producir una torsión en el lenguaje.
Felizmente, la editorial Mansalva recuperó este relato en su edición de 2012, junto con "Las armas tiernas", para demostrar que Carlos Correas es un escritor inclasificable y que uno de sus relatos más antiguos se anticipó 20 o 30 años a la literatura por venir.
Si por "La narración de la historia" Correas fue perseguido judicialmente, ¿qué hubiera producido esta bomba de semen y sorna titulada "Los jóvenes" en el campo cultural argentino de los años 50? ¿Qué sigue generando ahora?

2. Amalia Jamilis. "Osario bajo la luna"


La obra de Amalia Jamilis, cuentista platense, es un secreto a voces. El primer libro suyo que leí  lo encontré entre los usados del Jardín de la República a un precio mínimo, su título es Ciudad sobre el Támesis (1989) y su lectura me deslumbró.
Supe que ahí había una escritura excéntrica, olvidada, algo cortazariana, algo ocampiana también pero con un estilo particular. A partir de allí, comencé a buscar el resto de sus libros. Desde Parque de animales (1998) hasta Detrás de las columnas (1967), leer a Jamilis es una experiencia particular: ella cultiva el arte de la sugerencia, las tretas de la elisión.
En este sentido, "Osario bajo la luna", publicado en el libro Los días de suerte (1969), es un relato breve pero condensa su imaginación y su pericia literaria: un principio desconcertante, una puesta sintáctica personal que construye la narración pieza a pieza y un cierre que reenvía al lector inmediatamente al comienzo de la narración, para poner a prueba de nuevo esa primera sensación de desconcierto. Amalia Jamilis, taumaturga de la narración breve, misteriosa artífice de pequeños universos narrativos.

3. Elvio Gandolfo. "Vivir en la salina"


Probablemente remitir a la obra de Elvio Gandolfo pueda ser una obviedad hoy por hoy. Y sin embargo... Encontrarse con relatos como "Vivir en la salina", "Llano al sol" o "El terrón disolvente", significa abrazar la escritura de género como una posible vía de escape. ¿Por qué evitar los géneros? ¿Por qué no apropiarse de sus lógicas para volverlos próximos y fascinantes?
Gandolfo lo logra. "Vivir en la salina" es un policial negro, un relato seco y exasperante. La hostilidad del ambiente, la terquedad de sus personajes, la tensión en las relaciones se despliegan línea a línea.
Publicado en 1982, en un libro redondo bajo el título La reina de las nieves, este relato es una muestra de cómo Elvio Gandolfo abre la puerta de los géneros para la literatura argentina, en la línea de Angélica Gorodischer y de Charlie Feiling. Por el contrario, tomando las lógicas del género y armando una historia eficaz e inolvidable. Salve, Elvio, tus lectores te saludan con emoción y valor.

martes, marzo 24, 2020

algunos relatos de la memoria

Desde hace varios años, para esta fecha de la memoria, vengo posteando algunos relatos de autores que me gustan y que posiblemente no fueron tan tenidos en cuenta a la hora de volver sobre el 24 de marzo. En medio de esta pandemia brutal que nos aísla y nos estanca en un día infinito, preferí recuperar esos textos en un solo posteo a subir algo nuevo. Así que ahí van, un fragmento de cada uno y el correspondiente vínculo para quién/es quieran leerlos o releerlos.



Los taconeos, el acento metálico de las armas al ser cargadas o descargadas, el tintinear de las botellas, los gritos, las órdenes, el roce de las esposas, la caída del agua de los retretes, un encendedor al prender, las toses, los pedos. Pienso que ése era el primer escalón de ruidos. Tenían por característica que se los podía aislar, cada uno transparentaba una acción que yo imaginaba y reconstruía sobre la pantalla de los párpados vendados. Seguía, luego, otra escala más confusa pero reconocible: consistía en la llegada de una o más víctimas. Empezaba como un tropel de pasos. Se escuchaba inmediatamente el choque de huesos contra la pared, los alaridos revueltos, lo que gritaba el desgraciado mientras lo hacían correr a las patadas, a culatazos, rompiéndole los dientes, hasta que se estremecía una puerta al cerrarse y se amortiguaba el curso de la acción. Los policías sobre todo insultaban ¡hijo de puta! ¡apátrida! ¡sos montonero! y los detenidos respondían que no, o decían por favor, tengo hijos, no me peguen, mis viejos, yo no hice nada, ay mamita mamá mamá. No era demasiado extensa la gama de sus respuestas; sino, sencillamente, no hablaban y toleraban el castigo entre quejidos o bruscos soplos de aire.
Fragmento de El antiguo alimento de los héroes (1987), de Antonio Marimón. Sigue acá



El 24 de marzo (1976), los militares argentinos, y dale, tomaron el poder, o así, al menos: o así al menos -para decirlo todo- ellos lo creyeron. La verdad es que el poder lo tomaron los banqueros, los que, ¿los que?, como es tradicional en la Argentina, se pasan la vida rompiéndoles el (los) culos a los militares argentinos. Y gozan con ello: los militares argentinos y los banqueros (que se los cojen). Los militares. Argentinos, y los banqueros. Argentinos, y de cualquier otra nacionalidad, si es que existe -Dud, lo dudo- otra nacionalidad.

LOS MILITARES ARGENTINOS
LOS PREFIEREN EXTRANJEROS

sin embargo.
"Se equivocaban de departamento", de Osvaldo Lamborghini. Sigue acá.

En el marco coyuntural de una alternativa poco favorable a nivel de descuelgue, me está diciendo el pibe éste (cara de aseo muy bueno, conducta muy buena) y por lo que se conoce de él, es como si Ireneo Leguisamo se pusiera a hablarme de la relación de pareja entre los menonitas, o el Cid Campeador, de las virtudes de la soja en la alimentación macrobiótica, cosas por ai importantísimas para que aparezca un Ireneo Leguisamo o un Cid Campeador en este piojoso mundo, pero que a mí, Celestino Vinelli (ex futuro poeta, hoy Harold Dream, o Jeff Matterson, o Dick Heller, según mande para la Serie Negra, la Colección Terror, o la Súper Crimen) me interesan tanto como si abuelita me estuviera aleccionando sobre las dificultades del punto cadena, pero hay que joderse.
"Cacería sangrienta o la daga de Pat Sullivan" (1985), de Humberto Costantini. Sigue acá.


Quizá, en ese momento, el sol, de un melancólico color morado, tiña la habitación, ilumine la mesa, profusamente tallada, como la tarde en que se sentó por primera vez ante el chico, entretenido en desgarrar el cintex adherido al envoltorio de los cuadernos.
—No sé qué hacer con él —le había confiado la mujer, deprimida—. No estudia, se pasa el día leyendo revistas y haciendo crucigramas.
La ventana estaba entreabierta, con la persiana baja hasta poco menos de la mitad, para impedir la entrada del calor y de la luz. Sin embargo, en la sombra, se distinguían los muebles de falso estilo imperio que llenaban la habitación. Eran muebles pesados, severos, pero, en alguna medida se establecía cierta coherencia entre ellos y las paredes, tapizadas con un papel de un lacre desteñido, sobre las cuales distintos paisajes y naturalezas muertas de colores vivaces, colgaban, enmarcados en cedro oscuro.
"Ciudad sobre el Támesis" (1988), de Amalia Jamilis. Sigue acá.

(...) Después de un rato ya no escucha.
Han vuelto al centro y prefiere observar a la gente que pasa por la calle. Recuerda ese ir y venir infatigable, sonámbulo, de sus primeras trasnochadas de adolescente: respirando hondo, con los ojos muy abiertos, deslumbrado por una promesa tácita, ubicua de aventura, se sentía admitido en los misterios encubiertos y al mismo tiempo tan accesibles a la noche. Tantos años más tarde, ahí está, acechando de nuevo la mirada de los transeúntes, pretendiendo leer en sus caras quiénes son, adónde van.
Se los ve cansados, felices, impacientes, disponibles, apurados, tristes: como la gente en la calles de cualquier ciudad. Y no lo miran. Él no olvida, desde luego, que está escrutándolos desde un automóvil en movimiento… pero por otra parte, ¿por qué deberían mirarlo? ¿Acaso él mismo no se siente como un fantasma? Un irrisorio Rip van Winkle, intentando explicar el territorio presente con un Baedeker amarillento, destartalado, confundiendo sus recuerdos con datos, tomando sus deseos por impresiones…
Fragmento de "El viaje sentimental" (1985), de Edgardo Cozarinsky. Sigue acá.

martes, enero 31, 2017

Osario bajo la luna (Amalia Jamilis)

Amalia Jamilis fue una gran narradora. Una prueba es este breve cuento publicado en Los días de suerte (Emecé, 1969) bajo el título "Osario bajo la luna". Cuando Jamilis falleció en 1999, estaba trabajando en una novela basada en este relato, novela que por cierto quedó inédita. Gracias a la editorial Eduvim, actualmente podemos leer sus dos primeros libros Detrás de las columnas (1967) y Los días de suerte (1969) agrupados en la publicación El reconocimiento y otros cuentos; aunque aún quedan cuatros libros más por reeditar (incluyendo al espectacular Parque de animales, de 1998).Vaya, pues, este cuento para re-descubrir la maestría narrativa de Jamilis y la misteriosa precisión de sus relatos.


Osario bajo la luna (Amalia Jamilis)

Era absurdo que Costa no reparase en su ausencia, esa línea que le había dejado el anillo sobre la alianza, un poco más clara que su piel ahora, con el sol de octubre; sobre todo teniendo en cuenta que ya hacía veinticinco años que lo llevaba en su anular izquierdo; pero todo era igualmente absurdo esa tarde, probablemente a raíz del hallazgo del osario: que no le molestase la blusa de Melita, con un solo bretel,
que se detuviera a escuchar la melodía esa que salía desde el fondo, detrás de la mesa de entradas: “Diana”, por Harry Roy, la clase de jazz que alguna vez le había entusiasmado, sin alharaca alguna, sin esos sonidos de batería y de trompetas. Los elementos se tendían, se armaban: la melodía, la blusa de Melita, aun el Espasevit en cápsulas, día por medio, que no recordaba si había tomado ya, si debía tomar.
Además se caía de cansancio, y aunque ese orden invertido de valores, moviéndose delante de él era lo que más se parecía a la alegría, empezaba a derivar hacia un proyecto de pieza oscurecida y sábanas frescas y almidonadas.

En ese momento lo miré a papá y me asusté, como si alguien con ese aire tan rústico y sucio pudiese ser papá y tuve miedo, aunque me dije en seguida que con un buen baño y una afeitada quedaría como nuevo
y estaría otra vez presentable, y hasta me animaría a pedirle o haría que mamá le pidiera que bajase a la cancha, porque no hay nada como el tenis para hacerlo olvidarse de todo, y era precisamente eso lo que
Laura y yo queríamos, con ellos dos en la ruta, esperándonos ya un poco impacientes.
—Es increíble que haya conseguido traernos. Nosotras también debemos estar bastante trastornadas —dijo la señora Goya. De pronto veía la cara de Laura haciendo gestos desde el espejo del baño.
—Además estoy muy extrañada. Desde la última vez que lo intentó sin resultados tu padre se ha vuelto grosero. El osario debe ser puro cuento: picaderos por todos lados, pero del osario ni noticias.
Ahora Laura había salido del baño y la señora Goya la miraba sin decirle nada, un poco admirada de las piernas bien torneadas, del busto algo pesado, pero alto y firme, de que todo aquello hubiese salido de su propio cuerpo. “Debe andar arrastrándose con alguno”, se dijo rabiosa, mirándola como para inmovilizarla definitivamente contra la pared, como a un gran pájaro.

Creo que grité y que fui feliz porque acababa de escaparme de su mirada que me desnudaba, que interrogaba el andamiaje de mi virginidad con la que ya hacía tiempo deseaba terminar y que, en efecto, aquella misma tarde perdí. El tiempo escurrióse debajo de nosotros, con papá a la cabeza en busca del osario. Lo veía corriendo y nosotras con él, revolviendo entre huesos calcinados: mamá, Melita, yo misma revolviendo. Haber dejado Buenos Aires, la Facultad, las tardes del bar Fénix, para ir a revolver en un montón de huesos que papá no encontraba, que no conseguía encontrar. Daba lástima, daba risa. Y el viejo estúpido, papá, arrastrándonos a nosotras tres hasta un pueblo perdido entre antiguos picaderos, haciéndonos vadear ríos, hasta que mis piernas y las de Melita y las de mamá, que se me antojaban repulsivas, surcadas como estaban por esas pequeñas venas bermejas, se nos volvieron igualmente rojas y ásperas.

Solamente por cierto tiempo le pareció a Costa que Goya no lo había escuchado. Estaba sentada ante el tocador, que no era un tocador, sino una mesa oscura, pero elegante, llena de potes y frascos de loción, con un espejo ovalado en la pared.
—No entendés hasta qué punto es importante el hallazgo del osario —dijo Costa, sintiéndose idiota: algo así como recitar un poema delante de una planta.
—¡Oh! ese osario —dijo Goya—. Sabía que acabarías encontrándolo. Ahora podés bañarte y tomar un Toddy frío abajo, en la cancha.

Entonces nos hicieron entrar, advirtiéndonos que no hiciéramos ruido, no fuese que los vecinos nos descubrieran y entramos a la salita. Walter dijo que a él le gustaba en su dormitorio y lo miró a Claudio y Claudio se rió y dijo algo de una sirvienta llamada Herminia en ese dormitorio, ciertas noches. Entonces Laura pareció repentinamente irritada con Walter y ni siquiera lo miró mientras subíamos.

Un poco antes de la cena la señora Goya estaba verdaderamente exhausta. Costa había jugado bastante bien: había errado relativamente pocas pelotas, y eso teniendo en cuenta que no hacía mucho que había vuelto a practicar. En realidad tenía la certidumbre de que se había quedado dormida mientras ellos jugaban, sentada en el banco, bajo los plátanos. Ahora, bamboleando levemente la cabeza, en medio de la tarde dulce, excesivamente perfumada, pensaba en el osario. Dentro de un rato los huesos platearían entre las zarzas. Era preciso despojar a esa conjetura de su polvo de toscas, convertirla en un omóplato, con su borde dentado, carcomido por el tiempo, con su color musgoso y húmedo.

—Ya lo hiciste —dijo Claudio—. Lo hiciste y no pasó nada. ¿Te sentís bien?
—Sí —le contesté—. Estoy bien —todavía respiraba y exhalaba el aliento despacio, procurando no hacer ruido—. Ahora tendré que encomendarme a la suerte.
—Tonta —dijo Claudio, resbalando contra mí—. No se tienen con tanta facilidad. Generalmente la primera vez todo se reduce a esto.
Entonces miré la lámpara encendida, me puse boca arriba y tomé un cigarrillo del centro de la mesa de luz.
—Tenés razón —dije sin voz—. Todo se reduce a esto.

Y ahora todo era más horrible que la realidad que estaban viendo. Las pequeñas flechas pulidas de picadero, en el bajo, junto a los tamariscos. El lecho del río seco, con su limo rojo durante el día. El rumor sigiloso de las cresas y las culebras. Y luego el osario, el amplio montículo que Goya iluminaba con la linterna, sorprendida mientras sostenía en su palma el montón de huesos vagamente azules.
Primero Costa reconoció sus propias falanges angostas, carcomidas en algunos sitios, las coyunturas en una gama baja, oscuras. Recién entonces vio su anillo con la piedra blanca, más blanca que los huesos. Se dio vuelta sin querer saber más, pero sabiendo ya que esa pelvis frágil, con destellos cobrizos era la de Laura. Que la clavícula porosa, en cuyos intersticios alguna vez comerían los caracoles era la de Melita. Que Goya era un fémur solitario, de una blancura enharinada y fría. Todo seguía siendo absurdo; le subió nuevamente la melodía de Diana, sin estridencia, como solía hacerlo Harry Roy, en las viejas grabaciones del salón Victorias, de la calle Maipú. Se acordó de pronto del Espasevit y pensó que era una suerte haberlo recordado, después de todo el día no había terminado y eran dos cápsulas día por medio.

Jamilis, Amalia (1969), Los días de suerte, Buenos Aires, Emecé, pp. 49-55.

miércoles, marzo 23, 2016

Ciudad sobre el Támesis (Amalia Jamilis)

En otros 24 de marzo, recuperé un fragmento de El alimento de los héroes, de Antonio Marimón, el relato pulp "Cacería sangrienta o la daga de Pat Sullivan", de Humberto Costantini, y un texto ácido y genial de Osvaldo Lamborghini titulado "Se equivocaban de departamento". En este verano tuve la oportunidad de descubrir a una autora platense destacada pero también un poco olvidada: Amalia Jamilis. Si bien me hubiera gustado recuperar otro relato de su libro Parque de animales (1998) (pienso en "Hydrolagus Purpurescens") por falta de tiempo no llegué, comparto un relato interesante "Ciudad sobre el Támesis" del libro homónimo de 1988. En la trama el clima de dictadura se entremezcla con las clases particulares de un niño, su especial propensión a los crucigramas y el mito del minotauro. Me pareció un acercamiento original a un tema que en otros casos ha caído en la oscuridad o en el lugar común. Vaya, entonces, este cuento de Amalia Jamilis para este día de la memoria.


Ciudad sobre el Támesis (Amalia Jamilis)

Quizá, en ese momento, el sol, de un melancólico color morado, tiña la habitación, ilumine la mesa, profusamente tallada, como la tarde en que se sentó por primera vez ante el chico, entretenido en desgarrar el cintex adherido al envoltorio de los cuadernos.
—No sé qué hacer con él —le había confiado la mujer, deprimida—. No estudia, se pasa el día leyendo revistas y haciendo crucigramas.
La ventana estaba entreabierta, con la persiana baja hasta poco menos de la mitad, para impedir la entrada del calor y de la luz. Sin embargo, en la sombra, se distinguían los muebles de falso estilo imperio que llenaban la habitación. Eran muebles pesados, severos, pero, en alguna medida se establecía cierta coherencia entre ellos y las paredes, tapizadas con un papel de un lacre desteñido, sobre las cuales distintos
paisajes y naturalezas muertas de colores vivaces, colgaban, enmarcados en cedro oscuro.
Mientras escuchaba a la mujer y miraba al chico, que maniobraba ahora con los cuadernos, raspando el extremo de un lápiz contra la espiral de alambre, se dio cuenta de que experimentaba un sentimiento de abyecta complacencia, como si esa impersonalidad fuese un rasgo tranquilizador.
Sobre la gran mesa, junto a una lámpara en forma de bola, se veía un diario abierto en la página de los crucigramas y al lado un bolígrafo azul.
—También mira mucha televisión, pero no lo puedo culpar. —la mujer acarició sin convicción al niño, mediante un gesto que consistía en retirarle el pelo de los ojos.— Estamos todos muy nerviosos a causa de mi marido.
—¿El capitán? ¿Puedo preguntarle por qué?
—Ya casi no atendemos el teléfono y colocamos burletes por todas partes. Desde mañana tendremos custodia.
Él se sintió afectado y observó que, sobre la mesa, había una zona hermosa, mordida por la bruma color morado, un bello círculo, un poco más pálido que el resto.
Le explicó a la mujer que comenzarían repasando Ciencias Naturales y Matemática, que el plan sería: marchar de lo conocido a lo desconocido, por medio de lo semejante y vio, del otro lado de la mesa, al
chico, con la barbilla entre las manos, mirando el diario de soslayo.
—¿Cómo andan los crucigramas? —le preguntó cuando la madre los dejó solos. Del otro lado de la mesa, un rostro pálido, vagamente desdichado, se levantó hacia él.
—Bien —contestó, pero se lamentó de no poder llenar dos casilleros: ciudad sobre el Támesis, siete letras, vertical, y héroe que dio muerte al Minotauro, cinco, horizontal.
Ahora, el niño estaba sentado a horcajadas en su taburete, que había hecho girar hasta colocarlo en forma perpendicular en relación a la mesa.
Trató de armar una respuesta breve, mediante la cual pudiera hacerle entender al chico que lo fundamental eran las Ciencias Naturales y la Matemática antes que los crucigramas, pero se dio cuenta en el acto de que el deseo de ganarse su estima lo desbordaba.
Estaba todavía preocupado por el extremo interés del chico ante su descripción de la isla de Naxos, del navío, con su vela negra, no totalmente desplegada, del rey Egeo, deshecho en lágrimas en el muelle, cuando la puerta de entrada se abrió y, erguido en el umbral, un poco despeinado, con aspecto friolento, evaluando el sentido de lo que tenía delante de sí, su peso, su densidad, su estremecimiento, su peligro, su olor, vio al capitán.


—Ustedes dos, por allá.
Uno de los hombres echó a andar con cuidado hasta la puerta verde. El otro, más joven, rubio, de ojos miopes, muy delgado, empezó a caminar a los tumbos, como si estuviera borracho. El cabo le puso la metralleta en las costillas y, al sentir su dura presión, el rubio trató de caminar derecho.
—Pero, ¿quién...? —empezó a decir el mayor de los dos hombres.
—El capitán quiere hablar con ustedes.
Estaba sentado en una silla giratoria y garrapateaba algo con una estilográfica, como quien juega, sobre un block. Cuando entraron los miró con odio. Muchas veces se había interrogado acerca de los motivos de ese odio y comprendía que se trataba de algo que iba más allá de los razonamientos y las fobias, pero no sabía qué. Ahora sentía crecer la furia en las aletas palpitantes de la nariz, en los ojos, enrojecidos, en las manos, como de mármol.
—Aquí están, capitán.
Los miró con una sensación de demencia, como si el cuarto hubiera estado lleno de voces que le susurraban en los oídos. 
Con una señal de la cabeza hizo salir al cabo.


El aguacero de octubre redimía el calor de la tarde y los únicos sonidos provenían de los arroyos que corrían del otro lado de la ventana y de la voz monótona del chico, recitando su lección de Botánica.
—Los jueves voy a visitar a mi abuela. Tiene una enciclopedia donde, seguro, está la historia de Teseo —dijo de pronto, interrumpiéndose.
“Irá con su madre”, pensó él e imaginó a una vieja mujer en una mecedora, junto a un foco donde revoloteaban las mariposas de luz, antes de las tormentas. Miró los angostos riachos que corrían contra la ventana, casi silenciosos ahora, veloces. “Debe ir con la madre”.
—Papá y yo vamos a cenar todos los jueves. Mi abuela Leonor es la madre de mi papá. A mi mamá no le gusta ir porque juega a la canasta. En la enciclopedia de mi abuela voy a buscar la ilustración de Teseo matando al Minotauro.
No debió haberse sorprendido esa tarde cuando vio a los dos custodios junto a la puerta, pero igual se sorprendió ante lo incongruente de los dos hombres, allí parados, uno muy morocho, casi negro, con anteojos ahumados de armazón de metal, flaco, enjuto y con un aspecto curiosamente débil. Grande y gordo el otro, con unos hombros tan altos que parecían nacerle a la altura del mentón, los dos en esa calle de ocasionales mansardas, de portones verdes de cocheras, de azoteas planas con repentinas balaustradas de piedra, de sótanos de los que ascendía un leve hálito helado, de residencias de comienzos de siglo, decoradas con urnas y racimos.
—¿Y llegó a ser rey? —el niño se balanceaba, cabalgando sobre su taburete.
—Llegó a ser rey y se sentó en el trono de Egeo —le contestó él, pero no quiso entrar en disquisiciones y explicarle que, finalmente, había sido arrojado de la ciudad en llamas, al otro lado del mar, para ir a morir a la isla de Esciros.
Durante un rato miraron en silencio los ramajes, un poco disueltos por la lluvia, que se balanceaban proyectando sus rígidas sombras sobre la ventana.
De los dos, él fue el primero en regresar a la situación.
—Volvamos a lo nuestro —dijo.


—Yo no sé nada, capitán; se los dije de todas las formas, no sé nada, nada. Mátenme, si quieren, pero yo no sé nada.
El mayor de los dos hombres parecía animado por un valor efímero y la ansiedad le imprimía un acento tironeado, asmático, a la voz.
—Nosotros sabemos perfectamente que ustedes son dos infelices, que no tienen vinculación, ni encuadre con nada. Están acá, como todos los otros, por vender ballenitas. Pero ahora los mandé traer para preguntarles algo. Contéstenme a esto: ¿alguna vez, volaron? —El capitán sonreía con los ojos fijos, sin olvidar su propia geometría, la línea firme de la quijada, los ángulos delgados y precisos de la nariz, la
condición lineal de las cejas. Pero, como los hombres, perplejos, tardaban en contestar, comenzó a desmoronarse por la base: las mandíbulas parecieron hincharse, las mejillas se resquebrajaron en bolsas cuidadosamente rasuradas, la boca se volvió lisa, lívida, harinosa.
—Contesten, carajo.
—Yo volé una vez a Neuquén —dijo el más joven— pero hace mucho, era casi un chico —se veía que procuraba que su voz saliera firme, pero tenía los ojos amarillos, desorbitados, la boca abierta de terror.
—¿Y vos?
Había algo absurdo en la postura del mayor de los hombres, como si fuese a vulnerar en cualquier momento la ley de gravedad. El capitán advirtió con satisfacción el temblor en las rodillas del hombre. Tenía una pierna monstruosamente hinchada en el sector del muslo y la mano de ese mismo lado parecía un globo verde-violáceo a punto de estallar.
—Yo no. Nunca volé.
—¿Nunca? Pero, qué cosa. Esto no puede quedar así —la voz del capitán sonó extraordinariamente fuerte en medio del súbito silencio.
—La experiencia es todo en la vida. Vamos a hacer lo siguiente: esta noche van a subir a un avión, un avión sin puertas, que cruzará el Río de la Plata, pero al llegar a la mitad del viaje, una mano los empuja y ustedes, uuuommm, a volar. Y no me digan que tienen miedo, ¿eh? La pucha, gente grande, parece mentira. Un hombre sin coraje no vale una mierda.


Se miraron dentro del jeep, pero nadie habló. Él bajó y caminó lentamente hacia la esquina, sin perder de vista la fachada de la casa, con dos rectángulos de césped, atravesados por un angosto pasadizo. Pensó que se retrasaban demasiado y trató de imaginar a los que estaban aguardando en la camioneta, detrás del jeep. Allí eran ocho para rodear el auto, una vez que se detuviera, más los tres del jeep. En la oscuridad avanzó hacia la casa hasta que, adelantándose a otros vehículos que lo flanqueaban, el Ford, reluciente, dejó paso y se fue situando a la izquierda. Adelante iba el chofer y uno de los guardias, atrás el otro custodio con el chico y el capitán. Alcanzó a ver una fuente, en un ángulo del jardín, con ranas, querubines y tritones y una
especie de abanico de piedra, que protegía una herradura de flores, ya negras, en medio de la noche.
Primero bajó el custodio de adelante y fue a abrir la puerta del capitán. El chofer lo hizo después y aguardó al resto para cerrar. Cuando los que iban atrás pusieron los pies en la vereda, ya estaban rodeados. Antes de que los guardias alcanzaran a apuntarlos él se abalanzó y tomó al chico, que acababa de reconocerlo y se había transformado en una máscara despavorida, sin descripción ni forma, y corrió arrastrándolo del brazo y comprendió que estaba llorando con grandes gritos desesperados. En tanto cruzaban hacia la acera opuesta escuchó las primeras ráfagas, los vanos disparos, que constituían la respuesta de los guardias, y un último tableteo.
Mientras se agazapaba con el chico en el interior del jeep, que ya iniciaba la marcha, recordó, de golpe, el crucigrama sin resolver, el único casillero en blanco: ciudad sobre el Támesis, siete letras, vertical. Después partieron a toda velocidad.

Jamilis, Amalia (1988): Ciudad sobre el Támesis, Buenos Aires, Legasa, pp. 19-25.
 

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