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lunes, junio 09, 2025

Golosina Caníbal presenta... (tapas n.° 11 al 19)

Estas son las tapas de los números 11 al 19 de Golosina Caníbal presenta..., un fanzine analógico, impreso y finito que nació en 2020. Pueden ver las tapas de los primeros números y saber más sobre la publicación en este posteo anterior

Entre los números 11 y 19 me di el gusto de publicar: 


Un ensayo sobre Katherine Dreier y su viaje a Buenos Aires en 1919, escrito por Lucas Mertehikian (n.° 11);
 
"Las viudas de Cristo", estampas devotas y sensuales que escribió Ana Regina e ilustró Marina Conde De Boeck (n.° 12); 

una exhumación que rastrea el origen del epígrafe de Matando enanos a garrotazos, de Alberto Laiseca (n.° 13); 

una breve antología de relatos góticos de puño y letra de Héctor Lastra, autor de La boca de la ballena (n.° 14); 

un gran ensayo de Mariano Vespa sobre Fogwill como autor de los chistes Bazooka (n.° 15);

la traducción de un relato no recopilado de J. D. Salinger en manos de noescanon (n.° 16); 

un texto inolvidable de Ramón Alcalde sobre Los reportajes de Félix Chaneton, de Carlos Correas, ilustrado por Javier Fernández Paupy (n.° 17); 

la presentación de vida, obra y milagros de Rachilde, la reina francesa de los decadentes decimonónicos, realizada por Juan José Burzi (n.° 18); 

y una narración olvidada de Oscar del Barco y el consiguiente ensayo de Manuel Moyano Palacio sobre los 70 en Córdoba y el malditismo (n.° 19).
 

Si a algún internauta le interesa un ejemplar del fanzine, me pueden escribir a través de Instagram, Facebook (de X me fui por cansancio y nihilismo) o por el viejo y querido mail: golosinacanibalblog@gmail.com 

Gracias por el interés y la lectura.











viernes, mayo 30, 2025

El final de Félix Chaneton


En una entrevista de 1985, después de haber publicado el año anterior Los reportajes de Félix Chaneton, Carlos Correas comenta que prepara “una serie de cuatro breves nouvelles, en la que me preocupa mucho la forma”.


Estoy tentado de pensar que se refiere a la obra Un trabajo en San Roque que sería publicada de forma póstuma en 2005 y con sólo tres nouvelles (y dos relatos antiguos).


Para los encuentros de “La seducción de Carlos Correas”, volví a ese otro tríptico literario, menos leído que el de 1984. Hemos insistido en el conversatorio sobre los heterónimos que Correas usa como máscaras a lo largo de su obra: Ernesto Savid, Juan Manuel Levinas, Emilse Ruggiero y, claro está, Félix Chaneton.


Curiosamente en la última nouvelle homónima de Un trabajo en San Roque Chaneton reaparece como personaje, esta vez, secundario. Lo hace en medio de un relato denso, de clima ominoso, teatral y grotesco.



Y sin embargo, Chanetoncito, en el decir de Rodolfo Carrera su Virgilio lúmpen y viril en la primera parte de “Los reportajes…”, ha logrado conseguir la autoridad: es intendente en San Roque (aunque haya sido puesto por su suegro).


El final del personaje, ese final que no está en la novela de 1984, como corresponde en “la literatura de suicidias para suicidas” que reclamaba el joven Correas, es trágico. 



Carlos Correas le da la muerte a Félix Chaneton en uno de sus últimos relatos publicados, en una nouvelle que se publica después de su muerte. Como si levantara el guante que Ramón Alcalde le había arrojado en su reseña sobre Los reportajes… a mediados de los 80. Como si necesitara matar a uno de sus heterónimos para realizar en la ficción algo que lo vendría tentando en la realidad…

sábado, septiembre 12, 2020

Entrevista a Carlos Correas en El ojo mocho (1996)

Hace unos años tenía la idea loca de subir varias entrevistas realizadas en la primera época de El ojo mocho que considero muy valiosas y que mi amigo F. R. me pasó en imágenes muy gentilmente. La primera que subí en aquel tiempo fue la entrevista a Josefina Ludmer, "Los géneros de la patria", publicada en el n.° 4 de la revista, en 1994 (parte 1, parte 2 y parte 3). En ese momento tuve la nefasta estrategia de subirla en tres partes al blog: claramente debe haber tenido muy pocas lecturas.

Ahora bien, como todavía pienso que esas entrevistas deberían tener una sobrevida digital, en estos días me tomé un rato para digitalizar la entrevista a Carlos Correas, autor de La operación Masotta y de Los reportajes de Félix Chaneton, autor predilecto de este blog, realizada en el n.° 7/8 de El ojo mocho en el año 1996. Copio pues el principio y luego dejo un link para bajarla completa: es una entrevista larga y valiosa en la que Correas habla de homosexualidad, de literatura, de filosofía, de traducción y también cuenta anécdotas hermosas sobre Contorno, la vida porteña en los 50 y 60, Masotta, Sebreli y demás. Pasen, lean y disfruten.


Carlos Correas: Filosofía en la intimidad

Entrevista en El ojo mocho, n. 7/8, otoño de 1996, pp. 07-45.

Eduardo Rinesi: -A lo mejor podríamos empezar comentando el artículo tuyo aparecido en Clarín días pasados y el calificativo de peronista que te atribuís allí, a vos, a Sebreli y a Masotta.

-Sí. Vos sabés que no era un peronismo de militancia partidaria, en absoluto. Nunca fuimos a ofrecer nuestros servicios como intelectuales a ninguna Unidad Básica. Nunca ocupamos ningún cargo oficial tampoco. Era como una especie de inclinación afectiva, en cierto modo, y de acuerdo con ciertas políticas instrumentadas por el peronismo que se concretaban en los hechos, ¿no? Tal vez, más que peronistas, una expresión que yo he hecho: éramos anti-antiperonistas. Es decir, vivíamos rodeados de antiperonistas, por cuestión de clase. Incluso empezando por la familia: mi padre y mi madre eran antiperonistas furiosos. Y con matices de racismo, incluso. Bueno, ahí aparece la expresión "cabecita negra" o los "negros". Algo que todavía continúa. Yo tengo, por ejemplo, un hermano mayor —no importa si esto sale, mi hermano no lee revistas literarias, así que no lo corrijan nada— que juega a las carreras y está jubilado, tiene seis años más que yo. A mi hermano le quedó eso, ese antiperonismo de marca, incluso en la actualidad sigue usando esa expresión "negro". Y negro es todo aquel que realiza un trabajo manual, o algo que se parezca a un trabajo manual. Los colectiveros, por ejemplo, son todos negros, aunque sea rubio y de ojos azules, no interesa. La cuadrilla de teléfonos que le viene a arreglar los cables, todos esos son negros, "los negros que vinieron a arreglar el teléfono". Y mi madre también era muy racista. Mi padre no, mi padre era un inmigrante español, aragonés, que llegó a la Argentina en el 18. Era el hijo mayor de la familia. La guerra del 14 termina en noviembre del 18, pero se rumoreaba, en esos últimos meses, que España iba a entrar en guerra, uno de tantos rumores que corrían. Y mi padre tenía 18 o 19 años, así que si España entraba en guerra, casi seguro que él tenía que participar. Entonces, la madre, asustada, lo saca de España y que emigre. Y se vino a la Argentina, solo. Con el bachillerato terminado, pero sin recomendaciones ni nada. Empieza a trabajar en las cuadrillas de las vías de ferrocarril, y después entra en la Municipalidad. Después, con la Guerra Civil Española, él era republicano, y sobre todo, anticlerical. Bueno, una figura característica, ¿no? Antifranquista y anticlerical. Yo fui bautizado a instancias de mi madre. Como mi madre era católica, pero no una católica practicante, católica como muchos católicos argentinos, que son católicos para no ser tomados por judíos. Porque mi madre no solamente era racista sino que era antisemita, también: hablaba de los negros y los judíos. Y yo fui bautizado a instancias de mi madre. Ahora, cuando a instancias de mi madre también debía hacer la primera comunión, ahí mi padre se plantó y dijo no, ya no, tanto no. Hasta el bautismo sí, pero la primera comunión, no. Así que ése era mi entorno familiar. Y después, otro entorno, más allá de ese círculo inmediato, los intelectuales, digamos. Bueno: los Viñas eran antiperonistas. Es decir, mi padre era antiperonista por liberal. Era la amalgama entre Perón y Mussolini, Perón y Hitler, ¿no? Estaba muy fresca todavía la Segunda Guerra Mundial y el recuerdo de Hitler. Las visitas de Perón a Europa, a Italia y a Alemania, que fueron como visitas de estudio de las estructuras de los ejércitos. Y es cierto que muchos que habían sido admiradores de Mussolini o de Hitler, del fascismo o del nazifascismo, eran peronistas. Eso es muy cierto. Eso lo ha dicho ya David, que tiene más edad que yo y que eso lo vivió en las aulas en la época del peronismo, ¿no? En la Universidad de Buenos Aires, en manos del estado. Cierto, habría que rescatar a Astrada o a Guerrero, pero otra gente, no, desde luego que era intolerable. Y nos despertaba mucha simpatía Eva Perón. Así que ése fue nuestro anti-antiperonismo.

Horacio González: -Al decir "Nos despertaba...", ya era el grupo de Filosofía y Letras, años cincuenta y tantos...

-No, nos despertaba a Masotta, a Sebreli y a mí. No había todavía un grupo de Filosofía y Letras. En mi caso por lo menos... En el año 52 muere mi padre. Entonces, yo ya tenía un año hecho de medicina, porque mi padre quería que mi hermano y yo fuéramos médicos. Ninguno de los dos fue médico, mi hermano sólo fue bachiller, pero mi hermano comenzó a estudiar medicina y después dejó. Dejó por su vida de café y de billarista. Nosotros vivíamos en Palermo. Yo nací ahí, en Palermo...

 

La entrevista completa a Carlos Correas se puede descargar de acá.

miércoles, mayo 27, 2020

Escrituras excéntricas

Rescatar autores y autoras que fueron relegados a un lugar de sombra y fuga en la literatura argentina fue el objetivo de la antología que Héctor Libertella publicó en 1997 bajo el título: 11 relatos argentinos del siglo XX (una antología alternativa). Hace varios años, le dediqué un post al respecto intentando revisar qué escritores y escritoras continuaban escapando al canon oficial y cuáles, en cambio, habían comenzado el proceso de santificación. Creo que mis conclusiones acerca de aquella selección no se modificaron demasiado.
Sin embargo, unas semanas atrás, al volverme a cruzar con el libro de Libertella, renació la pregunta: ¿qué autores y autoras, a la sombra y en fuga, podrían hoy por hoy significar una mapa alternativo para la literatura argentina? Para responder a esa pregunta, contacté a algunos amigos y a algunas amigas de este blog. La propuesta es pensar tres escrituras aún alternativas, excéntricas, fugadas y justificar brevemente cada elección.
En un gesto de egocentrismo cultural (todo lector es egocéntrico), arranco con el desafío y abro esta serie para una antología alternativa actual y virtual de la literatura argentina.

Tres escrituras excéntricas (Golosina Caníbal)

1. Carlos Correas. "Los jóvenes"


El relato de Correas comienza de este modo:

"A la una de la mañana el Anchor languidecía. En el mostrador del bar, varios putitos de calzoncillos anatómicos beben Coca-Cola. Junto al piano bailotean torpemente dos ingleses de porongas lechosas. Los farolitos rojos dan la justa luz para ese pequeño quilombo de pajeros. Mesitas alcahuetas y lustraditas, mozos con aire de perros, espejos estratégicos para que los putitos se deseen de reojo".

Eso en 1952. Como si no bastara con "La narración de la historia" ( y Los reportajes de Félix Chaneton (1984), como si no fuera suficiente con Ensayos de tolerancia (1999) y La manía argentina (2011), Correas escribió en 1952 un relato neobarroso que parece anticipar a Osvaldo Lamborghini, a Néstor Perlongher y a toda una línea de la literatura argentina que mezcla la homosexualidad, la violencia y el humor para producir una torsión en el lenguaje.
Felizmente, la editorial Mansalva recuperó este relato en su edición de 2012, junto con "Las armas tiernas", para demostrar que Carlos Correas es un escritor inclasificable y que uno de sus relatos más antiguos se anticipó 20 o 30 años a la literatura por venir.
Si por "La narración de la historia" Correas fue perseguido judicialmente, ¿qué hubiera producido esta bomba de semen y sorna titulada "Los jóvenes" en el campo cultural argentino de los años 50? ¿Qué sigue generando ahora?

2. Amalia Jamilis. "Osario bajo la luna"


La obra de Amalia Jamilis, cuentista platense, es un secreto a voces. El primer libro suyo que leí  lo encontré entre los usados del Jardín de la República a un precio mínimo, su título es Ciudad sobre el Támesis (1989) y su lectura me deslumbró.
Supe que ahí había una escritura excéntrica, olvidada, algo cortazariana, algo ocampiana también pero con un estilo particular. A partir de allí, comencé a buscar el resto de sus libros. Desde Parque de animales (1998) hasta Detrás de las columnas (1967), leer a Jamilis es una experiencia particular: ella cultiva el arte de la sugerencia, las tretas de la elisión.
En este sentido, "Osario bajo la luna", publicado en el libro Los días de suerte (1969), es un relato breve pero condensa su imaginación y su pericia literaria: un principio desconcertante, una puesta sintáctica personal que construye la narración pieza a pieza y un cierre que reenvía al lector inmediatamente al comienzo de la narración, para poner a prueba de nuevo esa primera sensación de desconcierto. Amalia Jamilis, taumaturga de la narración breve, misteriosa artífice de pequeños universos narrativos.

3. Elvio Gandolfo. "Vivir en la salina"


Probablemente remitir a la obra de Elvio Gandolfo pueda ser una obviedad hoy por hoy. Y sin embargo... Encontrarse con relatos como "Vivir en la salina", "Llano al sol" o "El terrón disolvente", significa abrazar la escritura de género como una posible vía de escape. ¿Por qué evitar los géneros? ¿Por qué no apropiarse de sus lógicas para volverlos próximos y fascinantes?
Gandolfo lo logra. "Vivir en la salina" es un policial negro, un relato seco y exasperante. La hostilidad del ambiente, la terquedad de sus personajes, la tensión en las relaciones se despliegan línea a línea.
Publicado en 1982, en un libro redondo bajo el título La reina de las nieves, este relato es una muestra de cómo Elvio Gandolfo abre la puerta de los géneros para la literatura argentina, en la línea de Angélica Gorodischer y de Charlie Feiling. Por el contrario, tomando las lógicas del género y armando una historia eficaz e inolvidable. Salve, Elvio, tus lectores te saludan con emoción y valor.

domingo, noviembre 16, 2014

Desde la carne de Buenos Aires (Carlos Correas)

Si nuestra tarea de porteños consiste en destrozar día a día, sin mucha pena y sin mucha pasión, la poca dignidad que aún le queda a Buenos Aires, Desde esta carne será una fea acusación. Desde la ciudad de Arlt, esa ciudad de fantasmas, hecha de río y pampa, pero de barro endurecido por el sol, opaco de hastío y soledad, aplastado por los argentinos cuyo último refugio es la locura, ese barro de piedra que en vano nuestro sentimentalismo y nuestra generosidad tratan de ablandar. Desde esa ciudad, decíamos, hasta la de Fernando hay una diferencia importantísima.
Aquélla no es más que una caldera inmensa, un infierno donde hemos hundido todo y donde nos tiramos nosotros también. Es la sucia faena de la destrucción hecha a escondidas, hecha por proscriptos cuya única solidaridad radica en la lujuria de negarse en todo momento, en el voraz consumo del presente, en la muerte del pasado en el futuro. Es ese éxtasis único, ese orgasmo estirado hasta el infinito, olvido del olvido, vértigo, fiebre y burla. La mente en blanco, sólo la sangre caliente, palpitante, a flor de piel. En fin, la fiesta eterna, sin regreso, sin sueño, sin mañana.
La ciudad de Fernando no es más nuestra ciudad, desesperante a fuerza de vulgar, viviendo más dentro de nosotros que nosotros en ella. Monstruosa en lo cotidiano, inolvidable, indestructible.
Los personajes revelan la ciudad minuto a minuto: juegan al póker en un café de Paseo Colón y San Juan, la prostituta se cita con su amante en el “Richmond” de Florida, uno de los rateros inicia sus correrías en el pasaje Danel, cerca de Garay y 24 de Noviembre. Decir todo esto podrá parecer estúpido y desde luego la novela no tiene asegurada su bondad porque el autor se haya limitado a enunciar el repertorio de las calles porteñas y de dos o tres lugares conocidos. Pero, sin embargo, es necesario repetirlo y más aún, es una triste necesidad. Triste es que nuestro público esté un poco asombrado todavía de que haya escritores que se ocupen de Buenos Aires o de cualquiera de las provincias. No hemos llegado todavía en la novela ni siquiera a la fase del regionalismo.
La técnica utilizada en Desde esta carne es impecable. El estrangulamiento del tiempo en las pocas horas de una noche, el aniquilamiento sucesivo de la realidad sujeto-objeto, el juego de prestidigitación hecho con el futuro y el pasado, que como telones se alzan y bajan ante nosotros, se interponen, se excluyen, sugieren lo que vendrá, aclaran lo sucedido: comillas, paréntesis, corchetes y bastardilla. Algunos críticos han descubierto influencias de Faulkner, un extranjero; no es ninguna recriminación, desde luego, Fernando usa además el monólogo interior, influencia da Schnitzler o de Joyce. En suma, todas las influencias al servicio de Buenos Aires, o de otro modo, el viejo truco de las formas europeas y el contenido argentino. Filiaciones, retorno a los maestros consagrados, marcar etapas y descubrir grupos cifrados, es la gran tentación de los críticos, intimidados por la grotesca producción de nuestro autores: folkloristas o kafkianos, saineteros cabríos o poetas castrados. Uniformar, despersonalizar, volver a las viejas palabras, es el mejor medio de organizar el caos, de fundar un determinismo basado en un azar que lo apoya y lo sustente. La literatura agoniza por exceso de críticos.
Víctor absorbe la realidad circundante y la devuelve objetivada, es decir, verdadera y probable. Este procedimiento, el que más conviene a la literatura contemporánea, constituye el mejor esfuerzo de Fernando. Pola, la pequera asesina y prostituta, que traiciona para aguantarse, desesperada de sí misma, condenada a llevar al extremo su excepcional tarea de burladora. Nuestra amada prostituta, que no encuentra mejor forma de odiar a los hombres que entregándose a ellos. Pola carga sobre sus hombros su culpa y la de todas las prostitutas argentinas. Mujeres que tanto hubieran podido hacerse monjas o ladronas, pero que prefieren convertirse en chivos expiatorios de hombres que creen que fornicar es una humillación, que manosean por necesidad y hacen el amor entre lamentos. Pola, la incógnita, la mujer que luego de París, la Riviera, el Mediterráneo vuelve a Buenos Aires, acuciada por el odio a la ciudad, ese odio erótico, impostergable; esa comunión sexual entre la víctima y la ciudad maldita.
La desnudez de Víctor, su despojo moral, es una trampa. Lo desesperante para su complejo de culpa es que el castigo no acaba de llegar, es un castigo siempre postergado. La ciudad es una cárcel donde todos somos libres. Los argentinos somos criminales que claman por un verdugo. Heridas abiertas que buscan cuchillos. Rodeado de irresponsables, Víctor no logra su irresponsabilidad. Aquéllos no tienen derecho a censurársela. Burladores burlados, están siempre más allá de todo. Destrozado en medio de destrozados, Víctor cree salvarse de la abyección por la lucidez. Consecuente consigo mismo hasta el final no aceptará otro juicio que el suyo. Si se ha adjudicado la licencia del pecado se adjudicará también la pena. Esa culpa vaga, puramente mental, ese sueño de sufrimiento que nunca es demasiado; murmullos de falta y acusación le son inaguantables. Peores que la peor tortura física. Elegido distinto tendrá que serlo hasta el extremo. Un asesino preso ya no es un asesino; es un olvidado. Ya no destruye, ya no está en conflicto. Si escapa no es para gozar la libertad sino para sentir de nuevo a sus espaldas la jauría legal y el miedo de la ciudad
Sólo la prestidigitación del tiempo, ese desfile de bambalinas que son el recuerdo, el sonambulismo, los elementos inconscientes, esos fuegos artificiales, pueden justificar la traición literaria de Fernando. Su técnica, repetimos, es impecable, como un mar en postal o como las descripciones paisajistas de Hugo Wast. La tradición literaria de Fernando es el estetismo y el psicologismo.
El mimo de las pasiones, la esencialidad de lo sentimental, los sentimientos innatos, la refinación del parasitismo no son sino las caras mentirosas de nuestro estetismo. Este ha sido el procedimiento literario usado por nuestra burguesía intelectual, cuando se inclinaba a descubrir al pueblo que se movía a sus pies. Esteta es el bagaje del intelectual que viaja al suburbio y describe lo pintoresco, lo turístico, las gracias que el pueblo adquiere de la tierra. Esos sentimientos que no se han pedido, que son dones y a los que hay que dejarlos mostrarse, soltarlos poco a poco, aligerarlos. Ellos aniquilan las ideas, bien dispuestos, impregnan cálidamente la sangre. Están lejos del cerebro, frío, oculto entre los huesos, siempre manifiesto en esa dulce presión que es el pensar; una idea se adquiere, hay que moverse, ir a buscarla, limpiarla de hojarasca; pero las pasiones acompañan, están en la piel, laten en los pulsos, suenan en el corazón. Esta escisión, este Ser pasional es el mayor triunfo del estetismo. Sus personajes son complejos químicos, seres que actúan según las oscuras leyes del amor, el sexo y el odio. El dogma, desde luego, es la Belleza. La realidad no falta pero es la bella realidad. Es una realidad de lujo, refinada, adornada, cargada de afeites. La mística de la apariencia. Los autores indican, informan, comentan y todo el mundo se divierte. Es la venganza del vencido. Rehuido el acople con la realidad no queda sino el culto de la estética.
A esta exquisita filosofía de la negación rinde tributo Fernando. El Ancho camino y Cara o Seca no son sino la imperfecta resurrección de las taras más notorias de nuestra novela: prostitutas redimidas por el amor, porteños vitalistas, burguesitas mártires, la divina pureza de la infancia, adolescentes frescos, vírgenes, deliciosos y corruptibles, muchachas violadas por viejos libidinosos, etc. En Desde esta carne su arte es mucho más penetrante, aunque se repiten algunas constantes (el tema de la infancia, por ejemplo, tratado en las tres novelas con el más craso formalismo). Pero Fernando emerge del tembladeral de su obra anterior. Su progreso es rápido. "El Pino de Navidad", con su alegoría sexual, es un cuento maestro.
Una novela como ésta es un revulsivo y un imperativo a la reflexión a nuestro oficio, a la formación de una conciencia profesional. Aquí no sabemos cómo disculparnos todavía por haber elegido ser escritores.
Nuestra tarea de escritores debe abarcar la totalidad sintéticamente. Nuestras obras deben asustar, crear dolores de cabeza, preocupar, ponerlo todo en cuestión. Es, por supuesto, una literatura del escándalo. Una literatura de suicidas para suicidas. Podríamos decir, que la nuestra tiene que ser una literatura homeopática, es decir, que cure los males con los males mismos. Y debemos hacerla con todo rigor, inflexiblemente, sin pedir ni dar tregua ya que no tenemos otra manera de amar a nuestro público y éste es nuestra única esperanza. En una sociedad donde la confusión es el mayor respaldo del orden establecido sólo cabe una literatura que destruya construyendo. De nada sirve concederle la libertad artística al escritor si su público sigue sojuzgado. El escritor debe decirlo todo a un público que lo pueda hacer todo. Pero para ello necesitamos estar en el asunto, enterrados hasta el cuello, saboreando el cáliz infinitamente amargo de nuestra ciudad y de nosotros mismos.

En Las ciento y una n° 1, junio de 1953.

viernes, julio 25, 2014

Prólogo a Los reportajes de Félix Chaneton (Juan Manuel Levinas)

En 1984, Carlos Correas publicaba su novela Los reportajes de Félix Chaneton por la editorial Celtia. Hacia 2000, conseguirla era casi una tarea utópica. Una novela poco leída e inhallable. Encontré un ejemplar usado, de casualidad, y pude tener una experiencia de lectura extraordinaria, como las que suele proponer Correas en su narrativa y ensayística (si es posible distinguir entre ambas). 
Por suerte, en plan de recuperación de la narrativa de Correas, hace un par de años, la editorial Interzona publicaba Un trabajo en San Roque (2005), para volver a leer cuentos fundamentales como "La narración de la historia" y otros inéditos que recuperan el tono de Los reportajes... Años más tarde, la editorial Mansalva recuperaba otros textos en Los jóvenes (2012). Sin embargo, quedaba como deuda pendiente la reedición de Los reportajes de Félix Chaneton
En 2014, treinta años más tarde, Interzona reedita la novela de Correas, con prólogo de Edgardo Scott. No puedo menos que celebrarlo (y sostener el interrogante por el proceso de canonización al que podríamos estar asistiendo). Para ello, subo el prólogo que abría la vieja edición de Celtia, un prólogo apócrifo firmado por un tal Juan Manuel Levinas.


Prólogo (Juan Manuel Levinas)

Los tres relatos que siguen fueron encontrados entre los papeles de Félix Chaneton. Corresponden a tres momentos sucesivos de su vida. Aquí aparecen por primera vez. Se trata, pues, de una publicación póstuma.
El título para el conjunto —Los reportajes de Félix Chaneton— me pertenece y creo indicado justificarlo. Como de ordinario entendemos por reportaje el texto elaborado tras una encuesta personal del autor, mitigaremos condescendientemente, según se quiera, esa ordinariez si encuestador y encuestado son uno y el mismo en el hecho estético. No porque la sola belleza no pueda ser ordinaria; no ordinaria es la belleza inventada desde la nada y con la materia. Estos reportajes son autorreportajes a modo de capítulos de una novela autobiográfica. Son las encuestas que se hizo quien debió descubrir que el hombre es hombre al ser cuestión de su ser, pregunta por sí mismo.
Venturoso y desasosegado descubrimiento, conque signifique arrostrar el miedo de pensar y actuar, pero igualmente el encontrarse en peligro en el mundo y en la sociedad. "¿Quién y qué soy?" "¿En qué me estoy convirtiendo?" "¿Qué hacer conmigo mismo?" son algunas de las rutinarias o balbuceantes fórmulas por las que vivimos y nos representamos la interrogación del ser hombre.
Y siendo imposible fundar literariamente lo propio sin fundar lo ajeno, toda autobiografía es una heterobiografía. Para contar una vida hay que volver contable la vida. Y ¿con cuál método? Problema humano: por el hombre vienen el cuento, la confesión y el método a la vida. Pues si yo soy lo que son los otros, confesarme es declararme y declarar a los hombres en mí.
Esta novela autobiográfica es una versión de sí mismo con los otros que ofrece el autor. No diré que es la única versión, pero sí la única literariamente verdadera y, entonces, materialmente falsa. El autor se reclama "creador", porque la obra es la "criatura" humana que es sólo efectiva, sólo vive, si los otros la nutren, amparan y limitan. El tradicional análisis de que un autor no consigue escapar a sus límites ha de ser reemplazado por la comprensión del autor que persigue y halla, felizmente, sus límites en los lectores. Pero debe hallarlos devastando las inercias institucionales de muerte que aún separan a los hombres. Los autorreportajes novelados de Félix Chaneton serán construcción de literatura si son aniquilación de la realidad, dada; por lo que tendremos calidad literaria en la medida en que la literatura sea destructiva: éste es su procedimiento definitorio, pues nada puede haber más inane para la literatura misma que la edificación. Así, es miserable para la literatura, el simple patetizar dichas o desventuras o el simple pormenorizar goces; un erotismo sin inmoralidad es la tontería doméstica; por el contrario, la pornografía, cuando es inventiva y no pobre estereotipo y receta probada, comporta ya más fuerza en su disolvencia: es la inmoralidad en estado, de gracia infantil.
Y puesto que inicialmente no hay literatura más que en nuestra imaginación, habrá que crearla con palabras. Chaneton, veraz fraudulento o apócrifo investigador, resultará de su obra y de sus lectores: aquélla y estos serán los autores de Félix Chaneton autor. Lo escrito por Chaneton ¿fue verdadero?, ¿fue falso? Solamente Chaneton literato será real. Los acontecimientos debieron ser convertidos en apariencias eficaces para que la realidad del autor pudiera ser literaria, la imagen necesaria de su texto novelesco. Y porque amé como pude a Chaneton, aunque él me ignorara, quiero sentir que esa conversión ocurrió, que Chaneton logró, antes de su muerte súbita, poner punto final no sólo a lo que quiso decir, sino a lo que había que decir.

Correas, Carlos (1984): Los reportajes de Félix Chaneton, Buenos Aires, Celtia, pp. 11-13.

PD.: Acá, una entrevista a Carlos Correas de 1990, realizada por Jorge Quiroga y recuperada por un blog genial llamado Palabras amarillas.

martes, mayo 20, 2014

La nota al pie como pieza exquisita

Carlos Correas, además de un ensayista de una lucidez ácida y un gran narrador del margen, fue un cultivador de la nota al pie. Van dos muestras tomadas de la recopilación de artículos Ensayos de tolerancia (Colihue, 1996). Copio el párrafo del texto central y, luego, la nota que se desprende.

Nota al pie de "Films argentinos", en el comentario sobre Buenos Aires viceversa, (77-78 pp.):

(...) Particularmente se ha interpretado que el idioma oral del film [Buenos Aires viceversa], casi siempre grosero, alegoriza no sólo el pasado "Procesista", sino, más arqueológicamente, un remoto pero perdido idioma filosófico de alcance nacional. La repetición de ese idioma permitiría liberarnos de terrores antiguos y nuevos. Es probable, sin duda*. (...)

* En 1943 yo tenía 12 años y vivía en la calle Santa Fe al 5000, en Palermo. Próximo al Carnaval, resolvimos, con mis amiguitos de la cortada de Ancón, armar una murguita y salir a la calle. La preparación y los ensayos nos llevaron un mes. Dos eran las cuestiones: la vestimenta y la redacción de las coplas que cantaríamos. Para la primera cuestión yo salí, ya en Carnaval, pintarrajeado y harapiento, con una escupidera pendiente de un hombro, sostenida por una corbata enroscada al cuello. Para la segunda, cantábamos en la calle, frente a los bares: "La puta que te parió se vistió de colorado/ y al pasar por el cuartel se la cogieron los soldados". También: "Por más que nadie se lo proponga, / nada es mejor que una buena poronga". También: "Te mato, te rompo, te cago, te reviento/ y el orto te lo pongo hecho un pimiento". También: "Mi hermana tejió una colcha y la llevó a la exposición/ y la 'colncha' de mi hermana el primer premio sacó". Nuestro mayor éxito fue en la esquina del famoso bar La Paloma, en Santa Fe y Juan B. Justo. Los pelafustanes sentados a las mesas de la vereda se desplomaban de la risa y nos daban monedas. Nos enorgullecía que nosotros, menorcitos, entretuviéramos a gente mayor. Transcribí sólo una antología de las coplas. Se habrán notado los términos "fuertes". Ni nuestros padres, ni nuestros maestros de la primaria y de la secundaria, ni las revistas de historietas que leíamos, ni la radio que escuchábamos usaban esas palabras. Nuestras fuentes eran los vagos de café y otros compañeritos, y nosotros éramos entusiastas iniciados en un idioma secreto. Ahora, en el declinar de mi vida, advierto, con una mezcla de extrañeza y consternación, que las paparruchadas carnavaleras que entonces cantábamos -u otras chocarrerías similares- se han convertido, para los últimos pensadores de este país, en "lengua coloquial argentina". ¿Habremos sido nosotros, los traviesos nenes murgueros de Santa Fe y Ancón, precursores de este advenimiento lingüístico?

Nota al pie de "Films argentinos", en el comentario sobre La nube (86-87 pp.):

(...) La mostración de jubilados maltratados, de policías venales o asesinos y mentirosos, de jueces impartiendo "la Justicia" cubiertos por paraguas bajo la lluvia, de servidores cuya capacidad de ser humillados es directamente proporcional a su compulsión de humillar, de abogados que arriesgan su vida por defender indigentes, de jóvenes que dejan la Argentina por Australia, de la exacerbación de los dolores comunitarios... sugeriría en Solanas un "reformismo" del que me ocupo en nota*.
*'Reformismo', esto es, enaltecer las instituciones republicanas y no destruirlas, sino depurarlas. Una pequeña y mediana burguesía que es progresista y racionalista: confía en las virtudes del diálogo, hace del trabajo un honor y pone el orgullo en las reivindicaciones profesionales. Muchos son universitarios que anhelan "funcionar honestamente en el mercado cultural". Pequeños y medianos burgueses que creen y quieren creer en el compañerismo entre amigos y en el compañerismo conyugal, y bregan por la "solidaridad social" y por la vida consensuada. Están contra los excesos, "vengan de donde vinieren", y sean voluntaristas o intelectualistas, y contra los extremos, "sean los que fueren" (la drogadicción, los suicidios y otras demencias; la guerrilla y/o el terrorimso "que siembran la muerte, el caos, el resentimiento, el terror y el odio en la sociedad argentina"). No tienen sentido del Mal, y cantan a la salubridad en ética y en economía y al aseguramiento "transparente" en la custodia de la propiedad privada y del orden jurídico. Este canon y este pensamiento, blandos y amorfos, enmudecieron en las épocas criminales y cuando recuperaron el habla su decir nos ha resultado torcido e inútil.
Otra pieza exquisita escrita por Carlos Correas, acá.

jueves, noviembre 28, 2013

La Patria Grande y un argentino medio

"Pero una cosa es cierta: [...] el argentino no debiera desoír el llamado de la Patria Grande", tararea ya al final de su primera página Víctor Massuh. Y ya asimismo consabemos que Massuh oye estos llamados (¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Desde cuándo? y ¿Por qué se metaforiza de este modo a sí misma la Patria Grande?), y que yo, al menos, no los oigo, por más que me haga -y me hago a veces, como experimento- el deber de oírlos. Pero sí estoy resuelto a desoír cualesquiera llamados, directos o indirectos, del llamado Víctor Massuh. Sabemos, además, que Massuh es un incompetente libelista y que su estilo es belicoso pero mortecino. Su intemperancia es también ya familiar. Sin embargo, nos habla de "el argentino" y será acaso interesante que cotejemos a este sujeto con "un argentino".
Tomemos un argentino medio, cuadragenario o quincuagenario. Vive en Buenos Aires. Está casado con una mujer ya enmascarada y repetitiva. Infidelidades confesadas o descubiertas de cada parte con personas más jóvenes o con antiguos amigos o amigas amenizan, con celos enojados inclusive, y dan una memoria compun a esta relación conyugal. Tiene dos o tres hijos púberes o adolescentes o jóvenes; esto es, tiene una familia, lo cual es tanto una carga rapaz y útil para matar el tiempo como una justificación pública ante el mundo. Hace negocios sin delinquir más allá de lo permitido por el uso y la costumbre: de este modo se procura y procura a su familia el bienestar debido. Concedámosle una inclinación artística que pueda alcanzar hasta la posesión (y la apreciación) de un volumen de las Selected Photos del inglés David Hamilton. Tiene gustos políticos, que pueden ser por cualquier partido, movimiento o dirigente, excepto los "extremos", que son más irreconocidos que ignorados. Es propietario de una quinta con mirador, pileta de natación, bomba de agua, casilla para el perro y baño provisto de jaboncitos en forma y color de frutilla, digamos en Del Viso; y los domingos y feriados en general hace asados, con carne que le escogen y le reservan en un comercio de la ruta 8. Esos mismos días vuelve con su familia en su auto, por la ruta Panamericana, abarrotada, todos cumplidamente demolidos, observando a y observado por los otros autos y los otros automovilistas con sus familias no menos ni más agotadas. El lector me dirá que este argentino medio no es sólo insípido, sino puramente espantoso. Estoy de acuerdo y nada más alejado de mí que proponerlo como héroe o siquiera como simple personaje de cualquier tema oral, escrito o visual. Pero si lo he tratado es para que el lector vea en él la imposibilidad de que oiga o deba oír o no deba desoír "el llamado de la Patria Grande". Y como este un argentino es muchos argentinos, esos muchos o bien son sordos a ese llamado, o bien la Patria Grande no llama, o no hay siquiera Patria Grande, ni como "utopía actuante", no como realidad inerte.
Correas, Carlos (2011 [1980]): La manía argentina, Buenos Aires, UNC-UNGS, pp. 113-114.

domingo, octubre 13, 2013

Gestos críticos

Las formas son simples: una introducción, el planteo de alguna hipótesis, su aparente demostración con citas y anécdotas, la aparición de dos invitados que reafirman lo expresado, un final con conclusión o intervención de “los alumnos”, que siempre constatan lo dicho. Ninguna contradicción, ninguna discusión, ninguna noción distinta a las de quien enuncia, que se dice descreer del canon de la crítica, canonizándose en el proscenio visual. Pero también se exime, y autocrítico, en la última charla (porque eso hace, dialoga con el imaginario público recluído en el aula de su voz) recomienda ciertos textos de Borges que subraya imprescindibles. El artificio crítico que esto convoca es la inversión, ¿qué textos de Piglia recomendaría Borges? Pero hay otra cuestión más primitiva, o radical. Y ya no es el tono, sino la forma oral con la que Piglia construye su discurso, que remite más al titulado del concepto que a su verificación. Frases como “Borges estuvo más cerca que nadie de ser eso que quería ser”, “Borges iba a donde fuera a decir lo suyo, por eso estoy acá (¿?)” ó “La industria borgeana editorial y la industria borgeana académica, no quieren reconocer que Borges se quedó ciego en 1953 y su capacidad de estilo quedó destruida” (clase 1), demandan otro gesto crítico: la verdad de las mismas no se constatan en ningún momento.
Omar Genovese desmonta las clases de Piglia sobre Borges en la televisión pública en este artículo publicado en Perfil. Las lecturas a las que Genovese nos tiene acostumbrados en Nación Apache y en sus participaciones en Perfil, sumados a su novela Norep (una fantástica novela sobre Perón, construida desde el infierno sobre la parodia ácida al discurso paternalista y mesiánico del peronismo, son una muestra de cómo sostener una posición crítica, precisa y sin complaciencia. Me gusta leerlo en la estela de C. E. Feiling y de Carlos Correas; agradezco su falta de dulzura y su lucidez analítica. 

martes, mayo 21, 2013

Una nota al pie de Carlos Correas

Leo fascinado La manía argentina de Carlos Correas (había encontrado un fragmento hace unos años pero gracias a la UNGS y a la UNC podemos disfrutarlo del ensayo completo). Su contralectura de la intelectualidad en los albores de la vuelta de la democracia, toma a Víctor Massuh como exemplum, es tan ácida, precisa y actual que pareciera estar hablando de gran parte de la intelectualidad actual. Copio un breve fragmento que me interesa particularmente por su nota al pie de resonancias agambenianas:
Lo sagrado es, ciertamente, lo intocable, pero también lo en y por principio indefinidamente indeterminado. Así, la cultura es sagrada*, pero también lo son la patria, el Orden Constitucional, la causa nacional, la vida, la propiedad, la libertad, la democracia, la Nación, "nuestra identidad"; o igualmente Dios, la vulva de una mujer, la Bolsa de Comercio, la Cámara Argentina de Anunciantes, la Sociedad Rural Argentina, o la Empresa: trascienden y son "eternidades" y Destino para cada individuo que se prueba finito y contingente. (p. 53)

*Su sacralidad contemporánea puede medirse por su consideración excluyentemente positiva: nuestros intelectuales debaten acerca de la cultura "de élite", "popular", "nacional", "intelectual", pero escamotean la determinación de la incultura de élite, de la incultura de los intelectuales y, en suma, de la incultura popular y nacional. La especificación de estas inculturas nos enseñaría qué valores sociales debieran enfrentarse y luchar por imponerse. 
Vendrán otras citas. Correas manejaba el arte de la injuria como nadie, y de paso lanzaba interrogantes para una intelectualidad argentina seca, distinguida y con aires sacralizantes.

sábado, julio 07, 2012

Juvenilismo


Llegó. Ahora, gracias a Mansalva, podremos leer "Los jóvenes" de Carlos Correas de forma completa. Por lo demás, el libro recopila textos ya aparecidos aquí y allá: "Las armas tiernas"; el hitazo "La narración de la historia"; y "Algo más sobre mi caso". Bien, seguimos en la procesión hacia el canon: después de OL y de Copi, llega Correas. Sólo falta que reediten ese novelón Los reportajes de Felix Chaneton.

domingo, abril 10, 2011

"Los jóvenes" o el camino hacia el canon literario

A la una de la mañana el Anchor languidecía. En el mostrador del bar, varios putitos de calzoncillos anatómicos beben Coca-Cola. Junto al piano bailotean torpemente dos ingleses de porongas lechosas. Los farolitos rojos dan la justa luz para ese pequeño quilombo de pajeros. Mesitas alcahuetas y lustraditas, mozos con aire de perros, espejos estratégicos para que los putitos se deseen de reojo. En una mesa, alrededor de un podrido olor a pescado, hay una hembra fermentando. En la pared del fondo, una lámina vieja de Elizabeth y Felipe de Edimburgo (se comentaba que Felipe ya no se la da más por el culo porque Elizabeth se tiraba muchos pedos y como es sabido, los de Elizabeth Arden). Y en el aire un crepitar bullicioso, una guasca hecha polvo brillante y estrellado. Las locas sentadas miran por la ventana y añoran la ciudad.
Acá, un fragmento de un texto inédito de Carlos Correas, "Los jóvenes". Si tal como lo promete la editorial Mansalva, entre sus próximos títulos se encuentra Los jóvenes y otros relatos, lo espero con impaciencia
Y realizo una premonición (que a lo mejor ya está cumpliéndose): Carlos Correas será en estos años, lo que Osvaldo Lamborghini fue al canon literario argentino los años anteriores. Es decir, prepárense para una oleada de papers, tesis y conferencias sobre un escritor "maldito" en la corte de la literatura canonizada. Al menos servirá para que se lo lea y, sobre todo, para que alguien se la juegue con la reedición de Los reportajes de Felix Chaneton.

domingo, diciembre 05, 2010

Zapping


Hace unos días, Rafael Cippolini se la jugó y pasó 10 horas frente a la pantalla televisiva argentina para hacer este zapping:
17:01 hs. Canal 9. ¡Escándalo! Viviana Canosa entrevista a la vedette Paola Miranda que acaba de alejarse de la obra Bravísima, cuya figura central es Carmen Barbieri (¿quién dijo que la televisión es endogámica? ¡la gran familia Tinelli siempre ubicua!). Silvia Süller luce vincha y rulos y denuncia casting sábana en un escándalo que comenzó en Facebook (¿de qué modo los medios se continúan unos en otros?). Según se dice, la cara de la televisión argentina alguna vez fue Pinky. Hoy es Ricardo Fort (cada época sintetiza sus valores). Süller es una ametralladora de pistas sobre Germán, presunto amor secreto del Willy Wonka criollo. ¿Qué oculta el tatuaje con forma de escorpión en sus pectorales? ¿Qué papel juega en todo esto Nilda, empleada histórica de Tita Soldán? No hay espectador que no se sienta Perry Mason.
Sigue acá.


17 años antes, Carlos Correas adquiría un televisor blanco y negro con una apuesta más arriesgada, 24 horas de televisión argentina, se cruzaba con especies hoy extintas y realizaba su propio zapping:

Un día en los canales

He comprado un televisor usado, blanco y negro, para escribir este artículo. Si hubiera comprado uno nuevo, de color, quizá mis experiencias habrían sido otras. El lector juzgará y tendrá a bien esperar conmigo que mi viejo televisor no explote antes de terminar este texto; le diré que mi recelo es grande, pero adelante.
A las 6:00 veo por Canal 7 "Muy buenas, buenas... Argentina". Aparecen el señor Juan Carlos Mareco y una señora cuyo nombre, aunque dicho, se me ha escapado. Suministran, a intervalos datos sobre la hora, la temperatura y el porcentaje de humedad, simultáneamente por escrito y por vía oral. Leen, con gran ánimo, los titulares de al menos 8 diarios matutinos y sólo del ámbito porteño. Mareco posee una cabeza esférica y exhibe un rostro repulgado en infinidad de arruguitas que se activan con cada visaje y sonrisa y aun después. Su cordialidad es permanente y veraz y con una ligera ironía. Pasan goles de fútbol; entrevistas a jugadores de fútbol; entrevista a una mujer violada por un policía en Lanús: ella intentó suicidarse porque la policía puso en duda al juez acerca de la realidad de la denuncia; noticias sobre inundados y sobre la instalación de teléfonos; otra entrevista a un hijo de una cocainómana de la alta burguesía argentina: el tipo es joven y habla con la autoridad y la displicencia de un jefe cuando defiende a su madre de la acusación de traficar con narcóticos.

martes, octubre 26, 2010

De la malicia crítica

Leo Ensayos de tolerancia de Carlos Correas, una compilación de artículos y reseñas que Colihue editó en 1999. Empiezo de atrás para adelante, para variar un poco, y me pregunto: ¿Por qué recopilar algunas reseñas de Correas? ¿Qué gracia tendrán? Leo la reseña sobre el libro El concepto de la ficción de Saer y me cae la ficha. La reseña es pura malicia crítica. Me encanta. 

Reseña sobre El concepto de ficción de J. J. Saer (Carlos Correas)

El autor de El concepto de la ficción (Ariel, 1997), Juan José Saer, nació en Serodino. Conozco, por razones de matrimonio con una muchacha rosarina, esos pueblos santafesinos donde, además de anhelar que llueva y del miedo a la sequía, los sucesos notables son las invasiones de mosquitos gordos como abejorros, el embarazo de la hija soltera de quince años del juez de paz, los sospechados y cumplidos sobornos del presidente de la comuna, los adulterios, los chanchos y los chinchulines y las morcillas y los chorizos asados en los mediodías de los primeros de enero. A mí me ha bastado Buenos Aires para huir de esas módicas pesadillas; las de Juan José Saer han sido seguramente más virulentas, ya que se radicó en París.
Justo, según contratapa, tal distanciamiento y la continuada permanencia en Europa lo ayudan al autor. ¿Lo ayudan para qué? Pues para que Saer nos afirme que "el concepto de ficción" reza que "la ficción mezcla... lo empírico y lo imaginario". Como esto probablemente sería mezquino, Saer añade que la ficción es "antropología especulativa", delicada expresión que el autor mismo reconoce que es "tema arduo" y que "conviene dejarlo para otra vez". Bien hecho, en tanto "antropología especulativa" está ubicada ahí, por lo pronto, sólo para que Saer diga algo que haga oír su voz. Y, también, debemos tomar precauciones puesto que Saer a veces habla —según Saer— "metafísicamente".
 

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