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miércoles, mayo 27, 2020

Escrituras excéntricas

Rescatar autores y autoras que fueron relegados a un lugar de sombra y fuga en la literatura argentina fue el objetivo de la antología que Héctor Libertella publicó en 1997 bajo el título: 11 relatos argentinos del siglo XX (una antología alternativa). Hace varios años, le dediqué un post al respecto intentando revisar qué escritores y escritoras continuaban escapando al canon oficial y cuáles, en cambio, habían comenzado el proceso de santificación. Creo que mis conclusiones acerca de aquella selección no se modificaron demasiado.
Sin embargo, unas semanas atrás, al volverme a cruzar con el libro de Libertella, renació la pregunta: ¿qué autores y autoras, a la sombra y en fuga, podrían hoy por hoy significar una mapa alternativo para la literatura argentina? Para responder a esa pregunta, contacté a algunos amigos y a algunas amigas de este blog. La propuesta es pensar tres escrituras aún alternativas, excéntricas, fugadas y justificar brevemente cada elección.
En un gesto de egocentrismo cultural (todo lector es egocéntrico), arranco con el desafío y abro esta serie para una antología alternativa actual y virtual de la literatura argentina.

Tres escrituras excéntricas (Golosina Caníbal)

1. Carlos Correas. "Los jóvenes"


El relato de Correas comienza de este modo:

"A la una de la mañana el Anchor languidecía. En el mostrador del bar, varios putitos de calzoncillos anatómicos beben Coca-Cola. Junto al piano bailotean torpemente dos ingleses de porongas lechosas. Los farolitos rojos dan la justa luz para ese pequeño quilombo de pajeros. Mesitas alcahuetas y lustraditas, mozos con aire de perros, espejos estratégicos para que los putitos se deseen de reojo".

Eso en 1952. Como si no bastara con "La narración de la historia" ( y Los reportajes de Félix Chaneton (1984), como si no fuera suficiente con Ensayos de tolerancia (1999) y La manía argentina (2011), Correas escribió en 1952 un relato neobarroso que parece anticipar a Osvaldo Lamborghini, a Néstor Perlongher y a toda una línea de la literatura argentina que mezcla la homosexualidad, la violencia y el humor para producir una torsión en el lenguaje.
Felizmente, la editorial Mansalva recuperó este relato en su edición de 2012, junto con "Las armas tiernas", para demostrar que Carlos Correas es un escritor inclasificable y que uno de sus relatos más antiguos se anticipó 20 o 30 años a la literatura por venir.
Si por "La narración de la historia" Correas fue perseguido judicialmente, ¿qué hubiera producido esta bomba de semen y sorna titulada "Los jóvenes" en el campo cultural argentino de los años 50? ¿Qué sigue generando ahora?

2. Amalia Jamilis. "Osario bajo la luna"


La obra de Amalia Jamilis, cuentista platense, es un secreto a voces. El primer libro suyo que leí  lo encontré entre los usados del Jardín de la República a un precio mínimo, su título es Ciudad sobre el Támesis (1989) y su lectura me deslumbró.
Supe que ahí había una escritura excéntrica, olvidada, algo cortazariana, algo ocampiana también pero con un estilo particular. A partir de allí, comencé a buscar el resto de sus libros. Desde Parque de animales (1998) hasta Detrás de las columnas (1967), leer a Jamilis es una experiencia particular: ella cultiva el arte de la sugerencia, las tretas de la elisión.
En este sentido, "Osario bajo la luna", publicado en el libro Los días de suerte (1969), es un relato breve pero condensa su imaginación y su pericia literaria: un principio desconcertante, una puesta sintáctica personal que construye la narración pieza a pieza y un cierre que reenvía al lector inmediatamente al comienzo de la narración, para poner a prueba de nuevo esa primera sensación de desconcierto. Amalia Jamilis, taumaturga de la narración breve, misteriosa artífice de pequeños universos narrativos.

3. Elvio Gandolfo. "Vivir en la salina"


Probablemente remitir a la obra de Elvio Gandolfo pueda ser una obviedad hoy por hoy. Y sin embargo... Encontrarse con relatos como "Vivir en la salina", "Llano al sol" o "El terrón disolvente", significa abrazar la escritura de género como una posible vía de escape. ¿Por qué evitar los géneros? ¿Por qué no apropiarse de sus lógicas para volverlos próximos y fascinantes?
Gandolfo lo logra. "Vivir en la salina" es un policial negro, un relato seco y exasperante. La hostilidad del ambiente, la terquedad de sus personajes, la tensión en las relaciones se despliegan línea a línea.
Publicado en 1982, en un libro redondo bajo el título La reina de las nieves, este relato es una muestra de cómo Elvio Gandolfo abre la puerta de los géneros para la literatura argentina, en la línea de Angélica Gorodischer y de Charlie Feiling. Por el contrario, tomando las lógicas del género y armando una historia eficaz e inolvidable. Salve, Elvio, tus lectores te saludan con emoción y valor.

jueves, noviembre 14, 2013

El terror según Gandolfo

Don Elvio Gandolfo publica un nuevo libro de cuentos Cada vez más cerca (Caballo negro editora, 2013). En la revista paco, un sitio ecléctico, radical e inestable, Juan Terranova le hizo una entrevista que finalizó con una lista ineludible:

Si te pidieran que hicieras una antología de los mejores cuentos de terror, ¿cuáles elegirías?

Lo siento, pero las mejores antologías que leí fueron largas. En todo caso se puede dividir en dos tomos. Esta sería la mía:

“Berenice”, “La fosa y el péndulo” y “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe.
“Los sauces” de Algernoon Blackwood.
“Carmilla” de Sheridan Le Fanu.
“El joven Goodman Brown” de Nathaniel Hawthorne
“El color que cayó del cielo”, “El horror de Dunwich” y “Las ratas de las paredes”, de H. P. Lovecraft.
“El grito” de Robert Graves.
“El horla” de Guy de Maupassant.
“La gallina degollada” y “Los buques suicidantes” de Horacio Quiroga.
“El pueblo blanco” y “El gran retorno” de Arthur Machen
“El empapelado amarillo” de Charlotte Perkins Gilman.
“El rey de amarillo” de Robert W. Chambers.
“El rey de los gatos” de Stephen Vincent Benet.
“Nieve silente, nieve secreta”, de Conrad Aiken.
“Donde el fuego nunca se apaga” de May Sinclair
“La litera fantasma” de Rudyard Kipling
“Presa” y “Duelo a muerte” de Richard Matheson
“El carrito” de César Aira
“La desaparición de Elaine Coleman” de Steven Millhauser
“El mejor cuento de terror”, “Hijos de Abraham” y “Un fantasma del siglo XX” de Joe Hill
“El retozo”, “La escuela nocturna” y “El Tsalal” de Thomas Ligotti
“El hombre del traje negro”, “Las hermanitas de Eluria” y “Un buen matrimonio” de Stephen King
“Ravissante”, “Los cicerones” y “La aparición” de Robert Aickman
 Amén. Varios los leí hace tiempo; por los otros, los desconocidos para mí, empieza la búsqueda.

sábado, diciembre 03, 2011

Sobre El agua en los pulmones de Juan Martini (Elvio Gandolfo)

Sigo intentando configurar un pequeño rastro del policial negro en Argentina (intento omitir las obviedades o lo muy trabajado por la academia). Ahora, traigo esta concisa y lúcida reseña de Gandolfo, escrita en los '70, sobre el policial negro de Juan Martini, El agua en los pulmones (1973) (luego, vendrían Los asesinos las prefieren rubias (1974) y El cerco (1977)). Gandolfo separa a la novela de otras que también tienen elementos de policial negro en ese momento y se detiene específicamente en los logros de la prosa de Martini y en la configuración de los personajes. En fin, cortita y al pie, una reseña para otro ejemplar de policial negro en Argentina.

Reseña

Juan Carlos Martini, El agua en los pulmones, Buenos Aires, Goyanarte, 1973.

La primera novela de Juan Carlos Martini presenta varias características que llaman la atención. Se trata, por empezar, de una "policial'' a secas, clásica, con intriga, asesinatos y un investigador privado como protagonista. Esto la diferencia de otras novelas recientes (Triste, solitario y final de O. Soriano; Los tigres de la memoria de J. C. Martelli o The Buenos Aires Affair de M. Puig) donde lo policial era un elemento más dentro de una trama mítica o novelística (Soriano o Martelli), o no existía (Puig). En segundo lugar, la acción se desenvuelve en una ciudad poco frecuentada por la literatura argentina en general y por la policial en particular: Rosario. En tercer lugar, Martini se desenvuelve con una seguridad poco frecuente incluso dentro del panorama de la novela "negra" en general.
La efectividad de su estilo, que debe mucho y lúcidamente a Chandler y MacDonald, se expresa sobre todo en el ojo incisivo y sintético con que define, por detalles externos y materiales, ya sea la personalidad de un personaje o el habitat que lo rodea. Pocos trazos, aparentemente gruesos y al descuido, bastan para "ver" a Vargas, a Ferrer, a la Sra. Iglesias.
Los personajes están estructurados dentro de una compleja pero férrea pirámide de clases y vínculos de dependencia, que va desde la cúspide (el industrial Iglesias) descendiendo a través de Ferrer, la señora de Iglesias, Milton, Vargas, hasta llegar a las mucamas y los mozos, que se mueven como sombras a un lado de la madeja principal. Virginia Soulages queda un poco apartada de esa pirámide. Es cierto que maneja los hilos de la intriga, pero lo hace con la inescrutabilidad y la lejanía de una Parca o del Destino. Esto la vuelve más simbólica que real y cuando aparece físicamente, en las últimas páginas, provoca una de las pocas fallas del libro, de la que hablaremos más adelante.
Por último está el contorno, la atmósfera en que todos se mueven: Rosario. Martini ha sabido tratarla literariamente, como un escenario convincente, sin fisuras ni pintoresquismos, también sin simpatía. Los personajes sólo la soportan o la usan. La humedad y la llovizna permanentes que la cubren dejan de ser propiedades climáticas para convertirse casi en una exhudación de la sórdida cadena de crímenes, traiciones y humillación. Por fin, cuando todo acaba, el cielo es celeste, limpio, el sol da una luz intensa y blanca, y el foco se ha movido desde el centro o los barrios a la orilla del río, la parte menos opresiva de la ciudad.
Dos personajes medios, tanto por su acción como por su ubicación en la pirámide, el ex policía Vargas y el periodista Oliva, son los más trabajados. De ellos conocemos las vidas completas, detalles de la infancia y la juventud. Solís, en cambio, comparte con una larga serie de protagonistas, desde el Quijote hasta Marlowe o Archer, su destino de factor desencadenante. Es un hombre solo que únicamente puede conseguir romperse las uñas arañando la superficie de las cosas. Además, como antihéroe, está destinado a que le bajen los dientes, lo torturen, o a ser simplemente ridículo (la misma puerta que se haría astillas incluso ante el impacto de Marlowe se abre cortésmente y lo deja trastabillando frente a una Luger).
En ese mundo de decisiones masculinas, donde las mujeres quedan a un lado —lejanas (Laura Solís), impotentes (la Sra. de Iglesias), desesperadas o tristes (Lina)— recibiendo de rebote algunos golpes, que es tomado hasta con ironía por los personajes cuando se enfrentan y hablan, todos actúan conscientes de su papel, sobre todo los que están al tanto del asunto de las tierras. Por eso sorprende el papel de Virginia Soulages. No sólo se mantiene inalcanzable, como dijimos, sino que cuando es alcanzada por Solís, provoca en él una reacción poco acorde con el resto de la novela: la ahoga en un bañado, envuelto en vendas, bajo un cielo nublado, en la oscuridad. Aún justificado por la venganza, el fragmento suena discorde, con un sabor un poco grotesco, casi romántico. Este pequeño desfasaje se refleja sobre el final. Toda policial, por su mismo carácter, soporta un andamiaje lógico que, para diferenciarlo de la trama o del estilo, yo llamaría "mecánica". Dentro de esa mecánica, es un poco inconcebible que varios meses más tarde de su asesinato los patrones de Virginia no conozcan su destino, que Marín deba preguntarle justo a Solís qué ha sido de ella. Felizmente la solidez de las 170 páginas anteriores quita trascendencia a este detalle.
Juan Carlos Martini es autor de dos libros de relatos1. En ellos predominaba un estilo experimental, del que se fue despojando con el tiempo, hasta llegar a sus últimos cuentos2 y a esta novela, donde, paradójicamente, en esa prosa descarnada, casi esquemática, parece haber encontrado su voz propia.

1 El último de los onas, Buenos Aires, Galerna, 1969; Pequeños cazadores, Buenos Aires, Centro Editor, 1972.
2 "Pájaro sobre pájaro" en Pequeños cazadores; "La pura verdad" en El lagrimal trifurca, nº 9; "Procedimientos" en La Opinión Cultural, 3 de marzo de 1974; "Cuarteles de invierno", en Crisis, nº 10.

En revista Hyspamérica, nº8, octubre de 1974, pp. 97-98.

jueves, septiembre 29, 2011

Vivir en la salina (Elvio E. Gandolfo)

La reina de las nieves (1982, CEAL) fue el primer libro que leí de don Elvio E. Gandolfo. Luego vinieron más y más. De ese primer libro, me quedan buenos recuerdos de tres cuentos, aunque es un conjunto parejo, las nouvelles que abren y cierran el libro ("La reina de las nieves" y "El instituto") y el que comparto abajo, "Vivir en la salina". Este último es una muestra de lo que en los 70 se podía hacer con el policial negro en Argentina: un clima agobiante, una incógnita policial irresuelta, relaciones de poder, violencia laboral y hombres resignados a vivir entre y para la sal. Se puede leer en consonancia con "Procedimientos" de Martini  (y, obviamente, con "La reina de las nieves") y reconstruir, lentamente, una antología posible del relato policial negro argentino.

Vivir en la salina (Elvio E. Gandolfo)

A Jorge Varlotta

I

Eran tres y me estaban pegando. Exigían saber dónde estaba Liliana, quién era yo, por qué había llegado a ese lugar donde no había trabajo y cuya única virtud era alejar cuanto antes a todo aquel que quisiera residir. Me pegaban con los puños y las rodillas, a veces apretaban en el puño un pañuelo para que el golpe fuese más fuerte y les doliera menos. Yo me defendía. Me acurrucaba contra la pared y esperaba que me llegase el impulso y me sacudía de pronto, me desprendía de ellos, les pegaba algunos golpes y volvía a acurrucarme. Porque eran tres. Al fin se cansaron y quedamos mirándonos los cuatro bajo la luz de mercurio. Me seguían preguntando dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Les contestaba siempre, invariablemente, que no sabía dónde estaba Liliana y que quería quedarme en el lugar, buscar trabajo y quedarme. Me decían que no entendían, que se habían cansado de pegarme, que no me tenían mayor bronca pero los familiares de Liliana necesitaban saber dónde había ido ella. Yo les contestaba que si querían ir a tomar algo y el más bajo quería volver a pegarme, pero el más alto le paraba el puño y me contestaba que sí, que podíamos, y los cuatro recogíamos los sacos y caminábamos por las calles en las que el viento removía siempre la sal, formaba nubes blancas y calientes que penetraban en los ojos y resecaban la piel.
Llegábamos a un bar chico y maloliente, pero que parecía el paraíso comparado con las calles y la sal. Pedíamos vino tinto y nos mirábamos entre los cuatro por primera vez, porque aquí al fin había luz y calma suficiente para hacerlo. Yo miraba al tipo bajito, con una cicatriz en la sien, al tipo alto, morocho, con dientes de caballo y saco a rayas grises, al tipo de bigotes, a quien le descubrí rasgos que me hicieron preguntarle si no era pariente de Liliana. Me decía que sí, que era hermano, y levantaba la copa y tomaba el vino negro.
El tipo alto me explicaba que no querían hacerme mal y que en realidad el padre de Liliana les había dado quinientos pesos a cada uno para que me detuvieran antes de llegar al hotel y me pegaran y me preguntaran dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Y me explicaban que habían hecho todo por tan poco dinero porque allí no había trabajo, y me volvían a preguntar qué quería yo realmente, porque no podía haber venido sólo a buscar trabajo, a enterrarme en un lugar en el que no había más que sal, sal hasta el desierto y sal hasta el mar, un mar blanco y salado, en el que era casi imposible bañarse porque los acantilados caían desde cincuenta metros y las olas se estrellaban contra las piedras con fuerza suficiente para destrozar un barco, con más razón un ser humano. Y volvíamos a pedir vino tinto, que parecía ser la única bebida que tenían en el bar.
Al fin nos íbamos. Nos sentíamos todos compañeros, medio mareados, volviendo a empujar contra el viento cargado de sal. Llegábamos al hotel y antes de que yo subiese el hermano de Liliana preguntaba cómo haríamos para que el viejo se dejara de insistir con lo mismo, porque los tres no querían perder los quinientos pesos de ninguna manera, preferían empezar a pegarme otra vez allí mismo, en todo caso hasta matarme, salvo que les diera una idea para librarse del viejo. Y uno de ellos decía que por qué no preparaba las valijas y me iba con el ómnibus que pasaba a la mañana, el único del día. Y yo le contestaba que en realidad no sabía muy bien por qué quería quedarme, que estaba empecinado. Y de pronto comenzaba a llover. Una lluvia blanca, cargada de sal. Los invitaba a subir a mi pieza y terminábamos entre los cuatro una botella de caña que llevaba en la valija, y al fin decidíamos decirle al padre de Liliana que yo nunca la había visto, que estaban seguros de eso, que lo más probable era que él se hubiese equivocado cuando la vio caminando con un hombre por una de las calles del pueblo, que el hombre era parecido a mí y se la había llevado.
Nos despedíamos en la puerta, abrazándonos y prometiéndonos ayudarnos mutuamente, porque era muy d ifícil soportar la soledad en este lugar lleno de sal.

lunes, julio 18, 2011

Writers

Traicionar es un trabajo mal pago, además de impreciso. Cuando alguien se dedica casi exclusivamente a traicionar, lentamente va cambiando su vida. Puede decirse que, en términos tan generales que la excepción siempre confirma la regla, los traidores se vuelven recoletos, se quedan más tiempo en su casa, se sumergen, incluso en sus momentos libres, en las traiciones de otros, para comparar, o, presas de pronto un ataque de autosuficiencia, dejan de consumir por completo traiciones, se remiten lisa y llanamente a los hechos originales, los recubren de una pátina de autenticidad mística, fingen estar por completo alejados de las traiciones, salvo las propias. Como si esa recurrencia a los hechos o las pasiones o los sentimientos o las furias previas a ser traicionadas, recubriera, por contagio, de autenticidad metafísica, definitiva, las traiciones propias.
Así comienza "Traidores", unos de los relatos que forma parte de The book of writers (Caballo negro editora, 2010) de Elvio E. Gandolfo, un pequeño libro de historias sobre escritores, escrituras y encuentros (a lo Henry James, tal como lo señala en la nota final, pero también a lo Chitarroni, a lo Bolaño). En un tiempito escribiré algo más sobre el mismo, baste decir que Gandolfo es como Gardel, cada día escribe (o se reescribe) mejor y que este libro te atrapa y te transporta a ese mundo de egos, misterios y creaciones que fue, es y será campo literario (argentino y no argentino). Salud!

miércoles, mayo 04, 2011

Pegando la vuelta (Elvio E. Gandolfo)


Ciriaco Yu se inclinó un poco sobre la tabla. El Paraná estaba demasiado picado, pero las olas venían bien, grandes, poderosas. Se encaramó en el lomo de una y un leve movimiento de la cintura y las piernas le permitió bajar por la concavidad del agua. Ahora movió todo el cuerpo, en medio del fragor ensordecedor del agua, y el eje de la tabla cambió en un ángulo recto. La ola iba rompiendo como si viniera frontal desde la isla misma de enfrente. Le salió perfecto: en cuatro segundos estaba adentro en vez de encima de la ola. Era como un tubo transparente, medio azul, con el agua que iba cerrándolo a unos cinco metros a sus espaldas, y él manteniendo la distancia mínima para que no lo tumbara en un estruendo de agua, tabla y huesos rotos. No pudo evitarlo: soltó una carcajada silenciosa, ahogada por el ruido de la espuma al romper. Mantuvo el equilibro a la perfección, y en un momento dado se agachó sobre la tabla, cambió el centro de gravedad y se fue apartando a gran velocidad del oleaje, en una línea transversal que lo iba acercando a la costa.
Llegó mucho antes de que rompiera aquella gran ola, tal vez la más violenta del día, calculó. Dejó que la tabla resbalara sobre la arena, bajó con un pequeño salto y la alzó. Ni se dio cuenta cuando el agua estalló detrás de él. Tenía ahora 24 años, y hacía 14 que se dedicaba a surfear frente a lo que en otros tiempos había sido la Estación Fluvial, ahora enterrada bajo toneladas de arena. Se fue cruzando con otros amigos del palo, con sus propias tablas, que le hacían el saludo de rigor: el índice y el pulgar extendidos, y los otros tres dedos doblados, sacudidos tres veces. Y siempre una sonrisa, a la vez franca y mecánica.
Cruzó sereno el Parque del Monumento. De toda esa zona lo que había quedado era la parte superior del viejísimo Monumento a la Bandera, que había pasado de forma fálica cuadrada a apenas un tocón bajo de cemento. Lo contorneó con paso rápido. Llegó al depósito de tablas y se la entregó a Funes Stompanato, que le dio la ficha para retirarla a cambio. Saludó con la mano a Isabel McCain, que siempre estaba como un fierro en la barra del boliche cercano. Fue trepando el declive suave de la antigua barranca, y ahora sí se dio vuelta. El sol estaba a pleno e iluminaba con nitidez las olas gigantescas, arrancándoles reflejos a contraluz. El espectáculo siempre lo llenaba de vigor, de ganas.
Muchas veces hablaba con su abuela, Mangaruyá Thompson, de aquellos tiempos en que la ciudad tenía un centro.
—¿Un centro cómo? —preguntaba.
Después dejaba que la abuela se perdiera en largas frases encantadas que describían calles de puro cemento, algo llamado "vidrieras", extraños recinto "bares" donde uno tomaba ¿“líquidos”? y comía ¿"sándwiches"?. La abuela le había explicado esta última palabra, pero nunca pudo entender qué eran.
Hacía treinta años había llegado todo junto: las catástrofes climáticas habían alcanzado tal nivel de brusquedad y violencia que las islas de Inglaterra e Irlanda habían desaparecido bajo las aguas de un día para el otro. Las represas gigantes de África, Brasil, Rusia y Estados Unidos habían reventado como cáscaras de huevo. El sistema eléctrico había quedado paralizado, en principio hasta nuevo aviso, después para siempre. Las bajas habían sido incontables, el tiempo empezó a ser medido de otra manera.
Por suerte todo había pasado seis años antes de que él naciera. Le resultaba imposible imaginar un mundo donde el oleaje tremendo del Paraná no rompiera contra la costa con fuerza salvaje, donde no hubiera una comunicación inmediata con el Atlántico, donde el antiguo Uruguay siguiera con su pequeña superficie.
A él que no le vinieran con historias sobre la época de "las computadoras", con nostalgia de los "celulares", con elegías sobre la época en que Buenos Aires todavía había sobrevivido a inundaciones enormes pero al fin y al cabo locales ("sudestadas", las llamaba la abuela Mangaruyá Thompson) antes de que la combinación del terremoto submarino y el tsunami consiguiente convergieran como dos azotes implacables, destruyéndola.
Llamó a Teresa Camus. La flaca tenía la voz cero kilómetro: antes de que se lo dijera, supo que ella también se había llevado la tabla al río-mar y había cabalgado un buen rato las olas.
—¿Hoy de noche salís? —preguntó con la voz nítida, riente.
Le dijo que sí.
—¿Adonde vas? ¿Bailás?
—Le dijo que no. Que iba a la Florida Garden, a ver salir la luna.
Mientras los dos hablaban, los habitaba siempre la seguridad de ser los Nuevos, los nacidos después de los desastres. Los que podían no trabajar en nada, preparándolos para la Nueva, aquella época que nadie sabía como sería. Los Adultos, los que pasaban de 50, vivían aplastados por la culpa, trabajando porque sí (con la energía del hidrógeno ya no hacía mucha falta), de puro curdas. Había excepciones, pero casi todos volvían un poco quebrados a la casa, se quedaban sentados sin hacer nada, extrañando los "televisores". Algunos eran bocones, y hablaban con ira de "estos tiempos de mierda". Los que tenían más de 90, en cambio, como la abuela Mangaruyá Thompson, no la pasaban mal, no odiaban aquel presente de bisnietos y bisnietas surfistas, maratonistas, contempladores. Y cuando hablaban de "aquellos años" no lo hacían con la nostalgia del lejano pasado, de aquel mundo "antes del Sacudón" como si se tratara de un paraíso, sino como quien rescataba de aquel entonces lo que tenía que ver con este presente.
Por su parte ellos no se aburrían nunca. Es más: a Ciriaco Yu le encantaba hacer rodar sobre la lengua el nombre-doble (según dictaba la Ley Nacional/Extranjero) de Teresa Camus. Un par de veces, mientras el agua de la ola quedaba domada por su arte de la tabla, sabiendo que el ruido del agua tapaba todo, no aguantaba el impulso, y cantaba a voz en cuello el nombre de Teresa Camus, alargando o acortando las sílabas, terminando en un grito que la abuela llamaba "zapucay" en el preciso momento en que se dejaba ir en diagonal para abandonar la masa de agua acelerada y acercarse a la costa.
Con Teresa Camus quedaron en encontrarse después de las diez, para ir a la costa.
Su hermano menor, Osvaldo Suleimán, lo acompañó lejos en las motitos, para elegir una tabla. Después del Sacudón, o el Vuelco, muchas plantas habían cambiado por completo. Una de ellas tenía una madera exacta, muy maleable y bien ancha, ideal para una tabla.
En el tiempo de Antes el hermano se habría llamado Osvaldo Yu. Pero los registros exigían siempre un nombre y un apellido distintos. Flaco, bien tostado, Osvaldo Suleimán usó el método normal: le pegó al árbol fuerte con los nudillos, en distintas partes. De pronto los dos sonrieron: la madera había sonado casi a cristal. No necesitaron hablar para saber: "Ésta, ésta es".
En las motitos llevaban las herramientas necesarias y se pusieron a trabajar en seguida. Al atardecer tenían la tabla en bruto ya preparada. Ciriaco Yu sacó una liviana estructura de metal y lona, con ruedas anchas, cargó la tabla encima, y la enganchó a su motito, para que lo siguiera. Bastaba con ir más despacio, para que no perdiera estabilidad. Después patearon el arranque de las motitos y pegaron la vuelta, para volver a la ciudad. Osvaldo Suleimán silbaba fuerte, satisfecho y enérgico. Atrás iba Ciriaco Yu, callado, sonriendo apenas, sabiendo lo que iba a hacer en las semanas siguientes: enseñarle todos los trucos de la tabla sobre las olas a su hermano menor.
Cuando llegaron a casa, la abuela Mangaruyá Thompson estaba hablando con Antonio Tupelé, su nieto, el padre de los dos. Bajaron de las motitos y le hicieron una pequeña reverencia de saludo. Después se metieron en el taller, prendieron la luz y se pusieron a trabajar en la tabla. A las diez Ciriaco Yu le dijo a Nicolás Suleimán que la seguían al día siguiente. Tenía que salir con Teresa Camus. Nicolás Suleimán le hizo un par de chistes pesados, apagaron la luz y se metieron en la casa. La abuela Mangaruyá Thompson se había acostado. El padre, Antonio Tupelé, estaba sentado en la cocina, con los brazos apoyados en el sillón, callado y mirando el aire. Lo rodearon sin hacer ruido, para no sacarlo del Trance. El Viejo era de los buenos, de los excepcionales: nunca se aburría.
Mientras bajaba a la Florida Garden en la oscuridad, reconoció al pasar la silueta alta de Carlos Paävo.
—Uno con la ola —dijo, sin levantar la voz.
Carlos Paävo alzó el brazo con el vaso de cerveza.
—Dos en el rebaje —dijo, y los dos hicieron al unísono los tres sonidos huecos con la mejilla.
Se sentía tan bien que aceleró el paso. Vio a Teresa Camus desde lejos, delgada, con el pelo largo un poco sacudido por el viento.
—Amiga en la tabla —la saludó.
—Tabla en la tempestad —le contestó ella.
Bajaron lo que quedaba de la loma con pasos ágiles y rápidos. No había mucha gente en la costa. A esa hora el río-mar estaba calmado: era el momento de la marea baja, y podía verse a lo lejos, enfrente, el perfil de la isla, que en otros días quedaba bajo las aguas.
Ciriaco Yu se sentó sobre un tocón de árbol, con Teresa Camus al lado. Dejaron escapar el aire, aspiraron con la boca cerrada, lo dejaron escapar de nuevo.
—China —dijo ella.
—Rusia —dijo Ciriaco Yu.
—Montenegro.
—Estados Unidos.
—Finlandia.
—Sudán.
—Canadá.
—Honduras.
Entre nombre y nombre, aspiraban aire por la nariz, con la boca cerrada, y lo dejaban escapar por la boca entreabierta, que de inmediato decía otro nombre. Al poco rato, la voz de los dos fue bajando, desapareciendo. La mano de Teresa Camus se apoyó sobre la mano fuerte de Ciriaco Yu. Los dos miraron ahora fijamente el agua cada vez más plateada sobre la que se iba elevando la luna.
—Mayo —dijo Teresa Camus.
—Mayo —contestó Ciriaco Yu.

Fuente: AA. VV. (2011): El futuro siempre estuvo aquí, Buenos Aires, CONABIP, pp.25-32.

sábado, noviembre 13, 2010

Caminando alrededor (Elvio E. Gandolfo)

En 1987, la extinta y grandiosa editorial Puntosur publicaba Sin creer en nada (trilogía) de Elvio E. Gandolfo, antología de tres nouvelles o cuentos largos: "El instituto" (1967-1969), "Caminando alrededor" (1970) y "La reina de las nieves" (1977). El primero y el tercero han sido recopilados en La reina de las nieves (1982), libro de cuentos que todavía puede conseguirse en ferias de usados o librerías de saldos; en cambio, el segundo formaba parte de Caminando alrededor(1986), libro mucho más difícil de conseguir.
"Caminando alrededor" es un relato de ciencia ficción en un futuro cercanísimo enmarcado en esos años 70 que comienzan. El escenario y los personajes bastan para crear un clima de sociedad violenta al borde del precipicio, en la línea de la mejor literatura distópica: una ciudad gris y monótona, un edificio casi en ruinas y semiclausurado, una fábrica atroz; ciertas hormigas que evolucionan extrañamente (tal vez, uno de los elementos más memorables y más sutiles del cuento), un personaje que subsiste como puede (a oscuras, en soledad), el fantasma de Lidia, un grupo de militantes al borde de la revolución. Léanlo, vale la pena, es un hermoso relato de ciencia ficción política y está muy bien escrito, como casi todo lo que ha escrito Gandolfo.

Caminando alrededor (Elvio E. Gandolfo)

Polo: —El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formarnos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Italo Calvino: Las ciudades invisibles

I

Me despertaron los dos golpes en la cañería. Di los dos de respuesta y me senté en la cama. De las sábanas brotó un olor gris y húmedo. Decidí llevarlas a lavar ese mismo día, o al siguiente, sin falta. Conecté las dos puntas del cable y se prendieron las lamparitas de la pieza y el baño. Me puse las alpargatas, fui hasta el baño y me miré en el espejo. Después me lavé, me sequé.
Antes de salir, volví a desconectar los cables.
Apreté el botón del montacargas con un cansancio infinito. El edificio estaba oscuro y húmedo pero posiblemente afuera hiciera calor, lo sentía en los callos y los huesos. Cuando llegó, subí a la plataforma de madera y apreté el botón de planta baja. A partir del piso diez había luz eléctrica. Siempre me alivia un poco. Es como escapar por enésima vez de una zona incierta. Mientras pasaba frente a la óptica de Eduardo le hice señas a través de la vidriera, para que no golpeara el caño otra vez. Me saludó con la mano.
Hacía calor. Me saqué el saco y lo llevé doblado sobre el brazo. Había mucha gente en la plaza. Formando distintas filas incoherentes ante distintos postes con números pintados. Controlé el reloj pulsera con el de la iglesia que se veía por encima del colegio de señoritas. Alcancé a ver un 226 que cruzaba la plaza a una velocidad de caballo desbocado, y corrí a mi vez entre los autos estacionados, con el eterno viejo de nariz ganchuda asomándose de una de las casillas de guardia para gritarme. Como siempre, alcé una mano que indicaba claramente que podía irse a la mierda.
Alcancé a colgarme de la puerta del 226 justo cuando daba la vuelta por San Juan. Un viaje terrible, repleto de gente; se me pegó la camisa al cuerpo y pisé sin querer a una ancianita vestida de negro, que dio un chillidito de lechuza. Eso me ganó el odio inmediato de todo el pasaje. Sobre todo por la barba.
Bajé cerca de la fábrica, como siempre, y crucé el baldío que se extendía al otro lado de la calle. Habían vuelto a arrojar desechos químicos: iba a tener que soportar una nueva queja larga y monótona del viejo Smith sobre el peligro de la polución aérea, continuada por otra sobre la superpoblación, la degeneración moral contemporánea y otros tópicos de actualidad. Curiosamente el viejo no dijo nada, aunque el olor a plástico quemado entraba a raudales por la puerta abierta. Me dio tres listas de precios y cuatro actas con instrucciones y el papel en blanco para las copias. Me dijo que necesitaba las listas para la tarde y le contesté que no podía traérselas, que era igual mañana a la misma hora de hoy. Estuvimos discutiendo una hora, sabiendo los dos que yo no iba a aflojar. Una especie de costumbre que teníamos. Antes de subir otra vez al 226 para regresar, crucé al quiosco de revistas. Lo de siempre: las tapas de los cinco semanarios principales anunciaban serios estudios sobre la violencia. (¿Qué es la violencia?: foto de una comisaría derrumbada con explosivos; ¿Quién tiene la culpa?: la cara de la madre y el hijo que murieron cuando estalló la bomba de la embajada americana; Informe sobre la subversión: gran foto en colores de una rubia despampanante casi desnuda.) Al fin decidí comprar el diario. Hojeé con rapidez las primeras páginas, leí con cuidado los programas de cine y las noticias policiales. Una de las bombas del día anterior había estallado cerca del edificio. Más bien en la misma base, por la parte de atrás. Me preocupó un poco. Al edificio lo construyeron con material malo y se está viniendo abajo. Si uno no se deja encandilar por toda la chapería de la fachada y se concentra bien para mirar entre los reflejos del sol, puede ver la rajadura que corre desde el último piso —el veinte— hasta la base.

domingo, junio 14, 2009

Torcidos y humanos: literatura argentina mutante (Elvio E. Gandolfo)

Tanto en el cine como en la literatura estadounidense, sobre todo por la abundancia de los géneros (fantástico, de terror, etc.) los freaks como fenómenos de feria abundan. Aparte del film de Browning, basado en "Espuelas", un relato de Robbins, cuyo nombre de pila curiosamente ("freakishly") también era Tod, pueden mencionarse La feria de las tinieblas de Bradbury, Amor profano de Katherine Dunn, o El circo del Dr. Lao de Charles Finney en los libros, o numerosos films de terror con dementes deformes en el altillo o en los carromatos de ferias ("carnivals") itinerantes.

Los textos o films directamente relacionados con ese aspecto escasean en cambio en la literatura o el cine argentinos. Más bien hay que buscarlos en los entresijos de obras globales dedicadas a temas menos laterales, a investigaciones menos caprichosas, menos "freakish", sobre el Ser Nacional. Aunque hay excepciones, tanto personales como textuales.

De los deformes

El autor más conectado con el tema es Roberto Arlt. Aún hoy, a más de medio siglo de su muerte (para regocijo de editores en busca de títulos libres de los derechos de autor), sigue siendo una presencia incómoda, típicamente freak dentro de la galaxia de nombres "puestos" de nuestra literatura. Lo es sobre todo por su estilo, y por la forma en que plantó conscientemente su perfil en el momento mismo de aparición de su obra. Aguerrido, brusco, decidido a dejar su marca, a no ser alguien a quien "únicamente leen correctos miembros de sus familias", estaba en los antípodas no sólo del "escribir bien" del momento, sino también de la idea del escritor posterior que subsiste -a la americana- de becas, subsidios o prestigio traducido en adelantos de derechos. Se jactaba de escribir "siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana", y transformaba esa presión que muchos tomarían como infierno en una reivindicación de la "prepotencia de trabajo", de un estilo.
Fue además de los pocos en hablar sin pelos en la lengua sobre los freaks en su sentido más tradicional: el de deformes o marcados físicamente. Su posición anímica ante ellos no podía ser más clara. Ya en el comienzo de su primera novela, El juguete rabioso, el narrador en primera persona trabaja para un librero rengo al que define así: "Era cargado de espaldas, carisumido y barbudo, y por añadidura algo cojo, una cojera extraña, el pie redondo como el casco de una mula con el talón vuelto hacia afuera". Después se apresuraba a agregar: "Cada vez que le veía recordaba este proverbio, que mi madre acostumbraba a decir: 'Guárdate de los señalados de Dios'".
El título de uno de sus cuentos evoca de inmediato al freak paradigmático: "El jorobadito". Como el personaje es central, el narrador se siente obligado a explicar un poco más su posición que en la novela: "Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica) que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos. Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta bajo la balconada de un noveno piso". Para justificar su odio, el jorobadito, al que ha rebautizado Rigoletto, es en su visión un perfecto hijo de puta insolente, que reclama para sí cuidados y mimos dignos de un príncipe. El intento de ponerle límites no funciona: "Inútil era que prometiera zurrarle la badana o hacerle salir la joroba por el pecho de un mal golpe". Increíblemente, previsiblemente, el narrador introducirá al monstruo en el círculo familiar de la novia, para a) humillarla, b) desatar una situación incontenible, c) poder matarlo. Es el proceso que suelen seguir algunos cuentos de Poe, como "El gato negro", donde la gratuidad del odio a otro ser justifica la intensidad feroz, casi cómica, del estilo aún más que de las acciones.

De la mirada social

El freak no es un monstruo de la mitología, no es alguien simplemente "raro", y muchas veces depende de la mirada de otro grupo que comparte rasgos semejantes de "normalidad" para quedar marcado. Arlt adelanta esa mirada en "Las fieras", un cuento donde se sumerge o cae desde su normalidad a un grupo de dejados absolutos de la mano de Dios, las "fieras" del título: "Los hombres perdidos, ladrones y asesinos y mujeres que tienen la piel del rostro más áspera que cal agrietada". Gente que está a miles de kilómetros de la novia a la que se dirige el relato, a quien le pronostica con cariñoso desdén: "Tú te casarás algún día con un empleado de banco o un subteniente de la reserva". Este desdén no es burla, y la burla tampoco cae, como con el jorobadito, sobre "las fieras". Porque el que narra ya es, cuando comienza a hacerlo, una fiera más.
Muy distinto es el caso de Julio Cortázar, cuando en uno de sus viejos cuentos, "Las puertas del cielo", el protagonista visita un bailongo popular. Allí el hombre la ve tan de afuera que hasta lleva registros de cinógrafo: "En mis fichas tengo una buena descripción del Santa Fe Palace", escribe. Pero su actitud es muy distinta a la del científico, cuando comienzan a llegar los asistentes, la pluma, impulsada por el temor y la distancia respecto de la humanidad de lo que ve, se le vuelve tan estremecida como la de un Lovecraft.
Su mirada social transforma a la gente en freaks, en monstruosidades, proceso reconocido con insólita claridad: "Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos: las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles de los que les queda el cansancio y el orgullo". Por un instante, en un paréntesis, trata de recobrar la precisión científica, pero en realidad para privarlos aún más de humanidad, de rasgos de unión con los "normales": "Para una ficha: de dónde salen, qué profesiones los disimulan de día, qué oscuras servidumbres los aíslan y disfrazan". La descripción del baile propiamente dicho admite la fascinación ("Van a eso, los monstruos se enlazan con grave acatamiento, pieza tras pieza giran despaciosos sin hablar"), pero la conciencia de los cuerpos lo devuelve al asco: "No se concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada, uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos, después lo importante, lociones, rimmel, el polvo en la cara de todas ellas, una costra blancuzca y detrás las placas pardas trasluciendo".
No se acercan al tono inestable del freakismo, en cambio, el axolotl que intercambia de puesto con el observador humano, ni el muchacho en motoneta que se cruza en el tiempo con un sacrificado en un altar azteca. Son sutiles extrañezas conceptuales, abstractas, cambios de identidades en las que no interviene el cuerpo. En cuanto a "Circe", la siniestra dama de barrio que da bombones repulsivos a los novios, es más una parábola de la histeria o un caso psicológico que una auténtica freak. De hecho, en un enorme porcentaje, la literatura escrita en Argentina, sobre todo en Buenos Aires, tiene como freak mayor, desde lo más grosero a lo más metafísico, a la mujer, un Otro visto como enemigo temible con la misma sistematicidad con que la ciencia ficción suele ver a los alienígenas. Tema demasiado amplio, sin embargo, para los límites de extensión y tono de esta nota.

De la conjunción y el amor.

Otro freak cortazariano aparece sin embargo con claridad en Rayuela: la vieja pianista Berthe Trépat. En un momento de suspensión de actividades Oliveira entra a un teatro y después de una introducción ridícula freak, por parte de un gordo, aparece la dama: "Lo que seguía era rígido y ancho a la vez, una especie de gorda metida en un corsé implacable. Pero Berthe Trépat no era gorda, apenas si podía definírsela como robusta. Debía tener ciática o lumbago, algo que la obligaba a moverse en bloque, ahora frontalmente, saludando con trabajo, y después de perfil, deslizándose entre el taburete y el piano y plegándose geométricamente hasta quedar sentada". Ese semimonstruo cubista es acompañado por Oliveira después del supuesto show, y se establece entre los dos una delicada tensión erótica no resuelta, mientras recorren las calles nocturnas.
Es cierto que podría ser apenas una loca desesperada por una caricia o un contacto: "-Oliveira... Des olives, el Mediterráneo... Yo también soy..." trata de definirla, como un modo de alejarse, imaginando un doble o doppelganger que "andaba por el barrio latino arrastrando a una vieja histérica y quizá ninfomaníaca". Pero es evidente que el patetismo, tono anímico que provoca el freak con frecuencia de Frankenstein en adelante, se basa sobre todo en lo físico: "Por momentos se metía un dedo en la nariz, furtivamente y mirando de reojo a Oliveira para meterse el dedo en la nariz se quitaba rápidamente el guante, fingiendo que le picaba la palma de la mano, se la rascaba con la otra mano (...) y la levantaba con un movimiento sumamente pianístico para escarbarse por una fracción de segundo un agujero de la nariz". Como están solos, como no hay otras miradas, ni grupo (varias gordas como Berthe Trépat juntas espantarían en vez de intrigar a Oliveira), como es noche, está a punto de pasar algo, de establecerse una conjunción, un contacto de cuerpos. Ese tipo de cruces afectivos o sexuales, del humano y del freak distinto, deforme, es menos común aún que con animales, aunque autores argentinos menores, basados en Trépat, los ejecutaron, con torpeza, por no pensar en la dificultad de lo expresado. En uno de sus pocos ejemplos de tratamiento del tema, Adolfo Bioy Casares escribió un relato, "La sierva ajena", que es a su vez un freak literario dentro de su propia obra. Todo el prolongado comienzo parece escrito por un Bustos Domecq un poco más cercano a la ironía social que a la literaria o surreal. Despistes, apuntes costumbristas de la clase alta, apartan del tema, que tarda mucho en llegar. Cuando lo hace, no tiene nada que ver con el carreteo previo. Es un triángulo, pero grotesco, confuso y, en su cierre, infinitamente melancólico. Un "muchacho bien" se enamora de una mujer que vive en el Tigre y no lo deja entrar a su casa. Cuando lo hace (acción precedida por hechos extraños, como un bolso que parece moverse solo) descubre un triángulo. Flora tiene un amante pequeñísimo, casi una rata (incluso por la voz), con un nombre tan determinante como el Rigoletto del jorobadito arltiano: Rudolf.
Lo que sigue al descubrimiento es una descripción trizada, dolida (que fascina justamente por lo inconclusa, irregular, freak), de los engaños a los que lleva no tanto la traición como el amor. Como Urbina, el protagonista, cree en Flora y como Flora con implacable e incomprensible (desde el punto de vista masculino) lógica femenina cree que las "cosas a la larga se arreglarán", el único elemento firme, Rudolf, el pequeñísimo monstruo, actúa y ciega al humano "normal". La imagen final es desoladora: Flora vuelve a engañar (tal vez a engañarse) y envía a Urbina, solo y ciego, a Europa, en un barco donde lejos de todo rencor, madurado por el sufrimiento, el despechado se pregunta si tiene algún derecho a criticar el fervor y la sumisión ajenas (los de Flora por Rudolf). Unas páginas antes de la ceguera y el dolor, más humanamente, había anhelado estar "de vuelta en su casa como en un refugio, a salvo de la cruel intemperie del mundo, donde hay secretos, y enanos horribles, que lo odian a uno, y mujeres nobles, que lo persiguen".


De la paranoia grupal.

El "Informe sobre ciegos" de Ernesto Sábato permite la duda entre la realidad y lo fantaseado. El extenso texto está escrito por Martín, un freak en sí mismo, para hablar de un grupo entero de freaks posibles: los ciegos. De mirada opaca, tanto más siniestros cuando son de nacimiento, los ciegos lo persiguen. En casi todo su transcurso, el discurso es el de la paranoia perfecta. Como el personaje de Cortázar, el obseso y maníaco Martín quiere ser científico: "Me había preocupado siempre y en varias ocasiones tuve discusiones sobre su origen, jerarquía manera de vivir y condición zoológica". Los considera de piel fría, como "los animales de sangre fría y piel resbaladiza que habitan en cuevas, cavernas, sótanos, viejos pasadizos, caños de desagües", etc. La precisión descriptiva, sin embargo, esquiva una y otra vez los momentos cruciales des de un punto de vista "normal".
Martín es un paranoico de manual: todo lo que le parece evidente resulta delirante para el lector y viceversa. Pero su manía es convincente, aunque no su argumentación. No se concentra en alguien sino en un vasto y enorme grupo al servicio del Demonio. Pero cuando al final llega el anunciado "ayuntamiento" con la Ciega, la posibilidad de crear un momento freak memorable queda sepultado por una avalancha de monumentales imágenes arquetípicas (túneles de sangre, volcanes, regresión a los orígenes evolutivos) más explicados o expuestos que transmitidos.

Del mito y la memoria.

Ya se dijo que un personaje mitológico no es un freak porque sencillamente es eso; una sirena, un tritón, una Medusa cumplen con su función de cantar, portar tridente o convertir en piedra a los demás. A Jorge Luis Borges se le ocurrió una buena idea para transformar a un mito en freak: lo humanizó.
Aunque tiene cabeza de toro, en "La casa de Asterión" el Minotauro piensa como un hombre "normal", no capta la condición de laberinto de su casa, ni la condición de monstruo de su ser, y se sorprende junto con el lector cuando Teseo se sorprende a su vez de que casi no se haya defendido. En otras palabras, muere por no hacer lo que le manda su esencia: ejercer la monstruosidad y la violencia.
Más admirable es la hazaña de "Funes el memorioso". Si bien lo intelectual puro no produce freaks aquí el esquive consiste en magnificar una función del intelecto, la memoria tan típica y únicamente humana, hasta volverla infinita, monstruosa, freak. El paisano Ireneo Funes recuerda todo, pero además en todos sus detalles. Casos reales semejantes terminaron en la locura o el aburrimiento definitivo. Como Funes vive en el campo uruguayo, le provoca al principio un subterráneo, retobado orgullo. Esa facultad que le ha dado el azar de un golpe en la cabeza hace que sienta como limitados, ciegos, sordos, abombados y desmemoriados a los "normales".
Pero al fin reconoce: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". En buena medida las impecables metáforas concretas de Borges (que no aluden a otra cosa aislada, sino todas a un mismo fenómeno) parecen prenunciar ese desmadre o desborde freak de información excesiva que caracteriza hoy a las redes informáticas. La suerte de vivir en el campo le ahorra a Funes no sólo la fama sino también la neurosis. Cuando muere, lo hace de una simple congestión pulmonar.

De la inversión.

Hay una manera final de ser freak: creerse el único normal. El paranoico se siente perseguido, y por lo tanto actúa, se aísla, se autodenuncia. Quien invierte en cambio la relación freak normal, lo hace por un procedimiento simple. Puede canalizarse por la mirada (por la traducción interna, simbólica de esa mirada) o por el lenguaje. O por ambas cosas, como ocurre en Cicatrices de Juan José Saer.
Allí nada menos que un hombre de la ley, además traductor en ratos libres, que trabaja en Tribunales, está hundido en la agobiante naturalidad litoraleña: humedad, lluvias, ritos cotidianos repetidos hasta el hartazgo. Su reacción, tal vez su locura (pero que nadie capta ni ve), es simple: es el ser humano que ve o piensa a los demás como "gorilas". Como leemos y no vemos una película, no sabemos si el movimiento es sólo cosa mental (cambiar el término "hombre" o "mujer" o "niño" o "rubio" por el término "gorila"), o también visual. En sus ensoñaciones solitarias, el desplazamiento le permite acceder a la "normalidad" simiesca, animal de salvajismos y orgías alrededor del fuego.
En la vida diurna, cotidiana, en cambio, el simple cambio verbal o visual convierte en esto la aburrida calle de todos los días: "En la primera esquina, un gorila solitario envuelto en un impermeable azul y con su sombrero hundido en el cráneo, de modo tal que apenas si se le ve la cara, se encoge para toser. Después pasó a su lado y queda atrás.
"Doblo por Mendoza hacia donde debiera estar saliendo el sol, y el coche se desliza lento, pasando por delante de la estación de ómnibus. Hay algunos gorilas en los andenes. Se pasean o están inmóviles, junto a montones de bultos y valijas (...). Un gorila envuelto en un capote negro, la cabeza cubierta por una gorra de vigilante, está parado a la puerta de una garita gris. Tiene los ojos finos en la niebla, y está completamente inmóvil. Después desaparece. Queda atrás".
El procedimiento es radical, definitivo. Basta mirar todo lo demás como distinto para recobrar el factor tranquilizante de la dicotomía freaknormal. Aunque la razón, la ley y la naturalidad queden en manos de un solo hombre. Es un sueño freak, mucho más frecuente de lo que se cree en cuerpos nada deformes. Un sueño puramente humano, nada animal, que deja intocada la realidad del cuerpo y las relaciones, a salvo de todo rasgo freak evidente, por mera inversión absoluta.

En Página/30, año 5, nº 68, Marzo 1996, págs. 26-30

 

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