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viernes, enero 09, 2026

Mi hermano Enrique (Raúl González Tuñón)


Hace unos días revisando una vez más una revista de fines de los 60, ARTiempo, me generó curiosidad la participación de Raúl González Tuñón en sus páginas (se agradece el trabajo de AHIRA). Entre esos textos, uno es particularmente entrañable por la evocación de su hermano, el gran narrador y periodista Enrique González Tuñón. Si no leyeron Camas desde un peso, lo recomiendo con énfasis. 

Sin mucha vuelta más, comparto este texto de Raúl sobre su hermano Enrique, para traer a ambos del mundo del olvido literario, aunque sea un rato... ¡Que lo disfruten!



Mi hermano Enrique (Raúl González Tuñón) 

“Cuando yo muera no planten un sauce en mi tumba. Planten una máquina de escribir”. 
E. G. T. 

Allá por la verde lejanía de los años, cuando se inicia mi aventura escolar primaria, comienza a funcionar con más claridad mi capacidad de recuerdo. Entonces la plaza Once —nacimos en el barrio de este nombre, al sur— era un verdadero parque, boscoso, denso. Veo a mi hermano Enrique caminando entre los altos y anchos árboles o sentado en un banco, leyendo. Él tenía 10 años; me llevaba cuatro. Yo lo seguía y lo admiraba. Una vez, evocando aquella época, me confesó, desolado, que yo entonces lo fastidiaba. Puede ser, pero ya cuando ingresé tras él al diario Crítica —una etapa apasionante, un fenómeno periodístico extraordinario, algo decididamente no superado— parecíamos una sola persona, coincidíamos en todo. En adelante me estimuló, me ayudó, aun desde lejos, y hasta su último aliento. Era célebre en el ambiente su: “Mi hermano Raúl”. Me recordaba, sublimándome, cuando frecuentes salidas mías al país, a América y a Europa nos separaban. Manteníamos una constante comunicación postal, y otra especie de comunicación misteriosa: A veces, por ejemplo, yo escribía en Río de Janeiro determinado poema en prosa, y él al mismo tiempo, en Buenos Aires, una página de acento lírico, sobre un tema muy parecido y en un mismo estilo. O bien yo le escribía recomendándole la lectura de El gran Meaulnes, el maravilloso libro del malogrado Alain Fournier, recién descubierto por mí, y una carta de él se cruzaba con la misma recomendación. 

Como Nicolás Olivari, solía decir: “Raúl viaja por mí”. En dos ocasiones, sin embargo, nos encontramos fuera del país. Primero en 1923, viviendo en Montevideo una fascinante aventura de la bohemia literaria, no exenta de audacia. Más tarde, a fines de 1931, durante mi segundo viaje al deslumbrante Brasil, cuando fue a pasar unos días conmigo. Vivíamos en la casona de un matrimonio de inquietos médicos jóvenes, Nise y Mario Magalhaes, frente a la casa del gran poeta Manuel Bandeira. Con frecuencia venía a reunírsenos por la noche una muchacha novelista, Rachel de Queiroz, y con ella contemplábamos desde la altura, pues la casona estaba situada en el Morro de Santa Teresa, en Curvello, la distante curva nocturna, graciosa y luminosa, de la bahía de Botafogo. Diré que Enrique sigue conmigo, está escribiendo esta crónica sobre mí

La casa de la infancia se hallaba en la calle Saavedra, entre México y Chile. Al frente extendíase el gran muro descascarado del Asilo de Huérfanos. A esta altura, aclaro, que dos abuelos astures, el uno obrero, el otro artista, y dos fechas (el 25 de Mayo, su sentido nacional, el país) y el 1° de Mayo (lo nacional proyectándose internacionalmente, el mundo) signaron la trayectoria de los dos hermanos. Manuel Tuñón, minero —heroica profesión— en Mieres, y metalúrgico, broncero a la antigua casa Snockel, en Buenos Aires, solía beber vino en bota y cultivar claveles en maceteros familiares. Obrero infatigable, murió precisamente el mismo día que faltó al trabajo. Estanislao González, imaginero —hermosa profesión—, el abuelo que no conocimos, pues murió en Oviedo, tallaba en madera, coloreaba. Caminador incorregible, recorrió con sus imágenes muchos caminos de su tierra; le vieron en las tabernas y en los talleres de escultura religiosa. La sangre de los abuelos tan distintos influyó sin duda en la doble aventura de una pasión humana y literaria insobornable. 

Las fechas: Cada 25 de Mayo, nuestros padres, inmigrantes llegados en la adolescencia, y que dieron siete hijos a una Argentina que amaron, nos despertaban al alba para que fuéramos a escuchar el Himno Nacional ejecutado por los huerfanitos del Asilo y viéramos izar la bandera tras las rejas del jardín que daba a la entrada principal, por la calle Chile. Alguna vez —no soy patriotero pero amo a mi patria— oyendo ese himno en la ceremonia ocasional de un país lejano, me sobrecogió aquel recuerdo, perdido hasta entonces en los vericuetos de la memoria sutil. Este es un hecho. El otro se vincula a la popular plaza, cuando cada 1° de Mayo veíamos afluir a masas de gente desde distintas partes; era el punto de cita de los manifestantes obreros, empleados y estudiantes, quienes luego marchaban hasta la plaza San Martín entre un viento de banderas rojas y cantos libertarios. Por eso, y porque también allí realizaban sus vibrantes reuniones los huelguistas de turno, y so pretexto de dar una mayor perspectiva al recargado monumento custodio de las cenizas de don Bernardino Rivadavia, un día voltearon numerosos árboles seculares, la piqueta municipal mutiló sin piedad el poético encanto de la plaza boscosa. 


El periodista 

En 1922 comenzó Enrique su carrera periodística en un semanario llamado El Noticiero. A fines de 1923 colaboró, y yo también, en la difundida Caras y Caretas y en la revista Inicial. Al siguiente año adherimos al movimiento martinfierrista, colaborando en el hoy legendario periódico Martín Fierro y en la revista Proa, del incomparable Ricardo Güiraldes. Aquí publicó Enrique sus notables imágenes de Brújula de bolsillo, y en el periódico sus epitafios fueron los más mordaces durante la guerrilla literaria. Con frases como la que alude al sauce que Ascasubi plantara en la tumba de Musset, Enrique hizo muchas veces gala de sutil ironía, de un ingenio agudo y por momentos urticante. Este hombre tan fino, bondadoso, era implacable cuando se trataba de fustigar a un canalla o a un pacato hipócrita. Alternaba su efusiva cordialidad y su comunicante ternura con una gracia zumbona en las sobremesas, en ciertos casos son rasgos de humor negro. Solía hasta burlarse de la “Tía de las muchachas”, como Siqueiros, el gran mexicano, llama a la muerte. Fue por ello que en una carta en verso enviada por mí a Güiraldes, precisamente aquel año 23, le decía: “Mi hermano Enrique es una carcajada / dentro de un ataúd”. 

A principios de 1925 pasó a Crítica. En gran parte gracias a él se enriqueció el contenido de ese diario precursor. Eran los días del esplendor de la metáfora martinfierrista, y al escribir nos apartábamos de sobados moldes tradicionales. No hubo problema generacional, pues gentes de diversas promociones demostraban en el diario la misma inquietud. Dice César Tiempo: “La entrada de Enrique en Crítica revolucionó el estilo periodístico nacional. La noticia conquistó la cuarta dimensión, el arrabal tomó posesión del centro; la prosa municipal y espesa de los gacetilleros se hizo luminosa y abigarrada; la metáfora tomó carta de ciudadanía en el mundo de la información. Se empezó a escribir como Enrique, a jerarquizar lo popular, el tango, cuyo primer exégeta culto fue Enrique”. Entre otras cosas interesa recordar que durante un tiempo él era el encargado de recibir a numerosas personas de todas clases que venían a quejarse al diario, caja de intensas resonancias populares, los días viernes por la tarde. Ello le permitió el contacto con una humanidad desgarrada, y su consagración definitiva como notero. Fueron igualmente difundidas las incontables glosas que hizo a las letras de los tangos que iban saliendo, las unas dramáticas, las otras rozando lo jocoso. Algunas de ellas, suerte de cuento-comentario, creación típica suya, salieron reunidas en libro (Tangos, 1926). En 1931 su autor pasó a Noticias Gráficas, empezando a colaborar en el suplemento literario de La Nación, que entonces consagraba. Años después interesaron vivamente sus colaboraciones periódicas en El Mundo, algunas de las cuales integraron luego su postrer libro, La calle de los sueños perdidos

Más que un fin, el periodismo fue para él un medio, pero lo ejerció digna y fervorosamente. Fue el cronista magistral de la ciudad; él y yo conocíamos y amábamos todos sus barrios, incluido Boedo, de ahí que algunos cronicones nos ubiquen en el grupo del mismo nombre, donde teníamos buenos amigos. Por sus calles anduvimos largamente y fuimos parroquianos de un denso y humoso Café Japonés. Había allí choferes, cocheros, obreros, empleados, canillitas, buscavidas, algún malandra. Aunque céntrico y distinto por detalles de ambiente, merece recordarse otro boliche singular, El Puchero Misterioso, inverosímil despacho de bebidas-fondín adjunto a un almacén de la esquina de Cangallo y Talcahuano, hoy finado, donde acudían tipos parecidos, con predominio de canillitas. Tenía un nombre vulgar; lo bautizó así Nalé Roxlo. Enrique se inspiró en esos y otros sitios, y por lo mismos sus creaciones son tan legítimas, tan ricas en tipos y ambientes, en vivencias, al contrario de lo que ocurre con cierta novelística sofisticada de hoy. También en Paseo de Julio y en el Parque Patricios encontró mi hermano una fuente palpitante de personajes sombríos y pintorescos.
 
El escritor 

"Si en el cielo hay un arrabal y un café —dijo el antes citado César Tiempo— allí debe estar Enrique escribiendo las historias más hermosas del mundo”. Fue el cronista magistral, repito, pero fue cuentista —fundamentalmente, novelista y poeta en prosa. Con varios de nosotros, martinfierristas, era habitué de la vieja Librería de Gleizer. ¡Cuántas noches comimos en la cálida trastienda los buenos platos que preparaba la dulce doña Manuela! Enrique lo nombró El último romántico de los editores. Leía ávida y desordenadamente, como yo, desde la niñez. Amaba a Buenos Aires, sus tipos y sus cosas, pero no a la manera convencional y en el fondo despectiva de cierta parte de la obra de Borges. La polémica del tango, hoy caprichosamente resucitada por sobrestimadores y subestimadores, en vagas mesas redondas, en carpetas, Ben Molar y eso, como diría Gila, fue superada en los años 20 cuando Enrique lo llevó a la Universidad: si, por iniciativa del Dr. Mario Sáenz, hizo la exaltación de la primera danza criolla causando revuelo desde la cátedra de la Facultad de Ciencias Económicas con una conferencia ilustrada, al órgano, por Juan de Dios Filiberto. 

Como cuentista, nos legó libros definitivos abordando con maestría el más difícil de los géneros literarios: El alma de las cosas inanimadas, La rueda del molino mal pintado, El cielo está lejos. Trátase de creaciones originales, y esto es mucho decir hoy, cuando, como en pintura, tantos se parecen a tantos... En su hora fueron considerados de una rara calidad literaria de sustancia humana, en su honda síntesis expresiva, que al tiempo ha revalidado. Aquí, como en Camas desde un peso, hizo gala de un realismo romántico del mejor cuño, que ha segregado lúcidas constantes. En la mayoría de los casos hallamos ese toque lírico que enaltece la realidad más áspera y sórdida, el gran aliento humano, al cual se agrega el caudal de una extraña fantasía. La pátina de los años les ha añadido un interés cautivante, por encima de toda trampa retórica y de cualquier efusión meramente localista; un valor documental. Pese a ello, hoy figura junto a escritores compatriotas muy subestimados —baste recordar la reciente historia de la literatura argentina, en capítulo— y aparentemente olvidados, como parecía olvidado Roberto Arlt cuando Raúl Larra reeditó sus libros. 


Manejó el idioma madre plena y hermosamente cuando fue necesario, más detestaba a los cursis que pretenden abolir el uso del che y el vos, hasta en el íntimo dialecto familiar. Con igual señorío utilizó las derivaciones populares porteñas de la lengua. Fue el primero en incorporar vocablos y dichos de la jerga popular y lunfarda de los años 20, y no sólo en las glosas de tangos. Camas desde un peso es la novela porteña por antonomasia, sin par en su arquitectura total (bien se ha dicho que él penetró más a fondo que Arlt, y con mayor jerarquía estilística, en realidades nuestras) de un porteñismo que trasciende universalidad en su esencia dramática. Su segunda novela, distinta e igualmente original, El tirano, también lograda al margen de la fórmula tradicional estricta —planteo, desarrollo, solución— es una muestra de agudo realismo crítico. Contiene implícita una inefable sátira a directores y demagogos latinoamericanos; sin caer en el alegato, aludía con coraje ejemplar a la dictadura de Uriburu. Los libros de Enrique son ya típicos de esa picaresca sentimental porteña que, como se afirmó en su hora, él inauguró entre nosotros, lo mismo que hiciera a su modo en los Estados Unidos O. Henry, porque si bien se ha llamado con razón a mi hermano “el Charles Louis Philippe argentino”, hallamos en sus obras, además de contactos con el desgarrado autor de Bubú de Montparnasse, un ligero parentesco con el impagable creador de Andy Tucker y Jeferson Peter. En fin, la simbiosis penetrante de ironía y ternura, de drama y comedia, con toques a lo Heine y sobre todo a lo Dickens, sintetiza el ambiente característico de quien, como el inglés universal, tenía, a su manera, la llave de la calle. Un curioso libro es asimismo Las obras y la lombriz solitaria, serie de impactos literario-periodísticos con predominio del expresionismo crítico. Otro hallazgo suyo es la Apología del hombre santo, intenso y extenso poema en prosa, emocionado panegírico del muy querido Ricardo Güiraldes. 

Diré que ahora se anuncian las reediciones de La rueda del molino mal pintado y Camas desde un peso. Aclaremos que la segunda edición de esta rara novela, en un país donde los libros precursores, de contenido inquietante para la crítica oficial y cuyos autores fueron definidos, inconformistas, parecen condenados al olvido, salió gracias a la iniciativa de Rosa Troiani (Colección Boedo-Florida). Creemos que hubo fallas en la forma de distribuir el tiraje, y al cabo de un año Camas desde un peso podía verse junto a otros libros del mismo sello bajo el cartelito Tres por veinte pesos. ¡Cómo hubiera gozado con esto su autor! La gloria del anonimato en los polvorientos escaparates de los libreros de viejo, tan caros a Enrique, Pio Baroja e Ilya Erenburg... Sin embargo, por ese tiempo, cuatro o cinco muchachos vinieron a verme para que les firmara ejemplares de la obra más típica de mi hermano. El mejor homenaje a su memoria. 

La zona desconocida 

Un poco antes de partir él se había ido su amigo, el notable abogado cordobés Deodoro Roca, ensayista, leader de la Reforma Universitaria. Desde Cosquín Enrique viajó a Córdoba para asistir al funeral cívico, donde dijo cosas hermosas y amargas en una oración severa. Un suceso lo había golpeado ya como una espada cruel: la muerte de una niña de 13 años de edad. Esta era la linda, inteligente y tierna nieta de la dueña de la pensión de Cosquín, a la cual Enrique llegara en 1932, y entonces la criatura tenía sólo dos años. Adoptada por él, la chica creció creyendo que era su verdadera hija. La adoraba, y aunque la sabía herida sin remedio por el mismo mal que había fulminado a los padres legítimos cuando era bebita, el golpe fue tremendo. Una página estremecedora, Terciopelo verde, envió él a El Mundo, en su recuerdo. F. L. Bernardez, gran amigo de las horas martinfierristas, le hizo llegar a Enrique una honda carta de consuelo. 

Tengo presente nuestro último encuentro, en Mendoza, a comienzos de 1943. Yo venía de Santiago de Chile, donde residía desde el año 40, y él de su refugio serrano, para escribir en un hotel, en colaboración, un argumento de cine que titulamos Refugiados, testimonio de uno de los dramas derivados de la gran guerra. No sé dónde habrá ido a parar, pues luego de entregarlo cayó mi hermano alcanzado, al fin, por la Tía de las muchachas, y se produjo el golpe militar del 4 de junio. Por esos días los jefes de los países aliados contra el hitlerismo comenzaban sus entrevistas. Enrique estaba esperándome en el aeródromo, y al descender yo del avión no perdió la oportunidad de decir algo que rompiera la tierna solemnidad del instante del abrazo: “Estamos como Roosevelt y Stalin...”. Lo hallé febril. Varias veces había vencido a su mal; viajaba a Buenos Aires, el mal reaparecía, y entonces regresaba al aire puro y a la paz de su luminosa casa de Cosquín. En la última instancia no hubo apelación. 

Finalizado nuestro trabajo, volvió a las sierras. En la estación del ferrocarril había divagado: “Ya sabés que pienso como vos, Raúl, pero ahora siento que estamos rodeados de cosas invisibles, de zonas desconocidas. Bueno, sé que en una de esas zonas voy a encontrar a mi hija”. Estaba agotado. Le rogué que se cuidara, que no hiciera tonterías. No lo vi más. Su lámpara se apagó de súbito el 9 de mayo. Veo su fina mano dibujando un ademán náufrago en el vacío, y cayendo sobre el pecho como un pájaro helado. 

Atrás quedaba la juventud, huyendo como un ciervo herido (el otoño es violento, dura la luna y la rosa fría). Y más atrás la vieja Crítica de la calle Sarmiento, la libertad de prensa más extraordinaria que haya conocido el país desde 1916 a 1930 —la librería de Gleizer, el carnaval, los organitos de Roncoroni y Rinaldi Hnos., los verdolaga tranvías Lacroze de la calle Corrientes angosta, el Café Japonés, El Farol Colorado, El Puchero Misterioso. La crónica de un sueño. Sí, sí, Enrique, en este largo viaje hacia la verdad que es la vida estamos rodeados de zonas desconocidas, lo que por comodidad o ignorancia llamamos misterio, y debe ser algo muy real. Aún no plantamos la máquina de escribir en tu tumba, pero un día, estoy seguro, en el muro de la casa del barrio en que nacimos, mejor dicho, en la pared de un feo edificio que ahora se alza allí, sin historia, sin el patio, sin el níspero, podrán leerse estas palabras grabadas en el bronce: 
“En este sitio estaba situada la casa de la infancia de Enrique González Tuñón, el más porteño de los cronistas de Buenos Aires. Partió a una zona desconocida el 9 de mayo de 1943. No era un General, no era un Primer Ministro, pero era un artista, era un poeta, tenía la llave de la calle. ¡Salúdenlo!”. 
(Tanto embromar, hermano, y un día los astronautas soviéticos y norteamericanos, y el inquieto profesor francés Custeau en su aventura submarina, se van a encontrar de golpe con una zona desconocida. Y habrá un arrabal, y un café, y vos estarás escribiendo la historia más hermosa del mundo).

Fuente: ARTiempo, n. 5, marzo de 1969, pp. 30-31.

lunes, septiembre 08, 2025

Plegaria por un Hombre Obtuso (C. E. Feiling sobre T. S. Eliot y The waste land)

Hace unos meses por una referencia en Con toda intención, de C. E. Feiling, descubrí esta publicación de fines de los 80 llamada El Ciudadano y que, por suerte y designio, acababa de ser subida en Ahira. Entre las cosas que encontré con aquella reseña de Chitarroni sobre la traducción de Girri de La tierra yerma y también con este breve ensayo de C. E. Feiling sobre el mismo poeta. Espero que lo disfruten tanto como yo. En este blog ya se conoce el gusto por leer la obra de Charlie y seguir encontrando textos y ensayos suyos siempre es motivo de alegría.

 


Plegaria por un Hombre Obtuso 

Escribe Carlos Feiling 

A 100 años de su nacimiento, T. S. Eliot está tan presente que inclusive lo citan quienes jamás lo leyeron. Cuando al fin se publican sus cartas, el autor de The Waste Land se ha convertido en aquello que siempre quiso ser: un clásico.  

Los lectores acaban en el Infierno, y alguno que otro crítico en el Paraíso: sólo un escritor acude al Purgatorio para encontrar sus versos favoritos, aquellos que puedan servir de resumen y clave de una Comedia. Traducidos, citados o meramente aludidos, algunos versos del Purgatorio conforman el esqueleto de la poesía de T. S. Eliot, desde la dedicatoria de Prufrock and Other Observations (1917) hasta las últimas obras de teatro, como The Elder Statesman (1959). Son los tomados del encuentro de Virgilio con Estacio, y del de Dante con Guido Guinizelli y Arnaut Daniel. 

Pero el Purgatorio, la más inmediatamente "literaria" de las partes de la Divina Comedia (porque allí Dante evalúa la literatura de su propia época, en particular la herencia provenzal y el dolce stil nuovo), no es la única referencia constante de T. S. Eliot. También está John Donne, cuyo "sensous thought" ("pensamiento apreciable por los sentidos") y ritmos inusuales prefiguran una utilización de la imagen como "correlato objetivo" de lo que se quiere evocar, y de la variedad rítmica como recurso permanente. Algunos dicen que también hay mucho de los simbolistas franceses en T. S. Eliot, mucho de Jules Laforgue; sin embargo, ni constituyen una presencia indudable a lo largo de toda su carrera ni el Canal de La Mancha es un mero accidente geográfico para quien se declaró "clásico en literatura, monárquico en política y anglocatólico en religión". 

Esa enfática proclama de 1928 (figura en el Prólogo al libro de ensayos For Lancelot Andrewes), oculta o subraya, según la perspicacia del lector, que Thomas Stearns Eliot no nació en Inglaterra; sino que volvió a ella casi tres siglos después de la muerte de John Donne, vale decir tres siglos después de que la familia Eliot se hubiera establecido en el Nuevo Mundo... Porque T. S. Eliot, el más inglés de los poetas ingleses, nació en Saint Louis, Missouri, Estados Unidos, en 1888. 

Monárquico y anglocatólico  

Decir "el más inglés de los poetas ingleses" no supone aquí ni la temeridad de definir positivamente una literatura, ni la sugerencia de que para comprender a Eliot hay que ser inglés (el Premio Nobel, por una vez justificado, recayó sobre él en 1948), ni la desdeñosa calumnia de que se está ante un cantor de las glorias del imperio. Ante todo, Eliot no puede ser Rudyard Kipling; "monárquico y anglocatólico" significa, después de la Primera Guerra Mundial, menos la rígida confianza en un orden establecido que la melancolía por un orden inexistente. Cuando Eliot se remite a Donne, se remite a un Donne sacudido por la incertidumbre del siglo barroco, un poeta que desearía hallar en el universo el embudo del Infierno, el monte del Purgatorio y los nueve cielos concéntricos del Paraíso. Eliot se remite a un Donne sospechosamente parecido a él mismo. 

The Waste Land, que se publicó en 1922, el "año del Ulysses" (y que tiene sobre la novela dos ventajas: ser considerablemente más breve y no necesitar de un Stuart Gilbert, porque las anotaciones las hizo el propio Eliot), puede servir para constatar a qué se reduce Inglaterra en "el más inglés de los poetas". Es fácil. Inglaterra se reduce a un "Bed & Breakfast", una pensión bastante sórdida donde (por ejemplo) cierta dactilógrafa es seducida. La pensión queda en Earl's Court o en los alrededores de la estación Victoria, y estas precisiones geográficas delatan una sola "unreal city" (que es también una "timekept city", Londres, la ciudad que resume a Inglaterra porque es el último de los hitos de una historia que ha perdido el rumbo: "Jerusalem Athens Alexandria / Vienna London / Unreal". 

Pero como de acuerdo con la canción infantil, el puente de Londres se ha estado cayendo desde hace mucho tiempo, incluso un libro inusual dentro de la producción de Eliot, el Old Possum's Book of Practical Cats (1939), permite verificar su voluntariosa autoinclusión en la literatura inglesa. Se trata en este caso de aquella oscura franja de textos cuyos extremos son Lewis Carroll, del lado de la perversión, y Thy Servant, a Dog, del ya mencionado R. Kipling, del lado de las obras "meramente" infantiles. En el medio están Kenneth Grahame, los gatos de Eliot y la mayor parte de las "nursery rhymes" inglesas.

Clásico en literatura 

Para el improbable lector que no conozca a quien es objeto de esta nota (¿de este homenaje?), lo dicho hasta aquí puede parecer extraño. Se está hablando, después de todo, de un poeta del siglo XX, de un poeta "moderno" (la posmodernidad, por suerte, no necesita ser discutida ahora). 

"Hacer lo útil, decir lo justo y contemplar lo bello es bastante para una vida de hombre", afirma el Eliot "clásico en literatura" de sus conferencias en Harvard, recopiladas bajo el título The Use of Poetry and the Use of Criticism (1933), pero esta afirmación... ¿seguramente tendrá sus matices? 

La pregunta suele ser respondida en términos de supuestas innovaciones "formales", como la utilización del "verso libre" (Robert Frost decía que escribir verso libre era como jugar al tenis sin red), aunque el "verso libre" de Eliot, o los pocos pasajes donde parece haber verso libre, nada tienen que ver con la técnica de Walt Whitman. Lo que sí hay es un aprovechamiento pleno de las posibilidades de la métrica inglesa, al punto de que algunas líneas a primera vista irregulares se revelan en la escansión como los más clásicos de los versos: pentámetros yámbicos (el equivalente de encontrar endecasílabos en un poema castellano). "En arte no hay libertad. Lo que se llama verso libre, y que si es bueno es cualquier cosa menos libre, se defiende mejor bajo otra etiqueta". Los poemas de Eliot, en cierta medida, son centones. Están construidos sobre la base de citas (algunas de ellas no excesivamente secretas, como el Padrenuestro en The Hollow Men, de 1925). Aunque uno sienta la tentación de hablar de collage, este tampoco puede ser un rasgo de modernidad, ya que el procedimiento es por lo menos tan viejo como el surgimiento de una casta de "litterati" (¿Alejandría?) y, por otra parte, quien realmente hizo de la cita lo constitutivo de sus Cantos fue Ezra Pound, mentor de Eliot y luego radiofónico defensor de Mussolini.

El que desee hallar la contemporaneidad de Eliot en sus "temas", se verá también rápidamente defraudado —a menos que encuentre una manera nueva de manipular los textos—, Eliot se agota en la impotencia, la problematicidad de la fe y el paso del tiempo (imaginar un lexicógrafo que confeccione la entrada "time" para el índice terminológico de los Four Quartets, de 1944, es condenar a dicho hipotético personaje a una labor mucho más ímproba de lo que sugieren las 64 páginas del libro). El otro gran "tema" de Eliot, que está, sin embargo, supeditado a los anteriores, es el de la fragilidad de la mente humana frente a las múltiples manifestaciones de la apariencia. Lo novedoso reside quizá en tomar unas famosas líneas atribuidas al emperador Adriano, recordar vagamente The Second Anniversary of the Progresse of the Soule de Donne, combinarlo todo con una dosis de filosofía (F. H. Bradley), y terminar con una plegaria: el poema Animula

Ciertamente, un hombre que sostuvo "En principio, me parece perfectamente legitima la idea católica y comunista de un índice de libros prohibidos; todo depende de la bondad y universalidad de la causa y del criterio con que se aplique" no es un poeta "moderno". And pray for Tommy Eliot, such an obtuse man! Tampoco parece muy "moderno" ponerse a escribir dramas en verso (el más famoso de los cuales, Murder in the Cathedral, de 1935, aborda el martirio de Santo Tomás de Canterbury). 

Il miglior fabbro 

Sin embargo, cualquier lector percibe hoy a Eliot como son semblable, son frère; ello no ocurre siempre —pongamos ejemplos con Dylan Thomas o Constantino Cavafis. Una última explicación posible, e igualmente refutable, apela al prestigio del Oxford English Dictionary, que ha sabido recoger cierta palabra griega: "bathos". "Bathos", aunque etimológicamente significa "profundidad", se opone en términos retóricos a la más conocida "pathos"; "bathos" es una caída de lo sublime a lo ridículo, el anticlímax. Nadie disfruta hoy de los poemas largos de Shelley, por la sencilla razón de que las "pasiones" sostenidas, la espontaneidad de las "emociones" se ha vuelto un anacronismo; una pasión es tolerable (por escrito) únicamente cuando, de un modo reflexivo, cobra conciencia de su propia transitoriedad, de su "fuera de lugar". En esto Eliot se revela magistral, y ha marcado el rumbo de toda la buena poesía posterior, particularmente en lengua inglesa. La poesía sin humor, sin al menos un poco de ironía ante el gesto autocomplaciente que la constituye, resulta escasamente legible: "I grow old... I grow old... / I shall wear the bottoms of my trowsers rolled" ("Envejezco... Envejezco... / Usaré los pantalones arremangados"). 

A 100 años de su nacimiento, y pese a toda la ironía de sus poemas, que lo vuelven por momentos muy cercano, Eliot ya ha adquirido el hieratismo de lo inalcanzable. "Inalcanzable" en literatura es cualquier cosa que un escritor no puede repetir sin ganarse el escarnio, porque está demasiado presente (al punto de que corren el riesgo de evocar inconscientemente a Eliot quienes jamás lo leyeron). Dicho en pocas palabras, Eliot ha logrado aquello que siempre quiso: ser un clásico —y todo clásico, eso sabemos, se convierte en pre-moderno, todo clásico es un presente ante el cual uno teme que sea "Ridiculous the waste sad time / Stretching before and after" ("Ridículo el tiempo triste y yermo / que se estira en un después y un antes"). 

En la dedicatoria de The Waste Land, Eliot llama a Ezra Pound "il miglior fabbro". Son las palabras con que Guido Guinizelli, el iniciador del dolce stil nuovo, identifica al poeta provenzal Araut Daniel en el Canto XXVI del Purgatorio. Pero es Eliot el artífice quien, como Dante, perfeccionó el dialecto de la tribu. Fu miglior fabbro del parlar materno.

Fuente: El Ciudadano, n. 05, 22/11/1988, Buenos Aires, p. 17.

martes, mayo 25, 2021

Archivos digitales. Todo Aira

Continúo con la sección sobre archivos digitales por la que ya pasaron Mágicas ruinas y Ahira. Mi intención es interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante. 

En esta oportunidad, es el turno de Todo Aira, una página de Facebook que desde hace varios años viene recopilando y poniendo en discusión la producción desbordante del escritor argentino César Aira. Reseñas, relatos, traducciones, fotografías, fragmentos: en Todo Aira cualquier material que se vincule con este autor tiene su lugar. Muy amablemente, Diego Cano, quien lleva adelante este archivo, respondió algunas preguntas. 

Me interesaron sus reflexiones sobre la comunidad de lectores que se va armando alrededor de un autor como Aira, las limitaciones y virtudes de llevar un archivo en una red social como Facebook y la necesidad crítica de seguir pensando la obra aireana.

¡Pasen y lean!

 

Archivos digitales. Todo Aira

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Todo Aira

Diego Cano: Todo Aira surge de la necesidad de compilar el material inmenso de producción de César Aira que se encontraba disperso y muchas veces de difícil acceso. Personalmente venía realizando el trabajo de juntar todo ese material y me empecé a dar cuenta de que algunos, pocos lectores, guardaban el material con recelo sin compartirlo, como si eso fuera un valor. Al mismo tiempo notaba que la mayoría de los lectores no tenían acceso a esa producción inmensamente rica y continua que es Aira, y que también había avidez lectora por acceder a las reseñas, críticas, entrevistas y artículos. Todo Aira surge de la idea de juntar dos cosas de mi vida, el placer por la lectura de Aira con mis conocimientos y trabajo de redes sociales. Así fue que armé la página. 

GC: ¿Qué criterios utilizás para seleccionar el material a digitalizar? 

DC: Los criterios de selección y puesta online dependen mucho de la plataforma que decidí utilizar. Todo Aira no es un blog ni un sitio por lo que Facebook ya limita la posibilidad de compartir. Las redes sociales tienen una característica que pocos terminan de entender: cuánta más interacción hay, llegás a más público. La página no tiene una cantidad masiva de seguidores, pero sí tiene seguidores permanentes y fieles al contenido. La idea fue hacer algo despersonalizado, quitar el poder de quien dice: “ah, este material es mío”, no tenía ninguna necesidad de poner mi nombre ahí y eso daba la posibilidad de generar un ambiente de mayor debate y participación. Lo que se terminó generando es una comunidad de activos miembros que comentan y debaten (dentro de los límites de una página de Facebook) sobre todas las novedades permanentes que surgen sobre César Aira. Todo Aira es una poética, es todo, realmente todo sobre Aira. Por eso comparto comentarios, críticas, menciones en Twitter, fotos de Aira con lectores, fotos de los libros dedicados y todo lo que junto y muchísimo material que la gente me hace llegar sin parar creando un clima alegre que tiene mucho que ver con el espíritu de la literatura aireana. 

 

  

GC: ¿Qué virtudes y qué defectos encontrás en sostener Todo Aira en una plataforma como Facebook? 

DC: Facebook tiene dos grandes limitaciones para un archivo de este tipo. La primera y más difícil de sortear es el buscador que es pésimo. Eso dificulta ir a atrás y encontrar material para los usuarios. La segunda dificultad es que Facebook baja la calidad de las imágenes lo que resulta en un problema de lectura del material que comparto. Me han sugerido crear un blog o una página, y la verdad que esto lo hago sin recursos en mi tiempo libre y embarcarme en semejante proyecto implicaría un volumen de trabajo y costos que no puedo asumir. Igualmente, estoy muy satisfecho con el resultado a pesar de estas dificultades del formato. Creo que la virtud de Facebook es llegar al público lector fuera de la captura e intento de apropiación que parte de la academia quiere hacer de su obra como un coto de caza. Los lectores tienen ideas más potentes que mil artículos académicos sobre Aira, miren la página sino… 

GC: ¿Cómo se organiza el material al interior del archivo? ¿Hay secciones estables o categorías para ordenar lo que vas subiendo? 

DC: En principio, al no disponer de fondos y con las limitaciones que impone Facebook, el material no está organizado en secciones. Sin embargo, organizo los posts con cierto equilibrio de criterios: tapas de libros pocos conocidos, traducciones, artículos y entrevistas inhallables, notas periodísticas, fotos de lectores de Aira, fotos desconocidas del propio César Aira, traducciones de la obra de Aira a otros idiomas, memes, etc. Quiero destacar que la página es el primer lugar donde el trabajo de traducción enorme de Aira (¡tradujo 121 libros!) fueron puestos en conocimiento del público. La página dio inicio en junio de 2017 y después enseguida salió el Catálogo Aira, de Ricardo Strafacce, uno de los que más sabe sobre la obra de Aira. También por suerte acaba de salir en formato libro, La ola que lee. Artículos y reseñas (1981-2010), una selección de artículos y reseñas publicada por Penguin Random House que ya había sido subidos a Todo Aira. 

 

  

GC: ¿Qué intercambio tenés desde el archivo con los lectores de Aira y con el autor mismo? 

DC: El intercambio con los lectores es permanente, aportando material, generando comentarios, debatiendo algunos puntos, como dije anteriormente el mayor éxito de la página es haber generado esa comunidad de lectores. Con Aira tengo poca relación, aunque en excelentes términos. Empecé la página sin preguntarle hasta que alguien comento: “¿che, esto le caerá bien a Aira?”. Entonces me di cuenta que debía mínimamente preguntar si estaba de acuerdo o tenía alguna objeción. La respuesta fue inmediata, breve y concisa, “…me parece bien, me gusta lo que hacés, seguí adelante con los proyectos”. Ahí me quede tranquilo y avancé. Nos hemos visto una sola vez para charlar de cosas en general y de literatura, pero solo eso. A veces la gente escribe a la página pensando que es el propio Aira quien sube el material, o piensa que la página está hecha por un grupo de gente, y la verdad que es sólo en base a mi búsqueda obsesiva y permanente. Aprendí mucho leyéndolo y sigo absorbiendo cosas, porque su obra es infinita. Por ejemplo, a mí me gusta resaltar su literatura en general por sobre los ensayos, pero se puede ver ahí una genialidad que sólo es cercana Borges. Por eso hacer esta página es un inmenso placer personal de aprendizaje continuo. 

GC: ¿Creés que Todo Aira es un archivo replicable? Es decir, ¿serviría pensar un Todo Piglia, un Todo Saer o un Todo Puig

DC: Sí, ¡por supuesto! El tema es quién se tomaría el trabajo. Creo que el caso de Saer es más necesario aún, hay mucha cosa dispersa y está muy apropiado por los que supuestamente “saben”. El mundo lector saeriano es mucho más amplio y rico. Hacer un Todo Puig sería pura belleza, ¿alguien se atreverá? 

GC: ¿Cómo sigue Todo Aira? ¿Hay nuevos proyectos o ideas vinculadas al archivo? 

DC: La obra de Aira es infinita así que tenemos Todo Aira para rato. Creo que el desafío es ampliar los campos de circulación y debate. Si no hubiera sido por la pandemia, tenía el proyecto de armar un debate sobre qué hacemos con Aira. Estoy convencido que todavía no tenemos dimensión sobre lo que significa para los lectores, escritores y el mundo literario en general su narrativa. Al igual que con Borges, la literatura después de él debió pensarlo y apropiárselo para poder absorberlo y superarlo. Con Aira en ese sentido todavía queda un camino inmenso. Por ejemplo, Ricardo Strafacce y Juan José Becerra han dicho que Aira es más que Borges. Sin afirmar tal cosa, lo que está claro es que tenemos algo grande por delante y nos debemos todavía una crítica. Existen comentarios críticos respecto de su obra que circulan, pero son marginales y todavía no han logrado cristalizarse en un argumento sólido. Como dicen algunos, Aira espera todavía su crítica. Desde Todo Aira pretendo impulsar todo debate rico y respetuoso que sirva para la literatura por venir. 


 

domingo, mayo 02, 2021

Las otras caras de Celia Paschero

 

Me encontré con el nombre de Celia Paschero y con su novela La salamandra mientras seguía algunas migas que conducían a Falbo Librero editor. Me llamó la antención esa tapa con la cara de Celia en diferentes perfiles, asemejando las de la luna, y en el centro ese animal alquímico y hermoso que habita las llamas del fuego. Con cierta facilidad encontré la novela en usados virtuales y realmente me deslumbró. Paschero escribía bien, La salamandra era un libro valioso y olvidado publicado en 1965, pero... ¿qué más podía saber sobre su vida y obra?

Entre el año pasado y este, logré armar algunos textos sobre Celia, sobre sus libros, sobre su entorno. También, con mucha felicidad, se reeditaron Muchacha en la ciudad y La salamandra y pueden conseguirse a través de los usados virtuales o en la página web de Celia Paschero. El número 2 del fanzine Golosina Caníbal presenta también fue dedicado a Celia.

En todo caso, para quien le interese conocer sobre esta autora sensible y lúcida, inteligente y pasional, van estos acercamientos primeros:

 

Estación Buenos Aires: un lugar en la vida de Celia Paschero

  

La vida de Celia Paschero fue una vida en tránsito. Autora de dos libros, Muchacha en la ciudad (1963) y La salamandra (1965), Paschero nace en Buenos Aires en 1928 y si bien sus primeros dos años los vive en Entre Ríos el resto de su infancia, adolescencia y juventud transcurre en la Reina del Plata. 

La ciudad de Buenos Aires, con sus barrios y su tráfico, con sus comercios y sus humores, con sus recorridos y vericuetos, atraviesan la escritura poética de Paschero.

Sigue en revista Invisibles.

 

Celia Paschero, una alquimista de la literatura argentina

 

¿Qué caminos nos llevan de retorno a una obra olvidada, a una historia de vida enterrada en el pasado? Entrar en una librería de usados, revolver las bateas buscando tapas y títulos que nos llamen la atención, comprar un libro sin referencias ni etiquetados, como quien apuesta en una ruleta cultural, es uno de ellos. Otro es la mención al pasar de un nombre, la lectura por casualidad de las solapas de un libro, una palabra o un apellido que se prenden a la curiosidad de los que amamos el papel impreso. Hay más caminos que nos conducen a una obra olvidada: caminos obvios o misteriosos, caminos directos o rebuscados. Por uno de ellos, llegué a la escritora argentina Celia Paschero y su novela, La salamandra.

Sigue en revista Be Cult.

 

Celia Paschero vuelve

  

La palabra rescate no se ajusta a la exhumación de un libro, queda corta y parece más bien comodín editorial o trabajo social. Reeditar un libro que hace más de cincuenta años que no circulaba, que se conseguía de casualidad y tras mucha búsqueda no es rescatar. Más bien se parece a la tarea del arqueólogo: se trata de buscar entre las ruinas del pasado, entre los rastros que la memoria fue dejando en las librerías de usados, entre las páginas de viejas revistas con nombres y títulos actualmente desconocidos. La reedición de La salamandra y de Muchacha en la ciudad, los dos únicos libros que la escritora Celia Paschero publicó en vida en los años 60, es un gesto arqueológico y nos permite entrar en un vida desconocida y fascinante.

Sigue en Perfil


martes, febrero 23, 2021

Boom Boom Borges o la distorsión multiplicada

¿Qué hacer con Borges en el siglo XXI? Ver Boom Boom Borges, es una opción. Dirigido por Ignacio Bartolone, autor de las obras Piedra sentada, pata corrida, La piel del poema y La madre del desierto, y con producción de Lucera tv y La espada de pasto y actuaciones de Julián Cabrera (Borges) y Cristian Jensen (Soler Serrano), se trata de un ejercicio de distorsión teatral, un remix siniestro de una famosa entrevista en la televisión española en los años 80. El video está a continuación y le siguen algunas preguntas gentilmente contestadas por Nacho Bartolone.

 

Golosina Caníbal: ¿Cómo surge la idea de “Boom Boom Borges”? 

Ignacio Bartolone: El material tiene una versión escénica preexistente que llegamos a hacer una sola vez en vivo para un festival de escenas teatrales en Librería Mi Casa. En ese momento, la situación resultante fue muy distinta ya que lo que se puso por delante, o lo que terminó resaltando, fue la eficacia casi sobrenatural de ambos actores, Julián Cabrera y Cristian Jensen, para representar, desde una exquisita fonomímica, la escena de la tan mentada entrevista. El mito fundacional del boom boom, ya que vamos a hablar de Borges hablemos en términos de cómo se lo narra a Borges, encuentra su origen en la intención de postproducir algún hecho borgeano y quizás sea mucho decir esto, pero la operativa resulto siendo una estrategia intrínsicamente borgeana: desplazar algún elemento preexistente hacia un nuevo contexto y otorgarle de esta manera una nueva significación y una nueva forma de lectura. Todo esto sumado a que todavía estaba fresca la penosa situación que Kodama llevó adelante contra Pablo Katchadjian, me hicieron renunciar a su literatura a cambio del último género que el maestro practicó con genialidad: las entrevistas. 

GC: ¿Cómo circuló y qué recepción tuvo en el público? 

IB: Invitados por el genial ciclo de música experimental, tan experimental que incluyeron esto en su programación, Mínimo un lunes, nos pusimos en contacto con los amigos de Lucera tv y decidimos juntos transformar el número vivo en un infierno de televisión alucinada. Filmando con los Lucera, además de permitirnos hacer algo en medio de la desolada pandemia, la escena ganó distorsión, enrarecimiento y una plasticidad que remite tanto al videoarte como a la involuntaria psicodelia de cierta televisión de cable que supo ser amparo y chupete de muchos los que trabajamos este proyecto. El toque final lo dio el compositor Valentin Pelisch que desarmó, ecualizó y mejoró el ya deformado audio con el que trabajamos. 

GC: En el video parece haber una apuesta por la distorsión y una mirada siniestra, ¿hay un trasfondo más amplio en el que se inscribe? 

IB: Quizás haya un efecto siniestro que convive a la par de cierta comicidad de mueca rota. En definitiva, tanto La espada de pasto (en IG, @laespadadepasto) como Lucera Tv (@luceratv), se toman muy a pecho la divisa que el maestro Leónidas Lamborghini nos dejó: Asimilar la distorsión y devolverla multiplicada.

domingo, agosto 09, 2020

Oficios Lectores: Emisiones 11 y 12

Este ciclo genial que conduce el amigo y periodista Mariano Vespa suma nuevas emisiones para seguir explorando el mundo del libro, heterogéneo y complejo. Más allá del autor y del lector, más allá incluso del editor, se abre un abanico de trabajadores y apasionados del libro como objeto cultural. Vespa intenta cubrir esas múltiples aristas y devolver a esa cosa simple llena de páginas su dimensión histórica, social, humana. 

En la emisión 11, la pregunta es "¿Cómo diseñar la identidad visual de un sello editorial?". Vespa busca una respuesta en diálogo con Verónica Lara y Cali Hernández, diseñadoras gráficas: 

  

En la emisión 12, Vespa conversa con Pablo Font, tapista de editoriales como Fiordo y Siglo XXI, bajo el interrogante: "¿Cómo rockear las tapas de los libros?": 

viernes, junio 19, 2020

Dogga. El amor siniestro


¿Cómo se gesta una leyenda? ¿De dónde nace un monstruo? Las imágenes que pueblan nuestras pesadillas son elusivas. Fijar una de ellas, lograr describirla como un entomólogo de la oscuridad, observarla con la diáfana claridad de la vigilia no es una tarea popular, tampoco grata.

Arandojo El Mago ha penetrado en el universo de las pesadillas, como en una excursión por el inconciente colectivo, y ha vuelto trayendo entre sus manos a una criatura encantadora y fatal. Su nombre es Dogga y, con ella, nace una leyenda.

Dogga es una criatura monstruosa y cautivante. Su cuerpo desproporcionado, su asimetría física, su poder encantador y fatal. Se alimenta de nuestros amores frustrados, de nuestras ilusiones malquerida. ¿Quién no sintió el corazón roto? ¿Quién no miro su teléfono esperando una llamada? ¿Quién no abrió su casilla de mail o su DM para recibir un mensaje especial?

Dogga lo sabe instintivamente: nadie te quiere, nadie te llama, nadie te escribe. La criatura de Arandojo El Mago convoca soledad y desamor. Acaso sus deposiciones brillantes sean la estocada final pero también la salvación. La leyenda dice que Dogga, alimentada de amores contrariados, defeca unos cristales brillantes como el diamante.

La persona que, encantada por los cristales de Dogga, se atreva a tocarlos, perderá inmediatamente la memoria. Como dice el tango: “Primero hay que saber sufrir,/ después amar, después partir,/ y al fin andar sin pensamiento…”. Dogga, criatura de la noche de arrabal, monstruo del amor siniestro, nos lastima y nos cura, nos condena y nos salva.

En este libro, artistas, ilustradores y dibujantes se hacen eco de la implacable Dogga.
Hay Doggas realistas y fantásticas.
Hay Doggas horriblemente bellas y brillantemente oscuras.
Hay Doggas infantiles de niñez retorcida y adultas de madurez cautivante.
Como toda criatura oscura, Dogga circula de mente en mente, de espíritu en espíritu y va dejando su rastro de dolor y olvido. Cada persona la imagina a su manera, con sus obsesiones, a partir de sus deseos y de sus pesadillas.

Adelante, conozcan a Dogga. Imagínenla. Déjense encantar por el amor siniestro, recuerden no tocar sus deposiciones a menos que quieran olvidar. Así nace una leyenda.






El libro de la muestra Dogga. El amor siniestro, organizada por Diego Arandojo, se puede ver acá. Agradezco a Diego y su proyecto anácronico Lafarium por la invitación a participar con el prólogo a dicho catálogo.

lunes, junio 15, 2020

Breve noticia de Los espantos, de Silvia Schwarzböck y el sello Cuarenta Ríos


Si hay un ensayo valioso publicado en los últimos años en la Argentina ese es Los espantos. Estética y postdictadura, de Silvia Schwarzböck. Me parece un libro imprescindible, desafiante y polémico.

El corpus que construye Schwarzböck a través del cine y la literatura (desde las películas de Lucrecia Martel hasta los artículos en El porteño de Fogwill, la poesía de Martín Gambarotta y la novela El traductor, de Salvador Benesdra) y su reflexión sobre los efectos de la postdictadura en la sociedad y en la estética encienden ideas y contradicciones, pasiones y refutaciones en el lector. Es decir, más que un libro es una brasa, una piedra candente en forma de ensayo. Para darse un vistazo de Los espantos, recomiendo esta entrevista en el sitio bunker con la autora.

Por eso, me alegra la noticia de que el sello Cuarenta Ríos, en estos tiempos de pandemia, ponga a disposición en formato pdf sus libros y entre ellos, claro, Los espantos. El resto de los títulos, he podido leer dos o tres más con intéres y atención, también recupera ese lugar que hoy por hoy parecía vacante en el mercado editorial: el ensayo original, que intenta correrse de la academia, y que no le teme al riesgo de pensar lo contemporáneo.

Pueden leer el comunicado de Cuarenta ríos al respecto de la puesta en disposición de sus títulos y pueden bajar los libros en formato pdf desde esta página.

miércoles, junio 10, 2020

Oficios lectores: Emisión 5

Mariano Vespa avanza con su ciclo "Oficios lectores". La emisión 5 es excepcional: una charla con la librera Berenice Blanco, quien actualmente trabaja en librería En el viento y que tiene una vasta y apasionada experiencia en el rubro. Pasen y vean:

sábado, junio 06, 2020

Moléculas Malucas, un paseo fuera del margen

Descubro con alegría el sitio Moléculas Malucas. Archivos y memorias fuera del margen. La presentación arranca de este modo:


 
Estamos acá porque se nos ocurrió desempolvar archivos olvidados y refrescarnos la memoria sobre las luchas y producciones de quienes nos antecedieron en nuestros movimientos fuera del margen.


Entre otras cosas, han subido dos textos que aplaudo de pie. Por un lado, un relato inédito de Néstor Perlongher, escrito en 1976 y titulado "Hall" (que recuerda a "La narración de la historia", de Correas):


 
Quien lo viera como él a la entrada de la Estación Constitución hubiera sin duda notado cierto aire de Teorema de Pasolini, si ése –además– hubiera sido alguien predispuesto para encuentros de esa naturaleza, y remarcara el declive de las baldosas en dirección a las rejillas, detalle digno de tomar en cuenta para advertir con solemnidad la proximidad de los restantes días, el remanso de una serie de acontecimientos posibles viniendo de la calle, espesa, achicharrada. “Estación Prostitución” anunciaba el colectivero del Cañuelas, dejando formada de inmediato una imagen arquetípica, borrosa como una postal de hace diez años, algunas columnas que retenían o sostenían el aire y, más que nada, la procesión de rostros automáticos como un aviso publicitario de la Paranoia Co.

El contexto, repuesto por Marcelo Benítez, quien conservó el documento hasta hoy, y el relato completo de Perlongher se pueden leer acá.

Por otro lado, Jorge Luis Peralta realizó esta semblanza de la editorial Tirso, la primera editorial "gay" latinoamericana. Arranca así:



Bajo la dirección de un escritor ya consagrado, Abelardo Arias (1908-1991), y de su joven colaborador Renato Pellegrini (c. 1930-2015), Ediciones Tirso fue la primera editorial latinoamericana específicamente orientada a la difusión de literatura argentina y extranjera de temática homoerótica, fundada en 1956. La hegemonía de interpretaciones históricas basadas en el punto de vista de la represión ha producido, a nuestro juicio, mecanismos de lectura limitados. Parece inconcebible, desde esa perspectiva, hallar en la literatura, el cine y otras manifestaciones culturales previas a 1970, miradas sobre la sexualidad en general y el homoerotismo en particular que no reproduzcan el discurso oficial sobre estos temas propagado a través de distintas instituciones, fundamentalmente el Estado y la Iglesia. Tirso supuso, en este sentido, una especie de grieta a través de la cual se desafiaban, aunque fuera tímidamente, las ideologías oficiales.
El ensayo sobre Tirso se puede leer completo acá.

En fin, recomiendo con fervor el sitio Moléculas malucas. ¡Pasen y vean!

miércoles, junio 03, 2020

Oficios lectores: Emisiones 3 y 4

En la tercera emisión de Oficios lectores, Mariano Vespa conversa con Mariana Lerner, editora de Ripio y coordinadora en Adriana Hidalgo editora sobre cómo mover los hilos del trabajo editorial. Pueden verlo acá:




En la emisión 4, Roque Larraquy, autor de La comemadre y de Informe sobre ectoplasma animal, explicá cómo escribe a partir de fragmentos y anticipa su nuevo libro La telepatía nacional. Pueden verlo acá:

sábado, mayo 30, 2020

Kafka, Laiseca y el realismo

Hace unos días, Diego Cano (organizador de Todo Aira en facebook, autor de Franz Kafka. Una literatura del absurdo y la risa, especialista en guerra civil española) y Agustín Conde de Boeck (autor de El monstruo del delirio. Trayectoria y proyecto creador de Alberto Laiseca, investigador tenaz de la revista Babel y de la vida y obra de Marcelo Fox) mantuvieron una charla virtual abierta sobre los cruces literarios, temáticos, de influencias mutuas entre Franz Kafka y Alberto Laiseca.
El intercambio fue muy fructífero por la calidad de ambas intervenciones y por las preguntas pertinentes del auditorio internauta. Aquellos y aquellas que no hayan podido participar y les interese, se puede ver completo acá:


sábado, mayo 23, 2020

Oficios lectores: Emisión 2

En esta segunda emisión de Oficios lectores, Mariano Vespa conversa con Chris Wait, editor de New Directions Publishing House, sobre cómo surfear la crisis editorial. Pueden verlo acá:



jueves, mayo 14, 2020

Oficios Lectores: Emisión 1

El periodista y amigo Mariano Vespa arranca un ciclo de conversaciones breves en Oficios lectores. Van algunas preguntas sobre el ciclo y, a continuación, la primera emisión con Federico Barea, investigador, traductor y lector.


Golosina Canibal: ¿Qué es Oficios Lectores?

Mariano Vespa: Hace poco escuché que Rita Segato hablaba de “pensar en conversación”: un modo de pensamiento abierto, contemporáneo, recíproco. Sujeto a idas y vueltas, reescrituras, a fin de cuentas. En un contexto de encierro, siempre es bueno abrir espacios. Siempre me interesaron los oficios que rodean al libro. Fundamentalmente, me interesa escuchar aquello que cada uno tenga para compartir sobre su día a día con los libros, sobre todo en esta pseudodistopía.

GC: ¿Cómo seleccionás tus interlocutores?

MV: Muchas veces, quizá por agenda setting pero también por desidia, los medios culturales son recurrentes en relación a las voces que invitan. Por lo pronto, me interesa retratar gente que conozco y admiro, algunos de ellos poco entrevistados.

GC: ¿Por qué te interesa la lectura como tema?

MV: Me interesa cómo el amor por los libros se traslada a un modo de entender el oficio y a una forma de ejercerlo. De buenas lecturas salen eximios editores, correctores prolijos, traductores obsesivos, tapistas exquisitos, y muchos etcéteras.

La primera emisión de Oficios lectores, "De Cortázar a los beats: Fede Barea", puede verse acá:

miércoles, octubre 16, 2019

Una cruz para Marcelo Fox


Este es el cierre de la trilogía de ensayos sobre el escritor oculto, maldito, olvidado Marcelo Fox para la revista Invisibles. Para el final, me dejó fascinar por el segundo libro de Fox, Señal de fuego, publicado en 1968, una aerolito caído en la literatura argentina que nadie parece haber leído o visto. Y sin embargo... Pueden leer el ensayo completo acá.

domingo, abril 14, 2019

Marcelo Fox, lector de Lautréamont


En Invitación a la masacre, cada narración se presenta en primera persona singular: un hombre se confiesa frente a otras personas. ¿Qué confiesa? Ideologías y creencias, crímenes y delirios, revoluciones y traiciones.
Para leer el artículo completo sobre el libro maldito de Marcelo Fox, seguí por acá.

miércoles, enero 02, 2019

Marcelo Fox, un muerto punk


Para leer el ensayo completo sobre Marcelo Fox, autor de Invitación a la masacre, pueden pasar por el número 24 de la Revista Invisibles. Es el primer texto de una serie sobre el enigmático Fox, su vida, su literatura.

viernes, febrero 09, 2018

Están entre nosotros...: el Informe Irenäus

"El Informe Irenäus es el primer reporte que se conoce sobre nuestro mundo realizado por un ser de otro sistema solar". Esa es la frase que abre esta serie que llegó a la cuestionada fundación CHARIF org. Es inquietante, siniestra, pero también familiar. Prometen más videos, aclaran que este es solo el primer envío y aseguran que ellos ya están entre nosotros...

lunes, agosto 21, 2017

¡Buena caza! Una historia detrás de Matando enanos a garrotazos

Si hay un título inolvidable en la literatura argentina más o menos contemporánea es el del segundo libro de Alberto Laiseca: Matando enanos a garrotazos. Publicado en 1982 por la Editorial de Belgrano ―en una colección dirigida por Osvaldo Pellettieri que no curiosamente también había publicado a César Aira y a Fogwill como anunciando la renovación literaria posdictadura y un nuevo canon por venir―, este primer libro de cuentos de Laiseca irrumpía desde su tapa con un título de aliteración casi perfecta y un frágil equilibrio entre lo violento y lo kitsch. ¿Cómo olvidar un título tan polémico? Y digo “polémico” porque arranca por un gerundio, tal como lo habría denostado la voz de la literatura nacional. En todo caso, en esa decisión de Laiseca, en ese mal uso del lenguaje literario, que remite sin demasiadas vueltas a la mala escritura de Arlt, se cifra una apuesta pero también una historia. Por los recodos del camino, se vislumbran homenajes vengativos y poemas olvidados, enanos de jardín y actores de vanguardia, plagios y tergiversaciones.
Una pequeña contribución de quien suscribe a la arqueología literaria puede leerse acá, en el nuevo número de la revista Invisibles.

viernes, abril 21, 2017

adigitalizar.org


Me enorgullece anunciar la aparición del blog Taller de digitalización en el que con un grupo de compañeras y compañeros exploramos las vicisitudes de las generaciones de escáneres y cámaras en mano, dispuestos a retomar los archivos polvorientos que permanecen olvidados y aislados en bibliotecas de la triste realidad, abriendo caminos digitales a libros, revistas y demás yerbas que de otro modo no tendrían una existencia postfísica. El objetivo del blog es claro: brindar herramientas, suscitar reflexiones, recomendar proyectos en torno de la digitalización de la cultura. 
Una primera participación desde Golosina caníbal es este comentario sobre el portal AméricaLee:
Por aquellos años en que tener un escáner plano podía facilitarnos el acceso a materiales de estudio, buenos y viejos tiempos de compartir archivos comprimidos, de aprender a usar el OCR, de limpiar las páginas a mano con algún programa de edición de imágenes, me enteré de la existencia del cd que contenía la revista Contorno digitalizada. Recuerdo que algún compañero o compañera me hizo una copia (porque, claro, en aquella época la duplicación seguía siendo más analógica que virtual) y que al recibirla me sumergí a leer la revista en la que habían escrito maestros de la crítica literaria argentina como David Viñas. Luego me enteraría de que este trabajo señero en el mundo del archivo digital argentino había sido producido por el CeDInCI.
Ahora, esta institución, en conjunto con la Universidad de San Martín, se despachan con una gran proyecto llamado AméricaLee – Publicaciones latinoamericanas del siglo XX. Se trata de un repositorio digital donde se puede acceder a distintas revistas de América Latina desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX.

 

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