domingo, mayo 10, 2026

¡A bailar con el conde Lai!


Este artículo fue publicado originalmente en 2021 en la revista virtual de historietas y afines Fierro. Agradezco a Lautaro Ortiz la invitación en su momento a participar y a exhumar los textos de Laiseca en la revista Twist y gritos. Lo recupero también acá, en el blog, porque no sé cuánto tiempo más permanecerá online en el viejo dominio de aquella revista...


Una foto en el bar Moderno 

Una fotografía puede ser una pista. En este caso, hay una tomada en el bar Moderno, probablemente en el año 1968. No hay tantas imágenes de ese lugar de reunión de artistas, escritores, músicos y fauna de la Manzana Loca y la contracultura porteña. En esa foto que sobrevivió a los vientos del tiempo se observa a un grupo de jóvenes alrededor de una mesa: hay un sifón y unos vasos vacíos, algún resto de vino, detrás se puede leer en el vidrio la inscripción “Moderno Bar”, local ubicado en Maipú 918, entre Paraguay y Charcas. Los muchachos miran a la cámara entre diversión y gestos. 

Ahí están, por ejemplo, de anteojos negros, haciendo tope con su mano, Horacio “Pepe” Romeu, actor y futuro autor del libro A bailar esta ranchera (1970); también están sus compañeros de andanzas: a la izquierda de Pepe, un barbudo Marcelo Sztrum y, a la derecha, de rulos, Alfredo Slavutzky, ambos melómanos, lectores empedernidos del surrealismo y de la literatura beatnik, jóvenes amigos del narrador Néstor Sánchez. Los tres, Pepe, Alfredo y Marcelo (más un amigo que había fallecido de forma trágica unos años antes) se autodenominaron, en gesto grandilocuente y juvenil, “Los reyes del ghetto” y sus aventuras en los ruidosos 60 quedaron inscriptas en la novela de Romeu. 

Al fondo, en el extremo derecho, ríe Rubén de León, dramaturgo y director de obras en el Instituto Di Tella como La Orestiada o el sombrero de Tristán Tzara. También aparecen Víctor Kesselman, en esos años fotógrafo, de anteojos oscuros y cruzado de piernas; Jorge Centofanti de pelo largo, casi de espaldas a la cámara, artista y amigo del escritor, actor y sex symbol Sergio Mulet; y la única mujer en la mesa, Graciela Dellepiane Rawson. 


Quedan dos muchachos sin nombrar en ese recuerdo capturado: uno se mantiene indiferente al fotógrafo, casi escondido, con la mirada ensimismada. Se llama Alberto Laiseca. Hacia 1968, el joven Laiseca participa de un pequeño circuito literario cultural: asiste a lecturas poéticas en una casa de San Telmo donde se cruza con Sánchez y con Osvaldo Lamborghini, allí lee sus textos caoístas, pequeños argumentos entre el caos y el Tao. También en esa época pone punto final a su primera novela, Sindicalia (la fuente de la anti-juventud) en la que ya anticipa la eterna lucha entre el Ser y el Anti-Ser. Podemos suponer que ya está asomándose, con algunos borroneos, papelitos e ideas a su obra monumental de 1300 páginas: Los sorias. En la foto, el joven restante, casi tirado sobre la mesa, con el brazo cruzado y la mano apoyada en el cuello, es Alejandro Medina, músico, habitué del bar Moderno y quien pronto conocerá a Javier Martínez y Claudio Gabis para formar el conjunto de rock y blues Manal. 

Esa fotografía en la puerta del Moderno habilita una pregunta. ¿Qué es ser contemporáneo? Alberto Laiseca, futuro escritor experimental, autor de la novela más larga de la literatura argentina, aprendiz de brujo literario se sienta a la mesa con Alejandro Medina, próximo bajista de Manal, precursor de la música beat nacional, habitante rocker de la ciudad de Buenos Aires. ¿En qué punto literatura y rock se tocaron en esos años? ¿Nacieron enhebrados en el gran tapiz contracultural? Podemos imaginar conversaciones entre Laiseca y Medina, por qué no, adivinar ciertas búsquedas de novedad y riesgo comunes, advertir cómo la ruptura, la exploración y las ganas de patear el tablero cultural unió al joven Laiseca y al temprano bajista. En esta fotografía, compartida hace unos años por Víctor Kesselman a través de una red social, se revela una primera pista del llamado “conde Lai”, atento a la música y a su potencia de provocación. Apenas un brindis efímero entre literatura argentina y rock and roll. 



De Wagner a Pink Floyd 

Laiseca publica su primera novela, Su turno para morir, en la editorial Corregidor en 1976. Al comienzo del relato, ya se instala una referencia musical clásica que volverá una y otra vez en el resto de sus libros: Richard Wagner. Tras un comienzo en el que un desconocido asesina a un líder sindical en pleno discurso a sala llena, la melodía wagneriana acompaña el acorralamiento del sospechoso: “El comisario se va del lugar sin hacer sonar la sirena, por excepción. Un edificio tras otro/ La entrada de los dioses al Walhalla/ el coche policial que lo aleja en silencio de la muerte del sindicalista y la música de la Entrada de los Dioses al Walhalla, de Ricardo Wagner/ luces de distintos colores se encienden por orden del comisario y enfocan el edificio donde el pistolero se ha refugiado” (p. 14). 

Wagner es, para la narrativa de Laiseca, la música del acontecimiento, un regreso monumental y pagano. También en Los sorias, comenzada en 1972 y finalizada en 1982 aproximadamente, y publicada en 1998 por primera vez, aparece un capítulo entero, titulado “Ricardo Wagner” el músico pasa a formar parte como personaje en el mundo ficcional de Laiseca. 

A decir verdad, en “Resumen de poemas al cuerpo de Lucrecia”, un texto primerizo publicado en la olvidada Tajo, revista de un solo número de 1973, el creador del realismo delirante ya dejaba caer, como si de migajas se tratara, su escucha fascinada de compositores y piezas clásicas: “Que ningún anti-Mozart te haga daño, mi mora soldado”; “Brahms sigue, mi mora soldado”; “Brunilda delirante, pequeñita de cuerpo/ el Rapto de Serrallo”; “mi oso agudo/ mi oso grave/ mi oso de conciertos/ mi oso Mozart/ mi oso Wagner/ mi oso de Tännhauser”. ¡Si hasta la puja entre los Mozart y los anti-Mozart, es decir entre el Ser y el Anti-Ser, presentan en la obra de Laiseca una lucha eterna que mueve a la humanidad!

 
Sin embargo, esa inclinación por la música clásica, comenzará a virar hacia una atención lateral al rock, sobre todo a partir de la década de los 80. Es probable que el camino que lo condujo de Wagner al rock, haya sido el atonalismo de Arnold Schönberg como un modo de composición de ruptura y deriva experimental. En efecto, para Laiseca sus obras eran “novelas atonales” y por eso escribe Aventuras de un novelista atonal en 1982, que presenta, en la primera parte del libro, una autoficción sobre su carrera literaria y el intento por editar su novela oceánica de 1300 páginas. Esa transgresión del tono, de la armonía, caracterizan sus aventuras precipitadas de violencia, sexo, guerras esotéricas y contiendas metafísicas. Laiseca buscó un programa literario en el atonalismo, un cruce sinestésico entre literatura y música. 

Ese camino, entonces, que va de Wagner al atonalismo termina derivando en una mirada soslayada al rock. Así, en Los sorias, uno de los cientos de personajes escucha Kiss, Pink Floyd y The Police; y en el capítulo 9, “Música beat”, el grupo musical La Horrible Abuelita compone canciones con títulos como “Roll alrededor de la fogata, Le pego a mi nena con una cadena de bicicleta, Tengo un poca, Sé mi hembra de hurón, ¿Por qué no quieres hacer conmigo como las nutrias?, Te haré el harakiri cuando te agarre, putita de topo…” (p. 85), entre otras. En esas páginas, en clave paródica y delirante, Laiseca se apropia de una lógica provocativa del rock y, como suele hacerlo, la “laisequiza” con morbo y humor negro. El colmo será cuando el conjunto le dedique al dictador de la Tecnocracia el tema “El Monitor es bueno”, desatando la ira del líder y destinándolos al campo. “De concentración, por supuesto”. 

Finalmente, el pasaje entre Wagner y Pink Floyd también aparecerá entre las páginas de Los sorias, precisamente entre los capítulos 60 y 61, con el ingreso del músico y compositor incomprendido Paralelepipedinsky, quien en su recital punk en el Cementerio de la Carabela sintetizará: “La música de Wagner, el rock y las marchas militares son la única verdad”. Curiosamente, el capítulo 61 ya había sido publicado en una revista de rock efímera de 1982. La revista se llamaba Banana y había sido dirigida por Carlos Galanternik, o mejor dicho, Tom Lupo. 


Twist, gritos y zombies 

Los puntos de contacto entre la literatura y el rock en la Argentina son todavía un terreno inexplorado. ¿Cómo fue esa movida alrededor de la música que integró a escritores, poetas y lectores? Tal vez una clave sea volver al periodismo contracultural que unió a músicos, escritores, artistas y periodistas alrededor de un mismo fuego. En este sentido, proyectos como Los subterráneos, programa radial desde la ciudad de La Plata que recorre publicaciones sobre rock en la Argentina, investigaciones como Estación imposible. Expreso imaginario y el periodismo cultural (2016), de Sebastián Benedetti y Martín Graziano y el ineludible ¿Ídolos o qué? Una historia de las revistas de rock en Argentina (1955-2025 (2025) de Benedetti y Ponchi Fernández son importantes puntos de partida para relevar datos, anécdotas, detalles sobre los vínculos entre escritura literaria y rock. El caso de la amistad entre Tom Lupo y Alberto Laiseca podría ser uno de los caminos a recorrer. Laiseca participa, al menos, de tres revistas dirigidas por Lupo: Banana (1982), Alfonsina (1983-1984) y Twist y gritos (1984-1985). 


Entre 1982 y 1985, el novelista había publicado ya su segundo y tercer libro Matando enanos a garrotazos y Aventuras de un novelista atonal y colaboraba en algunas publicaciones de forma esporádica; además, la revista Babel comenzaba a colocarlo en un podio de genialidad y marginalidad junto con Copi y Osvaldo Lamborghini y se estrechaban sus lazos con autores como Fogwill y Ricardo Piglia. Por su parte, en esos años, el psicoanalista y poeta Lupo se colocaba a la vanguardia de la contracultura posdictatorial con el programa de radio Submarino amarillo en Radio del Plata. Por su sección musical pasaron grupos emergentes como Sumo, Virus, Soda Stereo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, entre muchos más. Justamente, sus revistas de rock, Banana y Twist y gritos, fueron también un medio para desplegar ese regreso contracultural en toda su potencia y originalidad. 

En esas páginas musicales, en las que participaron Rafael Bini, Pippo Cipolatti, Rep, Patricia Breccia y Enrique Symns entre muchos más, Laiseca tuvo su lugar con algunos relatos y textos. Tom Lupo lo llevaba de un proyecto a otro. En Twist y gritos, lo recibirá, como quien recibe a un ser de otro planeta, Rafael Bini, director creativo de la revista y años después autor de La venganza de Killing. A veces acompañado por su maestro Ithacar Jalí, otras veces solo, Laiseca desandaba el camino desde su hogar en Escobar para entregar sus relatos en las diferentes redacciones de periodismo y rock. 

Las colaboraciones de Laiseca en Banana son versiones previas de capítulos o relatos que luego formarán parte de sus obras. Resultan más interesantes algunos de sus textos publicados en la revista Twist y gritos: “Rockeros y otros escandalosos” se publicó en Twist y gritos, año 1, n.° 13, del 28 de septiembre de 1984; “Mueran los potables y los blanditos”, en el n.° 14 del 7 de noviembre de 1984; y “Reportaje a un Fabricante de Zombis”, en el n.° 15 de diciembre de 1985. 

En los primeros dos textos, Laiseca escribe sobre el rock and roll, el clásico, el de Elvis Presley y Bill Haley y sus Cometas. A partir de ahí, entre anécdotas estrafalarias e imágenes delirantes, el autor de El jardín de las máquinas parlantes lanza sentencias que revelan una potencia transgresora en el rock, después de años de tinieblas y represión: “El rock es libertad, es juventud, pero sobre todo es vida”. Para Laiseca, la lucha entre Ser y Anti-Ser, entre Mozart y Anti-Mozart, es también la lucha entre Eros y Thanatos, por eso en estos textos rescata el baile y los movimientos del cuerpo rockero frente al puritanismo: el rock es el triunfo de Afrodita, diosa del sexo y del amor. El último texto, en cambio, es un reportaje al Dr. X, experto en fabricar zombies. En este caso, la imaginación laisequiana ya no se ajusta a la consigna rockera aunque recupera esa fuerza de la sexualidad a través de la muerte, cuerpos que se mueven al ritmo de la voz y del instrumento que los sepa convocar y movilizar. 

Entre los zombies de “Thriller”, los movimientos de la pelvis de Elvis y los ecos wagnerianos que retumban por las calles de la Tecnocracia, estos relatos exhumados del conde Lai son una buena forma de empezar a leer su obra inclasificable pero, esta vez, al son del rock and roll (Estos textos más las otras colaboraciones en las revistas de Tom Lupo pueden leerse en el reciente Textos akáshicos. Artículos y rarezas, compilado por Mariano Buscaglia y publicado por Ediciones Biblioteca Nacional). 

lunes, abril 20, 2026

Estado de sitio (Gabriel Báñez)

En el cruce entre literatura y psicoanálisis, sexo y política, Gabriel Báñez, ese gran escritor platense que aún sigue siendo un secreto a voces, parece un hijo adoptivo de la revista Literal (¿y padre amoroso de José Retik?). Eso anotaba mientras leía hace unos años El curandero del cuarto oscuro, una novela publicada en 1990. Entre sus páginas, reaparece el relato "Estado de sitio", que ya había publicado a mediados de los 80 en la antología Cuentos eróticos, donde Báñez compartió páginas con Fogwill, Laiseca y Guebel, entre otros y otras. 

No fue un recurso novedoso en la escritura del platense: ya lo había hecho entre pasando tramos y personaes de Góndolas (1986, pero escrita antes) a Hacer el odio (1984); luego lo haría con la historia del japonés Katsusaburo Miyamoto y su esposa embalsamada en el relato El circo nunca muere (1992) y en, tal vez la mejor novela de Báñez según el juicio de la lectora sagaz Ana Regina, Virgen (1998). Los lindos juegos metatextuales que los lectores de Thomas Pynchon y de tantos otros apreciamos.

En todo caso, este largo rodeo es para compartir ese cuento, "Estado de sitio". Lo hago por dos razones: porque no está accesible digitalmente (pero sí, en el pequeño y valioso volumen recopilatorio El circo nunca muere, de la editorial Mil Botellas); y porque, en conversaciones alrededor del joven Laiseca, salió como un ejemplo de la serie sobre la Gran Llanura de los Chistes que Gabriel Báñez, Osvaldo Lamborghini y Alberto Laiseca exploraron en sus escrituras refractarias. 

¡Que lo disfruten! ¡Ojála se rían tanto como yo durante su lectura! 






Estado de sitio (Gabriel Báñez) 

Creo que lo primero es el comienzo. Bueno, lo primero a decir entonces es que mamá no es mi madre. No es un juego de palabras. Nada de eso. Yo la llamo así porque las circunstancias me obligan. Podría llamarla por su verdadero nombre, quiero decir por el nombre que tenía antes, pero sería inapropiado. Además, estaría falseando el espíritu de los acontecimientos. Y los acontecimientos son que me encuentro prácticamente confinado en una casa que no es mi casa y con una madre que no es mi madre. Así de sencillo y así de complejo. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro. 
—Estás devaluando, nene, no jodás más. 
Tiene razón, estoy como devaluado. Ella es al revés, ha crecido a ritmo inflacionario. Uno en ascensor y el otro en la escalera. Hay cosas que son escabrosas de contar, no tanto como la economía del país, pero bueno, escabrosas al fin. Por ejemplo que de aquí en más tendré que decirle mamá sin comillas y aguantar lo que sea. Pero está hecha la advertencia. 
—Cagón. 
—No, mamá... 
—¿Por qué no contás que después de echarme un polvito me gusta el jugo de naranjas? 
Eso es verdad. No se puede ser polisémico en asunto tan delicado como éste. Y bueno, sin ironía debo reconocer que sí, que después de hacerle el amor mamá pide siempre jugo de naranjas. Es una costumbre que no puedo quitársela. Me jode: es el zumo del Edipo que me exprime los sesos. Sobre todo por la manera: 
—Andá, nene, traeme de la cocina una naranja exprimida, pero sacale las semillas... 
Siempre lo mismo. Cojérmela no es garantía de estabilidad emocional. Todo lo contrario. A veces llega a exasperarme. Tiene esa manera pérfida de someterme. En la cama lo mismo. No es que sea insaciable, no. Lo que pasa es que no logra sobreponerse a su condición. Y eso que se lo tengo dicho. Pero bueno, no hay caso. Exige, ordena, es muy argentinita en eso de abrir las piernas y decir: 
—Dale, nene, matame. 
Será por los golpes de facto, me digo, que antes de acabar mamá también me pide que la golpee y la castigue. Cuando no me hace atarla en cruz a los extremos de la cama me exige que la estaquee a los pies del diván para simular una violación. Mamá lee mucho los diarios, lo que pasa es eso. Ah, sí: también le gusta atemorizarme con que va a quedar embarazada: 
—Cuidate, nene, que no quiero ser la madre de mi nieto. 
Tantas recriminaciones me espantan. Hay días, lo juro, en que me siento acobardado. Está bien que me dé placer, pero no a costa de tantos padecimientos. Además, me tiene prohibidas otras relaciones. Cuando estoy excitado y ella no puede hacer nada porque o está cocinando o tiene que hacer los mandados, bueno, entonces me masturba. 
—Vení, nene, que te voy a hacer una paja al paso, ordena. 
Yo me digo que, después de todo. la culpa la tiene esta sociedad. Roland Barthes dice que no. que todo empieza con el Gran Padre Textual. Hay que joderse con los lazos elementales del parentesco. Pero bueno, mamá es así. Ya no la puedo cambiar. Antes hubiera podido. Antes quiere decir cuando yo era chico y pensaba ingenuamente “madre hay una sola”. La infancia es una época de imágenes, creo que me explico. Ahora no: ya está instaurada. Nada puede hacerse. Mamá es mamá y el país es el país. Tiene esas cosas. Como dejar de menstruar cada vez que hay un golpe de estado. Se pone como loca. Cuando Onganía, estuvo tres meses sin que le bajara. Decía: 
—Estos militares ni las reglas respetan. 
Con Videla fue todo un drama. Hasta fue a ver a un ginecólogo amigo para que le hiciera tacto, pruebas clínicas y todo eso. Al final. el tipo le explicó que se le había retirado por causas político-hormonales. Bueno, no dijo eso pero lo dio a entender. Sus palabras textuales fueron: 
—Señora, su período es inconstitucional. 
Vino a casa llorando, maldiciendo. Tuve que aguantarla todo ese día con la cara por el suelo. No almorzó ni cenó y, al día siguiente, salió con la teoría de que las sublevaciones empiezan por la matriz. Tiene esas cosas. A veces es lúcida y a veces, tonta hasta lo inexplicable. Yo, en cambio, no creo en las revoluciones. En las revueltas sí. Son más espontáneas. Mamá dice que por eso mismo eyaculo muy rápido, que me voy apenas nomás la penetro. 
—Nene, tratá de no irte tan rápido, recrimina. 
Pero la verdad. como ya expliqué, es que ella no es mi madre: Es un juego que nos propusimos ambos hace tiempo, cuando la cosa estaba perdiendo vigor. Roland Barthes habla del brío y de los adjetivos, que son las compuertas ideológicas. Entonces, como soy muy apegado al texto, jugamos a la relación madre-hijo. Por un tiempo anduvo bien, pero después desembocó en lo de ahora: se ha tomado el papel en serio. No puedo hacerla desistir de su argumento. Hasta ha envejecido notablemente. Lo terrible es que yo también he decrecido. Ahora andaré por los 14 o 15 y ella por los 48 o 49. 
Los primeros indicios fueron en el 66, con Onganía, como ya dije. 
No sólo se le retiró sino que empezó a darme el pecho. Como el país estaba un poco convulsionado con el Cordobazo me dije para mis adentros que era nada más que instinto sobreprotector. Pero se fue agudizando cada vez más. Lo de “nene” no se le borró de los labios. Luego vinieron las exigencias, las recriminaciones. y esa costumbre tan suya de pedir que la mate. En la cama, claro. Ahora se está exacerbando y ya el suelo y la estaca le quedan cortos. Ayer, por ejemplo, me obligó a nuevos ilícitos: 
—Nene, vení y torturame. 
No hubo caso: tuve que hacerle el amor encapuchado y después arrojarla a los bañados de Flores. Volvió como a la medianoche pero compungida porque en la seccional policial no le quisieron tomar declaración. Pobre, se cree que es el cuerpo del delito. A su regreso hicimos nuevamente el amor y. cuando yo estaba por acabar, exigió que le presentara un habeas corpus. Se restregaba los pezones y decía: 
—Si no presentás el habeas corpus no te doy el dulce. 
—No puedo, mamá, contesté turbado. 
—Sos un mal parido. 
—No puedo. 
—Comunista. 
—No puedo. 
—Subversivo. Marxista-leninista. 
Está cada vez más creída de su papel. Hasta tengo miedo de terminar en el útero, ahogado por ese líquido ambarino que recubre los fetos. Y todo por la ideología. Cuando se despertó saltó de la cama y se declaró en huelga de hambre: 
—Hasta que no me restituyas los derechos no como, amenazó. 
Le expliqué por enésima vez que ella no era mi madre, que madre había una sola y que se dejara de joder. 
—Infiltrado, me insultó. 
Lo único que probó fue jugo de naranjas. Es inmundo el jugo de naranjas. Ahora las pintan y cada vez que hay que exprimirlas la tinta le queda a uno en los dedos. Después queda ese olor cítrico que no se le despega a uno en todo el día. Antes, cuando yo era grande y todavía no había decrecido, me gustaba. Pero ahora no. Volví a la leche. Ella dice que tengo 15 y que voy a quedar reducido a memoria afectiva, nada más. También amenaza con que en poco tiempo más voy a hacerme pis en la cama, a tomar la mamadera y así involutivamente hasta llegar al polvo original. 
Al polvo polvo y no al polvo bíblico, claro. 
—¿Con quién te lo echaste, mamá? 
—Con Roland Barthes —contesta. 
Es parte de su locura. ¿Cómo explicarlo? Cuando la conocí leía mucho estructuralismo. Y lo de los lazos elementales del parentesco le viene por Levi-Strauss, que también leía. Ahora que ha envejecido se ha vuelto devota del hechicero de Viena. Hasta le ha hecho una capillita en el fondo de la casa, donde antes estaba el gallinero. Todas las noches le enciendo un par de velas. Dice que hace milagros y que por Las noches, en sueños, se le aparece. 
—Anoche vino Freud a verme, cuenta, y me dijo que te hacés la del mono. ¿Es cierto eso, nene? 
—No, mamá
—Juralo por la Escuela Freudiana y sus discípulos. 
—Lo juro. 
Se ha vuelto posesiva en todo. A las recriminaciones y amenazas ya me acostumbré, pero es vejatoria la forma que tiene de degradarme. En la casa ha aplicado la doctrina de la seguridad nacional. Comenzó por los muebles e hizo un inventario. Luego la extendió hacia los vecinos y, por último, a mi persona. Controla el timbre, la correspondencia y el teléfono. Pretexta que es por mi bien y que su único interés es preservar mi espíritu occidental. No es que no tenga razón, no, pero a veces el costo es un poco alto. El mes pasado suprimió las lecturas porque los libros podían lavarme el cerebro. Hizo una fogata en el fondo y me quemó Robinson Crusoe. Estaba como loca. Se tiraba de los pelos y gritaba que eso era un alegato consumista: 
—Así empezó la perdición, así empezó la podredumbre. 
Nunca la vi tan perturbada. Después lloró mucho y corrió a la capillita de Freud a hacerme un exorcismo: 
—Hacés transferencia, hacés transferencia, repetía acusadoramente. 
Qué día infernal. No terminó ahí la cosa. Me quemó un manual práctico de jardinería y un libro de pesca deportiva. La fogata fue enorme. Llegó a acusar de injerencia en los asuntos internos a un vecino que se asomó al tapial a ver qué pasaba. En el barrio algunos me compadecen. Cuando voy a hacer las compras hablan y murmuran en voz baja. Les parece ridículo mi nuevo aspecto, tan como miniaturizado. 
—Ahí va el enano fascista, dicen. 
Lo que no saben es que ella me enanizó. Yo antes era un tipo normal. Si hasta pensaba en casarme y entrar en un plan de ahorro previo. Y ella también. Tenía sus cosas pero era una piba como cualquiera. Creo que se pudrió con las cosas que leía. De a poco, sin darse cuenta. A medida que se emputecía le iban saliendo canas, arrugas. dolores nuevos. No envejeció de un día para otro, no. Fue progresivamente. Una mañana, sin querer, me dijo nene. Después le quedó. yo pensaba que era por costumbre. Pero otra vez me compró juguetes, figuritas y así, un poco en broma y un poco en serio. la cosa fue cambiando. La ropa me fue quedando grande de a poco, también. Ella decía “no es nada, no es nada” pero de buenas a primeras empecé a ver los dibujitos en la tele y a cambiar las difíciles. Porque es el físico lo que tengo como de 15, lo demás no. A veces más y a veces menos. Quiero decir que por momentos puedo pensar como un reaccionario y por momentos como uno de 7 u 8. Se me forman como lagunas mentales. 
—Lo que pasa es que los argentinos no tenemos memoria, razona ella. 
Yo no creo que sea por eso. Lo que a mí me pasa es por el proceso. Por el proceso de enanización, digo. Las veces en que he olvidado todo me calza un babero y me sienta entre las piernas. Después me pasa la mano por la espalda y, sosteniéndome del cuello, dice que soy Chirolita. Mamá se da maña para todo, puede hablar con el estómago y más también. Lo que no me gusta es que se posesione tanto. A veces tengo miedo y me resulta difícil entenderla. En la cartera le he encontrado tanto listas negras de los vecinos como libretas de teléfonos. No sé qué pensar. También se ha fabricado una picanita de bolsillo y a todo contesta: 
—Afirmativo. 
O sino, dice: 
—Negativo. 
Son cosas que escucha por ahí y se le meten en la cabeza. Todo lo que anda dando vueltas le va a la cabeza. Lo del jugo de naranjas es por la vitamina C, no sé por qué pero todo lo que aparece en la tele tiene vitamina C. Cojer también dice que es bueno para los resfríos y para prevenir la gripe. Pero yo soy apolítico, dentro de todo creo que es lo que me salva. Ella no, por supuesto. En las últimas elecciones, además de tener muchas pérdidas, votó por Alsogaray porque dijo que era un candidato punk. Será. Yo lo único que sé es que mi perspectiva de la historicidad se parece cada vez más a la leche en polvo. Día a día me gusta más. Es como un vicio. Ella no le presta mucha importancia: 
—Son epifenómenos propios de la edad, razona. 
Cuando se le cruzan esas ideas no hay que contrariarla. Es para peor y hasta puede ser peligrosa porque se sobrepasa, le agarran como baches de lucidez y pide que no me asuste, que ya se le va a pasar, que está como confundida. Duran 5 o 6 minutos pero son bastante patéticos en su nuevo estado físico avejentado. En esas ráfagas de cordura hasta llega a comprender que ella no es lo que es sino que es lo que no aparenta ser. 
—Sé que no soy tu madre, señala más sencillamente, pero igual quiero darte la teta. 
La teta. Cómo me gusta la teta. No hay nada que supere a la teta. Es lo máximo. Lo más indispensable. Lo Súper. Esa orografía. Me vuelve loco. Me exaspera. Y el pezón, que es como un Exocet, ni qué hablar. Hasta hay una gestalt del pezón, de sus formas areoladas; sublime percutor misilístico que nadie podrá nunca desactivar. La teta es de Occidente así como la vulva es oriental y los glúteos del Tercer Mundo. Marginación de marginaciones. Oráculo yanqui de las vías erógenas en desarrollo. Putez máxima. Islas Malvinas, Si quieren venir que vengan. 
—Eso lo dijo Galtieri, nene. 
—Estaba delirando, madre. 
—Son las pajas mentales que te inundan el cerebro, nene. 
—Soy un puñetero viejo, mamá
—Hijo, el lema es resistir y con la puñeta seguir. 
—Gracias, madre. 
A veces entramos en ese terreno del delirio absoluto. Me dejo arrastrar, sucumbo a la lujuria de las palabras y los semantemas. Soy débil. Me vuelvo niño. Un hijo putativo. Es en esos cruciales momentos cuando reflexiono en mi condición, en la patología de mi continente enanizado, y me vuelvo melancólico. Me miro las manos esmirriadas, pequeñas; la falta de vello púber en la axilas; el pito infantil: la polución nocturna. 
—Te fuiste en seco, nene. A vos no se te puede dar manija. No te controlás. Tenés demasiadas fantasías eróticas. 
—Sí, mamá
—¿Con quién soñaste? 
—Con Bernardo Neustadt. 
—Andá a la capillita y rezá 20 tópicos referidos a la sexualidad y la líbido infantiles. No podés ver tanta televisión. Es un castigo ese aparato. Es la Gran Paja Universal. 
—Sí, mamá. Es el Ojo Judío que nos domina. 
—Enano fascista mal parido. Andá. Hincate a San Freud que él te va a interpretar. 
Se entra en el descontrol. Una palabra lleva a la otra y así sucesivamente. Tengo miedo de faltarle el respeto, incluso. Este es mi drama. Mi pequeño holocausto casero. Como dije: estoy encerrado, circunscripto, sometido a los vaivenes mentales de una mujer que es mi mamá sin que yo sea su hijo. No quiero romper el mito. Me niego. Y. sin embargo, siento que es muy poco lo que puedo dar. Apenas este testimonio, esta incoherencia surgida espontáneamente, fragmentariamente. a través de los pocos momentos de lucidez que a mí también me quedan. Porque siento que paulatinamente, progresivamente, mis fuerzas se van minando. Que me queda poco tiempo y que ese poco tiempo lo debo aprovechar para dejar constancia y advertencia del suceso. Mi involución es la involución de las especies. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro, porque hay cosas que son escabrosas de contar... 
—No jodas a la gente, nene. 
Esa es de nuevo su voz. Hace cinco minutos exactos que ha perdido naturalidad. que ha cedido implacable al paso del tiempo. Tiembla su voz. Está cascada. Ha entrado en un cono de senilidad del que no saldrá jamás. Hace cinco minutos exactos también que se arropó en su mañanita y se asomó al balcón para ver pasar el desfile. Me acaricia el pelo y yo me recuesto mansamente sobre sus sienes. Tiene el pelo blanco y un rodete tan perfecto como una cabeza de ajo. Se emociona con el desfile. Y hasta le caen unas pocas lágrimas cuando pasan los granaderos. Después sale, deja el balcón unos pocos minutos, y vuelve con una taza de té aromática y tragante. Le ha colocado a la infusión una cáscara seca de naranja. El desfile continúa. Ahora dice, dulce, monocordemente: 
—Nene. 
—¿Qué, nona? 
—¿Cuándo se terminará todo esto? 
Ahora pasa la infantería. Los pasos marciales irrumpen en la gran avenida y la nona se sobrecoge. La miro. Qué vieja está. Tiene tantos golpes encima que apenas si puede ponerse en pie. Las manos son raíces. Las orugas de los tanques la estremecen. Es como una pasa de uva. 
—No sé, nona, le contesto. 
Queda pensativa. Luego agrega: 
—Andá, nene, a la cocina y traeme más cáscara de naranja para el té. Pero no hagas ruido. Mirá que tu madre duerme. 

Fuente: AA. VV., Cuentos eróticos, Buenos Aires, Eryda editores, 1984, pp. 27-33.

sábado, abril 11, 2026

Tadeys, saga nacional

Leo Lo que sobra y lo que falta en los últimos veinte años de la literatura argentina (Libros del Rojas, 2004). Se trata de un libro que recopila una serie de intervenciones y ensayos a partir de mesas redondas en las que participaron escritores, críticos y dramaturgos como Daniel Link, Rafael Spregelburd, Gloria Pampillo, Martín Prieto y Sylvia Saítta, entre otros y otras.

En este posteo me gustaría compartir apenas una nota al pie en la participación leía por Adriana Astutti ("Memorias de la lectura"). Quienes visitan el blog a menudo sabrán de mi obsesión por las notas al pie y por los paratextos (acá, acá y acá hay posteos al respecto). Esta nota al pie reproduce un mail de Ricardo Strafacce a la autora y creo que vale su reproducción tan solo por sus líneas de cierre.

¡Juzguen por sus propias lecturas! ¡Salú!


15 Después de la charla del Rojas, Ricardo Strafacce me envió por e-mail un largo comentario de mi lectura (Ricardo Strafacce, Monday, March 22, 2004 8:55 PM), que agradezco, y del que reproduzco el fragmento que sigue, al que me gustaría llamar aquí “Nota donada por el joven Strafacce”: 

 “5. Clásicos: yo anotaría que el ciclo 1984-2004 se inició con tres muertes Cortázar (1984), Borges (1986) y, en el medio de ambos, Lamborghini (1985). Y se fue completando con las ediciones póstumas correspondientes. Que en Cortázar (El examen, Cuentos de la orilla) o cosa parecida, y la obra ‘crítica’ —en fin— confirmaron lo que ya sabíamos: un cadáver literario. Y en Borges (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza) fueron fundamentales para entender que a los veinticinco años lo había entendido casi todo y ya manejaba el instrumento mejor que nadie. 

Habría que señalar también las reediciones de Walsh (sobre todo la de Operación Masacre, modelo genérico insuperable que le debe mucho menos al testimonio que a la literatura. Quiero decir: los fusilamientos de José León Suárez son una caricia de gacela al lado de, por ejemplo, los de la Patagonia, y sin embargo Los dueños de la tierra no tiene, ni a palos, la densidad dramática de Operación Masacre. En ese sentido creo que su reedición, y su lectura después de las barbaridades de la dictadura militar y los lógicos y previsibles intentos testimoniales, lo convierten en un texto que debe incluirse en el período porque, insisto, es el modelo insuperado del género, tanto que prácticamente lo agotó (¿cómo ir más allá?). Ezeiza de Verbitsky es un ejemplo: donde no hay un escritor no hay literatura por más testimonios, investigación y trucos de verosimilización (como le criticaba Fogwill a Bonasso, creo recordar que algo injustamente) que se incluyan). 

De la reedición de Novelas y cuentos y Tadeys no te digo nada porque vos y yo sabemos que cualquier cosa que se diga es poco. Algo voy a decir, sin embargo, y se trata de una alerta. Primero: la nula recepción que tuvo Tadeys (salvo César, vos, Nicolás Rosa y alguno más, casi nadie leyó esa maravilla). O la leyeron mal. O la leyeron bien y se hacen los distraídos. Y ya me calenté: 

¡ESO FALTÓ EN LA LITERATURA ARGENTINA DE LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS! RECEPCIÓN, COMENTARIO, DEBATE, CONGRESOS, PONENCIAS Y, FINALMENTE, APOLOGÍA ABSOLUTA, PANEGÍRICO TOTAL Y CANONIZACIÓN COMO SAGA NACIONAL DE TADEYS DE OSVALDO LAMBORGHINI”.

martes, marzo 10, 2026

La Literatura Diferente, un folleto

Hace tiempo tuve la dicha de participar en la edición de un libro importantísimo para la edición argentina, en habla hispana y para los fanáticos del sci fi y del fantasy. Me refiero a Minotauro, una odisea de Paco Porrúa, de Martín Felipe Castagnet, publicado por Tren en movimiento ediciones. 

Hete aquí que unos meses atrás me encontré con una incompleta colección de Planeta, la celebérrima publicación de realismo fantástico y alrededores de Louis Pauwels, quien a comienzos de los 60 había pateado el tablero de la imaginación al escribir junto a Jacques Bergier, El retorno de los brujos

Hojeaba pues el número 2 de la revista francesa, traducida al español en nuestro país, y entre sus páginas me topé con un folleto de la revista Minotauro (claro, la de Paco Porrúa) que anunciaba "La Literatura Diferente". El folleto me resultó fascinante y se lo compartí a Martín C. que no lo recordaba de su profunda investigación. Y los nexos estaban servidos: la Editorial Sudamericana, por un lado; el vínculo entre el realismo fantástico y los géneros imaginativos de la literatura como el sci fi, el fantasy, el horror, etcétera... 

En fin, sin más vueltas, dejo fotos del folleto de Minotauro para que puedan apreciarlo. ¡Salú!

domingo, febrero 22, 2026

Los índices de la revista Opium (2a parte)

Para finalizar con los índices de la revista Opium, van los de los números 3 1/2 y 4. Y recuerden: "Dios está en los paratextos". ¡Que los disfruten!


 
Opium 3 ½ 

Baires, noviembre de 1965 
 
Tapa: Roberto Duarte 
Grupo editor: Ruy Rodríguez – reynaldo mariani – Isidoro Laufer – Sergio Mulet 
[Editado con el apoyo económico de Falbo Librero editor - y amigo] 
[Diagramación: Renée Cuellar – Ruy Rodríguez] 

Manifiesto “etcétera etcétera. Sí. Sí. Opium aún con el Amor y el Ocio” p. 3 y p. 47 
“A la memoria de Ann Jones”, Dylan Thomas (con nota de Enrique Molina) pp. 4-5 
“Sermón del subterráneo”, Daniel Giribaldi p. 6 
“Balada final”, François Villon (traducción y nota: Edmundo Eichelbaum) p. 7 
“Yo busco unos ojos…”, Mercedes F. Z. de Giúdice p. 8 
“Gigi”, Dalton Trevisan (Brasil) (traducción: Ruy Rodríguez) p. 9-10 
[Publicidad de Ediciones Sunda] p. 10 
“A la gloria de las familias”, Enrique Molina p. 11 
“Mañana, que es domingo”, Egito Gonçalves (Portugal) (traducción: Ángel Crespo) p. 12 
“Estado de mareas”, Ruy Rodríguez p. 13 
“La mesa”, José Peroni p. 14 
“Herido”, Saúl Yurkievich p .15 
“Panqueque con crema”, reynaldo mariani pp. 16-17 
[Publicidad de la revista La loca poesía] p. 16 
[Publicidad de la revista Airón] p. 17 
Dalmiro pregunta a Dalmiro p. 18 
Portada “4 poetas norteamericanos Merton, Ginsberg, Oberweiser, Sherman” p. 19 
“Albada Harlem”, Thomas Merton (traducción: Ernesto Cardenal) p. 20 
“Chillido”, Allen Ginsberg (traducción: Julio Valmaggia y reynaldo mariani) p. 21 
“Suceso”, David Oberweiser (traducción: reynaldo mariani) p. 22 
“El palacio de la luna más baja”, Susan Sherman (traducción: Eduardo Costa y Malena Ezcurra) p. 23-26
[Publicidad de la revista Jazz Up] p. 26 
“Todo por una fotografía que no pude tomar”, Martín Micharvegas p. 27-28 
“Acerca… …de esto que hago”, René Palacios More p. 28-29 
[Publicidad de la revista Vigilia / Publicidad del libro Estado de alerta, de Ezequiel Saad, ediciones La lengua del dragón] p. 29 
“Una cubierta de automóvil”, Sergio Mulet p. 30 y p. 40 
 “Desde la habitación vecina”, Eduardo Aray (Venezuela) p. 31 
“Maconha”, Luisa Futoransky p. 31 
Portada “Dos poemas de Blaise Cendrars” p. 32 
“Eres más bella que el cielo y el mar”, Blaise Cendrars (versión y nota: René Palacios More) p. 33 
“El vientre de mi madre”, Blaise Cendrars (versión y nota: René Palacios More) p. 34-35 
Nota sobre Blaise Cendrars p. 35 
[Publicidad de Falbo Librero editor] p. 36 
“Contra”, Juana Ciesler p. 37 
“Uno”, Jorge Michel p. 38 
[Publicidad de la revista Mediodía] p. 38 
“Poema”, María del Carmen Suáres p. 39 
[Publicidad de la revista El corno emplumado] p. 40 
“Abajo” (fragmentos), Leonora Carrington (nota y traducción: César Moro) pp. 41-46 
[Publicidad de la casa de antigüedades Hogart] p. 47 
[Publicidad de la galería de arte Vignes] p. 47 
[Aviso “Se adhieren a Opium: Claudia Sánchez, Guillermo Smith, Ricardo Becher”] p. 47 
[Aviso de colaboraciones y correo para Opium] p. 47 
[Foto de violencia contra negros en EE. UU. con epígrafe de James Baldwin] p. 48   




Opium 4 

Baires, 1967

Tapa: Gustavo Trigo 
Responsables: ruy rodríguez – reynaldo mariani – sergio mulet 
Editor: Miguel Ángel Gómez Sanjaume 

[el número no tiene paginación] 

Manifiesto “han pasado muchas cosas en un año (…):” 
“Poema para gritar entre las ruinas” – Louis Aragón (traducción y notas: Victoria Rabín) 
“Mutilación” – Marcelo Fox 
[Publicidad de Ediciones Sunda B. A.] 
“Magia”, Arnaldo Acosta Bello (Venezuela) 
“Prosa”, G. Albert Aurier (traducción y nota: Álvaro Rodríguez) 
“La escena de la pirámide”, Philip Lamantia (USA) (traducción: José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal) 
[Publicidad de una ¿antología-revista? El Opiumtodo, anticipaba textos de mariani, rodriguez, mulet y néstor sánchez] 
Fragmento de Siberia blues, Néstor Sánchez 
“Al extranjero”, Rodolfo Hinostroza (Perú) 
“Costumbres nupciales de los perros”, “El vino”, Francis Ponge (traducción y nota: Enrique Molina)
[Publicidad de galería de arte Vignes] 
“La vida no es simétrica”, Rodolfo Relman 
[Publicidad de Sanjaume editor] 
“M”, Francisco Pérez Perdomo (Venezuela) 
“Fragmentos”, Victoria Rabín 
“Reportaje algo agresivo a mí mismo”, Roger Pla (nota: mariani) 
[Collage con la imagen de colaboradores de Opium
[Inscripción tipográfica: “¡Al truco jamás!”] 
“Cartas a André Breton”, Jacques Vaché (traducción y notas: ¿?) 
“Blanca acetileno!”, Jacques Vaché [Recorte en francés y traducido sobre el suicidio de Vaché con opio]” 
[Publicidad de la librería Los cronopios] 
“Regreso de un ciudadano (mamotreto n. 5)”, reynaldo mariani 
“Credo y técnica para prosa moderna” (en inglés y traducido), Jack Kerouac (traducción y nota: ¿Miguel Grinberg?) 
“Kerouac y los ángeles subterráneos”, Henry Miller (traducción y nota: Miguel Grinberg) 
 “El gusto de Miles”, Ted Joana (USA) (versión: Loses Carpartaco) 
[Publicidad de estudio de fotografía Estudio Caglioti] 
“El mal garza real”, Francisco Madariaga 
“La belleza tiene nombre”, Jorge Centofanti 
“Poema IV”, Sergio Mulet 
“Resaca”, Osvaldo Alcântara (Cabo Verde, África) (traducción: Ruy Rodríguez) 
“Inventario sobre la marihuana y ella”, Ruy Rodríguez 
[Aforismos], Oscar Wilde 
[Grabado antiguo de un fraile y un indígena con un telar] 
“Oraciones de un señor arrepentido”, Antonio Cisneros (Perú) 
“Billy the kid”, Jack Spicer (traducción y nota: Miguel Grinberg) 
[Aviso para colaboraciones y suscripciones a Opium
[Índice y responsables del número]

lunes, febrero 09, 2026

Los índices de la revista Opium (1a parte)

Los que pasaron por Lecturas y exhumación, quienes conocen este blog, saben que me interesan los paratextos. Le he dedicado, por ejemplo, posteos a las notas al pie de Carlos Correas

En esta ocasión, comparto un trabajito que me tomé como complemento al gran laburo realizado por Fede Barea, amigo de la casa, en su libro Argentina beat. Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (Caja Negra, 2016). Faltaba tener una visión más general de lo incluido en los cuatro números de la efímera publicación opiúfica. 

Me parecía relevante para notar: los vínculos con poetas y revistas de otros países y regiones del mundo (desde Brasil hasta África, pasando claro está por EE. UU.); las publicidades de locales de la época como el bar Moderno o la casa de antigüedades Hogart (¿algo que ver acaso con la madre Hogarth de OL?); las traducciones elegidas para marcar una tradición, como Alfred Jarry en el segundo número; otros poetas menores que quedaron olvidados en los márgenes de la literatura argentina (y que no entraron en Argentina beat, claro).

Van pues los índices de los números 1 y 2 1/2 de la revista Opium. En unos días subo los siguientes. Y recuerden: "Dios está en los paratextos". ¡Que los disfruten! 


Opium
n. 1 

Baires – Argentina Oct-Nov 1963 

Edita: Grupo OPIUM m. bartolomé – mariani – rodríguez – satz – l. bartolomé – fox 
Responsables: reynaldo mariani – ruy rodríguez 

En este número: jorge medina vidal (uruguay) miguel bartolomé reynaldo mariani ruy rodríguez mario satz marcelo fox rosa skific 

Suplemento: Poesía del Brasil (traducción y notas de Dilermanda Rocha) 
Viñeta: Grabado en madera – Daniel Zelaya 

“Madame”, Miguel Bartolomé p. 1 
“Entonces dijo el que de ellos hablaba”, Ruy Rodríguez p. 2 
“Hadad”, Mario Satz p. 2 
“Composición n. 1” y “Composición n. 3”, Jorge Medina Vidal p. 3 
“Poema”, Rosa Skific p. 3 
“Caca”, Reynaldo Mariani p. 4 
“Sombras”, Marcelo Fox p. 5 
[Publicidades de Eco contemporáneo, El corno emplumado y Librería Norte] p. 5 
[Datos de contacto con la revista] p. 5 
Manifiesto “Opium – opium – opium – opium…”, Grupo OPIUM [Octubre 1963] p. 6




Opium 2 ½ 

Año 2 n. 2 – junio y julio de 1965 

Grupo editor: isidoro laufer – ruy rodríguez – sergio mulet – reynaldo mariani 

Manifiesto “Porque no somos ángeles…” p. B [termina en p. U] 
“ABC de las catástrofes” (fragmento), Aníbal Machado (Brasil) p. C 
“No quisiera crepar”, Boris Vian (versión y nota: Leutrade Hucqtoeur) p. D-E 
“Epitafio”, Bertolt Brecht p. E 
“Enterremos en paz la guerra”, J. Mario (Colombia) p. F 
“Regreso de John Nobody, personaje imaginario aunque (quizás) no tanto”, reynaldo mariani p. G
“L’Opium”, Alfred Jarry (versión: René Palacios More) p. H-J 
[Dibujo de Mario Gómez] p. I 
“Tarma y las islas”, Ruy Rodríguez p. J 
Dos poetas africanos: “Mi canto Europa”, Tomás Medeiros (Isla Sao Tomé – África) // “Para más allá de la desesperación”, Ovidio Martins (Cabo Verde – África) (traducción: Ruy Rodríguez) p. L-M 
“Los héroes”, Juan Calzadilla (Venezuela) p. N 
[Publicidad de El corno emplumado] p. N 
“Poema báquico”, Yehudá Ha-Leví (poeta hispanohebreo - ¿1080-1140?) p. O 
“El trapecio”, Manuel Pacheco (España) p. O 
“Estoy pobre”, Isidoro Laufer p. P 
“La visita de la noche”, Henrique Simas (Brasil) p. Q 
 [Publicidad de Filmboard] p. Q 
“Poema 1” – Sergio Mulet p. R 
[Publicidad de Hogarth, local de antigüedades] p. R 
“Palabras antiguas”, Rafael Solana (México) p. S 
[Publicidad de Serna, local de cine] p. S 
“Envío”, Leopoldo José Bartolomé p. T 
[Publicidad de Falbo Librero editor] p. T 
[Publicidad de La loca poesía] p. U 
[Publicidad de Casa Vignes, galería de arte] p. U 
Continuación de Manifiesto “Porque no somos ángeles…” p. U 
[Publicidad de Ediciones Insurrexit y de próxima publicación editorial de Opium] p. V 
[Publicidad del bar Moderno] p. W 
[Publicidad de librería en Av. Corrientes 1740] p. W 
[Aviso sobre correspondencia y envíos a Opium] p. W 
[Publicidad de gráfica Imprimatur] p. Z

sábado, enero 31, 2026

Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico (entrevista de Guillermo Saavedra)

Leí a Peyceré hace unos años, como quien da un salto de fe. Había encontrado en saldo de la editorial Adriana Hidalgo, Las muchachas sudamericanas (antes llamada Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas) y me lo había llevado por referencias cruzadas provenientes de artículos y entrevistas de Fogwill, Aira y Laiseca. No podía ser un mal escritor, una obra despreciable, algo debía haber ahí... 

Efectivamente Las muchachas... me sorprendió gratamente y luego dos personas cercanas me hablaron del Evangelio apócrifo de Haddatah, el libro que mencionaban con énfasis los popes del contracanon literario nacional en los 80. Tardé en conseguirlo pero también lo hallé y lo leí con deleite, acá pueden leer una líneas al respecto. Ahora me gustaría leer todo lo que publicó, claro, y en eso estamos.

Hace unos días conversando con mi amigo M. M. sobre Peyceré me mencionó una entrevista desconocida para mí en un libro aún más desconocido: La curiosidad impertinente, un recopilación de entrevistas hechas por Guillermo Saavedra entre fines de los 80 y principios de los 90, publicada por Beatriz Viterbo. Además de Peyceré los nombres del índice son sorprendentes: Saer, Piglia, Bioy, Laiseca, Libertella, C. E. Feiling, Martini, Gusmán, Cohen, entre otros.

En fin, leí con mucho placer la entrevista de Saavedra a Peyceré y le sentí eso que su escritura me había transmitido: la fascinación con el pasado y con un vocabulario del pasado, la descripción detenida como una forma de narrar. Pasen y lean y si les llama la atención, no duden en darle una chance al autor de Las muchachas sudamericanas, que varios de sus libros se consiguen aún con facilidad.   


Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico 

Entrevista de Guillermo Saavedra 

Dedicado inicialmente a la medicina y aficionado al dibujo, Nicolás Peyceré fue derivando, de veinticinco años a esta parte, hacia el psicoanálisis y la literatura. Autor de textos de poesía y ensayo, prefiere que se mencionen sus tres libros de narrativa: Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas (1979), El evangelio apócrifo de Hadattah (1981) y La explicación (1986), además de sus Poemas elegidos (1991). En ellos se despliega un infrecuente proyecto experimental, que Peyceré insiste en discriminar del vanguardismo y la marginalidad. 

Razonablemente un poco menos joven que su escritura, canoso, de estatura y complexión medianas, Nicolás Peyceré parece haber cruzado los cincuenta años. Hay que deducirlo porque él, amparado en una mezcla de timidez e intransigencia principista, se rehúsa a ofrecer datos personales: “Si me proponen una entrevista, me imagino a alguien mirándome a través de una persiana. Prefiero exponer mi escritura en lugar de mi persona, porque no soy un actor, soy un escritor. Además, desconfío de las psicobiografías”. 

Cuando el cronista le promete no utilizar esos datos para intentar, a partir de ellos, una exégesis de sus libros, este hombre de grandes anteojos que parece rehuir también los largos parlamentos se atreve a escanciar algunas gotas de su historia: una infancia transcurrida en pleno centro porteño, estudios en el colegio Champagnat, la carrera de médico, un viaje por Europa que duró varios años, su desempeño como médico rural, su afición al dibujo. 

En algún momento —Peyceré no condesciende a dar razones, aduce no saberlas—, el psicoanálisis y la literatura comenzaron a desplazar a la medicina y el dibujo: “No fue una inclinación sino algo que sucedió. Yo pensaba seguir trabajando como médico rural, cosa que me gustaba mucho y aún sigue gustándome. De cualquier modo, reconozco una dedicación más o menos sistemática a la escritura desde hace veinte años. Pero me encuentro más cómodo con escritores jóvenes, con escritores de veinte años que con aquellos que tienen veinte años de escritores”. 


¿Cómo piensa la actividad literaria quien hace ya dos décadas le dedica algunos de sus mejores afanes? Peyceré —que hubiera preferido una entrevista “a la Gilles Deleuze” y sin embargo soporta estoicamente la presencia electrónica y nipona de un grabador maltrecho— dice, mientras se ayuda con unas anotaciones pertinentes: “Creo que, por un lado, están los escritores que constituyen la vanguardia. Pero ésta, en literatura, aparece más bien como un catálogo de autores. Las vanguardias se superponen, unas encima de las otras, de modo tal que, finalmente, todo es o ha sido vanguardia. Podría decirse incluso que los escritores de vanguardia suelen estar designados. Por otro lado, están los escritores nómades. De éstos, no se sabe. No están a los costados como los marginales sino en cualquier parte. Como dice Kafka: ‘Es imposible comprender cómo han penetrado hasta la capital; sin embargo, están allí, y cada mañana da la impresión de que su número ha aumentado’”. ¿Se considera un nómade el que dice —lee— estas palabras? “Podría ser —responde Peyceré, en un modo potencial que parece estar implícito en todas sus afirmaciones— pero el de nómade es un concepto que se emite desde un lugar central, desde un punto fijo. Por eso los nómades no saben de sí mismos. Dice Nietzsche, también, de ellos: ‘Llegan como el destino, sin causa, sin razón, sin miramientos, sin pretextos’”. Palabras, las de Kafka, las de Nietzsche, las del propio Peyceré, que hablan más de obras que de hombres. ¿Cómo son estas profanas, nómades escrituras? “Se trata de escrituras no situables, errabundas, desprolijas; textos inacabados aunque lleven la palabra ‘fin’. Los nómades tienen los horizontes desaliñados, los campos visuales cortados por escotomas y sus escrituras suelen ser arrancadas de crónicas; a veces, tienen todavía hilachas de esos arrancamientos. Son escrituras sentadas, como la figura egipcia Quah ab ra: no podemos hacer mucho con ellas”. 

¿Hay modelos para esta escritura transhumante? ¿Quiénes son los nómades de esta genealogía peycereana? El hombre tímido, apenas entrevisto, se dispone a espiar por las persianas de su propia memoria: “Pienso en escrituras muy antiguas. Por ejemplo Le roman de la rose (que por supuesto nada tiene que ver con El nombre de la rosa); pienso, también, en libros que no son estrictamente literarios, libros de botánica y de viajes; pienso en Julio Verne, en la Encyclopédie, en la Imagerie d’Epinal, vieja colección de láminas”. 

Inevitablemente, el hombre habla por su obra. En los textos de Peyceré, hay una insistencia en lo visual, una manera de representar su mundo que se vuelve obsesivamente sobre pinturas, grabados, láminas, dibujos. ¿Qué razones vuelcan la escritura sobre esas exposiciones? ¿Tal vez una inteligencia barthesiana que ofrece láminas para ser leídas? El nómade escritor y dibujante responde en voz muy baja: “Las láminas —también ciertas voces, ciertos gritos— constituyen una intermediación entre lo que escribo y lo que se llama la realidad. Obviamente, la intermediación está siempre; pero hay un uso distinto de ella en la lámina, en el lenguaje de mis obras. La escritura verosímil, el realismo, supone la mediación del lenguaje-institución, lo consensual, lo que está en boga. En el caso de mi escritura, reemplazaría la palabra ‘verosímil’ por el concepto de ‘intertextualidad’. Es decir, un texto que tiene como intermediación otro texto; pero ese texto ocasional no es lo que está en boga. Los nómades, en su errabundeo constante por infinidad de textos, se parecen a los hombres del paleolítico que eran, a la vez, recolectores y cazadores”. 


Peyceré —anteojos de gruesos cristales y sólido marco de nácar negro— ha sabido traducir su metáfora de los campos visuales, escotómicos, segmentados, en una obra que ofrece una mirada fragmentada de un mundo subjetivo: “Se puede hacer una artesanía sin deshacer la sintaxis; dejar palabras-frases sueltas que sean un relieve, donde las secuencias no sean causales sino seriales”. 

Relieve, serialidad: por las rendijas se escapa el peycereano celo por vincular su oficio de palabras con la pintura y con la música: “Creo que estas disciplinas artísticas poseen un lenguaje mucho más avanzado que el de la literatura. Por eso siempre estoy buscando esa hibridación que se produce cuando un escritor está sobresaltado por una pintura o por una percusión. Es entonces cuando los acontecimientos se unen a través de frases que son zeugma, o cartografías. Así como en la música la atonalidad es concebida como un sistema de relaciones sin puntos de referencia fijos, me interesan —del lenguaje— las mutaciones sintácticas, las enumeraciones con zeugma, las elipsis, la palabra imprevista. Estos serían los elementos de una técnica que se corresponden con esa imagen de los escotomas que antes mencionaba”. 

Elipsis, zeugma, escotomas: procedimientos que tienden a escamotear datos; una literatura que desde lo que dice y lo que muestra parece estar hablando de una ausencia. Lo que se elude, ¿se calla por pudor o por ignorancia? “Por ambas cosas —dice el hombre de nombre y apellido agudos—: a veces no digo más porque no sé más y, otras veces, por una cuestión de intimidad. En última instancia, no sé por qué escribo como escribo. Mi escritura sabe más que yo”.


Pero, ¿por qué fragmentos, por qué esquirlas de una realidad que se sospecha más vasta?, insiste el cronista a través de la persiana. Nicolás Peyceré duplica el plano de la charla: “Podría decirse que hay dos aspectos vinculados a mi escritura. Uno, que sería el de la ocasión y tiene que ver con mi vida; y otro, el de la técnica, es decir el de la artesanía. Si me preguntan por la fragmentación, por ejemplo, no sé muy bien qué pasa con ella. Pero sé que hubo una ocasión. Sobre todo en Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas, que inauguró ese tipo de escritura y que fue escrita en los escasos momentos libres que yo tenía y, en consecuencia, me llevaba forzosamente a la fragmentación. Después sí vino una suerte de justificación artesanal: pensé que el lector se fatigaría con textos muy largos, que debía dejar, entre fragmento y fragmento, espacios de respiración, de descanso”. 

¿Qué le ocurre a Peyceré como lector de su propia obra, una obra que, según él mismo dice sabe más que él mismo? ¿Vislumbra, tal vez, una teoría del conocimiento, una concepción de la literatura y del mundo? Sonriente, susurrando, amablemente, contesta revisando sus papeles: “Sucede que esta especie de nomadismo me aleja —creo que por suerte— de las teorías. Me pone más en ocasión con mi vida y con la artesanía. Algunos hablan de epistemología y hacen preguntas del tipo: ‘¿Qué uso?’, ‘¿Qué no-uso?’, ‘¿Qué es escribir?’. Estas no son preguntas que se haga el nómade artesano”. Claro que el nómade está a salvo de las teorías pero no del sentido: “Las escrituras nómades son como los caminos de las hormigas: las palabras van, llevan cosas, no se sabe bien para dónde. Pero, aun despojadas de contexto, o acompañando despojos de contextos, las palabras suelen tener sentido. Esto lo saben los nómades. Saben también que ese segundo despojamiento, el del sentido, ni siquiera se logra con la Ostranenie, la técnica de desfamiliarización de la que hablaba Shklovsky”. 

Evangelio apócrifo, Novela: desde el título mismo los textos de Peyceré ponen de manifiesto su carácter ficcional y delimitan su filiación genérica. ¿Cuál es la relación del errabundo voceador de láminas y los géneros? “La de los géneros es una cuestión que me interesa especialmente. Sobre ello, suelo hacerme dos preguntas: ¿Por qué ceñir los géneros a los tres de la preceptiva clásica? y ¿Por qué suprimirlos, por qué no dejarlos extendidos, ampliados, diseminados, incluso rasgados? Se me ocurre que hay una multitud de géneros, de vestiduras con las que una escritura puede presentarse. Citaré algunos, arbitrariamente: la menipea, a la que Joyce da nuevos aspectos en su Ulises; el género pornografía, que alcanza su excelencia en revistas como Squire o Elle; la crónica americana, como las Memorias del general Paz; la poesía narrativa, que luce en la obra de Cesare Pavese; la novela segmentada, que aparece en Las mil y una noches, en El Quijote, en Rayuela; el género crítica literaria, que hermosamente dio Roland Barthes; las enciclopedias devotas, como el Essai de Merveilles de Etienne Binet; ¿y qué género podríamos inventar para ubicar, por ejemplo, Las tentaciones de San Antonio de Flaubert?”. 


Dentro de ese panorama ejemplar e inconcluso que el escritor ha ofrecido, hay un género —el evangelio apócrifo— en el que admite haber incursionado. Este hombre, que en algún momento de la charla ha reclamado para el escritor “humildad para corregir intensamente los textos y circunspección para rodear de una esmerada atención cosas y sucederes” ha querido volver a contar la buena nueva. ¿Por qué escribir una historia tantas veces escrita, tanto tiempo atrás? La pregunta le viene de perlas al nómade discreto para musitar cordialmente, sin temor, ni temblor, su última cita: “¿Por qué construimos una silla? Para sentarnos, ¿verdad? ¿Y por qué seguimos construyéndola de igual forma que las anteriores? ¿Por qué repetimos? Tal vez porque, como dice Kierkegaard, lo que se repite en una repetición es justamente que no se repite”. 

Publicada en la revista Vuelta Sudamericana, Nro. 16, Buenos Aires, noviembre de 1986. Luego recopilada en el libro de entrevistas de Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, pp. 95-99.

domingo, enero 18, 2026

Marcelo Fox te invita a su masacre


La necesidad tiene cara de hereje y la literatura argentina añora las herejías del pasado. 

¿Qué mayor hereje que Marcelo Fox, un joven escritor perdido en la década del 60? 

Durante febrero, leeremos relatos, poemas, reseñas y los dos libros de Fox publicados en su vida breve: Invitación a la masacre (1965) y Señal de fuego (1968). 

¿Que si habrá otros invitados? Claro que sí: frecuentaremos los bares de la Manzana Loca, las páginas de Opium y otras revistas olvidadas, y acompañarán nuestros pasos Alberto Laiseca e Ithacar Jalí, entre otros y otras. 

Si te interesa conocer y leer al gordo Fox, la invitación a su masacre queda extendida. Arrancamos en febrero. 

¡Más info al mail golosinacanibalblog@gmail.com!

jueves, enero 15, 2026

Las dedicatorias de Marcelo Fox



Esta muestra organizada por el área de Investigaciones de la Biblioteca Nacional fue un gran evento de 2025. La idea era seleccionar distintos libros del acervo de la Biblioteca que tuvieran dedicatorias y tratar de leer en esos breves mensajes algún vínculo, algún sentimiento, alguna historia. Hay elucubraciones fantásticas, les recomiendo que chusmeen el catálogo

Tuve la fortuna y el gusto de participar en el catálogo con dos textos, uno sobre dedicatorias de puño y letra de J. R. Wilcock; y otro sobre dedicatorias de Marcelo Fox al historiador Fermín Chávez. 

A continuación dejo este segundo texto. ¡Espero que lo disfruten!



Otro milagro secreto


Que dos ejemplares de un escritor perdido en las notas al pie de la literatura argentina como Marcelo Fox se conserven en el acervo de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno parece una curiosidad. Ahora bien, si ambos volúmenes además están dedicados de puño, letra y signo y dirigidos a la misma persona, el historiador revisionista Fermín Chávez, nos encontramos sencillamente ante un milagro. No es extraño que alrededor de Fox, de su precipitada vida, de su escritura oscura y profética aparezca un —otro— milagro secreto. 

En el crisol de las ideologías de los años sesenta, Fox publica Invitación a la masacre (Falbo Editor, 1965) y Señal de fuego (Yelpo Editor, 1968). Años después, escritores como Fogwill y Laiseca se encargarían de difundir su primer libro a través de fotocopias y con la convicción de que Fox había sido un verdadero genio (como todo genio, un muerto joven: en 1972, con apenas 30 años). No existe un archivo de vida y obra del “gordo” Fox. Se cuenta, por ejemplo, que Señal de fuego circulaba casi de mano en mano, que la tirada fue breve y secreta. Un largo manto de olvido, silencio e incomodidad cubre su producción y su historia. ¿Cómo recordar a un poeta que gritaba “Soy nazi, soy comunista” en las lecturas de la movida beatnik? ¿Qué decir sobre el joven de dos metros de altura y doscientos kilos que atravesaba las calles de la Manzana Loca porteña vistiendo una capota de la Gestapo? ¿Cuál es la clave para leer un libro como Señal de fuego, publicado en el año del Mayo francés, en cuyas páginas conviven aforismos y esvásticas grabadas en tinta roja? 

Las dedicatorias a Fermín Chávez abren más interrogantes alrededor de la vida y la obra de Marcelo Fox, un habitante del lado B de la literatura argentina. Desde fines de los años cincuenta, después de haberse acercado al peronismo desde el nacionalismo católico, Chávez comienza a cimentar las bases de su obra: una revisión de la historia nacional. ¿Fox lo habrá leído? Él, un joven escritor con ínfulas de maldito, ¿se habrá visto a su vez seducido por el hecho maldito de la política argentina? Algunos años antes, había dedicado un ejemplar de Invitación a la masacre (hoy parte de una colección privada) con estas palabras: "A Pedro Catella, Gran Inquisidor para congraciarse y evitar la Gran Hoguera". Catella, ¿hijo o padre? De seguro con vínculo cercano a Alicia Eguren y a la Resistencia Peronista. ¿Otro posible grado de cercanía entre Fox y el peronismo? ¿Cuál peronismo? 



En cuanto a las dedicatorias a Chávez, la primera es escueta; elocuente, en cambio, la de Señal de fuego. Se ve una cruz ansada, proveniente del esoterismo egipcio y vinculada con el renacimiento y la inmortalidad; se ve también una firma en donde el apellido se transforma en líneas, en trazos, en un código a descifrar. No hay muestras de afecto, no hay señas de cercanía, está la mano de Fox grabando sus sigilos poéticos, es decir, proféticos. Acaso, como sugiere Diego Arandojo, se esconde en esa firma una mistificación antigua y pagana: Marcelo TOTH. El dios egipcio Toth, con cabeza de pájaro, lleva en una de sus manos la cruz ansada; es el dios de la magia y de la muerte, mediador entre vivos y muertos. Hay una última pregunta: ¿Chávez habrá leído Señal de fuego? ¿Habrá sentido, entre esos aforismos apocalípticos y esas cruces gamadas de sangre, alguna profecía de los tiempos por venir, tiempos cargados de violencia, de persecución y de ríos de sangre firmados por tres letras A?


El resto del increíble catálogo de la muestra se puede leer por acá.
 

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