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miércoles, abril 27, 2016

"Bastó con contenerme de hablar de extraterrestes y drogas": entrevista a Bob Chow

A principios de abril, se hizo público el veredicto en el Premio La Bestia Equilátera de novela, organizado por la editorial con el mismo nombre, Una brecha y Mecenazgo cultural. El jurado, compuesto por Luis Chitarroni, Lucía Puenzo y Oliverio Coelho, dictaminó:
"Si en la literatura existiera una corriente psicodélica, Todos contra todos y cada uno contra sí mismo sería uno de los grandes exponentes del siglo XXI. Bob Chow mixtura los fantasmas de la sociedad contemporánea y sus representaciones paranoicas del amor gracias a la formidable sucesión de escenas, el suministro de hallazgos verbales y la invención de personajes, que son en gran medida, resabios de la sabiduría de los géneros. Se trata sin duda de un logro que revela, en un contexto altamente competitivo y contra cualquier escepticismo, la buena salud de la que goza hoy la narrativa hispanoamericana".


Bob Chow parece cotizar en alza en la bolsa de valores de la literatura argentina de 2016. Hace dos años su novela El momento de debilidad (Ed. Nudista) apareció con un estilo extraño (alejado del tono autobiográfico y del costumbrismo bonaerense, del fantástico efectista y de la novela generacional): una mezcla de tecnología y desechos, narración irónica y turismo exótico, mueca forzada y preciosismo lingüístico. Este año arranca con El Águila ha llegado (Ed. Nudista), promete La máquina de rezar (Ed. Marciana) y, para colmo, gana el Premio La Bestia Equilátera, cuyo galardón consiste en un adelante económico y en la publicación de una tercer obra: Todos contra todos y cada uno contra sí mismo. Es decir, de repente, Bob Chow rompe el molde y se despacha en un mismo año con tres libros. Habrá que seguirle la pista para ver qué nos ofrece desde su corriente psicodélica y cuáles son esos fantasmas de la sociedad contemporánea que se anima a convocar.
En todo caso, acá van unas preguntas que tuvo la amabilidad de responder sobre el premio ganado y sobre su nueva novela publicada por la hermosa editorial Nudista:  

Golosina Caníbal: Arranquemos por el punto de partida: ¿por qué te presentaste al Premio de Novela de La Bestia Equilátera? ¿Tenías la novela terminada o la cerraste para el concurso?
Bob Chow: Como los sicarios, trabajo x encargo. Tenía buenas ref. de Chitarroni y había otras 40 mil razones.
GC: ¿Qué sentiste cuando avisaron que eras el ganador del premio? ¿Cómo te llegó la noticia?
BCh: Sentí que mi multiventa a todo tipo de diablos/as y entidades del espectro electromagnético empezaba a dar frutos.
Noticia llegó por teléfono un lunes 10 a.m., cuando uno tiende al suicidio. Lo que festejé de manera escandalosa fue llegar entre los 10 primeros. Para mí no es tan importante ganar como poder jugar.


GC: Pasemos a la novela premiada: ¿qué nos podés contar, sin spoilear demasiado, sobre Todos contra todos y cada uno contra sí mismo? ¿Dialoga este nuevo libro con tu primera novela, El momento de debilidad, y con las que se están publicando este año, El Águila ha llegado y La máquina de rezar?
BCh: Se podría decir que es el mismo fantasma con distinta sábana. Se malentiende con EMDD y LMDR. El 50% de las cosas me ocurrieron y, para el resto, tuve fuertes visiones. El objetivo del proyecto TCTYCUCSM era esa cosa fea llamada ganar; bastó con contenerme de hablar de extraterrestres y drogas (o su combinación: extraterrestres drogados).
GC: ¿Qué representa para vos como escritor ganar un premio literario, en términos editoriales pero también económicos?
BCh: ¿No era Luca Prodán el que dijo: "Músico es el que vive de la música"? X ahora la escritura es un hobby. Que haya editoriales, como La Bestia Equilátera, que promuevan premios literarios tentadore$ conmueve.
GC: ¿Qué autores o libros repercuten en tu escritura? ¿Qué pensás sobre esa "corriente psicodélica" que el jurado del premio lee en tu novela inédita?
BCh: Leo por arriba, como los robots cibernéticos, una cantidad infernal de autores y bolas de datos, simultánea, aleatoriamente. Si los grandes literatos del siglo pasado fueron Lacan, Freud, Marx, hoy los que más me gustan cómo expresan la literatura son los filósofos, eg. Sloterdijk y Agamben.
Me encantó que el jurado haya usado esa frase porque, ¿qué puede hacer un pobre hombre más que turismo mental?


GC: En estos días también estás publicando El Águila ha llegado, por la editorial cordobesa Nudista, una novela que viene con banda sonora incluida. ¿Qué nos podés contar sobre tu segundo libro? ¿Cómo llegaron a la idea de incluir un cd con la novela?
BCh: Publicar una novela junto con un CD es una de las razones x las que a Martín Maigua, CEO de Nudista, se lo conoce también como Supermaigua.
Ana Tarántola, la mujer del productor del disco, fue una de las pocas personas que lo veía semanalmente a Gustavo Cerati en coma. En esa época, ego andaba buscando un fantasma para escribir. Mientras grababa, ocurrieron en esa sala de grabación algunas cosas —para la revista Cuarta Dimensión— que aproveché a discreción. No menos importante para «el proyecto» fue que el físico-matemático-leñador, y ahora modelo medieval, Gustavo Guerber, @gguerber, dijera, vía twitter, que "le gustaría ser el personaje de una novela de esos nuevos escritores". Una insider de la literatura dijo que tenía que ser yo (con ligereza, no sé) y sólo hice caso. Cuando construyeron el robotoide, a.k.a. Bob Chow, pusieron una línea de código que dice: "Bob Chow no tiene sentido del humor".

sábado, febrero 11, 2012

Minotauro pynchoniano


Pronto, según la dialéctica del Libro, Pointsman estará solo, se deslizará por un negro campo hacia la isotropía, hacia el cero, con la esperanza de ser el último en irse... ¿Habrá tiempo? Él tiene que sobrevivir..., intentar conseguir el Premio, no por su propia gloria, no, sino para cumplir una promesa para con el grupo humano de siete al que perteneció en otro tiempo, aquel grupo que no lo consiguió... Aquí está la imagen de un médium, iluminado desde atrás, solo junto a la alta ventana del Grand Hotel, el vaso de whisky alzado hacia el límpido cielo subártico y «por ustedes, pues, camaradas; mañana todos nosotros estaremos en escena; ocurre que sólo Ned Poinstman nos sobrevivió a todos, eso es todo...». A ESTOCOLMO... Su grito de combate, y, después de Estocolmo, un borroso, un prolongado y dorado anochecer...
Sí, cierta vez creyó que lo estaba esperando un Minotauro, ¿saben?: solía soñar que él corría hasta la última sala, la bruñida espada a punto, gritando como el jefe de un comando, soltándolo todo al final: un auténtico y maravilloso climax de vida en su interior por primera y última vez, mientras el rostro se volvía hacia él, viejo, cansado, sin captar nada de la humanidad de Pointsman, sólo dispuesto a presumir ante él con otra rozadura de cuerno, otro golpe de pezuña, convertidos en rutina desde hacía mucho tiempo (pero esta vez habría lucha: Minotauro sangrante, la maldita bestia; gritos desde lo más profundo de su propio interior, cuya virilidad y violencia lo sorprenderían)... Éste era el sueño. Los lugares y las caras cambiaban; poco de él sobrevivía, salvo la estructura, a la primera taza de café y a la plana pastilla beige de bencedrina. Podía ser un parque de camiones al amanecer, el pavimento recientemente regado con mangueras, lleno de manchas marrones de grasa; los camiones con toldos de color oliva, cada uno con un secreto, todos ellos esperando..., pero él sabe que en el interior de uno de estos vehículos...Y, por fin, tras una detenida rebusca, lo encuentra: el código identificatorio más allá de las voces; sube a la parte trasera, bajo la lona, espera bajo la luz parda y opaca hasta que, a través de la borrosa ventanilla oblonga de la cabina, aparece un rostro, un rostro que él sabe que empieza a volverse..., pero la estructura fundamental es el rostro que se vuelve, el encuentro de los ojos... Acecha el Reichssieger von Thanatz Alpdrucken, el más esquivo de los sabuesos nazis, campeón en Weimar en 1941, que lleva tatuado dentro de la oreja el número 416832 del registro genealógico tras haber cruzado una Alemania londresificada, con su cada vez menor forma de hígado gris, galopando junto a sombríos canales sembrados de desperdicios de la guerra, entre estallidos de cohetes que nunca lo alcanzan, siempre perseguido, una placa grabada con explosiones, el plano de una ciudad destinada a la inmolación, el de una corteza cerebral humana y otra canina, la oreja del perro ligeramente inclinada, la parte superior de su cráneo reflejando claramente las nubes invernales, metiéndose en un refugio acorazado que se encuentra a varias millas por debajo de la ciudad, una ópera de intriga balcánica en cuya hermética seguridad, en medio de cuyos racimos de disonancia azul irregularmente marcados, Pointsman es incapaz de huir por completo debido al modo de insistir del Reichssieger, siempre en primer plano, sereno, imposible de anular, y de cuya persecución literal regresa de este modo, debe regresar una y otra vez en un rondó febril hasta que, por último, van a parar a la ladera de una colina, al final de una larga tarde de partes enviados por Armagedón, entre hileras escarlata de buganvilla, senderos dorados donde se alza el polvo, columnas de humo a lo lejos sobre la ciudad tentacular que ambos han atravesado, voces en el aire que dicen que América del Sur ha ardido hasta convertirse en cenizas, que el cielo de Nueva York se ha convertido en brillante púrpura debido al nuevo y todopoderoso rayo de la muerte..., y es aquí, por fin, donde el perro gris puede volverse y con sus ambarinos ojos mirar los de Ned Poinstman...
Cada vez, a cada cambio de dirección, su sangre y su corazón son acariciados, batidos, elevados con alborozo e impulsados hacia la helada noctiluca, hacia la fundente y fulgurante termita, mezcla de aluminio y óxido de hierro, de las bombas incendiarias, mientras él comienza a despedir una luz incontenible, mientras las paredes de la cámara adquieren un vivo matiz sangriento, naranja, luego blanco, y comienzan a deslizarse, a fluir como cera..., es un laberinto derrumbándose en anillos hacia fuera, héroe y horror, ingeniero y Ariadna consumidos, fundidos dentro de la luz de él, la loca explosión de él...
Hace ya años. Sueños que apenas recuerda. Hace mucho que los intermediarios han dejado de estar entre él y su bestia final. Le negarían incluso la mísera perversidad de estar enamorado de su propia muerte...
Pero ahora, con Slothrop en el asunto —ángel repentino, sorpresa termodinámica o lo que sea—, ¿cambiará algo? ¿Es posible que Pointsman llegue a tentar al Minotauro, al fin y al cabo?

Pynchon, Thomas (2002[1973]): El arcoiris de gravedad, Barcelona, Tusquets, pp. 219-222.

martes, octubre 11, 2011

Hänsel y Gretel pynchonianos


Ante las imágenes que ve en el espejo, la muchacha también siente el placer de un operador de cine, pero además sabe lo que él no puede saber: que dentro de sí misma, debajo de la superficie soignée, de hermosa tela y células muertas, ella es corrupción y cenizas; pertenece, cruelmente, de un modo que ninguno de ellos puede imaginarse, al Horno..., al Der Kinderofen, al Horno de los Niños... Recuerda ahora los dientes de él, largos, terribles, manchados de lustrosa podredumbre marrón, mientras dice esas palabras en alemán..., los dientes del capitán Blicero, la ristra de hendeduras manchadas que, en su respiración nocturna —ella también lo recuerda—, en el oscuro horno de sí mismo, siempre dejan oír el murmullo de la podredumbre... Ahora ella recuerda sus dientes más que cualquier otro rasgo, aquellos dientes que se beneficiaron tan directamente del Horno: de lo que se planea para ella y para Gottfried. Él nunca lo mencionó de forma clara como una amenaza ni se dirigió directamente a ninguno de ellos, sino que lo hizo a través de los entrenados muslos de raso de ella, o bajando a lo largo del dócil espinazo de Gottfried («el Eje Roma-Berlín», lo llamó la noche en que estuvo el italiano, cuando todos se hallaban en la cama redonda, el capitán Blicero enchufado en el agujero del culo levantado de Gottfried y recibiendo, al mismo tiempo, al italiano en su bonita boca), Katje sólo pasiva, atada y amordazada, con sus pestañas postizas, sirviendo aquella noche de almohada humana a los rizos perfumados y canosos del italiano..., cada palabra una flor cerrada, susceptible de exfoliación y de revelación infinita (ella piensa en una función matemática que se expandirá para ella como un capullo al abrirse, en una serie de potencias sin término general, progresando infinitamente, oscuramente, aunque jamás del todo por sorpresa)..., su frase “Padre Ignacio”, exponiéndose al inquisidor español, sotana negra, morena nariz maliciosa, el asfixiante olor a incienso + confesor/verdugo + Katje y Gottfried, ambos arrodillados, el uno al lado del otro ante un oscuro confesonario + niños del viejo Marchen, el cuento alemán, arrodillados, rodillas frías y doloridas, delante del Horno, susurrándole secretos que no pueden contar a nadie más + paranoia de brujo del capitán Blicero, sospechando de ambos, de Katje a pesar de sus credenciales satisfactorias + el Horno como oyente/vengador + Katje arrodillada ante Blicero en un esfuerzo supremo, terciopelo negro y tacones altos, su pene aplastado, invisible bajo un suspensorio de cuero color carne sobre el que lleva un piloso pubis y una vagina de piel de marta cebellina falsos, ambos hechos a mano por la famosa Madame Ophir, los simulados labios y el clítoris púrpura brillante modelados —Madame ha sido mezquina, pretextando escasez—, caucho sintético y Mipolam, el nuevo cloruro polivinílico..., diminutas hojas de acero inoxidable se erizan desde la rosada humedad casi natural, centenares de éstas, contra las que Katje, de rodillas, está obligada a cortarse en los labios y la lengua, para luego besar, esparciendo residuos sanguinolentos, el dorado trasero de su «hermano» Gottfried. Hermano en el juego, en la esclavitud... Ella nunca lo había visto antes de ir a la casa requisada cercana a la zona de lanzamiento de cohetes, oculta en el bosque y parque natural de esta ordenada franja de pequeñas granjas y fincas que sale hacia el este desde la ciudad real, entre dos extensiones de pólder, hacia Wassenaar; pero el rostro del chico, esa primera vez, visto bajo la luz del sol otoñal a través de la gran ventana occidental del salón, arrodillado, desnudo con excepción de un collar tachonado de perro, masturbándose metronómicamente según las órdenes gritadas por el capitán Blicero, toda su delicada piel manchada por la luz de una tarde de color naranja sintético, tono que ella nunca había asociado con la epidermis, su pene hecho un monolito de sangre, cuyo glande, pegajosamente jadeante, resulta audible en el alfombrado silencio, su rostro levantado a veces, más que hacia alguno de ellos, hacia algo que parece ver en el techo, o en el cielo que en su visión pueden representar los techos, aunque, al parecer, permanece la mayor parte del tiempo con los ojos bajos, con su rostro que se vuelve tenso y se endurece, que viene hacia ella, que al llegar tan cerca de lo que la muchacha ha visto durante toda su vida en los espejos, su propia mirada estudiada de modelo, le hace contener la respiración, le hace sentir por un momento la acelerada percusión de su corazón, antes de volver exactamente esa mirada hacia Blicero. Éste queda encantado.
— Quizá te corto el pelo —dice Blicero a Katje, sonriendo—, o quizás hago que él se lo deje crecer.
La humillación sería buena para el muchacho, cada mañana, en los cuarteles, formando con los de su batería cerca de la plataforma de lanzamiento 3, para ese chico que fracasó una y otra vez en las inspecciones pese a estar protegido de la disciplina del ejército por su capitán. En cambio, entre los lanzamientos de día o de noche, falto de sueño, a horas intempestivas, sufría los sádicos castigos del capitán. ¿Pero llegó Blicero a cortarle el pelo a ella? Ahora la muchacha no puede recordarlo. Sabe que, una o dos veces, se puso los uniformes de Gottfried (recogiéndose el pelo hacia arriba, sí, dentro de la gorra de visera, y que pasó fácilmente por su doble, que se hospedó esas noches «en la jaula», tal como ordenaban las reglas de Blicero, mientras que Gottfried tenía que ponerse las medias de seda de ella, su delantal de encaje y su cofia, todo su raso y su organdí con lazos). Pero, después, el chico tenía que regresar a la jaula. Así era la cosa. El capitán de ambos no se permitía dudar de cuál, hermano o hermana, era en verdad criada y cuál ganso de engorde.
¿Hasta qué punto seguía ella seriamente el juego? En un país conquistado, el propio país ocupado, es mejor, creía ella, adaptarse a una versión formal, racionalizada, de lo que ocurría en el exterior sin forma ni límite razonable durante el día o la noche, como las ejecuciones sumarias, las palizas, los subterfugios, la paranoia, la vergüenza... Aunque nunca se había hablado abiertamente del tema entre ellos, parecía que Katje, Gottfried y el capitán Blicero estaban de acuerdo en que vivir esta antigua narración septentrional (Hänsel y Gretel), que todos conocen y en la que se encuentran a sus anchas —los niños extraviados, la bruja de la casa comestible, el cautiverio, el engorde, el Horno—, sería su rutina protectora, su refugio contra lo que, en el exterior, ninguno de ellos podía soportar: la Guerra, la ley absoluta de la casualidad, su lamentable contingencia en aquel lugar, en medio de ella...

Pynchon, Thomas (2002[1973]): El arco iris de gravedad, Barcelona, Tusquets, pp. 148-150.

lunes, julio 04, 2011

La flexión paranoica (II)


Change your name to Miles, Dean, Serge, and/or Leonard, baby, she advised her reflection in the hall; light of that afternoon's vanity mirror. Either way, they'll call it paranoia. They. Either you have stumbled indeed, without the aid of LSD or other indole alkaloids, onto a secret richness and concealed density of dream; onto a network by which X number of Americans are truly communicating whilst reserving their lies, recitations of routine, arid betrayals of spiritual poverty, for the official government delivery system; maybe even onto a real alternative to the exitlessness, to the absence of surprise to life, that harrows the head of everybody American you know, and you too, sweetie. Or you are hallucinating it. Or a plot has been mounted against you, so expensive and elaborate, involving items like the forging of stamps and ancient books, constant surveillance of your movements, planting of post horn images all over San Francisco, bribing of librarians, hiring of professional actors and Pierce Inverarity only knows what-all besides, all financed out of the estate in a way either too secret or too involved for your non-legal mind to know about even though you are co-executor, so labyrinthine that it must have meaning beyond just a practical joke. Or you are fantasying some such plot, in which case you are a nut, Oedipa, out of your skull.
Those, now that she was looking at them, she saw to be the alternatives. Those symmetrical four. She didn't like any of them, but hoped she was mentally ill; that that's all it was. That night she sat for hours, too numb even to drink, teaching herself to breathe in a vacuum. For this, oh God, was the void. There was nobody who could help her. Nobody in the world. They were all on something, mad, possible enemies, dead.

Pynchon, Thomas (1986 [1966]): The crying of lot 49, New York, Harper & Row, 170-171.

Ya puedes empezar a llamarte Miles, Dean, Serge y/o Leonard, querida, recomendó al reflejo que le devolvía el espejo del tocador en la penumbra de la tarde. De todos modos van a llamarte paranoide. Ellos. O te has dado de narices, sin necesidad de tomar LSD ni otros alcaloides del indol, con un delirio condensado y pletórico de detalles; con una red que una cantidad indeterminada de norteamericanos utiliza para comunicarse en serio mientras guarda sus mentiras, sus monsergas cotidianas y su patente pobreza de espíritu para el correo oficial; puede que incluso con una auténtica alternativa a la falta de salidas, a esa vida carente de sorpresas que tortura a todos los norteamericanos que conoces, incluida tú, querida. O se trata de una alucinación. O de una intriga contra ti, una intriga complicadísima, que no ha reparado en gastos y que ha supuesto actividades como falsificar sellos y libros antiguos, vigilar continuamente tus movimientos, llenar San Francisco de trompas con sordina, sobornar a libreros, contratar a actores profesionales y un sinfín de detalles secundarios que sólo Dios y Pierce Inverarity conocían, y todo ello sufragado con el dinero de la herencia de un modo o demasiado secreto o demasiado enrevesado para que se entere tu cabecita que nada sabe de asuntos jurídicos, aunque seas coalbacea, una intriga tan tortuosa que por fuerza tiene que ser algo más que una broma pesada. O te has imaginado que existe tal intriga, en cuyo caso estás chiflada, Edipa, te falta un tornillo.
Mirándolo bien, tales eran las únicas alternativas posibles. El cuarteto equivalente. Ninguna de ellas le hacía gracia, pero prefería estar mentalmente enferma y que a esto se redujera todo. Aquella noche estuvo horas, demasiado embotada incluso para emborracharse, aprendiendo a respirar en el vacío. ¡Porque aquello era el vacío, rediós! Y nadie podía ayudarla. Nadie en el mundo. Todos estaban metidos en algo, o estaban locos, o eran presuntos enemigos, o estaban muertos.

Pynchon, Thomas (2010 [1966]): La subasta del lote 49, Buenos Aires, Tusquets, 170-171.

martes, junio 14, 2011

La flexión paranoica (I)


At some indefinite passage in night's sonorous score, it also came to her that she would be safe, that something, perhaps only her linearly fading drunkenness, would protect her. The city was hers, as, made up and sleeked so with the customary words and images (cosmopolitan, culture, cable cars) it had not been before: she had safe-passage tonight to its far blood's branchings, be they capillaries too small for more than peering into, or vessels mashed together in shameless municipal hickeys, out on the skin for all but tourists to see. Nothing of the night's could touch her; nothing did. The repetition of symbols was to be enough, without trauma as well perhaps to attenuate it or even jar it altogether loose from her memory. She was meant to remember. She faced that possibility as she might the toy street from a high balcony, roller-coaster ride, feeding-time among the beasts in a zoo—any death-wish that can be consummated by some minimum gesture. She touched the edge of its voluptuous field, knowing it would be lovely beyond dreams simply to submit to it; that not gravity's pull, laws of ballistics, feral ravening, promised more delight. She tested it, shivering: I am meant to remember. Each clue that comes is supposed to have its own clarity, its fine chances for permanence. But then she wondered if the gemlike "clues" were only some kind of compensation. To make up for her having lost the direct, epileptic Word, the cry that might abolish the night.

Pynchon, Thomas (1986 [1966]): The crying of lot 49, New York, Harper & Row, 117-118.

En un compás indeterminado de la resonante partitura de la noche se le ocurrió también que estaba segura, que algo la protegía, aunque tal vez fuese sólo la borrachera que se le despejaba linealmente. La ciudad, maquillada y acicalada con las palabras e imágenes de costumbre (cosmopolita, cultura, tranvías), era suya como nunca hasta entonces lo había sido; aquella noche tenía libre acceso a los ramales más lejanos de su sistema circulatorio, tanto a los capilares demasiado pequeños para ser observados, como a los vasos apelotonados y aplastados de los impúdicos granos municipales, a flor de piel para que todos salvo los turistas los vieran. Nada de la noche podía conmoverla, nada la conmovió. La reiteración de los símbolos bastaría, puede que además sin conmociones, para minimizar la noche, incluso para desgajársela de la memoria. Estaba condenada a recordar. Encaró la posibilidad como habría podido encarar la calle en miniatura desde un balcón muy alto, un viaje en la montaña rusa, la hora de la comida de los animales del zoológico; un deseo de muerte que puede satisfacerse con el mínimo ademán. Rozó el borde del área voluptuosa de dicho deseo, consciente de que sucumbir a él sin más superaría todo lo imaginable; de que la atracción gravitatoria, las leyes de la balística y la voracidad salvaje no le prometían más dulzuras. Hizo la prueba, con un escalofrío: estoy condenada a recordar. Cada indicio que se presenta tiene que poseer su propia diafanidad, sus inequívocas posibilidades de permanencia. Pero como es lógico se preguntó si estos «indicios» diamantinos no serían más que formas de compensación. Para reparar la pérdida de la Palabra directa y epiléptica, el grito que podía anular la noche.

Pynchon, Thomas (2010 [1966]): La subasta del lote 49, Buenos Aires, Tusquets, 118.

sábado, marzo 19, 2011

Queremos tanto a Pynchon


Un fanático de Gravity's rainbow emprende una odisea (y la logra de forma bastante acabada): ilustrar cada página de la hermosísima novela de Pynchon. Disfruten.

domingo, enero 23, 2011

Rapunzel pynchoniana

Según se comprobó más tarde, habría descubrimientos para todos los gustos. No precisamente sobre Pierce Inverarity o sobre Edipa Maas; sino sobre lo que faltaba, pero que, en cierto modo, antes de aquello, había quedado al margen. Dominaba en conjunto un no sé qué de amortiguamiento, de aislamiento, la misma Edipa había comprobado que faltaba allí cierto sentido de la definición, como cuando se ve una película un tanto desenfocada que el operador no acaba de ajustar. Y que la había llevado amablemente de la mano a interpretar el extraño papel rapunzeliano de muchacha pensativa mágicamente prisionera, hasta cierto punto, entre los pinos y nieblas saladas de Kinneret, en busca de alguien que le dijera: vamos, suéltate el pelo. Como resultó que se trataba de Pierce, ella se había quitado las horquillas y los rulos con alegría, y la cabellera se había desplomado cual murmurante y exquisita cascada, pero cuando Pierce había escalado más o menos la mitad, la cabellera encantadora se transformó, mediante infausto sortilegio, en una gigantesca peluca sin elásticos, y él se dio una culada de miedo. No obstante, intrépido como era, y sirviéndose tal vez de una de sus muchas tarjetas de crédito a modo de palanqueta, había forzado la cerradura de la puerta de la edípica torre y subido los conquiformes peldaños, cosa que, de haber tenido un poco más de picardía natural, habría hecho desde el principio. Pero nada de cuanto había sucedido entonces entre ellos había salido jamás de los muros de la torre. En Ciudad de México, sin darse cuenta, habían acabado por entrar en una exposición de cuadros de la guapa española exiliada Remedios Varo; en el panel central de un tríptico titulado Bordando el manto terrestre había una serie de niñas delgaduchas con cara de corazón, ojos grandes, cabellera de oro en rama, encerradas en el habitáculo superior de una torre circular, bordando una especie de tapiz que se salía por las troneras y caía al vacío, tratando inútilmente de llenarlo: pues los demás edificios y criaturas, olas, barcos y bosques de la Tierra estaban dentro del tapiz y el tapiz era el mundo. Edipa, con morbo, se había detenido ante el cuadro y se había echado a llorar. Nadie se había dado cuenta; llevaba gafas semi-esféricas de color verde oscuro. Durante un instante se había preguntado si la goma que las ajustaba alrededor de las cuencas estaría lo bastante prieta para dejar que fluyesen las lágrimas y llenaran los cristales semiesféricos sin secarse nunca. De este modo podría llevar eternamente consigo la tristeza del momento, ver el mundo refractado por las lágrimas, por aquellas lágrimas concretas, como si indicaciones no descubiertas aún variasen significativamente entre un llanto y otro. Se había mirado los pies y sabido entonces, gracias a un cuadro, que el punto en que aquéllos se apoyaban se había tejido apenas a tres mil kilómetros de distancia, en su propia torre, que por pura casualidad se llamaba México, y que Pierce, en consecuencia, no la había sacado de ninguna parte, que no había habido huida. ¿De qué deseaba tanto huir? Una doncella cautiva de esta índole, con tiempo de sobra para pensar, advierte muy pronto que la torre, su altitud y formas arquitectónicas son como el ser de la doncella casualidad pura: y que lo que en realidad la mantiene donde está es la magia, sin nombre, perversa, que le cayó encima desde el exterior y sin el menor motivo. Al no tener más instrumental que miedo instintivo y astucia femenina para analizar esta magia sin forma, para comprender su funcionamiento, medir su radio de acción, contar sus líneas de fuerza, puede caer en la superstición, o adoptar una distracción aprovechable como el arte de la aguja, o volverse loca, o casarse con un pinchadiscos. Si la torre está en todas partes y el caballero libertador es impotente frente a su magia, ¿qué más puede hacerse?
Fuente: Pynchon, Thomas ([1964] 2010): La subasta del lote 49, Buenos Aires, Tusquets, 19-21.

lunes, octubre 05, 2009

Proverbios para paranoicos (Vía Pynchon)



Paso en limpio algo de sabiduría pynchoniana:

Proverbs for paranoids

Proverbs for Paranoids, 1: You may never get to touch the Master, but you can tickle his creatures. (Pynchon, Thomas. The gravity´s rainbow, 238, ed. digital)

Proverbs for Paranoids, 2: The innocence of the creatures is in inverse proportion to the immorality of the Master. (241, ed. digital)

Proverbs for Paranoids, 3: If they can get you asking the wrong questions, they don’t have to worry about answers. (252, ed. digital)

Proverbs for Paranoids, 4: You hide, they seek. (262, ed. digital)

Paranoids are not paranoids (Proverb 5) because they’re paranoid, but because they keep putting themselves, fucking idiots, deliberately into paranoid situations. (293, ed. digital)


Proverbios para paranoicos

Proverbios para paranoicos, 1: Quizá nunca logres tocar al Maestro, pero puedes hacerles cosquillas a sus criaturas. (359, ed. en español)

Proverbios para paranoicos, 2: La inocencia de las criaturas es inversamente proporcional a la inmoralidad del maestro. (364, ed. en español)

Proverbios para paranoicos, 3: Si ellos logran que hagas las preguntas equivocadas, no tienen que preocuparse por las respuestas. (380, ed. en español)

Proverbios para paranoicos, 4: Tú te escondes, ellos buscan. (395)

Los paranoicos no son paranoicos (Proverbio 5) porque sean paranoicos, sino porque siguen metiéndose deliberadamente, los malditos imbéciles, en situaciones paranoicas. (438, ed. en español)

domingo, julio 26, 2009

Una ojeada a los pensamientos sobre la técnica

La página de la revista Artefacto. Pensamientos sobre la técnica. tiene varios textos digitalizados de sus 6 números editados que bien valen la pena revisar: los manifiestos y artículos sobre patafísica; un ensayo brillante de Héctor Schmucler sobre biopolítica, lingüística y genética, "La industria de lo humano"; un texto sobre los límites de la metafísica en relación con los adelantos tecnológicos de Peter Sloterdijk, "El hombre operable" (para leer en tandem con "Normas para el parque humano"); un dossier con breves ensayos de J. G. Ballard sobre ciencia ficción y otras cuestiones; una recopilación de La cabeza de Goliat de Ezequiel Martínez Estrada; algunos textos sobre Bataille y la heterología (aunque falta lo mejor, que venía como anexo de la revista: los cuadros heterológicos batailleanos); etc.
Más allá del deseo de que en algún momento digitalicen de forma completa los números de la revista (sobre todo, los más antiguos), resultan interesantes los textos que van colgando en la página como, por ejemplo, "¿Está bien ser luddita?" de Thomas Pynchon.

 

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