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lunes, octubre 20, 2025

El efecto autómata (Daniel Link)

Creo que Leyenda. Literatura argentina: cuatro cortes, de Daniel Link fue uno de los primeros libros que reseñé en este blog. Recuerdo aún la impresión que me causó, el paseo que realiza por la literatura nacional en esas notas publicadas en Radar Libros, el suplemento del diario Página/12, el ensayo más ambicioso sobre el policial... 
Hace unos años volví al libro porque en mi exhumación alrededor de Laiseca, y del joven Lai en particular, se me vino a la memoria una nota que Link le había hecho a Alberto Laiseca y Héctor Libertella en 1998. El primero publicaba una novela gigantesca y genial, Los sorias; el segundo, su novelita minimalista, seca, Memorias de un semidiós. La idea de Link de juntar a los dos viejos conocidos quienes en el mismo año ponían a circular libros tan disímiles, al menos en sus dimensiones, estuvo muy bien. Y el texto con una acertadísima y lúcida lectura introductoria del autor de Clases y la posterior conversación entre nostálgica y reflexiva entre Laiseca y Libertella no tiene desperdicio.
A continuación, va la nota. ¡Que la disfruten!


Laiseca, Héctor Lastra y Libertella en un encuentro de escritores
organizado por el diario Clarín en los 90


El efecto autómata 

Daniel Link 

Héctor Libertella nació en Bahía Blanca en 1945, Alberto Laiseca en Rosario en 1941, pero ambos están ya incorporados a la geografía y la etnología porteñas. Se conocen desde hace treinta años, desde la mítica época en la que todavía había grupos literarios y estéticas y las revistas eran un espacio de debate a propósito de cómo debería ser la literatura argentina. Eran, todavía, las épocas de Primera Plana pero también de Literal, Crisis, Los Libros y otras revistas menos conocidas a través de las cuales ese debate circulaba. Libertella, precoz, ganó el premio Paidós en 1968 con El camino de los hiperbóreos. “Yo fui de vanguardia durante treinta años de mi vida. Basta de eso”, dijo cuando acababa de aparecer su novela Memorias de un semidiós (editada por Perfil Libros en 1998), a la que él mismo reconoce inscripta en el minimalismo. En 1986 obtuvo el Premio Juan Rulfo con el relato El Paseo internacional del perverso, del que pudo verse en Buenos Aires una adaptación escénica (al menos, de un fragmento) que no deja de sorprender a Libertella: “¿Hasta dónde puede llegar la literatura de uno, no?”. 

Alberto Laiseca publicó en 1976 Su turno, que rápidamente fue leída, sin serlo del todo, como un modelo de novela paródica. Si Laiseca se siente cercano a Roberto Arlt, es sobre todo por el costado delirante de sus novelas y por las condiciones materiales de producción de sus literaturas: “Arlt vivía angustiado por el trabajo. Era pobre”, recalca Laiseca cuando la comparación tiende a ponerse un poco abstracta. 

Los Sorias, la novela publicada y distribuida por el sello Simurg en 1998, es famosa (sin haber sido leída) porque se desarrolla a lo largo de más de mil trescientas páginas. Soria, Tecnocracia y la Unión Soviética son tres potencias que luchan por apoderarse del mundo. No es un dato menor: cuando Laiseca terminó de escribir su novela, dieciséis años antes de su publicación, la Unión Soviética existía todavía y el mapa que la novela traza del mundo es un poco menos delirante de lo que hoy parece. 

Leer en conjunto Los Sorias y Memorias de un semidiós no es un ejercicio del capricho o de la melancolía. No se trata de reponer aquello que ya nadie se atreve a sostener (Laiseca coincide con Libertella en su repudio de la palabra vanguardia). Tampoco se trata de un mero ejercicio de estadística. Es cierto que Los Sorias y Memorias de un semidiós pueden ser las novelas más larga y más corta de la literatura argentina. 

Lo que hay en estos libros limítrofes (cada uno, a su manera, delicioso) es una postulación de lo que puede ser una novela como artefacto para leer las cosas de este mundo: prismas de colores, ojos de pescado, tales las metáforas que Libertella y Laiseca encuentran para referirse a la mirada literaria. Lo que importa es una cierta idea de totalidad que estos libros recuperan de diferente modo: Los Sorias, a través de un habla infinita y wagneriana. No es sólo un dato de la trama que una banda de crotos toque la Tetralogía completa en un teatrito que es un falso Bayreuth. La idea wagneriana de un arte total adquiere con Laiseca forma de novela.

Memorias de un semidiós es otra cosa: un relato espasmódico y cortado. Libertella llama “adiposis” a los restos de realismo decimonónico que sirven para unir y ligar las partes de una novela. Prefiere una novela seca, descarnada, quebrada por las interrupciones de puntos suspensivos detrás de los cuales hay que adivinar, cada vez, un mundo completo. Lo que se llama minimalismo, en Libertella, es esa desconfianza hacia una forma plena. Contar lo imprescindible: después, la lectura hará lo que le parezca. Y es así como los lectores, desde el comienzo, entienden que el semidiós es Yabrán y que la novela habla, a su manera, del menemato. 

Y no se trata, nunca, del realismo. Tan lejos de la vanguardia como del realismo “de almacén”, Libertella y Laiseca definen su literatura con palabras como sueño y delirio. Sólo habría dos lógicas para tener en cuenta: la lógica del mito (aquello que se puede contar, pero que no puede interpretarse) hacia la que tiende Laiseca (y de ahí su interés, que no hay que confundir con ningún exotismo, por las antiguas dinastías chinas y egipcias), y la lógica del sueño (aquello que no se puede contar, que debe interpretarse) en la que hace pie Libertella: es previsible, pues, que al autor le sorprenda lo que sus lectores leen en sus libros. En cada interpretación, sabido es, aparece el propio fantasma. Y si el semidiós es Yabrán eso es porque Yabrán, todavía hoy y para siempre, es el fantasma argentino. 

Fantasmáticos, los libros de Laiseca y de Libertella vienen de rituales nocturnos: “Reconozco que me gusta trabajar de noche —dice Laiseca— pero ése es un placer que se paga muy caro. La luna es una deidad peligrosa”. Libertella agrega, además, la instantaneidad de la escritura. “Es ese puro presente, mínimo, de la frase”. Después de todo, claro, la literatura es un puñado de frases. 

HL: Pero, qué alegría que haya salido Los Sorias. Maravilloso... ¿Te acordás? En 1973, cuando vivía en un departamento al lado de La Rural, en Pacífico, eran nuestros primeros tiempos, y venías mucho, y nos leías mucho de Los Sorias... Eran lecturas entre amigos... 

AL: Puede haber sido un poquito más tarde, Héctor... Porque yo tenía muy poco escrito de Los Sorias en el 73.

HL: Entonces es cuando volvimos en el 75. Esa época era todo el circo... la época de los salones literarios, yo curtía todos. Como soy bahiense, me considero neutral y ajeno... Eran viejos amigos... Yo vivía en un hotel en la calle Florida y después me fui a Iowa con la beca Fulbright que duraba un año en aquella época. Y después volví y me instalé en un departamentito en la calle Florida y Viamonte, muy cerquita de la Manzana Loca, digamos. Y por ahí vivían Germán García, Arturito Carrera. Ahí mismo conocí a César [Aira]. Y después apareció Osvaldo [Lamborghini], un poco antes Tamara [Kamenszain], después Josefina Ludmer. Se habían armado como unas bandas, yo me acuerdo que curtíamos un boliche precioso, que no sé si vos ibas, que era el América, una especie de restaurante que había en el Bajo, Paraguay y Leandro Alem. Después nos desplazamos todos al Toboso, que todavía existe... Y a vos también te ubico un poco por la zona del Bajo en esa época, ¿no? ¿O no? ¿No te he visto con Néstor Sánchez, a vos, en el Augustus, al lado del Di Tella? 

AL: Puede haber sido… Pero sobre todo, donde íbamos es al Moderno... 

HL: Ah, bueno, pero estamos hablando del Bajo, de todos modos... Por ahí circulaban cantidad de cosas en esa época... ¿Vos ya editabas, no? 

AL: Mi primera novela, Su turno, es del ‘76... Hicieron esa barbaridad de cambiarle el título, le pusieron Su turno para morir, que además no tiene nada que ver con lo que pasa en la novela. 

HL: Bueno, en esa época, yo leía los originales de Los Sorias. Pedazos, ¿no? Porque ya entonces era como una tela infinita... 

AL: Además no estaba terminada... Recién en el ‘82 la terminé... Ésta es la última versión, porque hubo tres Sorias anteriores, que las tiré a la mierda, porque eran malas... Incluso en la última escritura de Los Sorias había algunas cosas... pornográficas... no, no es que a mí me asuste la pornografía, considero que es un arte. Pero me salía pornografía mala, y yo sentía que se podía y se debía escribir de otra manera, con más altura. Bueno, esas cosas fueron reescritas sobre la marcha. Total tenía todo el tiempo por delante. Yo sabía desde el comienzo que iba a ser una novela larguísima y que iba a tener el tamaño que tenía que tener. Si es así la cosa, te tenés que volver un poco chino, taoísta, para soportar los años que vienen. 

HL: Está bien... yo hago lo mismo. Sólo que yo publico cortito, chiquito. Pero algunos libros los vengo escribiendo hace veinte años. Cavernícolas! (1985), lo empecé en Iowa. Publiqué, para calmar los nervios, versiones previas, pero lo sigo reescribiendo. O sea que ese libro ya va a cumplir treinta años, imaginate. Treinta años durante los cuales nos fuimos cansando progresivamente de tanta comunicación, tanta información, televisión, diarios... La literatura se presenta como otra cosa ¿no?, menos realista, ¿no?, porque la realidad está también ahí alojada, aun cuando aparezca con cierta telaraña que tiene que ver con el sueño... 

AL: Me gusta pensar que lo que hago es “realismo delirante”. Hasta donde sé, en la Argentina, sólo Soriano y yo hacemos esta forma de realismo delirante. Soriano con otra temática: a él le interesa el peronismo, el fútbol, la cosa porteña. Él seguía la frase de Tolstoi: “Si quieres ser universal pinta tu aldea”; y yo al revés: para pintar mi aldea trato de ser universal. Pero en cuanto al Gordo Soriano, fíjate vos esas conversaciones que tienen esos peronistas que aparecen en las obras del Gordo, ¡no existen! Y al mismo tiempo son absolutamente reales. Hay un pasaje del Gordo en Cuarteles de invierno que te hace acordar al cine mudo, algún día alguien nos va a tener que explicar cómo se hace para escribir esas cosas, cómo mierda lograba el Gordo escribir esas novelas. Cuarteles de invierno es realismo delirante y sin embargo está contando la realidad. 

HL: Es que la palabra realismo, en principio, provoca distancia: nosotros no la hemos trabajado, no hemos pensado en ella. Severo Sarduy dijo de El Paseo internacional del perverso: “Yo nunca he visto o leído algo que se parezca más al funcionamiento del sueño”. Yo qué sé, los primeros lectores de Memorias de un semidiós... Di la novela a leer a muchos amigos porque yo quería hacer una novela casi colectiva: se la di a una tanda de ocho lectores y luego corregí de acuerdo a sus recomendaciones y luego a otra tanda de ocho. Y todos me decían que era la vida de Yabrán. ¡Pero cómo la vida de Yabrán, si yo empecé a escribirla cinco años antes, y luego la retomé! No es que uno vaya a la realidad pero la realidad viene aunque uno no lo quiera. Uno es una persona que trabaja con mano fuerte y firme para que no lo invadan, pero los apetitos entran por cualquier lado. 

AL: No, lo que es seguro es que a mí tampoco me basta con el realismo solo... basta con ver cualquiera de mis novelas... Ya Wilde se había encargado de burlarse de ellos... 

HL: ¡Pero qué erudito, Laiseca! 

AL: Pero mi erudición es muy extraña. Soy erudito en cosas raras. Soy un erudito que no habla francés, que es como el umbral necesario para toda erudición. 

HL: Tampoco Lezama Lima, si vamos al caso. Sarduy se reía de Lezama diciendo “sus falsas citas que hacen reír”, porque Lezama citaba sin saber ninguna lengua. Son formas de leer. Vos sos erudito como escritor, como dice Sylvia Molloy hablando de Borges: la erudición del escritor es diferencial y no tiene nada que ver con la erudición del crítico. Es la forma en que un escritor lee una cita donde está su erudición. Y así Laiseca es tal vez nuestro escritor más erudito... 

AL: Bueno, gracias... En efecto, cada vez que enfrento un período histórico estudio mucho. Por ejemplo, de los chinos leí muchísimo. Lo mismo sobre la IV Dinastía, sobre lo que hay muy poco. Por otro lado, las cosas más interesantes que podés decir de un período no las vas a encontrar en los libros de historia. Eso me pasó a mí con La hija de Keophs (1989). Me re-gastaron en un programa de radio porque decía que la gran pirámide fue construida por esclavos bien alimentados, que tomaban cerveza. “¿No sabe Laiseca acaso que esa pirámide fue levantada a latigazos?”. Claro, lo que pasa es que yo no tenía datos históricos sobre ese episodio pero me pareció que seguramente... Lo cierto es que cuatro años después de publicado el libro, los egiptólogos encontraron una gigantesca fábrica de cerveza, que había hecho levantar el faraón en ese período, para darle cerveza a los que trabajaban en la pirámide. De modo que por más que uno estudie el período, siempre hay algo que viene de otra parte... 

HL: Yo hace veinte años que estoy escribiendo una nouvelle, que es la historia de los excavadores y arqueólogos en Nínive. El dato histórico lo tengo muy estudiado... A veces he probado inventar, a veces he probado apoyarme en el dato histórico. Pero lo que sucede es que en el momento en que escribís una frase, esa frase, su sintaxis, parece necesitar una anécdota diferente. Quiere decir que la inventiva viene de la lógica del texto... 

AL: Es lo que llamo bajar a la “cuenca oceánica”. Cuando bajás a la cuenca oceánica de la creación empezás a ver cosas, te comunicás con las memorias universales... y surgen cosas como el episodio de la cerveza, que contradice los testimonios que yo tenía desde Herodoto en adelante, pero por alguna razón sabía que no era así. 

HL: Es decir que el procedimiento de Laiseca, que parecería muy historicista, queda desmentido. El procedimiento es más bien una retombée [Libertella refiere a Sarduy y sus ideas sobre el barroco], un efecto sin causa aparente, el eco de un sonido que nunca se emitió. Que después se confirme o no es otra historia, pero en el momento de la escritura es otra cosa, casi una virtualidad. 

AL: Es meterte en la ontología de la época. Poder saber qué cosas sucedían en esa época. 

HL: ¡Magia blanca, vos estás hablando de la magia blanca! La literatura es sacar conejos de la galera... Por eso me gustaba citar en Memorias de un semidiós esas primeras líneas de “Tlön”, el cuento de Borges. La novela que yo escribí, ¿no se podría pensar como esa novela de la que hablan Borges y Bioy en ese cuento? Es, otra vez, como un golpe de efecto, la escucha de algo que todavía no se escribió. Cuando me di cuenta de eso decidí poner la cita: yo le estaba escribiendo a Borges la novela que él le propuso a su amigo. La literatura es un arte de la premonición... Diría, incluso, que es un arte de las veinticuatro horas, lo que escribiste ese día, ahí está. No hay ni futuro ni pasado. Es minimalista, casi. Escuché esta definición de minimalismo: es la lenta transformación de los objetos según la luz que pasa de las ocho de la mañana a las ocho de la noche. 

AL: Eso decís en los prólogos de la antología... 

HL: ¿Digo eso? 

AL: Tal cual como lo estás diciendo ahora... 

HL: Qué increíble... No me acordaba que ya lo había escrito... El Ulises cuenta veinticuatro horas de la vida de Bloom, ¿no? 

AL: Hablando en serio, ¿vos sabés lo que sería tener que escribir lo que le pasa a un tipo, todo, en veinticuatro horas? Es imposible, no te alcanza una vida. Sería una enciclopedia Espasa Calpe y nadie puede escribir una Espasa Calpe... Voy a usar una palabra que usa mucho Fogwill, que es “fractal”. En ese sistema de cajas chinas la parte es tan compleja como el todo y por eso es imposible describir o narrarlo todo... Es un fractal. Siempre el escritor hace impresionismo. 

HL: Eso es el trabajo del escritor: recortar, limitar. No se puede decir todo. Lo que se puede decir es infinito... Y nosotros aplicamos moldes. Venimos con moldes. Y hay que llenar esos moldes, se trate de las mil trescientas páginas de Laiseca o de mis magras ciento veinte páginas. 

AL: Nunca se puede contar todo. Yo no hablo de todos los habitantes de Soria o de Tecnocracia... Hace muchos años un maestro me dio una tarea para hacer. Yo tenía que ir a la Plaza Malabia (creo), y mi maestro me daba distintas tareas: una tarde, ver nada más que colores, desechar la geometría. Era muy difícil, porque cuando tenés que ver colores ves sólo geometrías. Luego tenía que ver sólo formas (y por supuesto, veía tantos colores como si hubiera tomado un ácido). Después tenía sólo que escuchar los sonidos, todos los sonidos. Y la tarea final era juntar todo en mi cabeza: ver todos los colores y todas las formas y escuchar todos los sonidos. Bueno, lo intente... Me cagué de miedo y volví. Me di cuenta de que esa tarea sólo un dios puede hacerla, no un ser humano, ni siquiera en estado de iluminación ni las pelotas... Lo que me quería decir mi maestro era eso. Por eso en toda novela hay agujeros, aun en una novela de mil trescientas páginas como la mía. 

HL: Yo le regalaría a Laiseca mis tres puntos suspensivos [en su novela Libertella utiliza obsesivamente los puntos suspensivos como índice de una elipsis], y él escribiría, en cada corte, una novela de diez mil páginas, ¿no? Lo mío es una obra completa, reducida a un libro. 

AL: Por suerte, siempre hay más de lo que se puede escribir que lo que se ha escrito... Pero volviendo a esto de la forma: cada obra te pide una duración. No podría haber escrito una novela corta con el material de Los Sorias porque no hubiera podido decir nada de lo que quería decir. También hay un problema de lenguaje... ¿Leiste esos Evangelios apócrifos que escribió Nicolás Peyceré? Es una cosa extraordinaria. Porque están escritos en castellano, por supuesto. Pero tienen una sintaxis que parece que estuvieran escritos en arameo, la puta madre. No sé cómo hizo para escribir una cosa así. No es que use giros raros, no es como si fuera algo escrito en arameo sino que el lector, por arte de magia, adquiere la capacidad de leer en arameo... Es un gran estilista Peyceré... 

HL: Yo estoy leyendo mucho, mucho, El extranjero de Camus. Leo la traducción de Bonifacio del Carril y el original, me fijo cómo es el ritmo, ¿qué hizo Del Carril, lo lentificó? Me interesa mucho ese minimalismo avant la lèttre de Camus. Tenemos que hacerle un gran homenaje, ¿eh? Ahí analizo cómo es esto de la lentitud o la velocidad de la prosa. Eso me ayudó mucho cuando escribía El semidiós. Porque yo pongo mucho el pie en el acelerador. Y hacer una lectura de trabajo con El extranjero me ayudó a controlar los ritmos de la novela... Es muy militante escribir, es mucho más civil leer que escribir, como decía Borges. Ahora bien, ¿contra quién peleamos y militamos, Laiseca? ¿Qué pretendemos? ¿Marcar un territorio, una pelea, una batalla? 

AL: No, es un deber... Uno tiene cosas para decir, una ontología para expresar. La esperanza que uno tiene es que ayudará a cambiar para bien un pedazo de mundo… 

HL: Pero la literatura ya no se lee de ese modo… Hoy es sólo un estimulante en el gueto. Tal vez salga después por otros caminos. Pero hoy es casi una cuestión de laboratorista. 

AL: No entiendo bien lo que decís... 

HL: Digo que la literatura es puro hueso. 

AL: Pero el asunto es quién te lee... Hay menos lectores de literatura que nunca antes... sobre todo menos lectores que el siglo pasado... 

HL: No importa. Lo que importa es que salga el libro, aunque no tenga lectores, no sé: con veintisiete lectores alcanza... Basta que resuene en la cabeza de alguien... ¿O queremos vender millones de libros? Por ahí la literatura pasa por ahí: una especie de efecto autómata, como en las películas de terror que a vos tanto te gustan... 

Radarlibros, octubre de 1998 

En Link, Daniel. Leyenda. Literatura argentina: cuatro cortes, Buenos Aires, Entropía, 2006, pp. 215-226.



jueves, marzo 04, 2021

Cavernícolas posmodernos. Entrevista a Héctor Libertella (1985)

En 2016, por los diez años de la muerte de Héctor Libertella, la revista Hispamérica, dirigida por Saúl Sosnowski, recuperó esta entrevista de Reina Roffé de 1985 por la publicación de ¡Cavernícolas! Para nosotros, lectores de Libertella, la entrevista es valiosa porque despliega lucidez, redes y continúa indagando en el trabajo con el lenguaje y en su triple condición de profesor, investigador y narrador. Dejo un parrafito introductorio de la revista de Sosnowski y luego va el intercambio entre Libertella y Roffé. Pasen y lean!

Cavernícolas posmodernos. Entrevista a Libertella (1985)

En esta entrevista, publicada el 27 de octubre de 1985 en el diario La Razón de Buenos Aires con motivo de la publicación de su libro de relatos ¡Cavernícolas!, en la editorial Per Abbat, Héctor Libertella, que ya había dado muestra de los significativos y originales aportes de su escritura a la narrativa argentina de esos años, habla del papel de la literatura en la era tecnológica, de otros autores destacados de aquel momento, y de algunas de sus búsquedas: escribir en castellano como si se tratara de una lengua extranjera o la instauración de un sistema que funcione “por desplazamientos”, en definición de algunos críticos. Sus saltos de la teoría a la ficción no se encuentran sólo en algunos de sus libros, sino que impregnan toda su obra. 

¿Existe, a su entender, una generación, un movimiento o una promoción de narradores actuales argentinos? 

Dentro de una gran familia no hay clasificación posible. A veces pienso que todos nosotros somos como robots que repiten una maqueta muy antigua. Recuerdo aquel poema de Borges, “El truco”, que dice algo así: “como las alternativas del juego se repiten y se repiten, los jugadores de esta noche copian antiguas bazas. Hecho que resucita un poco a las generaciones de los mayores, que legaron al tiempo que Buenos Aires los mismos versos y las mismas diabluras”. Y me hago entonces muchas preguntas: ¿Quién sigue hilando esa enorme tela gótica de Mujica Láinez? ¿Será acaso César Aira? ¿Por qué ese lugar tan disputado de Roberto Arlt no podrá ser ocupado por el menos pensado, por un narrador violento y “nato” como Fogwill? ¿Cómo reviven un Bioy o un Felisberto Hernández en esa prosa morosa de Luis Gusmán? ¿Y la piedra filosofal de Macedonio, sigue en manos de Osvaldo Lamborghini? ¿Cómo puedo decirte en diez segundos que con Saer hemos llegado a la madurez del hermano mayor? ¿Tengo el derecho de juntar en un solo grupo a Medina, Asís, Giardinelli o Lastra, sólo porque evoquen algún tipo de realidad? ¿Y en otro a Javier Torre, Rabanal, Sánchez Sorondo o Pichón Rivière, sólo porque evoquen algún tipo de conflicto íntimo? ¿De dónde sale y adonde va esa escritura atravesada de lecturas de un Martini Real? ¿Y las grandes sagas: Nicolás Casullo, Luis Wainerman, Mario Satz? ¿Acaso Marechal se prolonga en Wainerman? Y si nos atenemos a un solo modelo de narrativa, ¿Briante sigue siendo nuestro primer narrador? ¿Y los jóvenes: Gardini, Moledo, Landaburu, Pauls, Caparros? ¿Y las mujeres: Ana María Shúa, Liliana Heer, vos misma? ¿Aceptarán que los agrupe tan arbitrariamente? Tengo más preguntas y más preguntas: ¿Quién clasifica a Laiseca? ¿Y quién atrapa a los cambiantes Ricardo Piglia y Germán García, desde sus primeros libros a los últimos? ¿Y Emeterio Cerro, qué? Con esto te quiero decir que la literatura sigue siendo esa combinatoria de lecturas e inconsciente, y que es muy difícil para mí poner a cada uno de nosotros en una Cifra. Me parece más bien que nuestra generación es como una foto sobreimpresa a toda la tradición argentina, y nadie escapa de ese marco. Al fin y al cabo, una gran familia en un gran ejército de robots: todos cumplen órdenes secretas de no se sabe dónde, y todos terminan reproduciendo la cara de algún antepasado. 

Alguna vez Ricardo Piglia dijo que “…ya no se puede narrar a menos que uno sea inocente, y sin embargo la novela exige relato. Los mejores narradores son quienes conocen esa contradicción y tratan de resolverla”. En este sentido, ¿se siente imposibilitado para contar una historia? 

No me preocupa tanto la imposibilidad o no de contar una historia. Mi problema se da al revés: contar lo imposible. Me parece que eso podría definir aproximadamente lo que es ¡Cavernícolas! 

¿Cómo nace ¡Cavernícolas!

Empezó hace muchos años como una sospecha. La sospecha de que cuando hablamos (estemos en las situaciones más modernas o sofisticadas) siempre aparece un fondo muy antiguo en nuestra lengua. Como un comportamiento salvaje, una maqueta, un modelo que se permea por todas partes y agrieta lo que decimos. La posibilidad de hacer un libro así me daba una especie de furia: unas ganas de escribir con un cuchillo entre los dientes. Como si estuviera obligado a hacer la autobiografía de un energúmeno de la lengua. No fue fácil. Las primeras versiones eran demasiado realistas, muy “representativas” de esa situación. Escribí y taché, me cambié de países, dejé y retomé el proyecto hasta que por fin salió, “coaguló”, este volumen. Después vienen otros que sigo trabajando, y que ya tienen muchas correcciones encima. ¿Puede describirnos este primer volumen? Es casi imposible, porque no sé si describir la anécdota o el tipo de problema que ataca. Son tres relatos más o menos largos. 

Uno, "La historia de Antonio Pigafetta", trabaja explícitamente sobre la crónica. Es la primera vuelta al mundo, contada por el cronista de Magallanes. Un cronista tan dudoso de sí mismo que todo el tiempo está copiando crónicas ajenas para darle un poco de veracidad a lo que cuenta. Al final, esa técnica obsesiva termina vaciándolo como a un robot: ya no sabe quién es, y además perdemos de vista al mismo Magallanes y dudamos de que ese viaje se haya producido alguna vez. Y si ese viaje no existe, el mundo sigue siendo chato. 

El otro texto es “La leyenda de Jorge Bonino”. Ni qué decirlo, es el mismo cómico de la lengua que conocimos en el Instituto Di Tella en los años sesenta. Salvo que, en vez de hablarle a su público, Bonino ahora escribe su autobiografía. Y para escribir usa diccionarios, como un niño que está aprendiendo la “lectoescritura”. Se pierde todo el tiempo en las etimologías. Unas lo llevan a otras, y al final, en esa red, inventa cosas que nada tienen que ver con su vida. Es como la historia de una mentira: una lengua “inventada”, como la que inventó el Bonino real, que parece estar hablando de la realidad y no habla de nada. 

En el tercer relato, “Nínive”, todo pasa por la traducción. Son unos excavadores que saquean tablillas asirias para llevárselas a Londres o a París. Pero lo que ellos sacan son pedazos sueltos, medias tablitas, restos inconexos que sólo pueden descifrar a medias, con la ayuda de un turco pícaro. Finalmente, así penetra en Europa la cultura asiría: a los saltos, loca, fragmentada, un poco a las carcajadas del turco. En fin, me parece que en los tres relatos sobrevive aquel proyecto de hace años: como si la lengua viajara y se retorciera en distintas situaciones y en distintos momentos y aventuras. 

¿Puede adelantarnos algo de los próximos volúmenes? 

Bueno, estoy preparando algo que seguramente se llamará La librería argentina. La imagen me vino en Puebla, México, visitando la biblioteca palafoxiana, la biblioteca que el obispo Palafox se llevó a México allá por el mil seiscientos y tantos. Es algo completamente increíble: una sala abovedada con miles de libros latinos apretados en las paredes. Salvo que la sala tiene la forma exacta de un galeón, de un pequeño barco. Y yo pensé que eso era, justamente, la cultura argentina: un cargamento de libros traídos en el molde de un barco. Pienso en los jóvenes del Salón Literario de 1837, esperando ansiosos en el puerto de Buenos Aires la llegada de uno de esos cargamentos. Pienso también en todo un país que ha esperado libros para devorárselos y después traducirlos, interpretarlos y hacerlos circular. También preparo algo que imprecisamente se llamará Dibujos de la piedra animada. Es un extraño baño, con las paredes llenas de garabatos, en una hostería en Misiones. Pero el baño tiene una clave hermética: es un teatro de la memoria que dejaron los indios guaraníes, como si fuera un “ayudamemoria” para las generaciones futuras. Y entonces tendré que pegarme el tono guaraní, quebrar su fonética, contaminar por todos lados la lógica castellana con esos “ruidos” guaraníes para ver si yo también descifro qué dicen esas paredes. Y hay otros diez o doce relatos en camino. Por lo visto, como usted mismo sugiere, parece un proyecto para toda la vida. 

¿Eso no le impide escribir otras cosas? 

No, para nada. Pronto termino una novela corta, El paseo internacional del perverso, que se construye superponiendo a un abuelo con un padre, un hijo y un nieto. Como si la vida de un hombre fuera eso, un instante inconsciente donde se achican todos los tiempos y uno queda superpuesto o sobreimpreso con todos los de su sangre. Como si, para mí, ése fuera el relato familiar más verdadero del mundo: un bebé muy viejo, que viaja por la banda negra del sueño de su familia, y va dejando por aquí y por allá lagunas, vacíos y olvidos que los demás llenarán. También termino un ensayo literario sobre autores o problemas de literatura en América Latina: Escritores, literatos y patógrafos. Es decir, los tres lugares donde van cayendo ciertas escrituras. Los distintos lugares de una cadena que va del pathos o carácter a la pasión, después al padecimiento, y por último a la patología, enfermedad o morbo de la letra. Y sigo adelante con La muerte lingüística, un estudio sobre el comportamiento de las vanguardias y las escrituras herméticas frente a lo que yo llamaría el Sistema Normal de la literatura. Para este libro me vale mucho el trabajo de investigación que estoy haciendo en el CONICET, precisamente con un objeto que son las escrituras herméticas en América Latina. 

¿Cómo se puede conciliar el trabajo de ficción con la actividad académica y la investigación? 

Son tres momentos. El profesor difunde un saber y lo hace sobre la escena de ciertos interlocutores presentes. El investigador construye objetos teóricos de acuerdo con su estructura conceptual que le dicta su método. El escritor de ficciones se deja hacer en una rede de inconsciente y lecturas. Enseñar, investigar y escribir ficciones, simultáneamente, puede no ser tan complicado. Me parece que hay que poner un acento patólogico en cada caso. Como ir definiendo las pasiones dominantes en cada uno de esos momentos. Sólo tengo miedo de que esta actividad, en un circo de tres pistas, termine agotándolo a uno más rápido de lo que parece. 

¿No existe el peligro de que unas actividades influyan en las otras? ¿De que sea demasiado creativo como investigador y demasiado teórico como narrador? 

No creo. Puede haber préstamos, transferencias disimuladas, yo qué sé. No quiero saber nada sobre esto. Sólo pienso que uno trabaja con la garantía de una enorme tarjeta de crédito atrás, que es la Cifra de cada uno; su combinatoria inconsciente pura, y la obsesión. Se trata de rotar y girar por esas actividades como una especie de “entrenamiento de la posición”, una “práctica de los lugares”. No sé si soy claro. 

¿Y cómo ve a la Argentina, a la cultura argentina, a la literatura argentina después e su regreso? 

No voy a decir que es otro país. Quiero decir que yo me estoy transformando aceleradamente al verlo. Para poder sobrevivir pensando, sólo me estoy aferrando a ciertas ideas. Sobre todo a la idea de “posmodernidad”, que aquí recién empieza a discutirse entre algunos grupos. Me parece que la posmodernidad llegó a la Argentina sin que nadie se dé cuenta. Sería como la llave para entender cosas que algunos no pueden, sólo porque siguen aferrados a la lógica de los años sesenta. No sé cómo explicarlo: se está produciendo un violento contraste entre algo muy antiguo y algo muy del futuro. Un choque eléctrico que deja entre paréntesis nuestras formas de pensamiento de hace dos décadas. Como si nuestras discusiones, nuestras pasiones, nuestro estilo de querer construir o disentir hubieran caído en una especie de abismo. Y como si no hubiéramos armado todavía la red que pueda protegernos del golpe de esa caída. Estoy leyendo de todo, para deshilar el problema desde distintos lados: Habermas, Lyotard, Jameson, Baudrillard. . . En fin, estoy tratando de armar “mi red personal”. 

¿Pero quién es el hombre posmoderno? 

Bueno, posmoderno es un hombre muy antiguo que tiene en sus manos un aparato hipersofisticado, una máquina del futuro. Es un cavernícola que atrapa a su presa con un finísimo rayo láser. Durante diez años, aquí tuvimos a esa clase de hombres. Es un Ello atravesado y armado por los lenguajes del mundo postindustrial. Un orangután con casco ultrasónico: un Mad Max. Por él no pasan las ilusiones del humanismo: es un pozo ciego donde se pierden Freud, Marx, las socialdemocracias y todas las ideas de construcción y cambio que nos habíamos armado desde hace décadas. Un robot desgarbado que nos mira con ojos vacíos, y en el que ya no reconocemos la vieja pasión de aquel argentino típico que conversaba y discutía en los cafés de Buenos Aires. Para decirlo con otras palabras: aquel argentino era un apasionado, un “pasional”. Éste es un joven patógrafo que, cuando habla, habla parco, con gestos, con señales sueltas. Deja marcas, sin que esas marcas se me organicen todavía como mensaje. 

Para terminar, sé que en estos días usted ha regresado de un congreso de escritores, realizado en las Islas Canarias, y que su ponencia versó sobre "vanguardia y posmodernidad " en la literatura. ¿Cómo se da lo posmoderno en ese terreno? 

Ese traslado a la literatura no es fácil. Creo que anida en una vertiente de las vanguardias y en ciertas formas patográficas como la afasia, el grafismo, el idiolecto, el hipergongorismo, el arcaísmo, la hermesis verbal, el neo-neobarroco. Es decir, en aquellas formas “brutas”, puras, de pura regresión, que también dejan un poco entre paréntesis toda una reflexión moderna sobre el texto. En cambio, hay otra vertiente de la vanguardia, Sor Juana, Lezama, Octavio Paz, Severo Sarduy que, por venir de un tronco común hermético, muy antiguo, se muestra como indiferente a estos problemas de modernidad o posmodernidad. Frente a esta polémica, ellos son prescindibles. Siguen funcionando como la oposición ilustrada. 

Fuente: Hispamérica, n. 134, año 45, agosto 2016, pp. 61-66.

sábado, mayo 02, 2020

Ludmer y Libertella, un paseo por el tiempo

Hace diez años atrás se publicaba el último libro de Josefina Ludmer, Aquí América Latina. De vez en cuando vuelvo a sus páginas a pesar de que en su momento lo sentí caprichoso, arbitrario y errático (y me ofendí un poco porque notaba que Ludmer había tomado muchos conceptos de otros teóricos, que pasaban por ser sus geniales desarrollos teóricos cuando en realidad eran préstamos de esas otras especulaciones ajenas). 
Sin embargo, todavía me resuenan algunos fragmentos de este libro. Este en particular es grandioso: un paseo de Ludmer y Héctor Libertella por el centro y el Bajo porteño que es a la vez un paseo por las capas geológicas de la cultura argentina. Lean y disfruten esta máquina del tiempo.



Martes 30 de mayo

Un paseo por Buenos Aires con Héctor Libertella contado por él mismo / In memoriam

Nos encontramos en Filo para almorzar, ¡felicidad! HL me dice:

Mirá, acá mismo, en este restaurante, hace unos meses un amigo español que venía de recorrer mundo me dijo: “¡Coño, en ningún lugar he visto a gente con tanta densidad urbana!”. Me quedé pensando esa expresión curiosa, ¿densidad urbana? ¿Acaso habrá querido decir que hay algo como una prótesis o un fantasma de ciudad encarnado en cada uno de nosotros? No sé, pero si hago un mapa de estos alrededores tengo que pensar que el Bajo es la única zona de la ciudad donde la acumulación de detritus cultural jamás pudo detenerse. Acordate que mientras Nueva York se ponía triste con el crack de la Bolsa hacia 1929, en el mismo momento acá atrás, sin ir más lejos, calle Florida era la vidriera chic de un país muy concreto, pastoso y ganadero. Aquí hicieron su nido los muchachos de Martín Fierro (revista). Todos los días algún happening. Una mañana el barrio se despertaba con las paredes llenas de afiches: Macedonio se postulaba como candidato a presidente (la aventura, claro, duró menos que la duración de una vanguardia promedio). Otro día Oliverio paseaba en suntuoso coche fúnebre a un muñeco con galera, monóculo y capa. Estaba promoviendo Espantapájaros, que solo en un local de Florida agotó ¡cinco mil ejemplares! Y si extendés la mirada desde Retiro a Plaza de Mayo, tenemos que recordar también que a pocas cuadras de aquí, en Reconquista 72, Marcos Sastre fundaba La Librería Argentina allá por 1837, y que esos jóvenes, en ese Salón, con Alberdi y Echeverría a la cabeza, iban a echar nada menos que las Bases y Puntos de Partida Inconscientes para la Constitución de una Literatura; flor de dato.

Salimos de Filo y ahora caminamos por Florida HL dice:

¿Te acordás lo que era esta zona en los 60 y los 70? La llamábamos La Manzana Loca, y no iba más allá de Marcelo T., Alem, Viamonte y Maipú. En esta esquina, ahí arriba, Puzzovio, Squirru y Giménez habían colgado un cartel enorme SOMOS GENIALES, un poco como epígrafe de identificación para todo el barrio. Al lado del Di Tella y sus enormes galpones blancos, la Galería del Este, con cuatro o cinco librerías y atrás, sobre Maipú, el bar Moderno. Lugar “interdisciplinario”, si los hubo: cineastas, los primeros; rockeros de Argentina, los sociólogos y comunicólogos que como al Quijote se les había secado el cerebro de tanto leer todo lo francés —Seuil, Minuit, Gallimard— que se traducía casi en simultáneo. Y a propósito de Francia, acá atrás doblando por Viamonte, la inescrutable librería Galatea, donde para entrar teníamos que ponernos disfraz de eruditos. Más abajo, en la esquina con San Martín, Nueva Visión, con sus libros de arte y semiótica y esas lámparas hipermodernas que anticipaban un mundo por venir (¿habrá llegado alguna vez?). Y junto a Nueva Visión la revista Sur (de allí se veía salir apurados a Victoria Ocampo y Pepe Bianco, raudos para tomar un taxi que podría llevarlos directos a París, quién sabe). Al lado nomás, ¿te acordás?, Filosofía y Letras. Un hormiguero totalmente contrapuesto al olor de paz monástica o funeraria que exhalaba el viejo convento de la vereda de enfrente, Viamonte al 400. La educación laica y la muerte calle de por medio en Buenos Aires (¿siempre habrá sido así?).

Ahora, en la esquina de Maipú y Marcelo T. de Alvear, HL me dice:

Mirá, piso 6; ahí arriba lo veo todavía a Borges. Las veces que le habremos tocado timbre. La puerta de su departamento siempre estaba abierta, como un hospital público. Hasta tenía una o dos banquetas de médico a la entrada y él nos atendía a todos, uno por uno. Pero el verdadero paciente era él, que nos esperaba para inocularnos de a gotas algo del orden de la sabia ejecución literaria (por eso tal vez, desde Drácula y Borges, la literatura siempre ha sido para mí una historia de amor que puede parecer muy larga, pero que es tan breve como el instante de sangre de un colmillo; solo transmisión instantánea por un agujero en el cuello del texto). ¿Y qué se habrá hecho de nuestros lugares de almuerzo y cena? El Tronío, por Dios, sobre Reconquista, donde siempre aparecía Federico Peralta Ramos, lanzando sus discursos herméticos y al vacío, ¡el Dorá, sobre el mismísimo Bajo! Y aquel inmenso galpón en la esquina de Leandro N. Alem y Paraguay, el América. Cuántas noches habremos comido allí, vos, yo, Osvaldo Lamborghini, Tamara Kamenszain, no me acuerdo si también Arturito Carrera y César Aira, cuando programábamos aquella revista Los nietos de Martín Fierro que nunca se hizo porque en aquellos años era imposible una revista de estrellas y además, para qué, si ya estaban los teatros de revistas con sus vedettes y coristas. Y muy cerca, si no me equivoco, El Pulpo, con sus mariscos y su comida española, donde más de una vez ensayamos algún fallido banquete martinfierrista, y al lado nomás la caldera de periodistas y otras intoxicaciones de La Opinión, el diario de Timerman (¿no estaba en esa cuadra también el Buenos Aires Herald?).

Cruzamos a la zona de calle Corrientes. Libertella me dice:

Densidad urbana: me quedé pensando en lo que dijo mi amigo español... Caminar como estamos caminando sería actualizar siempre una calle en la cultura (¿“tener calle”?): como hacerla instantánea, sin pasado posible, ¿no? Y, si querés, hasta un poco prostibular, porque allá en el Bajo estaban los piringundines de 25 de Mayo donde los marineros medraban entre el lupanar y el cafetín de tango, el “Jamaica”, “Scandal”, el “676” de Tucumán, una cosa entre rea y pituca, ¡qué mezcla!, putas, jazzistas y letristas de tango como trazando sobre el pentagrama un paisaje urbano. Mirá, ahora que estoy viendo estas dos o tres librerías Fausto, acá en Talcahuano, y allá enfrente, y allá en la otra esquina, me acuerdo de una historia que me contó alguna vez Bernardo Kordon y que para mí hace literal esta loca relación local entre literatura y prostitución. ¿Sabés qué me dijo él? Que en los años 20 la Zwi Migdal, la magna institución de la trata de blancas, había abierto una cantidad de prostíbulos sobre Corrientes, entre Callao y el Obelisco. Y que cuando el comisario Alsogaray los empezó a perseguir, rápidamente tuvieron que camuflar los prostíbulos como librerías ¡así que las madamas empezaron a vender cultura! Sea cierta o no, me parece que esa anécdota es paradigmática. Hoy veo las librerías de la cadena Fausto y no dejo de ver en ellas el mundo virtual de aquellos prostíbulos, como no puedo dejar de ver el ruidoso Salón Literario de Marcos Sastre en los roaring sixties de La Manzana Loca. Me parece que estamos caminando lugares densos, pero muy cortados y “rayados” por el tiempo. ¿No será el fantasma el que nos da esa densidad urbana? Mi amigo español podía ver en nosotros lo invisible, porque a lo mejor somos la materialización de ese fantasma. ¡Si hasta en un local de videojuegos yo puedo ver todavía una vieja librería! Ese todavía no remite a la nostalgia de un pasado histórico y cultural que se hubiera apagado. O que sobreviviera en nosotros, como si fuéramos sus herederos. No. El tiempo procede, puede ser, de otra manera. Tal vez por cortes, que son tan literales como los cortes de estos versos que ya mismo te recito:

La Historia no llegó
Aún
Hasta hoy
No llegó el Pasado a
Todavía.

Y en nuestra caminata tal vez lo que solo avanza es el instante, como una punta de plumín que va trazando el nuevo mapa. ¿No te parece? Al fin y al cabo, ¿de qué Buenos Aires estuvimos hablando si no de esta?

Nos despedimos en la esquina de Riobamba y Viamonte.

Ludmer, Josefina (2010). Aquí América Latina. Una especulación, Buenos Aires, Eterna Cadencia, pp. 109-113.
 

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