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jueves, marzo 31, 2016

David Cronenberg, lector de Las varonesas

Este fragmento del capítulo 1 de Las varonesas (1978), de Carlos Catania podría tranquilamente haber sido el punto de partida de una de las famosas escenas de Videodrome (1983), de David Cronenberg. El deseo, el cuerpo y la tecnología se cruzan en estas líneas tal como luego se cruzarán en las imágenes oscuras de la película de Cronenberg. Vaya mi homenaje a ambas obras, radicales en su mirada sobre nuestro relación íntima con los artefactos. 


Lucía anotó en su cuaderno:
"Hoy cumplo treinta años y quiero poner algo que me ocurrió anoche, una cosa seria que todavía no me ha dejado salir del asombro. Nadie se acordó de mi cumpleaños, pero ésa no es la cosa. Seguro que mamá sí pensó en mí, pero ella ya no baja del dormitorio. Yo siempre recuerdo el cumpleaños de todos, tengo una memoria muy fuerte para las fechas y también para los nombres. Además apunto los días. Siempre fui así, desde chiquita, y aunque un cumpleaños realmente no es nada, como dice Alfredo, lo cierto es que a esta hora me siento un poco triste (escribo al otro día y pienso que ya pasó un año más en mi vida, pero no se nota y todo sigue igual).
"Anoche aguanté levantada, como de costumbre, hasta el último programa de televisión. Se me cerraban los ojos, pero me gusta oír la música de despedida, que es romántica y dulce y la voz del locutor y todo lo bondadoso que dice al dar las buenas noches. Es para mí un hasta mañana necesario, completa mi día, como si me contaran un cuento de dormir. Sin él no podría irme a la cama tranquila, la noche me parecería incompleta y el cansancio físico y las ideas me harían dar vueltas y más vueltas, porque sobre todo las ideas las tengo claritas a esa hora, y veo tan bien como se podrían arreglar las cosas, todas ellas, que soy puro nervio.
"Patricia, por suerte, se quedó dormida temprano. Está divina la pobrecita. Adela leyó un rato en la mesa de la cocina y después se acostó. Como Alfredo ahora duerme en su estudio, la casa era una tumba de silencio. Hacía bastante calor, ya que hace varios días que no llueve, y eso es perjudicial para la salud y el campo. También para mi hermano, porque últimamente no se lo puede ni hablar. Yo me doy cuenta enseguida cuando todos están dormidos en la casa, así que aproveché una propaganda para quitarme el salto de cama, acostándome tranquilamente en el sillón con un paquete de masitas al lado y una botella de soda. Me sentía liviana, como esa chica que se mueve flotando en cámara lenta en la propaganda de las toallitas femeninas.
"La película corta era un sueño, hecha para la televisión. Un personaje importante me hizo recordar a mamá y pensé cuánto le hubiera gustado a ella ver esta historia y compartir las masitas. Lloré bastante porque la protagonista representaba una maestra solterona muy bonita, pero sin suerte, como vos, lástima que no sea bonita. Atiende a todos los estudiantes con amor, a cada uno y el tiempo pasa mostrándolo con las hojas del almanaque que se vuelan. Los alumnos, ya grandes, la vienen a visitar un Año Nuevo y le traen regalos y le cantan. Ella tiene unas canas suaves que la hacen muy linda, quizá mejor que antes, y tiene el gran amor de ellos, más que algunos traen sus hijos y las esposas. Tuve un ahogo de llanto.
"Pero la última película fue rara, muy moderna, de esas que le gustan a Alfredo. Yo sé que tenía un mensaje, seguro lo tenía, pero era demasiado fuerte y desagradable. Un profesor de matemáticas vivía con su esposa en una casa de campo, y había varios muchachos, buenos mozos, que le estaban arreglando el techo del granero y que tenían muy seguido miradas pecaminosas e indirectas hacia la mujer. Pero el profesor usaba anteojos gruesos y no se daba cuenta de nada. Un día los muchachos lo invitaban a ir de cacería y después lo dejaban solo en medio del campo, mirando el cielo, esperando los patos que nunca llegan. Daba lástima. ¿Cómo se puede ser tan cruel con alguien que no ha hecho mal a nadie? Mientras tanto los malvados entran en la casa, se quitan las camisas y, en un sillón, se tiran uno después de otro sobre la esposa del profesor, haciendo eso. Se ve la expresión y el sudor de la muchacha y eso me confundió extraordinariamente, porque primero gritaba con el horror en la cara, y luego, sinceramente, no se sabe muy bien si le gustaba un poco o qué, Dios me perdone, pero así fue.
"Lo que siguió era muy enredado y no podía entenderlo porque la cara de la joven esposa impedía mi concentración (también, la expresión de los malvados que, al momento de hacer eso, parecían niños un poco tiernos pero pecadores). Total que el profesor después los mata a todos de diferentes maneras, y yo creo que ahí está el mensaje. La paciencia tiene un límite. No se puede jugar con la paciencia de la gente. Pero a mí no se me iba la cara de la muchacha con los hombres, uno después de otro, tirados encima de ella, que se veía como casi desnuda prácticamente. Ahora mismo me viene la sensación, porque se detallaba muy bien la escena con lo que hacían, aunque parezca mentira, y eso se graba.
"Después dieron el panorama cultural y dijeron los libros que hay que leer y la música que hay que escuchar. Presentaron a un escritor que está de paso, porque es argentino pero vive en otro país, y habló de literatura y alienación. Decía cosas muy elevadas, profundas, como dice Alfredo, pero creo que casi todo lo entendí bien, sobre todo cuando explicó por qué hay que escribir para el pueblo y todo eso. Varios artistas jóvenes, en una mesa redonda, discutieron sobre pintura y mostraron unos cuadros. A mí me parece que la modernidad ha pisoteado la belleza del arte. Para gustos no hay nada escrito. Yo no niego a Picasso y a los existencialistas, pero ya se exagera con tanto surrealismo. Cuadro como el que tenemos en la sala, de la viejita oyendo el reloj, ya no se pintan. Tampoco como el paisaje de la floresta, con la casita al fondo, que parece un sueño de hadas y uno siempre lo mira y puede seguir mirándolo a cada rato. El que dirigía el debate mostró mi cuadro a la cámara y dijo que era todo negro y que el punto que se veía al costado era anaranjado y brillante. Se llamaba Exégesis del Alma y busqué en el diccionario, pero no encontré nada que tuviese relación con la Biblia, como dice allí. Dice Alfredo que para gustar hay que saber, y a lo mejor es por eso que yo me quedo en babia.
"En las noticias pasaron algunas tomas de la ciudad y pude ver el centro y las calles. Me di cuenta de lo mucho que ha crecido todo, de los cambios, y de lo apartada que estaba yo de todo ese crecimiento (por suerte). Cuando una tiene un hogar como éste, el mundo desaparece y no es tan difícil adivinar lo que pasa afuera. También mostraron las fotos de una bomba que habían puesto en un edificio y dijeron las amenazas de esos asesinos sueltos. Al venir las internacionales, sentí que me agarraba el sueño, pero ahora viene lo raro que quieto anotar.
"Cuando me senté, sentí que el sillón se había mojado de transpiración. Las luces estaban apagadas y el locutor dio las buenas noches como siempre. Yo le contesté buenas noches y entonces, tal vez por lo boleada que me tenía el sueño, me pareció que la sonrisa que él hace al final, iba dedicada especialmente a mí. Esperé que la imagen se esfumara. Después vino la última música, que siempre me emociona, con el fondo del puente. La salita estaba a oscuras. Esperé. La música terminó, quedaron las rayitas moviéndose y ese ruido que de pronto viene a cortar todo lo lindo. Yo no sé, repito, si sería por el sueño, o tal vez porque estaba en penumbras y así es más fácil de imaginar, pero me quedé muy nerviosa viendo el aparato con las rayitas y, de tanto mirarlo, me pareció que se convertía en un ojo grande que me vigilaba desde la oscuridad. Era como un ojo pacífico, sonriente, pero también mandón. Tuve la sensación de que en medio del ruido que salía del ojo, había voces tratando de darse a entender conmigo, voces que me llamaban, ¡Lucia!, ¡Lucía!, mezcladas como con una música medio confusa y lejana. Me paré y caminé hasta el televisor sin quitarle la vista de encima. Estaba descalza y en ropa interior. Al moverme, las partes sudadas de mi piel se enfriaron un poco y me pusieron toda erizada. Me entró como una angustia rara en el cuerpo y supe que algo extraño iba a ocurrir. Tenía miedo y ansiedad, la garganta completamente seca.
"El ojo se agrandó y miró mi cuerpo como si lo abarcara por entero, iluminándolo y dándole formas muy redondas y blancas. Tuve un escalofrío y no me animé a apagarlo. Toqué la pantalla del aparato sintiendo que estaba tibia, casi caliente. Todo el aparato parecía moverse y querer tocarme. Entonces, no sé por qué apoyé mi vientre en él y sentí como si todas las rayitas del ojo fueran miles de manecitas que se peleaban por frotarme. Me sacudió una emoción tan grande que estuve a punto de llorar, pero también una gran felicidad, porque sentí que el aparato estaba tratando de comunicarse conmigo. Apoyé con fuerza mi cuerpo contra esa tibieza y todo el calor y las voces entraron en mí, entonces me abracé al aparato pensando que me volvía loca, y aunque parezca mentira nos hablamos, lo besé agradecida infinidad de veces, lo apreté, quise yo también darle calor, lo recorrí hasta los cables, apreté la antena, toqué el enchufe que es lugar por donde él recibe la vida, me acosté en el suelo y lo puse sobre mí. Y de pronto, como un milagro, supe, no sólo que el aparato y yo éramos una sola cosa, sino que él me estaba proyectando, que yo era una imagen viva saliendo de él, y al darme cuenta lo apreté con furia sintiendo que me moría de felicidad y pena, y lloré y reí, mientras él quería que yo fuese, y fui, la esposa del profesor de matemáticas".

Catania, Carlos (1978 [2014]). Las varonesas, Buenos Aires, Las cuarenta, pp. 91-96.

miércoles, septiembre 30, 2015

La rata tullida en las redes pegajosas de la Historia

Ya no recuerdo siquiera la sonrisa azul de sus cadáveres ni sus nombres, ni nada. Sentado en el último apestoso escalón, les indico el camino, señalo la Rosa de los Vientos y mastico lentamente el espesor del Destino. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
El hermano Aldo ya no está. Todos se han ido. Edith apareció anoche para decirme cosas que no entiendo.
Pongan la vista al frente y sigan el viaje de esta bazofia humana.
Si todo final está al comienzo, el asunto se inicia en la cola de ese bicho maldito y condenado por generaciones, que cae de pronto en las redes pegajosas de la Historia. Una rata completa, tullida y macrocéfala, de bigotes amarillentos. Te la menciono porque tuvo, como cualquiera de nosotros, participación destacada en los acontecimientos aún por narrar ocurridos allá, en las cunas vacías de una civilización ensangrentada, sin duda tan importantes como los narrados en presente.
La veo correr atropelladamente sobre sus patitas elásticas, atisbando sin descanso, maliciosamente, los caminos del cielo y del infierno: un par de ojos bailarines y astutos que en realidad nadie apreciaba. Inteligente y cagona, chillaba por igual frente al peligro que ante las alegrías salvajes de la vida.
Era capaz de defecar mientras huía o de practicar el amor en lugares inverosímiles. Sus hermanas de raza no le daban mucha bola. En esta época es una rata saludable pero solitaria, cuyos orígenes se pierden en la oscuridad de los siglos asiáticos.
Emergiendo de los tentadores retretes del patio, atravesó enceguecida el ruidoso salón polvoriento, serpenteando entre piernas vivas y patas de madera, y por puro placer rozó el talón de Alfredo que apoyaba en ese momento tres dedos de su mano izquierda sobre el paño verde. Después, con la eléctrica intrepidez del susto, se hundió de cabeza en el único agujero al pie del mostrador.
Me llamo Alfredo.
Con el índice y el pulgar formó un arito arriba. El palo se deslizó suavemente de ida y vuelta. Ahora pensó en su hermana y se distrajo. La imaginó aplacando la sed en las vertientes de Kant, con ese esfuerzo mental que la obligaba a entrecerrar los ojos y morderse la lengua. La punta-lengua-azul titubeó un instante, retrocedió realizando varios amagos histéricos hasta pegar sin fuerza en la bola blanca que tocó apenas el flanco de la bola roja para terminar agonizando humillada en un rincón de la mesa.
Así comienza el asunto, pero nunca hay que fiarse de las apariencias.
El muchacho irguió el cuerpo mirando a su compañero, un desconocido con quien había jugado varias veces. Éste hizo un gesto como restándole importancia a la pifiada, pero Alfredo adivinó su profunda incomodidad. Tal vez, se dijo malhumorado mirando de reojo hacia la calle (donde momentos antes había creído ver movimiento de policías), todo el optimismo del tipo, hasta el fin del día, dependiera exclusivamente de ese juego.
Los hombres de la pareja contraria, ambos escogidos al azar, arrugaron sus frentes apenados sin poder controlar ciertos tics de satisfacción; enseguida parecieron más alegres. De este modo se cocinan las ilusiones. Todo esto lo percibió él, maravillado, en menos de un segundo, pensando que debía concentrarse. En caso contrario, la mínima acción, un temblor repentino, la palidez, hablar en voz alta, lo delataría.
Uno de aquellos rivales contingentes había estado contando chistes insoportables durante los primeros veinte minutos, sacudiendo el salón con sus risotadas, para caer luego en un pozo y permanecer silencioso, quizás dedicado a rumiar algún sordo rencor o soportando una situación tirante en un lugar despreciable del cual no podía desprenderse por falta de personalidad. También la fatalidad se ensaña con insignificantes presas. Ahora, observó Alfredo, el tipo tornaba menos vigorosamente a ser sociable. ¿Qué dispositivo mental prepara la trampa para que un infeliz se inyecte dosis de putrefacto optimismo? Lo consideró con vago interés desde la silla en que se había sentado, junto a la mesita, el taco entre las piernas, un vaso de ginebra al alcance de la mano.
Enderezó el cuello. Tenía humedecida la frente. El dolor de la nuca no había desaparecido del todo. Observar es acortar el tiempo; sólo transpiran los desocupados. La transpiración del miedo huele a meada. Nada que ver con el sobaco del campesino. El olor a hombre de trabajo le producía un odio violento unido a cierta envidia. Eran atractivas las camisas de los hombres rudos. Tenía imágenes tan precisas que temió ser descubierto. Como las observaciones formales suelen pasar de largo, repitió por tercera vez:
—Hoy sí me voy a acostar temprano.
Nadie interpreta estos comentarios mientras juega, pero quizás un día, más tarde, en el momento oportuno, se verían obligados a recordarlo.
El otro rival apoyaba las manos sobre el paño: la intensa luz resaltó su fofa blancura. Un anillo inicialado apretaba la grasa. En mi ciudad los anillos son el lujo de las bestias, su patente de tránsito, una grosera aspiración al Absoluto (Filiberto tenía esa misma papada estropoveteada por el roce del cuello almidonado).
Un cura incursionista, imaginó, animado de redención y de fáciles erecciones reprimidas, confundiéndose en el mar de los ahogados, para probar.
No obstante, en este muestrario (según había determinado) salvaje e impúdico de la Humanidad Obsecuente, quien más le llamaba la atención era su propio compañero de juego. Como solía ocurrir en estos casos, le encontró un remoto parecido con su padre (quizás fuera su padre, metamorfoseado por los secretos poderes de taumaturgo que poseía —era imposible saberlo, sobre todo cuando la mayoría de los hombres mayores de cuarenta años encerraban esa posibilidad). Éste debía tener cincuenta años o más, la piel color aceituna. Cada vez que realizaba un movimiento, el olor a nicotina saliendo de los poros, confundido con la humedad del alcohol, abanicaba el aire. Provenientes de las pestañas, una que otra gotita se balanceaba en el extremo de su nariz antes de caer sobre el paño. A veces, con el objeto de desprenderlas, realizaba bruscos movimientos de cabeza o restregaba la jeta en el hombro, cerca de la axila.
Se la olía. Alfredo observó que a pesar de su permanente ansiedad el tipo parecía un muerto: aquellos ojos color ceniza estaban apagados, desmintiendo cierta desenvoltura postiza, un intento curioso de ser simpático. Era casi calvo, con cabellos distribuidos a los costados, aplastados por la gomina y ligeramente enrulados en los bordes. Esto le confería un aspecto poco higiénico, acentuado por los oscuros filos del cuello de su camisa y la ausencia del primer botón. Primer descubrimiento: la inminencia de los grandes actos inclina hacia las minucias. ¿Será verdad que Eichmann se puso desodorante minutos antes de subir al cadalso? También Kaliaiev limpió la nieve de su bota al pie de su cruz.
Catania, Carlos (2015 [1978]). Las varonesas, Buenos Aires, Las cuarenta, pp. 17-20. 

martes, julio 07, 2015

Las Varonesas vuelve


Este es un libro paradójico.

Para Roberto Bolaño, Las Varonesas era una “novela notable y olvidada”. ¿Cómo una obra puede ser notable pero haber sido olvidada? Otras novelas monstruosas como Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal y El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza atravesaron esa paradoja.

Este es un libro censurado.

En una entrevista de 2013 en el diario El Litoral, Carlos Catania dice: “en efecto, a los pocos meses de haberse editado en Barcelona, en Seix-Barral, me anunciaron que la novela había sido prohibida en mi país, junto a La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa. No me sorprendió. Ya sabía que aquí se habían quemado libros, acto que solo cabe en el delirio de un idiota”.

Este es un libro recobrado.

En 2013, el periodista Guillermo Belcore lee la mención de Bolaño y como si de una señal se tratase busca con insistencia Las Varonesas, de Carlos Catania. La encuentra en internet, a un precio bajo. Luego de atravesar la lectura de esta novela oceánica, Belcore publica en su blog La biblioteca de Asterión y en el diario La Prensa una nota sobre la novela. Así recomienza la historia de este libro.

Este es un libro postergado.

Treinta y nueve años tuvieron que pasar para que Las Varonesas pueda conseguirse en Argentina. Treinta y nueve años para que una editorial decidiera volver a publicarla. Treinta y nueve años para recuperar una novela que pide a gritos ser leída en las tinieblas de su época.

Este es un libro monstruoso.

En la misma entrevista de 2013, Catania señala: “Escribo, fundamentalmente, porque soy un inconforme. No estoy de acuerdo con el mundo ni conmigo mismo, ni con los sistemas, ni con casi nada. A menudo, lo que llamamos verdad no es más que el error en que todos coinciden. De ahí la Teoría del Error, que Alfredo pregona en Las Varonesas. Mi odio involucra una gran ansia de regeneración y humanidad, lo que quizás hoy día se asemeja a la locura”.
 

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