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viernes, septiembre 04, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 2)

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1): Ángel Bonomini y Jorge Cruz 

de BERNARDO EZEQUIEL KOREMBLIT 

El recuerdo permanente de un gran escritor, de un amigo bienquerido —como lo es y sigue siéndolo Héctor Murena para la Sociedad Hebraica Argentina y para los escritores que esta noche lo recordarán— es una fuente nutritiva que alimenta nuestra gratitud y nuestra admiración, tanto como en el tiempo en que no era, como es ahora, un emocionado recuerdo sino la presencia de un hombre, un ensayista, un poeta, un espíritu y una inteligencia a quien podíamos ver y escuchar asombrados por su talento en ascuas y felices con la cordialidad de su compañía. Evocar hoy, a un mes de su desaparición, a ese amigo y significativa figura de la literatura en América, con nostalgia por su palabra conceptuosa y brillante, con asombro por su obra y con aflicción por su ausencia —desde el 6 de mayo la suya significa un bien perdido que no podemos recuperar sino nombrándolo y exaltando su personalidad—; equivale no sólo a un acto de justicia, literaria y humana, que nuestra institución y los intelectuales que nos acompañan cumplen en un Homenaje ponderativo pero no exento de melancolía, sino también al subjetivo deseo de seguir contándolo entre nosotros. La Hebraica agradece a Ángel Bonomini, Jorge Cruz, Alberto Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, William Shand, Enrique Pezzoni y David Vogelmann su participación en este Homenaje que nuestra casa rinde a quien estuvo vinculado a ella desde las páginas de la revista Davar y de la actividad cultural: Héctor Murena participó de ella solamente en dos Cursos —“La incertidumbre de nuestro tiempo" y “Esencias y existencias de un poeta”: con este Curso inauguró él el Ciclo qué desde entonces se repite anualmente—; pero esas ocho clases de Murena constituyen uno de los hitos memorables que han enriquecido y ennoblecido la actividad cultural de la Hebraica y que la institución, recordando a quien las dictó, puede mostrar con orgullo en su Cincuentenario. Tres días antes del 6 de mayo, Héctor Murena fue el nombre que elegimos para que nos representara ante el Fondo Nacional de las Artes en el Concurso de Ensayo para el bienio 1974-75, designación que Murena aceptó sin mucho entusiasmo por integrar un jurado pero con cordialidad y adhesión hacia nuestra casa. En suma, que este Homenaje significa el profundo reconocimiento y el hondo afecto que sentíamos por él y por la cálida amistad que lo tenía vinculado a esta institución que lo recordará siempre y no solamente lo recuerda esta noche. 

Nadie se va del todo si su espíritu, su pensamiento y su persona sobreviven en quienes lo amaron y admiraron. Los amigos aquí reunidos evocarán a Héctor Murena con la certidumbre de que Murena, que, a través de su denso intelectualismo, fue un artista, tendrá el testimonio de la permanente declaración de Baudelaire: “una de las expresiones más bellas y trascendentes del arte reside en las expresiones de quienes hacen justicia a aquel que pensó y sintió artísticamente”. 

Por una vez más, la Hebraica agradece a Bonomini, Cruz, Girri, Marta Lynch, Victoria Ocampo, Shand, Pezzoni y Vogelmann su participación en este Homenaje al gran escritor, al querido amigo siempre vivo para nosotros. 


Aunque lo hago en nombre de la Hebraica, no puedo hablar de Héctor Murena con un frío aire impersonal, como si él no hubiese sido uno de los pocos escritores argentinos por quienes he podido sentir verdadero afecto y no únicamente admiración. En la trapalanda literaria que vivimos, los intelectuales hacia los cuales nos es dado sentir ambas inclinaciones pueden ser contados con los dedos de la mano por un manco, y que además sea mocho. Aunque mi trato con Murena no fue cotidiano sino espaciado y poco frecuente, fueron suficiente y bastante algunos encuentros para comprender tanto su ética insobornable como su talento en permanente combustión, su indeclinable actitud de humanista (que contenía al poeta, al ensayista, al novelista) como la conformación del artista indeclinable que lo distinguía. Murena me ha convencido de una deducción a la que he llegado viendo el cuadro dramático de nuestra época: que el poeta, el artista está condenado a una extrema peculiaridad personal: no pudiendo, orgánica, fisiológicamente inclusive, adherirse a un estilo general de vida, crea otro, personalísimo e incompartible. Y la desalentada conclusión no es menos dolorosa: no es el artista, el poeta, quien ha elegido su remota lejanía del mundo absurdo, falaz e insuficiente que lo rodea sino que ella le es impuesta por las nada elogiables circunstancias que caracterizan a la república de lobos en que vivimos. 

Con este titubeante preludio quiero preparar la conclusión y la síntesis de lo que he visto en Héctor Murena como escritor, y como hombre: un alma romántica (pues nunca me disuadió de ello su espesa selva intelectual) y una concepción universalista en medio de la cual la independencia espiritual —con su carga de la incomprensión y soledad— del hombre de letras, del típico y específico humanista que él era constituía el santo y seña con que se abría paso ante los centinelas de la asfixiante militancia: las vanidades y los cedazos y las especulaciones oficiosas en la militancia literaria y los totalitarismos y los objetivos antidemocráticos y liberticidas en la militancia política. Es indudable que a Héctor Murena lo ultimó su relampagueante inteligencia y en gran parte las desesperanzas de nuestro kakistocrático país: una desesperación propia de la lucidez, que en Murena era restallante y que compartía con muy pocos. Y sé también que en su misma obra y persona incisivas, atormentadas, indagadoras, coexistían una intensa ternura y una insomne sensibilidad. Todo ello, entonces, me lleva a la conclusión de que nuestro querido amigo, lo mismo que el genesíaco Rimbaud, por delicadeza, perdió su vida. 

Tengo la certidumbre de que lo evocaremos e invocaremos siempre como a uno cuyo comportamiento moral e intelectual en modo alguno contribuyó al escándalo, a la vergüenza, al drama desesperante que vive nuestro tiempo apocalíptico. Él fue un estético que supo ser también un ético; y de esta conjunción suya, advierto que la protección y el sostén y el auxilio espirituales y morales que tanto necesita la desvalida criatura intelectual que somos, la habríamos alcanzado si las dentelladas de un mundo cruel e implacable no hubiesen inmolado a Héctor Murena. 



de MARTA LYNCH 

A pocas semanas de publicar La alfombra roja, en una revista que dirigía Federico Peltzer apareció un artículo crítico sobre la novela. Lo hubiera olvidado ya de no haber sido esa una de las pocas actitudes serias que he recibido en mi vida profesional. El artículo estaba firmado por H. A. Murena. Entonces, hace exactamente doce años, Murena pasaba por un momento de real esplendor y esa circunstancia hizo más sorprendente su artículo en un país como el nuestro, canibálico y de una crueldad lozanamente heredada de españoles e italianos, país en el que se mezclan —curiosamente— la sofisticación, la ingratitud, y el resentimiento. No recuerdo ese artículo porque se me elogiara. Lo he guardado estrechamente en mi corazón porque fue un acto justo y mesurado dentro del cual estaba presente esta criatura humana que soy, que muy poca gente conoce a fondo. Murena señalaba entonces mi visión negra del mundo y la anotó como contrapartida de la visión rosada que fuera índice de vida de tantas generaciones femeninas anteriores, la intrepidez con que —loca de mí— me arrojaba a la literatura, el valor de esa actitud, el despojamiento de quien no iba a encontrar miel sino pruebas y amarguras, la realidad de la aparición de una mujer que creía tener algo que decir. Desde entonces nunca me separé de él. Fue la nuestra una amistad larga, profunda y muy callada, como esos afectos particulares que se mantienen a través de distancias continentales, de circunstancias existenciales distintas. Sin embargo, cuantas veces precisé de él, allí estaba. En ese momento Héctor era ya famoso (cuánto y cuán torvamente se estará riendo al escucharme); había escrito El pecado original de América, su fascinadora novela Las leyes de la noche, excelentes poesías. Era el secretario de Sur. En la plenitud de la vida gozaba de prestigio nacional e internacional. Viajaba y era buscado por sus contemporáneos. Y —como todas las personas de valor— era también sensiblemente desdichado. Entre nosotros ocurrieron hechos sorprendentes. En la mañana de un 3 de diciembre, me llamó por teléfono a eso de las diez para preguntarme cómo estaba. Le contesté que bien. Insistió en cómo estaban mis hijos. Mis hijos —gracias a Dios— estaban bien. No se conformó: “¿estás segura?”, insistió, “¿los tenés con vos?”. Sí, estaban conmigo. Eran las vacaciones escolares y potreaban dentro de mi casa. Cortamos y al rato volvió a llamarme: “¿estás segura que tus hijos están bien?”. Lo mandé al demonio. No seas lechuzón, no seas agorero. Me despreocupé. Una hora más tarde me avisaban que Ramiro, mi hijo más pequeño, había sido atropellado por un automóvil en la Avenida Libertador y estaba gravísimo. El chico fue operado, se salvó. Ni Héctor ni yo nos explicamos nunca el origen de aquel presentimiento tan vivo que había rozado casi el límite de lo posible. Lo hablamos a menudo y fue un motivo de preocupación y de felicidad; el chico se había salvado y él lo recordaba con frecuencia. “¿Y mi rescatado?” preguntaba. Hoy, el rescatado, lee las poesías de Murena en un libro hermoso que se llamó El demonio de la armonía


Poco tiempo después su vida personal tuvo un giro feliz porque con la excelente novelista Sara Gallardo compusieron un dúo sincero y armonioso; pero en el exterior, en la médula del país soplaban vientos que comenzaron a hacer girar su estrella de escritor. Porque Héctor fue víctima —como pocos— de una ferocidad ideológica que sacudió —y sacude— América latina. Su plenitud como escritor coincidió con un tipo de cultura marcada por pautas muy severas que a menudo ha hecho de mediocres, verdaderos dioses; y de escritores respetables, marginados de hecho. Murena, pues, pagó a un precio muy alto no aggionarse, no ponerse a la moda de una revisión que, en el 90 por ciento de los casos, no alcanza más que a la superficie cuando no al oportunismo. Fue rigurosamente insultado, expurgado sin la menor noción de justicia. Negado cuantas veces fue necesario hasta que verdaderamente su estrella se oscureció. En los anales de la arbitrariedad, ese Pequeño Larousse Ilustrado de la cultura argentina, el caso Murena reviste singular relevancia; porque a Héctor se lo negó por lo que creía ciega y hondamente, se lo combatió por lo que él sentía mejor, se lo olvidó por venganza. Y eso es maniqueísmo puro, sectarismo al revés. Asimismo trabajó con una periodicidad asombrosa: sus ensayos Homo atomicus, El pecado original de América, Ensayo sobre subversión, su trilogía de novelas: La fatalidad de los cuerpos, Las leyes de la noche, Los herederos de la promesa, El juez, en teatro, sus libros de poemas entre los que destacó a más de El demonio de la armonía, El escándalo y el fuego, y Relámpago de la duración, no son sino parte de aquel trabajo arduo, desesperado y absorbente. Tengo la alegría de recordar que a cada obra suya, correspondía una larga carta mía con críticas y generalmente, con alabanzas, que hoy me congratulo en hacer públicas. Mi corazón se alegra de haber sido con él una lectora tierna y leal. Se lo merecía. Lo cubrí de asombro y de curiosidad cuando publicó Epitalámica y lo llené de fastidio cuando me negué a discutir Polispuercón. Algunas de sus publicaciones en el dominical de La Nación fueron joyas para conservar celosamente. Pocas semanas antes de su muerte publicó una poesía cuyo nombre no retengo, por desgracia, de una relevancia más allá del elogio. Todo lo que escribía era lúcido y llenaba de interés cuando no de pasión favorable o de signo opuesto. Todo cuanto tradujo, todo cuanto estudió, formó parte de esa catedral sin fin de la cultura al decir de Bergmann, con una seriedad admirable. Su vida fue útil y dejó testimonios que el argentino recogerá ahora y —estoy segura— revalorizará mucho después. En su enternecedor cubículo de la calle San José hice con él algo que no he repetido con persona alguna, signo exterior de mi profundo orgullo: le anticipé cuentos y novelas. Su juicio fue la única opinión que recabé en todos estos años y me convencí de que —severo como era, arbitrario a veces— era también casi inapelable. En ocasión de publicar Al vencedor, novela con la que me jugaba mi destino profesional (dada la fácil resonancia de La alfombra roja), leí en la calle San José en voz alta, más de la mitad de la novela. Me miró largo rato con aquella cara suya tan extraña, cara de argentino sombrío, del hombre meridional, con su pelo oscurísimo y bien peinado, sus ojos vivos, su gran bocal burlona. “Qué mujer rara sos”, me dijo y luego, aludiendo a los soldados de mi historia, casi como si hubiéramos sido compañeros en el banco de la escuela repitió: “qué mujer rara, porque de vos puede decirse cualquier cosa menos que seas un conscripto...”. A veces, nos reíamos, de nosotros en particular, de otros por una justicia compartida. De Al vencedor dictaminó: “es tan perfecta su estructura que en la perfección reside su artificio”. Y tenía razón. 


Nos tomábamos el pelo con bríos inagotables: él, por mis arrestos patrióticos, por mis errores pasionales, por mi vocación de Juana de Arco sin hoguera. Yo, por su negrura infinita. “Serás el Capitán Veneno”, solía decirle para que aflojara. Cuando nació su hijo estaba muy contento. “Ya verás”, le decía en esas conversaciones telefónicas que debieron enloquecer a Entel. “Se te subirá a la cabeza. Te dije que el Capitán Veneno era cosa de tiempo”. Quizás no lo fue nunca o lo fue en un sentido recatado y riguroso que hacía doblemente valioso al sentimiento. Nunca accedió a visitar mi casa. No asistía a mis reuniones. “Prefiero conocerte suelta”, me decía. Y también en eso tenía razón. 

Quince días antes de morir hablamos por teléfono dos horas, cuarenta minutos, por reloj. Ya no nos peleábamos por problemas políticos ya que ambos compartíamos la desolación y el escepticismo. Ya no discutíamos acerca de literatura: estábamos siempre de acuerdo. Aún nos interesaba mucho la opinión que uno tenía del otro. Le gustaban mis llamados matutinos dominicales luego de la lectura de algún poema. Yo requería ansiosamente su opinión sobre mi última novela. “Me dicen que Un árbol lleno de manzanas no es del todo mala”. Aventuraba socarronamente con su bella vos afelpada. Yo sabía que estaba instándome a seguir de pie. Ahora ya no conversaremos más. Ya no estaremos más de acuerdo, ya no reñiremos acerca de mi viaje charter. Se fue de esta puerca vida dando un gran portazo. Yo sé que no se irá, nunca del todo. Para eso fue en vida un gran escritor. Y más aún, estoy segura —necesito creerlo— que está en paz, en una bruma dulce que se va aclarando, día tras día, conducido por la voz de aquella mujer que describiera en una poesía memorable. Una madre joven y bella, de 30 años, que usaba buenos perfumes y que se inyectaba ella misma los remedios para la tuberculosis. Estoy segura que había descubierto ya el misterio del abrazo maternal y en su oído de niño expectante ya no escuchará la tos nocturna y terrorífica sino la dulzura del llamado, diciéndole: “vamos, Héctor, vamos, vamos”. 

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 248-253.

jueves, agosto 20, 2026

Homenaje a H. A. Murena en Davar (Entrega 1)



Hace unos meses largos busqué algo que quería leer con ganas: el homenaje a H. A. Murena que realizó la revista Davar en otoño de 1976. Calculo que la referencia la había leído en la revista Artefacto con dossier mureniano de 2001 (agradezco a quien me lo pasó completito en fotos antes de la digitalización de AHIRA; no recuerdo tu nombre, amigo virtual, pero quede expresada mi gratitud). 

En todo caso, ahora que recomenzamos con los encuentros para leer el ciclo de novelas "El sueño de la razón" y a pedido de una exigente y querida participante que reclama la despedida de Victoria Ocampo (quien diez años antes había tenido un altercado con Murena, el fin de su participación en el proyecto Sur) es que me propongo digitalizar el homenaje de la Sociedad Hebraica Argentina a través de su revista.

Les dejo la intro, el listado de nombres de quienes participaron y comparto los primeros dos textos. ¡Que los disfruten!
El martes 10 de junio de 1975 se realizó en la Sociedad Hebraica Argentina el Homenaje al escritor Héctor A. Murena, fallecido el 6 de mayo del mismo año. Davar publica en este número las disertaciones de los participantes en la certidumbre de que constituyen un valioso y documentado testimonio de admiración y él reconocimiento que por la obra y la personalidad del poeta evocado tiene la literatura y el pensamiento argentino, en esa ocasión él de los amigos que, a un mes de su muerte, lo recordaron intelectual y emotivamente. 

Ángel Bonomini / Jorge Cruz / Bernardo Ezequiel Koremblit / María Lynch / Victoria Ocampo / Enrique Pezzoni / William Shand / D. J. Vogelmann / Alberto Girri 

de ÁNGEL BONOMINI 

Puede afirmarse que la trayectoria del pensamiento de Murena, desde sus primeros ensayos hasta La cárcel de la mente, traza una línea en que se perfila una inteligencia por momentos sobrecogedora para llegar a una conclusión: la de que “pensamos para dejar de pensar”. 

Dicho de otro modo, su inteligencia traza una línea paralela a la de la poesía, cuyo objetivo final es el de alcanzar el silencio. 

Pero observaciones como estas resultan descargadas si no se atiende a la verdad de que esa trayectoria dramática, en el caso de Murena, a través del pensamiento, está fundada en un principio de fe que luego se resuelve en desesperación, al revés de lo que declaraba Pablo, en cuanto a que la fe es la substancia de lo que se espera. 

Resultan descargadas estas observaciones enunciativas si no se atiende, además, que esa obra se ha desarrollado con todos los desgarramientos de las dudas; con la demencia de las contradicciones; con la candente agudización de los sentidos que permite percibir el eco de las verdades últimas; con la caridad hacia los extremos más excecrables de la condición humana que informan de su naturaleza; con la admiración ilimitada por los otros extremos de esa misma condición que informan sobre sus propósitos de perfección. Búsqueda, entonces, dígase, desde todos los ángulos de tiro para dar caza, si no a Dios, a una partícula de su sombra y conducirlo a mostrarnos la obligatoriedad de su existencia. 


Porque, a través de su deseo de desentrañar el país, a través de su fervor por aclarar la situación del hombre en este punto de su conflicto histórico, a través de sus novelas, a través de sus poemas, y aún a través de sus violencias y de su ternura, Murena no hizo otra cosa que buscar a Dios. 

Después de La cárcel de la mente reunió una serie de ensayos en La metáfora y lo sagrado. Son los referidos al arte. De todas esas intuiciones, mostradas en ese libro con una escritura incomparablemente más serenada que en sus ensayos anteriores, hay una que prevalece neta e inequívocamente: la de que el arte, aun cuando el mismo artista no lo sepa, sirve sólo de elemento pontificial, como puente entre este mundo y el otro. Es decir, el arte, substancia religante, tiene lo que la teología les asigna a los sacramentos: capacidad vehicular; sirve para llegar a Dios. 

Hay un modo de reducir a cinco palabras la sucesión de días de la vida humana: hay que dar la batalla. Pero la índole de esa batalla da a cada ser —por debajo de su sagrada condición de criatura— un grado de gracia diferenciador y necesario. 

Porque hay —por lo menos en una de las más altas religiones que se nos proponen a los hombres— una aceptada y terrible incógnita: quien más encarnizadamente busque a Dios, más lacerado quedará, más testimonialmente morirá. 

Sólo Dios sabe y dispone en qué rincón de la agonía debe situar a quien lo busca con tanta desesperación, es decir, con tanta esperanza de que al fin va a ver revelado su velado Rostro. 

Según las jerarquías que implícitamente sostuvo Murena, conforme a la Tradición, la poesía es escala anterior a la santidad. 

En este país sin santos, y en el que la vocación de la poesía tiene tan raras excepciones, la desesperada y esperanzada búsqueda por alcanzarla, y aun sobrepasarla tiene un solitario testimonio en el nombre de Héctor Murena. 


de JORGE CRUZ 

Vi y oí a Murena durante casi veinte años. Yo recibía sus colaboraciones en el Suplemento Literario de La Nación y era testigo divertido, como él, del ademán furtivo e irónico con que me las entregaba o las dejaba sobre el escritorio. Si no había algún colega temible que lo impulsara a un mutis asombroso por lo rápido y esfumado, se quedaba a charlar sin preocuparse del tiempo. Sabía de todo y de todos, de lo grande y de lo pequeño, de lo antiguo y de lo reciente, y hablaba siempre sin solemnidad ni pedantería pero seguro sobre el tema que trataba. En los últimos tiempos solía confiar sus colaboraciones al correo, y al teléfono sus conversaciones. Si sus poemas finales, tan hermosos, eran brevísimos (y sobre esto bromeaba en sus esquelas), sus conversaciones seguían siendo extensas y, por teléfono, más libres y hasta confesionales, dentro de los límites de una relación amistosa pero al fin y al cabo profesional. Siempre había un hecho concreto e inmediato en el principio, y después se explayaba la conversación. Murena juzgaba la realidad del momento, indicaba tal o cual hecho, en el que veía el signo de decadencias, hacía sus cuentas astrológicas e, impávidamente, aventuraba desastres apocalípticos. Parecía exagerado, demasiado severo y pesimista. Veía cómo la vida literaria se frivolizaba, cómo tal o cuál daba un oportuno giro para ajustarse a una nueva situación, cómo se codiciaban los viajes, los puestos diplomáticos, la gloriola que distribuían ciertos semanarios, cómo el libro era un objeto que había que rodear de propaganda, como otro objeto vendible cualquiera. Murena parecía entonces un amargado o un resentido. 

Había nacido en el mundo de las letras como Palas Atenea, armado de pies a cabeza, combativo y triunfante; se había alzado como la figura más fuerte de una generación, pero al cabo de los años otra generación lo menospreciaba y lo excluía. Murena se mantenía impertérrito, seguía en lo suyo, firme, lúcido. Parecía, a juicio de algunos, obstinado y orgulloso; había optado por vivir a contrapelo y nadar contra la corriente. Este dramático proceso de una vida ardua y por momentos heroica, en extrema tensión, era, en lo hondo, un elemento corrosivo que debía terminar por agotarlo. 


Murena tuvo vocación y pasta de maestro, no, ciertamente, por afán de dominio, menos por vanidad, sino porque sabía que era necesario sostener a un grupo de hombres que conservaran y cultivaran ciertos valores fundamentales. La ostensible generosidad de Murena creo que provenía de ese íntimo convencimiento. Ayudaba, incitaba; en lo que podía, facilitaba posibilidades de viajes, de becas, de publicaciones, de contactos con otras personas. Escribía cartas, recomendaba revistas, libros, daba direcciones; había una frenética urgencia en esa prodigalidad intelectual que se reflejaba en su mirada intensa, negra, que a veces parecía alucinada y a veces feroz. 

El pesimista Murena, el amargado, el obstinado, hubiera podido dar un giro elegante, hubiera podido incorporarse a los “felices pocos” de la “intelligentsia” internacional, hubiera podido optar por un cómodo y prestigioso nomadismo, de fundación en universidad, de universidad en editorial, de editorial en fundación, en una ronda sin fin. Obstinado, se quedó en su departamento del barrio Sur y optó por la pobreza, renunció a los viajes, a las publicaciones y a la vida socio-literaria. El escritor y el artista habían llegado a ser para él cosas sagradas. Murena había elegido una senda difícil, abrupta, y por ella andaba. 

No todo era apocalíptico en esas conversaciones telefónicas, que menciono solamente con la intención de dar un testimonio personal. Era gracioso oírlo hablar de sus problemas domésticos, de sus compras en el almacén o en la carnicería, de sus almuerzos entre obreros, jubilados y pequeños empleados en alguna fonda vecina; de los encontronazos con la señora que, también ella terca, se empeñaba en limpiarle su cuarto. En esas circunstancias sorprendía en la gente común actitudes y comentarios graves o ridículos que él incorporaba a sus pensamientos y a sus teorías sobre las cosas. No todo era apocalíptico en esas conversaciones, pero, de cualquier modo, uno terminaba por quedar nervioso e inquieto. 

Ahora, luego de su muerte, que a tantos nos ha dejado atónitos y llenos de oscuros presagios, vuelvo a evocar y oigo nítidamente la voz desolada de Murena relatando sus caminatas nocturnas de insomne y algunas anécdotas reproducidas con ácido humor y sin piedad, como un ejercicio de autoflagelación. Me lo imagino caminando por las calles desiertas, solo, como la imagen del verdadero y más doloroso exilio, en su ciudad, en su país, sobre el cual tanto había meditado y del que jamás quiso apartarse. 

Sabemos que Murena era de esos hombres de los cuales los pueblos concluyen por enorgullecerse, solemnidad ésta que le hubiera causado risa, sin duda. En lo inmediato, sus pesimismos y amargores se han hecho punzantemente actuales y son nuestros; los sentimos todos los días ante un mundo que retrocede vertiginosamente a las edades volcánicas, incierto y sombrío acaso como nunca.

Fuente: Davar, n. 127, otoño de 1976, pp. 245-247.

martes, agosto 04, 2026

Sobre "Café Pombo", de Agustín Caldaroni


Leo Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni, libro de relatos publicado en 2023 por la editorial El fatalista.  

Descubro entre sus páginas, en un cuento muy destacado llamado “Café Pombo”, al pintor y escritor español José Gutiérrez Solana. Me trae reminiscencias de mis lecturas recientes del Murena novelista; busco en internet y efectivamente lo vinculan con Goya

Caldaroni arma un relato nostálgico y oscuro: ¿qué se hizo de los cafés, de esos lugares de encuentro? ¿Por qué la vanguardia terminó tapando a la retaguardia? ¿Qué rastros, gestos y experiencias dejaron los retaguardistas, aquellos que sospecharon del progreso, de la novedad, de los espejitos de colores y abrazaron lo bajo, la muerte y la fiesta? 

Los tres personajes de “Café Pombo” (Gutiérrez Solana, Ramón Gómez de la Serna y Filippo Marinetti) son fantasmas de otro tiempo que habilitan nuevas luces para el nuestro, un presente que se nos escapa. Casi también como si el futuro estuviera en el pasado, pegando la vuelta. 

Y la literatura, parece contar Caldaroni con su “Café Pombo”, puede traer de nuevo a escena esas voces muertas para barajar y dar de nuevo, para reabrir heridas, para exhumar mundos y proyectos que parecían perdidos. Mundos que están ahí, entre los pliegues del tiempo, a la espera de alguien que mire con un poco, con un poquito de atención.

miércoles, julio 22, 2026

Sobre Vida secreta de Cristina Campo, de Cristina De Stefano


Leo Vida secreta de Cristina Campo, de Cristina De Stefano (Editorial Trotta, 2020). Se trata de una biografía de la extraordinaria ensayista italiana (a quien descubrí hace un tiempo gracias a la editorial argentina Ediciones Seré Breve). 

Campo nace en 1923 y muere en 1977. Padece un problema cardíaco congénito, se cría con un padre dedicado a la música, lee con fruición, primero, cuentos de hadas y clásicos y, luego, a Simone Weil, a Hofmannsthal y a T. E. Lawrence. Escribe ensayos extraordinarios, pocos, sobre la poesía, sobre la atención y sobre la belleza. No es casualidad, me parece, que termine colaborando en la revista Sur, en donde coincide con dos argentinos que tratará: H. A. Murena y J. R. Wilcock

La biografía de De Stefano está bien documentada (Campo era una incansable y gran redactora de cartas), es ágil y sensible. Una contra es que no logra reponer con claridad, para lectores extranjeros, el contexto cultural-literario italiano (¿qué fue por ejemplo la “Escuela Hermética” a la que Campo se acercó en los años 50?). Otra, que no se detiene demasiado en la obra de la autora de “Los imperdonables”, De Stefano menciona al pasar algunos textos y hasta los cita pero no hay comentario detenido sobre ideas e imágenes, por ejemplo. Hay vida en Vida secreta de Cristina Campo, me faltó obra. 

A partir de los últimos capítulos, y de los diez últimos años de vida de la ensayista y poeta, todo se precipita: la conversión católica, la fascinación con la liturgia y la oración, la actividad furibunda contra el Concilio Vaticano II, la pasión antimoderna… 

En paralelo, Campo deja de escribir y de leer, enferma cada vez más seguido y, hacia principios de los 70, se aísla cada vez más en un misticismo cerrado sobre sí mismo. Termina sola; sus ensayos y poesías también. Sin embargo, están ahí esperando a sus lectores (por ejemplo, en el volumen La nuez de oro y otros ensayos, que se consigue en nuestro país), que serán pocos seguramente pero apasionados como Campo lo hubiera querido.

sábado, julio 11, 2026

H. A. Murena y el ciclo "El sueño de la razón"

Leer hoy a H. A. Murena es un gesto anacrónico. 
En los últimos años su poesía y sus ensayos han sido revisitados por distintos libros y reediciones, pero a mí me interesa el Murena narrador. 
Conozco su primer ciclo de novelas, publicadas por la editorial Sur entre los 50 y los 60, y espero que algún día una lectora valiente tome esa posta, pero a mí me interesa su segundo ciclo de novelas: “El sueño de la razón”. 
Las novelas que componen este ciclo groyesco (entre Goya y el grotesco), satírico, a puro humor, violencia y escatología (en varios sentidos) son Epitalámica (1969); Polispuercón (1970); y Caína muerte (1971). Yo agregaría a Folisofía (1976), como coda extrema, y de pretexto algunos cuentos que salieron en publicaciones periódicas como "La posición" (casi todos recuperados en el libro homónimo compilado por Guillermo Piro, que recomiendo con vehemencia).
Comparto una nota relacionada con esta exhumación de 1969. Es una de las pocas que he conseguido al momento en donde el propio Murena explica qué está escribiendo, cómo concibe el ciclo y en qué se centra cada novela. De paso, el texto recuerda brevemente la librería Verbum y las noches bohemias en los alrededores de la Manzana Loca. Es curioso que Polispuercón y Caína muerte llevaban otro título aún (¡el previo de Polispuercón era revelador!). 
En fin, pasen y lean. Y si aún no conocen al Murena zafado, grotesco, corrosivo, de apocalipsis y risa amarga, ¡quedan invitados a merodearlo!


El nombre que no se dice 

Con cierta nostalgia, recorre los anaqueles repletos de libros que pronto habrán de desaparecer: Verbum, la antigua librería de Paulino Vázquez, en la calle Viamonte, cerrará sus puertas en fecha próxima y con ella se irá todo un pedazo de la historia intelectual de Buenos Aires. Detrás del mostrador, su dueño fuma la pipa de raíz de cerezo con largas y lentas bocanadas, como si fuese un calumet indio o un nargilé oriental; de tanto en tanto atiende a uno que otro estudiante solitario que arriba luego de algunos trámites en el Decanato de Filosofía y Letras, lo único que queda en el viejo caserón frente a la librería. El traslado de la parte docente de Filosofía a la avenida Independencia y la liberación de los alquileres son, sin duda alguna, las causas de declinación y muerte de Verbum. “Momentánea —aclara Vázquez—, pues reabriré mis puertas en otro lugar de la zona, que ya tengo ubicado, pero que aún no puedo revelar”. 

El último cliente de la noche es el novelista Héctor Álvarez Murena: viene, como en sus épocas de estudiante a charlar, a hojear algún ejemplar raro, a recordar viejos amigos y también a confiarle a Vázquez sus proyectos. Epitalámica, su última novela, del ciclo “El sueño de la razón”, a punto de aparecer en Sudamericana, quiere ser una carcajada en medio de la noche, algo afín a la mirada del último Goya, y a la de su contemporáneo Sade: el vértigo de descubrir que “todo es posible” y tratar de expresarlo, según la definición de su propio autor. Y aclara que, por un lado, le ha proporcionado un goce inédito, la sensación de libertad plena, de estar escribiendo literatura después de haberse liberado de ella; y, por el otro, algo así como un poco de vergüenza ante la perspectiva de que muchos lectores no habrían de entenderlo pensando que es obsceno. “Porque la vida actual del hombre —define— es obscena por inhumana, y yo me limito a describir lo que veo”. 

El tema, dice, es extremadamente vulgar: el matrimonio de una pareja y sus vicisitudes. Pero el real protagonista es el lenguaje, la confirmación de que el hombre puede y debe conquistar una total libertad respecto a sus instrumentos. “De algún modo creo haberlo conseguido en Epitalámica —aclara Murena—; la narración está escrita con restos, con detritos culturales: de porteño, de estudiante de latín, de lector de literatura española, con lo cual he levantado una estructura que quiero llamar poética, porque su sentido supera al de las palabras que la forman”. 

El segundo relato del ciclo, Nímas Nímenos I.º, cuyo tema es el poder, aparecerá hacia fines de año. Ahora escribe el tercer tomo, Caína Final, cuya atmósfera define como la del “tiempo final”; y anuncia la inminente aparición en Buenos Aires de El nombre secreto, publicada por Monte Ávila en Caracas, cuya génesis fue un ensayo que Les Lettres Nouvelles le pidió en 1966, luego del golpe de Estado de Onganía, para explicar las causas de las revoluciones sudamericanas. El ensayo creció hasta convertirse en un libro cuya tesis resume: “La falta de un sentido religioso en América latina impide la formación de verdaderas comunidades; las existentes se asemejan más a los bancos coralíferos, donde lo único que se consolida es lo material y nada más que lo material”; un callejón sin salida que se repite desde el siglo XV, cuando los europeos desataron la fiebre del oro, destruyeron las comunidades indígenas y levantaron sus fundaciones sobre un verdaderos tembladeral que puja siempre por volver a su hora cero.

Es posible que Murena haya extraído la hipótesis de sus lecturas de Plinio el Joven y otros autores latinos, quienes analizan el sentido de los tres nombres de Roma: el oficial, el religioso y el secreto, un nombre que se supone era Amor, un anagrama cuya revelación costó la vida a uno de los pontífices máximos de la antigüedad.

Fuente: Primera Plana, n. 329, 15 al 21 de abril de 1969, p. 68.



miércoles, diciembre 17, 2025

Aleluyas matritenses: pasado, humor y grotesco

Hace un tiempo largo, me encontré en una casa ajena con este libraco titulado Aleluyas matritenses, publicado en 1994 por el Museo Municipal de Madrid. Fue abrirlo y descubrir un mundo extraño, absurdo, ilustrado a través de estos pliegos españoles realizados entre el siglo XVIII y el siglo XX. 

Según el estudio introductorio del libro, los aleluyas eran pliegos de 48 recuadros o viñetas, ordenados de a 6 por línea y que, probablemente, se hayan inspirado en el juego de la oca. Cada recuadro, como pueden ver en los ejemplos que comparto más abajo, está acompañado de versos pareados. Estos impresos podían tener varios sentidos: por un lado, un carácter adivinatorio y cabalístico; por otro lado, ser un juego para niños, poblado de rimas e imágenes lúdicas que rozan el absurdo y el grotesco; finalmente, tener un objetivo pedagógico, es decir, dejar algún tipo de moraleja. 

Al revisar un catálogo sobre los caprichos de Goya para los encuentros sobre H. A. Murena y su ciclo de novelas "El sueño de la razón", que tuve la fortuna de hacer con un puñados de fieles lectores hace unas semanas, me enteraba de que el pintor español uso de inspiración para su serie alucinada este tipo de impresos, los aleluyas. Casi como si se tratara de prehistóricas historietas o caricaturas, algunos de estos aleluyas cuentan historias bizarras, que bordean el humor negro y la picaresca. 

Seleccioné algunas para este posteo, no encontré una página web que tuviera alguna colección en alta calidad pero me imagino que algo debe haber por ahí. Dato: si abren cada aleluya en una pestaña o ventana independiente las pueden ver en muy buena calidad, leer los textos y apreciar cada viñeta. 

En todo caso, ¡aleluya! ¡Demos gracias al Señor por estos divertidos pliegos del pasado, que marcaron el camino del grotesco y el absurdo!

sábado, octubre 25, 2025

Vidas paralelas. Sara Gallardo y H. A. Murena, algunos apuntes cronológicos

Este año en Lecturas y exhumación, la serie de encuentros sobre literatura olvidada argentina que llevo adelante desde 2021, conversamos sobre Eisejuaz, de Sara Gallardo. Intenté proponer, no sé si lo habré logrado, un lectura cruzada con Murena (en su encuentro leímos Polispuercón). Me interesa ese concepto, esa idea de "vidas paralelas" que puede utilizarse para comparar vidas y obras, en este caso las de Murena y Gallardo quienes estuvieron unidos en pareja. 

Con motivo de esos encuentros, armé una serie de apuntes cronológicos para intentar recomponer en qué puntos de la vida y de la obra de Sara Gallardo parecía colarse la sombra de Murena. Comparto pues estos apuntes para quien pueda sentirse interesado al respecto.

Tengo un objetivo secreto: encontrar, alguna vez, una foto de Gallardo y de Murena juntos. Hasta ahora no he podido dar con ese material... Pero ¡la literatura sabe esperar!

   
c. 1963. Sara Gallardo rompe relación con Luis Pico Estrada, su primer marido, y comienza su relación con H. A. Murena // Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz: 
En el 55 empecé a trabajar como periodista, hice muchos viajes en calidad de tal y en calidad de escritora, y una vez más tarde en calidad de señora (con Héctor Murena, cuando ganó la beca Guggenheim). Anduve por países árabes, Grecia, Turquía, mandando notas a la revista Atlántida, que por ese motivo se fundió. Fue muy divertido. Después me divorcié. En 1963 publiqué Pantalones azules, un opio de novela, que causó decepción general aunque ganó el tercer premio municipal. Ese mismo año conocí a Murena. Empezó una época de gran actividad: a la tarde trabajaba como redactora de Primera Plana y por la mañana escribía Los galgos, los galgos, mi primera novela gruesa aunque sin mérito de gruesa porque le sobran unas 40 páginas. 
1971. Publica Eisejuaz // Entrevista con Cristina Wargon:
Este libro nace de una manera un poco rara. Yo leí la historia de un monje de Alejandría, un letrado que precisamente dedica su vida a cuidar un paralítico para salvar su alma y la de otro, pero éste era una persona tan malvada que finalmente el hombre desespera hasta de sí mismo y quiere abandonarlo. Va entonces a un convento a plantear su problema, luego ambos mueren con pocos días de diferencia. Esta historia yo la quería contar en otras circunstancias y cuando fui al Chaco tomé nota de los relatos de un indio, capataz de una misión, que me impresionaron profundamente. Fue Murena quien me sugirió que contara la historia del monje pero en este medio. En un principio me pareció totalmente imposible pero él me acerco unos textos de una cautiva en el Amazona que me fueron muy útiles para comprender el tono que podía usar. A través de todo ello fui armando el libro, con trabajo, disciplina y una gran tarea de corrección. Allí reinventé ese idioma basado, en parte, en las notas que había tomado pero que se fue organizando según sus propias leyes. En cuanto al personaje en sí, la idea me la dio un amigo boliviano [¿Jesús Urzagasti?] quien conoció un mataco gigantesco, un hombre que cantó antes de ser asesinado. Las historias sobre este indio me impresionaron sobre todo porque, aún conviven en esa zona dos realidades, una cotidiana y otra casi mágica, enormemente más rica que la nuestra. Allí perviven, como natural, los dones proféticos y todos esos dones, pero que están presentes en la Ilíada o en la Biblia, por ejemplo. 


Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz:
Y el libro terminó siendo la historia de una vocación, en la que un hombre de raza mataca es llamado para una misión que él supone importante, y que resulta ser, precisamente, cuidar a un paralítico infame y, encima, blanco. Pero él sigue su vocación o su misión hasta el fin. Todos mis libros, bien mirados, enfocan este tema: en el primero hay una chica que se deja hacer un destino; en Pantalones azules hay un joven guiado por prejuicios, por un código de ideales mentales sin relación con la realidad, y él elige ese camino de irrealidad. Recién en Eisejuaz encontré la posibilidad de reflejar a un hombre más fuerte que su destino, capaz de cumplir con su misión. (No olvidar que por ese entonces Héctor Murena había pasado a ser ‘el intelectual más desacreditado de América’, después de haber sido el niño mimado, y sin embargo, había seguido su voz interior sin la menor vacilación). 
1975. Aconsejada por Murena, recorta Los galgos, los galgos y publica Historia de los galgos. // Fallece H. A. Murena el 05-05-1975. // Testimonio de Paula Pico Estrada, hija de Sara Gallardo:
Cuando enviudó, sufrió un golpe muy fuerte y después de su última novela, La rosa en el viento, no pudo volver a escribir. O por lo menos así lo sentía ella. Es probable que, en términos médicos, haya estado deprimida y por tanto no se haya podido concentrar. Pero el lenguaje psicológico no es bello, así que se mantuvo alejada de ese tipo de interpretaciones y del consuelo que a otros a veces nos traen. Ella creyó más bien que la habían abandonado los dioses de la escritura. Y empezó, con la misma entrega que antes tuvo para la escritura, una nueva etapa.

 

Sara y sus hijos se van de Buenos Aires y viven durante un tiempo en el Valle de Punilla, Córdoba, y más tarde en “El Paraíso”, residencia de Manuel Mujica Láinez. 

1977. Publica El país del humo, escrito entre 1972 y 1975, donde incluye la dedicatoria “A H. A. Murena” y el relato “El solitario” // Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz: 
Bueno, después de ese libro [Eisejuaz] yo hubiera podido proseguir el camino místico, pero me planteé la necesidad o el deseo de ser una persona que quiere contar historias. Porque el místico no tiende a contar nada, sino a callarse. Y me obligué a escribir a modo de ejercicio, los cuentos de El país del humo, unidos por el común denominador de América, un lugar donde nada permanece, donde todo lo hecho se borra enseguida y donde se levantan estatuas en una inútil batalla contra el humo.
Entrevista con Daniel Pliner: 
—¿Dónde queda el país del humo? 
—Aquí. América es el país del humo: un país imposible de catequizar, una pampa un poco expresionista, irreductible, desértica, salvaje. El humo lo abarca todo y crea una especie de fantasmagoría y de gran pereza. Es un mundo de monstruos. Y es a la vez fascinante. 
1978. Sara decide mudarse con sus hijos a España. // Prologa El secreto claro (diálogos), libro que recupera las conversaciones radiofónicas entre Murena y David J. Vogelmann en 1971-1972: 
Las dos voces de estos diálogos han callado. La de Murena el 5 de mayo de 1975, la de Vogelmann el 21 de junio de 1976. Quienes las oyeron recordarán el contrapunto que formaban. Recordarán la gravedad, la pasión de una; la lentitud, el acento extranjero de la otra. Recordarán las definiciones fulmíneas, las impaciencias, las vacilaciones, las bromas que eran el modo habitual de conversar de Murena, y que tan buen encuadre hallaban en la paciencia, en la erudición de Vogelmann. 


1979. Publica La rosa en el viento, con la dedicatoria: “A H. A. Murena In memoriam”. // Entrevista con Reina Roffé: 
—Dejemos tu país privado y vayamos al nuestro, al de todos. ¿Qué país dejaste? 
—Dejé un campo de batalla. Tengo en claro algo muy luctuoso. Estoy empapada en sangre argentina. Porque yo deseé que se terminara con la guerrilla, con los magos y las porquerías. Pero por algo le pasó a nuestro país lo que le pasó. Héctor [Murena] decía que todavía éramos un campamento, no un país, y que la violencia de la fundación iba a volver. Y no se equivocó. Yo no le creía, como criolla que soy. Él venía de afuera y veía mejor. Ahora leo sus ensayos y está claro. Sufría porque era una especie de profeta, una antena. Todavía no somos una comunidad. Desde afuera se ve bien. Aquí, como sabe, hay emigrados. Están los que juegan al teatro del héroe, hay de todo. No es mi caso, por supuesto. A mí me duele el país como destino. Y lo que extraño de la Argentina es su naturaleza, esa ausencia de paisaje. El río. La tarde con sensación de lejanía que tiene nuestro campo. Pero no puedo extrañar el país porque yo soy como el país. Te imaginás entonces las ganas que tengo de ir. Pero falta poco…
 
Tras dos años en Barcelona y dos años pasados en los Alpes suizos, de 1982 a 1988, mi madre, Sara Gallardo, vivió en Roma los que resultaron ser los últimos años de su vida. (…) 
Cuando poco antes de dejar Suiza le pregunté a mi madre por qué nos mudábamos una vez más y por qué precisamente a Roma, su respuesta fue ‘porque quiero vivir en el mundo clásico’. (…) 
Porque si hay una clave que puede definir los últimos años de la vida de mi madre, es justamente el binomio de espiritualidad y belleza. ‘Belleza’ no en el sentido canónico y ligeramente árido de la Estética sino en el sentido cálido, fértil y casi carnal de il senso del bello, ‘el sentido de lo bello’, que caracteriza al Barroco romano y su relación con la Roma clásica. La espiritualidad, en cambio, fue la de un reencuentro —si es que en algún momento hubiese habido un distanciarse— con la religión y la Iglesia. Un reencuentro al cual mi madre llegó a través de una madurez espiritual que le hacía considerar, con ese candor que la vida en Roma le puede dar a todo lo relativo a las religiones, las fascinantes consecuencias del sincretismo de los primeros cristianos. 
Así, por ejemplo, mi madre se conmovía al descubrir que la Virgen María no solo era la madre de Cristo sino que su figura también incorporaba el simbolismo de la diosa egipcia Isis. O que San Miguel no solo era el santo que llevaba el nombre de su hermano, sino también la incorporación al cristianismo de Mitra, dios cuyo culto llegó a Roma desde Oriente con las legiones, allá por los mismos años en que San Pedro y los primeros cristianos predicaban en Roma. 
Sus lecturas de esos años reflejan estos intereses: las crónicas romanas de Ferdinand Gregorovius, o los relatos de los descubrimientos del arqueólogo Amedeo Maiuri. Recuerdo en particular la conmoción que le causaba la descripción del hallazgo de una Venus de mármol policroma en el sur de Italia, así como la lectura de las Sagradas Escrituras, del filósofo Rudolf Steiner, y de todo lo relativo a la vida de Edith Stein, primera santa de origen judío. Este iba a ser el tema de su próximo libro, para el cual estaba investigando, y que desgraciadamente no llegó a escribir.
Ahora bien, que toda esta espiritualidad no confunda a los que leen estas líneas, nada de triste ni oscuro y autoflagelante en todo esto. Al contrario, creo que la espiritualidad de mi madre en los últimos años de su vida se diferenció de la de su infancia justamente por su luminosidad y alegría y, por cierto, por el haber germinado en el fértil humus del sentido del humor y auto-ironía tan propios de su carácter. 
1988. Fallece Sara Gallardo.

sábado, septiembre 20, 2025

Murena y el mundo hermético (D. J. Vogelmann)

La amistad intelectual y esotérica entre H. A. Murena y David J. Vogelmann, traductor del I ching al español, autor de libros como El zen y la crisis del hombre, lector atento de Kafka, quedó grabada en papel y tinte en los diálogos radiofónicos transcriptos en El secreto claro, un libro de 1978. Buscando algunos textos perdidos en la web, porque aunque no lo admitamos lo virtual está condenado a perderse, y gracias a Internet Wayback Machine y el extinto sitio Espacio Murena, exhumo este texto-homenaje de Vogelmann a su amigo fallecido en 1975. Ojalá lo disfruten tanto como yo. Copio la presentación que hacían en aquella página:
Este ensayo fue escrito por D. J. Vogelmann poco tiempo después de la muerte de H. A. Murena (el 5 de mayo de 1975). D. J. Vogelmann (1901-1976) fue un estudioso de las filosofías orientales y publicó, entre otros títulos, El zen y la crisis del hombre (Paidós, 1967). Asimismo, ha escrito varios artículos en el suplemento literario del diario La Nación y en las revistas Sur y Cuadernos Americanos

Murena y el mundo hermético (D. J. Vogelmann)



Cuando en los años de su temprana madurez su luz interior adquirió la esperada intensidad, encontró Héctor Murena en su camino huellas de textos de antiguas tradiciones que aludían a la esencia de la alta alquimia. Supo entonces —esto se traslucía en su asombro al referir su aventura— que había nacido alquimista, que era un medieval de todos los tiempos, que ejercía desde siempre este conocimiento, que en su quehacer laborioso y a menudo desesperado administraba —a veces subrepticiamenmente— el oficio soberano y humilde de la transmutación de lo vil. Que había sido llamado para ejercerlo en un mundo abismal y lóbrego en el cual sin embargo, como en el de la parábola de Platón, entraba allá por lo alto la luz; en el cual también, como en la cueva platónica, era vano tratar de discernir entre la realidad y sus sombras. En esas mismas someras, gracias a su vocación e intuición de alquimista, logró de pronto ver la real realidad. Puso entonces el fruto de su aprendizaje, su maestría de voz apocalíptica, al servicio de la contra-apocalíptica transmutación. Alimentó con el “error de escribir”, con el verbo visible e irreal de la literatura, el fuego del Verbo invisible, real, el Verbo que crea y sostiene el mundo. Así, en un proceso en el cual apostó su vida, su alma y su cuerpo, comenzó y concluyó en Murena su fáustica temporalidad. 

Leemos claramente esta versión, esta metáfora de su biografía, en los dos veneros complementarios de su escritura de los últimos años, dos polos de un único movimiento, centrado en el combate contra la vileza, contra el mal, y el combate arquetípico, bíblico, con el ángel transmutante: su serie de novelas de horrores goyescos; su en extremo decantada poesía. Las vías del sí y del no, del alquímico solve et coagula. En los momentos postreros da a luz la más atroz de sus parábolas noveladas y el más sublime conjunto de poemas.1 

¿Refleja esta breve descripción de su camino, la visión esencial que tenía de sí mismo Murena en los últimos diez o quince años? 

Las constantes incursiones directas de Murena en el mundo místico religioso, el mundo do lo esotérico, de lo hermético, quedan minuciosamente documentadas en la mayoría de sus densos ensayos.2 Pero quienes lo frecuentábamos sentíamos casi siempre, aun en la conversación cotidiana, su constante inmersión en aquellas esferas. 

Esta presencia se manifestaba a menudo inesperadamente. No había nada a lo que en cierto momento no aplicase esas pautas de una última instancia espiritual. 

Por un extraño destino, una serie de diálogos de esta índole se registraron en cinta magnetofónica3 y así algunas de sus profundas y vehementes convicciones expresadas con toda espontaneidad, extraídas como fragmentos de esos diálogos, pueden ahora aportar un testimonio vivo de esta pasión que atraviesa sin pausa su obra y su vida. 

Con casi obsesiva insistencia volvía su pensamiento a la parábola bíblica de la Caída en la que encontraba la raíz de todos los males. Sus glosas son muy personales y notables, como ésta: 
En el Génesis, el Señor muestra a Adán todas las criaturas, todos los animales, antes de que Adán decida comer el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. O sea: Adán conoce, conoce la esencia, lo sustantivo de todo lo creado. En realidad, el Árbol está allí, puesto como una suprema ironía, o sea, está allí para que Adán busque o no busque en el Árbol aquello que ya tiene. Si lo vuelve a buscar en el Árbol, como lo hace al probar el fruto, quiere decir que ha dejado de creer, que no cree que tenga lo que ya tiene, que esté tentado por la curiosidad. Y entonces adquiere el lenguaje adjetivo que presta el Árbol, el lenguaje que sirve para separar, para dividir, que está contra el conocimiento de la esencia, el lenguaje de una razón emancipada en forma titánica, un lenguaje que cumple su ironía al hacerle pagar con ese conocimiento falso la expulsión hacia un mundo en el cual Adán cultivará la falsedad… 
En otro fragmento de estos diálogos absolutamente improvisados, indirectamente referido a la lucha por el retorno al estado anterior a la Caída, Murena expresa: 
Los mayores peligros están en los senderos superiores, y aquél que se esfuerza por ser santo encuentra, tal vez no como peligro más grave, pero encuentra el espejismo de creer que su lucha por la santidad es lo más importante. Su lucha por la santidad es la lucha de la voluntad, es su voluntad, y así ignora que su voluntad es el último espejismo de su yo… 
Algo sobre la alquimia literaria. Hablábamos del famoso “sermón de la flor” del Buda, en el cual el Iluminado sólo muestra, en silencio, una flor… 
Los seres humanos —dice Murena— tenemos otra flor que es la palabra. La palabra bien usada puede ser una flor, tal como lo prueba la poesía que intenta convertir a las palabras en flores. Con esto quiero decir: me preocupa… tanto el silencio como la palabra… y hago lo que puedo. ¿Debo hacer más de lo que puedo? ¿Debo permanecer en silencio cuando no tengo la flor y estoy encarnado? 
Muchas veces surge el conflicto suscitado por el tema de la encarnación:
No creo posible una espiritualidad dentro de la encarnación, dentro de la manifestación. Vale decir: no creo posible una espiritualidad que no tenga en cuenta la manifestación y su destino, o sea, yo incurriría en un acto de titanismo si creyese que puedo prescindir de mi encarnación. Además es el espejo, el espejo, el vidrio a través del cual puedo considerar las cosas… 
Hablábamos sobre verdad o falsedad en religiones, en sectas. Murena define: 
Ortodoxia. Con ortodoxia quiero decir la renovación viva del buen camino. No quiero decir el restablecimiento de una tradición muerta. La tradición, como cosa muerta, no existe. Es un fantasma. Únicamente existe en la medida en que tradición es traer, y es reactivar, hacer, hacer viva otra vez una cosa con la propia vida. 
Comentábamos unas palabras de un maestro Zen inspiradas en un poeta japonés, un poeta Zen, sobre la vida en el presente: “cada día es sagrado y jamás puede repetirse…”. Murena pareció transformarse en un tercer eslabón de esa cofradía:
…para definir negativamente esto que nos aconseja este maestro a través de una poesía, quiero decir que hoy el presente está contra el presente. Y que todo lo que nos rodea tiende a hacer que podamos vivir menos el presente en cada uno de nuestros días presentes… Coinciden las tradiciones en que el presente es el punto de la temporalidad en el cual se refleja Dios. Como el presente es inaferrable, debemos entregarnos totalmente a él… o es inaferrable porque si nos entregamos totalmente a él dejamos de percibirlo como tal. En general tendemos a dejarnos confundir por el pasado y el futuro, o sea por quejas respecto a lo que no tuvimos y lamentos por aquello que queremos tener. Es decir, que nos convertimos en irreales, no podemos vivir el presente porque nos estamos prestando al juego de la temporalidad, al juego del tiempo. Nos extraviamos respecto a la posibilidad de sumergirnos en esa imagen de Dios, reflejada en el presente, por nuestra codicia, porque nos falta algo en el pasado o en el futuro. Ahora, esto está claramente explicado en símbolos muy conocidos. Jano es un dios que tiene dos caras, una que mira hacia el futuro, otra que mira hacia el pasado. Pero hay muchas representaciones de Jano con dos caras y además una mano que levanta otra cara, y esa cara, ese presente, esa tercera cara, es el Mesías en el judaísmo, es Cristo en el cristianismo, es el decimosegundo Imán invisible en la tradición islámica, o sea, que ese punto de este dios de dos caras que además tiene una tercera, es el punto en el cual podemos entrar si nos volvemos puros. Si nos volvemos puros quiere decir si liquidamos toda premeditación… Porque no se trata de una sumersión animal en el instante. Premeditar… es una cosa puramente cerebral que nos impide, y que en general se llama miedo y en su raíz es apartamiento respecto del origen… del misterio de por qué nacemos y morimos… y entonces nos impide vivir este momento presente. 
Ante las lícitas barreras que erige la amistad frente a esta difícil tarea, este ritual diríamos, de nombrar a Murena, de llamarlo, acude a mi mente, desde un vago más allá de la mente, la inesperada presencia de un poema de aquel habitante interior de Murena tan querido por él, F. G. —¡quién supiera imaginar qué diría Flavio Gómez sobre Murena!—, un poema que habla del “error de escribir”, de la profesión del error de escribir: 
Muy joven aposté 
la vida 
al error de escribir… 
…comienza F. G., el habitante, y H. A. M. explica: “…descubrió que escribir era nada”; pero “el recto escribir era el progresivo aprendizaje de que escribir era nada” y “así el error de escribir era un camino, una actividad iniciática…”.4 

No es poco lo que la literatura, lo que la vida del espíritu de esta oscurecida ciudad le debe al error de escribir —esa actividad iniciática— de H. A. Murena. 

1 Los poemas acaban de aparecer bajo el título El águila que desaparece, Editorial Alfa Argentina, 1975. La novela inédita se titula Folisofía [Nota de Espacio Murena: Monte Ávila Editores publicó por primera vez este libro en el año 1976 mientras que la segunda edición fue realizada por EUDEBA en 1998]. 

2 La cárcel de la mente, Emecé, 1971. La metáfora y lo sagrado, Tiempo Nuevo, 1973. 

3 Estos diálogos que con el título de “Imagen, voz y silencio” improvisábamos Murena y yo ante el micrófono, se transmitieron hace algunos años gracias a la adhesión de un amigo de inclinaciones afines y director entonces de programaciones radiofónicas, Ricardo Constantino. A la amable diligencia de Celia Zaragoza se debe la transcripción de las cintas grabadas [Nota de Espacio Murena: la edición de estos “diálogos” entre Murena y Vogelmann fue realizada por la Editorial Fraterna en 1978 bajo el título El secreto claro (diálogos)]. 

4 Flavio Gómez y H. A. Murena, F. G., un bárbaro entre la belleza, Editorial Tiempo Nuevo, 1972. Fuente: La Nación, 6 de julio de 1975.

jueves, agosto 10, 2023

El deseo del mendigo. Un diálogo entre H. A. Murena y David J. Vogelmann

Retomo la lectura de El secreto claro, un libro publicado por editorial Fraterna en 1978, con prólogo de Sara Gallardo, que recupera los diálogos radiofónicos entre H. A. Murena y David J. Vogelmann. Es un libro fresco y profundo. Digitalizo en particular este diálogo que me generó distintas sensaciones y reflexiones. Espero que les guste.

 


 

El deseo del mendigo (un diálogo entre H. A. Murena y David J. Vogelmann)

M.: En un ensayo de un eminentísimo pensador alemán de nuestro siglo, Walter Benjamin, sobre Kafka, se transcribe un relato jasídico, o sea de la más pura tradición..., o impura si se quiere, pero de la más acentuada tradición mística del judaísmo. Es el siguiente texto:

“En un poblado jasídico, según se cuenta, una noche, al final del Sabat, los judíos estaban sentados en una mísera casa. Eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía. Hombre particularmente mísero, harapiento, que permanecía acuclillado en un ángulo oscuro. La conversación había tratado sobre los más diversos temas. De pronto, alguien planteó la pregunta sobre cuál sería el deseo que cada uno habría formulado si hubiese podido satisfacerlo. Uno quería dinero, el otro un yerno, el tercero un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo. Después que todos hubieron hablado, quedaba aún el mendigo en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando, respondió a la pregunta. ‘Quisiera —dijo— ser un rey poderoso, y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que, desde las fronteras, irrumpiese el enemigo, y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia, y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría’. Los otros se miraron desconcertados. ‘¿Y qué hubieras ganado con ese deseo?’, preguntó uno. ‘Una camisa’, fue la respuesta”. 

Usted, Vogelmann, que como especialista en el budismo Zen sabe mucho de jasidismo, podría decirme qué le despierta esa historia en la Cábala judía, en el Islam, en...

V.: Cómo no. Es muy rica...

M.: Hay la historia del Adán Cadmon, del Adán primigenio que es el antepasado del hombre en el cual rige la ley de que todo hombre debe realizar el universo entero a través de sí, de modo que usted, como todo hombre, está en todas las cosas y cada sonido en los días diversos le despierta cosas variadas, de modo que...

V.: Le agradezco... (vamos a ver si sale en diapasón, ¿verdad?). Le agradezco que, tan paradójicamente, me atribuya que, como conocedor de unas pocas cosas de Zen, sea conocedor del jasidismo, pero no es una broma porque es la misma cosa en el fondo.

M.: Claro.

V.: …esta narración muy especialmente, porque las narraciones Zen casi siempre tienden a producir perplejidad, desconcierto, y este hombre con su última respuesta los desconcierta, evidentemente, a todos. Hay un ligero tono de burla en todo ese relato... ¿no?, desde el comienzo..

M.: Pero hay algo más también, hay un acorde solemne y patético.

V.: ¿Sí?

M.: Sí.

V.: Bueno, vamos a ver.

M.: Ese reinado...

V.: Claro, no. Creo que eso conduce a algo especial, que está en función de algo que quisiera ver. Fíjese que...

M.: Una breve observación. Usted me dice que eso conduce a algo especial.

V.: Le voy a decir ya a qué conduce.

M.: No, no. No me lo diga todavía. Usted piensa, con razón, que yo no sé a qué conduce. Yo pienso también que conduce a algo especial y pienso que usted no sabe a qué conduce. Y pienso que…

V.: …sabemos cosas distintas que son las mismas.

M.: ... que son las mismas y que este relato, a lo que conduce es a, entre comillas, “la especialidad”, o sea a lo inefable, de algún modo. Pero vamos, lo inefable es infinito. Vamos a leerlo cada uno según su cosa, que va...

V.: Sí, sí. Bien. A lo que conduce, porque es para mí un paréntesis de lo que quería decir, se lo puedo decir ya: que esa camisa que el hombre quería no era cualquier camisa, sino que haya recorrido ese camino, que haya sido una camisa salvada, en la cual él se ha salvado. Pero esto es un símbolo aparte. Creo que el fondo de la cuestión es otro. Aparte de eso de la camisa, que tiene mucha importancia. Esa narración no es estrictamente jasídica. Ahí no interviene ningún rabí, ningún discípulo. Es un ambiente jasídico, evidentemente.

M.: Tiene razón.

V.: Dice…

M.: Un poblado jasídico...

V.: Claro, claro. Bien. Entonces ocurre allí algo que todas las antiguas tradiciones proscriben en realidad. Algo que, por otra parte, se refleja en muchos cuentos profanos, en cuentos de hadas: "¿Qué harías, si pudieras desear? Tal cosa...”. ¿No es cierto? Digo, se proscribe, porque se proscriben los deseos, ¿verdad?

M.: La irrealidad del desear, no el deseo actuante que produce...

V.: Yo diría casi, la maldad del desear...

M.: Sí..., bien. Sigamos adelante.

V.: Bien. Claro. Hay bastante que decir de esa gente. Se entretiene alegremente con los deseos. Pero sabemos que los deseos conducen, según la tradición más elaborada en ese sentido, que es la del budismo, al sufrimiento, inevitablemente. Y hay que llegar a no desear. No desear es la verdadera vida. Es esa vida poética y religiosa de que hablábamos en otro de nuestros encuentros.

M.: Así es.

V.: No desear. Bien. Luego, estos personajes expresan cada uno lo suyo y se desconciertan ante ese ser miserable. Quería decir descamisado y confieso que no me salía la palabra. En verdad él es un descamisado, y no los que aparecen vistiendo camisas.

M.: Voy a leerle una nota que aparece en la traducción de este libro, que dice que respecto de este mendigo hay que recordar que, en la tradición jasídica, el profeta Elías se presenta bajo la forma de vagabundo o mendigo y continúa desempeñando el papel de mensajero de Dios. Descubrirlo bajo su apariencia y recibir sus enseñanzas es ser iniciado en los misterios de la Torá. Es ser iniciado en algunos misterios de la tradición, es ser iniciado en los misterios de poder leer la enigmática vida que a cada uno de nosotros se nos presenta. Quien puede ver a Elías bajo la apariencia de un mendigo, pero...

V.: Casi nadie lo ve. Aparece en muchos relatos jasídicos…

M.: No lo reconocen.

V.: No lo reconocen. Algunos grandes rabíes videntes lo han reconocido.

M.: Todos lo debemos haber encontrado, y no lo hemos reconocido.

V.: Incluso puede haber, en cualquier momento, entrado en cualquiera de nosotros, y sorprendido a través nuestro a nuestros amigos.

M.: Así es.

V.: Bien. Puede que sea Elías o que no sea Elías, pero les da, en realidad, una lección, porque él desea finalmente algo para ellos muy desconcertante. Desea algo que no tiene, una camisa. La camisa es bastante... simbólica.

M.: La tiene, la tiene. Esta camisa, la que tiene, la misma camisa que tiene es lo que habría recuperado.

V.: Eso no creo que esté dicho.

M.: No..., “una camisa”…, tiene razón.

V.: No tiene camisa. Es el hombre feliz, según los dichos de tantos pueblos, ¿no es así? No tiene camisa. Pero tendría una camisa con la cual se habría salvado. Es una camisa de símbolo muy especial. Es el gran refugio de la salvación, del terror de la vida mundana que él habría atravesado.

M.: Sí.

V.: Usted dijo que también veía a qué conducía este relato ... No sé qué vio.

M.: Yo vi esto: que, en realidad, hay dos movimientos. Por uno, él dice que lo que tendría es una camisa que es el equivalente de la mesa de carpintería, del dinero, del yerno, que piden los otros.

V.: Creo que es más.

M.: Pero por el otro, esa camisa es el recuerdo del reino. Es el recuerdo del paraíso. Es decir, que todo bien material es apreciable y querido y redimible en la medida en que esté respaldado por el recuerdo del reino. O sea, la camisa que él iba a traer era una camisa que implicaba la pérdida de todo el reino y había que considerarlo así.

V.: Pero...

M.: Considere usted; le estaba diciendo: ¿usted quiere un nuevo banco de carpintería? Muy bien, pero considere que eso es un resto del paraíso; usted es una criatura superior que tiene un espíritu que debe cuidar. Sí, quiera la mesa de carpintería, pero esa mesa de carpintería es el resto de un barco que se hundió, que se hundió para todos los seres humanos cuando ocurrió la caída. Entonces, la camisa aparece contra un fondo que es completamente distinto. El mundo creado aparece contra el fondo de la expulsión del hombre del paraíso y entonces es vivido de otra forma.

V.: Sí. ¿No es curioso precisamente que él haya querido ser rey, pero derrocado?

M.: Claro. Porque eso es, eso se refiere a este hecho. Se refiere a que todos somos un anuncio, un anuncio de una ausencia. Todos sentimos en algún momento de nuestras vidas que hay algo más, de lo cual nosotros somos noticia. Un pre-anuncio, y que eso no llega nunca a cumplirse y que, si recordáramos siempre eso, si recordáramos nuestra irrealidad, este reino subsidiario que son los días de nuestra vida serían vividos de otra forma, con una generosidad, con una grandeza...

V.: Entonces, él enseña a los demás lo que realmente debiera desearse, no lo que ellos desean. Ahora bien, es curioso que Benjamin encuadre esto en el mundo de Kafka. ¿Tiene un especial significado? Usted, que lo ha leído a fondo...

M.: Tiene un significado absolutamente coherente, en el sentido de que la literatura de Kafka, yo no diría la literatura de Kafka, cosa que me parece ofensiva...

V.: Claro…

M.: ...la “escritura” de Kafka me parece que es la única respuesta realmente, no digo religiosa, sino noble, a la catástrofe del habla de los seres humanos, en el sentido de que procura que la figura de sus narraciones sea polivalente, que tenga una multivocidad, que sea metafórica, metafórica tratando de abarcar el mundo y de salvarlo y no lanzando al mundo, lo que hace toda la otra corriente de literatura que se llama de vanguardia, lanzando al mundo una serie de imágenes destrozadas que no hacen más que proliferar, tacharla, en el lenguaje destrozado de los seres humanos.

V.: Es verdad. Ahora yo diría un poco más directamente, en conexión más directa con este texto, que lo que Kafka tal vez busque en muchas de sus escrituras es esa camisa de salvación.

M.: Por eso quiso quemar su obra que era el reino.

V.: Exactamente.

En El secreto claro, Buenos Aires, Fraterna, 1978, pp. 63-70.

 

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