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viernes, junio 19, 2020

Dogga. El amor siniestro


¿Cómo se gesta una leyenda? ¿De dónde nace un monstruo? Las imágenes que pueblan nuestras pesadillas son elusivas. Fijar una de ellas, lograr describirla como un entomólogo de la oscuridad, observarla con la diáfana claridad de la vigilia no es una tarea popular, tampoco grata.

Arandojo El Mago ha penetrado en el universo de las pesadillas, como en una excursión por el inconciente colectivo, y ha vuelto trayendo entre sus manos a una criatura encantadora y fatal. Su nombre es Dogga y, con ella, nace una leyenda.

Dogga es una criatura monstruosa y cautivante. Su cuerpo desproporcionado, su asimetría física, su poder encantador y fatal. Se alimenta de nuestros amores frustrados, de nuestras ilusiones malquerida. ¿Quién no sintió el corazón roto? ¿Quién no miro su teléfono esperando una llamada? ¿Quién no abrió su casilla de mail o su DM para recibir un mensaje especial?

Dogga lo sabe instintivamente: nadie te quiere, nadie te llama, nadie te escribe. La criatura de Arandojo El Mago convoca soledad y desamor. Acaso sus deposiciones brillantes sean la estocada final pero también la salvación. La leyenda dice que Dogga, alimentada de amores contrariados, defeca unos cristales brillantes como el diamante.

La persona que, encantada por los cristales de Dogga, se atreva a tocarlos, perderá inmediatamente la memoria. Como dice el tango: “Primero hay que saber sufrir,/ después amar, después partir,/ y al fin andar sin pensamiento…”. Dogga, criatura de la noche de arrabal, monstruo del amor siniestro, nos lastima y nos cura, nos condena y nos salva.

En este libro, artistas, ilustradores y dibujantes se hacen eco de la implacable Dogga.
Hay Doggas realistas y fantásticas.
Hay Doggas horriblemente bellas y brillantemente oscuras.
Hay Doggas infantiles de niñez retorcida y adultas de madurez cautivante.
Como toda criatura oscura, Dogga circula de mente en mente, de espíritu en espíritu y va dejando su rastro de dolor y olvido. Cada persona la imagina a su manera, con sus obsesiones, a partir de sus deseos y de sus pesadillas.

Adelante, conozcan a Dogga. Imagínenla. Déjense encantar por el amor siniestro, recuerden no tocar sus deposiciones a menos que quieran olvidar. Así nace una leyenda.






El libro de la muestra Dogga. El amor siniestro, organizada por Diego Arandojo, se puede ver acá. Agradezco a Diego y su proyecto anácronico Lafarium por la invitación a participar con el prólogo a dicho catálogo.

domingo, marzo 29, 2020

El paraíso, según Alberto Laiseca

Me pregunto si los archivos que se van acumulando en la web, en particular los archivos literarios, no precisan de una suerte de curaduría virtual, llevada adelante por nosotros, lectores curiosos. Creo que desde hace varios años este blog cumple, de una u otra manera, esa función. ¿En qué consistiría tal curaduría? Simple: seleccionar material, transcribir textos, recalcar en un relato, una reseña o una entrevista. Documentos que de otra manera quedarían perdidos en archivos de miles de libros, revistas y textos. En algún momento opté por un vocablo para esos escritos recuperados: exhumaciones (que incluso se convirtió en tag de este blog).

¡A veces hay tanto y a la vez tan poco! Se sabe que muchas veces el bosque tapa los árboles; y en ese sentido, realizar una curaduría literaria virtual tendría que ver con resaltar esos árboles, sacarlos de su contexto natural, en el que pasarían desapercibidos, y plantarlos solitos, en su propio cantero. Horrible metáfora, ¿no? Pero, bueno... Es verdad, hay veces que estos textos cobran su sentido en la revista o el contexto en el que aparecen. Pero otras, se logra recuperar líneas que pocos recordaban, un detalle distinto de un autor muy transitado o incluso alguna joya perdida en un sitio literario remoto.

En este sentido, la aparición de Ahira (Archivo Histórico de Revistas Argentinas) desde hace varios años, entusiasma mi hobbie de seleccionar material, recuperar artículos, textos, opiniones: realizar curaduría literaria virtual. En este caso, mirando la colección de Diario de poesía (y valiéndome del índice de cada publicación que con mucho trabajo y amabilidad adjuntan), me encuentro con un especial sobre el poeta W. H. Auden, seguido de la opinión de distintos escritores y críticos sobre cómo piensan el paraíso. Entre ellos, Alberto Laiseca. Cumplo, entonces, con esta curaduría y recupero el textito del conde que no tiene desperdicio. Salud!


El paraíso, según Alberto Laiseca

Dejemos de lado la teología, por favor. De eso ya tengo bastante. Diré cómo me gustaría que fuese el Paraíso. Yo, como los egipcios, lo concibo básicamente terrenal. “Así como es arriba es abajo”, decían los antiguos. De modo que imagino cierta tierra para que haya un cielo a su semejanza.
Ríos de agua, otros de cerveza, calor seco, desiertos hermosos, florestas, cacerías, reunir-se con los amigos, trabajar en lo que uno quiere, vivir con la mujer amada, tener hijos con ella, vivir con mi hijita.
Realizar expediciones Nilo arriba hasta Nubia, fundar templos, conocer más a la naturaleza. Me gustaría ser el Monitor de mi Tecnocracia, pero no todo el tiempo. De a ratos, porque si no uno se pierde otras cosas. Como se ve, yo, como todo el mundo, quiero comerme la torta y que me quede torta. Conducir batallas gigantescas, sufrir espantosas derrotas wagnerianas, emerger triunfante al final (Gary Cooper: ¡ídolo!).
Comprarles cromo y manganeso a los protelios, fabricar con tales materiales, (amén de otras cosas, claro) 1.200 divisiones de terminators e invadir Protelia a traición y por la espalda.
Fabricar grandes máquinas y monumentos que no sirvan para un catso, salvo que sean hermosísimos.
Visitar otros planetas en mis espacionaves de combate. Volver con un gran cargamento de rocas marcianas.
A ratos ser un simple particular y ver todo desde afuera.
Visitar hoy día la Gran Pirámide. Mirar su construcción con un televisor temporal.
Derrotar al Anti-ser.
Pasarlo bien, en suma.

Alberto Laiseca (escritor)

En Diario de poesía, n. 9, año 1988, p. 26.


sábado, enero 14, 2017

Mutilación / Adiós, gracias por todo (Marcelo Fox)

Este relato de Marcelo Fox fue publicado en la revista Opium, n° 4, en 1965 y, hace unos meses, recuperado en la genial antología preparada por Federico Barea, Argentina beat (Caja negra, 2016). Su título es "Mutilación". 
Ahora bien, el relato también puede encontrarse en el sitio web del psicólogo Alfredo Moffatt bajo el nombre de "Adiós, gracias por todo" (es la versión que copio más abajo). Moffatt conoció a Fox en uno de los bares de la Manzana Loca y este le regaló una copia del cuento con otro título distinto al publicado en Opium. Dato simplemente curioso.
Se trata de un relato breve, intenso y violento, como casi todo lo que Fox escribió, donde el cuerpo del protagonista se pone en riesgo a través de la palabra autorizada. Léanlo y me cuentan.

Mutilación / Adiós, gracias por todo (Marcelo Fox)

Me corté los labios al afeitarme. La sangre salía. Era dulce. Me gustaba. Después traté que la pequeña herida se cerrara. No lo conseguía. Dormí con un esparadrapo sobre la boca. A la madrugada desperté. La almohada estaba manchada de rojo. Las sábanas. El piso. Miré un espejo. Por la mejilla izquierda se extendían gránulos escarlatas.
Un día u otro habría tenido que suceder. Me lo habían avisado. Una cuestión genética hereditaria, dijeron. Fui al médico.
―Por el momento la única forma de salvación es que le amputemos la cabeza.
―Pero doctor...
―No se preocupe. La ciencia avanza. El cerebro, los ojos y demás centros vitales le serán transplantados a la cavidad abdominal.
Ahora salgo, aunque nada más que de noche, cuando las gentes tienen menos oportunidad de distinguir que sobre mis hombros hay solamente un mazacote de yeso reproduciendo rasgos humanos. Desprendiéndome la camisa puedo ver. Me alimento por el ombligo.
Logro articular sonidos mediante un aparato injertado un poco más arriba. Con algo por el estilo, oigo.
Adaptarse. Resignarse. Una psicóloga me ayuda a ello.
La cosa volvió a comenzar por un pie y una mano del mismo lado. Del mismo lado izquierdo.
Seguir amputando. No veo, no hay otra salida...
―Pero doctor…
―Cálmese hombre, cálmese, considero que el problema técnico de amputar cuatro extremidades es mucho más simple que el de separar una cabeza del tronco y trasladar los órganos de los sentidos a...
―Comprendo, quiero comprender. Está bien... Lo que no entiendo es por qué las cuatro extremidades deben de ser...
―Bueno... Es que total tarde o temprano ... En fin…Usted sabe como son las cosas..
Perdóneme pero hay otros pacientes que... Venga, salga por la puerta trasera.
Casi inmóvil. En un rincón. La psicóloga me habla de los fines de la humanidad, de las consecuencias siempre funestas del pesimismo. Me lee también a Parménides. Y me lo interpreta. Si el ser está inmóvil y el movimiento es mera apariencia, para que preocuparme de inmovilidad. Los habla oído nombrar a Freud, Marx, Hegel, San Lactancia, Nietzche, antes de decidirme por Parménides como más conveniente para mi caso
Lo único que lamento es no poder masturbarme. A veces trato de refregar el miembro contra las paredes. Solo consigo laceraciones. Me pedí que me castraran. Lo hicieron
―Discúlpeme que les cause tantas molestias, es que...
―No. No se preocupe. Nosotros estamos aquí para ayudarlo.
He acabado siendo un cerebro que flota en un líquido de no se qué color. Solo quedan conectados con el exterior mis centros auditivos. Oigo una voz que repite los evangelios. Hablan de la fatuidad del mundo y la carne y de reinos infinitos.
Trato. Debo de estar contento. Se ocupan de mí hasta el fin. En el lóbulo occipital ya empiezo a sentir los síntomas conocidos. Adiós. Gracias por todo.

lunes, mayo 16, 2016

Prólogo a Deleuze hermético, de Joshua Ramey

La editorial Las cuarenta publica Deleuze hermético. Filosofía y prueba espiritual, de Joshua Ramey, con traducción y prólogo de Juan Salzano. Para los que hemos leído y disfrutado de la compilación Nosotros los brujos (Santiago Arcos, 2008; un libro agotadísimo en el que participaron desde Héctor Libertella hasta naKh aB rA y que sería bueno digitalizar porque la editorial no parece deseosa de reeditarlo) y de Deleuze y la brujería (Las cuarenta, 2009), la aparición en castellano de este libro central en la exploración del hermetismo y la brujería en el autor de Mil mesetas es un golazo. Por gentileza de Las cuarenta, van algunos fragmentos del prólogo de Juan Salzano.


La Vía de la Inmanencia: El vector hermético del empirismo trascendental (Juan Salzano) (fragmentos)

(...)
El entorno esotérico que rodeaba las actividades de la enigmática editorial Griffon D´Or, en cuya intensa agitación el prólogo fue fraguado, nos pone ya frente a un entramado de fuerzas e irradiaciones propicio para el ejercicio de cierta potencia excedentaria y renegada del pensamiento. Ya desde el año 1943, Gilles Deleuze y su amigo Michel Tournier, guiados por Maurice de Gandillac –su profesor de filosofía y especialista en el pensamiento neoplatónico de Plotino y Nicolás de Cusa–, asisten a los encuentros organizados por Marie-Magdeleine Davy en el castillo de La Fortrelle, cerca de París, por cuyos pasillos desfilaban pensadores y escritores como Michel Leiris, Jean Paulhan, Gastón Bachelard, Jean Wahl, Pierre Klossowski y Jean Hyppolite. Los encuentros funcionaban, a su vez, como fachada para disimular ciertas actividades vinculadas a la Resistencia francesa, una de las cuales consistía en proteger y ocultar refugiados judíos, franceses, ingleses y estadounidenses. Davy, una ferviente espiritualista, de carácter salvaje, rebelde e independiente, conocedora de 10 lenguas vivas y 4 lenguas clásicas, estudiante de filosofía e historia desde muy joven, y Doctora en Teología, se convertirá en una suerte de sacerdotisa iniciadora de Deleuze, quien apenas tres años más tarde le dedicará uno de sus primeros textos: “De Cristo a la burguesía”. Bajo su égida, frecuentará también el salón de Marcel Moré, donde se cruzará con Michel Butor, Georges Bataille, Alexandre Kojève, Roger Caillois, Arthur Adamov y Jean Paul Sartre, entre otras personalidades de la época. En medio de esta ebullición de hibridizaciones entre esoterismo, filosofía, arte y política se cuecen tanto la editorial que dirigirá Davy y que editará el libro de Malfatti acompañado por el prólogo de Deleuze, como el propio temperamento transversal y experimental de este último. Como dijera Deleuze acerca de los filósofos modernos, en comparación con los pintores manieristas: “Dios y el tema de Dios fueron la ocasión irremplazable para liberar aquello que es el objeto de creación en la filosofía, es decir los conceptos, de las coacciones que les hubiera impuesto el hecho de ser la simple representación de las cosas”. Gracias al diagrama de cruces heterogéneos y desviaciones imprevistas (literalmente extra-ordinarias, para-normales) que aquel caldo creador izaba, con total naturalidad, a matriz de pensamiento y de acción, la obra de Deleuze “toma líneas, colores, movimientos que jamás hubiera tenido sin ese rodeo por Dios” o, en este caso, por las complejas y sinuosas avenidas del esoterismo. Cualquiera que haya leído a Deleuze está al tanto de esta lucidez extra-dialéctica: la creación, en él, jamás pasa por las simples oposiciones rígidas e interdependientes del “versus”, sino por el atletismo huidizo del “trans”. (...)

(...) Lo que debería causar perplejidad es, más bien, la ausencia de todo estudio serio acerca de estos aspectos de la obra de Deleuze. Su eventual pero persistente referencia a temas y autores esotéricos (Wronski, Warrain, Court de Gébelin, Castaneda, la brujería, el chamanismo, el Tao, el I Ching, el tantra, etc.) resulta demasiado evidente como para haberla pasado por alto durante tantos años, mientras se fingía, exageraba y alardeaba en su obra un supuesto materialismo chato y meramente desmitificador –finalmente tan ilustrado, tan enamorado de las Luces de la razón– que explotaría el aspecto crítico de Deleuze para, en un mismo gesto higienizante, barrer bajo la alfombra todos sus vectores clínicos (diríase: terapeutas) y creadores, ligados a una noción positiva de las “potencias de lo falso”: la invención de nuevas posibilidades de vida, por fuera de toda referencia a la Verdad (ya lo decía Klossowski al comentar a Nietzsche: “(…) sólo se desmitifica para mistificar mejor”: una mistificación experimental e inmanente).
“Carecemos del más mínimo motivo para pensar que los modos de existencia necesitan valores trascendentes que los comparen, los seleccionen y decidan que uno es «mejor» que otro. Al contrario, no hay más criterios que los inmanentes, y una posibilidad de vida se valora en sí misma por los movimientos que traza y por las intensidades que crea sobre un plano de inmanencia; lo que ni traza ni crea es desechado. (…): nunca hay más criterio que el tenor de la existencia, la intensificación de la vida”.
De hecho, el propio imperativo de aventura que dinamiza la filosofía de Deleuze, su apertura a toda una serie de experiencias transformadoras –por impugnadoras de lo reconocible y lo habitual– de la percepción, la afectividad, el pensamiento y la lengua, debería haber bastado para que aflorara la sospecha de que, en su obra, las referencias a las experiencias esotéricas (sean éstas brujas, teúrgicas, alquímicas, etc.) jamás operan como simples recursos retóricos o inocentes metáforas. (...)

(...) La originalidad del libro de Ramey consiste en mostrar cómo el hermetismo, a lo largo de su historia, partió de un impulso y de una inquietud afines, aunque en condiciones completamente distintas y por medios desemejantes. Valiéndose de investigadores poco sospechosos de complacencias como Faivre y Yates, entre otros, Ramey se permite exhumar el carácter experimental y transformador de la aventura hermética. Por medio de una exploración de sus visiones y prácticas concretas, arriesga una aleación de consecuencias insospechadas tanto para la filosofía como para la práctica hermética. Tanto el hermetismo como la filosofía de Deleuze, según Ramey, encararían el pensamiento como una prueba iniciática de transformación de nuestra experiencia ordinaria del mundo. (...)

(...) De ahí que Ramey pueda responder a las críticas que Hallward, Badiou y Žižek (como representantes contemporáneos del Edipo contra-ocultista que antes encarnaban Freud y Adorno) realizaron a la obra de Deleuze, acusándola de “escapista”. La respuesta de Ramey, aunque compleja, puede sintetizarse así: la búsqueda de acceso al nivel virtual de composición del mundo no implica huir de él y de su dimensión actual, formada, sino alcanzar las fuerzas inmanentes e implicadas virtualmente en lo actual, transparentarlas “en” lo actual mismo –bajo condiciones de inmanencia–, para así poder reconfigurarlo e intensificarlo, volverlo sobre su lado creador (línea de fuga, línea de Afuera). Como dice Ramey en este libro:
“Si el “aquí y ahora” de la revolución fuese simplemente la satisfacción de las exigencias del presente, y no la transformación de esas exigencias (y de aquello que resulta posible o concebible exigir o desear), entonces, desde una perspectiva deleuziana, la política habrá limitado de antemano el significado de revolución, restringiéndolo a la satisfacción de la exigencia presente en lugar de desarrollar una operación en el deseo mismo”. 
Y esta conversión inmanente –lejos del individualismo escapista, atado aún al plano de las formas– instaura una transversalidad colectiva, de grupos inespecificados, aunque singulares, abiertos dinámicamente unos sobre los otros, en bloques intermediales de devenir. (...)

martes, agosto 04, 2015

La muerte y su traje


En 1961, la editorial Ediciones Culturales Argentinas publica La muerte y su traje, de Santiago Dabove, con prólogo de su amigo cercano, Jorge Luis Borges. Dabove había muerto en 1952 pero su escritura sobrevivía, de algún modo, a su partida con ese libro póstumo que veía la luz en los 60. El libro salía a destiempo, a destiempo de su autor pero también a destiempo de su época. En palabras de Borges: “Para este sueño o realidad que lleva la cifra de 1960, Santiago ha muerto y vive en las realidades o sueños que propone este libro”. Como si fuera un personaje soñado, muy poco sabemos sobre Santiago Dabove.
Sabemos que nació en 1889 y que vivió en Morón: “Una vez nos dijo, sonriendo, que disponía de todos los materiales para la redacción de una gran novela, porque siempre había vivido en Morón”. Nunca escribió esa novela pero nos dejó un cuento casi perfecto titulado “Tren”.
Sabemos también sobre su amistad con Macedonio Fernández ―junto a él y a su hermano Julio César formaron un grupo llamado “La Triquia”, cuyo lugar de reunión era el fondo de la casa de los Dabove en Morón. Sabemos sobre su amistad con Borges, Leopoldo Marechal y Scalabrini Ortiz, sostenida en sus discusiones literarias o filosófico-nihilistas en la confitería La Perla de Jujuy y Rivadavia en el barrio de Once. En esas reuniones, había surgido la idea de escribir una novela fantástica de forma colectiva, se habría titulado El hombre que será presidente.
Sabemos también sobre su admiración literaria por el Quijote, Edgar Allan Poe y “acaso, Maupassant”; y que su cuento “Ser polvo” tuvo la fortuna de sobrevivir de antología en antología, primero elegido por Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo para la Antología de la literatura fantástica, en 1965; hace algunos años, en 1997, recopilado por Héctor Libertella en 11 relatos argentinos del siglo XX (Una antología alternativa). Sabemos que varios de sus cuentos los había publicado en vida en las páginas de la Revista Multicolor de los Sábados del periódico sensacionalista Crítica hacia 1934, tal vez por intercesión del mismo Borges.
Sabemos, finalmente, que falleció en 1952, sin haber publicado un libro y que estaba obsesionado con la muerte, tal como lo recordaba Jorge Calvetti: “Era un poseso de la muerte. Ella le dominó como un demonio. Algunas tardes salía de su habitación como si hubiese estado contemplando sus cenizas”.
Exhumar La muerte y su traje, de Santiago Dabove puede ser la oportunidad de leer o releer una serie de cuentos, poemas y reflexiones donde la muerte, lo fantástico y el humor se entrecruzan para renovar la literatura argentina de los 40 y lanzar sus interrogantes hasta nuestros días.

martes, julio 07, 2015

Las Varonesas vuelve


Este es un libro paradójico.

Para Roberto Bolaño, Las Varonesas era una “novela notable y olvidada”. ¿Cómo una obra puede ser notable pero haber sido olvidada? Otras novelas monstruosas como Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal y El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza atravesaron esa paradoja.

Este es un libro censurado.

En una entrevista de 2013 en el diario El Litoral, Carlos Catania dice: “en efecto, a los pocos meses de haberse editado en Barcelona, en Seix-Barral, me anunciaron que la novela había sido prohibida en mi país, junto a La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa. No me sorprendió. Ya sabía que aquí se habían quemado libros, acto que solo cabe en el delirio de un idiota”.

Este es un libro recobrado.

En 2013, el periodista Guillermo Belcore lee la mención de Bolaño y como si de una señal se tratase busca con insistencia Las Varonesas, de Carlos Catania. La encuentra en internet, a un precio bajo. Luego de atravesar la lectura de esta novela oceánica, Belcore publica en su blog La biblioteca de Asterión y en el diario La Prensa una nota sobre la novela. Así recomienza la historia de este libro.

Este es un libro postergado.

Treinta y nueve años tuvieron que pasar para que Las Varonesas pueda conseguirse en Argentina. Treinta y nueve años para que una editorial decidiera volver a publicarla. Treinta y nueve años para recuperar una novela que pide a gritos ser leída en las tinieblas de su época.

Este es un libro monstruoso.

En la misma entrevista de 2013, Catania señala: “Escribo, fundamentalmente, porque soy un inconforme. No estoy de acuerdo con el mundo ni conmigo mismo, ni con los sistemas, ni con casi nada. A menudo, lo que llamamos verdad no es más que el error en que todos coinciden. De ahí la Teoría del Error, que Alfredo pregona en Las Varonesas. Mi odio involucra una gran ansia de regeneración y humanidad, lo que quizás hoy día se asemeja a la locura”.

sábado, junio 07, 2014

La vieja monserga arrinconada de lo oscuro y lo claro


El libro Ensayos barrocos. Imagen y figuras en América Latina (Colihue, 2014) de José Lezama Lima, que recopila ensayos y artículos del intelectual cubano, es una gran oportunidad de recuperar una voz del pensamiento latinoamericano que hacía rato no circulaba (al menos no en forma de libro). En la sección "Artículos", se recuperan textos breves y lúcidos como la semblanza por la muerte del Che Guevara o la primera aparición del manifiesto poético "Se muestra ahora el ángel de la Jiribilla". Entre estos, se encuentra una respuesta de Lezama Lima para una encuesta organizada por la revista Cuba en la UNESCO ante la pregunta "¿Cómo pueden contribuir la radio y la televisión a la educación popular?". En línea con aquella famosa sentencia del cubano "Solo lo difícil es estimulante...", copio la primera parte del artículo y los invito a que lean el resto en Ensayos barrocos.

“Un fragmento de la naranja, decía Goethe, refiriéndose a cosas de cultura, tiene el sabor de toda la naranja”, concluyendo, en atada relación con lo anterior, sólo se han escrito introducciones a la Filosofía, siempre introducciones... Por eso, en nuestra respuesta, vamos a evitar las excesivas generalizaciones acerca de la cultura y sus círculos concéntricos de irradiación así como las excesivas reducciones, tales como las perentorias exigencias de la imagen auditiva, y después, los entrecruzamientos de la imagen visual con la audicional. Todo lo anterior para precisar que la cultura en la radio y en la televisión dependerá de la cultura en que se encuentren insertadas, que sea capaz en cada fragmento de lo temporal de expresar lo necesario, de apretarse o expandirse sin perder la concentración de sus esencias.
Pero nada de adaptación, de reducción, de simplificación al llevar los productos de la cultura a la imagen radial o televisada. Los antiguos pasos, entremeses cervantinos, autos sacramentales, poemas breves, recuérdese los triunfos de Dylan Thomas en sus recitales televisados, todos esos aciertos que la cultura occidental rindió siempre a la brevedad, a una maestría que se complacía en reducirse a una sola palabra, a una sentencia, o a un cántico, que duraba lo que el aceite hirviendo sobre las aguas. En la radio francesa se ha llegado a escenificar la conversación prodigiosa entre el padre Pouget y Bergson, en la que un espíritu muy atormentado por los problemas últimos buscaba remansarse en las seguridades petrínicas.
Y el convencimiento de que el pueblo es siempre atraído por lo cualitativo sin mixtificaciones. ¿No participó en el teatro griego, en el cantabile de las grandes piezas ciceronianas, en la coral bachiana, en la Novena Sinfonía, en las imponentes oraciones de Martí? ¿Quién lo podrá excluir de lo más esencial cualitativo? No empezar con la tontería de lo que se comprende y lo que no se asimila, con la vieja monserga arrinconada de lo oscuro y lo claro, con el imperativo tema de lo fácil y lo difícil. Pues es más fácil que el campesino saludable comprenda lo oscuro creador, que el bachillerismo internacional, creador de toda esa tópica infernal, comprenda lo que es germinativo en su momento justo. (p. 381)

domingo, febrero 23, 2014

Lovecraft, entre la Obra y el Mito

De hecho, ¿es posible establecer, con tanta claridad, los límites de la Obra de Lovecraft si no es al precio de una más o menos arbitraria decisión filológica sólo fundada en un criterio moderno de autenticidad que, por lo demás, le era ajeno al propio Lovecraft? ¿Qué decir, en efecto, de los textos que, de un modo u otro, continúan, glosan o parodian la obra de Lovecraft? A partir de los fragmentos dejados por el escritor de Providence, su discípulo Derleth ha podido construir relatos enteros. Otros han continuado el desarrollo de los temas y los personajes propios de sus escritos, de lo que se ha dado en llamar su mitología. Otros más han dado a la imprenta toda una literatura apócrifa. ¿Qué hacer con toda esa masa textual? La filología lovecraftiana, en su aplastante mayoría, ha sido modernamente clásica y, por lo tanto, esencialmente antilovecraftiana: ha buscado eliminar el criterio de escritura y transmisibilidad propias de la mitología lovecraftiana y de su metodología misma de puesta por escrito para avanzar sobre la idea de "autenticidad autoral".
El fandom de Lovecraft ha sido mucho más sabio y mucho más históricamente fiel al gesto del maestro: ha tomado toda la masa escrita en bloque como un solo conjunto: la Obra y su glosa, los Scripta y sus apócrifos, conscientes de que el mayor logro y la mayor insolencia de Lovecraft contra el moderno sistema de la literatura había sido el crear una mitología que destituyera por completo el sentido de la función autor. Lovecraft era un Lover de lo crafty, un insidioso habitante de la oscura Providence cuyo fin último no era producir una Obra (él mismo era consciente de su fracaso en este sentido; por lo tanto el "éxito" póstumo no es el suyo sino el de quienes construyeron la Obra). Al contrario, el intento desquiciado y por ello mismo genial de Lovecraft fue reavivar el Mito en pleno siglo XX. Entiéndase bien, la prestación específica de Lovecraft fue, entonces, no tanto la constitución de una mitología particular (por lo demás aleatoria) sino más bien, y fundamentalmente, el provocar que, de una vez, despertasen, en plena era tecnológica, las fuerzas avasallantes encerradas en aquello que llamamos mitología y que definen las posibilidades y los límites del Homo sapiens.
Ludueña Romandini, Fabián (2013): h. p. lovecraft. la disyunción en el ser, Buenos Aires, hecho atómico ediciones, pp. 16-17.

lunes, abril 01, 2013

Abandonar

-¿Y en qué sentido Homo sacer llega a su fin?

-En general muchos esperan una parte construens, porque afirman que todo lo que he escrito hasta ahora sería una parte destruens, es decir, una arqueología crítica del pasado. Yo, por mi parte, creo que no es posible distinguir una parte destructiva de una parte constructiva, porque ambas coinciden perfectamente. Por otro lado, la parte construens consiste en el hecho de que aparecen cada vez menos las cosas criticadas, que se transforman en cosas naturalizadas, absorbidas por el conjunto. En estos días pensaba acerca de qué significa el fin de una obra. Tengo la impresión de que incluso en la literatura existe una escasa reflexión sobre el final. Habría que preguntarse por qué, en cierto momento, un autor decide poner fin a una obra. Muchas veces intervienen factores puramente contingentes. De cualquier manera, es un momento curioso de la creación. En el derecho romano, el auctor -de donde proviene la palabra actual autor- era el tutor que convalidaba un acto de una persona inválida o menor de edad. Como si el autor fuera quien convalida una obra inacabada y que, en el momento en que ese autor le pone fin, se vuelve autónoma. Es decir, mientras no está terminada una obra, es menor de edad. Terminada, ya es mayor y es abandonada.
Una entrevista a Agamben sobre sus últimos libros traducidos y por publicarse, acá.

PD.: ¿Bergoglio habrá leído a Agamben? Digo, tanto va el cántaro a la fuente que al final el nuevo papa se hace llamar "Francisco"... ¿Será la vuelta de las reglas de vida?

sábado, febrero 09, 2013

Hacia una política spinozista

Ante todo, una política spinozista no deja lugar a ningún lamento por la adversidad de las cosas, ni promueve una ruptura reaccionaria con las situaciones efectivas desde un moralismo que se arroga la función de juzgar los avatares de la vida colectiva a partir de una presunta sociedad ideal –perdida o por venir–; una política spinozista, más bien, es potenciación de los embriones emancipatorios que toda sociedad aloja en su interior para su extensión cuantitativa y cualitativa. Una confianza en lo que hay como punto de partida de una intervención.
Diego Tatián escribe sobre la democracia a la luz de Spinoza. Quiero leer Lo impropio (Excursiones, 2012). Me animaría a decir que Diego Tatián y Dardo Scavino son dos exponentes fundamentales del pensamiento filosófico-político de la actualidad. 

sábado, enero 26, 2013

El sueño de la razón


En la revista Fierro, existe una breve pero intensa sección llamada "Mortadelas salvajes", bajo la autoría de Frank Vega. En ella, podemos encontrar: la aventura de "Pititi", una suerte de ET que, por huir de casa, va a parar a un extraño mundo en donde el neoliberalismo y la explotación laboral toman aspectos futuristas y absurdos; los enfrentamientos de "Plutonio, el sapo karateca" que encara a distintos seres estrafalarios por motivos desconocidos (aunque se lo sabe una especie de justiciero anónimo); y las "Caruchas" que remedan las antiguas figus pero desde una estética tóxica, mutante, extraña.
Es que justamente los dibujos de Frank Vega (y también las tramas de sus tiras) exploran lo mutante: la posibilidad de pensar las formas, las identidades y las cosas de un modo contaminado, mixto, sin límites. Como si en cada cuadro o en cada dibujo una pequeña ojiva nuclear hubiera explotado, Vega dibuja humanos que se deforman en extremidades de insectos, de animales o, simplemente, de objetos; dibuja figuras mixtas que interrumpen desarrollos para subderivar en otras figuras que nos hubieran resultado alejadísimas; dibuja lo informe o, si se quiere, busca lo informe en las formas. De paso, se burla de las convenciones sociales, de los lugares comunes, de la farándula, del compromiso político. Los dibujos de Frank Vega, como el sueño de la razón, engendran monstruos. Y me parece genial que así sea.

lunes, enero 14, 2013

Lo común



En este artículo de la época de La comunidad que viene, Agamben vuelve sobre la política que viene, el experimentum linguae y la necesidad de pensar lo común en el uso. Se agradece el rescate del artículo.

Visto en Ekklesía.

domingo, septiembre 30, 2012

La religión bancaria

“Crisis” y “economia” actualmente no son usadas como conceptos, sino como palabras de orden, que sirven para imponer y para hacer que se acepten medidas y restricciones que las personas no tienen ningún motivo para aceptar. ”Crisis” hoy en día significa simplemente “vos debés obedecer!”. Creo que sea evidente para todos que la llamada “crisis” ya dura decenios y nada más es sino el modo normal como funciona el capitalismo en nuestro tiempo. Y se trata de un funcionamiento que nada tiene de racional.

Para entender lo que está pasando, es necesario tomar al pie de la letra la idea de Walter Benjamin, según el cual el capitalismo es, realmente, una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrupto cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Dios no murió, se tornó Dinero. El Banco –con sus funcionarios grises y especialistas– asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito (incluso el crédito de los Estados, que docilmente abdicaron de su soberania ), manipula y administra la fe –la escasa, incierta confianza– que nuestro tiempo todavía trae consigo. Además de eso, al hecho de que el capitalismo sea hoy una religión, nada lo muestra mejor que el titulo de un gran diario nacional (italiano) de hace algunos dias atrás: “salvar el euro a cualquier precio”. Así es, “salvar” es un término religioso, pero ¿qué significa “a cualquier precio”? ¿Hasta el precio de “sacrificar” vidas humanas? Sólo en una perspectiva religiosa (o mejor, pseudo-religiosa) pueden ser hechas afirmaciones tan evidentemente absurdas e inhumanas.

Una entrevista completa al estimado Giorgio, acá.

lunes, agosto 20, 2012

Bipolar

 
La Maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Tres de Febrero invita a la conferencia

"La analogía bipolar en la crítica cultural latinoamericana" que brindará el Dr. Raúl Antelo mañana martes 21 de agosto a las 18:00 horas en la sede de posgrado de Viamonte 783 3º, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La entrada es libre y gratuita.

Maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos
Universidad Nacional de Tres de Febrero

sábado, agosto 18, 2012

Yo quiero

Este entrelazamiento alcanzó tal vez su punto extremo en la drástica, la casi insana formulación mediante la que Kant expresa el núcleo mismo de su moral: Mann muss wollen können. No sé si puede traducirse al inglés como “uno debe poder querer”. Así, Kant expresa el centro de su moral de esta forma: Mann muss wollen können. Esta absurda, insana intersección o entrelazamiento de los tres verbos modales define la modernidad. Y también, creo, el colapso o la imposibilidad de la ética en nuestro tiempo. Kant es usualmente señalado como el fundador de la ética moderna, esto es falso. Es exactamente lo contrario. Kant marca la imposibilidad de una ética, porque la ética sólo puede tener la forma de una orden, según él, o de un muy extraño mandato Mann muss… Y así cuando oigo hoy en día a la gente ilusa que repite el slogan pasajero “Yo puedo”, no puedo dejar de pensar que lo que realmente quieren decir es “Yo quiero”, es decir, yo ordeno, o mejor, yo me ordeno a mí mismo obedecer. Entonces, para darles una idea, una idea más precisa sobre esta relación que vincula querer y poder, voluntad y potencia, he elegido un ejemplo para mostrarles cómo la voluntad se basa en la noción de potencia (y posibilidad) para contenerla y limitarla. Entonces, ¿por qué la voluntad fue introducida en la filosofía? Para contener, controlar y limitar a la potencia.
Agamben, Giorgio (2012): "¿Qué es una orden?" en Teología y política, del poder de Dios al juego de los niños, Buenos Aires, Las cuarenta, pág.  65-66.

viernes, julio 20, 2012

El principio de incompletud (Maurice Blanchot)

Repito, en lugar de Bataille, la interrogación: ¿por qué «comunidad»? La respuesta está dada bastante claramente: En la base de cada ser, existe un principio de insuficiencia... (principio de incompletud). Es un principio, observémoslo bien, lo que manda y ordena la posibilidad de un ser. De ahí resulta que la carencia por principio no va a la par de una necesidad de completud. El ser, insuficiente, no busca asociarse a otro para formar una sustancia de integridad. La conciencia de la insuficiencia viene de su propio cuestionamiento, el cual tiene necesidad del otro o de algo distinto para ser efectuado. Solo, el ser se cierra, se duerme y se tranquiliza. O bien está solo o no se sabe solo más que si no lo está. «La sustancia de cada ser está impugnada por cada otro sin descanso. Incluso la mirada que expresa el amor o la admiración se liga a mi como una duda que afecta a toda la realidad.» «Lo que pienso no lo he pensado solo.» Hay aquí un intrincado de motivos disímiles que justificaría un análisis, pero que tiene su fuer/a en una mezcolanza de diferencias asociadas. Es como si se apiñaran en la portilla pensamientos que sólo pueden ser pensados juntos, mientras que su multitud les impide pasar. El ser busca, no ser reconocido, sino ser impugnado: va, para existir, hacia lo otro que lo impugna y a veces lo niega, con el fin de que no comience a ser sino en esa privación que lo hace consciente (ése es el origen de su conciencia) de la imposibilidad de ser él mismo, de insistir como ipse o, si se quiere, como individuo separado: así tal vez existirá, experimentándose como exterioridad siempre previa, o como existencia vista en perspectiva lineal, sólo componiéndose como si se descompusiera constante, violenta y silenciosamente.
De este modo, la existencia de cada ser reclama lo otro o una pluralidad de otros (porque es como una deflagración en cadena que tiene necesidad de cierto número de elementos para producirse, pero que correría el riesgo, si ese numero no fuera determinado, de perderse en el infinito, a la manera del universo, el cual sólo se compone ilimitándose en una infinidad de universos). Reclama, por eso, una comunidad: comunidad finita, porque ella tiene, a su vez, su principio en la finitud de los seres que la componen y que no soportarían que ésta (la comunidad) olvide llevar a un grado de tensión más alto Infinitud que los constituye.
Aquí nos encontramos enfrentados a dificultades poco dominables. La comunidad, sea o no numerosa (pero, teórica e históricamente, no hay comunidad sino de un pequeño número —comunidad de frailes, comunidad hassídica (y los kibbutzim), comunidad de eruditos, comunidad con vistas a la «comunidad», o bien comunidad de los amantes), parece ofrecerse como tendencia a una comunión, incluso a una fusión, es decir, a una efervescencia que no reuniría los elementos sino para dar lugar a una unidad (una sobreindividualidad) que se expondría a las mismas objeciones que la simple consideración de un solo individuo, cerrado en su inmanencia.
Blanchot, Maurice (1983): La comunidad inconfesable, Madrid, Editoral Nacional de Madrid.

domingo, diciembre 11, 2011

Lo sagrado: impureza, contagio e inmanencia

Copio algunos fragmentos de textos en los que Bataille explora el concepto de lo sagrado, su ambivalencia y su potencia:


Siempre se encuentra algo sagrado tanto en las formas más simples como en las formas más evolucionadas; lo sagrado es esencialmente comunicación: es contagio. Lo sagrado se presenta cuando, en cierto momento, se desencadena algo que tendría que ser detenido y que no se puede detener, que se dirige a la destrucción y que corre el riesgo de trastornar el orden establecido.
Lo sagrado, si se presta atención, podría sencillamente reducirse al desencadenamiento de la pasión. Y es evidente que el desencadenamiento de la pasión está en la antípodas de la razón. (“El mal en el platonismo y en el sadismo” en La religión surrealista, 25).

Lo sagrado puro, o fasto, dominó desde la antigüedad pagana misma. Ahora bien, aun reducido al preludio de una superación, lo sagrado impuro, o nefasto, estaba en el fundamento. El cristianismo no podía rechazar hasta el extremo la impureza, no podía rechazar la mancha. Pero definió a su manera los límites del mundo sagrado; y en esa definición nueva, la impureza, la mancilla, la culpabilidad, eran expulsados fuera de esos límites. A partir de entonces lo sagrado impuro quedó remitido al mundo profano. En el mundo sagrado del cristianismo, no pudo subsistir nada que confesase claramente el carácter fundamental del pecado, de la transgresión. El diablo, esto es, el ángel o el dios de la transgresión (de la insumisión y de la sublevación), era arrojado fuera del mundo divino. Aunque era de origen divino, en el orden de cosas cristiano (prolongación de la mitología judaica), la transgresión ya no era el fundamento de su divinidad, sino el de su caída. (El erotismo, 127).

En el mundo religioso primitivo teníamos, por un lado, un mundo de cosas trascendentes, de cosas con las cuales no había participación hasta que en la fiesta eran destruidas en tanto cosas; así definíamos el mundo profano, mientras que el mundo sagrado era el mundo de inmanencia, de la violencia, de la participación.
A partir del momento en que el derecho, la moral y la persona divina aparecen como sagrados, el ámbito de lo sagrado deja de ser enteramente el ámbito de inmanencia. Pues, existe un mundo sagrado trascendente que no existía en la situación primitiva. (“Esquema de una historia de las religiones” en La religión surrealista, 81).

Bibliografía

“El mal en el platonismo y en el sadismo” (Lunes 12 de Marzo de 1947) y “Esquema de una historia de las religiones” (Jueves 26 de febrero de 1948) en La religión surrealista: conferencias 1947-1948 (2009), Buenos Aires, Las cuarenta.
El erotismo (2009 [1957]), Buenos Aires, Tusquets.

sábado, diciembre 03, 2011

El último grito de la moda



¿No había un par de pensadores que hablaban de "poner el cuerpo" a las ideas? Genial, ya se puede: quiero una M de Bataille y una L de Foucault, por favor. Y si las tenés en negro, mejor.

sábado, noviembre 12, 2011

De vuelta al matadero (sobre El asesino de chanchos de Luciano Lamberti)


Existe un pequeño texto de Bataille, del fascinante diccionario crítico que ideó con Michel Leiris, que servía como definición de “matadero” y termina así:
No obstante, en el presente el matadero es maldito y puesto en cuarentena como un barco infectado de cólera. Pero las víctimas de esa maldición no son los matarifes o los animales, sino esa misma buena gente que ha llegado a no poder soportar más que su propia fealdad, una fealdad que responde en efecto a una enfermiza necesidad de limpieza, de pequeñez biliosa y de tedio: la maldición (que sólo aterroriza a quienes la profieren) los obliga a vegetar tan lejos como sea posible de los mataderos, a exilarse por corrección en un mundo amorfo donde ya no existe nada horrible y donde, sufriendo la indeleble obsesión de la ignominia, se ven reducidos a comer queso.
Ese texto muestra una apuesta por recuperar una zona de la experiencia humana que ha sido excluida: la zona de lo horrible, del gasto, de la pura pérdida. Esa zona (y su lógica, sus habitantes, sus lugares, sus elementos) señalan el punto vacío de un sistema que se quiere perfecto, de un mundo burgués que brega por la limpieza y el orden de lo amorfo, de lo equilibrado. Y la literatura, lo sabemos los lectores de Bataille, es una de las vías para recuperar ese plano de lo heterogéneo, de lo inasimilable, del gasto improductivo.
En “Febrero”, el Hombre que llevaba la nariz en el bolsillo escucha el canto lúdico de unas niñas y hace las compras necesarias, en una estación rutera, para un veraniego asado. Como un Meursault criollo, el Hombre que llevaba la nariz en el bolsillo soporta el sol y el calor mientras se toma un rifle y prepara el fuego. En el cuento no pasa nada, o mejor pasa nada, y sin embargo el ambiente es opresivo. El Hombre que llevaba la nariz en el bolsillo lleva una vida despojada, monótona pero en cuanto comienza el verano, se sube a la Renoleta y se va para las sierras, siempre a un lugar diferente. Hasta ahí, una normalidad lisa y llana, poco ostentosa. Sin embargo, en las provisiones para el tiempo de ocio que comienza, hay un elemento, entre el bolso y la conservadora: un bidón de kerosén. Un día caluroso, el Hombre que llevaba la nariz en el bolsillo se sube a la camioneta, viaja hasta una ruta en desuso y traza una línea recta de kerosén a través de los pastizales hasta terminar el bidón. Prende un fósforo y lo tira. Se sube a la camioneta y se va.

miércoles, septiembre 28, 2011

The song remains the same (sobre Bellas artes de Luis Sagasti)


¿Dónde comienza una historia? ¿Comienza con la primera palabra o con la boca abierta que permite que esa primera palabra salga? La tapa de Bellas artes (Eterna Cadencia, 2011) nos muestra un entramado de hilos de diferentes colores, un entramado sin principio ni fin. Y es que la idea del libro de Luis Sagasti se plantea el interrogante con el que inicio esta reseña: ¿por dónde empezar a contar? Lo mejor será, como se propone en la primera estación “Luciérnagas”, cortar alguno de esos hilos y comenzar a seguir su dirección, sus nudos con otros, sus idas y vueltas. Así, Bellas artes es un texto-trama y cada capítulo o parte es un recorrido errático y azaroso que se va formando con la aparición de algunos nombres, algunas vidas, algunas experiencias. Por poner un ejemplo, “Corderos”, la tercera parte del entramado, pasará de la historia del sacerdote volador Adelir Carli al cerdo volador de Pink Floyd, pasando por la caída por la escalera de Primo Levi y las performances de Marina Abramovic, entre otros y otras. ¿Cuál es el hilo que une estas historias, estos sucesos? Es el vacío y su fuerza, el vértigo hacia arriba y hacia abajo.
Cada parte de Bellas artes recorre un cúmulo de historias, experiencias y obras que van y vuelven, que se tocan y se alejan, como recordándonos que la realidad que nos atraviesa es una realidad de hipervínculos: todos se conecta con todo (el narrador de las historias lo señala una y otra vez: Internet es la red de redes, la historia de historias). Pero detrás de esas conexiones (de la liebre muerta y los tártaros de Beuys a Wittgenstein escribiendo el Tractatus detrás de las trincheras, de Jorge Barón Biza suicidándose a las fotografías imposibles de Richard Drew, etc.), lo que nos muestra un narrador reflexivo y afilado es el fondo de las historias, el fondo de las palabras. Detrás del entramado de texto del libro de Sagasti, los interrogantes se encienden y se apagan como luciérnagas: cómo comunicar lo incomunicable (y ahí está Vonnegut intentando escribir sobre el bombardeo en Dresde), cómo caminar por el borde del arte y del lenguaje (y ahí están las trincheras de las guerras mundiales y Ungaretti y Wittgenstein), para qué sirve la poesía (y ahí está el haiku, abriendo la grieta en el lenguaje), cómo hacer música y filosofía en el fin de la historia (y ahí está Sun Ra y su música intergaláctica y Zhang Yun y su filosofía espacial), etcétera, etcétera, etcétera. La noche, los animales y la experiencia límite son tres elementos que, en Bellas artes, son condición de posibilidad para empezar a narrar o para continuar la narración.
Bellas artes no es ni una novela ni un ensayo, ni una colección de narraciones ni un libro de filosofía: es una trama, un tejido en el que los hilos se entrelazan y se separan, van y vienen. Y detrás está un simple mortal, un simple tejedor, Luis Sagasti, que recorre la historia, el arte e Internet para contar algo. ¿Contar qué? Contar anécdotas, sucesos, vidas, obras, escenas, experiencias (la brevedad y la síntesis como valores últimos). Bellas artes se instala en el borde de la narración, los nudos que se atraviesan son incontables pero la boca siempre vuelve a abrirse, tragándose lo incomunicable y comenzando, de nuevo, la misma historia.
 

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