miércoles, julio 22, 2026
Sobre Vida secreta de Cristina Campo, de Cristina De Stefano
jueves, enero 15, 2026
Las dedicatorias de Marcelo Fox
Esta muestra organizada por el área de Investigaciones de la Biblioteca Nacional fue un gran evento de 2025. La idea era seleccionar distintos libros del acervo de la Biblioteca que tuvieran dedicatorias y tratar de leer en esos breves mensajes algún vínculo, algún sentimiento, alguna historia. Hay elucubraciones fantásticas, les recomiendo que chusmeen el catálogo.
miércoles, octubre 01, 2025
Acá no se lee "El examen", de J. R. Wilcock
En primer momento, pensaba en compartir el relato "El examen", de J. R. Wilcock, un texto que nunca había leído, cuya existencia desconocía hasta que me lo nombró Diego Cano y luego lo encontré en un viejo número de la revista Saber Vivir.
Pero, luego, chequeando en la web (algo que uno siempre debería hacer) me encontré con el relato completo acá, subido en 2015, y me enteré de que fue recopilado en la última reedición de El caos (claro, yo tengo una anterior que encontré, como siempre repito, en el supermercado Coto a $3 pesos en 2005; en esa edición no está de yapa "El examen"...).
En fin.
Vayan al menos estas dos capturas del texto original publicado en el número 55, febrero de 1945, páginas 36 y 37, de la revista Saber Vivir (con ilustraciones de Mané Bernardo).
viernes, agosto 22, 2025
El dibujo de Dante Alighieri (J. R. Wilcock)
jueves, junio 12, 2025
Wilcock, el precursor (Ricardo Strafacce)
Este artículo publicado por Ricardo Strafacce en la revista Mancilla fue una de las razones por las que me asomé a la obra de J. R. Wilcock. Creo incluso haberlo dejado asentado en estas razones para leer El caos. Me debía esta exhumación. ¡Ojalá les guste tanto como a mí!
Wilcock, el precursor (Ricardo Strafacce)
I.
Curioso destino el de Juan Rodolfo Wilcock. De cenar varias veces por semana con Borges en la casa de Bioy Casares y codearse con la corte que rondaba a las hermanas Ocampo a partir a Italia, protagonizar una película de Pasolini, tomar la decisión de escribir en italiano (la lengua de su madre), hacerse novelista y, misteriosamente, convertirse en precursor de Aira y Lamborghini.
Era de algún modo borgeana la relación de Wilcock con
el castellano. Según se cuenta en el magnífico dossier que Guillermo Osvaldo
Piro, D. G. Helder y Ernesto Montequin publicaron en el n.° 35 del Diario de
Poesía, hijo de padre inglés y madre italiana, Wilcock nació en Argentina
pero recién aprendió el castellano alrededor de los seis años, cuando la
familia se trasladó a Londres. No fue esa la única extravagancia de la que
cuenta este dossier: ya en Buenos Aires, integrado al grupo áulico de la
revista Sur, “asiste a tertulias literarias que interrumpe simulando
ataques de epilepsia, provocando pequeños incendios de mobiliario, etc”. Singularmente
paranoico — anotan Piro, D. G. Helder y Montequin—, temía ser envenenado, a tal
punto que en una oportunidad concurrió a una cena de la SADE llevando su propia
comida. En 1957 partió a Italia para ya no regresar.
Ya estaba en Italia cuando empezaron a publicarse en
distintas revistas los relatos que posteriormente se integrarían en El caos,
su primer libro de relatos (hasta entonces sólo había publicado poesía),
escrito originalmente en castellano. El dato es importante porque una vez
establecido en Italia escribió, en italiano, una obra extraordinaria. Además de
libros inclasificables como Hechos inquietantes (1960), La sinagogade los iconoclastas (1972), El estereoscopio de los solitarios
(1972) y El libro de los monstruos (1978), publicó cuatro novelas que
aún hoy siguen sorprendiendo: Los dos indios alegres (1973), El templo
etrusco (1973), El ingeniero (1975) y, en colaboración con Francesco
Fantasía y ya póstumamente, La boda de Hitler y María Antonieta en el
infierno (1985).
Toda esta obra era desconocida en castellano hasta
entrada la década del 90, a excepción de la traducción de La sinagoga de los
iconoclastas que Joaquín Jordá hizo para la editorial Anagrama en 1982. Ya
en el fin de esa década y los primeros años de la del 2000, las excelentes
traducciones que Ernesto Montequin y Guillermo Piro hicieron para Sudamericana
permitieron que en la Argentina se conociera a un escritor al que casi nadie,
hasta entonces, le había prestado atención. Wilcock se había ido del país como
un poeta neoclásico que escribía en castellano. Cuarenta años después, la
traducción de sus libros y su edición y difusión, nos lo devolvían como un
vanguardista revulsivo, originalísimo, absolutamente genial. Un precursor, como
se adelantó, de Lamborghini y de Aira.
De un texto de Borges provienen —como casi todo— estos
apuntes.
II.
“Si no me equivoco —leemos en ‘Kafka y sus precursores’—,
las heterogéneas piezas que he enumerado (Zenon, Han Yu, Kierkegaard, Browning,
Bloy, Dunsan) se parecen a Kafka; si no me equivoco, no todas se parecen entre
sí. Este último hecho es el más significativo. En cada uno de estos textos está
la idiosincrasia de Kafka, pero si Kafka no hubiera escrito, no la
percibiríamos; vale decir, no existiría. [...] Cada escritor crea a su
precursor. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de
modificar la del futuro”.
En 1973 se publicó en Buenos Aires Sebregondi
retrocede, de Osvaldo Lamborghini. El libro, en desmedro de la intensidad
poética que lo recorría, llevaba incrustado un relato hiperrealista —“El niño
proletario”— que había sido escrito en 1969 y oscureció al resto del volumen
(claramente superior) y que después, con el paso de los años, se hizo lugar
común y vulgata. De hecho, parece que hay alumnos que terminan la carrera de
Letras en la Universidad de Buenos Aires sin haber leído otro texto de
Lamborghini que “El niño proletario”. Lo cual es llamativo, porque se trata del
texto menos lamborghiniano que firmó Osvaldo Lamborghini. Pero no es tan grave:
me dicen que en la Universidad pasan cosas peores.
Volviendo a “El niño proletario”, leamos un fragmento:
“Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.
“Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban. Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le tiró encima primero [...] Él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! Y prolongó el tajo natural [...] Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de la alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies [...] Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos falanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos sin todavía el prístino argénteo fin de muerte”.
La violencia contra un niño relatada sin escrúpulos,
la violencia glacial y obscena detallada hasta la lujuria impactaron en aquel
1973 cuando Sebregondi retrocede se publicó (y, por lo que se ve, siguen
impactando, al menos en la Universidad). Lo notable es que la cuestión distaba
de ser nueva. Sin abundar en otros antecedentes, en junio de 1960 la revista Ficción
había publicado el cuento “La fiesta de los enanos”, de Wilcock, que
posteriormente se incluyó en El caos. Así como en el relato de
Lamborghini tres niños burgueses torturaban y mataban a un niño proletario, en
el de Wilcock dos enanos torturaban y mataban a un niño de estatura normal:
“El enano procedió a arrancarle el pijama y la camiseta, con la ayuda del cuchillo de caza; luego, para probar la temperatura, le trazó una raya sobre el pecho con el soldador, desde la garganta hasta el ombligo. Al oír el grito prolongado del muchacho, entró Alfio [...]. Apenas vio el soldador [...] trató de apoderarse del aparato eléctrico. Présule no quería dárselo; tanto insistió y tironeó sin embargo su compañero, que finalmente le concedió permiso para que también él hiciera un dibujo sobre el vientre de Raúl. Con una sonrisa angelical en los labios, Alfio trazó sobre la piel tersa y morena una carita provista de ojos, nariz, boca y orejas. Cuando terminó, el muchacho se había desmayado. [...] Présule tuvo que reanimarlo vertiéndole el frasco de cola líquida en la cara; luego le hizo beber un sorbo de la botella de aguarrás, para disolverle la cola que eventualmente le hubiera entrado en la boca. Atado de pies y manos, Raúl se sacudía espasmódicamente, mientras el otro enano, armado de un punzón, se esforzaba por extraerle el menisco de la rodilla derecha; aunque todos sus esfuerzos en ese sentido habrían sido vanos si Présule no lo hubiera ayudado con el cuchillo de caza. No sabiendo que hacer con el menisco ensangrentado, se lo metieron a Raúl en la boca, para que no gritara tanto”.
No nos interesa investigar si Lamborghini tuvo o no
acceso a aquel ejemplar de la revista Ficción donde, en 1960, se publicó
“La fiesta de los enanos”. Nos interesa pensar que podríamos verlo como un
antecedente. O un precursor.
III.
Tampoco es importante indagar (aunque lo hemos hecho,
con resultado negativo) si Aira había leído El templo etrusco, publicado
en 1972, en italiano, cuando, en 1991, escribió La costurera y el viento
(la edición en castellano de la novela de Wilcock es de 2004, de manera tal que
en este caso no hay nada que indagar). Pero tal vez aporte algo recordar el
camión en el que se abisma Delia en La costurera y el viento y
compararlo con el aljibe que se encuentra en el patio de la zapatería de El
templo etrusco.
Leemos en Aira:
“Tardó unos agonizantes segundos en comprender que al ponerse de pie había metido el cuerpo por dentro del volante [...] Se acordó de sacar los pies del asiento. Pero tuvo que volver a ponerlos en él, más aún: pararse sobre el asiento para acceder a los aposentos del camionero. Sabía [...] que la entrada estaba por encima del respaldo, y allí se asomó a mirar: Había un doble biombo horizontal que cortaba dos veces una luz dorada [...] Se metió, las piernas primero. Al descolgarse cayó más de lo que esperaba. Se deslizó por uno de esos biombos, que se inclinaba por estar pegado a la pared trasera de la cabina con bisagras. Se vio en ese dormitorio rutero del que tanto había oído hablar. Había dos camas muy cerca una de la otra, las dos sin hacer, el desorden y la suciedad eran indescriptibles: revistas de historietas, ropa, aves disecadas, cuchillos, zapatos... Una velita encendida sobre la cómoda alumbraba el tugurio. [...] Salió por una de las dos puertas, al azar, y atravesó un cuarto de trastos que no miró, rumbo a otra puerta, al otro lado de la cual había un saloncito con sillones de cuero. [...] El salón tenía cuatro puertas, una a cada lado. Todas estaban abiertas. Echó una mirada por la más oscura, que daba a un pasillo, y luego a la siguiente: una oficina, con un gran escritorio de tapa, donde se repetía el desorden y la suciedad del dormitorio. Se metió por ahí, salió por la puerta del otro lado y se encontró en un vestíbulo con sillas”.
Leemos en el precursor:
“El capataz miró a su alrededor: no había ninguna puerta o escotilla. Al salir de nuevo al patio, advirtió que en el centro había un aljibe. Apenas lo vio, Atanassim comprendió que la vía de acceso — siempre y cuando allí existiera un sótano debía de estar dentro de ese aljibe [...] La entrada debía de encontrarse en el fondo del pozo, o bien en uno de los lados. Sin pensarlo dos veces, se trepó al aljibe y comenzó a descender [...] De pronto Atanassim apoyó el pie sobre el ladrillo flojo, trastabilló y habría caído si no se hubiese aferrado a ciegas a una especie de manija oxidada que se dobló rechinando bajo el peso de su cuerpo Era la manija de una puertita de metal, escondida en la pared del pozo. Atanassim permaneció un instante suspendido en el vacío [...] Luego la puerta cedió y el capataz cayó de costado en la oscuridad total de un túnel abierto en la tosca del subsuelo. [...] Avanzó por el túnel, húmedo y sofocante, apenas iluminado por unos pocos rayos de luz tenue que se colaban a través de las hendijas de unas puertas de madera. Estas puertas, casi todas cerradas, se alineaban a intervalos regulares a la derecha del túnel y daban a otros tanto cuartitos todos iguales y todos al parecer vacíos.
“En cierto momento, sin embargo, el espeleólogo divisó en uno de esos cubículos a un viejo hundido en un sillón cubierto de telarañas. [...] Dos puertas más adelante, en otro cuartito, se toparon con una joven sentada delante de una mesita. La muchacha les hizo señas de que entraran. No era fea, o no lo habría sido si una enorme nariz ganchuda como el pico de un buitre no le hubiera alterado bastante la armonía de sus proporcionadas facciones”.
IV.
En el caso de Lamborghini, el antecedente común es más
difuso, aunque seguramente hay muchos. En el caso de Aira parece inevitable
pensar en la concepción de los espacios de Kafka, espacios siempre desplegables
infinitamente, percepción que también puede rastrearse en Levrero.
Lo cual ya sería demasiado para estos meros apuntes.
Baste, para terminar, repetir a Borges: Aira y Lamborghini no necesariamente se
parecen (y en su frondosa correspondencia jamás mencionaron a Wilcock). Pero en
algunos textos de uno y otro creo percibir la idiosincrasia del autor de “La
fiesta de los enanos” y “El templo etrusco”. En cualquier caso, sobre Wilcock
está escribiendo, o escribirá pronto, sin dudas con mejor erudición y concepto,
Ernesto Montequin. Solo cabe esperar.
En Mancilla, n. 9, año 3, noviembre de 2014, Buenos Aires, pp. 74-77.
domingo, julio 23, 2023
¡TODO ESTÁ CONECTADO! Tonchi Mendy presenta Disco Wilcock, de Manuel Ignacio Moyano Palacio
El siguiente texto fue leído por el lector preciso Gastón 'Tonchi' Mendy para la presentación de Disco Wilcock, ensayo libre sobre vida y obra de Wilcock, escrito por Manuel Ignacio Moyano Palacio y editado en 2023 por quien suscribe y Tren en movimiento ediciones. El libro se consigue acá. El texto de la presentación se puede leer a continuación.
¡TODO ESTÁ CONECTADO!, por Gastón 'Tonchi' Mendy
El domingo 14 de mayo a media mañana me llega un whatsapp de Manuel Ignacio Moyano Palacio a mi teléfono. Ese mensaje no era cualquier mensaje, o al menos no para mí. Ese audio de 1 minuto y 8 segundos en una tonada cordobesa con ritmo cuartetero y al mote de “eh, culiao”, me proponía participar de la presentación de Disco Wilcock con la edición al cuidado de Golosina Caníbal por Tren en movimiento ediciones.
El mensaje, reproducido a 1.5x de velocidad, provoca un frío en la piel y al mismo tiempo un fuego que va del estómago hasta el pecho, cerrando la garganta y generando una mezcla de sensaciones. Algo que no estoy seguro bien qué es, pero que se asemeja al cagazo.
Mi primera reacción fue el autoboicot y la autoflagelación. Pero la arenga de la tonada cordobesa de Manuel se hizo más fuerte y potente; Golosina, acoplándose, reforzó la vesania invitación. No tuve escapatoria a semejante honor. De antemano me declaro culpable en mi objetividad, lo que convierte en totalmente parcial lo que en adelante diga.
En esa línea, Disco Wilcock me dispara un primer interrogante desde la intervención literaria de su salida y me pregunto: ¿es un libro? O diría, ¿es sólo un libro? La respuesta rápida es que lógicamente es un libro, pero en mi percepción lo veo como un objeto-libro. Un objeto artístico que encapsula una experiencia literaria, que comprende un relato, un ensayo novelado, un viaje. Es un repaso soslayado o subterráneo de la vida de Juan Rodolfo Wilcock, donde el lector vive a través de Manuel Ignacio Moyano Palacio al Wilcock ingeniero, traductor, poeta, crítico, ensayista, novelista, cuentista, actor, argentino, italiano, exiliado, etcétera. Pero, como ya dije, me declaro culpable en mi objetividad…
El segundo interrogante que me despierta es: ¿importa haber leído a Wilcock? Y la increíble respuesta es que en absoluto importa y hace envidiar al lector que no lo ha leído, ya que le queda todo por delante. Eso es lo que logra el autor cordobés, nos introduce en una atmósfera wilcockiana determinada por un recorrido literario en el que pueden convivir Dante, Macedonio, Borges, Silvina Ocampo, Bioy Casares, Witold Gombrowicz, Pablo Farrés, Carlos Busqued, Alberto Laiseca y otros y otras.
Este recorrido nos desliza desde el oficio de traductor al de ingeniero, del poeta del verso preciso al narrador exquisito de prosa implacable. Determinado por la ambigüedad y la bipolaridad de odiar y amar, del cielo y del infierno, el solitario que se vuelve bestial y loco. Todos son lo mismo pero a la vez distintos. “No hay cielo sin infierno, los opuestos se conectan, y ahí los dos tipos de escritores son uno. La risa y el mal, el chiste y el matadero, la palabra y la nada…”.
A la vez, Wilcock es el escritor que huye de las instituciones literarias, huye de las nacionalidades, su vida es un huir huyendo hasta de su propia muerte. Asume que en la literatura “las cosas pueden ser y no ser, el delito/reato. El escritor es un delincuente y el traductor, un policía corrupto” dice Moyano Palacio. Wilcock es una bomba narrativa, una granada sin pestillo, que no encuentra otra forma de vivir que no sea a través de la escritura, en un huir hacia delante, que encuentra su voz propia en el exilio y con la fuerza de la bestia, del diamante que es un monstruo. Wilcock pareciera despreciar la traducción, la ve como un modo vil y corrupto de ganarse la vida. Nuevamente esa confrontación que siempre está presente en su vida, los opuestos, del Wilcock traductor al Wilcock escritor italiano para ser traducido en su país de origen.
Pareciera decirnos que la circulación de la obra traducida no es lo real, aquella idea libertelliana de lo intraducible, escribir para no ser traducido, no circular una meca cultural. Sigue huyendo: “La soledad como principio literario. Escribir para nadie, para ese nadie que es uno mismo. Escribir para la escritura…”.
Por un momento, logro abstraerme de la cápsula en la que me envuelve Moyano Palacio y dejó de recorrer las calles romanas, de saborear los proseccos, los spritz, de oler las ferias de olivas, prosciuttos e formaggios entremezclados con los atardeceres naranjas que caen por las callejuelas del Trastévere, musicalizadas por una melodía de campanadas de la Chiesa di San Pietro In Montorio. Y salgo, caigo como un cuerpo pesado, inerte, al vacío que despierta la vigilia, el golpe me despabila y como un ¡eureka!, una voz entre risueña, socarrona y picaresca suena en mi cabeza diciendo: “Manuuu, hijo de puuuu… ¡claro que sí, por supuesto! ¡TODO ESTÁ CONECTADO!”.
En sus publicaciones anteriores, Bonino, la lengua de la inocencia y La ciega, Manuel Moyano Palacio va desarrollando un proyecto, va desplegando su obsesión en la escritura, con utilización de palabras refinadas, perfectas, frases trabajadas, con la manía libertelliana del trabajo del texto. “La reescritura sería el arte de darle naturalidad a lo muy trabajado…”, dice en El árbol de Saussure, de Héctor Libertella. Disco Wilcock, este objeto-libro, comprende un artefacto que Moyano viene trabajando y pensando desde hace tiempo, comprende una arquitectura de la escritura, en una literatura profética. Disco Wilcock es parte de ese proyecto, no escapa a su catálogo.
Este objeto-libro abarca todo: es vivir la literatura, es vida y muerte por la literatura, es una forma de escribir y vivir. Bioy Casares en sus diarios registra esa perfección por la escritura de Wilcock. “Después de tantos años de escribir poesía, no puedo escribir sino una prosa perfecta. Será un snobismo, pero si no llego a la frase perfecta, no entiendo lo que escribo” decía Wilcock. En el mismo sentido le dirige una carta a su amiga y enemiga escritora portuguesa Agustina Bessa-Luis en donde escribe:
“Llegar al fondo de la mayoría de las cosas y descubrir que son todas palabras y que si las meten todas juntas y las comprimen se obtiene un disco igualmente imaginario que de un lado dice Vida y del otro Muerte... Yo escucho solamente este lado del disco porque ya he oído bastante el otro lado; y le aseguro que de este lado es casi imposible encontrar la palabra literatura, el verbo escribir. Una sola persona, creo, cometió la contradicción de escribir lo que se oye del lado de la Muerte: John Webster, el autor de La Duquesa de Amalfi. Imitándolo, le mando un afectuoso saludo que huele a podredumbre, cadáver, sangre pisoteada, calavera enmohecida. Su amigo de siempre, Wilcock...”.
Y el Disco sigue sonando como en esa misiva y repite “TODO ESTÁ CONECTADO”.
El magnetismo es más fuerte y el artefacto creado por la narrativa de Moyano, como en un estado de embriaguez, me envuelve una vez más. Extasiado leo una frase que sobresale del texto “la juventud como curiosidad permanente”. Me detengo en la lectura e inmediatamente me conecto con Witold Gombrowicz, efectivamente doy vuelta la página y Moyano logra el efecto, anestesiado y sediento de más me lleva directamente allí, lo arma, lo desarrolla y ¡pummm!. Sí, efectivamente, lo que se elucubra en mis pensamientos lo leo en palabras perfectamente articuladas. El terreno de la adolescencia es la matriz creativa, artística, donde se desarrolla lo absurdo, lo terrible, lo lúdico hasta lo siniestro, donde los asesinos podrían ser artistas y TODO ESTÁ CONECTADO… Copi en su libro La Internacional Argentina dice: “¿No se te ha ocurrido jamás que los grandes criminales son artistas fracasados? La imaginación desbordante que no logra expandirse es un trabajo creativo, se orienta instintivamente hacia la destrucción, peor aún, hacia el aniquilamiento de la especie humana…”. Así La bestia, El monstruo vive su apogeo. Entre opuestos, Wilcock ve la literatura como la capacidad de la sombra del futuro. Y entre realidad, ficción y literatura, en el medio de un hecho policial extraño, que involucra un homicidio, el hijo prodigio del ménage a trois Borges-Ocampo-Bioy Casares, con un resonar a lo lejos y que llega como en un eco, de ¡maten a Borges!, Wilcock abandona el país para dejar de estar a la sombra, en busca de un nuevo horizonte, un nuevo comenzar, hacia delante, sin ataduras, una soledad deseada.
Queda claro que el premio de Wilcock consistió en el destierro, en el olvido, en la soledad —como lo decía José Edmundo Clemente en Historia de la soledad: “…la soledad de los que no coincidieron con una memoria afectiva de sus contemporáneos, de los que fueron sepultados de los intereses colectivos de su época, o por esa rutina de la historia: la indiferencia. Soledad de los olvidados, de los sin Patria y sin Dios”— y cumplió su presagio en Lubriano, una localidad alejada, y murió en soledad.
Wilcock eligió un bando y lugar de la literatura, distanciado de los salones literarios y la crítica, despreciaba a la crítica, la consideraba llena de cucarachas. Su idea de la literatura es vivida desde el afuera y en el caos: “El hombre ha invadido verdaderamente la tierra, la destruirá completamente pero quizás dejará la literatura”.
No queda mucho más que decir. En este libro, objeto artístico en sí mismo, Manu Moyano Palacio logra trasladarnos en un viaje experimental, con su narrativa nos hace sentir en primera persona la vida entre el cielo y el infierno de un Wilcock que flota acompañado de monstruos, gusanos y bestias al ritmo de un disco que gira y continúa girando y donde TODO ESTÁ CONECTADO…
Para finalizar y al mejor estilo laisequeano voy a plagiar una cita de Ana Regina, integrante del taller de lectura sobre Pablo Farrés dictado por Agustín Conde de Boeck, que es simplemente hermosa y que ejemplifica perfectamente lo que siento con mi lectura: “Disco Wilcock es, como el amor, una experiencia necesaria, un viaje, un crimen, una conversación tumultuosa en un coro de monstruos”. Pero no me hagan caso, me declaro culpable en mi objetividad, y estas, son apenas unas líneas de un fanático que, como Wilcock, elige un bando de la literatura, este acá, con mis amigos de las letras, ¡TODO ESTÁ CONECTADO!
miércoles, abril 01, 2015
Un puñado de razones para leer El caos, de J. R. Wilcock
La reedición de la obra de J. R. Wilcock solo puede ser un motivo de alegría, un acto de reparación literaria. La editorial La bestia equilátera acaba de republicar el primer libro de relatos de Wilcock traducido al español, El caos (1974), al cual nos hemos referido varias veces en este blog.
Fue entonces cuando me decidí a organizar mi primera fiesta realmente caótica. Ante todo, los lacayos tenían orden de no conducir a los invitados directamente al gran salón, sino a las diversas dependencias del palacio, cada uno a un lugar distinto: al cuarto de las lámparas, a la cocina, al dormitorio de una mucama en el último piso, a la capilla, al gallinero. Allí los dejaban, que se arreglaran como mejor pudieran. Para los que a pesar de todo lograban llegar al gran salón, donde ni yo ni nadie de la familia los esperaba, la orquesta debía tocar piezas de baile que empezaban normalmente, para volverse cada vez más lentas, hasta un punto en que el baile se hacía imposible. Los criados ofrecían atrayentes refrigerios, en las tradicionales bandejas de plata, que luego resultaban ser —pero no siempre, porque entonces no habrían causado tanto efecto— sándwiches de gusanos, albóndigas de aserrín, o bocadillos con tajadas de víbora. Además circulaban por los salones labradores y mozos de mercado, con sus ropas de trabajo, y una multitud de obreros que efectuaban reparaciones en las puertas, los techos y los muebles de las habitaciones, sin preocuparse por la presencia de la flor y nata de nuestra aristocracia. En los jardines hice instalar además una cantidad de trampas: pozos disimulados con hojas, lazos atados a las puntas de los árboles, jaulas como cenadores que se cerraban apenas entraba en ellas la pareja adúltera deseosa de aislamiento.2. Entre los relatos de El caos, se encuentra "Casandra". Wilcock imagina un país en el que Casandra, una vagabunda que ha devenido en figura carismática y poderosa gracias al Arcontado de Entretenimientos, conmueve a masas de suplicantes y visitantes a los que atrae con sus palabras, sus vestidos y sus desplantes. Esta evidente ficcionalización de la figura de Evita fue soslayada por muchas lecturas que atoradas con "Esa mujer", de Walsh o con "Evita vive", de Perlongher, no advirtieron la existencia de este relato. "Casandra" comienza así:
La fiesta en cuestión fue un gran éxito; superado el primer momento de desconcierto, los invitados se entregaron a la exploración del caos con renovadas energías y —exceptuando claro está a los más ancianos y a los hipócritas, que se retiraron en seguida— tanto se divirtieron que era ya de día cuando hubo que echarlos con mangueras y regaderas, porque no se querían ir. Pero yo, en cambio, no estaba plenamente satisfecho del resultado: me parecía que al fin de cuentas se había tratado de una fiesta un poco más movida que las anteriores, y nada más. Nada, en verdad, que pudiera compararse con un verdadero caos. Debía refinar mis métodos, aplicar en mayor escala mi ingenio; debía, sobre todo, convertir a los infieles: no era admisible que los huéspedes se volvieran a sus casas, a proseguir la existencia ordenada de todos los días. Debía introducir el azar hasta el fondo mismo de sus vidas.
Desde lejos se ven los estaqueados, los enterrados hasta el cuello en el barro helado, los flagelados. La gruta queda en el fondo de una hondonada pedregosa, labrada según dicen por la erosión de los glaciares, y situada aproximadamente en el centro del pentágono que forman las cinco ciudades principales de nuestro tetrarcado. No es una gruta, es una casa; pero conserva su nombre de gruta porque Casandra, en otras épocas, cuando todavía era una escuálida vagabunda, solía refugiarse en una gruta cerca del puerto, y con su persistencia de trastornada siguió llamando gruta primero la casilla de madera que en cierto momento le instaló el Arcontado de Entretenimientos, y luego la espléndida casa-templo que su popularidad vertiginosa no tardó en exigir.3. "El niño proletario", de Osvaldo Lamborghini está anticipado en las páginas de este libro de cuentos de Wilcock. Tal como lo señaló Ricardo Strafacce en el último número de la revista Mancilla, "La fiesta de los enanos" es una narración precursora del cuento lamborghiniano. Extraña que tan pocos se hayan dado cuenta, que tan pocos lo hayan sumado en esa serie de relatos sobre la violencia política en Argentina que incluye textos ya obvios como El matadero, de Echeverría o "La fiesta del monstruo", de Borges y Bioy Casares pero que ha dejado de lado el cuento de Wilcock en el que se leen cosas como estas:
Los turistas del Asia Menor, de Sicilia y de Egipto vienen a visitar nuestro país exclusivamente atraídos por la fama de Casandra. Afluyen en multitud, aun sabiendo que muchos no volverán, o volverán esclavos de sus esclavos, o inválidos, o ciegos. Hasta se murmura que la Capadocia no nos declaró la guerra porque su rey no quiso ofender a Casandra (¡como si algo pudiera influir sobre sus decisiones!).
—¿Por qué estoy atado? —le preguntó Raúl, que no entendía todavía lo que ocurría.4. El caos recopila un cuento fantástico humorístico y delirante insoslayable que ya había sido recopilado por Borges, Bioy y Silvina Ocampo en la Antología de la literatura fantástica (1940). Hablo de "Los donguis", que empieza cruzando una historia de construcciones en Mendoza (que Wilcock retoma in extenso en El ingeniero) y deriva en la afirmación de que la raza humana estaría pronta a desaparecer por la aparición de los donguis. Para muestra, basta este extracto:
Sin tomarse la molestia de contestarle, el enano procedió a arrancarle el pijama y la camiseta, con la ayuda del cuchillo de caza; luego, para probar la temperatura, le trazó una raya sobre el pecho con el soldador, desde la garganta hasta el ombligo. Al oír el grito prolongado del muchacho, entró Anfio, arrastrando su cola roja y negra: traía en la mano el gran cisne blanco de Güendolina, con el cual acababa de empolvarse el pelo de la cara y del cuello. Pero apenas vio el soldador dejó caer el cisne y trató de apoderarse del aparato eléctrico.
Présule no quería dárselo; tanto insistió y tironeó sin embargo su compañero, que finalmente le concedió permiso para que también él hiciera un dibujo sobre el vientre de Raúl. Con una sonrisa angelical en los labios, Anfio trazó sobre la piel tersa y morena una carita provista de ojos, nariz, boca y orejas. Cuando terminó, el muchacho se había desmayado.
Balsocci. -Por ese hueco aparecieron los donguis.
Yo. -¿Qué son?
Balsa. -Ahora le explico...
Balsocci. -Dicen que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la Tierra.
Balsa. -Espere que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le condensan la opinión de los sabios extranjeros y de los sabios argentinos. Yo los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo animal que le llama dongui...
Balsocci. -Lo llaman dongui porque el que los estudió primero fue un biólogo francés Donneguy (lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui.
Yo.-¿Es un chancho?
Balsa. -Parece un lechón medio transparente.
Yo. -¿Y qué hace el dongui?
Balsa. -Tiene tan adelantado el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan lo que ven. ¡Qué porquería de animal!
Balsocci. -Son ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón transparente.
Yo. -¿Se reproducen?
Balsa. -Como la peste. Por brotes, imagínese.
Yo. -¿Y son de Boedo?
viernes, enero 30, 2015
La fiesta de los enanos (J. R. Wilcock)
domingo, agosto 24, 2014
De gauchos y romanos
Voz de Séptimo Severo:¡Fui todo y no fui nada!(Una pausa.)No forman las columnas de un imperiolas armas, los tesoros, los ejércitos,sino las manos fieles de un amigoque no pueden comprarse con el oro.(Se rompe el collar de Julio. Las Plañideras corren buscando las perlas por el escenario. Todos hablan. Se pierden muchas de las últimas palabras de Séptimo Severo.)¡Hijos míos, no existe en este mundoun amigo más noble que un hermanoy el que sea capaz de traicionara su hermano, será del mismo modotraicionado por todos!Os entrego este trono venerable:será si sois virtuosos, fuerte;será si sois perversos, vacilante.Siempre la unión fue la prosperidadde las naciones débiles.La discordia destruye con más ímpetulos pueblos poderosos como el nuestro.Mago: ¡Los plagios siempre son conmovedores!
Lo primero que señalamos en estos poemas gauchescos [los de Bartolomé Hidalgo] es su necesidad, su nacimiento de cosas muy cosidas en acontecimientos y entrañas. Todo eso forma su imprescindible clásico, su tono de hombres, que lejos de restarle y prestarle separación, lo iguala con todo lo producido seco, escamado y fatal. Si vemos el gaucho con el poncho a medio envolver, rodeado el brazo para parada y defensa, a punto el comentarista se ve obligado a anotar: ya se usaba entre los romanos lo que ahora llamamos combatir a capa y espada. Viene la cita de Julio César: envuelven la manta en el brazo izquierdo y sacan la espada. Fuerte nacimiento de literatura clásica, es decir, clase poderosa y saneada, necesidad que crea su forma, libertad que nace exenta de precauciones y resguardos literarios.
Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: "¡Tú también, hijo mío!". Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): "¡Pero, che!". Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.
martes, diciembre 24, 2013
La fiesta del caos
Fue entonces cuando me decidí a organizar mi primera fiesta realmente caótica. Ante todo, los lacayos tenían orden de no conducir a los invitados directamente al gran salón, sino a las diversas dependencias del palacio, cada uno a un lugar distinto: al cuarto de las lámparas, a la cocina, al dormitorio de una mucama en el último piso, a la capilla, al gallinero. Allí los dejaban, que se arreglaran como mejor pudieran. Para los que a pesar de todo lograban llegar al gran salón, donde ni yo ni nadie de la familia los esperaba, la orquesta debía tocar piezas de baile que empezaban normalmente, para volverse cada vez más lentas, hasta un punto en que el baile se hacía imposible. Los criados ofrecían atrayentes refrigerios, en las tradicionales bandejas de plata, que luego resultaban ser —pero no siempre, porque entonces no habrían causado tanto efecto— sándwiches de gusanos, albóndigas de aserrín, o bocadillos con tajadas de víbora. Además circulaban por los salones labradores y mozos de mercado, con sus ropas de trabajo, y una multitud de obreros que efectuaban reparaciones en las puertas, los techos y los muebles de las habitaciones, sin preocuparse por la presencia de la flor y nata de nuestra aristocracia. En los jardines hice instalar además una cantidad de trampas: pozos disimulados con hojas, lazos atados a las puntas de los árboles, jaulas como cenadores que se cerraban apenas entraba en ellas la pareja adúltera deseosa de aislamiento.La fiesta en cuestión fue un gran éxito; superado el primer momento de desconcierto, los invitados se entregaron a la exploración del caos con renovadas energías y —exceptuando claro está a los más ancianos y a los hipócritas, que se retiraron en seguida— tanto se divirtieron que era ya de día cuando hubo que echarlos con mangueras y regaderas, porque no se querían ir. Pero yo, en cambio, no estaba plenamente satisfecho del resultado: me parecía que al fin de cuentas se había tratado de una fiesta un poco más movida que las anteriores, y nada más. Nada, en verdad, que pudiera compararse con un verdadero caos. Debía refinar mis métodos, aplicar en mayor escala mi ingenio; debía, sobre todo, convertir a los infieles: no era admisible que los huéspedes se volvieran a sus casas, a proseguir la existencia ordenada de todos los días. Debía introducir el azar hasta el fondo mismo de sus vidas.
domingo, mayo 27, 2012
La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (Nota final e índice)
I. José Valdés y Prom
II. Jules Flamart
III. Aaron Rosenblum
IV. Charles Wentworth Littlefield
V. Aram Kugiungian
VI. Theodor Gheorghescu
VII. Aurelianus Götze
VIII. Roger Babson
IX. Klaus Nachtknecht
X. Absalon Amet
XI. Carlo Olgiati
XII. Antoine Amédée Bélouin
XIII. Armando Aprile
XIV. Franz Piet Vredjuik
XV. Charles Carroll
XVI. Charles Piazzi-Smyth
XVII. Alfred Attendu
XVIII. John O. Kinnaman
XIX. Henrik Lorgion
XX. André Lebran
XXI. Hans Hörbiger
XXII. A. de Paniagua
XXIII. Benedict Lust
XXIV. Henry Bucher
XXV. Luis Fuentecilla Herrera
XXVI. Morley Martin
XXVII. Yves de Lalande
XXVIII. Sócrates Scholfield
XXIX. Philip Baumberg
XXX. Symmes, Teed, Gardner
XXXI. Niklaus Odelius
XXXII. Llorenç Riber
XXXIII. Alfred William Lawson
XXXIV. Jesús Pica Planas
XXXV. Félicien Raegge
Nota final












