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sábado, diciembre 18, 2021

Las historietas del joven Copi

Introducción e investigación de Diego Cano

Conocemos a Copi por su narrativa, sus obras de teatro y sus dibujos de la mujer sentada. En cambio, los trabajos de su juventud como ilustrador son casi desconocidos en la actualidad. En este posteo de Golosina Caníbal, mostramos algunos de sus dibujos geniales, realizados cuando tenía tan sólo diecisiete años. Aparecieron en dos números del diario Resistencia Popular dirigido por su padre, Raúl Damonte Taborda, a fines de los años 50. 

El padre de Copi había sido director del diario Crítica después de la muerte su suegro, Natalio Botana. Sus años al frente del vespertino estuvieron marcados por la llegada de Perón al poder con quien se alió pero inmediatamente se distanció. Esto provocó su exilio en Uruguay junto a su familia; luego de su regreso a Buenos Aires, después del golpe militar a Perón, Damonte Taborda funda el diario Resistencia Popular que, más tarde, se llamará Tribuna Popular

La narrativa de Copi se caracterizó por la velocidad, su simpleza y la ruptura de todo verosímil. Estas características ya pueden verse en estos dibujos tempranos. Copi utiliza en las páginas de Resistencia Popular sus mejores recursos: la exageración, los trazos sencillos y limpios y la profusa imaginación, acompañados del humor ácido que luego desplegará en sus historietas y en su narrativa. 

En este posteo, presentamos ilustraciones de Copi publicadas en dos números de Resistencia Popular: el número 67 de la semana del 19 al 25 de marzo de 1957 y el 87 de la semana del 6 al 12 de agosto del mismo. Cabe señalar que Horacio Tarcus ha presentado algunos dibujos de Tribuna Popular en una nota de Clarín del año 2001. Queda pendiente de investigar y recopilar la totalidad de historietas realizadas por Copi en aquellos años. Esperemos que próximamente se publiquen las dos biografías que se encuentran en marcha y que surja la intención editorial de recuperar este material tan interesante. ¡Que lo disfruten!

Resistencia Popular, n.° 67, semana del 19 al 25 de marzo de 1957





 





 



Resistencia Popular, n.° 87, semana del 6 al 12 de agosto de 1957 

 






 

 

 

 

martes, mayo 25, 2021

Archivos digitales. Todo Aira

Continúo con la sección sobre archivos digitales por la que ya pasaron Mágicas ruinas y Ahira. Mi intención es interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante. 

En esta oportunidad, es el turno de Todo Aira, una página de Facebook que desde hace varios años viene recopilando y poniendo en discusión la producción desbordante del escritor argentino César Aira. Reseñas, relatos, traducciones, fotografías, fragmentos: en Todo Aira cualquier material que se vincule con este autor tiene su lugar. Muy amablemente, Diego Cano, quien lleva adelante este archivo, respondió algunas preguntas. 

Me interesaron sus reflexiones sobre la comunidad de lectores que se va armando alrededor de un autor como Aira, las limitaciones y virtudes de llevar un archivo en una red social como Facebook y la necesidad crítica de seguir pensando la obra aireana.

¡Pasen y lean!

 

Archivos digitales. Todo Aira

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Todo Aira

Diego Cano: Todo Aira surge de la necesidad de compilar el material inmenso de producción de César Aira que se encontraba disperso y muchas veces de difícil acceso. Personalmente venía realizando el trabajo de juntar todo ese material y me empecé a dar cuenta de que algunos, pocos lectores, guardaban el material con recelo sin compartirlo, como si eso fuera un valor. Al mismo tiempo notaba que la mayoría de los lectores no tenían acceso a esa producción inmensamente rica y continua que es Aira, y que también había avidez lectora por acceder a las reseñas, críticas, entrevistas y artículos. Todo Aira surge de la idea de juntar dos cosas de mi vida, el placer por la lectura de Aira con mis conocimientos y trabajo de redes sociales. Así fue que armé la página. 

GC: ¿Qué criterios utilizás para seleccionar el material a digitalizar? 

DC: Los criterios de selección y puesta online dependen mucho de la plataforma que decidí utilizar. Todo Aira no es un blog ni un sitio por lo que Facebook ya limita la posibilidad de compartir. Las redes sociales tienen una característica que pocos terminan de entender: cuánta más interacción hay, llegás a más público. La página no tiene una cantidad masiva de seguidores, pero sí tiene seguidores permanentes y fieles al contenido. La idea fue hacer algo despersonalizado, quitar el poder de quien dice: “ah, este material es mío”, no tenía ninguna necesidad de poner mi nombre ahí y eso daba la posibilidad de generar un ambiente de mayor debate y participación. Lo que se terminó generando es una comunidad de activos miembros que comentan y debaten (dentro de los límites de una página de Facebook) sobre todas las novedades permanentes que surgen sobre César Aira. Todo Aira es una poética, es todo, realmente todo sobre Aira. Por eso comparto comentarios, críticas, menciones en Twitter, fotos de Aira con lectores, fotos de los libros dedicados y todo lo que junto y muchísimo material que la gente me hace llegar sin parar creando un clima alegre que tiene mucho que ver con el espíritu de la literatura aireana. 

 

  

GC: ¿Qué virtudes y qué defectos encontrás en sostener Todo Aira en una plataforma como Facebook? 

DC: Facebook tiene dos grandes limitaciones para un archivo de este tipo. La primera y más difícil de sortear es el buscador que es pésimo. Eso dificulta ir a atrás y encontrar material para los usuarios. La segunda dificultad es que Facebook baja la calidad de las imágenes lo que resulta en un problema de lectura del material que comparto. Me han sugerido crear un blog o una página, y la verdad que esto lo hago sin recursos en mi tiempo libre y embarcarme en semejante proyecto implicaría un volumen de trabajo y costos que no puedo asumir. Igualmente, estoy muy satisfecho con el resultado a pesar de estas dificultades del formato. Creo que la virtud de Facebook es llegar al público lector fuera de la captura e intento de apropiación que parte de la academia quiere hacer de su obra como un coto de caza. Los lectores tienen ideas más potentes que mil artículos académicos sobre Aira, miren la página sino… 

GC: ¿Cómo se organiza el material al interior del archivo? ¿Hay secciones estables o categorías para ordenar lo que vas subiendo? 

DC: En principio, al no disponer de fondos y con las limitaciones que impone Facebook, el material no está organizado en secciones. Sin embargo, organizo los posts con cierto equilibrio de criterios: tapas de libros pocos conocidos, traducciones, artículos y entrevistas inhallables, notas periodísticas, fotos de lectores de Aira, fotos desconocidas del propio César Aira, traducciones de la obra de Aira a otros idiomas, memes, etc. Quiero destacar que la página es el primer lugar donde el trabajo de traducción enorme de Aira (¡tradujo 121 libros!) fueron puestos en conocimiento del público. La página dio inicio en junio de 2017 y después enseguida salió el Catálogo Aira, de Ricardo Strafacce, uno de los que más sabe sobre la obra de Aira. También por suerte acaba de salir en formato libro, La ola que lee. Artículos y reseñas (1981-2010), una selección de artículos y reseñas publicada por Penguin Random House que ya había sido subidos a Todo Aira. 

 

  

GC: ¿Qué intercambio tenés desde el archivo con los lectores de Aira y con el autor mismo? 

DC: El intercambio con los lectores es permanente, aportando material, generando comentarios, debatiendo algunos puntos, como dije anteriormente el mayor éxito de la página es haber generado esa comunidad de lectores. Con Aira tengo poca relación, aunque en excelentes términos. Empecé la página sin preguntarle hasta que alguien comento: “¿che, esto le caerá bien a Aira?”. Entonces me di cuenta que debía mínimamente preguntar si estaba de acuerdo o tenía alguna objeción. La respuesta fue inmediata, breve y concisa, “…me parece bien, me gusta lo que hacés, seguí adelante con los proyectos”. Ahí me quede tranquilo y avancé. Nos hemos visto una sola vez para charlar de cosas en general y de literatura, pero solo eso. A veces la gente escribe a la página pensando que es el propio Aira quien sube el material, o piensa que la página está hecha por un grupo de gente, y la verdad que es sólo en base a mi búsqueda obsesiva y permanente. Aprendí mucho leyéndolo y sigo absorbiendo cosas, porque su obra es infinita. Por ejemplo, a mí me gusta resaltar su literatura en general por sobre los ensayos, pero se puede ver ahí una genialidad que sólo es cercana Borges. Por eso hacer esta página es un inmenso placer personal de aprendizaje continuo. 

GC: ¿Creés que Todo Aira es un archivo replicable? Es decir, ¿serviría pensar un Todo Piglia, un Todo Saer o un Todo Puig

DC: Sí, ¡por supuesto! El tema es quién se tomaría el trabajo. Creo que el caso de Saer es más necesario aún, hay mucha cosa dispersa y está muy apropiado por los que supuestamente “saben”. El mundo lector saeriano es mucho más amplio y rico. Hacer un Todo Puig sería pura belleza, ¿alguien se atreverá? 

GC: ¿Cómo sigue Todo Aira? ¿Hay nuevos proyectos o ideas vinculadas al archivo? 

DC: La obra de Aira es infinita así que tenemos Todo Aira para rato. Creo que el desafío es ampliar los campos de circulación y debate. Si no hubiera sido por la pandemia, tenía el proyecto de armar un debate sobre qué hacemos con Aira. Estoy convencido que todavía no tenemos dimensión sobre lo que significa para los lectores, escritores y el mundo literario en general su narrativa. Al igual que con Borges, la literatura después de él debió pensarlo y apropiárselo para poder absorberlo y superarlo. Con Aira en ese sentido todavía queda un camino inmenso. Por ejemplo, Ricardo Strafacce y Juan José Becerra han dicho que Aira es más que Borges. Sin afirmar tal cosa, lo que está claro es que tenemos algo grande por delante y nos debemos todavía una crítica. Existen comentarios críticos respecto de su obra que circulan, pero son marginales y todavía no han logrado cristalizarse en un argumento sólido. Como dicen algunos, Aira espera todavía su crítica. Desde Todo Aira pretendo impulsar todo debate rico y respetuoso que sirva para la literatura por venir. 


 

sábado, noviembre 28, 2020

Archivos digitales. Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira)

Hace meses arranqué esta sección sobre archivos digitales con Mágicas ruinas, crónicas del pasado. Mi intención es interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante

En esta oportunidad, elegí al Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira), un "gran kiosco de revistas argentinas del siglo XX", como bien lo define su directora Sylvia Saítta en las preguntas que siguen. En algún momento, le dediqué una líneas al proyecto que ya tiene algunos años en funcionamiento sostenido. Si no conocen el sitio, tómense tiempo para recorrerlo. Es una propuesta organizada, reflexiva, variada y con digitalizaciones de calidad (ojalá algún día le puedan sumar el OCR a las publicaciones).

 
 
En las preguntas que intercambiamos con Sylvia Saítta conversamos sobre cómo surgió el proyecto y de qué modo lo llevan adelante. Espero que resulte de interés. Seguiré relevando proyectos digitales que, hoy por hoy, toman la posta en la digitalización de materiales y que crean como eslabones de una cadena un mapa-repositorio de la cultura argentina del pasado.


Archivos digitales. Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira)

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Ahira?

Sylvia Saítta: Ahira nace como parte y resultado de varios proyectos de investigación integrados por docentes de la UBA que, desde hace muchos años, venimos trabajando en temas vinculados a la historia de la prensa, de la revistas literarias argentinas y de los medios masivos de comunicación. Está integrado por Martín Greco, Martín Servelli, Claudia Román, Ana Lía Rey, Soledad Quereilhac, Diego Cousido, Manuela Barral y Guillermo Korn. Todos nosotros decidimos, hace algunos años, poner en una página lo que ya teníamos en nuestras computadoras, es decir, las revistas que habíamos ido digitalizando o consiguiendo en nuestros propios trabajos. La intención, entonces, fue poner eso al servicio de este archivo que nació como una propuesta pequeña destinada a la academia. Como su impacto fue creciendo, decidimos replantearnos los objetivos, ampliar el mapa de publicaciones a incorporar e hicimos un cambio de plataforma que nos permite tener más de 150 colecciones completas de revistas argentinas, tanto literarias y culturales como sobre diversos temas e intereses. La idea es cubrir la historia de las revistas argentinas en el siglo XX. 

Para eso, nos planteamos dos primeros objetivos: por un lado, cubrir diferentes áreas y armar líneas que permitan atravesar zonas o décadas del siglo XX. Entonces, en Ahira, se pueden ver colecciones de diferentes revistas sobre literatura, cultura, cine, teatro, historietas, ciencia ficción, interés general. El segundo objetivo fue incorporar revistas publicadas más allá de la ciudad de Buenos Aires, en diferentes ciudades del país

En este mapa que se va armando en Ahira conviven distintos tipos de revistas. Hay grandes revistas, los clásicos de la cultura argentina, que van desde el periódico Martín Fierro en los años 20, la revista más importante de la vanguardia literaria en la Argentina, pasando por las revistas de Abelardo Castillo en los 60, la revista Punto de Vista, Satiricón o las grandes revistas que rearmaron el mapa después de la dictadura entre los 80 y los 90: Diario de Poesía, Con V de Vian, El Amante, Babel. Otras revistas menos conocidas pero que permiten rearmar mejor el mapa de publicaciones como Capítulo. La Historia de la Literatura Argentina, del CEAL o la revista La Literatura Argentina, una publicación bibliográfica que registraba la salida de todos los libros que se publicaban en los años 30. Finalmente, revistas que responden a intereses más específicos: sobre música, sobre deportes, que salieron en el conurbano bonaerense, o que circularon en el ámbito académico.


 

GC: ¿Qué criterios utilizan para seleccionar el material a digitalizar? ¿Cómo organizan el proceso de digitalización y con qué herramientas (materiales y digitales) trabajan?

SS: Los criterios que usamos para seleccionar el material son bastante amplios y dependen del acceso que tengamos a las colecciones completas de las revistas. Tenemos el permiso de la Facultad de Filosofía y Letras para acceder a la hemeroteca central. Muchas veces los mismos directores de revistas nos ofrecen las colecciones completas para que las podamos digitalizar y subir a la página. Otras revistas provienen de nuestras propias colecciones porque muchos y muchas integrantes de Ahira somos coleccionistas de las revistas del siglo XX. 

También lo que está sucediendo en estos largos meses de encierro es que nos escriben lectores y lectoras ofreciéndonos las revistas que tienen en sus casas para que las podamos digitalizar. En ese sentido, a veces cuando esas colecciones no están completas también compramos los ejemplares que nos faltan o hablamos con coleccionistas que nos prestan. En más de un caso, son investigadores de universidades nacionales quienes ponen a disposición las publicaciones que fueron adquiriendo para que podamos digitalizarlas. 

Las herramientas con las cuales trabajamos son varias porque se trata de un trabajo casi artesanal. Escaneamos con los scanners que pudimos ir adquiriendo a través de los subsidios que nos dio la UBA y la Agencia de Investigaciones. Esos subsidios también nos han permitido enviar las digitalizaciones a lugares con mejores equipos, sobre todo en el caso de aquellas revistas de tamaño grande como Babel, Diario de Poesía o el periódico Propósitos, publicaciones que requieren una tecnología más sofisticada.

 

GC: ¿Qué intercambios tienen con otros usuarios de la web y con otros proyectos de digitalización?

SS: El equipo de Ahira mantiene un doble intercambio con quienes acceden a la página. Hay un intercambio académico: diálogos con otros equipos de investigaciones que tiene como objeto de estudios las revistas argentinas como el equipo en la Universidad de La Plata; los integrantes del Cedinci y su plataforma digital Americalee; el Instituto Iberoamericano de Berlín. También, hay diálogo con investigadores o grupos independientes que se dedican a este estudio. 

El segundo y gran intercambio, que nos ha sorprendido y nos pone contentos porque se vincula con la difusión y el alcance del sitio, es con los lectores y lectoras. Los lectores y lectoras de Ahira suelen escribirnos ya sea al mail de contacto o a las redes sociales para ofrecernos material, hacernos preguntas, avisarnos de links caídos. Además, nos transmiten experiencias de dirección de revistas, nos informan de la existencia de publicaciones que duraron poco tiempo o que tuvieron muy poca circulación. Realmente estos lectores y lectoras nos abrieron el panorama que teníamos de las revistas argentinas. Con la colaboración de investigadores, lectores, coleccionistas, fanáticos y fanáticas de alguna publicación, se fue ampliando y armando esta página, este gran kiosco de revistas argentinas del siglo XX.

 

  

GC: Además de los índices y de los ensayos sobre las publicaciones que resultan de mucha utilidad para la búsqueda de contenidos y para la reposición del contexto, ¿consideran sumar la instancia de OCR a las publicaciones ya subidas? ¿Qué dificultades implica esa faceta dentro del trabajo de digitalización?

SS: Las revistas que subimos a la página además de ser colecciones completas y de tener un acceso al pdf de los ejemplares tienen sus índices completos y hay una sección en la página donde intentamos concentrar todo lo que se ha escrito o se está escribiendo sobre revistas argentinas. Nos gustaría en un futuro sumar la instancia de OCR en las publicaciones subidas porque es una herramienta maravillosa para buscar temas, autores, términos, en las revistas ya digitalizadas. Lamentablemente no contamos con subsidios que nos permitan costear esa otra instancia en las publicaciones que ya figuran en la página. Lo tenemos como objetivo a futuro que depende netamente de cuestiones económicas.

 

GC: ¿Cuáles son los requisitos básicos para considerar una colección de revistas que algún usuario o institución podría acercar para sumar al repositorio?

SS: Los requisitos principales que usamos para pensar qué colecciones subir son muy amplios. El primer requisito es que sea una revista que no siga publicándose, es decir, son publicaciones cerradas, terminadas. 

El segundo requisito es que la colección esté completa. Hay algunas excepciones pero siempre intentamos conseguir todos los números antes de subirlos a la página. En algunos casos fue imposible, como en el caso de la revista 2001, un raro cruce entre ciencia ficción y movimientos revolucionarios de los años 70. En esos casos, decidimos subir la revista igual porque sucede que, luego, algunos lectores y lectoras nos escriben y nos ofrecen aquellos números que nos faltaban y nos permiten completar la colección. 

El tercer requisito, sobre todo en el caso de revistas más recientes, es tener los permisos o avales de las personas que dirigieron esas publicaciones. En principio, son estos tres grandes requisitos. 

Hay un cuarto requisito, pero más que requisito es un dato de la realidad: las revistas que duraron muchos años son digitalizaciones extremadamente caras para realizar. En esos casos estamos esperando subsidios para subir algunas revistas que nos encantaría tener en la página como Primera Plana, Humor, Confirmado o revistas más populares como Gente y Siete Días. Es decir, revistas que cubren varias décadas del siglo XX para las que necesitamos subsidios específicos para poder costear la digitalización.

 


GC: ¿Por qué consideran importante generar un espacio como Ahira, en paralelo a las hemerotecas existentes en nuestro país? ¿Qué colecciones tienen proyectadas para el futuro inmediato?

SS: Consideramos que fue y es muy importante generar este espacio en el marco del estado actual de las hemerotecas y bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires y de las ciudades de todo el país. Desde hace años, no hay una política destinada a digitalizar, sobre todo el material hemerográfico. A diferencia de lo que sucede con la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Nacional de Brasil o la Biblioteca Nacional de Uruguay, que ya digitalizaron los diarios del siglo XIX y el siglo XX y también varias revistas, en el estado actual de las hemerotecas y bibliotecas de la Argentina, esos repositorios digitales son todavía muy incipientes. A partir de espacios como el de Ahira y el de otras plataformas, entonces, el aporte es realmente significativo. 

Estos espacios son fundamentales tanto para quienes investigamos temas que están en revistas y publicaciones periódicas como para un abanico amplísimo de lectores y usuarios. Pienso, en primer lugar, en los y las docentes, maestros y maestras, docentes de escuela media, profesores y profesoras universitarios; pienso, también, en los y las periodistas, que tienen como una de sus fuentes primarias estas revistas del siglo XX; pienso en los investigadores y las investigadoras en general y en los lectores y las lectoras en particular que quieren volver a leer esas notas que leyeron en papel o recorrer colecciones de revistas a las que no tuvieron acceso en el momento de su publicación. 

En estos momentos estamos con varias colecciones en preparación. Queremos digitalizar la revista Confirmado y una revista que se llamó Latido, de los años 80. En esta ampliación de temas hemos digitalizado la revista Canta Rock y a partir de esa revista sumamos las revistas sobre música. También estamos armando un grupo de revistas que se publicaron durante la última dictadura militar que o bien estuvieron mapas cercanas al gobierno de facto como Extra o Vigencia, que publicaba la Universidad de Belgrano, o revistas que después fueron vistas como vinculadas al oficialismo como Pájaro de Fuego. De nuevo, se trata de rearmar el mapa de cómo funcionaban las revistas durante la dictadura militar; en este caso, incorporar otras colecciones y ver qué podemos decir de nuevo, qué podemos repensar, qué hipótesis podemos realizar a partir de un mapa más amplio.


viernes, agosto 14, 2020

El mambo debe seguir. Krysha Bogdan en la revista Alfonsina

Mientras preparo un futuro posteo sobre las colaboraciones de Alberto Laiseca en la revista Alfonsina —publicación de los 80 dirigida también por Carlos Galanternik y en la que participaron entre otras María Moreno, Mercedes Roffé, Fogwill, Néstor Perlongher y demás—, me cruzo con sorpresa con esta nota sobre una mujer genial: Krysha Bogdan.

 

 

Krysha Bogdan ha recorrido escenarios y ciudades para encandilar al público con su humor, su ritmo y su versatilidad. Las primeras noticias que me llegaron sobre ella y su magnetismo fueron a través de la historia de Pepe Romeu, y luego a través de la biografía no autorizada de Miguel Abuelo escrita por Juanjo Carmona: El paladín de la libertad (2003). Nos debemos estas microhistorias de las geniales mujeres de la contracultura de los 60 y 70 en la Argentina...

En todo caso, cuando me crucé con esta nota escrita por Hugo Tabachnik para la revista Alfonsina en 1984, no dudé en digitalizarla para que vuelva a estar accesible, para que muchos y muchas más conozcan las aventuras de Krysha Bogdan en el mundo del teatro, la experimentación y la alegría. Nuevamente, aplaudo la existencia de sitios como AméricaLee en los que se puede acceder a estas colecciones de revistas y recuperar joyas como esta (más allá de los problemas que reporta la marca de agua que cruza cada página...). Pasen y lean!

 

El mambo debe seguir

Sin intenciones mesiánicas esta nota puede pasar como una aproximación a la vida de una mujer que hoy merodea los cuarenta que hizo mucho antes lo que otros emprendieron mucho después y por eso es una pionera del arte y de la vida.

  

Pálida, aparece vestida con tules blancos cortados furiosamente, un atuendo polvoriento de novia o de mu­ñeca olvidada, tal vez adquirido por monedas en “Els encantes”, el merca­do de pulgas de Barcelona. Parodia la danza clásica mascando chicle, hurga en sus bolsillos y arroja, entre volte­retas, semillas de cardo que se sus­penden en el aire como plumón fino. Juega con una cuerda con cencerros, con una bandera que, en un gesto de ferocidad ritual, se convierte en un símbolo de soberbia y estupidez o en un arma letal. Sorprendentemente, ese cuerpo menudo, magro, crece, se adueña del espacio, lo llena, crea un clima onírico vertiginoso que detiene la respiración. Las manos inquietas hostigan permanentemente su cabello corto, mientras el rostro, sostenido por un esbelto y firme cuello —nariz arremangada, claros ojos penetran­tes, labios finos y sensibles— va cam­biando incesantemente de expresión, como las imágenes de un caleidoscopio.

Cristina —Krisha— Bodgan, “La po­laca”, nace en Gales, Gran Bretaña, en 1947. Postguerra. Hija de polacos, su madre, campesina de la zona fron­teriza con la URSS, deportada por los stalinistas a Siberia —en el viaje sus padres mueren de hambre—, liberada, más tarde, de un campo de trabajo, luego de atravesar Irán, Irak, Palesti­na y Egipto, consigue unirse a los alia­dos en Italia, donde conoce y se casa —aún ambos de uniforme— con Bolek, un estudiante de filosofía, oriundo de la región de influencia alemana que, lue­go de dos intentos fallidos de fuga de un campo de concentración, logra eva­dirse para formar parte de la brigada “Carpática”, la más famosa del ejérci­to polaco, integrada por intelectuales, artistas, músicos, cineastas, que, re­belándose contra el Estado Mayor, autogestionándose, rechazando as­censos y medallas, hace la guerra del África.

La ilusión de retornar a una Polonia independiente se hace trizas y eligen para vivir el lugar más extraño y leja­no... Argentina. Festejan el primer año de Krisha en Lanús.

 

Acordeón, fotonovelas, reformatorio

Crece dentro de la comunidad pola­ca —escuela, teatro, clubes— sin hablar castellano pero ya tocando el acor­deón, vestida de falda colorida, botas rojas, un tocado de flores y cintas del que descienden trenzas rubias. A los tres años pisa por primera vez un es­cenario. Alentada por sus padres, in­venta sus propios bailes. Estudia con Piotr Wosniak, un maestro de danza y pantomima. El padre le enseña a de­fenderse, a lanzar cuchillos, a blandir el peligroso acero de la sevillana.

Con la llegada de la adolescencia, la felicidad de la niñez se interrumpe. Muere el padre. Desequilibrio de la madre. Krisha, de 15 años y su herma­na, de 11, se unen para que la locura de su madre no las enferme. Adoptan el humor para salvarse de un clima sórdido y terrible, descubren a The Beatles “que nos ayudan a ser rebel­des” y arman una banda de rock case­ra, compuesta por chicas —dos guita­rras, bajo y batería—, que estremecen los patios, desde el ‘62 al ‘64. Hacen fotonovelas.

Ianka, líder de un conjunto musical integrado por mujeres, “Ianka y sus tropicanas”, la contrata como bajista. Toca cuadradas cumbias, se hacen campañas publicitarias y llega la fama. Graban en RCA, hacen fotonovelas, películas. Giras por el interior del país. Krisha, asombrada, es requerida para firmar autógrafos en la escuela, en la zapatería. La encandi­lan los spots de los escenarios monta­dos por “Escala Musical”, y participa de los programas televisivos “Sába­dos Circulares” y “Sábados Continua­dos”, pero “sin creérselo”. Finalmen­te, en Córdoba, luego de un año de ac­tuación con el grupo, descubre que los inescrupulosos representantes la ha­bían esquilmado miserablemente. Rompe el contrato.

Sin un peso, “enojada con la músi­ca”, pasa a tomar clases con Vladimir Kotovsky, un bailarín compañero de armas de su padre. Son siete horas diarias de acrobacia, danza clásica, de carácter... Su madre, muy perturba­da, la hace encerrar en un reformato­rio.

Allí, desorientada, confundida, jun­to con la pérdida de la libertad, es tes­tigo de una terrible corrupción, casti­gos sádicos, autoritarismo, abusos, explotación. Convive con 114 niñas de 12 a 21 años. Como respuesta a la ad­versidad comienza a estudiar el piano y organiza un espectáculo. Surge en ella, por primera vez, la necesidad de utilizar un lenguaje que incluya músi­ca, teatro, acrobacia, colores, mími­ca... Finalmente, logra fugarse.

 

Se hace pionera al andar

Venciendo la sensación de acoso —captura recomendada— y el dolor de ver cercenados todos sus lazos afecti­vos, consigue un trabajo, una cama de pensión y conoce a Robertino Grana­dos, Carlos Trafic y Norberto Cam­pos. Todos vienen de experiencias personales “fuertes” y dominan técni­cas diferentes. Lo que en un principio es un intercambio de ideas y proyec­tos se convierte en el “Grupo Lobo”. Más adelante, se unen Lily Presti, que había estudiado con María Fux “pero su delirio había superado esa historia”, y Sergio Timi, un estudian­te de Medicina.

El primer espectáculo que monta el grupo es “Acción-Espacio-Acción”, una producción singular en 1967. Co­mienzan en el “SHA” para llevarlo, más tarde, al “Theatron”. Rebeldía, agresividad, violencia. Llueven las primeras críticas: “Esto no es mimo... esto no es danza... esto no es teatro...”. Le sigue otra pieza “incalifica­ble”. Tiempo Lobo, escrita y dirigida por Carlos Trafic. Amenazados por la censura, deben suprimir partes para evitar la clausura del teatro. Norber­to Campos canta La Marcha de San Lorenzo en polaco, mientras Sergio Timi, con una escupidera en la cabeza, lo mira con aire idiota. Norberto [¿Roberto?] Villanueva los “descubre” y los invita al Di Tella. Aceptan, presurosos, “por el miedo diario a que cerrasen la sala”. Y eso que Tiempo Lobo narra, bási­camente, “una historia de amor”.

Con Tiempo de fregar, se convier­te en necesidad el vivir todos juntos —once personas— porque “nos requería­mos mutuamente, incesantemente”. Para alquilar la casa, un tercer piso en Pueyrredón y Paraguay, dos inte­grantes del grupo deben impersonar­se como estudiantes de Medicina —guardapolvos, etc.— que compartirían la vivienda con sus “primos”. Afortu­nadamente, el portero es polaco... Forman parte del entorno Orozco, Marta Serrano y Elizondo. El Negro Mercado pinta un mural anfetamínico en el comedor que nos les permite to­mar una taza de café con tranquilidad.

De alguna manera, hay una línea argumental en Tiempo de fregar: to­das son fregonas que han parido jun­tas un monstruoso bebé siamés unido por los glúteos, una niñera, una seño­ra —la autoridad— que en cada entrada aparece más destruida (acaba en una silla de ruedas). Las fregonas tienen sus delirios particulares que se enla­zan con los grupales —desde la construcción de navíos hasta arrebatos místicos—, guerras, elementos que van variando día a día. La obra, para des­concierto de Argentores, nunca es es­crita. El objetivo de la provocación es movilizar al público. En una función, una espectadora intenta cortar el ca­bello de Lily Presti con una tijera de podar. Teresa, hermana de Krisha, lo­gra dominarla y es atada al fondo del escenario, sirviendo como elemento escenográfico. El público se inclina a favor o en contra del espectáculo, ori­ginándose así verdaderas batallas campales. Monstruos locos, sudados, escupiendo, se abalanzan sobre los es­pectadores, horribles prostitutas, ayu­dadas por otros espantapájaros, in­tentan violar a los asistentes. Un gru­po de estudiantes, detenidos a causa de una manifestación, hacen su propio Tiempo de fregar en la cárcel.

Luego de una preparación “secre­ta” que dura tres meses, ofrecen una conferencia de prensa, para explicar sus métodos de trabajo a autores y di­rectores de teatro. Se realiza en un inhóspito galpón situado encima del es­cenario del Di Tella. Junto a un enanito contratado, consiguen diez niños “prestados” —la madre de Krisha no accede a prestar a su hermanito— y Norberto Campos es el “conferencis­ta”, mudo, de cuyo cuerpo penden tar­jetas con informaciones técnicas sin importancia, acompañado de una tor­tuga, un sándwich, una secretaria. Se leen, en forma crítica, textos de auto­res argentinos. Se zamarrea a la gen­te, hay apagones, danzas. Aparecen modelos, parroquianos del bar Mo­derno. El grupo cierra la puerta con llave y huye, dejando a oscuras a los asistentes, mientras rugen motores de motos, estallan “rompeportones” —Robertino insiste en echar gatos, pero esa proposición es desestimada—.

 

Artaud, Grotowsky y Buster Keaton

Aunque desde un principio estudian los textos de Artaud y están informa­dos de las experiencias que se están practicando en el exterior —The Living Theatre, Bread & Puppet, Arra­bal, Grotovsky—, los trabajos del grupo se basan en su propia realidad. Más adelante, al viajar al extranjero, des­cubren coincidencias con la vanguar­dia internacional. Incorporan elemen­tos del cine mudo. Krisha y el resto del grupo hacen peregrinaciones a Villa Ballester para ver películas de Buster Keaton y de los Hermanos Marx.

Son invitados al “III Festival Inter­nacional de Teatro”, en Córdoba, pero luego las autoridades se arrepienten. Deciden concurrir igual, a dedo. En un principio, actúan en los halls de los teatros donde se presentan los grupos oficiales, hasta lograr la autorización de participar en las actividades. Boi­cotean una mesa redonda sobre pues­ta en escena. Krisha y Graciela Dellepiane, con el torso desnudo, babean­tes, pintarrajeadas, con los ojos echa­dos hacia arriba. En otra mesa redonda, cansados de tantas preguntas, todo el grupo se desnuda y abandona la sala.

El cuestionamiento que Krisha y sus amigos hacen a la sociedad, bien pronto se revierte hacia ellos mismos en forma de represión. Son “habitués” de todas las comisarías del centro. Es el precio que deben pagar por intentar llevar al teatro a la vida cotidiana. Jor­ge Fiszon, Pepe Romeu y Rubén de León se marchan a México y de allí a Nueva York, al encuentro de la “onda cósmica”. Luego del estreno de Tiem­po Casa 1 Hora y 1/4 que marca la crisis y disolución del “Grupo Lobo”, Krisha, provista de un viejo abrigo obsequiado por “Poni” Micharvegas, poeta, se dirige al Canadá al encuen­tro de Pepe Romeu, un escritor con fi­nal trágico, autor de A bailar esta ranchera y otras novelas.

El de Pepe es un “encuentro-desencuentro”. Sin dominar el inglés, cruza el país para encontrarse con un tío —polaco, por supuesto—, en Vancouver. Entra en el Emotional Modern Dance Ballet. Freakin’out, festivales de rock, hippies, madres con sus niños, amor... Luego del estreno de una pieza en la que participa, Evolution, debe marcharse. Próximo puerto: Lon­dres, Portobello Road. Con Mosser viaja a Amsterdam —casi se queda con un grupo de mimos— y de allí, a Ibiza. 1970.

 

El amor: Miguel Abuelo

Con un grupo de amigos viaja por el norte de África, Sahara, Marruecos... Es el sueño de “Marrakesh Ex­press”... Precisamente en Marrakesh descubre que el teatro que ella ama está encarnado en la vida cotidiana que transcurre en la plaza. Baila y ac­túa con los marroquíes, que, al verla llegar, gritan acompasadamente: “¡Hippía marrokaía!” (la hippie es ma­rroquí).

Vuelta a Europa. En Madrid, en­cuentro con un músico electrónico, Horacio Bayone, amigo de Jorge Bonino. Es un período de recuperación. Luego de meses de performance ca­llejera permanente, vuelve al escena­rio, esa “isla mágica”, por temor a la prisión y al manicomio: con Herminio Molero, integra en un espectáculo, poesía concreta y danza. Aparece Mi­guel Abuelo. Gran amor. Son meses creativos: en Ibiza deciden tener un hijo. Krisha deja las anticonceptivas y otras píldoras; se casan, y los dos, vestidos de blanco —ella con una colcha tejida al crochet— recorren la isla para anunciar a sus amigos la buena nueva.

Da a luz a su hijo —Gato— en Lon­dres. Al poco tiempo, Miguel y Krisha se separan. Ella, con su bebé de cinco meses, viaja a Polonia piara estudiar con Grotowsky, pero no lo encuentra. Vuelta a Londres. Iris Scacchieri le aconseja no buscar maestros sino con­tinuar con su propia experiencia... Por iniciativa de Miguel, se encuen­tran en París. Miguel se le revela como un “roquero supermachista” y ella siente, por primera vez, el sufri­miento que implica ser “la mujer de...”. Disfrazada, con su acordeón, canta y baila en las estaciones del metro. Jorge Bonino —actor de shows unipersonales que también ac­tuó en el Di Tella— y Juan Carlos Cáceres —otro argentino, trombonista y pintor, fundador de la legendaria Cueva Pasarotus, que sería la cuna del incipiente rock nacional— la ayu­dan a salir de la situación. Arma un espectáculo con Bonino.

Pero Jorge no puede diferenciar la circunstancia escénica de la realidad cotidiana: se imagina en un París de la Segunda Guerra. Él es el destinado a salvar a la humanidad pasando mensa­jes secretos. En pleno invierno, a las diez de la noche, corre por un puente para entregar un mensaje a los alia­dos, una bomba cae, el puente se des­pedaza, se echa al agua, cruza el Sena a nado, una chalupa del Ejército de Salvación lo recoge, le quitan la ropa mojada y lo envuelven en una bata. En un descuido, huye y corre, semidesnudo, bajo un frío terrible. La poli­cía lo apresa y lo envía a un manico­mio.

Krisha vuelve a la calle —nadie tiene dinero y hasta se comen la papilla de Gato—, esta vez con Isabel Versini, pandereta y un escocés recién llegado de la India, en cítara.

Hace acrobacia. A veces, Miguel canta óperas. Viven a 30 km. de París. Los vecinos los detestan. Mandan a la policía. Violencia. Krisha teme por su bebé. Esta vez es Graciela Martínez quien acude en su ayuda. Viajan jun­tas y con Gato a Amsterdam. Partici­pa con Isabel Soto en la preparación de White dreams, en el Melk Weg. Espectáculos en el Cosmos, el Paradiso, el Shaffy Theatre, el Festival of Fools. Viven en una casa que cuenta con tres trapecios. Gato es libre y feliz.

Encuentro con Trafic, luego de cin­co años. Estamos en 1975. Organizan un show y se van a Dinamarca, con un baterista de Gato Barbieri. Aparece Miguel. Trafic se marcha a Alemania. Krisha es deportada a Inglaterra por hurtar alimentos en un supermerca­do.

La historia “Miguel-Gato-Krisha” es muy bonita, pero no funciona. Con un marido que no la ayuda, debe hacer frente, sola, a las necesidades de su hijo y, al mismo tiempo, desarrollar su creatividad. Su apoyo es el movimien­to feminista. Obtiene solidaridad, aprende junto a otras madres que se encuentran en la misma situación, asiste a workshops, presencia manifestaciones feministas que paralizan Londres. Se muda a un squater frente al Regent Park, dieciocho casas de cinco pisos cada una. Es su refugio en una ciudad triste y lluviosa, ahí encuentra música, gente cálida, creati­vidad. Hace un curso con Martha Graham, en The Place. Vuelve a Es­paña.

En Barcelona, forma parte del elen­co de Hair, que es internacional: ame­ricanos, australianos, ingleses, gente de Guyana y Surinam. También inter­viene Miguel Abuelo. Para cada uno de ellos, lo que representan es, en rea­lidad, parte de su historia personal.

 

“La onda freak”

Debilitada por las separaciones y cansada, se va a vivir a un suburbio barcelonés, La Floresta, con valencia­nos y menorquíes. Da clases de expre­sión corporal y conferencias, “curte la onda freak”, la naturaleza. Pero vuel­ve a Ibiza con Miguel. Gato se encuen­tra con sus amigos de Amsterdam, de cuando era más pequeño. Los niños tienen catalogadas las flores por su sa­bor: “Esta sabe bien... Esta, pues, no es muy sabrosa... Esta es muy amar­ga. ..”. Otra vez da cursos de expresión corporal. Aprende danza hindú. Conturbadas, mujeres ibicencas vestidas de negro se persignan al paso de un dragón manipulado por Krisha reco­rriendo las apacibles callejas de la isla. Está en contacto con Kubero Díaz, el de La Cofradía de la Flor Solar” y con Sergio Abeledo, que más tarde morirá en India, quien acostumbra decir: “¿Y si no nos queremos entre nosotros, quién nos va a querer? ¡Si no nos quie­re nadie!”.

En Barcelona, reúne nuevamente un grupo con Concha, feminista-anar­quista, formada en danza clásica, es­pañola, contemporánea, toca flauta y castañuelas... pero el conjunto se separa. Mandan a Gato a la Argentina. Le resulta duro hacer su show, sola, en las Ramblas. En el transcurso de uno de ellos, un policía le toca el hom­bro y le pregunta:

—Oiga, ¿ha estado usted alguna vez en un manicomio?

—No, le responde Krisha, extrañada.

—Pues... debería usted ir a uno.

 

Otra vez Buenos Aires, y después…

En realidad, se había ido de Buenos Aires “por un ratito” y ya habían pa­sado once años... Necesita de Gato, reencontrarse con Teresa, su herma­na... Pasa semanas destruyendo papeles, seleccionando lo que irá a llevar para el viaje, tiene miedo... Final­mente, aterriza en Ezeiza con sus tra­pos, sus máscaras y sus dragones de papel. Se siente paranoica. Trata de no llamar la atención al recorrer aque­llos lugares que fueron hitos en su vida, los cafés, la vieja casa de Marta. Descubre una ciudad cuyo pan cotidia­no es el miedo, como si “todo estuviese rodeado de una nube de angustia”. El teatro parece “como si hubiera dado una vuelta hacia atrás... un endureci­miento”.

Le lleva mucho tiempo readaptar­se. De nuevo, la historia es “conseguir un trabajo y con ese trabajo...”. Co­mienza a organizar un espectáculo: Club de Lulú. Cómo hacer para ju­gar a las damas, que no resulta por­que la propuesta no se comprende. Le sorprende el fenómeno musical, la can­tidad de bandas, de café-concerts, las cinco mil personas cantando en Obras. Bajo la dirección de Marta Serrano hace teatro para niños. Pero es inútil, no puede amoldarse a un trabajo de “elenco”.

La experiencia de hacer el circuito de café-concerts le resulta igualmente negativa. Es imposible sacar un solo peso de esa manera... Guerra de Las Malvinas, se pasa una semana lloran­do, siente que nadie la comprende, “ni siquiera en La Paz...”. Idea La danza de la bandera.

No encuentra a su generación. Siente el vacío. Se relaciona con gente más joven que ella, que se sienten li­mitados no sólo por factores económi­cos o por la represión, sino también, por la ausencia de alternativas.

Forma una banda de mujeres: La Pesada de la Danza. Se trata de una situación teatral con música de rock. Hay un ballet, Las flores del Para­guay, en base a un chamamé. Hace una gira a Olavarría.

Sufre un accidente de automóvil. La internan en una unidad de terapia intensiva. El traumatismo parece te­ner el efecto de que se le “conecten las neuronas de una manera diferente”. Está en la esperanza, aunque con la cautela del gato... Realiza un striptease grotesco en la calle Florida, a las tres de la tarde. Cuenta historias, canta operetas, moviliza a la gente para que haga percusión con las pal­mas de las manos en la Plaza de la Re­pública, en la Dorrego. Con su acor­deón, organiza concursos callejeros de rancheras. Actúa en el Centro Cultu­ral San Martín, siente que los funcio­narios no son “funcionarios”, que ha­blan su mismo lenguaje. Quiere me­dios, llegar a los barrios... Cuando re­cuerda la década de los años ‘60, cita a Federico Peralta Ramos: “Aún la te­nemos que pasar en limpio”... El mambo continúa.

Hugo Tabachnik

En revista Alfonsina, n.° 10, 3 de mayo de 1984, pp. 18-19.

 

 

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