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viernes, agosto 14, 2020

El mambo debe seguir. Krysha Bogdan en la revista Alfonsina

Mientras preparo un futuro posteo sobre las colaboraciones de Alberto Laiseca en la revista Alfonsina —publicación de los 80 dirigida también por Carlos Galanternik y en la que participaron entre otras María Moreno, Mercedes Roffé, Fogwill, Néstor Perlongher y demás—, me cruzo con sorpresa con esta nota sobre una mujer genial: Krysha Bogdan.

 

 

Krysha Bogdan ha recorrido escenarios y ciudades para encandilar al público con su humor, su ritmo y su versatilidad. Las primeras noticias que me llegaron sobre ella y su magnetismo fueron a través de la historia de Pepe Romeu, y luego a través de la biografía no autorizada de Miguel Abuelo escrita por Juanjo Carmona: El paladín de la libertad (2003). Nos debemos estas microhistorias de las geniales mujeres de la contracultura de los 60 y 70 en la Argentina...

En todo caso, cuando me crucé con esta nota escrita por Hugo Tabachnik para la revista Alfonsina en 1984, no dudé en digitalizarla para que vuelva a estar accesible, para que muchos y muchas más conozcan las aventuras de Krysha Bogdan en el mundo del teatro, la experimentación y la alegría. Nuevamente, aplaudo la existencia de sitios como AméricaLee en los que se puede acceder a estas colecciones de revistas y recuperar joyas como esta (más allá de los problemas que reporta la marca de agua que cruza cada página...). Pasen y lean!

 

El mambo debe seguir

Sin intenciones mesiánicas esta nota puede pasar como una aproximación a la vida de una mujer que hoy merodea los cuarenta que hizo mucho antes lo que otros emprendieron mucho después y por eso es una pionera del arte y de la vida.

  

Pálida, aparece vestida con tules blancos cortados furiosamente, un atuendo polvoriento de novia o de mu­ñeca olvidada, tal vez adquirido por monedas en “Els encantes”, el merca­do de pulgas de Barcelona. Parodia la danza clásica mascando chicle, hurga en sus bolsillos y arroja, entre volte­retas, semillas de cardo que se sus­penden en el aire como plumón fino. Juega con una cuerda con cencerros, con una bandera que, en un gesto de ferocidad ritual, se convierte en un símbolo de soberbia y estupidez o en un arma letal. Sorprendentemente, ese cuerpo menudo, magro, crece, se adueña del espacio, lo llena, crea un clima onírico vertiginoso que detiene la respiración. Las manos inquietas hostigan permanentemente su cabello corto, mientras el rostro, sostenido por un esbelto y firme cuello —nariz arremangada, claros ojos penetran­tes, labios finos y sensibles— va cam­biando incesantemente de expresión, como las imágenes de un caleidoscopio.

Cristina —Krisha— Bodgan, “La po­laca”, nace en Gales, Gran Bretaña, en 1947. Postguerra. Hija de polacos, su madre, campesina de la zona fron­teriza con la URSS, deportada por los stalinistas a Siberia —en el viaje sus padres mueren de hambre—, liberada, más tarde, de un campo de trabajo, luego de atravesar Irán, Irak, Palesti­na y Egipto, consigue unirse a los alia­dos en Italia, donde conoce y se casa —aún ambos de uniforme— con Bolek, un estudiante de filosofía, oriundo de la región de influencia alemana que, lue­go de dos intentos fallidos de fuga de un campo de concentración, logra eva­dirse para formar parte de la brigada “Carpática”, la más famosa del ejérci­to polaco, integrada por intelectuales, artistas, músicos, cineastas, que, re­belándose contra el Estado Mayor, autogestionándose, rechazando as­censos y medallas, hace la guerra del África.

La ilusión de retornar a una Polonia independiente se hace trizas y eligen para vivir el lugar más extraño y leja­no... Argentina. Festejan el primer año de Krisha en Lanús.

 

Acordeón, fotonovelas, reformatorio

Crece dentro de la comunidad pola­ca —escuela, teatro, clubes— sin hablar castellano pero ya tocando el acor­deón, vestida de falda colorida, botas rojas, un tocado de flores y cintas del que descienden trenzas rubias. A los tres años pisa por primera vez un es­cenario. Alentada por sus padres, in­venta sus propios bailes. Estudia con Piotr Wosniak, un maestro de danza y pantomima. El padre le enseña a de­fenderse, a lanzar cuchillos, a blandir el peligroso acero de la sevillana.

Con la llegada de la adolescencia, la felicidad de la niñez se interrumpe. Muere el padre. Desequilibrio de la madre. Krisha, de 15 años y su herma­na, de 11, se unen para que la locura de su madre no las enferme. Adoptan el humor para salvarse de un clima sórdido y terrible, descubren a The Beatles “que nos ayudan a ser rebel­des” y arman una banda de rock case­ra, compuesta por chicas —dos guita­rras, bajo y batería—, que estremecen los patios, desde el ‘62 al ‘64. Hacen fotonovelas.

Ianka, líder de un conjunto musical integrado por mujeres, “Ianka y sus tropicanas”, la contrata como bajista. Toca cuadradas cumbias, se hacen campañas publicitarias y llega la fama. Graban en RCA, hacen fotonovelas, películas. Giras por el interior del país. Krisha, asombrada, es requerida para firmar autógrafos en la escuela, en la zapatería. La encandi­lan los spots de los escenarios monta­dos por “Escala Musical”, y participa de los programas televisivos “Sába­dos Circulares” y “Sábados Continua­dos”, pero “sin creérselo”. Finalmen­te, en Córdoba, luego de un año de ac­tuación con el grupo, descubre que los inescrupulosos representantes la ha­bían esquilmado miserablemente. Rompe el contrato.

Sin un peso, “enojada con la músi­ca”, pasa a tomar clases con Vladimir Kotovsky, un bailarín compañero de armas de su padre. Son siete horas diarias de acrobacia, danza clásica, de carácter... Su madre, muy perturba­da, la hace encerrar en un reformato­rio.

Allí, desorientada, confundida, jun­to con la pérdida de la libertad, es tes­tigo de una terrible corrupción, casti­gos sádicos, autoritarismo, abusos, explotación. Convive con 114 niñas de 12 a 21 años. Como respuesta a la ad­versidad comienza a estudiar el piano y organiza un espectáculo. Surge en ella, por primera vez, la necesidad de utilizar un lenguaje que incluya músi­ca, teatro, acrobacia, colores, mími­ca... Finalmente, logra fugarse.

 

Se hace pionera al andar

Venciendo la sensación de acoso —captura recomendada— y el dolor de ver cercenados todos sus lazos afecti­vos, consigue un trabajo, una cama de pensión y conoce a Robertino Grana­dos, Carlos Trafic y Norberto Cam­pos. Todos vienen de experiencias personales “fuertes” y dominan técni­cas diferentes. Lo que en un principio es un intercambio de ideas y proyec­tos se convierte en el “Grupo Lobo”. Más adelante, se unen Lily Presti, que había estudiado con María Fux “pero su delirio había superado esa historia”, y Sergio Timi, un estudian­te de Medicina.

El primer espectáculo que monta el grupo es “Acción-Espacio-Acción”, una producción singular en 1967. Co­mienzan en el “SHA” para llevarlo, más tarde, al “Theatron”. Rebeldía, agresividad, violencia. Llueven las primeras críticas: “Esto no es mimo... esto no es danza... esto no es teatro...”. Le sigue otra pieza “incalifica­ble”. Tiempo Lobo, escrita y dirigida por Carlos Trafic. Amenazados por la censura, deben suprimir partes para evitar la clausura del teatro. Norber­to Campos canta La Marcha de San Lorenzo en polaco, mientras Sergio Timi, con una escupidera en la cabeza, lo mira con aire idiota. Norberto [¿Roberto?] Villanueva los “descubre” y los invita al Di Tella. Aceptan, presurosos, “por el miedo diario a que cerrasen la sala”. Y eso que Tiempo Lobo narra, bási­camente, “una historia de amor”.

Con Tiempo de fregar, se convier­te en necesidad el vivir todos juntos —once personas— porque “nos requería­mos mutuamente, incesantemente”. Para alquilar la casa, un tercer piso en Pueyrredón y Paraguay, dos inte­grantes del grupo deben impersonar­se como estudiantes de Medicina —guardapolvos, etc.— que compartirían la vivienda con sus “primos”. Afortu­nadamente, el portero es polaco... Forman parte del entorno Orozco, Marta Serrano y Elizondo. El Negro Mercado pinta un mural anfetamínico en el comedor que nos les permite to­mar una taza de café con tranquilidad.

De alguna manera, hay una línea argumental en Tiempo de fregar: to­das son fregonas que han parido jun­tas un monstruoso bebé siamés unido por los glúteos, una niñera, una seño­ra —la autoridad— que en cada entrada aparece más destruida (acaba en una silla de ruedas). Las fregonas tienen sus delirios particulares que se enla­zan con los grupales —desde la construcción de navíos hasta arrebatos místicos—, guerras, elementos que van variando día a día. La obra, para des­concierto de Argentores, nunca es es­crita. El objetivo de la provocación es movilizar al público. En una función, una espectadora intenta cortar el ca­bello de Lily Presti con una tijera de podar. Teresa, hermana de Krisha, lo­gra dominarla y es atada al fondo del escenario, sirviendo como elemento escenográfico. El público se inclina a favor o en contra del espectáculo, ori­ginándose así verdaderas batallas campales. Monstruos locos, sudados, escupiendo, se abalanzan sobre los es­pectadores, horribles prostitutas, ayu­dadas por otros espantapájaros, in­tentan violar a los asistentes. Un gru­po de estudiantes, detenidos a causa de una manifestación, hacen su propio Tiempo de fregar en la cárcel.

Luego de una preparación “secre­ta” que dura tres meses, ofrecen una conferencia de prensa, para explicar sus métodos de trabajo a autores y di­rectores de teatro. Se realiza en un inhóspito galpón situado encima del es­cenario del Di Tella. Junto a un enanito contratado, consiguen diez niños “prestados” —la madre de Krisha no accede a prestar a su hermanito— y Norberto Campos es el “conferencis­ta”, mudo, de cuyo cuerpo penden tar­jetas con informaciones técnicas sin importancia, acompañado de una tor­tuga, un sándwich, una secretaria. Se leen, en forma crítica, textos de auto­res argentinos. Se zamarrea a la gen­te, hay apagones, danzas. Aparecen modelos, parroquianos del bar Mo­derno. El grupo cierra la puerta con llave y huye, dejando a oscuras a los asistentes, mientras rugen motores de motos, estallan “rompeportones” —Robertino insiste en echar gatos, pero esa proposición es desestimada—.

 

Artaud, Grotowsky y Buster Keaton

Aunque desde un principio estudian los textos de Artaud y están informa­dos de las experiencias que se están practicando en el exterior —The Living Theatre, Bread & Puppet, Arra­bal, Grotovsky—, los trabajos del grupo se basan en su propia realidad. Más adelante, al viajar al extranjero, des­cubren coincidencias con la vanguar­dia internacional. Incorporan elemen­tos del cine mudo. Krisha y el resto del grupo hacen peregrinaciones a Villa Ballester para ver películas de Buster Keaton y de los Hermanos Marx.

Son invitados al “III Festival Inter­nacional de Teatro”, en Córdoba, pero luego las autoridades se arrepienten. Deciden concurrir igual, a dedo. En un principio, actúan en los halls de los teatros donde se presentan los grupos oficiales, hasta lograr la autorización de participar en las actividades. Boi­cotean una mesa redonda sobre pues­ta en escena. Krisha y Graciela Dellepiane, con el torso desnudo, babean­tes, pintarrajeadas, con los ojos echa­dos hacia arriba. En otra mesa redonda, cansados de tantas preguntas, todo el grupo se desnuda y abandona la sala.

El cuestionamiento que Krisha y sus amigos hacen a la sociedad, bien pronto se revierte hacia ellos mismos en forma de represión. Son “habitués” de todas las comisarías del centro. Es el precio que deben pagar por intentar llevar al teatro a la vida cotidiana. Jor­ge Fiszon, Pepe Romeu y Rubén de León se marchan a México y de allí a Nueva York, al encuentro de la “onda cósmica”. Luego del estreno de Tiem­po Casa 1 Hora y 1/4 que marca la crisis y disolución del “Grupo Lobo”, Krisha, provista de un viejo abrigo obsequiado por “Poni” Micharvegas, poeta, se dirige al Canadá al encuen­tro de Pepe Romeu, un escritor con fi­nal trágico, autor de A bailar esta ranchera y otras novelas.

El de Pepe es un “encuentro-desencuentro”. Sin dominar el inglés, cruza el país para encontrarse con un tío —polaco, por supuesto—, en Vancouver. Entra en el Emotional Modern Dance Ballet. Freakin’out, festivales de rock, hippies, madres con sus niños, amor... Luego del estreno de una pieza en la que participa, Evolution, debe marcharse. Próximo puerto: Lon­dres, Portobello Road. Con Mosser viaja a Amsterdam —casi se queda con un grupo de mimos— y de allí, a Ibiza. 1970.

 

El amor: Miguel Abuelo

Con un grupo de amigos viaja por el norte de África, Sahara, Marruecos... Es el sueño de “Marrakesh Ex­press”... Precisamente en Marrakesh descubre que el teatro que ella ama está encarnado en la vida cotidiana que transcurre en la plaza. Baila y ac­túa con los marroquíes, que, al verla llegar, gritan acompasadamente: “¡Hippía marrokaía!” (la hippie es ma­rroquí).

Vuelta a Europa. En Madrid, en­cuentro con un músico electrónico, Horacio Bayone, amigo de Jorge Bonino. Es un período de recuperación. Luego de meses de performance ca­llejera permanente, vuelve al escena­rio, esa “isla mágica”, por temor a la prisión y al manicomio: con Herminio Molero, integra en un espectáculo, poesía concreta y danza. Aparece Mi­guel Abuelo. Gran amor. Son meses creativos: en Ibiza deciden tener un hijo. Krisha deja las anticonceptivas y otras píldoras; se casan, y los dos, vestidos de blanco —ella con una colcha tejida al crochet— recorren la isla para anunciar a sus amigos la buena nueva.

Da a luz a su hijo —Gato— en Lon­dres. Al poco tiempo, Miguel y Krisha se separan. Ella, con su bebé de cinco meses, viaja a Polonia piara estudiar con Grotowsky, pero no lo encuentra. Vuelta a Londres. Iris Scacchieri le aconseja no buscar maestros sino con­tinuar con su propia experiencia... Por iniciativa de Miguel, se encuen­tran en París. Miguel se le revela como un “roquero supermachista” y ella siente, por primera vez, el sufri­miento que implica ser “la mujer de...”. Disfrazada, con su acordeón, canta y baila en las estaciones del metro. Jorge Bonino —actor de shows unipersonales que también ac­tuó en el Di Tella— y Juan Carlos Cáceres —otro argentino, trombonista y pintor, fundador de la legendaria Cueva Pasarotus, que sería la cuna del incipiente rock nacional— la ayu­dan a salir de la situación. Arma un espectáculo con Bonino.

Pero Jorge no puede diferenciar la circunstancia escénica de la realidad cotidiana: se imagina en un París de la Segunda Guerra. Él es el destinado a salvar a la humanidad pasando mensa­jes secretos. En pleno invierno, a las diez de la noche, corre por un puente para entregar un mensaje a los alia­dos, una bomba cae, el puente se des­pedaza, se echa al agua, cruza el Sena a nado, una chalupa del Ejército de Salvación lo recoge, le quitan la ropa mojada y lo envuelven en una bata. En un descuido, huye y corre, semidesnudo, bajo un frío terrible. La poli­cía lo apresa y lo envía a un manico­mio.

Krisha vuelve a la calle —nadie tiene dinero y hasta se comen la papilla de Gato—, esta vez con Isabel Versini, pandereta y un escocés recién llegado de la India, en cítara.

Hace acrobacia. A veces, Miguel canta óperas. Viven a 30 km. de París. Los vecinos los detestan. Mandan a la policía. Violencia. Krisha teme por su bebé. Esta vez es Graciela Martínez quien acude en su ayuda. Viajan jun­tas y con Gato a Amsterdam. Partici­pa con Isabel Soto en la preparación de White dreams, en el Melk Weg. Espectáculos en el Cosmos, el Paradiso, el Shaffy Theatre, el Festival of Fools. Viven en una casa que cuenta con tres trapecios. Gato es libre y feliz.

Encuentro con Trafic, luego de cin­co años. Estamos en 1975. Organizan un show y se van a Dinamarca, con un baterista de Gato Barbieri. Aparece Miguel. Trafic se marcha a Alemania. Krisha es deportada a Inglaterra por hurtar alimentos en un supermerca­do.

La historia “Miguel-Gato-Krisha” es muy bonita, pero no funciona. Con un marido que no la ayuda, debe hacer frente, sola, a las necesidades de su hijo y, al mismo tiempo, desarrollar su creatividad. Su apoyo es el movimien­to feminista. Obtiene solidaridad, aprende junto a otras madres que se encuentran en la misma situación, asiste a workshops, presencia manifestaciones feministas que paralizan Londres. Se muda a un squater frente al Regent Park, dieciocho casas de cinco pisos cada una. Es su refugio en una ciudad triste y lluviosa, ahí encuentra música, gente cálida, creati­vidad. Hace un curso con Martha Graham, en The Place. Vuelve a Es­paña.

En Barcelona, forma parte del elen­co de Hair, que es internacional: ame­ricanos, australianos, ingleses, gente de Guyana y Surinam. También inter­viene Miguel Abuelo. Para cada uno de ellos, lo que representan es, en rea­lidad, parte de su historia personal.

 

“La onda freak”

Debilitada por las separaciones y cansada, se va a vivir a un suburbio barcelonés, La Floresta, con valencia­nos y menorquíes. Da clases de expre­sión corporal y conferencias, “curte la onda freak”, la naturaleza. Pero vuel­ve a Ibiza con Miguel. Gato se encuen­tra con sus amigos de Amsterdam, de cuando era más pequeño. Los niños tienen catalogadas las flores por su sa­bor: “Esta sabe bien... Esta, pues, no es muy sabrosa... Esta es muy amar­ga. ..”. Otra vez da cursos de expresión corporal. Aprende danza hindú. Conturbadas, mujeres ibicencas vestidas de negro se persignan al paso de un dragón manipulado por Krisha reco­rriendo las apacibles callejas de la isla. Está en contacto con Kubero Díaz, el de La Cofradía de la Flor Solar” y con Sergio Abeledo, que más tarde morirá en India, quien acostumbra decir: “¿Y si no nos queremos entre nosotros, quién nos va a querer? ¡Si no nos quie­re nadie!”.

En Barcelona, reúne nuevamente un grupo con Concha, feminista-anar­quista, formada en danza clásica, es­pañola, contemporánea, toca flauta y castañuelas... pero el conjunto se separa. Mandan a Gato a la Argentina. Le resulta duro hacer su show, sola, en las Ramblas. En el transcurso de uno de ellos, un policía le toca el hom­bro y le pregunta:

—Oiga, ¿ha estado usted alguna vez en un manicomio?

—No, le responde Krisha, extrañada.

—Pues... debería usted ir a uno.

 

Otra vez Buenos Aires, y después…

En realidad, se había ido de Buenos Aires “por un ratito” y ya habían pa­sado once años... Necesita de Gato, reencontrarse con Teresa, su herma­na... Pasa semanas destruyendo papeles, seleccionando lo que irá a llevar para el viaje, tiene miedo... Final­mente, aterriza en Ezeiza con sus tra­pos, sus máscaras y sus dragones de papel. Se siente paranoica. Trata de no llamar la atención al recorrer aque­llos lugares que fueron hitos en su vida, los cafés, la vieja casa de Marta. Descubre una ciudad cuyo pan cotidia­no es el miedo, como si “todo estuviese rodeado de una nube de angustia”. El teatro parece “como si hubiera dado una vuelta hacia atrás... un endureci­miento”.

Le lleva mucho tiempo readaptar­se. De nuevo, la historia es “conseguir un trabajo y con ese trabajo...”. Co­mienza a organizar un espectáculo: Club de Lulú. Cómo hacer para ju­gar a las damas, que no resulta por­que la propuesta no se comprende. Le sorprende el fenómeno musical, la can­tidad de bandas, de café-concerts, las cinco mil personas cantando en Obras. Bajo la dirección de Marta Serrano hace teatro para niños. Pero es inútil, no puede amoldarse a un trabajo de “elenco”.

La experiencia de hacer el circuito de café-concerts le resulta igualmente negativa. Es imposible sacar un solo peso de esa manera... Guerra de Las Malvinas, se pasa una semana lloran­do, siente que nadie la comprende, “ni siquiera en La Paz...”. Idea La danza de la bandera.

No encuentra a su generación. Siente el vacío. Se relaciona con gente más joven que ella, que se sienten li­mitados no sólo por factores económi­cos o por la represión, sino también, por la ausencia de alternativas.

Forma una banda de mujeres: La Pesada de la Danza. Se trata de una situación teatral con música de rock. Hay un ballet, Las flores del Para­guay, en base a un chamamé. Hace una gira a Olavarría.

Sufre un accidente de automóvil. La internan en una unidad de terapia intensiva. El traumatismo parece te­ner el efecto de que se le “conecten las neuronas de una manera diferente”. Está en la esperanza, aunque con la cautela del gato... Realiza un striptease grotesco en la calle Florida, a las tres de la tarde. Cuenta historias, canta operetas, moviliza a la gente para que haga percusión con las pal­mas de las manos en la Plaza de la Re­pública, en la Dorrego. Con su acor­deón, organiza concursos callejeros de rancheras. Actúa en el Centro Cultu­ral San Martín, siente que los funcio­narios no son “funcionarios”, que ha­blan su mismo lenguaje. Quiere me­dios, llegar a los barrios... Cuando re­cuerda la década de los años ‘60, cita a Federico Peralta Ramos: “Aún la te­nemos que pasar en limpio”... El mambo continúa.

Hugo Tabachnik

En revista Alfonsina, n.° 10, 3 de mayo de 1984, pp. 18-19.

 

domingo, marzo 15, 2020

Hugo Tabachnik en el camino

Hay dos motivos que me mueven a recuperar esta entrevista que Jorge Pistocchi le realizó al poeta y periodista Hugo Tabachnik. Por un lado, la necesidad de seguir aportando a la investigación alrededor de una generación beatnik en Argentina, con sus propias modulaciones, traducciones y obsesiones. El trabajo realizado por Federico Barea y el libro Argentina beat (Caja negra, 2016) como resultado del mismo sentaron las bases para poder poner ese nombre, esa etiqueta: beatniks argentin@s. En paralelo, existieron el documental de Diego Arandojo sobre la revista Opium y sus miembros (Opium, la Argentina beatnik, 2014-2015) y la muestra en el Museo de la Lengua de la Biblioteca Nacional, Déjalo beat. Insurgencia poética de los años 60 (2017). En este sentido, recuperar esta entrevista contribuye a seguir definiendo qué fue la Argentina beat, cómo se caracterizó la literatura beatnik argentina y cuál fue la relación entre esos escritores y escritoras y su contexto histórico.
El otro motivo que me moviliza a reproducir esta entrevista es el siguiente: cuando Hugo T. falleció en 2017, Fede Barea publicó esta entrevista en su perfil de facebook. Recuerdo haberla leído, también recuerdo haber pensado, y lo sigo pensando, en cómo se perdería ese documento en esa red social nefasta para la búsqueda de textos, fotografías y testimonios. Era inevitable. El buscador de fb es horrible, la red social no te permite archivar con ningún tipo de lógica (todo tiende a la entropía y al olvido en ese lugar y en otros como instagram). Por eso, copio, pego y formateo esta bella entrevista de Pistocchi a Tabachnik sobre los 60, la poesía, los beatniks argentinos y la búsqueda vital. Que la disfruten.

Poesía y otras intimidades
Entrevista de Jorge Pistocchi a Hugo Tabachnik

Jorge Pistocchi: ¿Cómo tomaste contacto con la literatura underground? ¿Cuál era el ambiente poético de aquella época?

Hugo Tabachnik: Fue en 1961… rodeado de aquella boiserie decadente ¿te acordás? del bar Florida en la calle Viamonte, cuando escuché a Leandro Katz leer la traducción que había hecho con Madela Ezcurra del poema Aullido de Allen Ginsberg para la revista Airón, que dirigía Basilia Papastamatíu. Fue mi primer contacto con una poesía confesional, descarnada, respirante y… me cambió la vida… claro, es fácil que a uno le cambie la vida a los veintipico… Fue una ventana abierta frente a la poesía que habían cultivado los de la generación anterior, los de Poesía Buenos Aires, empecinados en construir un lenguaje que en vez de servir de puente construía una muralla para diferenciarse de los Otros. Palabras muertas, exangües… Era lo que había y no nos interesaba… sin referencias… desconocíamos el inmenso acervo de la poesía del tango, supongo que por límites de clase… y tampoco nos identificábamos con la poesía arenguera, despojada de vivencialidad. Todo poema debía partir de una revelación. Sentíamos que debíamos vivir peligrosamente, probar el fruto prohibido y reconocer palmo a palmo un territorio exterior pero en realidad interior, nuestra América, negada obsesivamente por nuestro establishment transvestido de una europeidad fantasmagórica. Yo me largué por ahí luego de un tropezón con la muerte, porque la muerte es la que impulsa las grandes decisiones. Salí llevando un cuaderno con unos versos de Whitman que todavía conservo en mí: “A pie y alegre tomo el camino abierto,/ saludable, libre, el mundo ante mí,/ ante mí la extendida senda parda que conduce a dondequiera que yo elija…”. Así que alistamos nuestras mochilas e iniciamos un viaje que duró muchos años, en mi caso viví en una decena de países, amontoné más años fuera del país que dentro, estoy de vuelta desde hace tres, pero todavía me siento en el camino abierto...

JP: Y eran muchos los transeúntes del “camino abierto”, los que hacían camino publicando sus libros, leyendo sus poemas…

HT: Sí. Uno de los primeros en salir fue, luego de publicar su novela Es una ola, Leandro Katz. Leandro, el que nos cantaba canciones de Dorivar Caymmi (“O mar quando quebra na praia é bonito, é bonito…”), Leandro, quien luego de un largo viaje, recaló en el East Village de Manhattan, donde hizo infinidad de cosas. Basilia, Basilia Papastamatíu se quedó en Cuba. Luego… creo… Mario Satz, a quien reencontré en New York y Tel Aviv, recorrió toda América, París, Ibiza, Israel –ahora está en Barcelona– y publicó una tetralogía fabulosa. Miguel Grinberg, el constructor de una “zona de lucidez implacable”, editor de Eco Contemporáneo, Mutantia, autor de una lista extensa de libros sobre temas culturales y ecológicos, la única voz en impulsar una contracultura en Argentina, creador de una red de poetas de América, anduvo por Estados Unidos, Cuba, Brasil. Muchos recorrieron y vivieron en Brasil, supongo porque para nosotros era el país consagrado a Dioniso. Halma Cristina Perry convivió en el farrágo de la guerrilla peruana con su jefe, Hugo Blanco, y luego de un viaje alucinante –como todo lo que hacía– acabo siendo la Reina del Lower East Side. Poni Micharvegas dio muchas vueltas hasta anclar en Madrid. Vos, Jorge, también saliste hacia el norte con Gustavo Mac Lennan y el grupo Teatro de la Peste… ¿no?

JP: Sí… grandes rupturas… encuentros… ¿Y vos, cómo te encontraste como poeta?

HT: Leyendo poemas míos en casa de Oscar Steimberg, me asumí como poeta. Uno de esos momentos mágicos… No hice muchas cosas… Recuerdo un lectura, creo que la primera de esa característica que se hizo en Buenos Aires, en el teatro Theatron del actor y director Jorge Fiszson en la avenida Santa Fe en que terminamos desalojados por la policía. Cosas que ahora provocarían sorpresa e incredulidad pero que en esa época era pan de todos los días… Al año de vivir en Nueva York dejé de escribir porque para mí la poesía era una forma de vivir y lo estaba haciendo intensamente, perdidamente…

JP: ¿En que consiste para vos esa “forma de vida”?

HT: ¿La poesía como forma de vivir? ¿Vivir poéticamente? No sé… Supongo que cada cual debe buscar su propia definición… Para mí era rechazar los valores de la sociedad, provocar, ser libre, dropping out, autosegregación social, llevar a la práctica cotidiana el descubrimiento del ready made de Duchamp y, si es posible compartir, el hallazgo, patentizar el carácter paradójico de la realidad, el encuentro permanente con el yo-niño, la búsqueda de nuevos horizontes, escapar de cualquier destino manifiesto, vivir muchas vidas: participar de aquella lotería imaginada por Borges: “Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles”, aún debiendo padecer “lo que ignoran los griegos: la incertidumbre”…

JP: Hablame de los sesenta…

HT: ¿“The Golden Sixties”? ¡Uy! Generalmente los protagonistas no somos testigos fiables… Es cierto que fue una década de gran actividad literaria, se editan revistas culturales como El grillo de papel, clausurado por Frondizi, seguido por El escarabajo de oro; con la década desaparece Contorno, que no puede resistir la traición de Frondizi; Marcha, de Montevideo, imprescindible; Barrilete; Eco Contemporáneo, extendiéndose con El Corno Emplumado y Pájaro Cascabel; el semanario Propósitos de Leónidas Barletta, trayendo los ecos del grupo Boedo; Poesía Buenos Aires; Cormorán y delfín, de Ariel Canzani; Airón; Opium; La loca poesía; El ángel del altillo; Sunda, y otras que seguramente olvido… Ello acompañado por la cuidada edición a cargo de Aldo Pellegrini de Saint-John Perse, Henry Michaux, Benjamin Péret, Giuseppe Ungaretti, Czesław Miłosz, la Antología de la Poesía Surrealista, de Aldo Pellegrini, Con distinta piel, Retrato del artista cachorro, Bajo el bosque de leche, de Dylan Thomas… ¡Qué regalo escuchar la ronca voz de Dylan, hinchada de vida!

JP: También el movimiento de teatro fue importante.

HT: Sí. Es cierto. El teatro jugó un papel muy especial. Aparecen John Osborne, los iracundos, el teatro del absurdo con Harold Pinter, Artaud, Ionesco, Samuel Beckett, Jean Genet… y junto a ellos nuestros creadores en la brecha de The Living Theatre y el perfomance: Robertino Granados, Carlos Trafic, Jorge Fiszson, el Grupo Lobo… Asistir a uno de sus espectáculo era vivir una experiencia indeleble. Es que en todos los campos se estaba viviendo un período de deconstrucción. Free Jazz. Además aparecieron por aquí un grupo de “huéspedes ilustres” que rompieron nuestro proverbial aislamiento: Steve Lacy, Enrico Rava, Hank Mobley, Witold Gombrowicz, Gabriel García Márquez, Paco de Lucía, David Cooper… Existía un ambiente de jazz entusiasta aunque no original, noches en Mogador (Paraná, entre Córdoba y Paraguay), en La Cueva Pasarotus en la calle Pueyrredón (un invento del músico y pintor Juan Carlos Cáceres) o en Jamaica (San Martín y Charcas) donde el Gato Barbieri cohabitaba con Piazzolla y Salgán-De Lio.


JP: ¿Qué sentimientos empujaban ese cambio?

HT: Uno sentía que todo lo viejo se desmoronaba, que se creaban nuevos lenguajes… Se ampliaban los horizontes… Languidece la familia nuclear que existía hasta entonces… De la mano de psiquiatras como Alberto Fontana penetramos en el mundo del LSD, por un camino abonado por las lecturas de Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley, cuya tercera edición publica la editorial Sudamericana bajo la inteligente dirección de Paco Porrúa, y los poemas del poeta, pintor, místico, psiconauta y gran viajero de la mescalina, Henri Michaux… Se abren las puertas también en las instituciones, el Instituto Di Tella aunque en el fondo haya sido sólo un intento de la burguesía autóctona de agiornarse y trasnacionalizarse, crea un marco propicio para el desarrollo de nuevas tendencias.….. El rectorado de Risieri Frondizi provoca un cambio progresista en la UBA, se crean las carreras de Psicología y Sociología y se concibe una editorial, Eudeba, que, como lo hizo Claridad en los años 20, vende sus libros de gran calidad a precios populares en los quioscos. Se produce una ruptura en la conservadora Sociedad Psicoanalista Argentina, lo que abre el camino a la Antipsiquiatría (Raúl Camino, en Entre Ríos, y Wilbur R. Grimson, en Lomas de Zamora), que se une a la labor de Enrique Pichón-Rivière. Pero…

JP: …vientos de fronda estaban soplando, ¿no?...

HT: Sí, la “democracia” se basaba en la proscripción del partido político mayoritario, lo cual creaba turbulencias que a su vez producían la intervención constante de las fuerzas armadas. El país atrapado en un time loop. La marchita, otra vez la marchita… De entre los azules y los colorados surgen los entorchados que serán los genocidas de la próxima década. El inicio del neoliberalismo que tiene su origen con la entrada del país al FMI -una de las primeras medidas importantes de la Libertadura- hinca el diente con el nombramiento de Alsogaray como ministro…Surge la resistencia: John William Cooke va a Cuba, Taco Ralo, JP, Vallese… Finalmente, con el beneplácito de las clases medias y altas, en junio de 1966, el Ejército derroca a Illia y comienza la llamada “Revolución Argentina”, una dictadura militar al mando del general Juan Carlos Onganía, un feroz miembro del “Opus Dei”, hijo dilecto de la Sociedad Rural Argentina, que implanta una rígida censura que alcanza a toda la prensa y a todas las manifestaciones culturales. “La Noche de los Bastones Largos”. El lunfardo desaparece virtualmente del tango. Su militancia católica fundamentalista lo lleva a crear una "Brigada de Moralidad", dirigida por Luis Margaride, la “Tía Margarita”, quien ya estuvo al servicio de Frondizi y que será en la próxima década el jefe de la Triple A. La "brigada" controlaba las polleras de las chicas y el largo del pelo de los chicos y hacía razzias en las Villa Cariño y los hoteles alojamiento. La “década prodigiosa” en Argentina fue cortita, cortita: duró hasta 1966.

JP: ¿Y se fue muriendo la poesía?

HT: Hubo un tiempo en que la poesía tenía un puesto bastante honorable dentro de los géneros literarios. Era inimaginable un suplemento literario de algún diario en el que no hubiese un lugar para un poema. Echándole una ojeada al catálogo de la “Biblioteca Clásica y Contemporánea” de Losada, la editorial de los emigrados republicanos españoles, se observa que la poesía ocupa un lugar importante, editaron lo mejor de la generación del 27 en ediciones baratas, populares… Claro, uno de sus directores era un poeta y un estudioso de las vanguardias, Guillermo de Torre… En los 60, una editorial underground como Sunda tiraba 4.000 ejemplares… Los libros de Thomas que editó Jacobo Muchnik se vendían muy bien. Durante mi adolescencia era habitual encontrarnos en casa de alguien para leer poemas en voz alta alrededor de la mesa… Esta afición aumentó con la aparición del fenómeno beatnik (este nombre nunca partió del Sujeto) que tuvo una exposición singular e intensa en los medios que, lástima, eclipsó a otros poetas muy importantes como Kenneth Rexroth… Yo he presenciado lecturas de poemas de Ginsberg en teatros repletos… Pero a fines de la década, tal vez con la aparición de Bob Dylan, cuyas letras desafiaban a las de la música pop convencional (Chimes of freedom) la poesía volvió a su lugar fundacional al lado de la música y así recuperó audiencias… Leonard Cohen es conocido por su música y no por su poesía escrita. Pero la poesía aún guarda para mí una resonancia especial, es una necesidad íntima. Ahora, casi a los 76 años, "yo, Teresias, viejo de arrugados pezones”, cuando los de mi edad escriben su epitafio, yo escribo poesía. Tengo un libro para editar, Volviendo a casa, con obvios ecos homéricos, en el que hablo de lo que se experimenta cuando se es viejo, en un mundo en que ser viejo es algo que hay que disimular… Aúpa…

Se incorpora trabajosamente, murmura unos versos de “Le tourbillion de la vie”, una canción de los 60, cantada por Jeanne Moreau en Jules et Jim, una película de Godard:

On s'est connus, on s'est reconnus.
On s'est perdus de vue, on s'est r'perdus de vue
On s'est retrouvés, on s'est séparés.
Dans le tourbillon de la vie…

Y se va.
 

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