sábado, julio 11, 2026

H. A. Murena y el ciclo "El sueño de la razón"

Leer hoy a H. A. Murena es un gesto anacrónico. 
En los últimos años su poesía y sus ensayos han sido revisitados por distintos libros y reediciones, pero a mí me interesa el Murena narrador. 
Conozco su primer ciclo de novelas, publicadas por la editorial Sur entre los 50 y los 60, y espero que algún día una lectora valiente tome esa posta, pero a mí me interesa su segundo ciclo de novelas: “El sueño de la razón”. 
Las novelas que componen este ciclo groyesco (entre Goya y el grotesco), satírico, a puro humor, violencia y escatología (en varios sentidos) son Epitalámica (1969); Polispuercón (1970); y Caína muerte (1971). Yo agregaría a Folisofía (1976), como coda extrema, y de pretexto algunos cuentos que salieron en publicaciones periódicas como "La posición" (casi todos recuperados en el libro homónimo compilado por Guillermo Piro, que recomiendo con vehemencia).
Comparto una nota relacionada con esta exhumación de 1969. Es una de las pocas que he conseguido al momento en donde el propio Murena explica qué está escribiendo, cómo concibe el ciclo y en qué se centra cada novela. De paso, el texto recuerda brevemente la librería Verbum y las noches bohemias en los alrededores de la Manzana Loca. Es curioso que Polispuercón y Caína muerte llevaban otro título aún (¡el previo de Polispuercón era revelador!). 
En fin, pasen y lean. Y si aún no conocen al Murena zafado, grotesco, corrosivo, de apocalipsis y risa amarga, ¡quedan invitados a merodearlo!


El nombre que no se dice 

Con cierta nostalgia, recorre los anaqueles repletos de libros que pronto habrán de desaparecer: Verbum, la antigua librería de Paulino Vázquez, en la calle Viamonte, cerrará sus puertas en fecha próxima y con ella se irá todo un pedazo de la historia intelectual de Buenos Aires. Detrás del mostrador, su dueño fuma la pipa de raíz de cerezo con largas y lentas bocanadas, como si fuese un calumet indio o un nargilé oriental; de tanto en tanto atiende a uno que otro estudiante solitario que arriba luego de algunos trámites en el Decanato de Filosofía y Letras, lo único que queda en el viejo caserón frente a la librería. El traslado de la parte docente de Filosofía a la avenida Independencia y la liberación de los alquileres son, sin duda alguna, las causas de declinación y muerte de Verbum. “Momentánea —aclara Vázquez—, pues reabriré mis puertas en otro lugar de la zona, que ya tengo ubicado, pero que aún no puedo revelar”. 

El último cliente de la noche es el novelista Héctor Álvarez Murena: viene, como en sus épocas de estudiante a charlar, a hojear algún ejemplar raro, a recordar viejos amigos y también a confiarle a Vázquez sus proyectos. Epitalámica, su última novela, del ciclo “El sueño de la razón”, a punto de aparecer en Sudamericana, quiere ser una carcajada en medio de la noche, algo afín a la mirada del último Goya, y a la de su contemporáneo Sade: el vértigo de descubrir que “todo es posible” y tratar de expresarlo, según la definición de su propio autor. Y aclara que, por un lado, le ha proporcionado un goce inédito, la sensación de libertad plena, de estar escribiendo literatura después de haberse liberado de ella; y, por el otro, algo así como un poco de vergüenza ante la perspectiva de que muchos lectores no habrían de entenderlo pensando que es obsceno. “Porque la vida actual del hombre —define— es obscena por inhumana, y yo me limito a describir lo que veo”. 

El tema, dice, es extremadamente vulgar: el matrimonio de una pareja y sus vicisitudes. Pero el real protagonista es el lenguaje, la confirmación de que el hombre puede y debe conquistar una total libertad respecto a sus instrumentos. “De algún modo creo haberlo conseguido en Epitalámica —aclara Murena—; la narración está escrita con restos, con detritos culturales: de porteño, de estudiante de latín, de lector de literatura española, con lo cual he levantado una estructura que quiero llamar poética, porque su sentido supera al de las palabras que la forman”. 

El segundo relato del ciclo, Nímas Nímenos I.º, cuyo tema es el poder, aparecerá hacia fines de año. Ahora escribe el tercer tomo, Caína Final, cuya atmósfera define como la del “tiempo final”; y anuncia la inminente aparición en Buenos Aires de El nombre secreto, publicada por Monte Ávila en Caracas, cuya génesis fue un ensayo que Les Lettres Nouvelles le pidió en 1966, luego del golpe de Estado de Onganía, para explicar las causas de las revoluciones sudamericanas. El ensayo creció hasta convertirse en un libro cuya tesis resume: “La falta de un sentido religioso en América latina impide la formación de verdaderas comunidades; las existentes se asemejan más a los bancos coralíferos, donde lo único que se consolida es lo material y nada más que lo material”; un callejón sin salida que se repite desde el siglo XV, cuando los europeos desataron la fiebre del oro, destruyeron las comunidades indígenas y levantaron sus fundaciones sobre un verdaderos tembladeral que puja siempre por volver a su hora cero.

Es posible que Murena haya extraído la hipótesis de sus lecturas de Plinio el Joven y otros autores latinos, quienes analizan el sentido de los tres nombres de Roma: el oficial, el religioso y el secreto, un nombre que se supone era Amor, un anagrama cuya revelación costó la vida a uno de los pontífices máximos de la antigüedad.

Fuente: Primera Plana, n. 329, 15 al 21 de abril de 1969, p. 68.



 

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