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miércoles, junio 01, 2016

Demódoco de Corcira (José Edmundo Clemente)

Comparto el texto que abre el libro Historia de la soledad (1969), de José Edmundo Clemente (ya he posteado sobre esta pequeña gran obra, acá y acá). El primer olvidado es Demódoco de Corcica, creador del mito del caballo de Troya.

1. Demódoco de Corcira (José Edmundo Clemente)

El principio. En el principio fue el mito, porque en el principio fue la imaginación. Los días repetidos, el tedio de las horas iguales, la incertidumbre cotidiana; la noche y el rayo. La muerte. El pasado sin pasado. La soledad. Todo lleva a la vacilante imaginación del hombre primitivo a buscar refugio en un mundo habitado por seres fuertes, irreales, libre de los temores vulgares de la tierra. Nace el mito como desesperación de la mente ante la pobre realidad que circunda la vida inicial; como angustiosa proyección del instinto de no morir. Religión o filosofía. O como esa perduración más inmediata a su voluntad, la del arte. El arte es la inmortalidad del sentimiento; eternidad de la imaginación. Los pueblos sin mitología son pueblos sin cultura, porque son pueblos sin imaginación ni conciencia de soledad. Imaginación y soledad forman aquí un coincidente arco conceptual, no una frase apoyada en simple arquitectura decorativa. Las palabras buscan su vértice gótico por necesidad interior. Sin imaginación no hay cultura; la soledad ya es una sensibilidad de la imaginación.
La preponderancia del mito en el origen de la cultura sirve para abrir otra historia antigua, la de la ingratitud. Olvidar el nombre de su creador parece ser la esencia del mito, como si el anonimato fuera su verdadera estirpe fantasmal. De ahí que nunca sorprenda la falta de autor en la portada de epopeyas y leyendas mitológicas; cuando mucho, por complacencia, admitimos una imaginación creadora colectiva a fin de aminorar la culpa de este descuido. Obras de extensión orgánica que denuncian un trazo único y personal, carecen de identificación. La vieja historia egipcia de Sinuhé, la epopeya del héroe sumerio Gilgamesh, nuestro español cantar de Mío Cid, son algunos monumentos al “autor desconocido”. Con rara fortuna, Homero escapa a esa oscura categoría, sin que, naturalmente, falten escépticos profesionales discutiendo si su nombre traduce un apelativo generalizador ('Omero: ciego; recitador ambulante). Aun hoy, cualquier defensa o crítica fanática despierta partidarios o detractores. Yo deseo evitarme dudas innecesarias; preocupa a mi Historia de la Soledad el nombre de un poeta menor, escondido en la interminable discusión sobre el creador de la Ilíada y que, paradójicamente, lo representa a menudo. Me refiero a Demódoco de Corcira y a su divulgada leyenda del caballo de Troya, leyenda que sintetiza con frecuencia la ilustración gráfica del poema homérico y acapara unánime la inspiración de artistas e historiadores. La documentación siguiente tiende a llamar la atención de los arqueólogos literarios y a recuperar del olvido a este solitario de la mitología.

jueves, febrero 25, 2016

Algo más sobre Historia de la soledad

Hace algunos posts atrás, compartí "Jonás; IV, 12" e invité a la lectura de un breve pero intenso opúsculo titulado Historia de la soledad (1969), escrito por el bibliotecario y filósofo José Edmundo Clemente. En estos días pude leer su libro de cuentos El tercer infierno (1979), que no se destaca tanto como el primero, pero en el cual me detendré para recuperar un relato en próximas ocasiones.
En este caso, prefiero compartir la advertencia que abre Historia de la soledad y el índice que nos presenta la galería de hombres olvidados por la historia, a los que Clemente recupera con nostalgia y lucidez ensayística. Lean y disfruten.


Advertencia de Historia de la soledad
Historia y soledad coinciden en una misma nostalgia, si ellas juntan la melancólica impotencia del tiempo pasado con la tristeza de la perdida ilusión, protagonizada a menudo en la literatura romántica. Lo que no ocurre aquí. Esta es una historia de hombres que no sintieron la soledad como una frustración sino como un destino, en ocasiones provocado. Otra diferencia aparecerá al observar que la historia académica tiende a una cuidada indiferencia profesional. Objetividad. Incluso, que hay historia de hechos anónimos y colectivos. La soledad, en cambio, necesita rostros. Sin rostros no hay soledad, como tampoco habría amor. De ahí que esta historia se concrete a personas determinadas; a grandes olvidados o a falsamente conocidos, esa forma oblicua de la memoria. Con una condición igualmente principal: sus ideas y actos continúan vigentes todavía, son rigurosamente actuales. Poetas, artistas, filósofos, un viajero bíblico, un malogrado apóstol; hombres de la ciencia y de la técnica, fueron recuperados entre los más importantes y los más desconocidos, a fin de acentuar mejor nuestra culpable omisión. Porque esta historia puede ser también la de nuestra propia soledad; la de nuestro propio corazón, no abandonado sino abandonando.

J. E. C.
Estos son los olvidados que José Edmundo Clemente recupera en su hermoso libro:

1. Demódoco de Corcira
2. Toutmés de Egipto
3. Meliso de Samos
4. Jonás; IV, 12
5. Judas de Carioth
6. Diofanto de Alejandría
7. Doménico María de Ferrara
8. Martín Waldseemüller
9. Robert Hooke
10. Hermann Minkovski
11. John Logie Baird

Me gusta pensar que el último perfil esconde en sus iniciales un homenaje de Clemente a quien fuera su jefe en la Biblioteca Nacional: Jorge Luis Borges. Es una hipótesis endeble (por el tema del texto en particular) pero simpática.
Lean Historia de la soledad, de José Edmundo Clemente. Un grato descubrimiento.

jueves, diciembre 24, 2015

Jonás; IV, 12 (José Edmundo Clemente)

Llegué a Historia de la soledad (1969), de José Edmundo Clemente, gracias a la recomendación de un amigo librero. Se trata de un breve volumen compuesto por once capítulos y un prólogo. La intención de Clemente es trazar una historia menor de esos hombres que los libros olvidaron, sumidos en la soledad y la ingratitud. Para ello, escribe esta serie de semblanzas filosóficas que, si bien puede tener alguna reminiscencia de las Vidas imaginarias, de Schwob más que de la Historia universal de la infamia, de Borges, logra echar luz sobre unos hombres solitarios, opacados por otros que han ganado el renombre y la gloria. Clemente era un especialista en estética, en filosofía y en bibliotecología; además, tenía una prosa fina y elegante como podrán leer más abajo. El humor, la reivindicación nostálgica y el comentario agudo marcan el ritmo de su Historia de la soledad. Copio el capítulo 4 de este hermoso libro y se los recomiendo con fervor. 


Jonás; IV, 12 (José Edmundo Clemente)

Todo libro posee márgenes abiertos y fluyentes que exceden la quieta angostura de su caja tipográfica, los límites formales de la imprenta; como si al tacto de nuestra mirada sensual las letras se abrieran maduras, ensanchando la página que les sirve de cauce. Milagro que vuelve las ideas y sentimientos al cálido relieve original, semejante al Lázaro bíblico. Algunos libros llevan un impulso más fuerte todavía; a la presión que extiende los costados del texto agregan un envión longitudinal que sobrepasa el corrido argumental de la obra y lo prolonga a supuestas intenciones secretas y posteriores. Intenciones que cada uno descubre con la misma alegría del solitario que encuentra una fortuna oculta, aunque muchas veces el hallazgo termina en alucinada fantasía, en simple espejismo de lector codicioso. O presuntuoso. Seguramente el descubrimiento ya fue previsto por el autor; seguramente las variantes posibles son hábiles concesiones a nuestra impúdica vanidad. Seguramente mi propia ambición de interpretar a Jonás sea apenas uno de los tantos finales de Jonás.
Recordemos la secuencia visual del Libro. Jonás debe ir a predicar a Nínive. Desobedece la misión. Embarca en el puerto de Jope, rumbo a Tarsis. En viaje, la nave es sacudida por un violento temporal. Los marineros imploran a sus dioses. El mar crece. Echan suerte para saber a quién castiga el cielo. La furia del viento no cesa. La prueba señala a Jonás. Las olas tapan la cubierta del buque. Los marineros tiran a Jonás por la borda. La tempestad calma. Un enorme pez traga a Jonás. Tres días y tres noches permanece dentro del animal. Se arrepiente. El pez lo devuelve sano y salvo a tierra. Cumple el mandato de ir a Nínive. Llega luego de tres días de camino.
El resumen de las “diapositivas” es aparentemente claro; Jonás desobedece, es castigado y perdonado. Pero creo que debemos considerar al texto más allá de la caprichosa historia de un desobediente o el relato turístico por el Mediterráneo en una incómoda bodega. Cuando mucho, esto solo haría del hijo de Amittay el precursor de los viajes submarinos. Tampoco, la publicidad de un acto demagógico de la siempre dispuesta voluntad de Jehová. Por lo pronto, ciertos signos evidentes levantan claves para otras interpretaciones. Tres días y tres noches permanece Jonás dentro del pez; tres y tres, 33, simbólica cifra que luego identificaría la edad de Cristo. Tres días tarda en llegar al lugar de la prédica; tres son las ciudades mencionadas en el texto: Nínive, Jope, Tarsis. Nada es casual. El tres era considerado número mágico en la antigüedad, incluso para los católicos. San Mateo considera a los tres días y tres noches término premonitorio de la Resurrección: “Porque como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el corazón de la tierra” (Mt.; XII, 40). Quizás el lector considere fáciles coincidencias a estos signos; por mi parte también prefiero otra interpretación.
La ciudad fenicia de Tarsis adelanta una sospecha; el pez que traga a Jonás, ballena según San Mateo, la completa. Igualmente, el oportuno arrepentimiento que salva a nuestro héroe de equivocar el destino para el cual había sido llamado. Llamado. Estoy acercando los hechos a mi intención; “llamado” (vocãtus) es raíz etimológica, justamente, de vocación, palabra que considero centro del libro. Todos fuimos llamados para una misión determinada; en la medida que nos acercamos a ella, nos acercamos al verdadero sentido de nuestra vida. Pero no siempre asumimos la responsabilidad de nuestra vocación; a menudo huimos de ella y caemos, como Jonás, en el fondo de la ballena. La precisión de San Mateo es oportuna. La ballena representaba en la simbología tradicional al mundo terreno, al cuerpo venoso y perecedero. Melville recurre a la increíble Ballena blanca para aludir la obstinada persecución del hombre tras de su inevitable muerte. Su destino más cierto.
Pasemos ahora al margen final del texto, al impulso que no pudo detener la imprenta y que continúa girando por inercia propia una vez cerrado el libro. Atendamos a la metáfora de la obra, ese espectro de la realidad, diría Ortega, que prosigue fantasmal y nítido el contorno de la imagen ausente. No se trata de un absurdo lingüístico. Sería muy pobre admitir la simplicidad de Jonás tragado por una ballena verdadera y devuelto intacto al día tercero. No debemos abusar de los milagros; sobre todo, cuando son innecesarios. Hagamos crédulo el relato. Jonás entra al estómago de una ballena metafórica. La ballena es él mismo; el estómago de la ballena, su propio estómago. Lo habita por unos días, igual que muchos lo hacen por siempre, satisfechos del interior de su piel, adormecidos de tedio. Jonás logra arrepentirse, pero la mayoría prosigue a escondidas de su vocación. Hombres cegados por llegar a la próspera Tarsis hasta que la muerte les recuerda, tarde, que no vivieron la vida fundamental; la vida para la que fueron llamados. Que es igual a no haber vivido nunca, porque la señal marcada en el alma se les ha borrado. En vez de Nínive, la cúpula interior de una ballena será el cielo merecido. Oscuro leviatán; universo sin estrellas. Quizás la ballena sea una inconsciente alusión al infierno, o a la impotencia. Quizás el infierno sea una metáfora de la impotencia.

Clemente, José Edmundo (1969). Historia de la soledad, Buenos Aires, Siglo XXI editores, pp. 35-39.
 

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