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jueves, agosto 06, 2026

"La autora de Frankenstein", por Luisa Sofovich

En algún otro momento debería dedicarle al menos un posteo más extenso a Luisa Sofovich, la genial escritora de la Biografía de la Gioconda (1953) y de Siluetas en negro (1950). Hace unos años atrás, Augusto Munaro la recordaba en esta serie trunca que quise hace llamada "Escrituras excéntricas". 

Sofovich escribió entre los años 40 y los 50, participó de varias publicaciones como el diario La Prensa y la revista Saber vivir. Se casó con el vanguardista, maestro, hombre todoterreno Ramón Gómez de la Serna. Probablemente el tiempo y la deslectura hayan dejado a Luisa a la sombra de Ramón. Una pena. 

Sofovich tenía una pluma impecable, grácil y erudita. Fue Gustavo Charif, un artista total, quien me recomendó su libro Siluetas en negro, un compendio de siluetas de grandes escritores y escritoras (desde Thomas de Quincey hasta las hermanas Brönte; el n. 5 de Golosina Caníbal presenta..., hoy agotado, exhumó la silueta de James Joyce) de una calidad pasmosa. 


Tengo pendiente ordenar y pasar en limpio las colaboraciones de Sofovich en la revista Saber vivir, en la que Ramón Gómez de la Serna fue estrella principal. Por casi dos décadas, esa revista lifestyle, que cruzaba exiliados españoles con autores argentinos encumbrados, fue para la autora un laboratorio de escritura y, entre sus páginas, publicó muchos más perfiles de escritores y escritoras. 

Escojo uno, el de Mary Shelley o como la llama Sofovich con un hermoso recurso indirecto: "la autora de Frankenstein" (gracias a Diego Cano, quien fue el primero en pasarme fotos de esta nota). Espero que lo disfruten tanto como yo y les recomiendo que busquen libros de Luisa Sofovich. No se arrepentirán. 

¡Ojalá algún día logre/logremos reeditarla! ¡Salú!




La autora de Frankenstein (Luisa Sofovich)

Era hija de una mujer que había dicho una vez: “No siento ningún temor a la presencia del demonio”, pero aquella mujer nada hipócrita, ardiente y casta a su modo, que fué Mary Wollstonecraft hubo de sucumbir una y otra vez, muriendo, al fin, para dar a luz una hija que sería la vencedora. 

Porqué la autora de Frankenstein pertenece a la secta de los que crean demonios y no a los que (y al hacerlo ya proclaman su derrota) los desafían. 

Era hija de esa madre cuyo nombre, Mary, heredaría, a la que no llegó a conocer y que era famosa por sus escritos y por sus tristes emplazamientos a la vida, y del filósofo Godwin el cual muy poco tiempo después de haber enviudado de Mary Wollstonecraft volvió a casarse con una señora Clairmont que tenía un hijo y una hija de su anterior matrimonio y que bien pronto tuvo otro hijo con su nuevo marido. Había además en la casa otra presencia, una Fanny, jirón de un primer matrimonio de la muerta Mary Wollstonecraft y que llevaba el apellido Imlay y era hija del Gilbert Imlay tan amado y perseguido por Mary Wollstonecraft que, como dice la gótica poética y actual Edith Sitwell: “la persecución y la fuga fueron de tan enorme velocidad o insistencia que a esta distancia del tiempo nos sentimos casi asfixiados por la polvareda”.

En este hogar hecho como esas colchas tristes pero útiles, que se logran formar con caprichosos y multicolores retazos a los que une una tira de tela uniforme y opaca, creció la autora de Frankenstein y tal apeadero le sirvió como sirven al subconsciente creador todo lo fragmentario, lo no encajado, lo anormal diurno, lo que estando aparencialmente compacto estaba, y de eso siempre se tiene la intuición, disgregándose por dentro. “La invención —ha dicho ella misma— no consiste en crear algo de la nada, sino del caos”. 

Los varones de este hogar de encrucijada, los Charles y los Williams casi no cuentan, como no sea para que la autora de Frankenstein disponga después de muchachitos gentiles que serán cosechados por el monstruo en su perpetua huida. En cuanto a las mujeres, las Jane (Claire después), las Fanny y la propia Mary ¡qué novelesca vida real van a comenzar a vivir en cuanto aparezca por allí el que tiene que aparecer! 

Cuando Percy B. Shelley visitó por primera vez a los Godwin fué con su joven mujer Harriet Westbrook, y ese día la autora de Frankenstein no se encontraba en la casa, pero como ella se parecía mucho a su madre, Godwin enseñó al poeta el retrato de su anterior y muerta mujer. Shelley, que admiraba a Mary Wollstonecraft, se quedó largo rato mirándola. 

A partir de ese día principió una historia fantástica, una forma de experimentar y vivir la vida sólo a lo intelligentzia, que acaso hasta hoy, no ha sido superada por un grupo suelto. y que es impresionante si se piensa que en el experimento se combustionaron dos o tres almas tangentes, nada más, a la inteligencia, pura pero que empujadas —¡extraña, femenina doblez!— por algo profundamente instintivo, se vistieron de ciega espiritualidad. 

Libras esterlinas, escapadas con travesía del Canal de la Mancha con vómitos y olas salpicando los bancos del entrepuente, regresos y más escapadas y niñas que nacen y niños que mueren y ciudades de Suiza y de Italia y una niña que de Byron tiene en Jane, a la que opinando que su nombre era feo se lo han cambiado entre todos por el de Claire, y otro niño que se les muere a Shelley y a Mary y el suicidio de Fanny, enamorada silenciosa de Shelley, en una habitación color láudano de un hotel barato y el otro suicidio de Harriet, la primera mujer de Shelley que no atreviéndose a dar a luz a un niño, que ya no es precisamente de Shelley, se arroja al turbio Serpentine un día martes, quedando al fin libre Shelley para hacer de Mary una Lady. 

A Shelley, que se había casado por primera vez a los diez y nueve años, sin el consentimiento de su padre, futuro heredero de un rico baronet, le pasó esa cosa predestinada que es caer en una sala de clase media con lámparas con flecos de abalorios y butaquitas gastadas y macetas de nerviosas begonias y varias hermanas, o medio hermanas, o hermanastras muy cálidas, muy curiosas, que van y vienen, ondulantes, y siempre con una sorda rivalidad entre ellas que al mismo tiempo se quieren mucho y se asisten en sus raptos neuróticos y no tienen ningún porvenir y son locas por la poesía y los rincones... 

Cada una de ellas es dueña de un gesto seductor y todas juntas forman el políptico de la mujer semilibre, semipura, semitierna, semidesinteresada, semiávida, semifrígida que atrapará irremisiblemente al poeta que, además, es un lord y es inmensamente rico. 

A los quince días de haberse sacado del Serpentine el cuerpo de la ahogada esposa, Shelley y Mary se casaron y por la noche ella escribió en su diario: “Viaje a Londres. Se celebra una boda. Leo a Chesterfield y a Locke”. 

Sí. Hay algo de intrínsecamente frío en la autora de Frankenstein. 

Tenía los grandes ojos del mismo color de las avellanas: ese mirar tan pulido y con un reflejo, como el de una pupila de la avellana: fría, fría y recelosa avellana que cruje al partirse y ofrece su pequeño corazón encerrado y siempre un poco amargo. 

Un día que Shelley se asombraba de cómo un amigo común, Trelawny, al conocer a Byron le había rápidamente desenmascarado a diferencia de ellos que habían tardado tanto en hacerlo “Es que Trelawny —dijo ella— vive con los vivos y nosotros con los muertos”. 

Ya alternaba con la muerte cuando, de muchacha, se iba a leer todas las tardes a la tumba de su madre, porque era el único sitio donde “se sentía bien”. Allí se cita con Shelley casado con otra, y cuando tiene que crear su monstruo literario recurre a la muerte para recoger en ella la vida que ha de infundirle, contempla la corrupción final que sustituye a la florescencia de la vida, observa “cómo los gusanos heredan la maravilla del ojo y del cerebro”: escudriña, ata cabos y lianas necrófilas y en una mezcolanza científico fantasiosa, con su poco de mariposeante galvanismo, levanta su Frankenstein, la novela precursora de su género. 

En realidad Frankenstein es un caso de desdoblamiento en el que el robot representa las tinieblas, la fuerza dispersa, lo sigiloso humano que siempre acecha desde el borde de una cuneta o reflejado en el vidrio de una soñolienta pastelería. Después vendrá Stevenson con su Dr. Jekill y Mr. Hyde y más tarde, recogiendo la concepción posible de ser confeccionado a voluntad por el pensamiento y la bella recién llegada electricidad, esa Eva Futura, de mimbre y fluido que inventó Villiers. 

Desprende perfume de otra vida —en continuo ejercicio poético, borradas las fronteras de lo cierto y lo improbable— la explicación de cómo llegó a escribirse esta gran novela (que en estos días se ha publicado en la Colección Pingüino, en castellano). 

Ellos, los Shelley, estaban viajando por Suiza con sus niños habidos y por haber y la infaltable hermanastra Claire, fatalmente enamorada de Shelley y los también infaltables tomitos, encuadernados en piel, de Sófocles, Keats y el Dante, que Shelley llevaba siempre en los bolsillos. 

Era verano y cerca de ellos vivía Byron en una casa de la que Claire, sin dejar de amar a Shelley, acabaría por salir al amanecer, perdiendo una zapatilla en el jardín, mientras detrás de los postigos cerrado, el olor de las rosas que se quedaban junto a Byron parecía reírse de ella que corría por el sendero temerosa del naciente sol. 

Al principio todos ellos se lo pasaron vagando y curioseando por los alrededores, “pero el verano resultó húmedo —escribe lady Shelley— desagradable, a menudo una lluvia incesante nos confinaba en la casa durante días enteros. Algunos volúmenes de cuentos de aparecidos traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos”. 

Trataban de la historia del amante inconstante que cada vez que iba a abrazar a una nueva novia, encontraba entre sus brazos el fantasma de la última mujer a la que había engañado. 

Trataban del fatídico fundador de una estirpe que, al mismo tiempo, tenía la horrible misión de exterminar a cada nuevo hijo en cuanto alcanzase la edad de las promesas. Lady Shelley con sus grandes ojos siempre un poco absortos, casi veía corporizada la gigantesca figura que a media noche, por el corredor del castillo se dirigía a cumplir su cometido en medio de sueño de sus hijos. “Eterna pena expresaba su rostro cuando se inclinaba para besar la frente a las criaturas que, desde ese momento empezaban a marchitarse como flores arrancadas de su tallo”. 

Cosas así leían, muy para ingleses traspasados por el reumatismo latente de un húmedo estío interminable entre altas montañas. 

“Escribamos cada cual un cuento de aparecidos”, dijo lord Byron y su proposición fué aceptada. “Éramos cuatro”. 

Pero inesperadamente varió el tiempo y ni lord Byron ni Shelley ni el doctor Polidori, que era el cuarto aburrido, terminaron su cuento. La mujer, no sólo lo hizo, sino que enseguida, a instancias de su marido el poeta lo alargó y complicó inmortalizando su personaje “Frankenstein” (ella no podía presentir cuánto daño y favor le haría un cierto Boris Karloff). Había escrito ya algunos novelas: Valperga, romántica e italianizante: Lodora, algo autobiografiada y El último hombre, ensayo en un sentido de su ahora bien lograda fórmula frankenstiana, hecha a semejanza de sus pensamientos de una cierta noche de insomnio “en que un espectro había acechado mi almohada”. 

Todos los años al llegar la estación del viento y la furia se llenan, o se llenaban, de leña las leñeras inglesas, y también de nuevas novelas de terror. Pero todos los años hay una inglesa o un inglés que junto al fuego azulenco —brasa al vivo rojo infernal— vuelve a leer el libro de la hija invicta de Mary Wollstonecraft.

Fuente: Saber vivir, n. 76, año VII, enero de 1948, pp. 40-41.

viernes, agosto 22, 2025

El dibujo de Dante Alighieri (J. R. Wilcock)


Hace unos meses atrás buscando relatos, perfiles y otras notas publicadas por la escritora Luisa Sofovich en la revista Saber vivir (1940-1954), me crucé con un par de escritos de J. R. Wilcock que nunca había leído. Uno de ellos salió en el número 36 de julio de 1943 y se titula "Los dibujos de Dante Alighieri". Quien escribe es aún el poeta neoclásico y escribe este relato fresco sobre el amor de Dante a Beatriz, entre los ángeles, el dibujo y la poesía. ¡Ojalá lo disfruten!

 
El dibujo de Dante Alighieri 

Por J. R. Wilcock 


Ilustraciones de Botticelli para la Divina Comedia 

Luego que Beatriz alcanzara los veinticuatro años, murió. Entonces él escribió el verso de Jeremías: "Quomodo sola sedet civitas plena populo?". 

Y cuando se cumplía un año de tan hermosa ausencia, se sentó en un rincón y quiso dibujar un ángel sobre una madera, lleno el pensamiento con la imagen de Beatriz. Muchas veces la había visto pasar por las calles de Florencia, acompañada por otras chicas de su edad, y por aquella a quien Guido cantaba, y había deseado que todos ellos se fueran sobre el mar en un marco mágico, donde pudieran conversar siempre sus amores. Pero ahora comprendía cómo los años adolescentes no se repiten ni esos fugaces encuentros y saludos lejanos que hacían temblar en él el espíritu de la vida y lo dejaban llorando en los cuartos solitarios. 

Dante Alighieri escribía versos de amor a personas imaginarias que eran siempre Beatriz. Porque ella había tenido las cejas y los labios tan bien formados y el perfil tan semejante a los que se sueña por las noches, que Dante discurría mil modos de unir una continua contemplación de esos rasgos con el Supremo Conocimiento que es el propósito de nuestra inteligencia. 

Su dibujo debía parecérsele, pero como él no sabía dibujar bien, el ángel bizantino se transformaba en otros anteriores, hasta que un trazo sin querer le dió una expresión inesperada. ¿Beatriz había existido? Ya no habitaba la casa de su padre y en los últimos años no era frecuente su paso por los lugares adonde él iba. 

Muchas ideas nuevas lo ocupaban, lo separaban de la misma materia que las originaba. Y sus versos eran distintos de los que sus amigos escribían. Lapo Gianni hablaba de los labios de Monna Lagia; Beatriz, en cambio, adoptaba una figura tan lejana, que a veces se le olvidaba. Pero la diferencia nacía de otra manera. Dante podía concebir lo que pocos hombres pueden, y estaba deslumbrado por una idea luminosa de divinidad. Y Beatriz se había confundido algo en su mente porque el placer que su aspecto producía se asemejaba al estar pensando en las delicadas relaciones de la única y admirable Trinidad, por ejemplo. De tal manera que sus versos surgían de una zona muy poco material, lo que llamamos imaginación y oponemos al recuerdo. 

¡Qué poco podemos vivir los poetas! Abstraídos en una obra futura, olvidando la realidad de la mitad de los actos, casi todo nos ha sido privado, sobremanera el sufrimiento. Por eso la Vita Nuova le estaba empezando a dar esa impresión de palidez, a pesar del atrevimiento de la lengua vulgar y la novedad de haber puesto sueños. Tal vez fuera que los sueños son sustancia deleznable; donde hay un sueño no hay nada. 


Tuvo que interrumpir el dibujo porque quería saber a qué altura del suelo aparece el recuerdo de las personas. Más o menos en el medio entre el techo y el piso si estamos en una pieza. Pero para pensar en Beatriz y en las cosas del cielo acostumbraba levantar los ojos; entonces ella flotaba más alto, un poco inclinada. Además era difícil ver al mismo tiempo la cara y el cuerpo; y si veía el pelo no podía ver las facciones. ¿Qué hubiera preferido, leer a Tullio y a Boezio o estar con ella? Un deseo que había venido creciendo desde su infancia lo inclinaba hacia ella, aunque era evidente que las dos cosas le darían placer, y prefería hacer las dos al mismo tiempo. 

Ella no se llamaba Beatriz, tampoco era hija de Folco Portinari; más tarde se iban a confundir los biógrafos, y ahora había comenzado Dante a confundirse a propósito porque era distraído e inventaba situaciones literarias. Le sucedía escribir de ella que era la hija del Rey del Universo. Dispensatriz de las Virtudes y Destructora de todos los Vicios y, al mismo tiempo, olvidarse de quién era, sobre todo cuando nunca lo había sabido muy bien. 

Por detrás de él entraron unos señores florentinos, hombres a los cuales convenía hacer honor, que se quedaron un rato mirando cómo Dante dibujaba el ángel sin oírlos; uno llevaba en la mano una carta. 

El dibujo no era difícil; los ángeles son las personas más fáciles de pintar, y en su época, como en la nuestra, se procedía por medio de unas convenciones muy simples. Muerta Beatriz, ya estaba libre para describirla como quisiera, para llamar con su feliz nombre a lo más alto de su pensamiento. Era la única manera de hablar de sí misma durante la eternidad; que ella estuviera sentada al lado de la Virgen, significaba para él inventor una gloria ya fuera del alcance de sus amigos. Había que decir de ella lo que nunca fue dicho de ninguna, y así discernirse la verdadera salvación del alma, que es el ser recordado con admiración después de la muerte. 

Supo entonces la presencia de sus visitas, y las saludó diciendo: “Con otra persona recién estaba”, y se disculpó. Luego que hablaron de sus asuntos los caballeros se fueron. Dante observó un poco el cielo por la ventana; había menos luz. Pero lo invadían imágenes suavísimas; hubiera querido explicar una felicidad y una paz que nunca había podido sentir, pero que adivinaba a fuerza de reunir unos instantes de perfecto placer dispersos por su vida. No cuando veía pasar a Beatriz y desfallecía apoyándose en las piedras de las paredes, tampoco cuando comprendía cómo la calma de los santos es justamente la voluntad de Dios, sino a veces asomado a una ventana, viendo cómo algunas cosas están lejos y otras cerca, y por encima de todo las nubes, y su inteligencia transcurriendo y estableciendo relaciones armoniosas entre ella misma y la materia. 

Su alma podía ser inmortal, y vivir en los libros. Luego que Dante hubiera muerto, sus sensaciones desaparecerían pero su actividad podría subsistir en el intelecto de los hombres. Renacería como algo más brillante cada vez que su voz fuera oída de nuevo: 

Io fui nato e cresciuto 
sobra il bel fiume d’Arno e la gran villa. 

Se sentó de nuevo frente a su dibujo, pensando en que hoy era el aniversario de la muerte de esa doncella cuyo verdadero nombre nunca se sabría y que él pondría en los círculos últimos del paraíso con el de Beatriz, porque ella le había otorgado la felicidad de poder enamorarse cuando era más joven, y de ver a alguien ahora en el cielo cuando levantaba los ojos a la hora del crepúsculo. Utilizaba muy pocos colores: verde, amarillo y rosado, y cuando terminó escribió en un rincón de la madera: "Figura de Angel. D. A. MCCXCI".

Fuente: Saber vivir, n. 36, julio de 1943, pp. 22-23.
 

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