El madrileño
Hace 5 horas.
Carnevale: Tenemos un diagnóstico con el que tal vez no concuerdes: en tanto existen sujetos políticos que desaparecen del campo de la política actual, que se vuelven obsoletos a través de una cantidad de procesos históricos, estos son recuperados de forma icónica en el arte contemporáneo. Muchos artistas contemporáneos y curadores parecen compartir, por ejemplo, una cierta nostalgia por las contraculturas de generaciones anteriores. Estamos pensando en todas esas cosas centradas en el movimiento del trabajo, por ejemplo, no solo en el trabajo de Jeremy Deller sino también en un gran número de artistas que usan esta especie de código icónico (Rirkrit Tiranavija, Sam Durant, Paul Chan). ¿Cómo explica este proceso? ¿Se trata de una reacción atrasada del arte contemporáneo en relación con el presente o es una forma de absorción?
Ranciére: Debemos ir más allá de la demasiado simple relación entre pasado y presente, realidad e ícono. Su respuesta presupone una cierta idea del presente: acredita la idea de que la clase trabajadora ha desaparecido, que de ahora en más podemos hablar de ella con nostalgia o en términos del imaginario kitsch. Los artistas podrían contestar que esa es una visión que toman prestada del imaginario dominante del momento y que, más aún, la reexaminación del pasado es una parte de la construcción del presente. La pregunta entonces es si mediante la reconstrucción de una huelga durante la era Tatcher, Jeremy Deller está proponiendo un quiebre en la relación con el imaginario dominante de un mundo donde, de otro modo, no habría más que virtuosismos de alta tecnología o la asombrada mirada ocasional hacia el pasado, que es cómplice de esta visión. La mirada hacia la contracultura del pasado, de hecho, cubre dos problemas: primero, la relación con la cultura militante de los años de la revuelta, que no es necesariamente nostálgica. Más bien, es ácida en el trabajo de Sam Durant, por ejemplo, para no hablar del trabajo de Josephine Meckseper, quien intenta mostrar la cultura de la protesta como una forma de moda juvenil. Segundo, la relación con la cultura popular, que me parece ser el objeto de una nueva mutación. En la era del arte pop y de los nuevos realismos, con gusto hubiéramos usado el “mal gusto” popular para desestabilizar la “alta cultura”. Las fotografías del kitsch de Martin Parr continúan en esta tradición. Pero hay un intento más positivo actualmente de darle forma a la continuidad entre la creatividad artística y las formas de la creatividad manifestadas en objetos y comportamientos que testifican las capacidades de cualquier persona y nuestras poderes inherentes para resistir. Trabajos como los de la serie fotográfica de Jean-Luc Moulene Objets de greve [Objetos de huelga, 1999-2000] o la instalación Menschen Dinge [El aspecto humano de los objetos, 2005] creada en el Memorial de Buchenwald por Esther Shalev-Gerz en torno de objetos repensados y retocados por detenidos del campo de concentración son solo dos ejemplos —ejemplos que coinciden con mi argumento tal vez demasiado bien. En todo caso, este modo de relacionarse con la cultura popular o con las contraculturas desde el punto de vista de las capacidades que ponen en funcionamiento y no desde las imágenes que convocan, me parece el verdadero asunto político del presente.
Porque Rancière sugiere algo que hemos sospechado siempre y que, me temo, no nos abandona: lo que a Borges le gustaba era la literatura para niños, es decir el relato de maravillas o de crímenes que se puede liquidar de una sentada o, mejor todavía, en una sola sesión vocal (por aquello de que el infinito “fin” de la literatura comienza en el fin de la era de la literatura para niños, es decir con la lectura silenciosa, con la supresión del rito presencial y compartido -como se sabe, el fin de la infancia no comienza cuando los niños aprender a leer, sino cuando comienzan a hacerlo en silencio-). Siguiendo una conversación posible que arranque en ese ensayo de Rancière (pero que puede volverse, de extranjera, nativa y nacional) “literatura para niños” querría decir aquí el cuento como imposible sucedáneo moderno de la epopeya. Es decir, contra los excesos de lo informe (contra los excesos de la novela), una razón formal; contra los excesos del discurrir banal de lo que pasa y de lo que hay en el mundo, casi todo insignificante como Emma Bovary (contra la novela, una vez más), una razón de experiencia.
¿Qué representan?, pregunta el historiador; ¿qué son ellos en relación con la masa de los anónimos de las fábricas o incluso de los militantes obreros?; ¿qué peso tienen los versos de sus poemas e incluso la prosa de sus “periódicos obreros” a la luz de la multiplicidad de las prácticas cotidianas, de las opresiones y de las resistencias, de los murmullos y de las luchas del taller y de la ciudad? Es una cuestión de método que quiere unir la astucia con la “ingenuidad”, identificando las exigencias estadísticas de la ciencia con los principios políticos que proclaman que las masas solas hacen la historia y encomiendan a quienes hablan en su nombre representarlas fielmente.
Pero quizás las masas ya han dado su respuesta. ¿Por qué, en 1833 y en 1840, los sastres parisinos en huelga tienen por líder a André Troncin, que reparte sus tiempos libres entre los cafés estudiantiles y la lectura de los grandes pensadores? ¿Por qué los obreros pintores, en 1848, van a demandar un plan de asociación a su extraño colega, ese cafetero Confais, quien los aturde ordinariamente con sus armonías foureristas y sus experiencias frenológicas? ¿Por qué los sombrereros en lucha han salido al encuentro de ese antiguo seminarista llamado Phillipe Monnier, cuya hermana fue a representar a la mujer libre a Egipto y cuyo cuñado murió en la búsqueda de su utopía americana? Porque seguramente aquellas personas, respecto de las que se esfuerzan habitualmente para evitar sus sermones sobre la dignidad obrera y el sacrificio evangélico, no representan lo cotidiano de sus trabajos y de sus odios.Pero es efectivamente por eso mismo, porque son otros, que ellos van a verlos el día en que tienen algo para representar frente a los burgueses (patrones, políticos o magistrados); no simplemente porque saben hablar mejor, sino porque hay que representar frente a los burgueses –más allá de los salarios, los tiempos de trabajo, las miles de heridas del asalariado– fundamentalmente esto, lo que las locas noches de esos portavoces demuestran ya: que los proletarios deben ser tratados como seres a los que se les deberían muchas vidas.
Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle