lunes, abril 12, 2010

Una revolución silenciosa (sobre La palabra muda de Jacques Rancière)



Jacques Rancière abre su libro La palabra muda: ensayo sobre las contradicciones de la literatura (Eterna Cadencia, 2009) con la insoportable e insistente pregunta: ¿qué es la literatura? En ese sentido, este filósofo francés se corre del qué al cómo y contrapone dos discursos sobre la literatura: uno, vinculado con la representación y la expresión (de Racine a Balzac); otro, con el lenguaje y el silencio (de Flaubert a Proust). Ahora bien, lo interesante para Rancière es dar cuenta de la “revolución silenciosa” que ha permitido el pasaje de uno a otro y, así, interesa “saber por qué a los hombres y a tal o cual clase de hombres, en tal o cual momento, “se les ponen en la cabeza” esas “ilusiones”” (19-20).
El desarrollo de esta reflexión en torno a los modos en los que la literatura fue pensada, sobre todo desde mediados del siglo XVII a principios del siglo XX, es complejo y profundo, deteniéndose a distintos literatos, filósofos y crítico literarios. Un primer pasaje que detecta Rancière tiene como punto de quiebre a la novela de Víctor Hugo, Notre-Dame de París, que genera una discusión en Francia en torno al concepto de literatura. Desde ese acontecimiento, se pasará, señala el autor de El odio a la democracia, de la representación (primado de la ficción, genericidad de la representación, decoro entre estilo y tema, ideal de la palabra en acto) a la expresión (primado del lenguaje, principio antigenérico, indiferencia entre estilo y tema, modelo de la escritura) (38-39). El otro pasaje es de la representación a la “literatura con estilo”, el punto de inflexión es cierta “democratización de la escritura” y Rancière lo desarrolla en la lectura de las obras de Flaubert, Proust y Mallarmé (de esto, hablaremos más adelante).
Como eje central y organizador de La palabra muda, encontramos una contradicción entre la afirmación de la poesía como modo del lenguaje y el principio de indiferencia. De un modo de pensar la literatura a otro, la poesía cambiará de estatuto (básicamente, de ser una actividad que produce poemas pasa a ser una cualidad de los objetos poéticos (Vico) (55) pero también sus vínculos con el lenguaje y la escritura muda/locuaz); y el principio de indiferencia desarmará los géneros y los estilos (el romanticismo y la poética del fragmento (82); la novela como la distancia entre las aspiraciones poéticas y la prosa del mundo burgués (Hegel) (92); la novela y los sin parte (101); la novela y el estilo (145)).

No es mi idea desarrollar todo el razonamiento de Rancière (para eso está el libro mismo, ¿no?) pero sí vale la pena detenerse en algunos momentos controversiales:

1. En el capítulo “De la poesía del futuro a la poesía del pasado” el filósofo francés dice ““El arte por el arte” y la literatura como expresión de la sociedad son dos maneras de expresar el mismo modo histórico del arte de escribir.” (75), frase que supone repensar ciertas críticas a la torre de marfil a favor de un arte social que no estarían modificando en lo absoluto el modo de hacer literatura, siempre se trataría de la expresión (del genio creador o de la sociedad) sostenida en la poesía como modo del lenguaje. En esta frase que incita a la polémica, uno de los polos de la contradicción, la poesía y su relación con la expresión, se desdobla en otra contradicción subordinada: la tensión expresiva entre lo colectivo (el arte social) y lo individual (el arte por el arte). En este punto, Rancière retomará las Lecciones sobre la estética de Hegel (c. 1820) quien encuentra en los poemas de Homero la expresión de un modo de ser individual y colectivo en contraste con el maquinismo y el Estado moderno (85) y en consonancia con “los jóvenes exaltados de los años 1800” (89): un antiguo futuro.

2. La irrupción del demos, de la que Rancière diera cuenta en sus libros en torno a la democracia, reaparece en este libro en relación con la novela, específicamente con el surgimiento en el siglo XIX de la “literatura de los obreros” (102) que muestra que “la escritura es el régimen de enunciación de la palabra que desarregla la jerarquía de los seres…” (109). Ante este desarreglo, el repliegue de los escritores de la literatura como expresión (Hugo, Balzac, Lerminier) estará dado en la escenificación, como bien muestra el escritor de El desacuerdo, de novelas en las que la literatura conduce a sus lectores a la muerte: las víctimas del libro, reactualización oscura del Don Quijote. En este sentido, Rancière lee en dicho momento de la literatura, una reivindicación de la república platónica en la que cada uno se ocupa de su asunto y en las que las almas de hierro no se mezclan con las almas de oro (106), reivindicación necesaria ante “los perjuicios de la letra muda-locuaz en los nuevos tiempos democráticos” (el capítulo clave en torno a este nudo problemático es “La fábula de la letra” en el que el autor de La palabra muda vuelve a algunos mitos platónicos de La República para enlazarlos con este modo de ver la literatura). Esta idea de Rancière habría que ponerla a prueba, en la literatura argentina, con una serie de producciones vinculadas con la cultura masiva y/o popular: el folletín, el tango, el sainete. En fin, es sólo una idea.

3. En el capítulo dedicado a Gustave Flaubert, “El libro con estilo”, Rancière hace especial énfasis en la propuesta del escritor de Madame Bovary de una “manera absoluta de ver las cosas” (140). Considerando este concepto, el filósofo francés señala dos o tres ideas interesantes: por un lado, muestra cierta influencia del pensamiento de Spinoza en la estética de Flaubert quien de alguna manera presenta en sus novelas “un mundo en el que las individuaciones solo son afecciones de la sustancia” (142), es decir, una experiencia de pérdida, o ampliación, de la individualidad y, a su vez, una suerte de “devenir-impersonal” en la “posición del vidente coincide con la de quien es visto” (143); luego, el estilo flaubertiano expone que no un lenguaje propio de la literatura, que lo que interesa es la sintaxis que “primero es un orden de la visión, es decir un desorden de la representación” (143) (el análisis del encuentro entre Charles y Emma en Madame Bovary en esta línea de pensamiento es imperdible (148)); y por último, en la obra de Flaubert, el sentido se ha vuelto insensato y lo sensible se ha vuelto apático. Ranciére no se olvida de discrepar con la lectura de Sartre del compromiso flaubertiano y vincula la obra del autor de Bouvard y Pecuchet con la escritura muda-locuaz, la democracia desnuda y el reino de la igualdad (154).

Finalmente, La palabra muda: ensayo sobre las contradicciones de la literatura de Jacques Rancière de algún modo resucita y actualiza la vieja pregunta sin respuesta, qué es la literatura, para iluminarla a través del análisis de los modos de pensar la literatura desde siglo XVIII hasta nuestros días. Este análisis de corte filosófico pero también histórico-social se enriquece por la red conceptual que despliega y que si comienza con la estética , más tarde se enlaza con los propios planteos filosófico-políticos de Rancière (rastreables en obras como El desacuerdo o El odio a la democracia). Desde ya, Rancière no llega a ninguna respuesta terminante o definida pero sí logra poner sobre la mesa las contradicciones que atraviesan el pensamiento acerca de la literatura y las tensiones que éstas han producido en la sociedad y la historia.

3 comentarios:

Nahuel dijo...

Ah bueno ps me gustó
ya nos estaremos viendo
Saludos!

Anónimo dijo...

es bueno (y necesario) el intento de reseñar el trabajo de Rancière. Yo hace varias semanas que le doy vueltas y, aunque veo que el libro es muy coherente y retoma su tópico principal permanentemente, no deja de resultarme muy oscuro en partes. Si no cito textualmente casi no puedo decir nada sobre él.
Sí está claro esto como punto de partida: literatura es desde el siglo dieciocho el espacio en el que conviven ciertas posiciones que se consideran exclusivas cuando en realidad viven de la opción que se le contrapone, son su contrapartida necesaria. Por ejemplo: la literatura que es pura forma (la supremacía del estilo y la indiferencia del tema: Flaubert) habla sin quererlo o sin saberlo del mundo (representa algo, tiene un tema, etc.).

Anónimo dijo...

esta yuca =/

 

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