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lunes, diciembre 05, 2011

Duck Twacy

sábado, diciembre 03, 2011

Sobre El agua en los pulmones de Juan Martini (Elvio Gandolfo)

Sigo intentando configurar un pequeño rastro del policial negro en Argentina (intento omitir las obviedades o lo muy trabajado por la academia). Ahora, traigo esta concisa y lúcida reseña de Gandolfo, escrita en los '70, sobre el policial negro de Juan Martini, El agua en los pulmones (1973) (luego, vendrían Los asesinos las prefieren rubias (1974) y El cerco (1977)). Gandolfo separa a la novela de otras que también tienen elementos de policial negro en ese momento y se detiene específicamente en los logros de la prosa de Martini y en la configuración de los personajes. En fin, cortita y al pie, una reseña para otro ejemplar de policial negro en Argentina.

Reseña

Juan Carlos Martini, El agua en los pulmones, Buenos Aires, Goyanarte, 1973.

La primera novela de Juan Carlos Martini presenta varias características que llaman la atención. Se trata, por empezar, de una "policial'' a secas, clásica, con intriga, asesinatos y un investigador privado como protagonista. Esto la diferencia de otras novelas recientes (Triste, solitario y final de O. Soriano; Los tigres de la memoria de J. C. Martelli o The Buenos Aires Affair de M. Puig) donde lo policial era un elemento más dentro de una trama mítica o novelística (Soriano o Martelli), o no existía (Puig). En segundo lugar, la acción se desenvuelve en una ciudad poco frecuentada por la literatura argentina en general y por la policial en particular: Rosario. En tercer lugar, Martini se desenvuelve con una seguridad poco frecuente incluso dentro del panorama de la novela "negra" en general.
La efectividad de su estilo, que debe mucho y lúcidamente a Chandler y MacDonald, se expresa sobre todo en el ojo incisivo y sintético con que define, por detalles externos y materiales, ya sea la personalidad de un personaje o el habitat que lo rodea. Pocos trazos, aparentemente gruesos y al descuido, bastan para "ver" a Vargas, a Ferrer, a la Sra. Iglesias.
Los personajes están estructurados dentro de una compleja pero férrea pirámide de clases y vínculos de dependencia, que va desde la cúspide (el industrial Iglesias) descendiendo a través de Ferrer, la señora de Iglesias, Milton, Vargas, hasta llegar a las mucamas y los mozos, que se mueven como sombras a un lado de la madeja principal. Virginia Soulages queda un poco apartada de esa pirámide. Es cierto que maneja los hilos de la intriga, pero lo hace con la inescrutabilidad y la lejanía de una Parca o del Destino. Esto la vuelve más simbólica que real y cuando aparece físicamente, en las últimas páginas, provoca una de las pocas fallas del libro, de la que hablaremos más adelante.
Por último está el contorno, la atmósfera en que todos se mueven: Rosario. Martini ha sabido tratarla literariamente, como un escenario convincente, sin fisuras ni pintoresquismos, también sin simpatía. Los personajes sólo la soportan o la usan. La humedad y la llovizna permanentes que la cubren dejan de ser propiedades climáticas para convertirse casi en una exhudación de la sórdida cadena de crímenes, traiciones y humillación. Por fin, cuando todo acaba, el cielo es celeste, limpio, el sol da una luz intensa y blanca, y el foco se ha movido desde el centro o los barrios a la orilla del río, la parte menos opresiva de la ciudad.
Dos personajes medios, tanto por su acción como por su ubicación en la pirámide, el ex policía Vargas y el periodista Oliva, son los más trabajados. De ellos conocemos las vidas completas, detalles de la infancia y la juventud. Solís, en cambio, comparte con una larga serie de protagonistas, desde el Quijote hasta Marlowe o Archer, su destino de factor desencadenante. Es un hombre solo que únicamente puede conseguir romperse las uñas arañando la superficie de las cosas. Además, como antihéroe, está destinado a que le bajen los dientes, lo torturen, o a ser simplemente ridículo (la misma puerta que se haría astillas incluso ante el impacto de Marlowe se abre cortésmente y lo deja trastabillando frente a una Luger).
En ese mundo de decisiones masculinas, donde las mujeres quedan a un lado —lejanas (Laura Solís), impotentes (la Sra. de Iglesias), desesperadas o tristes (Lina)— recibiendo de rebote algunos golpes, que es tomado hasta con ironía por los personajes cuando se enfrentan y hablan, todos actúan conscientes de su papel, sobre todo los que están al tanto del asunto de las tierras. Por eso sorprende el papel de Virginia Soulages. No sólo se mantiene inalcanzable, como dijimos, sino que cuando es alcanzada por Solís, provoca en él una reacción poco acorde con el resto de la novela: la ahoga en un bañado, envuelto en vendas, bajo un cielo nublado, en la oscuridad. Aún justificado por la venganza, el fragmento suena discorde, con un sabor un poco grotesco, casi romántico. Este pequeño desfasaje se refleja sobre el final. Toda policial, por su mismo carácter, soporta un andamiaje lógico que, para diferenciarlo de la trama o del estilo, yo llamaría "mecánica". Dentro de esa mecánica, es un poco inconcebible que varios meses más tarde de su asesinato los patrones de Virginia no conozcan su destino, que Marín deba preguntarle justo a Solís qué ha sido de ella. Felizmente la solidez de las 170 páginas anteriores quita trascendencia a este detalle.
Juan Carlos Martini es autor de dos libros de relatos1. En ellos predominaba un estilo experimental, del que se fue despojando con el tiempo, hasta llegar a sus últimos cuentos2 y a esta novela, donde, paradójicamente, en esa prosa descarnada, casi esquemática, parece haber encontrado su voz propia.

1 El último de los onas, Buenos Aires, Galerna, 1969; Pequeños cazadores, Buenos Aires, Centro Editor, 1972.
2 "Pájaro sobre pájaro" en Pequeños cazadores; "La pura verdad" en El lagrimal trifurca, nº 9; "Procedimientos" en La Opinión Cultural, 3 de marzo de 1974; "Cuarteles de invierno", en Crisis, nº 10.

En revista Hyspamérica, nº8, octubre de 1974, pp. 97-98.

jueves, septiembre 29, 2011

Vivir en la salina (Elvio E. Gandolfo)

La reina de las nieves (1982, CEAL) fue el primer libro que leí de don Elvio E. Gandolfo. Luego vinieron más y más. De ese primer libro, me quedan buenos recuerdos de tres cuentos, aunque es un conjunto parejo, las nouvelles que abren y cierran el libro ("La reina de las nieves" y "El instituto") y el que comparto abajo, "Vivir en la salina". Este último es una muestra de lo que en los 70 se podía hacer con el policial negro en Argentina: un clima agobiante, una incógnita policial irresuelta, relaciones de poder, violencia laboral y hombres resignados a vivir entre y para la sal. Se puede leer en consonancia con "Procedimientos" de Martini  (y, obviamente, con "La reina de las nieves") y reconstruir, lentamente, una antología posible del relato policial negro argentino.

Vivir en la salina (Elvio E. Gandolfo)

A Jorge Varlotta

I

Eran tres y me estaban pegando. Exigían saber dónde estaba Liliana, quién era yo, por qué había llegado a ese lugar donde no había trabajo y cuya única virtud era alejar cuanto antes a todo aquel que quisiera residir. Me pegaban con los puños y las rodillas, a veces apretaban en el puño un pañuelo para que el golpe fuese más fuerte y les doliera menos. Yo me defendía. Me acurrucaba contra la pared y esperaba que me llegase el impulso y me sacudía de pronto, me desprendía de ellos, les pegaba algunos golpes y volvía a acurrucarme. Porque eran tres. Al fin se cansaron y quedamos mirándonos los cuatro bajo la luz de mercurio. Me seguían preguntando dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Les contestaba siempre, invariablemente, que no sabía dónde estaba Liliana y que quería quedarme en el lugar, buscar trabajo y quedarme. Me decían que no entendían, que se habían cansado de pegarme, que no me tenían mayor bronca pero los familiares de Liliana necesitaban saber dónde había ido ella. Yo les contestaba que si querían ir a tomar algo y el más bajo quería volver a pegarme, pero el más alto le paraba el puño y me contestaba que sí, que podíamos, y los cuatro recogíamos los sacos y caminábamos por las calles en las que el viento removía siempre la sal, formaba nubes blancas y calientes que penetraban en los ojos y resecaban la piel.
Llegábamos a un bar chico y maloliente, pero que parecía el paraíso comparado con las calles y la sal. Pedíamos vino tinto y nos mirábamos entre los cuatro por primera vez, porque aquí al fin había luz y calma suficiente para hacerlo. Yo miraba al tipo bajito, con una cicatriz en la sien, al tipo alto, morocho, con dientes de caballo y saco a rayas grises, al tipo de bigotes, a quien le descubrí rasgos que me hicieron preguntarle si no era pariente de Liliana. Me decía que sí, que era hermano, y levantaba la copa y tomaba el vino negro.
El tipo alto me explicaba que no querían hacerme mal y que en realidad el padre de Liliana les había dado quinientos pesos a cada uno para que me detuvieran antes de llegar al hotel y me pegaran y me preguntaran dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Y me explicaban que habían hecho todo por tan poco dinero porque allí no había trabajo, y me volvían a preguntar qué quería yo realmente, porque no podía haber venido sólo a buscar trabajo, a enterrarme en un lugar en el que no había más que sal, sal hasta el desierto y sal hasta el mar, un mar blanco y salado, en el que era casi imposible bañarse porque los acantilados caían desde cincuenta metros y las olas se estrellaban contra las piedras con fuerza suficiente para destrozar un barco, con más razón un ser humano. Y volvíamos a pedir vino tinto, que parecía ser la única bebida que tenían en el bar.
Al fin nos íbamos. Nos sentíamos todos compañeros, medio mareados, volviendo a empujar contra el viento cargado de sal. Llegábamos al hotel y antes de que yo subiese el hermano de Liliana preguntaba cómo haríamos para que el viejo se dejara de insistir con lo mismo, porque los tres no querían perder los quinientos pesos de ninguna manera, preferían empezar a pegarme otra vez allí mismo, en todo caso hasta matarme, salvo que les diera una idea para librarse del viejo. Y uno de ellos decía que por qué no preparaba las valijas y me iba con el ómnibus que pasaba a la mañana, el único del día. Y yo le contestaba que en realidad no sabía muy bien por qué quería quedarme, que estaba empecinado. Y de pronto comenzaba a llover. Una lluvia blanca, cargada de sal. Los invitaba a subir a mi pieza y terminábamos entre los cuatro una botella de caña que llevaba en la valija, y al fin decidíamos decirle al padre de Liliana que yo nunca la había visto, que estaban seguros de eso, que lo más probable era que él se hubiese equivocado cuando la vio caminando con un hombre por una de las calles del pueblo, que el hombre era parecido a mí y se la había llevado.
Nos despedíamos en la puerta, abrazándonos y prometiéndonos ayudarnos mutuamente, porque era muy d ifícil soportar la soledad en este lugar lleno de sal.

miércoles, agosto 31, 2011

Perros en la noche (Carlos Gardini)


Hace un tiempo, revolviendo en una librería de la costa me encontré con dos libritos editados por Minotauro, la eximia editorial de ciencia ficción, a un precio irrisorio cada uno. Ambos libros eran de Carlos Gardini y uno de ellos, Mi cerebro animal (1983), es un compilado de cuentos de ciencia ficción atravesados por la violencia y la guerra. Entre ellos, hubo dos que me causaron una gran impresión, más allá de que todo el libro es muy parejo, "Perros en la noche" y "Teatro de operaciones". A continuación, recupero el primero, un relato oscuro en un futuro remoto que trae ecos del pasado argentino en código de policial negro. Una joyita, que lo disfruten.

Perros en la noche (Carlos Gardini)

Escuchá el aullido del perro solitario. Escuchá el aullido del perro solitario en la noche. El aullido del perro solitario que te acompaña en la noche.

Desde esa vez el Turco nunca fue el mismo. Algo se aflojó en él. Vivía obsesionado por el presentimiento de que todo acabaría pronto. Insistía en que habíamos cometido un error imperdonable. Habíamos cometido, decía el Turco. No me echaba la culpa a mí solo. Siempre supo aguantarse. Eso es lo que más me duele, porque los hechos en definitiva le han dado la razón, y ahora sólo nos quedan los perros.
No me acuerdo dónde fue exactamente. Era uno de esos tantos boliches donde parábamos antes de empezar la faena. Dejábamos el camión por ahí cerca, entrábamos en un bar, tomábamos una copa para entonarnos, y después nos metíamos en la Zona de Descontaminación que nos habían asignado esa noche para limpiarla de perros y jodidos.
Esa noche me acuerdo que dejamos el camión junto a unas motos flamantes, de ésas que costaban casi tanto como el camión. Estaban pintadas como tigres, fondo amarillo y rayas negras. No sé por qué, pero esas motos me dieron mala espina, porque siempre desconfié de los gatos y los bichos parecidos a los gatos. Pero no le dije nada al Turco. Nunca me dejo llevar por los pálpitos, y por esa mala costumbre ya van por lo menos dos amigos que pagan las consecuencias.
Como siempre, revisamos las automáticas, nos cerramos el chaleco para tapar bien las sobaqueras, entramos en el boliche y nos sentamos al mostrador.

sábado, agosto 20, 2011

Procedimientos (Juan Martini)

Aparte de sus novelas (de El agua en los pulmones a El cerco), Juan Martini escribió, allá por mediados de los 70, un puñado de relatos inscriptos en el policial negro que parecían anunciar el huevo de la serpiente que estaba quebrando su cáscara. Entre ellos, está "Procedimientos", un cuento que forma parte de La brigada celeste, libro que permaneció inédito hasta 1983. Con un estilo seco, violento y vertiginoso, Martini escribe un buen relato, como para reafirmar que puede existir el policial negro en Argentina.

Procedimientos (Juan Martini)

El piso de madera estaba mojado y olía a detergente. En las paredes, sin embargo, se notaban manchas de sangre. Cuando lo empujaron hacia el centro de la pieza, alcanzó a ver al tipo que encendía el reflector: giró la cabeza para mirarlo y la luz, de pronto, le dio en los ojos. Bajó la cabeza y se quedó quieto, con los brazos a los lados del cuerpo, espiando la puerta. Entonces apareció el otro y llamó desde la sombra al del reflector:
—Mono, vení.
El Mono se acercó y escuchó lo que el otro decía en voz baja. Era alto, encorvado y de brazos largos.
—Bueno —dijo.
Avanzó hasta penetrar en el círculo de luz. Tenía la piel aceitosa, un bigote renegrido cayendo sobre los labios y una mata de pelo rebelde aplastada con gomina. El otro permanecía atrás, en la sombra, y era imposible distinguir su cara: sólo la forma del cuerpo, más bajo y más gordo que el Mono.
—Desnudate —dijo el Mono.
El hombre levantó la cabeza, asustado.
—¿Para qué?
—Desnudate, te digo.
Los ojos del hombre, incrédulos, se dirigieron a la oscuridad buscando al otro.
—¿Por qué me hacen esto?
—Obedecé —dijo el Mono entre dientes, y descargó la culata de una escopeta contra el pecho del hombre.
Se fue de espaldas y se golpeó la nuca contra la pared. Enseguida el Mono estuvo a su lado, lo agarró del pelo y le sacudió la cabeza.
—Haceme caso, carajo.

sábado, marzo 26, 2011

Cacería sangrienta

Humberto Costantini publica en 1985 un libro, En la noche, que recopila cuentos y poesías referidos a la violencia de Estado (algunos ambientados en la última dictadura pero también en los tiempos de la triple A). Varios de éstos fueron escritos durante su exilio en México. Elijo, para este 24 de marzo, el cuento que abre el libro, premiado en 1978, dedicado a dos militantes, y que lleva un título de revista pulp: "Cacería sangrienta o la daga de Pat Sullivan". Creo que vale la pena leerlo, me parece una vuelta de tuerca a la hora de imaginar ese período oscuro, sin caer en lo testimonial ni en lo remanido.

Cacería sangrienta o la daga de Pat Sullivan (Humberto Costantini)

A Graciela y Luis

En el marco coyuntural de una alternativa poco favorable a nivel de descuelgue, me está diciendo el pibe éste (cara de aseo muy bueno, conducta muy buena) y por lo que se conoce de él, es como si Ireneo Leguisamo se pusiera a hablarme de la relación de pareja entre los menonitas, o el Cid Campeador, de las virtudes de la soja en la alimentación macrobiótica, cosas por ai importantísimas para que aparezca un Ireneo Leguisamo o un Cid Campeador en este piojoso mundo, pero que a mí, Celestino Vinelli (ex futuro poeta, hoy Harold Dream, o Jeff Matterson, o Dick Heller, según mande para la Serie Negra, la Colección Terror, o la Súper Crimen) me interesan tanto como si abuelita me estuviera aleccionando sobre las dificultades del punto cadena, pero hay que joderse.
Aflojá pibe y vamos a los números, estoy por decirle a cada momento, pero de puro bien educado aguanto como un hombre que el muchacho siga hablando de la dinámica de las luchas de clase en función de una perspectiva estratégica estructurada en vaya a saber qué desbole, y con una paciencia que ya la quisiera Krishnamurti para los días de fiesta, espero que Fray Servando el bueno acabe con todo ese bla bla para que de una vez por todas empiece a desembuchar lo que tiene que desembuchar.
O para qué corno se creen que los traje a los dos, a su encantadora mujercita y a él, a este departamentito de colonia Polanco, cuyo alquiler mensual, así como los confortables sillones de paja donde estamos sentados, y el whisky que serví hace un rato y que me acabo de tomar yo solo, y todas las bonitas cosas que nos rodean (sarapes, amates, arbolitos de la vida, pajaritos de madera tallada, terracotas dudosamente olmecas, etc.) son productos más bien directos de todos los Pat Sullivan y Chuck Benson y Fred Barret, y por supuesto, de sus complicadas, audaces y violentísimas acciones que, cada vez más dificultosamente, brotan de mi estrolado y fatigado marote.
 

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